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lunes, 25 de enero de 2016

LITERATURA. Reseña de "La guitarra azul", de John Banville

   En "letraslibres":

La guitarra azul, de John Banville

Enero 18, 2016
Imaginemos un día lluvioso, frío y a nuestro alrededor un verdor refulgente. Depositemos en esa especie de campiña a cuatro amigos, dos parejas. Y a partir de ahí, demos paso a un conflicto en el que se vea envuelto el amor, el deseo y, por supuesto, la frustración. Ese es el cóctel que ha preparado el irlandés John Banville (1945) en su nueva novela La guitarra azul, recientemente traducida al castellano por Nuria Barrios. Una historia que nos vuelve a mostrar a este escritor, ganador de todos los grandes premios (como Man Booker y el Príncipe de Asturias) y al que aún no se sabe por qué le falta el Nobel, en su plenitud estilística. Porque la prosa de Banville es esa que el lector no dudaría en subrayar una y otra vez hasta casi rajar el papel del libro.
La novela abre con un homenaje a Melville. ‘Llamadme Autólico’, escribe Banville. Y como si fuera la lucha contra la ballena, desde los primeros párrafos nos va a introducir es una historia incómoda en la que el protagonista, un pintor en horas bajas y con la mano demasiado larga para el hurto, tendrá que batallar contra sus tribulaciones, contra lo que fue, lo que quiso haber sido. Quizá lo que la vida no le ha dejado ser. Esta es, al fin y al cabo, una historia sobre el hombre en su más pura acepción del género masculino.
Oliver Orme se llama este tipo. Un hombre que siempre se ha sentido seguro con su trabajo como pintor, con su mujer y con su vida, en general. Hasta que intenta robar lo que no le estaba permitido de ninguna manera. En un determinado momento desea –porque no ama– a Polly, la mujer de su amigo Marcus y amiga a su vez de su esposa, Gloria. Es una chispa que salta y poco después nos enteramos de la consumación del affaire. No es la primera infidelidad de Orme, pero sí es la primera vez que esta relación adúltera se mueve en aguas demasiado pantanosas que afectarán a otras personas. Y esto es lo que rompe la seguridad del pintor, que ya hacía tiempo había dejado de pintar falto de inspiración.
Como sucedía en El mar, donde casualmente el protagonista era un historiador de Arte, el pintor atribulado se intenta guarecer en sus recuerdos infantiles y huye a la desesperada. Banville pone sobre la mesa la cobardía e incluso la inmadurez de ese hombre que parecía tenerlo todo bajo control. Y a la vez que expone los hechos fatídicos compone un tratado sobre el amor –la idealización: “para mí eras un Dios”, dice Polly– el afán de transformar al otro (ese es el verdadero robo, como afirma el protagonista una y otra vez) el sobrevuelo constante del dolor, el pinchazo de los celos –“te anegan de manera inexorable como humeante lava ardiente”- y finalmente el conformismo.
Como contrapunto a Orme y sus debilidades, Polly y Gloria son el verdadero muro de contención de este chorreo de vulnerabilidad que muestran los hombres (también el pobre cornudo Marcus). Es otra de las características de Banville, que incluso se ven con fuerza cuando escribe sus novelas negras bajo el pseudónimo de Benjamin Black: las mujeres son todo lo contrario a una drama queen histérica, a una loca abrumada por los acontecimientos. Gloria, Polly, la hermana de Orme, son las que dicen basta cuando el mundo se tambalea.  “La mujer, caí, es una leyenda, un fantasma que sobrevuela el mundo, posándose aquí o allá, en este o en aquel desprevenido ser femenino al que transforma, de manera breve pero decisiva, en un objeto de deseo, veneración y terror”, escribe Banville en esta novela.
Dividida en tres partes, La guitarra azul es un pedacito envuelto con papel de regalo de lo que significan las relaciones truncadas: el deseo ardiente, el dolor que provoca lo imposible, la indiferencia final y las heridas que quedan. Pero también es casi un ensayo sobre el arte y la creación, cómo cazamos las ideas, dejamos flotar a la imaginación, algo parimos con todo eso y sentimos el miedo del fracaso. Todo el libro está poblado de citas de obras teatrales y hay numerosas imágenes de lienzos, algunas de manera sucinta y otras con nombre y apellido, como el del pintor Cézanne. Banville expone su vasta sabiduría con su potente voz poética y preciosista sin resultar cargante (como les ocurre a los malos escritores que parece que tiran de Wikipedia).
Tras Los infinitos y Antigua luz, esta novela es un escaloncito más hacia arriba, pese a que para el lector que haya leído El mar puede que esta novela le resulte algo menor. En cierto modo, al escritor se le va un tanto la mano con las descripciones climatológicas. Hace frío constantemente y nos lo repite para que no nos olvidemos (y tranquilo, Banville porque no lo hacemos). En ocasiones, las dudas del protagonista parecen entrar en bucle y dan ciertas ganas de apagar el disco. Pelín pesado se vuelve cuando recuerda a sus padres. Sin embargo, cuando, de repente, escribe “nada como el látigo de seda del autorreproche para aliviar una conciencia inteligente” sentimos que estamos ante un escritor en forma que nos remueve, nos subyuga, nos hace pensar y nos da placer. Señores de la Academia, no se lo piensen más, por favor.

viernes, 6 de junio de 2014

PRENSA CULTURAL. Sobre John Banville, Premio Príncipe de Asturias de las Letras

   En "El País":

Doble reconocimiento a John Banville

“Al borde de la vejez, al fin puedo estar aprendiendo a escribir”, dice el nuevo Príncipe de Asturias de las Letras

"Black es un artesano, Banville trata de ser un artista"


El autor irlandés John Banville. / EL PAÍS
Los dioses están hoy más envidiosos que nunca. Porque la alegría de un mortal como John Banville que escribe de las cosas que ellos añoran tanto como el amor y sus sombras, la belleza de lo cotidiano e intrascendente y de la vida y de la muerte con inquietantes universos privados y emocionales ha sido reconocida por otros mortales. Una vez más. ¿Dónde estará Hermes? ¿Cómo le habrá dado la noticia a esos dioses creados por Banville en Los infinitos de que él acaba de recibir otro galardón?
Él es un demiurgo en el que hay tres escritores en uno. Tres mundos con claroscuros: dos salidos de su cabeza y otro ajeno ensanchado por él. Eso es John Banville (Wexford, Irlanda, 1945). Y eso ha distinguido el 34º Premio Príncipe Asturias de las Letras 2014. Porque el novelista irlandés es el creador de obras como Eclipse, El mar y El intocable (Anagrama) o Antigua luz (Alfaguara); también de zonas más oscuras con su álter ego Benjamin Black en la novela policíaca; y no contento con eso, y bajo el nombre de Black, se atrevió a revivir a Philip Marlowe, el detective de Raymond Chandler.
A punto de cumplir 70 años, y tras medio siglo escribiendo, cree que quizás ahora, mientras se tambalea “al borde de la vejez”, al fin puede estar “aprendiendo a escribir”. Lo expresa por correo electrónico, en medio del incansable sonido del teléfono con felicitaciones de medio mundo, y después de mostrarse conmovido por la noticia se pregunta: “¿Entonces el premio no me lo dará el Príncipe sino el Rey?”. Banville directo, incisivo y rápido. La pregunta se debe a que los Príncipes de Asturias, Don Felipe y Doña Letizia, habrán sido coronados reyes para cuando se entregue el galardón en octubre. La Fundación no ha facilitado ninguna información sobre el tema. ¿Le cambiará el nombre al galardón por el de Princesa de Asturias, con lo cual correspondería a la hija de los futuros reyes, Leonor, de ocho años? ¿O volvería a su nombre original de Premios del Principado de Asturias?
Banville no solo cree en el hechizo de contar una historia, sino que también considera que la belleza de lo escrito es esencial. “¡Ah, la belleza! Si pudiera definirla. Aunque sé reconocerla”, asegura. Como sus lectores. Como el jurado que ha destacado su “inteligente, honda y original creación novelesca, y a su otro yo, Benjamin Black, autor de turbadoras y críticas novelas policiacas”.
Hasta 2007 era un escritor poco conocido en España pero de culto. Es a partir de ese año cuando aparece su álter ego, en El secreto de Christine (Alfaguara), y su popularidad empieza a ascender. “No creo que haya sido él quien cambió mi carrera”, dice. “Eso se produjo al ganar con El mar, el Premio Booker, en 2005”. Pero expresa su felicidad al reconocer lo que ha significado Black en su vida y su carrera.
“Black es un artesano, John Banville trata de ser un artista”, confiesa el escritor. Piensa en Black “como un equilibrista —alguien que no mira atrás, ni hacia abajo, que no duda porque debe seguir hacia adelante, hasta el final—, mientras que Banville es un pobre viejo topo que en la oscuridad cava con dificultad su camino, poco a poco, con esperanza de salir un día a la luz…”.
Es uno de los últimos escritores de una estirpe, según Javier Marías: “La de ser consciente del estilo. Él procura tener un estilo artístico. Posee una prosa fluida, diáfana e inquietante con un alto grado de profundidad”.
Banville trabajó como periodista (de 1969 a 2000) porque lo liberó de apuros económicos y podía escribir lo que han premiado: “El escritor y el periodista eran personas independientes, al igual que BB y JB están separados”. Otro mensaje para Hermes.

PRENSA CULTURAL. "John Banville, un relojero genial". Javier Aparicio Maydeu

   En "El País":

John Banville, un relojero genial

Los grandes libros del nuevo Príncipe de Asturias de las Letras están concebidos para ser releídos


El escritor irlandés John Banville. / CARLOS ROSILLO
Banville encarna al escritor vocacional. Desde niño quiso juntar palabras para (re)crear mundos. Su trayectoria es la de un tipo obsesionado por la escritura, un feliz maestro de la neurosis léxica (¡palabra exacta o muerte!) y de la paranoia sintáctica (una frase mal construida es un camino sin salida, o una música disonante o un mensaje extraviado). Su obra novelística trata en general de la existencia humana y de sus dramas silenciosos y latentes, y para hablar de la existencia solo es posible la precisión. Banville es un relojero, se batiría a sable con quien fuera por una palabra en detrimento de otra.
El mar (2005, Premio Man Booker) es el símbolo de su literatura de la exactitud y de la sutileza. Nunca grita pero todo el mundo lo oye. Sus grandes libros (en la lista están El libro de las pruebas, 1989, y Antigua luz, 2012) están concebidos, como diría Juan Goytisolo, para ser releídos y no solo para ser leídos. Se evocan después de ser leídos, perdura su prosa milimétrica en la memoria del lector. Se columpia en la gramática y la hace lucir mientras se divierte. Examina y selecciona los adjetivos e inventa imágenes como posiblemente solo Nabokov supo hacer: "Una enfermera vino a buscarme. Me di la vuelta y la seguí. Y fue como si me adentrara en el mar". Habla de "ausencias palpables" y de "oscuridades visibles" porque la poesía deambula por sus páginas sin hacer ruido.
Sin embargo, el talento de Banville es tan grande que no cabe en la literatura cult, se desborda e invade bajo el irónico pseudónimo de Benjamin Black el espacio de la literatura de género, de la novela negra, el espacio de la pulp. Como el gran Umberto Eco adora a James Bond y escribe best-sellers, Banville adora a Raymond Chandler y escribe best-sellers de intriga y misterio en blanco y negro que solo colorea su prosa trasterrada. Banville se inventa a Benjamin para seguir disfrutando del oficio de juntar palabras pero en un terreno mucho más popular, el de la investigación entre viudas, secretos y cadáveres.
La esquizofrenia de Banville es ciertamente insólita pero a la vez ciertamente provocadora: como hizo en su día Gombrowicz con Los hechizados, Banville se retó a sí mismo a escribir también para la inmensa mayoría travistiéndose autor de masas sin querer curarse de esa patología lingüística suya tan particular que se llama. Y, desde El secreto de Christine (2006) a La rubia de ojos negros (2014), el flamante Premio Príncipe de Asturias juega como un malabarista con los clichés, los códigos y los arquetipos. Puede disfrazarse de frívolo pero no es nunca banal. Y es que este genio de la narrativa contemporánea se lo toma todo demasiado en serio como para que sus propias bromas se queden en lo trivial. La calidad literaria es la misma, y es el lector el que deberá ajustar su actitud y su complicidad cuando lea a John o cuando lea a Benjamin. ¡Felicidades a los dos!
Javier Aparicio Maydeu es profesor de la Universitat Pompeu Fabra y crítico de Babelia.

lunes, 3 de marzo de 2014

PRENSA CULTURAL. Entrevista a John Banville-Benjamin Black

   En "elcultural.es":

John Banville: "Mi mayor ambición sería escribir una novela negra sin crimen"

Con su seudónimo noir, Benjamin Black, el escritor resucita en La rubia de ojos negros al mítico detective Philip Marlowe, creado por Raymond Chandler

FERNANDO DÍAZ DE QUIJANO | 28/02/2014 


Por encargo de los herederos de Raymond Chandler, Benjamin Black -seudónimo noir de John Banville- ha resucitado al célebre detective Philip Marlowe en La rubia de ojos negros (Alfaguara). El autor irlandés (Wexford, 1945) ha devuelto al sabueso solitario a las calles de Bay City -trasunto de Santa Mónica, California- para investigar una desaparición que, como suele pasar, esconde una trama mucho más compleja de lo que parece. Nuestro querido detective lo huele desde el minuto uno, pero acepta el caso porque el nuevo Marlowe conserva su conocida atracción por las femmes fatales, igual que conserva intactos su sarcasmo, su negro sentido del humor y su aura de perdedor.

Black / Banville lo ha conseguido con creces: no sólo ha resucitado a Marlowe, sino que ha recreado a la perfección el estilo de su autor original. Eso decía la crítica incluso antes de que el libro se publicara oficialmente ayer en todo el mundo y un día antes en España. Por eso no es raro que durante la entrevista, Banville diga Marlowe cuando quiere decir Chandler y viceversa. Todo es uno.

Pregunta.- ¿Mr. Black o Mr. Banville?
Respuesta.- Como quieras: Banville, Black, Chandler...

P.- ¿Cuál es la historia de este encargo?
R.- Resulta que mi agente es el mismo que el de los herederos de Chandler, y por medio de él me lo propusieron. Así de sencillo.

P.- ¿Por qué han decidido ellos resucitar ahora al detective Philip Marlowe?
R.- Para hacer dinero, supongo.

P.- ¿Se le habría ocurrido a usted revivir el personaje si no hubiera sido un encargo?
R.- No creo, pero si hubiese pensado en revivir un detective de otro autor que no fuera yo, habría sido Marlowe.

P.- ¿Dijo que sí a la primera?
R.- No, me lo propusieron hace tres años y no quise, no recuerdo por qué. Pero el verano pasado me apeteció y me puse a ello. Además, quería darle un descanso a mi personaje el doctor Quirke.

P.- Ya que lo menciona, ¿qué similitudes comparten Quirke y Marlowe?
R.- Ambos son seres solitarios, de cuarenta y tantos años. Quirke es más oscuro, es un personaje más dañado. Marlowe no es tan solitario, pero se siente solo. Intenta ser duro, pero es blando, porque es un anticuado. Por eso me gusta, a mi edad uno no tiene más remedio que ser anticuado.

P.- ¿Qué ha querido aportar al Marlowe de Chandler?
R.- Al principio quise actualizarlo, desarrollar el personaje, pero cuando releí los libros de Chandler, me di cuenta de que eso no tenía sentido. Era perfecto tal como era. Aparte de eso, mi Marlowe no hace tantas bromas de listillo como el original y a lo mejor se me ha colado por ahí algo de acento irlandés...

P.- Y varios guiños a su tierra. La familia de la rubia de ojos negros, Clare Cavendish, procede de Irlanda, y en uno de los capítulos Marlowe visita un bar irlandés, de esos cargados de tópicos.
R.- Sí, lo hice para divertirme. Ahora tenemos bares irlandeses hasta en Irlanda. Como dijo Jean Baudrillard, ya no existe el mundo, sólo su mapa.

P.- Ya se leen críticas que dicen que no sólo ha conseguido revivir a Marlowe, sino la voz del propio Chandler.
R.- Si es así, me siento halagado. Siento una gran admiración por Chandler porque inventó un nuevo género de ficción: la novela negra literaria.

P.- ¿Y cómo hizo Chandler para darle esa nueva altura a la novela negra?
R.- Cuando empecé a escribir el libro, leí cartas de Chandler en las que dejó constancia de sus métodos, sus objetivos y sus ambiciones al escribir novela negra. Cuando empezó a escribir en revistas pulp, lo editores tachaban los párrafos de descripciones, pero él les demostró que estaban equivocados, que los lectores no sólo querían acción, sino también profundidad en los personajes, emociones generadas por los diálogos.

Tópicos y transgresiones

P.- Entonces, ¿no hay reglas irrompibles en el género policiaco?
R.- Bueno, tiene que haber un crimen, pero mi mayor ambición sería escribir una novela negra sin crimen. Además de eso hay un montón de tópicos, como el del héroe con una vida privada difícil. El arquetipo es un detective divorciado interpretado por Al Pacino. Su mujer le hace la vida imposible y cuando saca a su hija a comer pizza, ésta le dice: “Oye, papá ¿cuándo volverás a casa con mamá y conmigo?”, y él le responde: “Es complicado, hija, es complicado...”

P.- Dice que, como John Banville, puede escribir unas 200 palabras al día, pero como Benjamin Black, esa cifra llega a 2.000.
R.- Son dos autores y dos tipos de libros muy diferentes. Banville necesita una concentración profunda, se lo cuestiona todo. Black tiene que ser de otra manera, asume riesgos que Banville nunca asumiría. Quizá le den el Nobel a Black antes que a Banville...

P.- Ahora que lo dice, aunque sea con ironía, ¿qué crédito le da a las voces que lo consideran un futuro Nobel?
R.- No puedo hacer ningún comentario al respecto...

P.- ¿Qué otros autores, además de Chandler, inspiran a Benjamin Black?
R.- Simenon, que fue el padre del género. Me gustan especialmente sus romans durs (novelas duras). Son poco conocidas, pero están entre los mejores libros del siglo XX. También leo mucho a Richard Stark y a James M. Cain, dos escritores poco conocidos pero maravillosos.

P.- ¿Y entre las influencias de Black no se cuela alguna de las de Banville?
R.- No, están completamente separados, también en eso. Eso no quita para que un martes a las tres de la tarde, cuando me entra sueño, Banville le ponga una mano en el hombro a Black y le diga: “Esa frase es interesante, vamos a profundizar un poco en esa idea”, a lo cual Black se niega. Pero en el fondo, sí que se cuelan un poco cada uno en lo que escribe el otro.

P.- ¿Qué tienen los años 50 que son tan atractivos para la novela negra?
R.- Fue una época extraordinaria. Tras una guerra devastadora a la que sobrevivimos por casualidad -menos mal que Hitler no consiguió la bomba atómica-, de 1945 a 1950 hubo una explosión de alegría de haber sobrevivido.A partir de los 50 todo se volvió más complicado por la Guerra Fría y volvimos al terror. La guerra lo había destrozado todo menos el carácter férreo de las ideologías, ni del catolicismo -dos caras de la misma moneda-. Vivíamos bajo ese yugo, con miedo e infelicidad, pero alegría a pesar de todo. Es una época ideal para la novela negra porque fue un tiempo de secretos. Había dos mundos: el de Doris Day y Rock Hudson en las películas de “teléfono blanco” -como decían los italianos- en las que todo era idílico, y el mundo real, violento, represivo e hipócrita, como siempre.

Un Beethoven por cada Hitler

P.- ¿Cree que ese peso de las ideologías antagónicas se ha diluido hoy?
R.- Ahora estamos en caída libre, es difícil encontrar tierra firme donde posarse. Es una época interesante para vivir. Pero estamos equivocados en una cosa: no va a haber ningún cambio profundo. Sí habrá grandes progresos tecnológicos -como lo han sido la odontología o la cisterna del retrete- y hallaremos una solución para el cambio climático, porque tenemos una gran habilidad para resolver problemas. Somos seres crueles, violentos, mentirosos, hipócritas, y aun así somos capaces de hacer cosas increíbles. Por cada Hitler hay un Beethoven.

P.- ¿Y es una época interesante también para la novela negra?
R.- La ficción no puede tratar la actualidad. A la gente se le olvida que las grandes novelas del siglo XIX eran históricas. Nadie pensaba en escribir sobre su propia época. La nuestra es una época maravillosa sobre la que escribir, pero dentro de 50 años.

P.- ¿Habrá más entregas de este nuevo Marlowe?
R.- No lo sé, quizá... Lo que puedo asegurar es que he disfrutado mucho escribiendo este. Aunque en general, para mí el trabajo es más divertido que la diversión.

P.- ¿A qué se refiere?
R.- A que cuando mi familia me obliga a ir de vacaciones, me pongo nervioso. Nunca sé qué va a pasar cuando me levanto por la mañana.

P.- Aun así, ¿qué lugares le gusta visitar cuando va de vacaciones?
R.- ¡España! Si estuviéramos en Francia, diría: “¡Francia!” Bromas aparte, me encanta venir al Sur. Hace poco estuve en Niza con mi mujer. Cenamos sopa de pescado, calabacín con ricota y vino. Y pensé: a pesar de los problemas que tienen los países del Sur, han solucionado el problema de vivir.

P.- ¿Qué escribe ahora?
R.- Siempre estoy escribiendo como Banville, y en verano escribiré otro libro como Black.

P.- ¿Y de qué va el próximo?
R.- El próximo lo firmaré como John Banville y se llamará La guitarra azul. Va de un pintor que ya no puede pintar más y se mete a ladrón. Pero no para ganar dinero, sino por el subidón que le da robar. También le roba la mujer a su mejor amigo, hasta que alguien le quita la suya y experimenta lo que se siente cuando te roban algo. En fin, otro libro de luz y alegría típico de Banville..

lunes, 24 de febrero de 2014

PRENSA CULTURAL. Entrevista a John Banville, sobre su última novela policíaca, "La rubia de los ojos negros"

   En "Babelia":
LIBROS / ENTREVISTA

Piezas de artesanía

John Banville ha adoptado una tercera personalidad para escribir 'La rubia de ojos negros'

La novela la firma su alter ego Benjamin Black y recupera el espíritu de Raymond Chandler


Según Banville, la novela negra actual es demasiado sangrienta. / SAMUEL SÁNCHEZ
Las razones de editores y herederos para confiar a novelistas contemporáneos la tarea de revivir a James BondHércules Poirot, Bertie Wooster o Philip Marlowe parecen claras: un nuevo libro puede despertar —al menos en teoría— un renovado interés por sus autores. En cambio, para muchos, las razones de un escritor reputado como John Banville (Wexford, 1945) para prestarse a escribir La rubia de ojos negros (que Alfaguara publicará el próximo 26 de febrero) son un enigma. “Si hace veinte años alguien me hubiera sugerido siquiera que algún día escribiría un libro como este mi reacción habría sido ‘¿cómo te atreves?, ¡estás loco!”. Sin embargo, la propuesta de que Benjamin Black —el seudónimo que reserva a su obra noir—firmase una novela que resucitase a Philip Marlowe, el célebre detective creado por Raymond Chandler, llegó con Banville ya instalado en la sesentena. “Tengo una edad en la que he de probar cosas nuevas para no marchitarme, para no consumirme. Siempre estoy escribiendo una novela de Banville, pero me sobra energía literaria que derivo hacia Benjamin Black y, ahora, hacia Chandler. Me divierte y estoy en un momento en el que me puedo permitir asumir riesgos, hacer estupideces”.

El artista debe gozar de libertad y en la novela negra siempre debe haber un crimen, y eso
la restringe bastante”
El propio Chandler, Georges Simenon, James M. Cain y Richard Stark, enumera Banville, son los padres de Benjamin Black —“me temo que es huérfano de madre”—. Fue su hermano mayor, Vincent, quien le introdujo en la literatura del autor de El largo adiós y La dama del lago —sus novelas predilectas—. “En esa época yo solo conocía a escritoras inglesas como Agatha Christie o Margery Allingham. No había leído a Ross Macdonald o Dashiell Hammett, por eso me fascinó encontrar a alguien que escribiese tan bien como Chandler”. Para Banville, a quien le gusta repetir que “la frase es el mayor invento de la civilización”, el lenguaje lo es todo. “Escribo frase a frase. Termino una y empiezo la siguiente. Joyce era un maestro del párrafo, yo preferiría prescindir de ellos”. La trama y los personajes le importan, pero desempeñan papeles secundarios. “Como al propio Chandler, a mí tampoco me importa saber quién mató al mayordomo: él siempre defendió que el estilo lo era todo. En buena parte de sus libros la trama no tiene sentido: cuando estaban rodando El sueño eterno le llamaron para preguntarle quién había matado al chófer y él respondió que no lo sabía. Yo he escrito La rubia de ojos negros en ese espíritu. He inventado y he reinventado Los Ángeles, como hiciera en su momento el propio Chandler”.
Ni ha releído sus obras completas ni se ha documentado a conciencia para recrear la Bay City de Marlowe. Se ha limitado a sentarse en su estudio y escribir. Como siempre. “La obsesión por los hechos sofoca la novela. Flaubert dijo que había leído miles de libros cuando preparaba Salambó, su novela sobre Cartago, y al leerla puedes sentir el peso de todas esas lecturas”. Según el irlandés, la invención puede ser tanto o más convincente que la verdad.
Banville escribió La rubia de ojos negros en su estudio de Dublín. Un apartamento pequeño y luminoso frente al río Liffey, ajeno al bullicio que se extiende a ambas orillas. “El silencio es absoluto”. Solo lo quiebran, explica, los hijos de los vecinos que juegan en el patio y a quienes Banville escucha conmovido. “Se entretienen con juegos anticuados, como el escondite y el fútbol, se enamoran, se pelean. Son fantásticos”. Lleva más de veinte años escribiendo en este lugar de moqueta granate —“hace poco advertí que solo está desgastado el tramo que va de mi mesa a la cocina, el resto está impoluto”—, mobiliario austero y riguroso orden. Todo está en su sitio: los libros, los diccionarios, las postales, los sombreros. Es la cara o cruz del espacio de trabajo de otro irlandés ilustre, Francis Bacon, cuyo estudio se encuentra a diez minutos a pie del refugio de Banville. “El desorden que me rodea se asemeja a mi mente: puede que sea un buen reflejo de lo que se está fraguando dentro de mí”, escribió el pintor. Esa cita sirve ahora de aviso a los visitantes desprevenidos a punto de asomarse a ese caos tan necesario para él.

Mitos y franquicias

JUSTO NAVARRO
Philip Marlowe nació ya detective privado en 1939, en la primera novela de Raymond ChandlerEl sueño eterno. No habla jamás de sus padres, y no tiene parientes, que se sepa, o eso decía su creador. Marlowe sigue vivo y, a pesar de haber llegado al mundo hace 75 años, tiene la misma edad que en 1939. Pertenece al tiempo atemporal de los mitos, de donde ahora lo rescata John Banville, alias Benjamin Black.Los mitos tienen la gracia de la resurrección incesante y fabulosa: inmortales griegos, bíblicos, evangélicos, artúricos y caballerescos, dráculas, tarzanes y peterpanes, Sherlock Holmes y James Bond, Poirot y Maigret, por qué no. Toleran la repetición sacralizadora, pero también la broma y el pastiche.
Un mito es siempre nuestro contemporáneo, y Marlowe merece renacer en este instante: desconfía de la riqueza y de sus poseedores, ajedrecista solitario, incómodo para los policías serviles con los poderosos y peligrosos para la gente como él. “La ley protege al que paga”, decía en Adiós, muñeca. Emigrante, bajó del norte al sur sin salir de California. Según Chandler, no tiene mucho dinero, pero viste lo mejor que puede. Fuma, bebe cualquier cosa que no sea dulce. Se levanta tarde por gusto y temprano por necesidad. Es un tipo, en el sentido en que Umberto Eco utiliza el término: Don Quijote es un tipo, pero solo es tipo de todos los Don Quijotes, tipo de sí mismo. Invita al eterno retorno, a la repetición siempre nueva.
El renacimiento de Marlowe debería consagrar los rasgos inolvidables que su creador atribuyó al detective: “Es un personaje de cierta nobleza, de ingenio corrosivo, triste pero no derrotista, solitario pero nunca realmente seguro de sí”. ¿Tiene conciencia social? “Tanta como un caballo”, responde Chandler. “Tiene conciencia personal, que es algo totalmente distinto”. Es un santo: encarna “la lucha de todos los hombres esencialmente honrados por ganarse la vida con decencia en una sociedad corrupta”. Mejor persona para el lector que para sí mismo, es más honorable que usted y que yo, dice Chandler, y concluye: “Si ver basura donde hay basura es un signo de inadaptación social, Marlowe es un inadaptado”.
Así, pero envejecido, era el Marlowe que Osvaldo Soriano imaginó en Triste, solitario y final (1974),donde el gordo Soriano formaba, personaje de su propia novela, pareja de aventuras con el flaco detective de Chandler, en un caso en torno al Gordo y el Flaco cinematográficos, también criaturas sagradas. Los recreadores de mitos no son ladrones de cadáveres, sino de seres vivos que reviven sin fin. Hay, sin embargo, una diferencia entre viejos inmortales como Jesucristo o Don Quijote y los inmortales recientes, que son héroes propiedad de los herederos de su creador, algo que probablemente Soriano ignoró. Si el nuevo uso de criaturas como Marlowe, Bond o Poirot se atiene a la lógica de los mitos, obedece forzosamente a la de la franquicia, que, según el diccionario de la Academia, significa “concesión de derechos de explotación de un producto, actividad o nombre comercial”, licencia para repetir la atmósfera de una marca, el diseño, el modelo.
El irlandés odia el verano. “Es la estación más aburrida”, aduce, y desde hace casi una década combate el tedio estival —las vacaciones están descartadas, “me crispa no hacer nada”, se justifica— escribiendo novela negra. Ya ha escrito seis, cinco de ellas ambientadas en el Dublín de los años cincuenta y protagonizadas por Quirke, un patólogo solitario y bebedor, aunque ahí terminan los paralelismos con Marlowe. “Quirke es simplemente un hombre curioso. En esa época en Irlanda no existía el concepto de justicia. Todo era una mentira, todo eran apariencias”. Marlowe, sin embargo, tenía otras ambiciones. “Siempre lo había admirado, pero me costaba creérmelo del todo: un hombre con su sensibilidad no podía ser tan duro. Pero me gusta su heroísmo, su caballerosidad, es un hombre que cree en un cierto tipo de justicia, que cree que es posible hacer algo de bien en el mundo. Estas son nociones muy anticuadas, pero por eso quiero que la gente joven lea a Chandler: la literatura negra de hoy es cada vez más violenta, más sangrienta, es hora de volver a la caballerosidad, al honor, a una ‘violencia educada’, que diría mi mujer”.
El verano es de Benjamin Black. El otoño, la estación más fértil, de John Banville. Black escribe en ordenador, sin reescrituras, tres meses de trabajo le bastan para terminar sus novelas. Banville escribe con inevitable lentitud —“entre ayer y hoy he escrito dos párrafos; el de hoy es más corto porque tenía esta entrevista”—, llenando las páginas en blanco de un libro que encuadernan especialmente para él con ayuda de una pluma, tarda entre tres y cinco años en poner el punto final. Black es un artesano; Banville, un artista. “Estoy muy orgulloso de los libros de Benjamin Black. Creo que son maravillosas piezas de artesanía. No digo que sean muy buenos libros, pero desde mi punto de vista están construidos con maestría, como si fuesen una silla o una mesa. En cambio, mi relación con los libros de Banville es muy complicada, tan oscura que apenas alcanzo a entenderla. No entiendo por qué los odio tanto. Supongo que simplemente porque son fracasos”. Banville es consciente de que la distinción no agrada a los escritores de novelas de detectives, pero nunca le ha preocupado demasiado medir sus palabras —para las hemerotecas queda su agradecimiento al jurado del Man Booker Prize que en 2005 premió su novela El mar y a quienes felicitó por atreverse a distinguir “una obra de arte” y romper la tendencia de premiar ficciones menos exigentes—. “Hace un par de semanas asistí a un festival de literatura negra en Key West y sé que los escritores presentes se molestaron, pero estoy convencido de que es verdad: para ser un artista, para hacer una obra de arte, debes gozar de libertad absoluta para hacer lo que te venga en gana, y cuando escribes novela negra en ella siempre debe haber un crimen. Eso restringe bastante tu libertad. Por eso creo que el género nunca podrá elevarse a la categoría de arte, aunque Chandler estuvo muy cerca”.
En sus cuadernos, Raymond Chandler dejó listados de posibles títulos para posibles novelas: La rubia de ojos negros es uno de ellos. Fue Ed Victor, agente del irlandés y representante del legado del estadounidense, quien le sugirió que lo utilizase. “Y le hice caso, aunque ya había empezado a escribir y [la protagonista] Clare Cavendish tenía el cabello oscuro y los ojos azules”. El lector de Benjamin Black, asegura Banville, encontrará en este libro una historia “mucho más ligera, más libre, con la luz y el sol de California, y el ingenio de Chandler”.

Me sobra energía literaria que derivo hacia Benjamin Black y, ahora, hacia Raymond Chandler. Me divierte”
No lo ha meditado demasiado, pero cree que le fascinaría que otro continuase con la saga de Quirke —cuya adaptación, una miniserie protagonizada por Gabriel Byrne y producida por la BBC, se emite en estos momentos la televisión irlandesa—. “Probablemente sea relativamente sencillo escribir un libro de Quirke porque hay ciertas cosas que se repiten en todos: la bebida, la desesperanza, la extraña relación que mantiene con su hija… En la mayoría de los casos, la literatura noir consiste en trabajar con clichés. Es lo bueno que tiene: tratar de hacer algo nuevo dentro de un género propenso al tópico”. Aún no sabe si repetirá con Chandler —“todo depende de cómo funcione La rubia de ojos negros, aunque la segunda vez no será tan divertida como la primera”—, pero tiene claro que con él terminan los revivals. “Mi mujer me sugirió que escribiese una continuación de Retrato de una dama de Henry James porque Isabel Archer es un personaje muy interesante y la novela termina de forma muy ambigua. Pero James es un gran artista y yo sería como un buitre alimentándome de los restos de un gran autor. Dicho esto, me parece una gran idea y me encantaría saber cómo sigue la vida de Isabel Archer: todos los hombres estamos enamorados de ella”.
En una catastrófica crítica publicada en 1991 en The New York TimesMartin Amis concluía que Robert B. Parker nunca debería haber escrito Perchance to dream, secuela de El sueño eterno de Chandler —tan solo un par de años antes Parker había completado otra novela chandleriana, La historia de Poodle Springs—. Pero no había vuelta atrás: el daño ya estaba hecho, lamentaba Amis. Mientras apura la segunda copa de vino tinto, Banville asegura que está preparado para hacer frente a la controversia que sabe acompañará a La rubia de ojos negros. “Espero que me acusen de deshonrar la memoria de Chandler para escribir apasionadas defensas del libro, ¡habrá una gran polémica, será una gran campaña publicitaria! Seguro que habrá lectores adictos a Chandler y expertos que se deleitarán en señalar en dónde me he equivocado, pero mi respuesta será ‘escuchad, este libro es mío, no de Chandler. Además, es una obra de ficción: Philip Marlowe nunca existió”.
En estos momentos, la verdadera preocupación de Banville está muy lejos de Chandler. “Ya he escrito un tercio de mi próxima novela firmada por Banville y no tengo ni idea de qué va a suceder en la trama. No paro de pensar, ‘John, en algún momento tendrás que resolverlo. Estos personajes tienen que hacer algo”. Desde su escritorio, tan solo tiene que mirar de reojo para ver los ocho libros envueltos en papel de seda blanco que encargó al encuadernador y que aguardan a que empiece a cubrir, lentamente, sus páginas.
 La rubia de ojos negros. Benjamin Black. Traducción de Nuria Barrios. Alfaguara. Madrid, 2014. 326 páginas. 19,50 euros (electrónico: 9,99).

viernes, 26 de octubre de 2012

PRENSA CULTURAL. Entrevista a John Banville, sobre su nueva novela, "Antigua luz"

El escritor John Banville fotografiado en Madrid. / SAMUEL SÁNCHEZ ("El país")

   En "El País":

“Lo siento, la escritura es mucho más interesante que la vida”

El Irlandés John Banville habla sobre su última novela, 'Antigua luz', que cuenta la historia de un adolescente enamorado de la madre de su mejor amigo

 Madrid 25 OCT 2012 

Hace unos días —no recuerda con precisión cuántos porque para John Banville el tiempo es una zigzagueante sucesión de aconteceres— comprobó que los cristales de su estudio estaban hechos un asco. “Hacía por lo menos 10 años que no los limpiaba porque cuando trabajo nunca miro a la calle”. También comprobó que el único objeto realmente desgastado del lugar que acoge sus encierros es la alfombra que conduce de su escritorio hasta la cocina. Alrededor, no le avergüenza admitir, “todo está lleno de polvo”.
Menos las palabras… A las palabras, John Banville (Wexford, Irlanda, 1945), autor insólito, sugerente, les saca brillo. Así lo demuestra de nuevo en Antigua luz (Alfaguara y Bromera, en catalán), su nueva novela. Cuenta la historia de un adolescente fascinado y enamorado de una diosa: la madre de su mejor amigo.
Banville es un escritor puro. Una rara avis en su propia lengua. “Sí, creo que lo soy”, admite, obsesionado por la pulcritud desnuda del lenguaje más que por el relato. Un prosista en verso. Un introvertido buceador que luce corbata e ironía, que seduce con sus historias pegadas a la nostalgia de los elementos por un lado y a la novela negra, por otro, cuando se viste de Benjamin Black. Esa esquizofrenia que ahondaba al publicar en España en dos editoriales —Anagrama y Alfaguara— ha sido ya resuelta en uno de los contratos de la temporada editorial. Ahora las novelas que firma como Banville también pasan al sello Alfaguara.

El mundo en sí es para mí redondo y las palabras, cuadradas”
Dice que en Antigua luz está todo él. Como hombre y como mujer. Pero sobre todo como amante. “La imagen que uno crea del amor es intensa, todo se basa en esa idealización. Cuando te enamoras inventas una diosa pese a que sabes que es de carne y hueso. Lo malo es que eso no dura más de tres meses, siempre depende de la diosa que se alargue un poco más…”. Nadie puede soportar tanta tensión ensalzadora: “El amor es una feliz angustia”, define. Permanente. Lo supo desde que vivió su primer amor. Fue a tiempo parcial. En verano. “Estuve loco por ella entre los 11 y los 17 años”.
Banville se revela como un estajanovista de su oficio. Sin muchos planes previos cada vez que se adentra en un libro. “Una frase lleva a la siguiente y así hasta que te das cuenta de que has terminado”. Los planes en sus obras marcan poco. “Lo importante es dejarse llevar, perderse en uno mismo, es entonces cuando te das cuenta de que no penetran en ti ni las influencias”.
Aunque eso no quiere decir que nos las tenga. “Los hay que insisten en mis semejanzas con Samuel Beckett, pero yo le debo más al atrevimiento de un poeta como Yeats y a la cirugía en las motivaciones de la gente que observo en Henry James”. La escritura que practica Banville tiene mucho de semiinconsciencia, de viaje interior, de desprecio al acopio de experiencias ajenas, aun cuando lamenta a veces haber perdido tiempo en dejar pasar los días encomendándose a su obra. “Lo siento, para mí, la escritura es mucho más interesante que la vida”. Lucha por crear un mundo en cada frase. Esa construcción en línea es su obsesión.

La imagen que uno crea del amor es intensa, todo se basa en la idealización”
El lenguaje tiene sus designios, sus caprichos y en él, cada mañana, a las 9.30, se embarca. “La frase es el mayor invento del hombre”, comenta. Desconfía radicalmente de que la novela sea un reflejo de la realidad. La lucha por encajar ambas cosas le resulta una geometría imposible: “El mundo en sí es para mí redondo y las palabras, cuadradas, adaptar ambos es muy complicado”. La existencia es un presente continuo que se desvanece creando confusión. “Un libro es solo un objeto, con principio y final, en el que a veces podemos convencernos de que cabe algo parecido a lo que es la vida”.
A veces le salen experimentos extraños. Como su anterior novela, Los infinitos, una arriesgadísima batalla de abstracción constante que tenía lugar entre dos mundos paralelos pero ajenos entre los dioses y los hombres. “Espero que a esa novela le haga justicia el tiempo…”, comenta un tanto despistado ante la incomprensión que sufrió.
Antigua luz es diferente: “Aquí pasan bastantes más cosas”. La novela llega en plena fiebre por la literatura erótica. Perdón… “De libros eróticos”, puntualiza, pensando en el boom de Cincuenta sombras de Grey. “Pero esto no tiene nada que ver con dicho fenómeno. No calculo lo que escribo, simplemente lo hago”. Sólo hay que mencionar una casualidad. La protagonista de Antigua luz se llama Gray. “Y me hubiese encantado que fuera mi madre”. ¿Edipo sobrevolando? “No, en absoluto”.