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jueves, 28 de mayo de 2015

PRENSA. "Mis queridos filósofos". Luis Landero

   En "El País":

Mis queridos filósofos

En la filosofía canjeamos por ideas claras y distintas nuestras perplejidades. Sirve para defendernos de la banalidad y desenmascarar los discursos baratos, tramposos y fatuos de la mayoría de nuestros políticos


EDUARDO ESTRADA


Ocurre a veces que uno necesita reconciliarse formalmente con la razón, días en que el mundo se vuelve opaco y el alma se siente huérfana de conceptos y anhelosa de armonía y claridad. Es el momento entonces de regresar a la filosofía. Y es que a veces el conocimiento intuitivo y emocional del arte y de la literatura empacha y cansa, quizá porque su empeño no es tanto esclarecer las cosas como enriquecerlas y, valga la paradoja, iluminarlas con nuevos enigmas, de modo que en la filosofía descansamos de ese oscuro entender y, por decirlo así, canjeamos por ideas claras y distintas nuestras perplejidades y vislumbres, como quien convierte su incierta mercadería en letras de cambio bien acreditadas.
Siempre he sido aficionado a la filosofía, y nunca me ha faltado un filósofo de cabecera. Cada momento ha tenido el suyo. Ha habido épocas de Nietzsche, de Ortega, de Spinoza, de Berkeley, de Heidegger, de Benjamin y Adorno, de Sartre y de Camus, y de tantos otros, y siempre de Schopenhauer, de quien nunca me canso, y por supuesto de Montaigne. De Montaigne me admira la suave y amena indagación que hace de sí mismo y de las cosas sencillas de su alrededor. Pocas veces nos dice nada que el lector no creyera haber pensado antes. La obviedad se convierte sin saber cómo en un hallazgo y en un don. Los pensamientos de siempre cobran en él el resplandor del primer día, y hasta sus muchas citas clásicas se nos revelan con toda la fuerza repentina de la novedad. De pronto descubrimos que todo en el mundo está por descubrir.

Otros artículos del autor

Así que uno es una especie de trotaconceptos, un vagabundo que en cualquier parte (un tratado de lo más sesudo, un artículo de periódico, una sentencia, hasta un refrán) encuentra hospedaje: es decir, encuentra el consuelo, y hasta la caricia maternal, de una idea que de pronto, como un relámpago en la noche, pone luz en el mundo. En cuestión de ideas, soy nómada. Apenas he conocido el placer de la creencia, y aún menos el de la militancia. Soy un viajero que hoy hace fonda aquí, y pide siempre el menú degustación, y que mañana continúa alegremente su camino. Como mero aficionado a la filosofía, me gusta además mi irresponsabilidad de lector, cosa que en la literatura me ocurrió solo en mis primeros años de juventud, cuando leía de todo, sin ley ni canon, y tenía tan buen apetito que no había libro o cómic al que le hiciera ascos. Por otra parte, yo suelo leer los textos filosóficos con cierto ánimo novelero, como si me contasen una historia cuyos personajes, héroes y malvados, son las ideas, y donde hay un argumento, un conflicto, una trama, una intriga, y hasta un desenlace desdichado o feliz. De filosofía, entiendo poco, y no aspiro a más, y en mis lecturas hace tiempo que renuncié a obtener cualquier botín teórico, lo cual me ofrece una levedad de lo más placentera. Vivo desde siempre en una alocada soltería filosófica.
Luego, otro día, resulta que te cansas y hasta reniegas de ese lenguaje y de esa luz, de esas pretensiones de alzar una torre de conocimiento tan alta como la de Babel, y regresas a la penumbra del arte y la literatura, y así vas, de los filósofos a los poetas, del razonamiento a la revelación, del no entender entendiendo al alivio, y acaso también al espejismo, de entender algo de una vez para siempre, y de reposar al fin en esa Ítaca tan inalcanzable que es la ilusión de la verdad. De las palabras que te guían a las palabras que te pierden.

Sin los autores estamos condenados a la ignorancia y a la palabrería: carne de cañón
Uno no sería ni la persona, ni el ciudadano, ni el lector y el escritor que es, sin la filosofía, sin esa fina lluvia de ideas, de pálpitos, de querellas intelectuales, de ecos dialécticos, que nos vienen del pasado y que se filtran en nuestra inteligencia y en nuestro corazón y que nos dotan de la clarividencia y el carácter necesarios para enfrentar críticamente el mundo y construir nuestra visión propia de la realidad, y que solo ahí, en ese gran río de conocimiento que es el legado de nuestros mayores, podemos encontrar. Esa es nuestra herencia, y no tenemos otra. En la filosofía (y, si se quiere, también en la literatura, que no es otra cosa que el patio de vecindad de las humanidades) está la llave de nuestra salvación como personas libres, lúcidas y mayores de edad.
Porque ocurre que del mismo modo que las facciones de nuestro rostro o las huellas de nuestros dedos son distintas, así también nuestro mundo interior y nuestra visión de la realidad son por fuerza exclusivos. Somos irrepetibles. Estamos condenados a ser originales. O mejor: en nosotros está la semilla de la originalidad, y de nosotros depende que caiga en buena tierra o que se agoste sin remedio. Pero para saber lo que valemos, y para lograr ser nosotros mismos, nos lo tenemos que ganar, y para eso es necesario un poco de soledad, de recogimiento, de esfuerzo, de lentitud… y de la ayuda de nuestros filósofos, de los de antes y de los de ahora, de los densos y de los ligeros, de los ceñudos y de los festivos, porque sin ellos estaremos condenados a la ignorancia y a la palabrería: carne de cañón.
Y he aquí que ahora, nuestros actuales gobernantes, no contentos con haber menoscabado la literatura en las escuelas, los libros en las bibliotecas y el teatro y el cine en las taquillas, han decidido también arrinconar a la filosofía, haciéndola meramente optativa, lo cual equivale a su extinción. ¿Qué muchacho, o qué padres de muchacho, van a elegir o a animar a elegir como asignatura la filosofía, que al fin y al cabo no sirve para nada, cuando se puede optar por otra materia más técnica y práctica, que acaso pueda servir para aspirar a un puesto de trabajo, por mísero que sea?

Solo una conjura explica la saña con la que los gobernantes persiguen a las humanidades
Triste país el nuestro. Trabajando cada cual para obtener sus pequeñas ventajas, nos estamos labrando entre todos la desdicha colectiva. Hoy sabemos ya que, en asuntos de educación, de ciencia y de cultura, el sueño de la Transición produjo, si no monstruos, sí figuras grotescas. Al cabo del tiempo, al cabo de tantos proyectos y sueños de regeneración, uno contempla el panorama social y comprueba que, tras la apariencia y el barniz de la modernidad, seguimos siendo el mismo país ignorante y atrasado de siempre. Queda una gran minoría ilustrada, cómo no, pero se antoja poco logro para las oportunidades históricas que tuvimos y que una vez más desperdiciamos. Diríase que hay una conjura para que estas cosas sean así. No de otro modo se puede interpretar el desprecio y la saña con que nuestros gobernantes persiguen a las humanidades en las escuelas y a la ciencia y a la cultura allá donde se encuentren. Como si hubieran recibido de ellas una afrenta que hay que vengar y reparar.
Seguimos, pues, como siempre en nuestra desdichada historia, a la espera de un Gobierno ilustrado, que crea de verdad en esa gran evidencia de que el progreso y la grandeza de un país se construyen por fuerza desde la educación. Algo que todo el mundo dice pero que nadie hace, quizá porque tampoco ellos, los mandatarios y demás malandrines, son amigos de la lectura y el estudio. Basta leer un par de horas a Montaigne, o cultivar el hábito de alternar, aunque sea solo de pasada, con nuestros queridos filósofos, para defendernos de la banalidad y desenmascarar y ponernos a salvo de los discursos baratos, tramposos, fatuos y hasta ridículos de la mayoría de nuestros políticos. Más que nunca, ante la ristra de elecciones que se nos avecinan, quizá esta sea la hora de regresar a la filosofía.
Luis Landero es escritor. Su último libro es El balcón en invierno (Tusquets).

jueves, 16 de octubre de 2014

PRENSA CULTURAL. Sobre "El bosque en invierno", de Luis Landero

   En "El País":

El hombre de provecho

Luis Landero publica 'El bosque en invierno', su novela más personal y desgarrada

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El escritor Luis Landero. / SAMUEL SANCHEZ
Luis Landero escuchaba a Juan Mayorga como si oyera a un padre. Al final, el dramaturgo le puso la mano en la rodilla: “Muy bien, chaval”. Estaban en la librería Alberti, presentando la novela de Landero El bosque en invierno (Tusquets), y habría que leer el libro para saber por qué entonces el escritor pudo escuchar en la voz de Mayorga lo que le hubiera gustado que alguna vez le dijera su padre.
El libro es autobiográfico; Landero desnuda su alma y se desnuda. En la mente (y en el libro) la posguerra de una familia extremeña en Madrid, un padre severo, el hijo díscolo; la muerte del padre, la confesión del hijo ante el féretro: “Seré un hombre de provecho”.
“Lo que quiero es recuperar lo que la vida tiene de hermoso, y lo que tiene de triste. Pero es un canto a la vida en tono suave… Una invitación a vivir. En un tono no habitual en mí: con ganas de proclamar que mis abuelos, mis padres, mi primo Paco y otros de mi sangre…, toda esa gente anónima que pasa por la vida y se va, se ha ido pero ha vivido”. No fue difícil desnudarse. “Lo hice en otras novelas, pero con máscara”. El relato de la muerte del padre, apenas un párrafo, recorre como una sombra y una luz el libro: el hijo ante el féretro promete que ya no será el descarriado. Él tiene 16 años. “Tengo un sueño recurrente. Llaman a la puerta, voy a abrir y es mi padre. Su muerte fue un malentendido, no había muerto; se había ido de casa y al cabo de los años vuelve. Es el sueño más feliz de mi vida: reencontrarme con él, un sueño dulce. Es enormemente triste comprobar que había sido un sueño”.

Lo nuevo del autor de ‘Juegos de la edad tardía’ retrata la figura del padre
“Me gustaría que fuera real. Fue tanta la frustración, lo que yo lo decepcioné, tantas las ofensas que le hice… Recuerdo gestos suyos de cariño; tenía pocos, no sabía manifestarlo… Sacaba su pañuelo de hierbas, me limpiaba los mocos, y me decía: ‘Mira en la chaqueta’. Y me había traído unos cacahuetes, esas pequeñas cosas".
¿Y qué pasó cuando se tornó severo? “Todo se torció porque en cuanto tuve uso de razón, con cinco años, él me preguntaba: ‘¿Qué quieres ser de mayor’… Esa fue su constante pregunta. Tenía un proyecto de vida para mí. ¿Cómo iba a saber lo que quería ser de mayor? Yo nunca salía en el cuadro de honor con letras doradas y él lo miraba y me decía: ‘¡Lo que yo daría por verte en ese cuadro!’. Era una carga, como una culpa”.
Un hombre de la posguerra; se fue de Alburquerque, dejó sus tierras, todo lo hizo "por sacarnos adelante a mí y a las tres hermanas… Él lo perdió todo, porque tenía talento y afán. No sabía cómo encauzarlo… Tuvo la idea brillante de comprar taxis en Madrid con el dinero de sus tierras; no lo hizo: mi abuelo le dijo que la tierra era sagrada… ".
—¿Qué hizo en Madrid?
—Amargarse. No tenía nada que hacer; leía el Ya, luego ya no tenía nada que hacer, se aburría. No trabajaba porque no tenía oficio, ya estaba enfermo y era como un animal enjaulado, iba y venía desasosegado, se asomaba a la ventana, iba al balcón, volvía…
“Así murió desasosegado, en 1964, cuatro años después de venir aquí con nosotros. Fueron años amargos. Mi madre [vive, tiene 97 años] me comentaba: ‘Tu padre dice que no le importaría morirse porque no tiene nada que hacer en la vida’. Tenía un oscuro mundo interior que reclamaba salir afuera… Frustración, amargura. Eso es muy jodido. Y su única esperanza era yo. Ver cómo podía tener un proyecto de vida. Pero me convertí en un medio golfillo de la Prospe, me gustaban las motos, el tabaco rubio, las chavalas, el cine, los bailongos…”.
—Y ante su féretro usted le promete que va a ser un hombre de provecho. ¿Cómo pasa de ser una persona a otra?
—En la vida hay momentos esenciales que de pronto te cambian… La muerte de mi padre es lo más importante que me ha ocurrido en la vida. No sé de qué manera, pero cambié. Cuando lo velamos en casa entraba a la habitación para verlo, volvía, entraba, volvía, él estaba allí con las manos puestas encima como con forma de tejado de una casita. Me preguntaba luego cómo se habría derrumbado ese tejadito… Empecé a quererlo mucho, surgió la culpa…”. Él quería que usted lo prolongara. “Que yo hiciera lo que él no pudo hacer. Era su causa; por eso me mandaba interno”.
¿Y cómo cumplió su promesa, Landero? “No sé… la muerte de mi padre creó en mí el imperativo categórico de decir: tengo una misión que lo desagravie. Empecé a trabajar. Descubrí que me gustaba estudiar. Este soy ahora; mi madre me dice que él hubiera estado orgulloso. Yo sigo soñando que llama a la puerta y que vuelve. Creo que la herida está cicatrizada. Me consuela contarlo. Creo que él lo hubiera entendido. Pero, claro, ya es imposible”.
Le decía Mayorga en la Alberti: “Muy bien, chaval”, es lo que a usted le hubiera gustado escuchar de su padre ahora… “Sí, Mayorga me tocaba la pierna… Mi padre me hubiera dicho: ‘¡Por fin has conseguido saber lo que querías ser de mayor!”

jueves, 25 de septiembre de 2014

PRENSA CULTURAL. Sobre "El balcón en invierno", de Luis Landero


   En "blogs.publico.es":

Luis Landero reniega de la novela, pero escribe una sin saberlo

23sep 2014

Luis Matías López

Luis Landero se declara al comienzo de El balcón en invierno (Tusquets) hastiado de escribir novelas, incluso de ser escritor. Ya “casi viejo” (nació en 1949), cuando “ya pueden verse las primeras sombras del crepúsculo al fondo del camino”, se pregunta si en realidad le gusta su oficio, si no habrá sido víctima de un “malentendido vocacional”, si la rapidez con la que cambia los cartuchos de tinta de la estilográfica no será un reflejo de cuando, de niño, soñaba con una vida de acción y aventura, con ser un pistolero del Lejano Oeste. Aunque, como como decía sin acabar de creérselo Lino, protagonista de Absolución, citando a Pascal, “todos los infortunios del hombre vienen de no saber estarse quieto en un lugar”.
Pese a todo, Landero empieza a escribir una novela: un jubilado sale a la calle con una pistola fijada con una goma al tobillo y 10 euros repartidos en monedas y un billete de cinco para repartir entre los mendigos, cuyos enigmas quiere investigar. Relee las primeras páginas y le vuelven las dudas: ¿”Es que no ves que hoy casi nadie lee novelas, o al menos novelas literarias, y que hay placeres y modos de entretenimiento, y ofertas de ocio en general, más fáciles, baratas e instantáneas”?
Y el lector, este firmante lector, como muchos otros incondicionales de Landero, se echa a temblar: ¿Acaso no es consciente de que tiene una deuda con nosotros? ¿Habrá olvidado que, cuando empezó a escribir, la literatura se convirtió en su “tabla de náufrago” y que, desde entonces, le ha salvado del “abismo de no saber qué hacer en la vida, del absurdo de vivir?” ¿Será capaz de retirarse en plena madurez creativa, dejando en el limbo un puñado de buenos libros aún no escritos?
Termina ese primer capítulo y no queda del todo claro si su propósito es firme, incluso en lo que respecta a la ficción. “Porque, si abandonas la novela”, reflexiona, “¿qué haces? Es decir, ¿qué escribes? Porque no sabes vivir sin escribir”. ¡Aleluya! La cosa no es tan grave. Si no novelas (y quién sabe lo que ocurrirá en el futuro) al menos seguirá escribiendo.
De ahí surge El balcón en invierno, una autobiografía parcial, que apenas cubre apenas sus primeros 20 años, los que sin él darse cuenta le forjaron como escritor. El tiempo en el que aprendió la técnica de contar historias en el ambiente familiar, de campesinos extremeños ni ricos ni pobres, en el que se desgranaban relato tras relato al calor de la lumbre con técnicas ancestrales que tanto podían proceder de la Edad Media como de Las mil y una noches. El tiempo en el que, emigrado con los suyos a Madrid en busca de fortuna, sufría encontronazo tras encontronazo con su padre, que proyectaba en él las esperanzas de éxito que él no pudo alcanzar, y con el que solo pudo reencontrarse, al que solo empezó a comprender, cuando llevaba varios años muerto. El tiempo, por fin, en el que pasó sin pena ni gloria por diversos oficios, incluido el de guitarrista flamenco, el primer libro que cayó en sus manos se convirtió en su mayor tesoro y un profesor de academia nocturna le descubrió la magia de la buena literatura.
Ese adolescente inquieto es el que, cuarenta y tantos años después, desafía al escritor de éxito, mimado por la crítica, profesor y conferenciante respetado, y le reta con descaro: ¿Me has traicionado? Y al que, medio en broma medio en serio, le responde algo así como: Habría preferido ser Jesse James o Billy el Niño.
En realidad, quizás sin saberlo, el autor de Juegos de la edad tardía (su extraordinario debut allá por 1989), ha escrito una gran novela, otra más. Cabe dudar, incluso contra su propia opinión, de que El balcón en invierno solo contenga fragmentos de realidad, reconstrucción de hechos y sentimientos de su infancia, adolescencia y entrada precoz en la vida adulta. De la misma forma que ningún escritor que aspire a la profundidad puede dejar de reflejar sus experiencias personales en sus novelas, es casi imposible que, cuando convierte su propia vida en material literario, no lo adorne, reconvierta y embellezca, no lo modifique con la imaginación, aunque solo sea para cubrirlo con el manto de la nostalgia. En definitiva, no lo convierta en una novela.
Así, Landero nos presenta, desde la perspectiva de la añoranza, un mundo rural como si fuese el escenario y el argumento de una película costumbrista, en la que incluso pequeñas miserias cotidianas trascienden para convertirse en material forjador de un carácter y una vocación, como podía ocurrir en la gran literatura del siglo XIX, su referente más preciso, junto a Cervantes. Igualmente, sus peripecias en un Madrid en el que, desde la Guindalera hasta Barajas, apenas si había otra cosa que descampados y humildes merenderos, tiene a veces ecos –aunque no tan dramáticos- de la lucha por la vida de Baroja.
Volviendo al primer capítulo, Landero relee las primeras páginas de la novela sobre el jubilado y se deprime porque, “allá donde esperaba encontrar el fulgor de lo ardoroso y de lo nuevo, encontré solo baratijas sentimentales, remedo de antiguas emociones, rebañaduras de viejos festines”, el reflejo de “lo que se escribe con oficio más que con devoción”. Y se dice: “Dios mío, otra novela no, otra vez no. Otra vez el hombrecillo gris y sus grandes o pequeños afanes, no”. Así que se olvidó de la novela. O eso creía él, porque lo quiera o no, El balcón en invierno es una novela, y una de las mejores que ha escrito.

jueves, 18 de septiembre de 2014

PRENSA CULTURAL. Crítica de "El balcón en invierno", de Luis Landero

   En "Babelia":

Memoria del ocaso

Luis Landero ofrece un inventario de recuerdos en 'El balcón en invierno'

En este libro autobiográfico ineludible se declara "reñido con la literatura, saturado de ficción"

El balcón en invierno venía ya precedido por diversos signos en la narrativa de Luis Landero. La ascendencia campesina, o más bien labriega, del autor ha sido un asunto recurrente en otros títulos, especialmente en Entre líneas,donde mucho de lo que se narra en este libro recibía allí un tratamiento desligado de la ficción, aunque aún sometido a su dominio. Aquí el autor se declara, en las primeras páginas, "reñido con la literatura, saturado de ficción", de modo que este libro se presenta fruto del desengaño de las "reglas disparatadas de este oficio", para poder abrirse a la fuente originaria de la memoria, sin hacer intervenir la inventiva o la imaginación. Un libro, por tanto, que quiere acreditarse por la expresión de la experiencia directa, la afiliación a una familia y a una geografía concretas, y por la retención del tiempo vivido o la época recordada de sus ancestros; un libro que se adscribe, con complacida cordialidad, a la narración autobiográfica, escribir "sobre la vida de todos nosotros", como dirá el narrador a su madre nonagenaria, desmintiendo su reputación de mentiroso con la afirmación de que "esta vez no hay mentiras. Es un libro donde todo lo que se dice es verdad".
Esta declaración se hace muy avanzado el libro; y, aunque tal vez innecesaria a esas alturas, tiene la propiedad de sanción de la persona que más claramente podría certificar su sinceridad. Porque éste es el libro de un escritor que, debatiéndose con el proyecto de una nueva novela, descubre al releer lo escrito "la insinceridad de lo que se escribe con oficio más que con devoción", y, empachado de literatura, "¡Oh, no, Dios mío, otra novela no, otra vez no!", deja a un lado las "expectativas bien urdidas" y "la música verbal que acaba siendo canto de sirenas" para preguntarse "¿dónde está en verdad la vida?", y responder al interrogante con la rememoración de una crónica familiar.
La pugna entre literatura y verdad, entre el uso de los trucos retóricos de la ficción y lo que el autor llama la vida "ahí fuera, en el bicherío de la calle”, constituye la deriva que lo lleva a descreer, incluso a impugnar la ficción, como un tardío prosélito que se redime al hallar un sentido "en el oscuro y errático devenir de los años".
Ese sentido, en El balcón en invierno, se pliega a la derrota de la ficción, al constatar que ya “nadie lee novelas, o al menos novelas literarias”, ya que hay otras “ofertas de ocio más fáciles, baratas e instantáneas”; y aunque no llega a afirmar que la novela vaya a desaparecer, ve su destino muy incierto, pues "cada vez habrá menos lectores". A esta quejumbre, por lo demás previsora, no cabe objetar otra predicción, pero sorprende la complicidad del autor con el espíritu del comercio. No sólo los lectores y los editores están liquidando la literatura; también el escritor, si renuncia a la obra literaria. Claro que Luis Landero no deserta del todo, sólo de la ficción, como se ha dicho, y para no quedar desasistido recurre a la socorrida oposición, muy imprecisa, entre la mentira de la ficción y la verdad de la vida. Y esa verdad consiste, para el autor de Juegos de la edad tardía, en la nostalgia del pasado, al que hace desfilar de nuevo, avivado por una memoria que no se molesta en registrar un brillo más alto que el notarial. La devoción marca aquí el tono, y la admiración por una época y unas costumbres (el mundo campesino, la vivencia del campo) que ya no volverán (“Todo, todo se perderá”) cede a una melancolía que no alcanza el pathos de la elegía, acaso porque la constatación de lo perdido no basta para recuperarlo. Se atienden hechos, comportamientos, retratos de figuras familiares; se evocan los orígenes, lo que ha constituido su persona a lo largo del tiempo, sin reparar en la conciencia moral del narrador, o más bien a su progreso, que es el tema eludido del libro, aplicado el autor a un ejercicio de conciliación afectiva sin duda válida para él, pero de limitada convicción.
No obstante, El balcón en invierno es una obra de ineludible lectura, y en cierto modo modélica respecto a la confusión reinante sobre el estatuto del escritor y su infeliz lugar en el entramado de la industria del entretenimiento. Pues no deja de ser un espectáculo apreciar la desgana, o tal vez el recelo, que la literatura produce actualmente en un escritor que había hecho de los “misterios de la ficción” un instrumento de conocimiento de la realidad. A cambio, y sirviéndose desde luego de una prosa bien atemperada (aquí con su habitual tendencia paródica anestesiada para evitar los tramos que podrían llevarle a la caricatura), el escritor nos ofrece un álbum de conmovedoras fotografías, un inventario del desván de su memoria, toda esa panoplia vehemente de indudable efecto emocional que ni al lector más prevenido dejará indiferente.
El balcón en invierno. Luis Landero. Tusquets. Barcelona, 2014. 248 páginas. 17 euros

jueves, 31 de enero de 2013

PRENSA CULTURAL. Sobre Luis Landero y su última novela, "Absolución"

El escritor Luis Landero, en su casa madrileña. / BERNARDO PÉREZ ("El país")

   En "El País":

“Con cada novela hay un tiempo de idilio. Con esta se está prolongando”

El escritor Luis Landero narra una disparatada búsqueda del bienestar en 'Absolución'

Su padre, con quien tuvo una tormentosa relación, vuelve a colarse como personaje

 Madrid 26 ENE 2013 

La primera pregunta que el hijo de Cipriano Landero recuerda en boca de su padre le noqueó como un derechazo al mentón: “¿Qué quieres ser de mayor?”. El niño, cinco años escasos, zozobró. Esa cuestión vital marcó la relación entre padre e hijo de tal modo que, en cuanto pudo, el hijo comenzó a defraudar todas las expectativas del padre en colegios privados destinados a hacer de él un hombre de provecho. Nada más ingresar en la adolescencia se convirtió en “un golfillo de la Prospe”.
Luis Landero (Alburquerque, Badajoz, 1948) plantó los estudios mientras trapicheaba con trabajos y se enfrentaba a su padre, un campesino acomodado que se mudó a Madrid con su familia, sus trastos de cobre y su gallinero para darle a sus descendientes –y en especial al único varón- una oportunidad de progreso que en el campo extremeño no veía. En realidad fue una adolescencia convencional: Luis se aferró a la rebeldía y a la lírica. Las mil mejores poesías de lengua castellana fue el primer libro que compró, el primero que entró en su casa. “No había ninguno, casi todos en mi familia eran analfabetos o semianalfabetos, aunque mi padre tenía un talento especial para muchas cosas, conservo sus cartas y escribía muy bien”, relata el escritor.
El padre murió pronto. Landero, que tenía 16 años, cambió “radicalmente”. Trabajó en serio, estudió en serio, asumió la culpa también en serio. “En la vida de uno hay hechos fundacionales. Un día se lo conté a [Carlos] Castilla del Pino y me dijo: ‘Eso no lo vas a curar nunca’. Pero eso ya es un remedio en sí, ya sabes que tienes que vivir con ello toda tu vida y lo relativizas. En parte mis temas como novelista han sido impuestos por aquella experiencia con mi padre. Se ha convertido en mi musa, que era lo último que hubiera deseado”.
Cuenta lo último entre risas porque, pese al lumbago, el escritor rezuma alegría antes que penitencia. Pero es cierto que arrastra –o atesora, según se mire- varias herencias de su “tormentosa” relación paternofilial. La alergia a la presión, al exceso de responsabilidad –que le atenazó al comienzo de su carrera literaria- es una de ellas. La inclusión de su padre como personaje de sus obras es otra. En la última, Absolución (Tusquets), ahí está de nuevo Cipriano Landero apropiándose de la personalidad del padre de Lino, el protagonista, para convertirse, tullido, filósofo y disparatado, en un personaje único.

"Con cada novela hay un tiempo de idilio. Con esta se está prolongando más de lo debido"
Le está pasando algo raro al autor con esta novela. Han transcurrido tres meses desde su publicación y ahí sigue, aferrado a ella, mirándola con cierto arrobo, sin deseo de traicionarla con otra criatura de su imaginación. Inconformista vocacional como es, Landero confiesa que ante Absolución se siente razonablemente insatisfecho. “Con cada novela hay un tiempo de idilio, la miras y dices ‘eres la mejor novela del mundo’ y ella te mira y te dice que eres el mejor escritor. Y luego vienen las broncas y ya le dices que no es la más guapa y ella te dice que no eres el mejor y que era un espejismo. Con esta el idilio se está prolongando más de lo debido. Durará hasta que me ponga a escribir otra. Pero es que si no estás enamorado de tu novela, ¿para qué seguir?”, reflexiona entre bromas.
Absolución no solo convence a su autor. La crítica la ha recibido como la mejor –o la segunda mejor: el club de fans de Juegos de la edad tardía es poderoso– obra de Landero. Este aplauso universal no ensordece al escritor: alguien de un club de lectura la ha considerado aburrida y le ha preocupado. “Somos un poco como actores, que necesitamos sentirnos reconocidos. La opinión ajena te influye más de lo que uno quisiera, uno es vulnerable, pero diría que por poco tiempo, en el fondo soy fuerte”, sostiene.
El juicio de los demás le sobrecargó de responsabilidad después de Juegos de la edad tardía, cuando era un desconocido profesor de Literatura de 40 años que deslumbraba con su primer libro. Accedió al club de víctimas de la maldición del segundo título. “Escribí aquella novela [Caballeros de fortuna], con la que nunca me identifiqué mucho, con exceso de responsabilidad, vigilado, pensando si gustaría o no. Eso atenta contra la libertad. Uno tiene que ser soberano y príncipe. Sentía el peso, inseguridad, la escribí en un estado distinto a esta”, compara.
Lino, el protagonista de Absolución, es un nómada de la cotidianeidad, un insatisfecho crónico, atrapado entre la telaraña del tedio y la de la frustración. Aunque Landero, juguetón, decidió arrancar el libro con un truco de cuento infantil, con un momento de suprema felicidad, con su protagonista a punto de casarse y entrar en una vida de confort y amor que le alejará de la molicie existencial que le había aprisionado hasta entonces. Luego pasa lo que pasa en los cuentos, que la placidez se disipa con los monstruos y Lino se hace plenamente merecedor de la frase de Pascal, que Landero usó de fuerza motriz de la narración: “Todos los infortunios del hombre vienen de no saber estarse quieto en un lugar”.