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martes, 13 de octubre de 2015

PRENSA. "Hitler tiene futuro", de Lluís Bassets. Sobre el ensayo "Tierra negra", de Timothy Snyder

   En "El País":

Hitler tiene futuro

La llegada de centenares de miles de refugiados a Europa permite certificar la certeza de las teorías de Snyder, autor de 'Tierra negra. El Holocausto como historia y advertencia'.


ROBIN UTRECHT (EPA)

Muchos son los historiadores que han indagado sobre el exterminio de los judíos de Europa durante la Segunda Guerra Mundial, pero ninguno hasta ahora había estudiado el Holocausto como una posibilidad de futuro, es decir, como una advertencia. Es evidente la apelación moral –¡nunca más!– que siempre ha sugerido aquel genocidio organizado por el régimen nacionalsocialista alemán, pero el historiador estadounidense Timothy Snyder ha dado un paso más al convertirla en el estudio de las posibilidades materiales en que se podrían repetir en el futuro matanzas masivas como las que sufrió una parte de la población europea hace algo más de 70 años.
Su libro Tierra negra. El Holocausto como historia y advertencia sale en un momento especialmente oportuno, cuando Europa se enfrenta a la llegada de centenares de miles de refugiados a Europa, procedentes principalmente de Oriente Próximo, un acontecimiento que permite en buena medida verificar el grado de certeza de sus teorías. En su caso, la tarea del historiador –interpretar el pasado para mejor comprender el presente– adquiere una dimensión casi profética al convertirse además en una severa advertencia para el futuro.
Los genocidios no surgen por generación espontánea como una súbita erupción del mal en el mundo, sino que hay condiciones objetivas que los favorecen. La más evidente de todas, por paradójica que pueda parecer, es la debilidad o la retirada del Estado de los territorios sobre los que pende la amenaza. Snyder ha invertido el lugar común del Holocausto como el trabajo planificado de la maquinaria burocrática de un Estado totalitario alemán para describirlo como la acción desencadenada por una ideología criminal allí donde las poblaciones no cuentan con la protección del Estado y de la ley.
Una parte de aquellas condiciones se producen ahora, cuando 60 millones de personas, según cifras de Naciones Unidas, vagan de frontera en frontera huyendo de las matanzas, las guerras civiles y los regímenes totalitarios, y muchos de ellos dejan sus vidas cuando intentan alcanzar los países que puedan proporcionarles el asilo. Nada les hace más vulnerables como los territorios sin ley, donde el Estado se ha apartado, ha sido destruido o se ha convertido en una estructura fallida y sin efectividad, tal como Snyder pudo estudiar y cuantificar comparativamente respecto a las matanzas de judíos en el conjunto de Europa.
En el corazón del monstruo totalitario nazi o en los países de Europa occidental ocupados, como Francia o Países Bajos, los judíos contaban con una tenue protección que no existía en los países bálticos, en Polonia o en la Unión Soviética ocupada por los alemanes, donde reinaba la simple y brutal ley de la selva. Las mayores matanzas y el exterminio en masa de Auschwitz se produjeron en la Europa oriental, donde los Estados habían sido arrasados, en algunos casos dos veces, primero por Stalin y después por Hitler, y las víctimas eran los judíos que habían sido totalmente desposeídos de sus derechos por expulsión de sus países o por la desaparición de los Estados.
La advertencia de Snyder se centra, naturalmente, en las condiciones políticas para que pueda producirse de nuevo un genocidio, pero también apela a las conciencias individuales. “Si se destruyesen los Estados, se corrompiesen las instituciones locales y los incentivos económicos se encaminasen hacia el asesinato, pocos de nosotros mostraríamos un comportamiento ejemplar”, asegura. Ni somos “éticamente superiores a los europeos de los años 30 y 40” ni somos “menos vulnerables al tipo de ideas que Hitler promulgó e hizo realidad con tanto éxito”.
Hay una buena conciencia europea que ha cosificado el Holocausto hasta inutilizarlo. Hitler es la barra de platino iridiado del mal absoluto, el equivalente del metro que se conserva en el museo de pesos y medidas de París. La comparación con Hitler es una trivialidad en los debates digitales que ha sido objeto incluso de humorísticas fórmulas matemáticas. Comparar a alguien con el führer, la reductio ah hitlerum, es un ejercicio que se vuelve contra quien lo usa: solo quien tiene simpatía con los nazis puede trivializar el mal absoluto que fue el nazismo. El Hitler de la cultura popular tiene algo del Satanás medieval. Situado en un nivel insuperable de la perversión, su invocación tiene poderes absolutorios o al menos relativizadores sobre quienes ejercen el mal contemporáneo.
Todo esto no es casualidad ni pertenece únicamente a la cultura popular de Europa occidental, sino que tiene en Europa oriental una presencia especial que Snyder, buen conocedor y estudioso de Rusia y Ucrania, también ha sabido localizar y denunciar. Hay un mito del antifascismo soviético, construido sobre un monopolio de la virtud y el control de la memoria, que contrasta directamente con las matanzas de civiles, judíos y no judíos, perpetradas por el Ejército Rojo en la Polonia ocupada y después en los territorios en disputa con la Wehrmacht. Además de absolver a los soviéticos de sus crímenes de entonces, el mito del antifascismo se proyecta en la actualidad, en Ucrania por ejemplo, mediante una inversión que convierte a Estados Unidos, Israel y la Unión Europea en el nuevo avatar del nazismo combatido por Vladímir Putin.
No es esta la más inquietante de las advertencias. Según Snyder, el miedo contemporáneo a las catástrofes ecológicas, sobradamente fundamentado en el calentamiento global o en la evolución demográfica del planeta, da una nueva verosimilitud a las ideas hitlerianas sobre la lucha por la vida alentada por “demagogos de la sangre y de la tierra”. Hitler tiene futuro.

sábado, 11 de abril de 2015

PRENSA. "El genocidio está en marcha". Lluís Bassets

Lluís Bassets

   En "El País":

El genocidio está en marcha

Por:  26 de febrero de 2015
Dos espesas cortinas de palabrería y de imágenes manipuladas ocultan o al menos difuminan el genocidio que están sufriendo las minorías étnicas y religiosas y muy específicamente los cristianos de Oriente en manos del Estado Islámico.
La primera es la cortina de los malos usos del lenguaje, cuestión en la que es grande la responsabilidad de quienes tienen voz pública, dirigentes políticos y religiosos, periodistas e intelectuales: cuando cualquier enemigo intolerante y brutal es un nazi y un fascista y cualquier actuación violenta de una dictadura o de un grupo armado es un genocidio, entonces el nazismo, el fascismo y el genocidio se convierten en términos totalmente irrelevantes.
La segunda la forman los señuelos que ocultan y desvían la atención bajo la forma de una violencia audiovisual extrema la violencia mucho más brutal y masiva del exterminio de grupos humanos enteros por el mero hecho de ser lo que colectivamente son. Esa es la función, específicamente terrorista, de los vídeos con las ejecuciones por decapitación o por el fuego de los prisioneros del califato terrorista o Estado Islámico, sean trabajadores cristianos coptos en Libia, rehenes occidentales y japoneses en Siria o prisioneros kurdos en Irak.

El hecho es que el mundo entero permanece hipnotizado por el horror de estas ejecuciones o se estremece ante la eventualidad de que los lobos solitarios regresen a los suburbios europeos, pero apenas nadie señala ni denuncia el genocidio que está en marcha, dirigido a 'limpiar' la tierras del califato de cualquier minoría religiosa que no se identifique con el islam sunnita en su versión salafista --la misma, por cierto, que impera en la mayor parte de la península arábiga, donde la práctica de otras religiones está estrictamente prohibida.
La grave y exacta denominación como genocidio aparece ya en el informe de Naciones Unidas publicado esta semana sobre el conflicto de Irak. El repertorio de las atrocidades nos remite a lo sucedido en Camboya entre 1975 y 1979, Ruanda en 1994, y la exYugoslavia en la década de los 90, como antecedentes más cercanos de matanzas dirigidas a destruir a enteros grupos étnicos, ideológicos o religiosos.
Una antigua y gran ciudad como Mosul, capital de muchas de estas minorías, se halla desde junio pasado en manos del califato genocida, con 14 tribunales especiales que se dedican a dictar las ejecuciones públicas diarias. Era la segunda ciudad de Irak, con 1'8 millones que son ahora apenas un millón de asustados habitantes, inermes ante el dominio terrorista. La comunidad cristiana ha huido entera o ha perecido. Gran parte de su patrimonio, entre el que se encuentran numerosos edificios religiosos, ya no existe o está en peligro. La biblioteca municipal con una valiosa colección de 8.000 libros raros y manuscritos, ha sido dinamitada.
Esta vez valen las palabras más graves. Es fascismo, es genocidio, y hay que preguntarse a qué se debe tanta indiferencia.

lunes, 7 de octubre de 2013

PRENSA. Sobre la muerte de los inmigrantes en Lampedusa: "Subsidiariedad irresponsable". Lluís Bassets

Lluís Bassets

   En "blogs.elpais":

Subsidiariedad irresponsable

Por:  05 de octubre de 2013
No eran emigrantes. Eran fugitivos. No huían solo de la pobreza y de la falta de horizontes vitales. Lo que les hizo correr y salir a toda prisa de sus países es la muerte, por el hambre o por la guerra. No venían del Magreb decepcionado por el fracaso de las revueltas árabes, asolado por el paro juvenil y machacado por el rigorismo islamista. Llegaban directamente de Eritrea y de Somalia, dos Estados fallidos, países en trance de muerte donde ya no es posible seguir viviendo. Doscientos de ellos fueron a naufragar y a morir ahogados en la costa europea más cercana a la pequeña isla italiana de Lampedusa, donde el papa Bergoglio había pronunciado cuatro meses antes sus palabras exactas sobre la “globalización de la indiferencia”.
Estas desgracias son el pan de cada día en un mundo desgobernado donde funciona la subsidiariedad irresponsable: que cada uno se apañe con sus problemas aunque el origen de los problemas sea responsabilidad de todos. Así se gobierna la globalización, con la indiferencia ante el destino de unas poblaciones dejadas de la mano de Dios. Así hemos abandonado entre unos y otros a países como Eritrea y Somalia, que solo interesan cuando se trata de combatir la piratería y garantizar la seguridad de nuestro tráfico marítimo, nuestros suministros energéticos o nuestra pesca.

El principio de subsidiariedad que rige en las relaciones entre los distintos niveles de Gobierno, desde el más pequeño municipio hasta el de mayor rango, como son las instituciones de la Unión Europea, exige que las decisiones se tomen y se apliquen donde sea más acorde a las necesidades de los ciudadanos. Pero la inversión y la perversión de esas reglas de buen gobierno está induciendo a que cada nivel de Gobierno, suficientemente ocupado en lo suyo, se desentienda o no ponga medios suficientes para resolver las dificultades que tienen los otros niveles. Y así está sucediendo con la inmigración que llega a Europa.
Lampedusa se está convirtiendo en un inmenso cementerio con los centenares de tumbas anónimas que acogen los cuerpos de náufragos ahogados frente a sus costas. “¿Cuán grande tiene que ser el cementerio de mi isla?”, ha clamado Giusi Nicolini, la alcaldesa de la isla, dirigiéndose a las autoridades europeas. “Venga a contar cadáveres conmigo”, le ha dicho a su primer ministro, Enrico Letta. Al final, Lampedusa se siente sola y desasistida por Italia, y a Italia le pasa lo mismo respecto a la Unión Europea y a los países de la Europa del norte.
Los jóvenes en paro, los ancianos desasistidos y los inmigrantes sin papeles son las principales víctimas de esa subsidiariedad irresponsable que rige en nuestro mundo ingobernado, gracias a esa globalización de la indiferencia tan bien descrita por Bergoglio. Y su emblema es la isla de Lampedusa, donde también naufragan los valores europeos. 

viernes, 28 de junio de 2013

PRENSA. "Las redes de las revueltas". Lluís Bassets

Lluís Bassets

   En "El País":

Las redes de las revueltas

Los nuevos movimientos sociales en red someten a prueba las democracias brasileña y turca

 19 JUN 2013

Una nueva forma de hacer política está extendiéndose por todo el mundo, radicalmente distinta a la que hemos conocido hasta ahora y de difícil comprensión y gestión para los viejos profesionales del oficio.
Funciona sin líderes y sin contar con la infraestructura, el dinero y el apoyo de grandes partidos y sindicatos mayoritarios. No se asienta sobre estructuras organizativas, centros de mando o coordinadoras con las que dialogar o a las que se pueda desarticular mediante la detención de sus componentes. Tampoco con programas que permitan respuestas políticas, aunque partan de la chispa de una reivindicación clara y popular.
Se expresa en súbitas y masivas movilizaciones urbanas, con ocupación de espacios simbólicos y centrales en las ciudades, que casi siempre pillan por sorpresa a las autoridades y ponen a prueba la capacidad de encaje del sistema establecido, convertido en el adversario designado por los jóvenes decididos a expresar su protesta.
No importa que el régimen sea una dictadura o una democracia pluralista, que el país pertenezca a la elite de los más ricos o sea uno de los emergentes, o que su sociedad sea de cultura cristiana o islámica. En todas partes se evidencia la misma distancia entre la calle y las instituciones; la misma denuncia de la corrupción y del enriquecimiento de unos a costa de otros; el mismo hastío ante una forma de tomar decisiones que comprometen el futuro a espaldas de la gente.

Emergen unas nuevas clases medias en todo el mundo con demandas crecientes de riqueza, educación, vivienda, consumo y, naturalmente, también de bienestar y libertad individual
La concatenación de las actuales protestas en Turquía y Brasil ilumina un fenómeno que viene ocurriendo desde 2008 en todos los continentes y en una larga lista de países, cada uno por sus precisas circunstancias, y que tuvo en las primaveras árabes de 2011 su momento más espectacular, hasta conducir a la caída de tres dictaduras en Túnez, Egipto y Libia. En la lista están Irán, Grecia, Portugal, Italia, Israel, Chile, México, Estados Unidos y Rusia, además de los indignados españoles.
Todos estos nuevos movimientos sociales, que vienen a agitar las ideas recibidas y a transformar el paisaje de nuestras sociedades, son parte de una transformación que afecta al entero planeta y ha encontrado en las redes sociales el instrumento organizativo mejor adaptado a las características de los nuevos tiempos.
El poder se está desplazando a ojos vista desde el viejo mundo occidental hacia Asia; pero también en el interior de las sociedades. Emergen unas nuevas clases medias en todo el mundo con demandas crecientes de riqueza, educación, vivienda, consumo y, naturalmente, también de bienestar y libertad individual. Los incrementos de su nivel de vida, lejos de moderar sus demandas, hacen crecer las expectativas e inmediatamente, en cuanto no se cumplen, las exigencias y la irritación.
Esos jóvenes que han accedido a la educación y al trabajo, con frecuencia precario y mal pagado, tienen teléfonos móviles y tabletas con las que comunicar su insatisfacción y organizar la expresión de su protesta. A diferencia de los viejos medios de comunicación, lentos y pesados, estas herramientas son instantáneas, actúan de forma viral, aceleran la protesta y son una forma organizativa en sí mismas. Según su mejor estudioso, el sociólogo español Manuel Castells, crean “un espacio de autonomía”, mezcla del ciberbespacio de las redes y del espacio urbano que ocupan, que constituye “la nueva forma espacial de los movimientos en red” (Redes de indignación y de esperanza, Alianza, 2012).
Tan interesantes como los nuevos movimientos son las respuestas que dan los Gobiernos. Ahí es donde ofrece el máximo interés la comparación entre la Turquía de Erdogan y el Brasil de Dilma Rouseff. Mientras el gobierno turco va a seguir con la construcción del centro comercial en el parque Gezi que suscitó la protesta, muchas ciudades brasileñas ya han bajado el precio del billete de los transportes urbanos, ante la presión de un movimiento que quiere transporte gratis.
En uno y otro caso, la reivindicación concreta ponía a prueba la capacidad de absorción de las protestas por parte de los respectivos gobiernos. De momento, el primer ministro turco ha lanzado a sus partidarios a enfrentarse a los manifestantes, los ha denunciado por terroristas y quiere controlar las redes sociales, mientras que la presidenta brasileña ha valorado las manifestaciones como “la prueba de la energía democrática” de su país y ha llamado “a escuchar estas voces que van más allá de los mecanismos tradicionales, partidos políticos y medios de comunicación”.
Estos nuevos movimientos sociales organizados en red han demostrado hasta ahora una gran capacidad para mover y transformar el tablero de juego pero muy poca para capitalizar sus éxitos en forma de un poder político que, al final, se juega de nuevo en un escenario electoral y unos parlamentos que les son ajenos. Ahora, de momento, serán determinantes para el rumbo inmediato de la democracia en Turquía y en Brasil.

lunes, 1 de octubre de 2012

PRENSA. "Derecho a la blasfemia", por Lluís Bassets

   En "El País":

Derecho a la blasfemia

Solo el individuo tiene honor, por eso no puede haber atentados al honor de los dioses y los mitos


Dos portadas de la revista francesa 'Charlie Hebdo'. / KENZO TRIBOUILLARD (AFP) ("El País")
Donde no hay dioses no hay blasfemia. La blasfemia es hija de la divinidad, una manifestación estrictamente religiosa que refuerza con su transgresión la fuerza de lo sagrado. Castigar la blasfemia es propio de sociedades teocráticas, organizadas según las leyes de los dioses y no de los humanos.
Ciertamente, desde los poderes públicos hay que proteger la pluralidad religiosa y promover el respeto a las creencias de todos. Pertenecen a un ámbito personal en el que nadie tiene derecho a entrometerse. Pero las libertades de conciencia y de expresión son un bien superior que no cabe degradar en nombre de religión alguna. Nadie puede castigar un supuesto delito de difamación religiosa sin afectar directamente al corazón de la libertad. Pero inducir al respeto no significa obligación de respetar, como defender el derecho a la blasfemia no significa obligación de blasfemar.
Y eso es así porque estamos hablando de libertades y derechos individuales. Los dioses y los libros sagrados, las religiones y los dogmas, como los personajes históricos y los mitos, las patrias y las banderas, no tienen derechos ni deberes como los tienen los ciudadanos individuales. No se puede atentar contra el honor de Buda o de Confucio, de Napoleón o de Garibaldi, de Jesucristo o de la Santísima Trinidad.
Los violentos que reclaman el honor mancillado de sus profetas o de sus libros o que incluso llegan a asesinar en su nombre ejercen un chantaje intolerable. Este sería el caso si se convirtiera en delito punible la publicación de las viñetas de Mahoma que hizo el diario danés Jyllan Posten en 2005, la difusión en YouTube del infame vídeo californiano sobre Mahoma o la actual campaña satírica sobre el islam de Charlie Hebdo.
Será difícil convencer a los dirigentes de muchos países islámicos donde la blasfemia está ahora castigada penalmente, incluso con la muerte. Obama lo ha intentado con su discurso del martes ante la Asamblea General de Naciones Unidas, aunque es de temer que de poco servirá su pedagogía sobre la libertad de expresión, dirigida a gobiernos y regímenes que sacan réditos de estas prohibiciones en dos direcciones, en el control sobre los medios de comunicación y en el apaciguamiento de los islamistas más radicales y violentos.
Obama ejemplificó el problema con su defensa de la libertad para insultar al presidente de Estados Unidos. El insulto al soberano es una actividad que antaño, cuando era de origen divino, pertenecía también al territorio de la blasfemia y se castigaba severamente. Ahora, en cambio, la libertad de blasfemar contra el jefe del Estado es la garantía de la sociedad libre. Lo mismo hizo una sentencia célebre del Tribunal Supremo con el símbolo máximo de la nación que es la bandera. Esta es la paradoja: quienes estos días queman banderas con las barras y las estrellas a lo largo y ancho del mundo islámico no cometen delito alguno según la jurisprudencia y los códigos estadounidenses.
Todo esto es una discusión medieval, perfectamente al día gracias a la campaña organizada por los poderes religiosos de buen número de países islámicos, que promueven una legislación internacional contra la denominada difamación de la religión. Hasta 2011 estos problemas se dilucidaban sin discusión pública en las mazmorras y comisarías de las dictaduras árabes, pero ahora se debaten en los parlamentos y en las comisiones constitucionales como resultado de la llegada impetuosa de los partidos islamistas al poder, dispuestos a demostrar la verdad de su lema y mito de que el islam es la solución para todo.
El único límite a la libertad de expresión es la incitación a la violencia. No es el caso de las imágenes de Mahoma. Tampoco del humor más o menos grueso e irreverente con el islam o el cristianismo. Ni siquiera es el caso de la zafia producción videográfica utilizada como excusa para una campaña de violencia. Para la jurisprudencia estadounidense no lo es ni siquiera el negacionismo de los crímenes contra la humanidad, a diferencia de lo que sucede en algunos países europeos.
Obama ha trazado las líneas rojas. No las que le pedía Benjamín Netanyahu respecto al arma nuclear iraní, sino otras más importantes, exigidas por las reacciones antiliberales en las democracias árabes. Si las traspasamos, quedarán condonados otros sistemas de censura que se practican en muchos países, como China, en nombre de la estabilidad y para evitar las provocaciones. No hay diversidad cultural que valga respecto a estos valores universales que surgen espontáneamente en todas las civilizaciones, allí donde hay hombres y mujeres que reivindican sus derechos por encima de los dioses y de los mitos.

jueves, 23 de febrero de 2012

PRENSA. "La caída de los tiranos", por Lluís Bassets

Lluís Bassets

   En "El País":
La caída de los tiranos
   La ‘primavera árabe’ se puede explicar por la unidad de sus gentes y la unidad de sus sufrimientos: Lluís Bassets disecciona las claves en su libro 'El año de la revolución'.

Lluís Bassets 19 FEB 2012
 
   ¿Por qué ahora, entre el invierno y la primavera de 2011? ¿Por qué no sucedió antes, en 2008, por ejemplo, cuando ya crecía el descontento por los precios de los alimentos? ¿Por qué, primero en Túnez y luego en Egipto? ¿Por qué no empezó por Argelia o por Marruecos? ¿Por qué han tardado tanto en caer estos regímenes, al final tan débiles y vulnerables? ¿Y por qué un contagio tan rápido en muchos casos entre países tan distantes y heterogéneos?
   Una revolución es algo inesperado por definición. Las explicaciones convincentes llegan después, a pelota pasada, una vez ya ha tenido lugar. Nos servirán para entender tanta estabilidad previa, es decir, para explicar la idea conservadora que la hacía impensable. Así ha sucedido siempre, y no iba a ser este caso una excepción.
   En el caso de la primavera árabe se da, además, una necesidad adicional: no se trata tan solo de saber cómo llegaron los impulsos revolucionarios de un país a otro, sino, sobre todo, de explicar el porqué de los efectos en cadena, tan imprevistos como la revolución misma; recordemos el sonsonete: Egipto no es Túnez. Recordemos cómo los hechos lo desmintieron.
   Hay épocas revolucionarias en las que un solo país es el que trastoca el orden social y político establecido, en medio del mayor aislamiento internacional; pero hay otras en las que la primera ignición de la llama revolucionaria desencadena el efecto dominó tan temido por la contrarrevolución. Cuando esto sucede, como ha sido el caso, alguna razón habrá también para explicar el alcance de un fenómeno que abarca una región del planeta tan extensa y variada en regímenes, demografía, rentas, recursos naturales e, incluso, religiones o, al menos, ramas de la misma creencia.
   El efecto en cadena se puede explicar por la unidad de la nación árabe y la unidad de sus sufrimientos: jamás había prosperado una revolución ciudadana y democrática en este territorio aparentemente hostil al gobierno del pueblo. En monarquías y en repúblicas, en países petroleros y en países turísticos, con el islam rigorista y con el islam tolerante, la autocracia ha sido hasta ahora la forma de gobierno imperante, con exclusión y anulación del ciudadano individual y de cualquier sistema eficaz de garantías en el ejercicio de la democracia: división y equilibrio de poderes independientes, Estado de derecho, alternancia de poder y parlamentarismo democrático.
   Además del sustrato que pueda haber en común en una región tan variada, hay un mecanismo que ha funcionado sin duda alguna: los ciudadanos de estos países se sienten vinculados entre sí y observan lo que sucede en cada uno de ellos como una posibilidad que puede hacerse efectiva en el suyo propio. Es de efectos devastadores para los autócratas ver cómo funciona la fuerza del ejemplo en unas opiniones públicas que se sienten profundamente vinculadas en una comunidad de lengua y de civilización, impulsada en nuestra época por los medios de comunicación globales. Es significativo el uso reiterado del mismo eslogan surgido de Túnez en todas las revueltas árabes: “El pueblo quiere la caída del régimen” (ash-shab yurid isqat an-nizam).
   El carácter panárabe de la revolución, por tanto, radica más en la capacidad para comunicarse y sentirse parte de un mismo universo cultural e, incluso, sentimental, emulándose unos a otros, que en los deseos de superar efectivamente las naciones-Estado en el marco de una unidad política árabe que ahora nadie propone y que se halla, de momento, al menos, totalmente desaparecida del imaginario político de los jóvenes.
   Es un panarabismo televisivo, un nacionalismo árabe por defecto, casi un pospanarabismo que ha superado la etapa de las quimeras de una unidad supranacional como reacción al colonialismo, y que responde, por supuesto, a las nuevas condiciones de internacionalización de la economía y de globalización de las clases medias de lo que fue el Tercer Mundo.
   A un año de su estallido, el debate sobre la cadena de causalidad de la primavera árabe no ha hecho más que empezar. Pero hay un acuerdo generalizado sobre la existencia, al menos, de cinco claves de explicación: el peso de los jóvenes en estas sociedades; la coyuntura económica y, especialmente, el incremento de los precios de los alimentos; las inciertas sucesiones de autócratas instalados en el poder durante decenios; las nuevas formas de comunicación política y, finalmente, el ciclo de cambios geopolíticos y de desplazamiento del poder mundial en el que se inserta esta oleada revolucionaria.
   La explicación más intuitiva para el estallido de revueltas en cualquier país la proporciona la existencia de una nutrida población revoltosa. Allí donde abunda la población en edad joven, desocupada y descontenta, hecho harto frecuente entre los individuos de menos edad, podemos pensar que las posibilidades de disturbios que perturben el orden público, y que en determinadas circunstancias lleguen a retar al poder establecido, son más altas.
   Las revueltas de Mayo del 68 en todo el mundo fueron producto del baby boom de la posguerra. Lo mismo cabe decir de las revueltas árabes actualmente en marcha, que se producen en sociedades con una altísima proporción de jóvenes. Simplificando, podríamos decir que un tercio de los árabes tienen menos de 15 años; otro tercio, entre 15 y 25, y el tercio restante, más de 25. La media de edad de la población es de 29 años en Túnez y de 24 en Egipto, mientras que en España es de 40, o en Alemania, de 44.
   Emmanuel Todd, en su libro-conversación Allah n’y est pour rien, encuentra en las tasas de alfabetización y en la caída de la fecundidad las explicaciones para el cambio e, incluso, de las revoluciones. Cuando los hijos ya saben leer y las mujeres empiezan a controlar la natalidad se ha culminado la modernización. Así, desde el punto de vista demográfico, no es ni siquiera una casualidad que Túnez haya sido el país vanguardista en el estallido de las protestas, y Egipto el que llega a continuación, puesto que ambos países se encuentran entre los avanzados en cuanto a la evolución de su población.
   La transición demográfica (momento en que una sociedad alcanza un nivel de baja mortalidad y un tope en la natalidad que abrirá las puertas a sociedades envejecidas como las occidentales), que ha empezado en el conjunto de países árabes, en el caso de Túnez ya ha culminado, aunque en otros países revolucionarios como Yemen tardará todavía unas tres décadas en hacerlo. Otro dato significativo para el Túnez pionero en la revolución es que su tasa de fecundidad es la más baja de la región, del 1,9%, inferior a la de Francia.
   Un tercer elemento antropológico le ayuda a Todd a buscar la explicación: la caída en la tasa de matrimonios endogámicos, muy alta en las sociedades árabes tradicionales, donde la boda entre primos alcanza tasas históricamente muy altas (30%). “La irrupción de la democracia es la irrupción del ciudadano, el individuo libre en el espacio público, es la idea de la apertura, de la comunicación, mientras que la endogamia es lo contrario: la cerrazón del grupo familiar”, asegura el demógrafo.
   La plétora juvenil, que le sirve a Todd como parte de su explicación para la revolución, corresponde al estallido de la bomba demográfica que significa la multiplicación por cinco de su población en un siglo y la persistencia de un crecimiento anual del 2,3%. Un país como Egipto, con 20 millones de habitantes a principios del siglo XX, tiene ahora 70 y tendrá 121 en 2050. La transición demográfica terminará después del estallido de la bomba demográfica, que en los países árabes evidencian las cifras de una población de 172 millones en 1980, 331 millones en 2007, y 385 millones en 2015.
   Este crecimiento debe traducirse en necesidades de alimentos, agua, educación, sanidad, transportes y, sobre todo, en oferta de puestos de trabajo. Según el Informe de Naciones Unidas sobre Desarrollo Humano en el mundo árabe de 2009, deberían crearse más de 50 millones de puestos de trabajo hasta 2020 para cubrir la oferta juvenil que entrará en el mercado.
   La insatisfacción de los jóvenes revoltosos tiene que ver con todo este cúmulo de necesidades sin cubrir o mal cubiertas, pero se explica sobre todo por los niveles pavorosos de paro juvenil en sociedades con redes de protección comunitarias o familiares muy débiles o inexistentes. Se hace evidente, así, que la bomba demográfica tan temida desde los países occidentales ha estallado en toda la cara de las dictaduras árabes.
   Junto a la evolución demográfica actúa el factor más coyuntural, pero no menos profundo en sus efectos, como es la presente crisis económica y financiera; si bien los países de Oriente Próximo y África del Norte se han visto menos afectados o lo han sido más tarde, sobre todo los productores de energía, favorecidos por el mantenimiento de los precios. Así, en 2010 hubo países donde se registraron cifras de crecimiento muy altas, como el de Catar, del 16%, en un contexto regional para Oriente Próximo exclusivamente del 3,6%. O Libia, del 10,6%, con un crecimiento regional para África del Norte de algo más del 5%.
   El crecimiento no conduce a mejoras en la tasa de desempleo, que se sitúa para la región alrededor del 10% y significa la tasa más elevada del mundo. El desempleo entre los jóvenes es especialmente alto, cuatro veces superior al de los adultos, agravado por la llegada a la edad laboral de las generaciones más numerosas de la historia de estos países.
   Solo el 45,4% de las personas en edad laboral, casi una de cada dos, tiene trabajo. El desempleo femenino duplica en cifras al masculino, también en cotas máximas mundiales. Solo una de cada cinco mujeres trabaja, duplicando la proporción de la media mundial de desempleo femenino. Hay que contar, además, la baja calidad de los puestos de trabajo, en cuanto a salario, tipo de contrato, cobertura social, escasa y mala sindicalización y precariedad, así como la extensión de la economía informal.
   La coincidencia entre las revueltas y la profundización de la gran recesión en Europa, donde hay países que empiezan a registrar tasas altísimas de desempleo, permite pensar que el taponamiento de la válvula migratoria hacia los países europeos también ha contribuido a incrementar la tensión en los países del Magreb, los principales exportadores de mano de obra. Una de las características de la región es que el desempleo golpea intensamente incluso a los jóvenes que han recibido mejor educación, algo que es especialmente evidente en países como Túnez.
   Las proporciones varían extraordinariamente, sobre todo cuando incluimos en las comparaciones los países petroleros del golfo Pérsico, algunos sin apenas niveles relevantes de paro entre sus jóvenes, pues se trata de población subsidiada gracias a las rentas del crudo. Argelia registra un 43% de paro juvenil, mientras que Emiratos Árabes Unidos apenas alcanza el 6,3%.
   La plétora demográfica que explica la efervescencia revolucionaria juvenil también permite interpretar las revueltas como una reacción casi biológica de unas sociedades que se hallan a punto de dilapidar el mejor capital con que se puede contar para la modernización, como es la existencia de unas generaciones jóvenes abundantes e, incluso, mejor preparadas que las anteriores. Esta reserva de energías estancada por la falta de libertad de las dictaduras y por los subsidios desincentivadores de los Estados rentistas ha terminado estallando y reclamando el protagonismo político y económico que los jóvenes árabes no han podido tener nunca en la historia de sus países.
   Los países árabes han conocido históricamente series de revueltas vinculadas a la inflación y a la pérdida de capacidad adquisitiva por parte de las clases populares, sobre todo respecto a los productos básicos, es decir, los alimentos. Son las revueltas del pan, casi siempre resueltas con una combinación de represión y de reparto de este manjar básico. Esta vez, también el incremento en el precio de los alimentos se cuenta entre los elementos causantes de las revueltas, y casi todos los regímenes han reaccionado con la respuesta reglamentaria de actuación inmediata y urgente sobre los precios, quitando o rebajando impuestos y tarifas, aumentando subsidios directos e, incluso, en algunos casos, como en Arabia Saudí, proporcionando ayudas directas en dinero a las familias: solo en el capítulo de ayudas directas, 2011 ha sido un año de reparto entre los ciudadanos del maná controlado por los gobernantes. (...)
   Las revueltas vienen a interrumpir los intentos sucesorios de las dictaduras más largas del planeta o, lo que es peor, el intento de institucionalización de monarquías republicanas, que los árabes bautizan como jamlaka, mezcla de república (jumhuriyya) y de monarquía (mamlaka), gracias a la patrimonialización del Estado por parte de la familia gobernante; algo que ya ha sucedido en un país árabe central como es Siria, con resultados hasta la llegada de la primavera árabe aparentemente satisfactorios para la estabilidad.
   Nada temían más los egipcios que el hecho de que Mubarak intentara presentarse de nuevo a las elecciones presidenciales previstas para septiembre de 2011, a sus 83 años y en el poder desde 1981. Lo mismo cabe decir de Ben Alí en Túnez o de Salé en Yemen. El elemento causante de la revolución, por tanto, es el exceso, visiblemente insoportable para la población, algo que fue perfectamente detectado por los observadores políticos, aunque no siempre sacaron las debidas consecuencias, tal como queda en evidencia en los cables del Departamento de Estado revelados por Wikileaks.
   (...)
   Las revoluciones se producen por la avería generalizada de unos sistemas que no son capaces de preparar su propia reproducción y su futuro, aunque se hace imposible disociar la fosilización de estos regímenes de una actitud occidental que precisamente premiaba y estimulaba su nula capacidad de cambio, al convertirlos en guardianes fieles y nada discutidores de los intereses europeos, estadounidenses e israelíes en la zona. A esa tarea, los autócratas contribuían con un chantaje permanente sobre las democracias occidentales, utilizando el terrorismo, la inmigración, los problemas bilaterales (Ceuta y Melilla, tráfico de droga o el conflicto del Sáhara, en el caso de la relación de Marruecos con España) o su posición y papel estratégicos (Egipto y Jordania en relación con el statu quo con Israel).
   Los dictadores hicieron así la aportación de su empecinado inmovilismo a la creación de las condiciones revolucionarias, pero también lo hicieron los Gobiernos occidentales con su ceguera estratégica y su complicidad culpable e interesada en las dictaduras. Cuando estallaron las revueltas, los tiranos combinaron la represión con precipitadas renuncias a presentarse de nuevo y con vagas promesas de elecciones libres que excluirían la sucesión familiar. Pero era ya tarde y cada cesión se convirtió en una prueba de debilidad, un aval a la determinación de los revolucionarios y, en consecuencia, un paso más hacia el abismo.
   Los enormes cambios experimentados por los medios de comunicación, específicamente en el mundo árabe, son otro elemento de explicación imprescindible para la comprensión de las revueltas. Durante sesenta años, cada uno de estos países ha funcionado como una olla a presión donde la tensión interna fue creciendo permanentemente sin llegar nunca a un estallido de suficiente potencia. Pero cuando entran en juego los nuevos medios globales, los problemas se desencapsulan, adquieren dimensión internacional, suscitan solidaridades y emulaciones y, lo más importante, se rompen las censuras y barreras establecidas por cada uno de los Estados. Los árabes no son libres dentro de cada uno de sus países, pero se convierten o empiezan a actuar como ciudadanos libres en la globalización tecnológica.

viernes, 10 de febrero de 2012

PRENSA. "El portátil de Cleopatra", por Lluís Bassets

Lluís Bassets

   En Domingo, suplemento de "El País":
El portátil de Cleopatra

LLUÍS BASSETS 05/02/2012

   La pregunta clásica versaba sobre la nariz de Cleopatra. Sin su bello apéndice nasal qué hubiera sido de la pelea entre Antonio y Octavio y del Imperio Romano. El viejo Plejanov, en una obra tópica de la vulgata marxista, formuló el mismo problema, al interesarse por el papel del individuo en la historia. En nuestro siglo XXI, alejados del siglo de los hombres fuertes y felizmente aquejados de falta de liderazgos, ya no cabe preguntarse sobre la nariz ni sobre el individuo, sino sobre la tecnología y más en concreto el papel de los teléfonos móviles y las tabletas en la historia.
   Son agentes globalizadores, que intensifican la conectividad y aceleran el desarrollo de los acontecimientos. Permiten difundir un bulo, hacer una transacción financiera u organizar una revuelta con mayor rapidez y eficacia que ningún otro instrumento de comunicación en la historia. Sin ellos no se explican el Tea Party, los indignados o las revueltas en los países árabes, en Rusia o en China. Según el lenguaje que utilizan los especialistas, son tecnologías disruptivas, eufemismo para una vieja palabra: son revolucionarios. Rompen las viejas estructuras políticas, hunden los mercados tradicionales de los medios, desbordan las reglas de la propiedad intelectual, destruyen fronteras y colapsan sistemas de censura y de control.
   Pero no son la varita mágica tecnológica que convertirá las calabazas de nuestras viejas sociedades en las maravillosas carrozas del futuro. También son instrumentos para delinquir, origen de patologías sociales y fuente de desigualdades. Como tecnologías tienen su origen en la investigación militar, pero sus aplicaciones conducen a nuevos tipos de guerra a distancia y a constituirse ellos mismos como piezas de las ciberguerras que ya están actualmente en curso.
   También son los catalizadores de una economía financiera que conduce a un aumento de las desigualdades en el interior de los países, aunque sirvan a la creación de riqueza y a la disminución de la pobreza en el conjunto del planeta, tal como ha señalado acertadamente el economista Xavier Sala i Martin. Y contribuyen a la radicalización ideológica y a la polarización política. Las viejas estructuras reguladoras, la justicia, la diplomacia, los organismos de cooperación internacional, actúan a paso de tortuga, mientras que los disruptores irrumpen a la velocidad de la luz.
   Un viejo y conservador profesor de literatura canadiense llamado Marshall McLuhan, que estuvo de moda hace 50 años, supo anticipar entonces el protagonismo de las tecnologías de las comunicaciones en dos ideas: que el medio es el mensaje y que vivimos en una aldea global. El actual instrumento de cambio histórico no es la bonita nariz ni la personalidad de Cleopatra, sino su iPhone, con el que alcanza a toda la juventud egipcia y produce efectos y consecuencias en el entero planeta en transformación.

lunes, 16 de enero de 2012

PRENSA. "La meada del héroe", por Lluís Bassets


   En "El País":
La meada del héroe

LLUÍS BASSETS 15/01/2012

   Son imágenes insólitas, nunca vistas. Lo que reflejan no, al contrario. Forma parte de los ritos de la violencia guerrera desde que el mundo es mundo. El robo, la rapiña, la violación, la mutilación o la profanación de cadáveres son el resto inercial de una fuerza a la que se le ha permitido proyectarse sin límites. ¡Ay de los vencidos! La frase latina incluye la meada sobre los muertos y los heridos.
   No hay guerra civilizada, por más esfuerzos que la humanidad haya realizado en su historia, desde la invención de unas reglas idealizadas para la caballería medieval hasta las convenciones de Ginebra y los códigos de los ejércitos profesionales occidentales. Civilizar la guerra es un esfuerzo encomiable que ayuda a tragar la píldora amarga cuando no hay más remedio que librarla. Pero al final, la guerra es siempre guerra. Sucia, inmoral, corrupta y corruptora, hasta destruir el alma de quien la emprende aunque tenga todas las razones morales y legales en su favor. El orden y la formalidad de los ejércitos sirve precisamente para domesticar en la medida de lo posible esta violencia irrefrenable y para convertir las miserias que la acompañan en grandeza, honores y heroicidades. Esos héroes pillados en plena meada jamás podrán convertirse en ciudadanos normales y mentalmente sanos.
   La virtud que tiene nuestra época es que la tecnología que la caracteriza, tan provechosa para el arte de matar, también lo es para el arte de la transparencia. Si en épocas anteriores podíamos esconder bajo las alfombras la suciedad insoportable de las guerras que librábamos, ahora las imágenes del horror se nos aparecen como pesadillas en Youtube y se difunden por Twitter y Facebook. Sin la miniaturización de las cámaras digitales y su incorporación a los móviles y sin las redes sociales no habrían existido ni se habrían publicado las imágenes de los cuerpos vejados y martirizados de Abu Ghraib, la grabación de la matanza de civiles en Bagdad difundida por Wikileaks bajo el título de Asesinato colateral o ahora esos cuatro marines que orinan sobre los cuerpos recién ametrallados de unos talibanes.
   Tan expresivas como las imágenes son las tomas de sonido que las acompañan sin dejar asomo alguno de duda, por si pudiera haberla, sobre la actitud de los soldados. En Abu Ghraib fueron los propios torturadores, fascinados por las imágenes, quienes obtuvieron las pruebas de sus crímenes. En el caso del helicóptero, la grabación es el protocolo audiovisual que acompaña al ametrallamiento aéreo, algo de creciente interés precisamente para controlar el comportamiento de los soldados al entrar en fuego. Las imágenes del escuadrón de los meones, tomadas por un quinto soldado con su teléfono móvil, se dirían, en cambio, fruto de la casualidad. No parece haber dudas de que alguien pedirá explicaciones sobre su difusión a este quinto marine que no meó sobre los cadáveres y que es el único héroe de los cinco.

sábado, 24 de diciembre de 2011

PRENSA. "Ciudadanas", por Lluís Bassets

Mujer golpeada por soldados en la plaza Tahrir (Egipto)

   En "El País":
Ciudadanas

LLUÍS BASSETS 22/12/2011

   Ellas son el cambio. Ellas son la revolución. Las hemos visto en primera fila en las manifestaciones, también a la hora de recibir los golpes. Con velo y con la cabeza descubierta, islamistas o laicas, jóvenes o maduras, las mujeres árabes han sido protagonistas como los hombres, al lado de los hombres, de la oleada revolucionaria que ha cruzado este 2011 el mundo árabe desde el Atlántico hasta el golfo Pérsico. Ahí estaban, a veces incluso en papeles destacados en las revueltas. Por ejemplo, como blogueras, que quiere decir animadoras destacadas de este movimiento sin líderes. Tres nombres bastan: la yemení Tawakul Kerman, detenida varias veces y ya premio Nobel de la Paz; la tunecina Lina Ben Mehnni, autora de La revolución de la dignidad, donde recoge los textos de su blog en los días del derrocamiento de Ben Ali, y ahora la egipcia Mona Eltahawy, detenida y agredida sexualmente por los soldados del mariscal Tantaui.
   No es la primera vez. Todas las historias de las revoluciones y los movimientos de liberación árabes nos cuentan lo mismo. Nunca han faltado a la cita. Ahí estaban, desmintiendo el tópico de unas mujeres retraídas y desinteresadas por la vida política. Luego desaparecen y regresan a la invisibilidad de siempre. Así ha sucedido siempre en el pasado.
   Este era y es un mundo de hombres, regido por los hombres, amoldado por y para los hombres. Cuando entra en crisis, las mujeres salen por todas partes, incluso en las sociedades que más las ocultan y velan, como en Arabia Saudí, donde este año han reivindicado un derecho tan sencillo como conducir sus automóviles y han obtenido el derecho activo y pasivo de sufragio para las próximas elecciones. Luego, cuando la polvareda de las revueltas se esfuma, el mundo masculino y machista las elimina de nuevo de la escena pública y todo se llena de hombres, barbudos en buena parte. Las presidencias de las Repúblicas, los Gobiernos interinos, los nuevos Parlamentos, las comisiones encargadas de redactar las nuevas Constituciones, todo se llena de hombres. Aunque el Túnez revolucionario impone listas paritarias en sus primeras elecciones, las mujeres no encabezan las listas y al final solo una cuarta parte de los escaños quedan para ellas.
   La egipcia es una sociedad muy joven: 24 años de edad promedio frente a 40 años en España. Simplificando, una tercera parte de la población tiene menos de 15 años; otro tercio, entre 15 y 25, y el tercio restante, más de 25. La mitad de esta plétora de jóvenes, deseosos de vivir con dignidad y libertad, son mujeres. Solo por estas simples razones estadísticas no podían faltar las jóvenes a las citas revolucionarias. Hay además un cambio generacional y cultural, al hilo de la globalización y de la tecnología de las comunicaciones, que clama por espacios de mayor libertad para las egipcias y tunecinas, las más liberadas, o incluso las saudíes o yemeníes, las más sojuzgadas.
   Su presencia y protagonismo en las protestas es la revolución misma, y por eso es insoportable para los contrarrevolucionarios. Las violaciones y malos tratos a las mujeres que protestan y se manifiestan se convierten así en instrumentos represivos. Y cuando la revolución sostiene su envite frente al poder militar que se resiste, como ha sucedido en Egipto, son las mujeres las que sufren la represión con especial crueldad. Lo prueba la foto, convertida en símbolo, de una mujer apaleada y despojada de su velo por los soldados en la plaza de Tahrir. O las llamadas pruebas de virginidad a las que los militares sometieron al menos a 17 mujeres con la excusa vergonzosa de que trataban de comprobar si eran prostitutas puesto que se manifestaban y quedaban a dormir en la plaza junto a los hombres.
   El poder dictatorial, prolongado por los militares, como el de los partidos islámicos, es de los hombres. Los hombres poderosos no quieren que las mujeres se alcen en pie de igualdad, ciudadanas exactamente iguales que los otros ciudadanos. Si no pueden limitar los derechos de los hombres, al menos intentan limitar los de las mujeres. Las ideologías islámicas y el salafismo en especial, ahora en ascenso, siguen expulsando y relegando a la mujer, que es una menor de edad según la legislación coránica, al menos en sus interpretaciones más conservadoras. Las leyes civiles en casi todo el mundo árabe, incluido el Túnez más liberal, discriminan gravemente a las mujeres. Basta con observar el derecho sucesorio, que atribuye a los hijos varones el doble de herencia que a sus hermanas. Habrá que ver qué sucede con la condición femenina en las nuevas Constituciones y en las legislaciones que se deriven de ellas.
   La foto de la mujer maltratada por los soldados en Tahrir no es una anécdota. Es la imagen misma de lo que está en juego. La condición de la mujer será la prueba del cambio. Los hombres árabes no serán libres si las mujeres no son libres, ciudadanas con los mismos deberes y derechos que los otros ciudadanos. El destino de las mujeres es el de las revoluciones.

viernes, 25 de noviembre de 2011

PRENSA. "Solo es el comienzo", por Lluís Bassets. (Sobre la revolución egipcia)

Lluís Bassets

   En "El País":
Solo es el comienzo

LLUÍS BASSETS 24/11/2011

   Es una revolución y su camino, como el de todas las revoluciones, es incierto. La rapidez con que cayeron los dos primeros dictadores, Ben Ali y Mubarak, pudo crear el espejismo de un movimiento instantáneo, limpio y eléctrico como la tecnología usada por los revolucionarios para comunicarse. Nada más lejos de la realidad: una revolución es más un proceso que un acontecimiento. Sus vericuetos son sinuosos y con frecuencia no conducen a ningún lado o regresan al punto de partida. Tienen más de laberinto oscuro que de alameda luminosa. Su éxito no está asegurado ni es como un paseo militar.
   Los egipcios, a diferencia de los tunecinos, solo han despachado al faraón, que ya es mucho. Pero nada han tocado del sistema, una dictadura militar desde la misma fundación de la República en 1953, tras la expulsión del rey Faruk por parte de los Oficiales Libres encabezados por Gamal Abdel Nasser. Ni siquiera la idea de la dictadura castrense agota lo que es el Ejército egipcio. Su papel en el sistema económico es central, como lo es en la preservación del núcleo vital de los grandes intereses y los pactos estratégicos (Israel, Estados Unidos) que definen el Egipto contemporáneo.
   Para Shadi Hamid, director de investigación del centro que tiene en Doha (Qatar) el think tank estadounidense Brookings, "la revolución egipcia, en vez de representar una ruptura brusca con el pasado, puede ser entendida mucho mejor como un golpe militar de inspiración popular" (The Arab Awakening, varios autores; Brookings Institution Press). El punto en que ha llegado ahora, a pocos días de la primera cita electoral para elegir un nuevo Parlamento, es la segunda fase de la revolución, en la que hay una pugna entre los socios anteriores, los manifestantes y los militares; unos para sustituir el actual poder militar por un poder civil y los otros para seguir ganando tiempo y evitarlo.
   Los militares egipcios se guían, como los militares de casi todo el mundo, por el mito que les identifica con el pueblo al que se presume que defienden. De ahí que eviten o difieran hasta el límite la decisión de disparar a su propio pueblo cuando creen que están en juego los intereses supremos. Incluso cuando lo hacen, como ya ha sucedido este año en varias ocasiones, ahora mismo, se evita usar la tropa y la fusilería, y se enmascara para eludir un punto sin retorno en el que el poder militar carezca de todo margen fuera de la represión. La tentación de zanjar Tahrir como Tiananmen, la plaza pequinesa donde el Ejército chino masacró a los estudiantes en 1989, cuenta con potentes argumentos disuasivos, sobre todo desde el prisma de los propios militares.
   El mariscal Tantaui no puede admitir ni siquiera que la institución que preside tenga deseos o intenciones de perpetuarse en el poder. Ha señalado fecha, julio de 2011 lo más tarde, para unas elecciones presidenciales que deben situar en la cúpula del Estado al primer presidente civil de la historia y planteado la necesidad de un referéndum para decidir si los militares deben entregar el poder inmediatamente. Pero no ha negado, en cambio, ninguna de las pretensiones castrenses, como es mantener un estatuto especial de guardianes de la Constitución, contar con presupuestos e inversiones fuera de la acción y el control parlamentario y seguir con un dominio reservado en un sector de la economía que se evalúa en un 25% del PIB egipcio. Por eso es de temer que maniobre y manipule la agenda electoral, y las urnas si hace falta, para salir de esta con el poder militar intacto.
   Hay una situación de doble poder, el militar por un lado y el de la calle por el otro, que los Hermanos Musulmanes quieren desequilibrar en su provecho. También hay dos modelos en competencia: el de una república tutelada por los militares y el de una democracia islamista. Ambos son de inspiración turca aunque referida a distintas épocas: el primero de la Turquía de Ataturk y el segundo de la Turquía de Erdogan y su partido de la Justicia y del Desarrollo. Cabe que del cruce y acuerdo entre ambos salga un híbrido peor, en el que cada uno de los vectores mantenga su vigilancia, militar y religiosa respectivamente, al estilo del muy iliberal modelo saudí.
   El futuro de las revoluciones árabes se juega de nuevo en Tahrir. En Mayo del 68 se hizo famosa una frase: "Ce n'est qu'un début, continuons le combat" (solo es el comienzo, continuemos el combate). Era falsa: fue el final de una época y apenas hubo más combates de barricada como aquellos. Ahora es al revés, los últimos compases revelan que, a poco de cumplirse un año del comienzo, estamos todavía en el comienzo, el largo comienzo de una revolución incierta. Si Egipto avanza hacia la supremacía del poder civil, la revolución recibirá un nuevo impulso. Ya sabemos qué sucederá si quienes avanzan y consolidan posiciones son los militares.

sábado, 15 de octubre de 2011

PRENSA. "El casino de las transiciones árabes", por LLuís Bassets

Lluís Basets

   En Domingo, suplemento de "El País":
El casino de las transiciones árabes

LLUÍS BASSETS 09/10/2011

   Las transiciones a la democracia requieren pesadas inversiones. Los partidos no se crean o refundan de la noche a la mañana. Tampoco los futuros cuadros políticos. La preparación de las reformas y de las elecciones, con sus correspondientes campañas, tienen altos costes. Todo esto requiere muchas inversiones, una gran perspicacia en las apuestas y también un buen nivel de control público y de transparencia, si se desea evitar la corrupción y asegurar unos sólidos cimientos de estos futuros sistemas políticos.
   En la financiación de las transiciones se juega en parte la orientación geoestratégica de los países en proceso de cambio. Los países excomunistas recibieron una copiosa financiación de fundaciones, partidos y think tanks americanos. En la transición española destacó notablemente la financiación de los dos grandes partidos alemanes. Y ahora, con las transiciones de los países árabes, se abre un auténtico casino político en el que van a apostar y competir fuerzas, partidos y países en muchos casos rivales e, incluso, enemigos a muerte.
   Las apuestas no van a esperar a las citas electorales, sino que funcionan desde el primer momento en la actitud de los medios de comunicación, en la ayuda a los organizadores de las revueltas y a los partidos ya constituidos, e incluso en la participación en operaciones militares en apoyo de los rebeldes, como es el caso de Libia. Casi todos los países con vocación de potencia regional, como Turquía, Arabia Saudí o Irán, participan en la enorme ronda de apuestas que han abierto las revoluciones árabes. Pero hay también países pequeños que juegan con bazas y desenvoltura de potencias, como es el caso de Qatar.
   La televisión catarí Al Yazira basta para definir el enorme radio de acción y la influencia del emirato en esta crisis. La cadena panárabe ha tenido tanta o mayor influencia que las redes sociales en la organización de las protestas en Túnez y Egipto, pero con su canal en inglés ha obtenido credibilidad incluso en Estados Unidos. Pero Qatar, además, ha desempeñado un papel primordial en Libia, con la participación de su aviación en el dispositivo de la OTAN, duplicada militarmente por la ayuda, entrenamiento y quizás la intervención directa de sus fuerzas especiales.
   Puede que también pujen europeos o americanos en esta mesa de juego sobre el futuro, pero esta no es su ruleta. Lo que en buena parte se dilucida en esta partida es cómo serán estas sociedades que quieren ser a la vez democráticas e islámicas. Dos de los tres modelos que compiten, el iraní y el saudí, son abiertamente autoritarios, y solo el turco permanece abierto, a pesar de todas las dudas que suscite. Pero el mejor y más democrático de los modelos será el que sean capaces de construir los ciudadanos de cada país despegándose de las inversiones e intereses exteriores.

jueves, 14 de julio de 2011

PRENSA. 14 julio 2011

   En "El País":

1. ¡En guardia! Columna de Maruja Torres.

2. ¿Qué 'Ética para Amador' en 2011? Por Juan Cruz. Veinte años después el libro de Fernando Savater, verdadero fenómeno editorial, sigue planteando las preguntas que el autor quiso responder en 1991 a su hijo adolescente.

3. La muerte del artista enfermo. Por Vicente Verdú.

4. Tanto Tuenti no los vuelve raritos. Reportaje de Ana Alfageme y María Victoria Ennis. Los adolescentes pasan mucho tiempo en las redes sociales, pero ni se aíslan ni se obsesionan - Las plataformas son aceleradores de amistades que ya existen y ayudan a interase a los solitarios. Amistad y violencia en Facebook. Análisis de Rosario Ortega Ruiz, jefa del Departamento de Psicología de la Universidad de Córdoba, directora del doctorado en Aplicar la Psicología y Máster en Intervención Psicológica e Investigación sobre la Justicia, Salud y Bienestar Social.

5. ¿Adónde va la izquierda europea? Artículo de Samí Naïr, profesor invitado de la Universidad Pablo de Olavide de Sevilla. Sin una reforma en profundidad de su visión del mundo, de sus métodos de acción y de sus medios de funcionamiento, la socialdemocracia corre el riesgo de seguir perdiendo apoyo en el Viejo Continente.

6. La venganza de los serios. John Carlin, sobre el escándalo de los tabloides en Inglaterra.

7. Afpak, paquete explosivo. LLuís Bassets, sobre Afganistán y Pakistán.

jueves, 7 de julio de 2011

PRENSA. 7 julio 2011

   En "El País":

1. De nuevos ricos a nuevos pobres. Reportaje de Juan G. Bedoya. Unos 800.000 españoles han caído en situación de exclusión severa después de tres años de crisis - Los servicios sociales públicos no dan abasto, según Cáritas.

2. Los repetidores quedan por detrás del nivel de sus nuevos compañeros. Por Carmen Morán. La evaluación de secundaria revela grandes diferencias en el rendimiento si se ha suspendido algún curso y en función del estatus económico familiar.

3. El 15-M: defensa radical de un moderado. Artículo de Joan Romero, catedrático en la Universidad de Valencia.

4. Crisis, culpables y soluciones. Artículo de Diego Hidalgo, presidente del patronato de FRIDE ('Fundación para las Relaciones Internacionales y el Diálogo Exterior') y fundador de la 'Fundación Maimona'. 2011 supone el inicio de una revolución en la que los perdedores, víctimas de la inequidad del sistema, acabarán aguando la fiesta a los vencedores y favorecidos. La solución sería un gobierno global que evitara abusos.

5. El arte del asesinato. Por Lluís Bassets.

jueves, 23 de junio de 2011

PRENSA. 23 junio 2011

   En "El País".

1. No, 'bwanas'. Columna de Maruja Torres.

2. Hitler o la paranoia por la imagen. Reportaje de Jacinto Antón. El caso de Franz Krieger y su álbum invita a revisitar la fotografía oficial del nazismo: una factoría de imágenes propagandísticas, nunca inocentes.

3. La información oficial no es secreto de Estado. Reportaje de Francesco Manetto. El acceso a los documentos de las Administraciones españolas no está regulado y supone una excepción en Europa - La presión de la calle puede reactivar una ley mucho tiempo aparcada. Un derecho de los ciudadanos. Análisis de Soledad Gallego-Díaz.

4. La 'sharía' en un Egipto no confesional. Artículo de Alaa al Aswany, escritor egipcio. Su último libro publicado en España es Egipto: Las claves de una revolución inevitable (Círculo de Lectores, 2011). Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia. Los egipcios hicieron su revolución para liberarse de la tiranía y no van a aceptar que se les cambie el despotismo político por uno religioso. Esto no impide que los islamistas puedan presentar sus propuestas.

5. Nostalgia del futuro. Por Lluís Bassets.