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viernes, 15 de marzo de 2013

PRENSA. "A propósito del Concilio". Juan Goytisolo

Miles de fieles desafían a la lluvia en San Pedro. / CIRO FUSCO (EFE) ("El país")

   En "El País":

A propósito del Concilio

Las esperanzas del II Concilio Vaticano se estrellaron contra una ortodoxia implacable



En un conciso y contundente artículo publicado en este diario Juan José Tamayo, al evocar la amnesia colectiva sobre los 36 años de poder autoritario de Ratzinger, fruto de la sorpresa y emoción provocados por su inesperada renuncia, desgranaba la lista de sus resoluciones y condenas inquisitoriales, primero como arzobispo de Múnich y luego como Pontífice, de los teólogos abiertos a los aires del tiempo, y su humillante menosprecio de las mujeres a las que negó el acceso al sacerdocio y redujo como sus antecesores, en virtud de una bien asentada misoginia, al mero papel de complemento del hombre (el cuento de la costilla y el de la maldita manzana, ya se sabe). Las esperanzas despertadas por el Segundo Concilio Vaticano se estrellaron contra el muro de una ortodoxia implacable con los seguidores de las enseñanzas humildes de Cristo. Muy significativamente el Papa ya emérito se esforzó en atraer a la congregación de los fieles a los seguidores de la secta ultramontana de monseñor Lefebre mientras anatematizaba a los curas y seglares comprometidos con la lucha contra la pobreza y a los representantes de la teología de la Liberación.
En verdad, Benedicto XVI no hubiera podido hacer gran cosa frente al poder de la burocracia eclesiástica y el absolutismo de la monarquía vaticana, cuya opacidad y poder sin límites no tiene hoy día equivalente alguno fuera de la teocracia saudí. El secretismo e intolerancia reinantes durante siglos de supuesta infalibilidad papal no pueden ser puestos en tela de juicio sin provocar el derrumbe de todo un sistema y un aparato de gobierno que nada tienen que ver con la figura y palabra de Jesús. Si la doctrina de Marx sobre la dictadura del proletariado necesaria para la consecución del ideal igualitario condujo a su sustitución por la del Comité Central del Partido, la de este por la de su Buró Político y la del último por la de un omnímodo secretario general de la índole de Stalin, la enseñanza de Cristo engendró al hilo del tiempo una casta eclesiástica investida de un poder divino y terrenal cuya crueldad en tiempos del Santo Oficio (hoy Congregación para la Doctrina de la Fe) no tendría nada que envidiar a la del líder soviético. Juan José Tamayo ha tenido la suerte de nacer en el siglo XX y consagrarse a la teología e historia de las religiones en un país democrático: de otro modo habría conocido el trato poco amable de las mazmorras inquisitoriales y Menéndez Pelayo le habría dedicado un jugoso capítulo en su Historia de los heterodoxos. En corto: el edificio sustentado por 20 siglos de una todopoderosa máquina estatal no admite cuanto atente a los fundamentos de la auctoritas. En la Iglesia católica no cabe un informe Kruschev y menos aún unas innovaciones suicidas como las de Gorbachov. La autocrítica no existe en el dogma, carece de base jurídica. El doble poder terrenal y divino no tolera el libre juicio de las ovejas descarriadas, de los fieles no sujetos a su jurisdicción estricta.
La existencia de valores espirituales independientes de la autoridad eclesiástica fue objeto de condena y castigo por espacio de siglos. El misticismo y la preminencia de la oración mental sobre la liturgia y las formas exteriores del culto no han sido nunca de recibo a menos que se confinen, como hizo precavidamente San Juan de la Cruz, en los muros de un convento reservado a una elite espiritual. La historia del Santo Oficio se cifra en un vasto archivo que abarca no sólo a los descreídos y protestantes sino también a quienes vivían en comunión con Cristo fuera de toda liturgia y a cuantos se atrevían a pensar por su cuenta: ayer los erasmistas y hoy los teólogos como Juan José Tamayo.
La corrupción reinante en el mercadeo romano puesta en evidencia en las feroces luchas por el poder, lavado de dinero en el Banco Vaticano, conexiones con la Mafia, amenazas de muerte a prelados y abusos pederásticos revelados por los vatileaks es la “suciedad” evocada por Benedicto XVI poco antes de arrojar la toalla. La actual degradación de la Iglesia no difiere gran cosa de la de Alejandro VI y sus sucesores, en la época retratada con gracia en La lozana andaluza y en el cáustico Concilio del amor ambientado en ella. Pero los tiempos han cambiado y la trama argumental presente ya no es la de Delicado ni siquiera la de Gide y Peyrefitte sino la de la novela negra: mafiosos sepultados en la cripta, asesinatos oscuros, suicidios sospechosos, cadáveres desaparecidos y abominaciones pedófilas cuidadosamente barridas bajo una espesa alfombra. John le Carré tiene hoy la palabra. Y, con mayor genio y humor, Fellini.
La escenografía del Cónclave debería haber ido acompañada de música de ópera, del Nabucco de Verdi o de la Cabalgata de las Walkirias de Wagner. La llegada de los cardenales papables a la escena del Sacro Colegio tendría que haber sido orquestada como la de un ballet del Bolshoi. Los creía ver asidos de la mano, siguiendo los compases musicales conforme se adentraban en la Capilla Sixtina, balanceándose y oscilando rítmicamente los pies. Bajo los murales y retablos de Miguel Ángel se despedirían del enjambre de los camarógrafos venidos del mundo entero para cabildear en secreto la elección del nuevo Vicario de Cristo que, aureolado de su infalible luz, ostentaría en adelante la tiara, redactaría breves, bulas y encíclicas, se entregaría en papamóvil a baños multitudinarios y se asomaría al balcón de la plaza romana a bendecir a los fieles. Fin de la película. ¡Apoteosis final!
Imagino el pasmo de Jesús de Nazaret ante la pompa y parafernalia eclesiásticas, la lucida guardia suiza, el solio y los flabelos. O la de millones de desheredados que creen en él y siguen en la tele un ceremonial tan anacrónico como huero. Algo de otro tiempo, pero que no puede alterarse sin cesar de existir.

miércoles, 13 de marzo de 2013

PRENSA. "Así Ratzinger condenó a Boff al silencio"

   En blogs.elpais":

Así Ratzinger condenó a Boff al silencio

Por:  13 de febrero de 2013
Boff (4)
Entiendo que el teólogo Leonardo Boff, tenga un cierto pudor en contar como se produjo, en 1985, el proceso en el que entonces el cardenal Ratzinger, Prefecto de la Congregación de la Fe, heredera de la vieja Santa Inquisición, le condenó al silencio. Ratzinger sería el próximo papa, Benedicto XVI.

Yo, aquel día, estaba con Boff en Roma. Cenó la noche anterior en mi casa, donde había convidado a un puñado de periodistas amigos míos para arroparle. Boff, que tenía, 47 años, estaba nervioso y preocupado. No sabía como se iba a desarrollar el proceso contra él en el Vaticano. No le habían informado de nada. Sólo que estuviera allí a las nueve de la mañana. El teólogo, siempre amable, parecía un niño entre temeroso y emocionado. Nos enseñó una carpeta con miles de firmas en apoyo suyo. Nos preguntó si sería oportuno entregárselas a Ratzinger. Indagamos sobe aquellas firmas y nos dijo con candor: “De prostitutas cristianas brasileñas”.


Recuerdo la cara que pusimos. Nos miramos unos a otros y decidimos desaconsejarle mostrar aquella carpeta de firmas al cardenal.
Le esperé la mañana siguiente a la puerta del palacio de la Congregación de la fe, situada a la izquierda de la plaza de San Pedro. El teólogo de la Liberación, que pertenecía a la Orden de Franciscanos Menores, llegó vestido de hábito. A las nueve en punto, le llamaron. Yo le esperé a la puerta durante las cuatro horas que duró el proceso contra él.

Salió cansado, pero sereno. Me iba a contar lo más importante del proceso para este diario, EL PAÍS.

“¿Y entonces?”, le pregunté. Y Boff, calmo: “Entonces, hermano, el cardenal Ratzinger me ha condenado al silencio”.
Ello quería decir que el importante teólogo, autor de la obra polémica Iglesia, carisma y poder, no podría en adelante enseñar, predicar, escribir ni hablar en público.

Recuerdo hoy algunos de los detalles que me contó de aquel proceso. Estaban sólo Ratzinger y un secretario convertido en taquígrafo que fue recogiendo la conversación - debate entre los dos. Ningún otro testigo Boff había estudiado teología en Alemania en la misma Universidad en la que enseñaba Ratzinger, primero teólogo progresista en el Concilio y después obispo y cardenal conservador, crítico de aquel mismo Concilio que él había ayudado a desarrollarse.

Ya se conocían. Y Boff hablaba alemán, la lengua materna del cardenal Ratzinger, quién empezó a interrogarle en su lengua. Boff lo detuvo y le dijo que en ese caso él estaba en desventaja, ya que él, como alemán, dominaba mejor la lengua y a él le costaría más expresarse al defender sus tesis en una lengua que, aunque la había estudiado, no era la suya.
Decidieron que los dos hablarían en un idioma que no era el materno de ninguno de los dos: en italiano.
Ratzinger le mandó sentarse en frente de él y empezó el interrogatorio. Boff lo interrumpió de nuevo. “Eminencia, en Brasil, en nuestras comunidades cristianas, cuando empezamos algún trabajo importante, hacemos una oración a nuestro padre Dios para que nos ilumine. Me gustaría hacerlo también ahora”.

El cardenal, sin comentar su petición, se levantó y dijo: “Está bien, recitemos el Ven Espíritu Santo”. Y lo rezaron juntos. Ya más relajado, el cardenal observando que Boff estaba con el hábito franciscano que nunca usaba en Brasil donde vestía como los seglares, le comentó sonriendo: “¿Ve cómo usted está más elegante de hábito?”.

Boff (3)
Lo estaba. Boff era un cuarentón elegante como un actor, alto y el sayo franciscano le caía como si fuera de Valentino.

El teólogo entendió el mensaje de Ratzinger y le respondió: “Es posible, que de hábito esté más elegante, pero, eminencia, en Brasil, entre los pobres con los que trabajo, si me ven de hábito, por ejemplo en el autobús, se levantan y me dejan el asiento, porque el hábito es símbolo de poder. Por eso prefiero vestir como ellos, para ser tratado como uno más”.

Sin más preámbulo, Ratzinger, como si no le hubiese escuchado, comenzó su rosario de críticas y acusaciones contra la teología de Boff sobre todo contra la obra ya citada, Iglesia, carisma y poder, considerada herética por el Vaticano.

Una de las cosas que Boff siempre ha defendido, y que siempre me ha parecido sugestiva y creativa, es que todas las palabras, pronunciadas con deseo de decir la verdad, son tan sacramentales como las de los sacramentos oficiales de la Iglesia.

La teología católica defiende que las palabras de los sacramentos del bautismo, penitencia, eucaristía etc. son sacramentales porque realizan lo que dicen. Y que ello se da por la fuerza que les imprime el sacramento.

Boff defiende, y con él tantos teólogos, que toda palabra “verdadera”, pronunciada con sinceridad, es sacramental porque también realiza lo que expresa. Jesús decía a los suyos que si tuvieran fe y dijesen a una montaña que viniera, ella se movería. Es sacramental todo lo verdadero. Cuando digo de verdad a una persona que la amo o que la perdono, esa persona siente realmente mi amor en ella y mi perdón.

Boff no me contó todo el duro interrogatorio al que fue sometido por Ratzinger, pero quedaba claro de lo que me contó que el cardenal ya tenía tomada su decisión anteriormente y de poco sirvieron las aclaraciones del acusado.

El veredicto fue perentorio: condenado al silencio.

Hoy, Boff dice que existen dos Ratzinger, el del profesor de teología en Alemania, simpático, afable, que daba la mitad de lo que ganaba para que pudieran frecuentar la Universidad estudiantes pobres del Tercer Mundo, y el Ratzinger de después, obispo, cardenal y papa, duro con los teólogos de la Liberación, conservador en materia de costumbres y en el diálogo con la modernidad, intransigente con la nueva teología.

Ahora estamos ante el tercer Ratzinger, el del papa que renuncia al poder para retirarse él esta vez voluntariamente “al silencio”, a aquel silencio al que años atrás había condenado al teólogo franciscano.

Para no condenarse al ostracismo, Boff pidió más tarde salir de la Congregación y dejó el sacerdocio. Cuando le preguntaron si había dejado también a la Iglesia, respondió sonriendo: “No, es la Iglesia la que se ha salido de ella misma, del carisma de su fundación evangélica, yo sigo en la Iglesia de Jesús que era la de los pobres, enfermos, endemoniados y leprosos, de  todos los arrinconados y despreciados por el poder”.

El teólogo brasileño, catedrático emérito de la Universidad de Rio, es hoy el defensor de la Teología de la Tierra, a la que estamos empobreciendo, violentando y destruyendo, según él afirma.
Boff (2)

lunes, 4 de marzo de 2013

PRENSA. "¿Una 'primavera vaticana'?". Hans Küng

Hans Küng

   En "El País":

¿Una ‘primavera vaticana’?

La Iglesia necesita un Papa abierto a la modernidad y que defienda la libertad. Un grupo de cardenales valientes debe enfrentarse a los sectores más inflexibles de la jerarquía y exigir un candidato con ese perfil

 1 MAR 2013 

La primavera árabe sacudió toda una serie de regímenes autoritarios. Ahora que ha dimitido el papa Benedicto XVI, ¿será posible que ocurra algo similar en la Iglesia católica, una primavera vaticana?
Por supuesto, el sistema de la Iglesia católica, más que a Túnez o Egipto, se parece a una monarquía absoluta como Arabia Saudí. En ambos casos, no se han hecho auténticas reformas, sino concesiones sin importancia. En ambos casos, se invoca la tradición para oponerse a la reforma. En Arabia Saudí, la tradición solo se remonta a 200 años atrás; en el caso del papado, a 20 siglos.
Ahora bien, ¿es cierta esa tradición? En realidad, la Iglesia vivió durante un milenio sin un papado de tipo monárquico absolutista como el que conocemos.
Fue a partir del siglo XI cuando una “revolución desde arriba”, la “reforma gregoriana” iniciada por el papa Gregorio VII, nos legó las tres características históricas del sistema de Roma: un papado centralista y absolutista, un clericalismo forzoso y la obligación del celibato para los sacerdotes y otros clérigos seglares.
Los esfuerzos de los concilios reformistas del siglo XV, los reformadores del siglo XVI, la Ilustración francesa en los siglos XVII y XVIII y el liberalismo del siglo XIX tuvieron éxito solo en parte. Incluso el Concilio Vaticano II, de 1962 a 1965, a pesar de abordar muchas preocupaciones de los reformadores y los críticos modernos, se vio obstaculizado por la curia, el órgano rector de la Iglesia, y no logró poner en práctica más que parte de los cambios exigidos.
Hoy, la curia, que también es un producto del siglo XI, sigue siendo el principal obstáculo para cualquier reforma de fondo de la Iglesia católica, cualquier acuerdo ecuménico con las demás iglesias cristianas y religiones mundiales y cualquier actitud crítica y constructiva frente al mundo moderno.

No podemos engañarnos con las grandes masas. Detrás de la fachada, la casa está viniéndose abajo
Con los dos últimos papas, Juan Pablo II y Benedicto XVI, se ha producido un fatal regreso a los viejos hábitos monárquicos de la Iglesia.
En 2005, en una de sus escasas muestras de audacia, Benedicto mantuvo una amigable conversación de cuatro horas conmigo en su residencia de verano, en Castelgandolfo, cerca de Roma. Yo había sido colega suyo en la Universidad de Tubinga y también su crítico más feroz. Durante 22 años, después de que criticara la infalibilidad del Papa y me retirasen la autorización eclesiástica para dar clase, no habíamos tenido el menor contacto privado.
Antes del encuentro, decidimos dejar de lado nuestras diferencias y hablar de temas sobre los que podíamos estar de acuerdo: la relación positiva entre la fe cristiana y la ciencia, el diálogo entre religiones y civilizaciones y el consenso ético entre fes e ideologías.
Para mí, y para todo el mundo católico, la entrevista fue una señal de esperanza. Pero, por desgracia, el pontificado de Benedicto estuvo marcado por crisis y malas decisiones. Logró irritar a las iglesias protestantes, los judíos, los musulmanes, los indios de Latinoamérica, las mujeres, los teólogos reformistas y todos los católicos partidarios de las reformas.
Los mayores escándalos de su papado son conocidos: para empezar, el hecho de que Benedicto reconociera a la archiconservadora Sociedad de San Pío X del arzobispo Marcel Lefebvre, que se opone de manera rotunda al Concilio Vaticano II, y a un personaje que niega el Holocausto, el obispo Richard Williamson.
Luego estuvo la inmensa ola de abusos sexuales a menores por parte de sacerdotes, que el Papa ayudó en gran parte a encubrir cuando era el cardenal Joseph Ratzinger. Y después el caso Vatileaks, que reveló un espantoso número de intrigas, luchas de poder, corrupción y deslices sexuales en la curia, y que parece ser una de las principales razones por las que Benedicto ha decidido abandonar.
Esta primera dimisión de un papa en casi 700 años deja al descubierto la crisis fundamental que se cierne sobre una Iglesia anquilosada. Y ahora, todo el mundo se pregunta: ¿Será posible que el próximo Papa, a pesar de todo, inaugure una nueva primavera para la Iglesia católica? No se pueden ignorar las desesperadas necesidades de la Iglesia. Existe una desastrosa escasez de sacerdotes, en Europa, Latinoamérica y África. Son muchísimas las personas que han dejado la Iglesia o han emprendido una “emigración interna”, sobre todo en los países industrializados. Ha habido una inequívoca pérdida de respeto hacia obispos y sacerdotes, el distanciamiento, en particular, de las mujeres jóvenes, y la incapacidad de incorporar a los jóvenes a la Iglesia.
No debemos dejarnos engañar por el poder mediático de los grandes acontecimientos papales de masas ni por los aplausos enloquecidos de los grupos juveniles católicos. Detrás de la fachada, la casa está viniéndose abajo.

Una encuesta muestra que el 85% de los católicos son partidarios de dejar que los curas se casen
En esta dramática situación, la Iglesia necesita un Papa que no viva desde el punto de vista intelectual en la Edad Media, que no defienda ningún tipo de teología, liturgia ni constitución eclesiástica propias de la época medieval. Necesita un Papa abierto a las preocupaciones de la reforma, a la modernidad. Un Papa que defienda la libertad de la Iglesia en el mundo no solo mediante sermones sino luchando con hechos y palabras por la libertad y los derechos humanos dentro de la Iglesia, por los teólogos, por las mujeres, por todos los católicos que desean decir la verdad abiertamente. Un Papa que no siga obligando a los obispos a obedecer una línea oficial reaccionaria, que ponga en práctica una democracia apropiada dentro de la Iglesia, construida según el modelo del cristianismo primitivo. Un Papa que no se deje influir por ningún otro “Papa en la sombra” del Vaticano como Benedicto y sus leales seguidores.
La procedencia del nuevo Papa no debería ser un factor crucial. El Colegio Cardenalicio debe elegir al mejor, sin más. Por desgracia, desde la época del papa Juan Pablo II, se emplea un cuestionario para hacer que todos los obispos sigan la doctrina oficial de Roma en los asuntos polémicos, un proceso sellado por el voto de obediencia incondicional al Papa. Por eso, hasta ahora, no ha habido disidentes públicos entre los obispos.
Sin embargo, la jerarquía católica ha recibido advertencias sobre la brecha existente entre ella y los seglares en asuntos importantes relacionados con posibles reformas. Una encuesta reciente en Alemania muestra que el 85% de los católicos son partidarios de dejar que los curas se casen, el 79%, de que los divorciados puedan volver a casarse por la Iglesia, y el 75%, de que las mujeres puedan ordenarse. Probablemente, las cifras serían similares en muchos otros países.
¿Será posible que tengamos un cardenal o un obispo que no esté dispuesto a seguir por la misma senda trillada de siempre? ¿Alguien que sepa lo profunda que es la crisis de la Iglesia y conozca vías para salir de ella?
Estas preguntas deben discutirse abiertamente, antes del cónclave y durante él, sin que nadie amordace a los cardenales, como se hizo en 2005 para que se atuvieran a las directrices.
Soy el último teólogo en activo de los que participó en el Concilio Vaticano II (junto con Benedicto) y, como tal, me pregunto si no será posible que haya al comienzo del cónclave, igual que hubo al comienzo del Concilio, un grupo de cardenales valientes que se enfrenten a los miembros más inflexibles de la jerarquía católica y exijan un candidato dispuesto a aventurarse en nuevas direcciones. ¿Tal vez a través de un nuevo concilio reformista o, mejor aún, una asamblea representativa de obispos, sacerdotes y seglares?
Si el próximo cónclave elige a un Papa que vuelva a lo de siempre, la Iglesia nunca experimentará una nueva primavera, sino que caerá en una edad de hielo y correrá el peligro de encogerse hasta convertirse en una secta cada vez más irrelevante.
Hans Küng es catedrático emérito de Teología Ecuménica en la Universidad de Tubinga y autor del libro de próxima publicación ¿Puede salvarse la Iglesia?
Traducción del inglés de María Luisa Rodríguez Tapia.
©2013 The New York Times. Distribuido por The New York Times Syndicate.

lunes, 25 de febrero de 2013

PRENSA. "Falible. ExPapa. Un poderoso en retiro". Reportaje

El papa Juan Pablo II (derecha) junto al entonces cardenal Joseph Ratzinger, en 2004. / M. BRAMBATTI (EFE) ("El País")

   En "El País":

Falible. Ex Papa. Un poderoso en retiro

La renuncia de Benedicto XVI suscita loas y críticas entre los expertos

Teólogos e historiadores ven el debate superficial porque disimula los problemas del pontificado

 24 FEB 2013

En los archivos de la municipalidad de Valence (Francia) se conserva la anotación del funcionario encargado de despachar en agosto de 1799 el fallecimiento en esa ciudad del papa Pío VI, de civil conde Angelo Onofrio Melchiorre Natale Giovanni Antonio Braschi dei Bandi. Lo hizo de esta manera tan distraída: “Jean-Ange Bisaschi, que ejerce la profesión de pontífice”. Pío VI había sido un Papa peleón y viajero, pero fue arrollado por los efectos de la Revolución Francesa y, sobre todo, por maquinar contra Napoleón, a uno de cuyos generales mandó fusilar poco antes de ser ocupada Roma por el ejército francés. Salvó la vida huyendo de la capital de los Estados Pontificios disfrazado de mendigo, pero fue tomado prisionero y llevado a Francia de muy mala manera. Su cuerpo regresó décadas más tarde a Roma, donde aún se alza una estatua muy vistosa en su honor.
¿Qué dirá el registro de difuntos sobre Benedicto XVI, de civil Joseph Aloisius Ratzinger, a punto de cumplir 86 años? ¿Cómo firmara el exPapa sus cartas y los mensajes de Twitter, cuando el día 28 abandone el pontificado romano? ¿Seguirá siendo infalible? ¿Continuará asistido por el Espíritu Santo, como cree el tropel de sus afines que están los papas por el solo hecho de serlo? ¿Será un Papa en la sombra, dada la influencia que ya ejerció sobre su predecesor, el polaco Juan Pablo II? El debate está abierto, con respuestas para todos los gustos.
Así lo ve el franciscano José Arregi, profesor de Teología en la Universidad de Deusto (Bilbao). “Que un papa, a los 85 años y enfermo, se despoje de la tiara y descienda del trono, renunciando al poder religioso más arbitrario y absoluto jamás imaginado, ¿qué tiene de extraño? Tiene de extraño que se limite a eso: a una renuncia personal. Y, sin embargo, ha sido celebrada por clérigos y laicos bien intencionados como un gesto de libertad, valentía y dignidad e, incluso, de humildad. No niego que lo sea. Pero ¿su renuncia no constituye a la vez un acto de rendición frente a esa oscura maquinaria de poder que es el Vaticano?”.
Arregi, una de las últimas víctimas de la inquisición romana, dudaba hace tres años, en declaraciones a EL PAÍS, que Benedicto XVI mandase algo en el Vaticano. Ahora lamenta que la Iglesia vuelva a “ser espectáculo, no buena noticia”. Cree que Ratzinger es “un hombre de gran calidad humana” —“No hay más que mirar sus ojos limpios llenos de inteligencia”—, pero subraya que la persona es inseparable del papel que desempeña en un sistema.

Küng: “El dogma de la infalibilidad fue, al principio, una herejía reprobada”
“En el caso del Papa es inevitable que la persona, por admirable que sea, quede aplastada por un papel y un poder desorbitado, dentro de un sistema perverso: un papa elige a los cardenales que elegirán al siguiente Papa, el cual impondrá como voluntad divina lo que son en realidad sus propios criterios. Así es como Benedicto XVI, primero por mano de Juan Pablo II y luego por su propia mano, ha enterrado lo mejor del Vaticano II y ha ahondado el abismo entre la Iglesia y el mundo de hoy. Todo por voluntad divina. Ahora se va dejando intacto un sistema esencialmente corrupto. La tiara y el trono, la terrible infalibilidad, el terrible poder absoluto, siguen intactos, esperando al siguiente candidato. No faltarán aspirantes. Ya se traman oscuras estrategias, ya se urden alianzas. Se maquina y se conspira. Es pura farsa mediática, pornografía religiosa. Cuando salga la fumata blanca dirán: ‘El Espíritu Santo ha elegido’. Más obsceno todavía”, añade Arregi.
¿Infalibles los papas? Cuando el 18 de julio de 1870 Pío IX proclamó el dogma de la infalibilidad en la última jornada del tridentino Concilio Vaticano I, Víctor Hugo hizo una predicción: “Dentro de 100 años, no habrá guerras, no habrá papa”. Se equivocó, pero la decisión de Pío IX ha dejado “en ridículo” al pontificado romano, en palabras del muy católico Lord Acton, que a punto estuvo de ser excomulgado por esa idea. Suya es la frase de que “el poder tiende a corromper y el poder absoluto corrompe absolutamente”. También el filósofo Richard Rorty habló de “dogma infame”, y un teólogo tan prudente y sabio como Karl Rahner escribió: “Si de forma irrealmente hipotética, me imagino a mí mismo leyendo en voz alta a Jesús, durante su vida terrestre, la definición del Vaticano I, probablemente él, en su conciencia humana empírica, se habría asombrado y no habría entendido nada en absoluto”.
¿Quién inventó la doctrina de la infalibilidad? El sistema vaticano argumenta que la idea de que el Papa y la Iglesia nunca se equivocan cuando definen doctrinas se remonta siglos, incluso a Pedro, el pescador que se supone como primer Papa romano. No es verdad. Es una idea absurda para tiempos en que el Papa era el sucesor de un pescador judío, no del emperador Constantino.
“No fue con un cheque del banco del César con lo que Jesús envió a sus apóstoles al mundo para anunciar el reino de Dios”, clamó el teólogo francés Robert de Lamennais contra los afanes de poder y riqueza de lo que llama “el Imperio católico”. ¿Infalibles los papas en toda su historia? Incluso para el hombre que más trabajó para erigir el absolutismo papal, Gregorio VII, se trataba de “una doctrina disparatada”. “El Papa puede equivocarse también en materia de fe”, dijo.

Tamayo recuerda que un sector episcopal se negó a apoyar el dogma
El teólogo Hans Küng, que ha escrito un voluminoso libro sobre el tema (¿Infalible? Una pregunta) y fue castigado por Ratzinger retirándole el título de profesor de teología católico, lo explica con la exhibición de un documento que enmudecería a quienes entren en el debate con honradez. Dice: “El inventor [de la doctrina de la infalibilidad] es el excéntrico franciscano Petrus Olivi. Lo que buscaba era que los papas quedasen obligados por un decreto de Nicolás III favorable a la corriente franciscana que exigía pobreza radical. De ahí que, en 1324, Juan XXII condenara esa doctrina como obra del demonio, el padre de la mentira. Consecuencia: ¡el dogma de la infalibilidad papal fue, al principio, una herejía reprobada!”.
Pero aquel 18 de julio de 1870, el Vaticano tenía a sus puertas el ejército de Garibaldi y Pío IX pensaba que solo la definición solemne de su primacía e infalibilidad podría evitar que la nación italiana conquistara el último símbolo de los Estados Pontificios. Era un hombre “emocionalmente inestable, desprovisto de dudas intelectuales que mostraba los síntomas propios de un psicópata” (así lo ve Hans Küng), y quería lanzar, además, una declaración de guerra general a la modernidad, en la esperanza de ganarse el apoyo de reyes y emperadores tan sobresaltados como el Papa. El dogma, en cambio, les asustó, más que los confortó, sobre todo porque el Pontífice lo acompañaba de una encíclica (Quanta cura) y un compendio de errores (Syllabus errorum modernorum) para condenar a los hombres y las ideas más representativos de la modernidad europea. “Lo que una vez fue contrarreforma era ahora contrailustración”, dice Küng.
En el Concilio de Nicea (año 325) se endiosó a Cristo con el beneplácito del emperador Constantino. En el Vaticano I se endiosó a los papas. Pío IX se consideraba a sí mismo un viceDios. Todo se mantiene. En palabras del teólogo Juan José Tamayo, “los papas acumulan en su persona más poder que los faraones egipcios, los emperadores romanos, los reyes del sacro imperio romano-germánico, los califas del imperio otomano y todos los dictadores de la historia. Lo confirma la Ley Fundamental del Estado de la Ciudad del Vaticano, que concentra los tres poderes en la persona del Papa”. Así lo establece su artículo primero: “El Supremo Pontífice, Soberano del Estado de la Ciudad del Vaticano, tiene la plenitud de los poderes legislativo, ejecutivo y judicial”.
Tamayo, director de la Cátedra de Teología y Ciencias de las Religiones en la Universidad Carlos III de Madrid, afirma que ese poder absoluto lo reafirma y refuerza el dogma de la infalibilidad, “que Pío IX, en sus horas más bajas de poder político y de autoridad religiosa, obligó a votar a los obispos reunidos en concilio”. Según dicho dogma, las definiciones del Romano Pontífice, cuando habla ex cathedra, “son irreformables por sí mismas y no por el consentimiento de la Iglesia. Con ello, el Papa se auto-colocaba en la órbita de lo divino y su palabra se situaba al mismo nivel que la palabra inerrante de Dios”.
Tamayo recuerda que hubo un sector episcopal que se negó a apoyar “tan megalómana imposición papal”. Añade: “La historia les daba la razón, teniendo en cuenta los numerosos errores doctrinales en los que incurrieron algunos papas y los constantes cambios producidos en las verdades de fe”.

El derecho canónico usa un doble rasero para líder y fieles, subraya un experto
Es absurdo debatir sobre si el papa Ratzinger se lleva consigo el don de la infalibilidad, que requiere, para su uso, hablar ex cathedra, es decir, desde la silla de mando. Benedicto XVI se apea de ese trono el próximo jueves. Además, desde su implantación, el dichoso dogma ha sido usado una única vez. Lo hizo Pío XII el primer día de noviembre de 1950, cuando, rodeado de 36 cardenales, proclamó “ser dogma divinamente revelado que la Inmaculada Madre de Dios, siempre Virgen María, terminado el curso de su vida terrena fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celestial”. Textual.
Sobre la dimisión del Papa reinante no caben dudas. “Desde la perspectiva del Derecho del Estado, y en el caso español de un Estado laico —ideológica y religiosamente neutral—, se trata de una decisión irrelevante, ya que al final de cuentas se trata simplemente del relevo en la Jefatura de otro Estado”, sostiene Oscar Celador Angón, catedrático de Derecho Eclesiástico en la Universidad Carlos III. Añade: “Desde el siglo XV, era habitual que los papas ejercieran su labor hasta su fallecimiento, con independencia de edad o salud. Se trataba de una especie de contrato informal en virtud del cual, una parte accedía al puesto de máxima responsabilidad, pero a cambio se comprometía a dedicar a su labor todas sus fuerzas y a sacrificar el resto de sus días. A la vista de los hechos, el contrato informal o no existía, o ha sido incumplido por una de las partes”.
Al profesor Celador le parece llamativo el doble rasero que el Derecho canónico utiliza para su líder y sus fieles. Pone como ejemplo el matrimonio. Dice: “El Papa ha renunciado a ostentar un cargo cuyo desempeño aceptó de forma libre, alegando falta de fuerzas. Su decisión es de sentido común. Sin embargo, el matrimonio canónico contraído válidamente y consumado es indisoluble, a lo sumo sus contrayentes pueden separarse pero nunca divorciarse canónicamente, con independencia de la edad que puedan llegar a vivir los cónyuges, su felicidad o estado de ánimos”.
Tampoco caben dudas sobre si seguirá Benedicto XV siendo Papa después de su renuncia. Dice el teólogo Federico Pastor-Ramos, presidente de la Asociación de Teólogos Juan XXIII y profesor emérito de la Universidad Pontificia de Comillas: “Una vez que Benedicto XVI ha renunciado al ministerio lo ha dejado definitiva y totalmente. El encargo de Jesús a Pedro está expresado con imágenes metafóricas que no pueden extrapolarse en su sentido, como sería decir, por ejemplo, que la piedra es algo permanente. Sería más consonante con lo que sugiere el Nuevo Testamento pensar en funciones de comunión y un cierto punto de referencia de los seguidores de Jesús, que tiene poco que ver con la hipertrofia de lo papal que se ha ido desarrollando a lo largo de la historia y de la que se podría prescindir sin menoscabo de nada”.
Otra cuestión es si las cosas se miran desde la óptica de la religión popular española, especialmente la practicada por niños y adolescentes. Lo hace Javier López Facal, profesor de Investigación del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) y autor de El declive del Imperio Vaticano, que acaba de publicar en la editorial Catarata: “Los niños suelen encomendarse a santa Rita de Casia cuando a uno se le exige la devolución de un objeto previamente donado, utilizando estas palabras: Santa Rita, Rita, Rita, lo que se da no se quita. Sabemos desde la Epístola a los Efesios 2.8, una carta supuestamente escrita por san Pablo a aquella floreciente iglesia anatolia, que la fe no depende de uno mismo, sino que es un regalo gratuito de Dios, y es asimismo doctrina aceptada que la gracia santificante y la gracia de estado son dones divinos de carácter gratuito y, por lo tanto, potencialmente efímeros o revisables”.
Así las cosas, cabría pensarse que si el Espíritu Santo otorgó a Ratzinger la gracia de estado para acceder al pontificado y ejercer este magisterio, igualmente ha podido retirarle esta gracia por razones inescrutables e inefables propias del Paráclito.
Ironiza López Facal: “Joseph Ratzinger puede decir, con legitimidad, aquello de Dios me lo ha dado, Dios me lo ha quitado, bendito sea Dios, y reivindicar que lo dejen en paz. Lo malo es que los ex se convierten desde el momento mismo de su pérdida del poder en jarrones chinos, en feliz expresión de Felipe González, es decir, en un objeto valioso pero muy difícil de integrar en la decoración de una casa. ¿Qué hace uno con un jarrón chino tan valioso, como incordiante? ¿Qué papel desempeñan hoy González en el PSOE o Aznar en el PP? Ratzinger al que nunca he profesado ni una especial admiración, ni un acendrado cariño, creo que va a llevar su pérdida del poder con mayor dignidad, generosidad y sentido común que los dos ex presidentes mencionados. Se retirará a un convento a rezar, estudiar y tocar el piano, y no va a molestar prácticamente nada a la persona a la que el Espíritu Santo vaya a distinguir ahora con Su gracia. Algo tiene que quedarle de aquel don de Dios del que gozó durante siete años, de tan marcadas connotaciones bíblicas”.

Fatal precedente

Celestino V, el Papa que, antes que Benedicto XVI, renunció al pontificado en plena libertad, tenía también 85 años cuando fue elegido en julio de 1294 y dimitió cinco meses más tarde. Murió de muy mala manera dos años después. De civil se llamaba Pietro Angeleri di Murrone, hijo de un labrador. Se le conoce como el Pastor Angélico. Fue proclamado santo muy pronto y hace unos pocos años ha sido retirado del calendario litúrgico, no se dijo por qué.
Celestino era monje benedictino hasta que se retiró a vivir solo en una cueva del Monte Morrone (Italia), donde adquirió fama de santo y sanador. Por eso fue aclamado Papa después de un cónclave que se prolongaba ya dos años. Murrone llegó a lomos de un burro al templo en el que iba a ser coronado. Cuando abdicó, harto y escandalizado, quiso volver a su vieja ermita, pero el sucesor, el arrogante y tendente al nepotismo Bonifacio VIII, temió que pudiera convertirse en un estorbo, y mandó apresarlo.
Advertido de las torvas intenciones del nuevo pontífice, el pobre Celestino V escapó. Perseguido por todo el sur de Italia, cayó preso cuando intentaba llegar a Grecia. Bonifacio VIII lo recluyó en un castillo cerca de Anagni y allí murió, se dice que a manos de un verdugo del Vaticano.
Fue lo que creyó Felipe IV el Hermoso, rey de Francia, que ordenó capturar en Roma al Papa reinante, para procesarlo en un concilio general de la Iglesia, acusado, entre otras cosas, de matar a su predecesor. Bonifacio VIII murió poco después. Un cronista definió así su final, quizás envenenado: “Entró como un lobo, gobernó como un león, acabó como un perro”.

martes, 19 de febrero de 2013

PRENSA. Sobre la renuncia de Benedicto XVI. Juan José Millás

Juan José Millás

   En "El País":

Hasta aquí llega Móstoles

Tanto si dejó de creer como si empezó a hacerlo, su ministerio resultaba del todo impracticable

 16 FEB 2013

Benedicto XVI ha cumplido el deseo de acudir al propio entierro para escuchar lo que los deudos dicen de uno. He ahí las ventajas de la doble personalidad. Fallecido en calidad de Sumo Pontífice, puede tirar ahora de la identidad de Joseph Ratzinger como el que usa un utensilio de la navaja suiza cuando el que era no funciona. Dispone ya de una versión de sí en la tumba y de otra en el mundo. Cuando Ratzinger se mira en el espejo ve al Papa muerto, pero cuando el que se mira es el Papa muerto, ve a Ratzinger. Un juego especular que se parece mucho al del despertar en el interior del sueño. Continúas dormido, sí, pero al mismo tiempo, de un modo extraño, permaneces despierto. Ello te permite aprehender de forma simultánea la sustancia del sueño y la vigilia. Ratzinger ha vuelto a la vida, ha despertado si ustedes lo prefieren, en el interior de un muerto, de nombre Benedicto XVI. Cada uno es la continuación del otro.
Decía alguien cuyo nombre no me viene que toda cultura podría explicarse en función de las relaciones que quienes forman parte de ella mantienen entre el sueño y la vigilia. Por lo general, hablamos del sueño y la vigilia como si fueran compartimentos estancos, igual que el que dice hasta aquí llega Madrid y aquí comienza Móstoles, como si Móstoles y Madrid (metafísicamente hablando, se entiende) pudieran comenzar y terminar. O como el que afirma que la pantalla del ordenador es la línea que separa el mundo de los átomos del de los bits, negando de este modo el flujo constante entre el lado de acá y el lado de allá, siendo como es que la versión bit de Vicente, por poner un ejemplo, puede asesinar a su versión atómica y viceversa.
Aficionados como somos, en fin, a las fronteras, a los límites, patología que nos viene del gen territorial, extrapolamos al día y a la noche, pero también a la vida y la muerte, esa necesidad de que unas cosas acaben para que comiencen otras. De donde deducimos que asomarse a una ventana significa estar vivo y, reposar en la tumba, estar muerto.
Nada de eso.
Pese a las apariencias, hay entre la vida y la muerte una suerte de continuum que es la que llevaba a los antiguos a colocar dos monedas de plata en los párpados de los difuntos, cuando no debajo de su lengua, para pagar los servicios de Caronte.
Benedicto XVI es el primer Papa que se suicida en el sentido estricto de la palabra. Los anteriores dimisionarios, más que volarse los sesos, fueron empujados de la silla por razones políticas. Solo una anomalía de tal calibre es capaz de explicar las toneladas de tinta empleadas en apenas cuatro días para dar respuesta a la extrañeza provocada por su decisión. Extrañeza que quizá, en parte, proceda de la envidia, ya que no todos los suicidios salen tan rentables. Quiere decirse que quien más quien menos se ha imaginado ya la vida del anciano Ratzinger en ese convento de limoneros y rosas, entregado a la meditación trascendental y quizá, qué suerte, a la escritura creativa a tiempo completo. Quien más quien menos lo ve paseando por el claustro, junto al fantasma de Benedicto XVI, manteniendo con él sesudas discusiones de carácter filosófico, mientras las monjas entregadas a su servicio se ocupan de las cuestiones cotidianas que a los ancianos comunes les amargan la existencia. Quien más quien menos se lo ha imaginado en su celda, por la noche, poniéndose el pijama para acostarse junto al cadáver del Papa fallecido, quizá abrazado a él con una sonrisa un poco diabólica, no como la de Anthony Perkins en Psicosis, cuando yace junto a la momia de su madre, pero por ahí, por ahí.
Por ahí, por ahí, sobre todo si al cerrar los ojos piensa Ratzinger en los lugares comunes que desde la teología, el derecho canónico o la política se han dicho estos días acerca de su renuncia. Él sabe que este suceso excepcional, capaz de alterar las fronteras entre el Papa vivo y el Papa muerto, solo puede explicarse desde la literatura, que descubrió la figura del doble antes que la psiquiatría.
Ahora bien, para quienes se empeñen en ver la intervención de Dios en este golpe maestro, que ha hecho saltar por los aires los protocolos de la curia, todavía un par de hipótesis que, como el sueño y la vigilia, carecen de fronteras definidas: pongamos que Benedicto XVI se pegó un tiro en la sien porque de súbito dejó de creer en Dios. O por lo contrario, porque de repente fue atacado por la fe, ese don gratuito. Tanto si dejó de creer como si comenzó a hacerlo, su ministerio resultaba del todo impracticable. Si lo primero, porque para arrogarse la representación de una instancia irreal, hay que poseer, en efecto, una fortaleza y una ambición poco probables en una persona de su edad, incluso en un joven. Si lo segundo, porque si Dios existe no puede estar de acuerdo en modo alguno con lo que representa la Iglesia. Aficionado como es a la escritura, Ratzinger dispone de un material excelente para escribir una novela. Después de todo, la línea que separa la teología de la ficción es tan borrosa como la que separa la muerte de la vida.

PRENSA. "La huida". Manuel Vicent

Manuel Vicent

   En "El País":

La huida

En Europa se está dando de nuevo la antigua lucha encarnizada del protestantismo contra el catolicismo

 17 FEB 2013
Probablemente la renuncia de Ratzinger a seguir en el oficio de Papa se debe a que es un idealista alemán que no ha logrado asimilar el espíritu del Mediterráneo. Es la misma cuestión que late en el fondo de la crisis económica de Europa donde se está dando de nuevo la antigua lucha encarnizada del protestantismo contra catolicismo, del calvinismo contra vitalismo hedonista del sur. Pero la dimisión del Papa, la primera después de siete siglos en la historia de la Iglesia, debe ser tomada además como símbolo de la caída del imperio religioso del Vaticano. El papa Ratzinger, superdotado sofista, acostumbrado a realizar encajes de bolillos en el castillo de naipes de la teología, el ejemplo más intrincado de ciencia ficción, no ha podido soportar el caos, que es la esencia del Mediterráneo, el grado más alto del genio de Italia. Caos significa intriga, traición, sexo, pederastia, despilfarro, latrocinio. Caos también significa inspiración, duda creativa, misterio de los sentidos, placer de vivir, arte de morir. Parece que Ratzinger se ha hecho un lío mental con estas variables, entre los lobos y jabalíes que le mordían el calcañar y la paloma del Espíritu Santo, que, de repente, se ha transformado en cuervo. Finalmente este teólogo esteta, tal vez, se ha venido abajo ante el próximo papel dramático que le tocaba representar en público. La muerte de un Papa es un espectáculo de primer orden en el circo mundial. Un Papa debe morir de forma que los espectadores no se sientan defraudados. A los pocos días de ser elegido, el pontífice Luciani abandonó este mundo después de tomar un té muy bien cargado; en cambio Juan Pablo II desarrolló su larga agonía como un acto litúrgico, con gestos y palabras inconexas de gran tragediante ante los fieles en medio de una parafernalia orgiástica. En realidad, Ratzinger se ha fugado. Ha huido de los lobos y jabalíes que acechan en la curia del Vaticano, pero tambien ha tratado de ahorrarse la vergüenza de tener que agonizar en público y ser descuartizado por las cámaras. En medio de la corrupción masiva y soleada del sur de Europa, donde el vicio bien llevado es una virtud, a este Papa le ha caído la propia ficción teológica encima y lo ha aplastado. El derrumbe del imperio acaba de empezar.