martes, 11 de septiembre de 2012

PRENSA. "Marcas blancas", por Juan José Millás

Juan José Millás

   En "El País":

 7 SEP 2012

Distinguimos con la expresión cine de autor una serie de películas poseedoras de un sello especial, que las diferencia del resto porque su director también es único. Habría así, por entendernos, unas películas equivalentes a lo que en los productos del supermercado llamamos “marcas blancas”, cuya autoría sería intercambiable, y unas películas con etiqueta de prestigio. La idea funciona también en relación a la comida (cocina de autor) y a la arquitectura (arquitectura de autor). Pero jamás se dice, por ejemplo, novela de autor,como si todas las novelas, incluso las menos originales, fueran responsabilidad del que las firma.
Ahora mismo estoy en la cola de la pescadería, observando a la gente, preguntándome si entre quienes esperamos que nos llegue el turno hay alguna biografía de autor. La expresión hacerse a sí mismo evoca el concepto de autoría. El pescadero, por lo que sé de él, pertenece a esta clase de gente hecha a sí misma. También hay quienes se deshacen a sí mismos. Está más valorado socialmente hacerse, pero deshacerse tiene su mérito, no basta con dejarse llevar. Deshacerse a lo grande vendría a ser como desdirigir Ciudadano Kane o desescribir Madame Bovary. Dos tareas colosales que nadie ha sido todavía capaz de emprender. Los boquerones forman una masa indiferenciada, como si no hubiera entre ellos ningún pez de autor. Las lubinas son de piscifactoría, lo que significa que, lejos de hacerse a sí mismas, han sido hechas por la técnica. Observo, en cambio, sobre el mostrador un rape enorme, con cara de muerto, que merecería ir firmado. Pero no sabemos de quién es. Tampoco sabemos de quién es El lazarillo de Tormes, un libro de autor donde los haya. Cuando me llega el turno, pido unos boquerones que freiré rebozados en harina y huevo. Un plato del montón para un jueves sin marca, como el champú.

PRENSA. ENSEÑANZA. "Todo empieza con las palabras", reportaje


   En "El País":

Todo empieza con las palabras

La lectura es el primer paso para aprender cualquier materia

El Gobierno quiere dar más horas de Lengua, pero los expertos reclaman otra manera de enseñarla

 Madrid  10 SEP 2012
El Gobierno quiere aumentar las horas de clase que reciben los alumnos de primaria y secundaria de asignaturas instrumentales: matemáticas, ciencias y, sobre todo, lengua. La mayoría de expertos están de acuerdo en la importancia capital de la lectura y la escritura, no solo en sí misma, sino como llave para acceder al resto de habilidades que trata de transmitir la escuela. Sin embargo, muchos insisten en que más importante e imperioso que el cuánto es fijarse en el qué y el cómo, es decir, revisar unos contenidos que empujan hacia enseñanzas demasiado centradas en la repetición de estructuras descontextualizadas o en la memorización de teorías gramaticales.
“Se piensa con frecuencia que leer es una técnica que se aprende en uno o dos cursos; se actúa como si el gusto por leer fuera una característica que forma parte del equipo de serie de los individuos; se cree que el aprendizaje de la lectura es cuestión del área de lenguaje, o que leer es un hábito”, escribe la profesora de la Universidad de Barcelona Isabel Solé en el último número de la Revista Iberoamericana de Educación, presentado la semana pasada en Salamanca durante el Congreso Iberoamericano de las Lenguas / Leer.es. Y añade Solé que son esas creencias las que conducen a una enseñanza que ayuda a alcanzar unos niveles mínimos de lectura, pero que no son suficientes.
Si de lo que se trata es de que los jóvenes comprendan y puedan utilizar con habilidad lo que leen, que sean capaces de expresarse muy bien oralmente y por escrito en contextos diversos, ¿para qué tanta gramática y tanta sintaxis?, ¿para qué tanto sintagma nominal y tanto suplemento?, se preguntan muchos especialistas desde hace años. “Estamos formando un ejército de pequeños filólogos analfabetos, que distinguen la estructura morfológica de una frase pero no comprenden su significado”, decía en este periódico, tras la publicación del Informe Pisa de 2006, el escritor Luis Landero.
Sin embargo, muchos estudiosos defienden que la reflexión sobre el idioma —lo que implicaría entre otras cosas la gramática—, es fundamental para adquirir un uso muy avanzado de la lengua. Tal vez la solución pasa por “la elaboración de una gramática pedagógica”, como propone Solé. Se trataría de un texto unificado que acabara con la dispersión actual (las diferentes teorías resultan en un caos de materiales didácticos) y eligiera los puntos básicos para hacer posible esa reflexión. Pero rechazando “la enseñanza centrada en la memorización de definiciones y en ejercicios de identificación de categorías gramaticales aisladas y de análisis sintáctico”, y llevando esas gramáticas escolares mucho más hacia los análisis del discurso, sus funciones, sus categorías, escribe la docente de la Universidad de Valencia Carmen Rodríguez Gonzalo.
De hecho, otra clave insistentemente señalada es la de enseñar los diferentes niveles de lectura: no es lo mismo hacer una búsqueda por Internet; leer un texto de física para estudiar; las instrucciones del horno para encenderlo o una obra literaria por placer. Ello, además de utilizar textos reales desde los primeros pasos, con ideas que tengan que ver con la vida del niño, “con un sentido, un propósito y una intención”, aseguraba el viernes la orientadora escolar Pilar Pérez Esteve. Junta a ella, durante el congreso, la profesora de la Universidad Nacional de la Plata Mirta Castedo insistía en que quizá muchas de las dificultades de los niños de entornos desfavorecidas a la hora de aprender lengua se resolverían teniendo en cuenta sus contextos a la hora de proponerles ideas y textos para el aprendizaje.
¿Y esto lo tienen que hacer solos los profesores de Lengua y Literatura? Para muchos expertos, es una misión que compete a los docentes de todas las áreas, y por eso defienden que reforzarla va más allá de aumentar las horas. En el congreso de Salamanca se abordó este tema en la mesa redonda titulada Leer para aprender en ciencias. En ella, el profesor de secundaria Luis Balbuena mostró cómo aprender matemáticas a partir del Quijote, y el también profesor del mismo ciclo Mariano Martínez Gordillo defendió el uso de textos periodísticos para aprender ciencia, por su interdisciplinariedad, capacidad para plantear debates controvertidos, entretener y divulgar con sencillez y metáforas.

 

PRENSA CULTURAL. Sobre William Faulkner

William Faulkner

   En "El País":

Gótico sureño

William Faulkner estaba convencido de que tan creativo debiera ser el trabajo del lector como del escritor. El viernes se cumplen 50 años de su muerte

 3 JUL 2012

En el verano de 1996, y tras varios meses de minuciosa preparación, emprendí con mi mujer un viaje inolvidable. La meta era Oxford (Misisipi), pero nuestro objetivo era recorrer, lo más minuciosamente posible, la geografía física y espiritual de las novelas de Faulkner. Siempre he sido un poco mitómano con los escritores que me gustan, sobre todo con los muertos (con la mayoría de los vivos, cuyos méritos literarios no siempre consigo disociar de su comportamiento como personas, me he llevado abundantes chascos). En cuanto a mi pasión literaria por Faulkner, supongo que se debe a que, después de DeFoe y Cervantes, a quienes leí (por ese orden) en mi adolescencia, ha sido el escritor a quien más he identificado con la gloria de la novela como género mestizo, proteico e inclasificable.
Sobre aquel viaje publiqué en la Revista de Occidente un pequeño travelogue que, más tarde, Javier Marías decidió generosamente incluir en Si yo amaneciera otra vez (Alfaguara, 1997), su libro-homenaje al autor de Mississippi. He vuelto a leer aquel relato y recordado lo mucho que me sorprendió entonces el llamativo olvido en que sus conciudadanos adoptivos (había nacido en la vecina New Albany) mantenían al que sin duda es su hijo más ilustre (Premio Nobel en 1949). En 1996, un año antes de que el mundo conmemorara su centenario, Faulkner era allí casi un desconocido, una especie de nebuloso icono local cuya casa (Rowan Oak) era visitada únicamente por algunos admiradores y profesores extranjeros. Recuerdo que, salvo un pequeño callejón que llevaba su nombre, no encontré placas ni monumentos conmemorativos. Y que, cuando averigüé (gracias al señor Parks, el peluquero local) que estaba enterrado en el cementerio de St. Peter, me costó dar con su tumba, desprovista de toda especial indicación o referencia.
Siempre he creído que la mejor novela de Faulkner es El ruido y la furia(1929), a la que el escritor, consciente de las dificultades que ofrecía su estructura, calificó en alguna ocasión de “espléndido fracaso”. La empezó a escribir en 1928, cuando ya había publicado sus dos primeras novelas y varios editores habían rechazado la tercera (Banderas en el polvo, luego transformada en Sartoris). Aquel rechazo actuó como estímulo para que el joven Faulkner, admirador de Cervantes y Dickens, pero también de los modernistas Eliot, Joyce y Woolf, se decidiera a tirar por la calle del medio, desentendiéndose felizmente de las imposiciones y consejos de los publishers: “Tuve la sensación de que se había cerrado una puerta entre mí y los editores y las listas de libros. Y, me dije, ‘ahora puedo escribir”.
En El ruido y la furia está todo Faulkner. Esa magnífica historia de ruina y desolación de una familia disfuncional y decadente es quizás el más acabado ejemplo de lo que se ha llamado “gótico sureño”, un específico subgénero en el que han brillado escritores como Eudora Welty, Carson McCullers, Tennessee Williams, Flannery O’Connor, Erskine Caldwell,Truman Capote o, más cerca, Cormac McCarthy. El Sur militar y moralmente derrotado al que no habían sabido adaptarse sus antiguas familias patricias es el marco en el que Faulkner sitúa a sus desolados personajes de fin de raza. Los cuatro diferentes puntos de vista, las vertiginosas elipsis, los saltos temporales y espaciales a través de los que nos va contando una historia inmortal no son vacuos ejercicios de virtuosismo literario, sino opciones literarias e, incluso morales (como los travellings para Godard), de un modernista convencido de que tan creativo debiera ser el trabajo del lector como el del escritor. En una época en la que la narratividad parece mayormente secuestrada en historias literariamente ancladas (en el mejor de los casos) en el siglo XIX, aquel “espléndido fracaso” sigue abriendo caminos y mostrando las posibilidades de la novela no solo como género, sino también como instancia imprescindible del conocimiento humano. Como todos lo clásicos, El ruido y la furia tiene la virtud de seguir revelándose a cada nueva lectura. Y a cada generación de lectores.

lunes, 10 de septiembre de 2012

POESÍA. "Aquí están tus recuerdos...", de Olga Orozco (Argentina, 1920-1999)

Olga Orozco

Aquí están tus recuerdos...

Aquí están tus recuerdos:
este leve polvillo de violetas
cayendo inútilmente sobre las olvidadas fechas;
tu nombre,
el persistente nombre que abandonó tu mano entre las piedras;
el árbol familiar, su rumor siempre verde contra el vidrio;
mi infancia, tan cercana,
en el mismo jardín donde la hierba canta todavía
y donde tantas veces tu cabeza reposaba de pronto junto a mí,
entre los matorrales de la sombra.

Todo siempre es igual.
Cuando otra vez llamamos como ahora en el lejano muro:
todo siempre es igual.
Aquí están tus dominios, pálido adolescente:
la húmeda llanura para tus pies furtivos,
la aspereza del cardo, la recordada escarcha del amanecer,
las antiguas leyendas,
la tierra en que nacimos con idéntica niebla sobre el llanto.

-¿Recuerdas la nevada? ¡Hace ya tanto tiempo!
¡Cómo han crecido desde entonces tus cabellos!
Sin embargo, llevas aún sus efímeras flores sobre el pecho
y tu frente se inclina bajo ese mismo cielo
tan deslumbrante y claro.

¿Por qué habrás de volver acompañado, como un dios a su mundo,
por algún paisaje que he querido?
¿Recuerdas todavía la nevada?

¡Qué sola estará hoy, detrás de las inútiles paredes,
tu morada de hierros y de flores!
Abandonada, su juventud que tiene la forma de tu cuerpo,
extrañará ahora tus silencios demasiado obstinados,
tu piel, tan desolada como un país al que solo visitaran cenicientos pétalos
después de haber mirado pasar, ¡tanto tiempo!,
la paciencia inacabable de la hormiga entre sus solitarias ruinas.

Espera, espera, corazón mío:
no es el semblante frío de la temida nieve ni el del sueño reciente.
Otra vez, otra vez, corazón mío:
el roce inconfundible de la arena en la verja,
el grito de la abuela,
la misma soledad, la no mentida,
y este largo destino de mirarse las manos hasta envejecer.

PRENSA. "300.000 a la calle", por Concha Caballero

Concha Caballero

   En "El País. Andalucía":

300.000 a la calle

Desde que gobierna el PP se han perdido unos 150.000 empleos en la Administración

  8 SEP 2012 

Primer día de vuelta a clase. Salón de actos o aula de cualquier instituto preparado para los exámenes de septiembre. A primera hora de la mañana los profesores han recibido una circular que les comunica que deben hacerse cargo de los exámenes y evaluación de los estudiantes correspondientes a los miles de interinos despedidos. Todos se preguntan cómo evaluar a alumnos cuyas tareas y planes de recuperación desconocen. A pesar de esta circular, en cientos de centros, gran parte de los interinos han acudido a los exámenes de septiembre. Llevan sus carpetas, sus exámenes y anotaciones. Saben perfectamente que no cobrarán ni un euro del mes de septiembre. A pesar de eso, si les preguntas, se encogen de hombros y te contestan: “Lo sabemos, pero no podíamos dejar colgados a los chavales”. Muchos se han quedado en el centro para corregir los exámenes y han dejado a sus compañeros unos folios con las notas de sus alumnos y con aclaraciones en caso de duda. Sus calificaciones parecen un pequeño testamento de bondad y de profesionalidad. Son 4.526 docentes solo en Andalucía. La Administración no sabe lo que tiene ni lo que pierde.
Esta última oleada de paro no se escribe con el ladrillo, ni con las máquinas industriales, sino con la tinta azul de la Administración pública. O sea, se escribe con la tinta de los derechos sociales y la calidad de sus servicios públicos. Es toda una opción política e ideológica. Lo tenían escrito de antemano bajo las consignas de adelgazar el Estado; con su propaganda de desprestigio de la función pública; con sus aireadas consignas sobre duplicidades y gastos innecesarios; con la mentira repetida de que en España —aunque los datos reales son radicalmente contradictorios— el sector público está sobredimensionado.
Pero no son puestos innecesarios los que se suprimen, sino los esenciales, los básicos. El país se puebla de profesores en paro, de personal sanitario despedido, de trabajadores de los servicios públicos arrojados a la calle en el mejor momento de su vida laboral. Se ha diseñado un sacrificio inútil, una mutilación descarada de los servicios públicos que no aparecía en ningún programa electoral, pero sí en los think tank del pensamiento conservador. Se ha puesto excesivamente el acento en el recorte económico de los sueldos de los funcionarios públicos, pero se ha hablado muy poco de esta malévola jugada del aumento de jornada laboral cuyo único objetivo es poner de patitas en la calle a 100.000 trabajadores.
La propia izquierda, que no se atreve a enarbolar la bandera del reparto del empleo, apenas ha hecho unas cuantas notas a pie de página de este siniestro plan que va a empobrecer gravísimamente la calidad de nuestras escuelas, de nuestros hospitales y de nuestros servicios sociales.
Desde que gobierna el PP se han perdido unos 150.000 empleos en la Administración. Las comunidades gobernadas por la derecha han sido la avanzadilla de este terrible ERE masivo del Estado. La marea verde de Madrid y de Valencia no ha conseguido parar los planes de recortes públicos. Tras ese experimento, las nuevas medidas de aumento de jornada y de congelación de las ofertas de empleo público, conseguirán elevar hasta 300.000 el número de empleados públicos despedidos. El próximo año será aún peor porque, según avanza el Gobierno, los Presupuestos Generales supondrán un “ajuste duro y una dolorosa reforma de la Administración pública”.
Es el momento de recordar que los servicios públicos son la única muralla que nos separa de la desigualdad absoluta. Se trata de los que curan, enseñan, investigan, atienden, garantizan la seguridad o apagan los fuegos. Más del 30% de ellos son interinos, eventuales o personal contratado. Si prescindimos de su trabajo, se empobrecerá de forma alarmante todo nuestro sistema público. De hecho, ya está ocurriendo: en algunos hospitales la situación empieza a ser insostenible y en la enseñanza pública se acaba cualquier proyecto de integración y de personalización. O a lo mejor es ese el efecto buscado. A fin de cuentas, según el Gobierno, por cada puesto que se suprime en la Administración, surgirá un nuevo empleo en el sector privado. Pagando, claro.


PRENSA. Viñeta de EL ROTO

   En "El País" (8 septiembre 2012):

PRENSA. RELIGIÓN. Sobre el fallecido cardenal Carlo Maria Martini

El cardenal Carlo Maria Martini, en abril de 2005. / MARCO LONGARI (AFP). ("El país")

   En "El País":

El Papa que no pudo ser

El recién fallecido cardenal Martini representaba a una Iglesia moderna, llena de dudas y de empatía con el prójimo

 Roma 7 SEP 2012

Tal vez presumiendo que, a su muerte, todos se iban a pelear por su túnica, el cardenal Martini eligió la manera de marcharse. Su cómplice fue el párkinson, el verdugo que desde hacía 16 años le venía quitando la vida poco a poco, el mismo que, allá por la primavera de 2005, segó de un tajo su única posibilidad de salir de un cónclave convertido en Papa. Un Papa moderno, dialogante, crítico, con dudas. Un Papa imposible. Así que, el pasado 8 de agosto, Carlo Maria Martini —cardenal de Milán desde 1979 a 2002— recibió al también jesuita Georg Sporschill y le concedió una entrevista. Después de revisarla, incapaz ya de comer, de beber y casi de hablar, llamó a su médico y le dio las instrucciones precisas para que lo dejara morir en paz, sedado, sin tratamiento terapéutico. Fue su último acto de rebeldía. Un día después de su muerte, acaecida el 31 de agosto en la residencia de los jesuitas en Gallarate (Varese), el diario italiano Corriere della Sera publicaba la entrevista. Su testamento vital. Su llamada de atención:
—La Iglesia está cansada, en Europa y en América. Nuestras iglesias son grandes, nuestros conventos están vacíos y la burocracia de la Iglesia aumenta. Nuestros rituales y nuestra ropa son pomposos. ¿Expresan estas cosas lo que somos hoy día?

“Si dos gais desean firmar un pacto para dar una estabilidad a su pareja, ¿por qué queremos que no sea así?”
Aquel 8 de agosto, el jesuita alemán Georg Sporschill acudió a la residencia de Gallarate junto a Federica Radice Fossati Confalonieri, laica, amiga de ambos, encargada de traducir preguntas y respuestas. Sporschill hablaba en alemán. El cardenal Martini, en un italiano apenas audible. “Creíamos”, contó después Federica, “que íbamos a estar allí 10 minutos, pero la conversación se prolongó por dos horas”. El día 23, la traductora regresó a la residencia de los jesuitas y obtuvo de Damiano Modena, el secretario del cardenal, el visto bueno a la entrevista. Eso sí, con una petición: “El texto es estupendo, pero es muy fuerte. Esperemos a hacerlo público después de la muerte”. Todos tenían la seguridad entonces de que aquellas palabras estaban destinadas a ser incluidas en el testamento del Carlo Maria Martini. Las palabras del “cardenal del diálogo”, del “hombre que hablaba al corazón de todos” —así lo ha calificado la prensa italiana—, reflejan, desde hace años, su preocupación por el divorcio entre la Iglesia católica y el mundo que la rodea.
—¿Qué herramientas recomienda usted para vencer la fatiga de la Iglesia?
—Yo recomiendo tres muy fuertes. La primera es la conversión: la Iglesia debe reconocer sus errores y seguir un proceso de cambio radical, empezando por el Papa y los obispos. Los escándalos de pederastia nos empujan a emprender un camino de conversión. Las preguntas acerca de la sexualidad y todos los temas relacionados con el cuerpo son un ejemplo. Estos son importantes para todo el mundo y, en ocasiones, tal vez son demasiado importantes. Debemos preguntarnos si la gente sigue escuchando los consejos de la Iglesia en materia sexual. ¿En este campo la Iglesia sigue siendo una autoridad o solo es ya una caricatura en los medios? La segunda es la palabra de Dios. El Concilio Vaticano devolvió la Biblia para los católicos. Solo la persona que percibe en su corazón esta palabra puede ser parte de los que ayudan a la renovación de la Iglesia y responderán a las preguntas personales con una elección acertada. La palabra de Dios es simple y busca como compañero un corazón que escuche. Ni el clero ni el derecho canónico pueden sustituir a la interioridad del hombre. Todas las reglas externas, leyes, dogmas, son elementos para aclarar la voz interior y el discernimiento de los espíritus. ¿Para qué están los sacramentos? Estos son el tercer instrumento de sanación. Los sacramentos no son una herramienta para la disciplina, sino una ayuda a los hombres para el camino y las flaquezas de la vida. ¿Llevamos los sacramentos a las personas que necesitan fuerzas renovadas? Pienso en todas las parejas divorciadas y vueltas a casar, en las familias extendidas. Esta gente necesita una protección especial. La actitud que tomemos hacia las familias extendidas determinará la cercanía de la Iglesia a la generación de los hijos. Una mujer que es abandonada por su marido y tiene una nueva pareja que cuida de ella y sus tres hijos. Si esta familia es objeto de discriminación, se corta su relación con la Iglesia, no solo la relación de la madre, sino también la de sus hijos. Si los padres están fuera o no sienten el apoyo de la Iglesia, esta perderá la próxima generación…
Después de leer las reflexiones del cardenal Martini —las que hizo antes de morir y otras publicadas en libros o artículos de prensa—, no deja de llamar la atención que su sentido común pudiese ser piedra de escándalo en la Iglesia. Que hubiese quienes lo llegaran a considerar un anti-Papa. El propio cardenal se cuidó muy bien de mantener su lucha interior —entre la fe y la duda— dentro de la Iglesia. Su decisión de ser enterrado en la catedral de Milán —tras un funeral al que asistieron decenas de miles de personas— es el más claro ejemplo. Pero, por si cabía alguna duda, el general de los jesuitas, el español Adolfo Nicolás Pachón, quiso despejarla: “Era, ante todo, un hombre libre. Creo que Carlo Maria Martini ha sido un hijo de san Ignacio hasta el final”.

“La Iglesia se ha quedado atrás 200 años. ¿Cómo no vamos a agitarnos? ¿Tenemos miedo? ¿Miedo en lugar de valor?”
Usó su libertad, por ejemplo, para discrepar de la Iglesia y admitir con naturalidad las uniones civiles entre personas del mismo sexo: “Si dos personas gais desean firmar un pacto para dar una cierta estabilidad a su pareja, ¿por qué queremos que no sea así?”. O para condenar el encarnizamiento terapéutico, o para criticar la pompa y la burocracia del Vaticano:
—La Iglesia se ha quedado atrás 200 años. ¿Cómo no vamos a agitarnos? ¿Tenemos miedo? ¿Miedo en lugar de valor? La fe es el fundamento de la Iglesia. La fe, la confianza y el valor. Yo soy ya viejo y enfermo y dependo de otros. La buena gente a mi alrededor me hace sentir el amor. Este amor es más fuerte que el sentimiento de desconfianza que a veces se percibe hacia la Iglesia en Europa. Solo el amor vence a la fatiga. Dios es amor…
El entierro del cardenal Martini constituyó un espectáculo difícil de entender fuera de Italia. A la catedral de Milán acudió el jefe del Gobierno, Mario Monti, pero también líderes de la izquierda, representantes de otras confesiones religiosas y gente, mucha gente. Los periódicos dedicaron multitud de páginas y durante días las tertulias de la radio divagaron sobre una pregunta imposible: ¿qué sería de la Iglesia si Martini hubiese sido Papa…?

viernes, 7 de septiembre de 2012

POESÍA. "Cabalgata del tiempo", de Olga Orozco (Argentina, 1920-1999)

Olga Orozco


Cabalgata del tiempo

Inútil. Habrá de ser inútil, nuevamente,
suspender de la noche, sobre densas corrientes de follaje,
la imagen demorada de un porvenir que alienta en la memoria;
penetrar en el ocio de los días que fueron dibujando con terror y paciencia
la misma alucinada realidad que hoy contemplo,
ya casi en la mirada;
repetir todavía con una voz que siento pesar entre mis manos:
-Alguna vez estuve, quizás regrese aún, a orillas de la paz,
como una flor que mira correr su bello tiempo junto al brazo de un río.

Todo ha de ser en vano.
Manadas de caballos ascenderán bravías las pendientes de su infierno natal
y escucharé su paso acompasado, su trote, su galope salvaje,
atravesando siglos y siglos de penumbra,
de sumisas distancias que irremediablemente los conducen aquí.

Tal vez sería dulce reconquistar ahora una música antigua,
profunda y persistente como el eco de un grito entre los sueños,
sumirse bajo el verde sopor de las llanuras
o morir con la lluvia, tristemente,
entre ramos llorosos que sombrearan viejísimas paredes.
Imposible. Solo un fragor inmenso de ruinas sobre ruinas.
Es el desesperado retornar de los tiempos que no fueron cumplidos
ni en gloria de la vida ni en verdad de la muerte.
Es la amarga plegaria que levantan los ángeles rebeldes
llamando a cada sitio donde pueda morar su dios irrecobrable.
Es el tropel continuo de sus lucientes potros enlutados
que asoman a las puertas de la noche la llamarada enorme de sus greñas,
que apagan con mortajas de vapor y de polvo toda muda tiniebla,
agitando sus colas como lacios crespones entre la tempestad.
La sangre arrepentida, sus heroicas desdichas.

Y nada queda en ti, corazón asediado:
apenas si un color, si un brillo mortecino,
si el sagrado mensaje que dejara la tierra entre tus muros,
se pierden, a lo lejos,
bajo un mismo compás idéntico y glorioso como la eternidad.

PRENSA. "Contadores de sombra", por José Luis Pardo

José Luis Pardo

   En "El País":

Contadores de sombra

Ha sido agosto extraño. En medio de las vacaciones, la inquietud apuntaba a la quiebra de su país. Alrededor se dibujaba el perfil de una tierra sin futuro y por eso quería evitar la pregunta: ¿Qué será de nuestros hijos?

 2 SEP 2012

Confiados, se fueron de vacaciones. Cuando estaba cerrando las persianas, ella sintió pasar sobre sus párpados una sombra de sospecha al acordarse involuntariamente de la consolidada tradición de aprovechar la distracción veraniega de la ciudadanía para promulgar decretos-leyes lancinantes y vergonzosos, implacablemente practicada por gobiernos de todos los signos ideológicos, pero dejó pasar la sombra como una nube efímera, entre otras cosas porque ya le resultaba difícil imaginar decretos más lancinantes y leyes más vergonzosas que las que se habían promulgado en los últimos tiempos, antes y después de haberse declarado la crisis bancaria. Echaron el cerrojo a la puerta y dejaron una luz semiencendida siguiendo las recomendaciones de la policía, debido al alarmante aumento de robos en los domicilios de la zona, algo que había llegado a ser, como tantas otras cosas, un ingrediente más de los que contribuían a crear ambiente para el acontecimiento que no debe ser nombrado. Él se había autoinoculado la ilusoria pero sedante creencia de que, en cuanto llegasen a la playa y comenzasen a escuchar el tranquilizador estruendo de las “motosierras” (que era como él llamaba a esos monstruosos cañones que expelen aire como tubos de escape, armados con los cuales unos hombres empequeñecidos por tales mecanismos hacen un ruido gigantesco a lo largo de las interminables urbanizaciones de la costa mediterránea con el pretexto de amontonar las hojas caídas de los árboles, pero con la finalidad real de despertar de su letargo a los veraneantes y hacerles tomar conciencia de sus inmerecidos privilegios), ya estarían más allá de la influencia de la prima de riesgo, más allá del miedo, de la angustia, de las posibilidades de manipulación y de la bilis de todos los colores, como si alguien que no tuviera medios exorbitantes de defensa y autosuficiencia pudiera realmente alcanzar semejante “más allá”.

Se inoculó la ilusoria creencia de que en la playa estarían lejos de la prima de riesgo
Fue el mes de agosto más extraño de toda su vida. Cada vez que él sentía aquel pinchazo intermitente en la zona del hígado, procuraba pensar en otra cosa mientras sonreía a su esposa o miraba las olas romper lenta, sucesiva y desordenadamente desde la línea de los windsurfistas hasta la arena bajo sus pies: otra sombra atravesaba entonces, como un rayo, su imaginación habitualmente inactiva (“¿seguirá existiendo el sistema sanitario público que teníamos cuando volvamos a casa?”); intentaba disiparla con la mano, fingiendo que espantaba un mosquito, pensando sarcásticamente que no era un buen momento para caer enfermo, considerando no solamente la decadencia de la seguridad social, sino también el endurecimiento de las bajas por enfermedad. La ocasional yuxtaposición de aquel turbio dolor con la visión de la playa le hizo recordar que alguna vez alguien había comparado el progreso de su país con la formación de las olas, y la corrupción con esa grasienta espuma que se forma en su cresta; la punzada hepática hacía así que, en su confusa visión, esa grasa nauseabunda quedase sobrenadando en el agua cuando el oleaje se calmaba y acabase por inundar todas las instituciones públicas, como si el progreso de pronto se hubiese reducido a ese pringue. Afortunadamente, el ataque de rencor ultraliberal que esa visión provocaba era inmediatamente contrarrestado por el cava, que llegaba siempre a tiempo de mitigar a la vez el pinchazo y el resentimiento, y que con su aturdimiento propiciaba un humor demagógico-populista que identificaba “lo público” con “lo bueno” (identificación que, por desgracia, distaba mucho de ser correcta) y, después de un momento de euforia, se convertía otra vez en una sombra nostálgica, lo que nunca venía mal, teniendo en cuenta lo mucho que se desea la sombra en los rigores de la canícula.
Desde el comienzo de las vacaciones, ella se volvió una maestra en el arte de no abrir la boca. Sabía que cada vez que lo hacía, aunque fuese en mitad de la cena para comentar la calidad del souquet, su angustia podía jugarle una mala pasada y —como atestiguaba el desconfiado ceño de su marido cuando despegaba los labios— llevarle a hacer preguntas metafísicas (“¿para qué hemos estado trabajando toda nuestra vida y cotizando a la seguridad social durante cuarenta años? ¿para qué hemos estado pagando impuestos y ahorrando estos cuatro euros que ahora, como esas pobres gentes a quienes se les empieza a transparentar el abrigo de tanto haberlo remendado, bajo su apariencia prusiana traslucen su humilde lencería de pesetas?”). De modo que había aprendido a comunicarse por gestos, moviendo las manos alegremente, como si estuviese dirigiendo una orquesta (aunque la orquesta no podría tocar más que algo francamente decadente, como la suite de jazz nº 2 de Shostakovich o One for my baby de Billie Holliday), al mismo tiempo que sonreía y levantaba las cejas en señal de despreocupación. Como lectura de evasión, y ante la mirada atónita del vendedor (que llevaba meses sin ver a una persona entrar en la librería), se había comprado una novela histórica ambientada a finales de la Edad Media, que resultó ser francamente mala. A medida que leía sus páginas se iba formando, en torno al débil argumento del libro y sin su contribución consciente y deliberada, una especie de trama superpuesta. Hubo, en efecto, un tiempo en el cual todo el negocio de la creencia y la confianza en el porvenir constituía un sector administrado en régimen de monopolio por la Iglesia católica, y su libro describía un mundo en el cual esa creencia había entrado en colapso. En la realidad actual, ese negocio se llama “crédito” y lo administra, también en exclusiva, la banca. Y ella estaba asistiendo a la quiebra de la creencia en el porvenir de su país, es decir, estaba viendo cómo a su alrededor se dibujaba el perfil de una tierra sin futuro, aunque procuraba enfrascarse en la ridícula intriga de aquella fábula para no escuchar la interrogación que acabaría de amargar sus vacaciones (“¿qué será de nuestros hijos?”).

¿Seguirá existiendo el sistema sanitario público que teníamos cuando volvamos a casa?
Aunque acerca de este asunto, en verdad, ambos tenían una seguridad tan inconfesa como sus dudas. Éstas últimas, aunque siempre implícitas entre ellos, eran más o menos acuciantes (“¿A dónde regresaremos cuando acaben nuestras vacaciones? ¿Tendremos aún casa, empleo, sueldo, cuenta bancaria? ¿Existirá aún el país del que partimos mirando aquellos carteles de la DGT que decían Lo principal es volver, pero no decían cómo ni a dónde?”) o curiosas (“¿Quién será tan cándido como para acudir a votar en las próximas elecciones, que se adivinan como uno de los hechos más apasionantes del horizonte?”). Aquélla otra, la seguridad, era de nuevo tan sombría como inexorable: si bien no querían aún decirlo abiertamente, ellos sabían muy bien cuál sería su futuro, porque ya lo habían vivido en su infancia y en su juventud; su futuro era su pasado, al que ahora tendrían que enfrentarse algo más cansados y con menos expectativas, como Sísifo la enésima vez que ve cómo su roca es devuelta al punto de partida de su pretendido ascenso. Esto contestaba a las preguntas que, antes del “despertar” crítico, inundaban alegremente los foros del espectáculo público: ¿cómo será la vivienda del futuro, el periódico del futuro, la universidad del futuro, la política del futuro? El enigma se había desvelado: serían, exactamente, las viviendas del pasado (pasarán lustros antes de que nadie construya otras nuevas), los periódicos, la universidad y la política del pasado, puesto que el país se había quedado repentinamente sin porvenir alguno, es decir, serían justamente todo eso de lo que hasta hace poco pensábamos que ya nos habíamos librado como quien consigue erradicar las liendres de su ropa o las cucarachas de su casa. En el fondo, eso les daba la tranquilidad de esas historias en las cuales no hay misterio alguno y todos los personajes saben demasiado bien a lo que se enfrentan, como si todo lo demás —los sueños de riqueza social y las aspiraciones a una democracia de primera— hubiera sido uno de esos espejismos que el desierto engendra y que después disipa.
En total, durante aquellas vacaciones acumularon grandes cantidades de sombra, aunque procuraron hacerlo con una extremada discreción porque sabían que, de divulgarse la noticia, aparecería alguna compañía dispuesta a facturarles también la materia oscura, incluyendo el no menos oscuro déficit tarifario del suministro de tinieblas.
José Luis Pardo es filósofo. Su último libro es El cuerpo sin órganos. Presentación de Gilles Deleuze (Pre-Textos).

PRENSA CULTURAL. "Historia e invención", por Manuel Rodríguez Rivero

Manuel Rodríguez Rivero
   En "El País":
Historia e invención
Manuel Rodríguez Rivero. 6 junio 2012

     Si toda la historia que nos enseñan es presentista, es decir, está hecha desde el contexto y la ideología de quien la escribe, todo el pasado que conozco (incluido, tal vez, el que he vivido) se me antoja construido desde distintos presentes ya pasados. Pertenezco a una generación a la que le han contado la historia desde muy divergentes perspectivas, de ahí que mi escepticismo respecto al estatuto científico del conocimiento histórico haya aumentado con los años.
     La primera vez que me enfrenté a la disciplina fue en cuarto de bachillerato, cuando debí estudiar un compacto manual en el que entraba desde Altamira hasta el Glorioso Alzamiento Nacional, con un pequeño apéndice en el que se mencionaba al amigo Eisenhower. Lo que entonces se llevaba era la historia descriptiva, heredera del positivismo y los historicismos del XIX, y en la que los de mi edad aprendíamos de memoria listas de reyes, testamentos, políticas matrimoniales y batallas decisivas, sin que jamás llegáramos a entender el cómo y el porqué de todo aquel quilombo événementiel de “sucesos sucedidos”.
     En la Universidad la historia era ya otra historia. A partir de finales de los sesenta, y a través de discípulos del gran Vicens Vives (quien, por cierto, no disimulaba su admiración por Toynbee), ya se sentía el influjo de los primeros y segundos Annales e, incluso, el eco en sordina de los historiadores marxistas de Past and present: de repente el relato del pasado se despreocupó de sus tradicionales protagonistas y empezó a alimentarse bulímicamente de economía y sociología, de estadísticas y estamentos, de explotadores y explotados. Luego aterrizaron los minuciosos estructuralistas y los obsesivos cliómetras, los historiadores de las crisis y de las mentalidades, los microhistoriadores del molinero Menocchio y los que extraían conclusiones de la vida cotidiana en una aldea occitana. Todo era historia y todo se podía contar desde muchos puntos de vista: tras la aridez del estructuralismo y del linguistic turn,llegaron los derridianos, los deconstructores, las feministas, los historiadores culturales, los estudiosos de la queer history, hasta completar el resto de la abigarrada tropa. Y, cuando ya parecía que el viejo relato se había fragmentado en mil pedazos, un grupo de historiadores británicos que llegaría a ser muy influyente, requeridos por los medios, y posiblemente seducidos por la eclosión global de la novela histórica, volvieron a reinventarlo. De modo que se hicieron narradores y, tras triunfar en las televisiones escribiendo series históricas de amplia audiencia, se convirtieron en celebridades mediáticas.
     Uno de ellos es Orlando Figes, uno de los más reputados estudiosos de Rusia y la URSS (sus principales libros han sido publicados por Edhasa). Hace un par de años, cuando ya era un celebrity historian y se había convertido en éxito mundial su estupendo libro Los que susurran (en el que despliega con arte de novelista y oficio de historiador la sórdida realidad de un conjunto de vidas privadas durante los años de plomo del estalinismo), se vio mezclado en un escándalo cutre: utilizando un seudónimo (“historiador”), se había dedicado a poner a caldo en Amazon los libros de otros colegas suyos. Fue descubierto y cometió más torpezas: primero amenazó a los denunciantes con llevarles a juicio y, más tarde, mintió echándole la culpa a su señora. Después pidió perdón y consiguió que sus éxitos de historiador mediático difuminaran sus estupideces de individuo vanidoso. Ahora, mientras en el Reino Unido se acumulan las reseñas ditirámbicas de su último libro, Just send me word, subtitulado con sentido de la mercadotecnia “una verdadera historia de amor y supervivencia en el Gulag” y basado en la correspondencia de una pareja separada por la guerra y el castigo, algunos sovietólogos rusos y anglosajones han denunciado presuntas inexactitudes o tergiversaciones contenidas en Los que susurran.
     Mientras se aclara el asunto, he decidido volver a leer Doctor Zhivago.Sí, ya sé que solo es una novela. Pero, ¿acaso la historia no lo es también, a su manera, mucho más trágica y terrible?


jueves, 6 de septiembre de 2012

POESÍA. "En el final era el verbo", de Olga Orozco (Argentina, 1920-1999)

Olga Orozco

En el final era el verbo

Como si fueran sombras de sombras que se alejan las palabras,
humaredas errantes exhaladas por la boca del viento,
así se me dispersan, se me pierden de vista contra las puertas del silencio.
Son menos que las últimas borras de un color, que un suspiro en la hierba;
fantasmas que ni siquiera se asemejan al reflejo que fueron.
Entonces, ¿no habrá nada que se mantenga en su lugar,
nada que se confunda con su nombre desde la piel hasta los huesos?
Y yo que me cobijaba en las palabras como en los pliegues de la revelación
o que fundaba mundos de visiones sin fondo
para sustituir los jardines del edén sobre las piedras del vocablo.
¿Y no he intentado acaso pronunciar hacia atrás todos los alfabetos de la muerte?
¿No era ese tu triunfo en las tinieblas, poesía?
Cada palabra a imagen de otra luz, a semejanza de otro abismo,
cada una con su cortejo de constelaciones, con su nido de víboras,
pero dispuesta a tejer y a destejer desde su propio costado el universo
y a prescindir de mí hasta el último nudo.
Extensiones sin límites plegadas bajo el signo de un ala,
urdimbres como andrajos para dejar pasar el soplo alucinante de los dioses,
reversos donde el misterio se desnuda,
donde arroja uno a uno los sucesivos velos, los sucesivos nombres,
sin alcanzar jamás el corazón cerrado de la rosa.
Yo velaba incrustada en el ardiente hielo, en la hoguera escarchada,
traduciendo relámpagos, desenhebrando dinastías de voces,
bajo un código tan indescifrable como el de las estrellas o el de las hormigas.
Miraba las palabras al trasluz.
Veía desfilar sus oscuras progenies hasta el final del verbo.
Quería descubrir a Dios por transparencia.

PRENSA. "¿El fracaso de la educación?", por Adela Cortina

Adela Cortina

   En "El País":

¿El fracaso de la educación?

¿No hay más salida que las intervenciones biológicas para lograr una humanidad moral?

 1 SEP 2012

La educación es el clavo ardiendo al que se coge cualquier conferenciante que trate de sugerir soluciones para la crisis financiera, política y social que venimos padeciendo. Cuando sus recursos académicos no le dan para más, sugiere que trabajemos conjuntamente los distintos sectores sociales, incluida la sociedad civil, porque sacaremos más provecho de la cooperación que de la búsqueda egoísta del beneficio individual. Pero, claro, como en la vida corriente esas declaraciones sobre las excelencias de la cooperación y de la ayuda mutua se quedan en eso, en declaraciones, y las realizaciones van por otros derroteros, el conferenciante acaba afirmando, para alivio del público, que todavía nos queda una salida, la de la educación, para salvar el cotidiano abismo entre los dichos y los hechos.
Decía Ortega que lo que nos pasa es que no sabemos lo que nos pasa, pero la verdad es que sí lo sabemos, que lleva toda la razón el célebre chiste de un encuestador que pregunta a un transeúnte si se dejaría corromper, y el interpelado contesta: si es una encuesta, rotundamente no; si es una proposición, hablemos. ¿Cómo conseguir adecuar las actuaciones a las encuestas?
No parece que nuestras sociedades crean de verdad que los seres humanos tienen dignidad, y no un simple precio, ni que la libertad, la igualdad y el apoyo mutuo sean superiores a sus contrarios. No parecen creerlo porque no lo hacen, las realizaciones no concuerdan con las declaraciones, del dicho al hecho hay un inmenso trecho.
Tan patente es la contradicción entre el decir y el hacer que algunos neuroéticos, es decir, algunos autores que trabajan sobre las bases cerebrales de la moralidad, han señalado como el gran problema de nuestra época la falta de motivación moral. Las gentes obedecen mal que bien las leyes legales, porque obligan mediante coacción. Y este “mal que bien” no precisa muchas explicaciones en un periodo como el actual. Pero la debilidad y la fuerza de la moral vienen de que son las personas mismas las que han de estar convencidas de que los seres humanos son dignos de una vida buena, de que hay valores que es necesario encarnar en la vida cotidiana. Ése es el precio que hay que pagar por la autonomía moral, y ésa es también su grandeza.
Pero como la motivación moral no parece estar en sus mejores momentos, más bien, según los autores mencionados, ni está ni se le espera, sugieren ir pensando en un camino que no se puede recorrer en el corto plazo, ni tal vez siquiera en el medio, pero a lo mejor sí en el largo: mejorar moralmente la especie humana interviniendo en el cerebro.
Si es verdad —prosiguen estos autores— que la moralidad humana tiene al menos una base biológica, entonces un tratamiento neurológico o genético permitiría fomentar las emociones que apoyan nuestro sentido de la justicia y nuestra capacidad para el altruismo. De hecho, sustancias como la oxitocina parecen aumentar la confianza en las personas, los inhibidores selectivos de la recaptación de serotonina, incrementar la cooperación y reducir la agresión, y también el ritalín parece reducir las agresiones violentas. ¿Podríamos con todo ello organizar por fin el soñado mundo feliz, en el que todos los seres humanos alcanzan sus metas ayudando a los demás a perseguir las suyas?
Sería algo similar a lo que el norteamericano Arthur Caplan aseguraba, entusiasmado con la posibilidad de mejora: “Si tuviera la posibilidad de insertarme un chip en el cerebro con el que pudiera ya hablar francés, sin tener que pasar por academias, cursos, audición de cintas y todo ese calvario que implica el aprendizaje de un idioma, no lo dudaría ni un segundo”. ¿Podría hacerse algo análogo en relación con la moral?
La verdad es que éste es un proyecto recurrente en la historia, en las ciencias, y no sólo en ellas. El Frankenstein de Shelley, La isla del doctor Moreau de Wells, El mundo feliz de Huxley, La naranja mecánica de Kubrick, son una minúscula muestra de ese afán de mejorar moralmente a los seres humanos interviniendo ya, sin confiar para esta mejora en la educación que debería venir de una sociedad que dice mucho, pero no parece interesada en hacerlo.
Ciertamente, proyectos como éste pertenecen todavía a la tecnociencia ficción, pero las ficciones pueden convertirse en realidad en el medio y largo plazo, y conviene que la ciudadanía las conozca para formarse una opinión y debatirla. En este debate una cuestión sería clave, a mi juicio: ¿no hay más salida que las intervenciones biológicas para conseguir una humanidad convencida de los mejores valores de palabra y obra? ¿O más bien sucede que no existe el chip moral, no hay fármaco ni implante que sustituya a la paciente formación voluntaria del carácter de las personas, de las instituciones y de los pueblos? En tal caso, en este 2012, declarado Año de las Neurociencias, seguiría siendo cierto que sólo la libertad es el camino hacia la libertad.
Adela Cortina es catedrática de Ética y Filosofía Política de la Universidad de Valencia y Directora de la Fundación ÉTNOR.

PRENSA CULTURAL. "Héroes operísticos", por Manuel Rodríguez Rivero

Manuel Rodríguez Rivero

   En "El País":

 26 JUN 2012

Se escriben novelas por innumerables razones: por dinero, desde luego, pero también por amor o desamor, por venganza o por odio, por imitación o por envidia, para ser amados (o admirados), para entretener a hijos o amantes, incluso por la imperiosa necesidad de contar una historia que ha crecido muy adentro y exige una salida de urgencia. Cada novelista tiene la suya, pero, entre todas las razones mencionadas cuando son preguntados, hay una que se repite con frecuencia: para vivir otras vidas, para ser otros.
Las razones por las que Emilio Salgari (1862-1911) escribió más de ochenta novelas y un centenar de relatos pueden rastrearse en El último viaje del capitán Salgari (Ático de los Libros), de Ernesto Ferrero, una novela biográfica en torno a la peripecia vital de uno de los más leídos autores italianos de los dos últimos siglos. Junto con Verne —del que le separan tantas cosas— Salgari es uno de los grandes exponentes europeos de la novela de aventuras, un auténtico “padre de héroes” venerado por adolescentes de varias generaciones. Entre otros, los de la mía. Lo descubrí en dos o tres volúmenes sueltos de los que había publicado la editorial Maucci en los años veinte y que encontré incongruentemente albergados en la biblioteca de mis abuelos, junto a insoportables novelas de Vargas Vila y obras más modernas de Vicki Baum, Maxence Van der Meerch, o Mika Waltari. Fue en aquellos escasos libros donde conocí al aguerrido pirata (y, según supe luego, furibundo anti-imperialista) Sandokán, a su fiel amigo Yáñez y a su enamorada lady Mariana Guillonk, la dulce “perla de Labuán”. Más tarde, los volúmenes de la colección Molino, bastante menos aparatosos, me permitieron completar el ciclo de los “piratas de la Malasia” y descubrir a otros héroes salgarianos en escenarios tan diversos como el Caribe, el Far West, Australia, los mares árticos o la India. Fue también en Salgari (antes que en Verne) donde leí mi primera novela de ciencia-ficción: Las maravillas del año 2000, de la que lo único que recuerdo es un grabado que representaba una especie de barco-tranvía circulando por un ámbito helado.
Es verdad que las novelas de Salgari han envejecido peor que las de Verne. Quizás porque sus héroes son más aparatosos y están menos cuidadosamente caracterizados (incluso para los estándares de las novelas de aventuras). Supongo que leí a ambos al mismo tiempo, pero entonces me gustaba más Salgari que Verne, tal vez por sus mismos defectos y porque la fantasía del italiano apuntaba más a lo irracional, a lo primario, a la necesidad infantil de identificación con los más fuertes. Eran héroes, en cierto sentido, operísticos, desbordados, viscerales. Como las historias que protagonizaban.
La documentada novela de Ferrero muestra por la vía de la reconstrucción biográfica que Emilio Salgari fue el más complejo de todos sus héroes. Hijo y padre de una estirpe de suicidas, fantasioso con su propia biografía, viajero inmóvil a través de los exóticos escenarios de sus libros, su vida fue un desmesurado drama personal y familiar. Sus editores se nos muestran como tremendos ejemplos de la voracidad, la rapiña y la falta de escrúpulos tan frecuentes en su gremio a lo largo del siglo XIX. Vivió miserablemente mientras escribía artículos, cuentos y novelas a razón de tres páginas diarias, y pobre de él si la enfermedad o los imprevistos retrasaban la entrega. Harto de su sufrimiento y de asistir al hundimiento de su mujer en el manicomio en que estaba recluida, una mañana, tras escribir cartas a sus hijos, a su editor y al director de su periódico, se dirigió con una navaja de afeitar a un parque de Turín y allí se practicó un (chapucero) seppuku. En 1998 dos astrónomos italianos pusieron su nombre al asteroide 27094. Seguro que, como había hecho Pavese, de niños habían jugado a ser “piratas de la Malasia”.

miércoles, 5 de septiembre de 2012

POESÍA. "Entre perro y lobo", de Olga Orozco (Argentina, 1920-1999)

Olga Orozco

Entre perro y lobo

Me clausuran en mí.
Me dividen en dos.
Me engendran cada día en la paciencia
y en un negro organismo que ruge como el mar.
Me recortan después con las tijeras de la pesadilla
y caigo en este mundo con media sangre vuelta a cada lado:
una cara labrada desde el fondo por los colmillos de la
     furia a solas,
y otra que se disuelve entre la niebla de las grandes manadas.

No consigo saber quién es el amo aquí.
Cambio bajo mi piel de perro a lobo.
Yo decreto la peste y atravieso con mis flancos en llamas
las planicies del porvenir y del pasado;
yo me tiendo a roer los huesecitos de tantos sueños
     muertos entre celestes pastizales.
Mi reino está en mi sombra y va conmigo dondequiera que vaya,
o se desploma en ruinas con las puertas abiertas a la
     invasión del enemigo.

Cada noche desgarro a dentelladas todo lazo ceñido al corazón,
y cada amanecer me encuentra con mi jaula de obediencia en el lomo.
Si devoro a mi dios uso su rostro debajo de mi máscara,
y sin embargo solo bebo en el abrevadero de los hombres
un aterciopelado veneno de piedad que raspa en las entrañas.
He labrado el torneo en las dos tramas de la tapicería:
he ganado mi cetro de bestia en la intemperie,
y he otorgado también jirones de mansedumbre por trofeo.
Pero, ¿quién vence en mí?
¿Quién defiende de mi bastión solitario en el desierto, la sábana del sueño?
¿Y quién roe mis labios, despacito y a oscuras, desde mis propios dientes?