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martes, 10 de julio de 2012

PRENSA CULTURAL. CIENCIA. "Dios sería lamarckista", por Javier Sampedro

Javier Sampedro. "Bisonte de Altamira visto de frente". ("El País")

   En "blogs.elpais.com":
Dios sería lamarckista

Javier Sampedro
16 de febrero de 2012

   Uno de los padres del darwinismo moderno, Theodosius Dobzhansky, abrazó la selección natural como la herramienta óptima elegida por Dios para crear al hombre a su imagen y semejanza. Craso error, porque si Dios existiera sería lamarckista. Sus criaturas no solo pasarían a la descendencia sus genes, sino también el tuneado con que la biografía los ha ido puliendo, los estratos de consonancia que han resultado de su careo con el mundo. No la partitura de Sweet Lorraine, sino el disco en que la borda Frank Sinatra. Bueno, esa parece la forma más inteligente de hacer las cosas, ¿no creen?
   Los biólogos consideramos el lamarckismo, o herencia de los caracteres adquiridos, una teoría refutada por dos experimentos históricos, el de Weismann y el de Luria y Delbrück. El primero es uno de los padres de la genética, y los segundos una leyenda de la biología molecular. Sus refutaciones del lamarckismo, sin embargo, poseen la sutileza de un martillo pilón.
   August Weismann no solo fue uno de los primeros darwinistas alemanes, sino el primer ultradarwinista del mundo. A diferencia de Darwin, albergaba la ardorosa creencia en que el lamarckismo era erróneo, y a finales del siglo XIX quiso refutarlo con un experimento memorable: le cortó la cola a cinco generaciones seguidas de ratones y comprobó que, pese a ello, seguían naciendo con la cola intacta. Luego el lamarckismo era erróneo, concluyó de algún modo.
   En el segundo clásico, Max Delbrück y Salvador Luria expusieron muchas colonias de bacterias a un virus mortal para ellas; vieron que unas pocas sobrevivían, y se preguntaron: ¿se han hecho resistentes al virus, como querría Lamarck, o es que ya lo eran, como diría Darwin? Resultó lo segundo, luego el lamarckismo volvía a ser erróneo. Pero, como dice el genetista James Shapiro, de la Universidad de Chicago, "lo único que Luria y Delbrück demostraron fue que las mutaciones que confieren resistencia a un virus invariablemente letal son anteriores a la selección, como no puede ser de otra forma". Cuando los virus no son tan letales, o lo son solo en ciertas condiciones, las bacterias se adaptan a ellos con suma facilidad. El mecanismo más común empieza por la incorporación de los genes del virus en el genoma de su huésped, o presunta víctima, y uno de sus descubridores, el genetista Eugene Koonin, no tiene el menor empacho en llamarlo lamarckista.
   Un caso aún más interesante de evolución lamarckista se centra en los priones, un tipo de proteínas que se hicieron famosas como transmisoras del mal de las vacas locas, y los únicos agentes infecciosos que no tienen genes. Son proteínas normales del cuerpo que adoptan una forma errónea cuando tocan a otra que tal la tiene: lo que se propaga aquí no es una cosa, sino la forma de una cosa.
   El equipo de Susan Lindquist, del Instituto Whitehead de Cambridge (Boston), publica hoy en Nature que los priones no solo son comunes en las levaduras aisladas del campo, sino que suelen conferirles alguna ventaja en el medio particular en que les ha tocado vivir. Por ejemplo, una cepa aislada del vino blanco es resistente al ácido; otra aislada directamente de uvas Lambrusco lo es a las quinolinas, los precursores químicos de muchos pesticidas; otra aislada de mosto de uva lo es al fluconazol, un antifúngico común, y todas estas resistencias son adaptaciones evolutivas introducidas por los priones.
   En la levadura hay un par de docenas de proteínas que pueden volverse priones. En su estado normal forman parte del sistema de lectura y edición de los genes, y por tanto su cambio de forma altera el efecto de muchos genes a la vez. El mecanismo es de nuevo claramente lamarckista, porque la probabilidad de que estas proteínas adopten la forma contagiosa depende críticamente de la escasez de alimento, el exceso de presión, la oxidación, la acidez, la radiación y un amplio abanico de sustancias tóxicas inventadas o por inventar. Es decir, de los factores universales que estresan a cualquier célula del planeta, incluidas las nuestras.
   Cortar rabos no aparece en la lista, doctor Weismann. Se le debió pasar a Dios.

domingo, 8 de enero de 2012

PRENSA. CIENCIA. "Una mente abierta", por Javier Sampedro


   En "El País":
Una mente abierta

JAVIER SAMPEDRO 06/01/2012

   El actual director del instituto de zoología de la Universidad de Varsovia, Andrzej Tarkowski, se ganó el puesto en 1961, cuando publicó en Nature la creación de la primera quimera de un mamífero. Agregó las células de dos embriones de distintos ratones y obtuvo un ratón quimérico, perfectamente normal en tamaño y en todo lo demás, pero construido con poblaciones celulares de diferentes individuos. No había medio ratón de un origen y otro medio del otro, sino que los dos tipos de células aparecían en amor y compañía en cualquier órgano, formando parte de un todo que nunca habían previsto. Lo mismo se ha demostrado en ratas, conejos, ovejas y vacas.
   El experimento pionero de Tarkowski se ha convertido hoy en la gran prueba de estrés para células madre. Solo se consideran pluripotentes (capaces de formar cualquier tejido del cuerpo) aquellos cultivos de células madre que, inyectados en un embrión, colaboren con él para formar cualquier tejido del cuerpo, como en las quimeras de Tarkowski. El problema es que ninguna línea humana de células madre ha superado ese test hasta ahora. Tampoco se ha logrado con otros primates. Este fracaso ha supuesto hasta ahora un grave escollo para la aplicación de las células madre a la medicina. El experimento de Oregón no despeja el obstáculo, pero sí revela cómo saltárselo. Y no es tan difícil, en realidad. La técnica moderna para hacer quimeras es inyectar las células madre de un cultivo en la zona apropiada de un embrión. Y a los investigadores de Oregón les ha bastado volver al método más arcaico de Tarkowski -mezclar células de varios embriones en masa, por así decir- para obtener quimeras de un primate. Hasta media docena de monos han llegado a contribuir al cuerpo de uno solo por este método.
   La buena noticia es que las células madre de los primates sí son pluripotentes, después de todo. La mala es que solo parecen serlo cuando se extraen directamente de los embriones, y no cuando ya están propagadas en cultivos de laboratorio. Esto reduciría la utilidad de los cientos de líneas de células madre humanas ya establecidos. Pero saber algo siempre es mejor que ignorarlo.
   Desde hace unos años, las estrellas de la investigación en medicina regenerativa no son las células madre embrionarias, sino las llamadas iPS (células madre de pluripotencia inducida), que se obtienen retrasando el reloj de simples células de la piel o el cabello para que recuperen su condición de células madre. Tienen la gran virtud de ser genéticamente idénticas a la persona que puso la piel. Pero ni las iPS existirían sin las células madre embrionarias, ni progresarán hacia la aplicación clínica mientras no lo hagan estas. La receta del éxito es mantener una mente abierta.

   Del blog Simetrías.