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viernes, 8 de mayo de 2015

PRENSA. BURKINA FASO. "El club de las divorciadas"

   En "El País":

El club de las divorciadas

Las mujeres separadas de Burkina Faso son marginadas por familiares y amigos. Una asociación las ayuda a fortalecerse

Un grupo de mujeres atiende en una reunión de la Asociación Afedi.
Un grupo de mujeres atiende en una reunión de la Asociación Afedi. / M. RODRÍGUEZ

Después de divorciarse, Madame Suzanne Ilboudo se dio cuenta de que sus amigas querían verla cada vez menos. Comenzó a sentirse apartada y se lo contó a otras camaradas que también se habían separado. A todas les ocurría lo mismo. “Los propios familiares no quieren frecuentar a la mujer divorciada, no aceptan fácilmente tu vuelta al hogar y tus amigas ya no se quieren acercar a ti porque piensan que vas a darles malos consejos, aunque no sea cierto”, explica Madame Ilboudo. Esta situación la motivó, junto a otras seis mujeres, a crear en el año 2007 la Asociación de Mujeres Divorciadas y mujeres y niños en dificultad (Afedi en sus siglas en francés) en Uagadugú, la capital de Burkina Faso.
Afedi es una asociación atípica y osada por un simple motivo: que aparezca la palabra divorciadas en su nombre. En Burkina Faso éste es un asunto tabú que supone la marginación de la mujer, a quien se considera responsable de ese divorcio. Al tratarse de una cuestión incómoda en la sociedad burkinesa, las personas a quienes Madame Ilboudo contaba el proyecto que pretendía poner en marcha le decían que iba a fracasar. “¡Pero somos divorciadas! No tenemos vergüenza de decirlo”, explica esta señora sin ningún reparo. La asociación, sin embargo, cumple ya ocho años y a día de hoy está formada por 200 mujeres, tanto divorciadas como no.
El número de divorcios no está del todo claro en Burkina Faso. El Anuario estadístico de 2013 del Ministerio de la Justicia comienza a tener en cuenta las cifras de separaciones admitidas a partir de 2012, con 312 en todo el país. En 2013 el número se mantiene en 315. Otro estudio sobre los efectos de la ruptura matrimonial en la mujer en Burkina Faso realizado en 2012 por la Universidad de Uagadugú y la Universidad Catholique de Louvain de Bélgica indica que, de 3.871 mujeres que se habían casado al menos una vez, 356 se habían divorciado.

Afedi es una asociación osada por incluir la palabra divorciadas en su nombre
Las estimaciones recogidas por el Ministerio de Justicia no representan la realidad puesto que el Derecho burkinés sólo considera los matrimonios civiles. Así, los divorcios que pudieran darse por los casamientos por la iglesia, la mezquita o a la manera tradicional —sin pasar por el Ayuntamiento— no figuran en las estadísticas. No obstante, las demandas de divorcio no hacen más que aumentar, según constata Fatimata Sanou Touré, presidenta del Tribunal de Gran Instancia de Uagadugú. “Yo creo que es porque la gente está cada vez más informada de sus derechos y cada vez hay más casamientos civiles, pero también porque cada vez hay más tolerancia y más individualismo” como en Europa, cuenta Sanou Touré.
Así como el divorcio es aún un tema tabú en Burkina, el matrimonio es muy importante en los planos cultural, religioso y social. “La sociedad prefiere que la gente no viva sola y que se case. Que alguien viva solo, sobre todo la mujer, no está bien visto”, cuenta Ilboudo. Pero para ella, que además es madre y profesora en la universidad, está habiendo un cambio “de una manera lenta, porque en la sociedad hay aún muchos analfabetos. Poco a poco la gente está más instruida y se va constatando”, explica sobre un país donde la tasa de alfabetización de mujeres entre 15 y 24 años es del 33,1% frente al 46,7% de hombres, según los últimos datos de Naciones Unidas.

A la mujer burkinesa se la considera responsable del fracaso del matrimonio
La idea de crear Afedi partió del deseo de luchar contra la marginación de las divorciadas más pobres. Debido a que, a menudo, es el hombre la principal fuente de ingresos de la familia, la economía se convierte en un elemento principal a la hora de tomar esta decisión. “Si la mujer no tiene ingresos suficientes y depende del marido para mantener a sus hijos, va a preferir no divorciarse, a pesar de que ahora no hay tanto miedo como antes a pedir el divorcio”, asegura la fundadora de Afedi. Pero, aunque esta fue la idea de partida, también forman parte de Afedi otros grupos de mujeres que pasan dificultades: solteras, ya que también está mal visto serlo después de haber llegado a la edad de casarse; casadas con problemas conyugales que buscan consejo para evitar la separación, y viudas porque su nivel de vida disminuye por la muerte del cónyuge.
“Las reuniones nos dan ideas que luego compartimos con nuestras amigas, ya estén separadas o pasando dificultades” cuenta Edith Momo, de 61 años, y miembro de Afedi desde hace seis meses. Fati Kafando también forma parte de la asociación porque le sirve de apoyo. Vive con su marido pero éste tiene otras dos mujeres y ella es la que se hace cargo de la manutención de sus hijos. “Es como si estuviera sola”, confiesa.
Albertine Kouraogo está casada y tiene 24 años. Asegura que no tiene miedo de la palabra divorciada ni de que se le asocie con Afedi. “Aprender a escribir y leer mi lengua materna [el morée] es lo que me animó a unirme”, cuenta esta señora. Por su parte, Nana Zenabo, divorciada hace ocho años, se unió porque sentía que no podía confiar en nadie. “Aquí podemos hablar de nuestros problemas entre nosotras o con un consejero conyugal”. Asimismo, Marguerite Konbolbo, divorciada hace 10 años, asegura que sólo allí puede intercambiar impresiones y experiencias con otras mujeres en su situación.

Causas de divorcio en Burkina Faso

M. R.
Tras su experiencia en Afedi, Madame Ilboudo considera que los principales motivos por los que las mujeres se divorcian son la falta de comunicación, la infidelidad, la irresponsabilidad del marido con su mujer e hijos la influencia de la familia “que se entromete en los asuntos de pareja dando malos consejos y creando la discordia”.
Por su parte, Sanou Touré asegura que las mujeres que piden el divorcio aluden a la violencia física o psicológica en primer lugar, pero no hay estadísticas oficiales para corroborarlo. “Si mencionan este motivo para obtener el divorcio es porque lo han soportado hasta un grado elevado”, asegura. Es un tema que incomoda y ni tan siquiera las mujeres lo hablan en Afedi.
Touré señala el abandono del hogar y la despreocupación por los hijos como otra de las causas, así como el adulterio del marido “que decide mantener una relación con una mujer más joven o impone una poligamia que ella no acepta”.
En relación a las demandas de divorcio interpuestas por los hombres, el adulterio es la razón más mencionada. Le sigue lo que llaman “incompatibilidad de humor”, es decir, que ya no se corresponden como al principio ni tienen las mismas aspiraciones, pero esta causa no está reflejada en la ley burkinesa para obtener el divorcio.
Debido a las circunstancias de estas mujeres, Afedi realiza también actividades de alfabetización, talleres de tejido de la tela de algodón tradicional de Burkina Faso, de fabricación de jabones o de preparación de salsas para acompañar al arroz. Todas ellas se llevan a cabo con la intención de que las alumnas sean independientes y encuentren una actividad que les permita sobrevivir.
La Asociación de Mujeres Divorciadas no busca ser un club que anime a otras a dejar a sus maridos. Esa es la visión equivocada que, a veces, se tiene en Burkina Faso. “El divorcio no es bueno pero es una realidad”, explica Madame Ilboudo. “Estamos hartas de que nos marginen, queremos que la gente sepa que las mujeres sufrimos en silencio”, comenta. Por eso, muchas se acercan a Afedi para pedir ayuda y consejo, incluso las no divorciadas. “Quizás las que se separaron no lo habrían hecho si hubieran tenido un mediador familiar que las aconsejara y apoyara”, reflexiona Ilboudo.
De hecho, uno de sus objetivos es animar a las mujeres a que vuelvan a casarse, aunque esta es una decisión que depende de cada una. “Algunas prefieren quedarse solas”, cuenta Ilboudom al tiempo que explica que siempre preocupan los hijos y tienden a centrarse en ellos. Cuando se le pregunta si ella volvería a pasar por el altar, responde: “Tengo la costumbre de decir que me voy a volver a casar y la gente se ríe porque tengo 52 años. Dicen que no vale la pena pero la vida no hace más que continuar, la vida continua…”.

viernes, 6 de marzo de 2015

PRENSA. "La memoria rescatada de los mexicanos linchados"

   En "El País":

La memoria rescatada de los mexicanos linchados

EE UU, en pleno cambio demográfico y social, redescubre la historia de las víctimas latinas de la violencia ‘anglo’

 Washington 1 MAR 2015  

  • Los cadáveres de los mexicanos Arias y Chamales cuelgan de una horca de Santa Cruz (California), en mayo de 1877.


    “Un deporte al aire libre”. Así definió la práctica de linchar mexicanos en California el periodista Carey McWilliams. McWilliams, autor de North from Mexico (Al norte de México, 1948), un libro de referencia sobre los mexicanos de Estados Unidos, fue uno de los pocos en preservar la memoria de un episodio vergonzoso en un país que nunca deja de revisar su joven historia.
    El recuerdo de la muerte, a manos de las turbas anglosajonas, de centenares, seguramente miles, de ciudadanos de origen mexicano entre mediados del siglo XIX y las primeras décadas del XX, quedó esparcida en canciones populares, en leyendas que contaban de padres a hijos, en un puñado de westerns y novelas de género. Era un recuerdo vago, una historia remota, medio olvidada.
    Pero jamás, hasta que los historiadores William Carrigan y Clive Webb se pusieron a investigar, se desvelaron las dimensiones de los linchamientos a mexicanos, superados solo por los linchamientos de negros en el Sur hasta mediados del siglo XX.
    EE UU se transforma y también se transforma la manera de contar la historia, más allá de la mitificación del patriotismo más superficial. Cambia la demografía: los latinos —la mayoría, de origen mexicano— son la minoría más pujante. Y cambia el pasado, que nunca es estático: Estados Unidos incorpora otros traumas al acervo común.

    Visiones divergentes del pasado

    “Los blancos y los mexicanos recuerdan el pasado de manera distinta”, dicen los historiadores William Carrigan y Clive Webb en un correo electrónico. “Mientras que es posible que los blancos vean la violencia en la frontera contemporánea como algo conectado solo al presente, a las tensiones tras el 11-S por la inmigración, los mexicanos sitúan la violencia en un contexto histórico más amplio y lo conectan a episodios pasados de nativismo violento y prejuicios”, explican los autores del libro Muertos olvidados.
    Las diferentes visiones del pasado, las memorias múltiples, pueden complicar el diálogo. Carrigan y Webb ven más diferencias que similitudes entre los episodios que estudian en su libro y casos actuales de xenofobia o abusos: no hay un vínculo directo. Pero para muchos, la asociación es inevitable. “La cuestión”, dicen, “es que las autoridades no entienden por qué tantos mexicanos sí ven conexiones”.
    Muertos olvidados: violencia en grupo contra mexicanos en Estados Unidos 1848-1928 es el título del libro de Carrigan y Webb, publicado hace dos años. Los hechos quedan lejos y son incomparables con cualquier discriminación del presente. La publicación reciente de un informe que amplía en 700 el número de muertes conocidas por linchamiento de afroamericanos, sumada al goteo de noticias sobre arbitrariedades policiales, y a los debates sobre la inmigración, coloca la tragedia bajo otra luz: los negros no fueron las únicas víctimas del racismo.
    Farmington (Nuevo México), 16 de noviembre de 1928. Cuatro hombres enmascarados irrumpen en el Hospital del Condado de San Juan y se llevan al paciente Rafael Benavides. Benavides es un pastor ingresado tras agredir a una niña mexicana, asaltar a una mujer anglosajona y quedar malherido por los disparos de los agentes del sheriff. Los enmascarados se lo llevan en un camión a una granja abandonada. Le atan una soga al cuello y lo cuelgan de un árbol. Los asaltantes nunca serán juzgados.
    Benavides, cuya muerte reconstruyen Carrigan y Webb, disfruta del raro privilegio de ser la última víctima mexicana de la violencia en grupo y extrajudicial documentada. Los historiadores han documentado 547 víctimas mexicanas (inmigrantes y estadounidenses de origen mexicano), pero el número total de personas “ahorcadas, quemadas y tiroteadas” es superior. Fueron miles, según la estimación de Carrigan y Webb.
    Con el ahorcamiento de Rafael Benavides terminó una era que había empezado en 1849, tras la derrota de México en la guerra contra Estados Unidos, la anexión de Texas por EE UU y la transferencia a este país, por el Tratado de Guadalupe Hidalgo, del actual suroeste del país. La frontera política se desplazó centenares de kilómetros, pero los mexicanos siguieron allí; los anglosajones eran los recién llegados, los inmigrantes, pero unos inmigrantes que intentaban imponer su ley en un medio hostil. Las tensiones eran inevitables.
    Existía una justificación racional para el llamado vigilantismo —el mantenimiento del orden público por parte de individuos o grupos civiles— y los linchamientos. En el Oeste, un territorio donde el Estado era débil y la justicia lenta, ineficiente o directamente ausente, muchos veían en los procesos y ejecuciones informales la única opción para combatir el crimen en ese territorio.
    Carrigan y Webb cuestionan que la persecución de mexicanos fuera una mera reacción de las carencias del sistema judicial en las tierras de frontera. La violencia no se explica sin los prejuicios raciales y la competición económica. “El trasfondo de tanta violencia entre anglos y mexicanos puede ligarse a la pugna por el oro, a conflictos aparentemente constantes por la tierra y el ganado o a la batalla por los términos y las condiciones laborales”, escriben.
    El 3 de mayo de 1877 de madrugada, Francisco Arias y José Chamales se hallaban en la prisión de Santa Cruz (California) cuando una muchedumbre se los llevó. Les acusaban de robar a un carpintero, recuerdan Carrigan y Webb. Les ahorcaron sin juicio y nadie respondió por el crimen: un deporte al aire libre, como dijo McWilliams.
    En 1990, el poeta de Brooklyn Martín Espada describiría en un poema los rostros, “descoloridos como peniques de 1877”, de la muchedumbre que se acercó para ver a los muertos. Arias y Chamales presentaban “la mueca dormida de los cuellos rotos”. En la fotografía de aquel linchamiento, que ilustra esta página, la mirada del público y la mueca de ajusticiados cruzan los siglos.

    Negros y latinos

    1. Los historiadores Carrigan y Webb documentan 547 casos de muertes de mexicanos por linchamiento entre mediados del siglo XIX y 1928, aunque el número total puede elevarse a miles. El número documentado de negros linchados en el sur de EE UU es de 3.959, según un recuento reciente.
    2. Una diferencia entre negros y mexicanos ante la violencia blanca fue la resistencia. Los negros, tras el fin de la esclavitud, volvieron a ser una clase subyugada. Los mexicanos, en cambio, eran dominantes en partes del Oeste y disponían de ayuda en la diplomacia de México.
    3. Los mexicanos linchados, a diferencia de los negros, raramente eran acusados de violencia sexual contra sus mujeres: los anglos no veían a los mexicanos como una amenaza en este sentido, como sí les ocurría con los negros. En el caso de los mexicanos, los motivos de los linchamientos eran sobre todo económicos.

    domingo, 19 de octubre de 2014

    PRENSA. "Letras contra la homofobia y los prejuicios"

       En "El País":

    Letras contra la homofobia y los prejuicios

    'Los deseos afines' está formado por 18 relatos de escritores procedentes de seis países

    Da voz a gais, lesbianas, bisexuales y transexuales que sufren algún tipo de discriminación

    Nigeria o Uganda aparecen como punta de lanza de una pretendida ola de homofobia en África. Aunque basta con hacer un análisis un poco más fino para darse cuenta de que los movimientos para recortar los derechos del colectivo de gais, lesbianas, transexuales, bisexuales e intersexuales (LGTBI) son sólo una cortina de humo populista utilizada por gobiernos incapaces de hacer frente a determinados problemas sociales, económicos y políticos. Sin embargo, aunque sólo sea con este objetivo instrumental el hecho es que los colectivos LGTBI se ven acorralados en varios países africanos.
    Es el momento, además, en el que miembros prominentes de estos colectivos dan un paso al frente y, lejos de amedrentarse, se muestran combativos a pesar del riesgo real. Su lucha, además, se centra en visibilizar y normalizar su situación. Lo hizo el keniano Binyavanga Wainaina, uno de los escritores africanos más populares en la esfera internacional, anunciando su homosexualidad con un sutil pero desgarrador “Mamá, soy gay”, en forma de título de un relato autobiográfico. A partir de ahí, hemos visto exposiciones fotográficas y todo tipo de acciones artísticas que tratan de eliminar el estigma de la homosexualidad.
    Una de estas acciones es Queer Africa, una antología de relatos de ficción sobre las diversas identidades sexuales editada por MaThoko’s Books, el sello de la organización sudafricana Gay and Lesbian Memory in Action (GALA). Los autores de los dieciocho relatos que componen este volumen publicado en agosto de 2013 son escritores africanos y pretenden, fundamentalmente, demostrar el amplio abanico que se abre cuando se trata de hablar de los sentimientos, las sensaciones, las vivencias y las formas de asumir la propia sexualidad, especialmente, cuando es diferente a la heterosexualidad que imponen las mayorías.
      
    John Marnell, el responsable de publicaciones de GALA, señalaba durante el proceso de promoción del libro que la expresión artística en todas sus formas, pero, sobre todo, la escritura creativa, "es fundamental en estos momentos, ya que ofrece un antídoto frente a la retórica de odio, a las narrativas dominantes que refuerzan los prejuicios y la desigualdad”. Marnell hacía referencia de este modo al posicionamiento de los editores de la antología, Karen Martin y Makhosazana Xaba. Así que es indudable que tanto los impulsores como los editores de este volumen tenían una intencionalidad muy clara a la hora de lanzar su apuesta.
    En la introducción de la edición original, facilitada por Marnell, Martin y Xaba eran absolutamente explícitos y mostraban su voluntad, no sólo de visibilizar realidades a menudo invisibles, sino de hacer además que el lector se sintiese por un momento en la piel de los protagonistas. "Las artes nos permiten considerar experiencias radicalmente diferentes de las nuestras que otras formas de representación no permiten (…). En el espacio imaginativo, las narrativas dominantes tienen menos influencia; y aparecen posibilidades que no hemos considerado. Nos enfrentamos a nuestros prejuicios e ideas preconcebidas. Y podemos descubrir a través de los demás cosas de nosotros mismos que no reconocemos. Es nuestra intención, con esta antología, perturbar de manera productiva, a través del arte de la literatura, los discursos dominantes actuales en lo que significa ser africano, ser queer y ser un escritor creativo africano", escribían los editores.
    Ahora, hace apenas unas semanas,Queer Africa se nos ha acercado enormemente y lo ha hecho a través de la editorial Dos Bigotes, que ha publicado su traducción al español bajo el título Los deseos afines y con el subtítulo Narraciones africanas contra la homofobia. Gonzalo Izquierdo, una de las dos mitades de la editorial explica que este título entronca con una idea que Eduardo Mendicutti plantea en el prólogo del libro, que el corazón humano "disfruta, padece, se encrespa, se calma, sueña y desea en todas partes de la misma manera". Así es como Dos Bigotes nos acerca a una realidad que puede parecer doblemente ajena. Alberto Rodríguez, el otro responsable de la editorial, confiesa que conocer Queer Africa fue "un flexazo". "Contenía todo lo que buscábamos como editorial y encajaba perfectamente con nuestra línea más reivindicativa, la de dar voz a autores y autoras procedentes de países o regiones donde los gais, lesbianas, bisexuales y transexuales sufren algún tipo de discriminación o persecución”, señala Rodríguez.
    Los deseos afines está formado por 18 relatos de escritores procedentes de seis países que cuentan historias absolutamente diferentes. Sus protagonistas se enfrentan a situaciones completamente distintas y reaccionan de manera dispar. Desde la tórrida actividad como chapero urbano del protagonista del “Capítulo trece” que firma K. Sello Duiker, hasta la delicada historia de amistad y admiración de "El señor de la casa", de Beatrice Lamwaka; desde el escenario de la segunda guerra de los Boers de finales del S.XIX y principios del XX en el que se enmarca "El pellizco" de Martin Hatchuel, hasta la vida de los expatriados de las organizaciones internacionales y las ONG de "Todo al descubierto" de Dólar Vasani.
    Ese es uno de los valores que los responsables de Dos Bigotes atribuyen a Los deseos afines. "Es un libro muy plural, muy diverso y muy heterogéneo. Todas las historias, cada una con matices y argumentos muy diferentes entre sí, parten de una experiencia queer para ir más allá y abordar infinidad de temas y conflictos que nos parecen muy interesantes y enriquecedores", anuncia Rodríguez. Mientras que Izquierdo advierte: "La lectura de Los deseos afines es una experiencia impredecible y llena de sorpresas, porque cada cuento logra una reacción inmediata en el lector, que puede llorar, reír, excitarse o quedarse con la boca abierta con solo pasar una página. Además, la mayoría de ellos se presta a leerlos varias veces para captar todos los detalles que encierran. Es muy complicado reunir en una antología relatos de tanta calidad como estos y que sean tan directos y conmovedores".

    Y conmovedores son pasajes como el de "La despedida" de Annie Holmes: "Una parte de mí quería estar allí fuera, sentada en una banqueta, riéndome con Don y su pandilla, especialmente esa noche, pero Elise desarmaba mi voluntad. Elise hacía que el aire se volviese más denso. Mis ojos sólo podían seguirla a ella. Como las limaduras de hierro a un imán, como los girasoles al sol, yo seguía a Elise". O el que firma Wamuwi Mbao en "El baño", cuando escribe: "No sabíamos cómo referirnos a nosotras mismas, así que te inventabas algo nuevo cada vez que nos preguntaban. Me gustaría saber qué le contabas a la gente cuando yo no estaba delante. Tenías miles de caras que nunca conoceré". Algunos de esos pasajes dejan además unos incómodos vacíos que acercan mucho más a la empatía que a la desidia, como la confesión de la protagonista de "Lower Main" de T.O. Molefe cuando dice: "Vuelve a apartar la vista y yo aprovecho para observar cómo flexiona el cuello; sus músculos, tendones y huesos se estremecen bajo la piel. Es lo más cerca de su cuerpo que podré esta".
    Izquierdo se muestra además de acuerdo con los editores de la obra original en cuanto al papel de la cultura: "Estamos convencidos de que la literatura, y la cultura en general, cumple un papel fundamental a la hora de transformar la sociedad y subvertir ideas preconcebidas. En el caso de los escritores, su obra sirve para destapar las distintas maneras en que podemos amarnos los unos a los otros y combatir la homofobia imperante en muchos de sus países. Esto es lo que a nosotros nos gusta como editorial: que nuestros libros aporten una mirada diferente y ayuden, en la medida de lo posible, al cambio y a la evolución social. Estas historias nos descubren en primera persona las inquietudes de los autores, sus luchas y su forma de afrontar la realidad, algo que en Europa no solemos tener demasiado en cuenta y que merece la pena reivindicar".
    Los responsables de Dos Bigotes no pretenden que Los deseos afines se considere literatura social, pero recuerdan que supone un posicionamiento de unos autores en “un momento en el que es arriesgado significarse”. “El valor de estos textos es doble: su calidad literaria se apoya en el acto de valentía del autor, que utiliza las herramientas que mejor domina para recrear una historia donde tienen cabida los sentimientos de aquellos a los que las leyes, los gobiernos o las tradiciones pretende discriminar”, señalan.
    En parte, la diversidad que hay detrás del espíritu del libro, se transmite en las propias narraciones como señalaba Rodríguez, pero también en las situaciones de los autores. Entre las dieciocho historias hay algunas inéditas y otras que ya forman parte de la historia de la literatura LGTBI africana. Del mismo modo, entre sus autores hay nombres consagrados como el de Monica Arac de Nyeko, ganadora del Caine Prize (el más importante galardón de la literatura africana en lengua inglesa) o menos conocidos como Wame Molofhe, hay publicaciones póstumas como la de Emil Rorke e, incluso, autores que escriben con pseudónimo por miedo a las presiones familiares y sociales como Mercy Minah.
    Para terminar, una pregunta fundamental: "¿Nos puede enseñar algo Los deseos afines?". Y los responsables de su publicación en castellano en la editorial Dos Bigotes, que no está especializada en literatura africana, ofrecen una respuesta sin matices: "Lo primero que nos puede enseñar es a vencer ciertos prejuicios o ideas preconcebidas que tenemos sobre África, un continente formado por más de medio centenar de países donde conviven mil millones de personas de etnias y culturas muy diversas. La lectura de Los deseos afines sirve, en primera instancia, para resquebrajar esa imagen uniforme que tenemos de África y para mostrarnos cómo se vive la sexualidad, el amor y el deseo más allá de las fronteras de Occidente".

    miércoles, 19 de febrero de 2014

    PRENSA. "Un 'apartheid' en el siglo XXI"

       En "El País":

    Un ‘apartheid’ en el siglo XXI

    El conflicto étnico y religioso en Birmania crece. Más de 150.000 musulmanes de la etnia rohingya malviven en campos de desplazados


    Una joven rohingya espera atención médica en una clínicas de los campos de desplazados en Sittwe, Myanmar. / ZIGOR ALDAMA
    Una valla culminada por alambre de concertina, una barrera rojiblanca, y tres policías con cara de aburrimiento apostados en medio de una estrecha carretera son los elementos que separan dos mundos completamente diferentes en Sittwe, la capital del estado Rakhine de Myanmar, conocida antes como Birmania. A un lado, la población de mayoría étnica rakhine disfruta de una vida en libertad: pueden viajar a donde quieran, casarse con quien deseen, trabajar en lo que les plazca, y acudir a cualquier ceremonia religiosa. Al otro lado de la valla, sin embargo, casi 150.000 musulmanes de la etnia rohingya, no reconocida entre las 134 que oficialmente componen el complejo mosaico humano del país, viven hacinados en una docena de campos de desplazados y son privados de sus derechos fundamentales: no pueden abandonar el recinto, necesitan un permiso especial para contraer matrimonio, su natalidad está controlada, y carecen de fuentes de ingresos.
    Allí, junto a una mezquita de hormigón desnudo, el cadáver de Ahmed yace en un esqueleto metálico decorado con la media luna y la estrella islámicas. La tranquilidad que transmite su rostro contrasta con el estruendo del dolor que desfila a su alrededor. Hace diez días que este niño de 12 años cayó enfermo, pero sus padres no dieron mayor importancia a sus quejas hasta que la fiebre se hizo más que evidente. Fue entonces cuando buscaron ayuda en la única clínica a la que tienen permitido acudir. En las rudimentarias instalaciones, y tras un examen superficial, el médico les indicó que regresasen a su barracón. “Nos dijo que seguramente se trataba de una gripe que remitiría en unos días, y que no era grave”, recuerda su hermano mayor entre sollozos.
    Al contrario, la situación se agravó y Ahmed comenzó a tener problemas para respirar. Finalmente, los doctores decidieron evacuarlo al hospital de la ciudad. Tres días después han devuelto su cadáver, y la familia está convencida de que ha sido asesinado. “Le han inyectado veneno como a todos los demás”, grita su madre, a punto de desmayarse. A pesar de lo descabellado de la idea, la teoría de que en el hospital de Sittwe se asesina a los enfermos rohingya corre como la pólvora. “Los enfermos más graves son evacuados a ese centro, que está fuera de los campos, pero a sus familiares no se les permite acompañarlos. Así que, cuando vuelven muertos, muchos creen que su fallecimiento no ha sido por causas naturales. Lo más seguro es que hayan muerto por negligencia médica”, apunta Aung Win, el líder rohingya más prominente dentro de los campos cuyos contactos han facilitado la obtención de los permisos que ha requerido este periodista para entrar en ellos. Trabajadores de Naciones Unidas que piden mantenerse en el anonimato, reconocen que la mortalidad de los rohingya, considerada por esa organización como la etnia más perseguida del planeta, es muy superior a la de los rakhine.

    La violencia estalló en 2012, cuando, supuestamente tres rohingya violaron a una joven budista
    Ahmed es sólo uno de los muchos niños que mueren cada semana víctima del ‘apartheid’ del siglo XXI, ese que ha impuesto el Gobierno birmano tras la explosión de violencia que se desató el 28 de mayo de 2012. Aquel día, siempre según la versión oficial que ha sido refutada por diferentes testigos, tres hombres rohingya violaron y asesinaron a una joven budista, religión que profesa el 89% de los 55 millones de birmanos, y abandonaron su cuerpo en la calle. En venganza, diez religiosos islamistas fueron apaleados hasta la muerte. La ira se convirtió en fuego. Miles de casas fueron reducidas a cenizas, y más de 200 personas murieron en los enfrentamientos que han detonado un conflicto extendido ya por el país y que enfrenta a budistas y musulmanes independientemente de la etnia a la que pertenecen.
    Aunque la violencia se ha disparado en los dos últimos años –a principios de enero se cobró sus últimas diez víctimas mortales en la localidad de Maungdaw–, el enfrentamiento que amenaza con desestabilizar el país en un momento extremadamente delicado, cuando se prepara para celebrar sus primeras elecciones democráticas desde 1990, no es nuevo. De hecho, se remonta a la era colonial británica. Según aseguran los rakhine, fue entonces cuando los rohingya llegaron a Birmania, empleados por las fuerzas de las Indias Orientales. De hecho, ni siquiera aceptan esa denominación para referirse a este grupo, que actualmente suma 700.000 de los 3,8 millones de habitantes que tiene el Estado.
    “Son bengalíes”, sentencia contundente U Shwe Mg, miembro del Comité Central del Partido para el Desarrollo de la Nación Rakhine, considerado uno de los atizadores de la violencia contra los rohingya. “Cuando llegaron, los rakhine creyeron que su presencia sería temporal y dejaron que se quedasen, pero, poco a poco, debido al aumento de su peso demográfico –se les acusa, con razón estadística, de tener muchos más descendientes que el resto–, han ido colonizando la tierra, se rigen únicamente por la ‘sharia’, pagan a mujeres budistas para que se conviertan al Islam y se casen con ellos, y ahora exigen derechos que sólo se les debe otorgar a los pobladores originarios”. Fuera de los campos de desplazados, esta es la versión de la historia que impera. Los rohingya son considerados inmigrantes ilegales, violentos e integristas, que deberían ser devueltos a Bangladesh.

    1.300 deportados en tres meses

    Unos 1.300 rohingya fueron deportados en barco a finales de 2013 desde Tailandia de a Myanmar, según informaron las autoridades tailandesas el pasado jueves. Ignoraron así las llamadas de los grupos humanitarios, que reclamaban no devolverlos por la discriminación que sufren en el país de destino.
    Las deportaciones se ejecutaron entre septiembre y noviembre, según las autoridades, que señalaron que se trataba de solicitantes de asilo que se encontraban internados en centros de detención de todo el país. Según las mismas fuentes, la deportaciones fueron voluntarias y se hicieron en tandas de entre 100 y 200 personas. "Vieron que no tenían futuro en Tailandia, así que decidieron volver a Myanmar", añadieron.
    A 300 kilómetros al noreste, en la ciudad de Mandalay, el monje budista Ashin Wirathu, que se autodenominó el ‘Bin Laden budista’ y que protagonizó una portada de la revista Time bajo el título "El rostro del terror budista", incluso acusa a los rohingya de querer instaurar un estado islámico en Myanmar antes del año 2100. Por eso, el movimiento ilegal 969, del que es una figura destacada, nace “para detener la invasión musulmana lanzada por los rohingya”. Tajante, Wirathu explica a EL PAÍS su discurso, que cala hondo en la población: “Si hay algún país dispuesto a acogerlos, se los enviaremos muy agradecidos. Si eso no sucede, han de continuar segregados como ahora porque no son ni una etnia ni ciudadanos de este país”.
    Dentro de los campos de desplazados, sin embargo, nadie se considera bengalí. “Yo nací en Birmania. Mis padres y mis abuelos, también. Nadie de mi familia vive o ha vivido en Bangladesh nunca”, cuenta Amina, una mujer de 60 años que tuvo que abandonar su casa, en el pueblo de Kyaukpyu, cuando fue atacada por una horda de rakhine el 23 de noviembre de 2012. “Era gente de fuera que planeó de antemano el ataque con el beneplácito de la Policía, que no hizo nada por impedirlo”, asegura. Ahora, comparte con sus cinco hijos y sus doce nietos una pequeña vivienda de bambú que se inunda en cuanto caen cuatro gotas. “Aunque tengamos que malvivir en condiciones inhumanas, me niego a firmar el censo que propone el Gobierno para permitir nuestra reubicación mientras en él se nos califique como bengalíes”.
    Unas chozas más allá, Zamila, tres años más joven, muestra el mismo rechazo. “Aquí estamos muriendo de hambre, porque ni siquiera recibimos las raciones del Programa Mundial de Alimentos, y nuestros hijos no están escolarizados. Aparte de los pescadores y de quienes tienen alguna pequeña tienda, no hay trabajo. Nos han convertido en mendigos, pero somos mendigos rohingya, no bengalíes”. Sus palabras provocan los gritos de quienes escuchan la conversación: ¡Rohingya! ¡Rohingya!. Abu Tahay, presidente del Partido para el Desarrollo de las Naciones de la Unión y uno de los pocos políticos de esta etnia, da la razón a Zamila con un taco de antiguos documentos que demuestran la existencia de los rohingya en Birmania mucho antes de que llegasen los colonizadores del imperio británico.
    Tahay muestra fotografías de inscripciones en piedra que podrían confirmar su presencia en el estado Rakhine desde el siglo VIII, pero la interpretación que se hace de su significado es polémica. Sin embargo, lo que no deja lugar a dudas es el primer censo llevado a cabo por los británicos sólo dos años después de haber conquistado esa zona del país. “En esos documentos, de 1826, ya se menciona a los rohingya, y entonces el imperio todavía no habían llegado con los indios a los que empleaban en sus colonias”.
    Zamila desconoce los pormenores de la Historia que detalla Tahay, pero sufre las consecuencias de la interpretación que hace la mayoría de la población birmana. “Tuvimos que abandonar nuestra casa, que fue incendiada en junio de 2012, y perdimos todos los documentos que certifican nuestro origen, incluidos los antiguos carnés de identidad [se expidieron hasta la aprobación de la ley de concesión de la nacionalidad de 1982, una norma que convirtió a los rohingya en apátridas]. Sin ellos no tenemos nada que hacer”.
    En Aungmingalar, un céntrico barrio de Sittwe convertido en un gueto para rohingyas en el que viven unas 4.000 personas, la situación todavía es más desesperada. Quienes aquí residen tienen incluso miedo de hablar. La presencia policial abruma, y, a pesar de tener los permisos en regla y sin dar razón alguna para semejante restricción, el mando al cargo solo permite a este periodista pasar una hora en el barrio. Conscientes de la situación, aprovechando un momento en el que no se ven uniformes alrededor, los habitantes entregan una carta que han preparado para denunciar la situación en la que viven: “Esto es un genocidio que sigue las pautas del holocausto judío. Vivimos en un estado de terror constante, y no sabemos cuándo llegará nuestro último día”. En la misiva también acusan al presidente Thein Sein, que públicamente se mostró de acuerdo con las tesis de Wirathu, de ordenar la limpieza étnica.

    Han de continuar segregados porque no son ni una etnia ni ciudadanos de este país"
    “La única forma de salir de aquí es sobornando a los militares que guardan todas las entradas, pero las sumas que exigen están fuera del alcance de los desplazados, que lo han perdido todo. Quienes tenían joyas u otros objetos de valor ya los han vendido para escapar, y ya no están en los guetos”, cuenta Aung Win. “El resto sobrevive a duras penas sin una fuente de ingresos estable [ahora se permite la pesca para su exportación a China y otros países de la región] y con un racionamiento que aboca a la desnutrición. La situación es cada vez más desesperada”.
    Además, a los residentes ‘legales’ de los campos, alojados en alargadas edificaciones de madera, se han sumado otros rohingya que, aunque no han sido víctima directa de la violencia y teóricamente no pueden beneficiarse de las raciones de Naciones Unidas, han preferido abandonar sus lugares de origen para resguardarse de posibles ataques en barriadas de chabolas erigidas en el propio recinto de los campos. Entre los más pequeños abundan los vientres hinchados, mientras que los adultos son poco más que huesos y pellejo, y las ONG advierten de que la llegada de la estación de lluvias puede provocar epidemias para las que no están preparadas las Autoridades.
    Basta una visita a las pequeñas clínicas en las que se atiende a los desplazados para entender el porqué de este temor. Escasean los medicamentos y abundan las muecas de dolor. Mujeres que acaban de dar a luz sin apenas asistencia médica lloran porque no consiguen una manta para tapar a sus retoños, mientras que ancianos a los que se ha desahuciado aguardan estoicamente la muerte en la misma habitación. Hay palanganas con orina y vómitos desperdigadas por el suelo, y hace tiempo que se vaciaron muchas de las bolsas conectadas a las sondas intravenosas que cuelgan de ganchos roñosos. Las infraestructuras son propias de un campo de concentración, y los médicos, todos de la etnia ‘rival’ rakhine, no parecen muy interesados en hacer su trabajo.
    “Los periodistas extranjeros siempre sacan la cara a esta gentuza”, masculla uno antes de escapar a las preguntas que provoca su comentario. Cinco minutos más tarde, los responsables gubernamentales prohíben continuar documentando el lugar. “Vienen a trabajar porque se les obliga, pero, como el resto de los rakhine, odian a los rohingya”, apunta Aung Win. “Y ese odio es el que ha provocado un genocidio silencioso, que se está llevando a cabo con el visto bueno del Gobierno y con la complicidad de una comunidad internacional más interesada en hacer negocios con el Gobierno que en la protección de nuestro pueblo”.
    En las rudimentarias escuelas repartidas por los campos, los profesores sí son de la etnia rohingya, pero la situación no es mucho más halagüeña. Pocos reciben un sueldo. “Aquí somos 49 docentes, pero solo podemos pagar el sueldo de seis, unos 90.000 kyat (70 euros) al mes. El resto son voluntarios”, explica U Khin Maung, director del centro en el que estudian 2.900 alumnos de entre cinco y 15 años del campo de desplazados That Kay Pyin. “Hacemos lo que podemos, pero tengo que reconocer que aquí no reciben una buena educación. Y temo que, por eso, incluso si en algún momento consiguen vivir en libertad, no podrán labrarse un futuro próspero”, apostilla.
    Con este negro horizonte, no es de extrañar que el tráfico de personas se haya convertido en el único negocio que triunfa en los campos de desplazados. Las mafias birmanas cooperan con sus homólogas tailandesas y malasias para operar una flotilla de barcazas de madera que se aventuran al Océano Índico con la esperanza de alcanzar las costas de esos países, en un viaje cuyo ansiado destino final es Australia. “La mayoría no llega nunca”, afirma Aung Win. Por un lado están los naufragios como el que dejó 70 muertos el pasado mes de noviembre, y por otro lado “son víctima de redes que trafican con ellos, sobre todo para utilizarlos como mano de obra esclava”.
    Aung San, un joven de 25 años que ni siquiera ha conseguido recuperar el cadáver de su prima, “asesinada y quemada para que no pudiese recibir un funeral musulmán”, cree que merece la pena correr el riesgo. Ha conseguido reunir el dinero necesario, y espera la salida del próximo barco para sobornar a un par de agentes y escapar de Aungmingalar. “Sabemos que Malasia ha instalado campos de refugiados mucho mejores que los de aquí, y que allí se nos trata con dignidad y podemos trabajar”, argumenta. “No soporto más la represión a la que estamos sometidos. Y no creo que la situación vaya a cambiar en el futuro a pesar del trabajo que hacen ONG internacionales y Naciones Unidas”. No en vano, todas ellas están también en el punto de mira de los extremistas rakhine, que las acusan de ayudar exclusivamente a los musulmanes. “Mientras la comunidad internacional no se involucre, la tragedia continuará”.