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sábado, 4 de abril de 2015

PRENSA. "Viaje a la última frontera del mundo".

   En "El País Semanal":

Viaje a la última frontera del mundo

El deshielo del Polo Norte está abriendo fronteras antes inaccesibles. La extracción de petróleo y la apertura de nuevas rutas marítimas amenazan la destrucción de un ecosistema clave para la supervivencia del planeta.

Es la sensación de estar en el fin del mundo. El mar arroja el primer iceberg. Aparece a unos ochenta metros a babor, inerte. Después le seguirá otro. Luego, decenas. Centenares. Miles. El Esperanza, uno de los tres buques de la organización ecologista Greenpeace, aminora la marcha al alcanzar el mar despedazado, del que alertaba el radar horas antes con unos puntitos fosforescentes. En el puente, además del capitán, viaja un piloto de hielo, asesor para este tipo de mares. En la proa, el ruido del casco contra los bloques congelados rompe el silencio: aparta algunos y cabalga sobre otros, partiéndolos con el peso del barco. Entre los trozos resultantes penetra un torrente de agua, dando vuelta al hielo como a una peonza, buscando su nuevo equilibrio dentro del agua. Cubos de hielo gigantes y afilados, blancos y azul piscina.
Cuando el reloj marca las últimas horas del día, el barco se detiene en la inmensidad helada. Decenas de aves revolotean junto al buque, mientras los marineros apuran la jornada en la sala de estar del Esperanza, charlando, recordando mil anécdotas una y otra vez contadas, escuchando música y bebiendo cerveza entre amigos: el alcohol solo está permitido a partir de las seis. Por los ventanucos entra la luz del verano polar, 24 horas ininterrumpidas de claridad que burla los biorritmos. El sol, a esta latitud, bordeando los 80 grados norte, apenas calienta. En cubierta, los fumadores apuran sus cigarrillos con unas temperaturas que rozan los cero grados centígrados, aunque a veces el viento baje la sensación térmica hasta los menos 20. Estamos a principios de agosto.
A las dos de la mañana, tres osos polares se acercan al buque. Un marinero de guardia se percata y alerta a los pocos compañeros que no duermen. Los animales no tienen miedo. Probablemente tampoco excesiva hambre, aunque en esta época de deshielo cada vez más severo es cuando menos alimento encuentran y, por tanto, más peligrosos son. No intentan encaramarse al buque, aunque podrían por su tamaño: dos metros y medio de largo, 600 kilos de peso. Por si acaso, las puertas permanecen cerradas. Han sentido curiosidad por esa mole de color verde y blanco que somos nosotros, 72 metros de eslora, el barco mayor de Greenpeace. Saciada su incógnita, pierden el interés y se alejan. Al día siguiente, los pocos afortunados en verlos cuentan, exaltados, el encuentro. Los demás miran las fotografías con envidia mientras desayunan un café caliente con galletas.

Tres osos polares se acercan de madrugada al buque ‘Esperanza’. Miran curiosos la mole verde y blanca y desaparecen
Estamos a 1.207 kilómetros del Polo Norte geográfico. Un día después de zarpar de Longyearbyen –la capital de Svalbard, un territorio de ultramar noruego– invitados por Greenpeace, en lo que llaman la Expedición Ártico 2014. Un viaje para enseñar esta maravillosa y amenazada zona del planeta, un acto más de la campaña Salva el Ártico. Por la mañana, en el comedor, un activista de la organización ecologista da las indicaciones para la actividad del día, a la postre una de las más impactantes en casi una semana de navegación: caminar sobre el hielo marino. Hay que ponerse un traje especial. Sin él, en caso de pisar en falso y deslizarse al mar, estaríamos muertos de un infarto en dos minutos. También advierten de otro peligro, los propios osos, que no entienden de buenas intenciones.
El danés Arne Sørensen es el piloto de hielo, una figura obligatoria en estas latitudes. Con cuatro décadas de experiencia en el mar, es un tipo que descifra los hielos y se adelanta a lo que está por venir, eligiendo la mejor ruta, en una suerte de danza en zigzag que maximiza la velocidad y minimiza el roce del casco contra los icebergs. Sin él no estaríamos donde estamos ni podríamos amarrarnos al hielo que, por supuesto, está en leve movimiento aunque no lo notemos. Jesper baja primero y comprueba que no hay osos. Visto bueno. Y todos a un hielo lleno de baches y montañitas que nos ponen en nuestro lugar en la naturaleza. Afloran las torpezas: una caída, un pie que penetra hasta la rodilla en el agua, una pisada de un oso. Caminamos por un paraíso que podría desvanecerse pronto.


Miles de araos de Brünnich regresan a sus nidos en Svalbard (Noruega) / NICK COBBING
“El hielo decrece en el Ártico. Hay científicos que creen que no quedará nada en 2100. Otros adelantan las predicciones a dentro de 20 a 35 años en verano”, asegura Arne. Según el Centro Nacional de Hielo y Nieve de Estados Unidos (NSIDC), el pasado agosto ha sido el séptimo peor en el Ártico desde 1979 (año en que empezaron a recolectarse estadísticas gracias a las imágenes por satélite), con un mínimo de mar congelado de seis millones de kilómetros cuadrados. En el mismo mes en 1979 se superaban los ocho millones. El año 2012 marcó el mínimo histórico, pero detrás vienen 2007, 2011, 2010, 2008 y 2013. El director del NSDIC, Mark Serreze, alertaba en National Geographic hace un año: “La tendencia es indudablemente negativa”.
No solo hay menos hielo en extensión, sino en grosor. “Tres cuartas partes del volumen que había en 1979 no existen”, asegura Tatiana Nuño, responsable de la campaña de cambio climático y energía de Greenpeace en España. Un estudio de la Universidad de ­Washington y la NASA señala que, en el caso de las aguas al oeste y norte de Alaska, la cantidad de nieve acumulada sobre el hielo marino es entre un 33% y un 50% menor hoy que en 1950. Jiping Liu, de la Universidad de Albany, en Nueva York, autora de otro estudio que prevé que el Ártico podría estar libre de hielo a partir del verano de 2054, alerta de que “un hielo más grueso previene que la luz solar alcance y caliente el agua del mar”. En el Instituto Polar de Noruega, situado en Longyear­byen, su director, Kim Holmén, profundiza en las consecuencias: “A medida que los rayos del sol penetraran más profundo, el agua se calentaría, la evaporación del mar sería más rápida y aumentarían la humedad y las precipitaciones. Habría cambios en las corrientes de agua dulce y marinas, así como modificaciones meteorológicas en todo el mundo. Y, por supuesto, los animales y las plantas que necesitan el hielo perderían su hábitat y muchas especies desaparecerían”.

Con el deshielo podrían provocarse cambios en la corriente del Golfo. España podría sufrir entonces un tiempo más frío”
“El cambio climático está causado casi en su totalidad por la acción del hombre. El Ártico es donde más se nota. Aquí hemos observado glaciares deshelándose y fiordos que ya no siempre se congelan en invierno como sucedía hace cien años”, señala Holmén, con tres décadas de experiencia en el estudio del cambio climático. Lo vemos con nuestros ojos: el glaciar Blomstrand –situado frente a Ny-Ålesund, un asentamiento científico de Svalbard– ha retrocedido dos kilómetros en 80 años y ha dejado al descubierto una isla que se pensaba era una península. Allí avistamos focas, aves y un oso polar, que, perezoso, nos mira de reojo y se estira: le hemos despertado de la siesta.
Son las pérdidas de hielo en los glaciares las que contribuyen a un aumento del nivel del mar, que avanza a un ritmo de 3,2 milímetros anuales en la última década, según Tatiana Nuño, de Greenpeace. En este sentido no afecta el deshielo del océano Ártico congelado, que digamos ocupa el mismo espacio esté en estado sólido o líquido. “El gran cambio podría venir por la pérdida de hielo de los glaciares de agua dulce y del hielo continental en Groenlandia”, explica Andrés Barbosa, investigador del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC). Hasta siete metros podría subir el mar si todo el hielo groenlandés se derrite. “Semejante masa de agua dulce modificaría la salinidad del mar, alterando las corrientes marinas, que se establecen por diferencias entre la temperatura del agua y la sal”, asegura Barbosa, que explica que corrientes como la del Golfo podrían verse cambiadas, y con ello el clima, por ejemplo en España: “A pesar de que estamos a la misma latitud que Nueva York, nosotros disfrutamos de un clima más cálido que ellos, con inviernos más suaves. Un cambio en la corriente del Golfo podría provocar más frío en España. Justo lo contrario que se podría pensar cuando se habla de cambio climático, normalmente asociado al calentamiento”.


El agua dulce de los glaciares, en caso de derretirse, contribuiría al aumento del nivel del mar / NICK COBBING
Que el hielo se derrita tiene efectos “positivos” para algunos. Irónico: el cambio climático beneficia a las industrias del petróleo y gas, así como a las navieras, que podrían abrir nuevas rutas para el transporte de combustibles y de contenedores con origen o destino en Asia, donde se ubican 15 de los 20 puertos más activos del mundo. No es de extrañar que China sea por ello uno de los más interesados en el Polo Norte, hasta el punto de que sus dirigentes empujan con fuerza para que el país entre en el Consejo Ártico, al que pertenecen los países con territorio dentro del Círculo Polar, así como otro ramillete de Estados, entre ellos España, que por cuestiones históricas como la pesca también son observadores. Pero si hay un país que sueña e impulsa los cambios es Rusia. Su presidente, Vladímir Putin, tiene ambiciosos planes y reivindicaciones territoriales. En realidad todos los Estados dentro del Círculo Polar y con salida al océano Ártico las tienen (Estados Unidos, Canadá, Groenlandia-Dinamarca, Noruega, Islandia y Rusia), pero quizá los rusos sean los que más lejos hayan llegado. En 2007 avisaron: un minisubmarino alcanzó el lecho marino justo en el punto donde se encuentra el Polo Norte geográfico y plantó una bandera rusa de titanio. A bordo viajaba Artur Chilingarov, miembro de la Academia de las Ciencias de Rusia y diputado de la Duma. Era la manera de reivindicar que, más allá de las 200 millas náuticas desde la costa que delimitan las aguas nacionales de las internacionales, su país aspiraba a un trozo de la tarta mayor.
Los rusos podrían haber puesto una bandera en el hielo. Pero no, lo que les interesa es el subsuelo. Según un informe de la consultora Ernst & Young, el Ártico podría albergar un 20% del petróleo y gas del mundo aún sin descubrir, cifra que aumenta hasta el 30% según otras estimaciones más optimistas. Un caramelo que los países mencionados anteriormente quieren saborear. Los primeros descubrimientos en el Círculo Polar Ártico datan de la Guerra Fría. Primero los soviéticos en 1962, con el campo de Tazovskoye, y cinco años después los estadounidenses, en Alaska en el Prudhoe Bay. Desde entonces se han descubierto 61 campos de petróleo y gas: 43 en Rusia, 11 en Canadá, 6 en Alaska (EE UU) y 1 en Noruega. Sin embargo, las dificultades logísticas y económicas para explotar estos lugares tan al norte, debido al mal tiempo, al hielo flotante o a la oscuridad total en invierno, fueron siempre barreras. Hasta ahora. En abril de este año se extrajo en el campo ruso de Prirazlomnoye, explotado por ­Gazprom, el primer barril de petróleo ártico de la historia. El crudo llegó al puerto de Róterdam el 1 de mayo.

En el hielo es imposible controlar un vertido de petróleo: por el mal tiempo, el mar helado y la oscuridad del invierno”
En la ciudad holandesa esperaba el Rainbow Warrior, el afamado velero de Greenpeace, que trató de impedir el atraque del petrolero Mijaíl Ulyanov. El capitán ecologista Peter Willcox fue detenido junto a otros 43 activistas. Para él no era novedad. En septiembre de 2013, y a bordo de otro de los barcos de la organización, el Arctic Sunrise, Willcox y 29 compañeros más también fueron arrestados en aguas internacionales tras el intento de asalto, el día anterior, precisamente de la plataforma de Prirazlomnoye. El asunto derivó en un conflicto diplomático internacional con Rusia, que acabó amnistiando a los activistas tres meses después, al albor de los Juegos Olímpicos de Invierno en Sochi y dentro de un paquete de medidas más amplio por el cual también fueron liberados afamados disidentes políticos rusos como las Pussy Riot o el exmagnate Mijaíl Jodorkovski. Uno de los llamados 30 del Ártico, el holandés Mannes Ubels, ingeniero de barcos de Greenpeace que permaneció encarcelado en Rusia, comenta en la sala de máquinas del Esperanza: “El revuelo de nuestra detención sirvió para expandir más el mensaje que queríamos. Pero a otro nivel, los rusos dejaron claro cómo manejarán estas situaciones en el futuro”.
El otro gran negocio que se avecina en el Ártico es el incremento del tráfico marítimo. Hay cuatro posibles rutas para atravesar el Polo Norte en barco, tres de las cuales ya están operativas, algunas recientemente. La que aún permanece cerrada por el hielo y no se ha utilizado jamás es la transpolar, que uniría el Atlántico y el Pacífico atravesando el Ártico prácticamente por el Polo Norte geográfico. La llamada ruta del Noroeste, que une Alaska y el Atlántico por la costa norte canadiense, la misma que navegó por primera vez Roald Amundsen en 1903-1906 a bordo del Gjøa, marcó su primer hito comercial en septiembre del año pasado, cuando el carguero Nordic Orion la cruzó con 15.000 toneladas de carbón en sus bodegas, acortando el viaje entre Vancouver y Pori (Finlandia) en cerca de 2.000 kilómetros. También en Canadá, pero en un sitio menos inhóspito, en Churchill, en la bahía de Hudson, parte o termina el camino que la une con Múrmansk (Rusia), utilizado desde finales de los años setenta principalmente para el transporte de cereales.


A bordo del Esperanza, barco de Greenpeace / NICK COBBING
Pero la joya de la corona es el paso del norte, que une Europa y Asia por el Ártico, un viejo anhelo ruso. Tras la Revolución de Octubre (1917), Vladímir Lenin impulsó el desarrollo de esta vía, que durante las décadas de mandato soviético casi siempre estuvo vetada a los extranjeros. Se usaba para el transporte de comida, suministros y material militar. A partir de los años cincuenta, en el contexto de la Guerra Fría, la ruta ganó impulso gracias al desarrollo de rompehielos nucleares, el primero de los cuales fue el Lenin, botado en 1957. Por el norte llegaron a pasar 6,6 millones de toneladas de mercancía rusa, pero el colapso de la URSS en 1991 detuvo todo aquello. Hasta que, recientemente, Putin decidió reverdecer el pasado comunista para hacer la competencia al canal de Suez y al de Panamá. Rusia cuenta hoy con 37 rompehielos, cuatro de ellos nucleares, estos últimos únicos en el mundo. Son la escolta necesaria para que otros barcos puedan navegar por el mar helado a cambio de una tarifa: unos 300.000 dólares por navío, precio similar al que se paga por atravesar Suez o Panamá, pero con la diferencia del ahorro en combustible y tiempo. En 2010, cuatro buques utilizaron la ruta. Fueron 34 en 2011, 46 en 2012 y 71 el año pasado. Entre ellos, el Yong Sheng, el primer mercante chino que se adentraba en la vía norte, acortando el camino desde Dalian hasta Róterdam de 48 a 33 días: 21.600 kilómetros por Suez frente a 14.600 por el paso del norte. Y, encima, sin preocuparse por la piratería que afecta a las costas de Somalia y a las del mar de la China Meridional. Otros trayectos que se beneficiarían son, por ejemplo, el que une Róterdam con Yokohama (8.500 kilómetros por el norte contra 20.600 por Suez) y de Vancouver a Róterdam (12.850 kilómetros por el Ártico frente a 16.400 por el canal de Panamá).
Desde un punto de vista ecologista, tanto la explotación de petróleo en el Ártico como su transporte es una bomba de relojería. “En la mayoría de estas áreas hace muchísimo frío y viento, por lo que las condiciones de trabajo serían muy difíciles. Si por lo que sea sucede un desastre, por ejemplo en septiembre, sería imposible controlarlo a tiempo antes de que llegue el invierno y caiga la noche 24 horas”, opina Arne, el especialista en hielo. Richard Steiner, exprofesor en la Universidad de Alaska durante 30 años, experto en vertidos de petróleo y hoy asesor freelance en la materia para Gobiernos y compañías por todo el mundo, alerta de que un accidente de una plataforma o un petrolero en el Ártico “podría tener consecuencias de muy larga duración e incluso permanentes”. Pone un ejemplo, el desastre del Exxon Valdez en 1989 en Alaska: “Todavía hoy recibimos petróleo”.
Para controlar un vertido hay tres métodos, de los cuales ninguno es efectivo hoy por hoy en el norte: el mecánico, que consiste en atrapar el petróleo mediante barreras; la dispersión química mediante productos lanzados desde el aire, y, por último, prendiendo fuego al crudo. “En realidad no hay un método que sea fiable en ningún mar. En el caso del Exxon Valdez se gastaron más de dos billones de dólares en la limpieza y solo se recuperó mecánicamente un 7% del petróleo derramado. En el caso del desastre de BP en el golfo de México, la compañía invirtió nueve billones de dólares y solo se rescató un 30% del crudo. En el hielo, hoy por hoy, es imposible: por el mal tiempo, el mar helado, la oscuridad del invierno… Además, el hielo podría atrapar el petróleo y hacerlo viajar muy lejos del derrame, multiplicando el desastre”, asegura Steiner. Según relata, tan solo una compañía finlandesa cuenta con unas barreras especiales: “Solo funcionan en determinadas condiciones de frío. Muy al norte no sirven. Eso lo saben las compañías, los Gobiernos, las ONG, los científicos… Lo que sucede es que las industrias y los Gobiernos pretenden estar más preparados de lo que están”.


Araos de Brünnich, en Svalbard (Noruega) / NICK COBBING
Recientemente, el Ártico ha vivido dos sustos. En enero de 2013, la plataforma Kulluk, de Shell, quedó a la deriva en el golfo de Alaska. Acabó encallada frente a la costa. No hubo derrame del más de medio millón de litros de combustible que acumulaba en su interior. El último incidente sucedió en Rusia, en el paso del norte, en septiembre del año pasado: el petrolero Nordvik, con 5.000 toneladas de diésel a bordo, chocó con un iceberg que le abrió una grieta en el casco. Por suerte, fue insuficiente para destruir el buque y causar un vertido al mar. Las autoridades rusas censuraron que el Nordvik hubiera entrado al hielo sin escolta.
Ambos incidentes causan preocupación en quienes ven en la exploración ártica un episodio más de la ambición humana. En opinión de muchos, desde ecologistas hasta científicos y Gobiernos de países que ven en el cambio climático una amenaza real a su propia supervivencia (Maldivas, por ejemplo, con una altura máxima de dos metros, podría desaparecer), lo que se necesita es crear un santuario Ártico, la firma de un tratado global parecido al que ya existe en la Antártida, que proteja el Polo Norte de los intereses comerciales: “Al menos debería ser así en el alto Ártico, que ningún país pueda ir más allá de las 200 millas náuticas de su costa. No tengo fe en que se haga, pero es lo que Naciones Unidas debería conseguir”. Kim Holmén, el director del Instituto Polar de Noruega, está acostumbrado a tratar con políticos: “Siempre les intento explicar que jamás llegaremos a ninguna parte si nos acusamos unos a otros. Hay países que históricamente tienen más culpa en las emisiones de CO2 a la atmósfera; otros la tienen ahora, pero la responsabilidad es de todos”.
¿Podría sobrevivir la humanidad a un mundo sin hielo marino? “Sobrevivir es una palabra muy fuerte. Creo que el hombre sobreviviría incluso si el oso polar desapareciera. Pero el mundo sería mucho más pobre. Lo que quiero decir es que el oso polar debe preocuparnos, pero también esos vínculos climáticos globales de los que te hablo”, señala Holmén. En Long­yearbyen, uno de sus vecinos es el cineasta australiano Jason C. Roberts, especializado en documentales de naturaleza: “El oso polar es una imagen icónica que ayuda a que la gente ponga rostro al Ártico. Es uno de esos animales simbólicos de la Tierra, como los elefantes o los tigres. Si no cuidamos de ellos, ¿cómo salvaguardaremos el futuro del planeta?”.

jueves, 24 de noviembre de 2011

PRENSA. MEDIO AMBIENTE. "Nos quedamos sin hielo en el Ártico"

La población de Iqaluit, en el Ártico canadiense, a orillas de una bahía que se congela completamente en invierno.- A. R. ("El País")


   En "El País":
"Nos quedamos sin Ártico"

Los científicos advierten de que el volumen de hielo ha caído un 60% desde 2002 en el mar del extremo Norte - El cambio climático amenaza al ecosistema.

ALICIA RIVERA - Iqaluit - 23/11/2011
  
   El hielo del Ártico es cada vez más delgado y su extensión, menor. A finales de este verano la capa marina congelada cubría 4,34 millones de kilómetros cuadrados, una superficie que se quedó muy cerca del récord histórico de mínimos, el de 2007. Pero los científicos sospechan que, en realidad, se superó esa marca, que la situación fue peor que hace cuatro años por cantidad total de hielo, ya que ahora es más delgado. "Lo que estamos viendo es que, en 10 años, entre 2002 y 2011, es mucho mayor la reducción de volumen, un 60%, que la de extensión, un 30%", explica Ed Ross, físico de la empresa 'ASL Enviromental Sciences' y de la Universidad de Victoria (Canadá). ¿La causa? No hay que buscar muy lejos: el calentamiento global. "En 20 años el incremento de temperatura registrado, por ejemplo, en la bahía de Hudson, es siete veces superior a la media del planeta; es algo que se aprecia a simple vista", afirma Vincent Warwick, director del Centro de Estudios Nórdicos (CEN), en Quebec.
   Pero la pérdida de hielo en el océano del norte es más compleja que la reducción de su tamaño. "El que se está perdiendo es sobre todo el hielo viejo, y se forma el de un año, que es más frágil", explica Frederic Lasserre, investigador del CEN. Y esto tiene que ver con el adelgazamiento progresivo de la capa congelada, "porque el hielo viejo puede llegar a tener ocho o nueve metros de grosor, y el nuevo, unos tres", añade.
   El hielo tiene unas propiedades muy interesantes, señalaba el físico Bruce Parsons (Instituto de Tecnología Oceánica, Canadá) en el congreso 'Ocean Innovation' 2011, celebrado en pleno Ártico, en Iqaluit. "Al congelarse pierde densidad y flota (si no, el mar estaría congelado hasta el fondo) y es muy duro, buen aislante y muy quebradizo".
   Para conocer su extensión total los satélites son óptimos, pero medir el grosor es complicado, explica Ross. La perforación es precisa, pero tiene la limitación de ser puntual. "Lo común ha sido medir cómo es de grueso el hielo del océano Ártico con sónar desde submarinos que navegan constantemente por debajo", añade este especialista. "También se pueden aplicar métodos electromagnéticos desde helicópteros y, desde satélites, láser, radar y altímetros para determinar el volumen de hielo que sobresale del agua". Así, poco a poco, los científicos van conociendo muy bien al menos algunas regiones árticas, aunque, dicen, queda mucho por hacer para saber del conjunto.
   El efecto del calentamiento no es menor en tierra, donde el permafrost (terreno congelado) es muy sensible. "En 1987, empezamos a realizar perforaciones en el permafrost en unos 50 lugares [en territorio del extremo norte]", explica Michel Allard (de la Universidad Laval, de Quebec). "Hemos constatado que la temperatura está incrementándose y, en las zonas en las que hay deshielo superficial del terreno en verano, esa capa es cada vez más profunda". Desde 1992, en la península de Quebec, que hasta entonces era una de las más estables del planeta, se registra una de las tasas de calentamiento más altas de la Tierra.
   Una consecuencia es que proliferan los arbustos. "Esto tiene un efecto de retroalimentación positiva del calentamiento", explica Allard, porque el terreno con esta vegetación absorbe más radiación solar que la superficie helada, con lo que se refuerza la subida de la temperatura. Los arbustos, además, retienen más nieve y aumentan su efecto aislante, impidiendo que se congele el suelo en muchas zonas que van colonizando los arbustos, con lo que se extiende esta vegetación.
   El CEN tiene en el Ártico, en el Noroeste canadiense, 80 bases científicas. La más septentrional está en Ward Hunt, el extremo del continente americano, señala Émilie Saulnier-Talbot, científica del centro, durante una visita organizada por el Gobierno canadiense. La base más meridional está en la bahía de Hudson, en lo que ellos llaman el final de la carretera. A partir de ahí, hay 3.000 kilómetros de Ártico hasta Ward Hunt y solo se puede viajar por aire, o por mar en verano.
   La acelerada pérdida del permafrost influye, por ejemplo, en el mayor riesgo y coste de las infraestructuras y edificios, que se quedan en suelo inestable. Pero no solo. "Cuando se derrite el permafrost se forman lagos y prolifera en ellos actividad microbiana", concreta otra científica del CEN, Isabelle Laurión. Y esos lugares pasan de ser sumideros de carbono atrapado a emisores activos de gases de efecto invernadero liberados por la actividad de plantas y microorganismos. "Los parches de agua en el hielo están aumentando y estos fenómenos poco conocidos pueden esconder un efecto grande de aceleración del cambio climático", advierte Laurión. "El calentamiento es muy intenso en los polos y los cambios pueden ser drásticos", asevera.
   Sin duda los ecosistemas reaccionan ante las condiciones climáticas cambiantes y el científico Luis Fortier pone varios ejemplos, desde los osos polares y las morsas, hasta el zooplancton marino, pasando por las focas. En Canadá hay unos 20.000 osos blancos en 12 poblaciones, dice. "Cada hembra necesita comer entre 50 y 55 focas (phoca hispida) al año para no pasar hambre y poder reproducirse", y esas focas se reproducen en el hielo, que cada vez es menos extenso. "Esto supone un serio riesgo para los osos". También las morsas afrontan problemas al retraerse la capa helada porque están encima de las plataformas en aguas someras y se alimentan de animales del fondo, que resultan más inaccesibles si la placa helada se aleja de la orilla, apunta Warwick.
   Con menos hielo hay más luz en el agua y, por tanto, mayor actividad fotosintética y más comida, en general, para todo el ecosistema marino, continúa Fortier. Esto afecta al zooplancton y, por la cadena alimenticia, a numerosos animales, incluido el bacalao ártico y la foca que se lo come. "Habrá un reemplazo de las especies árticas por las más generalistas. En 50 años habrá cambiado todo el ecosistema. Esto será en un tiempo más parecido al norte del Atlántico y del Pacífico", advierte. "Poco a poco nos vamos quedando sin Ártico", sentencia Warwick.

miércoles, 23 de noviembre de 2011

PRENSA. "La nueva conquista del Ártico", reportaje

El gran glaciar Lowell, en el Parque Nacional de Kluane, en Canadá.- SEAN KILPATRICK (THE CANADIAN PRESS). ("El País")


   En "El País":
La nueva conquista del Ártico

   El calentamiento altera el extremo norte pero relanza sus riquezas - La petición de soberanía ha puesto el océano septentrional en las agendas de los países ribereños.

ALICIA RIVERA 20/11/2011

   La línea de árboles, la frontera ártica a partir de la cual desaparecen los bosques y dominan el paisaje desolado los líquenes, los musgos y los arbustos, el terreno congelado, el hielo y la nieve, ha quedado muy al Sur, a más de mil kilómetros. En pleno Ártico, la canadiense isla de Baffin tiene más o menos la misma extensión que España (500.000 kilómetros cuadrados) y viven en ella 11.000 personas. De ellas, unas 7.000 residen en Iqaluit, una población que respira frío por todos los rincones, situada al fondo de una bahía que se congelará completamente dentro de nada, en diciembre (seguramente una o dos semanas más tarde de lo normal, como en los últimos tiempos, debido al cambio climático, dicen los expertos). Muchas de las casas están pintadas de colores chillones que animan el blanco dominante, y en un extremo de la población opera el imprescindible aeropuerto, el único enlace de transporte en los largos meses invernales.
   La vida en la zona es escasa, difícil y muy costosa, pero Canadá ha relanzado su gran pedazo de Ártico, igual que los demás países del extremo Norte. Las riquezas en forma de petróleo y gas, minas de hierro y de níquel, oro, diamantes... escondidas bajo sus aguas y tierras heladas, emergen renovadas con las nuevas condiciones del calentamiento global. Además, las reivindicaciones de soberanía en el océano septentrional han puesto el Ártico en las agendas políticas de los siete países ribereños.
   "El Norte es una nueva frontera, con nuevas riquezas; sabíamos hace tiempo que aquí hay recursos inmensos, pero ahora se aprecian grandes cambios y se abren grandes oportunidades", explica Randy Gillespie, director de investigación aplicada del Instituto Marino (en Terranova, Canadá). "Ahora el Ártico es importante porque supone dinero, proyectos y nuevos planes, pero también hay que recordar que es especialmente frágil porque todo aquí vive en el límite de la supervivencia".
   El deshielo paulatino durante más meses al año en zonas extensas puede facilitar algunas actividades económicamente interesantes, como la pesca o el tráfico marítimo, pero también exige hacer frente a muchos costes. "Las casas, los aeropuertos, las minas... son infraestructuras estratégicas en el Norte; y alteraciones como la pérdida del permafrost, el terreno helado, hace inestables las pistas, aumenta el riesgo de deslizamientos de tierra... hay que hacer nuevos proyectos para aeropuertos y edificación", señala Michel Allard, investigador de la Universidad Laval.
   Y los cambios afectan a todos, incluidos, por supuesto, los pueblos indígenas. "El Ártico afronta ahora los enormes retos del cambio climático, que influye en nuestra economía y en nuestro medioambiente", dijo Peter Kilabuk, líder inuit y diputado de la Asamblea de Nunavut, en la inauguración del congreso 'Ocean Innovation 2011', organizado por Gillespie y celebrado recientemente en Iqaluit. La misma convocatoria, por primera vez en ese lugar, en vez de en Terranova, como en las ediciones anteriores, ya indica algo acerca del foco de interés por esta región.
   Biólogos, físicos, químicos, geólogos, expertos en clima, ingenieros, etcétera, acuden a esta nueva cita ártica que Canadá quiere que sea internacional, buscando y reforzando colaboraciones con especialistas de otros países, incluida España. "La soberanía en el Ártico, su protección medioambiental y su desarrollo económico y social son una prioridad máxima", se afirma en documentos oficiales. Hay que tener en cuenta que el Norte supone el 40% del territorio canadiense. Y más allá, casi hasta el mismo Polo Norte, se extiende una amplia y estratégica plataforma continental para la que prepara su reivindicación de soberanía.
   "Según la ley del mar [Convención de Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar, de 1982], un país puede reclamar derechos sobre la plataforma", explica Fédéric Lasserre, del Instituto de Altos Estudios Internacionales (Universidad Laval). "Pero tiene que demostrar esa reivindicación científicamente en la ONU en el plazo de diez años desde que ratifica la convención. Rusia la presentó, extendiendo su soberanía casi hasta el Polo Norte, en 2006, pero fue rechazada; sin embargo Noruega, tras un acuerdo con Rusia sobre las fronteras comunes en el mar de Barents, logró en 2006 zonas de esa plataforma". Canadá tiene tiempo hasta 2014 para presentar la reivindicación que elabora. "Ahora hay mucha investigación en el Ártico, no solo por la pura ciencia, sino también para documentar el límite territorial en el mar", añade Laserre. EE UU no está en la convención del mar de la ONU, advierte.
   Iqaluit, capital de la provincia de Nunavut, está en el triángulo noroccidental de Canadá, que es, junto con Groenlandia, la región más fría del Ártico (a igual latitud). "Aquí entra de lleno la corriente de Labrador, directamente desde el Polo Norte; mientras que al otro lado del atlántico, en Escandinavia, el clima es más suave por la corriente del Golfo", comenta Émilie Saulnier-Talbot, del Instituto de Estudios Nórdicos (Universidad Laval). Así, la línea de no más árboles está aquí a la altura de Estocolmo, donde en cambio los bosques de abetos dominan el paisaje.
   Fue el explorador Martin Frobisisher, en el siglo XVI, el primer occidental que llegó a Iqaluit en su búsqueda del paso del Noroeste, lugar que debía facilitar la navegación desde este lado del mundo al Pacífico y Asia oriental. Durante siglos fue un lugar de pesca y asentamiento de los inuits, hasta mediados del siglo XX, cuando Estados Unidos estableció aquí una base para el tránsito y reabastecimiento de aviones en vuelo a y desde Europa. Base que posteriormente se dotó de equipos militares de detección de misiles en plena guerra fría. Las bases han desaparecido, pero la contaminación de metales pesados y de combustible sigue siendo una preocupación y un reto en la zona, comenta a EL PAÍS (durante una visita organizada por el Gobierno canadiense) Mary Ellen Thomas, directora del Instituto de Investigación de Nunavut.
   Ahora el calentamiento se está haciendo notar con especial rapidez e intensidad en el extremo norteamericano. "Este año han estado abiertos a la vez, libres de hielo, los dos pasos del Ártico -el del Noreste y el del Noroeste- durante un par de semanas", recuerda Lasarre. "El deshielo es importante para la navegación, que se está incrementando, sobre todo por el transporte a los yacimientos mineros, la maquinaria, etcétera, que se hace por barco, en verano. Pero no creo que haya mucho trafico comercial por el paso del Noroeste aunque se abra unas semanas cada año, porque es imprevisible, y las navieras tienen necesariamente compromisos de fechas de entrega de las mercancías", sigue. Además, apunta, recorrer ese paso supone 6.000 kilómetros sin puertos intermedios desde Terranova hasta el extremo oriental americano, y eso si surgen problemas es un riesgo.
   Tampoco Bruce Parsons (director de investigación del Instituto de Tecnología Oceánica) considera que ese famoso paso del Noroeste llegue a ser una importante ruta comercial. "Es muy peligroso porque tiene muchos puntos angostos y de poca profundidad; es más lógico pensar en la navegación por el Polo Norte en verano", dice. Por la parte rusa, en el paso del noreste, con menos hielo en verano, el tráfico es y será más intenso.
   Las cosas están cambiando muy deprisa en todo el Ártico. Estados Unidos explota desde hace tiempo los yacimientos petrolíferos de Prudhoe Bay, en el norte de Alaska (con el gasoducto que desemboca en la bahía de Prince William, que sufrió el desastre ecológico provocado por el petrolero 'Exxon Valdez', en 1989), ha dado luz verde a la prospección en el extremo oriental de ese estado, en Point Hope, y tiene en cartera nuevos yacimientos en el norte. Noruega prepara su explotación del mar de Barents; y Rusia cuenta con su Ártico en todos los sentidos, desde las vías de navegación hasta los recursos minerales y de gas y petróleo.
   El calentamiento global es ya obvio en el Ártico, y cada vez más rápido (2011 ha sido el segundo verano de récord de reducción del hielo marino en el mar septentrional). Las perspectivas de su intensificación unidas a la nueva explotación del territorio redoblan las cautelas tanto como los planes de futuro.
   "Aquí, en 2001 la temporada de pesca duraba seis meses (de mayo a octubre) al año. Ahora diez (de mayo a diciembre)", señalaba Jerry Ward (Baffin Fisheries Coalition) en el congreso de Innovación Marina 2011. "Esto es positivo para el sector, pero también hay efectos negativos del calentamiento, porque supone, por ejemplo, incertidumbre de los hielos, cambios de patrones meteorológicos y de temperatura del agua, etcétera". A esto se añade el problema de las infraestructuras, incluidos los escasos puertos. "En esta zona hace falta un diálogo abierto entre la industria pesquera, la del gas y petróleo y las comunidades inuits", señala.
   "Si hay pesca sostenible en el Ártico en el futuro será mediante la innovación, no aplicando las mismas prácticas que se han aplicado en el Sur. Se necesita desesperadamente investigación sobre las condiciones del Ártico", añade Trevor Taylor, director de Oceans North Canadá.
   De momento, ha llegado la ciencia por todas las orillas de los países ribereños, con mayor o menor intensidad y coordinación. "La investigación en el norte es muy costosa, pero se está trabajando mucho; se han tomado datos de exploración geológica por técnicas sísmicas en 13.000 kilómetros y batimetría en otros 18.000", explica Jacob Verhoef, de la convención de la ONU sobre la ley del mar, invitado al congreso de Iqaluit. Aquí, muchos estudios documentarán la reclamación canadiense en la plataforma continental del Ártico, añadió. Pero los investigadores científicos expondrán sus resultados en las revistas científicas.
   Mientras tanto, Iqaluit se prepara para el invierno, cuando los termómetros rondarán los 30 o 40 bajo cero, soplará el viento gélido y se congelará la bahía hasta julio.

   Autopistas de hielo y mar
   En el Ártico viven unos 155.000 inuits (poblaciones indígenas), en Groenlandia, Canadá, Alaska y algunas partes de Siberia, explica Kirt Ejesian, vicepresidente del Consejo Circunpolar Inuit. "El mar y el hielo son nuestras autopistas", dice. En el pasado, muchas veces salvaron la vida a los exploradores que desde el siglo XV se adentraron en los rigores árticos en busca de pasos estratégicos, poder, recursos y aventura, y se les vino encima el extremo norte hostil. Ahora, la mayoría de los inuits vive en los poblados de la región (pocos optan por los campamentos aislados), con sus problemas específicos. Seis de cada 10 inuit de entre 25 y 65 años no han terminado la escuela secundaria, su nivel educativo es más bajo que la media canadiense y su desempleo, el doble o el triple, señalan los expertos.
   Ahora les llegan los nuevos retos del cambio climático y su impacto, junto con el creciente interés económico y político por su territorio ancestral. Pese a los acuerdos con algunos gobiernos -como el canadiense- de respeto de propiedad indígena de territorios, los inuits no bajan la guardia y reclaman derechos sobre los recursos (hidrocarburos).
   "Los hielos ahora, en algunas zonas, llegan dos meses más tarde y se retiran dos meses antes, esto cambia las migraciones de los animales y su comportamiento. Tenemos que adaptarnos", señala Johnny Oovaut, director del Consejo de Gestión de la Vida Salvaje Marina de Nunavik. "Ahora tenemos problemas para predecir el tiempo y eso es un problema, hace más viento y hay más nubes y niebla, lo que dificulta nuestros viajes; cuando el hielo es más delgado resulta peligroso, hay más icebergs que antes y cuando el mar no está helado está más agitado", señala este inuit.
   Cambia también la realidad económica y política. "Los inuits nos enfrentamos, en una sola generación, a una adaptación muy rápida a la vida moderna; esto supone retos sociales y de identidad", afirma Sheila Watt-Cloutier. "¡El mundo ha cambiado tanto en tan poco tiempo! Durante milenios hemos vivido en un entorno predecible -incluido el social- y ahora ya no lo es. Los inuits somos muy vulnerables a los efectos de la globalización".

miércoles, 23 de febrero de 2011

PRENSA. 23 febrero 2011

   En "El País":

1. Cáncer. Columna de Elvira Lindo.

2. "La música es filosofía y deporte". Entrevista a Daniel Barenvoim, director de orquesta. Por Daniel Verdú. Estrella de la dirección y artista comprometido, Barenboim ha paseado por España su magisterio al piano. EL PAÍS conversó dos horas con él durante el viaje en coche Madrid-Valladolid: música, política y educación conformaron el menú.

3. Cáncer público como terapia. Reportaje de Jaime Prats. El testimonio de personalidades ayuda a normalizar la enfermedad - La medicina ha avanzado más en salvar vidas que la sociedad en superar el estigma del tumor.

4. La paradoja del Ártico. Reportaje de Carlos M. Duarte, profesor de investigación del CSIC; y Guiomar Duarte, que escribe y edita el blog wisesap.com sobre consumo y medioambiente. La pérdida de hielo abre la puerta a explotar nuevos recursos, lo que acelera el proceso - Científicos y políticos debaten el futuro de la región.

5. El 23-F, la sociología y la ley. Artículo de Prudencio García,  profesor del 'Instituto Universitario Gutiérrez Mellado' de la UNED y del IUS de Chicago.

6. El Estado soy yo. Artículo del escritor Juan Goytisolo. Gadafi acapara el poder en un país sin Constitución, Parlamento ni partidos y su endiosamiento carece de límites. Los valientes enfrentamientos de ahora llenan de euforia a quienes conocen su régimen opresor.

7. Conmoción árabe. Por M. Á. Bastenier.

domingo, 16 de enero de 2011

PRENSA (2). 16 enero 2011

   En suplementos de "El País":

1. Somos Anonymous. Reportaje de Joseba Elola. Una legión de ciberactivistas se moviliza en la Red. Se hacen llamar Anonymous y dicen luchar por la transparencia, la libertad de expresión y los derechos humanos. No muestran la cara ni tienen líderes. La semana pasada tumbaron las webs oficiales de Túnez, tras la autoinmolación de un joven. Hace un mes, atacaron a las empresas que cortaron el grifo a Wikileaks. Son un movimiento germinal, fuertemente libertario y de contornos confusos. Este es su retrato.

2. Reflexiones melancólicas a contracorriente. Artículo de Juan Goytisolo. Los incidentes de El Aaiún muestran la distancia entre Marruecos y España, condenados a no entenderse a menos que superen los prejuicios del pasado y los malentendidos.

3. Un fascismo a la francesa. Artículo de Bernard-Henri Lévy. La reacción de la extrema derecha francesa ante el artículo 'El honor de los musulmanes' lleva al autor a rebatir, punto por punto, los argumentos esgrimidos por Fabrice Robert, presidente del 'Bloc Identitaire'.

4. Pequeños pero honrados. Artículo de Elvira Lindo.

5. Cómo comunicar los cambios. Reportaje de psicología. Por Ferrán Ramón-Cortés. Revelar de golpe una decisión importante a alguien cercano puede generar un conflicto. Es necesario preparar el terreno y dejar margen para que se vaya haciendo a la idea.

6. Gente de un mundo a la deriva. Reportaje de Lola Huete Machado. Se llaman a sí mismos inuit (la gente), los que habitan las regiones del Ártico, una tierra rica en recursos donde llevan cuatro milenios viviendo de la caza y la pesca. Pero el aumento de temperatura en el Polo Norte deshace mucho más que hielos. Y se enfrentan hoy a retos mayores que el frío extremo: mantener su identidad y sobrevivir a la presión exterior.

7. Amor de madre. Artículo-relato de Almudena Grandes.

8. Los nuevos explotadores. Artículo de Javier Marías sobre la piratería en internet.

sábado, 12 de septiembre de 2009

PRENSA. 12 septiembre 2009


En "El País":

1. "No nos pueden matar a todos". Entrevista a Hana Makhmalbaf, descendiente de una de las grandes familias del cine iraní; a sus 21 años ya es dueña de una filmografía personal y política. 'Green days' es su urgente visión de la 'revolución verde' que surgió tras las últimas elecciones en su país. Por Toni García.

2. La Universidad europea ya habla inglés. ¿Y el alumno? La lengua franca cobra fuerza. La oferta de títulos en ese idioma y el nivel del estudiantado, claves para el éxito en el espacio único. Reportaje de Susana Pérez de Pablos.

3. Dos buques abren una nueva ruta entre Europa y Asia por el Ártico. El deshielo acorta un 27% el tránsito de mercancías de Seúl a Rotterdam. Por Rafael Méndez.

4. Obama no será juzgado por su color. Artículo de Timothy Garton Ash sobre Obama y la reforma sanitaria en EEUU. Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia.

5. El don de la memoria. Artículo de Jordi Gracia, catedrático de Literatura española de la UB, sobre Castilla del Pino y Antonio Rabinad.

6. La abominación que no cesa. El patrimonio de los 10 más ricos del mundo es superior a la suma de las rentas nacionales de los 55 países más pobres. La sociedad debe cuestionar al capitalismo que glorifica la riqueza de unos pocos. Artículo de José Vidal-Beneyto, director del Colegio Miguel Servet de París.

7. El camino del colegio. Columna de Luis García Montero.