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viernes, 9 de noviembre de 2012

PRENSA. "Los creyentes". Jordi Soler

Jordi Soler

   En "El País":

Los creyentes

La credulidad de esa gran masa que se informa cada minuto es una pieza clave de la crisis económica

 4 NOV 2012

El polifacético empresario P.T Barnum ha pasado a la historia como el inventor del show business. La biografía de este controvertido personaje, que empezó a hacer fortuna en la primera mitad del siglo XIX, ofrece a los habitantes de nuestro destartalado milenio una visión básica, larvaria y sumamente pedagógica, del feroz capitalismo que hoy gobierna el planeta, y de esa útil franja gris en la que se diluye la información que no conviene explicar.
Barnum, cuyas iniciales significaban Phineas Taylor, poseía, en 1829, a los veinte años de edad, un enorme almacén donde vendía de todo, desde un termómetro hasta un caballo.
Es probable que aquel muchacho espabilado haya sido también el inventor del supermercado.
Desde aquel negocio, digamos, convencional, P.T. vislumbró que el dinero de verdad estaba en el mundo del espectáculo y, para llegar hasta él, dedicó siete años a cabildear, a establecer alianzas y complicidades, con el objetivo de conseguir el permiso para establecer un misterioso negocio que, originalmente, prohibía la ley del Estado de Nueva York. Como no había dificultad que lo detuviera, y en todo caso estas le servían de acicate, en 1836 consiguió inaugurar un teatro poliédrico, escorado hacia el circo y el bar, que tenía el desasosegante nombre de 'Gran teatro musical y científico Barnum'.
Dentro de aquel teatro, que ocupaba todo un edificio, actuaba y se exhibía una delirante troupe compuesta por gigantes y enanos, mujeres barbadas y negros albinos, un grupo actoral que a un empresario de este siglo nuestro le hubiera costado la clausura del lugar, pero no a P.T. Barnum, que en esos años estaba inventando el show business; era pionero de un negocio que nadie había tenido tiempo de tipificar, y podía darse el lujo de exhibir dos piezas, increíblemente fraudulentas, que acabaron haciéndolo muy rico: la momia, falsa, de una mujer-pez, de nombre artístico 'La sirena Fiji', y una mujer paralítica y ciega, de ochenta años, a la que la publicidad del espectáculo achacaba ciento sesenta y el dudoso pedigrí de haber sido la enfermera de George Washington.

Unos cuantos listos siguen viviendo a costa de una multitud de idiotas
Esto que cuento aquí es de verdad, y aunque hoy puede parecernos una chapuza colosal y, en el caso específico de la viejecita, una canallada que raya en el delito, la gente de Nueva York acudía en masa a ver eso, y todo lo que presentaba P.T. Barnum.
Pero lo verdaderamente escalofriante de la biografía de este empresario era su divisa, la idea sobre la que fundamentó su imperio: “cada segundo nace un nuevo idiota”.
P.T. Barnum no tenía ni escrúpulos ni vergüenza, era un empresario muy convincente y su propuesta resultaba atractiva; la gente se acercaba a su negocio sin oponer resistencia, se dejaba llevar y muy pocos dudaban de la veracidad de la enfermera o de la autenticidad de la sirena Fiji. ¿Cómo podía ser toda esa gente tan ingenua, y P.T. Barnum tan descarado? Seguramente porque así está estructurada la sociedad, hay listos que viven de una gran masa de personas que creen en ellos, en lo que dicen y en lo que hacen y proponen.
Creer es más fácil que no creer, implica menos tiempo y menos esfuerzo, sobre todo en esta época donde la información copa todos los espacios públicos y domésticos, y todo lo que hace el ciudadano es dejarla entrar, y permitir que influya en su punto de vista y en sus decisiones. En ese mar de datos, desprovistos de su contexto, que bulle cada minuto en las pantallas del ordenador o del teléfono móvil o la televisión, se nos dicen un montón de cosas en las que hay que creer, o no, como si se tratara un dogma de fe, porque van avaladas y amplificadas por un medio de comunicación serio, o por una institución solemne como la banca o el Estado.
La credulidad de esa gran masa que consume información cada minuto, es una de las piezas clave de la crisis económica. Desde luego que la banca abusó de su clientela, pero también la clientela tiene la responsabilidad de haber creído, de haber tenido fe en el banco en lugar de reflexionar sobre la conveniencia de obtener dinero tan fácilmente. La banca nos vendió a la sirena Fiji, y a la enfermera del presidente Washington, a esta gran masa de idiotas, que nacemos cada segundo, y que tan bien tenía identificada el listo de P.T. Barnum.

Deberíamos pedir que alguien nos explique los detalles de la independencia de Cataluña
Es verdad que el eje del poder mundial se ha corrido hacia el Este y que la geopolítica tiene nuevos e inquietantes elementos; sin embargo el orden mundial que estableció P.T. Braun sigue intacto: unos cuantos listos siguen viviendo a costa de una multitud de idiotas.
Cada día recibimos información para creyentes, datos que apelan más a la fe que a la ciencia, en todos los campos y disciplinas de la existencia. Se nos informa de las bondades indiscutibles de la comida orgánica, sin presentarnos nunca un análisis riguroso, con pruebas, resultados y estadísticas, para que podamos reflexionar y decidir, y con base en esa misma credulidad, en esa ausencia flagrante de contexto y de relato, se nos habla, con menos sensatez que autoridad, de lo nefastos, o no, que resultan para la infancia los juegos electrónicos; de la importancia, o no, de amamantar a los niños, hasta los tres, seis u ocho meses; también se nos informa, por escrito o en una tertulia radiofónica, de lo perjudicial que resulta la cercanía del teléfono móvil para ciertos órganos vitales, y se nos venden como rigurosamente ciertos, aunque no lo sean, los ingredientes que aparecen en el empaque del cereal, o de la bollería industrial o de los refrescos, y de paso se nos habla de las propiedades cancerígenas que adquiere el agua recalentada por el sol dentro de un botellín de plástico convencional. Sobre este último caso hay un debate serio en Estados Unidos cuyo resultado son unas botellas de plástico anti cancerígenas, que inventó el P.T. Barnum de turno, y que cuestan diez veces más que un botellín de agua normal.
Todo esto es información para creyentes, datos que no resisten el análisis y que circulan por esa franja gris, donde nada es mentira ni verdad, en la que los listos se mueven como peces en el agua.
Los creyentes servimos a todos los niveles y nuestra credulidad resulta especialmente gravosa en un momento crítico como este, en el que los idiotas que nacemos cada segundo, tendríamos que ser absolutamente escépticos ante esa información abstracta, y convenientemente opaca, que se nos administra todos los días como, por ejemplo, los indicadores económicos, las cifras del rescate financiero, el ahorro que suponen los recortes, las medidas que se están tomando para paliar la crisis y los años que nos va a tomar recuperarnos, y ya montados en ese saludable escepticismo, deberíamos pedir que alguien nos explique los detalles de la independencia de Cataluña, un proyecto para el que la fe no parece instrumento suficiente.
Los ciudadanos requerimos más datos que nos permitan entender lo que está pasando, porque estos temas tan graves no podemos enfrentarlos con la tranquilidad y la ingenuidad de los creyentes.

viernes, 13 de julio de 2012

PRENSA CULTURAL. "Ahogados en información", por Manuel Rodríguez Rivero

Manuel Rodríguez Rivero

   En "El País":
Ahogados en información
Manuel Rodríguez Rivero 22 FEB 2012

   Leo -hasta donde puedo: se trata de un libro exigente con el lector escaso de conocimientos matemáticos- La información (editorial Crítica), el best-seller de James Gleick que la crítica anglohablante ha saludado como una de las obras imprescindibles de la alta divulgación científica de los últimos años. Su objeto es el que enuncia su título: la información, no solo en lo que se refiere a su condición de vehículo de conocimiento (o de simples datos), sino a su misma naturaleza. ¿Qué es lo que tienen en común el tambor africano de dos tonos y el telégrafo electromagnético de Morse? ¿Qué hermana las tabletas babilónicas de arcilla atestadas de signos cuneiformes con la Biblia de 42 líneas de Gutenberg o con el e-book de nuestros días? ¿Y a las señales de tráfico con el ADN?
   Vivimos absolutamente interconectados en una gigantesca nube de información. Incluso hay quienes sostienen, como Richard Dawkins, que desde nuestros mismos genes somos pura información: es decir, palabras, instrucciones, datos. Gleick analiza en su libro las formas en que se ha desplegado en la historia, desde el nacimiento del lenguaje hasta el parloteo globalizado e incesante de la actual twittesfera (permítanme el neologismo), explicando el modo en que los cambios tecnológicos han propiciado diferentes procedimientos de organizarla y procesarla, y deteniéndose en el papel que en ese largo camino han tenido personajes fascinantes -y, a veces, atrabiliarios- como Charles Babbage (1791-1871), pionero de la computación, Alan Turing (1912-1954), matemático y criptógrafo, o Claude Shannon (1916-2001), ingeniero electrónico y reputado padre de la llamada teoría de la información.
   Más allá de las tesis de Gleick, lo cierto es nos ahogamos en información. Es muy posible que parecida sensación haya sido experimentada en otros momentos de la historia: en la Europa del XVI, por ejemplo, cuando la imprenta incrementó exponencialmente la cantidad de lo escrito y la multiplicación de los libros allanó el paso de la lectura intensiva a la extensiva. O cuando surgieron los diarios. O, mucho más tarde, cuando se popularizaron inventos como el teléfono, la radio y la televisión. Pero lo que ocurre ahora es que hemos llegado a rizar el rizo: mediante Twitter y Facebook estamos a punto de conseguir que cada momento de nuestra vida -de la de cada cual- pueda obtener su reflejo, su réplica "informativa". Como si cada una de nuestras acciones, pensamientos y sentimientos (casuales o impostados, verdaderos o fingidos) pudiera archivarse acrítica e inmediatamente en una gigantesca nube de información susceptible de ser universalmente compartida, como una especie de doble o calco virtual de nuestra realidad, de modo semejante a aquel monstruoso mapa borgiano que reproducía con total exactitud y a tamaño natural cada uno de los accidentes del imperio cartografiado.
   De modo que estamos cada vez más informados, pero no somos necesariamente más sabios. Confundimos no solo información con conocimiento, sino también, como apuntaba en este mismo periódico el filósofo Manuel Cruz, conocimiento y experiencia, lo que nos lleva indefectiblemente a la infatuación del presente y de lo meramente testimonial, una forma enfermiza de celebrarnos a nosotros mismos y a nuestras acciones, obviando que, además de información, necesitamos, por ejemplo, perspectiva.
   El periodismo -inevitablemente presentista- debería tenerlo en cuenta y marcar ciertas distancias, reinventándose una vez más y acotando con mayor nitidez las diferencias entre los canales a través de los que suministra la información. Podría lograrlo desviando de vez en cuando su mirada del deslumbrante fulgor de lo actual-instantáneo (a menudo, el imperio de la anécdota) y abriéndose sin temor a la reflexión y al comentario, como en sus orígenes ilustrados y dieciochescos. De ese modo, aunque resulte paradójico, cumpliría mejor su secular misión de informar (bien) a muchos de lo que (todavía) saben pocos.

lunes, 19 de septiembre de 2011

PRENSA. "Más información, menos conocimiento", por Mario Vargas Llosa

Mario Vargas Llosa

   En "El País":
Más información, menos conocimiento

   La imparable robotización humana por Internet cambiará la vida cultural y hasta cómo opera nuestro cerebro. Cuanto más inteligente sea nuestro ordenador, más tontos seremos nosotros.

MARIO VARGAS LLOSA 31/07/2011

   Nicholas Carr estudió Literatura en 'Dartmouth College' y en la Universidad de Harvard y todo indica que fue en su juventud un voraz lector de buenos libros. Luego, como le ocurrió a toda su generación, descubrió el ordenador, el Internet, los prodigios de la gran revolución informática de nuestro tiempo, y no sólo dedicó buena parte de su vida a valerse de todos los servicios online y a navegar mañana y tarde por la Red; además, se hizo un profesional y un experto en las nuevas tecnologías de la comunicación sobre las que ha escrito extensamente en prestigiosas publicaciones de Estados Unidos e Inglaterra.
   Un buen día descubrió que había dejado de ser un buen lector, y, casi casi, un lector. Su concentración se disipaba luego de una o dos páginas de un libro, y, sobre todo si aquello que leía era complejo y demandaba mucha atención y reflexión, surgía en su mente algo así como un recóndito rechazo a continuar con aquel empeño intelectual. Así lo cuenta: "Pierdo el sosiego y el hilo, empiezo a pensar qué otra cosa hacer. Me siento como si estuviese siempre arrastrando mi cerebro descentrado de vuelta al texto. La lectura profunda que solía venir naturalmente se ha convertido en un esfuerzo".
   Preocupado, tomó una decisión radical. A finales de 2007, él y su esposa abandonaron sus ultramodernas instalaciones de Boston y se fueron a vivir a una cabaña de las montañas de Colorado, donde no había telefonía móvil y el Internet llegaba tarde, mal y nunca. Allí, a lo largo de dos años, escribió el polémico libro que lo ha hecho famoso. Se titula en inglés The Shallows: What the Internet is Doing to Our Brains y, en español, Superficiales: ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes? (Taurus, 2011). Lo acabo de leer, de un tirón, y he quedado fascinado, asustado y entristecido.
   Carr no es un renegado de la informática, no se ha vuelto un ludita contemporáneo que quisiera acabar con todas las computadoras, ni mucho menos. En su libro reconoce la extraordinaria aportación que servicios como el de Google, Twitter, Facebook o Skype prestan a la información y a la comunicación, el tiempo que ahorran, la facilidad con que una inmensa cantidad de seres humanos pueden compartir experiencias, los beneficios que todo esto acarrea a las empresas, a la investigación científica y al desarrollo económico de las naciones.
   Pero todo esto tiene un precio y, en última instancia, significará una transformación tan grande en nuestra vida cultural y en la manera de operar del cerebro humano como lo fue el descubrimiento de la imprenta por Johannes Gutenberg en el siglo XV que generalizó la lectura de libros, hasta entonces confinada en una minoría insignificante de clérigos, intelectuales y aristócratas. El libro de Carr es una reivindicación de las teorías del ahora olvidado Marshall MacLuhan, a quien nadie hizo mucho caso cuando, hace más de medio siglo, aseguró que los medios no son nunca meros vehículos de un contenido, que ejercen una solapada influencia sobre éste, y que, a largo plazo, modifican nuestra manera de pensar y de actuar. MacLuhan se refería sobre todo a la televisión, pero la argumentación del libro de Carr, y los abundantes experimentos y testimonios que cita en su apoyo, indican que semejante tesis alcanza una extraordinaria actualidad relacionada con el mundo del Internet.
   Los defensores recalcitrantes del software alegan que se trata de una herramienta y que está al servicio de quien la usa y, desde luego, hay abundantes experimentos que parecen corroborarlo, siempre y cuando estas pruebas se efectúen en el campo de acción en el que los beneficios de aquella tecnología son indiscutibles: ¿quién podría negar que es un avance casi milagroso que, ahora, en pocos segundos, haciendo un pequeño clic con el ratón, un internauta recabe una información que hace pocos años le exigía semanas o meses de consultas en bibliotecas y a especialistas? Pero también hay pruebas concluyentes de que, cuando la memoria de una persona deja de ejercitarse porque para ello cuenta con el archivo infinito que pone a su alcance un ordenador, se entumece y debilita como los músculos que dejan de usarse.
   No es verdad que el Internet sea sólo una herramienta. Es un utensilio que pasa a ser una prolongación de nuestro propio cuerpo, de nuestro propio cerebro, el que, también, de una manera discreta, se va adaptando poco a poco a ese nuevo sistema de informarse y de pensar, renunciando poco a poco a las funciones que este sistema hace por él y, a veces, mejor que él. No es una metáfora poética decir que la "inteligencia artificial" que está a su servicio, soborna y sensualiza a nuestros órganos pensantes, los que se van volviendo, de manera paulatina, dependientes de aquellas herramientas, y, por fin, en sus esclavos. ¿Para qué mantener fresca y activa la memoria si toda ella está almacenada en algo que un programador de sistemas ha llamado "la mejor y más grande biblioteca del mundo"? ¿Y para qué aguzar la atención si pulsando las teclas adecuadas los recuerdos que necesito vienen a mí, resucitados por esas diligentes máquinas?
   No es extraño, por eso, que algunos fanáticos de la Web, como el profesor Joe O'Shea, filósofo de la Universidad de Florida, afirme: "Sentarse y leer un libro de cabo a rabo no tiene sentido. No es un buen uso de mi tiempo, ya que puedo tener toda la información que quiera con mayor rapidez a través de la Web. Cuando uno se vuelve un cazador experimentado en Internet, los libros son superfluos". Lo atroz de esta frase no es la afirmación final, sino que el filósofo de marras crea que uno lee libros sólo para "informarse". Es uno de los estragos que puede causar la adicción frenética a la pantallita. De ahí, la patética confesión de la doctora Katherine Hayles, profesora de Literatura de la Universidad de Duke: "Ya no puedo conseguir que mis alumnos lean libros enteros".
   Esos alumnos no tienen la culpa de ser ahora incapaces de leer Guerra y Paz o El Quijote. Acostumbrados a picotear información en sus computadoras, sin tener necesidad de hacer prolongados esfuerzos de concentración, han ido perdiendo el hábito y hasta la facultad de hacerlo, y han sido condicionados para contentarse con ese mariposeo cognitivo a que los acostumbra la Red, con sus infinitas conexiones y saltos hacia añadidos y complementos, de modo que han quedado en cierta forma vacunados contra el tipo de atención, reflexión, paciencia y prolongado abandono a aquello que se lee, y que es la única manera de leer, gozando, la gran literatura. Pero no creo que sea sólo la literatura a la que el Internet vuelve superflua: toda obra de creación gratuita, no subordinada a la utilización pragmática, queda fuera del tipo de conocimiento y cultura que propicia la Web. Sin duda que ésta almacenará con facilidad a Proust, Homero, Popper y Platón, pero difícilmente sus obras tendrán muchos lectores. ¿Para qué tomarse el trabajo de leerlas si en Google puedo encontrar síntesis sencillas, claras y amenas de lo que inventaron en esos farragosos librotes que leían los lectores prehistóricos?
   La revolución de la información está lejos de haber concluido. Por el contrario, en este dominio cada día surgen nuevas posibilidades, logros, y lo imposible retrocede velozmente. ¿Debemos alegrarnos? Si el género de cultura que está reemplazando a la antigua nos parece un progreso, sin duda sí. Pero debemos inquietarnos si ese progreso significa aquello que un erudito estudioso de los efectos del Internet en nuestro cerebro y en nuestras costumbres, Van Nimwegen, dedujo luego de uno de sus experimentos: que confiar a los ordenadores la solución de todos los problemas cognitivos reduce "la capacidad de nuestros cerebros para construir estructuras estables de conocimientos". En otras palabras: cuanto más inteligente sea nuestro ordenador, más tontos seremos.
   Tal vez haya exageraciones en el libro de Nicholas Carr, como ocurre siempre con los argumentos que defienden tesis controvertidas. Yo carezco de los conocimientos neurológicos y de informática para juzgar hasta qué punto son confiables las pruebas y experimentos científicos que describe en su libro. Pero éste me da la impresión de ser riguroso y sensato, un llamado de atención que -para qué engañarnos- no será escuchado. Lo que significa, si él tiene razón, que la robotización de una humanidad organizada en función de la "inteligencia artificial" es imparable. A menos, claro, que un cataclismo nuclear, por obra de un accidente o una acción terrorista, nos regrese a las cavernas. Habría que empezar de nuevo, entonces, y a ver si esta segunda vez lo hacemos mejor.

   © Derechos mundiales de prensa en todas las lenguas reservados a Ediciones EL PAÍS, SL, 2011. © Mario Vargas Llosa, 2011.

martes, 12 de julio de 2011

PRENSA. "El fin de la erudición", por Ignacio Sánchez-Cuenca

Ignacio Sánchez-Cuenca

   En "El País":
El fin de la erudición

IGNACIO SÁNCHEZ-CUENCA 04/06/2011

   En la clasificación universal de los pelmazos, el erudito sobresale por encima de todos los demás. Resulta más insoportable incluso que el pedante. Aunque el pedante sea una figura unánimemente vilipendiada, conviene recordar que, a diferencia del erudito, tiene cierta querencia por hacer el ridículo ante los demás, lo cual acaba provocando la hilaridad general. El erudito, en cambio, ni siquiera mueve a la risa. El erudito es un personaje profundamente irritante. En una tertulia o en una cena pasará por las narices de sus compañeros datos de toda índole que solo una mente enciclopédica como la suya es capaz de almacenar. Hablará con idéntico aplomo sobre el origen de la tabla periódica de los elementos, el canon digital o la nueva narrativa uzbeka, que, como todo el mundo sabe, está de moda.
   Al erudito ninguna pregunta le sorprende. Incluso sabe qué se cuece en el Comité Federal del PSOE. No se olvide que hay eruditos desviados que malgastan su talento aprendiendo datos absurdos sobre equipos de fútbol o competiciones de fórmula 1. Esta variedad es tan insustancial que no merece perder más tiempo con ella. Otra derivación erudita asimismo lamentable es la de quien está a la última de todo y conoce todo lo que se está haciendo en cada momento y en cada campo del saber y de las artes. Tampoco diré nada sobre el erudito obsesivo, que llega a saberlo todo sobre la vida de Napoleón Bonaparte pero luego no sabe quién es Carmen de Mairena.
   El erudito suele pertenecer al género masculino. Carece de sentido del humor y adopta un tono severo y grave ante la estupidez circundante. Como es natural, su ecosistema más favorable es el académico. Recuerden esas tesis doctorales que se escriben sobre el uso del dativo en Terencio.
   Si se trata de hombre y catedrático de universidad, la probabilidad de que acabe siendo un erudito es 0,763, según los estudios más solventes. Los aires de importancia que se dan nuestros catedráticos son directamente proporcionales a su grado de erudición. Cuando se encuentran varios de ellos, en una oposición, tribunal de tesis o reunión académica, se establece una competición, no menos ritualizada que la que entablan los machos cabríos en celo, por ver quién es capaz de demostrar una erudición más rebuscada.
   Al erudito no le interesa la fama ni el dinero. Se contenta con presumir de que es un sabiondo. ¿Hay acaso algún rasgo de la personalidad más repelente que este?
   Pues bien, traigo malas noticias para los eruditos. Constituyen una especie en peligro de extinción. Internet amenaza su supervivencia. Antiguamente, el erudito se aprovechaba de un acceso privilegiado a las fuentes de información. Sabía dónde buscar, qué leer y a quién citar. Hoy los datos están al alcance de todos, a golpe de ratón. Basta asomarse a Google, teclear cualquier expresión, por remota o inverosímil que resulte, y al instante tenemos decenas, cuando no miles de páginas en las que podemos encontrar la información que buscamos. El instrumento más asombroso es la Wikipedia. Ahí parece estar todo.
   Hay en la Red toda clase de trabajos sobre los temas más variopintos, referencias bibliográficas, citas, anécdotas, notas a pie de página prefabricadas..., un auténtico festín para el estudiante perezoso. No debe extrañar que se detecte un aumento exponencial del plagio. Demasiado tentador es Internet. Todo esto horroriza al erudito, quien actúa como un verdadero aristócrata del saber. Impávido ante su decadencia, el erudito sabe más acerca de Internet y de Google que cualquiera de sus usuarios ordinarios. Pero de nada le sirve ya, pues estamos asistiendo a una democratización integral del conocimiento que hace irrelevante su figura.
   Esta revolución del conocimiento tendrá como consecuencia que ya no se valoren los trabajos por la información que reúnen, sino por su originalidad y creatividad. El valor añadido de la erudición es mínimo en la situación presente. Los profesores tendrán que pedir otro tipo de trabajos a sus estudiantes. Los lectores demandarán algo más que información bien ordenada y presentada. Y el prestigio del intelectual o del investigador no dependerá de su memoria particular, sino de su capacidad para decir algo interesante.
   Ay, esos catedráticos a los que antes he aludido y que saben sobre Habermas más que el propio Habermas, ven ahora cómo el arte del refrito, con tanta maestría cultivado durante décadas, pierde el aprecio del público. Quizá les dé por decir algo original, todo es posible en este mundo globalizado y en cambio permanente. Internet se está transformando en biblioteca universal y memoria común de la humanidad. Todo queda allí depositado. ¿Para qué nos hacen falta intermediarios?
   Permítanme que acabe con una cita erudita. Antes de que existiera Internet, los apuntes de clase, la imprenta o la fotocopiadora, Heráclito de Éfeso, apodado El Oscuro, ya dejó su sentencia lapidaria: "La mucha erudición (polimathia) no enseña a tener inteligencia". Si teclean en Google "Heráclito" + "erudición" encontrarán 75.500 resultados. La frase a mí me la enseñó mi profesor de griego clásico, Rafael Castillo, y durante años presumí pronunciándola en su lengua original. Qué tiempos aquellos.

   Ignacio Sánchez-Cuenca es profesor de Sociología en la Universidad Complutense y autor de Más democracia, menos liberalismo (Katz).

miércoles, 1 de junio de 2011

PRENSA. 1 junio 2011

   En "El País":

1. Dónde están. Columna de Elvira Lindo.

2. Retrato de una Academia anclada en la Historia. Reportaje de Tereixa Constenla y Javier Rodríguez Marcos. Ritos religiosos, cargos vitalicios, rotunda hegemonía masculina y una desatención por la España contemporánea lastran la institución. ¿Dictador o autoritario?

3. Los vigilantes de humo. Por Manuel Rodríguez Rivero.

4. ¿Trabajadoras o siervas? Reportaje de María R. Sahuquillo. Las empleadas de hogar se rigen por regulaciones desfasadas que las hacen vulnerables a la explotación - De 700.000 hogares con servicio, menos de 300.000 cotizan - El Gobierno negocia fórmulas para incluirlas en el régimen general.

5. Entre recordar y olvidar. Artículo de Pablo Salvador Coderch, catedrático de Derecho Civil en la Universidad 'Pompeu Fabra'. Sobre internet y la libertad de prensa.

6. Reforma y represión en Cuba. Por el historiador cubano Rafael Rojas.

7. ¿El fin del principio? M. Á. Bastenier sobre la derrota de Berlusconi.

lunes, 4 de abril de 2011

PRENSA. 4 abril 2011

   En "El País":

1. Una mujer denuncia el secuestro de sus hijas en un hospital de Málaga. Por Jesús Duva y Natalia Junquera. Le dijeron que estaban muertas y enterradas y después, negaron que nacieran allí.

2. En la era de 'digileaks'. Artículo de Timothy Garton Ash, catedrático de 'Estudios Europeos' en la Universidad de Oxford e investigador titular en la 'Hoover Institution' de la Universidad de Stanford. Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia.

3. La encrucijada siria. Artículo de Ignacio Álvarez-Ossorio, profesor de 'Estudios Árabes e Islámicos' de la Universidad de Alicante y autor de Siria contemporánea (Síntesis, 2009). El Asad opta por el numantinismo. Afirma que las reformas democráticas pueden esperar y que en ningún caso van a realizarse bajo presión popular. Así solo pueden incrementarse el malestar y la inestabilidad.

4. Una incipiente inmigración pone a prueba la excelencia finlandesa. Por J. A. Aunión. La escuela más admirada del mundo debe atender a una sociedad cada vez más heterogénea - El país sigue confiando en el pilar de su éxito: los buenos maestros.

lunes, 7 de marzo de 2011

PRENSA. "Los límites de la transparencia", artículo de Daniel Innerarity

Daniel Innerarity

   En "El País":
Los límites de la transparencia

DANIEL INNERARITY 22/02/2011

   El signo de nuestra época es la inmediatez. Nada nos resulta más sospechoso que las mediaciones, los intermediarios, las construcciones y las representaciones. Pensamos que para conocer la verdad basta que los datos estén al alcance; que una democracia solo necesita que nada nos impida decidir. En nuestro inconsciente colectivo consideramos que son más útiles los datos que las interpretaciones y, por el mismo prejuicio, tendemos a pensar que es más democrático participar que delegar. Una similar desconfianza ante las mediaciones nos lleva a suponer automáticamente que algo es verdadero cuando es transparente, que toda representación falsifica y que todo secreto es ilegítimo. No hay nada peor que un intermediario. Por eso nos resulta de entrada más cercano un filtrador que un periodista, un aficionado que un profesional, las ONG que los Gobiernos y, por eso mismo, nuestro mayor desprecio se dirige a quien representa la mayor mediación: como nos recuerdan las encuestas, nuestro gran problema es... la clase política. La actual fascinación por las redes sociales, la participación o la proximidad pone de manifiesto que la única utopía que sigue viva es la de la desin-termediación.
   Estando así las cosas, nadie podía sorprenderse de que las filtraciones de Wikileaks hayan sido recibidas como una confirmación de lo que ya sabíamos: que el sistema es malísimo y nosotros, inocentes. Coincide esto en el tiempo con una crisis económica cuyos exégetas llevan tiempo repitiendo que la estamos pagando los que no la hemos provocado. Afortunadamente, nosotros no formamos parte de ese mercado que se dedica a conspirar y atacar. Identificados los problemas y asignadas las responsabilidades, nos hemos ahorrado casi todo el trabajo de pensar un mundo complejo y adaptar la democracia a las nuevas realidades. La indignación puede seguir sustituyendo cómodamente a la reflexión y al esfuerzo democrático.
   La transparencia es, sin duda, uno de los principales valores democráticos, gracias a la cual la ciudadanía puede controlar la actividad de sus cargos electos, verificar el respeto a los procedimientos legales, comprender los procesos de decisión y confiar en las instituciones políticas. Ahora bien, ¿tan seguros estamos de que disponer libremente de 250.000 documentos de la diplomacia americana nos hace más inteligentes y mejores demócratas? ¿Sabríamos más del mundo si se suprimieran todos los secretos? ¿Somos mejores ciudadanos a medida que vamos descubriendo lo torpes y cínicos que son muchas de nuestras autoridades?
   No deberíamos dejarnos seducir por la idea de que estamos ante un mundo de información disponible, transparente y sin secretos. De entrada, porque somos conscientes de que determinadas negociaciones exitosas del pasado no se hubieran producido si hubieran sido retransmitidas en directo. Existe algo que podríamos denominar los beneficios diplomáticos de la intransparencia. Por supuesto que en este aspecto muchos procedimientos tradicionales están llamados a desaparecer y quien a partir de ahora participe en un proceso diplomático ha de saber que muchas cosas terminarán por saberse. Pero también es cierto que la exigencia de una transparencia total podría paralizar la acción pública en no pocas ocasiones. Hay compromisos que no pueden alcanzarse con luz y taquígrafos, lo que suele provocar que los actores radicalicen sus posiciones. Pese a ciertas celebraciones apresuradas de un inminente mundo sin doblez ni zonas de sombra, la distinción entre escenarios y bastidores sigue siendo necesaria para la política.
   Pero es que hay también una ambigüedad de la transparencia desnuda, no contextualizada. Es una ilusión pensar que basta con que los datos sean públicos para que reine la verdad en política, los poderes se desnuden y la ciudadanía comprenda lo que realmente pasa. Además del acceso a los datos públicos, está la cuestión de su significado. Poner en la red grandes cantidades de datos y documentos no basta para hacer más inteligible la acción pública: hay que interpretarlos, entender las condiciones en las que han sido producidos, sin olvidar que generalmente no dan cuenta más que de una parte de la realidad.
   Además de límites, la transparencia puede tener efectos perversos. No son pocos los que han advertido que Internet se puede convertir en un instrumento de opacidad: al aumentar los datos suministrados a los ciudadanos, complica su trabajo de vigilancia. Es la opacidad y no la falta de transparencia lo que más empobrece las democracias. Obsesionarse con la transparencia descuidando todo lo demás equivale a equivocarse en el foco de atención.
   Y a este respecto cabe mencionar un efecto insólito en virtud del cual la realidad política nos resulta ininteligible no porque nos falten datos o porque no escrutemos atentamente a nuestros representantes, sino porque lo hacemos en exceso, de una manera constante e inmediata. La vigilancia extrema sobre los actores políticos puede llevarles a sobreproteger sus acciones. Un ejemplo de ello es el hecho de que muchos políticos, sabiendo que sus menores actos y declaraciones son examinados y difundidos, tienden a encorsetar su comunicación. La democracia está hoy más empobrecida por los discursos que no dicen nada que por el ocultamiento expreso de información.
   Las sociedades democráticas reclaman con toda razón un mayor y más fácil acceso a la información. Pero la abundancia de datos no garantiza vigilancia democrática; para ello hace falta, además, movilizar comunidades de intérpretes capaces de darles un contexto, un sentido y una valoración crítica. Separar lo esencial de lo anecdótico, analizar y situar en una perspectiva adecuada los datos exige mediadores que dispongan de tiempo y competencias cognitivas. Los partidos políticos son un instrumento imprescindible para reducir esa complejidad. En este trabajo de interpretación de la realidad también son inevitables los periodistas, cuyo trabajo no va a ser superfluo en la era de Internet, sino todo lo contrario. Pero estoy defendiendo la necesidad cognitiva del sistema político y de los medios de comunicación y no a sus representantes que, como todos, también son manifiestamente mejorables.
   Defender hoy este trabajo de mediación equivale a renunciar al grato favor de la corriente, porque casi nadie quiere renunciar a este cauce para el despliegue de la indignación que es la posibilidad de matar al mediador. Frente a todas las promesas de paciencia interpretativa, Internet es un espacio que ofrece participación y democracia directa, expresión y decisión sin intermediarios. Todo lo cual conecta con esa desconfianza democrática hacia el experto y la consiguiente celebración del ciudadano corriente que parece inobjetable democráticamente. La libertad del amateur frente al anquilosamiento del profesional, este vendría a ser el nuevo antagonismo para el que Internet constituye un formidable campo de batalla. La presencia del aficionado, del filtrador escandalizado, es muy importante y contribuye sin duda a democratizar el proceso de creación y circulación de información. Pero en realidad hay una cadena de cooperación muchísimo más compleja entre unos y otros: solo los grandes diarios de referencia tienen las competencias necesarias para explotar esas montañas de información. Al final, terminamos necesitando mediación, profesionalidad y representación. Sin ellas el mundo es menos inteligible y más ingobernable. Juzguemos si estas instancias hacen bien lo que deben y no nos dejemos capturar por la perezosa ilusión de que su mera carencia nos hará libres.

  Daniel Innerarity es catedrático de Filosofía Política y Social, investigador Ikerbasque en la Universidad del País Vasco y director del 'Instituto de Gobernanza Democrática' (http://www.globernance.com/).

miércoles, 18 de agosto de 2010

PRENSA. "El nuevo ecosistema de la información", por Diego Beas

Diego Beas
En "El País":
El nuevo ecosistema de la información

La filtración a la Red por WikiLeaks de documentos secretos del Pentágono sobre Afganistán es un ejemplo de distribución de información sin el control de los Estados ni los medios de comunicación tradicionales

DIEGO BEAS 05/08/2010

Hace apenas unas semanas le preguntaron a Daniel Ellsberg -responsable de filtrar a la prensa los Papeles del Pentágono en 1971- qué habría hecho hoy, en la era de las redes e Internet, si tuviera en sus manos documentos de la misma importancia de aquellos que fueron el principio del fin no solo de la guerra de Vietnam, sino también de la presidencia de Richard Nixon.
Sin dudarlo, Ellsberg, un hombre que casi alcanza los 80 años y que ha hecho del acceso a la información y la transparencia en el Gobierno una misión, respondió: compraría un escáner y los subiría a Internet.
El entrevistador, insatisfecho con la respuesta, le presionó: "Pero, ¿no considera que la prensa aporta algo; es decir, más allá de los datos y la información que contenían los Papeles del Pentágono, no fueron el New York Times y el Washington Post los que proporcionaron el contexto para interpretar lo que sucedía y cambiar el curso de la historia?".
Un Ellsberg escéptico respondió que no estaba tan seguro. Lo importante, enfatizó, es hacer pública la información; ponerla en manos de la opinión pública y dejar que la presión surja de allí; si pasa o no por los filtros de los medios de comunicación ha dejado de ser la clave.
¿De verdad? La semana pasada acabamos de atestiguar la que quizá sea la filtración más importante de la historia -al menos por el volumen de información-. En el centro, una combinación de viejos y nuevos medios que reivindica y refuta Ellsberg de manera simultánea. Una revelación que, sobre todo, ha puesto de relieve el complejo ecosistema informativo que emerge de Internet, las redes sociales y las posibilidades virtualmente ilimitadas de difundir información; una clara muestra de la pérdida de centralidad de los mass media y de la llegada de nuevas organizaciones con la capacidad de retar y poner en riesgo la seguridad del Estado.
La información filtrada la semana pasada consta de más de 75.000 documentos secretos del Pentágono redactados por operarios militares sobre el terreno. Proporcionan un detallado close up a más de un lustro de conflicto bélico; no se trata tanto de nueva información como de pequeñas piezas de un gran puzzle incompleto que ahora se comienza a revelar. Los documentos ofrecen detalles sobre el papel de los servicios de inteligencia paquistaníes, las muertes de civiles a lo largo del conflicto, aspectos de la estrategia de contrainsurgencia del Ejército estadounidense, entre varios más.
¿El responsable de la publicación? WikiLeaks, la elusiva y novel organización a medio camino entre una agencia de inteligencia privada, un ejército de hackers y expertos informáticos y un nuevo tipo de canal de difusión de información. La misma web que en abril publicó un vídeo de una matanza del Ejército estadounidense en el centro de Bagdad; la misma que en septiembre de 2008, en plena campaña presidencial en Estados Unidos, publicó los contenidos de una cuenta de correo extraoficial que Sarah Palin utilizaba para evadir las leyes de acceso a la información de Alaska; y la misma que reveló detalles sobre las negociaciones secretas del Gobierno de Islandia durante la crisis financiera del año 2008.
El sitio se define a sí mismo como un servicio público internacional diseñado para proteger a delatores, periodistas y activistas.
Aunque no se considera parte de los medios: "No somos prensa", afirma su fundador, Julian Assange. Son, dice, un grupo dedicado a defender fuentes de información. Lo que WikiLeaks proporciona es la plataforma para realizar las filtraciones: anónimas, sin intermediarios y sin otro objetivo que el de hacerlas públicas; se trate de correos electrónicos personales o de documentos clasificados que pongan en riesgo la seguridad nacional de países.
El objetivo es utilizar la Red para desafiar los secretos de Estado y obligar a la clase política a que rinda cuentas y opere de manera más transparente. Un terreno tradicionalmente reservado a los medios de comunicación que hoy, con la apertura de las redes y la multiplicación de los canales de difusión, organizaciones como WikiLeaks han comenzando a disputar.
Estamos ante el surgimiento, en palabras de Jay Rosen de la Universidad de Nueva York, de la organización informativa "sin Estado" -stateless-. Es decir, el nacimiento de un nuevo agente capaz de impactar informativamente en prácticamente cualquier país del mundo al tiempo que no se sujeta a ningún tipo de acuerdo tácito o explícito con Gobierno nacional alguno (una forma de control a la que siempre han estado sometidos los medios tradicionales). Por ello, al margen de los detalles específicos revelados en los Papeles de Afganistán, el quid de la filtración gira en torno a cómo se dio a conocer y qué consecuencias se vislumbran tanto para el Estado como para las propias organizaciones que durante al menos los dos últimos siglos han controlado la forma y los tiempos en los que se distribuye la información.
A diferencia de 1971, cuando se publicaron los 'Papeles del Pentágono', hoy existen múltiples canales y plataformas para llegar a la opinión pública. WikiLeaks lo sabe, y lo explota. Su decisión de proporcionar el material por adelantado a Der Spiegel, The Guardian y The New York Times fue una astuta medida que sobre todo consideró la ayuda que brindarían para interpretar y hacer digeribles los miles de folios escritos en jerga militar -una posibilidad que no utilizó cuando publicó el vídeo de la matanza en el centro de Bagdad-. En pocas palabras, es David utilizando a Goliat.
Además, en una era en la que el coste marginal de distribuir información ha descendido prácticamente a cero, surge también una nueva manera de valorar las noticias que explica en parte por qué WikiLeaks adelantó la información a tres medios cuidadosamente seleccionados. "Pensarías que cuanto más importante es un documento, más interés generaría en la prensa", afirma Assange. "Pero no es así. La clave ahora está en la oferta y demanda. Oferta cero aumenta la demanda, le otorga valor. Tan pronto como un material se publica en la Red y su oferta se hace infinita, el valor percibido se reduce a cero". Una nueva y por ahora confusa lógica que domina ya la era de la sobreabundancia de información.
Hablamos de un trasvase de poder sin precedentes: de los medios tradicionales a nuevos actores cuya fuerza principal reside en saber utilizar la ubicuidad de la Red para cambiar el sentido de los flujos de información; invertir el orden y tomar por asalto aquellos espacios que ya sea por negligencia, incompetencia o complicidad, los medios de comunicación y el Estado han dejado desocupados. Repentinamente y debido al poder de las redes, surge un nuevo tipo de organización capaz de reclamarlos e imponer sus exigencias.
Pero, así como las demandas hoy provienen de una organización que exige transparencia y apertura en los Gobiernos, mañana podrían venir de grupos terroristas o el crimen organizado, de especuladores financieros o grupos de interés. El mayor atractivo de las redes -anonimato, viralidad, interconexión-, afirma Evgeny Morozov, estudioso del tema, es también su mayor debilidad. Siempre se han utilizado y se podrán utilizar en cualquier sentido y para cualquier propósito.

Diego Beas es autor del libro de próxima aparición La reinvención de la política: Obama, Internet y la nueva esfera pública (Ediciones Península).

domingo, 19 de abril de 2009

PRENSA. 19 ABRIL 2009 (2)

En "Domingo" y "El País Semanal" (suplementos de "El País"):

1. Crisis e información. Ampliar la cobertura de las noticias internacionales en un mundo interconectado puede resultar imprescindible para mejorar el entendimiento entre los países. Artículo de Timothy Garton Ash.

2. Un tormento llamado Trovan. En 1996, la farmacéutica Pfizer suministró en Nigeria un nuevo medicamento a 200 niños. Once de ellos murieron y el resto aún padece las brutales secuelas del experimento. Reportaje.

3. Corín jamás dijo "te amo". Reportaje. La mayor fabuladora de novelas románticas no tuvo una vida en rosa: dura y pragmática, se separó de su marido a los tres años de matrimonio y nunca rehízo su vida sentimental. Durante años, su esposo le siguió enviando cartas. Ella jamás las abrió. Al morir él, las quemó sin leerlas. "Yo nunca he dicho 'te amo", confesó años después.

4. El grotesco papelón de literato. Artículo de Javier Cercas.

5. "Mi madre fue esencial en el atentado contra Hitler". Entrevista a la hija de Claus von Stauffenberg.

6. Prisioneras. El dato resulta sorprendente: de los 73.558 presos recluidos hoy en los 87 centros penitenciarios españoles, el 92% son varones. El resto, un 8%, mujeres. ¿Por qué son tan pocas? ¿Por qué delitos están pagando? ¿En qué condiciones viven su pena? Diecisiete reclusas de las tres cárceles de mujeres (Brieva, en Ávila; Alcalá de Henares, en Madrid; y Alcalá de Guadaira, en Sevilla) hablan de su situación, su vida ayer y hoy, sus errores, sus deseos de cambiar y volver a empezar. De lo que les quita y les da la cárcel. Reportaje.

7. El malvado alacrán es un imbécil. Artículo de Rosa Montero sobre el ser humano.

8. Los vaivenes de nuestros estados de ánimo. Aunque los cambios en los estados de ánimo parezcan obedecer a causas oscuras y caprichosas, se han identificado varios factores que nos hacen estar unas veces bien y otras veces mal. Los desvelamos. Reportaje de psicología.

9. "La poesía es un salvavidas". Entrevista a Álvaro Mutis, que clausura hoy Cosmopoética.

martes, 24 de marzo de 2009

PRENSA. 24 marzo 2009

En "El País":

1. Un retrato futurista del pasado. Andrés Neuman gana el Premio Alfaguara de Novela con 'El viajero del siglo'. El autor firma una aproximación "posmoderna" a la Europa del siglo XIX. Reportaje.


3. Fernando Savater contagia su pasión por el arte del ensayo. En El arte de ensayar (Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores), el filósofo ha reunido los 25 prólogos redactados para la selección de clásicos del siglo XX, parte de la Biblioteca Universal editada por Círculo de Lectores hace más de 15 años.

4. La hora de la acción mundial. Artículo de Barack Obama, presidente de EEUU.

5. Cámaras ocultas e información. Artículo de Marc Carrillo, catedrático de Derecho Constitucional de la Universidad Pompeu Fabra, que comienza así: Para obtener información no vale todo. El primer límite son las prescripciones constitucionales, y después los deberes deontológicos de la profesión. Nunca a la inversa. La obtención de pruebas para una información de interés público no es un campo a través que permita la utilización de cualquier método para obtenerla. La información ha de ser captada de forma legítima. Sobre todo jurídicamente.