Canción de los años 70 del pasado siglo:
El maestro.
Con el alma en una nube y el cuerpo como un lamento,
viene el problema del pueblo, viene el maestro.
El cura cree que es ateo, y el alcalde, comunista;
y el cabo jefe del puesto piensa que es un anarquista.
Le deben treinta y seis meses del cacareado aumento
y él piensa que no es tan malo enseñar toreando un sueldo.
En el casino del pueblo nunca le dieron asiento
por no andar politiqueando ni ser portavoz de cuentos.
Las buenas gentes del pueblo han escrito al menistrerio
y dicen que no está claro cómo piensa este maestro.
Dicen que lee con los niños lo que escribió un tal Machado,
que anduvo por estos pagos antes de ser exilado.
Les habla de lo innombrable y de otras cosas peores,
les lee libros de versos y no les pone orejones.
Al explicar cualquier guerra siempre se muestra remiso
por explicar claramente quién venció y fue vencido.
Nunca fue amigo de fiestas ni asiste a las reuniones
de las damas postulantes, esposas de los patrones.
Por estas y otras razones, al fin triunfó el buen criterio,
y al terminar el invierno le relevaron del puesto.
Y ahora las buenas gentes tienen tranquilo el sueño,
porque han librado a sus hijos del peligro de un maestro.
Con el alma en una nube y el cuerpo como un lamento,
se marcha el padre del pueblo, se marcha el maestro.
Podemos oír la canción en el siguiente vídeo, con algunas leves variantes introducidas por el propio cantautor:
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sábado, 21 de agosto de 2010
viernes, 10 de julio de 2009
LECTURA. "El maestro" y "El reflejo", dos cuentos de Óscar Wilde
EL MAESTROY cuando las tinieblas cayeron sobre la tierra, José de Arimatea, después de haber encendido una antorcha de madera resinosa, descendió desde la colina al valle.
Porque tenía que hacer en su casa. Y arrodillándose sobre los pedernales del Valle de la Desolación, vio a un joven desnudo que lloraba.
Sus cabellos eran color de miel y su cuerpo como una flor blanca; pero las espinas habían desgarrado su cuerpo, y, a guisa de corona, llevaba ceniza sobre sus cabellos.
Y José, que tenía grandes riquezas, dijo al joven desnudo que lloraba.
-Comprendo que sea grande tu dolor porque verdaderamente Él era justo.
Mas el joven le respondió:
-No lloro por él sino por mí mismo. Yo también he convertido el agua en vino y he curado al leproso y he devuelto la vista al ciego. Me he paseado sobre la superficie de las aguas y he arrojado a los demonios que habitan en los sepulcros. He dado de comer a los hambrientos en el desierto, allí donde no hay ningún alimento, y he hecho levantarse a los muertos de sus lechos angostos, y por mandato mío y delante de una gran multitud, una higuera seca ha florecido de nuevo. Todo cuanto él hizo, lo he hecho yo.
-¿Y por qué lloras, entonces?
-Porque a mí no me han crucificado.
EL REFLEJO
Cuando murió Narciso las flores de los campos quedaron desoladas y solicitaron al río gotas de agua para llorarlo.
-¡Oh! -les respondió el río-, aun cuando todas mis gotas de agua se convirtieran en lágrimas, no tendría suficientes para llorar yo mismo a Narciso: yo lo amaba.
-¡Oh! -prosiguieron las flores de los campos-, ¿cómo no ibas a amar a Narciso? Era hermoso.
-¿Era hermoso? -preguntó el río.
-¿Y quién mejor que tú para saberlo? -dijeron las flores-. Todos los días se inclinaba sobre tu ribazo, contemplaba en tus aguas su belleza...
-Si yo lo amaba -respondió el río- es porque, cuando se inclinaba sobre mí, veía yo en sus ojos el reflejo de mis aguas.
Porque tenía que hacer en su casa. Y arrodillándose sobre los pedernales del Valle de la Desolación, vio a un joven desnudo que lloraba.
Sus cabellos eran color de miel y su cuerpo como una flor blanca; pero las espinas habían desgarrado su cuerpo, y, a guisa de corona, llevaba ceniza sobre sus cabellos.
Y José, que tenía grandes riquezas, dijo al joven desnudo que lloraba.
-Comprendo que sea grande tu dolor porque verdaderamente Él era justo.
Mas el joven le respondió:
-No lloro por él sino por mí mismo. Yo también he convertido el agua en vino y he curado al leproso y he devuelto la vista al ciego. Me he paseado sobre la superficie de las aguas y he arrojado a los demonios que habitan en los sepulcros. He dado de comer a los hambrientos en el desierto, allí donde no hay ningún alimento, y he hecho levantarse a los muertos de sus lechos angostos, y por mandato mío y delante de una gran multitud, una higuera seca ha florecido de nuevo. Todo cuanto él hizo, lo he hecho yo.
-¿Y por qué lloras, entonces?
-Porque a mí no me han crucificado.
EL REFLEJO
Cuando murió Narciso las flores de los campos quedaron desoladas y solicitaron al río gotas de agua para llorarlo.
-¡Oh! -les respondió el río-, aun cuando todas mis gotas de agua se convirtieran en lágrimas, no tendría suficientes para llorar yo mismo a Narciso: yo lo amaba.
-¡Oh! -prosiguieron las flores de los campos-, ¿cómo no ibas a amar a Narciso? Era hermoso.
-¿Era hermoso? -preguntó el río.
-¿Y quién mejor que tú para saberlo? -dijeron las flores-. Todos los días se inclinaba sobre tu ribazo, contemplaba en tus aguas su belleza...
-Si yo lo amaba -respondió el río- es porque, cuando se inclinaba sobre mí, veía yo en sus ojos el reflejo de mis aguas.
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