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viernes, 10 de abril de 2015

PRENSA CULTURAL. "Vuelve el brontosaurio"

   En "El País":

Vuelve el brontosaurio

Los paleontólogos devuelven la razón a la clasificación decimonónica de la bestia extinta


Imagen de un brontosaurio. / DAVIDE BONADONNA

El debut del brontosaurio en el cine, en la película muda de 1925 El mundo perdido, no fue demasiado brillante: varios brontosaurios reciben la del pulpo por parte de un alosaurio y se acaban cayendo a un pantano. Para completar la humillación, la novela de Arthur Conan Doyle en que se basaba la cinta se ganó las invectivas de los paleontólogos por utilizar una nomenclatura obsoleta. El brontosaurio, en efecto, había sido reclasificado como apatosaurio en 1903. King Kong volvió a caer en el mismo error taxonómico en su primera aparición de 1933, e incluso en el remake de 2005. ¿Hay alguien más cabezón que un cineasta?
Respuesta: un paleontólogo. Porque ahora resulta que las películas estaban bien, y era la irritación de los paleontólogos la que andaba errada. Un estudio de amplitud sin precedentes que presentan científicos portugueses y británicos en Peerj, una publicación científica de libre acceso, ha devuelto las cosas a donde estaban en el siglo XIX, y la razón a los literatos y cineastas del XX. Setenta millones de años después de su extinción, y un siglo después de su segunda muerte taxonómica, el brontosaurio (lagarto-trueno) vuelve a campar por las librerías y filmotecas como si no hubiera pasado nada. No es tanto como clonarlo al estilo de Parque Jurásico, pero algo es algo.

El brontosaurio había sido reclasificado como apatosaurio en 1903
Tal y como explican los científicos en Peerj, la historia arranca en la década de 1870, cuando las primeras exploraciones paleontológicas del oeste de Estados Unidos –esto es, del salvaje oeste— desenterraron los fósiles de decenas de nuevos dinosaurios. El famoso paleontólogo Othniel Marsh y su equipo descubrieron dos esqueletos gigantescos de unos dinosaurios de cuello largo y los mandaron a su laboratorio en el Museo Peabody de Yale, en New Haven. Marsh bautizó al primer fósil como Apatosaurus (lagarto engañoso, por su falaz similitud a un reptil submarino), y al segundo como Brontosaurus.
Todo empezó a torcerse tras la muerte de Marsh, en 1899, cuando un equipo del Museo Field de Chicago halló un nuevo esqueleto que se podía describir como una forma intermedia entre Apatosaurus y Brontosaurus. En vista de esa continuidad morfológica, decidieron que no tenía sentido separarlos en géneros diferentes, como había hecho Marsh, y los reclasificaron como dos especies del mismo género: Apatosaurus ajax y Apatosaurus excelsus. El género Brontosaurus perdió así sus credenciales científicas en 1903. Pero solo para recuperarlas en 2015.


Así es como los científicos imaginaban al brontosaurio en 1880: como una animal acuático con un poderoso esqueleto. / PEERJ
“Hasta hace muy poco, la afirmación de que el apatosaurio era lo mismo que el brontosaurio era totalmente razonable con el conocimiento de que se disponía”, explica el primer autor de la nueva investigación, Emmanuel Tschopp, un suizo que trabaja en la Universidade Nova de Lisboa. Pero los nuevos fósiles de este grupo de dinosaurios que se han hallado en los últimos años han forzado a cambiar el marco.
“Las diferencias que hemos encontrado entre Brontosaurus y Apatosaurus”, añade otro de los autores, Roger Benson, de la Universidad de Oxford, “son al menos tan numerosas como las que se dan entre otros géneros estrechamente relacionados, y muchas más de las que normalmente sirven para distinguir entre dos especies del mismo género”.
La nueva clasificación dejará un regusto ambiguo en el lector. Por un lado revela que la paleontología ha estado equivocada durante todo el siglo XX, lo que puede resultar irritante. Por otro lado, sin embargo, devuelve la razón a la sustancia con que se fabrican los sueños. Larga vida al brontosaurio. Y a Conan Doyle, como resulta elemental.

jueves, 25 de septiembre de 2014

PRENSA CULTURAL. "El primer dinosaurio nadador"

   En "El País":

El primer dinosaurio nadador

La reconstrucción del esqueleto del gigantesco espinosaurio desvela sus adaptaciones

Esta especie, de hace 97 millones de años, podía vivir en lagos y ríos


Ilustración del enorme espinosaurio, nadando y capturando grandes peces. / SCIENCE
Carnívoro, predador, más grande que un Tiranosaurio Rex, y con características peculiares que desconcertaron a los científicos durante mucho tiempo, el Spinosaurus aegyptiacus era un formidable nadador, toda una novedad entre los dinosaurios que, tradicionalmente, se habían considerado animales terrestres. Es el primer dinosaurio capaz de nadar que se conoce, afirman los científicos. Medía más de 15 metros desde la cabeza a la punta de la cola (más largo que un autobús urbano), superaba las 20 toneladas y pasaba la mayor parte del tiempo en el agua, alimentándose de grandes peces en ríos y lagos. En tierra firme tendría que caminar inevitablemente a cuatro patas dada la morfología de sus extremidades. El espinosaurio, con su hocico como el de un cocodrilo, su largo cuello y su cuerpo... “parecería un pato con la cola de un aligátor pegada”, dice el paleontólogo Paul Sereno, de la Universidad de Chicago. Él es uno de los líderes de la más reciente y ambiciosa investigación sobre este animal, de hace 97 millones de años.
El S. aegyptiacus, como especie, se conocía desde hace más de un siglo, cuando el alemán Ernst Freiherr Stromer von Reichenbach describió (en 1915) unos fósiles que había encontrado en el Sáhara egipcio. Pero aquellos restos resultaron destruidos en el bombardeo aliado de Múnich de 1944. Ahora un equipo internacional de paleontólogos ha dado con un nuevo esqueleto parcial de este dinosaurio gigante en el Sáhara marroquí (en la zona de Kem Kem); ha rastreado fósiles dispersos depositados en museos de todo el mundo; ha revisado las notas, esquemas y fotos de Von Reichenbach conservadas en el castillo de la familia (en Baviera) y ha aplicado escáneres y tecnologías avanzadas de imagen por ordenador para reconstruir el animal. El resultado da un giro radical no solo al conocimiento que se tenía del espinosaurio, sino de los dinosaurios en general.

Los primeros fósiles descubiertos fueron destruidos en un bombardeo en 1944
El espinosaurio estaba claramente adaptado a la vida acuática. “Trabajar sobre este animal ha sido como estudiar un alienígena venido del espacio: es diferente de cualquier otro dinosaurio que haya visto jamás”, dice Nizar Ibrahim, líder del equipo, que presenta a bombo y platillo su remoto gigante nadador en la revista Science.
“Cabe decir que la criatura que describimos es el dinosaurio más enigmático que hay, es el único que muestra esas adaptaciones”, sostiene Ibrahim. Y “es el primer dinosaurio reconstruido digitalmente en detalle a partir de múltiples individuos”, apunta Simone Maganuco. En la aventura científica y detectivesca de este equipo de paleontólogos de Marruecos, Italia, Reino Unido y Estados Unidos no faltan la tenacidad y la suerte. El nuevo esqueleto parcial del espinosaurio originario de Kem Kem fue descubierto por un aficionado marroquí a los fósiles, que lo vendió a un geólogo italiano y, finalmente, acabó en las manos de Cristiano Dal Sasso y Maganuco (ambos del Museo de Historia Natural de Milán). Pero, ¿de dónde habían salido exactamente esos huesos? Ibrahim, siguiendo todas las pistas y rastreando el territorio, logró localizar al hombre que los halló y verificar su ubicación original. “Fue como encontrar una aguja en el desierto”, dice este investigador germano-marroquí que trabaja en la Universidad de Chicago.


Reconstrucción digital del esqueleto del Spinosaurus aegyptiacus. / SCIENCE (AAAS)
“El espinosaurio pasaría la mayor parte del día en el agua, capturando peces y otras presas acuáticas, con las largas mandíbulas equipadas con dientes gigantescos que se encajaban en el morro”, explica Maganuco. “Lo que más nos ha sorprendido, más aún que la dimensión de ese dinosaurio, son las proporciones inusuales de las extremidades, que son similares a las de los antepasados de las ballenas, pero no a las de los dinosaurios predadores”, añade Sereno.
Aunque no es el dinosaurio más grande que se conoce (son mayores los herbívoros descubiertos, por ejemplo, en Argentina), el espinosaurio es el de mayor tamaño entre los predadores. Pero lo que resulta de él deslumbrante para los científicos son sus adaptaciones para la vida acuática. Tenía pequeños orificios nasales retrasados en el cráneo, lo que le permitiría respirar aunque tuviera buena parte del hocico sumergido. Las perforaciones neurovasculares en el extremo del hocico recuerdan a las de los aligátores y cocodrilos, que tienen receptores de presión para percibir el movimiento en el agua, lo que facilita la detección de las presas incluso en aguas oscuras o fangosas. Los enormes dientes cónicos encajan de manera que las presas quedarían atrapadas sin remedio en su boca. El centro de gravedad desplazado hacia delante (por el cuello y el tronco alargados) facilitaría sus movimientos en el agua, aunque no en tierra, donde sería cuadrúpedo. La alta densidad de los huesos facilita la inmersión y es una adaptación conocida en otros animales acuáticos. Las garras grandes y planas le ayudarían a nadar, y la cola articulada, a propulsarse.

Es como estudiar a un alienígena venido del espacio
Y una característica muy peculiar del espinosaurio: tiene unas grandes espinas en las vértebras dorsales que estarían cubiertas de piel, formando una gigantesca vela en la espalda. Los científicos se inclinan a pensar que era un rasgo de exhibición sexual, una gran cresta visible fuera del agua cuando el animal estuviera sumergido.
“En las últimas dos décadas, numerosos descubrimientos han demostrado que algunos dinosaurios habían aprendido a volar, dando origen a las aves”, explica Dal Sasso. “El espinosaurio representa un proceso evolutivo igualmente extraño: revela que los dinosaurios predadores habían aprendido a vivir también en los ambientes acuáticos, colonizando los sistemas fluviales del norte de África en el Cretácico”.

Escamas de peces entre los huesos

De la posible vida acuática de los dinosaurios había ya algunos indicios. “En los años ochenta, se encontró un animal fósil emparentado con es espinosaurio, con el hocico como de cocodrilo, y aparecieron escamas de peces entre los restos de la cavidad torácica, escamas corroídas tal vez por los jugos gástricos”, explica José Luis Sanz, catedrático de paleontología de la Universidad Autónoma de Madrid y experto mundial en dinosaurios. “Además”, continúa, “junto a ese animal había restos de un pequeño iguanodón, indicando que se alimentaría tanto de carne de dinosaurios terrestres como de peces”.
Había más pistas: unas marcas (en rocas que habrían sido fondos fluviales en el pasado) tal vez del roce de la panza de un dinosaurio nadando, recuerda Michael Balter en Science. Pero nada tan concluyente como el último trabajo de Nizar Ibrahim y sus colegas.
“La mayoría de los dinosaurios eran terrestres y el caso del espinosauro es único, una auténtica rareza”, apunta Sanz. “Los únicos grupos que se le pueden comparar serían las aves nadadoras, como los pingüinos, aunque la comparación ecológica más certera del espirosaurio sería, naturalmente, con un cocodrilo. De hecho, una de las hipótesis más interesantes del trabajo de Ibrahim y sus colaboradores es la propuesta de que el enorme espinosaurio sería cuadrúpedo”.

martes, 3 de septiembre de 2013

PRENSA CULTURAL. PALEONTOLOGÍA. "Megaterio, el extraño 'dinosaurio'2.

Esqueleto del megaterio que se exhibe en el Museo de Ciencias Naturales. / KIKE PARA ("El país")

   En "El País":

Megaterio, el extraño ‘dinosaurio’

Los restos de la bestia extinta en América hace 8.000 años son un enigma de la paleontología

El Museo de Ciencias Naturales expone el esqueleto recompuesto en Madrid

 1 SEP 2013

Ese simpático monstruo imponente y desnudo en su osamenta que se posa sobre cuatro patas sobre los pedestales del Museo de Ciencias Naturales en Madrid ha sido un rompecabezas para la paleontología mundial. Megaterio lo llaman y pese a haber pasado a la historia como la primera especie extinta hace al menos 8.000 años montada para su exhibición pública en todo el mundo —antes que los dinosaurios reproducidos en plena época victoriana en Londres—, ahí reposa, discreto, sin que se le dé la importancia debida o sin que Spielberg, pese a ser una criatura genuinamente americana (del sur), la haya considerado para acompañar su parque Jurásico.
El del megaterio es un caso único en el mundo y ha sido cerrado como un callejón sin salida. Es un mamífero. No es un dinosaurio, pero merece haber entrado en la mitología de estas bestias por la atracción que generó. Ha desafíado a la ciencia, la paleontología, el diseño, el imaginario colectivo, la relación entre forma y realidad, designada conjuntamente entre investigadores y artistas para que los pobres mortales nos hagamos una idea de cómo debió ser la vida en este planeta hace millones de años.
“Es un expediente X completo”, dice Juan Pimentel, historiador de la ciencia, espléndido divulgador, amigo de enigmas con razones ocultas para ser desveladas a la vista. Cuando escribió El rinoceronte y el megaterio (Abada Editores), este experto equiparó el caso al de la bestia diseñada por Durero, que se dio por válido como modelo desde el siglo XVI hasta que imágenes más realistas nos presentaran al animal tal cual es.
Pero la vestimenta, la piel, la carne, el contorno del megaterio, nuestro querido monstruo extinto, siempre será un misterio. Habrá que conformarse con imaginarlo. Desapareció del hábitat 8.000 primaveras atrás, después de haber permanecido como parte de un paisaje desafiante para nuestra imaginación al menos 18 millones de años.


Ilustración del megaterio en un diccionario de 1849, según el dibujo de Cuvier.
Corría en el calendario el 1788 cuando llegó a Madrid. Un fraile dominico, Manuel Torres, lo había desempolvado un año antes en las inmediaciones de un barranco cercano a Luján, provincia de Buenos Aires. Allí habían aparecido los enormes huesos que componían la criatura de unos seis metros y que después tendría ocasión de estudiar Charles Darwin en sus viajes por Argentina hacia 1833.
Torres no era un científico, pero venía a ser considerado el erudito en fósiles de la zona. Nada más acabar de desenterrarlo se lo comunicó al virrey y quizás lo vio dibujado por Francisco Javier Pizarro, teniente del cuerpo de artillería que había sido enviado para dar cuenta. Pero fue José Custodio Saá y Faria quien desde luego hizo este trabajo para documentar los datos del ejemplar antes de que fuera trasladado a Madrid.
¿Qué era? ¿Un herbívoro con garras de carnívoro? ¿Un felino del tamaño de un paquidermo? El puzle no casaba. La confusión comienza a intrigar. Los expertos penetran en un túnel oscuro tratando de descifrar qué venía a ser aquello y más tarde en qué momento dejó de existir.
“Resultaba lo más parecido a una quimera, a esos animales que se describían como mezcla de otros ya conocidos en los relatos antiguos”, cuenta Pimentel. Centauros; sirenas; minotauros; elfos; la propia quimera con su vientre de cabra, patas de dragón, cabeza leonina escupiendo fuego… Entraban en el mundo de la fantasía, aplicaban a la ciencia las reglas de lo imaginado por inventores de historias con dragones y princesas para encontrar una explicación digna del fenómeno.
Los interrogantes se amontonaban. ¿Anfibio o acuático? 18 vértebras por encajar formaban la columna de unos 3,5 metros. La cabeza medía unos 70 centímetros. Aquello podía pesar 175 kilos. No es un elefante, no es un rinoceronte. ¿Qué demonios es? “Un monstruo”, acertaba a decir solamente el propio Torres.
Del nuevo mundo tampoco se podía esperar menos que lo ignoto, lo diferente, lo inimaginable. Hasta el rey Carlos III quería saber a toda costa qué era eso de lo que todo el mundo hablaba y nadie acertaba a descubrir. Ya desembarcados los restos, quedan en manos de Juan Bautista Bru de Ramón, pintor y disecador del Real Gabinete de Historia Natural —antecedente del museo de ciencias—, que lo trata como animal muy corpulento y raro.
Lo malo es que, lejos de ser naturalista, Bru de Ramón “no pasaba de pintor y taxidermista con dudosa reputación”, cuenta Pimentel. Así que lo adaptó libremente. “Serró, limó y cortó varios huesos, rellenó de corcho otros, colocó piezas de forma defectuosa, añadió, alteró su anatomía…”. Lo descuajeringó un poco, dicho sea de paso, y finalmente lo dispuso en una postura inadecuada o más bien “pésima”, como años después lo juzgó Mariano de la Paz Graells, gran naturalista de la época isabelina.
De bestia enigmática habíamos pasado directamente a engendro. Había llegado el momento de que entrara en escena un grande en la materia. Georges Cuvier era el hombre. El número uno en esas lides. “Lo malo es que Cuvier pasaba por ser científico de gabinete más que de campo y no vio los huesos”. Se limitó a reconstruir el ejemplar mediante dibujos. He ahí un impacto fundamental que quiso ahorrarse: haberlo observado en su dimensión real.
El entonces joven científico (1769-1832), que acabó siendo invitado por Napoleón a su campaña de Egipto —cosa que rechazó por no salir del estudio—, tampoco viajó a Madrid para la tarea de reconstrucción que le hubiese gustado ver al mismo Thomas Jefferson, muy interesado en el caso. Aun así, con los planos, podríamos decir, resolvió el enigma. Incluso pese a reconocer que pertenecía a una especie completamente desconocida, lo designó con su nombre real, que ha quedado ya para la historia: Megatherium americanum y afirmó que se trataba de un edentado, un perezoso extinto del que fueron apareciendo muestras más tarde.
Esos ejemplares sirvieron para dar identidad paleontológica a los países nacientes de América del sur. Tanto que hoy es un símbolo en Argentina, todo un orgullo nacional. Sabemos ya que se erguía sobre dos patas, por ejemplo. El megaterio de Luján que hoy se exhibe en Madrid, no. Reposa sobre cuatro. Con ello nos interroga. ¿Son realmente los seres de otras épocas tal y como los vemos en el imaginario que nos han planteado artistas y científicos? “Dentro de unos años, incluso la imaginería paleontológica más avanzada de hoy quedará superada por otros descubrimientos”, comenta Pimentel. Y el reto de la ciencia al arte —y viceversa— seguirá en pie, aunque el camino que acerca el pasado a nuestros ojos deberán recorrerlo, como siempre, juntos.