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miércoles, 9 de octubre de 2013

PRENSA CULTURAL. "Diez años sin Manolo" (Vázquez Montalbán). Josep Ramoneda

Retrato de Manuel Vázquez Montalbán, hace 18 años. / JORDI SOCÍAS ("El país")

   En "El País":
RETRATO IMPRESIONISTA DE UN AMIGO

Diez años sin Manolo

Escritor inolvidable, Manuel vázquez Montalbán nos dejó hace un decenio

El legado de su obra permanece vivo en veneradas reediciones. Este es el retrato de su ausencia por Barcelona

 8 OCT 2013

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Manolo nació el año que acabó la guerra. El barrio del Raval de Barcelona era territorio de perdedores que trataban de sobrevivir a la miseria y a la crueldad del nuevo régimen. Las Ramblas dividen la Barcelona antigua: a la derecha, el Raval, popular y un punto canaille,como bien describió Jean Genet. A la izquierda, el Barrio Gótico, la ciudad monumental y oficial. El Raval, ajeno a las miradas de la Barcelona de orden, fue siempre un lugar de tránsito: su proximidad al puerto le daba un trasiego de marineros y viajeros que alimentaba la prostitución y la fama de barrio de mala vida, como se decía entonces, pero era también un barrio de acceso a la ciudad, destino de ingreso de muchos inmigrantes que venían a la búsqueda de mejor suerte, antes desde el resto de España, ahora desde el extranjero. Manolo tenía cinco años el día que al bajar corriendo –los niños casi siempre tienen prisa– la escalera de su casa se cruzó con “un hombre feo y canijo con una maleta en la mano”, en su propia descripción. No le hizo caso, siguió hasta la calle, la plaza del Pedró, a jugar con los amigos del barrio. Cuando regresó a casa, resultó que aquel hombre era su padre. Venía de la cárcel a la que la represión le había llevado el mismo año del nacimiento de Manolo. Y, probablemente, le quitó del lugar de privilegio que había ocupado al lado de su madre durante su ausencia. Dicen que la única y verdadera patria es la infancia. Nuestras biografías vienen marcadas por hechos seminales como este. Todo podía haber sido de otra manera. Pero fue así. Probablemente este momento tiene algo de fundacional para un escritor que siempre llevó incorporada la sombra de este barrio y de estos momentos. A mí esta anécdota me ha servido siempre para reconocer y hacerme entendible todo lo que he conocido de Manolo.
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Imagen actual de la mesa de trabajo de Manuel Vázquez Montalbán en su casa de Vallvidrera (Barcelona). / JORDI SOCÍAS
Muchos años más tarde, una mañana de enero, fría y luminosa a la vez, con esta luz azul claro que solo tiene París, en un larga caminata por los Campos Elíseos, hablando de su obstinada fidelidad al comunismo, del que ya solo quedaban las ruinas, Manolo cerró el debate con esta frase: “Déjame que sea el que apague la luz”. Me pareció irrebatible. Lo inefable no se discute: cada cual es dueño de sus parcelas en el territorio de lo que no es falsable. Confirmaba así que su compromiso político era también profundamente sentimental. En el fondo, su relación con el comunismo fue un modo de sellar la fidelidad a los orígenes de un intelectual prestigioso que surgió de las clases más castigadas por el franquismo y que, labrado por las contradicciones como todos, siempre tuvo el pasado en el rabillo del ojo. Más allá de la razón y la crítica había la pasión de un hombre que vivió muy deprisa, casi tan deprisa como escribía.
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El recuerdo del Raval siempre le pudo a Manolo. Cuando se emprendió la gran transformación del barrio, a finales de los ochenta y principios de los noventa, a caballo de Barcelona 92, pero más allá de los Juegos, Manolo ejerció, a veces con indisimulada melancolía, de vigilante crítico de un cambio en el que la mejora de las condiciones de vida amenazaba la expulsión del barrio de la población más débil. Fiel a su tradición de puerta de entrada de la ciudad, el barrio hoy se parece poco al que conoció Manolo. La transformación urbanística ha ido acompañada de una transformación demográfica, de modo que hoy probablemente sea, por la diversidad de origen y condición de sus habitantes, el barrio más cosmopolita de Barcelona.
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“Este mundo no es como lo esperábamos”, “Hemos venido a este mundo a sufrir”, el pesimismo de la inteligencia podía en Manolo más que el optimismo de la voluntad. El happy end no existe. Eran estos los eslóganes que presidían la redacción de la revista Por Favor en la España del tardofranquismo y los inicios de la Transición en los que el humor era la escapatoria posible, no exenta de riesgos y penalidades como lo demuestran los cierres y desventuras judiciales que sufrió. La revista nació en un día señalado del calendario de la crueldad fascista: la tarde en la que el Consejo de Ministros dio el enterado para la ejecución de Puig Antic. Una coincidencia expresión de las contradicciones del momento en el que el régimen agotaba su enseñamiento represivo al tiempo que empezaban a emerger voces y presencias del futuro.
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En estos tiempos nuestros en los que el mito de la productividad es el horizonte ideológico dominante, los predicadores del dogma alucinarían con Manolo. Media revista la hacía él, generosamente nos dejaba el resto a los demás. Una retahíla de seudónimos suyos se expandía por las páginas. No creo que se conozca escritor con mayor productividad literaria por hora. Una idea y una canción: Manolo decía que los artículos los escribía sobre el patrón de una tonadilla.
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Y, sin embargo, había tiempo para todo. Hay que recuperar la literatura del tedio. Recuerdo con enorme nostalgia las tardes de los fines de semana en su casa de Cruilles. Este placer, actualmente casi prohibido, del dolce far niente,de la conversación sin prisa ni objetivo preciso, del dejar fluir las horas, entre palabras. Los almuerzos se prolongaban en largas tardes de sofá, entre la modorra y algún chispazo de Manolo, abundantemente regadas, solo interrumpidas por la invitación a la merienda, plenamente integrable en el pecado capital de la gula, hasta llegar, sin solución de continuidad, a la cena, evidentemente preparada por Manolo. Nos acostábamos de madrugada y a la mañana siguiente, cuando conseguías bajar a la cocina, con toda la carga de la resaca, Manolo ya había escrito dos artículos, ya había hecho la compra y ya había desplegado el desayuno sobre la mesa. Siempre he sentido una sana envida por los que duermen poco y están despiertos como si durmieran mucho.
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Manolo tenía fama de tímido. Es verdad que ponía una cierta coraza entre él y el mundo. Una coraza que de vez en cuando rompía con un latigazo de su desmesurada imaginación literaria. Yo, que defendí la primera guerra de Irak (que no la segunda), todavía siento una cierta humedad en mis labios cuando recuerdo la flecha que nos mandó a los proaliados en un debate televisivo: “Boquitas pintadas de sangre”. Los debates ideológicos y políticos crean fronteras y rompen complicidades. Y la apuesta de Manolo por la figura del intelectual a la sartriana –el del compromiso político– le llevó más de una vez a cruzar la que para mí es la línea roja: ocultar la verdad para no desmoralizar a los nuestros. Pero detrás de su coraza se escondía una dimensión entrañable que permitía recuperar la empatía siempre que supieras vencer el primer muro de resistencia. Manolo Vázquez Montalbán formaba parte de la media docena de intelectuales europeos –comunistas irredentos, podría decirse– que acudían a la llamada de cualquier signo de emergencia de algún movimiento radical que, en algún lugar del mundo, apareciera como portador de una nueva esperanza. La causa zapatista, el pacifismo antiamericano y los movimientos antiglobalización habían sido sus últimas apuestas. En cualquier caso, en tiempos de ­autocomplacencia neocapitalista, la tenacidad de Manolo ha servido para que las noticias del caos y de la injusticia en el mundo tiñeran de negra realidad cualquier retrato en rosa de un mundo sometido a la pax americana. Pero más allá de la suerte de estas causas, el tiempo le ha dado la razón en muchas cosas: desde los años ochenta es la revolución conservadora, destinada a destruir los equilibrios labrados en los cincuenta y los sesenta, la que está arrasando a unas sociedades a las que ha impuesto la cultura de la indiferencia, y la que está devorando a la democracia con un crecimiento de las desigualdades sin parangón, que destruyen el tejido social y político. Hoy no le faltarían a Manolo causas que apoyar, en un momento en el que los movimientos sociales están dando réplica a la política institucional, construyendo nuevas formas de politización.


La mesa vacía que Manuel Vázquez Montalbán ocupaba con sus amigos en el restaurante Casa Leopoldo. / JORDI SOCÍAS
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Unas gotas de surrealismo. El día de la muerte de Franco nos dio por jugar al pimpón. Supongo que era una forma contenida de expresar una alegría que no amagaba una derrota: Franco murió en la cama. La redacción del Por Favor estaba cerca de mi casa. Fuimos a ella para ver la declaración de Arias Navarro. Yo tenía una mesa de pimpón en la terraza y entre lágrima y lágrima del presidente del Gobierno le dábamos a la pala. Extraño desahogo de un día en el que todo era raro: nos sentíamos liberados, pero el régimen estaba ahí. Con todo, la más surrealista de las experiencias que viví con Manolo fue en TVE. Nos invitaron al programa de Carmen Maura, la chica que valía mucho. La grabación era a las seis de la tarde, pero nos citaron a la hora de la comida. Comimos juntos Bibi Andersen, Alaska la de los Pegamoides, Manolo Vázquez y un servidor. “Ya has descubierto el secreto de Bibi Andersen”, me decía Manolo en voz baja. Por aquellos tiempos imperaba la idea de que la comida y la bebida llevaban a los invitados más relajados al estudio y mejor preparados para la grabación.
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La publicación de ‘Crónica sentimental de España’ en Triunfo marca un momento crucial en la renovación del periodismo español. Los jóvenes que empezábamos entonces, en unas redacciones franquistas que se iban poblando paulatinamente de rojos, queríamos escribir como Manolo. La literatura como vía para ejercer la crítica prohibida. A través del repertorio musical y cinematográfico de la incipiente cultura de masas, Manolo devolvió la dignidad simbólica a amplios sectores de las clases populares y llevó a cabo un proceso de codificación de la cultura popular que la hacía visible para amplios sectores de la sociedad y la incorporaba al arsenal cultural de la resistencia antifranquista. “Afortunadamente, las señoras tienen espalda”, escribía en una Capilla Sixtina de Triunfo, a propósito del film de Jaime Camino Mi profesora particular.Y concluía: “¿La esperanza? La espalda de Analía Gadé recordándonos la proclamación de Hölderlin: los dioses se han marchado, nos queda el pan y el vino”.
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“No quiero que me den la mano / empapada con nuestra sangre”. Estos dos versos de Pablo Neruda, del Canto general, “parecen dar la clave de la rápida muerte” del poeta, después del golpe de Estado de Pinochet, escribía Manolo en Triunfo. Me he acercado estos días de aniversario de aquella felonía a sus artículos en torno a la caída de la Unidad Popular Chilena que para una generación fue el fin de la última ilusión que quedaba o, si se prefiere, la pérdida de la inocencia. “Cuando la paciencia de la víctima no tiene límite, la paciencia del verdugo se acaba”, escribía Manolo. “Allende era irritante. Nacido para ser Frei, había querido ser Allende. Masón de convicción, presidía los actos religiosos. Socialista obsesivo y ultimista, creía en el respeto a la norma democrática, incluso como instrumento de construcción del socialismo. Así se explica la urgencia, la furia, la rabia de las balas. Mataban la excepción. Confirmaban la regla”.
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Pocos días antes de su muerte en los pasillos del aeropuerto de Bangkok, un lugar propio de un espía más que de un escritor, cerca de los mares del Sur que le fascinaban, Manolo escribió en su columna de EL PAÍS con el título Vacíos: “No hemos valorado suficientemente la sensación de vacío que nos espera cuando del friso político desaparezcan Pujol, Aznar y, probablemente, Arzalluz”, cerrando un ciclo del que la primera señal había sido la salida de Felipe González. “Esta no es España, que me la han cambiado”. Si ahora regresara, constataría cómo han sido premonitorias aquellas palabras suyas. Efectivamente, el régimen de la Transición y el orden de la España autonómica que estos ciudadanos representaban han quedado irreconocibles sin ellos. Volvemos a estar en tiempo de mudanza, que eran los que gustaban a Manolo.
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Pero la singularidad de Manuel Vázquez Montalbán es que cualquier batalla política, aun la que pareciera más absurda o disparatada, era inseparable de sus pathos de escritor insaciable. Escribir era, en el fondo, su manera de estar en el mundo. Y, en este sentido, probablemente nada explica mejor la complejidad política, psicológica y literaria de Manolo que la relación con dos mitos –en el sentido de que sus narrativas pesaron sobre casi todos los periodos de su vida–, Fidel Castro y Franco, la cara y la cruz. A ambos dedicó miles de páginas. Se metió dentro de Franco para escribir la autobiografía en una especie de viaje a lo siniestro. Y se embebió de Fidel Castro, que le generó siempre tanta admiración como incomodidad. Manolo sabía perfectamente qué es y qué no es una dictadura. Pero desde algún rincón de su conciencia seguían llegando órdenes que le venían de aquella su lejana patria, la infancia en el barrio del Raval, y marcaban sus palabras, sus fidelidades y sus silencios. E incluso sus excesos.
Josep Ramoneda

jueves, 14 de marzo de 2013

PRENSA CULTURAL. "El desconcierto de Montalbano". Guillermo Altares

   En "blogs.elpais":

El desconcierto de Montalbano

Por:  | 04 de febrero de 2013
Camilleri en 1999 (FOTO: TEJEDERAS)
Aunque habitan en dos lugares muy alejados de Europa, Malmö, en Suecia, y Vigàta, en la costa sur de Sicilia (un trasunto de Porte Empedocle), el comisario Wallander, creado por Henning Mankell, y el comisario Montalbano, obra de Andrea Camilleri, son dos tipos que podrían entenderse muy bien. Ambos esgrimen un profundo concepto de la justicia, que va mucho más allá de lo que dictan las leyes, y los dos viven en sociedades que creen que tienen el deber de hacer mejores con su trabajo como policías; no porque sean cruzados quijotescos, sino porque ninguno de los dos piensa que están ahí para defender a los poderosos, ni para mantener el statu quo. Tal vez Montalbano pueda parecer más irónico y Wallander más solemne, pero en el fondo los dos siempre se enfrentan a casos que reflejan lo peor de esta Europa solo aparentemente aséptica en la que vivimos. La injusticia campa a sus anchas por la dolorida Sicilia, pero también se desparrama por las socialdemocracias nórdicas. Aunque hay un factor que hace casi imposible imaginarles juntos: la comida

Montalbano es un digno heredero del escritor que le dio su nombre, Manuel Vázquez Montalbán, y como Pepe Carvalho se toma las cosas del comer muy en serio, aunque no cocina. Esto último resulta normal, si uno tiene a mano la tratoría de Enzo, una mina inagotable de pescado fresco y platos de pasta, o la señora Adelina, que siempre le deja en su casa preparados platos sicilianos (menos cuando está Livia, su novia que vive en Génova, a la que no soporta). Como relata Peter Robb en el magnífico libro de viajes Medianoche en Sicilia, la gastronomía siciliana es la más interesante del Mediterráneo y refleja siglos de historia e invasiones. En cambio, Wallander sólo se alimenta de comida basura, cuando se alimenta. No me gustaría estar en la piel del doctor encargado de analizar sus arterias.
Esa relación con la comida dice mucho de ambas series narrativas: las novelas de Wallander, publicadas en castellano por Tusquets, reflejan la luz de Suecia; las de Montalbano, publicadas por Salamadra, la del Mediterráneo. Andrea Camilleri creó a su comisario cuando estaba a punto de cumplir los 70 años y sus libros están llenos de humor. Aunque cuenta desgracias tremendas y la visión de su país (tanto Sicilia como Italia) no puede ser más ácida, sus novelas despertaban muchas veces carcajadas y estaban teñidas de una extraña alegría. "Sólo se puede ser siciliano con ironía", dijo en una entrevista con este diario cuando sus libros empezaban a cuajar entre los lectores españoles. Sin embargo, en las dos últimos novelas de la serie (ya hay traducidas 19 al castellano), se ha producido un extraño cambio: son mucho más tristes.
En La edad de la duda (2008 en su edición original) y La danza de la gaviota (2009), ambas editadas a lo largo de 2012, resulta a veces difícil encontrar al Montalbano más alegre. Puede haber muchas explicaciones: tal vez porque fueron escritas en los albores de la crisis que está poniendo en peligro el estado social europeo, tal vez porque el comisario está cruzando el Rubicón de los cincuenta, seguramente porque Camilleri cada vez soporta menos la porquería que se multiplica a su alrededor (no hay que olvidar que, tras la victoria del centroizquierda en 2006 y la llegada al poder de un tipo decente como Romano Prodi, Berlusconi contraatacó en 2008 y con su nuevo partido, El Pueblo de la Libertad, unido a la Liga Norte, logró regresar a la jefatura del Gobierno italiano).
Buscando artículos y declaraciones de Manuel Vázquez Montalbán sobre comida y gastronomía, me topé con una crónica, de 1983 de la presentación madrileña de Los pájaros de Bangkok, firmada por Mirito Torreiro, en la que el gran escritor barcelonés decía lo siguiente sobre su personaje: "Ese antihéroe entrañable, escéptico y hedonista que es Pepe Carvalho, que tiene una cierta moral, aunque no coincida con la moral de la sociedad. Yo diría que la característica particular de este detective es su desconcierto. Es un personaje desconcertado, no en lo profesional, que ahí se las arregla muy bien, sino en cuanto al final de las cosas, al último porqué. Es un hombre que acaba por darse cuenta, con asombro, de que la realidad nunca concuerda". Quizás lo que parezca tristeza, no lo es, es algo peor: lucidez, desconcierto ante un mundo imposible. La última novela publicada en España de Montalbano, La danza de la gaviota, arranca con la inexplicable muerte de un pájaro en la playa, ante la casa del comisario en Marinella. Esta pequeña escena marca el tono de la novela (una de las mejores de la serie). La última frase (y no arruino el final a nadie) dice: "Sentado en la galería, en compañía de una pizca de melancolía, intentó consolarse con un plato enorme de caponatina". El mundo no le quita el hambre a Montalbano, eso está claro, pero es difícil que su ironía no acabe teñida de cinismo.
El festival literario BCNegra, que se celebra actualmente en Barcelona, rinde un homenaje a Andrea Camilleri, que no ha podido asistir. A sus 88 años, el médico le ha prohibido viajar.

domingo, 27 de septiembre de 2009

BIBLIOTECA. "Mis almuerzos con gente inquietante", de Vázquez Montalbán


Entre plato y plato, Vázquez Montalbán cocina estas entrevistas con gente inquietante. Al decir del autor, el almuerzo es un "ámbito especial" donde comer, beber y hablar relaja "los esfínteres del espíritu". De ahí que los personajes que desfilan por estas páginas -Martín Villa, el duque de Alba, Jesús Quintero, Miquel Roca, Bibi Andersen, Fraga Iribarne...- cuenten lo que se guisan y lo que se comen con sinceridad y sin complejos.
(Texto de la contracubierta)

Editado por Público/SabadellAtlántico, tiene 349 páginas y está en la BIBLIOTECA.

domingo, 20 de septiembre de 2009

BIBLIOTECA. "El pianista", de Vázquez Montalbán


Vázquez Montalbán narra en esta novela la historia de Alberto Rosell, un pianista que ve truncada su carrera a causa de la guerra civil española y que ahora se gana la vida tocando en un local de travestis. Organizado en tres planos cronológicos -la guerra, la postguerra y la España de mediados de los 80-, este libro es una reflexión sobre el papel de los artistas e intelectuales en la sociedad, además de un ácido retrato de la progresía española.
(Texto de la contracubierta)

Editado por Público/SabadellAtlántico, tiene 269 páginas y está en la BIBLIOTECA.

domingo, 30 de agosto de 2009

BIBLIOTECA. "Autobiografía del general Franco" de Manuel Vázquez Montalbán


Entre el ensayo histórico y la ficción novelesca, Autobiografía del general Franco es una aproximación exhaustiva y documentada a la figura del dictador que rigió los destinos de España durante 40 largos años. A través de Marcial Pombo, un viejo escritor de pasado antifranquista que recibe el encargo de escribir la biografía del caudillo, descubriremos las miserias, la violencia y la impunidad de aquel régimen que Vázquez Montalbán calificaba, entre otras cosas, de "feísimo".
(Texto de la contracubierta).

En este enlace, podemos leer la opinión de Eduardo Haro Tecglen sobre el libro; es un artículo escrito en el suplemento "Babelia", de "El País", el 31 de octubre de 1992.


Son dos volúmenes.

Editados por Público/SabadellAtlántico, el primero tiene 347 páginas, y el segundo, 331. Los puedes encontrar en la BIBLIOTECA.

domingo, 9 de agosto de 2009

BIBLIOTECA. "Cuarteto", de Manuel Vázquez Montalbán

Manuel Vázquez Montalbán utiliza los recursos del género policíaco para componer una novela corta, densa y trepidante, cuyo hilo conductor descansa en la fascinante y esquinada personalidad de sus personajes: el inspector Dávila, Carlota, Germán, Luis... Cuarteto es un divertimento, un juego de espejos deformantes donde las apariencias, aunque engañen, "son los más sólido que existe".
(Texto de la contracubierta)

Editado por Público/SabadellAtlántico, tiene 91 páginas y está en la BIBLIOTECA.

domingo, 2 de agosto de 2009

BIBLIOTECA. "El escriba sentado", de Manuel Vázquez Montalbán


Los libros y autores que conmocionaron intelectualmente a Manuel Vázquez Montalbán son los protagonistas de esta antología de reseñas y ensayos literarios que el autor barcelonés escribió a lo largo de 30 años. Dostoievski, Baroja, Chester Himes, Sartre... conforman una galería literaria...

(Texto de la contracubierta)

Publicado por Público/SabadellAtlántico, estos 26 breves ensayos tienen 254 páginas, y se encuentran en la BIBLIOTECA.

domingo, 26 de julio de 2009

BIBLIOTECA. "Erec y Enide", de Manuel Vázquez Montalbán

Amor y desamor confluyen en esta novela cuyo título remite al primer "roman" del ciclo artúrico que Chrétien de Troyes escribió en el siglo XII. La trama gira en torno a las vivencias de Julio Matesanz, un viejo catedrático de literatura, su mujer, su amante y el ahijado de éste, Pedro, que, junto con su compañera Myriam, ejercen de cooperantes de Médicos sin Fronteras en una Guatemala devastada por las heridas de la guerra civil.
(Texto de la contracubierta)

Editada por Público/SabadellAtlántico, tiene 239 páginas y está en la BIBLIOTECA.
Además, en Espéculo. Revista de estudios literarios, de la Universidad Complutense de Madrid, firmado por Catherine d'Humières, de l'Université de Cergy-Pontoise, podemos leer este artículo, en el que se nos evoca en paralelo la novela de Vázquez Montalbán con la historia de Chrétien de Troyes: Un ejemplo de transubstanciación literaria: Erec y Enide, de Chrétien de Troyes a Manuel Vázquez Montalbán.

domingo, 19 de julio de 2009

BIBLIOTECA. "El estrangulador", de Vázquez Montalbán

La inquietante y larga confesión del psicópata que protagoniza esta novela -publicada en 1994- sirve a Vázquez Montalbán para ajustar cuentas con el presente desesperanzado y el futuro poco prometedor que define el fin de siglo. Todo en esta novela "ensimismada" y tragicómica, trufada de reflexiones sobre la política, el amor, la vida y la muerte, remite a la figura de ese estrangulador recluido en un manicomio penitenciario, metáfora de todos nuestros miedos pasados, presentes y futuros.
(Texto de la contracubierta)

Editado por Público/SabadellAtlántico, en su Colección Vázquez Montalbán, tiene 221 páginas y está en la BIBLIOTECA.

martes, 30 de junio de 2009

LECTURA. "Televisión basura", de Manuel Vázquez Montalbán

TELEVISIÓN BASURA

"¿Es usted puta?". "No, señor". "¿Estaría usted dispuesta a pasar por la máquina de la verdad?". "Si usted me paga, yo paso por lo que sea". (Uno del público) "No será puta, pero se pega pedos y se hurga la nariz con el dedo gordo de la mano derecha". "¿Es cierto lo que nos dice su ex compañero sentimental?". "Mi compañero sentimental no merece ningún crédito, porque hasta hace dos días se dedicaba a secuestrar gatos domésticos para pedir rescate". "¿Gatos domésticos yo? ¡Hamsters! ¡Sólo he secuestrado hamsters!" (interviene otra señora del público, invitada como representante del ecologismo integrado). "Señor presentador, de lo de los pedos doy fe, porque, si mis narices no me engañan, la invitada acaba de emitir uno de no te menees"... "Calma, ¿estaría usted dispuesta a, en relación con las ventosidades que se le atribuyen, pasar por la máquina de la verdad?" (la invitada asiente y aparece la máquina de la verdad, pero los que esperaban al hombre de la verdad yanqui, recién llegado de Alcatraz o de los sótanos del Pentágono, como otras veces, se sorprenden: quien acaba de entrar es Mr. Guillotin, y lleva una guillotina plegable que usted puede adquirir en cómodos plazos o con un descuento de un 25% si la paga a tocateja con dinero gris. La aparición de Mr. Guillotin provoca un instinto de retirada en la entrevistada, que es reprimido por la aparición de 500 espléndidas muchachas disfrazadas de atún claro y comandadas por Bettino Craxi, al tiempo que 2.000 matrimonios maduros de la Samarcanda profunda se prestan a explicar sus experiencias sexuales por separado y al mismo tiempo opinar sobre la guerra del Golfo y dar la receta —ella— de las "fabes con almejas", mientras dos millones de líderes de opinión consideran que Felipe González está calvo, lleva un bisoñé y es el secreto más guardado de la democracia, más incluso que el señor Calvo Sotelo, que era proteína pura de secreto de Estado o metafísica pura de secreto de Estado, sin que haya una coincidencia absoluta sobre la relación entre la visita del Papa y el serio deterioro que ha sufrido la propuesta kantiana de la razón como reordenadora de la realidad, con la ayuda de la televisión, a pesar de que el Papa mediático ha tratado de empezar a aplicarla precisamente en la ermita del Rocío). "Por 200 millones de pesetas y un lote completo de latas de migas de atún. ¿De qué sexo era el caballo blanco de Santiago?". "Perdone, señor Corcuera. Aprovecho la coincidencia de que participamos en la misma mesa redonda sobre la ley Mohedano para reclamarle el abrelatas que el V de Caballería se llevó de mi domicilio allanado". "Si le allanamos el domicilio, por algo sería..." (otra vez irrumpe alguien del público). "Trafica con manuscritos de Lacan". "¿Usted trafica con manuscritos de Lacan?". (El traficante con manuscritos de Lacan estalla en sollozos y finalmente es retirado por las 300.000 semidesnudas abuelas de las chicas a las que Chicho les toca. Pero todo pasa a segundo término cuando aparece en pantalla un flash informativo de la CNN y Jane Fonda comenta las razones que han asistido al presidente Clinton a bombardear Bagdad, sin que la ex muchacha dorada deje de hacer aerobic secundada por 400.000 marquesas sevillanas de título pontificio y 200.000 maharíes francesas ex dependientas de Galerías Lafayette y ex amantes del actual compañero sentimental de una de las princesas de Mónaco secretas, hija de secretos amores entre el príncipe Rainiero y una delegación de la Sección Femenina, becada en Mónaco para ampliar estudios sobre la oursinade, puré de patata y huevas de erizo mediterráneo, a ser posible de púas marrones, rico, rico, rico, sobre todo si se le pone perejil crecido a los pies del Árbol de la Ciencia del Bien y del Mal y usted lo cocina no exactamente el sábado, sino el miércoles por la tarde y se lo come tan ricamente antes del partido Tenerife - Cascos Azules o Pujol - Tercios de Flandes). "Me he perdido". "Para eso estamos aquí". (El presentador se echa gotas de melancolía Westinghouse en los ojos, se enfrenta a la cámara y habla). "En la mañana del 28 de junio de 1993, un analista de mass media se perdió dentro de su procesador de textos cuando trataba de buscarle el cuarto sexo a la televisión. ¿No será que la televisión es más la sombra de Kant que la de Hegel? Los últimos que le vieron aseguran que se levantó decidido al descabello, porque, disfrazado de científico social, durante una semana trató de urdir un artículo más o menos científico sobre la televisión como sucedáneo de la metáfora de la caverna platónica, como sucedáneo y como, una vez más, traición de la aspiración platónica —también, en cierto sentido gramsciana, aunque me esté mal el decirlo— de que la educación debe orientarse a que los hombre contemplen la verdadera realidad. Al no poder todos los hombres acceder al conocimiento de la realidad, sólo los que pueden hacerlo, los verdaderos sabios, podrán ser los verdaderos gobernantes. Como ha escrito Ferrater Mora, a modo de conclusión: "El filósofo-rey —el filósofo que se convierte en rey o el rey que filosofa— es la culminación del proceso educativo, que, si bien nace entre las sombras, se eleva progresivamente hasta la suprema luz". (El locutor se vuelve hacia los testigos de la desaparición del articulista). "Usted asegura haber sido el último que lo vio. ¿En qué circunstancias? Usted está en condiciones de dar una opinión precisa, porque es sociólogo". "Sociólogo imperfecto, sí, señor, para servirle a Dios y a usted". "¿A qué llamamos sociología imperfecta?". "A la que no tiene como vana pretensión sectaria ni dogmática el presentarse como perfecta, puesto que sólo puede haber pasados perfectos, en el sentido de que son inalterables. En cambio, los futuros son alterables, aunque puedan ser probabilizados, pueden escapar a los excesivos cálculos de su propia probabilidad". (El presentador se vuelve otra vez hacia el espectador. Le mira de hito en hito). "Ojo al dato y atención al parche" (De nuevo vuelca su atención y su melancolía sobre una de las invitadas). "Usted debe sufrir más que nadie esta misteriosa desaparición... ¿Quiere lanzar, desde estas cámaras, un mensaje a su marido?". (La mujer se seca una furtiva lágrima). "Manolo. Vuelve. Ya te advertí que el Word Perfect es muy traidor, porque te confías, y como te equivoques de tecla te convierte cualquier cosa en alegoría tan imperfecta que se esfuma y va a parar a las peores cavernas platónicas, esas que no se notan, que aparecen llenas de luz precisamente para que no podamos ver nada... La luz no deja ver las sombras...". "Señora, ¡qué bonito!". "Es que en mi juventud quise ser poeta". (El presentador de nuevo, triunfante, se cierne sobre una audiencia de 10 millones de socios del Mercado Común). "Hemos perdido un líder de opinión, pero hemos recuperado una poeta".

lunes, 22 de junio de 2009

BIBLIOTECA. "Galíndez", de Manuel Vázquez Montalbán

La peripecia personal e histórica de Jesús de Galíndez, representante del PNV en el exilio, constituye la trama de esta novela política que Vázquez Montalbán definió como una mediotación sobre la impunidad del poder y de lo fácil que es ejercer esa impunidad. A caballo entre el reportaje y la ficción, el libro recrea la figura del dirigente vasco, secuestrado en Nueva York en 1956 y asesinado después en Santo Domingo, por orden del dictador Trujillo.
(Texto de la contracubierta)

Editado por "Público/Sabadell Atlántico", tiene 414 páginas y está en la BIBLIOTECA.