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viernes, 1 de abril de 2016

TERRORISMO. "La nueva normalidad". John Carlin

   En "El País":

La nueva normalidad

Cualquier día de estos habrá otro atentado en Europa y, por más que se ofrezcan explicaciones del 'fenómeno ISIS', aún quedan más claves que nadie llega a entender

Policías franceses registran a varias personas a la entrada de la catedral de Notre Dame en París.
FRANCE-RELIGION-EASTER-TERRORISM-SECURITY Policías franceses registran a varias personas a la entrada de la catedral de Notre Dame en París.  AFP

"Y ESTAMOS AQUÍ COMO EN UNA LLANURA SOMBRÍA... DONDE EJÉRCITOS IGNORANTES CHOCAN EN LA NOCHE". MATTHEW ARNOLD, POETA INGLÉS
Algo que llama la atención a aquellos que llegan a España de otros países hispanoparlantes es la frecuencia con la que los sorprendentemente malhumorados nativos recurren a la exclamación: “¡No es normal!”.
Una frase hecha en inglés, también habitual pero de relativamente nueva patente, utiliza el mismo sustantivo. La frase es “the new normal”, la nueva normalidad. La he leído tres veces en la última semana. Una fue en una carta de un amigo cuya esposa acababa de sufrir un salvaje derrame cerebral. Los médicos no sabían ni por qué había ocurrido ni hasta qué punto podría llegar a recobrar el uso del habla o de la razón; mi amigo temía que de ahora en adelante el silencio sería “the new normal”.
La segunda vez fue en el New York Times después del atentado en el que murieron más de 30 personas la semana pasada en Bruselas. El continente europeo, proponía el artículo, empezaba a vivir estos espantosos episodios de violencia como “the new normal”. La tercera vez que vi la frase, también refiriéndose a lo de Bruselas, fue en The Economist. El titular de su última portada: Europe’s new normal.
No es normal lo que está pasando —en noviembre en París, ahora en Bruselas, ¿mañana en Londres?, ¿en Madrid?, ¿quién sabe?— pero nos vamos a tener que ir acostumbrando a que lo sea. Y acostumbrarnos también a cómo nos lo cuentan los medios, que reaccionan ya a estas catástrofes casi como en piloto automático. La confusa noticia inicial; los números de víctimas que suministra la policía; el ISIS celebrando otra victoria; las declaraciones desafiantes de los políticos occidentales; las entrevistas con los supervivientes; el descubrimiento de que los terroristas suicidas habían sido unos criminales o borrachos, o drogadictos antes de convertirse a la fe; el reconocimiento por parte de las autoridades de que habían fracasado los servicios de seguridad; y, finalmente, los ríos de análisis sobre el porqué de tanta crueldad y cómo evitar que vuelva a ocurrir.
Los análisis suelen partir de diferentes interpretaciones de quién tiene la culpa, seleccionada según las ideas fijas de cada cual. Aquí va una lista de cinco de las causas más frecuentemente citadas:
—Occidente en general, y Estados Unidos en particular, por las invasiones a Afganistán e Irak después de los atentados en Nueva York en 2001.
“Estamos no solo horrorizados, sino perplejos”, dice un exoficial de la OTAN
—El presidente Obama por no haber entrado con más fuerza en la guerra siria.
—Arabia Saudí por haber diseminado sistemáticamente por el mundo su versión wahabí (radical, agresiva, intolerante) del islam.
—Los gobiernos europeos por no haber llevado a cabo una política de integración con los musulmanes asentados en sus grandes ciudades.
—Los inmigrantes musulmanes por no haber hecho un mayor esfuerzo para asimilar la cultura y los valores europeos.
Hay más, claro. Por ejemplo, una comediante musulmana inglesa escribió hace poco en el Financial Times, perfectamente en serio, que los jóvenes y las jóvenes se incorporaban a las filas del ISIS porque ahí podían disfrutar del sexo con la bendición de Alá.
Pero la verdad es que no hay una única verdad. Todos los diagnósticos que acabo de mencionar tienen un elemento de validez; cada uno de ellos ofrece material para dar con una hipotética solución. Las dificultades son dos: que la enfermedad está demasiado avanzada como para que se pueda curar hasta que pasen muchos años; y que por más que se ofrezcan cinco, seis o siete explicaciones delfenómeno ISIS aún quedan más que nadie llega a entender.
Una extensa crítica de dos libros sobre el ISIS publicada en el New York Review of Books en agosto del año pasado, cuyo autor era un exoficial de la OTAN experto en Oriente Próximo, se tituló El misterio del ISIS. Concluyó diciendo: “No está claro que nuestra cultura sea capaz de acumular el suficiente conocimiento, rigor, imaginación o humildad para comprender el fenómeno del ISIS. Por ahora deberíamos reconocer que estamos no solo horrorizados, sino perplejos”.
Las motivaciones de los jóvenes que se suicidan con el fin de asesinar a desconocidos eluden la ciencia política o social del mismo modo que la causa y la prognosis del derrame cerebral que sufrió la esposa de mi amigo superan los conocimientos de la ciencia médica. ¿Cómo fue que dos hermanos belgas, criados en una familia conservadora musulmana, acabaron convirtiéndose primero en delincuentes que atracaban bancos y coches y, segundo, en fanáticos religiosos (si esa es la correcta definición) dispuestos a morir y matar indiscriminadamente en el aeropuerto o el metro de Bruselas? ¿Qué procesos mentales condujeron el viernes pasado a un musulmán de 32 años a apuñalar a muerte en Glasgow a otro musulmán de 40 que había escrito un mensaje en Facebook deseando una feliz Semana Santa a sus amigos cristianos?
Por ahora solo nos podemos encomendar a la limitada eficacia de los servicios de seguridad
Si la mayoría de los devotos del Profeta que crecen en Europa actuaran con la misma frialdad asesina, con la misma aparente certeza de que matar por la fe es un billete al paraíso, sería más plausible el intento de dar con una explicación definitiva, pero como se trata de una grotesca e inescrutable minoría no hay manera de saber.
Como el cáncer o los derrames cerebrales, los terroristas del ISIS son —igual que sus primos de Boko Haram en Nigeria o la somalí Al Shabab— una plaga enigmática de la naturaleza que impacta en unos sí y otros no. La variante es la suerte. Puede que me toque a mí mañana en un aeropuerto o, un temor latente que intento calmar, a mi hijo que viaja todos los días en el metro al colegio. Cuando te toca, te toca.
No es normal lo que está pasando, pero nos vamos a tener que acostumbrar a que lo sea
Por ahora solo nos podemos encomendar a la limitada eficacia de los servicios de seguridad, los abrumados médicos de los que disponemos para defendernos de esta plaga. Hoy, mañana, cualquier día de estos habrá otro atentado, como los hay todo el tiempo en Siria, en Afganistán o en Irak, donde el viernes un joven suicida mató a 29 personas que salían de ver un partido de fútbol. No era normal en Europa pero ahora sí que lo es.

jueves, 3 de marzo de 2016

PRENSA. "Los dilemas del islam: la reforma pendiente". Bernard Haykel

   En "El País":

Los dilemas del islam: la reforma pendiente

Una batalla de ideas se libra en el mundo musulmán. El empuje de los salafistas acalla las voces de quienes abogan por una interpretación moderna de la religión


Peregrinos a la Meca dan vueltas a la Kaaba. / HASAN SARBAKHSHIAN  (AP)


Las noticias acerca de la aterradora violencia en el mundo musulmán, de Nigeria a Afganistán, y las que hablan de islamistas extremistas, de Europa a Yemen, llevan a los occidentales a preguntarse cada vez con mayor fuerza si el islam necesita una reforma. En otras palabras, si podría beneficiarse de algo similar a la Reforma protestante en Europa, que en último término condujo a la Ilustración y al Siglo de las Luces, de los que todos somos herederos y beneficiarios. Lo que este planteamiento olvida a menudo es que aquella reforma fue un periodo largo y extremadamente violento que provocó la muerte de millones de europeos, en especial durante la Guerra de los Treinta Años (1618-1648). Si bien es cierto que el deseo de una reforma para los musulmanes no debería sugerirse a la ligera, lo cierto es que, en realidad, el islam ya está experimentando una reforma en la actualidad, y todos nosotros somos sus testigos.
Muchos de los mismos rasgos que condujeron a los cambios en Europa hace cinco siglos son evidentes hoy en el mundo islámico, en especial entre la secta suní mayoritaria, que representa alrededor del 85% de los musulmanes. Como entonces, la autoridad religiosa tradicional ha experimentado una enorme pérdida de prestigio; centros de aprendizaje y guías espirituales en otro tiempo venerables, como la Universidad Al Azhar en Egipto, están dominados por los Gobiernos. Se han convertido en meros portavoces que proporcionan cobertura religiosa a cualquier medida ilegítima o impopular que la autoridad política desee. El clero de formación tradicional ha perdido el prestigio social y la autoridad moral que ejercía en el periodo premoderno. Mientras esto ocurría, han tenido lugar otros dos cambios, de nuevo muy similares a los acaecidos en la historia europea. El primero es la difusión de la alfabetización masiva, de tal modo que en el mundo árabe actual muchos saben leer y, lo que es más importante, se sienten capacitados como individuos para interpretar las escrituras religiosas. El segundo cambio es la difusión barata de materiales impresos e información, mucho más fácil ahora, en la era de Internet y de las redes sociales.
El efecto acumulativo de estos cambios ha conducido a una fragmentación de la autoridad y a un auge de voces múltiples —y opuestas— acerca de qué constituye una interpretación y una práctica correctas del islam. Como consecuencia de todo ello, hay una batalla de ideas en marcha.
De momento, los vencedores son los salafistas o wahabíes, musulmanes suníes que defienden una interpretación literal del Corán y de las tradiciones de Mahoma [plasmadas en los hadices, breves relatos en los que se recogen palabras del profeta] porque constituyen las enseñanzasoriginales del islam. Los salafistas, que no son siempre violentos o militantes, son reformistas que desean en último extremo recuperar la autenticidad, y se presentan como los verdaderos musulmanes, diferentes de otros cuyas enseñanzas se han ido corrompiendo a lo largo del tiempo por la adopción de influencias no musulmanas. Ese punto de vista es, por supuesto, una proyección moderna sobre el pasado de un imaginario islam verdadero, que sirve a los actuales objetivos sociales y políticos de los salafistas. Uno de sus objetivos, sin embargo, es el de desacreditar otras interpretaciones del islam, en especial las sostenidas por chiíes y sufíes. Si se disculpa la analogía imprecisa, podríamos considerar a los salafistas como unos calvinistas musulmanes de nuestros días, que pretenden reformar el islam imponiendo una versión intransigente y antihistórica de la fe.
Hay otros reformistas musulmanes, del tipo que muchos europeos apreciarían, que abogan por una interpretación tolerante y democrática del islam, pero sus voces quedan enmudecidas por la crudeza de los salafistas. Para empezar, esos musulmanes liberales tienen un temor justificado a estos últimos, que son inmisericordes con sus adversarios. En segundo lugar, a los musulmanes liberales se les suele ver como protegidos de los Gobiernos, como el de Egipto, cuyo líder, el presidente general Abdelfatá al Sisi, ha afirmado también que el islam está terriblemente necesitado de reforma y de interpretaciones novedosas que contrarresten las de salafistas-yihadistas. Los liberales son despachados por algunos como defensores de los regímenes autoritarios o, aún peor, como agentes de los valores y las maquinaciones occidentales. Como tales, su influencia es limitada, por ahora al menos.

La reacción del resto del mundo musulmán ante el ascenso violento de los radicales podría tardar años
Este proceso reformista en marcha puede durar años, incluso siglos, y su desenlace final es totalmente impredecible. Lo que sabemos es que los salafistas han tomado la delantera. Es previsible que el resto del mundo musulmán les dé la espalda y reaccione ante su ascenso violento. Pero esa reacción también podría tardar años.
Esta reforma del islam sería de interés solamente académico si no tuviese una dimensión política y combativa que ha adquirido ya categoría mundial. ¿Cómo se explica la violencia política? Muchos musulmanes se sienten política y militarmente débiles y humillados, y algunos desean firmemente revertir esa situación recuperando la gloria y el poder que los musulmanes disfrutaron en un pasado lejano. Granada y Al Andalus desempeñan una función emblemática a este respecto, porque representan la cumbre del poder pasado. Grupos salafistas como Al Qaeda y el Estado Islámico consideran que el origen de la debilidad musulmana radica, por una parte, en el abandono de las verdaderas enseñanzas de la fe y, por otra, en los incansables ataques de los infieles contra los musulmanes. Al fin y al cabo, Dios ha prometido en el Corán que a los verdaderos creyentes se les dará el poder sobre la tierra (capítulo 24, versículo 55), y en consecuencia el actual orden en el que dominan los no musulmanes es una aberración que debe corregirse. Para ello, los musulmanes deben purificar su fe, pero también luchar activamente contra los no creyentes.
Para los yihadistas salafistas, los enemigos infieles no son solo los países y la civilización occidentales, sino también los despóticos Gobiernos apóstatas que mandan en buena parte del mundo árabe e islámico, regímenes como el de Riad, El Cairo y otros lugares. Para anular la decadencia islámica y recuperar el poder, los yihadistas salafistas llaman a los musulmanes a la lucha armada, un deber religioso abandonado por los musulmanes que ahora debe retomarse. La yihad es la única forma de recuperar el poder y, dado que el enemigo es tan abrumadoramente superior, todos los métodos de resistencia y acción violentas están permitidos. De hecho, los yihadistas salafistas ordenan a los musulmanes ejercer por su cuenta actos de violencia siempre que se les presente la oportunidad. Dios dará la victoria a sus creyentes, porque lo ha prometido en las escrituras.

La autoridad religiosa tradicional ha experimentado una enorme pérdida de prestigio
El Estado Islámico representa la interpretación más extrema y violenta de esta visión literalista del islam. Se centra en combatir a los enemigos, en especial a los chiíes, porque los considera herejes capaces de destruir la fe desde dentro. Pero el Estado Islámico también da la bienvenida a una guerra con Occidente, porque considera que está librando una batalla apocalíptica por el destino del mundo y busca la redención y la gloria que Dios les ha prometido a los creyentes. Al mismo tiempo, sin embargo, esta organización ha establecido un Estado de hecho, con ministerios, tribunales y servicios sociales, todo a semejanza del régimen islámico de los siglos VII y VIII, con un califa como líder. Esta forma de gobierno es utópica y se presenta como un orden político virtuoso que sigue las leyes y la guía de Dios.
El Estado Islámico ha seducido a numerosos musulmanes que han emigrado a su territorio. Lo que empuja a estos emigrantes es el deseo de hallar una alternativa a la realidad política y social en la que se encuentran y que dista mucho del ideal imaginado y ansiado. El Estado Islámico es la manifestación más clara de la reforma que se está produciendo en la actualidad, pero su realidad es brutal, como pronto han comprendido algunos emigrantes, y su excesiva violencia es insostenible a largo plazo, porque hace la vida imposible. En consecuencia, es improbable que el Estado Islámico perdure mucho, pero la razón para su existencia —a saber, el deseo de los musulmanes de reformar su religión, adquirir poder y obtener el lugar que les corresponde en el mundo— seguirá insatisfecha. Para que esto se resuelva, la reforma debe seguir su curso, como lo hizo en Europa.
Bernard Haykel es catedrático de Estudios sobre Oriente Próximo en la Universidad de Princeton.
Traducción de News Clips

lunes, 29 de febrero de 2016

PRENSA. "¿Cuál es ese islam que da miedo?". Tahar ben Jelloun

   En "El País":

¿Cuál es ese islam que da miedo?

Las atrocidades de los radicales demuestran el peligro de la interpretación literal del Corán


El líder del Estado Islámico, Abubaker al Bagdadí. / AP


¿Cuál es ese islam que da miedo? ¿De dónde viene? ¿Qué relación tiene con la realidad histórica y teológica? ¿Cómo se explica? No hay duda de que nos asusta, pues suscita preguntas, más aún al comprobar la fuerza con la que el terrorismo golpea en nombre del islam, donde y cuando quiere. Aunque la islamofobia sea real y preocupe a las sociedades europeas, solo es un aspecto más de la crisis desatada estos últimos años entre Occidente y una parte de Oriente.
El día en que un individuo que se hace llamar Al Bagdadi se autoproclamó califa, hace casi un año, y anunció la creación de un Estado Islámico (EI) con unas fronteras sin definir, ese día, se declaró la guerra a los musulmanes pacíficos, a los europeos y al resto del mundo. Nadie se tomó en serio su discurso. Nadie se puso a averiguar quién lo financia, quién le suministra tanto armamento, quién lo lleva hacia esa deriva cada vez más asesina. Se sabe que atracó los bancos de Mosul, que se apoderó de algunos pozos de petróleo y que vende el crudo en el mercado negro. Pero ello no basta para mantener un ejército y financiar a los grupos yihadistas procedentes de Europa y del mundo árabe.
Los musulmanes, como el resto del mundo, necesitan saber qué está pasando. ¿El comportamiento del EI lo justifica el islam? ¿Es una herejía? ¿Es pura invención de Al Bagdadi, quien, tras haber pasado por las cárceles iraquíes, quizá quiera justificar su sed de mal y de poder para reinar sobre los musulmanes del mundo?
Cuando consultamos el Corán y algunas de sus interpretaciones, resulta evidente que el islam experimentó diversas fases de combate y de violencia, principalmente en sus inicios. Algunas aleyas [versículos de Corán] ordenan luchar con las armas hasta que el islam triunfe. Coinciden justo después de la hégira deMahoma a Medina, en 622. El profeta tiene enemigos que no solo no creen en su mensaje, sino que intentan matarlo. La aleya 29 de la sura 9 [capítulo 9 del Corán] es clara, pero hay que leerla a la luz del contexto de entonces, y no del actual: “¡Combatid contra quienes, habiendo recibido la Escritura, no creen en Dios ni en el último Día, no prohíben lo que Dios y Su Enviado han prohibido, ni practican la religión verdadera, hasta que, humillados, paguen el tributo directamente!”. En esa misma sura, aleya 73, se dice: “¡Profeta! ¡Combate contra los infieles y los hipócritas, sé duro con ellos!”. Mahoma luchó contra sus adversarios, sobre todo contra los judíos de Medina y los adoradores de ídolos de piedra. El reconocimiento del mensaje divino siempre ha ido acompañado de dramas y tragedias. No hay más que ver la historia de las religiones. Pero aquello sucedía hace 15 siglos, en unas circunstancias y un contexto determinados, vinculados a la época en que las tribus de Arabia combatían entre ellas mucho antes de la llegada del islam.
El verdadero problema es que se invite al siglo VII a asentarse entre nosotros en la época moderna. Uno no puede desplazar los contextos y la historia a su antojo, según sus necesidades. En cambio, el EIactúa como si los 15 siglos que nos separan de la aparición del islam hubieran sido borrados de un sablazo mágico.
Aunque minoritarios, algunos musulmanes son conscientes de la urgente necesidad de introducir reformas, de revisar algunos textos que son inaplicables y se han quedado caducos en el siglo XXI. Son musulmanes que están a favor del laicismo, de la enseñanza de los principios de tolerancia y respeto del diferente desde la infancia, que están a favor de los valores humanistas, y desean un islam sosegado, tranquilo y reservado a la esfera privada.
Pero esos combatientes movidos por el odio han hecho una lectura literal del Corán, tomando al pie de la letra lo que ha sido revelado. ¡Fuera metáforas, símbolos, distancia, inteligencia! Esa lectura estrecha y simplista, falsa en definitiva, es la que por desgracia se impuso desde el siglo XVIII, desde que Mohamed Abdel Wahab, un teólogo saudí, aplicó el dogma de la sharía, que ha dado lugar a ese islam rígido e integrista denominado wahabismo. Arabia Saudí y Qatar siguen ese rito.
¿Cómo puede atraer ese mensaje brutal del EI a unos jóvenes europeos de cultura musulmana o conversos? Esa visión del islam y de sus promesas seduce a unos chicos de identidad poco consolidada que se imaginan que en ese combate hallarán su razón de ser y de vivir. El discurso y las acciones criminales de Al Bagdadi han sido posibles porque en la mayoría de los países musulmanes el sistema democrático y el Estado de derecho no están realmente establecidos; porque la sociedad occidental no ha dado una oportunidad a esos jóvenes de origen inmigrante, y ello ha facilitado que se sientan atraídos por la arriesgada aventura de la yihad; porque son percibidos como europeos de segundo orden y constatan que impugnar el sionismo y solidarizarse con los palestinos se considera antisemitismo; porque el discurso de los que los reclutan los convence, y suponen que han encontrado lo que les falta: una identidad que los reconforte y les dé seguridad. ¡Lo paradójico es que su razón de vivir los conduzca a morir como mártires con la promesa de un paraíso!

El Estado Islámico es rico y paga a sus combatientes con dinero contante y sonante
Algunos se van a Siria y a Irak por estos motivos, otros lo hacen por afán de aventura y por dinero. El EI es rico y paga a sus combatientes con dinero contante y sonante. El islam se extravía entre esas consideraciones, y así podemos ver a mujeres de negro, tapadas de la cabeza a los pies, que reprochan a otras, también cubiertas de arriba abajo, que el manto que las cubre no sea lo bastante tupido… Y en nombre de ese islam nostálgico de sus primeros tiempos, el EI ocupa la tercera parte de Irak y la cuarta parte de Siria. Es lo que la coalición internacional desearía evitar con sus bombardeos cada vez más intensos. Pero ahora ya sabemos que esas intervenciones no son eficaces y que la solución ha de llegar de los propios países musulmanes. Tardará en dar sus frutos, pero se podría empezar por pequeños y sencillos pasos, tales como revisar los manuales escolares, poner en práctica una pedagogía ambiciosa para luchar de manera profunda y objetiva contra la ignorancia, contra esas desviaciones que llevan al terrorismo y a ese miedo absurdo al islam y a los musulmanes.
Traducción de Malika Embarek López.
Tahar Ben Jelloun es escritor marroquí, ganador del premio Goncourt. Su nuevo libro se llama El islam que da miedo (Alianza).

viernes, 5 de febrero de 2016

TERRORISMO. "El plan del Estado Islámico". Ian Bremmer

Ian Bremmer
   En "El País":

El plan del Estado Islámico

La idea de construir un imperio islámico con guerreros musulmanes cautiva a sus seguidores


¿Cómo puede sobrevivir una organización terrorista que parece haber declarado la guerra el mundo entero? En 2016, el Estado Islámico (ISIS, en sus siglas en inglés), la organización terrorista mejor financiada, equipada y avanzada de la historia, quizá no conquistará nuevos territorios, pero sin duda logrará no solo sobrevivir, sino reforzar su influencia internacional. Y existen varios motivos para ello.
Sus enemigos están divididos sobre la mejor estrategia en su contra. Cuenta con el apoyo de los suníes marginados en Irak y Siria. Tiene enorme facilidad para disponer de dinero y gran dominio de la tecnología. Pero su mayor ventaja frente a grupos como Al Qaeda y los talibanes es lo que ofrece a sus seguidores: no solo la mera posibilidad de luchar contra un enemigo lejano en una larga guerra de futuro incierto, sino un plan para construir algo nuevo y tangible, un imperio islámico con fronteras trazadas por guerreros musulmanes, no por políticos occidentales.
Con cada nueva atrocidad del ISIS, se oyen en Europa y Estados Unidos promesas de derrotar directamente a sus jefes en Siria e Irak. Pero para desmantelar el ISIS es necesaria una intervención terrestre. No se les puede destruir desde el aire. Y nadie —ni estadounidenses, ni franceses, ni rusos, ni nadie más— va a aceptar el coste en sangre y dinero de una operación semejante.
Ni siquiera en el aire se ponen de acuerdo los enemigos del grupo. EE UU seguirá arrojando bombas, pero el presidente Obama no tiene intención de volver a emprender una guerra terrestre en Oriente Próximo. Rusia quiere reforzar a su aliado, El Asad, atacando a los rebeldes respaldados por EE UU y Arabia Saudí, y hace poco contra el ISIS. Turquía ataca sobre todo a los kurdos sirios, y los franceses no tienen ninguna coalición que dirigir. Los combatientes iraníes están en inferioridad, y los Estados del Golfo no poseen tropas de tierra.
En Irak, el gobierno chií no podrá vencer al ISIS mientras no ofrezca a los suníes un sitio para luchar por su futuro. Cuando EE UU apartó a Sadam Husein del poder, apartó a sus seguidores del partido Baaz. El ISIS es la única organización que les ha dado medios para vengarse y, mientras eso no se resuelva, seguirá controlando la parte suní del país.

Nadie va a aceptar el coste en sangre y dinero de una operación terrestre
El ISIS y sus imitadores disponen de un gran territorio. Siria, Irak, Libia, Yemen y Afganistán son, en distintos grados, Estados fallidos. Enormes extensiones de terreno sin gobierno que proporcionan refugios y campos de entrenamiento. En el nordeste de Nigeria, el norte de Mali y la península egipcia de Sinaí, los terroristas aprenden el oficio. Y los inmensos campos de refugiados en Turquía, Jordania y Líbano son terreno fértil para el reclutamiento. Además, el ISIS tiene dinero de sobra para hacer realidad sus ambiciones. Gracias a la venta del petróleo de los pozos capturados, los rescates de secuestros, las mercancías confiscadas, los impuestos a las poblaciones locales, la ayuda de sus amigos del Golfo y el saqueo de los bancos en las ciudades iraquíes tomadas, el grupo ha acumulado unas reservas de más de mil millones de dólares. Y ha aprendido a utilizar las redes sociales y los mensajes en clave para ampliar sus tentáculos.
Pero, sobre todo, el ISIS ofrece una visión global con la que grupos como los talibanes y Al Qaeda no pueden competir. Los talibanes siguen siendo un movimiento de pastunes de Afganistán y Pakistán, con escaso atractivo fuera de allí. Al Qaeda tiene una visión apocalíptica. Y es más difícil captar seguidores con un culto a la muerte que con la promesa de un imperio que resulta creíble porque ya se ha adueñado de grandes franjas de territorio en dos países y un mensaje seductor. “En Siria e Irak, no tienes futuro. En Europa y América, te excluyen porque te odian. Ven a construir. Únete a la primera generación. Te damos la bienvenida”. Este llamamiento, que va más allá de asesinar a infieles, logra su objetivo.
¿Dónde nos lleva todo esto? En realidad, la construcción del Estado Islámico es el punto débil del ISIS. Es imposible eliminar completamente el terrorismo, porque basta un solo individuo dispuesto a morir para ampliar la dimensión internacional del grupo. Pero los numerosos enemigos del ISIS tienen poder más que suficiente para impedir que la organización cumpla su promesa de construir un Estado. Los bombardeos en Siria no han hecho más que empezar.
Mientras tanto, el ISIS —cuya influencia no puede sino crecer— guarda más sorpresas desagradables para el resto del mundo.
Ian Bremmer es presidente del Eurasia Group, consultora de riesgos políticos mundiales, y autor de Superpower: Three Choices for America’s Role in the World. Find him on Twitter @ianbremmer.
Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia.

viernes, 22 de enero de 2016

CONFLICTOS INTERNACIONALES. "Detener a tiempo las guerras". Martín Ortega Carcelén

Martín Ortega Carcelén

   En "El País":

Detener a tiempo las guerras

En la era global no se puede permitir que un conflicto se deteriore como ha sucedido en Siria

 O bien Europa exporta estabilidad o termina importando inestabilidad. Olvidamos este principio, dormitamos en los laureles, cuando alguna crisis en el vecindario envía una marea de refugiados que nos despierta del plácido sueño. Además, olvidamos que exportar estabilidad es más barato y rentable en el largo plazo. La inestabilidad conduce a situaciones que se escapan de las manos. Todavía no sabemos qué consecuencias tendrá la llegada de refugiados a Europa o cuál será el coste de la lucha contra el terrorismo instigado por el ISIS. A pesar de esto, seguimos dejando que las situaciones internacionales empeoren, para curar a la desesperada cuando ya nada se puede prevenir.
Aceptando que los primeros perjudicados por la guerra civil son los mismos sirios y en segundo lugar los países adyacentes, Europa está sintiendo los efectos de aquella guerra. Su influencia negativa nos llega aquí atenuada, pero su impacto sobre la región es peor. Está por ver si las tensiones actuales provocan otros conflictos, o si la rehabilitación de Siria, una tarea que llevará mucho tiempo, dinero y esfuerzos, debe hacerse al precio de su integridad territorial. Rediseñar fronteras es una perspectiva que deberíamos rechazar en todo caso porque supone abrir cajas de Pandora difíciles de cerrar.
No debemos autoinculparnos por la guerra civil en Siria. Ahora bien, es importante reconocer algunos errores del pasado y aprender las lecciones para el futuro. Con perspectiva histórica, la guerra comenzada en 2011 es impropia del siglo XXI, y los europeos pecamos durante años de pasividad irresponsable. No iniciamos la guerra ni la atizamos, pero asistimos impasibles a su degradación hasta límites inhumanos y peligrosos, sabiendo que estaba demasiado cerca y afectaba a millones de ciudadanos inocentes. Todas las proclamaciones europeas en favor de la paz internacional y de los derechos humanos se vieron puestas en tela de juicio mientras andábamos demasiado preocupados con asuntos internos.
En el tablero sirio, Turquía jugó sus piezas, Arabia Saudí las suyas, Rusia defendió sus intereses y a Bachar el Asad, e Irán apoyó también al régimen a través de Hezbolah. Por supuesto, algunas facciones iraquíes no iban a quedarse fuera y se lanzaron igualmente a la melée. Estados Unidos observó desde cierta distancia el desbarajuste y solo reaccionó en serio cuando el Gobierno sirio usó armas químicas, lo que condujo a la resolución 2118 del Consejo de Seguridad de 2013. Una gota de agua en el infierno. Los europeos no quisimos enterarnos de lo que estaba pasando, como si la guerra estuviera ocurriendo en un planeta distinto. Solo demasiado tarde estamos apoyando los esfuerzos de la comunidad internacional representados en la conferencia de Viena y la planeada en Ginebra.
Si alguien piensa que un contendiente ha ganado la partida en Siria, se equivoca. Hoy las victorias militares son pírricas; los ciudadanos sirios son la medida del combate y estos han perdido miserablemente. El país está roto, con al menos cuatro fuerzas que controlan militarmente el territorio. Ahora nos hemos centrado en la lucha contra la facción más salvaje. El problema de suprimir a los yihadistas del ISIS es que están a caballo entre Siria e Irak. Su poder actual entronca con el desmantelamiento del ejército iraquí en 2003, una decisión desafortunada como ha reconocido Tony Blair. Acabar con el impacto del ISIS requiere nuevos acuerdos regionales que incluyan la estabilización de Irak y de Siria. Más que conferencias puntuales necesitamos un pacto regional de gran alcance sostenido por los actores globales.
Si alguna lección hay que sacar del contagio sirio, es que las guerras deben detenerse a tiempo. En la etapa global es intolerable que permitamos un conflicto deteriorarse de ese modo. Y para ello es preciso una acción exterior, tanto europea como estatal, más atenta a la realidad y más decidida a implicarse cuando sea necesario. Los europeos quizá no tenemos todos los medios, pero debemos jugar un papel de conciencia global y movilizar a otros actores. Esto se aplica no solo a las instituciones europeas sino también al Gobierno nacional. En la reciente campaña electoral, las cuestiones internacionales han brillado por su ausencia, como si España fuera una fortaleza rodeada de murallas. No hay castillo, no hay murallas. Estamos sometidos a los vientos, al calor y al frío que vienen del exterior.
Martín Ortega Carcelén es profesor de Derecho Internacional y Relaciones Internacionales en la Universidad Complutense de Madrid.
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