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martes, 5 de abril de 2016

LITERATURA. CUENTOS. Reseña de "Mala letra", de Sara Mesa

   En "revistamercurio":


En la cuerda floja

TINO PERTIERRA  |  MERCURIO 179 · NARRATIVA - MARZO 2016

Sara Mesa. © Ricardo Martín
Sara Mesa. © RICARDO MARTÍN
Mala letra
Sara Mesa
Anagrama
200 páginas | 16,90 euros
Mala letraNo hay cicatrices sino heridas que se niegan a cerrarse en las historias de Sara Mesa. De ahí que haya tan pocos finales sellados: el miedo, la inquietud, el dolor y las dudas permanecen ahí, en las fosas comunes de la memoria. Indóciles. El desasosiego tiene en la infancia un terreno fértil y en el primer relato se cuela, entre líneas, una inquietud progresiva que tiene tanto de misterio como de revelación. Pronto sabremos en páginas siguientes que Mala letra no es solo una unión de cuentos sino también una reunión a tiempo parcial de confesiones y confusiones. Descubrir que a la autora le espetaron en el colegio que no sabía escribir como Dios manda (así no se coge el lápiz) permite seguir sin perderse la línea retorcida de unas narraciones extraordinarias que se escapan por la tangente de la aparente normalidad: unas amenazas telefónicas, un compañero que se quita la vida, un niño discapacitado que provoca la crueldad y alimenta la culpa colectiva, un accidente de tráfico que destruye vidas por culpa de una mala decisión… Decía Marguerite Duras que “no hay errores, sólo hay actos extraños”. Y Mala letra tiene sus páginas llenas de actos extraños que, como le pasa a esa publicidad que se convierte en un engrudo en los parabrisas cuando llueve, llegan a ser un rastro incómodo e indeseable con el paso del tiempo.
La fragilidad de la vida está ahí, agazapada en cada pliegue de la existencia, donde las “palabras-piedra” actúan de lastre para adolescentes sometidos al yugo de parientes tóxicos y con demonios siempre al acecho a los que es mejor no despertar. Una historia es especialmente relevante y significativa en el entramado narrativo de Mesa por lo que tiene de modélico mecanismo de turbación para el lector: ese viejo coronel franquista que vive rodeado de suciedad (en todos los sentidos) y decrepitud, esa ruina con un “dolor de siglos” que abre la puerta desnudo a la cartera para entablar una conversación violenta y elocuente. Son páginas de una descarnada transparencia que sirven no solo como autopsia de una vida calcinada sino también como vía de escape para que la autora indague en su propia narración. Y es que la epidemia de dudas que corroe a los personajes no da tregua ni siquiera a la propia escritora, capaz de reivindicar (o confesar o admitir) su escritura como “desagüe” con el que conjurar el peligro escribiendo sobre el peligro. “Dándole forma al horror evitaba la realización del horror”. Escapando y peleando a la vez. De ahí que en sus historias, compartiendo con Patricia Highsmith su interés por las acciones extrañas que pueden arruinar vidas en cuestión de segundos, nada sea previsible, todo puede ocurrir porque, como dice un anuncio de lotería (a Mesa le gusta mucho invocar frases hechas por la publicidad que saltan en los tránsitos cotidianos) la suerte es para mañana. El hoy (no digamos el ayer) es otra cosa: como una “granada mordida y abierta y eterna” las heridas que no admiten cicatrices se hacen visibles cuando menos te lo esperas, consecuencia directa de caminar por “la cuerda floja” sintiendo los empujones de palabras que se desdoblan enigmáticamente en “pequeños instantes” donde “algo se quiebra y todo cambia”. Mesa captura el desconcierto de personajes normales y dolientes y los somete a un escrutinio implacable pero nunca despectivo para desvelar su rabia, su mala con(s)ciencia y sus peores pensamientos (hay quien mata con ellos). Y lo hace con buena letra en renglones retorcidos que, como ocurre en el impresionante relato de los niños y su “papá de goma”, dejan al lector con la mente en vilo.

jueves, 10 de marzo de 2016

PRENSA CULTURAL. Entrevista con la escritora Cristina Fernández Cubas

   En "Babelia":

Cristina Fernández Cubas: “Importa lo que se dice y lo que se oculta”

La gran autora del cuento en español regresa tras ocho años de silencio marcados por la pérdida. 'La habitación de Nona' es un canto a la esperanza y al género


Cristina Fernández Cubas, en un hotel de Barcelona el pasado lunes. / VICENS JIMÉNEZ

Como en un buen espectáculo de magia, hay dos maneras de afrontar este libro: la primera es dejarse llevar y disfrutarlo sin más; la segunda es escrutar atento cada movimiento de manos, cada pliegue de la ropa en busca de ese truco que sabes que está, pero que no encuentras. El problema es que algunos no podemos evitar hacerlo de ambas maneras. Aunque —no teman— el efecto es el mismo: el asombro, el aplauso final.
La habitación de Nona es un libro rico y chispeante que trastoca y sorprende, que tensa la distancia entre lo que queremos y lo que tenemos, entre lo que tememos y la realidad. El regreso de Cristina Fernández Cubas (Arenys de Mar, 1945) a su medio natural, el cuento, después del silencio en el que la sepultó la muerte de su marido y del que solo salió momentáneamente y con seudónimo, es una buena noticia para la literatura española. Lo hace con soltura, espolvoreando dosis contenidas de misterio y desconcierto, de ternura y crudeza, y jugando al despiste con tal profusión de magia que, sin parecerlo, le da siempre la vuelta (o las vueltas) al planteamiento. ¿En qué momento lo hizo, en qué párrafo, en qué palabra, en qué letra? No se sabe.
Como a un buen mago, hay ganas de preguntarle: “¿Cuál es el truco?”.
Pero es demasiado pronto, demasiado obvio, ella nunca lo revelará. Por eso empezaremos por el principio, o al menos por un buen principio: Edgar Allan Poe.
PREGUNTA. Allan Poe consideraba el cuento un buen género para crear y transmitir un sentimiento, una “unidad de efecto” en el lector. ¿Y usted? ¿Qué es para usted el cuento?
RESPUESTA. Yo ya no lo sé (ríe), me siento como el conductor que va metiendo marchas sin pensar, pero el cuento tiene mucho de misterio y es a la vez un género misterioso por excelencia. El lenguaje del cuento es como el de la tribu de los wasi-wanos de mi libro: tiene tanta importancia lo que se dice como lo que se oculta.
P. ¿Se siente miembro de una secta?
R. Sí, miembro de una hermandad, y eso me gusta. Es un género no despreciado, pero sí desconocido. Mucha gente cree que es un meritoriaje, como el corto que haces mientras esperas la oportunidad de hacer el largo, pero no es así. Me fascina.
P. ¿Por qué ha costado tanto en España, frente a la tradición en toda América?
R. Ha costado, aunque tenemos maestros excelentes como Emilia Pardo Bazán, por ejemplo. Ahora se ha vencido bastante este prejuicio y el cuento renace, ha despertado.
Cristina Fernández Cubas nos recibe en un hotel de Barcelona para hablar de La habitación de Nona (Tusquets), su primer libro de cuentos tras la recopilación que publicó en 2008. Por el camino abandonó el género, su género, creó un alter ego y publicó una novela en 2013.
P. ¿Infidelidad?
R. Había escrito un par de novelas anteriormente, pero esta vez me inventé un nombre, extranjericé mi apellido (Fernández Cubas se volvió Fernanda Kubbs) y cambié de registro. Lo necesitaba porque rompía la verosimilitud que guardo siempre en mis cuentos. La narradora se ve encerrada en una bola de vidente. Era una propuesta totalmente distinta y entendí que si firmaba con mi nombre iba a confundir a los lectores. Debía decirles: cuidado, soy yo, pero vamos por otro camino, y por eso firmo Fernanda Kubbs. La verosimilitud es de Cristina y, como tal, cuanto más raro es lo que quieres contar, más verosímil tiene que parecer.
P. En ese momento estaba superando la muerte de su marido (Carlos Trías, fallecido en 2007) y dejó los cuentos. ¿Con La habitación de Nona podemos creer que ha vuelto a su lugar?
R. He vuelto, creo que he vuelto, he vuelto. Estuve mucho tiempo sin escribir cuentos, ni poder leer, ni cuentos, ni nada, no podía retener. Le ocurre a mucha gente que sufre una pérdida, no es un caso único, y por eso le tengo tanta simpatía a Fernanda Kubbs, porque me permitió salir de esa bola de cristal en la que yo estaba metida y meterme en otra, una de ficción. Tras acabar esa novela supe que podía volver.

Sobre el papel las cosas nunca son como uno habría imaginado. Has dado la palabra a un personaje y la utiliza. Es una aventura
Fernández Cubas suele decir que cada cuento sigue un impulso diferente y que cada libro de cuentos es una unidad, una especie de buque en el que cada viajero puede entrar por proa o por popa, colocarse en un puente o a estribor, pero el autor es siempre el responsable de estabilizar la nave. Su nuevo buque lleva un rumbo claro: los buenos siempre podemos ser malos; los cuerdos, locos, y la cámara, ¡alehop!, acaba enfocando algo que no parecía estar ahí. Dos de los relatos además dialogan de tal forma entre sí que el eco de ese juego acaba reverberando largo rato en la memoria del lector.
P. ¿Cuál fue el impulso aquí?
R. Cada cuento es muy distinto del otro, pero hay algunas ventanas y pasadizos secretos, como habitaciones distintas de la misma posada. El impulso de Hablar con viejas, por ejemplo, es algo que me pasó a mí. Cruzaba la calle París y una viejecita muy amable vestida de flores me dijo: “Niñaaa, es usted tan amaaable de ayudarme a cruzar? [arrastra la a como si leyera un Hansel y Gretel barcelonés]. Es que no distingo los semáforos…”. Me agarró muy fuerte, la acompañé, y en su portal me invitó: “Yo vivo aquí. ¿Quieres subir a tomar algo?”. Yo no subí a aquella casa, pero subí escribiendo y cedí el paso a la joven del cuento que sube, no diré más. Lo inesperado acecha en cada esquina, y por qué no en una casa del Ensanche.
P. ¿Todo bueno alberga un malo en su interior?
R. Nadie lo es todo. Nadie es completamente bueno ni completamente malo, hay grises. Y luego están las circunstancias. En una situación normal, si interviene un elemento ajeno que enrarece la atmósfera, puede ocurrir cualquier cosa.
P. Mientras leía su libro se produjo el accidente del avión en los Alpes y pensé: ese piloto podría ser su personaje. Una de esas situaciones en las que las cosas se dan la vuelta.
R. Tendría que pasar mucho tiempo porque lo he vivido mal, ha sido horroroso, pero como cuentista me gusta que los factores se alteren. Yo creo que la cotidianidad no es tan apacible como parece.
P. En sus cuentos hay madrastra de hoy, hijastras atemorizadas; o una niña con capucha roja que no teme al lobo, sino a sus padres. ¿Escribe para conjurar los miedos?
R. A veces sí, otras veces no. Puede ocurrir que algún temor o alguna pesadilla se la enjaretas a un personaje y la disfrutas. A mí lo que más me gusta de la escritura es el proceso de escritura. Crees que vas a contar una cosa y puedes lograrlo o no, porque suceden muchísimas cosas en el proceso de escritura. A los personajes les das la palabra y resulta que la utilizan. Naturalmente eres tú el que se la has dado, pero si te has metido en una atmósfera determinada hay un momento en que puedes empezar a seguirles a ellos y olvidarte de lo que tú pensabas escribir para ir por otros caminos. O pararte antes de donde pensabas llegar. O ir más allá. Todo puede ocurrir.
P. ¿Es su proceso en general? ¿No cuadra la realidad con lo que usted ha planificado?
R. Exacto no. No es un calco. Si fuera un calco, supongo que no me gustaría, siempre hay algo más. Sobre el papel las cosas no son como uno las ha imaginado. Y a mí me gusta mucho la aventura sobre el papel, el viaje.
P. ¿Y qué elige o planifica? ¿La historia, el argumento, los personajes, la sensación, como Allan Poe? ¿A qué se agarra?
R. El impulso puede venir de muchas cosas, es un chispazo. Estoy muy abierta a las posibilidades que puedan aparecer en cada momento.
P. ¿Vive el cuento como una novela corta, como poesía larga o como algo distinto?
R. Como cuento. Un género en sí mismo. Con la poesía tiene en común la intensidad, y con la novela, la narrativa, pero es distinto. El cuento es tiránico, no te perdona un párrafo malo; una novela quizá te perdona un capítulo que no esté demasiado bien, pero en un cuento no te puedes saltar una línea. En ella puede haber tal cantidad de información, tal intensidad y concisión que el lector de cuentos es un lector activo al que no le da ningún reparo volver a las primeras páginas. Y a veces el cuento continúa en su cabeza, y eso me encanta.
Ocurre en el juego ya mencionado entre dos cuentos y ocurre en La nueva vida, un relato negro y doloroso en el que el pasado invade el presente, o eso parecía hasta que es el presente el que se convierte en invasor molesto. Le cuesta tanto hablar de él que, de forma muy parca, confiesa que lo grabó en un magnetofón en los momentos más duros de su pérdida y necesitó varios años para recuperarlo. Para escribirlo. “Y más no quiero hablar”.
Ese cuento es pura magia, y por eso la pregunta finalmente se abre paso: “¿Cuál es el truco?”.
Ella ríe y calla, como ese buen mago tras la exhibición. O dice algo así como: “No lo sé; si soy una ilusionista, lo hago sin darme cuenta”.
Pero como remate, como bis espectacular tras el cuento negro en el que evoca la pérdida, sitúa el que cierra el libro: Días entre los wasi-wanos, una historia que aplaude la vida y la imaginación.
“Es esperanzador. Espero que el lector sepa que siempre nos quedarán los wasi-wanos”.
Y, como los indígenas de su tribu amazónica, Fernández Cubas se marcha dejando las palabras en el aire: las que ha querido decir; y las que ha querido ocultar.
La habitación de Nona. Cristina Fernández Cubas. Tusquets. A la venta el 7 de abril de 2015.

martes, 29 de septiembre de 2015

PRENSA CULTURAL. "La maldad en los cuentos infantiles sirve de pedagogía"

   En "El País":

Grabado de Gustave Doré sobre el cuento de Caperucita.

Mientras los niños saben reconocer el bien y el mal, y diferenciarlo, a través de los cuentos, los adultos parecen haber entrado en una infantilización con libros muy populares que no interpelan al lector en sus matices, sino que juzgan lo ya juzgado y señalan lo ya conocido como algo negativo, sin aportar nada al debate intelectual o moral. En parte, se debe a la alteración genética del virus de lo políticamente correcto.
Esa es una de las conclusiones destacadas por escritores y expertos tan distintos como Victoria Cirlot, Justo Navarro, Félix de Azúa o Marta Fernández en las Conversaciones de Formentor, celebradas este año bajo el lema La novela más mala del mundo. Maldad, perfidia y espanto en la historia de la literatura. Veinticinco autores y críticos literarios debatieron sobre este asunto durante el fin de semana en el cónclave organizado por la Fundación Santillana. La cita mallorquina arrancó el viernes con la entrega del Premio Formentor a Ricardo Piglia. La distinción la recogió Carlota Pedersen, nieta del escritor, enfermo en Argentina, en un acto que supuso también un homenaje al autor.

Por violentos que sean

Los escritores reivindicaron el papel de los cuentos tradicionales infantiles, por muy violentos que resulten, donde se aprecia la lucha del bien y del mal de manera arquetípica, dice Navarro. Los niños “tienen que ponerle cara al mal y esos relatos cumplen una función legislativa: enseñan acciones que tienen castigo o recompensa. Tienen un valor pedagógico y de persuasión sobre los valores dignos de ser asumidos”. Lamenta Navarro el desdén que, a veces, se hace de dicha función. “Los cuentos infantiles son como la ley, aunque evolucionan y se adaptan”.
Ese dualismo entre el bien y el mal ayuda a comprender, desde pequeños, las dos caras de la vida, asegura Cirlot, experta en la cultura y literatura medievales y en el simbolismo. “Todo está en la estructura de la mente. Cada cultura da una explicación al mal y las maldades y la entienden a su manera. En el cerebro están los fenómenos arquetipales”, añade. “No hay que esconderle a los niños esas historias, cuyas atrocidades las pensamos así los adultos. Ellos tienen claro que están en el mundo de la fantasía. El símbolo acoge toda la maldad y toda la bondad. No es excluyente. El mito no es moral”.
Más allá de ese territorio va Félix de Azúa. El narrador y experto en arte opina que “a los niños hay que educarlos en la maldad y el mal”. En esa educación, aclara, hay que hacerles ver que ese comportamiento malvado es producto de la “estupidez, cobardía, falta de recursos y debilidad extrema en una persona”. Ello forma parte del proceso de aprendizaje, según Marta Fernández: “Hay que enseñar el mal, para ver dónde está y reconocerlo”.
A diferencia de los niños, los adultos han abandonado la educación moral, lamenta De Azúa. Es “una arrogancia moral, sobre todo de los políticos, pero debido en parte a que la gente se ha desentendido del tema y ha delegado esa función a ellos, que señalan y etiquetan lo que es bueno y es malo”.
Parte de ese enmascaramiento se aprecia en la literatura más popular, que juega con el cliché y no dialoga con el lector, advierte Justo Navarro. Para el poeta y narrador, muchos libros incluyen juicios ya dictados y evitan los del lector: “La literatura debe plantear, también, cuestiones morales, éticas; si los personajes lo han hecho bien o no, y donde el juez, de existir, debe ser el lector y no el escritor. Un buen libro hace preguntas”.
Cirlot tercia que “la ficción permite explorar la conducta humana. No se trata de plantar verdades inamovibles”. El ser humano se horroriza ante la maldad porque “en el fondo hay una duda sobre la creación. Todo sale de que la gente cree que el mundo es una prisión. Es la pulsión destructora la que crea la gran revuelta”. Frente a esa pulsión, recuerda que la filósofa Simone Weil decía: “No hay que destruir, sino descrear”.

jueves, 26 de marzo de 2015

PRENSA CULTURAL. "La pregunta por la realidad". Gustavo Martín Garzo

Gustavo Martín Garzo

   En "El País":

La pregunta por la realidad

Literatura fantástica es ese espacio escondido en los intersticios de lo real


Sí, yo creo que fui un animalito metafísico desde los seis o siete años”, dice Julio Cortázar en una entrevista que Juan Cruz ha rescatado hace poco en este mismo periódico. “Recuerdo muy bien que mi madre y mis tías —mi padre nos dejó muy pequeños a mi hermana y a mí—, en fin, la gente que me veía crecer, se inquietaba por mi distracción o ensoñación. Yo estaba perpetuamente en las nubes. La realidad que me rodeaba no tenía interés para mí. Yo veía los huecos, digamos, el espacio que hay entre dos sillas, si puedo usar esa imagen. Y por eso, desde muy niño, me atrajo la literatura fantástica”.
Ese espacio escondido en los intersticios de lo real es el que explora el mundo de la literatura y del juego. En Las crónicas de Narnia, ese mundo escondido vive en el interior de un armario; en Alicia en el país de las Maravillas,en el hueco de un árbol. El mundo de los cuentos está lleno de huecos así, fisuras en el tejido de lo existente que abren al niño a zonas de lo real donde viven sus verdaderos deseos.
Por eso Blancanieves escapa del palacio de la realidad. Ve ese hueco, y se hace pequeña para entrar por él. Eso es lo que simbolizan esos hombres diminutos con los que se encuentra. Ha entrado en el reino de lo pequeño, que es el reino de los cuentos y los juegos. Las casas de muñecas, los soldaditos, los trenes eléctricos, todos esos objetos que tanto gustan a los niños y de los que se sirven para jugar son el acceso a la habitación de los deseos. También los amantes buscan esa habitación y esa es la razón de que haya tantas historias de parejas que huyen al enamorarse, como pasa con Tristán e Iseo cuando se internan en el bosque para vivir su amor. El amor reclama burlar a los guardianes de lo real, como lo hacen los protagonistas de Sueño de amor eterno, la hermosa película de Henry Hathaway con sus carceleros. Todos los niños burlan a esos guardianes cuando juegan. Todos buscan un lugar indefinible que solo a ellos pertenece, un lugar muy semejante al que luego accederán a través de su sexualidad, pues el sexo como el juego sólo puede tener lugar lejos de la mirada de los padres.
Recuerdo una película sobre Simbad, el Marino. Su prometida ha sido transformada en una criatura diminuta y Simbad tiene que correr todo tipo de peligros en busca de una flor cuyo elixir posee el poder de devolverle su tamaño original. Simbad lleva a la princesita consigo y de vez en cuando la saca de su cofrecillo y la deja correr por la mesa, lo que ella aprovecha para provocarle con sus palabras y sus movimientos. Como si le dijera: para amarme tienes que hacerte tan pequeño como yo. Esas escenas son una metáfora preciosa del amor, porque el amor, como el juego de los niños, es el reino de lo pequeño. Es justo eso lo que significa el anillo que se entregan los amantes. Tienes que caber por este hueco, se dicen el uno al otro cuando se lo ponen. El reino de lo pequeño es el reino del amor y del juego, de ahí el gusto de los que se aman por los diminutivos, su tendencia a tratarse como si fueran dos niños que nunca abandonan del todo el territorio del sueño. El anillo también es una metáfora del acto sexual. Al fin y al cabo, el falo erecto es un cuerpo diminuto. Es hacerse pequeño para poder entrar en un reino escondido. Lo pequeño es el símbolo de lo que está en el umbral, a punto de escabullirse, lo abierto a otras formas de realidad, al lugar donde viven los deseos.

Lo pequeño es el símbolo de lo que está en el umbral, a punto de escabullirse
Pero entonces, ¿por qué llamamos realidad a lo que pasa en el palacio del rey y no a lo que sucede en el bosque? ¿Es el bosque el sueño de los que viven en el palacio, el territorio de sus pesadillas y sus ensoñaciones? No queremos renunciar al espacio del sueño, eso es lo que pasa. No queremos hacerlo porque es allí donde viven nuestros deseos. En el museo de Cluny, en París, hay unos hermosos tapices flamencos que narran el encuentro de una dama con el unicornio. Son seis escenas llenas de símbolos en que ese encuentro es narrado desde la perspectiva de cada uno de los cinco sentidos: el gusto, el tacto, el oído, el olfato y la vista. En el sexto tapiz se ve a la dama a la puerta de su tienda recibiendo al unicornio. En el dintel hay un lema que dice: “A mi único deseo”. Los tapices proceden de finales del siglo XV y han sido amados por multitud de poetas, entre ellos Rilke que, en Sonetos a Orfeo, dedicó uno de los sonetos a esta misteriosa criatura que empieza así: “He aquí el animal que no existe”. Para añadir enseguida: “Y no existe es verdad, pero al amarle, le hicieron un lugar en este mundo”. Es decir, es el amor el que crea un lugar donde poder encontrarle. Es muy poco lo que se sabe del unicornio. Solo que si una doncella se interna en el bosque y se queda dormida en uno de sus claros, acude silencioso a su encuentro. Recuesta entonces la cabeza sobre su falda y se queda dormido sobre su regazo. Entonces se encuentran en sus sueños y tienen una vida secreta que la doncella olvidará al despertar.
También nosotros tenemos una vida así. Una vida a la que debemos renunciar para tener la vida que tenemos cada día. Esa vida secreta, sin embargo, siempre regresa. Lo hace en ciertos instantes, los más reveladores e íntimos. Entonces todo eso que somos y tratamos de olvidar nos llama desde ese otro lado de lo real. Los niños son expertos en esas llamadas. Eso es jugar, crear un espacio para que tales voces puedan escucharse. Los cuentos guardan la memoria de todas ellas, por eso le resultan incómodos a los adultos y no suelen gustarles, porque no hablan de lo que son sino de lo que han olvidado. No se dan cuenta de que al hacerlo les ofrecen una segunda vida. Tal es el milagro de los cuentos, entregarnos la vida que la Bella Durmiente no pudo vivir.

Los cuentos guardan la memoria de todas las voces, por eso le resultan incómodos a los adultos
Una leyenda victoriana habla de los otros hijos de Eva. Eva estaba en el paraíso con sus hijos y Dios los quiso conocer. Pero ella no se los enseñó todos, sino que eligió los más guapos, limpios y educados, para no tener que avergonzarse de los demás, que escondió en el bosque. Mas cuando lo hubo hecho, comprendió que, para que Dios no descubriera su engaño, los hijos que había sustraído a su mirada tendrían que permanecer ocultos para siempre. Y fue de esa estirpe de donde surgieron hadas, elfos, duendes y las otras criaturas ocultas del bosque. El mundo de los cuentos habla de todas esas criaturas. Habla de los niños que mató Herodes, de los niños perdidos de Peter Pan, de los hijos que Eva apartó de la mirada de Dios. En ellos está todo aquello a lo que debemos renunciar al crecer, ese mundo de azoteas y ventanas iluminadas que solo vive en el interior de los sueños. Pero esos niños siempre se las arreglan para regresar. Regresan cuando leemos un libro o escuchamos una canción. Regresan cuando amamos a alguien, cuando jugamos con nuestros hijos, cuando buscamos la compañía de los animales. Regresan en nuestros sueños. Representan todo lo que vive más allá de las fronteras de nuestra razón, todo eso que somos y que no cabe en lo real. Jugar es mirar por los ojos de esos niños perdidos, reunirse en secreto con ellos, hacer lo que nos piden. “Cuánto durará un niño”, se pregunta Julio Cortázar. Y enseguida responde: “Un niño durará todo lo que duren sus juegos”.
Gustavo Martín Garzoes escritor.

lunes, 29 de diciembre de 2014

PRENSA CULTURAL. "Alice Munro, una vida inesperada". Soledad Puértolas

   En "Babelia":

Alice Munro, una vida inesperada

Los relatos de la Nobel de literatura de 2013 se caracteriza por las extrañas vueltas de la vida, la intervención del azar, la desaparición y reaparición de personas, espacios, tiempos


Alice Munro, premio Nobel de literatura en 2013, en la cocina de su casa en Clinton (Ontario, Canadá). / CONTACT
Me he permitido titular este breve comentario sobre Alice Munro con el título de una novela mía, publicada en 1997, precisamente la época de mi descubrimiento de la escritora canadiense. La frase -Una vida inesperada- refleja con fidelidad lo que representó Munro para mí. Esa era la sensación que transmitía mejor que nadie y que en aquel momento, cuando accedí a sus libros, era exactamente lo que necesitaba yo. Leer y expresar eso, las extrañas vueltas de la vida, la intervención del azar, la desaparición de personas, espacios, tiempos, su extraña reaparición. Lo inesperado. Lo lleno de vida. De desconcierto, de dolor, de pesadumbre, de súbitas alegrías, de fugaces éxitos. La magia, la gracia, la redención de la vida está en lo inesperado, en el constante fluir.
Los versos de Quevedo:
Oh, Roma, en tu grandeza, en tu hermosura,
huyó lo que era firme y solamente
lo fugitivo permanece y dura”.
Lo fugitivo nos trae lo inesperado. Solo lo que huye, lo que se escapa, lo que se va, lo que crece, lo que cambia, permanece vivo. Lo firme muere, es tragado por las aguas.
Fue mi amiga la hispanista Francisca González Arias quien me mostró a Munro, quien me la descubrió. En una de sus visitas anuales a España, en 1994, me trajo un libro, como solía hacer. Te va a gustar mucho, dijo, tendiéndomelo, con una sonrisa de complicidad, perfectamente segura de sus palabras. Es de una escritora canadiense, añadió.
Open Secrets. Ese era el título. No se trataba de una novela sino deStories, lo cual, por cierto, podía facilitar mi lectura.
A ese regalo le siguieron otros: The love of a good woman, en 1998,Hateship, friendship, courtship, loveship, marriage, en 2001, y The view from Castle Rock, en 2006. Pero, entre tanto, yo ya había podido acceder a Munro en mi propia lengua. En 1996, la editorial Debate publicó Secretos a voces, la traducción del primer libro de Alice Munro que tuve en mis manos. En 2001, RBA publicó Odio, amistad, noviazgo, amor, matrimonio. En 2002, en Siglo Veintiuno de España, apareció El amor de una mujer generosa. En 2005, en RBA, Escapada. En 2008, en RBA, La vista desde Castle Rock. En 2009, en RBA, El progreso del amor. A estos volúmenes, todos ellos de relatos, han seguido, ya lo saben ustedes, Demasiada felicidad y Mi vida querida. Y el Nobel.
La predicción que mi amiga FGA había hecho -Te va a gustar mucho-se quedó corta. Los libros de Alice Munro han sido para mí los mejores amigos que he tenido desde entonces. En inglés, solo había leído páginas sueltas, dos, quizá tres, relatos enteros, pero, curiosamente, eso me bastó. Los leía y releía, maravillada. Esa era la literatura que buscaba. La aparición, en castellano, de un nuevo libro de Munro era un acontecimiento para mí.

Aunque el estilo de Munro parece nítido, hay párrafos muy complejos en los que se entrevén intenciones contradictorias. Hay relatos cuyo final o cuyo sentido último depende de saber descifrar ese o esos párrafo
Cuando, en cuatro casos, tenía las dos versiones, en inglés y en español, me desplazaba por la casa con ellas en las manos, porque muchas veces me apetecía comprobar qué había escrito exactamente la autora. Aunque el estilo de Munro parece nítido, hay párrafos muy complejos en los que se entrevén intenciones contradictorias. Hay relatos cuyo final o cuyo sentido último depende de saber descifrar ese o esos párrafos. He leído y comentado con otros lectores muchos relatos de Munro. Son más enigmáticos de lo que puede parece a simple vista. De hecho, son muy enigmáticos. Tanto, que en ocasiones, rozan, incluso, el mismo misterio criminal. Hay relatos que, en un sentido amplio, podrían calificarse de policiacos.
Creo que todos los relatos de Munro son un poco policiacos. El lector lee y, de forma más o menos consciente, va recopilando datos en su mente. Pero siempre hay algo que no encaja, algo que nos desconcierta. Muchas veces, volvemos sobre nuestros pasos, releemos, algo se nos ha debido de escapar. De pronto, todo ha cambiado, ¿qué ha sucedido? Las señales estaban ahí, pero no nos habíamos dado cuenta. Todo está ahí.
A Munro hay que leerla muy despacio. Todo cuenta. Cada frase, cada personaje, por mínima que sea su intervención, todo parece estar medido y calculado. Esa es su maestría, porque nos transmite la sensación de que todo fluye de forma natural, casi espontánea. En eso consiste, efectivamente, la maestría: en la naturalidad del resultado, en el extraordinario fluir de las palabras, tan plenas de sentido y, a la vez, tan enigmáticas. Son historias intensas, pobladas de grandes emociones, salpicadas de casi insignificantes gestos. Pequeñas emociones, también.
El primer libro de Munro que leí con otras personas con el objeto de comentarlo y compartir nuestros puntos de vista fue Odio, amistad, noviazgo, amor, matrimonio. He vuelto a él hace unos días y me ha impresionado lo vivo que se mantenía en mi memoria. La razón, sin duda, es esa lectura compartida, esa discusión pública que siguió a la lectura privada de cada uno de los relatos contenidos en el libro. Creo que a Munro no solo hay que leerla despacio sino que hay que leerla en público. Con dos o tres personas basta. Dos o tres puntos de vistas distintos. Es entonces cuando los relatos de Munro penetran y fructifican.
Munro nos lleva a indagar en nosotros mismos, a hacernos preguntas sobre nuestros recuerdos y nuestras trayectorias. Nos relata vidas -vidas inesperadas- y, casi inadvertidamente, nos encontramos rehaciendo el relato de nuestra vida. Porque los relatos de nuestras vidas se rehacen continuamente. La literatura de Munro es una confirmación de esa sospecha, de esa intuición.
Una mujer enamorada, cuya obstinación hace cambiar el curso de la vida de los otros, que jamás hubieran apostado por su felicidad. Una mujer enferma, repentinamente envuelta en una evanescente historia de amor adolescente y descarado. Una joven que desea escapar del sórdido ambiente familiar y comete errores de bulto, pequeñas injusticias de las que más adelante se arrepentirá con un poco de nostalgia. Una viuda desconcertada ante las últimas palabras de su marido y ciertos recuerdos inquietantes. Unos jóvenes que protagonizaron un amor de infancia y que se reencuentran al cabo de los años, con sus vidas hechas y sus posos de dolor y algo de su antigua complicidad intacto. La amiga de una mujer casada que se instala a pasar una temporada en su casa, removiendo los frágiles cimientos de la relación matrimonial. Amigos que se mueren y se llevan con ellos para siempre parte de nuestras vidas. Una historia de amor que termina de forma más abrupta de lo que se hubiera querido y de lo que se desea recordar. Una amiga íntima, casi una hermana, que huye de la casa, y la chica que también se quisiera escapar, búsquedas y huidas diferentes con significativos momentos compartidos. Los amores de la senectud, con nuevos recuerdos y nuevas inocencias. La piedad. Lo inesperado, siempre. El fluir. Las leves sorpresas, los papeles nuevos.
Estos son los personajes que pueblan los relatos de Alice Munro. Sus esperanzas y sueños, sus inquietudes. Mirar hacia fuera, esperar algo todavía, descubrir a los otros.
Todo eso lo he aprendido leyendo a Munro. Leyéndola a solas y leyéndola, comentándola, con otras personas.
En un taller literario, escogí el relato Silencio, del volumen Escapada, para ser analizado y debatido. Pocas veces se ha tratado un asunto como el de la relación de las madres con las hijas, desde el punto de vista de la madre. Aunque es el hilo conductor del relato, la mano de Munro nos guía por un laberinto de relaciones sentimentales, que lo abarcan todo. Inevitable rememorar el título de otro de sus relatos magistrales: Odio, amistad, noviazgo, amor, matrimonio. Todas las categorías están representadas aquí. Más el amor filial. Más el duelo. Más la perplejidad de la ausencia y la reacción, siempre imprevista, ante el dolor. La contención, la negación, la suplantación del dolor por la risa, por el olvido fácil. Por capas y capas de silencio.
La infancia feliz de la hija, Penélope, con Juliet, la madre, la mujer que protagoniza el relato. La relación de la hija con el padre, tan prometedora, basada en cosas materiales que se compartían con naturalidad, los ratos de navegación en el barco del padre evocados, al cabo de los años, como una rareza, ¿por qué la vida no siguió por ahí?

Munro nos lleva a indagar en nosotros mismos, a hacernos preguntas sobre nuestros recuerdos y nuestras trayectorias. Casi inadvertidamente, nos encontramos rehaciendo el relato de nuestra vida
La muerte del padre, acaecida en verano, mientras la hija está ausente, lo trunca todo. Es el primer giro inesperado. La vida, a partir de aquí, deja de tener pautas. Pero la relación entre la madre y la hija va superando los obstáculos. Nada hace prever que Penélope huya de la casa y se refugie en una extraña comunidad religiosa en busca de la espiritualidad que, según la interpetación de un odioso personaje, siempre le ha faltado a su vida. El gran fallo de Juliet, su culpa: la falta de espiritualidad.
El relato va transitando por la red de relaciones que se forma en torno a Juliet. Las amigas, las amantes o ex amantes de su marido, los vecinos, el hijo del anterior matrimonio del marido. Las amistades de Penélope.
Como sucede siempre en Munro, hay momentos clave, momentos reveladores. Y profundos extrañamientos. La escena de la incineración del cuerpo del marido en la playa es dantesca. Se guarda en la memoria de la viuda como algo incómodo, casi un secreto que cuesta desvelar. Pero cuando al fin la madre se abre a su hija, la hija dije: Te perdono.
 De manera que su desaparición no se debe, en principio, a la venganza. Todo hubiera podido encauzarse a partir del perdón. Pero existen los enigmas, la hija es una enigma para la madre. Existen las cosas para las que no encontramos razones. La vida no solo es inesperada, es enigmática.
Finalmente, al cabo de los años, tenemos noticias indirectas de la hija. Juliet, la madre, vive en otra ciudad, ya no trabaja como entrevistadora en un programa de televisión, vive modestamente, tiene unos pocos amigos, lee, sirve cafés, toma cafés. El encuentro casual con una antigua amiga de la hija es el cauce de la noticia largamente esperada. La existencia de Penélope. No era como había imaginado. Según los pocos datos que la amiga le da, rápidamente, en medio de la calle, Penélope es una mujer con aspecto de matrona, madre, efectivamente, de cinco hijos, vive en una pequeña ciudad, no le va mal. No parece que le vaya mal.
Desapareció. Aunque sabe que ella, la madre, vive en Vancouver. Lo sabe. Eso se desprende de las palabras apresuradas de la amiga.
Munro pone fin al relato con la descripción del estado de ánimo de Juliet. Sigue esperando, pero no hasta la extenuación. Sobrevive, pero con cierta esperanza. Ha entrado en otra fase de la vida. Existen los enigmas, existe lo que se nos escapa.
Juliet tiene amigos. No muchos…, pero amigos. Larry sigue vistándola y le hace bromas. Continúa con sus estudios. La palabra “estudios” no parece cuadrar bien con lo que hace… Sería mejor decir “investigación”.
Escasa de dinero, trabaja algunas horas a la semana en el café donde pasaba tanto tiempo en las mesas de la terraza. Cree que ese trabajo equilibra sus enredos con los griegos antiguos… Tanto que cree no lo dejaría aunque no lo necesitara.
Sigue esperando una palabra de Penélope, pero no hasta quedar extenuada. Espera como las personas que saben que es mejor la esperanza de bendiciones no merecidas, de remisiones espontáneas, cosas por el estilo”. 
(Párrafos finales de “Escapada”. Pág 137 del volumen Silencio.)
El hilo del relato ha dado muchas vueltas, ha ido hacia adelante y hacia atrás, se ha perdido en breves historias secundarias, se ha anudado con otros hilos. Recorre el tiempo. Vemos cómo cambia el curso de las historias particulares, como el dibujo de trazan las vidas se va complicando. Pero hay cierta nitidez en la maraña. Aunque haya cosas que siempre se nos escapan, cosas que nunca conoceremos, hay nitidez. Mientras la mirada busque nitidez, hay nitidez.
O, lo que es lo mismo, belleza. Estremecimiento. Emoción. De eso tratan los relatos de Munro. Una hija que se va de casa y que se pierde para siempre, aunque exista. La madre, que se acostumbra a la espera. Grandes distancias, desapariciones, huidas, búsquedas, fugaces y trascendentales encuentros, momentos decisivos, deseos cumplidos, sueños realizados, muertes, despedidas.
Sin embargo, cada libro de Munro sorprende, parece completamente novedoso. No, los temas no estaban agotados, ni mucho menos. Hay nuevos matices, historias pobladas de asombro, vueltas de tuerca que nunca hubiéramos previsto y ante las que nos rendimos. Sí, esto sucede, esto puede suceder.
 Su último libro, antes de que le concedieran el Nobel, Mi vida querida, fue objeto de un taller de lectura que dirigí el pasado verano en Menorca. En la solana de la casa de campo donde nos pasábamos las horas, los relatos fueron leídos despacio y minuciosamente analizados. ¡Qué de cosas se me revelaron en aquellas largas sesiones! Creía que casi me los sabía de memoria, pero, uno a uno, enriquecidos con los comentarios de los asistentes al taller, me fueron mostrando nuevos aspectos. Eran otros, con nuevos momentos decisivos, nuevas elipsis, nuevos misterios.
De todos ellos, mi memoria se queda con Corrie. En todos los libros de Munro siempre hay uno o dos relatos que la memoria escoge. Una historia que parece decirte algo a ti, que el lector reconoce como suya, aunque, aparentemente, el fragmento de vida atrapada allí no tenga nada que ver con nuestra vida.

La vida va por un lado y nosotros por otro, pensamos a veces. Pero quizá no sea así. La vida no tiene lados
Corrie avanza poco a poco, mezcla tiempos, pero cuidadosamente, no busca la confusión, sino los datos perdidos, los datos relevantes para la historia, lo que el lector tiene que saber para una interpretación más completa, más amplia, más justa. Vemos a Corrie con su padre y la leve cojera que marca su destino. Una chica que no se va a casar, que se ampara en la cojera para ser distinta, para ser ella. El enredo amoroso con el hombre casado, que quizá hubiéramos debido prever, nos coge por sorpresa.
¡Siempre la sorpresa en Munro! Pero aún nos aguardan otras, que tampoco imaginamos. Porque estamos dentro del relato y no vemos el futuro. Ni siquiera vemos bien el pasado, a pesar de los datos que rescata, para nosotros, la mano que nos guía. Es una mano que no hace el menor ruido, que no anuncia nada. Sigilosa y firme a la vez. Cautelosa y provocativa. Omite, pero no escamotea.
Llegamos al centro, al corazón del relato, el chantaje de la criada y el procedimiento que permite seguir adelante con la infidelidad matrimonial. Se paga el precio del chantaje poco a poco, una forma de pago que aceptamos como algo natural, sin la menor sospecha.
Pero estamos leyendo un relato policiaco, eso sí podríamos haberlo sospechado. Munro escribe novelas de misterio, eso lo sabemos. Lo que no sabemos es dónde está el misterio, qué dato se nos ha pasado por alto.
Llega la revelación final, esa terrible y lúcida intuición de la trampa, de la sucesión de engaños, una cadena que de pronto se revela frágil, a punto de romperse. Llega el momento de decidir qué hacer con eso, cómo convivir con el dato que lo transforma todo, con la nueva visión de las cosas.
Corrie se va a la cama con la carta todavía inacabada.
Y se despierta temprano, cuando el cielo clarea pero aún no ha salido el sol.
Siempre hay una mañana en que uno se da cuenta de que todos los pájaros se han ido.
Corrie tiene una certeza. Le ha venido a la mente mientras dormía.
No hay ninguna noticia que dar. Ninguna, porque nunca la hubo.
No hay noticias de Lillian porque Lillian no importa y nunca ha importado. No hay ningún buzón de correos, porque el dinero va directamente a una cuenta, o quizá simplemente se queda en una cartera. Gastos generales. O unos ahorros modestos. Un viaje a España. ¿Qué más da? Gente con familia, casa de verano, hijos a los que educar, facturas que pagar: no hay que devanarse los sesos para gastarse una suma como esa. Ni siquiera puede decirse que sea un dinero caído del cielo. No hay necesidad de explicar nada.
Corrie se levanta, se viste rápido y recorre todas las habitaciones de la casa, presentándoles a las paredes y a los muebles esta nueva idea. Hay una cavidad en todas partes, sobre todo en su pecho. Prepara café y no se lo toma. Acaba de nuevo en su cuarto, y descubre que para exponer la realidad en ese momento hay que rehacerlo todo. 
(“Corrie”. Pág. 184 del volumen Mi Vida Querida)
A partir de ahora, Corrie se separa del mundo, aunque se aferre a la vida. Se queda sola, aislada para siempre con una verdad no buscada, no deseada, no esperada. Es una forma de vivir. Esa era, a fin de cuentas, la vida que la esperaba. Miramos hacia atrás, y lo entendemos todo a la nueva luz. La cojera le proporcionó la primera coartada para la soledad, todo fue encajando ahí, como parte del cuadro que solo al final podemos contemplar. Se fue trazando poco a poco, día a día. La desconfianza hacia los otros y su necesidad de amar, de intervenir en el mundo. Así seguirá porque así fue siempre. Corrie, al desvelar el misterio, al encararse con el dato nuevo, se descubre a sí misma.
La vida va por un lado y nosotros por otro, pensamos a veces. Pero quizá no sea así. La vida no tiene lados. Nosotros envejecemos, morimos y resucitamos, buceamos dentro de la vida en busca de señales de los otros y de la identidad que a veces se nos pierde. Buceamos y salimos a la superficie, nuevos.
Munro nos ofrece tantas cosas que cualquier resumen resulta una simplificación. ¿Cómo ha llegado a ser tan sabia?, ¿nos habla de sí misma o de la gente que conoce?, ¿qué son sus relatos, fragmentos de su vida o de la vida de los otros?
Muchas de las veces que Munro utiliza la primera persona para narrar la historia se refiere, ella misma lo confiesa, a su propia vida. Son recuerdos revisitados -como diría Pessoa-, recuerdos que, en cierto modo, quedan finalmente zanjados, fijados. En Mi vida querida hay cuatro de estos relatos y la autora declara que esto es ya lo último que escribirá sobre su vida. Nos habla de sus padres, de su familia, de las casas en las que ha vivido. Da la impresión de que ha enfocado la luz de la linterna en la noche de su infancia, que ha vivido un viaje en el tiempo, ha contemplado e iluminado escenas confusas, turbias, dolorosas, y luego se ha dado la vuelta. Ha apagado la luz, ha cerrado la puerta.
Pero esas historias están ahí, en todas las otras. Esas historias han hecho de Munro lo que es, como la revelación del dato ignorado hace a Corrie una mujer distinta, esa mujer para la que se había estado preparando toda la vida.
En el relato Los muebles de la familia, del volumen titulado Odio, amistad, noviazgo, amor, matrimonio, hay también uno de esos relatos autobiográficos. El personaje principal, si prescindimos de la narradora, es Alfrida, prima del padre de la autora. Tras su muerte, el padre le dice a la hija que Alfrida estaba molesta con ella por un relato que había publicado hacía unos años. La narradora se queda muy asombrada y explica a su padre: “No era Alfrida en absoluto. Lo cambié todo, ni siquiera pensaba en ella. Era un personaje. Cualquiera podía darse cuenta”. (p.93)
Estas palabras nos dan la clave. ¡Claro que aquel personaje no era Alfrida, aunque esta Alfrira que, en este relato, acaba de morir, sí es Alfrira! Aquí, quizá, no hay nada cambiado.
Y, sin embargo, bien lo sabe Munro, todos son personajes. Alfrida es personaje, el padre es personaje, la narradora es personaje.
La literatura trata de personajes. Las personas reales dejan de ser reales. Entran en la literatura y se convierten, inevitablemente, en personajes.
Cuando Munro habla de sí misma -lo que ha anunciado que ya no volverá a hacer- hace, problablemente, más literatura que nunca. En todo caso, es, creo, lo hace con un grado distinto de consciencia. Coger la linterna y enfocarla hacia el pasado no es algo que se pueda hacer siempre. Hay que tener decisión, fuerzas, inspiración. Hay que estar dispuesta a sumergirse en el riesgo y en la oscuridad.
Pero ese pasado, esas escenas, esos fragmentos de la propia vida están en todas partes. “Lo cambié todo”, le dice la autora a su padre. Ese es el ejercicio constante, continuo, del escritor. Cambiarlo todo. Disolverse encada página, en cada párrafo, en cada personaje. Para llegar al fondo del personaje, para descubrir quién es.
Munro pertenece a esa clase de escritores. Los que se ocultan en su literatura en la misma medida en que se muestran. La literatura es su casa, su verdadera identidad.
La famosa frase de Flaubert, “Emma Bovary soy yo”, expresa la literatura de Munro. Pero, a la vez, hay mucha distancia entre Munro y sus personajes. Incluso un punto de frialdad. Porque Munro no solo es sus personajes. Munro les observa. En realidad, como podría observarse a sí misma, ya que ese es uno de los retos de la vida: conocerse. Una de las mayores dificultades, sin duda. Para conocerse, hay que salirse de uno mismo de vez en cuando, verse desde fuera. Convertirse en otros personajes, recibir sobre uno mismo la mirada de los otros, la versión de los otros, la construcción de los otros.
Leer a Munro es adentrarse en el mundo original y distinto que cada persona construye. Y descubrir que hay muchas cosas que se nos habían pasado por alto, que merece la pena seguir indagando, seguir viviendo. Nosotros estamos incluidos en el universo de los cambios. Lo inesperado nos aguarda siempre, porque, por muy atentos que estemos, no podemos adivinar qué sucederá en el siguiente momento, el tiempo aún está por hacer, por existir. Y toda vida, en suma, es inesperada.
Texto de la conferencia de Soledad Puértolas, escritora y miembro de la Real Academia, dictada en la Residencia de Estudiantes el 7 de mayo de 2014 con motivo del Encuentro en torno a Alice Munro.

domingo, 30 de noviembre de 2014

PRENSA CULTURAL. "Pasión y gloria de Edgar Allan Poe"

   En "cuartopoder.es":

Pasión y gloria de Edgar Allan Poe

DAVID TORRES | Publicado: 


Edgar_Allan_Poe_1848
Daguerrotipo de Edgar Allan Poe (1848) tomado por W. S. Hartshorn. / Wikipedia
En una serie de doce consejos más o menos irónicos sobre el arte de escribir cuentos, de repente, al llegar al punto número nueve,Bolaño se pone serio y advierte: “La verdad de la verdad es que con Edgar Allan Poe todos tendríamos de sobra”. Y luego añade: “10) Piensen en el punto número nueve. Piensen y reflexionen. Aún están a tiempo. Uno debe pensar en el nueve. De ser posible: de rodillas”.
El elogio no es exagerado. En las enciclopedias se lee, no sin razón, que el gran escritor bostoniano fue el inventor del cuento de terror moderno y del relato policíaco, lo que no es pequeña cosa, teniendo en cuenta el auge de ambos géneros durante todo el pasado siglo y lo que llevamos de éste. Sin embargo los dos adjetivos eluden un hecho fundamental, el de que Poe es responsable del cuento tal y como lo conocemos hoy, el cuento entendido como un artilugio narrativo tenso, lúcido y fatal, donde no debe sobrar ni faltar una palabra. Probablemente, desde que Montaigne se sacara el ensayo de la manga, ningún otro escritor en ninguna literatura ha transformado un género con tanta fuerza, originalidad y convicción. Puede decirse que hasta la llegada de Chéjov, el triste, sutil y tranquilo Anton Chéjov, que abrió otro territorio inmenso, el cuento permaneció varado en las aguas fúnebres y oscuras de las pesadillas de Poe.
Incluso puede decirse que permaneció varado mucho tiempo después, puesto que sus herederos forman una legión heterogénea que va de Maupassant a Stephen King, pasando por BierceBlackwoodMachenChambersQuirogaLovecraft y casi quien se les ocurra. La resonancia de Poe en la literatura mundial es como una piedra arrojada a un estanque. Sherlock Holmes, con su desgana y su insolencia, ¿no es una versión corregida y aumentada del Chevalier Auguste Dupin? Al leer El hombre de la multitud, ¿no se escucha el sombrío eco de Kafka? ¿Y no parecen El monte de las ánimas o Los ojos verdes, de Bécquer, dos relatos perdidos de Poe? Fue Benet quien dijo que los genios literarios desertizan su idioma durante siglos y que por eso no había grandes novelistas españoles después de Cervantes ni grandes dramaturgos ingleses tras Shakespeare. Anotó, con notoria maldad, que los herederos de Cervantes son británicos, los de Shakespeare, rusos, y los de Goethe, alemanes. También apuntó que la estela de Poe había que buscarla en Argentina, donde no es difícil rastrear aquel pasaje de Pierre Menard, autor del Quijote en el que Borges asegura que un poeta simbolista podía imaginarse el mundo sin Cervantes pero no sin Poe. Cortázar fue más explícito y nos legó una traducción casi completa de su obra que igualaba el regalo que había hecho Baudelaire al francés un siglo atrás.
Todavía recuerdo mi primera visita a la Feria del Libro de Madrid, cuando era un niño del brazo de mi padre, quien me dijo que me regalaría el libro que yo quisiera. Hice trampa y, sin dudarlo, escogí los Cuentos completos de Poe en dos volúmenes, editorial Alianza, con la traducción de Cortázar y la escueta calavera en portada de Daniel Gil. Es quizá el libro más antiguo que conservo, y eso que lo he prestado varias veces, pero en Poe los escalofríos permanecen intactos, así sea en la traducción de Baudelaire al francés, en la de Cortázar al español, en la de quien sea al chino, en las amarillentas adaptaciones de Corman al cine o en las barrocas ilustraciones de Bernie Wrightson.
Edgar_Allan_Poe_lápida
Lápida colocada en el primer lugar donde fue enterrado Poe en Baltimore, Maryland (EEUU). / KRitcher (Wikipedia)
Con sus nocturnos, sus ángeles, sus gatos y sus crímenes, Poe llevó el romanticismo más lejos que nadie, pero llegó más lejos aun. Inauguró una Venecia del horror. Desenterró un perdido cordón umbilical entre el miedo y la belleza que conectaba los mitos griegos con el mundo moderno. En el cortocircuito venían también muchos de los antiguos pánicos de la especie (el incesto, el emparedamiento, la necrofilia, la locura, el asesinato), traumas psíquicos que Poe iba alumbrando con un candelabro goteante sin que jamás le temblara la mano. Perfeccionó el cuento como un arma de un solo tiro que atraviesa la cabeza del lector. Un cuento –explicó alguna vez– debe constar de un solo tono y provocar un solo efecto. La danza lóbrega y mortuoria de La caída de la casa Usher; el stacatto enloquecido de El corazón delator; la melodía infinitamente triste de Ligeia; la chanza grotesca de El tonel de amontillado, cuya partitura Stevenson definió como “el golpetear de unas castañuelas malignas”. El gran Stevenson, que nunca acabó de entender cómo Poe había podido perpetrar el “audaz e imprudente escamoteo” de no revelar nunca qué había en las tinieblas de El pozo y el péndulo. En ese espanto innombrable reside precisamente la clave definitiva del genio de Poe, que se atrevió a sugerir lo que no se puede ni siquiera sugerir, a alumbrar el fondo del pozo para mostrar, como diría Faulkner, que “una cerilla encendida en medio de un sótano no sirve para ver mejor, sino para ver mejor la oscuridad”.
Pocas novelas contemporáneas resuenan con el grito inacabado del final de la Narración de Arthur Gordon Pym, un libro donde lo narrado y lo leído, la escritura y la voz se confunden en puntos suspensivos sobre la misma página. Poe ya había ensayado un laberinto textual más perfecto y más breve en El retrato oval, un prodigio imaginativo de apenas cuatro páginas que es al mismo tiempo un supremo relato de horror, una indagación metaliteraria y un canto absoluto al delirio del arte. Como el pintor entregado a la tarea imposible de plasmar la belleza en el lienzo, Poe lo dio todo por la literatura, incluidos su amor, su vida, su oficio y su salud.
En su Filosofía de la composición, un ensayo que escribió para justificar la imaginería y la rítmica fúnebres de El cuervo, dijo que en la literatura no había tema más sublime que la muerte de una joven hermosa. Poe repitió ese camafeo de la muchacha muerta en muchos de sus grandes relatos, en Berenice, en Morella, en El retrato oval, en La caída de la casa Usher, en Ligeia, que era su favorito. Lo repitió en algunos de sus mejores poemas, como Annabel Lee. Lo repitió también, por desgracia, en su propia vida, cuando su prima Virginia, con quien se había desposado cuando ella sólo contaba trece años, murió de tuberculosis en 1847, dejándolo convertido en uno de sus héroes malditos, un poeta melancólico que aullaba a la luna y oía bajo las tablas de la casa, enterrado para siempre, el tam tam fantasmal de un corazón.
Un crítico dijo una vez que Poe y su genio extraordinario, Poe y su sensibilidad exquisita, languidecían en los Estados Unidos como un Botticelli colgado en una pocilga. Puede que tuviera razón pero para alguien como él, con ese anhelo de belleza y de pureza imposibles, no había ningún lugar limpio en el mundo. Murió en Baltimore, de un ataque de democracia, a manos de una banda de desaprensivos que cogían a forasteros y  vagabundos y les invitaban a beber una y otra vez para obligarles a votar en distintos colegios electorales. Lo emborracharon hasta la muerte. Lo imagino yendo de urna en urna, depositando su papeleta, haciendo eses, el mismo hombre que había escrito que el pueblo no debe intervenir en las leyes más que para obedecerlas. Tuvo un momento de lucidez antes del coma final y un médico recogió sus últimas palabras, tal vez las más tristes de las que se tiene noticia. “Dígame, doctor, ¿hay esperanza?” El médico meneó la cabeza, sin saber qué responder, y entonces Poe remató su obra maestra: “Oh, no me refiero a eso. Quiero decir si hay esperanza para un miserable como yo”.