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domingo, 21 de septiembre de 2014

PRENSA. Sobre el referéndum escocés. Bernardo Atxaga

Bernardo Atxaga

   En "El País":

Un imán debajo de la mesa

Las fuerzas movilizadas en Escocia y otros nacionalismos en el mundo no se explican solo por intereses económicos y pragmáticos. Hay que contar también con el viento de las humillaciones y las injusticias

Metafórico estoy, y lo primero que me viene a la cabeza al preguntarme sobre el referéndum escocés es el misterio del que fui testigo en la escuela primaria. Los alfileres y las chinchetas que había sobre una mesa de madera se movían de un lado para otro animados por una fuerza que, creíamos los niños, residía en la mano que el maestro escondía debajo de aquella. Enseguida se descubrió la verdad: la causa era una pieza de acero en forma de herradura. “Es un imán”, dijo el maestro levantándola como si fuera un trofeo.
La pregunta es ahora, en la realidad de nuestros días, pensando en Escocia: ¿de qué imán se trata? ¿Qué fuerza ha movilizado a más de un millón y medio de personas y les ha llevado a votar por la independencia? Hace unos treinta años, resultaba imperceptible para quienes estábamos allí pasando una temporada. Cierto que se insistía en las particularidades culturales, y que la danza, que tantas veces sustituye a la lengua como elemento identitario, era socialmente tan importante que hasta los jóvenes de Japón y de Pakistán que estudiaban en la Universidad de St. Andrews se animaban a aprender las Scottish Country Dances; cierto, también, que los escritores nacionales como Robert Burns o Walter Scott, recreadores de la tradición oral e inventores de un pasado legendario, eran estudiados en las escuelas y citados una y otra vez durante las celebraciones; pero, en comparación con lo que ocurría en otra región británica, Irlanda del Norte, o en el País Vasco, el caso escocés parecía políticamente suave, y pocos imaginaban que en el 2014 el duelo entre independentistas y unionistas iba a ser cerrado y, literalmente, conmovedor. Solo recuerdo, en todo el tiempo que pasé allí, una postura política radical, la de un habitante de las Highlands que, dirigiéndose a un miembro de nuestro grupo que se había identificado como vasco, le tendió la mano diciendo: “¿Es usted nacionalista? Porque si no lo es ahora mismo retiro esta mano”.
Se ha hablado estos días, tratando de describir el imán, el origen de la fuerza que guía Alex Salmond, de los nacionalismos tradicionales que, como el vasco o el catalán, hacen suya la fórmula del estado-nación: “tendrá derecho a una unidad política diferente toda sociedad que tenga una cultura diferente”. En ese sentido, han abundado los comentarios sobre si en Escocia se hablan realmente lenguas diferentes del inglés, como el scots o escocés, o sobre si el gaélico pasa de un mínimo dos por ciento de hablantes. Ha habido incluso comentaristas que, recién llegados al parecer del futuro, han afirmado que en ningún caso se impondría en Escocia “una lengua adicional” ni se enseñaría una “historia distorsionada” Pero, a mi modo de ver, pocos son los alfileres y las chinchetas que ha movido ese imán, la reivindicación que podríamos llamar “nacional”. De los 18 documentos cinematográficos que, copiados en un CD, los defensores del YES ofrecían este verano en las calles de Edimburgo, solo uno está en gaélico, y en ninguno de ellos se menciona que la cultura escocesa esté en peligro “por culpa de Londres”. Tampoco se hace hincapié en las diferencias con el resto de los británicos, porque, en realidad, todo está claro y no hay ningún lío de faldas. Todos saben cuál es la suya; todos saben también que, como demostró el libro The Invention of Tradition de E.J. Hobsbawm y T.O. Ranger, las teorías de Walter Scott y otros románticos sobre los clanes y sus diferentes tartanes tienen más de fantasía que de realidad histórica, y que el éxito de la, para nosotros, extravagante vestimenta, se debió fundamentalmente a los intereses de los pañeros y a la coquetería de los varones. Pero, ¿qué importa? Ya se sabe que lo cultural se parece poco a los imanes naturales, y que, en ese campo, todo es creado, histórico. Además, ¿qué es nuevo y qué es viejo? Las casas que en Virginia o Georgia sonantebellum, anteriores a la guerra civil de 1861, se consideran antiquísimas; en Grecia, Italia o España serían de antes de ayer.

Londres inició la relación con los independentistas perdonándoles la vida
Pero, bueno, ¿cuál es entonces el imán? Creí identificar su naturaleza cuando escuché a Irvine Welsh, el autor del mundialmente conocido libroTrainspotting, protestar contra el stablishment literario británico que, con instrumentos como el Booker Prize, favorecía descaradamente a los escritores que eran del gusto de la clase media-alta de Londres. Pensé en aquel momento que estaba nombrando algo importante, y que si su percepción de que la metrópoli trataba injustamente, abusivamente, a Escocia, era general, ahí estaba la fuerza, el núcleo del imán que ponía en movimiento a los independentistas. Mi creencia se fortaleció cuando repasé el CD que repartían los militantes a favor del YES, ya que la mayoría de los documentos cinematográficos contenidos en él denunciaban situaciones económica y socialmente injustas. Entre ellas, la relacionada con el petróleo, la más sangrante. Los políticos-títere habían dejado el negocio en manos de las grandes corporaciones, y los beneficios viajaban a Londres, Nueva York o Houston, dejando las sobras para Escocia; además, los empleados de las plataformas del Mar del Norte trabajaban en condiciones penosas, una prueba más del modo de hacer las cosas de la metrópoli. Pensé que tenía razón Rubert de Ventós al percibir un cambio en el contenido de los nacionalismos, que ya no serían etnicistas, ni plantearían, en lo fundamental, cuestiones identitarias, sino pragmáticas, transaccionales, relacionadas con el reparto de la riqueza, con los intereses de cada cual, do ut des, te doy para que me des… y si no me das, me voy. Es evidente que el Gobierno de Londres, que inició la relación con los independentistas perdonándoles la vida, y pasó luego —como un partenaire machista cogido en falta— a las declaraciones de amor y, enseguida, a las amenazas, decidió cubrir ese flanco prometiendo ceder competencias fiscales y otras palpables materias.

No se ha hecho hincapié en las diferencias con el resto de los británicos, porque todo está claro
Pero hay algo más. Hay más imán de lo que parece, porque el ser humano no es del todo economicus, un ser guiado únicamente por el interés. Podría decirse, citando una rondalla catalana, que en su corazón soplan al menos catorce vientos, de los que siete son buenos y siete dolents, malos. Pues bien: de todos ellos, el peor viento para la política y el buen gobierno es el que se llama Humillación. Recordemos, en ese sentido, lo que escribió Isaiah Berlin al analizar el romanticismo alemán de los siglos XVII y XVIII. Alemania —vino a decir el filósofo en El fuste torcido de la humanidad— se sentía en el rincón de Europa por no haber tenido Siglo de Oro, ni genios como Cervantes o Leonardo, y por ser consciente de la aplastante superioridad de la gran Francia de aquel tiempo. La sensación de atraso relativo creo entonces “una sensación de humillación colectiva, que se convertiría luego en indignación y hostilidad. Este talante alcanzó un tono febril durante la resistencia nacional contra Napoleón, reaccionando como la rama doblada”. Reaccionando, añado, de forma exagerada, como la explosión que sigue a una larga acumulación de grisú.
Ese viento, Humillación, que sopló en Alemania en siglos pasados, ha soplado ahora en Escocia. Ha sido, también, junto con las sólidas reivindicaciones de los economicus, el componente gaseoso del imán, quizás el que más influyó en los primeros meses del proceso, cuando todos los grandes —grandes bancos, grandes partidos, grandes periódicos y cadenas de televisión— seguían haciendo chistecitos sobre las faldas, o similares. Debería analizarse el caso escocés también desde este punto de vista. En un siglo en el que los poderosos hacen ostentación de su riqueza y poder, y son implacables con los, antes así llamados, pobres de la tierra, Humillación e Injusticia pueden alimentar un imán que —metafórico empecé, y metafórico acabo— no solo moverá alfileres y chinchetas, sino clavos y barras de hierro, o, incluso, el propio eje del mundo.
Bernardo Atxaga es escritor

lunes, 27 de enero de 2014

PRENSA. "Las historias de la Historia"

'Defensa del Parque de Artillería de Monteleón' (1884), obra de Joaquín Sorolla.

   En "El País":

Las historias de la Historia

Las disputas en torno a las identidades españolas y la frontera entre verdad y ficción en los discursos de legitimación política alimentan varios libros que iluminan los debates del presente

 25 ENE 2014

Una de las preguntas que le hace a José Álvarez Junco la historiadora Paloma Aguilar en una larga entrevista que forma parte de un reciente libro de homenaje al autor de Mater dolorosa es la siguiente: “¿Cómo resuelves el dilema entre lo que Jon Elster llamó el ‘cemento de la sociedad’, lo que hace que las sociedades se mantengan cohesionadas y no entren en conflicto permanente, y la necesidad de impedir la creación de mitología nacional que distorsione la historia y demonice al otro?”. En la pregunta quedan bien definidos los dos polos en torno a los que bascula el concepto de nación, el “cemento” y los “mitos”, y queda anunciado que en la elaboración de ese discurso tienen un papel no menor los historiadores.
“¿Puedo simplificar un poco?”, pregunta Álvarez Junco. “Si la nación fuera un niño, sería imprescindible que reforzáramos su identidad (qué nombre tiene, cuál es su familia, a qué país pertenece…) y también su autoestima: por ser como eres, no puedes ir por ahí con la cabeza baja. Esto es evidente, pero eso no significa que haya que ponerse pesado. Tienes una identidad, sí, pero luego están los otros. El nacionalismo desempeña un papel necesario, de integración y legitimación política, ayuda a reforzar los lazos comunes que existen en un colectivo donde todos son distintos. Pero corre una serie de peligros que no hay que olvidar, como el de cerrarte a cuanto ocurre fuera y convertirte en un ignorante, sin horizontes, siempre complaciente con lo propio y reacio a lo ajeno”. Pueblo y nación. Homenaje a José Álvarez Junco lo han coordinado Javier Moreno Luzón y Fernando del Rey, y reúne diferentes aproximaciones al trabajo de un historiador que ha abordado, y siempre con maestría, algunos fenómenos esenciales de la historia española: el anarquismo, el populismo, el nacionalismo y la relación entre visión del pasado y construcción de identidad.
Santos Juliá, en uno de los textos del libro, subraya la capacidad de Álvarez Junco para reconstruir toda la complejidad del pasado y destaca su habilidad para fulminar los mitos y leyendas que parecen ser el único camino posible para tratar con la historia. “El mito no se estudia, se cree y se celebra”, escribe Juliá, “y en la creencia colectiva y en la celebración ritual encuentra la comunidad su razón de ser, su orden, la base de continuidad en el tiempo, su camino de salvación”. “Vuelvo a lo más sencillo”, insiste Álvarez Junco, “la función del historiador es la de intentar comprender y explicar el pasado de la manera más objetiva posible. De forma científica. Por eso hay que volver una y otra vez sobre lo que se ha estudiado porque todo cambia. España cambia y cambia la manera de contar lo que ha ocurrido. Toda explicación es relativa y pasajera. Y tiene inevitablemente un mensaje moral implícito. Es importante ser conscientes de esto y saber también que, por mucho que hagas, los políticos (el poder) van a utilizar tu trabajo en función de sus intereses”.

José Álvarez Junco
ha abordado, siempre con maestría, algunos fenómenos esenciales de la historia española
En La invención del pasado, Miguel-Anxo Murado se ha propuesto entrar en el interior del laboratorio donde se hace la historia para contar cómo se fabrica el pasado y cuánto tiene de verdad. “La historia es como la ceniza de un incendio”, escribe. “No es el incendio, ni siquiera un resto del fuego, sino tan solo un vestigio de los efectos del incendio. El viento sopla constantemente, dispersándola”. ¿Qué hacer, entonces, con algo tan volátil como esas cenizas, cómo atraparlas y organizar un relato coherente?
“La historia no es simplemente la recuperación del pasado”, contesta Murado por correo electrónico, “lo cual, en sentido estricto, es imposible, porque ya no existe; es más bien el esfuerzo por darle un sentido a lo que nos queda de él, que son solo un número limitado de vestigios. Puesto que somos nosotros quienes le damos el sentido, la historia es en gran parte una proyección del presente, una especie de metáfora de nuestro propio tiempo”.
¿Cuándo ha tenido el poder político mayor influencia en la construcción de la historia de España? “Bueno, en España han escrito la historia desde un rey —Alfonso X— hasta un presidente de Gobierno —Cánovas del Castillo—. Comparado con eso, el historiador nunca ha estado más lejos del poder que hoy en día. Lo que ocurre es que cuando leemos una historia que no nos gusta tendemos a considerarla siempre fruto de la manipulación interesada. Subestimamos la fuerza evocadora que tiene el discurso histórico, yo me atrevería a decir que casi mágica, y que hace que tanto unos como otros crean sinceramente en lo que dicen. El poder apoya el tipo de historia que le interesa, sin duda, pero eso no bastaría si la gente no quisiera creerla. La única cura para el fanatismo que inspira la historia es preventiva: no darle tanta importancia”.
“Como decía Froude, un historiador del siglo XIX”, escribe Murado en su libro, “la historia es como una imprentilla infantil en la que uno puede elegir las letras que quiere y ordenarlas en la forma que quiere para que digan lo que a él le apetece”. Es posible, pues, que en ese particular taller se crearan los relatos más disparatados para celebrar las hazañas de un rey o para dar sentido a un proyecto de futuro, quién sabe, ese destino en lo universal que aireaba el franquismo. ¿Cuáles han sido los mitos más disparatados que se han colado en la historia de España? “Yo no los llamaría ‘mitos disparatados’ porque creo que los mitos históricos cumplen siempre una función, lo interesante es detectarlos y tratar de explicar cuál”, explica Miguel-Anxo Murado. “Hoy nos puede resultar disparatado que en el pasado los españoles se creyesen descendientes de la familia de Noé. Pero eso era fruto de la necesidad psicológica de enlazar su historia con la Biblia de un pueblo para el que el cristianismo era la base de su identidad. Hoy hacemos algo parecido cuando, desde la historiografía que sea, elegimos arbitrariamente hechos históricos para convertirlos en nuestros orígenes o seleccionamos aquellos que nos proporcionan una sensación de continuidad y conexión con el pasado”.
De esos hechos históricos que han servido para darle sentido y continuidad a la nación española se ocupa un voluminoso libro recientemente publicado. Hace unos seis años, los historiadores Antonio Morales Moya, Juan Pablo Fusi y Andrés de Blas se plantearon el desafío de realizar una suerte de estado de la cuestión de lo que es la Historia de la nación y del nacionalismo español. El libro tiene más de 1.500 páginas, han participado 48 especialistas y es un viaje por las historias, y lógicamente por los mitos, que han terminado por hacer de España lo que es.
“Antes de que surgiera la propia idea de nación, existían elementos que le daban cohesión a ese colectivo que sería después, hablando con más propiedad, la nación española”, explica Andrés de Blas. “Desde la época de los Reyes Católicos se impulsaron ya distintas estrategias para dar cohesión a esa comunidad nacional que, más adelante, seguiría reconociéndose como tal durante la monarquía de los Austria. El reformismo ilustrado del siglo XVIII reforzó las soldaduras de ese colectivo a través de una serie de discursos patrióticos que luego heredarían los diputados de las Cortes de Cádiz. Es ahí donde verdaderamente se puede hablar de revolución, y de un proyecto de modernización de este país. Los liberales son conscientes de que no pueden legitimar el nuevo Estado con los viejos expedientes: el catolicismo, la monarquía y las tradiciones. Y por eso empiezan a hablar de una comunidad de ciudadanos que defiende un orden de derechos y libertades. El acento se desplaza a la ciudadanía y a su Constitución, han dejado de servir los viejos señores”.
No hay referencia alguna a los asuntos de los nacionalismos periféricos en el volumen. La protagonista exclusiva es la nación española. Desde muy pronto se da noticia de sus mitos, con el texto de Álvarez Junco que abre el libro, así que tampoco hay que alarmarse: no se trata de ninguna casposa reivindicación de esas esencias patrioteras todavía tan queridas por una parte de los españoles. Los cronistas que narraron, casi dos siglos más tarde, el primer enfrentamiento bélico con los musulmanes recurrieron, cuenta Álvarez Junco en su trabajo, “a los modelos narrativos bíblicos y a los de la Antigüedad clásica”. Hay una leyenda que se refiere a las guerras médicas: en el año 480 antes de Cristo, las huestes de Jerjes fueron poco a poco aplastando las ciudades griegas hasta llegar al santuario de Apolo en la montaña de Delfos. No había allí más que un puñado de aguerridos defensores frente a los fieros persas, pero el dios terminó por intervenir. Lanzó rayos y cayeron peñascos, y los temidos enemigos empezaron a matarse unos a otros en plena confusión. Los supervivientes huyeron, y no tardarían en perecer por un fuerte temblor de tierra y el desbordamiento de un río: el puñado de griegos de Delfos había triunfado. “El relato de Covadonga reproducía este esquema casi al pie de la letra”, escribe Álvarez Junco.


“El franquismo colonizó la idea de España, se la apropió, y eso produce una enorme distorsión”, dice Javier Moreno Luzón.
Los viejos héroes de Iberia e Hispania, las peripecias del país durante la Edad Media, los reinos que conviven en el siglo XV, el concepto de España que se arma durante el XVI y el XVII, y las últimas iniciativas anteriores a la primera Constitución: así arranca esta propuesta, que luego explora con toda minuciosidad las formas del nacionalismo español durante el siglo XIX, la España de comienzos de la centuria pasada (hasta el estallido de la guerra) y la que vino después, y que se cierra con dos grandes capítulos que analizan este país desde su periferia y desde el exterior.
“El orden liberal marca los derroteros de España desde 1812 hasta 1923, cuando triunfa la dictadura de Primo de Rivera”, comenta Andrés de Blas. “Desde la Constitución de 1837, que define un orden liberal, urbano y burgués y que establece el marco para la modernización económico-social del país, las líneas de continuidad son evidentes, por mucho que se escoren, a veces hacia la izquierda (en 1869), a veces hacia la derecha (en 1845 y 1876). Al otro lado, como factores de resistencia, solo están el carlismo, y su defensa de los valores tradicionales, y algunas asonadas militares”. Poco a poco surgirán esos ruidos que irán haciendo mella en el proceso. Los nacionalismos periféricos se fueron constituyendo en el País Vasco y Cataluña a lo largo de la segunda mitad del XIX, y se instalaron con más fuerza al empezar el siglo XX. Y luego está la impotencia del régimen de la Restauración, incapaz de acomodar en su seno a las nuevas fuerzas, ya fueran esos nacionalismos periféricos, la clase obrera o los partidos reformistas.
En un libro publicado en 1983 sobre los orígenes y el desarrollo del nacionalismo, el historiador Benedict Anderson “contemplaba las naciones como artefactos culturales modernos que surgen en un momento concreto, se transforman y adquieren, en determinadas circunstancias, una fuerza extraordinaria”. Javier Moreno Luzón y Xosé M. Núñez Seixas recogen la cita en la introducción que abre Ser españoles, un libro colectivo que busca profundizar en los imaginarios nacionalistas que han echado raíces en este país a lo largo de la pasada centuria. No permanece inmutable siempre la misma versión de las cosas, la cultura “no consiste en un todo armonioso y coherente, sino que sus contenidos se negocian y se disputan entre sectores enfrentados en la esfera pública”, escriben Moreno Luzón y Núñez Seixas. De ahí surge el proyecto, del afán de revisar esas disputas, y no tiene que ver para nada con reivindicación alguna de las esencias patrias, sino que quiere, más bien, dar cuenta de “las vicisitudes” por las que ha pasado una identidad: qué ha sido eso de ser españoles a lo largo del siglo XX. Los mitos, los símbolos de España, el lugar que ocupó la República, el papel de la religión o de la lengua o las lenguas, los toros, el deporte, el turismo o el cine, los mapas, la influencia de la capital, América y la fiesta del 12 de octubre, la proyección africana, la música, la situación de la mujer respecto a su identidad…, en fin, la monarquía.
“Es muy importante subrayar que el franquismo colonizó la idea de España, se la apropió, y eso produce una enorme distorsión”, dice Javier Moreno Luzón. “Toda la oposición a la dictadura, tanto la de izquierdas como los nacionalismos, identificaron así a España con el franquismo, y no querían ni oír hablar de sus relatos, ni de sus símbolos. De lo que se trataba, por tanto, era de construir una nueva identidad nacional, donde todos tuvieran sitio. La monarquía representa un papel esencial en la construcción de esa nueva identidad, democrática y constitucional. Sea como sea, la proyección de lo que fuera esta nueva España tuvo un perfil bajo en los primeros años de la Transición. Solo tras el golpe del 23 de febrero se fue imponiendo la idea de que no se podía dejar España y sus símbolos en manos de la extrema derecha”.
“Un momento clave fue 1992”, subraya Moreno Luzón: “Se aprovecharon dos grandes eventos, los Juegos Olímpicos que se organizaron en Barcelona y la Expo de Sevilla, para reelaborar los símbolos tradicionales, quitándoles el moho asociado a su viejo esencialismo para proyectarlos hacia el futuro. Juan Carlos I se había presentado ya como el piloto del cambio y el defensor de la democracia contra sus enemigos en el 23-F. Y aquel año se reinventaron los vínculos con América, 500 años después de la conquista, disolviendo cuanto tuviera que ver con las atrocidades que se cometieron durante la conquista para reforzar la idea de una comunidad de iguales, donde el papel de España fuera el de servir de puente entre aquella América lejana y una Europa cada vez más próxima. Fue entonces cuando empezaron las cumbres iberoamericanas…”.
La cuestión de las identidades está, sin embargo, siempre sometida a disputas. Y es verdad que hubo un tiempo en que las aristas más conflictivas entre los nacionalismos periféricos y el español quedaron eclipsadas por un proyecto de futuro. En los Juegos Olímpicos convivieron la bandera española y la senyera, no había grandes conflictos. “Fue con la llegada de Aznar al poder cuando se produjo un reforzamiento del nacionalismo español”, observa Moreno Luzón. “Reformuló la celebración del 12 de octubre e impulsó la enseñanza de la historia de España. De regreso de un viaje a México, e impresionado por la enorme bandera que se desplegaba en el zócalo del Distrito Federal, decidió hacer algo semejante aquí y se izó aquella inmensa enseña en la plaza de Colón de Madrid. Era un viraje que no iba a gustar mucho ni a los nacionalismos periféricos ni a las fuerzas de izquierda. No hay que olvidar que es en las manifestaciones contra la gestión del desastre del Prestige y contra la guerra de Irak cuando vuelven a verse en las calles numerosas banderas republicanas. Y por el lado nacionalista se acentuaron dinámicas propias: la reacción condujo en el País Vasco al plan Ibarretxe, y en Cataluña al proyecto de modificar el Estatut”. Las viejas inquinas en torno a los rasgos identitarios de España y de sus nacionalidades volvieron, así, a primer plano. Y en esas andamos.

Pueblo y nación. Homenaje a José Álvarez Junco. Javier Moreno Luzón y Fernando del Rey (editores). Taurus. Madrid, 2013. 416 páginas. 10,99 euros. La invención del pasado. Verdad y ficción en la historia de España. Miguel-Anxo Murado. Debate. Barcelona, 2013. 230 páginas. 16,90 euros. Historia de la nación y del nacionalismo español. Antonio Morales Moya, Juan Pablo Fusi Aizpurúa, Andrés de Blas Guerrero (directores). Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores. Barcelona, 2013. 1.518 páginas. 39 euros. Ser españoles. Imaginarios nacionalistas en el siglo XX. Javier Moreno Luzón y Xosé M. Núñez Seixas (editores). RBA. Barcelona, 2013. 592 páginas. 23 euros.

martes, 31 de diciembre de 2013

PRENSA. "Historia de dos ciudades". José Álvarez Junco

José Álvarez Junco

   En "El País" (29 septiembre 2013):

Historia de dos ciudades

Conforme avanza el siglo XIX, las élites barcelonesas van considerándose más ricas, cultas y europeas que las madrileñas, de las que dependían políticamente. Ahora lo que quieren es dejar de pertenecer a España

 29 SEP 2013

Si hay una conclusión dominante que puede extraerse de los miles de libros y artículos dedicados a los nacionalismos, sería que los factores que explican su existencia no son las razas, la religión o la historia. Tampoco los intereses económicos, como quiso el marxismo. Más que burguesía, lo que encontramos tras estos procesos son élites político-intelectuales. No intelectuales en el sentido de grandes creadores de arte o pensamiento sino de personas que manejan y difunden productos culturales y que con ello se ganan la vida o son, o aspiran a ser, funcionarios. Pero sobre lo que quisiera reflexionar aquí hoy es sobre el hecho de que estas élites actúan necesariamente desde centros urbanos, porque es allí donde se crea y difunde la cultura. Allí se reúnen, intercambian ideas, conciben y lanzan su proyecto. La disputa se libra entre ciudades; más precisamente, entre élites urbanas.
Durante milenios, la humanidad ha vivido organizada en reinos o imperios, formas de dominación política dirigidas desde ciudades. No eran todavía naciones, porque no aspiraban a la homogeneidad cultural ni atribuían el poder soberano al pueblo. Al desaparecer en Europa el imperio romano, pareció que las ciudades iban a verse anegadas por un mundo rural regido por grandes señores dedicados a la guerra. Pero los centros urbanos recuperaron su fuerza y consiguieron crecer y rivalizar con los señores feudales. La superioridad de las ciudades fue su concentración de recursos (económicos y coactivos, como explicó Charles Tilly), frente a la fragmentación del poder del feudalismo. Aunque tampoco fueron las sociedades más urbanizadas donde surgió el Estado moderno. Muchas y muy esplendorosas ciudades había en el norte de Italia o en Flandes y, sin embargo, los grandes Estados europeos nacieron en territorios más amplios, dominados por un solo centro, como París, Londres o Madrid. Algunos de los Estados-nación europeos fueron más tardíos por la rivalidad entre varias ciudades, como Berlín y Viena o Roma, Milán y Turín.
En el caso español, hacia 1500 ninguna ciudad dominaba el conjunto de la Península. La zona más rica y poblada, Castilla la Vieja, se componía de una constelación de ciudades laneras (quizás la tercera europea, tras Italia y Flandes) y en el Mediterráneo había otra serie de poderosos núcleos urbanos marítimos y comerciales, como Valencia y Barcelona. Castilla acabó imponiéndose porque, tras su unión con Aragón y la conquista de Granada y Navarra, los monarcas establecieron allí su sede. Alguna razón tienen quienes hablan del “Estado español”, porque lo primero fue el Estado, en el que comenzaron a desarrollarse unas estructuras organizativas propias de un Estado moderno embrionario (tesorería, burocracia, ejército permanente). El sentimiento de nación llegó más tarde, y no sin dificultades. La capital en la que se acabaron estableciendo, Madrid, no era un gran centro agrícola, comercial, industrial o de comunicaciones. Era solo la corte y estaba situada en medio de un páramo, atractivo para los reyes porque había a su alrededor buenos terrenos de caza. Los monarcas, aliados primero con las ciudades frente a los señores feudales y sometiendo luego a aquellas al aplastar la rebelión comunera, consiguieron monopolizar el poder coactivo. Y, como cualquier monarca de la época, se embarcaron en multitud de empresas militares para ampliar sus dominios. Lo mismo hacían los reyes franceses o ingleses, pero con menor capacidad económica, debido a las remesas que los Habsburgo españoles recibían del continente recién descubierto al otro lado del Atlántico. Gracias a eso, esta monarquía logró imponer su supremacía en Europa durante algo más de un siglo. Pero su dedicación a las actividades militares, descuidando la creación de riqueza, acabó debilitándola, arruinando y despoblando sobre todo a Castilla, la región de más recursos y también la más sometida tras haber maniatado a sus Cortes (de ahí que los restantes reinos se resistieran, con razón, a perder sus inmunidades y privilegios). Su hegemonía europea terminó tras la Paz de Westfalia y sería sucedida por la francesa primero y por la británica después.

La ola romántica produjo una idealización del esplendor medieval catalán y nostalgia por su lengua vernácula
Al llegar la era contemporánea, aquella monarquía que estaba dejando de ser un imperio quiso convertirse en una nación. Pero Madrid seguía siendo sobre todo corte, de la que emanaban órdenes principalmente militares, y apenas había crecido como centro productivo. En cambio, una primera industrialización textil se había producido, ya en el XVIII, en torno a Barcelona, que había sido sede de las instituciones representativas oligárquicas del Principado de Cataluña (Corts, Generalitat), por lo que albergaba una añoranza por su autogobierno perdido en 1714 (que nunca fue independencia en el sentido actual del término, pues dependía de la corona de Aragón). Era lógico que a la larga se desarrollara la rivalidad entre esta ciudad y Madrid.
A medida que avanzó el XIX, las élites barcelonesas se fueron viendo a sí mismas como más ricas, cultas y europeas que las madrileñas, de las que dependían políticamente. El desequilibrio era innegable. La ola romántica prendió, y no por casualidad, en Barcelona y se produjo una Renaixença, una idealización del esplendor medieval catalán y un sentimiento nostálgico por la lengua vernácula que se veía en extinción. Ya en el último cuarto del siglo, el Colegio de Abogados de Barcelona, para enfrentarse a la codificación, que les obligaría a competir en un mercado más amplio y homogéneo, defendió la singularidad del Derecho catalán, elaborando toda una teoría sobre su esencial incompatibilidad con el castellano, a partir de sus distintas raíces doctrinales (v. al respecto el libro de Stephen Jacobson). Luego vino el folklore, la sardana, la barretina, todo expandido por barceloneses en fervorosas excursiones al campo circundante, donde explicaban a los campesinos cuál debía ser, cuál era, en realidad —aunque no lo supieran—, su manera propia de vestir o de bailar. Joan-Lluis Marfany lo describió en un gran libro. Finalmente, aquel movimiento se presentó en política bajo el rótulo de Lliga Regionalista y la respuesta brutal de algunos militares asaltando sus periódicos provocó la Ley de Jurisdicciones y reforzó el estereotipo de que Cataluña encarnaba el civismo europeo frente a la barbarie de los castellanos.
Esas circunstancias, más que una identidad étnica mantenida sin interrupción a lo largo de un milenio, pueden ayudar a comprender el origen del nacionalismo catalán. Algo no muy distinto —aunque con muchas peculiaridades— ocurrió en el otro foco industrial del país, Bilbao (cuidado, no el País Vasco), que, sintiéndose superior por su riqueza y sus lazos con Inglaterra, lanzó también su órdago frente al dominio madrileño. En otros lugares, como Galicia, pese a tener seguramente mayores motivos para plantear una reivindicación nacionalista —dada su mayor homogeneidad lingüística, sus fronteras bien delimitadas y una situación de atraso que podría haber sido atribuida a la explotación “colonial” de Castilla—, el nacionalismo nunca tuvo tanta fuerza, por razones complejas, pero una de ellas seguramente porque no había una ciudad que fuera el centro, la capital natural; los escasos nacionalistas gallegos, al final, lanzaron sus propuestas desde Madrid o desde Buenos Aires.

Se ha querido crear un Estado centralizado sobre el modelo francés, cuando la realidad es muy distinta
Hoy, un siglo y pico después de este proceso, las circunstancias han cambiado mucho. Madrid no es ya el poblacho manchego que fue, sino el centro económico del país. Pero los estereotipos se mantienen vivos, porque el éxito de los nacionalismos lanzados desde Barcelona o Bilbao ha sido indiscutible. Por otro lado, en España se ha querido crear un Estado centralizado sobre el modelo francés, cuando la realidad es muy distinta a la francesa, dominada con claridad por un gran centro urbano con el que ningún otro puede rivalizar. En España hay, al menos, dos ciudades de tamaño y peso económico y cultural perfectamente comparable. Una, Barcelona, es claramente capital española en el mundo de la edición, el deportivo, el turístico. Y sus élites político-culturales, que no pueden soportar más la idea de depender de Madrid, han conseguido convencer a una gran parte de su población de que son diferentes a los españoles y de que lo mejor es, sencillamente, dejar de pertenecer a España.
No pretendo lanzar propuestas para superar la situación actual, sino simplemente introducir un elemento más, la pugna urbana, para ayudar a comprender el problema. Pero la teoría, inevitablemente, insinúa soluciones. Estamos en la era posnacional, en la que el Estado-nación ha dejado de ser soberano en muchos sentidos. No basta con constatar y apoyar ese proceso. También hay que hacer más compleja la organización de lo que queda del Estado. Sería interesante, por ejemplo, plantear una especie de doble capitalidad, o múltiple capitalidad, con instituciones estatales (el Senado, para empezar) situadas en otras ciudades, y con un tratamiento de las lenguas no castellanas como oficiales también del resto de España (en Canadá, Quebec es una minoría, pero el francés es oficial en todo el país).
Aunque me temo que es tarde para todo esto.
José Álvarez Junco es catedrático de Historia en la Universidad Complutense, Madrid. Su último libro es Las historias de España (Pons/Crítica).

martes, 24 de enero de 2012

PRENSA CULTURAL. "Libros no recomendados", por Fernando Savater

Fernando Savater
   En "El País":
Libros no recomendados

FERNANDO SAVATER 17/01/2012

   En vísperas de finalizar el pasado año, nuestro periódico publicó un reportaje en el que varios historiadores, politólogos y filósofos recomendaban lecturas a los políticos para encaminarles en el buen gobierno. Todas eran estupendas, de Platón y Maquiavelo hasta el Algo va mal, de Tony Judt, que se ganaba doble mención. Nadie podría ponerles un pero... de modo que yo seré ese nadie: las obras elegidas resultan apropiadas para la cabecera de cualquier gobernante, sin duda, pero casi ninguna se refiere específicamente a los problemas nacionales que tendrán que afrontar los representantes españoles recién nombrados. Por remitirme al expresivo título del libro de Tony Judt, son libros que tratan de lo que va mal en nuestras democracias, pero no de ese "algo" que va peor en España que en otros países.
   No deja de ser chocante el interesado desinterés con que son acogidos en el debate público ciertos ensayos morales y políticos de actualidad sobre nuestro presente. Naturalmente no digo que debieran ser aceptados y celebrados sin rechistar, pero me extraña que no merezcan más que alguna convencional reseña en el mejor de los casos y en otros ni eso. La piedra cae en el estanque sin apenas alterar su plácida superficie, se hunde calladamente hasta el fondo, mientras las ranas se apartan con discreción y siguen croando luego sus lemas rutinarios como si nada. Algo así ha pasado, por ejemplo, con El mal consentido (Alianza), de Aurelio Arteta, razonado análisis de las actitudes de quienes conviven con atrocidades como el terrorismo y siempre encuentran motivos para desentenderse de su evidencia o justificar su inhibición ante ellas.
   Hay obras que aún guardan más directa relación con los intereses de los políticos. No caben muchas dudas de que los nacionalismos que pretenden privilegios amenazando con la separación son uno de los problemas más acuciantes de España. De ellos no habla Platón ni Maquiavelo, y Tony Judt solo de refilón. En cambio son el tema de La trama estéril (Montesinos) de Félix Ovejero, centrado en la paradójica colusión entre la izquierda y el nacionalismo. El autor es un reputado politólogo que ya había dedicado otro notable ensayo a este tema: Contra Cromagnon: nacionalismo, ciudadanía, democracia (Montesinos). En La trama estéril comienza haciendo una consideración general sobre qué son las naciones y cuáles sus límites, respondiendo en cierto modo a aquella observación del entonces presidente Zapatero sobre lo discutible que resulta el concepto de nación. Después repasa detalladamente, con minuciosa documentación y bibliografía, los principales problemas políticos de la cuestión, empezando por la relación entre la lengua y la ciudadanía, tan pervertida por unos como cínicamente minimizada por otros, para seguir con las cuestiones económicas y el tema de la igualdad, reivindicación clásica de la izquierda hasta que fue relegada en beneficio de la posmoderna exaltación de la diferencia.
   El profesor Ovejero encuentra difícilmente comprensible, desde el plano de los principios, que los partidos de izquierda -desazonados por los cambios sociales y económicos que han hecho dudosos sus apoyos tradicionales- hayan buscado nuevos votantes por medio de tesis nacionalistas que se oponen a lo que siempre fue su proyecto político característico. Su argumentado planteamiento puede y sin duda debe ser discutido, pero difícilmente puede ser pasado por alto o despachado con los habituales dicterios de "facha", "españolista", "neofranquista" y las demás rutinarias lindezas con las que muchos pretenden escamotearse de la fatigosa tarea de razonar inteligiblemente. Ahora que los desarbolados socialistas, por ejemplo destacado, tratan de reorganizar su mensaje político, esta reflexión académica en su rigor pero no menos apasionada sería probablemente más útil que los manifiestos de vacuas generalidades que enfrentan a aspirantes al mando pero no inciden en los temas de fondo.
   Y sin embargo, uno tiene la melancólica impresión de que ya hay ciertos disparates que se dan por indiscutibles e irremediables. Será por eso quizá que los doctores renuncian a recomendar estos libros a los gestores que tanto necesitarían conocerlos para que algún día saliésemos de la actual zona pantanosa.

lunes, 10 de enero de 2011

PRENSA. 10 enero 2011

   En "El País":

1. Fumo. Columna de Almudena Grandes.

2. Cuéntame... qué pasó con los reyes. Reportaje de Tereixa Constenla. Isabel Burdiel reconstruye el proceso que encumbra y derriba a Isabel II - Las biografías sobre monarcas triunfan entre los ensayos históricos.

3. De nacionalismos abiertos y cerrados. Artículo de Hilari Raguer, historiador y monje de Montserrat.