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viernes, 24 de abril de 2015

PRENSA. "El día del libro como forma de resistencia". Luis García Montero

Luis García Montero
En "blogs.publico.es":

El día del libro como forma de resistencia

23abr 2015
LUIS GARCÍA MONTERO

Celebramos hoy con solemnidad oficial el día del libro. Premios, discursos, crónicas, ritos y felicitaciones caen sobre la vida cotidiana, sobre la tristeza de la vida cotidiana. No son buenos tiempos para el mundo del libro. La vocación de los libreros supone un verdadero ámbito de resistencia.
Las nuevas costumbres tienden a las relaciones despersonalizadas. Cuando uno se detiene en la carretera para echar gasolina, lo normal es tratar con una máquina, entregarse al autoservicio sin que nadie comente el frío o el calor de la mañana. Resolver un problema con el banco o con cualquier compañía es entregarse a un desesperado laberinto de teclas, mensajes grabados, indicaciones sonoras y esperas, peldaños fríos que con mucha suerte pueden conducirnos hasta alguien con nombre. Somos la multitud anónima que se mueve sobre una gran superficie. La vida nos educa en la soledad. Vivir bajo estas costumbres ayuda poco a convivir.
Los libreros ocupan en mi memoria un lugar importante en la experiencia de convivir. La lectura es un ejercicio que busca nuestra mirada individual para pedirle que habite un espacio público. La palabra publicada nos invita a ponernos en el lugar del otro, en los argumentos y las imaginaciones del otro. Lo más significativo es que ese proceso de conversación con lo ajeno nos devuelve el rostro más personal, nos permite descubrirnos a nosotros mismos. Leer supone vivir y convivir.
El librero que nos conoce forma parte de este vivir y de esta convivencia. Entrar en una librería amiga es una forma de revivir, de encontrar un lugar de resistencia en las costumbres de la soledad. Alguien nos saluda por nuestro nombre, pregunta por las últimas lecturas, da y escucha opiniones, comparte recuerdos, murmura secretos y aconseja un título que acaba de aparecer. Los viajes comienzan camino de una estación o un aeropuerto. Los muelles y los andenes forman parte del viaje. La lectura comienza camino de una librería. Las palabras de la librera suelen tener luz de estación.
Las dificultades de las librerías esconden problemas más graves que la coyuntura económica. La gente tiene menos dinero para comprar libros, pero también vive bajo otras costumbres. La solemnidad de las fiestas oficiales que coronan la cultura tiene los pies de barro en una sociedad que dinamita la educación. Es difícil que haya lugar para las librerías si los planes de estudios confunden la formación de las personas con la producción de mano de obra barata y de individuos fáciles de manipular.
Se habla mucho de la nueva era tecnológica. Pero no conviene olvidar que los campos tecnológicos pueden cultivarse, vivirse y convivirse de muchas maneras. La celebración, por ejemplo, de la novedad técnica no tiene por qué convertirse en una excusa para santificar el analfabetismo, como si leer a Cervantes fuese ya un episodio superado. Tampoco estamos obligados a asumir los códigos de la telebasura, el imperio de los instintos bajos y de las opiniones sin meditación.
La cultura en la sociedad neoliberal ha dejado de significar educación, se ha alejado de sus lazos con la conciencia libre y las imaginaciones éticas, para hundirse en el fango de los entretenimientos zafios. En el mundo del nuevo analfabetismo, la libertad se confunde con el derecho a no tener argumentos, a no pensar lo que se dice, a sospechar del que se atreve a pensar, a confundir la verdad y la naturalidad con el encanallamiento. El mundo nuevo del neoliberalismo nos educa incluso en el derecho a no tener derechos.
Se justifica la piratería bajo el argumento manipulado de que el acceso a la cultura debe ser libre y gratuito. Resulta curioso que el acceso libre y gratuito a la cultura no tenga que ver hoy con el contrato pedagógico como raíz social, ni con la educación pública como valor imprescindible para la sociedad, ni con la inversión en bibliotecas o en teatros. No, lo que se lleva en la lógica nueva del liberalismo económico es la desregulación, el vivir sin derechos laborales, el decirle a la joven cantante, o a la joven directora de cine, o a los escritores, o a los libreros, que no tendrán la oportunidad de vivir de su trabajo.
Celebrar el día del libro significa un rito social. Pero puede suponer también una apuesta por la resistencia cultural. Las librerías hablan de soledades gustosas, de ilusiones compartidas, de vivir y convivir con argumentos, imaginación, opiniones, derechos, reservas íntimas y palabras publicadas.
Día del libro: sólo la emancipación modesta y orgullosa de la vida cotidiana sostiene los buenos sueños en las plazas públicas
.

lunes, 9 de marzo de 2015

PRENSA. "Quieren borrar una civilización". Tom Holland

   En "El País":

Quieren borrar una civilización

Al igual que los nazis, el Estado Islámico pretende eliminar todo rastro de aquello que condena


Un terrorista del Estado Islámico destroza una estatua de Ninive. / AFP

El jueves, las excavadoras del Estado Islámico comenzaron a arrasar los restos de un yacimiento arqueológico tan importante como cualquier otro en el mundo. Hasta ahora, Nimrud, 30 kilómetros al sureste de Mosul, había albergado ruinas de hace 3.000 años. La pulverización de esta ciudad de la antigüedad sigue de cerca otros actos de vandalismo grotescos y descorazonadores del EI. La semana pasada se difundió un vídeo que mostraba la destrucción de las antigüedades de los museos de Mosul. Como es muy probable que las obras fueran destrozadas hace meses, el polvo en las salas de exposiciones ya se habrá posado hace tiempo. Entretanto, en el mundo exterior, esos ataques brutales y deliberados a unos tesoros milenarios ya no son noticia de actualidad.
El EI, cuyos gorilas perpetraron el acto vandálico, comprende con más cinismo que nadie que los medios de comunicación internacionales se alimentan de una rápida serie de atrocidades, que se suceden en una vorágine mortífera. Así las cosas, ¿por qué debería preocuparnos más la destrucción de unas estatuas que la pérdida de vidas humanas? Es una cuestión que me perturba porque, siendo sincero, he de reconocer que ninguna de las imágenes provenientes de ese infierno que es el EI me han irritado más que las que muestran un toro alado de más de 2.500 años siendo destrozado, deliberada y metódicamente con una taladradora.
¿Por qué debería importarnos que la destruyeran? Una respuesta podemos encontrarla en una leyenda cristiana sobre Asiria, antiguo reino que abarcaba el Mosul actual y sus alrededores. En el año 362, la hija del rey asirio, moribunda por culpa de una enfermedad incurable, recobró la salud merced a las oraciones de un santo cristiano. Su hermano, el príncipe Behnam, quedó tan impresionado por ese milagro que dio la espalda a su religión ancestral y recibió el bautismo. Su martirio, sin embargo, no tardaría en llegar, ya que el padre de Behnam, encolerizado por su apostasía, ordenó que lo ejecutaran.
Cuando el propio rey cayó enfermo, su mujer tuvo un sueño en el que se le revelaba que el hombre solo podría curarse a través de su propio bautismo. El rey, doblegándose ante lo inevitable, no solo aceptó convertirse al cristianismo, sino también fundar varios monasterios. Uno de ellos, nombrado en honor a su hijo, se erigió cerca de Mosul. Desde el siglo IV hasta la actualidad, el monasterio de San Behnam se ha concebido como un monumento a la imperecedera fe cristiana del pueblo asirio.
Hasta que, el pasado julio, los combatientes del EI aparecieron por allí. "Aquí ya no pintáis nada", les dijeron a los monjes. La expulsión de los cristianos del monasterio de San Behnam formaba parte de un proceso de limpieza étnica mucho más amplio. La toma de Mosul por parte del EI ha situado el núcleo del cristianismo asirio bajo el dominio de unos yihadistas tan despiadados que hasta la propia Al Qaeda ha expresado repugnancia por sus métodos.
La yizya, un impuesto a los cristianos estipulado por el Corán y que constituye a efectos prácticos una licencia para la extorsión, se impuso con tan ávida brutalidad que la mayoría de los asirios iraquíes no tuvieron más opción que huir de sus tierras. El monasterio de San Behnam no fue la única iglesia que quedó abandonada. En Mosul también han dejado de celebrarse misas por primera vez en más de 1.500 años.
Ahora, a lo largo de la última semana, el EI ha centrado su implacable atención en los cristianos del país que, a día de hoy, sigue conmemorando con su propio nombre el antiguo auge de los asirios: Siria. El lunes, los milicianos del EI asaltaron 33 aldeas asirias y, según se cree, capturaron hasta 300 rehenes cristianos. Los combatientes, hablando por sus radios, se mostraban exultantes por la captura de los "cruzados".
Que una organización repleta de jóvenes asesinos de Europa occidental use esos términos para referirse a los asirios nos habla de su ignorancia histórica y de su hipocresía. Lo que no significa, huelga decirlo, que los integrantes del EI, conscientes de lo profundas que son las raíces del cristianismo en la región, dejen de matar. Antes al contrario: eso solo les ratifica en su determinación para borrar a los asirios y todo rastro de su cultura de la faz del sangriento califato.
Sin embargo, Asiria es mucho más antigua que su cristianismo. El nombre del rey de la leyenda de San Behnam se remontaba a muchos siglos antes del nacimiento de Cristo, y en la Biblia se conservaba un recuerdo terrible de Senaquerib: el azote que ejecutaba la ira de Dios contra su pueblo elegido, cuyos ejércitos arrasaron el reino de Judá y a punto estuvieron de tomar Jerusalén. Durante tres siglos, entre el 911 y el 609 A.C., Asiria fue la superpotencia indiscutible de Oriente Próximo, y su capital Nínive se encontraba donde luego se erigiría Mosul, la mayor metrópolis de su época.
A pesar del terror que el Imperio asirio infundió entre los judíos, el recuerdo de su sofisticación sobrevivió durante mucho tiempo tras su caída. De ahí que, cuando los asirios se convirtieron al cristianismo, se aseguraran de consagrar a Senaquerib como un converso. Incluso en el siglo XIX, en la región había gente que aseguraba descender del rey. Su grandeza nunca cayó en el olvido.
A mediados del siglo XIX arqueólogos franceses y británicos revelaron al mundo lo verdaderamente deslumbrante que había sido la civilización de la antigua Asiria. Los relieves y las estatuas de Nínive que hoy adornan el Museo Británico de Londres están entre las mejores obras de arte jamás creadas. Pero no todos los tesoros exhumados de las ciudades enterradas de la antigua Asiria fueron trasladados a Occidente: muchos se quedaron en Irak. Los fantásticos toros alados, esculpidos durante el reinado del propio Senaquerib, volvieron a colocarse en una de las puertas de Nínive. Cuando el EI tomó Mosul, se erigían cual reproche para los nuevos dueños de la ciudad: "estatuas e ídolos", en palabras del vídeo de propaganda difundido la semana pasada, "esculpidos por satánicos". El que veíamos siendo taladrado en el vídeo era uno de los toros de Senaquerib. El objetivo del EI no era solo imitar la destrucción de los ídolos por parte del profeta Mahoma, sino provocar e indignar a la opinión pública de todo el mundo, algo que sin duda lograron.
Y lo que es peor, su objetivo es completar el trabajo que empezaron al expulsar a los monjes del monasterio de San Behnam: materializar el exilio de los asirios de sus tierras borrando todo rastro de su historia y cultura. Al igual que los nazis destruían las sinagogas y a quienes oraban en ellas, el EI pretende eliminar de su califato todo rastro de quienes condena y tacha de kafir. Controlar el pasado para controlar el futuro. Los añicos de los toros de Senaquerib son un funesto testigo de lo a fondo que el EI ha aprendido esa verdad. Asiria y el pueblo asirio corren el riesgo de perderse en una oscuridad terminal.
Tom Holland es historiador británico, autor de Rubicón, Milenio y A la sombra de las espadas
Traducción de News Clips

lunes, 12 de enero de 2015

PRENSA. Entrevista al escritor Juan Marsé

   En "El País":

“España es un país de cabreros”

Esta charla con Juan Marsé abre una serie de entrevistas a figuras de la cultura en español sobre una era compleja en lo social, lo político, lo económico y lo creativo

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El escritor Juan Marsé retratado en su casa en Barcelona. /VICENS GIMENEZ
Llega un periodista a casa de Juan Marsé para una de las cosas que probablemente menos le gustan a Juan Marsé: hablar de sí mismo, de por qué y cómo y para qué escribe y, en general, de sus cosas. Pero quizá porque la entrevista no es promocional, o quizá porque un sol templadito proyecta optimista bonanza sobre los balcones a los que da su casa del centro de Barcelona, o vaya usted a saber por qué, la charla va cayendo torrencial. El escritor celebra hoy su 82 cumpleaños.
Pregunta. ¿No se habla demasiado en este país?
Respuesta. Ah, yo estoy totalmente de acuerdo con esto.
P. ¿Dónde sitúa usted la frontera entre el habla y el ruido?
R. En este país hay ruido, sí, se casca demasiado y se grita demasiado. Y los medios de comunicación son tan poderosos y omnipresentes que el ciudadano nunca había estado tan informado, al minuto y de forma reiterativa.

Las tertulias suplantan el debate en las Cortes, tremendo
P. Ese “tan” al que alude no suena muy positivo...
R. Es tremendo. La enorme proliferación de tertulias políticas suplanta lo que debería ser un debate serio en las Cortes. Un espectáculo tremendo. Y ese es el ruido.
P. ¿Por qué pasa esto?
R. La libertad informativa está muy bien, pero no sé dónde está el límite, no sé cómo se resuelve eso. La gente está atiborrada de información, y la mayoría no sabe qué hacer con ella.
P. Pero, ¿no le parece que el nivel mediático y el de la calle, digamos el de cafetería, comparten un escaso interés por aprehender lo que dice el otro?
R. Sí, pero ese es el defecto nacional. No se atiende. La solución está, si la hay, en la educación, como en tantas otras cosas.
P. Ahí ya metemos el dedo en el ojo tuerto de este país: el sistema educativo. ¿Cómo lo ve?
R. No me gusta pensar que este defecto es genético, que los españoles somos así. Pero uno identifica muy fácilmente al enemigo en términos de “el que no piensa como yo, es contrario a mí”.
P. En el tema de la educación, ¿qué cree que tiene que hacerse?
R. Incrementar el conocimiento de los valores cívicos, vamos, lo que cuando yo era un chaval llamaban urbanidad: cuál ha de ser la relación que mantengo conmigo mismo, y cuál debe ser mi relación con los demás. Pero estas cosas ya no están de moda. España es un país de cabreros, joder.


El escritor, en pleno trabajo de su nueva novela, Una puta muy querida, que llegará a las librerías en otoño. / V. G.
P. ¿Es un país en el que se llama con demasiada facilidad “inútiles” a cosas realmente útiles? Por ejemplo la cultura, en sentido amplio.
R. Sí, pero eso si no se le inculca a la gente de joven… Cultura es saber comportarse, tomarte una cerveza con tu vecino y charlar con él. Entender tu relación con los demás y la de los demás contigo.
P. ¿Influyen esos valores en cómo se escribe o al revés, es mejor obviarlos? Novela hecha con el intelecto, o novela hecha con las tripas…
R. Claro. Se suele hablar de un don, el don del talento para crear. Pero también se necesita cierto talento literario para leer. Incluso para leer a Verne, para no ponernos serios. Tiene que ver con la cultura, pero también con la sensibilidad… y eso se tiene o no se tiene.

La tecnología está matando formas de belleza, como el cine
P. Volvamos a la prensa. En su primera novela, Encerrados con un solo juguete, de 1960, escribe esta frase: “Qué tontería: ¿tenía algo que ver con la vida lo que llevaban los periódicos?”. ¿Tiene alguna vigencia hoy esa frase?
R. Esa novela se escribió en plena dictadura franquista, y yo era consciente de lo que había, y lo trasladé a los personajes. Había censura, en la prensa y en todo. Lo que traían los periódicos sobre la vida nacional estaba filtrado. Todos traían lo mismo, La Vanguardia, el Ya, el Abc, La Prensa, El Diario de Barcelona… La prensa no reflejaba la realidad nacional, eso lo sabía todo Dios. Pero hoy esa frase no la diría un personaje mío. Aparte de esto, yo soy un lector de periódicos vicioso. Cuando escribía Si te dicen que caí me pasaba horas y horas en la hemeroteca de la Casa L’Ardiaca, ojeando la prensa de los años cuarenta y disfrutaba como un loco. Y ahí, no sé cómo decirle, me lo creía todo. Es como que, para que una noticia me la crea de verdad, tiene que pasar tiempo. De lo que leo en el periódico que acaba de pasar siempre tengo mis dudas.
P. El paso del tiempo. Lo cambia todo, ¿no?

Obra escogida

Encerrados con un solo juguete(1960).
Últimas tardes con Teresa (1965).
La oscura historia de la prima Montse(1970).
Si te dicen que caí (1973).
La muchacha de las bragas de oro (1978).
Un día volveré (1982).
El embrujo de Shanghai (1993).
Rabos de lagartija (2000).
Caligrafía de los sueños (2011).
Noticias felices en aviones de papel (2014).
R. Bueno, aquí ahora te encuentras cosas tan ridículas como ciertos historiadores catalanes que están revisando las relaciones con España y están reinventando, contando mentiras. Algunos pretenden que Santa Teresa de Ávila era catalana. En contrapartida yo estoy descubriendo, y va a ser un disgusto para ellos, que Xavier Cugat era murciano. Quiero decírselo al conseller de Cultura, Ferran Mascarell. Y el famoso torero Mario Cabré tampoco era catalán, era andaluz. Ya de chaval, había quien decía en el barrio que Walt Disney era catalán.
P. La censura franquista acabó hace casi 40 años. Hoy sin duda subsisten otras, económicas, políticas, la razón de Estado, la lógica de empresa… Usted escribió Si te dicen que caí consciente de que no sería editada en la España de Franco, como así fue (lo fue en México). Pero, ¿se arrepiente de haberse automutilado, de haberse autocensurado alguna vez?
R. Sí, sí, sí… soy consciente de eso, claro. En Encerrados con un solo juguete me corté, está claro. No por cuestiones de orden estrictamente político —porque nunca me gustó que de una forma explícita hubiera en mis libros tufos políticos, quiero decir, mensajes—, sino más bien de orden sexual-erótico. En La oscura historia de la prima Montse, que es una historia de la influencia de la educación católica en una muchacha, también me frené. Por eso luego lo tuve tan claro en Si te dicen que caí.
P. ¿Molesta la realidad para escribir ficción? ¿Vive pertrechado frente a la realidad cuando está metido en una novela, o es al revés, necesita lo real como motor?

Podemos ha removido el tema y todos los demás están acojonados
R. Fatalmente quiero saber todo y fatalmente lo vivo al minuto. Otra cosa es que procuro que la realidad no interfiera en mi trabajo. La intelectualidad me interrumpe el trabajo. Y la rabiosa actualidad me incordia. Pero no puedo prescindir de ella. Si no leo la prensa, el día no empieza bien para mí. Y además la prensa de papel, lo siento pero… de papel. No puedo hacer nada por evitar todo lo que está pasando en los últimos tiempos, que si el corrupto de cada día... Así que al final no hago más que encabronarme, es una especie de tortura. Además, soy un escritor fatalmente realista, no puedo prescindir de la realidad, otra cosa es que luego la enmascare.
P. Ya hace mucho que se acuñó el concepto realidad virtual. ¿No opina que casi todo va siendo ya virtual, que lo digital, lo descargable, lo que está pero no puede tocarse ya ha ganado la batalla y ha sustituido a lo tangible, lo palpable, lo que se huele?
R. Es imparable. Pienso que tiene que producirse una depuración de cosas superfluas. Probablemente de eso se ocupará el tiempo, no lo sé, pero el avance tecnológico, ese no lo para ni Dios. Aunque no soy pesimista del todo. Creo que el libro de papel seguirá existiendo, y lo mismo los periódicos de papel, puede que más reducidos. Me resisto a pensar que pueda desaparecer el papel. Mis nietos se ríen. Pero lo más grave es que la tecnología esté matando formas de belleza. El cine, por ejemplo, no es lo que era, la tecnología lo ha matado, es puro tebeo. El cine como una buena idea, un buen guion, unos diálogos... está desapareciendo.

Hoy el charnego es el magrebí, o el paquistaní, o el chino
P. Más realidad, mejor dicho, actualidad. ¿Cómo vive la irrupción y auge de Podemos?
R. Ya se ha demostrado que todo está por hacer en este país. Y entonces ha venido Podemos. A mí me parece ya muy positivo el revuelo que han montado, han removido el asunto y todos los demás están acojonados. Han dicho: “A ver, hay que hacer algo, hemos estado durmiendo en la paja y todo iba cojonudo, pero además de expoliar a todo Dios y robar a mansalva, resulta que ahora tenemos que hacer política”.
P. ¿No cree que, así en general, es bueno que la gente se ponga las pilas? Mejor tarde que nunca...
R. Mire los socialistas. Están con el agua al cuello. Y se les ocurren ya cosas que tenían dormidas desde hace siglos, como su relación con la iglesia católica de este país. O sea, todo lo que tenían en el programa aparcado por temor a perder votos —como lo de la iglesia— ahora lo empiezan a mover. No lo movió ni Felipe González, ni Zapatero… pues ahora que se den prisa, porque...
P. Para votantes fieles de un partido tradicional debe de ser incómodo comprobar por qué motivaciones reales se mueven a veces sus líderes…
R. Trágico. Aquí mismo, en Cataluña, están pasando unas cosas muy divertidas… que un partido como Esquerra Republicana, un partido que se dice de izquierdas, se alíe con la derecha, con la carcundia que es Convergència… y pretenda seguir haciéndose pasar por un partido de izquierdas. O Iniciativa per Catalunya, los antiguos comunistas, ¡el partido de los trabajadores! ¿En qué se ha convertido? Están acojonados. ¿Vio la comparecencia de Pujol, en la que echó la bronca a todos los políticos que estaban ahí?

Cultura es saber comportarte, tomarte una cerveza y charlar
P. La vi, un sainete.
R. Cuando arremetió contra todos ellos con aquel tremendo numerito de arrogancia política se tenían que haber levantado y haberle dicho: “Aquí se queda usted con su discurso de mierda”. Y en vez de eso, aguantaron y cuando todo terminó hubo casi un besamanos que recordaba a algunas escenas de El Padrino. Fue una cosa vergonzosa.
P. ¿Cómo ha vivido, como barcelonés y catalán, la ascendencia y caída de Pujol?
R. Para los que nunca comulgamos con las ruedas de molino del pujolismo, ninguna sorpresa. Nunca fue santo de mi devoción. Y ahora pienso en el catalán patriota, pujolista, nacionalista y de derecha, que se ha hecho la siguiente composición: “Ya no creemos en este hombre, porque en vez de ser fuerte, fue débil y se dejó llevar por la ambición, pero lo que levantó y lo que encarnó sigue vigente”. Claro, es que es un sentimiento, una emoción, eso del nacionalismo, y por lo tanto está por encima de las personas. Cuando la persona ya no sirve, la apartan pero se queda el ideal.
P. Hacer creer a la gente que el nacionalismo no es sólo un vehículo emotivo sino un sistema ideológico como el socialismo, el marxismo o el fascismo, y convertirlo en arma electoral para asaltar el poder: una falacia, ¿no?
R. El delirio identitario, la reafirmación de que yo soy esto y los demás no lo son: eso es el nacionalismo, una cosa irracional que no concibo. Como soy hijo adoptivo, el asunto identitario para mí es muy secundario. Ahora Josep Maria Cuenca se ha empeñado en escribir mi biografía y...
P. Cuente, cuente…
R. Ha indagado sobre mis padres biológicos, pero a mí esto nunca me ha interesado mucho. Para mí, mis padres hasta el final fueron quienes me adoptaron. Pero bueno, Cuenca me ha hecho ver cosas que no sabía, algunas de ellas interesantes. Por ejemplo, en mis ancestros biológicos hemos descubierto que tengo orígenes… chinos. O sea, que soy un catalán con alma medio charnega medio china.
P. Por cierto, ¿queda algo del viejo charnego, materializado en el Pijoaparte de Últimas tardes con Teresa?
R. Muy poco, es un término que ya casi no se oye… la época de las grandes oleadas migratorias del sur acabó. Ahora el charnego es el magrebí. O el paquistaní. O el chino. La Rambla del Raval es árabe. Son ellos quienes pugnan hoy por hacerse un sitio en la sociedad catalana.
P. Viviendo en un país en el que, como España, nadie dimite nunca por nada, ¿no dan como ganas de dimitir de todo?
R. Pero hay que batallar para defender un criterio personal y unos intereses, es decir, hay que estar en la brecha. Entregarse, fatal. Y abandonar, ¿cómo? Emigrando, pero a mí se me ha pasado la edad. Con 20 años es probable que me largara de este país.
P. Bueno, de hecho se largó. A París. Se gastó allí la pasta rápidamente, de la peor manera posible… o puede que de la mejor.
R. Tenía 26. Me la gasté, sí, y volví con la idea de regresar. Entonces trabajaba en un taller de joyería y ya había publicado mi primera novela. Aquello fue, es verdad, más que querer ir a París, querer irme de aquí.
P. Bueno, aquel París debía de tener un poder de seducción…
R. A París te ibas soñando no sólo en que podrías ver las películas que aquí no podías ver o comprarte los libros que aquí estaban prohibidos, sino en que podrías ligar más. Era irse de la España de Franco, que era la hostia. Hoy no es lo mismo, hoy se va el que no tiene trabajo. Entonces sí había trabajo en España. Parados no había. El cabrón de Franco les decía a los empresarios: “No vais a tener huelgas, os lo garantizo… pero no me vais a despedir a un solo trabajador”. Y así era.

domingo, 28 de septiembre de 2014

PRENSA CULTURAL. Entrevista con poeta sirio Adonis

   En "Babelia":

“Los árabes deben repensar el islam”

Adonis define la poesía como "lo contrario de la religión" y critica una confesión "sin cultura"

Candidato al Nobel, el poeta sirio lanza un libro sobre México y reedita 'Epitafio para Nueva York'


El poeta sirio Adonis en su casa de París durante la entrevista. / MOUSSE
Adonis no cree en Dios, pero vive cerca del cielo, en una torre de 37 plantas de La Défense, el barrio financiero de París. No parece el ambiente típico para un poeta. “Antes de instalarme en este apartamento pasé por casi todos los distritos”, explica señalando por la ventana la ciudad en la que vive desde hace casi tres décadas. “Aquí hay más luz, menos contaminación… Parece Manhattan, ¿verdad?”. Precisamente, el escritor sirio, de 84 años, acaba de reeditar en España, en versión de Federico Arbós, Epitafio para Nueva York, publicado originalmente en 1971, uno de los libros más famosos de un autor traducido a una docena de lenguas y al que muchos consideran el gran poeta árabe vivo. Crítica al capitalismo deshumanizado y homenaje a Lorca y Walt Whitman, en ese libro se habla de torres que un día caerán, y Adonis recuerda que un crítico lo acusó después del 11-S de haber inspirado a Bin Laden. “Ridículo”, zanja él sonriendo.
Su última obra, Zócalo, publicada en francés antes que en árabe, aparecerá en unos días en español traducida por Clara Janés. Esas prosas poéticas nacieron en un viaje a México durante la primavera de hace dos años, pero se hace difícil leer páginas tan llenas de dioses, sacrificios y sangre sin pensar en otra primavera, la árabe, aquel dominó de revueltas que empezaron admirando al mundo en Túnez a finales de 2010 y, desbordado por los extremismos, ha terminando espantándolo en Irak y Siria a manos del llamado Estado Islámico. En ese tiempo, Adonis hizo dos cosas que le ganaron un alud de críticas: sostener que la primavera árabe no era una revolución y escribir, en 2011, una carta abierta al presidente sirio, Bachar El Asad, pidiéndole que dialogara con la oposición. “Tibio” fue lo más suave que le dijeron. Más tarde escribió reclamando que dimitiera por la represión desencadenada bajo su mando. “Lo que yo pretendía con aquella carta”, explica el escritor, “era evitar la destrucción del país y que cambiara un régimen fundado en un golpe de Estado y en el partido único. Desgraciadamente los políticos no escuchan a los poetas”.


Collage realizado por Adonis en 1993.
—¿Por qué no era una revolución la primavera árabe?
—Porque una revolución debe tener un discurso, y no lo había: los opositores jamás hablaron de laicidad, de liberación de la mujer, de cambiar la ley coránica. ¿Qué revolución es esa? Solo querían cambiar de régimen, y cambiar de régimen no sirve de nada cuando permanece la misma mentalidad. Los árabes tienen que hacer su revolución interior, es decir, repensar la religión a la luz de la modernidad y separar lo religioso de lo cultural, político y social para que se convierta en una creencia individual. En Europa se hizo esa revolución y se separó el Estado de la Iglesia, que en la Edad Media era peor que los musulmanes de hoy. Yo no tengo nada contra la religión como fe individual, pero estoy contra una religión institucionalizada e impuesta a toda una sociedad. Hay que anular las diferencias entre confesiones. El reto es, por ejemplo, que en Egipto los cristianos coptos tengan los mismos derechos que los musulmanes.
—¿Estamos mejor o peor que antes?
—No está mal Túnez, un país más homogéneo, sin minorías, dicho sea de paso. Allí hay cierto diálogo. Pero se han destruido países enteros: Libia, Siria, Irak. ¿Para qué? Para nada, para resucitar viejas nociones religiosas. ¡Se vuelven a usar palabras de hace quince siglos! Se ha producido una regresión vergonzosa, humillante. El islam actual es una religión sin cultura. No hay más que ritos y leyes. No hay un solo pensador. Y cuando surge alguno, se le rechaza.
Adonis dice desconfiar de “toda revuelta que salga de una mezquita con proclamas políticas”, pero extiende su desconfianza a las soluciones salidas de los despachos de Estados Unidos o de Europa. ¿Occidente no se ha interesado por la oposición laica? “Los políticos occidentales, no Occidente, no quiero generalizar”, responde. “Desgraciadamente, los políticos no se interesan de verdad por los árabes, los ven como fuente de riqueza —el petróleo— y como espacio estratégico. No se interesan por las fuerzas progresistas aunque sean, es cierto, poco numerosas. Lo que hacen las intervenciones extranjeras es revitalizar las fuerzas oscurantistas en el mundo árabe. Lo emponzoñan todo. Cuando uno compra y arma a unos supuestos combatientes, a una supuesta oposición, inventa un ejército de mercenarios. El Estado Islámico es una creación de Arabia Saudí y Estados Unidos. Ahora tienen que combatir a aquellos a los que armaron ellos mismos”.
Como en el caso de Egipto, dice resignado, en Siria toca elegir el mal menor y combatir al Estado Islámico. Partidario acérrimo de la laicidad, más de una vez ha expresado sus dudas hacia eso que suele llamarse islam moderado: “No existe. Es una expresión política. Lo que hay son musulmanes moderados. Y son pocos. Hay un islam y una interpretación que es ideológica. En eso es como los otros monoteísmos: hay un profeta que es el último y que transmite verdades últimas. Dios lo ha dicho todo y el hombre debe obedecer. En el monoteísmo el otro no existe. No se le reconoce como parte de la búsqueda de la verdad porque la verdad ya la tengo yo. La base de nuestros problemas no es el islam como religión, es la visión monoteísta del mundo. Por eso es necesario separar la religión del Estado. No habrá democracia mientras eso no cambie. No hablo de democracia como sistema perfecto, sino como reconocimiento del otro. Y de reconocimiento no como tolerancia, porque la tolerancia esconde un aspecto racista: yo te tolero porque tengo la verdad y te dejo hablar. El ser humano exige la igualdad. El monoteísmo es antidemocrático”.

"La base de nuestros problemas no es el islam como religión, es la visión monoteísta del mundo.
El monoteísmo es antidemocrático"
Autor de una veintena de libros de poemas y de varios ensayos de literatura y política, Adonis tiene tanta fe en la poesía como poca en la religión. Una y otra, dice, están en los antípodas porque “la gran poesía siempre es laica. La poesía es la pluralidad, la unidad de los contrarios. Es lo opuesto a la religión incluso en términos históricos: en nuestra historia de musulmanes no ha habido ni un solo gran poeta que fuera creyente. Nunca”. ¿Ni los místicos? “Son un caso aparte”, responde un autor que ha dedicado a las relaciones entre sufismo y surrealismo una obra de referencia. “Cambiaron la noción de realidad y de Dios. Por eso se les rechazó. Para el monoteísmo Dios es una fuerza que dirige el mundo desde el exterior, para el misticismo es inmanente, forma parte del mundo. Dios es el mundo”.
—¿Usted cree en Dios?
—No. Creo que en el mundo hay algo misterioso y que hay que estar atentos a ese misterio. De ahí la actitud de cuestionarse las cosas. Llame a eso como quiera, pero no soy creyente. Soy arreligioso. La religión es una ideología y toda ideología es falsa.
—¿Y recuerda cuando era creyente?
—Sí. Mi padre lo era. Era agricultor, pero conocía bien la cultura clásica. Nunca me dijo haz esto, esto no lo hagas. Siempre me decía: “Decidir, hijo mío, es fácil. Todo lo que quiero de ti es que piensen bien, que vuelvas a pensar bien y que luego decidas”.
—¿Y su madre?
—Era analfabeta. Era pura naturaleza, como un árbol, una fuente, una estrella.
—¿En su casa se seguía la ley islámica?
—No. La ley estaba, pero yo nací en una comunidad chií, no suní. Era más abierta. La comprensión individual tenía su espacio. Las mujeres, por ejemplo, no usaban velo.
—¿Usted está contra el velo?
—Totalmente.
—¿Es una imposición o un derecho?


Dibujo realizado por Adonis en 2013.
—No se trata de defender una cosa u otra, sino de principios. Uno puede incluso defender el mal. Si una mujer insiste en llevar el velo, que lo lleve, pero hay que decir que está mal. La belleza del ser humano no debe velarse.
Cuenta Adonis que hasta su madre terminó llamándole así: Adonis. Su nombre civil es Alí Áhmed Said Ésber. No ha faltado quien diga que eligió un seudónimo “blasfemo”, por pagano, para provocar —“hay ignorantes en todas partes”—, pero la verdad es que acababa de leer la historia de ese mito griego cuando buscaba un alias para enviar sus poemas a una revista que siempre se los rechazaba. Acertó. La audacia parece haber marcado su vida. Nacido en 1930 Al Qassabin, una aldea del norte de Siria, con 13 años recitó un poema de su cosecha delante del presidente del país, de gira por la comarca. Cuando este le ofreció una recompensa, el muchacho respondió: “Ir a la escuela”. Siete décadas después, el escritor lo cuenta como si le hubiera pasado a otro, aunque recuerda con admiración la buena memoria de aquel niño: “Me sabía la poesía árabe completa, el Corán, todo. ¿Ahora? Se me ha ido olvidando. Hay que olvidar para crear. Uno de los problemas de los árabes es que viven en su memoria, no en la vida”.
Fiel a su carácter inquisitivo, el escritor aprovecha cualquier momento para criticar los males de su pueblo. Aunque la misma noción de pueblo le espanta: “Es una idea política interesada. Dentro de un pueblo hay miles. Un pueblo nunca permanece unido más que por ideas superficiales”. ¿Y la identidad? “Según la noción al uso, la identidad es una pertenencia en la que es central el pasado: de una familia, de una raza, de un pueblo… Para mí lo esencial es el individuo, aunque el individuo no se entiende sin el otro. No podemos imaginar a un ser que nace solo y vive solo. La identidad es una creación perpetua, una apertura, no una adquisición. No se hereda porque el ser humano es una proyección hacia el futuro: crea su identidad al crear su obra”.
Adonis afirma sin dudar que no tiene miedo de decir lo que dice, pero reconoce que lo tuvo. Por eso se marchó de Siria en 1956, después de pasar un año en la cárcel por criticar al régimen. “Pasaba como con el monoteísmo: un partido único [el Baaz] con una ideología laica, pero racista. Según la Constitución, el presidente de la República siria debe ser musulmán. Un partido verdaderamente laico no hace algo así”. Al salir de la cárcel se marchó a Líbano. Sin papeles, convertido en apátrida. En el país vecino había una rama de su familia —“en el fondo son el mismo país”— y no le fue difícil obtener la nacionalidad libanesa, que todavía conserva. Pasó veinte años sin poder volver a su pueblo. Por eso dice que nació tres veces: en Al Qassabin, en Beirut y en París. En Líbano nacieron sus dos hijas y él se convirtió en uno de los modernizadores de la poesía árabe abriéndola a la vanguardia universal y a formas como el poema en prosa y el verso libre.

Pistas para llegar a Adonis

 Zócalo. Traducción de Clara Janés. Vaso Roto. San Pedro Garza García (México) / Madrid (España), 2014. El próximo 6 de octubre se publica en español este último libro del poeta sirio. Lo escribió en 2012 a raíz de un viaje a México. El pasado prehispánico y figuras como Trotsky y Octavio Paz atraviesan un conjunto de poemas en prosa que a veces transportan al autor a su propio pasado mediterráneo.
Árbol de Oriente. Antología poética, 1957-2007.Edición de Federico Arbós. Visor. Madrid, 2010. Esta antología es la mejor puerta de entrada el universo de Adonis. Contiene una buena muestra de toda su obra y un completísimo prólogo de Arbós. “Bajo mis penas tengo una ciudad”, dice una línea de ‘Este es mi nombre’. Bajo las 450 páginas de este libro hay un mundo entero.
Epitafio para Nueva York. Traducción de Federico Arbós. Nórdica. Madrid, 2014. Publicado originalmente en 1971, otro viaje, esta vez a EEUU, dio lugar a un homenaje a Lorca y Walt Whitman. También a una dura crítica al militarismo estadounidense y al capitalismo simbolizado por Wall Street. En esta edición se le han sumado los poemas largos ‘Garganta de piel roja’ y ‘Paseo por Harlem’, escritos en los años 90.
Historia desgarrándose en cuerpo de mujer.Traducción de Rosa Isabel Martínez Lillo. Huerga y Fierro. Madrid, 2012. Poema polifónico que reelabora la leyenda de Agar, la esclava con la que Abraham tuvo a Ismael, padre mítico de los árabes. Madre e hijo terminaron expulsados de la casa del profeta. En sus versos, Adonis reivindica la dignidad de una mujer que se niega a ser “mitad útero y coito. / El resto, perfidia”.
Sufismo y surrealismo.Traducción de José Miguel Puerta Vílchez. Ediciones del Oriente y del Mediterráneo. Guadarrama, 2008. ¿Qué pasaría si leyésemos a Rimbaud como si se tratara de un sufí oriental? Algo así hace Adonis, que subraya la revolución que, trascendiendo la mera literatura, supuso para nuestra visión de la realidad la obra de poetas y místicos.
Después de publicar títulos como Canciones de Mihyar el de Damasco Libro de las huidas y mudanzas por los climas del día y de la noche, la invasión israelí de Líbano dio lugar al descarnado Libro del asedio. En 1985 se marchó a París: “No había nada que hacer en Beirut. Todo estaba destruido, incluida la universidad en la que era profesor de literatura”. En Francia ha seguido escribiendo poemarios ya clásicos en la literatura contemporánea como el monumental El Libro —la Ilíada de las letras árabes para algunos— o Historia que se desgarra en un cuerpo de mujer, una versión feminista, erótica y crítica de la leyenda de Agar, concubina de Abraham y madre de Ismael, padre mítico de los musulmanes. “Sí, es una versión antirreligiosa”, reconoce Adonis. “Un profeta que destierra a su mujer y a su hijo y los abandona en el desierto. ¡Un profeta! ¿Nadie se pregunta por qué?”.
Los integristas piden recurrentemente que se quemen sus libros. La última vez, hace unos meses en Argelia. Él lo sabe pero no calla: “No creo hacer mal a nadie. Expreso mis ideas. Si no, siento que no existo”. No duda siquiera cuando se le recuerda que se empieza quemando libros y se termina quemando escritores. O intentando quemarlos. Baste pensar en la fetua contra Salman Rushdie: “Lo de Rushdie fue más algo político que religioso, causado por una crítica suya a Jomeini. Su libro reproducía algo ya dicho. Mucha gente ha hablado más radicalmente que él y no ha pasado nada. ¿Que la mayoría de los que querían matarlo no lo habían leído? Eso es la ignorancia. Por eso digo que hoy el islam es una religión sin cultura. Rushdie tenía todo el derecho a hacer lo que hizo”. ¿Y los caricaturistas que dibujaron a Mahoma? “También. Pero hay que saber con quién se discute. No se habla igual a un niño que a un profesor. Los periodistas tienen derecho a dibujar lo que quieran, pero deberían tratar de no humillar a la gente. Si uno busca la verdad, debe estar a la altura de la verdad. Insultar es fácil, pero no sirve para nada”.
En unos días se concederá el Premio Nobel. Adonis figura en todas las quinielas desde hace años, pero, como era de esperar, él dice no pensar en eso. ¿En qué piensa? “En cómo escribir poesía. Y en cómo poetizar el mundo. Por eso hago collages, para prolongar la poetización del mundo. Sin poesía, el mundo se muere de frío, de cerrazón. Los tres pilares del universo son el amor, la amistad y la poesía. El resto es comercio”. Sabe de qué habla: vive rodeado de multinacionales. El barrio le gusta. El mundo, algo menos.