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miércoles, 6 de febrero de 2013

PRENSA. "Una ventana indiscreta en cadas bolsillo". Reportaje

Jóvenes estudiantes de instituto conectados a las redes sociales. / CONSUELO BAUTISTA (EL PAÍS)

   En "El País":

Una ventana indiscreta en cada bolsillo

El ser humano, en tanto que social, se interesa por la vida de los otros

Alarma por el uso de aplicaciones de chismorreos entre adolescentes

El impacto emocional fascina en las redes sociales

 4 FEB 2013

“Nos hemos convertido en una raza de mirones. Lo que deberíamos hacer es mirar para dentro”, soltaba Thelma Ritter a James Stewart en La ventana indiscreta, una película donde Alfred Hitchcock plasmaba magistralmente la atracción por la vida de los otros. La curiosidad y el cotilleo son algo inherente al ser humano y en muchos casos puede resultar inocuo, pero también tiene sus riesgos si lleva a humillar a otras personas, sea conscientemente o no. Un extremo que preocupa especialmente cuando los protagonistas son menores.
Estos últimos días se han disparado las alarmas en centros educativos catalanes, a raíz de la aparición en las redes sociales de dos nuevas herramientas de cotilleo —las páginas informer y la aplicación para móviles Gossip—, que han llevado al límite el simple chismorreo. Se han extendido rápidamente entre institutos y universidades catalanas, convirtiéndose en una potencial arma que puede disparar los casos por ciberacoso. Los Mossos d’Esquadra han recibido, en las últimas tres semanas, seis denuncias por insultos y vejaciones relacionadas con estas aplicaciones.
“Desde el primer día sabíamos que la aplicación tendría éxito porque a la gente le gusta hablar del otro”, reconoce Ignacio Espada, de la empresa barcelonesa Crows & Dogs, creadora de Gossip (cotilleo, en inglés). La aplicación se lanzó el pasado 10 diciembre y desde entonces ya sobrepasa los 32.000 usuarios. La aplicación se organiza basándose en salas temáticas de todo tipo de ámbitos, desde un barrio a un programa de televisión, pero las alertas han saltado por la especial expansión que ha tenido el programa entre los institutos, ya que con un nombre falso o un perfil anónimo los menores pueden hacer comentarios libremente sobre sus compañeros de clase. Eso sí, con cierto límite, ya que el programa tiene un filtro de palabras prohibidas.
Las páginas informer también se están reproduciendo como setas entre los estudiantes. La primera nació en la Universidad Autónoma de Barcelona (UAB) el 15 de enero y ya tiene 13.000 seguidores. Actualmente, muchos campus españoles y el 20% de los institutos catalanes tienen su informer. Karina Sassi, estudiante de Derecho de la UAB y creadora, junto a tres amigas, de la de este campus defiende que estas páginas sirven también como medio de expresión para personas tímidas. “El anonimato permite liberarte”, dice. De hecho, Sassi explica que esta fue la semilla que sirvió para crear la página. “Estábamos en la biblioteca y a una amiga le gustaba un chico. Entonces empezamos a pensar cómo podríamos contar este tipo de cosas sin tapujos. Y decidimos abrir una página en Facebook”, comenta.
La estudiante asegura que en su informer predominan los mensajes de amor, también de sexo. “¡Estamos en la universidad!”, apostilla, pero también información de becas o de trámites. Las creadoras de la página han tenido que afanarse mucho para revisar todos los comentarios de los usuarios antes de publicarlos. Así quieren evitar correr la suerte que han corrido otros informers, que han sido cerrados por los Mossos pocos días después de ser creados por el bajo tono de los comentarios.
¿Cómo se explica el éxito de estas aplicaciones? La respuesta está en un comportamiento tan antiguo como el ser humano: la curiosidad y el cotilleo. “Somos seres sociales y es lógico que nos interese cómo viven la vida los demás. En algunos casos es preocupación, en otros, información”, explica Juan Carlos Revilla, profesor de Psicología Social de la Facultad de Ciencias Políticas de la Universidad Complutense de Madrid (UCM). “Somos cotillas porque nuestra identidad como personas está conectada a nuestra red social. Y estas se construyen compartiendo emociones. Si te pasa algo impactante, una gran alegría o un disgusto, tenemos una tendencia natural a explicarlo. A ello hay que sumar fascinación por hablar de sentimientos. Cuanto más impacto emocional, más éxito tiene en crear una fascinación por quien escucha”, abunda Guillem Feixas, catedrático de la Facultad de Psicología de la Universidad de Barcelona (UB).
Pero el cotilleo también ejerce una función de autocontrol. “La transmisión de lo que hace la gente, hace una función de control social, de reprobación de malas conductas. Como sabemos que pueden contar cosas negativas sobre nosotros, somos más precavidos en nuestra conducta y así evitamos poner en entredicho nuestro buen nombre”, tercia Revilla.
El hábito de cotillear ha existido siempre, pero se ha ido adaptando a los tiempos y a las nuevas tecnologías. Si hace no muchos años los chismorreos no salían de los pequeños círculos familiares o de los pueblos, el fenómeno se magnificó con la televisión e Internet. “Desde Gran Hermano, queremos saber todo de todos y todos nos convertimos en un Gran Hermano. Con las redes sociales esto va a más. Puedes quedar a cenar con una amiga y al cabo de cinco minutos lo sabe todo el mundo. Todo es un Gran Hermano”, comenta la periodista Rosa Villacastín.
En las escuelas el cotilleo sobre compañeros y profesores también es antiguo, aunque cambian los soportes. “La antigua pintada en la pared de los servicios se convierte en un post en Facebook. El acto es el mismo, pero el daño es potencialmente mucho mayor”, reflexiona Leonardo Cervera, especialista en menores e Internet. “Antes, los alumnos se escribían papelitos y se los pasaban en clase. Ahora queda publicado en un lugar público. La crueldad es la misma, no ha cambiado con el tiempo, pero ahora se pone más en evidencia y los niños están más expuestos”, añade Anabel Ponce, profesora en el instituto Torre del Palau de Terrassa (Barcelona).

“Sabía que Gossip triunfaría. A la gente le gusta cotillear”, afirma su creador
En este centro se creó un informer, pero apenas duró 24 horas. Los comentarios saltaron enseguida al terreno de las humillaciones y su director lo denunció a los Mossos. “Las cosas escritas en la página se podían haber dicho de otra forma y tenía que haber habido más control”, reconoce Noelia Ortiz, estudiante de cuarto de ESO. Noelia y otros compañeros censuran los insultos, pero reconocen que seguían el informer porque leer comentarios sobre profesores “da morbo”. “Es pura curiosidad y ver si los demás piensan lo mismo que tú de los profesores”, comenta Amira Ayouch, de segundo de ESO. “También lo miras para ver si hablan de ti”, añade Toni López, que está en primero de Bachillerato.
Pero ¿el cotilleo es malo? El creador de Gossip lo tiene claro. “Los cotilleos no son malos, lo malo es el uso que se les da y los comentarios que hace la gente para hacer daño a otros”. Todos los expertos consultados rechazan que las habladurías lleven asociada una connotación negativa y apuntan que la clave está en la intención de la persona que lanza el chismorreo.
Trazar la frontera entre el cotilleo inocente y el ofensivo no es fácil. Hay un mínimo común compartido por todos los expertos que Leonardo Cervera llama la regla de la abuelita. “Yo pido a los chavales que antes de publicar cualquier cosa en Internet se pregunten si creen que su abuela aprobaría lo que piensan publicar en la Red. Si la respuesta es negativa, lo más seguro es que no deberían hacerlo”, explica el escritor desde Bruselas. Pero no todas las personas tienen el mismo grado de tolerancia ante según qué comentarios. “Es difícil poner la frontera, no todos aceptan un comentario igual, pero también depende de cómo te lo digan y quién te lo diga”, apunta el profesor Revilla.
El mundo del chismorreo también tiene sus reglas, no todo vale. “El cotilleo es un arma de doble filo, hay que hacerlo con cuidado y no se puede decir cualquier cosa. Si de forma sistemática se difunden bulos o se hacen comentarios denigrantes, también queda en entredicho el autor del cotilleo”, aclara el profesor de la UCM. Pero estas reglas no escritas saltan por los aires cuando se trata de comentarios amparados por la capa del anonimato. “Es un problema porque entonces se puede decir cualquier cosa con impunidad”, añade.
Precisamente, el bulo y el anonimato son aliados peligrosos que en herramientas como Gossip y los informers se pueden combinar creando una fórmula explosiva especialmente dañina para los jóvenes. A pesar de esto, Ignacio Espada defiende que en toda la polémica creada estos días alrededor de su programa lo que no se debe hacer es matar al mensajero. “Nosotros hemos fabricado el papel, tú eres responsable si escribes una carta de amor o amenaza de muerte”, contesta.
¿Es posible proteger a los menores de los cotilleos y las vejaciones? Todos los expertos coinciden en apuntar que esto es una misión imposible porque los chismorreos siempre han existido y siempre existirán. El problema es que lo que antes era un fenómeno localizado (como las pintadas en los lavabos), ha pasado a compartirse a través de Internet y a ser visible para todos, con lo que la humillación es mucho mayor. Por este motivo, los entendidos apuntan que hace falta incidir en dos aspectos esenciales: evitar que estos comentarios se lleguen a producir y, en el caso de que se produzcan, dotar a los jóvenes de armas y recursos para minimizar su impacto psicológico.

“Si tienes una gran alegría o un disgusto, necesitas explicarlo”, dice un experto
Para controlar los cotilleos, algunas voces apuntan que se debería retrasar el máximo tiempo posible el hecho de que los adolescentes lleven en el bolsillo móviles con conexión a Internet. “¿Por qué los padres regalan a los hijos un smartphone? Para que no moleste. Es como cuando pedían unas deportivas. Los padres quieren que su hijo sea su vivo reflejo, así que no puede parecer pobre. Por eso le compran cosas caras. Pero unas Nike no tienen el mismo peligro que un teléfono”, razona Espada.
Otras voces, en cambio, consideran que prohibir no es la solución, y menos cuando se trata de herramientas tecnológicas. Es preferible enseñarles a usarlas bien. “Como no se trata de parar un avance tecnológico (que por otra parte es imparable), lo que hay que hacer es informar y concienciar, sobre todo a los más jóvenes, sobre las consecuencias de sus actos en Internet. Y en esto tienen idéntica responsabilidad las Administraciones públicas como las familias. Hay que pedirles que extremen el cuidado, como cuando les pedimos que miren a ambos lados al cruzar la calle o se pongan el casco cuando van en moto”, asegura Cervera. Juan Carlos Revilla también se muestra partidario de que los adolescentes tengan móvil, aunque reconoce que el control paterno a veces tiene sus dificultades. “La tecnología va muy rápida y los padres tardan en conocer la existencia de estos programas”.
También es conveniente el refuerzo psicológico. “Hay que educar a los niños que en el fondo las palabras se las lleva el viento y que aunque quede publicado, tiene una vida efímera”, apuesta el cocreador de Gossip.
Que las familias controlen las actividades de sus hijos es importante, especialmente porque cuando se hace uso de estas aplicaciones es mayoritariamente fuera de la escuela. Pero esto no es suficiente, señalan los expertos. “Cuando los chicos llegan a casa y ponen la televisión, ¿qué se encuentran? Programas de cotilleo. Es el modelo que tenemos”, incide Juan Alberto Estallo, psicólogo del Parc Salut Mar y experto en psicopatología de la tecnología. Guillem Feixas también reclama a los padres responsabilidad en su conducta y pone un símil cristalino: “¿Cómo hacemos que los niños lean libros si los padres no leen ni tienen ningún libro en casa?”.

lunes, 22 de octubre de 2012

PRENSA. "Venganza de sangre", reportaje

Ejup Kola, en la puerta de su casa en Shkoder, en el norte de Albania, donde lleva recluido desde agosto de 2010. /JERÓNIMO GIORGI ("El País")

   En "El País":

Venganza de sangre

En el norte de Albania, los parientes de un hombre asesinado tienen derecho a vengar su honor matando a un varón de la familia del asesino. Así lo impone el antiguo código del Kanun. La única salvación para los amenazados es sepultarse en su propia casa

 21 OCT 2012 

Durante 35 años he sido libre y ahora tengo que vivir encerrado. Ni el sol es como era antes”. Bardhyl Kola, sumergido en el sillón de su casa, en el barrio de Perash de la ciudad de Shkoder, en el norte de Albania, se coge resignado la cabeza entre las manos. Desde hace dos años ha permanecido encerrado entre esas cuatro paredes que lo protegen a él; a su hijo Ermal, de dos años; a su padre, Ejup, y a su hermano, Bledare, con sus gemelos de un año. Todos los varones del clan Kola, 26 entre adultos, niños y ancianos, están condenados por un código medieval a permanecer recluidos en sus hogares por riesgo a ser asesinados por venganza de sangre. Esta es la sentencia ordenada por el código del Kanun de Lek Dukagjini:
“La sangre no queda nunca sin vengar” (artículo 128, Kanun de Lek Dukagjini)
El Kanun es un código de leyes consuetudinarias que se ha transmitido oralmente durante siglos en las montañas del norte de Albania. Se atribuye al príncipe medieval Lek Dukagjini, aunque no se recopiló y transcribió hasta el año 1912, a manos de Stefano Costantino Gjecov, un fraile franciscano kosovar. El código contiene los valores de la cultura albanesa, y los 12 libros que lo componen regulan todos los aspectos de la vida, desde la religión hasta la propiedad privada, pasando por el trabajo y la familia. Actualmente, el único aspecto del código que se practica es el que regula la venganza de sangre, es decir, el derecho de una familia a asesinar a cualquier miembro masculino de la familia de alguien que haya cometido cierto delito contra ellos.
Tradicionalmente, el Kanun reconoce el derecho a la venganza en tres situaciones: cuando violan a una mujer, cuando un huésped es asesinado en tu propia casa o cuando matan a un varón de tu familia. Hoy día, el crimen que se venga con la muerte es solo el asesinato. La familia de la víctima siente que la del asesino tiene una “deuda de sangre”. Esta se cobra quitándole la vida a cualquier varón de la familia del asesino, porque toda la línea paterna es responsable de los actos de cada uno de sus miembros. La única manera de sortear ese destino es que todos los varones de la familia del criminal se autoaíslen en sus hogares a la espera del perdón. Esta es la realidad que afecta a la familia de Bardhyl Kola y a cientos de familias en Albania.
“Nos pasamos el día tirados en el sofá mirando la televisión”, se queja Ejup Kola mientras se enciende el enésimo cigarrillo del día. “El problema no es solo el encierro, sino comer: es el hecho de no poder trabajar”, agrega su hijo Bardhyl, que ha tenido que dejar su trabajo como soldador para recluirse junto a su familia. La suya es una de las siete del clan Kola, cuyos 26 hombres viven aislados desde el 19 de agosto de 2010, amedrentados por la amenaza de venganza de la familia Vukatanen.
A la una de la tarde de aquel día de verano, Mikeljani Kola, sobrino de Ejup, que en aquel entonces tenía 16 años, asesinó a Elson Vukatanen, de 22. Como se desprende de las actas judiciales, el móvil del homicidio fue que la víctima increpaba desde hacia tiempo a Mikeljani por el hecho de que su familia no había vengado el asesinato de otro Kola en 1998. Para la sociedad albanesa, esta ofensa equivale a una pérdida del honor. El homicida fue condenado a 12 años de prisión y otros tres miembros de la familia fueron condenados como cómplices, entre ellos Bledare, el hijo menor de Ejup, que vive con su familia junto a su padre y a su hermano en la misma casa.
“La casa del albanés es de Dios y del huésped” (artículo 96, Kanun de Lek Dukagjini)
En la cultura albanesa, las paredes domésticas son inviolables. La venganza se cobra solo con aquellos que se atreven a desafiar las reglas del duelo del Kanun y llevan adelante su vida cotidiana a la luz del día.
A pocas calles de la casa de los Kola, en el barrio de Mark Lula, durante las últimas dos décadas se han ido concentrando muchas de las familias que llegan desde las montañas escapando de la venganza. Y aunque muchas emigran a otras ciudades y en ocasiones al extranjero, la amenaza las persigue: hay casos de asesinatos por venganza hasta en lugares tan lejanos como Inglaterra.
Para la familia Kola, un muro de ladrillos de dos metros y medio se ha convertido en la frontera infranqueable que los separa de la sociedad. Dentro, un pequeño patio descuidado es el único vínculo para Ejup, sus dos hijos y sus nietos con el mundo exterior.


El hijo y el nieto de Ermal Ejup Kola comparten encierro con el patriarca de la familia. / JERÓNIMO GIORGI
“Nos han amenazado muchas veces”, se lamenta Ejup con preocupación mientras mira a su nieta Yasmil, de seis años, jugar con el pequeño Ermal. A pesar de que la niña no está amenazada, “los primeros 10 meses no quería salir ni al patio y se quedaba detrás de la cortina del umbral, llorando”, agrega Bardhyl mirando al suelo.
“Hoy mi hijo Bledare se ha ido con su mujer y mis otros dos nietos a comer a la casa de su suegra”, afirma la mujer de Ejup, Lumturi, cuyo nombre significa felicidad. “Ha tenido que llamar a la policía para que les acompañara y no ha dicho cuándo volverá”. Ejup explica cómo el muro se ha vuelto impermeable también hacia dentro. “Antes tenía muchos amigos, pero ahora nadie viene a verme”, dice resignado, mientras su mujer remata: “Nos mantenemos con mi pensión por enfermedad”. Los 10 integrantes de la familia cuentan además con el ingreso por el alquiler de dos pequeños locales comerciales ubicados junto a la casa de los padres de Elson Vukatanen, el chico asesinado.
Aunque la casa es el único lugar seguro, el hecho de que ambas familias sean vecinas del mismo barrio aumenta la tensión. “Nos llaman por teléfono y no responden, nos han cortado la luz en un par de ocasiones y hasta han agujereado las paredes que rodean la casa”, se lamenta Lumturi, mientras sirve una copa de rakjia, el licor que nunca falta en el hogar albanés.
“Para los albaneses de las montañas, la cadena de la sangre y los grados de parentesco se prolongan hasta el infinito” (artículo 134, Kanun de Lek Dukagjini)
Durante las cuatro décadas del régimen comunista de Enver Hoxha, el más aislado y severo de Europa, “la aplicación del código fue prohibida y se condenó a quienes lo utilizaran como enemigos del partido y de Albania”, afirma Luigj Mila, secretario general de la asociación Justicia y Paz. A principios de los noventa, con la vuelta a la democracia, la falta de autoridad institucional provocó que los albaneses volvieran a acudir a los artículos del Kanun. Con la guerra civil de 1997, a raíz del derrumbe de las pirámides financieras que colapsó el país, el código recobró aún más importancia en la sociedad. “El Kanun quedó en el congelador, pero el pueblo no lo olvidó. Lo ha reciclado y devuelto a la vida para resolver los problemas que surgieron por el vacío legal”, agrega Mila.

Decenas de familias albanesas amenazadas viven encerradas en sus casas. El Kanun impide la venganza en los hogares
Muchos casos que habían sido enterrados durante el comunismo fueron desempolvados y las venganzas se volvieron actuales. “La sangre no se vuelve agua, no se diluye con el tiempo”, explica Mila, cuya organización se dedica a estudiar y a buscar soluciones institucionales al problema. “Que yo sepa, la venganza más larga fue de 80 años y se resolvió con un asesinato. Un militar robó un higo y el dueño del árbol lo mató. Su familia lo vengó 80 años después. Si no te olvidas del enemigo, ya lo estás matando”.
Según un estudio realizado por Justicia y Paz junto a Cáritas, entre 2006 y 2008 solo en el distrito de Shkoder hubo 45 homicidios por venganza de sangre. Actualmente hay 138 familias autoaisladas en Albania, 84 de las cuales están en la ciudad de Shkoder.
Sin embargo, las estadísticas de los casos afectados varían sensiblemente según las fuentes.
Las oficiales buscan silenciar el problema, ya que la eliminación del código es un requisito indispensable para el ingreso de Albania en la UE. El informe de Philip Alston para la ONU de 2009 hace referencia a las cifras estatales que sostienen una disminución de los asesinatos desde 45 en 1998 a un solo caso en 2009, mientras que estiman el número de familias aisladas entre 124 y 133. Este informe justifica las bajas cifras debido a la reforma del Código Penal, según la cual la venganza de sangre entra en la categoría de delitos sin especificar.


El anciano Ejup Kola, patriarca de la familia. / JERÓNIMO GIORGI
A las carencias técnicas y metodológicas de los cálculos estadísticos se suma además que las familias que amenazan con vengarse lo hacen de manera sutil, sin infringir la ley, mientras que las familias amenazadas no suelen denunciar por temor a afectar el proceso de reconciliación.
Por esta razón, el dosier del Congreso de los Misioneros de la Reconciliación de 2009, una organización que se dedica a la mediación entre familias, considera que desde 1991 han muerto 9.800 personas a causa de la venganza de sangre y estima que en 2009 había 1.450 familias y 800 niños aislados.
Esto deja a la vista lo que confirma el estudio de la ONU: que muchas familias involucradas en disputas no ven al Estado como garante de justicia. La condena de cárcel de un asesino no satisface la concepción de la justicia para los albaneses, una justicia que requiere la restauración de la “sangre perdida” a través de la venganza o de una reconciliación formal.
“El mediador de sangre es quien se esfuerza por inducir a la familia del asesinado a reconciliarse con la del asesino” (artículo 134, Kanun de Lek Dukagjini)
La mediación entre las familias en conflicto puede llevarse a cabo solo a través de autoridades reconocidas tradicionalmente, como el mediador yel bajraktari, que oficializa la reconciliación. Alexander Kola (sin conexión familiar con los Kola bajo amenaza de venganza) ha sido mediador durante los últimos 20 años y es el coordinador para el norte de Albania del Consejo de Mediación de Conflictos. “Cuando dos familias quieren reconciliarse, no lo hacen nunca sin la intervención de un mediador”, explica Kola. En 1996 reconcilió a dos familias que llevaban 83 años en conflicto. “No hay un espacio de tiempo definido, pueden pasar tanto seis meses como seis años”.
En la mayoría de los casos son los amenazados quienes se acercan a pedir la mediación, nunca antes de los seis meses porque la familia está de luto. “Se necesita que el difunto descanse en paz por un tiempo”. Además de la búsqueda del perdón, el objetivo de la mediación es liberar a la familia del asesinado del deber de vengarse. Si bien resulta una tarea complicada, el oficio del mediador no comporta una remuneración. Sin embargo, la familia perdonada generalmente se siente obligada a brindar una compensación económica. “La recompensa por el trabajo es el reconocimiento de Dios”, concluye Kola. Aunque la reconciliación es llevada adelante por el mediador, el proceso tiene que ser oficializado por un bajraktari, figura tradicional prestigiosa de la sociedad albanesa que se hereda del padre al primogénito.

El código, que solo permite ejecutar a los varones, deja una salida: que un mediador logre el perdón
Sokol Delja, un bajraktari de 78 años, vive en una modesta casa de madera junto a su numerosa familia, aislado en un valle incrustado entre las montañas de Tropoje, en el norte de Albania, donde nació el Kanun. Cuando tenía 2 años, su padre fue asesinado, y a los 17 se reconcilió con la familia del asesino. “Sufrimos mucho, pero el tiempo te hace aprender”, dice con la mirada fija en las grietas de los antiguos tablones de madera. “Cuando interiorizas el dolor, puedes reconocer el dolor de los demás”.
Sentado al borde de su cama, vestido con un pijama y una americana, Delja exhibe orgulloso los certificados que registran los más de cien casos resueltos a lo largo de su vida. “Para acercarse a una familia, tienes que conocerla y hablarle dulce, dulce, dulce como la miel”, dice, y una sonrisa le dibuja las arrugas esculpidas por la dureza de la vida en la montaña.
La mediación culmina con el “banquete de la sangre”, una reunión en casa de la familia amenazada de venganza, entre los hombres de ambos clanes. El bajraktari pincha el dedo meñique de los dos jefes de familia. Sobre la gota de sangre pone un grano de azúcar, y cada uno debe lamer el dedo del otro. El jefe de la familia que perdona proclama: “Te perdono la sangre”. Y finalmente todos comparten un trozo de pan de harina de maíz, el pan de la reconciliación.
A pesar de que ninguna mediación se puede llevar a cabo sin tener en cuenta el Kanun, Delja lamenta que “la gente ya no conoce el código y la sociedad actual aplica lo que le conviene”. En los últimos años, las normas han sido tergiversadas y utilizadas para justificar crímenes corrientes. “Nosotros al Kanun le hemos dado una patada, y hoy no se respeta ni el Kanun ni la ley”, añade con resignación.
“Enviar un mediador y pedir la tregua es un derecho” (artículo 122, Kanun de Lek Dukagjini)
“No han querido ni siquiera hablar del tema”, resuena el lamento de Ejup Kola dentro de las cuatro paredes de su casa. “Hemos enviado cinco veces al mediador, pero no han aceptado ningún acuerdo”, agrega. A pesar de que la familia Kola mantenía una relación amistosa con los Vukatanen y de que Ejup había mediado en favor de esa familia en dos ocasiones, el conflicto parece no tener solución en el futuro cercano. Sin su perdón, los Kola saben que no recuperarán el honor que les devolvería la libertad.
Las agujas del reloj que cuelga de una pared del salón giran indiferentes, mientras el tiempo para los Kola sigue detenido en aquella tarde de verano de 2010. “Estamos bajo amenaza de venganza de sangre, pero aún no estamos muertos”, asevera Bardhyl mientras coge a su hijo en brazos. Sin embargo, su padre sentencia: “No nos van a perdonar”.