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jueves, 16 de febrero de 2012

PRENSA CULTURAL. "La casa de Molière", por Mario Vargas Llosa

Fernando Vicente ("El País").

   En "El País":
La casa de Molière

   Pocos creadores de su tiempo ayudaron tanto a los franceses, y al mundo entero, como el autor de "El enfermo imaginario", a salir de los quebrantos, las infamias, la coyunda y las rutinas cotidianas y a transformar las amarguras y los rencores en alegría y esperanza.

Mario Vargas Llosa 12 FEB 2012    A fines de los años cincuenta, cuando vine a vivir a París, aunque uno fuera paupérrimo podía darse el lujo supremo de un buen teatro, por lo menos una vez por semana. La Comédie Française tenía las matinés escolares, no recuerdo si los martes o los jueves, y esas tardes representaba las obras clásicas de su repertorio. Las funciones se llenaban de chiquillos con sus profesores, y las entradas sobrantes se vendían al público muy baratas, al extremo que las del gallinero -desde donde se veía sólo las cabezas de los actores- costaban apenas 100 francos (pocos centavos de un euro de hoy). Las puestas en escena solían ser tradicionales y convencionales, pero era un gran placer escuchar el cadencioso francés de Corneille, Racine y Molière (sobre todo el de este último), y, también, muy divertido, en los entreactos, escuchar los comentarios y discusiones de los estudiantes sobre las obras que estaban viendo.
 

   Desde entonces me acostumbré a venir regularmente a la Comédie Française y lo he seguido haciendo a lo largo de más de medio siglo, en todos mis viajes a París: Francia ha cambiado mucho en todo este tiempo, pero no en la perfecta dicción y entonación de estos comediantes que convierten en conciertos las representaciones de sus clásicos.
   Vine también ahora y me encontré que la 'Gran Sala Richelieu' estaba cerrada por trabajos en la cúpula que tomarán todavía más de un año. Para reemplazarla se ha construido en el patio del Palais Royal un auditorio provisional muy apropiadamente llamado el Théâtre Éphémère. El local es precario, el frío siberiano de estos días parisinos se cuela por los techos y rendijas y los acomodadores (nunca había visto algo semejante) nos reparten a los ateridos y heroicos espectadores unas gruesas mantas para protegernos del resfrío y la pulmonía. Pero todos esos inconvenientes se esfuman cuando se corre el telón, comienza el espectáculo y el genio y la lengua de Molière se adueñan de la noche.
   Se representa Le Malade imaginaire, la última obra que escribió Jean-Baptiste Poquelin, que haría famoso el nombre de pluma de Molière, y en la que estaba actuando él mismo la infausta tarde del 17 de febrero de 1673, en el papel de Argan, el enfermo imaginario, víctima de lo que los fisiólogos de la época llamaban deliciosamente “la melancolía hipocondríaca”. Era la cuarta función y el teatro llamado entonces del Palais Royal estaba repleto de nobles y burgueses. A media representación el autoritario y delirante Argan tuvo un acceso de tos interminable que, sin duda, los presentes creyeron parte de la ficción teatral. Pero no, era una tos real, cruda, dura e inesperada. La función debió suspenderse y el actor, llevado de urgencia a su casa vecina con una vena reventada por la violencia del acceso, fallecería unas cuatro horas después. Había cumplido 51 y, como no tuvo tiempo de confesarse, los comediantes de la compañía formada y dirigida por él, junto con su viuda, debieron pedir una dispensa especial al arzobispo de París para que recibiera una sepultura cristiana.
   Buena parte de esos 51 años de existencia se los pasó Molière viviendo no en la realidad cotidiana sino en la fantasía y haciendo viajar a sus contemporáneos -campesinos, artesanos, clérigos, burócratas, comerciantes, nobles- al sueño y la ilusión. Las milimétricas investigaciones sobre su vida de ejércitos de filólogos y biógrafos a lo largo de cuatro siglos arrojan casi exclusivamente las idas y venidas del actor J.B. Poquelin a lo largo de los años por todas las provincias de Francia, actuando en plazas públicas, patios, atrios, palacios, ferias, jardines, carpas, y, luego de su instalación en París, escribiendo, dirigiendo y encarnando a los personajes de obras suyas y ajenas de manera incesante. Y, cuando no lo hacía, contrayendo o pagando deudas de los teatros que alquilaba, compraba o vendía, de tal modo que, se puede decir, la vida de Molière consistió casi exclusivamente -además de casarse con una hija de su amante y producir de paso unos vástagos que solían morirse a poco de nacer- en vivir y difundir unas ficciones que eran unos espejos risueños y deformantes, y, a veces, luciferinamente críticos de la sociedad y las creencias y costumbres de su tiempo.
   Llegó a ser muy famoso y considerado por unos y otros el más grande comediante de la época, insuperable en el dominio de la farsa y el humor, pero, detrás de la risa, la gracia y el ingenio que a todos seducían, sus obras provocaron a veces violentas reacciones de las autoridades civiles y eclesiásticas -el Tartufo fue prohibido por ambas en varias ocasiones- y el propio Luis XIV, que lo admiraba e invitó a su compañía a actuar en Versalles y en los palacios de París y alrededores ante la corte, y fue a menudo a aplaudirlo al teatro del Palais Royal, se vio obligado también en dos ocasiones a censurar las mismas obras que en privado había celebrado.
   El enfermo imaginario no tiene la complejidad sociológica y moral del Tartufo, ni la chispeante sutileza de El Avaro, ni la fuerza dramática de Don Juan, pero entre el melodrama rocambolesco y la leve intriga amorosa hay una astuta meditación sobre la enfermedad y la muerte y la manera como ambas socavan la vida de las gentes.
   Cuando escribió la obra, estaba de moda -él había contribuido a fomentarla- incorporar a las comedias números musicales y de danza -el propio Rey y los príncipes acostumbraban a acompañar a los bailarines en las coreografías- y la estructura original de El enfermo imaginario es la de una opereta, con coros y bailes que se entrelazan constantemente con la peripecia anecdótica. Pero en este excelente montaje del fallecido Claude Stratz, esas infiltraciones de música y ballet se han reducido, con buen criterio, a su mínima expresión.
   Paso dos horas y media magníficas y, casi tanto como lo que ocurre en el escenario, me fascina el espectáculo que ofrecen los espectadores: su atención sostenida, sus carcajadas y sonrisas, el estado de trance de los niños a los que sus padres han traído consigo abrigados como osos, las ráfagas de aplausos que provocan ciertas réplicas. Una vez más compruebo, como en mis años mozos, que Molière está vivo y sus comedias tan frescas y actuales como si las acabara de escribir con su pluma de ganso en papel pergamino. El público las reconoce, se reconoce en sus situaciones, caricaturas y exageraciones, goza con sus gracias y con la vitalidad y belleza de su lengua.
   Viene ocurriendo aquí hace más de cuatro siglos y ésa es una de las manifestaciones más flagrantes de lo que quiere decir la palabra civilización: un ritual compartido, en el que una pequeña colectividad, elevada espiritual, intelectual y emocionalmente por una vivencia común que anula momentáneamente todo lo que hay en ella de encono, miseria y violencia y exalta lo que alberga de generosidad, amplitud de visión y sentimiento, se trasciende a sí misma. Entre estas vivencias que hacen progresar de veras a la especie, ocupa un papel preponderante aquello a lo que Molière dedicó su vida entera: la ficción. Es decir, la creación imaginaria de mundos donde podemos refugiarnos cuando aquel en el que estamos sumidos nos resulta insoportable, mundos en los que transitoriamente somos mejores de lo que en verdad somos, mundos que son el mundo real y a la vez mundos soberanos y distintos, con sus leyes, sus ritmos, sus valores, su música, sus ideas, sostenidos por una conjunción milagrosa de la fantasía y la palabra.
   Pocos creadores de su tiempo ayudaron tanto a los franceses, y luego al mundo entero, como el autor de El enfermo imaginario, a salir de los quebrantos, las infamias, la coyunda y las rutinas cotidianas y a transformar las amarguras y los rencores en alegría, esperanza, contento, a descubrir la solidaridad y la importancia de los rituales y las formas que desanimalizan al ser humano y lo vuelven menos carnicero. La historia, más que una lucha de religiones o de clases, ha opuesto siempre esos pequeños espacios de civilización a la barbarie circundante, en todas las culturas y las épocas y a todos los niveles de la escala social. Uno de esos pequeños espacios que nos defienden y nos salvan de ser arrollados del todo por la estupidez y la crueldad oceánicas que nos rodean es éste que creó Molière en el corazón de París y no hay palabras bastantes en el diccionario para agradecérselo como es debido.
 
   © Derechos mundiales de prensa en todas las lenguas reservados a Ediciones EL PAÍS, SL, 2012.
 
   © Mario Vargas Llosa, 2012.

lunes, 18 de octubre de 2010

LITERATURA ESPAÑOLA Y UNIVERSAL (fragmentos): TEATRO: "Las preciosas rídículas" (1659), de Molière (1622-1673)

Molière, por Charles-Antoine Coypel
ESCENA I

LA GRANGE y DU CROISY.

DU CROISY.- ¿Señor La Grange?
LA GRANGE.- ¿Qué?
DU CROISY.- Miradme un poco, sin reíros.
LA GRANGE.- ¿Y bien?
DU CROISY.- ¿Qué decís de nuestra visita? ¿Estáis muy satisfecho de ella?
LA GRANGE.- A vuestro juicio, ¿tenemos motivo para estarlo los dos?
DU CROISY.- No del todo, en verdad.
LA GRANGE.- En cuanto a mí, os confieso que me tiene completamente escandalizado. ¿Se ha visto nunca a dos bachilleras provincianas hacerse más desdeñosas que estas y a dos hombres tratados con más desprecio que nosotros? Apenas si han podido decidirse a ordenar que nos dieran unas sillas. No he visto jamás hablarse tanto al oído como hacen ellas, bostezar tanto, restregarse tanto los ojos y preguntar tantas veces: "¿Qué hora es?".  No han contestado más que sí o no a todo cuanto hemos podido decirles. ¿Y no confesaréis, en fin, que aun cuando hubiéramos sido las últimas personas del mundo, no podía tratársenos peor de lo que lo han hecho?
DU CROISY.- Paréceme que tomáis la cosa muy a pecho.
LA GRANGE.- La tomo, sin duda, y de tal suerte, que quiero vengarme de esta impertinencia. Sé lo que ha motivado ese desprecio. El estilo precioso no solo ha infestado París, sino que también se ha extendido por las provincias, y nuestras ridículas doncellas han absorbido su buena dosis. En una palabra: sus personas son una mezcolanza de preciosas y de coquetas. Ya veo lo que hay que ser para que le reciban a uno bien; y si me hacéis caso, les prepararemos una jugarreta que les hará ver su necedad y podrá enseñarles a conocer un poco mejor el mundo.
DU CROISY.- ¿Y cómo, pues?
LA GRANGE.- Tengo cierto criado, llamado Mascarilla, que pasa, en opinión de muchas gentes, por una especie de cultilocuente, pues no hay nada más asequible hoy en día que la cultilocuencia. Es un maniático a quien se le ha metido en la cabeza alardear de hombre distinguido. Se precia, por lo regular, de galante y de poeta, y desdeña a los otros criados, hasta llamarlos bestias.
DU CROISY.- ¿Y qué pretendéis que haga?
LA GRANGE.- ¿Qué pretendo que haga? Es preciso... Mas salgamos antes de aquí.


Escena II

GORGIBUS, DU CROISY y LA GRANGE.

GORGIBUS.- Qué, ¿habéis visto a mi sobrina y a mi hija? ¿Marcha bien el negocio? ¿Cuál es el resultado de esta visita?
LA GRANGE.- Eso es cosa que podréis saber mejor por ellas que por nosotros. Todo cuanto podemos deciros es que os expresamos nuestro agradecimiento por el favor que nos habéis dispensado y seguimos siendo vuestros muy humildes servidores.
DU CROISY.- Vuestros muy humildes servidores.
GORGIBUS.- (Solo.) ¡Oiga! Parece que salen disgustados de aquí. ¿De dónde podrá provenir su descontento? Hay que enterarse de lo que es. ¡Hola!


Escena III


GORGIBUS y MAROTTE.

MAROTTE.- ¿Qué deseáis, señor?
GORGIBUS.- ¿Dónde están vuestras amas?
MAROTTE.- En su aposento.
GORGIBUS.- ¿Qué hacen?
MAROTTE.- Pomada para los labios.
GORGIBUS.- Ya es demasiado unto; decidles que bajen.


Escena IV


GORGIBUS, solo

GORGIBUS.- Esa bribonas paréceme que tienen ganas de arruinarme con su pomada. No veo por todas partes más que claras de huevo, leche virginal y mil otros chismes que no conozco. Han consumido, desde que estamos aquí, la grasa de una docena de cerdos, cuando menos, y vivirían cuatro criados, a diario, con las pezuñas de carnero que emplean.


Escena V


MADELÓN, CATHOS y GORGIBUS.


GORGIBUS.- ¿Es muy necesario, realmente, hacer tanto gasto para engrasaros el hocico? Decidme, por favor: ¿Qué habéis hecho a esos caballeros que los he visto salir con tanta frialdad? ¿No os había recomendado que los recibierais como personas a quienes quería yo daros por maridos?
MADELÓN.- ¿Y qué estima, padre mío, queréis que hagamos de la conducta irregular de esas gentes?
GORGIBUS.- ¿Qué tenéis que decir de ellas?
MADELÓN.- ¡Linda galantería la suya! ¡Cómo! ¿Empezar lo primero por el casamiento?
GORGIBUS.- ¿Y por dónde quieres entonces que empiecen? ¿Por el concubinato? ¿No es una conducta de la que tenéis motivo para estar satisfechas, y tanto vosotras dos como yo? ¿Hay nada más de agradecer que eso? Y ese lazo sagrado al que aspiran, ¿no es prueba de la honradez de sus intenciones?
MADELÓN.- ¡Ah, padre mío, lo que decís es propio del último burgués! Me avergüenza oíros hablar de ese modo y debierais haceros enseñar el aire elegante de las cosas.
GORGIBUS.- No necesito ni aire ni canción. Te digo que el matrimonio es una cosa santa y sagrada, y que es obrar como gente honrada empezar por eso.
MADELÓN.- ¡Dios mío! ¡Si todo el mundo se os semejase, se acabaría muy pronto una novela! Bonita cosa si Ciro se casara lo primero con Mandané y Aroncio contrajera casamiento, sin dificultad, con Clelia.
GORGIBUS.- ¿Qué me viene a contar esta?
MADELÓN.- Padre mío, aquí está mi prima, que os dirá igual que yo: que el matrimonio no debe nunca llegar sino después de las otras aventuras. Es preciso que un amante, para ser agradable, sepa declamar los bellos sentimientos, exhalar lo tierno, lo delicado y lo ardiente, y que su esmero consista en las formas. Primero, debe ver en el templo o en el paseo, o en alguna ceremonia pública, a la persona de la que esté enamorado, o si no, ser llevado fatalmente a casa de ella por un pariente o un amigo y salir de allí todo soñador o melancólico. Esconderá cierto tiempo su pasión hacia el objeto amado, haciéndole, sin embargo, varias visitas, donde no deje de sacar a colación un tema galante que espolee a las personas de la reunión. Llegado el día, la declaración debe hacerse generalmente en la avenida de algún jardín, mientras la compañía se ha alejado un poco, y esta declaración ha de ir seguida de un pronto enojo, que se revele en nuestro rubor y que aleje durante un rato al amante de nuestra presencia. Luego, encuentra medios de apaciguarnos, de acostumbrarnos insensiblemente al discurso de su pasión, de obtener de nosotras esa confesión tan desagradable. Después de esto vienen las aventuras, los rivales que se atraviesan ante una inclinación arraigada, las persecuciones de los padres, los celos cimentados en falsas apariencias, las quejas, las desesperaciones, los raptos y todo lo demás. He aquí cómo se ejecutan las cosas dentro de las maneras elegantes, y con esas reglas, de las que no se podría prescindir en buena galantería. Mas el llegar de buenas a primeras a la unión conyugal, hacer al amor tan solo al concertar el contrato matrimonial y empezar justamente la novela por la cola, os repito, padre mío, que no hay nada más vulgar que ese proceder, y me dan náuseas solo de pensar en eso.
GORGIBUS.- ¿Qué diablo de jerigonzas estoy oyendo? Eso es, realmente, gran estilo.
CATHOS.- En efecto, tío; mi prima da en el quid de la cosa. ¡El medio de recibir bien a gentes que son completamente chabacanas en galanterías! Estoy por apostar que no han visto nunca el mapa de la Ternura, y que los Dulces Billetes, las Atenciones Delicadas, las Esquelas Galantes y los Lindos Versos, son tierras desconocidas para ellos. ¿No veis que su persona entera revela eso y que carecen de ese aire que da a primera vista una buena opinión de la gente? Venir de visita amorosa con una pierna toda lisa, un sombrero desprovisto de plumas, una cabeza de cabellera irregular y una chupa que padece indigencia de cintas. ¡Dios mío! ¿Qué amantes son esos? ¡Qué sobriedad de atavíos y qué sequedad de conversación! No se pueden soportar ni resistir. He notado asimismo que sus valonas no son de buena procedencia, y que falta medio pie largo para que sus calzas sean lo suficientemente anchas.
GORGIBUS.- Creo que están locas las dos; no logro entender nada de esta jerga. Cathos, y tú, Madelón..
MADELÓN.- ¡Oh, por favor, padre mío, prescindid de estos nombres raros y llamadnos de otro modo!
GORGIBUS.- ¡Cómo! ¿Esos nombres raros no son los vuestros de pila?
MADELÓN.- ¡Dios mío, qué vulgar sois! Uno de mis asombros es que hayáis podido tener una hija tan espiritual como yo. ¿Se ha dicho jamás en estilo distinguido, Cathos o Madelón? Y no me confesaréis que bastaría con uno de estos nombres para desacreditar la más bella novela de mundo.
GORGIBUS.- Escuchad: basta solo con una palabra. No consiento en modo alguno que llevéis otros nombres que los que fueron dados por vuestros padrinos y madrinas, y en cuanto a esos señores de que se trata, conozco sus familias y sus bienes, y quiero que os dispongáis a aceptarlos por maridos. Me canso de teneros a mis espaldas, y la custodia de dos doncellas es una carga demasiado pesada para un hombre de mi edad.
CATHOS.- Por lo que a mí se refiere, todo cuanto puedo deciros es que encuentro el matrimonio una cosa completamente molesta. ¿Cómo puede sufrirse el pensamiento de acostarse con un hombre totalmente desnudo?
MADELÓN.- Permitid que respiremos un poco el alto mundo de París, adonde acabamos de llegar. Dejadnos forjar a gusto la trama de nuestra novela y no apresuréis tanto su final.
GORGIBUS.- (Aparte.) No cabe duda, están locas. (Alto.) Repito que no entiendo nada de todas esas pamplinas; quiero ser amo absoluto, y para cortar toda clase de discursos, o estáis casadas las dos muy pronto, o, ¡a fe mía!, que seréis monjas; lo juro de verdad.

martes, 30 de marzo de 2010

PRENSA CULTURAL. TEATRO. "El avaro", de Molière (1622-1673)

Moliére

En "elpais.com", entrevista con Jorge Lavelli y Juan Luis Galiardo, director y primer actor, respectivamente, del montaje de El avaro, de Molière, que llega al Centro Dramático Nacional el próximo 8 de abril.

Aquí podemos ver un vídeo de "El País" sobre esta versión.

Además, éste es el principio de la obra:

ACTO PRIMERO
ESCENA PRIMERA

VALERIO y ELISA

VALERIO. ¡Cómo, encantadora Elisa, os sentís melancólica después de las amables seguridades que habéis tenido la bondad de darme sobre vuestra felicidad! Os veo suspirar, ¡ay!, en medio de mi alegría. ¿Es que acaso lamentáis, decidme, haberme hecho dichoso? ¿Y os arrepentís de esta promesa, a la que mi pasión ha podido obligaros?

ELISA. No, Valerio; no puedo arrepentirme de todo cuanto hago por vos. Me siento movida a ello por un poder demasiado dulce, y no tengo siquiera fuerza para desear que las cosas no sucedieran así. Mas, a deciros verdad, el buen fin me causa inquietud, y temo grandemente amaros algo más de lo que debiera.

VALERIO. ¡Eh! ¿Qué podéis temer, Elisa, de las bondades que habéis tenido conmigo?

ELISA. ¡Ah! Cien cosas a la vez; el arrebato de un padre, los reproches de una familia, las censuras del mundo; pero más que nada, Valerio, la mudanza de vuestro corazón y esa frialdad criminal con la que los de vuestro sexo pagan las más de las veces los testimonios demasiado ardientes de un amor inocente.

VALERIO. ¡Ah, no me hagáis el agravio de juzgarme por los demás! Creedme capaz de todo, Elisa, menos de faltar a lo que os debo. Os amo en demasía para eso, y mi amor por vos durará tanto como mi vida.

ELISA. ¡Ah, Valerio! ¡Todos dicen lo mismo! Todos los hombres son semejantes por sus palabras; y son tan sólo sus acciones las que los muestran diferentes.

VALERIO. Puesto que únicamente las acciones revelan lo que somos, esperad entonces, al menos, a juzgar de mi corazón por ellas, y no queráis buscar crímenes en los injustos temores de una enojosa previsión. No me asesinéis, os lo ruego, con las sensibles acometidas de una sospecha ultrajante, y dadme tiempo para convenceros, con mil y mil pruebas, de la honradez de mi pasión.

ELISA. ¡Ay! ¡Con qué facilidad se deja una persuadir por las personas a quienes ama! Sí, Valerio; juzgo a vuestro corazón incapaz de engañarme. Creo que me amáis con verdadero amor y que me seréis fiel; no quiero dudar de ello en modo alguno, y limito mi pesar al temor de las censuras que puedan hacerme.

VALERIO. Mas ¿por qué esa inquietud?

ELISA. No tendría nada que temer si todo el mundo os viera con los ojos con que os miro; y encuentro en vuestra persona motivos para hacer las cosas que por vos hago. Mi corazón tiene en su defensa todo vuestro mérito, fortalecido por la gratitud a que el Cielo me empeña con vos. Me represento en todo momento ese peligro extraño que comenzó por enfrentarnos a nuestras mutuas miradas; esa generosidad sorprendente que os hizo arriesgar la vida para salvar la mía del furor de las ondas; esos tiernos cuidados que me prodigasteis después de haberme sacado del agua, y los homenajes asiduos de este ardiente amor que ni el tiempo ni las dificultades han entibiado y que, haciéndoos olvidar padres y patria, detiene vuestros pasos en estos lugares, mantiene aquí, en favor mío, vuestra fortuna encubierta, y os obliga, para verme, a ocupar el puesto de criado de mi padre. Todo esto produce en mí, sin duda, un efecto maravilloso, y ello basta a mis ojos para justificar la promesa a que he consentido; mas no es suficiente, tal vez, para justificarla ante los demás, y no estoy segura de que no intervengan en mis sentimientos.

VALERIO. De todo cuanto habéis dicho, tan sólo por mi amor pretendo, con vos, merecer algo; y en cuanto a los escrúpulos que sentís, vuestro propio padre os justifica sobradamente ante todo el mundo; su excesiva avaricia y el modo austero de vivir con sus hijos podrían autorizar cosas más extrañas. Perdonadme, encantadora Elisa, si hablo así ante vos. Ya sabéis que a ese respecto no se puede decir nada bueno. Mas, en fin, si puedo, como espero, encontrar a mis padres, no nos costará mucho trabajo hacérnosle propicio. Espero noticias de ellos con impaciencia, y yo mismo iré a buscarlas si tardan en llegar.

ELISA. ¡Ah, Valerio! No os mováis de aquí, os lo ruego, y pensad tan sólo en situaros favorablemente en el ánimo de mi padre.

VALERIO. Ya veis cómo me las compongo y las hábiles complacencias que he debido emplear para introducirme en su servidumbre; bajo qué máscara de simpatía y de sentimientos adecuados me disfrazo para agradarle, y qué personaje represento a diario con él a fin de lograr su afecto. Hago en ello progresos admirables, y veo que, para conquistar a los hombres, no hay mejor camino que adornarse, a sus ojos, con sus inclinaciones, convenir en sus máximas, ensalzar sus defectos y aplaudir cuanto hacen. Por mucho que se exagere la complacencia y por visible que sea la manera de engañarlos, los más ladinos son grandes incautos ante el halago, y no hay nada tan impertinente y tan ridículo que no se haga tragar cuando se lo sazona con alabanzas. La sinceridad padece un poco con el oficio que realizo; mas, cuando necesita uno a los hombres, hay que adaptarse a ellos, y ya que no puede conquistárselos más que por ese medio, no es culpa de los que adulan, sino de los que quieren ser adulados.

ELISA. Mas ¿por qué intentáis conseguir también el apoyo de mi hermano, en caso de que a la sirvienta se le ocurriera revelar nuestro secreto?

VALERIO. No se puede contentar a uno y a otro; y el espíritu del padre y del hijo son tan opuestos, que es difícil concertar esas dos confianzas. Mas vos, por vuestra parte, influid sobre vuestro hermano y servíos de la amistad que hay entre vosotros dos para ponerle de nuestra parte. Aquí viene. Me retiro. Emplead este tiempo en hablarle, y no le reveléis nuestro negocio sino lo que os parezca oportuno.

ELISA. No sé si tendré fuerzas para hacerle esa confesión.

(Fuente: http://www.ciudadseva.com/)