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jueves, 10 de marzo de 2016

PRENSA CULTURAL. Entrevista con la escritora Cristina Fernández Cubas

   En "Babelia":

Cristina Fernández Cubas: “Importa lo que se dice y lo que se oculta”

La gran autora del cuento en español regresa tras ocho años de silencio marcados por la pérdida. 'La habitación de Nona' es un canto a la esperanza y al género


Cristina Fernández Cubas, en un hotel de Barcelona el pasado lunes. / VICENS JIMÉNEZ

Como en un buen espectáculo de magia, hay dos maneras de afrontar este libro: la primera es dejarse llevar y disfrutarlo sin más; la segunda es escrutar atento cada movimiento de manos, cada pliegue de la ropa en busca de ese truco que sabes que está, pero que no encuentras. El problema es que algunos no podemos evitar hacerlo de ambas maneras. Aunque —no teman— el efecto es el mismo: el asombro, el aplauso final.
La habitación de Nona es un libro rico y chispeante que trastoca y sorprende, que tensa la distancia entre lo que queremos y lo que tenemos, entre lo que tememos y la realidad. El regreso de Cristina Fernández Cubas (Arenys de Mar, 1945) a su medio natural, el cuento, después del silencio en el que la sepultó la muerte de su marido y del que solo salió momentáneamente y con seudónimo, es una buena noticia para la literatura española. Lo hace con soltura, espolvoreando dosis contenidas de misterio y desconcierto, de ternura y crudeza, y jugando al despiste con tal profusión de magia que, sin parecerlo, le da siempre la vuelta (o las vueltas) al planteamiento. ¿En qué momento lo hizo, en qué párrafo, en qué palabra, en qué letra? No se sabe.
Como a un buen mago, hay ganas de preguntarle: “¿Cuál es el truco?”.
Pero es demasiado pronto, demasiado obvio, ella nunca lo revelará. Por eso empezaremos por el principio, o al menos por un buen principio: Edgar Allan Poe.
PREGUNTA. Allan Poe consideraba el cuento un buen género para crear y transmitir un sentimiento, una “unidad de efecto” en el lector. ¿Y usted? ¿Qué es para usted el cuento?
RESPUESTA. Yo ya no lo sé (ríe), me siento como el conductor que va metiendo marchas sin pensar, pero el cuento tiene mucho de misterio y es a la vez un género misterioso por excelencia. El lenguaje del cuento es como el de la tribu de los wasi-wanos de mi libro: tiene tanta importancia lo que se dice como lo que se oculta.
P. ¿Se siente miembro de una secta?
R. Sí, miembro de una hermandad, y eso me gusta. Es un género no despreciado, pero sí desconocido. Mucha gente cree que es un meritoriaje, como el corto que haces mientras esperas la oportunidad de hacer el largo, pero no es así. Me fascina.
P. ¿Por qué ha costado tanto en España, frente a la tradición en toda América?
R. Ha costado, aunque tenemos maestros excelentes como Emilia Pardo Bazán, por ejemplo. Ahora se ha vencido bastante este prejuicio y el cuento renace, ha despertado.
Cristina Fernández Cubas nos recibe en un hotel de Barcelona para hablar de La habitación de Nona (Tusquets), su primer libro de cuentos tras la recopilación que publicó en 2008. Por el camino abandonó el género, su género, creó un alter ego y publicó una novela en 2013.
P. ¿Infidelidad?
R. Había escrito un par de novelas anteriormente, pero esta vez me inventé un nombre, extranjericé mi apellido (Fernández Cubas se volvió Fernanda Kubbs) y cambié de registro. Lo necesitaba porque rompía la verosimilitud que guardo siempre en mis cuentos. La narradora se ve encerrada en una bola de vidente. Era una propuesta totalmente distinta y entendí que si firmaba con mi nombre iba a confundir a los lectores. Debía decirles: cuidado, soy yo, pero vamos por otro camino, y por eso firmo Fernanda Kubbs. La verosimilitud es de Cristina y, como tal, cuanto más raro es lo que quieres contar, más verosímil tiene que parecer.
P. En ese momento estaba superando la muerte de su marido (Carlos Trías, fallecido en 2007) y dejó los cuentos. ¿Con La habitación de Nona podemos creer que ha vuelto a su lugar?
R. He vuelto, creo que he vuelto, he vuelto. Estuve mucho tiempo sin escribir cuentos, ni poder leer, ni cuentos, ni nada, no podía retener. Le ocurre a mucha gente que sufre una pérdida, no es un caso único, y por eso le tengo tanta simpatía a Fernanda Kubbs, porque me permitió salir de esa bola de cristal en la que yo estaba metida y meterme en otra, una de ficción. Tras acabar esa novela supe que podía volver.

Sobre el papel las cosas nunca son como uno habría imaginado. Has dado la palabra a un personaje y la utiliza. Es una aventura
Fernández Cubas suele decir que cada cuento sigue un impulso diferente y que cada libro de cuentos es una unidad, una especie de buque en el que cada viajero puede entrar por proa o por popa, colocarse en un puente o a estribor, pero el autor es siempre el responsable de estabilizar la nave. Su nuevo buque lleva un rumbo claro: los buenos siempre podemos ser malos; los cuerdos, locos, y la cámara, ¡alehop!, acaba enfocando algo que no parecía estar ahí. Dos de los relatos además dialogan de tal forma entre sí que el eco de ese juego acaba reverberando largo rato en la memoria del lector.
P. ¿Cuál fue el impulso aquí?
R. Cada cuento es muy distinto del otro, pero hay algunas ventanas y pasadizos secretos, como habitaciones distintas de la misma posada. El impulso de Hablar con viejas, por ejemplo, es algo que me pasó a mí. Cruzaba la calle París y una viejecita muy amable vestida de flores me dijo: “Niñaaa, es usted tan amaaable de ayudarme a cruzar? [arrastra la a como si leyera un Hansel y Gretel barcelonés]. Es que no distingo los semáforos…”. Me agarró muy fuerte, la acompañé, y en su portal me invitó: “Yo vivo aquí. ¿Quieres subir a tomar algo?”. Yo no subí a aquella casa, pero subí escribiendo y cedí el paso a la joven del cuento que sube, no diré más. Lo inesperado acecha en cada esquina, y por qué no en una casa del Ensanche.
P. ¿Todo bueno alberga un malo en su interior?
R. Nadie lo es todo. Nadie es completamente bueno ni completamente malo, hay grises. Y luego están las circunstancias. En una situación normal, si interviene un elemento ajeno que enrarece la atmósfera, puede ocurrir cualquier cosa.
P. Mientras leía su libro se produjo el accidente del avión en los Alpes y pensé: ese piloto podría ser su personaje. Una de esas situaciones en las que las cosas se dan la vuelta.
R. Tendría que pasar mucho tiempo porque lo he vivido mal, ha sido horroroso, pero como cuentista me gusta que los factores se alteren. Yo creo que la cotidianidad no es tan apacible como parece.
P. En sus cuentos hay madrastra de hoy, hijastras atemorizadas; o una niña con capucha roja que no teme al lobo, sino a sus padres. ¿Escribe para conjurar los miedos?
R. A veces sí, otras veces no. Puede ocurrir que algún temor o alguna pesadilla se la enjaretas a un personaje y la disfrutas. A mí lo que más me gusta de la escritura es el proceso de escritura. Crees que vas a contar una cosa y puedes lograrlo o no, porque suceden muchísimas cosas en el proceso de escritura. A los personajes les das la palabra y resulta que la utilizan. Naturalmente eres tú el que se la has dado, pero si te has metido en una atmósfera determinada hay un momento en que puedes empezar a seguirles a ellos y olvidarte de lo que tú pensabas escribir para ir por otros caminos. O pararte antes de donde pensabas llegar. O ir más allá. Todo puede ocurrir.
P. ¿Es su proceso en general? ¿No cuadra la realidad con lo que usted ha planificado?
R. Exacto no. No es un calco. Si fuera un calco, supongo que no me gustaría, siempre hay algo más. Sobre el papel las cosas no son como uno las ha imaginado. Y a mí me gusta mucho la aventura sobre el papel, el viaje.
P. ¿Y qué elige o planifica? ¿La historia, el argumento, los personajes, la sensación, como Allan Poe? ¿A qué se agarra?
R. El impulso puede venir de muchas cosas, es un chispazo. Estoy muy abierta a las posibilidades que puedan aparecer en cada momento.
P. ¿Vive el cuento como una novela corta, como poesía larga o como algo distinto?
R. Como cuento. Un género en sí mismo. Con la poesía tiene en común la intensidad, y con la novela, la narrativa, pero es distinto. El cuento es tiránico, no te perdona un párrafo malo; una novela quizá te perdona un capítulo que no esté demasiado bien, pero en un cuento no te puedes saltar una línea. En ella puede haber tal cantidad de información, tal intensidad y concisión que el lector de cuentos es un lector activo al que no le da ningún reparo volver a las primeras páginas. Y a veces el cuento continúa en su cabeza, y eso me encanta.
Ocurre en el juego ya mencionado entre dos cuentos y ocurre en La nueva vida, un relato negro y doloroso en el que el pasado invade el presente, o eso parecía hasta que es el presente el que se convierte en invasor molesto. Le cuesta tanto hablar de él que, de forma muy parca, confiesa que lo grabó en un magnetofón en los momentos más duros de su pérdida y necesitó varios años para recuperarlo. Para escribirlo. “Y más no quiero hablar”.
Ese cuento es pura magia, y por eso la pregunta finalmente se abre paso: “¿Cuál es el truco?”.
Ella ríe y calla, como ese buen mago tras la exhibición. O dice algo así como: “No lo sé; si soy una ilusionista, lo hago sin darme cuenta”.
Pero como remate, como bis espectacular tras el cuento negro en el que evoca la pérdida, sitúa el que cierra el libro: Días entre los wasi-wanos, una historia que aplaude la vida y la imaginación.
“Es esperanzador. Espero que el lector sepa que siempre nos quedarán los wasi-wanos”.
Y, como los indígenas de su tribu amazónica, Fernández Cubas se marcha dejando las palabras en el aire: las que ha querido decir; y las que ha querido ocultar.
La habitación de Nona. Cristina Fernández Cubas. Tusquets. A la venta el 7 de abril de 2015.

viernes, 22 de febrero de 2013

PRENSA CULTURAL. Entrevista a Cristina Fernández Cubas, sobre su nueva novela, "La puerta entreabierta"

La escritora barcelonesa Cristina Fernández Cubas. / JOAN SÁNCHEZ ("El país")

   En "El País":

Juego de palabras

Cuentos dentro de cuentos y sueños dentro de sueños. Los límites entre este y el otro mundo no son tan infranqueables como creemos. Fernanda Kubbs suplanta a Cristina Fernández Cubas en 'La puerta entreabierta', su nueva novela tras un largo y doloroso silencio en la ficción

 16 FEB 2013 

A veces para cicatrizar la herida que supone una gran pérdida necesitamos un cambio que nos distraiga del dolor. A Cristina Fernández Cubas (Arenys de Mar, 1945, Barcelona) le llevó un tiempo abordarlo. Perdió a su esposo, el escritor Carlos Trías, de un cáncer de pulmón en 2007. La pareja, entre otras complicidades, compartía la pasión por la lectura y la escritura. A medida que pasaban los días, el placer se tornó en martirio. “No podía seguir como si nada hubiera ocurrido. Todo lo que tenía a medio hacer lo mandé a la porra”, cuenta la escritora en un céntrico hotel de Barcelona, decorado en ese estilo minimalista que tanto abunda. La puerta entreabierta, su nueva novela, firmada con el seudónimo de Fernanda Kubbs, rompe un largo silencio en el terreno de la ficción e inaugura una nueva etapa en su carrera que va a mantener en paralelo con su etapa anterior.
Entre la inestabilidad que proporciona uno de esos asientos en los que te hundes, Fernández Cubas alisa su melena revuelta por el viento. De negro, de la cabeza a los pies, solo la espina de una sardina, tallada en plata, pone un destello de color en su atuendo. Habla con voz neutra de su melancolía: “Lo de leer lo solucioné pronto a base de disciplina, pero escribir me inducía a la tristeza. No podía con ello. La bola de cristal (en la que queda atrapada precisamente la protagonista de su novela) estaba allí, de manera perversa en mi cabeza; escribía en círculo y no hacía más que ahondar en la tristeza y, bueno, un poco de melancolía vale, pero no podía seguir con aquello”. La puerta entreabierta no nació como un proyecto, sino como un juego que le permitió “salir, disfrutar y gozar. De repente, surgió Isa, una joven periodista, y la magia. La magia siempre me ha gustado y fue ahí donde me di cuenta de que ese cambio de registro o de mirada me había envuelto y recuperaba las ganas de levantarme. Casi enseguida, creo que al final del primer capítulo, pensé en dos cosas: una, yo tiro para adelante, ya veremos dónde me lleva y, otra, que me llamaría Fernanda Kubbs”.

La magia siempre me
ha gustado y fue ahí donde me di cuenta de que ese cambio de registro
me había envuelto”
Considerada por el público y la crítica como una de nuestras mejores cuentistas, Fernández Cubas ha escrito una novela llena de cuentos en la que la magia ocupa el lugar que antes jugaba lo perverso. Casi todo lo escrito ahora roza lo fantástico. En su obra siempre impera el equilibrio entre lo real y lo irreal, entre lo cotidiano y lo desconocido, quizá lo desconocido había asomado en ocasiones por esa puerta entreabierta, pero ahora bajo el nombre de Fernanda Kubbs, un seudónimo tras el que no se oculta y una distorsión algo extranjerizante de sus apellidos, se ha permitido romper esta línea divisoria y pasarse literalmente a lo otro, para moverse abiertamente entre dos mundos paralelos.
Con esta novela inicia una línea paralela. “No quiero despistar a mi lector de toda la vida. Es algo así como un aviso: ¡Ojo! que voy por otro lado”. ¿Cuál es la diferencia? La narradora tiene claro que Kubbs puede ganarse amigos por sí misma, pero anima a sus lectores anteriores a que prueben. Cuando escribe no tiene la misma actitud. “Fernanda Kubbs es mucho más alegre y desenfadada, más adolescente, pero como los mundos de ambas se parecen mucho, lo diferente ahora es la mirada y el registro”. La puerta entreabierta no acaba con la palabra fin. La voluntad de la autora es convertirlo en una serie, con parte de los misterios y de los personajes que se mueven entre la frontera que separa los dos mundos en los que transcurre la narración.
No hay nada autobiográfico en el texto, aunque, como la protagonista, Fernández Cubas fue periodista durante un corto espacio de tiempo. “Si fuera por mí, los periódicos no saldrían”, añade. Eligió lo atemporal de la literatura, la libertad y no atenerse a horarios ni fechas de entrega, escribir sin presiones. Sin embargo, en la ficción le ha gustado recrear a una periodista de mal humor que es enviada a escribir unas cuartillas sobre la gran pitonisa de paso por la ciudad, Krauza Demirovska, y encuentra una puerta entreabierta, un prodigio, una transformación. Su idea argumental central pasaba por profundizar en el mecanismo de los sueños, en el equilibrio entre lo conocido y lo desconocido, un contrapeso que rompemos cada noche, cuando nos encontramos en un sueño con una realidad incomprensible que se rige por otros códigos y que nosotros tratamos de explicárnosla en la vigilia con nuestra lógica y nuestra forma de razonar.

Las palabras, los adjetivos son lo más importante del mundo"
A medida que avanza el relato, los cuentos se cruzan con los cuentos, como los sueños y sus secretos, en una fórmula, que vagamente nos puede recordar a Manuscrito encontrado en Zaragoza o Las mil y una noches. Crucigramista aficionada, Fernanda Kubbs inventó a mitad del relato una falsa sopa de letras en la que el mensaje o la adivinanza estuvieran contenidos dentro y que además rimara. Recurre también a anagramas de nombres (Rastabla, tarlabás, valsimor). Y se ha permitido, sobre todo, lo que más le gusta: “Jugar con las palabras”. Claro que las fronteras de las que habla en su libro nada tienen que ver con las que tratan de imponer los políticos. No es soberanista. Hay palabras como independencia que puede sonar muy bien, pero su aplicación puede resultar nefasta. “De ahí nace la importancia que le doy a las palabras. Las palabras, los adjetivos son lo más importante del mundo. Un ejemplo que no conviene olvidar, con Franco éramos demócratas, se decía que vivíamos en una democracia orgánica. Por eso me gustan tanto las palabras”. En La puerta entreabierta juega con ellas e incluso dan título a un cuento, protagonizado por una especie de flautista de Hamelín del que todos se ríen y que se venga llevándose las palabras. Sin embargo, no parece nada puntillosa con el mal uso del idioma. “Prefiero mirarlo desde el otro lado y disfrutar ante un texto bien escrito, y ante alguien que me cuenta las cosas con originalidad y arte. Me fijo más en esto, quizá sea una de mis fórmulas para intentar ser feliz”.
La infancia y la adolescencia, con su particular código de valores, centran buena parte de las historias de esta narradora y en ellas ha situado su aprendizaje. Su amor hacia lo inquietante nació, como muchas cosas en la vida, en la infancia. Su hermano le introdujo en Allan Poe, pero las historias truculentas comenzaron antes, con Totó, la niñera, a la que dedicó un capítulo entero en Cosas que ya no existen,su libro de recuerdos. Antes, la había convertido en Olvido, un personaje de El reloj de Bagdad, donde, seguramente, quedaba bien reflejada, pero, de repente, la quiso devolver a la realidad. “En el segundo capítulo, titulado La muerte cautiva, que es un cuento que ella nos contaba siempre, le rindo un homenaje. Me hizo viajar por países imaginarios y ciudades que no había visitado nunca. No creo que se inventara las historias, serían cuentos populares, leyendas o sucesos acaecidos, las cosas que se contaban entonces, a lo mejor aportaba datos de su cosecha, no lo sé”. Criada en la tradición de la narración oral, por la que guarda un profundo respeto, vaticina que seguirá habiendo grandes narradores, aunque la vida de ahora no depara esas tardes de invierno de antes, en los pueblos junto a la chimenea. No siente añoranza del pasado vivido, pero guarda recuerdos nítidos de esas contadoras que conoció, siempre rodeadas de gente. “La narración se hacía sobre la marcha a medida que el público preguntaba y ellas iban metiendo datos de su cosecha”.

Los adjetivos son lo más importante. No conviene olvidar que con Franco
se decía que vivíamos en una democracia orgánica”
Al calor de esas historias desarrolló su sentido mágico de la vida. La primera vez que entrevisté a Cristina Fernández Cubas me contó que había visto al demonio en México DF apoyado en un coche y que aquella visión la condujo, muerta de miedo, al hotel, donde escribió un relato que luego tituló Parientes pobres del diablo; otra vez, en un sueño, vio a una mujer vestida con un escotado traje verde, en pleno invierno, que la saludó desde un escaparte, motivando de nuevo ese impulso que la pone en marcha como narradora.
Capaz de describir sin inmutarse el terror o la violencia, Fernández Cubas oye la palabra Internet y tuerce el gesto. “No soy una gran navegante, me fascina la posibilidad de tener una duda y poder desvanecerla al instante. Internet es un asistente de la memoria maravilloso. Por edad y generación soy de las personas que les gusta el papel y el libro como objeto, me gusta pasar páginas, aprecio y distingo una buena edición, supongo que el libro digital tendrá sus ventajas pero aún no he llegado a ellas”. Como gran parte de los creadores no comparte la filosofía del gratis total que impera con los textos en la Red. Su idea es que existe una gran ignorancia sobre el mundo de los escritores a todos los niveles. Como anécdota cuenta cómo hace unos días le llamaron de una institución para pedirle prestados 20 libros y, muy amablemente, les dijo que no dispone de un almacén. “Si hasta confunden editor con autor, como si los hiciéramos nosotros por la noche”.
No se ha bajado nunca nada de Internet, ni permitido ni no permitido, no sabe cómo se hace. “Soy de una legalidad forzada por mi desconocimiento”, ríe. De Twitter y de Facebook ya no hablamos. “Sencillamente, no soy, lo único que puedo decir es que me supondría un rollazo, una obligación más, no tengo ganas de tener 10.000 amigos, me conformo con los que tengo, aunque reconozco que estoy abierta a más. Estas cosas se llevan su tiempo, hay que alimentar a la bestia, y el tiempo es riqueza, es lo máximo para mí, la mayor riqueza. Ya bastante tengo con el correo electrónico, me volvería loca. ¡Qué horror!”.

PRENSA CULTURAL. Reseña de "La puerta entreabierta", nueva novela de Cristina Fernández Cubas


   En "El País":

Aventura y fabulación

En 'La puerta entreabierta' están las múltiples sendas narrativas transitadas por la autora en un buen puñado de cuentos inolvidables

 16 FEB 2013 

En cuanto supe que a partir de ahora Cristina Fernández Cubas adoptaba como nom de plume el de Fernanda Kubbs, sonreí. Y esa sonrisa no me abandonaría durante la lectura de La puerta entreabierta,mezclada la sensación de gozo y diversión con variadas impresiones y recuerdos e incluso alguna que otra vaga meditación. Porque acordarán conmigo que la transformación del nombre es ingeniosa y juguetona, y parece apelar a la complicidad del lector.
En Fernanda Kubbs está Cristina Fernández Cubas como en La puerta entreabierta están las múltiples sendas narrativas transitadas por la autora en un buen puñado de cuentos inolvidables, la aventura y actualización de un tema clásico pasado por el peculiar tamiz del sueño en la novela El año de Gracia (1985) o los recuerdos y evocaciones de las Cosas que ya no existen (2001) que acaban imponiéndose como un libro de memorias y a la vez conforman un conjunto de relatos sobre la vida de los otros: en apariencia historias sueltas, retazos de memorias, anécdotas de viaje, fotografías que se animaban de repente y, “acabada la función, regresaban a su engañosa inmovilidad de tiempo detenido”. Pero no nos confundamos. No es un totum revolutum lo que ahora nos ofrece la escritora barcelonesa sino un viaje —muy bien organizado pese a la frontera que traspasa y los múltiples territorios de la ficción por los que transita—, a través de sí misma en su faceta de impar fabuladora. Y es también un homenaje a quienes la invitaron —o enseñaron— a recorrer el territorio de la fantasía y la invención literarias: los Grimm, Andersen, Hoffmann, Lewis Carroll, Edgar Allan Poe, Conan Doyle… y Ana María Matute.
La puerta entreabierta arranca con el encargo que recibe Isa —joven periodista un tanto contestona y escéptica— de realizar un reportaje sobre el mundo de la magia, lo que la lleva ante la Gran Demirovska, célebre pitonisa-adivina-vidente con la que mantiene un primer tour de force que se resuelve en desafección y descreimiento, el cual se aprovecha magníficamente —a efectos narrativos— para mechar el relato con una línea de humor irreverente y prosaico, de función similar a la que en el teatro —y recuerden que CFC abordó el género dramático en Hermanas de sangre (1998)— cumplen algunos apartes escénicos y que se mantiene soterradamente, aflorando en situaciones cumbres. Tras el pulso inicial sobreviene enseguida la transmutación o metamorfosis mágica, con una inversión de cada uno de los dos planos: la gran Krauza Demirovska pierde todo su magnetismo e impostación e Isa pasa al otro lado, atrapada en una bola de cristal, inicio de un viaje (aunque parezca mentira, por el absurdo que implica que tan singular peregrinaje en la inmovilidad de un diminuto espacio cerrado) que se revelará como una experiencia iniciática.
Todo transcurre en un altillo, ámbito que ineludiblemente nos remonta al lejano Brumal, con sus objetos —pisapapeles, fósiles, esferas con muñecos en su interior, barcos apresados en botellas—, aunque ahora ese espacio se llame El Baúl de Doble Fondo. Allí irán apareciendo una serie de personajes extravagantes que mantienen entre sí relaciones muy desiguales, y a quienes sólo Isa —Demiurga en ciernes— conoce en su totalidad: las gemelas Luz y Paz -¿Luna y Saray?-; Baltus, el enigmático ¿anticuario? de edad indefinida; Erian el mercader, o tratante de rarezas o viajante de curiosidades; y Miroslav el gitano. Todos tienen en común el ser portadores de una historia. Y así, al modo metarrativo tan acorde con la atmósfera especular que preside La puerta entreabierta se entreveran cinco historias que son sendos homenajes al arte de fabular: la historia de las hermanas Fox o una breve crónica del nacimiento del espiritismo contemporáneo; "El caso que Sherlock Holmes no supo resolver" o las peripecias del último Conan Doyle embarcado en un viaje por medio mundo para hablar de la existencia de las hadas; la terrible historia del tormento conocido por culleum ; el cuento truncado del Dueño de las Palabras cuyo final aventura el auditorio (interactuando); y la autobiografía narrada en tono de épica menor del gitano errante Miroslav.
Y todo transcurre en paralelo. Y ambos planos —el de la aventura y la fabulación— reverbera entre sí: historias incrustadas dentro de otra historia que, "pese a su apariencia protagónica, no era más que un velo, una tapadera, una excusa". Por eso se piensa en "el narrador como parásito en sueño ajeno". Por eso al final de su aventura Isa cruza la frontera, descorre la cortina de agua, y sabe que el azar impulsaba su destino. Y sin más dilaciones, empezará a escribir. Y desplegará para el lector las artes de Sherezade.
La puerta entreabierta. Fernanda Kubbs. Tusquets. Barcelona, 2013. 221 páginas, 17 euros, 10,99 electrónico