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miércoles, 6 de agosto de 2014

PRENSA. "Dacca, donde la vida es una batalla"

   En "El País":

Dacca, donde la vida es una batalla

La capital de Bangladesh es uno de los peores lugares para vivir, según The Economist

La OMS alerta de que también es una de las ciudades más contaminadas del mundo


Unos niños asisten a la escuela en el distrito de Shahbag, en Dacca. / LUIS TATO
El estridente sonido de los claxon y la llamada a la oración se funden con el aire pesado que envuelve a Dacca, la llamada "ciudad de las mezquitas", situada a orillas del río Buriganga. A su paso por la capital de Bangladesh, y debido a la contaminación química, el cauce fluvial escupe burbujas que incesantemente ascienden a la superficie bajo la frenética actividad de las embarcaciones que cruzan esta herida abierta en la ciudad. Biológicamente moribundo, el río lucha contra los más de 60.000 metros cúbicos de desechos tóxicos que Dacca le proporciona diariamente, mientras centenares de personas viven en embarcaciones sobre su caudal y más de cuatro millones se ven expuestas de manera directa al riesgo que representa la intensa contaminación del agua.
Con más de quince millones de habitantes en apenas 815 kilómetros cuadrados, Dacca es una de las ciudades con mayor densidad de población del mundo, cifra que se incrementa en más de 400.000 personas anuales debido al intenso éxodo rural que está experimentando el país. Según la Unidad de Inteligencia de la revista The Economist, también se trata de uno de los peores lugares para vivir en el mundo. Familias enteras se ven obligadas a abandonar sus hogares en las áreas rurales donde han desarrollado su actividad durante generaciones. "Prefiero la vida rural, pero no he tenido otra opción que venir a Dacca para trabajar. Éste es mi destino y no importa lo que sienta" asegura Rubel, mientras espera impaciente la llegada de algún cliente que suba al rickshaw sobre el que pedalea doce horas diarias para sobrevivir.
La gran mayoría de estos migrantes llegan a la capital buscando un futuro digno que nunca aparece, y allí acaban viviendo en los denominados slums —barrios de chabolas, infraviviendas o asentamientos informales— en los que habita más del 25% de la población de la ciudad. Según la Organización Internacional para las Migraciones, alrededor del 70% de los habitantes de estas barriadas se han visto obligados a moverse a la capital bangladesí tras experimentar problemas de tipo medioambiental derivados del cambio climático que afectaban a su supervivencia. Además, se espera que este éxodo rural continúe creciendo ya que Bangladesh apenas se levanta varios metros sobre el nivel del mar. A finales de siglo, más de un cuarto del país se encontrará inundado y más de 15 millones de desplazados como resultado, según el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático.
Este crecimiento exponencial de la población se perfila como uno de los principales retos a los que se enfrentan Dacca y sus habitantes. La débil infraestructura de la ciudad se ve marcada por este fenómeno de expansión que está impulsando un auténtico boom de la construcción y que deja a su paso miles de edificios a medio construir, sueños rotos de cemento que coronan el skyline de esta capital asiática, alimentados por los centenares de rudimentarias fábricas de ladrillo que, situados en el cinturón industrial, producen sin descanso el 40% de las partículas en suspensión que ensucian el aire de la ciudad. Un aire que, según la Fundación Intervida, causa una media de 15.000 muertes prematuras anuales por cáncer y enfermedades cardiopulmonares en la que ya es señalada como una de las ciudades más contaminadas del planeta. Muchos de estos edificios no han sido terminados, sin embargo sus plantas se encuentran repletas de negocios o fábricas textiles.
El altísimo índice de corrupción institucionalizado que prolifera gracias a la clase política y las élites dominantes no ayuda a paliar esta problemática. El colapso del edificio Rana Plaza, en el distrito de Savar, estremeció al mundo el 24 de abril de 2013 cuando 1.138 personas perdieron la vida y más de dos mil resultaron heridas. La construcción contenía talleres textiles y pequeños establecimientos, y se derrumbó durante la hora punta de la mañana. El dueño del edificio, un cacique dirigente de la gobernante Liga Awami, así como varios propietarios de fábricas y técnicos municipales fueron detenidos y acusados de negligencia y construcción ilegal.
El simbolismo que encierra el desastre del Rana Plaza apela a la reflexión ya que más de cuatro millones de personas en Bangladesh trabajan en el sector textil, la gran mayoría de ellas en la capital y sus alrededores y un 80%, mujeres. "La enfermedad de mi marido cambió mi suerte y me trajo al taller. Él ya no puede trabajar" afirma Maleka con entereza. Ella proviene de la provincia rural de Bhola, y debido a las dificultades para encontrar trabajo en su aldea tuvo que desplazarse a la ciudad para poder mantener a su familia. Allí cose pantalones deportivos de la marca inglesa Umbro por un sueldo de setenta euros al mes, marcado por las horas extra y un extenuante ritmo de trabajo.
"Son chicos de familias pobres que vienen de las aldeas. Difícilmente tendrán otra oportunidad, por eso les enseñamos a coser" asevera Mohammed, un joven maestro de taller de 32 años que comenzó a trabajar desde niño y ahora señala al pequeño Faruk, que con tal solo ocho ya levanta sus ojos por detrás de la maquina de coser en la que suele pasar unas diez horas al día. Sus pequeños dedos se divierten con el hilo evocando a los juegos que llevaba a cabo en su aldea con el resto de sus amigos, pero tiene claro que esas épocas han terminado y que su presente realidad pasa por trabajar en el taller de la décimo segunda planta de un monstruo de hormigón. Hace unos meses que la insostenible vida rural desplazó a la ciudad a su familia, y ha tenido que empezar a producir para aportar a la economía familiar.
"Espero que mis hijas no tengan este futuro, pero para nosotros es una realidad cotidiana, no tenemos mucho más a que aspirar" cuenta otro de los jóvenes presentes en el taller, consciente de que sus condiciones de trabajo no son buenas y envuelto en el temor a que la tragedia se vuelva a repetir. Bangladesh es un país impulsado por la fuerza de trabajo de sus habitantes, que en su gran mayoría trabajan jornadas de cuarenta horas semanales por el sueldo más bajo del planeta, unos treinta y ocho euros al mes.

Bangladesh tiene uno de los sueldos mínimos más bajos del planeta: unos 38 euros al mes
Mientras tanto, la calidad de la atención médica no crece al ritmo que la población de la ciudad, que cuenta con un doctor por cada 3.200 habitantes y se ha visto salpicada por escandalosos casos de corrupción en el sistema de salud pública. Para intentar paliar dichos huecos nacen propuestas como el Centro de Rehabilitación de Savar (CRP) que, fundado en 1979 por la fisioterapeuta británica Valerie Taylor, intenta ofrecer rehabilitación física y psicológica a personas que han sufrido accidentes de diverso carácter. Allí se recupera Shimul Hossein, un huérfano que con diez años ha perdido su mano y piernas derechas tras caer del techo de un vagón en el que viajaba cuando se desplazaba a Kamalapur, la estación central de la ciudad. "Viajaba encima del tren porque así consigo moverme sin billete. Quería visitar a mi abuela y no tengo dinero para pagarlo" declara Hossein con la inocencia que el accidente no le ha conseguido arrebatar a pesar de no recibir ninguna ayuda o compensación por lo ocurrido. Sucesos como este son una constante en un sistema de transporte totalmente saturado por la potente demanda de un espacio urbano superpoblado.
Uno de los problemas más comunes de Dacca es el tráfico. Las calles de la ciudad son el retrato más representativo del caos que se desarrolla en esta capital y en sus embotellamientos se dibuja un laberinto sin salida. Los miles de vehículos de tracción humana se funden con camiones, coches o autobuses públicos, encerrando a las personas en cotidianos atascos que pueden llegar a durar horas. La mayoría de dichos autobuses son antigua chatarra traída de de China o Japón, y muchos de los conductores no cuentan con permiso de conducir.
El calor y las inundaciones durante la época del monzón solo consiguen que la situación empeore en una ciudad que no deja de mostrar fuertes carencias de servicios e infraestructura. La tasa de accidentes de tráfico supera por diez a la de ciudades occidentales, siendo los peatones y los pasajeros de vehículos no motorizados las víctimas más comunes. Azizur Rahman tiene veinticinco años y trabaja como técnico junior en la creación de prótesis para discapacitados tras ser víctima de un accidente de trafico que le llevo a perder sus dos piernas. El conductor del camión que lo atropelló fue identificado pero solo tuvo que pagar una indemnización económica equivalente a unos noventa euros. En Bangladesh la ley es difícil y flexible, y en muchos casos juega en contra de las víctimas.


Un niño recicla material para su venta. / LUIS TATO
Dacca una ciudad dura para quien no puede valerse por si mismo, sus arduas condiciones se tornan más complicadas para los menos afortunados. Asma Bibi es una anciana que mendiga cerca de su casa en la zona de Hazaribagh, un barrio industrial de curtidurías que ha sido nombrado como el quinto punto más contaminado del planeta. Asma se encuentra sola desde hace años debido a la muerte de su marido y su avanzada edad no le permite nada más que mendigar. "Soy demasiado anciana para trabajar y solo puedo comer de la limosna" manifiesta con una débil voz rasgada por su longevidad. Dice superar los cien años aunque acepta no recordar una cifra exacta; su edad es un misterio como el de la mayoría de personas que provienen de áreas rurales o habitantes de slums que no suelen ser registrados al nacer. En Bangladesh es casi imposible que un trabajador promedio llegue a tener una pensión, muchos ancianos o discapacitados viven gracias al apoyo de hijos o familiares, pero lamentablemente muchos corren la misma suerte que Asma Bibi y no cuentan con una red que les proteja.
Y es que las redes que tejen las comunidades son, a menudo, el único punto de apoyo para los habitantes de la ciudad. Korail es el mayor exponente de esta realidad, el barrio de chabolas más grande del país convertido en hogar miles de trabajadoras del textil, porteadores o conductores de rickshaw. Rodeado por lagos entre los dos barrios más ricos de la ciudad se levanta como una isla de pobreza en la zona más lujosa de la ciudad.
Desde hace ocho años el gobierno intenta desahuciar a las personas que allí residen y en 2012 los desahucios se hicieron inminentes cuando se inicio la demolición de muchas de las casas del barrio. La presión popular, sin embargo, llevó a que se detuviera el desalojo que hubiera dejado en la calle a más de 20.000 familias. La mayoría de mercados, escuelas y servicios que existen en la barriada son producto del esfuerzo de la propia comunidad, por lo que un desahucio no solo dejaría a estas personas sin hogar sino que dividiría los lazos y estructuras comunales que han ido formando. Jakir Hossein dice llevar muchos años en Korail y asegura estar preparado si lo desahucian, mostrando un rotundo escepticismo ante las promesas políticas sobre la reubicación de los habitantes del lugar. "No nos interesan las políticas del gobierno, cuando nos afectan es solo para peor".
Individuos, colectivos y ONG luchan por dignificar la realidad de las personas que subsisten en una de las "peores ciudades del mundo para vivir", creando programas de empoderamiento para mujeres, asistencia a los ancianos, improvisadas escuelas callejeras o redes de colaboración vecinal en la construcción de nuevos hogares. Un esfuerzo que la comunidad realiza para arrojar un poco de luz al futuro de niños como Faruk, que juguetea con el hilo mientras cose las prendas que vestimos.

lunes, 6 de mayo de 2013

PRENSA. "Telares en las mazmorras". Reportaje

Fábricas de telas de las afueras de Dacca / Z. ALDAMA ("El país")

   En "El País":

Telares en las mazmorras

EL PAÍS accede al primer eslabón de la industria textil de Bangladesh, lúgubres fábricas de telas con terribles condiciones laborales

 Dacca 5 MAY 2013

Es imposible competir con la fealdad de Dacca. La capital de Bangladesh es el caos hecho ciudad, un amasijo de edificios inacabados, amontonados sin plan urbanístico alguno, que tratan de cobijar a unos 14 millones de habitantes. Solo la mitad son residentes oficiales. El resto ha llegado, procedente de los cuatro puntos cardinales de uno de los países más pobres del planeta, con la esperanza de darle un mordisco al 6% de crecimiento económico, un porcentaje que llena de orgullo al Gobierno y que convierte a la antigua Pakistán Oriental en uno de los ejemplos más exitosos del milagro económico del subcontinente indio.
Pero a los emigrantes rurales no se les encuentra en los relucientes centros comerciales que sirven de oasis de tranquilidad a la emergente clase media. No, hay que bregar con un tráfico imposible durante al menos una hora para dar con ellos en el cinturón industrial de Ashulia. Allí, cientos de miles de personas cuecen ladrillos con técnicas propias de la Edad Media, dan forma a pucheros, pegan suelas de zapato y, los más afortunados, tejen prendas de vestir en alguna de las innumerables fábricas que componen la Zona de Procesamiento de Exportaciones (EPZ, en sus siglas en inglés), escenario de las mayores tragedias de la industria textil del país.
Por 54 horas de trabajo a la semana, y siempre bajo la amenaza de derrumbes como el del Rana Plaza —más de 430 muertos— o incendios como el de Tazreen Fashions, con 110 fallecidos, la mayoría de los trabajadores cobra el salario mínimo más bajo del planeta: 3.000 takas (algo menos de 30 euros) al mes. No obstante, como apunta Jesmin, una joven que ha estado empleada tanto dentro como fuera de la EPZ, “aunque no existen medidas de seguridad adecuadas y muchas veces no se abonan las horas extra ni se conceden bajas por maternidad, todo el mundo quiere trabajar allí porque las condiciones laborales son mucho mejores”.

Abrimos la puerta para no asfixiarnos. Lo peor es en la temporada de lluvias, no hay forma de impedir que entre agua
No en vano, de las EPZ —creadas en los ochenta para impulsar las exportaciones, disparar el crecimiento económico y crear empleo en barrios deprimidos— sale gran parte de la producción textil del país, ya la segunda en el mundo. El sector aporta en torno al 80% de los productos que Bangladesh exporta —casi 20.000 millones de euros—, y emplea a tres millones de personas en unas 4.500 fábricas.
“El empresario los fija en base a piezas por hora. Saben que ningún humano podría cumplirlos, pero da igual. Para llegar al cupo tenemos que trabajar dos o tres horas extra al día sin cobrar”, asegura Moni, empleada en Inmaculate. “Cada vez hay más presión de los clientes extranjeros para cumplir códigos de conducta que reducen los márgenes de beneficio”, reconoce Hashi, que cobra 3.500 takas (33 euros) en vez de los 4.200 takas que le corresponden por el nuevo baremo, y que ha llegado a trabajar tres meses sin un día de descanso y 15 noches seguidas en temporada alta. “Por eso, el peor trabajo se subcontrata a talleres a los que jamás ha ido un inspector”.
Lo sabe bien Ahmed R., un adolescente de 13 años que opera un vetusto telar en un cobertizo de uralita. Hay que alejarse varios kilómetros más del centro para dar con estos talleres, que nunca aparecen en los medios de comunicación y que, sin embargo, sufren condiciones laborales mucho peores. “Aquí producimos telas que, muchas veces, acaban en la EPZ y llegan a Europa y América ya confeccionadas”, reconoce el propietario, quien teme represalias, bajo condición de anonimato. “Muchos empresarios bangladesíes mienten sobre el origen del material”.
Ahmed y sus compañeros de trabajo, algunos niños de 12 años, son los subcontratados de los subcontratados, el último eslabón de una cadena que acaba en los escaparates de todo el mundo. La mayoría no ha oído hablar jamás de la responsabilidad corporativa de las grandes multinacionales que, de forma indirecta, acaban utilizando sus productos. “Muy pocas empresas controlan toda la cadena de producción”, reconoce Nazma Akter, presidenta de la Federación Textil Sommilito. “La presión ha conseguido que se realicen auditorías en las fábricas de las que sale el producto final para evitar la pésima publicidad de tragedias como la de Spectrum [que producía para Inditex y cuyo edificio se desmoronó provocando 64 muertos], pero pocos van más allá”.
La propia Inditex, que respondió a EL PAÍS a través de una dirección genérica de correo electrónico, reconoce que no era consciente de que allí se fabricara material para el principal grupo textil español. “Había recibido de un proveedor del grupo —sin nuestro conocimiento y, por tanto, sin nuestra autorización— una única orden de trabajo de 2.000 unidades”.


El pequeño Ahmed R. junto al telar en el que trabaja. / Z. ALDAMA
Otras marcas internacionales han tenido problemas similares, muchas veces por culpa de la opacidad de sus socios locales. “Las compañías extranjeras tienen gran responsabilidad, pero muchas veces los empresarios bangladesíes faltan a sus promesas y subcontratan sin dar cuenta a nadie”, apunta Amirul Haque Amin, presidente de la Federación Nacional de Trabajadores del Textil de Bangladesh.
Poco importan esos tejemanejes en la fábrica en la que trabaja Ahmed. En el interior, el tremendo golpeteo de las máquinas impide oír siquiera los propios pensamientos, y el adolescente ríe con ganas cuando se le pregunta si tiene protección para sus tímpanos. Apunta con su dedo índice a los pies descalzos, y asegura que lo que le preocupan son las agujas que se caen. Trabaja una media de 11 horas al día, y tiene suerte si le pagan a tiempo los 75 takas (unos 70 céntimos de euro) que gana por jornada. “No es mucho, pero ayudo a mantener a la familia”, asegura con orgullo indisimulado mientras posa en jarras frente a la máquina que opera.
La uralita del techo y las planchas de metal de las paredes convierten el lugar en un horno insufrible, pero el centenar de hombres que maneja la maquinaria parece no acusar el calor. La única corriente de aire que circula, y que levanta una fina capa de polvo que provoca estornudos constantes, es la que se cuela por las rendijas que ha dejado una construcción chapucera. “Y la puerta, que tenemos abierta para no asfixiarnos. Lo peor es en la temporada de lluvias, cuando no hay forma de impedir que entre agua”, comenta uno de los trabajadores, que, sin embargo, relativiza su trabajo. “Peor están los que fabrican ladrillos o trabajan el campo”.
El capataz de la fábrica reconoce que la situación no es ideal. “No nado en la abundancia, como los empresarios de la EPZ. Tengo problemas para pagar a los empleados porque mis clientes me abonan los pedidos tarde y mal. Al final, lo único que importa son el precio, la calidad y las fechas de entrega. No cómo se produzca”.