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viernes, 25 de abril de 2014

PRENSA. "Habrá más Ucranias". Timothy Garton Ash

   En "El País":

Habrá más Ucranias

Vladimir Putin tiene más admiradores de lo que cabría imaginar entre varias potencias emergentes que no olvidan el colonialismo. Occidente topa además con el resentimiento de Moscú por la pérdida de su imperio

Dime qué piensas sobre Ucrania y te diré quién eres. La crisis ucrania es una prueba política muy reveladora, tanto en las conversaciones individuales como para los Estados. Y los resultados que nos muestra no son alentadores para Occidente. Vladímir Putin tiene más admiradores en el mundo de lo que cabría imaginar para una persona que emplea una mezcla neosoviética de violencia y grandes mentiras para descuartizar un Estado soberano vecino. Cuando hablo de admiradores, no me refiero solo a los Gobiernos de Venezuela y Siria, dos de sus partidarios más conocidos. El hombre fuerte de Rusia cuenta con el apoyo tácito e incluso ciertos aplausos discretos de varias de las principales potencias emergentes del mundo, empezando por China e India.
Durante mi reciente visita a China me hicieron preguntas constantes sobre lo que estaba sucediendo en Ucrania, mientras que yo no dejé de preguntarles cuál era la actitud china al respecto. Un país que ha defendido siempre el principio del respeto a la soberanía y la integridad territorial de los Estados existentes (ya sea la antigua Yugoslavia o Irak), y que se enfrenta a un par de posibles Crimeas dentro de sus fronteras (Tíbet y Xinjiang), ¿no se siente incómodo ante el hecho de que Rusia se apodere sin más de un pedazo de un país vecino?
Bueno, me respondían, les preocupa un poco, pero Ucrania está muy lejos y, la verdad, la crisis tiene muchas más ventajas que inconvenientes para China. Es una nueva distracción estratégica para Estados Unidos (después de Al Qaeda, Afganistán e Irak) que le impide centrarse en su “giro” hacia la región de Asia-Pacífico y desvía su atención de China. Ante el rechazo de Occidente, Rusia tendrá más necesidad de cultivar una buena relación con Pekín. Y en cuanto a la propia Ucrania, que ya vende a China material militar de mejor calidad que el que Rusia ha estado dispuesta a vender hasta ahora a su aliado asiático, las nuevas autoridades han garantizado al Gobierno chino que el hecho de que Pekín no haya condenado la anexión de Crimea no tendrá repercusión alguna en sus futuras relaciones. Mejor, imposible.

China está más precavida desde que Moscú pasó de Crimea a agitar las aguas en las provincias del este
Además de esta realpolitik, me dijeron, existe también un componente emocional. A los dirigentes chinos que, como Xi Jinping, crecieron cuando todavía gobernaba el presidente Mao, sigue gustándoles de forma instintiva la idea de que otro líder no occidental plante cara al Occidente imperialista y capitalista. “A Xi le encanta la Rusia de Putin”, me aseguró un observador bien informado. Los comentarios en los medios de comunicación chinos se han vuelto más precavidos desde que Putin pasó de la anexión de Crimea a agitar las aguas en el este de Ucrania. El periódico nacionalista Global Times, que el mes pasado hablaba del “regreso de Crimea a Rusia”, advierte ahora de que “la región oriental de Ucrania es un caso distinto al de Crimea. Si la zona se separa de Ucrania, asestará un golpe directo a la integridad territorial garantizada por el derecho internacional”. (Claro que lo que pretende Putin no es una secesión total, sino solo una gran Bosnia a la finlandesa, un país neutral con una versión tan amplia de “federalismo” que las regiones orientales se convertirían en entidades de tipo bosnio, dentro de la esfera de influencia rusa).
Sin embargo, no parece que esa preocupación creciente enfriara la acogida que se le dio el martes pasado en Pekín al ministro ruso de Exteriores, Serguéi Lavrov. El presidente Xi dijo que las relaciones entre China y Rusia “son mejores que nunca” y han desempeñado “un papel insustituible en el mantenimiento de la paz y la estabilidad en el mundo”. El Ministerio de Exteriores chino declaró que la relación entre China y Rusia es “la relación entre dos grandes países más llena de contenido, con más categoría y más importancia estratégica”. Ya puede Estados Unidos llorar de envidia. Y Pekín está deseando recibir el mes que viene al presidente Putin, que llegará para asistir a una cumbre crucial.
Pero no es solo China. Un amigo mío acaba de volver de India. Me dice que, con el probable triunfo electoral de Narendra Modi y la expansión del capitalismo clientelista en el país, los indios más liberales temen que la mayor democracia del mundo pueda estar adquiriendo una versión autóctona del putinismo. En cualquier caso, hasta el momento, India se ha puesto de parte de Rusia, y no de Occidente ni Ucrania. El mes pasado, el presidente Putin dio las gracias a India por su postura “contenida y objetiva” a propósito de Crimea. La obsesión soberanista de la India poscolonial y la desconfianza ante cualquier indicio de imperialismo liberal occidental se traducen —cosa bastante ilógica— en el apoyo a un país que acaba de violar de manera dramática la soberanía de su vecino. Una revista satírica india ha llegado a insinuar que se ha contratado a Putin como “asesor estratégico principal al servicio de India, para acabar de una vez con el problema de Cachemira”. Por cierto, India compra gran parte de sus armas a Rusia.

Con el probable triunfo de Modi, India podría adquirir una versión autóctona del putinismo
Y tampoco es solo India. Los otros dos socios de Rusia en el llamado grupo de los BRICS, Brasil y Sudáfrica, se abstuvieron de votar la resolución de la Asamblea General de la ONU en la que se criticaba el referéndum de Crimea, y coincidieron con Rusia en expresar su “preocupación” por la sugerencia del ministro de Exteriores australiano de prohibir la asistencia de Putin a la cumbre del G-20 en noviembre. El embajador ruso en Sudáfrica manifestó su agradecimiento por esa actitud “equilibrada”.
Occidente se encuentra ante dos resortes gigantes a punto de saltar. Uno, que ya ha sido objeto de numerosos comentarios, es el resorte del resentimiento de la Madre Rusia por lo que ha disminuido su imperio en los últimos 25 años, desde el corazón de Alemania hasta el corazón de la Rus de Kiev.
El otro es el resorte del resentimiento provocado por siglos de dominación colonial de Occidente, un resentimiento que asume formas muy diferentes en distintos países BRICS y miembros del G-20. Desde luego, no todos comparten el relato monolítico e implacable que hace China de una humillación nacional desde las Guerras del Opio contra Gran Bretaña. Pero todos tienen en común, con diversas variantes, una preocupación seria y llena de suspicacia por su soberanía, una resistencia a que los norteamericanos y los europeos les digan lo que les conviene y cierta Schadenfreude instintiva, cierta alegría por el mal ajeno, cuando ven que la pendenciera Rusia mete el dedo en el ojo al Tío Sam y al británico John Bull. ¡Viva el putinismo!
Está claro que este no es el problema inmediato de lo que ocurre en Ucrania, pero sí es otra gran perspectiva que abre la crisis en Europa del Este. En este sentido más amplio, geopolítico, tomemos nota: a medida que nos adentremos en el siglo XXI, habrá más Ucranias.
Timothy Garton Ash es catedrático de Estudios Europeos en la Universidad de Oxford, donde en la actualidad dirige el proyecto www.freespeechdebate.com, e investigador titular de la Hoover Institution, Universidad de Stanford. Su último libro es Los hechos son subversivos: escritos políticos para una década sin nombre.
Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia.

martes, 18 de junio de 2013

PRENSA. "Contra la actitud intimidatoria de Erdogan". Timothy Garton Ash

Timothy Garton Ash

   En "El País":

Contra la actitud intimidatoria de Erdogan

Debemos apoyar a quienes defienden los mismos valores que nosotros en la plaza de Taksim en Estambul, pero no se puede esperar que Turquía se convierta de pronto en una Francia en el Mediterráneo oriental

 17 JUN 2013

Otro año más, otro país más, otra plaza más: después de la plaza de San Wenceslao en Praga, la plaza de la Independencia en Kiev, la plaza Azadi en Teherán, la plaza Roja en Moscú y la plaza de Tahrir en El Cairo, ahora nos encontramos con la plaza de Taksim en Estambul. Todas ellas se muestran al mundo entero a través de unas imágenes fotográficas icónicas. Aquí, es esa joven con un vestido rojo, Ceyda Sungur, profesora de la Universidad Técnica de Estambul, mientras un policía antidisturbios le arroja gas lacrimógeno desde cerca. Los símbolos nacionales, las banderas y los colores cambian —verde en Irán, naranja en Kiev, rojo en Estambul—, pero la esencia de la imagen es la misma. Una joven moderna, urbana, seguramente laica, se enfrenta al hombre armado, con casco, sin rostro. Él representa a las fuerzas de la reacción, el autoritarismo y la dominación, ya sea al servicio de los ayatolás, el presidente Vladímir Putin o ese sultán frustrado que es el primer ministro turco, Recep Tayyip Erdogan.
Vemos esta iconografía de la protesta pacífica, y sabemos de inmediato de qué lado estamos. Estamos con ellos. Ellos son de los nuestros; nosotros somos su gente. Influidos por el poder de sugestión de las imágenes visuales seleccionadas por las televisiones y los responsables de fotografía de los periódicos, así como por las preferencias colectivas espontáneas de las redes sociales, tenemos el sentimiento semiconsciente de que estamos ante una misma y larga lucha.
En cierto modo, ese sentimiento no está del todo descaminado. Existe hoy en el mundo entero una especie de Quinta Internacional de hombres y mujeres jóvenes, más preparados, que en su mayoría residen en ciudades, que se reconocen y se entienden en todas partes, desde Shanghái hasta Caracas y desde Teherán hasta Moscú. Como la generación de 1968, tienen algo en común, pero esta vez se extiende a todo el planeta. En parte, porque viajan mucho, viven y estudian en varios sitios. Aquí, en Berlín, acabo de ver a una estudiante turcoalemana o germanoturca que participó en las protestas, llamada Ebru Dursun, explicar con calma a los teleespectadores, en un alemán impecable, qué está ocurriendo y a qué aspiran los manifestantes como ella.
En otro aspecto, este sentimiento nos puede arrastrar a una deriva peligrosa. Cada una de esas plazas representa un momento distinto en un contexto muy diferente, y los resultados también han sido de lo más variado. En la plaza de Taksim, hasta que la limpiaron de forma brutal con cañones de agua, gas lacrimógeno y porrazos de la policía, había también gente de la minoría aleví del país, “musulmanes anticapitalistas”, hinchas de fútbol de tres clubes rivales, sufíes, anarquistas y yoguis. Todos estaban unidos en una misma causa: impedir que Erdogan sea un nuevo sultán, como sucedería si el año que viene logra convertirse en un presidente ejecutivo y reforzado.

El líder turco ha pasado de ser un modelo de esperanza para la región a un símbolo del miedo
Cuando el primer ministro regresó a Turquía, después de un viaje al extranjero, se subió a su autobús de dos pisos y proclamó a sus partidarios: “Desde aquí saludo a las ciudades hermanas de Estambul: Sarajevo, Bakú, Beirut, El Cairo, Skopje, Bagdad, Damasco, Gaza, Ramala, La Meca y Medina”. Vaya lista. La mayoría de los dirigentes políticos sucumben a la soberbia cuando llevan más de 10 años en el poder. Erdogan, que siempre tuvo una personalidad autoritaria, lo ha hecho desde su reelección en 2011, tras la cual apartó a sus asesores más independientes, pero su soberbia está adquiriendo dimensiones gigantescas. Una consecuencia es ya innegable: aunque permanezca en el poder, su reputación internacional nunca se recobrará. Con sus diatribas sobre “el fin de la tolerancia” y sobre los “vándalos”, “provocadores” y “terroristas”, ha pasado de ser un modelo de esperanza para la región a un símbolo del miedo.
También debemos dejar claro lo que no es este fenómeno. Una pancarta improvisada en la zona que los manifestantes llamaban “Resistambul” decía “Ahora, Tahrir es Taksim”. Pero Taksim nunca ha sido Tahrir, ni mucho menos Tiananmen, porque Turquía no es una dictadura. Es una democracia electoral. Una democracia muy imperfecta, desde luego, con un Estado de derecho debilitado, insuficientes derechos para las minorías y unos medios de masas intimidados o manipulados —Turquía ha encarcelado a más periodistas que China—, pero una democracia. Y en las últimas elecciones, Erdogan obtuvo el 50% del voto popular.
Otra cosa que tampoco es la protesta en Turquía, es lo que sugiere en tono siniestro Erdogan: una especie de conspiración occidental. Puede que los manifestantes a los que nos gusta enfocar con las cámaras asuman los valores que consideramos europeos y occidentales, pero no como resultado de ninguna política de Europa ni Occidente. Hace 10 años, cuando la gente en Turquía creía todavía que la Unión Europea pensaba verdaderamente cumplir su promesa de negociaciones para su entrada, habría podido parecer que unas manifestaciones de ese tipo eran parte de un largo recorrido nacional “hacia Europa”. Pero ahora esa fe en el atractivo de la pertenencia a la UE está muy desvaída. De modo que, si los turcos adoptan esos valores, lo hacen por los principios, no como medio para lograr ningún fin geopolítico o económico. Lo irónico es que ese cambio puede ser positivo, porque entonces lo que estamos viendo es una batalla turca por las libertades turcas, nada más y nada menos.

Esa fe en el atractivo de la pertenencia a la Unión Europea está ahora muy desvaída
Hace unos días pregunté a un astuto observador político turco, recién llegado de Estambul, qué debían hacer los dirigentes europeos como reacción a “Taksim”. Su respuesta fue: nada. Que sean los propios turcos. Me mostré de acuerdo con él, pero hoy ya no puedo estarlo. Ante la arrogancia con que Erdogan intimida a su pueblo, los líderes europeos deben alzar la voz, aunque, como le sucedió al comisario de Ampliación de la UE, Stefan Füle, el aspirante a sultán se quite los auriculares de la traducción simultánea mientras está oyendo el mensaje.
No obstante, debemos encontrar un justo medio. Tenemos que mostrar una solidaridad total con quienes están defendiendo unos valores que compartimos, con esas jóvenes de las fotos a las que reconocemos de manera instintiva como parte de “nosotros”. De hecho, hay algunos que son verdaderamente “nosotros”, en el sentido estricto de que viven al menos parte del tiempo en Europa y son ciudadanos europeos.
Ahora bien, al mismo tiempo, debemos reconocer que no son ellos quienes ganaron las últimas elecciones ni probablemente ganarán las próximas. Desde el punto de vista político, un resultado realista es que venza el presidente actual, Abdullah Gül, junto con los moderados pertenecientes a su corriente del partido en el Gobierno. Incluso en una democracia liberal más genuina, el “modelo turco” no sería una especie de República Francesa en el Mediterráneo Oriental. En el mejor de los casos sería una combinación de laicismo y democracia, con el reconocimiento del islam como religión mayoritaria. Entonces podría volver a ser un polo de atracción para gran parte de Oriente Próximo, además de candidato serio a la Unión Europa. Si Turquía avanza en esa dirección en los próximos años, en parte como consecuencia de este momento en Taksim, los manifestantes reprimidos con gas no habrán derramado sus lágrimas en vano.
Timothy Garton Ash es catedrático de Estudios Europeos en la Universidad de Oxford, donde dirige www.freespeechdebate.com, e investigador titular de la Hoover Institution, Universidad de Stanford. Su último libro es Los hechos son subversivos: Ideas y personajes para una década sin nombre.
Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia.

martes, 31 de enero de 2012

PRENSA. "El miedo ha salvado quizá el euro", por Timothy Garton Ash

Timothy Garton Ash

   En "El País":
El miedo ha salvado quizá el euro

TIMOTHY GARTON ASH 30/01/2012

   Angela Merkel llegó a Davos el miércoles 25 de enero y, en un discurso construido con tanta solidez como un Mercedes, volvió a asegurar a los líderes económicos del mundo que el euro se va a salvar. Esta vez, sin embargo, existe una diferencia: parece que hay más gente que se lo cree. Y eso suscita de inmediato dos preguntas: aunque se salve la eurozona, ¿dónde está la estrategia de crecimiento? ¿Y dónde deja ese rescate del euro a la política europea en general?
   A propósito del euro, noto un cambio de ánimo considerable. Hace seis meses, los líderes políticos y empresariales no estaban convencidos de que Europa en general, ni Alemania en particular, fueran a hacer lo que era necesario. Una acumulación gradual de medidas pragmáticas individuales -muy al estilo de Merkel- ha cambiado esa sensación. Está la decisión de acelerar la implantación del Mecanismo de Estabilidad Financiera el próximo verano, pisando los talones al Instrumento Europeo de Estabilidad Financiera ya existente. Está el papel muy activo del FMI, otro método indirecto que tienen los Gobiernos europeos para ayudar (e imponer condiciones) a otros Gobiernos europeos. Están los "dos Marios". Hace poco oí a un destacado banquero calificar la iniciativa de Mario Draghi de conceder generosos préstamos a tres años del Banco Central Europeo a los bancos como "la forma europea de FC (flexibilización cuantitativa)". El programa pedagógico de Mario Monti para Italia también ha recibido elogios. No se trata de un "gran bazuka" al estilo de China o Estados Unidos; la versión europea consiste en un despliegue de bazukas pequeños y medianos.
   Dado que la realidad de los mercados es cuestión de percepciones, y que los seres humanos que forman "los mercados" tienen una sólida representación aquí, en Davos, podemos decir que esa percepción es también un elemento de realidad. El ánimo podría volver a cambiar, incluso en cuestión de días, si no se resuelve el aparente punto muerto en el que se encuentra la situación de la deuda griega. Pero cada vez se oye más decir que Grecia es un caso especial. En caso de una bancarrota griega, la eurozona tendría que actuar muy deprisa para demostrar que no iba a dejar que Portugal siguiese el mismo camino. Pero, de conseguirlo, ese podría ser también un punto de inflexión muy positivo. Significaría haber trazado una línea.
   Supongamos, pues, que, de aquí a seis meses, se salva la eurozona. Surgen dos problemas. El primero: ¿de dónde va a venir el crecimiento? La receta alemana de austeridad -sobre la que Merkel cree que necesita convencer a los reacios votantes alemanes (con unas elecciones nacionales en el horizonte, el próximo año), el Bundesbank y el Tribunal Constitucional alemán- no da una respuesta clara.
   Como advirtió George Soros en el discurso pronunciado en Davos el miércoles, si Europa no tiene una estrategia de crecimiento, corre peligro de caer en una "espiral de deuda deflacionaria". Si las economías se contraen y los ingresos fiscales disminuyen, el peso de la deuda -la ratio de la deuda acumulada respecto al PIB- aumentaría. A principios de semana, el FMI hizo pública una previsión revisada en la que hablaba de una contracción de la economía de la eurozona del 0,5% en 2012; por supuesto, a algunos países les irá mucho peor que a otros, y Reino Unido se verá arrastrado.
   Lo cual nos devuelve a la política. Si los mercados se mueven por percepciones y emociones, también lo hacen las democracias. Los primeros dependen de las de unos cuantos, y las segundas, de las de muchos. Y los sentimientos en Europa son muy negativos. Lean los periódicos, vean la televisión, observen las encuestas de opinión, sigan los debates en los Parlamentos nacionales, vean las manifestaciones en las calles: encontrarán pocas muestras de lo que Merkel llamó el otro día "la felicidad de poder construir cosas juntos".
   Existen enormes resentimientos entre unas naciones y otras: los griegos contra los alemanes y los alemanes contra los griegos; los europeos del norte contra los del sur; los británicos contra casi todos y casi todos contra los británicos. Existe una crisis general de confianza en el proyecto europeo. Y existe un escepticismo e incluso cinismo generalizado sobre los políticos, tanto nacionales como europeos.
   Si lo que estamos presenciando es la salvación del euro, es un triunfo del miedo, no de la esperanza. Otros grandes momentos del proyecto europeo -la implantación del mercado único, 1989, las sucesivas ampliaciones, el lanzamiento del propio euro- se produjeron gracias a la esperanza. Hoy, es el miedo el que ha llevado a Alemania y otros a hacer lo mínimo necesario: el miedo a que los costes de la bancarrota sean más altos que la desagradable y antipática alternativa de "rescatar" a los países en dificultades.
   Si la eurozona no recupera el crecimiento, o si solo lo hace en unos cuantos países mejor situados, estos resentimientos se multiplicarán. Aunque salga adelante, la crisis dejará legados de rencor. Cada vez más personas en la UE se preguntarán: "¿Así que para esto es para lo que de verdad sirve Europa?". (Recordemos que la unión monetaria europea se concibió no solo como una medida económica sino también, quizá incluso más, como una medida política). Esta pregunta tiene buenas respuestas, que es preciso articular con urgencia. Son soluciones que tienen que ver con nuestra capacidad de negociación en el mundo del siglo XXI, un mundo de gigantes emergentes, no occidentales, como China e India; desafíos globales como el cambio climático; la primavera árabe, la serie de acontecimientos más esperanzadora de esta década; y la defensa (con la ayuda de la crucial inmigración del mundo árabe, bien administrada) de los logros internos del último medio siglo, incluida cierta mezcla europea de prosperidad relativa, calidad de vida, justicia social y seguridad.
   Sería una insensatez creer que el euro ha sido el camino mejor y más recto para alcanzar esos objetivos. Si el euro no existiera, no sería necesario implantarlo todavía durante un tiempo. Pero existe, con todos los defectos de diseño que ahora se ven. Tenemos que partir desde donde estamos. Ahora sería peor volver atrás que seguir adelante. Por difícil que sea, los europeos deben corregir esos defectos sobre la marcha, trabajar dentro de los necesarios límites que les imponen las democracias nacionales y añadir una estrategia de crecimiento.
   Y, sobre todo, tenemos que reconocer que salvar el euro no puede sustituir al proyecto político general cuyo núcleo y catalizador se suponía que debía ser. La política del miedo quizá ha salvado el euro. Necesitamos una política de la esperanza para dar con una respuesta europea a la primavera árabe.

   Timothy Garton Ash es catedrático de Estudios Europeos en la Universidad de Oxford, investigador titular en la 'Hoover Institution' de la Universidad de Stanford. Su último libro es Los hechos son subversivos: ideas y personajes para una década sin nombre. Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia.

domingo, 11 de septiembre de 2011

PRENSA. "El 11-S parecerá un desvío en la historia", por Timothy Garton Ash

Timothy Garton Ash

   En "El País":
El 11-S parecerá un desvío en la historia

   Estados Unidos hizo una lectura errónea y se lanzó a guerras que dañaron su reputación y sus finanzas. Entretanto, la vida siguió su camino con el ascenso económico de Asia y la primavera democrática árabe.

TIMOTHY GARTON ASH 10/09/2011

   Entre las numerosas teorías de la conspiración que circulan a propósito del 11-S, una que aún no he visto es que Osama bin Laden era un agente chino. Sin embargo, camaradas (como solían decir los comunistas), se puede decir objetivamente que China ha sido el mayor beneficiario de los 10 años de reacción de Estados Unidos tras las puñaladas islamistas recibidas en su corazón.
   En otras palabras: cuando se escriban artículos sobre el aniversario el 11 de septiembre de 2031, ¿hablarán los comentaristas de una guerra de 30 años contra el terrorismo islamista, comparable a la guerra fría, y la considerarán el rasgo fundamental de la política mundial desde 2001? Creo que no. Lo más probable es que digan que lo que define este periodo en su conjunto es el histórico traspaso de poder de Occidente a Oriente, con una China mucho más poderosa, un Estados Unidos menos poderoso, una India más fuerte y una Unión Europea más débil.
   Como señala el historiador de Stanford Ian Morris en su interesantísimo libro Why the West rules-for now, este cambio geopolítico se producirá en el contexto de unos avances tecnológicos de una rapidez sin precedentes, por el lado positivo, y una cantidad de retos mundiales también sin precedentes, por el negativo.
   Por supuesto, estas no son más que conjeturas basadas en el conocimiento de la Historia. Pero, si la situación avanza más o menos en ese sentido (o en cualquier otra dirección que no tenga que ver con el islam), la década posterior al 11-S en la política exterior estadounidense parecerá un desvío; un desvío muy amplio y lleno de consecuencias, sin duda, pero no la carretera principal. Es más, si la primavera árabe concreta sus promesas modernizadoras, los atentados terroristas en Nueva York, Madrid y Londres serán auténticos restos del pasado: un final y no un principio. Aunque la primavera árabe se convierta en un invierno islamista, y la vecina Europa se vea amenazada, eso no significa que la lucha contra el islamismo autoritario y violento vaya a ser el rasgo fundamental de las próximas décadas. El islamismo violento seguirá siendo un peligro importante, pero, en mi opinión, no el más decisivo; sobre todo para Estados Unidos.
   Podemos examinar esta misma idea mediante una hipótesis. En el verano de 2001, la concepción geopolítica del mundo que tenía el Gobierno de George W. Bush, si es que la tenía, consistía sobre todo en la inquietud por la posición de China como nuevo rival estratégico de Estados Unidos. ¿Qué habría ocurrido si no se hubieran producido los atentados del 11-S y Estados Unidos hubiera seguido centrando su atención en esa rivalidad? ¿Y si hubiera sabido ver que la victoria de Occidente al final de la guerra fría y la consiguiente globalización del capitalismo habían desatado en Oriente unas fuerzas económicas que iban a convertirse en su mayor desafío a largo plazo? ¿Y si Washington hubiera llegado a la conclusión de que esa rivalidad exigía, en vez de más poderío militar, inversiones más abundantes e inteligentes en educación, innovación, energía y medio ambiente, además del pleno despliegue del poder blando de Estados Unidos? ¿Y si hubiera comprendido que, ante el renacimiento de Asia, era preciso reequilibrar la relación entre consumo, inversión y ahorro en Estados Unidos? ¿Y si su sistema político y sus dirigentes hubieran sido capaces de actuar basándose en esas conclusiones?
   Aun así, China e India estarían en ascenso. Aun así, habría un traspaso de poder de Occidente a Oriente. Aun así, nos enfrentaríamos al calentamiento global, la escasez de agua, las pandemias y todos los demás jinetes del apocalipsis de la era moderna. Pero cuánto mejor preparado estaría Occidente, y en especial Estados Unidos.
   Fin de la hipótesis. Se produjeron los atentados; Estados Unidos tenía que responder. Un Gobierno que, hasta entonces, había buscado algo que diera sentido a su mandato lo encontró con creces. Diez años después podemos decir que la amenaza de Al Qaeda ha disminuido enormemente; no ha desaparecido, porque eso nunca ocurre con el terrorismo, pero sí disminuido. Y esa es una victoria; pero a qué precio.
   Estados Unidos libró dos guerras, una por necesidad, en Afganistán, y otra por elección, en Irak. La de Afganistán podría haber acabado antes, con menos costes y mejores resultados, si el Gobierno de Bush no se hubiera lanzado a invadir Irak. Estados Unidos ha dañado su propia reputación y ha debilitado su poder blando (la capacidad de atracción) con horrores como los de Abu Ghraib. Mientras tanto, y en parte como consecuencia de lo sucedido durante esta década, Pakistán, un país nuclearizado, es un peligro mayor que hace 10 años. En el mundo musulmán en general, incluidas las comunidades musulmanas de Europa, existen tendencias contradictorias. Podemos ver muestras de modernización y liberalización, tanto en la primavera árabe como entre los musulmanes europeos, pero también -es el caso de Pakistán y Yemen- de mayor radicalización islamista.
   Un gran proyecto de investigación llevado a cabo por la Universidad de Brown sobre los costes de la guerra establece que, durante estos 10 años, "han ido a la guerra más de 2,2 millones de estadounidenses y han regresado más de un millón de veteranos". Calcula que el coste económico total que han tenido hasta ahora las guerras en Afganistán, Irak, Pakistán y otros escenarios de actuación antiterrorista asciende a una cantidad entre 3,2 billones y 4 billones de dólares. Según sus previsiones de actividad probable hasta 2020, esa suma podría ser de hasta 4,4 billones de dólares. Los expertos pueden no estar de acuerdo sobre las cifras, pero no hay duda de que son gigantescas. Redondeando, representan aproximadamente la cuarta parte de la enorme deuda nacional de Estados Unidos, que a su vez está empezando a acercarse al 100% del PIB.
   Pero eso no incluye, en absoluto, lo que los economistas llaman los costes alternativos o de oportunidad. No se trata solo de todo lo que Estados Unidos habría podido invertir en recursos humanos, puestos de trabajo cualificados, infraestructuras e innovación con 4 billones de dólares, o incluso con la mitad de esa cantidad, si se supone -con generosidad- que había 2 billones que eran realmente necesarios para dedicar medios militares, de seguridad y de inteligencia a reducir la amenaza terrorista contra Estados Unidos.
   Se trata, sobre todo, de los costes de oportunidad en atención, energía e imaginación. Para entender un país, conviene preguntarse quiénes son sus héroes. En esta década, Estados Unidos ha tenido dos tipos de héroes. Uno, el de los empresarios e innovadores. Steve Jobs, Bill Gates. Otro, el de los guerreros: el Marine, el SEAL de la Armada, el bombero, todos "nuestros hombres y mujeres de uniforme". El otro día, en CNN (no Fox News) oí a la presentadora hablar de "nuestros guerreros", como si fuera un apelativo neutral y propio del oficio. Y al oír alguna de las historias de valor individual de esos estadounidenses de uniforme, siempre me siento asombrado, inspirado y empequeñecido. Eso tiene que quedar claro en este aniversario. Pero no puedo evitar preguntarme a qué puestos de trabajo van a volver estos valientes. ¿A qué hogares, qué vidas, qué escuelas para sus hijos? Los sondeos de opinión indican que eso es lo que se preguntan también muchos estadounidenses. Sus prioridades están otra vez dentro de sus fronteras.
   Lo que dijo el presidente Obama el jueves en su discurso extraordinario ante el Congreso sobre la creación de empleo es más importante para ellos que las palabras que pueda pronunciar, por elocuentes que sean, cuando hable en la catedral Nacional de Washington -con las huellas del reciente terremoto- el domingo, para conmemorar el aniversario del 11 de septiembre. Los guerreros merecen todos los honores, pero los héroes que Estados Unidos necesita hoy son los que sean capaces de crear puestos de trabajo.

   Timothy Garton Ash es catedrático de Estudios Europeos en la Universidad de Oxford, investigador titular en la 'Hoover Institution' de la Universidad de Stanford. Su último libro es Facts are subversive: political writing from a decade without a name. Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia.