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sábado, 25 de junio de 2011

PRENSA CULTURAL. REVISTA "MERCURIO". "Héroes eternos", por Alejandro Lillo

   HÉROES ETERNOS

"La narración de sus andanzas sirve como guía para comprender el mundo"

ALEJANDRO LILLO

   Desde la Antigüedad, la figura del héroe ha tenido una importancia capital en la cultura de occidente. Cuando Homero, hace más de dos mil quinientos años, contó las hazañas de Aquiles en la Ilíada y el viaje de Ulises en La Odisea, hizo algo más que plasmar por escrito un conjunto de historias orales que recitaban los aedos por Asia Menor y Grecia: fijó literariamente un tipo de personaje que ha perdurado hasta nuestros días. Y es que todo héroe, más allá del aspecto que adopte en cada época histórica y de los rasgos con los que haya sido perfilado, mantiene unas características que permanecen inalterables. Son estas características las que hacen que figuras como Don Quijote o Hamlet, pese a la distancia que nos separa de ellos, continúen emocionándonos. Representan mucho más de lo que aparentan: la narración de sus andanzas y tribulaciones no sólo sirve como guía y referente para comprender el mundo, sino que nos ayuda a conocernos mejor a nosotros mismos.
   En la tradición mitológica y literaria de la antigua Grecia, pero también en la actualidad, un héroe es aquel personaje que acomete una empresa o se enfrenta a un enemigo que en principio le desborda, que sobrepasa sus posibilidades: ya sea matar a un monstruo o resolver un misterio, el protagonista asume un reto o se encuentra en una situación que parece imposible de resolver, lo que le obliga a emplearse a fondo desplegando todos sus recursos y habilidades. El héroe, pues, aunque universal, no es estático. Se supera a sí mismo y representa en sus actos la capacidad humana para mejorar. En este sentido, el retorno de Ulises a Ítaca tras la guerra de Troya es el paradigma del esfuerzo y la superación. En su viaje tiene que sortear numerosos retos y peligros: se enfrenta con cíclopes y gigantes, con malvadas hechiceras y con temibles monstruos marinos; incluso desciende a los infiernos y regresa vivo para contarlo. Conforme va salvando las dificultades se enriquece, haciéndose cada vez más competente. Pero este tipo de conocimiento que atesora Ulises es muy particular, pues sólo lo proporciona la experiencia. Sus vivencias lo transforman. Eso mismo le sucede a Alonso Quijano, un hidalgo que devora libros de caballerías adquiriendo vastos conocimientos sobre la materia. Sólo se convierte en Don Quijote cuando decide salir al mundo para vivir esa experiencia. Al final de su aventura, tanto Don Quijote como Ulises se han convertido en personas distintas, más juiciosas y sabias que cuando partieron.

   LA ACTITUD HEROICA
   El héroe, por tanto, se va construyendo conforme actúa: completa una trayectoria, experimenta una sucesión de hechos que van forjando su carácter. Incluso antes de su desarrollo pleno, o tras él, está dotado de un rasgo fundamental: su actitud. La actitud heroica es una manera de estar en el mundo, es la disponibilidad para arriesgarlo todo, incluso su propia vida. Así se comporta Telémaco en La Odisea, cuando abandona Ítaca para buscar a su padre; es el proceder del anciano Príamo, rey de Troya, cuando se adentra en el campamento griego para rogarle a Aquiles que le devuelva el cadáver de su hijo Héctor; pero también es la conducta de Tom Sawyer cuando decide arriesgar su propia vida y denunciar al indio Joe por asesinato, evidenciando su elevado concepto de la honradez y la justicia.
   Esta actitud de Tom Sawyer hacia la justicia es la misma de la que hace gala Robin Hood, aquel habilidoso arquero que se opuso al mismísimo rey de Inglaterra con apenas un puñado de hombres. Ambos comportamientos ponen de manifiesto que el héroe actúa siempre impulsado por la virtud. Siempre está del lado de lo que en cada momento considera bueno y justo. Ese arrojo para enfrentarse a algo que le supera no es gratuito ni lo hace por amor a la aventura, sino que viene dado por el compromiso moral que tiene hacia sí mismo y hacia otras personas o ideales. Es lo que le sucede a Hamlet cuando siente el deber de averiguar quién asesinó a su padre. Pero además, el héroe tiene plena conciencia de los riesgos que corre. Sabe perfectamente que lo que hace o se propone hacer puede costarle la vida. No es un loco, aunque lo parezca, ni un irresponsable, sino un hombre libre que toma decisiones: comprende el peligro y el reto que debe afrontar. Ejemplo extraordinario de este comportamiento en La Ilíada es el de Héctor, el más esforzado de los troyanos. En realidad es un personaje tremendamente cercano a nuestra perspectiva: está lleno de contradicciones. Una de ellas, la que terminará por ser decisiva, es su doble condición de guerrero y príncipe. Como combatiente debe estar dispuesto a morir por su pueblo; pero como heredero de Príamo y futuro rey de Troya ha de permanecer con vida. Lo irresoluble de esta contradicción es lo que le lleva, casi sin proponérselo, a enfrentarse a Aquiles, aun sabiendo que es un rival que lo supera claramente en pericia y fuerza. Es consciente de la elevada probabilidad de que el mirmidón lo mate, pero aun así termina por asumir su deber, pues lucha por salvar a Troya de la destrucción. Esa responsabilidad le impele a resistir al invencible héroe griego aceptando su destino. Se trata del mismo deber moral que conduce a trescientos espartanos a contener a miles de persas en el paso de las Termópilas.

   EL HÉROE SOLITARIO
   El héroe está dispuesto a enfrentarse a los mayores peligros, poniendo en riesgo su propia vida por una causa justa, sea ésta colectiva o más personal. Sin embargo, dicho desprendimiento esconde, de forma más o menos velada, una ambición: la conquista de la inmortalidad. Aquiles quizá sea, en este sentido, un personaje paradigmático. Enfadado con Agamenón, jefe del ejército griego, Aquiles se niega a combatir y aguarda aislado en su campamento. En él se materializa entonces la figura del héroe solitario, del hombre valeroso y capaz que por una razón u otra abandona la comunidad a la que pertenece. Es un “lobo estepario” alejado de una sociedad a la que no comprende y que le decepciona, pues ha sido objeto de una injusticia. Por coraje y entrega, por fuerza y determinación, es el guerrero de La Ilíada más cercano a los dioses. Sin embargo, no se deja engañar: sabe que en el fondo es tan sólo un hombre, y que la muerte finalmente acabará con él. Asume como nadie lo efímero de la existencia, pues junto a sus grandes cualidades, su carácter mortal pone en evidencia sus flaquezas y su fragilidad como sujeto. Aquiles lucha por su propia gloria, sabiendo que su futuro depende del recuerdo que los hombres conserven de él y sus proezas. Como sabe que va a morir, prefiere decidir la forma en la que ha de hacerlo. Se erige entonces en el representante de los valores de la cultura homérica, en el más grande de sus guerreros, en el más inmortal de ellos.
   Así, toda comunidad crea sus propios modelos y reinterpreta a los anteriores. Ya sea para liberar al mundo de una amenaza como hacen los caballeros de la Mesa Redonda, ya sea para sobrevivir en una isla desierta como hace Robinson Crusoe, el héroe encarna las virtudes de una sociedad o de un grupo social, de tal forma que en él se reconocen cada uno de esos individuos, pero no como son, sino como querrían ser. Demuestran un coraje, una entrega y una determinación ideales. Son un espejo en el que mirarnos. Ahí radica el ascendiente que las figuras heroicas aún conservan: algo de nosotros hay en ellos, y algo de ellos, en nosotros. A través de sus acciones nos reconocemos; a través de ellos nos asomamos a la eternidad.

lunes, 14 de marzo de 2011

PRENSA. 14 marzo 2011

   En "El País".

1. Caso ejemplar. Columna de Almudena Grandes.

2. Efectos geolopolíticos de una insurrección inesperada. Artículo de Mariano Aguirre, director del Norwegian Peacebuilding Centre, Oslo. Sobre las revueltas en el mundo árabe.

3. Libia nos llama. ¡Tomad partido! Artículo de Alaa al Ameri, escritor y economista libio-británico. Traducción de Jesús Cuéllar Menezo. Los revolucionarios no solo se enfrentan a Muamar el Gadafi, sino a una coalición internacional de regímenes represivos: Argelia, Siria... Hay que crear una zona de exclusión aérea y cortar el acceso al dinero y las armas.

4. Japón, tubo de ensayo. Por Juan Ignacio Crespo, director de 'Thomson Reuters'.

5. Un mago de la literatura juvenil. Por Fernando Valverde. Antonio Martín Morales triunfa entre los lectores con la saga 'La horda del diablo'.

sábado, 23 de octubre de 2010

PRENSA. 23 octubre 2010

En "El País":

1. En arte casi todo vale. Reportaje de Tereixa Constenla. La censura parcial a la exposición de Larry Clark en París reabre el debate sobre los límites de la creación - Las fronteras se desplazan de la mano de la moral.

2. El silencio de los animales. Artículo del escritor Gustavo Martín Garzo.

3. Barbarie con rostro humano. Artículo de Slavoj Zizek, filósofo esloveno. Traducción de Jesús Cuéllar Menezo. La oleada de rechazo del inmigrante en Europa es hoy la principal amenaza para su legado cristiano. El miedo al extranjero empieza a impregnar también el antaño tolerante multiculturalismo liberal.

4. La batalla de Francia. Columna de Samí Naïr.

5. Un novelista dedicado a enseñar. Reportaje de Santiago Belausteguigoitia. Eliacer Cansino gana el 'Premio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil'.

viernes, 28 de mayo de 2010

PRENSA CULTURAL. NARRATIVA JUVENIL. "Tempus fugit. Los ladrones de almas", de Javier Ruescas

Javier Ruescas, con su último libro y algunos de sus favoritos.- ÁLVARO GARCÍA ("El País")


En "El País":

El rastreador de 'harrypotters'


Javier Ruescas, estudiante de periodismo y asesor de las editoriales en busca de superventas juveniles, publica a los 23 años su tercera novela

CARMEN MAÑANA - Madrid - 26/05/2010

Javier Ruescas es un estudiante de periodismo de 23 años que ha conseguido que Alfaguara publique el 26 de mayo su tercera novela, Tempus fugit. Impresionante, pero no extraordinario. Y casi lo menos sorprendente en la corta carrera de este madrileño. Desde los 19 años, editoriales como Santillana, Espasa, Molino o Ediciones B le pasan los manuscritos de las novelas juveniles cuyos derechos estudian comprar para que los evalúe. "Hago los informes casi con miedo, porque soy consciente de que puede que un libro se publique o no, según lo que yo diga", explica. Su criterio influye no solo en los editores, sino también entre los lectores. ¿La prueba? La gran apuesta de Espasa para esta temporada, Hermosas criaturas, de Kami García y Margaret Stohl, se publicita acompañada por una frase que no pertenece ni a un autor reconocido ni a un crítico. En carteles y escaparates, en letras gigantescas, se utiliza como reclamo la recomendación de este universitario. No es la primera vez. En la segunda entrega de la serie Los juegos del hambre (Molino) se recoge el comentario de Ruescas junto a los de Stephenie Meyer, creadora de la tetralogía Crepúsculo, y de The New York Times.
Todo comenzó cuando, con 18 años, Ruescas leyó Crepúsculo. Le gustó tanto que buscó en Internet la web oficial de fans para compartir sus impresiones. Pero no había ninguna en español. Así que decidió crearla. Hoy tiene 80.000 usuarios registrados y es la más grande dedicada a esta serie en castellano. "Los de Alfaguara [editorial de la tetralogía] me llamaron la primera vez que vino Stephenie Meyer porque yo tenía el contacto con todos los fans y así empezó la historia". Otros sellos comenzaron a contratarle para que diseñara la promoción online de sus títulos. "Hasta que un día me dijeron: 'Confiamos en tu criterio, ¿te importa leerte este manuscrito y decirnos qué te parece?'. Yo pensaba: '¿De verdad que me van a pagar por leer y además me van a regalar libros?", se ríe. Raúl González, editor de Alfaguara, asegura que Ruescas tiene "el olfato de alguien que ha leído muchísimo y, como plus, el punto de vista del escritor". El madrileño vivió cómo se gestaba el fenómeno Crepúsculo y tiene una teoría muy clara sobre qué debe poseer un libro juvenil para convertirse en un best seller: "No sólo importa la calidad de la novela, sino cómo se va a promocionar. Si puede funcionar en Facebook, si se pueden hacer tatuajes para los chavales o si tiene una canción. Algo que haga que la historia no se quede solo en el libro y pueda crecer y convertirse en un fenómeno". Una receta que reconoce haber aplicado a su propia novela, una historia de ladrones de futuros y amor adolescente.
Cuando no está leyendo manuscritos o escribiendo los suyos propios, rastrea páginas estadounidenses especializadas en busca de novedades. Él mismo gestionó la compra del libro Tres deseos (Molino), de una forma tan poco tradicional como su propia carrera. "Leí el blog de la autora, Jackson Pearce, y me encantó. La agregué al Gtalk [servicio de mensajería instantánea de Gmail] y empezamos a hablar".

Aquí, la web de la novela.
Y las primeras páginas.

jueves, 27 de mayo de 2010

PRENSA. 27 mayo 2010

En "El País".

1. Calpurnia contra Bush. Por Nuria Barrios. Las teorías darwinistas inspiran el gran éxito literario juvenil en Estados Unidos, 'La evolución de Calpurnia Tate'.

2. Montárselo solos. Columna de Manuel Rodríguez Rivero.

3. El exterminio de Rechnitz sube al escenario en Austria. Por Gloria Torrijos. Jelinek autoriza el estreno en su país de una obra teatral contra el nazismo.

4. La novela europea o un baile de disfraces. Artículo del escritor Félix de Azúa.

5. Cuba: el desgaste de la espera. Artículo de Zoé Valdés, escritora cubana; vive exiliada en París.

6. El día de la 'Nakba' y del engaño. Artículo de Ben Dror Yemini, analista israelí. Una versión más extensa de este artículo se publicó en el diario Maariv el pasado 15 de mayo. El mito de los refugiados palestinos es el mayor éxito de la historia moderna; un éxito que es una absoluta impostura. Fueron ellos los que declararon la guerra. Y no existe eso que llaman "derecho al retorno".

sábado, 27 de febrero de 2010

CINE. NARRATIVA JUVENIL. "Percy Jackson y el ladrón del rayo"


Percy Jackson y los olímpicos es el título de la saga literaria juvenil creada por el escritor norteamericano Rick Riordan. De corte fantástico y salpicado de mitología griega está compuesta por seis libros.
Al título El ladrón del rayo le siguen El mar de los monstruos, La maldición del titán, La batalla del laberinto, El expediente del semidiós y El último dios del Olimpo.
La película está dirigida por Chris Columbus y está interpretada por Pierce Brosnan y Uma Thurman, entre otros.
(Fuente: Fundación Germán Sánchez Ruipérez, en Facebook)
La película se estrenó el pasado 18 de febrero.

Aquí podemos ver el tráiler:


Así comienza la novela:

CAPÍTULO 1
"ACCIDENTALMENTE VAPORICÉ A MI PROFESOR DE ÁLGEBRA"

Mira, yo no quería ser un mestizo.
Si estás leyendo esto es porque piensas que puedo ser uno; mi consejo es: cierra este libro ahora mismo.
Créete cualquier mentira que tu madre o tu padre te hayan dicho acerca de tu nacimiento y trata de llevar una vida normal.
Ser un mestizo es peligroso. Da miedo. La mayor parte del tiempo, consigues que casi te maten de diferentes formas dolorosas y desagradables.
Si eres un niño normal, leyendo esto porque crees que es ficción, fantasía, sigue leyendo. Te envidio por ser capaz de creer que nada de esto hubiera ocurrido. Pero si te reconoces a ti mismo en estas páginas -si tú sientes algo moviéndose dentro- para de leer inmediatamente. Podría ser que fueras uno de nosotros. Y una vez que lo sabes, es cuestión de tiempo antes de que lo sientas y van a venir por ti.
No digas que no te lo advertí.
Mi nombre es Percy Jackson.
Tengo doce años. Hasta hace unos meses, yo era un estudiante que se alojaba en la Academia Yancy, una escuela privada para niños problemáticos, en el centro de Nueva York.
¿Soy un niño problemático?
Sí. Se podría decir que sí.
Yo podría señalar cualquier punto de mi vida corta y miserable para demostrarlo, pero las cosas realmente empezaron a ir mal cuando nuestra clase de sexto grado hizo un viaje de estudios a Manhattan- veintiocho niños y dos profesores en un autobús escolar amarillo, dirigiéndose al Museo Metropolitano de Arte para mirar la antigüedad de Grecia y Roma.
Lo sé, suena a tortura. La mayoría de viajes de Tancy lo eran.
Pero el Sr. Brunner, nuestro profesor de Latín, organizaba este viaje, tenía esperanzas. El Sr. Brunner era un tipo de mediana edad que iba en una silla de ruedas motorizada. Se le estaba cayendo el pelo; tenía una barba desaliñada y una chaqueta raída de tweed, que siempre olía a café. Tú no pensarías que es guay pero él contaba historias y haciía bromas, además de dejarnos jugar en clase. También tenía una colección grande de armaduras romanas y
armas; era el único profesor con el que no me dormía en clase.
Esperaba que el viaje fuera bien. Al menos, esperaba que por una vez yo no fuera el problema.
Chico, estaba equivocado.
Verás, las cosas malas me ocurren en los viajes de estudio. Como en quinto de primaria, cuando fuimos a Saratoga y tuve ese accidente con un cañón de la guerra de la revolución. Yo no apuntaba al autobús escolar, pero desde luego fui expulsado de todos modos.

domingo, 7 de febrero de 2010

BIBLIOTECA. "Ana Frank. Diario"

ANA FRANK
Tras la invasión de Holanda, los Frank, comerciantes judíos alemanes emigrados a Amsterdam en 1933, se ocultaron de la Gestapo en una buhardilla anexa al edificio donde el padre de Ana tenía sus oficinas. Eran ocho personas y permanecieron recluidas desde junio de 1942 hasta agosto de 1944, fecha en que fueron detenidos y enviados a campos de concentración. En ese lugar, y en las más precarias condiciones, Ana, a la sazón una niña de trece años, escribió su estremecedor Diario: un testimonio único en su género sobre el horror y la barbarie nazi, y sobre los sentimientos y experiencias de la propia Ana y sus acompañantes. Ana murió en el campo de Bergen-Belsen, en marzo de 1945. Su Diario nunca morirá.
(Texto de la contracubierta)

Esta edición está acompañada de una Guía Didáctica, a cargo de Maribel Cruzado, con los siguientes epígrafes:
1. Contexto histórico.
2. Los personajes.
3. Temas.
4. Vocabulario específico.
5. Recursos narrativos.
6. Otros diarios de jóvenes.
7. Publicaciones, películas y obras teatrales sobre Ana Frank y su período histórico.

Editada por DEBOLSILLO, es una Edición Escolar, con traducción de Diego Puls. Tiene 440 páginas y hay dos ejemplares en la BIBLIOTECA.

lunes, 4 de enero de 2010

BIBLIOTECA. "Desde mi cielo", de Alice Sebold



Cuando conocemos a Susie Salmon, sabemos que ya está en el cielo, en su nuevo hogar. Desde allí nos va a relatar, con la inconfundible voz de una adolescente de catorce años, una historia tan inquietante como alentadora: la de su propio asesinato a manos de un vecino y el proceso de recuperación por el que van a tener que pasar sus seres queridos.
Mientras Susie contempla cómo la vida continúa sin ella, también debe adaptarse a ese lugar llamado cielo, un refugio mágico donde halla todo lo que desea excepto lo más importante: reencontrarse con las personas a las que ama y viven en la Tierra.
Desde mi cielo es una historia asombrosa y de extraordinaria ternura que parte de una de las pruebas más dolorosas a las que, desgraciadamente, a veces tenemos que enfrentarnos: la pérdida de un ser querido. Pero es, también, un relato lleno de esperanza que nos habla del poder curativo del amor.

"Poética. Tierna. Terrorífica. Una novela que segrega de principio a fin un atmósfera mágica". LA VANGUARDIA
(Textos de la contracubierta)

Editada por Randon House Mondadori en su colección "DEBOLSILLO", tiene 327 páginas y está en la BIBLIOTECA.

En una entrada de este blog, del 1 de enero, podemos ver el tráiler de la película que va a estrenarse próximamente ("The Lovely Bones") y el principio del primer capítulo de la novela.
Añadimos aquí las líneas que anteceden a ese comienzo:

Dentro de la bola de nieve del escritorio de mi padre había un pingüino con una bufanda a rayas rojas y blancas. Cuando yo era pequeña, mi padre me sentaba en sus rodillas y cogía la bola de nieve. La ponía al revés, dejaba que la nieve se amontonara en la parte superior y le daba rápidamente la vuelta. Los dos contemplábamos cómo caía la nieve poco a poco alrededor del pingüino. El pingüino estaba solo allí dentro, pensaba yo, y eso me preocupaba. Cuando se lo comenté a mi padre, dijo: "No te preocupes, Susie; tiene una vida agradable. Está atrapado en un mundo perfecto".

viernes, 1 de enero de 2010

CINE. LITERATURA. "Desde mi cielo", novela de Alice Sebold




Dentro de unas semanas, se estrenará en nuestras pantallas "The Lovely Bones", película dirigida por Peter Jackson, y basada en la novela Desde mi cielo, de la escritora estadounidense Alice Sebold.

Aquí podemos ver el tráiler:



Además, éstas son sus primeras páginas:

Me llamo Salmón, como el pez; de nombre, Susie. Tenía catorce años cuando me asesinaron, el 6 de diciembre de 1973. Si veis las fotos de niñas desaparecidas de los periódicos de los años setenta, la mayoría era como yo: niñas blancas de pelo castaño desvaído. Eso era antes de que en los envases de cartón de la leche o en el correo diario empezaran a aparecer niños de todas las razas y sexos. Era cuando la gente aún creía que no pasaban esas cosas.
En el anuario de mi colegio yo había escrito un verso de un poeta español por quien mi hermana había logrado interesarme, Juan Ramón Jiménez. Decía así: "Si te dan papel rayado, escribe de través". Lo escogí porque expresaba mi desdén por mi entorno estructurado en el aula, y porque, al no tratarse de la tonta letra de un grupo de rock, me señalaba como una joven culta. Yo era miembro del Club de Ajedrez y del Club de Químicas, y en la clase de ciencias del hogar de la señorita Delminico se me quemaba todo lo que intentaba cocinar. Mi profesor favorito era el señor Botte, que enseñaba biología y disfrutaba estimulando a las ranas y los cangrejos que teníamos que diseccionar, haciéndoles bailar en sus bandejas enceradas.
No me mató el señor Botte, por cierto. No creáis que todas las personas que vais a conocer aquí son sospechosas. Ése es el problema. Nunca sabes. El señor Botte estuvo en mi funeral (al igual que casi todo el colegio, si se me permite decirlo; nunca he sido más popular) y lloró bastante. Tenía una hija enferma. Todos lo sabíamos, de modo que, cuando se reía de sus propios chistes, que ya estaban pasados de moda mucho antes de que yo lo tuviera como profesor, también nos reíamos, a veces con una risa forzada, para dejarlo contento. Su hija murió un año y medio después que yo. Tenía leucemia, pero nunca la he visto en mi cielo.
Mi asesino era un hombre de nuestro vecindario. A mi madre le gustaban las flores de sus parterres, y mi padre habló una vez de abonos con él. Mi asesino creía en cosas anticuadas como cáscaras de huevo y granos de café, que, según dijo, había utilizado su madre. Mi padre volvió a casa sonriendo y diciendo en broma que su jardín tal vez fuera bonito, pero que el tufo llegaría al cielo en cuanto hubiera una ola de calor.
Pero el 6 de diciembre de 1973 nevaba y yo atajé por el campo de trigo al volver del colegio a casa. Estaba oscuro porque los días eran más cortos en invierno, y me acuerdo de que los tallos rotos me hacían difícil andar. Nevaba poco, como el revoloteo de unas pequeñas manos, y yo respiraba por la nariz hasta que me goteó tanto que tuve que abrir la boca. A menos de dos metros de donde se encontraba el señor Harvey, saqué la lengua para probar un copo de nieve.
—No quiero asustarte —dijo el señor Harvey.
En un campo de trigo y en la oscuridad, por supuesto que me dio un susto. Una vez muerta, pensé que en el aire había flotado la débil fragancia de una colonia, pero entonces me había pasado desapercibida o había creído que venía de una de las casas que había más adelante.
—Señor Harvey —dije.
—Eres la mayor de los Salmón, ¿verdad?
—Sí.
—¿Cómo están tus padres?
Aunque yo era la mayor de la familia y siempre ganaba los concursos de preguntas y respuestas de ciencias, nunca me había sentido cómoda entre adultos.
—Bien —respondí.
Tenía frío, pero la autoridad que proyectaba su edad, y el hecho añadido de que era un vecino y había hablado de abonos con mi padre, me dejó clavada en el suelo.
—He construido algo allí detrás —dijo—. ¿Te gustaría verlo?
—Tengo frío, señor Harvey —respondí—, y mi madre quiere que esté en casa antes de que se haga de noche.
—Ya es de noche, Susie —replicó él.
Ojalá hubiera sabido que eso era raro. Yo nunca le había dicho cómo me llamaba. Supongo que mi padre le había contado una de las vergonzosas anécdotas que él veía sólo como amorosos testamentos para sus hijos. Era la clase de padre que llevaba encima una foto tuya a los tres años desnuda en el cuarto de baño de abajo, el de los huéspedes. Eso se lo hizo a mi hermana pequeña, Lindsey, gracias a Dios. Yo al menos me ahorré esa humillación. Pero le gustaba contar que cuando nació Lindsey yo tenía tantos celos que un día, mientras él hablaba por teléfono en la otra habitación, me bajé del sofá —él me veía desde donde estaba— y traté de hacer pis encima de la canasta. Esa historia me avergonzaba cada vez que él la contaba al pastor de nuestra iglesia, a nuestra vecina la señora Stead, que era terapeuta y cuyo parecer le interesaba, y a todo aquel que alguna vez exclamaba: "¡Susie tiene muchas agallas!".
"¡Agallas! —decía mi padre—. Deja que te hable de agallas", e inmediatamente se lanzaba a contar la anécdota de Susie-orinándose-sobre-Lindsey.
Cuando, más tarde, el señor Harvey se encontró a mi madre por la calle, dijo:
—Ya me he enterado de la terrible tragedia. ¿Cómo dice que se llamaba su hija?
—Susie —respondió mi madre, fortaleciendo su ánimo bajo el peso de lo ocurrido, peso que ingenuamente esperaba que algún día se aligerara, sin saber que sólo seguiría doliendo de nuevas y variadas formas el resto de su vida.
El señor Harvey dijo lo habitual:
—Espero que cojan a ese malnacido. Lo siento mucho.
Por aquel entonces yo estaba en el cielo reuniendo mis miembros, y no podía creerme su audacia.
—Ese hombre no tiene vergüenza —le dije a Franny, la consejera que me asignaron al entrar.
—Exacto —respondió ella, y dijo lo que quería decir sin más. En el cielo no se pierde el tiempo con tonterías.
El señor Harvey dijo que sólo sería un momento, de modo que lo seguí un poco más por el campo de trigo, donde había menos tallos rotos porque nadie atajaba por allí para ir o venir del colegio. Mi madre había explicado a mi hermano pequeño, Buckley, que el trigo de ese campo no era comestible cuando él le preguntó por qué nadie del vecindario lo comía.

miércoles, 30 de diciembre de 2009

LITERATURA. "La historia interminable", de Michael Ende: fragmento



Pensó que los otros, en la clase de abajo, debían de estar dando precisamente Lengua. Quizá tuvieran que escribir una redacción sobre algún tema aburridísimo.
Bastián miró el libro.
"Me gustaría saber", se dijo, "qué pasa realmente en un libro cuando está cerrado. Naturalmente, dentro hay sólo letras impresas sobre el papel, pero sin embargo... Algo debe de pasar, porque cuando lo abro aparece de pronto una historia entera. Dentro hay personas que no conozco todavía, y todas las aventuras, hazañas y peleas posibles... y a veces se producen tormentas en el mar o se llega a países o ciudades exóticos. Todo eso está en el libro de algún modo. Para vivirlo hay que leerlo, eso está claro. Pero está dentro ya antes. Me gustaría saber de qué modo".
Y de pronto sintió que el momento era casi solemne. Se sentó derecho, cogió el libro, lo abrió por la primera página y comenzó a leer
                           LA HISTORIA INTERMINABLE

PRENSA. LITERATURA. Sobre "La historia interminable", de Michael Ende



En "El Día de Córdoba":

"¡Cuidado! ¡Aquí empieza el terreno de lo irracional!"


Se cumplen tres décadas de la publicación de 'La historia interminable' de Michael Ende, un soberbio ejercicio de imaginación que ha sido traducido a 45 idiomas.

Ana Ramos

¿Quién no conoce La historia interminable? Sí, el libro de Michael Ende que junto a Jim Botón y Lucas el maquinista y Momo ha sido traducido a 45 idiomas y ha vendido unos 20 millones de ejemplares. Confieso que es uno de mis libros favoritos; mi marido dice que es el tótem de esta familia, así que ya ven. Tenemos varias ediciones: en tapa dura, en rústica con sobrecubierta, de kiosko... y compraremos de buena gana la encuadernada en cuero con incrustaciones de nácar -que es como Ende quiso que fuese editada la novela- cuando la editorial se decida a hacerla. Esta que tengo aquí delante es una edición mucho más modesta: se trata de la reimpresión de Salvat del libro de Alfaguara, un poco maltratada por el uso y los años.
En la portada, dos serpientes se muerden la cola; ambas son naranjas con la cabeza negra; se supone que una de ellas tendría que ser blanca y la otra negra, pues así describe Ende el Áuryn, como representación del mundo de Fantasia en donde lo oscuro y lo luminoso tienen su lugar a partes iguales. Dentro del óvalo formado por estas, un jardín de colores saturados habitado por dos unicornios muestra al fondo una versión sencilla de la torre de marfil donde reside la Emperatriz Infantil. Me parece preciosa; en su primera página reza con la letra enérgica e ingenua de mis ocho años: Ana Belén Ramos Guerrero, y, bajo esta leyenda manuscrita, en letras impresas de molde verde: La historia interminable. Como recordarán, trata de un niño regordete, Bastián Baltasar Bux, al que las cosas le van regular y que se encierra en el desván de su colegio con la intención de no salir nunca jamás, con la única compañía de un libro robado titulado La historia interminable. Maravillas del arte, Bastián se introduce en el propio libro convertido en un esbelto y hermoso guerrero que habrá de salvar el mundo de Fantasia. Si ha decido usted incluir el libro en su lista para los Reyes Magos, ha de saber que justo ahora se cumplen treinta años de la publicación de la novela y ochenta del nacimiento del autor. Es el libro ideal para los niños porque decididamente tiene todo lo que un niño le pide a los libros, a saber: acción trepidante, aventuras peligrosas, misterios por resolver, grandes dosis de amistad y fantasía, y monstruos y extraños animales por doquier: comerrocas, silfos nocturnos, trolls de tres cabezas..., además de dos protagonistas de unos diez años y una hermosa niña de cabellos blancos que reina en el mundo de Fantasia.
Además de La historia interminable tengo frente a mí dos textos teóricos que Ende escribió sobre su propia obra; contienen sus ideas sobre la literatura infantil y aparecen recopilados en un volumen titulado Carpeta de apuntes. Uno de ellos es una conferencia que impartió en Tokio y se titula ¿Por qué escribo para niños? El otro es el artículo Reflexiones de un indígena centroeuropeo. Ende siempre hizo hincapié en que todo lo que uno necesita saber para interpretar la obra de un autor está contenido en sus libros, o dicho con sus propias palabras: "Si Kafka quiso decirnos con sus novelas lo que interpretan sus intérpretes, ¿por qué no lo dijo él?". Sin embargo, en estos dos artículos expuso a las claras sus intenciones artísticas. Como les decía, la novela está muy bien para los niños y les hará pasar unas horas fantásticas, pero tengo que contarles un secreto: detrás de su apariencia infantil, el libro esconde no pocas ideas de provecho para los adultos, y no está de más que recordemos esto cuando el autor se pasó la vida defendiendo un lugar para la literatura infantil dentro de la literatura general y procurando con su obra que la literatura infantil fuese digna de ese lugar.
Junto con los citados textos, tengo delante un cuadro de su padre, el pintor surrealista Edgar Ende, que creo que puede ilustrar muy bien algunos conceptos de su literatura. Viene que ni pintado al caso en estos días porque se llama Navidad: un poderoso caballo contiene una brillante luz en su interior dentro de la cual flota un bebé. Frente al caballo hay una pequeña pelota y toda la escena está rodeada del cielo y la tierra o el mar en tono onírico. Pues bien, muchas pueden ser las interpretaciones de este cuadro y habrá quien diga que no tiene que significar nada, ya que Edgar Ende se encerraba en un cuarto oscuro, dejaba su mente vagar liberándose de todas las ataduras de la realidad y la racionalidad y a veces pasaba allí horas y días hasta que una imagen se hacía nítida en la cámara oscura de su inconsciente. Hay gran influencia de la obra de su padre en la literatura de Michael y ambos trabajaron juntos muchas veces. De su familia, Ende heredó la pasión, el compromiso, la entrega al arte y la convicción de que este está por encima de las cosas materiales, y eso que para ellos la vida no siempre fue fácil pues a veces los cuadros de Edgar se vendieron con dificultad, sin contar que a la familia Ende le tocó vivir e intervenir en la segunda guerra mundial. Pero eso es otra historia.
En un primer nivel de lectura, atendiendo al título del cuadro, Navidad, este podría interpretarse como una representación surrealista o pagana del nacimiento de Cristo en el que el niño dios es presentado como un bebé a punto de nacer de un caballo. Pero en un segundo nivel de lectura, esta podría ser una imagen del poder de la fantasía, del arte -ese caballo encabritado- trayendo al mundo un nuevo ser. Para Michael Ende, la fantasía tenía un poder transformador, poder que se adquiere atendiendo al niño que hay dentro de cada adulto; en la imagen, el adulto estaría representado por un robusto caballo y el bebé que porta en su interior sería el eterno infantil del que habla el autor: "Creo que los grandes filósofos y pensadores no han hecho otra cosa que replantearse las viejísimas preguntas de los niños: ¿De dónde vengo? ¿Por qué estoy en el mundo? ¿Adónde voy? ¿Cuál es el sentido de la vida? Creo que las obras de los grandes escritores, artistas y músicos tienen su origen en el juego del eterno y divino niño que hay en ellos: ese niño que, prescindiendo totalmente de la edad exterior, vive en nosotros, ya tengamos nueve o noventa años; ese niño que nunca pierde la capacidad de asombrarse, de preguntar, de entusiasmarse; ese niño en nosotros, tan vulnerable y desamparado, que sufre y que busca consuelo y esperanza; ese niño en nosotros que constituye, hasta nuestro último día de vida, nuestro futuro".
A Michael Ende le tocó vivir una época en la que no estaba bien visto escribir literatura infantil, y mucho menos literatura infantil fantástica; hablamos de la posguerra alemana en la que todo escritor que no hiciera una literatura comprometida histórico-crítico-socio-políticamente era denostado por sus vecinos. Así que se acusó al autor de Momo de "escapista". Sin embargo, Ende proclamó lo contrario, su literatura no escapa de nada, sino que va al encuentro de lo más profundo del ser humano a través de lo misterioso, de lo irracional, de lo maravilloso. De modo que esa "fantasía escapista" en realidad se opone activamente a un mundo donde el ejercicio de lo racional degenera en el sinsentido, pues la racionalidad y la ilustración científica de la civilización ha tenido el efecto contrario -lo estoy parafraseando- de lo que la razón y la lealtad exigen a cada persona. Cito ahora: "Vemos que esas personas, con su Ilustración científica, envenenan el cielo, la tierra y las aguas. Vemos que se destruyen a sí mismos física y psíquicamente. Vemos que la cima de sus conocimientos ha consistido en crear una bomba con la que se puede destruir la vida de la Tierra no sólo una, sino muchas veces."
La poesía, el arte y la fantasía se convierten en Ende en una forma de vida y en una postura política. En una especie de "autoexilio" abandona Alemania y vive en Italia durante 15 años, considerándose un "ser primitivo de la reserva centroeuropea de la literatura infantil", alejado del "gran desierto de la civilización exterior". Y con su particular humor escribe: "Me han contado que hace poco, en las fronteras de todas las reservas parecidas a la nuestra, se han colocado grandes letreros que advierten: ¡Cuidado! ¡Aquí empieza el terreno de lo irracional! ¡Peligro de muerte! ¡Prohibido el paso!".
Y, para terminar de dibujar este boceto del pensamiento de Ende, hay una anécdota de La historia interminable que quiero compartir con ustedes. Remontémonos a 1980, un año después de la publicación de la novela. El escritor vivía todavía en su casa italiana de Genzano a la que Ingeborg Hoffman -su primera mujer- y él llamaron La Casa del Unicornio. El libro tuvo un éxito inmediato y arrollador, tanto que autor y editor firmaron ese mismo año un contrato con un joven productor para adaptarlo al cine. Pero, tras firmar el contrato, Ende fue engañado no una sino dos y hasta tres veces. Sin su conocimiento, los derechos se revendieron a una gran productora, quien contrató al director Wolfang Petersen y excluyó del proyecto al escritor. Convendrán conmigo en que la película hace poca justicia al libro. De ella Ende vino a decir públicamente que era una porquería. Se involucró en un proceso judicial largo y costoso en el que invirtió todos sus derechos de autor y tras el que lo único que pudo conseguir fue quitar su nombre de los créditos. Adujo que los culpables de la cinta la habían despojado de toda poesía. Pero, ¿qué significa que la película carece de poesía? Y ¿por qué era esto tan importante para el escritor cuando a cambio miles o millones de personas más iban a descubrir y a vivir su novela a través del séptimo arte? La respuesta la podemos encontrar en la definición que da de la poesía en Reflexiones de un indígena centroeuropeo: "La poesía es la capacidad creativa que tiene el hombre de vivirse y de reconocerse a sí mismo una y otra vez en el mundo y al mundo en sí mismo. No nos referimos únicamente a poesías y a libros sino a formas de vida y explicaciones del mundo accesibles a la experiencia, a la vida".
Sé que seguramente muchos de ustedes recordarán haber leído La historia interminable de niños y estoy segura de que guardan un entrañable recuerdo del libro. No me gustaría terminar este artículo sin proponerles su relectura. Les aseguro que descubrirán mucho más de lo que recuerdan.

jueves, 10 de diciembre de 2009

BIBLIOTECA. "Pupila de águila", de Alfredo Gómez Cerdá



Martina convalece en un hospital de Madrid cuando una noche ingresa en el mismo centro Igor, un joven que ha intentado suicidarse. La visión del frustrado suicida estremece a Martina, que está obsesionada con descubrir pistas de su hermano, muerto, al parecer, en circunstancias análogas. A partir de ahora, la vida de Martina gira en torno a dos ejes: el desvelamiento de la muerte de su hermano y el creciente afecto a Igor. Con una estructura de NOVELA NEGRA, Pupila de águila es un relato de encuentros: el encuentro de Martina con Igor conduce a un hallazgo menos confortante.
(Texto de la contracubierta).

Editado Por SM, en su colección Gran Angular, tiene 188 páginas, y en la BIBLIOTECA tienes 4 ejemplares.

martes, 6 de octubre de 2009

LECTURA. "La sirenita", cuento de Hans Christian Andersen


LA SIRENITA

En el fondo del más azul de los océanos había un maravilloso palacio en el cual habitaba el Rey del Mar, un viejo y sabio tritón que tenía una abundante barba blanca. Vivía en esta espléndida mansión de coral multicolor y de conchas preciosas, junto a sus hijas, cinco bellísimas sirenas.

La Sirenita, la más joven, además de ser la más bella, poseía una voz maravillosa; cuando cantaba acompañándose con el arpa, los peces acudían de todas partes para escucharla, las conchas se abrían, mostrando sus perlas, y las medusas al oírla dejaban de flotar.
La pequeña sirena casi siempre estaba cantando, y cada vez que lo hacía levantaba la vista buscando la débil luz del sol, que a duras penas se filtraba a través de las aguas profundas.
-¡Oh! ¡Cuánto me gustaría salir a la superficie para ver por fin el cielo, que todos dicen que es tan bonito, y escuchar la voz de los hombres y oler el perfume de las flores!
-Todavía eres demasiado joven -respondió la abuela-. Dentro de unos años, cuando tengas quince, el rey te dará permiso para subir a la superficie, como a tus hermanas.
La Sirenita soñaba con el mundo de los hombres, el cual conocía a través de los relatos de sus hermanas, a quienes interrogaba durante horas para satisfacer su inagotable curiosidad cada vez que volvían de la superficie. En este tiempo, mientras esperaba salir a la superficie para conocer el universo ignorado, se ocupaba de su maravilloso jardín, adornado con flores marítimas. Los caballitos de mar le hacían compañía y los delfines se le acercaban para jugar con ella; únicamente las estrellas de mar, quisquillosas, no respondían a su llamada.
Por fin llegó el cumpleaños tan esperado y, durante toda la noche precedente, no consiguió dormir. A la mañana siguiente el padre la llamó y, al acariciarle sus largos y rubios cabellos, vio esculpida en su hombro una hermosísima flor.
-¡Bien, ya puedes salir a respirar el aire y ver el cielo! ¡Pero recuerda que el mundo de arriba no es el nuestro, sólo podemos admirarlo! Somos hijos del mar y no tenemos alma como los hombres. Sé prudente y no te acerques a ellos. ¡Sólo te traerían desgracias!
Apenas su padre terminó de hablar, La Sirenita le dio un beso y se dirigió hacia la superficie, deslizándose ligera. Se sentía tan veloz que ni siquiera los peces conseguían alcanzarla. De repente emergió del agua. ¡Qué fascinante! Veía por primera vez el cielo azul y las primeras estrellas centelleantes al anochecer. El sol, que ya se había puesto en el horizonte, había dejado sobre las olas un reflejo dorado que se diluía lentamente. Las gaviotas revoloteaban por encima de La Sirenita y dejaban oír sus alegres graznidos de bienvenida.
-¡Qué hermoso es todo! -exclamó feliz, dando palmadas.
Pero su asombro y admiración aumentaron todavía: una nave se acercaba despacio al escollo donde estaba La Sirenita. Los marinos echaron el ancla, y la nave, así amarrada, se balanceó sobre la superficie del mar en calma. La Sirenita escuchaba sus voces y comentarios. “¡Cómo me gustaría hablar con ellos!", pensó. Pero al decirlo, miró su larga cola cimbreante, que tenía en lugar de piernas, y se sintió acongojada: “¡Jamás seré como ellos!”.
A bordo parecía que todos estuviesen poseídos por una extraña animación y, al cabo de poco, la noche se llenó de vítores: “¡Viva nuestro capitán! ¡Vivan sus veinte años!”. La pequeña sirena, atónita y extasiada, había descubierto mientras tanto al joven al que iba dirigido todo aquel alborozo. Alto, moreno, de porte real, sonreía feliz. La Sirenita no podía dejar de mirarlo y una extraña sensación de alegría y sufrimiento al mismo tiempo, que nunca había sentido con anterioridad, le oprimió el corazón.
La fiesta seguía a bordo, pero el mar se encrespaba cada vez más. La Sirenita se dio cuenta en seguida del peligro que corrían aquellos hombres: un viento helado y repentino agitó las olas, el cielo entintado de negro se desgarró con relámpagos amenazantes y una terrible borrasca sorprendió a la nave desprevenida.
-¡Cuidado! ¡El mar...! -en vano la Sirenita gritó y gritó.
Pero sus gritos, silenciados por el rumor del viento, no fueron oídos, y las olas, cada vez más altas, sacudieron con fuerza la nave. Después, bajo los gritos desesperados de los marineros, la arboladura y las velas se abatieron sobre cubierta, y con un siniestro fragor el barco se hundió. La Sirenita, que momentos antes había visto cómo el joven capitán caía al mar, se puso a nadar para socorrerlo. Lo buscó inútilmente durante mucho rato entre las olas gigantescas. Había casi renunciado, cuando de improviso, milagrosamente, lo vio sobre la cresta blanca de una ola cercana y, de golpe, lo tuvo en sus brazos.
El joven estaba inconsciente, mientras la Sirenita, nadando con todas sus fuerzas, lo sostenía para rescatarlo de una muerte segura. Lo sostuvo hasta que la tempestad amainó. Al alba, que despuntaba sobre un mar todavía lívido, la Sirenita se sintió feliz al acercarse a tierra y poder depositar el cuerpo del joven sobre la arena de la playa. Al no poder andar, permaneció mucho tiempo a su lado con la cola lamiendo el agua, frotando las manos del joven y dándole calor con su cuerpo.
Hasta que un murmullo de voces que se aproximaban la obligaron a buscar refugio en el mar.
-¡Corran! ¡Corran! -gritaba una dama de forma atolondrada- ¡Hay un hombre en la playa! ¡Está vivo! ¡Pobrecito...! ¡Ha sido la tormenta...! ¡Llevémoslo al castillo! ¡No! ¡No! Es mejor pedir ayuda...
La primera cosa que vio el joven al recobrar el conocimiento fue el hermoso semblante de la más joven de las tres damas.
-¡Gracias por haberme salvado! -le susurró a la bella desconocida.
La Sirenita, desde el agua, vio que el hombre al que había salvado se dirigía hacia el castillo, ignorante de que fuese ella, y no la otra, quien lo había salvado.
Pausadamente nadó hacia el mar abierto; sabía que, en aquella playa, detrás de sí, había dejado algo de lo que nunca hubiera querido separarse. ¡Oh! ¡Qué maravillosas habían sido las horas transcurridas durante la tormenta teniendo al joven entre sus brazos!
Cuando llegó a la mansión paterna, la Sirenita empezó su relato, pero de pronto sintió un nudo en la garganta y, echándose a llorar, se refugió en su habitación. Días y más días permaneció encerrada sin querer ver a nadie, rehusando incluso hasta los alimentos. Sabía que su amor por el joven capitán era un amor sin esperanza, porque ella, la Sirenita, nunca podría casarse con un hombre.
Sólo la Hechicera de los Abismos podía socorrerla. Pero, ¿a qué precio? A pesar de todo decidió consultarla.
-¡...por consiguiente, quieres deshacerte de tu cola de pez! Y supongo que querrás dos piernas. ¡De acuerdo! Pero deberás sufrir atrozmente y, cada vez que pongas los pies en el suelo, sentirás un terrible dolor.
-¡No me importa -respondió la Sirenita con lágrimas en los ojos- a condición de que pueda volver con él!
¡No he terminado todavía! -dijo la vieja-. ¡Deberás darme tu hermosa voz y te quedarás muda para siempre! Pero recuerda: si el hombre que amas se casa con otra, tu cuerpo desaparecerá en el agua como la espuma de una ola.
-¡Acepto! -dijo por último la Sirenita y, sin dudar un instante, le pidió el frasco que contenía la poción prodigiosa. Se dirigió a la playa y, en las proximidades de su mansión, emergió a la superficie; se arrastró a duras penas por la orilla y se bebió la pócima de la hechicera.
Inmediatamente, un fuerte dolor le hizo perder el conocimiento y, cuando volvió en sí, vio a su lado, como entre brumas, aquel semblante tan querido sonriéndole. El príncipe allí la encontró y, recordando que también él fue un náufrago, cubrió tiernamente con su capa aquel cuerpo que el mar había traído.
-No temas -le dijo de repente-. Estás a salvo. ¿De dónde vienes?
Pero la Sirenita, a la que la bruja dejó muda, no pudo responderle.
-Te llevaré al castillo y te curaré.
Durante los días siguientes, para la Sirenita empezó una nueva vida: llevaba maravillosos vestidos y acompañaba al príncipe en sus paseos. Una noche fue invitada al baile que daba la corte, pero, tal y como había predicho la bruja, cada paso, cada movimiento de las piernas le producía atroces dolores como premio de poder vivir junto a su amado. Aunque no pudiese responder con palabras a las atenciones del príncipe, éste le tenía afecto y la colmaba de gentilezas. Sin embargo, el joven tenía en su corazón a la desconocida dama que había visto cuando fue rescatado después del naufragio.
Desde entonces no la había visto más porque, después de ser salvado, la desconocida dama tuvo que partir de inmediato a su país. Cuando estaba con la Sirenita, el príncipe le profesaba a ésta un sincero afecto, pero no desaparecía la otra de su pensamiento. Y la pequeña sirena, que se daba cuenta de que no era ella la predilecta del joven, sufría aún más. Por las noches, la Sirenita dejaba a escondidas el castillo para ir a llorar junto a la playa.
Pero el destino le reservaba otra sorpresa. Un día, desde lo alto del torreón del castillo, fue avistada una gran nave que se acercaba al puerto, y el príncipe decidió ir a recibirla acompañado de la Sirenita.
La desconocida que el príncipe llevaba en el corazón bajó del barco y, al verla, el joven corrió feliz a su encuentro. La Sirenita, petrificada, sintió un agudo dolor en el corazón. En aquel momento supo que perdería a su príncipe para siempre. La desconocida dama fue pedida en matrimonio por el príncipe enamorado, y la dama lo aceptó con agrado, puesto que ella también estaba enamorada. Al cabo de unos días de celebrarse la boda, los esposos fueron invitados a hacer un viaje por mar en la gran nave que estaba amarrada todavía en el puerto. La Sirenita también subió a bordo con ellos, y el viaje dio comienzo.
Al caer la noche, la Sirenita, angustiada por haber perdido para siempre a su amado, subió a cubierta. Recordando la profecía de la hechicera, estaba dispuesta a sacrificar su vida y a desaparecer en el mar. Procedente del mar, escuchó la llamada de sus hermanas:
-¡Sirenita! ¡Sirenita! ¡Somos nosotras, tus hermanas! ¡Mira! ¿Ves este puñal? Es un puñal mágico que hemos obtenido de la bruja a cambio de nuestros cabellos. ¡Tómalo y, antes de que amanezca, mata al príncipe! Si lo haces, podrás volver a ser una sirenita como antes y olvidarás todas tus penas.
Como en un sueño, la Sirenita, sujetando el puñal, se dirigió hacia el camarote de los esposos. Mas cuando vio el semblante del príncipe durmiendo, le dio un beso furtivo y subió de nuevo a cubierta. Cuando ya amanecía, arrojó el arma al mar, dirigió una última mirada al mundo que dejaba y se lanzó entre las olas, dispuesta a desaparecer y volverse espuma.
Cuando el sol despuntaba en el horizonte, lanzó un rayo amarillento sobre el mar y, la Sirenita, desde las aguas heladas, se volvió para ver la luz por última vez. Pero de improviso, como por encanto, una fuerza misteriosa la arrancó del agua y la transportó hacia lo más alto del cielo. Las nubes se teñían de rosa y el mar rugía con la primera brisa de la mañana, cuando la pequeña sirena oyó cuchichear en medio de un sonido de campanillas:
-¡Sirenita! ¡Sirenita! ¡Ven con nosotras!
-¿Quiénes son? -murmuró la muchacha, dándose cuenta de que había recobrado la voz-. ¿Dónde están?
-Estás con nosotras en el cielo. Somos las hadas del viento. No tenemos alma como los hombres, pero es nuestro deber ayudar a quienes hayan demostrado buena voluntad hacia ellos.
La Sirenita, conmovida, miró hacia abajo, hacia el mar en el que navegaba el barco del príncipe, y notó que los ojos se le llenaban de lágrimas, mientras las hadas le susurraban:
-¡Fíjate! Las flores de la tierra esperan que nuestras lágrimas se transformen en rocío de la mañana. ¡Ven con nosotras! Volemos hacia los países cálidos, donde el aire mata a los hombres, para llevar ahí un viento fresco. Por donde pasemos llevaremos socorros y consuelos, y, cuando hayamos hecho el bien durante trescientos años, recibiremos un alma inmortal y podremos participar de la eterna felicidad de los hombres -le decían.
-¡Tú has hecho con tu corazón los mismos esfuerzos que nosotras, has sufrido y salido victoriosa de tus pruebas y te has elevado hasta el mundo de los espíritus del aire, donde no depende más que de ti conquistar un alma inmortal por tus buenas acciones! -le dijeron.
Y la Sirenita, levantando los brazos al cielo, lloró por primera vez.
Oyéronse de nuevo en el buque los cantos de alegría: vio al Príncipe y a su linda esposa mirar con melancolía la espuma juguetona de las olas. La Sirenita, en estado invisible, abrazó a la esposa del Príncipe, envió una sonrisa al esposo, y en seguida subió con las demás hijas del viento envuelta en una nube color de rosa que se elevó hasta el cielo.



sábado, 26 de septiembre de 2009

LECTURA. CLÁSICOS DE AVENTURAS. "Robinson Crusoe", de Daniel Defoe



Así comienza la novela de Daniel Defoe, publicada en 1719 -la traducción es de Julio Cortázar-:

ROBINSON CRUSOE

1. PRIMERAS AVENTURAS DE ROBINSON

Nací en el año 1632 en la ciudad de York, de buena fa­milia aunque no del país, pues mi padre, oriundo de Bremen, se había dedicado al comercio en Hull, donde logró una buena posición. Desde entonces, y luego de abandonar su trabajo, se radicó en York, donde casó con mi madre; ésta pertenecía a los Robinson, una distinguida familia de la región, y de ahí que yo fuera llamado Robinson Kreutznaer, aunque por la habitual corrupción de voces en Inglaterra se nos llama Crusoe, nombre que nosotros mis­mos nos damos y escribimos y con el cual me han cono­cido siempre mis compañeros.
Siendo el tercero de los hijos, y no preparado para nin­guna carrera, mi cabeza empezó a llenarse temprano de de­sordenados pensamientos. Mi anciano padre me había dado la mejor educación que el hogar y una escuela común pueden proveer, y me destinaba a la abogacía; pero yo no ansiaba otra cosa que navegar y mi inclinación a los viajes me hizo resistir tan fuertemente la voluntad y las órdenes de mi padre, así como las persuasiones de mi madre y mis amigos, que se hubiera dicho que existía algo de fatal en esa tendencia que me arrastraba directamente hacia un destino miserable.
Mi padre, hombre prudente y serio, trató con sus exce­lentes consejos de hacerme abandonar el intento que había adivinado en mí. Una mañana me llamó a su habitación, donde lo retenía la gota, para hacerme cordiales advertencias sobre mis proyectos. Con su tono más afectuoso me rogó que no cometiera una chiquillada y me precipitara a desdichas que la naturaleza y mi posición en la vida pare­cían propicias a evitarme; no tenía yo necesidad de ga­narme el pan puesto que él me ayudaría con su impulso a obtener la situación acomodada que me había destinado; en fin, si no lograba una posición en el mundo sería sólo por culpa mía o del destino, sin que tuviera él que rendir cuentas de ello, ya que cumplía con su deber al prevenirme contra actitudes que sólo redundarían en mi desgracia; en una palabra, me aseguró que haría mucho por mí si me quedaba en casa, pero que no quería tener participación al­guna en mis desventuras alentándome a partir. Para termi­nar me señaló el ejemplo de mi hermano mayor, con el cual había empleado el mismo género de persuasiones a fin de evitar que fuera a las guerras de Flandes, no pudiendo sin embargo impedir que sus juveniles impulsos lo llevaran a la lucha donde encontró la muerte. Me aseguró que no dejaría de rogar por mí, pero que se aventuraba a decirme que si me dejaba arrastrar por mi impulso Dios no me acompaña­ría, quedándome sobrado tiempo para lamentar haber de­soído los consejos paternales, y ello cuando ya nadie pu­diera acompañarme en mi arrepentimiento.
Sus palabras me afectaron profundamente, como es na­tural, y resolví abandonar toda idea de viajes, estable­ciéndome en casa de acuerdo con la voluntad paterna. Mas, ¡ay!, muy pocos días disiparon los buenos propósitos, y unas semanas después me decidí a evitar lo que conside­raba importunidades de mi padre yéndome de su lado. Sin embargo, no permití que el calor de mi resolución me arrastrara. Y acudiendo a mi madre un día en que la creí de mejor humor que otras veces le confié que mis deseos de conocer el mundo eran tan irresistibles que jamás podría dedicarme a cosa alguna que me lo impidiera, y agregué que mi padre haría mejor en darme su consentimiento que obligarme a partir sin él. Ya tenía yo dieciocho años, edad demasiado avanzada para entrar de aprendiz en cualquier comercio o como pasante en un bufete, y si me forzaban a ello estaba seguro de escapar de mi amo a toda costa y lan­zarme al mar. Por fin le aseguré que, si convencía a mi pa­dre de que me dejara partir y a mi regreso encontraba yo que el viaje no me había gustado, le prometía no volver a intentarlo jamás y rescatar, con todo celo y diligencia, el tiempo perdido.
Todo esto sólo sirvió para encolerizar a mi madre. Me dijo que era vano hablar a mi padre del asunto, que lo sa­bía demasiado seguro de cuál era el camino provechoso para dar un consentimiento que sólo sería mi desgracia, y se maravilló de que pudiera insistir después de la conversa­ción que había tenido con él y las tiernas y bondadosas fra­ses que había empleado conmigo; en fin, si yo estaba dis­puesto a perderme, no había manera de impedirlo, pero ja­más mi intención lograría el consentimiento de ambos; por su parte no estaba dispuesta a colaborar en mi ruina y nunca podría decirse de ella que había obrado contra la vo­luntad de su esposo.
Aunque se cuidó de decir todo esto a mi padre, vine a sa­ber más tarde que le contó lo ocurrido y que el anciano, tras de mostrar gran preocupación, dijo suspirando:
—El muchacho sería dichoso si se quedara en casa, pero si se lanza a viajar será el hombre más infeliz que haya pi­sado la tierra. No puedo darle mi consentimiento.
Sólo un año después de todo esto dejé mi casa, aunque entretanto me mantuve sordo a toda proposición que se me hizo de dedicarme al comercio, y discutía frecuentemente con mis padres sobre lo que yo consideraba su empecina­miento contra mis más ardientes inclinaciones. Pero un día, hallándome casualmente en Hull y sin la menor intención de escaparme en esa oportunidad, encontré un amigo que se embarcaba para Londres en el barco de su padre y que me instó a que lo acompañara, valiéndose del cebo habitualmente empleado por los marinos, esto es, que el pasaje no me costaría nada. Sin consultar a mis padres ni comunicarles mi partida, dejándolos que se enteraran como pudie­sen; sin pedir la bendición de Dios ni la de mi padre y sin cuidado alguno de las circunstancias y las consecuencias de mi acción, en un día aciago como Dios sabe, el primero de septiembre de 1651 me embarqué en aquel navío rumbo a Londres. No creo que las desgracias de ningún mucha­cho aventurero hayan comenzado tan pronto y durado tanto. Apenas habíamos salido del Humber cuando se de­sató el viento y las olas empezaron a encresparse horrible­mente; yo, que jamás había estado en el mar, sufrí a la vez el padecimiento del cuerpo y el terror del alma. Me puse a pensar seriamente en lo que había hecho, y con qué justicia me castigaba el cielo por mi perversa conducta al abando­nar la casa de mi padre y mi deber.
Entretanto la tormenta crecía y el mar, aún desconocido para mí, parecía levantarse, aunque nunca en la forma en que lo vi más adelante; no, nunca como lo vi unos días des­pués. Pero entonces bastaba para impresionar a un joven marino que no tenía noción alguna al respecto. Me parecía que cada ola iba a tragarnos, y que cada vez que el barco se hundía, en lo que a mí me daba la impresión de ser el fondo del mar, jamás volvería a surgir a la superficie. En tal estado de terror hice solemnes promesas y adopté la re­solución de que, si Dios llevaba su bondad a perdonarme la vida y me permitía desembarcar a salvo, iría directamente a la casa de mis padres para no volver a pisar la cubierta de una nave en lo que me quedara de vida. Prometí también que seguiría el consejo paterno sin precipitarme nunca más en tan miserables andanzas; veía claramente ahora la justeza de sus palabras acerca de una cómoda medianía en la vida, cuán fácil y confortable había transcurrido para él la existencia, lejos de toda tempestad en el mar y conflicto en la tierra; y decidí volver, como el hijo pródigo, a casa de mis padres.
Mis prudentes y sosegados pensamientos duraron lo que la tormenta y hasta un poco más; pero al día siguiente el viento había amainado, el mar estaba menos revuelto y yo comencé a habituarme a ambos. No obstante me mantuve serio todo el día, a lo que hay que sumar un resto de ma­reo, pero hacia la tarde el tiempo aclaró completamente, el viento cesó en absoluto y tuvimos un hermoso crepúsculo. Con igual claridad que al ponerse se levantó el sol a la si­guiente mañana; soplaba apenas una brisa, el mar estaba terso y el sol, brillando sobre las aguas, componía el más hermoso de los espectáculos que me fuera dado ver.
Habiendo dormido profundamente me sentía ya libre del mareo, y lleno de ánimo miraba maravillado el mar tan te­rrible el día anterior y capaz de mostrarse tan sereno y agradable muy poco después. Entonces, como para impe­dir que continuaran mis buenas resoluciones, el camarada que me había impulsado a embarcarme se me acercó y me dijo, palmeándome el hombro:
—Y bien, Bob... ¿cómo lo has pasado? Apuesto a que te diste un buen susto anoche, y eso que no sopló más que una ráfaga.
— ¿Le llamas ráfaga? —exclamé—. ¡Pero si fue una terri­ble tormenta!
— ¡Tormenta! —dijo mi amigo—. ¿Le llamas tormenta a eso, gran tonto? ¡Pero si no fue nada! Con un buen barco y mar abierto no nos preocupamos por un viento como ése. Es que tú eres marino de agua dulce, Bob. Ven, apuremos un jarro de ponche y nos olvidaremos de todo. ¿No ves qué hermoso tiempo hace ahora?
Para abreviar esta lamentable parte de mi relato, diré que seguimos el camino de todos los marinos; el ponche fue servido, yo me embriagué con él y en el desorden de aque­lla noche abandoné todo arrepentimiento, mis reflexiones sobre el pasado y mis resoluciones acerca del futuro. En al­gunos momentos de meditación, empero, aquellos pensa­mientos parecían esforzarse por retornar a mí, pero me apresuraba a rechazarlos y me salía de ellos como de una enfermedad. Así, dedicándome a beber y a alternar con los camaradas, pronto dominé aquellos ataques —como yo los llamaba— y en cinco o seis días logré la más completa victoria sobre la conciencia que pudiera desear un muchacho resuelto a no escucharla. Pero otra prueba me esperaba, y la Providencia, tal como lo hace en casos así, resolvió de­jarme esta vez sin la menor excusa en mi futura conducta; porque si el primer episodio podía no parecerme una adver­tencia, el siguiente fue tal que el peor y más empedernido miserable entre nosotros hubiera admitido a la vez el peli­gro y la gracia.
Al sexto día de navegación entramos en la rada de Yarmouth; con viento contrario y tiempo sereno, habíamos avanzado muy poco desde la tormenta. Nos vimos obligados a anclar en la rada y quedarnos allí, mientras el viento soplaba continuamente del sudoeste, por espacio de siete u ocho días, durante los cuales muchos barcos provenientes de Newcastle entraron en la rada, puerto común donde los navíos podían aguardar viento favorable para remontar el río.
Sin embargo, no hubiéramos permanecido tanto tiempo allí sin remontar el río de no levantarse un viento que, entre el cuarto y quinto día, empezó a soplar con furia. Con todo, aquellas radas eran consideradas tan seguras como un puerto y estábamos muy bien y sólidamente anclados, por lo cual nuestros hombres no se preocupaban, en un todo ajenos al peligro, y pasaban el tiempo en diversiones y descanso como todo marino. Pero en la mañana del octavo día el viento arreció, y fue necesario que toda la tripulación se lanzara a calar los masteleros y aligerar lo bastante para que el buque se mantuviera fondeado lo mejor posible. A mediodía creció el mar, y el castillo de proa se hundía mientras las olas barrían la cubierta, al extremo de que lle­gamos a creer que el ancla se había cortado y el capitán mandó echar el ancla de esperanza, con lo cual el barco se mantuvo con dos anclas y los cables tendidos hasta las bi­tas.
Esta vez era verdaderamente un terrible temporal, y yo comencé a ver señales de espanto hasta en el rostro de los marinos. El capitán atendía las maniobras para preservar el barco, pero mientras entraba y salía de su cabina y pa­saba cerca de mí le oí decir varias veces:
— ¡Dios se apiade de nosotros, nos ahogaremos todos, estamos perdidos!
Durante los primeros momentos, yo permanecí en mi ca­marote de proa como petrificado, y no podría describir lo que pasaba por mí. Me dolía recordar mi primer arrepenti­miento, del que aparentemente me había sido tan fácil li­brarme y contra el cual me había endurecido; pensaba que no había peligro de muerte y que el temporal amainaría como el otro. Pero cuando el capitán pasó cerca de mí y le oí decir que estábamos todos perdidos me espanté horrible­mente y levantándome de mi cucheta me asomé fuera. Ja­más había visto un espectáculo tan espantoso; el mar se hinchaba como si fueran montañas y nos barría a cada instante; cuanto veían mis ojos en torno era desolación. En dos barcos anclados cerca de nosotros habían cortado los mástiles por exceso de arboladura, y nuestros marineros gritaban que un navío fondeado a una milla del nuestro acababa de naufragar. Otros dos barcos que habían perdi­do sus anclas eran arrebatados de la rada hacia el mar, li­brados a su suerte. Los barcos livianos resistían mejor el embate, pero dos o tres de ellos pasaron desmantelados frente a nosotros, huyendo con sólo la botavara al viento.
Hacia la tarde, el piloto y el contramaestre pidieron al capitán que les dejara cortar el palo de trinquete. Aunque se negó al principio, las protestas del contramaestre que aseguraba que el buque se hundiría en caso contrario lo lle­varon a consentir; pero cuando cayó el mástil se vio que el palo mayor quedaba suelto y sacudía de tal manera el barco que fue necesario cortarlo a su vez y dejar la cu­bierta arrasada.
Cualquiera puede inferir en qué estado de ánimo estaría yo a todo esto, siendo un novato en el mar y habiendo pa­sado poco antes tanto miedo por una simple ráfaga. Pero —sí me es posible describir ahora los pensamientos que me asaltaban entonces— recuerdo que sentía diez veces más miedo por haber abominado de mis anteriores resoluciones y recaído en los malos designios que por la idea de la muerte. Eso, agregado al espanto de la tormenta, me oca­sionó un estado de ánimo que jamás podría narrar. Y sin embargo lo peor no había sobrevenido aún; el temporal continuaba con tal furia que los mismos marineros asegu­raban no haber visto jamás uno semejante. Teníamos un buen barco, pero excesivamente cargado y calaba tanto que los marineros esperaban verlo irse a pique a cada mo­mento. El único alivio que se me brindó entonces fue igno­rar el sentido de la expresión «irse a pique», hasta que lo supe más tarde. Pude entonces ver en medio de la furia de la tormenta algo que no es frecuente: al capitán, al contra­maestre y algunos otros más cuerdos que el resto, elevando sus ruegos mientras el navío parecía zozobrar a cada instante. A mitad de la noche, y para colmo de nuestras desventuras, uno de los marineros que descendiera de in­tento para observar la cala volvió gritando que el barco ha­cía agua; otro hombre aseguró que ya había cuatro pies en la bodega. De inmediato se llamó a todos a las bombas, y cuando oí esa palabra el corazón pareció dejar de latirme en el pecho y caí de espaldas sobre la cucheta donde había estado sentado. Pronto, sin embargo, los marineros vinie­ron a decirme que si hasta entonces no había sido capaz de ayudar en nada, bien podía hacerlo en una bomba como cualquier otro. Me levanté y obedecí poniendo todas mis fuerzas en el trabajo. Entretanto el capitán había divisado algunos barcos carboneros que, incapaces de resistir ancla­dos la tormenta, se veían obligados a salir de la rada y lan­zarse al mar; como habían de pasar cerca de nosotros, or­denó el capitán disparar un cañonazo en demanda de soco­rro. Yo no sabía lo que eso significaba y me sorprendí tanto que me pareció que el barco se había partido en dos o que acababa de ocurrir alguna otra cosa tremenda. Para decirlo en una palabra, me desmayé. En aquella hora cada uno tenía su propia vida que cuidar, y naturalmente nadie se preocupó por lo que pudiera haberme ocurrido; otro marinero que vino a la bomba me hizo a un costado con el pie, creyendo seguramente que había muerto, y pasó un largo rato antes de que recobrara el sentido.
Trabajábamos más y más, pero el agua crecía en la bo­dega y era evidente que terminaríamos por hundirnos; aun­que la tormenta había decrecido un poco no parecía proba­ble que pudiéramos sostenernos a flote hasta entrar en puerto, por lo cual el capitán siguió disparando cañonazos. Un barco pequeño que estaba anclado justamente delante de nosotros osó enviar un bote en nuestro auxilio. Fue harto afortunado que el bote pudiera acercarse, pero nos resultaba imposible transbordar a él así como al bote man­tenerse al costado, hasta que los remeros, con un supremo esfuerzo en el que exponían sus vidas para salvar las nuestras, consiguieron alcanzar el cable que por la popa les tiramos con una boya al extremo, y después de infinitas difi­cultades los remolcamos hasta nuestra popa y pudimos así transbordar. No era su propósito volver al navío de donde partieran, de modo que estuvimos de acuerdo en dejarnos llevar por el viento y solamente encaminar en lo posible el bote hacia tierra firme; nuestro capitán, por su parte, ase­guró que si la embarcación se averiaba al tocar la costa, él indemnizaría a su dueño y con eso, remando algunos y otros dirigiendo el rumbo, fuimos hacia el norte sesgando la costa casi a la altura de Winterton Ness.
Mientras los hombres se inclinaban sobre los remos tra­tando de acercar el bote a tierra, y en los momentos en que éste, al montar sobre una ola, nos permitía la visión de la costa, podíamos distinguir una gran cantidad de gentes co­rriendo por ella con intención de ayudarnos. Pero avan­zábamos con gran lentitud y no pudimos alcanzar la costa hasta más allá del faro de Winterton, donde hace una entrada hacia el oeste en dirección a Cromer y, por tanto, la misma tierra protege al mar contra la violencia del viento. Allí desembarcamos no sin bastantes dificultades, y fuimos a pie hacia Yarmouth donde nuestra desgracia fue aliviada por la generosidad de todos, desde los magistrados de la ciudad que nos dieron buen alojamiento hasta los co­merciantes y propietarios de barcos, que nos facilitaron su­ficiente dinero para ir a Londres o retornar a Hull, según nuestra voluntad.
Si hubiera tenido entonces bastante sensatez para volver a Hull y a mi hogar, habría encontrado allí la felicidad, y mi padre, como un emblema de la parábola de Nuestro Se­ñor, habría matado para mí el ternero cebado; en verdad, al enterarse de la desgracia ocurrida en la rada de Yarmouth al barco en el cual yo había huido, pasó largo tiempo inquieto hasta asegurarse de que no me había aho­gado.
Pero mi mala estrella seguía impulsándome con una fuerza que nada podía resistir, y aunque muchas veces me sentí agobiado por el pensamiento y la voluntad de volver a casa, no encontré fuerza suficiente para hacerlo. Ignoro qué nombre debo dar a esto, ni pretendo que se trate de una secreta predestinación que nos lleva a ser instrumentos de nuestra propia ruina, aun cuando la estemos viendo y corramos hacia ella con los ojos abiertos. Por cierto que sólo una desdicha inevitablemente destinada a mí, y de la cual me era imposible escapar, podía haberme arrastrado contra todo sensato razonamiento y las persuasiones de mi propia meditación, máxime teniendo en cuenta las dos evi­dentes advertencias que acababa de recibir en mi primera tentativa.
El camarada que me había empujado en mi decisión, y que era el hijo del capitán, parecía ahora mucho menos animoso que yo. La primera vez que me habló en Yarmouth, es decir, dos o tres días más tarde, porque nos alo­jábamos en lugares distintos, me dio la impresión de que estaba cambiado, y luego de preguntarme con aire melan­cólico y moviendo la cabeza cómo estaba mi salud, se vol­vió hacia su padre y le dijo quién era yo y cómo había in­tentado ese viaje a manera de prueba para más distantes expediciones. Su padre se volvió a mí con un aire a la vez grave y afectuoso, para decirme:
—Joven, no os embarquéis nunca más. Lo que ha ocu­rrido debe bastaros como indudable signo de que no estáis destinado a ser marino. Estad seguro de que, si no volvéis al hogar, en cualquier sitio adonde vayáis encontraréis de­sastres y decepciones, hasta que las palabras de vuestro pa­dre se hayan cumplido en vos.
Nos separamos al rato, sin que yo le hubiera contestado gran cosa, y no sé qué fue más tarde de él. Por lo que a mí respecta, dueño de algún dinero, me fui por tierra a Londres y allí, lo mismo que en el curso del viaje, sostuve duras luchas conmigo mismo para decidir cuál debería ser mi camino, si volvería a casa o al mar. De ir a casa me de­tenía la vergüenza, opuesta a mis mejores impulsos; se me ocurría que todos iban a reírse de mí, que no sólo me humi­llaría presentarme ante mis padres sino a los vecinos y ami­gos; y puedo decir que desde entonces he observado cuán absurdo e irracional es el carácter de los hombres, en espe­cial en los jóvenes, que los lleva a no avergonzarse de sus faltas y sí de su arrepentimiento, que no se reprochan los actos por los cuales merecen el nombre de insensatos mientras que los humilla el retorno a la verdad que les valdría en cambio la reputación de hombres prudentes.
Tuve suerte al hallarme a poco de mi llegada a Londres en muy buena compañía, cosa no muy frecuente en jóvenes tan libres y mal encaminados como lo era yo entonces, ya que el diablo no tarda en prepararles sus trampas. En pri­mer lugar conocí al capitán de un barco que venía de Gui­nea y que, habiendo tenido allá muy buena fortuna, estaba resuelto a volver. Mi conversación, que en aquel entonces no era del todo torpe, le agradó mucho y oyéndome decir que ansiaba conocer el mundo me propuso hacer el viaje con él sin que me costara nada; sería su compañero de mesa y su camarada, sin contar que, llevando alguna cosa conmigo para comerciar, tendría todas las ventajas del in­tercambio y tal vez eso acrecentara mi decisión.
Acepté la propuesta y habiéndome hecho muy amigo del capitán, que era hombre simple y honesto, emprendí viaje con él llevando conmigo una modesta pacotilla que, gra­cias a la desinteresada probidad de mi compañero aumentó considerablemente. Había comprado por valor de cuarenta libras las baratijas y chucherías que el capitán me aconse­jaba llevar, y ese dinero fue el producto de la ayuda de al­gunos parientes con los cuales me mantenía en contacto, de donde infiero que mi padre, o por lo menos mi madre, contribuyeron con ello a mi primera aventura.
Aquél fue el único viaje que puedo llamar excelente entre todas mis andanzas, y lo debo a la honesta integridad de mi amigo el capitán, junto al cual adquirí además un discreto conocimiento de las matemáticas y las reglas de navega­ción, aprendí a llevar un diario de ruta, calcular la longitud y latitud para determinar la posición del buque y, en resu­men, comprender aquellas cosas que deben ser conocidas r por un marino. Es verdad que así como él tenía placer en enseñarme yo lo tenía en aprender; y en realidad aquel viaje hizo de mí a la vez un comerciante y un marino. Traje de regreso cinco libras y nueve onzas de oro en polvo a cambio de mi pacotilla, y ello me reportó en Londres no menos de trescientas libras, terminando de llenarme de am­biciosos proyectos que desde entonces me han traído a la ruina.
Y con todo, aun en aquel viaje tuve inconvenientes, por ejemplo, una continua enfermedad, producto de la elevada temperatura del clima que me producía calenturas; comer­ciábamos en la costa, desde los 15° hasta el mismo ecua­dor.
Podía considerarme ya un comerciante de Guinea, y cuando para desdicha mía a poco de desembarcar falleció mi amigo, me resolví a emprender nuevamente el viaje y embarqué en el mismo barco capitaneado ahora por el que había sido piloto en la anterior travesía. Nadie hizo nunca un viaje menos afortunado, pues aunque sólo llevé conmigo cien libras de mi nueva fortuna, dejando las doscientas res­tantes en manos de la viuda de mi amigo, que las guardó celosamente, las desgracias llovieron sobre mí. La primera ocurrió cuando nuestro barco navegaba hacia las islas Ca­narias o, mejor, entre aquéllas y la costa africana, pues fui­mos sorprendidos una mañana por un corsario turco de Sallee que empezó a perseguirnos con todas las velas desplegadas. De inmediato soltamos cuanto trapo eran ca­paces de soportar los mástiles, pero nuestra esperanza de ganar distancia se vio pronto desmentida por el avance de los piratas, por lo cual nos dispusimos a la lucha contando con doce cañones contra los dieciocho que tenía el buque pirata. A las tres de la tarde se puso a tiro, pero en vez de soltarnos su andanada por la popa como parecía dispuesto vino sesgando para alcanzarnos más de lleno, permitiéndo­nos asestarle ocho cañones de ese lado y enviarle una an­danada que lo obligó a alejarse, no sin antes responder a nuestro fuego agregando a los cañones una nutrida fusile­ría de los doscientos hombres que tenía a bordo. Por suerte no habían herido a nadie y nuestros hombres se mantenían a cubierto. Vimos que se preparaba a atacar nuevamente, pero esta vez se aproximó por la otra borda lanzándose al abordaje contra el castillo de proa, donde unos sesenta pi­ratas que consiguieron saltar se precipitaron con hachas y cuchillos a cortar los mástiles y aparejos. Los recibimos con fusilería, atacándolos también con bayonetas y grana­das de mano, hasta conseguir despejar por dos veces la cu­bierta. Pero, resumiendo esta triste parte de mi relato, des­pués que nuestro barco quedó desmantelado, con tres mari­neros muertos y ocho heridos, no tuvimos otro remedio que rendirnos y los piratas nos condujeron prisioneros a Sallee, puerto que pertenecía a los moros.