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viernes, 12 de junio de 2015

PRENSA. Sobre los objetivos de desarrollo sostenible

   En "El País":

El futuro se oculta tras los hombres y mujeres que lo hacen hoy

¿Seremos capaces de erradicar esos males de la desigualdad que hoy perviven y nos avergüenzan y de construir un mundo mejor para 2030?


SONIA MACKAY


Lo mejor sería no preocuparse tanto del futuro y pelear todo lo que se pueda en el presente, decía el pacífico Gandhi. Aun así, muchas veces no es posible arrancar en el presente sin marcarse unos objetivos para el futuro, por lo menos un futuro abarcable de unos pocos lustros. Se intentó con los Objetivos del Milenio, con la lista de deberes que debían cumplir los países miembros de la ONU antes de 2015, y se intentará otra vez para 2030, bajo la fórmula de Objetivos de Desarrollo Sostenible, que se discutirá y aprobará el próximo mes de septiembre.
15 años es justo el espacio que lleva a un niño o niña a convertirse en hombre o mujer: el tiempo suficiente para que un adulto se plantee si ha valido la pena su esfuerzo, si lo que hace tiene algún sentido y si lo que ve a su alrededor justifica la esperanza o el pesimismo. Tres lustros para que en 2030 comprobemos, como comunidad internacional, si se ha logrado avanzar realmente, de manera consistente y definitiva, en la erradicación de males que ya hoy, 15 años antes, sabemos que son superables y que, por ello, nos avergüenzan: la pobreza extrema, la no escolarización, la discriminación de las niña y mujeres, el imposible acceso a un sistema sanitario que garantice una vida sana, sociedades inseguras en las que la justicia no existe o esta corrompida y en las que la prosperidad se basa en estructuras económicas tan injustas que resultan insultantes para la dignidad. 15 años para hacer frente a lo que ya sabemos, que el cambio climático es un hecho y que los ecosistemas no pueden ser destruidos de balde.
Anatole France escribió que el futuro está oculto detrás de los hombres y mujeres que lo hacen. El autor no era un hombre optimista, pero, precisamente porque creía en eso, podría haberlo sido. Porque si el futuro está oculto detrás de los hombres y mujeres que lo hacen, que lo están haciendo, cabe la esperanza, hoy precisamente, más que hace 20 o 30 años, porque esos hombres y mujeres son hoy más críticos, están más abiertos a la discusión y a la novedad, más convencidos de que existen los instrumentos necesarios para hacer posible esos cambios y que todo estriba en la voluntad, en el deseo político inquebrantable de que las cosas lleven a una vida decente, una palabra que implica un magnifico objetivo, para el conjunto de la humanidad.
El futuro está, pues, oculto detrás de las mujeres que, por primera vez en la historia de Afganistán, llevaron a hombros el féretro con los restos de Farkhunda, en los pocos cientos de hombres y mujeres que se manifestaron en las calles de Kabul exigiendo que se castigue a sus linchadores. El futuro está oculto detrás de las decenas de miles de mujeres y de hombres que han iniciado en India un movimiento imparable contra la brutal discriminación de las niñas y mujeres y contra la impunidad de la violación. ¿Quién hubiera hablado de ello hace diez años?, ¿Quién dejara hoy de hablar de ello? India, una extraña democracia en la que se consiente la vejación y humillación de la mitad de la población con total impunidad, comienza a removerse, no por presiones de una comunidad internacional que permaneció siempre cruelmente impasible, sino por la acción de sus propios ciudadanos, de sus mujeres, especialmente, pero también de hombres que no pueden soportar ya tanta atrocidad machista.

No es tanto observar el mundo con ojos optimistas, como estar atento al cambio, escuchar cuidadosamente el runrún que suena delante nuestro
El futuro está también en algunas sentencias, como la emitida por el Tribunal de Apelaciones de Estados Unidos, que mantiene que nada puede eximir a una compañía de responsabilidad en los casos en los que se vulnere el derecho de gentes. El fallo, que está considerado como uno de los más importantes en el campo del derecho internacional, se emitió el año pasado en el llamado Doe vs.Nestlé USA, inc, y establece que la compañía multinacional tuvo responsabilidad en la explotación de mano de obra esclava en plantaciones de cacao en Costa de Marfil, incluso si Nestlé USA no era la dueña de las plantaciones ni controlaba directamente las condiciones laborales locales. Horatia Muir Watt, directora del Global Governance Studies de la Universidad de Paris, explica que esa sentencia es fundamental y que “debe ser interpretada en términos de responsabilidad social, acceso de las víctimas a la justicia y de un horizonte político en el que la búsqueda del beneficio y de la eficiencia del mercado debe quedar equilibrada con otros valores”.
¿Los tres jueces de la Corte de Apelaciones son tres personas tras la que se ocultó el futuro? Seguramente. Lo está también tras los primeros dirigentes chinos que afrontan los problemas ecológicos que plantea el despegue económico-industrial del país más poblado del mundo. Se dice que el futuro de todos depende de la estabilidad de China en los próximos 15 años, pero la estabilidad de su progreso económico no será posible sin esos hombres y mujeres que han empezado ya a luchar para, en un horizonte de 15 años, promover un sistema de protección social más satisfactorio, unos sindicatos poderosos y una reglamentación que haga que el medio ambiente soporte los cambios de forma sostenible. Afortunadamente, esos hombres y mujeres están ahí, peleando en el presente y ocultando tras sus espaldas el futuro de todos nosotros.
No es tanto una cuestión de observar el mundo con ojos optimistas, como de estar atento al cambio, de escuchar cuidadosamente el runrún que suena delante y al lado nuestro. Si nos atenemos a las cifras, la vida es algo más decente que lo era en 1990, ha disminuido a la mitad la pobreza extrema (aunque hay bastante polémica sobre la interpretación de esos datos), más personas tienen acceso a agua potable, ha bajado la mortalidad infantil, más niños y niñas reciben educación primaria, más mujeres son conscientes de que tienen derechos, se han hecho avances en la cura de enfermedades que antes no merecían la menor atención. Todos estos datos son positivos, pero tan insuficientes, que difícilmente pueden marcar la pauta. Es otra cosa lo que alienta la esperanza: los hombres y mujeres que piensan y actúan. Están ahí. Y cada día son más.

miércoles, 18 de febrero de 2015

PRENSA. "Desafíos globales" Melinda Gates

   En "El País":

Desafíos globales

La cofundadora e impulsora de la Gates Foundation, dedicada a la solidaridad y el desarrollo, analiza cómo a través del apoyo a las mujeres se puede lograr un mundo mejor



Cada 15 años, la comunidad internacional se reúne para planificar la lucha contra la pobreza extrema, las enfermedades y los retos que continúan asolando a los países en vías de desarrollo. En el año 2000, líderes de todo el mundo se reunieron en la sede de Naciones Unidas para declarar los Objetivos del Milenio, y el año que viene lo harán de nuevo para debatir los Objetivos de Desarrollo Sostenible, una ambiciosa lista para los próximos 15 años. Son reuniones de una importancia increíble, pero no constituyen más que una pequeña parte de la vía para avanzar. En realidad, la mayoría de las decisiones que impulsan el desarrollo mundial no son las que se toman en alguna reunión de Naciones Unidas. Tampoco las que se ­toman en la sede del Banco Mundial en Washington DC, ni en la Organización Mundial de la Salud, en Ginebra. Son las decisiones que se toman cada día —en este mismo momento— en los hogares de los lugares más pobres del mundo.
En el caso de mujeres como Anna, que vive en una pequeña granja en Tanzania, es la decisión de utilizar el dinero que le han prestado sus amigos para poner en marcha un pequeño negocio de venta de huevos y obtener unos ingresos extra para su familia. En el caso de Sharmila, que vive en el norte de India, es la apuesta por empezar a usar anticonceptivos, pese a que con esa acción se opone a los deseos de su suegra. En el caso de Sebsebila, que vive en Etiopía, es la de vacunar a su hija contra las enfermedades infantiles.
El impulso para que el mundo progrese no empieza en una reunión de dirigentes políticos. Empieza en las vidas cotidianas de mujeres corrientes en todo el mundo. Cuando mujeres como Anna, Sharmila y Sebsebila tienen la capacidad de tomar decisiones cruciales sobre su vida y su futuro –y cuando, cosa también importante, tienen la capacidad de llevar esas decisiones a la práctica–, todos resultan beneficiados.
En todos los países a los que voy contemplo que las mujeres son el factor más importante para construir un futuro más sano y próspero. Por desgracia, también observo que en muchas partes del mundo no se las trata en consecuencia. Lo mismo en los países ricos que en los pobres, las mujeres se enfrentan a barreras específicas debido a su sexo, en forma de políticas públicas, expectativas culturales y reglas sociales. Esa situación impide el progreso no solo de las mujeres, sino de toda la población. Cuando a las mujeres se les niega la posibilidad de construir sus vidas y su futuro, el mundo pierde un arma crucial para combatir la pobreza y la enfermedad. Por eso es tan importante empezar a abordar de forma sistemática las desigualdades de género. Y, para organizaciones como la Gates Foundation, ha llegado la hora de que nos comprometamos a que las mujeres y las niñas sean el objetivo fundamental de nuestra labor de desarrollo.

Argumentos para invertir en las mujeres y las niñas

Mi formación académica es informática y económica, pero he hecho del desarrollo global mi segunda vocación. Hace 15 años, mi marido, Bill, y yo decidimos crear una fundación con el fin de devolver a la sociedad lo que hemos obtenido con Microsoft. Reflexionamos largo y tendido sobre qué forma de invertir nuestros recursos nos permitiría causar el mayor efecto posible y mejorar el mayor número de vidas posibles.
Desde el principio tuvimos algo claro: queríamos dedicarnos a los problemas de los más pobres del mundo. Para mí era una cuestión de justicia social, un valor que había aprendido en el colegio, en mi casa y a través de mi educación católica. Pero además era para los dos la oportunidad de poner en práctica un principio que nos enseñaron nuestros padres: que todas las vidas tienen el mismo valor. Queríamos que nuestra fundación contribuyera a crear un mundo en el que todos los niños tengan la oportunidad de vivir una vida sana y productiva, que les permita hacer realidad todas sus aspiraciones.
Poner esto en marcha era abrumador. Los dos somos informáticos, de modo que estamos acostumbrados a desentrañar un código línea a línea, a descomponer un gran problema en todos sus elementos. En la fundación empezamos por estudiar todos los datos posibles sobre los problemas de los más pobres del mundo y después utilizamos nuestras conclusiones para decidir a qué dedicar el dinero.
Una de nuestras primeras inversiones fue una organización que ayudaba a los países pobres a comprar vacunas para proteger a los niños de enfermedades prevenibles, porque las pruebas demostraban que existía una gran necesidad y que la repercusión sería inmensa.
Es un proceso analítico que hemos repetido una y otra vez, a medida que nuestra fundación crecía y se expandía en nuevas direcciones. Hoy, ese proceso nos ha llevado a la conclusión de que, para causar el máximo efecto, debemos centrar nuestros esfuerzos en las mujeres y las niñas.
Por supuesto, invertir en las mujeres es algo justo. Pero además es lo más inteligente. Durante la mayor parte de la historia, las mujeres han vivido infravaloradas, con pocos recursos y escaso apoyo en todas las economías del mundo. Ninguna sociedad puede hacer realidad todas sus aspiraciones si mantiene a la mitad de su población marginada.
Las pruebas demuestran de manera inequívoca que la desigualdad entre los sexos es un obstáculo para el progreso general. Por ejemplo, si se equiparara la presencia de hombres y mujeres en el mercado de trabajo en Estados Unidos, el PIB del país aumentaría un 5%. En otros países, las posibilidades son aún mayores, y ese aumento podría ser incluso de hasta un 27%.
Cuando invertimos en las mujeres y las niñas estamos dando dinero a unas personas que invierten en los demás. Se ha descubierto que cuando las mujeres tienen la capacidad de ganar y controlar su propio dinero, tienden a invertir una mayor parte de lo que ganan en el bienestar familiar: hasta 10 veces más que los hombres. Asimismo, las mujeres gastan el dinero de forma distinta que los hombres. Dan prioridad a aspectos como la salud, los alimentos y la educación; por eso, cuando la madre controla el presupuesto de la familia, sus hijos tienen un 20% más de probabilidades de sobrevivir. En otras palabras, invertir en las mujeres es una decisión que sigue dando frutos en la generación siguiente, puesto que unos niños más sanos y mejor educados hoy crearán unas comunidades más sanas y prósperas mañana.
Este círculo virtuoso es posible, pero no está garantizado. La única forma de iniciarlo es hacer unos esfuerzos sistemáticos y deliberados para desmontar la desigualdad de género en todos los países. Y no es una tarea sencilla. Es un tema muy complicado, que depende enormemente del contexto cultural y de cómo percibimos nuestra propia identidad. Sin embargo, hay varios elementos que las mujeres de todo el mundo tienen en común. Antes de empezar a desarrollar el potencial de las mujeres como agentes del cambio, debemos empezar por colaborar con ellas para satisfacer tres necesidades básicas.

Salud

Es la primera necesidad. Independientemente de quiénes sean o dónde vivan, todas las mujeres necesitan un sistema de salud del que se puedan fiar. El embarazo y el parto son todavía las principales causas de muerte e incapacitación de las mujeres en edad fértil, en parte porque muchas de las más pobres del mundo siguen dando a luz lejos de instalaciones médicas y sin la presencia de personal cualificado.
Las mujeres de los países en vías de desarrollo tienen tres veces menos probabilidades de contar con un profesional en el momento del parto que las de los países ricos. Ese es un problema que podemos y debemos solucionar: hay que aumentar el número de profesionales sanitarios de atención primaria y conseguir que lleguen a más rincones. Pero también podemos ayudar a salvar las vidas de las madres y los recién nacidos de otras maneras.
Por ejemplo, en las zonas rurales de Ghana, la Grameen Foundation, uno de los socios de nuestra fundación, colabora estrechamente con las mujeres locales para elaborar y perfeccionar una maravillosa iniciativa llamada MOTECH. En una región en la que la mortalidad materno-infantil es una amenaza constante, MOTECH utiliza los teléfonos móviles para transmitir información sanitaria esencial a las embarazadas.
Ahora bien, una gran idea, por sí sola, no basta para garantizar un gran programa. Como las vidas de las mujeres en unos sitios y otros son tan diferentes, hemos aprendido que, para aumentar la eficacia de los programas dirigidos a ellas, lo mejor es contar con su propia ayuda a la hora de elaborarlos. En lugar de ver a las mujeres y las niñas como objetivos de la ayuda, debemos considerar que son nuestras socias y trabajan con nosotros en la cooperación al desarrollo.
¿Qué quiero decir con esto? El plan inicial de la Grameen Foundation era enviar la información sobre salud a las mujeres a través de mensajes de texto. Pero cuando los responsables preguntaron a estas mujeres su opinión, descubrieron que muchas no sabían leer y preferían recibir la información en el buzón de voz. También descubrieron que los maridos solían controlar el teléfono durante gran parte del día, así que se pusieron de acuerdo con ellas con el fin de averiguar los mejores momentos para enviar esos mensajes.
Gracias a considerar a las mujeres como socias y colaborar con ellas, la ­Grameen Foundation consiguió que el programa MOTECH fuera muchísimo más eficaz. Los ajustes de este tipo, incluso tan pequeños como el de este caso, pueden suponer la diferencia crucial entre vivir o morir para una mujer y su bebé. Y cuando se van sumando una y otra vez, pueden acabar provocando un cambio trascendental.

Oportunidades económicas

Además de la salud, las mujeres necesitan también tener acceso a las oportunidades económicas, la posibilidad de ganar dinero y controlar sus ingresos. Por desgracia, en la mayor parte del mundo siguen existiendo barreras culturales, legales y de otros tipos que impiden la plena participación económica de las mujeres. En muchos países africanos, por ejemplo, las pequeñas campesinas producen siempre mucho menos que los hombres que trabajan en condiciones similares. Los motivos son complejos. A veces es porque las mujeres tienen más responsabilidades en el cuidado de los hijos y, por consiguiente, menos tiempo para trabajar el campo. Otras mujeres tienen un menor acceso a ciertos avances como las semillas mejoradas o los fertilizantes, porque disponen de menos dinero para comprarlas. Y en otros casos las mujeres no son dueñas de la tierra que trabajan.
Esta desigualdad persistente acarrea un coste enorme para la sociedad. Si las mujeres campesinas tuvieran el mismo acceso a la tierra, la mano de obra, la información, la tecnología, el fertilizante y el agua –además de las mismas oportunidades para utilizar eficazmente esos recursos–, la producción agraria en toda África se incrementaría un 20%. Por el contrario, la gente está pasando hambre mientras tratamos de descubrir cómo acabar con esas diferencias.
Nuestra fundación ha visto que, incluso cuando logramos que las campesinas de pequeña escala mejoren su productividad, puede seguir habiendo desigualdades. Una consecuencia del aumento de la productividad es que, al llegar la época de la cosecha, es frecuente que los maridos se queden con los beneficios del trabajo de sus mujeres. Por ejemplo, la organización humanitaria CARE [siglas que corresponden a Cooperative for Assistance and Relief Everywhere, Cooperativa para la Ayuda y el Auxilio en todo el Mundo], que trabaja con campesinos africanos, calcula que solo tres de cada diez mujeres consiguen hacerse cargo del dinero obtenido de las cosechas de gandul [un tipo de guisante africano] que plantan. Para solucionarlo, CARE ha empezado a reunirse con matrimonios y a organizar diálogos sobre el gasto doméstico y las responsabilidades familiares para asegurar que lo obtenido con el trabajo de las mujeres redunde en beneficio de ellas y de todos los miembros del hogar. Como muestra este ejemplo, ayudar a las mujeres a tener acceso a las oportunidades económicas es una cuestión con muchas facetas que es preciso abordar, pero si se colabora con ellas para diseñar formas de actuación que tengan en cuenta la compleja realidad de sus vidas, es posible hacer grandes avances.

Poder de decisión

Sin embargo, aunque las oportunidades económicas son importantes, no bastan por sí solas. Para controlar su futuro, las mujeres necesitan contar con la capacidad de tomar decisiones sobre sí mismas, sus familias y sus recursos. También este es un problema complicado y no existe una solución sencilla. Pero es posible dar pasos en la dirección adecuada.
Un programa que me parece admirable es la iniciativa Bolsa Familia de Brasil. Se trata de un programa de transferencias de dinero en efectivo que asigna unos subsidios mensuales en metálico a las mujeres de las familias más pobres de Brasil. Aunque las cantidades son pequeñas, el programa pretende algo más que prestar ayuda monetaria inmediata: su objetivo es otorgar a esas mujeres el poder de tener voz y tomar decisiones en sus familias. Las investigaciones han demostrado que cuando las mujeres tienen acceso a los recursos y pueden controlarlos, su capacidad de decisión en el hogar se incrementa.
Lo mejor de todo es que este es un proceso que se retroalimenta. Una vez que las mujeres tienen la oportunidad de controlar las finanzas familiares, empiezan a sentirse poderosas también en otros ámbitos de la vida. Las que participan en Bolsa Familia en áreas urbanas de Brasil dicen que se sienten más dueñas de sus decisiones personales, como usar o no anticonceptivos o cómo abordar los gastos sanitarios y la educación de sus hijos.
El resultado es que incluso la pequeña cantidad de dinero que reciben las beneficiarias cada mes ofrece a las mujeres más pobres de Brasil una posibilidad de romper el ciclo de pobreza. Hoy día, países de todo el mundo están estudiando el programa brasileño con la esperanza de poder adaptarlo a sus propias circunstancias, un paso mínimo, pero importante, para lograr que mujeres como Anna, Sharmila y Sebsebila lleguen a tener la capacidad de actuar en interés de ellas mismas, sus familias y sus comunidades.

Por qué soy optimista

Al pensar en cómo van a ser los próximos 15 años, me siento más optimista que nunca. En función de prácticamente cualquier criterio que utilicemos, el mundo no ha estado jamás tan bien como ahora. La gente tiene vidas más sanas y plenas. Nunca ha habido tantos niños como ahora que sobrevivan hasta más allá de los cinco años. Ni tantas madres que sobrevivan al parto. Hemos dado la vuelta a la situación en ­enfermedades como la malaria, la tubercu­losis y el sida, y estamos a punto de erradicar la polio. Hemos sido testigos inequívocos de que es posible progresar.
No obstante, ahora que los líderes mundiales se reúnen para planificar los próximos 15 años, les pido que recuerden que esos progresos no se logran por sí solos. El mundo avanza en la buena dirección gracias a que mujeres como Anna, Sharmila y Sebsebila están empujando. Si unimos nuestras fuerzas y las organizaciones mundiales de desarrollo las apoyan, el mundo irá aún más allá y avanzará más deprisa, y los progresos que hemos visto en nuestro tiempo no serán más que el principio.