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viernes, 18 de marzo de 2016

PRENSA. "Agresiones sexuales y magia negra"

   En "El País":

Agresiones sexuales y magia negra

En algunas zonas de la República Democrática del Congo proliferan las violaciones a vírgenes para usar su sangre como fuente de gloria y poder




  • Las mujeres y niñas de Kavumu, en la provincia de Kivu del Sur (al sureste del país) viven en permanente tensión y riesgo. / ITSASO VÉLEZ DEL BURGO GUINEA

    Desde hace algunos meses, la hematomancia o la magia usando sangre, se está ensañando con las niñas de Kabare en la República Democrática del Congo. Los criminales raptan a las pequeñas por las noches, las agreden sexualmente y aprovechan su sangre como fuente de riqueza, gloria y poder. La comunidad aterrada se pregunta cómo parar esta ola tan violenta de agresiones sexuales y magia negra.
    “Qué bestialidad lo que está pasando en Kavumu y Katana. No paran de violar a niñas de dos y tres años. Anoche violaron a otra”, así sonaba el mensaje que Lorena Aguirre, coordinadora de país de la ONG Coopera en la República Democrática del Congo, lanzaba a algunos periodistas con deseos de implicar a los medios de comunicación en la zona en esta triste realidad.
    En esos días la periodista congoleña Caddy Adzuba, recibía el premio Príncipe Asturias a la Concordia 2014 por su trayectoria laboral dedicada a denunciar las agresiones sexuales, la pobreza y la amenaza constante de guerra con que las mujeres congoleñas conviven desde hace décadas. Las mujeres y niñas de Kavumu, en la provincia de Kivu del Sur —al sureste del país viven en permanente tensión y riesgo. La frecuencia con que son agredidas y ultrajadas ha convertido el peligro en algo normal en su día a día, ahogándose en el silencio y desinterés nacional e internacional. “¡Ya está bien!”, exclaman las madres de Kavumu, “queremos gritar para que sepan las atrocidades que están haciendo a nuestras hijas”.
    Una nueva moda de escalofriantes atentados contra la integridad física y la dignidad humana está causando el terror en estas comunidades congoleñas de unos 200.000 habitantes. El modus operandi de los agresores es cada vez más sanguinario. Zahimire Rugambwa, presidente de la organización local UERPV (Intervención por la Unión y Recuperación de Personas Vulnerables) relata: “A partir de las siete de la tarde, cuando el día se pone, el peligro acecha. Los violadores buscan las casas más pobres y en peor estado constructivo, rascan un agujero en las paredes de barro o aprovechan la ausencia de madres solas, trabajadoras nocturnas, para entrar en las casas y robar a las niñas”. Se dice que adormecen a las víctimas e hipnotizan al resto de familiares pero nadie lo sabe con seguridad; dónde se las llevan es también una incógnita. Después de violarlas y agredirlas físicamente, son devueltas al hogar con graves y dolorosas heridas. Las edades de las víctimas oscilan entre los cuatro meses y los 17 años. En lo que va de año, solo en el hospital de Kavumu se han registrado 25 agresiones sexuales con las mismas características, aunque existen otros muchos casos que no acuden al centro sanitario y caen en el olvido, asegura Passy Huhogera, enfermero jefe del hospital.

    Una nueva moda de escalofriantes atentados contra la integridad física y la dignidad humana está causando el terror en estas comunidades congoleñas de unos 200.000 habitantes
    El doctor Mugisho Kavul, con lágrimas en el alma, narra: “Desgraciadamente las agresiones sexuales en el Congo han existido siempre, pero lo verdaderamente preocupante ahora es la corta edad de las víctimas. Tenemos un caso de un bebé de cuatro meses. Las consecuencias sobre estas niñas son inmensurables. Las más pequeñas llegan al hospital desangrándose, con intensos dolores y perforaciones que unen el conducto vaginal con el ano. Niñas que no podrán tener hijos y que serán rechazadas por posibles maridos y por la comunidad”. En el hospital local realizan la primera atención que ayuda a cortar las hemorragias, pero debido a la escasez de recursos los casos más graves deben ser trasladados al hospital de Bukavu. Esto supone el principio de una nueva espiral sangrante. Los familiares de las víctimas no pueden asistir por lo costoso que supone la estancia fuera de sus casas, la incapacidad económica de ausentarse del trabajo durante días y la falta de apoyo social para atender a sus otros hijos, según narra el personal sanitario del hospital. La problemática de la violencia sexual, la pobreza y la marginación se entrecruzan en una escabrosa y triste realidad en la región.
    Las madres se sienten culpables. La comunidad está indignada. Y las autoridades impotentes, se convierten en testigos silenciosos y sospechosos. La vuelta al día a día no es sencilla, ni supone el fin de la pesadilla. Junto a las marcas físicas o la esterilidad, las huellas psicológicas, el peso del estigma social, la vergüenza y la culpabilidad son algunas otras secuelas que acompañarán a las niñas y familiares a su regreso al hogar.

    Las viejas creencias y la magia negra

    “Había un hombre en el pueblo que no podía tener hijos. Acudió al brujo, doctor de la comunidad, y le dijo que para curar su mal tenía que violar a una niña menor de seis años. Obedientemente, el hombre buscó una niña de cuatro y la violó”. La anécdota que relata Rugambwa de la organización congoleña UERPV ilustra el poder que todavía tienen los brujos y magos negros en algunos grupos poblacionales de África.
    Escarbar en las razones que conducen a estos crímenes supone muy calladamente adentrarse en las prácticas de la magia negra, sobre las que se asientan las religiones tradicionales africanas y que todavía sobreviven en cada una de las tribus del continente. “La magia negra para los creyentes de la religiones tradicionales africanas es una práctica tan común, como lo es ir a misa para los católicos”, aclara el arquitecto ugandés y experto en cultura africana Adam Tumuwine, quien prosigue: “El conocimiento de la salud en África ha sido transmitido generación tras generación a través de ancestrales creencias místicas. El acceso, entendimiento y aceptación de las investigaciones de los blancos, cuesta dinero que la gente aquí no tiene. Es una cuestión de ignorancia y falta de educación. Mucha gente solo cree y entiende a los magos negros que, de hecho, son llamados doctores. Ellos prescriben muchas de las prácticas negras que ayudarán a aliviar sus males. En el Congo, las violaciones son prácticas comunes de la magia negra; en Uganda son frecuentes las mutilaciones de órganos y el canibalismo; y en Tanzania, los sacrificios de albinos”.

    Las víctimas de entre cuatro meses y 17 años, son devueltas a su hogar tras ser violadas
    Dicen que con la sangre de las víctimas hacen magia. La sangre es lo que vale, lo que da poder, estatus, dinero y salud. Pascal Bugagala, psicólogo de la ONG Coopera en Congo, explica: “Para ellos, la sangre de las vírgenes les limpia de enfermedades como el VIH y les libera de la esterilidad; la sangre provee de riqueza y trabajo o sube el rango y estatus en el caso de militares y policías; e incluso losmaimais [rebeldes de la zona] la guardan en pequeños botes y se la untan en tiempos de guerra, evitando que las balas los atraviese”. Para el psicólogo, la reducción de violaciones de niñas vinculadas a la magia negra es un tema muy complejo ya que involucra profundas y arraigadas creencias religiosas. Intervenir sobre ellas es el reto que el territorio de Kabare debe asumir ahora.

    La comunidad bashi

    La rabia, la desconfianza y el dolor se perciben con todos los sentidos en estos pueblecitos de la tribu bashi. No obstante, ni el miedo, ni la indignación les ha paralizado. Maravilla ver cómo entre tanta necesidad, hay todavía espacio para la solidaridad y las relaciones de buena vecindad. Las pequeñas organizaciones locales (UERPV y Fundi Action, entre otras organizaciones vecinales), sin apenas recursos económicos se han organizado para apoyar a las víctimas. Voluntarias vecinas de Kavumu y Katana acompañan a las madres a los hospitales y cuando regresan a sus casas, trabajan directamente con las niñas para ayudarles a recuperar la confianza, autoestima y sociabilización. Una de las voluntarias comenta: “A través del ocio y actividades artísticas tratamos de trabajar con las niñas para hacerles reír y que sepan que pertenecen a un grupo que les quiere y les acepta. También hablamos con familiares para evitar el estigma social. Algunos discriminan a las víctimas porque dicen que ya no son puras”. La alegría y la convicción en lo que hacen son las principales herramientas con que cuentan estas voluntarias para las tareas de apoyo y reinserción de las víctimas. “Los niños deben vivir en entornos de amor, seguridad y confianza y esto es lo que tratamos que ellas recuperen”, concluye la mujer.

    Dicen que con la sangre de las víctimas hacen magia. La sangre es lo que vale, lo que da poder, estatus, dinero y salud
    El presidente de la organización local Fundi Action afirma que, si bien no es fácil trabajar contra las viejas creencias de las personas, tras la organización de varias reuniones vecinales se ha llegado a la conclusión de que las tres posibles soluciones pasan principalmente por la instauración de una corte popular que juzgue a los agresores, la intervención profesional de apoyo a víctimas y familiares y, por último, la creación de talleres de sensibilización ciudadana e información pública con carácter educativo y preventivo. Por su parte, el hospital de Kavumu, sin electricidad en la mayoría de sus estancias, demanda placas solares para generar luz y poder atender a las víctimas las 24 horas. La ONG Coopera, una de las pocas organizaciones internacionales que se encuentran permanentemente en la zona, solicita fondos internacionales para una atención urgente en la zona.
    Y las madres de Kavumu, como no podía ser menos, reclaman justicia, seguridad y voz.
    En el emotivo discurso de recogida del Premio Príncipe de Asturias a la Concordia 2014, Caddy Adzuba resaltaba la importancia que el premio tenía por ser altavoz de las voces de todas esas víctimas sigilosas del horror.

    jueves, 10 de marzo de 2016

    CINE Y DERECHOS DE LA MUJER. "Cinco cosas que te preguntarás sobre Turquía cuando veas 'Mustang'"

       En "eldiario.es":

    Cinco cosas que te preguntarás sobre Turquía cuando veas 'Mustang'

    Este viernes 11 de marzo se estrena Mustang, la historia de cinco Vírgenes Suicidas turcas atrapadas en La Casa de Bernarda Alba
    De la película, candidata al Oscar por Francia a la Mejor Película Extranjera y ópera prima de Deniz Gamze Ergüven, surgen algunas cuestiones sobre la situación de las protagonistas que hemos intentado responder
    “Una de las cosas que más me molesta en Turquía es la sexualización constante y horrible de la mujer”. Así expresaba Deniz Gamze Ergüven el origen de su ópera prima, Mustang. Una mezcla entre Las Vírgenes Suicidas y  La Casa de Bernarda Alba con sello turco (de francesa sólo tiene la producción y la candidatura al Oscar), que toma esa raza de caballo como metáfora de la “belleza salvaje” de cinco hermanas oprimidas por el sistema patriarcal tradicional que intentan buscar una vía de escape.
    "Todo el pueblo habla de vuestra obscenidad", les dice su abuela después de que una vecina las vea jugar en las olas del Mar Negro con unos niños. Hemos intentado responder algunas dudas que se plantean tras el shock que supone su visionado. Para ello, la investigadora en Estudios Turcos Contemporáneos Carmen Rodríguez comienza con una aclaración: “en Turquía hay muchas Turquías. Depende del ámbito regional, de la clase; hay mujeres que llevan una vida totalmente laboral y personal plena, y otras en situación de indefensión, de discriminación de género, explotadas fuera y dentro de casa”. La zona rural oriental, donde se desarrolla la película, es sin duda “muy tradicional, conservadora; es normal que haya chicas bajo presión social”.
    Mustang, las Vírgenes suicidas turcas
    Mustang, las Vírgenes suicidas turcas

    ¿Cuál es la situación de la mujer en Turquía?

    Rodríguez nos explica, para comenzar, algo de historia del feminismo turco. “Los movimientos feministas ya existían en el Imperio Otomano. Cuando se proclama la República, en 1923, se desarrolla el conocido como feminismo kemalista (por el dirigente Mustafa Kemal Atatürk). Se producen importantes avances en el ámbito público, laboral y educativo. En 1930 las mujeres consiguen el derecho al voto local; en 1934, el general. Pero en el ámbito doméstico, continúa la cultura patriarcal”, explica.
    Después del Golpe de Estado de 1980 encabezado por el general Kenan Evren, "Turquía se sumerge en la segunda ola del feminismo. Hay acento en los derechos políticos, pero también en conseguir igualdad en lo privado. Entran entonces en juego cuestiones como la violencia machista, la identidad de género o el cuerpo”, continúa. Desde entonces, en Turquía se han desarrollado movimientos feministas muy potentes.
    En 2001, gracias en parte a la presión de esos grupos, se modifica el Código Civil, "otorgando igualdad dentro de la casa a esposas y esposos". En 2005 también consiguieron que desapareciera el lenguaje patriarcal del Código Penal, “como las referencias al honor”.
    Sin embargo, con los gobiernos de la AKP (Partido de la Justicia y el Desarrollo, fundado por el ahora presidente Erdogan) se han producido “un giro autoritario que se ha reflejado en un retroceso de la función de la mujer”. En la mañana de este martes, el Primer Ministro abogaba por un cambio constitucional y una igualdad de género “a la turca, lo que sus críticos sospechan que significará una visión muy conservadora del papel de la mujer”, opina Rodríguez. Anteriormente, ya había amenazado con imponer  leyes más rígidas contra el aborto y la anticoncepción.

    ¿Sigue habiendo matrimonios forzosos?

    En Turquía el único matrimonio reconocido es el civil, “pero es verdad que en determinadas zonas existe el matrimonio religioso clandestino. La AKP no ha evitado que se mantenga esa situación, que coloca a la segunda mujer en un lugar de indefensión”, explica esta experta.
    En la última década, según este reportaje de El País, más de 500.000 niñas menores de edad han sido desposadas con ese tipo de enlaces. La mayoría de edad son los 18, el matrimonio está permitido desde 17 (en casos excepcionales, desde los 16). En 2008,  una investigación realizada por el departamento de Estudios de la Población de la Universidad Hacettepe aportó el dato de que cerca del 40% de las mujeres turcas entre 15 y 49 años se habían casado siendo menores de edad.
    En la misma línea, otro estudio presentado en la Conferencia sobre el Matrimonio Forzado, celebrado en diciembre de 2015 en la Universidad de la provincia occidental de Izmir, indicaba que la causa principal de muerte de mujeres entre los 15 y 19 años está relacionada con el embarazo o el parto, y el 94,7% de jóvenes que abandonan sus estudios son mujeres y lo hacen por motivos vinculados al matrimonio.
    Además, en muchos casos los deseos de escapar que tienen las protagonistas deMustang desemboca en consecuencias terribles que el film no llega a reflejar: los crímenes de honor. En abril del pasado año, una participante del Operación Triunfo turco fue tristemente célebre por recibir un disparo en la cabeza como castigo a sus aspiraciones en el mundo de la canción. Anteriormente, ya había denunciado amenazas de muerte por parte de la familia de su padre.
    Las protagonistas de 'Mustang'
    Las protagonistas de 'Mustang'

    ¿Qué pasa con la virginidad?

    En la película, una de las hermanas no sangra tras la primera noche de bodas. Su nueva familia política decide enviarla al hospital para comprobar si lo que ocurre es que les ha mentido y no es virgen.
    No se especifica en qué momento se sitúa la trama, pero podemos adivinar que es en algún momento de los 90 o 2000, el tiempo de adolescencia de esta directora nacida en Turquía y emigrada a Francia. En esa época, esa situación podía ser viable. Los 'tests de virginidad' se abolieron  con el mencionado cambio del Código Civil del gobierno de Bülent Ecevit, basado en las exigencias de la Unión Europea en materia de Derechos Humanos. Sólo un año antes, el mismo gobierno aprobó la realización forzosa de esa prueba a estudiantes de secundaria. Cinco jóvenes prefirieron suicidarse antes que pasar por ese trance.

    ¿Hay tanta diferencia entre Estambul y el resto de Turquía?

    Estambul es desde el principio el objetivo en el plan de huida de estas niñas. Rodríguez lo entiende perfectamente: “es una ciudad que le da diez mil vueltas a Madrid en cosmopolita. Ahí están las mejores universidades de Turquía, el lugar donde puedes vivir una vida anónima e independiente. En Turquía hay una correlación total entre la educación y la independencia”. Quizá por eso no sea casualidad que la maestra de las protagonistas tenga un papel fundamental en el filme.
    Con motivo del Día de la Mujer, la Fundación por la Investigación de Política Económica de Turquía (TEPAV) ha publicado un estudio que revela que la de Estambul es con diferencia la provincia que mejor puntuación obtiene en lo que a igualdad de género se refiere.  Los factores que se tuvieron en cuenta para el estudio fueron el campo de la salud y el laboral y la representación política y económica de la mujer. Turquía, de manera global, ha tenido avances en cuanto a igualdad de género estos últimos años, pero el último índice global de Naciones Unidas, de 2014, todavía la sitúa en el puesto 71 mundial. 

    ¿Existen los partidos de fútbol sólo para mujeres?

    Uno de los momentos más tiernos y esperanzadores del filme se produce cuando las protagonistas logran acudir a un partido de fútbol con entrada limitada a mujeres tras una penalización a los espectadores masculinos. Y sí, efectivamente, esto ocurrió. Los encuentros futbolísticos turcos eran conocidos por el ambiente de extrema violencia en sus gradas. En el año 2011, después de que los aficionados al Fenerbahçe llegaran a invadir el campo de manera agresiva, la Federación turca tomó la medida drástica de cerrar su estadio y que el encuentro se disputase sin público.
    Pero más tarde se modificó con una medida pionera que consistió en prohibir la entrada a los partidos de equipos sancionados a hombres y niños mayores de 12 años. El primer partido en el que se aplicó la norma fue entre el Fenerbahce y el Manisaspor en septiembre de 2011. Entre el público, 41.000 mujeres y niños. Los jugadores lanzaron flores a la grada.

    miércoles, 27 de enero de 2016

    PRENSA. "Estallido de color para las viudas indias"

       En "El País Semanal":

    Estallido de color para las viudas indias

    Con la muerte de sus maridos, pierden su identidad y su valor, relegadas al rechazo social. Condenadas a la mendicidad y al luto eterno, recuperan la felicidad gracias al Holi, el festival de la primavera. Este es el retrato de ese fugaz instante de alegría.

    Fotogalería
    Una mujer baila bajo los pétalos y los polvos de colores del Holi. / ANDREA DE FRANCISCIS

    Una nube de polvos rojos, amarillos, violetas. El aire se vuelve de colores. Cuando se asientan, dibujan las siluetas de cientos de mujeres, la mayoría ancianas. Algunas entonan los cantos religiosos dictados por el sitar, el acordeón y la tabla. Otras bailan alzando las manos y moviendo las caderas. Las más sensibles lloran y se abrazan a la que pasa al lado. Todas son viudas. Desde que perdieron a sus maridos sufren el rechazo de la sociedad. En India ser viuda es un tabú: muchos las consideran responsables de sus muertes.
    Cargan, sin excepción, con una historia de sufrimiento. “Ya no lloro más porque se me han acabado las lágrimas”, dice Locki Mukherjee. Pero por un día se han olvidado de su destino. Es una efeméride muy especial: el Holi es un festival hinduista que celebra la llegada de la primavera y el triunfo del bien sobre el mal. Las calles se llenan de personas que comparten su felicidad pintándose unas a otras de colores. Después de mucho tiempo, las viudas han vuelto a coquetear con la vida, a jugar con polvos verdes, naranjas o rosas. Al menos por unos instantes olvidan que, como mandan las costumbres, deben permanecer enlutadas el resto de sus vidas.
    Según HelpAge, una ONG que defiende los derechos de los mayores, en India hay en torno a 22 millones de viudas. Decenas de miles se instalan en ciudades sagradas como VrindavanHaridwar o Varanasi porque buscan liberarse del círculo de la reencarnación o acaban allí simplemente porque fueron abandonadas por sus familias. Allí, olvidadas, viven todo tipo de horrores; sin embargo, en general, sus condiciones en India son pésimas, explica el director de HelpAge, Mathew Cherian. “Su situación es un reflejo de la discriminación de género que se vive en el país, especialmente en las mujeres solas. En una sociedad patriarcal, cuando pierdes a tu marido, pierdes tu identidad y todo tu valor, no eres nada”.
    Muchos aquí consideran que las viudas traen mala suerte. Los supersticiosos creen que sus sombras plantan maldiciones, por eso no son bienvenidas en las celebraciones. Tienen que vivir en duelo, lo que para los más ortodoxos significa que deben vestir solo saris blancos, el color del luto. No deben usar adornos, como aretes o pulseras, ni dejar crecer sus cabellos, ni cubrir sus pies desnudos.
    Vrindavan, la “ciudad de las viudas”, tiene unos 57.000 habitantes. Situada al norte de India, a orillas del río sagrado Yamuna y tan solo 150 kilómetros al sur de la vibrante capital, Nueva Delhi, parece estar suspendida en un tiempo detenido cientos de años atrás y tener su propia lógica. Los hinduistas creen que fue allí donde el juguetón dios Krishna pasó su infancia. Por ello sus devotos han levantado miles de templos, creando una de las mayores concentraciones de construcciones sagradas del mundo. En el espacio que queda entre ellas, en pequeñas callejuelas retorcidas, vacas y monos campan a sus anchas.

    La situación de las viudas es un reflejo de la discriminación que viven las mujeres. Cuando pierden a su esposo, se quedan sin identidad y valor”
    Las viudas llegan a Vrindavan huyendo de los abusos y la humillación que les reservó su destino. Muchas tomaron la determinación solas por su fe en el dios Krishna. A otras las abandonaron allí sus familias cuando se convirtieron en una carga que no quisieron o pudieron soportar. Un estudio para ONU Mujeres estimó en 2011 que en esta ciudad y los pueblos colindantes hay unas 15.000, “viviendo muy por debajo del umbral de la pobreza”. Aunque el Gobierno les procura una pensión de viudedad de 500 rupias al mes (siete euros), solo la cobra el 25%.
    La ciudad sagrada es una de las capitales del Holi, el escenario de las mayores guerras del color. En ella se encuentra la esencia de la celebración, pues la leyenda del juego está entrelazada con la historia de Krishna. El coqueto dios de piel azul envidiaba la resplandeciente tez clara de su amada Radha, por eso su madre le sugirió que pintara a la diosa del color que él quisiera. Un día al año, a finales de marzo, los indios cubren a sus seres queridos con polvos de colores.
    Todos menos las viudas. Sus saris solo se teñían de color por accidente, con el polvo que quedaba en las calles tras el festival, o por algún niño que jugaba con ellas, aún ignorante de las supersticiones. Pero desde hace tres años Sulabh International organiza para ellas una fiesta de los colores. “Las viudas deseaban volver a celebrar el Holi, era una reivindicación de su existencia”, dice Bindeshwar ­Pathak, el fundador de la ONG, que tiene como misión la emancipación de los intocables. Pathak reconoce que su labor no tenía nada que ver con las viudas. “Pero cuando vi las condiciones de vida de estas mujeres, a las que les es arrebatada incluso la dignidad, tuve que hacer algo. De alguna manera, ellas también son intocables”. En agosto de 2012, el Tribunal Supremo decretó que Sulabh se haría cargo de parte de las viudas de la ciudad: ahora ayudan a 900 que viven repartidas en siete casas.

    Me he olvidado del sentido de la felicidad. Ya no espero nada de la vida, estoy al final de ella. Solo espero la muerte para que acabe mi sufrimiento”
    Esta medida se tomó como respuesta a un informe de la Autoridad Nacional de Servicios Legales que había concluido que las viudas sobrevivían con las limosnas que pedían fuera de los templos y sufrían todo tipo de explotaciones. Carecían de los servicios más básicos de salud o vivienda. Eso en vida. Tras su muerte, a sus cuerpos les esperaba una última infamia: en lugar de ser cremados, se cortaban y metían en sacos que luego se arrojaban al río.
    Las miles de viudas que malviven en Vrindavan deambulan como almas en pena. Sus espaldas encorvadas están cubiertas por saris blancos desgastados por el tiempo. Muchas piden limosna con cuencos de metal. Algunas duermen a la intemperie. Otras alquilan, solas o con otras mujeres, cuartuchos en casas viejas. Las más afortunadas viven en ashrams, lugares de meditación, como los regentados por Sulabh y otras organizaciones. En un antiguo ashram escondido en el laberinto de Vrindavan las viudas se despiertan de madrugada y se preparan para cantar bhajans, los cantos devocionales hinduistas. Sobre todo cantan a Krishna, porque creen que son sus esposas espirituales y el dios las protege.
    A mediodía comienza el movimiento de viejecitas por la casa color azul cielo distribuida en torno a un patio central bordeado por columnas y arcos que desembocan en pequeños cuartos. Cada una tiene una cama de madera con un colchón que no merece ese nombre. Todas sus pertenencias están en cajitas o botecitos que guardan debajo de la cama o en bolsas de plástico atadas a una cuerda. Cada una tiene su propio altar de Krishna o de Kali, o de ambos, con humildes ofrendas de comida, dulces e incienso. En el ashram hay un altar de mayores dimensiones, quizá más apropiado, para honrar a sus dioses.
    Sobre esa hora, las ancianas sacan de debajo de la cama una pequeña estufa de aluminio y empiezan a cocinar. Son decenas sentadas en cuclillas cortando verduras e hirviendo el arroz. El ashram se llena de olores. Jengibre, cúrcuma, chile flotan en la habitación. Cada una emplea las especias a su gusto. Sus combinaciones reflejan la extrema diversidad cultural india. La de cada región, pero también la de cada comunidad y casa. Para las viudas, seguir cocinando significa mucho: es un orgullo y a la vez las hace sentirse unidas al mundo. Es al mismo tiempo trabajo y entretenimiento.
    Manu Gosh, a sus 84 años, irradia energía. Menuda, como la mayoría, con un vaivén al caminar y regordeta. No tiene dientes, pero los labios hundidos no le restan autoridad: es una de las voces cantantes de la comunidad, cuya existencia se asemeja a la de un monasterio. Viven con lo mínimo. Entre ellas hay hermandad, las unió su destino.
    “La celebración del Holi nos ha hecho sentirnos vivas otra vez. Cuando perdí a mi marido, hace más de 40 años, tuve que alejarme de cualquier placer en la vida. Jugar con los colores es una de las cosas que me ha devuelto la alegría”, explica esta mujer a la que su familia casó a los 10 años con un hombre que sumaba 15 más que ella. Casi justifica a sus padres: “Vivíamos otros tiempos, más difíciles. Éramos 11 hermanos y muy pobres”. Su marido falleció y ella se quedó con tres niños pequeños, que perdió uno tras uno. Su sonrisa solo se borra al recordarlos. “No podía alimentarlos y cuando enfermaban no podía hacer nada. Creo que murieron por la pobreza”, dice al borde del llanto. Entonces dejó Calcuta por Nueva Delhi, donde sobrevivía limpiando casas.
    Cuando llegó a Vrindavan, trabajó en una tienda de té y también mendigó. Pero su vida cambió cuando llegó al ashram: ahora es mucho mejor, asegura. “Aquí nos dan 2.000 rupias al mes (28 euros), nos visita un doctor, tenemos una ambulancia y estamos muy bien”, relata mientras cocina, sentada en la postura de la flor de loto. Cuando se descuida, sale un ratón de entre sus cosas y le roba un poco de cilantro. Tanto Gosh como la gran mayoría de las viudas que han acabado aquí son del Estado de Bengala Occidental, donde hay un gran culto a Krishna. Allí las mujeres tienen derecho a las propiedades del marido, por lo que algunos hijos prefieren deshacerse de ellas y quedarse con la casa, explican los expertos.
    El ashram en el que viven es conocido como el del “baba loco” porque lo fundó un asceta entregado a la devoción. Las mujeres que lo desean reciben clases: algunas trabajan con máquinas de coser, otras hacen varas de incienso o aprenden a escribir. Las hay de todas las edades, pero abundan las ancianas. Una de ellas, Lalita Dasi, ya no oye bien, pero está segura de que ya ha cumplido 110 años. Aunque encorvadísima, todos los días camina hasta la tienda para comprar sus verduras, y para cocinar se sienta en cuclillas. Es tan ­pequeñita, tan delgada, que parece que es solo piernas. Como casi todas, se pinta a diario con polvos de sándalo un gran rombo en la nariz y una “v” que le cubre la frente: el signo de Krishna.
    En el ashram del “baba loco” se repiten un par de quejas: algunos baños están muy sucios, y con las lluvias, el agua se mezcla con los drenajes abiertos en la ciudad e inunda las habitaciones. A pesar de ello, las viudas son conscientes de que aquí tienen mejor vida que cuando deambulaban por las calles.
    Una de ellas es Ram Bhai, de 65 años. Camina sin zapatos y lleva la ropa tan vieja y rota que uno de sus marchitos pechos asoma sin que ella se percate. Navega las calles con su bastón, pidiendo limosna. “Un día moriré y nadie recogerá mi cuerpo”, dice con la voz quebrada. Sus ojos tienen un halo azul, tal vez signo de cataratas. Con la muerte de su marido, relata, llegaron los malos tratos en su familia. “Me convertí en una carga. Ya no servía ni para limpiar la casa. Un día me subieron al coche y me abandonaron aquí”. Habla en un hindi casi poético, pero cuenta cosas muy tristes. “Me he olvidado del sentido de la felicidad. Ya no espero nada de la vida, estoy al final de ella. Solo espero la muerte para que acabe mi sufrimiento”.
    Locki Mukherjee también mendiga junto a un templo. Su marido murió cuando ella tenía 18 años. “Eres una viuda, ya no perteneces a esta familia”, le dijeron. Al explicar que en Vrindavan sufre discriminación, un pandit (un sacerdote hinduista) grita: “Estas mujeres son un gran problema para nosotros. Bengala Occidental está contaminando la ciudad con ellas. El Gobierno tendría que hacer algo”.
    Ella dice que los vecinos de Vrindavan nunca les ayudan, que sobreviven gracias al dinero de turistas y peregrinos –esta ciudad es la más sagrada para muchas sectas, entre ellas los Hare Krishna–. La supervivencia económica de las mujeres en India, en muchos casos, depende de sus familiares varones. Cuando fallece su marido, se quedan en un estado muy vulnerable.
    Las viudas del ashram del “baba loco” saben que son relativamente afortunadas y el Holi es la ocasión para celebrarlo. Después de los cantos devocionales, hoy han tenido que deshojar las montañas de rosas que se usarán en la celebración. Una fila de mujeres, tijeras en mano, se disponen a cortar un lazo que cruza el patio del ashram. Con ello simbolizan que rompen con las tradiciones que las oprimen. Con la música a todo volumen empieza el juego. Primero cogen con ternura unos polvos de colores y, con las yemas de los dedos, tiñen las mejillas o la frente de la amiga más cercana. “Radhe, Radhe, es Holi”, justifican entre risas su travesura.
    Después, la timidez se termina y empiezan a volar los polvos de colores, lanzados desde la distancia. Los saris se manchan de rosa, rojo, amarillo, verde, naranja. Todo es fiesta. Se arrojan flores, rosas y caléndulas. Una mujer se tira al suelo y lanza pétalos hacia arriba para que caigan sobre ella; después se recuesta sobre una pequeña montaña de flores y retoza como una niña pequeña. Dos mujeres se abrazan y ríen a carcajadas y comienzan a dar vueltas; se les une otra y otra. Bailan, primero con ritmo, luego enloquecidas. Las más mayores se esconden en las esquinas, pero no quieren perderse la acción: siguen mirando. Cuando la catarsis está en su máximo apogeo, la celebración se traslada a un patio externo, donde dos vasijas de barro cuelgan de un árbol. Cuando las revientan con un palo, brota agua de violeta. Así comienza la guerra. Todo se vuelve salvaje. Aparecen las pistolas de agua y las viudas con sus saris mojados se vuelven las guerrilleras del color. Al menos por hoy se sienten vivas.

    domingo, 3 de enero de 2016

    MUJER. CINE. "Sufragistas". Lidia Falcón

      
     En "blogs.publico":

    Sufragistas

    Lidia Falcón. 30 diciembre 2015


    La película del mismo título que acaba de estrenarse en los cines españoles nos cuenta en imágenes, por bendita primera vez, la epopeya de las sufragistas inglesas que en reclamación de su derecho al voto lucharon durante 70 años para lograr convencer a los diferentes legisladores de su Majestad británica de que también eran seres humanos.
    Lo hicieron en las peores condiciones que puede hacerlo una clase en lucha, es decir no solo se enfrentaron a los patronos, a los gobiernos y a las fuerzas de represión que cargaron con toda crueldad contra las rebeldes, sino, más penosamente, contra sus propios maridos, padres, hermanos, amigos y colegas. No solo la policía las hirió con porrazos y disparos en las manifestaciones callejeras, en los intentos de huelga y en el enfrentamiento con los empresarios, sino que fueron víctimas sistemáticamente de los abusos sexuales y violaciones de los patronos y de sus “compañeros” de trabajo, y de la tiranía de sus maridos, que la ley permitía.
    No solo sufrieron físicamente los golpes y las heridas y la alimentación forzada mediante sistemas medievales que les insertaban a la fuerza gomas en la nariz y en la boca por las que mediante un embudo les introducían alimentos líquidos, sino también fueron maltratadas psicológicamente mediante las humillaciones, los insultos y el menosprecio de sus familiares y de los otros obreros. No solo fueron heridas en su cuerpo sino también en su alma, en su dignidad, lo que no ha sufrido nunca el Movimiento Obrero, que a pesar de sus derrotas ha sido siempre respetado, hasta por sus enemigos. Durante 78 años los periódicos del muy poderoso Imperio británico no las mencionaron por otro nombre que el de “las locas”.
    La película relata la decisión tomada por un pequeño grupo de obreras –y eso que siempre se ha intentado desprestigiar al Movimiento Feminista de aquella época acusándolo de elitista y formado por señoras burguesas- de lanzarse a realizar algunas acciones violentas, ante la imposibilidad de lograr por medios pacíficos que la Cámara de los Comunes aprobara una nueva Ley electoral que permitiera el sufragio a las mujeres. En el momento de la película las inglesas llevaban cincuenta años desarrollando una campaña legal, mediante manifestaciones, asambleas, reuniones, escritos, artículos de prensa, conferencias, debates en el Parlamento, sin que obtuvieran ningún avance en sus pretensiones.
    Ni los testimonios que algunas obreras deponen en una Comisión del Parlamento sobre la explotación y el maltrato que sufren –comienzan a trabajar en la lavandería a los siete años– conmueve el pétreo corazón de los señores diputados ni del Presidente del Gobierno.  Es esta nueva negativa y el fracaso que conlleva la que las induce a quemar buzones de correos y la casa de veraneo del Presidente.
    Son tantas las vejaciones, la descarnada explotación que sufren, las enormes diferencias de salario con los obreros, los partos sobrellevados en la propia lavandería –la protagonista nace de tal guisa, y los bebés se escondían en el suelo entre las máquinas–, las enfermedades que padecen y la escasa expectativa de vida que tenían las lavanderas, que aquella breve explosión de violencia es minúscula en comparación con la que el poder ejerce impunemente contra ellas.  Y Emily Davidson llega al propio sacrificio cuando se tira sobre uno de los caballos del Derby real en plena carrera, esgrimiendo la pancarta de “Votes for Women”, muriendo en el acto.
    Gracias repetidas debemos darle a la directora y a todo el equipo que ha llevado al cine esta pequeña parte de la heroica epopeya que vivieron las sufragistas inglesas, ya que ningún otro director ni productor se ha sentido nunca emocionado por la gesta de las mujeres, tantos como invierten fortunas en relatarnos  estupideces machistas y batallas masculinas que son las únicas que merecen su reconocimiento.
    Así mismo las mujeres estadounidenses lucharon para conseguir el sufragio desde 1848, como se reclama en el Manifiesto de Séneca Falls de ese año, hasta 1920 en que finalmente se les “concede”. Setenta y dos años de reclamaciones, manifiestos, marchas imponentes, presentación de enmiendas en el Congreso, artículos, mítines, conferencias. Como las inglesas, tres cuartos de siglo en los que muchas fueron barridas por la caducidad de la vida, encarceladas, apartadas de la familia y de su inserción social, abandonadas por el marido o expulsadas del domicilio conyugal, a las que se les quitó la potestad sobre sus hijos, los padres las repudiaron y el patrono las despidió de su trabajo. Se vieron en la miseria, durmiendo en la calle, recogidas en alguna iglesia por curas más compasivos que los políticos, y viviendo de la ayuda que les prestaban las asociaciones que luchaban por obtener el estatus de ciudadanas.
    Debemos a estas mujeres, y a nuestras precursoras españolas, que no por ser menos y menos arriesgadas, dejaron de sufrir marginación y exclusión social, insultos y desprecios por su defensa del feminismo, todo nuestro homenaje, nuestro agradecimiento, la imprescindible necesidad de que se investigue y se relate con veracidad la epopeya de nuestras antepasadas, que lograron cambiar la situación de servidumbre que padecían las mujeres de sus países, y cuyas ventajas hoy disfrutamos sus nietas y sus bisnietas. Lamentablemente la película olvida en sus letreros finales a España donde en 1931 la III República aprobó el derecho a votar y ser votadas para las mujeres.
    Pero sobre todo les debemos proseguir la tarea iniciada por ellas, en muy peores condiciones que las que sufrimos nosotras. Porque cierto es que hoy podemos votar –si el marido nos lo permite, y solo lo que este dice, como vi que sucedía en las primarias de Sevilla y en las elecciones en Madrid-, que existen leyes laborales y derechos civiles que explicitan la igualdad de derechos entre el hombre y la mujer, pero no se quien puede estar tan engañado que piense que no se producen explotaciones, abusos y desprecios contra las mujeres por serlo y contra las obreras por su condición. Sin tener en cuenta –que es mucho no tenerla- la montaña de asesinadas que se ha formado en estos últimos años, y de apaleadas, violadas y abusadas.
    En otro artículo, El mapa de la explotación femenina daba unos retazos de la situación laboral de las olivareras de Andalucía, de las plataneras de Canarias, de las camareras de hotel en toda España, de las limpiadoras industriales y domésticas, de las obreras en las fábricas textiles, en las industrias conserveras, en las del tabaco, en las de explosivos, pero a ellas hay que agregar decenas de otros sectores productivos que padecen iguales  sufrimientos e injusticias.
    Porque ya es hora de visibilizar las explotaciones de las amas de casa, y para ello nada mejor que comenzar con la sentencia recientemente dictada por el Tribunal Supremo contra la empresa Uralita por la contaminación de asbesto sufrida por las esposas de los obreros, al lavarles la ropa de trabajo.
    He aquí una escandalosa –si este país fuese capaz de escandalizarse por algo– prueba de la explotación que padece la mujer que sólo realiza el trabajo de su casa.
    Esposas y madres que invierten de 50 a 90 horas semanales en las tareas de fregado, lavado, compra, cocinado, limpieza, alimentación y cuidado de hijos y mayores, sin disponer ni de salario ni de días de descanso ni de vacaciones ni de seguridad social ni indemnizaciones por accidentes o enfermedad común ni jubilación. Solamente la esclavitud tenía las mismas condiciones de trabajo. Y además comparten, como las esposas de los trabajadores de Uralita, muchos de los riesgos laborales de sus maridos, sin que hasta esta histórica sentencia se les haya reconocido, ni en la legislación ni en las declaraciones políticas ni en las tareas sindicales.
    Obreras, campesinas, empleadas de servicios, mineras, secretarias, esposas y madres, la mayoría de las mujeres en España siguen padeciendo similares explotaciones a las que denuncia la película Sufragistas.
    Y nosotras, sus nietas y bisnietas, ¿estamos a la altura de aquellas heroicas pioneras? Nosotras, las dirigentes de grupos feministas, las políticas de diversos partidos, las profesoras universitarias, las técnicas de igualdad (ahora hasta les pagan), las asistentes sociales, las participantes en tertulias, las escritoras y las politólogas, ¿nos ocupamos realmente de las miserias que padecen nuestras hermanas? La opresión social, el acoso sexual, las diferencias salariales, ¿son motivo principal de nuestras denuncias, escritos, tertulias, asambleas, conferencias y cursos? En las Universidades, ¿no se dan más cursos acerca del amor cortés y el simbólico de la madre que sobre la explotación laboral femenina? ¿No están más interesadas las más mediáticas de las feministas en legalizar la prostitución y divagar sobre la teoría queer?
    Y en cuanto a las estrategias actuales para remover las conciencias de los políticos y lograr que aprueben las imprescindibles leyes contra el terrorismo machista, sobre la igualdad salarial y la protección en el trabajo, ¿qué pensamos hacer desde el Movimiento Feminista, aparte de reunirnos las siempre convencidas y cabildear con los partidos, algunas con el único propósito de conseguir un hueco en los sabrosos despachos del Parlamento, del Senado y de los Ayuntamientos?
    ¿Cuántas serían hoy las decididas a quemar los buzones de correos y la residencia de veraneo de Mariano Rajoy en protesta y denuncia de las injusticias y explotaciones que están sufriendo las trabajadoras?
    Y que las feministas no arguyan que hoy las mujeres no viven como hace dos siglos, porque muchas, varios millones, lo siguen haciendo, y quienes se escandalicen con mis declaraciones son las señoritas que comen cada día, disfrutan de piso, coche, vacaciones y empleo remunerado, e investigan y escriben estúpidas tesis doctorales sobre el pornoterrorismo –que les publican los señores, encantados con esta deriva del feminismo.
    Porque aquellas, las que no saben si comerán cada día, apaleadas primero por el padre y más tarde por el marido, las despedidas del empleo y desahuciadas de su casa, después de ser abusadas sexualmente por el empleador, que arrastran consigo varios hijos mocosos y descalzos, de refugio en refugio, no han notado mucha diferencia de su situación con la de sus abuelas. Y aún más triste, quizá las de hoy estén viviendo peor que sus madres.
    Madrid, 29 diciembre 2015.

    jueves, 31 de diciembre de 2015

    MUJER. "La biblia de la mujer: sufragismo e insumisión"

       En "jotdown":

    La Biblia de la mujer: sufragismo e insumisión

    Publicado por Sede de la Asociación Nacional Contra el Sufragio Femenino (1911). Fotografía: Library of Congress (DP)
    Sede de la Asociación Nacional Contra el Sufragio Femenino (1911). Fotografía: Library of Congress (DP)
    Sede de la Asociación Nacional Contra el Sufragio Femenino (1911). Fotografía: Library of Congress (DP)
    El movimiento sufragista norteamericano propició el cambio social más importante de la Edad Contemporánea. Por primera vez, una organización femenina luchó por conseguir derechos políticos que situasen a las mujeres en una posición igualitaria junto a los hombres. A mediados del XIX y dentro de los grupos abolicionistas de la esclavitud, las mujeres llegaron a la misma conclusión: si estaban reclamando activamente la libertad de los esclavos, era natural que también pidiesen sus derechos como ciudadanas y no simples propiedades de los varones blancos. La mujer no podía votar, afiliarse a un partido, carecía por sí misma de dinero, no podía firmar un contrato de trabajo, montar un negocio ni ocupar un cargo público. Todas sus decisiones habían de ser supervisadas por el padre, marido o hermano mayor.
    La razón de la inferioridad femenina emanaba del dogma religioso y las interpretaciones que los sacerdotes hacían de la Biblia. Según las Escrituras, la mujer fue creada en segundo lugar; por tanto, era un escalón inferior en el esquema del universo. Además, había sido la causante de la caída en el pecado. En la era de las Luces, librepensadores como Rousseau (Emilio o de la educación, 1762), o ya en el XIX, como Tocqueville (La democracia en América, 1835-40) seguían afirmando que el lugar de la mujer tenía que ser única y exclusivamente el doméstico, para contribuir a la armonía política. Ella sería la salvaguarda de la moral y el orden en la democracia, pero siempre dentro de la casa.
    La nueva ciencia tampoco era proclive a la igualdad. Sin llegar a los extremos de los biólogos racistas, las obras de Charles Darwin, que derrumbaron el mito bíblico del origen del hombre, seguían empecinadas en distinguir al varón con una serie de aptitudes superiores a las que poseía la mujer, además de afirmar un grado mayor de evolución en los blancos frente a negros u otras «razas».
    La neoyorquina Elizabeth Cady conocía la figura de la filósofa Mary Wollstonecraft (madre de Mary Shelley), quien en 1792 había escrito una obra fundamental para el pensamiento feminista, su dura crítica de Rousseau en Vindicación de los derechos de la mujer. Cady, seguidora de las ideas del filósofo John Locke, defendía la soberanía de los pueblos y la igualdad de los seres humanos. En 1840 se casó con Harry Stanton, activista del abolicionismo. Ese mismo año, la pareja acudió a Londres para participar en la primera Convención Mundial Antiesclavitud. Allí Elizabeth conoció a Lucrettia Mott, quien ya había organizado varios congresos de mujeres abolicionistas en Filadelfia. Alguna de estas reuniones terminó con la quema del local y el intento de linchar a quienes participaban. En Londres, las dos descubrieron que su opinión valía entonces lo mismo que la de los esclavos: aunque podían asistir a las reuniones, se les prohibía hablar en las asambleas o votar las ponencias. Era necesario organizarse en un movimiento femenino para exigir el voto.
    El Génesis bíblico era el único argumento al que acudían tanto partidarios de la esclavitud como abolicionistas. Los primeros se agarraban a una larga lista de citas donde se mencionaba la existencia de esclavos y su aceptación como costumbre lícita. Los abolicionistas, por su parte, apelaban al principio universal de amor y respeto al prójimo que subyace en el mensaje cristiano. Pero en lo que sí estaban de acuerdo tanto unos como otros era en que las mujeres debían permanecer fuera de la discusión.
    En 1848, un grupo de hombres y mujeres escribieron el Manifiesto de Seneca Falls (Nueva York), tras reunirse en la primera Convención de los Derechos de la Mujer. Este texto, inspirado en la Declaración de Independencia de Thomas Jefferson, dejaba claro que había terminado el tiempo de la «ley natural». Las declaraciones políticas que sustentaron las revoluciones liberales pedían la igualdad de los hombres en términos legales, económicos y éticos, pero no así entre los sexos. Allí seguía imperando una misoginia de origen divino que relegaba a la mujer a un puesto secundario en la nueva sociedad. Gracias al sufragio femenino, las mujeres serían iguales a los hombres, no enfrentadas en eterna dualidad y distintos espacios.
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    Susan Brownell Anthony (izq) y Elizabeth Cady (dcha). Fotografía: DP.
    Susan Brownell Anthony, maestra de origen cuáquero, se unió a la causa sufragista en la década de los cincuenta, tras haber militado en los grupos abolicionistas. Muy radical en sus planteamientos políticos, luchó contra las duras condiciones del trabajo de las mujeres obreras. La guerra de Secesión fue crucial para Anthony y el resto de las sufragistas: apoyaron a la Unión, pero una vez terminado el conflicto, sufrieron un enorme chasco. Durante el proceso de reforma de la Constitución, el Partido Republicano presentó la Enmienda Catorce, donde por fin se defendían los derechos civiles y el sufragio de los ciudadanos negros, pero no así el de las mujeres. Los políticos, haciendo gala del principio pragmático y egoísta que Tocqueville les adjudicaba por su género, no quisieron ver comprometidos sus acuerdos con los estados del Sur y decidieron negar las peticiones de las mujeres (además, con la Enmienda Quince, los negros no pudieron votar libremente hasta los años sesenta). Un año después, y contraviniendo las cualidades con las que Rosseau adornaba a la Sofía de su obra, obediente y discreta, Cady Stanton y Anthony fundaron la Asociación Nacional pro Sufragio de la Mujer, llamando a la libertad de cada una, sin el control de maridos, políticos o sacerdotes.
    Pero la religión no podía ser borrada de un plumazo. Las sufragistas estaban muy preocupadas por la influencia de las enseñanzas que desde allí habían calado. Para transformar una sociedad no solo había que cambiar la ley, sino la forma de entender los textos sagrados, desprendiéndolos de interpretaciones maliciosas. Con un atrevimiento que provocó la ruptura del sufragismo y la condena furiosa de todas las autoridades, Stanton y Anthony decidieron que ya era hora de leer la Biblia bajo un nuevo foco, para desmontar mitos y encontrar una nueva ética religiosa.
    Este objetivo no fue en absoluto un hobby de señoras ociosas: durante tres años, más de veinte mujeres («serias y liberales»), pertenecientes a las iglesias universalistas y unitarias, incluida la primera sacerdote femenina de Nueva Inglaterra, la Rev. Phebe A. Hanaford, con conocimientos de latín, griego, hebreo e historia, se dedicaron a revisar la Biblia. La tesis principal era que los textos no tenían origen divino, por tanto, eran susceptibles de crítica e interpretación, tal y como habían hecho los hombres. Ellas defendían el mensaje de Jesús, pero rechazaban los siglos de manipulación histórica y lingüística en el relato. Conocedoras de las diferentes versiones de las Escrituras y de la relación del texto con la Cábala hebrea, se atrevieron a afirmar que el nombre de la divinidad había sido tergiversado. En lugar de Yavhvé, ellas escogieron Elohim (y la versión donde el hombre y mujer son creados al mismo tiempo en el quinto día, con el mismo poder y capacidades). Ateniéndose a la traducción de Samuel MacGregor Mathers de La Cábala desvelada, la potencia divina carecía de sexo, pero contenía a la diosa y al dios en uno. No era dualismo, sino algo todavía más provocador: la presencia de una diosa primitiva en el origen de todas las creencias. Cady Stanton defendía las tesis que el antropólogo suizo J. J. Bachofen expresó en El matriarcado (1861) sobre primeras sociedades y religiones de la Antigüedad.
    La Biblia de la mujer repasa, con minuciosidad y humor (especialmente, los textos de Cady Stanton), los hechos de las mujeres en el Antiguo y Nuevo Testamento. Hay menciones al proceso político de la época (de Ben Franklin a Daniel Webster) y a los comentaristas bíblicos (Thomas ScottAdam Clarke, además de Julia E. Smith, la primera mujer que tradujo la Biblia). Las autoras señalan que el porcentaje de mujeres es un diez por ciento del total de personajes, por lo que esa ausencia es ya suficientemente significativa. La Eva del Génesis es defendida como una mujer que anhelaba el conocimiento por encima de los caprichos y por ello mordió la manzana, a diferencia de su compañero, perezoso y cobarde. Leeremos sobre las leyendas arbitrarias que justifican el uso del velo, la condena de las brujas, con la conclusión de que resulta absurdo tomar por palabra de Dios las andanzas de unas tribus que trataron a las mujeres como botín de guerra y objetos sexuales. Pero también destacan aquellos raros fragmentos en los que la mujer aparece retratada con justicia: Débora, la profetisa; Ruth y Noemí, la familia trabajadora; Vashtí y Esther, rebeldes y audaces…
    El libro fue condenado con dureza por los clérigos, los políticos y gran parte del sufragismo, que se separó de la organización original y fundó el Movimiento Nacional Americano para el Sufragio de la Mujer. Todos afirmaban que el diablo estaba detrás de La biblia de la mujer. Cady Stanton replicó que Satanás no fue invitado a revisar los textos. Lo veían demasiado ocupado atendiendo sínodos y conferencias políticas.
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    La actriz Hedwig Reicher frente al edificio del Tesoro, Washington, durante la Parada Sufragista de 1913. Fotografía: Library of Congress (DP)