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lunes, 12 de septiembre de 2011

PRENSA. "Maestros", por Salvador Gutiérrez Solís

Salvador Gutiérrez Solís

   En "El Día de Córdoba":
Maestros

Salvador Gutiérrez Solís
11.09.2011

   La vuelta al colegio ya está aquí, la prueba más evidente de que el verano, con sus vacaciones y demás componendas, llega a su fin. Gracias a mis hijos rememoro casi en primera persona este regreso a las aulas, con el nerviosismo propio de quien se enfrenta a la novedad. Nueva clase, nuevos compañeros, nuevos maestros. Precisamente de los maestros, de su figura, de lo que representan y constituyen, se ha hablado mucho durante los últimos días. Y me resulta muy preocupante, y hasta mezquino, cuál ha sido el tratamiento que se les ha dado a los maestros en determinadas intervenciones. Entiendo que no soy una excepción, mis maestros, mis profesores, forman parte esencial de mis recuerdos, y no porque los recuerde con cariño, que es así, o por determinadas anécdotas o pasajes, que también. Los recuerdo porque les debo mucho, porque sin ellos no sería la persona que hoy soy; los recuerdo porque fueron fundamentales a la hora de trazar mi trayectoria vital, porque me guiaron, porque me ilustraron, porque me enseñaron, pero también me educaron, completando perfectamente la tarea de mis padres y hermanos. No conservo una imagen negativa de mis maestros, todo lo contrario, porque hasta con los que menos relación mantuve, porque eso que llamamos "química" no funcionó, siempre me aportaron algo positivo; porque lo poco que sé me lo transmitieron ellos. Al cabo de los años, puede que las canas ayuden en estas reflexiones, he comprendido que hay determinadas facetas de mi personalidad y de mis inquietudes que comenzaron a construirse a partir del contacto y del aprendizaje con algunos de mis maestros.
   Los colegios abren sus puertas y acogen de nuevo a miles de chavales, somnolientos, felices o enrabietados, que continúan o inician su formación académica. Los sistemas educativos siempre estarán en cuestión, siempre, y yo elogio ese inconformismo permanente. La educación es el valor más sagrado y fundamental que debe mimar y primar una sociedad, por encima de todo y todos, y nunca debe ser complaciente con ella. Tenemos que cobijarnos bajo la piel de un fiscal, y padres, profesionales, organizaciones políticas y ciudadanas, todos, debemos controlar y analizar nuestro sistema educativo, cada día. Porque la educación y, por tanto, esos chavales que hoy llegan con legañas a las aulas, son la única garantía real de futuro y progreso. Si queremos ser mejores, en todos los sentidos, no podemos escatimar ni un solo recurso en la educación. Es más, tenemos que crecer, cada día apostar más y más por la educación. No se apuesta por la educación con recortes, no; no se apuesta por la educación tildando de vagos a los que no hace tanto pretendíamos restituir en su autoridad, qué cruel contradicción. Como decía, en los últimos días se ha hablado mucho de la figura del maestro, y he sentido pánico al escuchar algunas frases, pánico. Dudar de su capacidad laboral contabilizando sólo sus horas lectivas, no sólo es una gran mentira, es un atropello a su trabajo. Si aplicamos esa contabilidad a la representante política que formuló tan irrespetuosa afirmación, y contásemos, por ejemplo, el tiempo que pasa a la semana ante los micrófonos y las cámaras, y no el tiempo que le dedica previamente a preparar esos encuentros con los micrófonos y las cámaras, a lo mejor la cuenta nos arrojaría que sólo trabaja dos o tres horas a la semana. Creo que en el canal televisivo de su comunidad sería algo más, obviamente. Balbucear, como también se ha escuchado, que dos horas más o menos tampoco es tan importante, es no tomarse en serio la cuestión más seria de cuantas nos afectan, es evidenciar una miopía absoluta.
   Más allá de las cuestiones ideológicas o programáticas, y hasta electoralistas, creo que harían bien todos los partidos políticos en sacar de la escena, en dejar de poner en cuestión, determinados logros que tanto nos han costado alcanzar, como son la sanidad, las políticas sociales y, sobre todo, la educación. Durante décadas, los maestros de este país ejercieron su profesión gracias a un más que manifiesto compromiso con la sociedad, como un hermoso ejemplo de lo que es la vocación, ya que social y laboralmente no estaban reconocidos. Las célebres y extintas "casas de los maestros" existían por una simple cuestión de caridad: sus sueldos no les permitían desarrollar una vida autónoma. La Democracia prestigió al maestro, en todos los sentidos, y tiene que seguir haciéndolo, porque todos ellos constituyen la gran locomotora que posibilita que el trayecto de la educación no se detenga, a pesar de los baches que nos podamos encontrar en el camino. El maestro, que es una palabra bellísima por todas sus connotaciones, es el gran artesano al que entregamos lo mejor y más importante que tenemos: nuestro futuro.

martes, 6 de septiembre de 2011

PRENSA CULTURAL. "Super 8", por Salvador Gutiérrez Solís

Salvador Gutiérrez Solís

   En "El Día de Córdoba":
Super 8

Salvador Gutiérrez Solís
 05.09.2011

   Hubo un tiempo, no hace tanto, que este mundo nuestro era más lento. O, al menos, esa era su apariencia. Más lento y artesanal, todo nos costaba más esfuerzo, más dedicación, más constancia, y mucho más tiempo. No existía el MP3, ni de lejos, el walkman lo más parecido. Ponías el vinilo en el plato tras limpiarlo a conciencia con una gamuza y ese líquido azul que más de uno utilizó como adormidera, rezabas para que no saltara la aguja, y grababas el lp escogido en una cassette, si no se embrollaba la kilométrica e indomable cinta, claro. El proceso, para poder luego escucharlo en tu walkman, como mínimo duraba lo mismo que el disco. No teníamos correo electrónico, no. Te plantabas frente a un folio en blanco y escribías, lo que sentías, lo que solicitabas, lo que preguntabas, pegabas un sello en el sobre -que previamente tenías que haber comprado-, al buzón y a esperar, con suerte, la respuesta varios días después. Eso sí, te pensabas mejor lo que escribías, y ese "calentón" que en más de una ocasión se nos cuela en un email nos lo evitábamos. Qué decir de la fotografía, no hace tanto seguía formando parte del mundo de la química. Revelador, fijador y agua, negativo y positivo. Desde que enfocabas a través del objetivo y apretabas el pulsador hasta contemplar el resultado de tu acción podía transcurrir más de una semana, tirando a lo corto. Polaroid quiso adelantarse a su tiempo y se quedó en inquietante posibilidad artística. No hablemos de telefonía, porque no creo que sea necesario explicar las grandes diferencias y avances que se han producido en apenas quince años. De aquel tiempo lento y artesanal guardo un especial recuerdo de aquellas reuniones familiares alrededor del proyector de Super 8. No siempre funcionaba el artilugio, demasiados componentes de sistema frecuentemente dispuestos a jugarte una mala pasada, pero cuando lo hacía a mí me parecía algo mágico, alucinante. De igual manera, a imagen y semejanza de su tiempo, el Super 8 era lento y artesanal en su composición y ejecución. La complicada grabación daba paso a un tiempo de larga espera -vía Fuentes Guerra o Chaplin- que no te garantizaba el éxito. La química, tal y como le sucedía a la fotografía, no es exacta.
   He vuelto a encontrarme con ese tiempo, que no fue hace tanto, insisto, de la mano de Super 8, de J. J. Abrams. He vuelto a sentir la lentitud y la artesanía y, de nuevo, me ha atrapado e hipnotizado la pantalla. Abrams, conocido por el gran público por ser el creador de la exitosa -y para mi gusto cansina- Lost, nos demuestra que es un narrador que nos deparará grandes momentos y películas si persiste en su evolución. De hecho, yo ya califico a Super 8 como gran película, o como ya le he escuchado a más de uno: es una peli como las de antes. Porque entronca y conecta con grandes títulos del pasado. Esa capacidad narrativa de J. J. Abrams se discutió y expuso años atrás en el Diario de Lecturas de Vicente Luis Mora, suscitando un amplio y apasionante debate. En estos días, y a tenor de otro estreno en la cartelera, y me refiero a La piel que habito de Pedro Almodóvar -con la que muchos deseamos que recupere su tono más alto-, se está hablando mucho de Frankenstein, como un proceso creativo o emocional. Proceso o concepción que Abrams emplea descaradamente en Super 8, bien a modo de guiños o como incondicionales homenajes, comenzando por el mismísimo productor de la cinta, Steven Spielberg. La guerra de los mundos, ET, Encuentros en la III Fase, Alien, La Bella y la Bestia, Romeo y Julieta, La Noche de los Muertos Vivientes, La invasión de los Ultracuerpos y hasta Los Goonies se asoman, con descaro en ocasiones, a Super 8. Sin embargo, J. J. Abrams ha creado su propio y autónomo cuerpo -muy lenta y artesanalmente- y, sobre todo, ha conseguido que no se le noten las costuras.
   Se le puede reprochar a Super 8 que es políticamente correcta, que lo es, que a ratos desprende una moralina rancia, porque lo hace, y hasta que es previsible, porque puede llegar a serlo, sí, pero aun así es, en su resultado y definición, un apasionante y emocionante espectáculo cinematográfico. Bien porque sabe donde se encuentra la parte más sensible de nuestra nostalgia, bien porque se te ofrece como un mundo conocido, querido y familiar; bien porque nos habla de la magia que se puede esconder tras lo cotidiano. Se puede analizar Super 8 desde multitud de prismas, aunque tengo la impresión de que se trata de un ejercicio superfluo. Mucho más simple. Sólo se trata de sentarte frente a la pantalla y disfrutar, recuperando esa inocencia que se quedó atrapada en ese otro tiempo, lento y artesanal, que no fue hace tanto.

martes, 30 de noviembre de 2010

PRENSA. CONTRA LA VIOLENCIA DE GÉNERO. "Los hombres que odian a las mujeres", por Salvador Gutiérrez Solís

Salvador Gutiérrez Solís

En "El Día de Córdoba":
Los hombres que odian a las mujeres

Salvador Gutiérrez Solís
Actualizado 29.11.2010

   La  violencia de género es la mayor lacra social con la que contamos en nuestro país. Desgraciadamente, no es un fenómeno exclusivamente español, y es que la globalización de la tragedia es la más rápida en extenderse sin esquivar un solo lugar. Aquí, en España, al menos, sí está identificado y catalogado el delito, tiene nombre propio. En buena parte del mundo sigue sucediendo lo mismo que antaño nos sucedía a nosotros y escapa de las estadísticas, al considerarse un delito que forma parte de la privacidad de la familia. No me cabe duda de que la violencia de género es el crimen más complejo al que se enfrenta la Ley, ya que siempre existe entre agresor/asesino y agredida/asesinada un vínculo que tal vez algún día fue supuestamente afectivo, o se comparten hijos o se convive en el mismo domicilio, con hipoteca a nombre de ambos, etc., etc. A diferencia de lo que piensan muchos, no creo en esa vieja y bárbara teoría que nos dice aquello de que el amor y el odio conviven en una franja muy estrecha de los sentimientos y que los asesinos alguna vez amaron a las mujeres que después asesinan. No, nunca las amaron y siempre las odiaron. El amor no te conduce al insulto, a la vejación, a la humillación, a la amenaza, a la violación, al asesinato. El amor no empuja las manos que agarran esa navaja, no ordena al dedo que apriete el gatillo, el amor no estrangula, no golpea. No. El amor es otra cosa, completamente diferente. No citemos al amor cuando nos refiramos a un caso de violencia de género. No es un "crimen pasional", esa célebre y mentirosa apostilla cuando aún camuflábamos en la privacidad de la pareja este horrendo crimen. Hablemos de asesinos, de asesinatos y de asesinadas, a secas.
   No me cabe duda de que los medios de comunicación han jugado un papel fundamental a la hora de mostrarnos la violencia de género en su exacta y trágica magnitud. Gracias a ellos los números, las estadísticas, tienen nombre y apellidos, cuentan con unos ojos, con un pasado, con una realidad. Esa mujer muerta de ayer en extrañas circunstancias ha pasado a llamarse Lola, Marta o Victoria, y tiene hijos, y hermanos y una vida por delante que ya no será tal. Gracias a los medios de comunicación, a su complicidad con las organizaciones de mujeres y con las instituciones, también hemos sabido que la violencia de género no entiende de clases sociales o económicas, que no la podemos adjudicar a un determinado grupo o colectivo, que no entiende de religiones ni de razas, que no sólo se produce en determinados tramos de edad. Esta visibilización de la violencia de género ha conseguido que muchas mujeres entendiesen y asimilasen que su realidad no formaba parte de la realidad colectiva, que no todos los hombres odian a las mujeres, que las relaciones de pareja no se sostienen sobre la sumisión y el dolor.
   Porque hay hombres que odian a las mujeres, que sólo las contemplan como personas a las que controlar, dirigir y dominar. La violencia de género es la expresión más mezquina que existe de la desigualdad entre géneros, y no por repetida deja de ser una afirmación categórica, que representa y define esta cruel realidad. La violencia de género no es un problema privado, afecta a la sociedad en su conjunto, ya que la infecta, la hace más frágil, turbia, la hiere. Y la sociedad como tal debe actuar, ya que en muchos casos esas mujeres que no se atreven a dar el paso y denunciar a sus agresores, que sigue siendo la única manera de poder ofrecerles protección e información, conviven con vecinos, compañeros de trabajo o familiares que conocen su tragedia.
   Si denunciamos a ese ladrón que descubrimos desde la ventana, si no dudamos a la hora de notificar la destrucción del mobiliario urbano o del coche de un conocido, no podemos quedarnos cruzados de brazos cuando seamos conscientes de un caso de violencia de género. Porque, insisto, no es una interferencia en el ámbito privado, no nos inmiscuimos en los asuntos de una pareja, no, alertamos de un delito. El 25 de noviembre es un día con altavoz, y lo debería ser cada día que una mujer muere asesinada a manos del que es o fue su pareja. Ojalá llegue un día en el que los hombres que odian a las mujeres no existan o, al menos, no estén cerca de ellas. Porque no las merecen, y porque tampoco nosotros merecemos que formen parte de nuestra sociedad.

miércoles, 15 de septiembre de 2010

PRENSA CULTURAL. CINE. "Y Andy se hizo mayor", por Salvador Gutiérrez Solís

Salvador Gutiérrez Solís

En "El Día de Córdoba":

Y Andy se hizo mayor

Salvador Gutiérrez Solís
Actualizado 13.09.2010

Mi hijo me golpeaba el hombro al mismo tiempo que me preguntaba: ¿papá, por qué no nos vamos? Me inventé una excusa, le dije que los títulos de crédito escondían una nueva sorpresa. No le podía decir la verdad, que las lágrimas me llegaban a la barbilla y que me daba cierto -por no decir mucho- pudor que lo descubrieran los cientos de niños y padres que abarrotaban la sala de cine. Creo que basta este detalle para explicar las emociones, las sensaciones, que despertó en mi interior Toy Story 3. Estoy absolutamente de acuerdo con todos aquellos críticos que están encumbrando esta película, en primera posición no sólo en taquilla, de la misma manera que me adhiero, con los brazos abiertos, a la afirmación de que el mejor cine de los últimos años no ha sido protagonizado por seres humanos.
La animación cinematográfica vive una auténtica edad dorada, su gran momento, y no creo que este auge se pueda explicar, única y exclusivamente, por el desarrollo y avance de las nuevas tecnologías. Las tecnologías son el soporte, el medio, pero no son el talento, la emoción, la sensibilidad, el guión con la brillante sencillez y perfección de un artesanal reloj suizo. La animación actual juega con una gran ventaja, que no deja de ser una de sus grandes virtudes: la universalidad. Es decir, como el arte abstracto, que posibilitó que contara con admiradores de cualquier condición, admiradores que alcanzaban a descubrir diferentes planos o estratos de comprensión, según la sensibilidad y percepción de cada cual, la animación ha logrado atrapar no sólo a mayores y niños, también a eruditos del cine, a público generalista, a curiosos, exigentes, selectivos, etc.
Igualmente, la animación cinematográfica ha sabido adaptarse magníficamente a los cambios, aliarse con los tiempos y circunstancias que nos han tocado vivir, infinitamente mejor que cualquier otro género. Pixar tiene buena culpa de esto, ya que su propuesta ha marcado el camino de las restantes productoras. De los últimos años, dentro del género, destacaría Bichos y Hormigas, deliciosas ambas hasta en sus tomas falsas, Los Increíbles, Wall E o la deslumbrante Up, que cuenta con uno de los mejores arranques que he contemplado en la pantalla de un cine. La animación también ha llegado a nuestro país y ya somos capaces de crear productos de muy buena calidad que estamos exportando al resto del mundo. La andaluza El lince perdido o Planet 51 son dos magníficos ejemplos que nos demuestran que, definitivamente, la animación española ha alcanzado la mayoría de edad.
Y si cito títulos que me han sorprendido por diferentes motivos, no me puedo olvidar de Toy Story en cualquiera de sus entregas, pero muy especialmente de la tercera, última momentáneamente, y que podemos disfrutar en la sala de cine más cercana. Desde las creaciones más célebres y deslumbrantes de los hermanos Coen, no había asistido a tal despliegue imaginativo, a tan alucinante demostración de cómo un guión puede ser el perfecto andamiaje sobre el que se construye una película. Cada detalle, cada comentario, cada personaje forma parte de una sólida y compleja maquinaria que funciona a la perfección, sin estridencias, cuidando cada secuencia con esmero y arquitectura.
Toy Story es una obra divertida, a ratos desternillante, pero eso no es obvio para que, a la vez, aborde temas cruciales y profundos que a todos nos afectan. Regreso a mis palabras iniciales: emociona. La descripción, más aún, la fotografía/radiografía más intensa y nítida que he podido contemplar en la pantalla del fin del infancia, algo que todos nosotros vivimos y que, en determinadas ocasiones, puede llegar a ser muy traumático, me la ha mostrado Toy Story.
Porque en esta tercera entrega Andy se hace mayor, todo un universitario, y se ve en la obligación de renunciar al mundo que le ha rodeado durante la infancia. Un mundo que vemos reflejado en el propio físico de Andy, en una fotografía, en la decoración de su dormitorio, en las nuevas aficiones o en sus juguetes. Sin embargo, a pesar de la despedida de Andy, Toy Story es la gran metáfora de la infancia, de esa magia que consigue que los juguetes cobren vida y que los pasillos de nuestras casas se conviertan en exóticas selvas o en laberínticos palacios.

lunes, 28 de septiembre de 2009

PRENSA. 28 septiembre 2009. "Por qué no decir basta", de Salvador Gutiérrez Solís


Reproducimos el artículo POR QUÉ NO DECIR BASTA, del escritor cordobés Salvador Gutiérrez Solís, aparecido hoy en "El Día de Córdoba":

Negar que en los últimos años se ha avanzado en la igualdad entre los géneros sería negar lo evidente. También es cierto que ha sido mayor el avance legislativo o normativo que el social, donde la desigualdad sigue siendo un asunto desdichadamente rutinario. Me temo que habrán de pasar algunas generaciones hasta que la igualdad real, en todos los aspectos y ámbitos de nuestras vidas, constituya el cotidiano, y la desigualdad una excepción. Aún queda mucho, mucho por recorrer, mucho por rectificar, mucho por naturalizar. En demasiadas ocasiones el machismo se gesta en el mundo de la empresa, no es necesario recordar la brutal diferencia de salarios, se gesta en las organizaciones, ya sean políticas, sindicales o culturales, y se gesta, sobre todo, en la familia. Inconsciente o conscientemente, desde la naturalidad de una tradición tan excluyente como perversa, a los hombres y a las mujeres se nos educa de manera muy diferente en multitud de ocasiones, adjudicándole a uno y otra roles completamente diferentes. Mi hijo Israel juega con príncipes y princesas, Aurora, Felipe, Cenicienta o Michael, que componen el imaginario de su infantil mundo de cuento. Cuando salimos a pasear, mi hijo gusta acompañarse de alguno de sus muñecos o muñecas. Si lleva entre sus manos un príncipe, no pasa nada, todo es normal, es lo natural; pero como sea una princesa la cosa cambia, radicalmente. Les puedo asegurar que en un simple trayecto de cien metros son varios los comentarios que escuchamos, las risas que contemplamos alrededor, y no sólo de gente mayor, de personas de mi generación y, lo que más me preocupa, de niños de su propia edad. Tengamos en cuenta que mi hijo tiene cuatro años.
Curiosamente, a un amplio número de amigos de mi hijo les encantan las muñecas, pasear un carrito de bebé o hacer comiditas, y me he topado con reacciones paternas de todo tipo. Hay quien consiente que juegue con muñecas, pero sólo en casa, les prohíben exhibirlas en el exterior. Hay quien se niega a que las tengan, a pesar del deseo manifiesto de sus hijos. Hay quien lo vive como una absoluta pesadilla y te muestran dudas sobre la sexualidad de sus retoños. A mí mismo, lo reconozco, criado en el machismo de un franquismo que devoraba todo y a todos, me ha costado entender que a mi hijo le gusten por igual los muñecos y las muñecas, que le encante cambiarles de vestido, que las peine, que organice bodas entre ellos, y hasta me he obstinado en ponerle una pelota entre las piernas o en aficionarlo a la bicicleta. Y todo, trágica y sencillamente, porque no soportaba las risitas, las miradas de soslayo y los comentarios de los que me rodeaban, hasta que comprendí que la felicidad de mi hijo, su desarrollo personal, su libertad, estaban muy por encima de estos arcaicos efectos colaterales de una sociedad en la que el machismo y la desigualdad siguen siendo santo y seña.
Seamos sinceros, no nos escondamos detrás de una máscara de idealismo que no existe; tal vez más de un lector esté sonriendo al leer este artículo, y hasta puede que se esté sorprendiendo, y fabrique esas coletillas que empleamos para explicarlo todo. Porque la desigualdad, la falta de respeto por la personalidad y libertad de cada cual, se construye sobre un discurso facilón, plano, tan sencillo como cruel. Porque en este país se nos ha educado a formar parte de la "moral oficial", a respetarla, acatarla y transmitirla aunque no la compartamos, aunque nos duela, aunque nos reduzca como personas y frene expresiones muy íntimas de nuestra propia naturaleza. Y todo, en una gran mayoría de las ocasiones, por el qué dirán, que ha sido la liturgia permanente que ha repicado en nuestros oídos. Basta, ha llegado el momento de decir basta.
Las muñecas de mi hijo son un mero ejemplo de un amplísimo catálogo donde caben, desgraciadamente, mil y un ejemplos más. Seguimos manteniendo un mundo donde los hombres y las mujeres, desde pequeños, han de adoptar papeles absolutamente diferentes. Seguimos manteniendo modelos sociales, familiares, morales, que no hacen otra cosa que mermar el natural crecimiento de nuestras personalidades. Podrán cambiar las leyes, las normas, los tantos por ciento, que son necesarios, indiscutiblemente, pero mientras no lo haga la sociedad, todos y cada uno de nosotros, siempre contemplaremos la deseada meta desde el comienzo de un camino que nos da miedo recorrer. Tendremos que comenzar a decir basta.