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lunes, 26 de enero de 2015

PRENSA. Sobre la Mezquita. "La oportunidad perdida de Córdoba"

   En "El País":

La oportunidad perdida de Córdoba

Expertos de varios países contemplan con estupefacción los intentos de minimizar el pasado islámico de la mezquita y creen que la ciudad debería explotar su historia sin conflictos


Mezquita Catedral de Córdoba, este pasado jueves. / JUAN MANUEL VACAS (EL PAÍS)

Hay lugares donde la arqueología y la historia no sirven para interpretar el pasado, sino que se utilizan para leer el presente y acaban transformándose en arma arrojadiza. En los últimos años, con una intensificación creciente, Córdoba se ha convertido en uno ellos. Los movimientos de la Iglesia para tratar de minimizar el pasado islámico de la antigua mezquita de la ciudad andaluza, la más importante de Occidente y Patrimonio de la Humanidad de la Unesco, que el Cabildo Catedralicio ha pasado a denominar catedral a secas, despiertan la perplejidad e incluso la tristeza de muchos historiadores, que ven como la ciudad está perdiendo una oportunidad para convertirse en un polo de diálogo entre religiones en un momento en que es más necesario que nunca. Mientras que entre muchos académicos cordobeses impera la prudencia, o incluso el silencio, porque aseguran que no quieren alimentar la polémica, desde diferentes universidades de Estados y Europa impera el estupor ante una cuestión que se considera científicamente cerrada.
“Podríamos imaginar que este monumento, que fue musulmán y luego una catedral, sirviese como punto de encuentro, de diálogo”, afirma por teléfono el historiador francés Pierre Guichard, cuyos libros en los años setenta abrieron muchos caminos en el conocimiento de la España islámica. “Asisto a esta polémica como espectador estupefacto”, señala por su parte Desiderio Vaquerizo en una cafetería situada justo enfrente del templo. Catedrático de arqueología, cordobés de adopción, es uno de los grandes expertos en la historia de la ciudad. Asegura no querer entrar en un debate que considera “estéril”. Preguntado sobre si esta polémica representa una oportunidad perdida para la ciudad, el catedrático de Arqueología de la Universidad de Córdoba, Carlos Márquez, responde: “Este es el drama de esta ciudad”. “¿No tendría más sentido en vez de pelearnos por la propiedad del edificio investigar y tratar de conocer? El patrimonio de Córdoba es una fortuna que no luce por estos problemas voluntariamente generados por las instituciones”.
Una mañana de enero, grupos de visitantes de todo el mundo se suceden en el patio de los naranjos de la mezquita. Proliferan los inevitables palos para hacerse selfies, las banderas para reunir a los miembros del grupo, las conversaciones en voz alta en muchos idiomas, como en cualquier otro lugar emblemático para el turismo mundial, ya sea el foro romano, el Museo del Louvre o la plaza de San Marcos en Venecia. De repente, se oye la llamada a la oración de muecín. No es una alucinación: a unas decenas de metros existe una mezquita en activo, construida con ayuda de la cooperación turca. La fuerza de atracción de Córdoba es enorme, como destacó el propio presidente de Estados Unidos Barack Obama en su discurso de El Cairo de 2009, cuando se refirió a la ciudad andaluza y afirmó que “el islam tiene una orgullosa tradición de tolerancia”. Muchos historiadores ponen ahora en duda que la tolerancia bajo los Omeyas fuese tan idílica como se ha dibujado –esta idea surge sobre todo de la comparación con lo que vino después, Inquisición, expulsión de judíos y moriscos–. Como asegura el historiador británico Tom Holland, autor de Milenio. El fin del mundo y el origen del cristianismo (Planeta), “el Califato en España fue un proyecto imperial y a los judíos y cristianos se les concedió una cierta tolerancia a cambio de un sumiso reconocimiento de su inferioridad”. Sin embargo, nadie pone en duda la atracción universal que ejerce el pasado islámico de la ciudad.
Pero, cuando se entra en el recinto, cuya gestión está controlada por el Calbildo de Córdoba, nada recuerda su origen. La denominación actual, en Internet y también en el propio templo, es “Catedral de Córdoba”. En un cartel situado junto a la entrada puede leerse en siete idiomas, incluido el árabe, que “todo el edificio fue consagrado como iglesia madre en el año 1236”. “En este bello y grandioso templo, desde entonces y sin faltar un solo día, el Cabildo celebra el culto solemne y la comunidad cristiana se reúne para celebrar la palabra de Dios”. La mezquita que construyeron los Omeyas durante dos siglos y medio, entre 785 y finales del siglo X, todo lo que ha convertido a este edificio en un clásico universal, ha desaparecido. En todo el recinto se insiste en que primero existió la basílica cristiana de San Vicente, que legitima la denominación actual de Catedral. Ningún experto discute que en los cimientos hay restos anteriores, aunque algunos estudiosos aseguran que no está demostrado que su uso fuese religioso.

Podríamos imaginar que este monumento, que fue musulmán y luego una catedral, sirviese como punto de encuentro, de diálogo
El folleto explicativo que se ofrece al visitante al entrar mantiene que luego se produjo “la intervención islámica”; pero que, en 1236 con la conquista de Fernando III, se recuperó “un espacio sagrado al que se había impuesto la presencia de una fe ajena a la experiencia cristiana". Muy pocos historiadores subscribirían este relato de los hechos, que se ha ido radicalizando con los años: en el folleto de 1981 se llamaba Mezquita-Catedral y en el de 1998 Santa Iglesia Catedral (antigua Mezquita).
“Decidir llamar a la mezquita solamente catedral es ignorar el pasado de forma deliberada”, asegura el escritor y periodista británico Matt Carr, autor de un importante libro sobre la expulsión de los moriscos, Blood and faith: the purging of muslim Spain (Sangre y fe, la purga de la España musulmana). El investigador del CSIC, Eduardo Manzano Moreno, autor de obras como Conquistadores, emires y califas. Los Omeyas y la formación de Al-Ándalus (Crítica), se muestra rotundo: “El Cabildo se ha apropiado de un edificio que es una máquina de hacer dinero y está secuestrando y dictando cuál va a ser su memoria. El Cabildo dice que es su casa, pero es un edificio Patrimonio de la Humanidad, que es de todos. Es especialmente grave porque hay un número creciente de turistas que provienen de países islámicos, que quieren ver un edificio emblemático. Deberíamos estar en todo lo contrario, deberíamos buscar puentes”. “No tiene sentido que se borre su nombre de mezquita, porque sin mezquita no habría catedral, arquitectónicamente hablando”, explica la profesora de la Universidad Complutense Susana Clavo Capilla, autora de libros como Las mezquitas de Al-Andalus o Urbanismo en la Córdoba islámica. “Incluso los documentos medievales suelen recordar el pasado islámico de las iglesias. Así que, con más razón en pleno siglo XXI. Porque aunque el edificio tiene un uso religioso, católico, que no se discute, su verdadero valor reside en su belleza, su gran antigüedad y su excelente estado de conservación, razón por la cual es un monumento único”. Como escribió Antonio Muñoz Molina en Córdoba de los omeyas: “La catedral es un prolijo establecimiento religioso. La mezquita es un espacio sagrado”.

Decidir llamar a la mezquita solamente catedral es ignorar el pasado de forma deliberada
Un portavoz del Cabildo, José Juan Jiménez Güeto, afirma que “al contrario de lo que se viene afirmando, el Cabildo no ha borrado la huella islámica del monumento tal y como se puede comprobar si se visita y tampoco ha borrado la palabra mezquita de los materiales promocionales. Es más, la palabra ‘mezquita’ aparece en 23 ocasiones en la página web y en 6 en el folleto”. “En cualquier caso, quiero señalar que para nosotros la denominación del templo no es lo más importante. Hay quien la llama Mezquita, otros Mezquita Catedral y otros Catedral, sin embargo, para la Iglesia lo más importante es que el templo se cuide y se conserve de generación en generación durante muchos siglos más”, agrega.
Muchos expertos cordobeses consultados se muestran prudentes, aunque sí reconocen que el conflicto está haciendo daño a una ciudad a la que le gustaba definirse por una frase sólo aparentemente contradictoria: “Voy a misa a la mezquita”. El edificio simboliza el corazón del periodo Omeya en Al Andalus, que entre 756 y 1031 fue el estado más moderno, admirado y vanguardista de Occidente. De la Córdoba islámica, aunque después de que el esplendor de los Omeyas fuese enterrado por guerras civiles, surgieron figuras universales como el poeta Ibn Hazm (994-1064), que cantó la añoranza por el mundo perdido en su obra maestra, El collar de la paloma, y los filósofos y científicos árabe Averroes (1126-1198) y el judío Maimónides (1138-1204). “La influencia de la Córdoba del tercer califato, en el siglo X, sobre la ciencia, la matemática, la medicina, es gigantesca, eso nadie lo discute”, explica el catedrático de Historia Medieval de la Universidad Autónoma de Barcelona, José Enrique Ruiz Domènech. “Los conocimientos urbanísticos, estéticos, científicos, su aportación en la llegada indirecta de los grandes clásicos, eran seguidos por toda Europa”, agrega.

Sucesión de siglos

El primer emir Omeya de Córdoba Abderramán I comienza a construir la mezquita en 785 en el lugar que ocupaba una antigua basílica cristiana.
La mezquita vive tres ampliaciones hasta que cae la dinastía Omeya en el siglo XI.
Fernando III convierte el templo en catedral cuando conquista Córdoba, en el 1236, aunque apenas sufre alteraciones hasta los reyes católicos. En el siglo XVI se produce la mayor intervención con la construcción de la catedral.
La Unesco declara el edificio Patrimonio Mundial de la Humanidad en 1984 como Mezquita de Córdoba. En 1994, se amplía al Centro Histórico de Córdoba.
El Cabildo la inmatricula en 2006. En 2010, se produce un altercado tras un intento de rezo musulmán.
Consagrado como catedral, el templo se respetó durante siglos y sólo comenzó a tocarse bajo los reyes católicos. La mezquita vivió su primera gran transformación en el siglo XVI, cuando el obispo Alonso Manrique ordenó la construcción de una catedral en su interior. Esta decisión abrió un enfrentamiento con el corregidor Luis de la Cerda, que incluso llegó a condenar a muerte a cualquier artesano que tocase el edificio. Una de las calles que rodean la mezquita lleva su nombre. Tuvo que mediar el emperador Carlos V, quien autorizó las obras. La leyenda dice que, cuando visitó Córdoba posteriormente, afirmó: “Habéis tomado algo único y lo habéis convertido en mundano”. En cambio, en otros momentos, la actitud de la Iglesia fue la contraria. En 1974 y 1977, durante la celebración del primer y segundo congreso islámico-cristiano, el Cabildo permitió rezar el viernes a los delegados musulmanes en el interior del templo.
La Iglesia comienza a cambiar a partir de los años 2000 y los ánimos se encrespan en abril de 2010 con un intento de rezo musulmán dentro del recinto. El asunto se complicó todavía más cuando se descubrió que la Iglesia había inmatriculado en 2006 el templo a su nombre por 30 euros y se convirtió en la teórica propietaria legal (mientras no se presente un recurso) de un edificio que genera unos ingresos fabulosos: recibió 1,56 millones de visitantes en 2014. Aunque el Cabildo no hace públicas las cuentas, asegura que genera unos ingresos de nueve millones de euros. Cada entrada cuesta 8 euros y está libre de impuestos ya que se considera un donativo. Al final de la visita, otro folleto, titulado “La verdadera historia de la catedral”, trata de explicar ese movimiento jurídico, que sus críticos consideran la apropiación indebida de un bien público. Los argumentos principales son la existencia de un templo anterior, así como la consagración como iglesia cristiana en 1236. “¿Quizás teme la Iglesia que cualquier concesión al Islam en Córdoba pueda abrir las puertas a una nueva conquista musulmana? Irónicamente la mayoría de los ingresos provienen de que se trata de una mezquita, no de una catedral”, asegura el investigador Matt Carr.

No es un problema religioso, es un problema de gestión del patrimonio. Estamos reivindicado una forma de gestionar la herencia cultural
Miguel Santiago, profesor de biología y cristiano de base, es una de las figuras visibles de la Plataforma Mezquita-Catedral de Córdoba, que encabeza desde hace un año el movimiento ciudadano en contra de las intervenciones del Cabildo. “No es un problema religioso, es un problema de gestión del patrimonio. Estamos reivindicado una forma de gestionar la herencia cultural”, explica. María del Mar Villafranca, historiadora, experta en patrimonio y actual directora del Patronato de la Alhambra, se pronuncia en un sentido muy parecido: “El derecho catastral es diferente del derecho del patrimonio: los bienes culturales son públicos, son comunes. La mezquita debe de ser un bien público y tratado como tal. Eliminar la palabra mezquita es un error, los valores que reconoció la Unesco son precisamente eso, la unión de culturas”. El arqueólogo Antonio Vallejo, que fue responsable del yacimiento Omeya de Medina Azhara, afirma por su parte: “Mi opinión es que debería implantarse un modelo de gestión profesional. No hay un problema turístico, hay un problema cultural. La gestión a través de un patronato formado por diferentes actores, como en la Alhambra o Altamira, sería una buena solución”.

España debería reconsiderar seriamente cuál es su relación con el legado histórico andalusí. Y debería hacerlo con rigor y amplitud de miras. Se oscila entre los fastos aparatosos y el olvido y la dejadez
Durante un recorrido por el templo, Miguel Santiago muestra una admiración sin límites por el edificio, no sólo por la mezquita original, por el inolvidable bosque de columnas, por el Mihrab, una de las joyas del arte islámico, sino también por la catedral que se insertó en su interior. Conoce cada detalle y describe cómo se han ido multiplicando a lo largo de los años los símbolos católicos en todos los rincones del templo. Y cree que alguien debería plantearse si la figura de Santiago Matamoros, emplazada desde el XVIII junto al altar, es la más adecuada para representar el pensamiento de la Iglesia en pleno siglo XXI. “Venimos aquí tres veces a la semana y siempre nos emocionamos”. Quienes hablan son Gabriel Rebollo y Sebastián Herrero que, junto a Gabriel Ruiz Cabrero, son los arquitectos encargados del mantenimiento del edificio. Como Santiago, conciben el recinto como un todo. “Es un edificio construido durante 1200 años, es una única obra de arte”, asegura Rebollo. Y Herrero puntualiza: “Incluso más, no podemos olvidar que muchas columnas y capiteles son romanos reutilizados por los constructores árabes”. Ellos también creen que la polémica es “inútil y tremendamente triste”. “No entendemos lo que está pasando, pero creemos que el edificio es tan poderoso que puede con todo”, aseguran bajo la luz invernal en el patio de los naranjos.


Imagen del II Congreso Islámico-Cristiano celebrado en la Mezquita de Córdoba en 1977.
Sin embargo, otros expertos consideran que no se trata sólo de un conflicto en torno a un nombre, ni siquiera de un enfrentamiento por el control de un edificio tremendamente rentable. Creen que refleja un profundo e inagotable problema de la relación de España con Al Andalus y, yendo más lejos, de la relación de Occidente con el Islam. “La relación de los españoles con el pasado musulmán es una historia larga y muy emocional, en la cual, durante siglos, la identificación de España con la cultura católica marco a los musulmanes y a los judíos con el signo de la alteridad”, asegura la experta en historia religiosa de España Isabelle Poutrin, profesora de la Universidad París Este Créteil y autora de Convertir les musulmans (1461-1609). Aunque cree que lo que ocurre en Córdoba es mucho más pedestre: “Me parece que la polémica, que veo a través de la prensa y desde Francia, tiene más que ver con un conflicto jurídico y económico que con un enfrentamiento ideológico”.
Otros estudiosos sí creen que es mucho más profunda y que se refleja en otros aspectos de la vida cultural. El profesor de estudios religiosos de la Universidad de Colorado, Brian A. Catlos, acaba de publicar Infidel Kings and Unholy Warriors, que relata los enfrentamientos en el Mediterráneo en torno al año 1000. Uno de los personajes que retrata es el Cid. Preguntado sobre la importancia que se concede a esta figura frente a Ibn Hazm, Averroes o Maimónides, responde: “Mientras la historia de España sea presentada como la lucha de los cristianos frente a elementos extranjeros, una figura como el Cid, un apuesto caballero que lucha por una causa (al menos en su versión mitificada), será considerada mucho más importante que la de cualquier filósofo infiel. Sin embargo, si se considera el legado de la España medieval en términos de su impacto en Occidente, incluyendo las culturas islámica, judía y cristiana, figuras como estas son infinitamente más importantes que alguien como el Cid, cuyo impacto histórico es trivial”. El investigador Eduardo Manzano Moreno afirma por su parte: “España debería reconsiderar seriamente cuál es su relación con el legado histórico andalusí. Y debería hacerlo con rigor y amplitud de miras. Se oscila entre los fastos aparatosos y el olvido y la dejadez. En cambio, falta la apreciación cotidiana. Obras de la importancia de El collar de la paloma de Ibn Hazm deberían ser de lectura obligatoria en las escuelas. Todo esto es una reflexión que deberíamos hacer pero que es literalmente imposible por el ruido continuo que existe sobre estos asuntos y que en muchos casos es provocado por la ignorancia más palmaria”.

miércoles, 4 de diciembre de 2013

PRENSA. "El gran error de la sumisión femenina". José Lázaro

José Lázaro

   En "El País":

El gran error de la sumisión femenina

El placer de dominar y ser dominado es en gran medida masculino

 3 DIC 2013

El arzobispo de Granada ha demostrado ser una de las mentes más audaces del cristianismo y ha tenido además la generosidad de hacer público su gran descubrimiento: que el secreto de la Iglesia católica (como el de todas las instituciones muy jerarquizadas) es la portentosa habilidad con que sabe manejar la fuerza erótica de la sumisión.
La importancia del tema rebasa el ámbito religioso: ya en el Discurso sobre la servidumbre voluntaria (1576) señaló La Boétie que lo malo no es que las masas se resignen a obedecer, sino que les encante someterse a la obediencia. Pero las consecuencias políticas de ello están relacionadas con otro plano: el de las conductas personales íntimas, en las que esas relaciones dominante-sumiso, según como se manejen, pueden causar el más cruel de los sufrimientos o el más voluptuoso de los placeres. Foucault exploró bastante el tema y fue precisamente en su investigación empírica sobre el segundo plano donde tuvo el “accidente laboral” que acabó con su vida.
Si solo conociésemos el título del librillo publicado en la editorial del arzobispo (Cásate y sé sumisa. Experiencia radical para mujeres sin miedo) probablemente pensaríamos que es una más entre las tropecientas imitaciones de Cincuenta sombras de Grey que inundan las librerías. Una rápida lectura de Cásate y sé sumisa (su texto, pedestre y repetitivo, no invita precisamente a una lectura detenida) deja claro que ambos libros son de ínfima calidad, pero muy significativos: han empezado a mostrar a las masas (sin asustarlas demasiado) el vínculo profundo que une a las instituciones autoritarias (como los colegios tradicionales, los cuarteles y las iglesias) con los placeres íntimos basados en el juego de la dominación-sumisión.
Cincuenta sombras de Grey es una novela de Corín Tellado con sal y pimienta para lectoras desinhibidas. Cásate y sé sumisa es un sermón católico disfrazado de best-seller americano y trufado de chistecitos caseros sobre pañales y galletas de chocolate. Pero ambos bodrios plantean en el fondo (sin que sus autoras lo adviertan, aunque sus lectoras lo intuyan) un asunto radical que apunta al núcleo mismo de la naturaleza humana: cómo la sumisión se transforma en fascinación, cómo el dolor cambia a placer, cómo la humillación se convierte en excitación.

'Cásate y sé sumisa' no es otra imitación de 'Cincuenta sombras de Grey', sino un sermón católico
No escasean los antecedentes ilustres (y casi todos cometen el mismo error: pensar que la tendencia a la sumisión es particularmente femenina). Juan de la Cruz (en Dichos de luz y amor)aconsejaba a las monjas: “Déjate enseñar, déjate mandar, déjate sujetar y despreciar y serás perfecta” (…) “Prontitud en la obediencia, gozo en el padecer, mortificar la vista, no querer saber nada, silencio y esperanza”. Teresa de Ávila (gran experta en el arte de formar sumisas) escribe en Avisos de la madre Teresa de Jesús para sus monjas: “Cuando un superior manda una cosa, no digas que lo contrario manda otro, sino piensa que todos tienen santos fines, y obedece a lo que te mandan”. “Jamás deje de humillarse y mortificarse hasta la muerte en todas las cosas”.
Ahora bien: si la cultura tradicional enfatiza la sumisión y la humillación femenina (aunque la extienda también a los varones, como es fácil comprobar observando los métodos “pedagógicos” de reformatorios y cuarteles), la amplia documentación que hoy ofrece Internet sobre el tema apunta en otro sentido.
No abundan las estadísticas sobre el porcentaje de hombres y mujeres que eligen el rol sumiso en los juegos sexuales consentidos de dominación-sumisión (a veces denominados “transferencia erótica de poder”); como señala Pere Stupinya en su reciente libro S=EX2, hay poca investigación científica sobre el tema, lo que contrasta con la pasión de las masas por engendros literarios como los mencionados, que lo plantean subrepticiamente y lo explotan comercialmente. Quizá la intuición popular intuye que la vía regia para indagar en nuestros abismos más profundos no está (como pensaba Freud) en la interpretación de los sueños, sino en el análisis de las fantasías y los juegos de dominación-sumisión.
Pero sin necesidad de estadísticas rigurosas, basta hacer un mínimo trabajo de campo en las páginas web especializadas para constatar que el número de sumisas en busca de Amo es muy inferior al de sumisos en busca de Domina (o de Amo, porque la búsqueda de la sumisión abunda tanto en el mundo “hetero” como en el “homo”).
De hecho, esas páginas son un buen ejemplo de política de la igualdad: todas las combinaciones de hombre-mujer-dominante-sumiso aparecen en ellas. Pero no con la misma frecuencia: el número de varones es muy superior al de mujeres en todos los roles de este tipo. Y es que por mucho que se empeñen los clásicos en recomendar la sumisión a las mujeres, el placer de dominar y ser dominado, como el de humillar y ser humillado, es en una gran medida masculino. Y sobre todo es humano, demasiado humano.
José Lázaro es profesor de Humanidades Médicas en la UAM. Autor de Vidas y muertes de Luis Martín-Santos y de La violencia de los fanáticos. Un ensayo de novela.

viernes, 6 de septiembre de 2013

PRENSA. "Un paradigma en peligro". Antonio M. Rodríguez Ramos

Interior de la Mezquita de Córdoba

   En "El País":

Un paradigma en peligro

El cabildo cordobés utilizó la consagración al culto católico y una reforma inconstitucional perpetrada por Aznar como argumento para inscribirla a su nombre en el Registro

 4 SEP 2013

La Mezquita de Córdoba no es un palimpsesto de culturas y religiones, como pretende hacernos creer la jerarquía católica que la posee y explota turísticamente. No se trata de una mera superposición de capas arqueológicas que se aplastan y ocultan unas a otras, quedando visible y victoriosa sólo la última. Todo lo contrario. La Mezquita de Córdoba es un crisol arquitectónico y artístico que desnuda toda la riqueza espiritual de Andalucía y el ser humano. Por eso es Patrimonio de la Humanidad y nos pertenece a todos. Un templo inmemorial que aún no ha perdido la memoria, pero que podría perderla si se sigue tolerando la apropiación jurídica, económica y simbólica que está llevando a cabo la jerarquía católica, especialmente a partir de su inscripción en el Registro de la Propiedad en 2006.
Tomando por cierto lo evidente, en la Mezquita de Córdoba se observan nudos de Salomón como en una sinagoga y columnas entorchadas que el pueblo araña con monedas temiendo oler al diablo; mosaicos decorados al modo de los templos romanos y con idéntica orientación; un bosque sincrético de columnas béticas, visigodas, bizantinas y andalusíes, que abrazan al Mihrab o señalan donde estuvo en otro tiempo; cimacios en el corazón de la Mezquita primitiva con las imágenes intactas de los apóstoles o la Virgen María; el postigo de entrada original con motivos vegetales al estilo bizantino, de construcción previa a la presunta conquista árabe; acueductos con arcos de herradura que, como decía Lorca, ya conocían los arquitectos hispano-andaluces y que mejoraron con las técnicas orientales para crear la identidad más reconocible y auténtica del monumento; tumbas de nobles y canónicos a ras de suelo como enterramientos musulmanes; una Capilla Real con mocárabes y azulejos mudéjares, a semejanza del sepulcro de la mismísima Isabel de Castilla en la Alhambra; una zarzuela de cristos y vírgenes; dos catedrales católicas; y el Mihrab de la Mezquita más grande y bella de Occidente. Todo eso y mucho más convierten la Mezquita de Córdoba en un paradigma universal del respeto a la diferencia. En un faro tan luminoso que ciega a quien lo tiene más cerca.
Tomando por cierto lo evidente, el velo invisible de la consagración al culto católico no puede ocultar la caleidoscópica inmensidad de su pasado. Sin embargo, el cabildo cordobés utilizó este argumento y una reforma inconstitucional perpetrada por Aznar para inscribirla a su nombre en el Registro. La llamaron Santa Iglesia Catedral de Córdoba. Y desde entonces cometen esta metonimia hasta en las entradas que cobran y no declaran en concepto de donativos. Ni el Papa se atrevió a cambiar el nombre al Panteón en Roma, ni el Sultán el de Santa Sofía en Estambul. Si toda la Mezquita fuera Catedral pasaría a ser el templo más grande de la cristiandad, superando a la Basílica de San Pedro en el Vaticano. El Obispo de Córdoba estaría sentado en una sede mayor que la del Papa. Algo inadmisible hasta para el catolicismo más integrista. Mezquita es su denominación popular y mundialmente conocida. Mezquita-Catedral, la más ecuménica. En ningún caso, sólo Catedral. La parte no puede denominar al todo, ni justificar la apropiación ilegítima de un bien público. Su inmatriculación es nula de pleno derecho debido a la inconstitucionalidad de las normas en la que se ampara (la Iglesia Católica no es una administración), la carencia de un titulo material para su adquisición (consagrar no es un modo reconocido en nuestro Derecho), y la imposibilidad legal de usucapir bienes públicos. En consecuencia, no se le puede exigir a la Iglesia Católica el IBI por ella, ya que nadie paga por lo que no es suyo.
Tomando por cierto lo evidente, más allá de su destino espiritual, el uso más importante del monumento es el turístico. Dado que el Cabildo lo explota en régimen de monopolio, en un ejercicio abusivo y casi policial, como mínimo debería dar cuentas del dinero que recauda por las entradas. Carece de sentido que exijamos transparencia económica a la corona, partidos, sindicatos o instituciones públicas, y no hagamos lo propio con la jerarquía católica que también percibe dinero de las administraciones públicas, o ingentes cantidades de los particulares como donativos que podríamos desgravar en nuestro IRPF. Si el año pasado se calcula que ganó unos 11 millones de euros con las entradas a la Mezquita, tendría que haber ingresado a las arcas públicas cerca de tres millones en concepto de impuestos. Imprescindibles para salvar de la exclusión a miles de familias. Y no por caridad cristiana, sino por justicia social.
La titularidad y la gestión de la Mezquita de Córdoba deben ser públicas. Cuando la UNESCO revise en 2014 su calificación como Patrimonio de la Humanidad, tiene que conocer al detalle este proceso de apropiación ilegítima por la jerarquía católica, que supera el esperpento cuando la llama en los folletos “intervención islámica de la Catedral”. La Mezquita de Córdoba no sólo es una Catedral y toda es mucho más que una Mezquita. Tomando por cierto lo evidente, un paradigma en peligro.
Antonio Manuel Rodríguez Ramos es doctor en Derecho y profesor de Derecho Civil en la Universidad de Córdoba. En 2009 reveló la inmatriculación de la Mezquita de Córdoba por la jerarquía católica.

viernes, 3 de mayo de 2013

PRENSA. "La insensibilidad moral de la Iglesia católica". Vicenç Navarro

Vicenç Navarro

   En "Público.es":
La insensibilidad moral de la Iglesia católica

Vicenç Navarro
Catedrático de Políticas Públicas. Universidad Pompeu Fabra, y Profesor de Public Policy. The Johns Hopkins University
No existe plena conciencia en España del enorme conservadurismo de las máximas autoridades eclesiásticas de la Iglesia Católica en nuestro país, resultado de su histórica alianza con las fuerzas ultraconservadoras que han dominado al Estado español en los últimos setenta y cinco años. Y quisiera aclarar que cuando hablo de la  jerarquía española, incluyo también a  la catalana y a la vasca que, aún siendo más sensibles hacia el carácter plurinacional del Estado español, continúan siendo insensibles hacia el bienestar social de las clases populares, limitando su acción a la labor asistencial de carácter caritativo, la cual, sin desmerecer su valor para sectores muy vulnerables de la población, no afecta al bienestar general de la mayoría de la población, seriamente afectada por las políticas públicas de austeridad del gasto público del Estado español (tanto el central como las CCAA). Los recortes de gasto público social  que caracterizan a estas políticas públicas de austeridad contribuyen  en gran medida al deterioro de la calidad de vida de la población. La falta de crítica de la Iglesia Católica hacia estas políticas públicas promovidas ahora por los gobiernos conservadores que están debilitando enormemente las transferencias (como las pensiones) y los servicios públicos (como sanidad, educación y servicios sociales del Estado del Bienestar) es sorprendente en una institución –como la Iglesia Católica- que se presenta como promotora de la moral individual y colectiva de una sociedad. El énfasis en la caridad, en ausencia de una preocupación por la justicia y la equidad, suena a una incoherencia próxima al escapismo y cercana al oportunismo.
Su aparente preocupación por los síntomas –la pobreza-  con deliberado olvido de sus causas –la injusticia y explotación social- es una muestra de una moral oportunista, afín a las estructuras de poder responsables de la pobreza. Hoy el deterioro del bienestar de la población se está generando mediante unas intervenciones públicas que sistemáticamente apoyan a unos sectores y clases sociales a costa de otros. La evidencia de ello es abrumadora.
De ahí que, comparando el silencio ensordecedor de las autoridades eclesiásticas frente a estas políticas públicas con la protesta activa y contundente frente a las políticas que facilitan el aborto y permiten la homosexualidad, parezca lógico concluir que la jerarquía eclesiástica tiene una gran preocupación (que alcanza niveles casi de obsesión) por los derechos de los que no han nacido todavía (en su lucha, por ejemplo, contra el aborto) y en cambio muestra una desatención hacia los derechos de los que ya han nacido.
Comparando con la Iglesia Protestante Anglicana
Este ultraconservadurismo se pone en evidencia claramente cuando se compara también su comportamiento con el de la Iglesia Protestante Anglicana en Gran Bretaña frente a una situación semejante a la de España . El Sr. Rajoy de Gran Bretaña se llama Sr. David Cameron, presidente del PP británico que se llama Partido Conservador. Como en España, el Partido Conservador ha sido históricamente muy cercano a la Iglesia Anglicana hasta el punto de que solía llamársele el Partido Conservador con Sotana. Pero esta relación se ha ido debilitando y, aunque es el partido más próximo a esta Iglesia, el hecho es que últimamente ha habido bastantes enfrentamientos sobre temas de política económica y social.
Así, el gobierno presidido por David Cameron ha estado, como también el gobierno Rajoy, debilitando el Servicio Nacional de Salud (National Health Service, NHS) a base de recortes de gasto público sanitario, que están destruyendo el servicio. 25.145 empleados han sido despedidos; se ha reducido el 6% de todas las camas hospitalarias; el tiempo de espera promedio ha alcanzado la mayor cifra conocida; la satisfacción del usuario con estos servicios ha decaído, bajando de un 70% en 2010 a un 60% en 2012; la privatización de la sanidad ha sido favorecida por estos recortes, que están afectando a la calidad de los servicios sanitarios públicos; 12 hospitales públicos han sido privatizados; y así un largo etcétera, políticas, todas ellas, que están siendo aplicadas aquí en España por el Partido Popular, el partido más próximo a la Iglesia Católica (junto con CiU, cuyo gobierno está llevando a cabo políticas también semejantes en Catalunya).
Pues bien, en Gran Bretaña las autoridades máximas de la Iglesia Anglicana han denunciado pública y extensamente estas políticas. Un ejemplo es el simposio convocado por el Arzobispo de York para analizar los valores morales que guiaban el desarrollo de estas políticas. El documento preparado por el Arzobispo John Sentamu (Health and Well-Being, and the NHS) debería ser lectura obligatoria para todas las autoridades de la jerarquía católica española, para todos los creyentes católicos y para todos los votantes del PP (y de CiU). Sería deseable que algún católico progresista lo tradujera. El documento incluye comentarios como los siguientes:
“Deberíamos favorecer aquellas políticas que alientan el sentido de hermandad de los que viven en nuestro país. (…) Estas políticas de recortes van en contra de estos valores (…) afectan a la dignidad de las personas.(…) No  podemos apoyar políticas que separan, no unen, a personas, y muy en especial en momentos de gran vulnerabilidad, como en la enfermedad.(…) La compasión necesita ir asociada con el sentido de dignidad, derechos y equidad.(…) La  moral nos exige construir una sociedad bajo estos principios.(…) Es nuestra obligación defender los principios de Bevan (el Ministro de Salud del gobierno laborista británico que estableció el NHS) que dan el derecho a cada ciudadano de tener acceso a los servicios sanitarios.(…) No podemos apoyar o estar callados frente a una situación como la actual en la que este derecho está siendo afectado en la práctica por las políticas de recortes. (…) No podemos aceptar por razones morales que la atención sanitaria dependa de la capacidad de pago del paciente. (…) El NHS debería estar financiado progresivamente, de manera que contribuyan con impuestos más acentuados los que más tienen. (…) Debemos apoyar a un sistema público en el que tanto los pacientes como los que trabajan en él sean respetados y queridos por el sistema. Un hospital no puede ser un supermercado. (…) Necesitamos expresar nuestro profundo desacuerdo con aquellos políticos que no respetan la justicia social que guía la financiación y provisión de servicios del NHS, de manera que los recursos se financien según el nivel de renta e ingresos de la ciudadanía, y que se distribuyan según la necesidad de los pacientes. Necesitamos hablar claro a favor de la equidad”.
Nada semejante a este documento ha sido firmado por ningún obispo español, en respuesta a la crisis actual. Aquí toda crítica de la Iglesia al gobierno  ha sido sobre temas relacionados con el sexo (aborto, homosexualidad) y sobre los ingresos a la Iglesia por parte del Estado, y nada, repito, nada, sobre justicia social. Y es ahí donde sería deseable que hubiera un movimiento en las bases de la Iglesia Católica española (incluyendo la catalana y la vasca) para exigir un cambio en sus dirigentes. Es de una enorme importancia para que la situación actual pueda cambiar. Así pasó en Gran Bretaña y así podría (y debería) ocurrir en nuestro país.

miércoles, 1 de mayo de 2013

PRENSA CULTURAL. "Esperando a La Chalotais". Jordi Soler

Jordi Soler

   En "El País":

Esperando a La Chalotais

La educación debe promover la libertad y ser plural y neutral ante las religiones

 13 ABR 2013

   En su hermoso libro terminal El refugio de la memoria, Tony Judt dedica un capítulo a su paso por la École Normale Supérieure, en París.
   Judt, que era alumno de Cambridge, llegó en 1970 a esta academia humanista de élite como pensionnaire étranger y entró en contacto no solo con la intelectualidad francesa más sobresaliente de la época, sino también con los estudiantes que se preparaban para ser los políticos que, unos años más tarde, conducirían los destinos del país.
   Por las aulas de esta escuela ha pasado, desde el año 1794, una constelación de mentes brillantes que han hecho de Francia lo que es hoy, un país que, con todo y que no se encuentra en su mejor momento nos lleva, en el campo de la educación, mucha ventaja. No en años, puesto que los esfuerzos por consolidar un sistema de educación competente empezaron, en los dos países, a principios del siglo XIX, sino en la perspectiva que han tenido desde entonces los franceses, sobre esa inversión estratégica que es la educación de la ciudadanía.
   Voy a escribir, sin más intención que la orientativa, los apellidos de algunos ex alumnos de la École Normale Supérieure : Pasteur, Pompidou, Derrida, Sartre, Bergson, Rolland, Althuser, Debray, Foucault y Henry Lévy, que por cierto escribe en estas mismas páginas.

Mientras el Estado francés asume la educación de sus ciudadanos, el español se lo deja a la Iglesia
   Tony Judt, haciendo gala de su robusto escepticismo, escribió: “Los intelectuales franceses todavía generan algún calor de vez en cuando, pero la luz que emiten nos llega desde un sol distante, quizá ya extinguido”.
   Dicho esto, y aceptando que hoy, efectivamente, esa luz nos llegue desde lejos, no puede soslayarse la tremenda influencia que ha ejercido la intelectualidad francesa en Occidente, durante los últimos siglos, ni, sobre todo, que aquel esplendor que venía de la Ilustración y que consolidó la Revolución, todo ese mundo rico y variopinto de filósofos, escritores, políticos, que han hecho de Francia lo que es hoy, no se debe a la casualidad, ni a la genética, ni a la magia ni al milagro, sino que parte de un proyecto del Estado francés, que hace doscientos años se dio cuenta, y actuó en consecuencia, de que la riqueza de un país, y el peso que este tiene en el mundo, empieza en la educación de sus niños.
                La École Normale Supérieure, su apabullante nómina de ex alumnos y la influencia que estos han tenido y tienen en el destino de su país, es la punta de un proyecto educativo que concibió, en 1763, Louis-René de Caradeuc de La Chalotais. Este hombre era el Procurador General de Bretaña, un exitoso político que truncó su carrera al enfrentarse con Luis XV y con el duque D´Aiguillon, el gobernador de la provincia. La Chalotais cayó en desgracia, estuvo en dos cárceles bajo un estricto régimen de privación y vigilancia, tanto que, de acuerdo con lo que escribió Voltaire, no tenía derecho ni a instrumentos de escritura y tuvo que escribir su defensa con un palillo remojado en vinagre. Después de la cárcel fue enviado al exilio. Ante ese castigo desmedido, y a pesar de que se trataba de una persona más bien antipática, la gente decía que La Chalotais había sido víctima de su enemistad con el duque D´Aiguillon, pero sobre todo de la venganza de los jesuitas, la orden religiosa a la que había combatido, durante toda su carrera política, con notable ferocidad, porque estaba convencido de que la educación del pueblo no podía ser dejada en manos de una orden religiosa.
      A partir de ese convencimiento, La Chalotais escribió en 1763, el mismo año en que los jesuitas fueron expulsados de Francia, un ensayo crucial, Essai d´Education Nationale, que fue la primera piedra del diseño educacional francés —que posteriormente articularía Condorcet y finalmente instauraría el régimen napoleónico— como un sistema educativo nacional, gratuito y laico que, a partir de entonces, presidente tras presidente, han ido protegiendo, cultivando y expandiendo, independientemente de la formación política a la que pertenezcan.

La tolerancia abúlica hacia la corrupción está relacionada con el sistema educativo
   Francia lleva más de dos siglos invirtiendo en la educación de sus ciudadanos, más o menos el mismo tiempo que lleva España invirtiendo en la de los suyos, pero con otra perspectiva : mientras que el Estado francés asumió la responsabilidad de la educación de sus ciudadanos, fundando una escuela gratuita y laica, aquí la educación se ha dejado, con la excepción de un breve periodo durante la República, en manos de la Iglesia. Y esto quiere decir que la educación para el Estado español, puesto que se deja en manos de otro, no es una prioridad. O dicho de otro modo, más que la educación importa estar en buenos términos con la jerarquía eclesiástica.
   Que la Iglesia, en pleno siglo XXI, intervenga en el sistema educativo, y que lo haga avalada por ese anacrónico concordato entre España y el Vaticano refrendado en 1979, es una rareza que no existe ni en el país con más católicos del mundo hispano, que es México, donde la educación es, desde el siglo XIX, laica y gratuita como en Francia.
   La educación tiene que ser plural, debe promover la libertad de pensamiento, ser neutral frente a las religiones y dotar al alumno del equipaje intelectual que necesita para reflexionar en libertad y llegar a sus propias conclusiones. Así es la educación francesa, la que reciben mis hijos y sus colegas, y que yo miro con sana envidia y a destiempo, porque no se parece en nada a la educación católica que recibí yo, que probablemente se parece a la que recibió usted, y que sigue siendo hasta hoy básicamente la misma, una educación secuestrada por el temor a Dios, donde razonar es menos importante que memorizar, donde la creencia tiene mucha mayor jerarquía que el escepticismo, y el rebaño vale más que el individuo.
   A juzgar por lo que ha producido en uno y otro país el sistema educativo, convendría empezar a cuantificar, de manera constructiva, todo lo que se ha perdido aquí durante estos siglos de educación mangoneada por la Iglesia, y la manera en que esta pérdida ha terminado conformando al país; porque, por echar mano de un ejemplo de rabiosa actualidad, la corrupción esperpéntica que últimamente llena páginas de periódicos y noticiarios, y la tolerancia abúlica con que el ciudadano común la enfrenta, están directamente relacionadas con nuestro sistema educativo.
   ¿Debería la Iglesia, esa institución que está cada vez más fuera de este mundo, tener semejante injerencia en la educación de un país moderno, industrializado y europeo?
   “Procuremos más ser padres de nuestro porvenir que hijos de nuestro pasado”, decía Unamuno, y conviene recordarlo porque tiene que ver con la idea que anima estas líneas: Francia es lo que es no por razones genéticas, ni geográficas, ni mágicas, sino porque ha sabido diseñar un sistema educativo a la altura de sus ciudadanos. Quizá ya sea el momento de que aparezca nuestro La Chalotais.
Jordi Soler es escritor.

martes, 26 de marzo de 2013

PRENSA. "La Iglesia argentina dio la espalda a la mayoría de los crímenes de la dictadura". Reportaje

El dictador Jorge Videla toma la comunión. / REUTERS ("El país")

   En "El País":

La Iglesia argentina dio la espalda a la mayoría de los crímenes de la dictadura

Bergoglio pidió perdón en 2000 por no "haber hecho lo suficiente" entre 1976 y 1983

 Buenos Aires 23 MAR 2013

Las aguas del río de la Plata bajaban manchadas con la sangre de los secuestrados que arrojaban desde los aviones militares y la mayoría de los jerarcas de la Iglesia católica argentina parecían dormidos. La siesta se prolongó desde 1976 hasta 1983, los años de la dictadura. Luis Zamora, que ahora ejerce como político opositor al Gobierno de Cristina Fernández, era entonces un abogado de 28 años. “Yo iba los jueves a la plaza de Mayo para manifestarme junto a las madres de los desaparecidos. No me olvidaré jamás de aquel día de 1979 en que nos reprimió la policía de la dictadura. Que te persiguiera esa policía significaba que podías desaparecer para siempre. Salimos corriendo hacia la catedral, que está en la misma plaza. Y cuando nos estábamos acercando cerraron la puerta. Eran las madres de los desaparecidos y les cerraron las puertas. Tuvimos que refugiarnos en el subte [el metro]. Aquello me pareció un símbolo muy directo de la complicidad entre la Iglesia y la dictadura”.
“A las pocas semanas del golpe militar más de 60 obispos de todo el país se reunieron para evaluar la situación”, explica Luis Zamora. “Todos convinieron en que en sus obispados había secuestros, desapariciones, despidos por actividades gremiales... Hubo una discusión sobre si se pronunciaban o no. Por unos 40 votos contra 20 optaron por no pronunciarse públicamente y afrontar el problema con gestiones reservadas. Eso significó avalar públicamente la dictadura y tener una carta en el futuro que les permitiera decir: ‘Hicimos cuestionamientos privados o gestiones orales’. Pero a la población le transmitían que ellos apoyaban la dictadura. En todos los actos públicos, en las fiestas patrias… siempre había un obispo o un cardenal al lado de los dictadores. La Iglesia católica bendijo el golpe”.
El entonces cardenal Jorge Mario Bergoglio llegó a pedir perdón en nombre de la Iglesia en el año 2000 por no “haber hecho lo suficiente”. Lo que se comenzó a cuestionar muy pronto es si, además de no hacer lo suficiente, la Iglesia hizo demasiado. O sea, si fue cómplice necesaria en la comisión de ciertos crímenes. El director del diario Página 12, Horacio Verbitsky, sostiene que Bergoglio colaboró en la detención de los jesuitas Francisco Jalics y Orlando Yorio, secuestrados durante seis meses en 1976. Yorio murió en 2000, pero su hermana Graciela, de 67 años, señaló que Bergoglio mantuvo el doble juego: “Preocuparse [por el destino de los dos jesuitas] y por detrás hacer todas las maniobras necesarias para que los secuestraran”. Tras conocerse el nombramiento de Francisco, Jalics declaró en un comunicado desde el monasterio de Alemania en que se encuentra que ya se había reconciliado con Bergoglio y que para él estaba cerrado el caso. Sin embargo, su mensaje parecía más incriminatorio que exculpatorio. Así que el pasado miércoles, Jalics sentenció tajante en otro comunicado: “Es un error afirmar que nuestra captura ocurrió por iniciativa del padre Bergoglio”.
A pesar de esa declaración, el asunto siguió coleando en Argentina. El pasado jueves el periodista Verbitsky relató que el jesuita Jalics le había revelado en 1999, bajo la condición del anonimato, que “durante meses Bergoglio contó a todo el mundo que Jalics y Yorio estaban en la guerrilla”. Ese dato bastaba en aquella época a los militares para secuestrar, torturar o matar a cualquiera. Y más si la información provenía del superior provincial de los jesuitas, cargo que entonces ejercía el papa Francisco. Jorge Mario Bergoglio negó siempre de forma rotunda haber asociado a Jalics y Yorio con la guerrilla.
“Qué dirá la historia de estos pastores que entregaron sus ovejas al enemigo sin defenderlas ni rescatarlas”, se preguntaba estos días Verbitsky citando el libro Iglesia y dictadura, del fallecido Emilio Mignone. El Vaticano alega que esas afirmaciones son “calumniosas y difamatorias” y que nunca hubo una sola prueba en firme contra Bergoglio.
La presidenta de las Abuelas de la Plaza de Mayo, Estela de Carlotto, declaró al conocerse el nombramiento del papa Francisco: “Uno condena a la jerarquía eclesiástica porque fueron partícipes, cómplices, ocultadores, directa o indirectamente. Es una historia muy triste que entinta a toda la jerarquía de la Iglesia católica argentina, que no ha dado ni un paso para colaborar con la verdad, la memoria y la justicia. Bergoglio pertenece a esa Iglesia que oscureció al país”.
El 14 de marzo —al día siguiente de la elección papal— el gran referente de los derechos humanos en Argentina, el premio Nobel de la Paz Adolfo Pérez Esquivel, escribió un mensaje bastante crítico hacia Bergoglio en el que, sin embargo, le eximía de la acusación más grave: “Es indiscutible que hubo complicidades de buena parte de la jerarquía eclesial en el genocidio perpetrado contra el pueblo argentino y, aunque muchos con exceso de prudencia hicieron gestiones silenciosas para liberar a los perseguidos, fueron pocos los pastores que con coraje y decisión asumieron nuestra lucha por los derechos humanos contra la dictadura militar. No considero que Jorge Bergoglio haya sido cómplice de la dictadura, pero creo que le faltó coraje para acompañar nuestra lucha por los derechos humanos en los momentos más difíciles”.
“La actitud de la jerarquía episcopal en la dictadura fue muy difusa y confusa", explica Eduardo de la Serna, coordinador del Grupo de Curas en Opción por los Pobres de Argentina. “Hubo un grupo muy pequeño de obispos claramente opuestos y críticos de la dictadura (Alberto Pascual Devoto, Enrique Angelelli, Eduardo Pironio, Vicente F. Zazpe, Jaime de Nevare, Jorge Novak y Miguel Hesayne); un grupo no muy grande de obispos francamente cómplices (Victorio Bonamin, Adolfo Tortolo…). Creo que la mayoría confundió una serie de elementos: pánico al comunismo que creían que se aproximaba; muchos con una ignorancia en teología soberana entendieron que ‘la autoridad viene de Dios’ y entonces oponerse a la autoridad era oponerse a Dios; otros tenían una pobre idea del mal menor… Lo cierto es que entre unos y otros conformaron un episcopado cómplice o silencioso, callado y temeroso. No hicieron denuncias claras, no levantaron la voz, no se atrevieron a excomulgar —por ejemplo— a los torturadores. Bergoglio no fue Victorio Bonamín, pero tampoco fue Jorge Novak”.
Luis Zamora cuenta que acudió en 1979 junto a otros abogados a las oficinas en Buenos Aires del nuncio apostólico Pio Laghi. “Llevábamos muchos informes de gente que había desaparecido en esos tres años de dictadura. Y el nuncio no nos atendió. Su secretario nos dijo: ‘Está muy bien la información que traen, pero ya la tenemos’. Nos fuimos diciendo ‘¡Qué ingenuos somos!’. ¿Cómo podíamos pensar que la Iglesia no sabía todo esto desde el comienzo?”.
Hace tres años, Bergoglio se vio obligado a declarar como testigo en un juicio sobre los crímenes de la dictadura. El abogado que lo interrogó en representación de varias familias de víctimas era Luis Zamora. “Tras escuchar su testimonio, no me cabe duda de que Bergoglio entregó a esos jesuitas”, concluye Zamora.
Hoy día, sin embargo, soplan nuevos aires en el Vaticano. Desde que se conoció el nombramiento de Francisco han salido a luz varios casos de personas perseguidas por la dictadura a quienes de forma discreta Bergoglio ayudó a salvar la vida. Además, se da por hecho que la primera persona a quien Francisco pretende beatificar es Carlos de Dios Murias, un fraile franciscano torturado y asesinado durante la dictadura. Las encuestas revelan que el Papa es profeta en su tierra. Y no será el Gobierno de Cristina Fernández el que se atreva a ir abiertamente en contra de las encuestas.