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miércoles, 6 de mayo de 2015

PRENSA. "Mujeres". Luis García Montero

Luis García Montero

   En "infolibre.es":
Mujeres
Actualizada 02/05/2015 

La poesía de Eduardo Galeano se hizo memoria, pensamiento y narración. Pasó del canto al cuento sin perder un segundo en explicaciones, o sea, sin perder un gramo de intensidad. Lo bueno si breve dos veces pájaro. Lo debió pensar así la hija del preso político que llevó a la cárcel un dibujo de pájaros. Los policías rompieron el dibujo por enemistad hacia todo lo que vuela. La niña llevó en la visita siguiente un dibujo con árboles y pequeños puntos entre las ramas. ¿Qué son estos puntos?, preguntó el padre. Ella explicó que se trataba de los ojos de los pájaros.

Es una de las historias que se recogen en Mujeres (Siglo XXI, 2015), el libro feminista de Eduardo Galeano. El escritor uruguayo necesitó mirar hacia la mujer en muchos momentos de su obra como una estrategia para mantener viva su propia rebeldía. “No hay tradición cultural –afirmó– que no justifique el monopolio masculino de las armas y de la palabra, ni hay tradición popular que no perpetúe el desprestigio de la mujer o que no la denuncie como peligro”.

Por eso Eduardo escribió sobre Nellie Bly, la mujer que demostró en un Pittsburgh decimonónico que el periodismo no era cosa de hombres, y dio la vuelta al mundo en setenta y dos días, y se hizo arrestar por robo para hablar de las cárceles, y luego pisó la locura para entrar en un manicomio y denunciar los tratamientos psiquiátricos de la época. También por eso habló Eduardo de las putas que cerraron un burdel en la Patagonia argentina para no acostarse con los soldados que habían reprimido de manera salvaje una huelga de peones. Fusilar cansa, pero más cansa la injusticia.

En fin, Eduardo Galeano habló de Frida Kahlo, Juana de Arco, Rosa Luxemburgo, Marie Curie, Matilde Landa, Violeta Parra o de las Comuneras anónimas que lucharon en las barricadas con un pañuelo rojo en el cuello, poniendo en peligro su vida junto a compañeros que les negaban el derecho al voto. Todas estas habladurías y muchas más se recogen ahora en un libro antológico que nos cuenta cosas de Mujeres.

La literatura de Galeano está llena de ideas. Schopenhauer afirmó que la mujer es un animal de pelo largo y pensamiento corto. Eduardo Galeano quiso llevarle siempre la contraria. Estaba cansado de soportar un mundo de avaricias largas y de ideas cortas. Su mejor manera de protestar contra el cacareado fin de las ideologías fue demostrarnos que las ideas son bellas, que hay pensamientos conmovedores, argumentos que son al mismo tiempo una forma de mirar con inteligencia y de hacer poesía. La literatura de Galeano unió la metáfora y la reflexión, encontró en la vida cotidiana un modo de contar la Historia y dominó el arte de la levedad profunda, de la brevedad sin fronteras.

Se encontró así con las mujeres al hacerse partidario de la piel del mundo y de la vida cotidiana. Y comprendió que era necesaria una palabra bella, pero de otra manera. Los malentendidos entre la poesía y la condición femenina brotan en el alma de la cultura machista. En la geografía de lo privado y lo público que articula las formas tradicionales del pensamiento moderno, la condición femenina y la poesía fueron asignadas al ámbito sentimental de lo privado, mientras que la razón y la condición masculina se destinaron al gobierno de lo público. Por eso Bécquer escribió su famosa declaración “Poesía eres tú” para responder a la pregunta de una mujer.

Eduardo Galeano sabe que no se trata de ser poesía, musa, sino de ser poeta, y para conseguirlo hace falta romper el orden, borrar fronteras y segregaciones, asumir palabra a palabra los sentimientos de lo público y las razones de lo privado hasta llevar la emancipación a los últimos pliegues de la intimidad. El pensamiento se hace entonces corazón y sostiene el sueño de las plazas públicas, y la memoria frente al olvido, y las palabras frente al mandato de todos los silencios.

Eduardo Galeano aprendió de las mujeres una forma de responder al poder. Si el poder intenta confinar en lo privado el mundo de los sentimientos, resulta necesario escribir y dar la batalla en el amor de la vida cotidiana y de la intimidad. Es un camino directo para asaltar lo público.

La lectura de Mujeres ha sido para mí una forma de vivir el duelo. Daba gusto hablar con Eduardo Galeano de política, periodismo, literatura, fútbol y mujeres.

viernes, 13 de marzo de 2015

PRENSA. PSICOLOGÍA. "El síndrome de la mala madre"

   En "El País Semanal":

El síndrome de la mala madre

¿Es posible compaginar maternidad, trabajo, pareja, amistades y parcelas de privacidad?

Lo mejor es centrarse en atender a la calidad de las relaciones y el vínculo con sus hijos


ILUSTRACIÓN DE ANNA PARINI

Este artículo podría ir dirigido a los padres. Padres deseosos de disfrutar de sus hijos, pasar tiempo con ellos; padres entregados, que juegan, que cambian pañales y educan igual que lo hacen las madres. Pero los cambios sociales, profesionales y de papeles que ha protagonizado la mujer en estas últimas décadas y cómo esos cambios han impactado en la maternidad merecen un artículo solo para ellas. Piense durante unos segundos en el concepto de madre, no en la suya, ni en la mejor o peor madre del mundo que pueda conocer. Solo recapacite sobre lo que significa y lo que asociamos con “ser madre”. Imagino que le vienen a la cabeza ideas como “amor incondicional, abnegación, dedicación, ternura, cobijo, renuncia, satisfacción, plenitud, realización personal, vida, entrega, estar siempre ahí, lealtad, sumisión…”. Y un sinfín de palabras relacionadas con darlo todo por alguien.
Ese es el concepto con el que nos hemos educado. La madre es esa persona incondicional que nunca le va a fallar. Esa persona capaz de renunciar a todo para que usted esté bien, la que espera con paciencia, la que siempre tiene una palabra de apoyo para animar o la que le presta su hombro para que llore cuando lo necesite. Este juicio de madre viene de cuando las mujeres se educaban en no tener más ambición que ser buenas esposas, mujeres, educadoras y transmisoras de valores; cuando solo se dedicaban a cuidar y organizar el hogar, coser, hacer coletas, quitar piojos, guisar, limpiar o dirigir a la que limpiaba en casa. Había excepciones, por supuesto, como Marie Curie, física, matemática, química, madre de dos hijas y galardonada con dos premios Nobel, pero no era la regla general.

No hay manera de ser una madre perfecta, hay un millón de maneras de ser una buena madre” Jill Churchill
Pero los tiempos han cambiado. Muchas abuelas dicen: “Qué difícil lo tenéis ahora para triunfar”. Ya no basta con tener hijos impolutos, buenos estudiantes y educados. Triunfar hoy día para la mujer implica ser buena madre, una brillante profesional; conseguir tener un grupo de amigas; aprender a ser independiente a nivel emocional y económico; tener su parcela para leer, hacer ejercicio y practicar aficiones; entrar en una talla 40 el resto de su vida; tener al lado a un hombre que valore su esfuerzo, su trabajo, le quiera tal y como es, sea cariñoso y comprensivo, y sepa compaginar con usted las tareas domésticas y la educación de los hijos.
Demasiados roles, exigencias y expectativas altísimas, que al final llevan a replicar el modelo de “mujeres orquesta” que tienen la sensación de estar en todo sin llegar a nada. Y cuando usted cree que no está cumpliendo a la perfección con la prioridad entre todas sus actividades, que suele ser la atención de sus hijos, se valora a sí misma de forma negativa. Hay madres que se creen “malas madres” por no cumplir con sus expectativas o las que impone la sociedad.
No puntúe su valía como madre en función de la cantidad de tiempo que dedica a los niños. Lo que debe valorar y a lo que debe dedicar atención es a la calidad de las relaciones y el vínculo con sus hijos. Tampoco se le ocurra sentirse culpable por compaginar su maternidad con su labor como profesional, por dedicar tiempo a salir a correr o querer leer un libro a solas y tranquila en el sillón. Sus hijos serán más felices si su madre se siente satisfecha, plena y profesionalmente realizada. No se engañe convenciéndose de que ser madre es suficiente para sentirse completa.
Si consigue compaginar su trabajo, su pareja, su vida social, el tiempo que se dedica a sí misma y el de los hijos, será más feliz que si vive de forma abnegada y con sacrificio la relación con los niños. Le propongo estas ideas:

Para saber más


ILUSTRACIÓN DE ANNA PARINI
LIBROS
‘Toma un café contigo mismo’
Walter Dresel (Zenith)
‘Queremos hijos felices’
Silvia Álava (JdeJ Editores)
‘Portarse bien’
Stephen Garber (Medici)
PELÍCULAS
‘Agosto’
Dirigida por John Wellse interpretada por
Meryl Streep y Julia Roberts
Proteja a sus hijos con consejos, con argumentos, guiando, educando en valores, delimitándoles el bien del mal. Pero deje que ellos tomen decisiones, se caigan y se levanten. No sobreproteja. No es mejor madre por quitarles los peligros del medio. Los baches van a estar siempre ahí, esté usted con ellos o no lo esté. No les puede quitar la piedra, solo tiene que enseñarles a torear con ella. No se sienta responsable de sus fracasos. Tienen que equivocarse, tomar decisiones y lidiar con la frustración. Muchas madres tratan de ayudar para evitar la frustración de sus hijos. Les acaban los trabajos del colegio, les recogen la habitación, les llevan la ropa de deporte que olvidaron en casa… Con ello educamos en la irresponsabilidad, en que no asuman las consecuencias de ser despistados, poco organizados o perezosos. No se amargue si su hijo lo pasa mal, ya aprenderá.
No trate de compensar el tiempo que no puede pasar con ellos comprándoles cosas. No hay nada que compensar. Trabajar y tener aficiones forma parte de la plenitud de una persona, y usted es madre y también es persona. Trate solo de estar presente cuando dedique tiempo a sus hijos. Eso significa comunicación, escuchar, no coger el móvil mientras está jugando, comiendo o viendo una película con ellos. Tiene que ver con disfrutar plenamente lo que en ese momento está viviendo con ellos. Si el tiempo que pasa con sus hijos está pensando en que tiene correos pendientes de contestar y cuando está en el trabajo piensa que no es buena madre por no poder dedicarles más tiempo a los niños, nunca estará realmente en ninguno de los dos sitios. Además, los niños no valoran tanto los regalos como los padres imaginamos. Lo que valoran es que cuando usted esté con ellos les dedique toda su atención.
Haga respetar su tiempo. No es mala madre por tener un tiempo para usted. Utilizar el cuarto de baño sola y con pestillo, leer un rato sin que la interrumpan con voces desde otra habitación, practicar su deporte o mantener una conversación privada con quien desee sin tener a su hijo persiguiéndola por la casa. Si educamos a los hijos estando siempre disponibles cada vez que nos busquen, entenderán que ellos merecen siempre nuestra atención y sus necesidades se convertirán en exigencias. Incúlqueles la paciencia, saber esperar, que existen otras personas que también demandan nuestra atención.

Todo lo que soy se lo debo a mi madre. Atribuyo todos mis éxitos en esta vida a la formación moral, intelectual y física que recibí de ella”
George Washington
No renuncie a una cena romántica, a un paseo con su amor o a estar momentos a solas con su marido o con amigos. Es muy frecuente ver cómo parejas que tienen hijos terminan durmiendo con ellos en la cama, haciendo todo absolutamente con los niños. La complicidad de la pareja termina por desaparecer, incluso el romanticismo. Son parejas que entienden que sus retoños se lo merecen todo y que ser padres es abnegación. Pero el tiempo es cuestión de matemáticas: si dedica 24 horas a los hijos, le quedan cero para estar a solas, hablar de temas de mayores, ver películas que no sean dibujos animados y besarse con pasión. Busque un día a la semana para dedicárselo a su pareja y desconecte de biberones, pañales, deberes o momentos adolescentes.
Recuerde darse valor no solo por la relación que mantiene con sus hijos. Usted tiene valía por muchas otras cosas. Es grande, brillante, imperfecta, graciosa, cariñosa, organizada, lectora, buena amiga, paciente y muchas otras virtudes que pueden tener que ver o no con la idea de ser madre.
No todo lo que les ocurre a sus hijos es responsabilidad suya. No se sienta mal si el niño se lleva la bronca de la profesora, si tiene un conflicto con un amigo o si no tiene éxito jugando a un deporte. Enséñele a pedir perdón, a resolver problemas, a ser reflexivo, pero no se responsabilice de todo lo que hace y dice su hijo. Los padres educamos, pero los hijos también copian modelos de conducta de lo que ven en la televisión, de lo que leen, de lo que ven en sus amigos, maestros y entrenadores. Están continuamente expuestos a otras fuentes de información. Sí es su responsabilidad saber en qué equipo juega y qué valores hay en el club, la elección del colegio, conocer los amigos con los que sale y ser consciente de qué programas ve en la tele. Pero no todo podrá estar bajo su control. Trate de fomentar la comunicación y el respeto y genere confianza para que sus hijos hablen de todo.

jueves, 8 de enero de 2015

PRENSA. "Los reformatorios de mujeres fueron cárceles ocultas y legales en manos de religiosas". Entrevista a Consuelo García del Cid

   En "Público.es":

“Los reformatorios de mujeres fueron cárceles ocultas y legales en manos de religiosas"

La escritora catalana Consuelo García del Cid publica ‘Las desterradas hijas de Eva’, una obra en la que la narra el cruel destierro que sufrieron muchas menores consideradas “caídas o en riesgo de caer” durante el franquismo y la transiciónImágen de Peñagrande en 1959, publicada en la web de antiguas internas

Imágen de Peñagrande en 1959, publicada en la web de antiguas internas

La transición llegó tarde para muchas mujeres. Durante los cuarenta años de franquismo y hasta mediados de los 80 decenas de miles de menores pasaron por centros a cargo del Patronato de Protección de la Mujer por ser consideradas “caídas o en riesgo de caer”, una vara de medir ambigua y en sintonía con la moral de la época que consideraba inmoral desde vestir falda corta, besarse en público, acudir a una manifestación o contestar a los progenitores.

"España estaba ocupada en su transición e ignoró por completo a las menores encerradas, ajenas a una realidad oculta bajo los muros de su propia vergüenza”. De esta manera arranca Las desterradas hijas de Eva, una obra que la escritora catalana Consuelo García del Cid juró escribir cuando se despidió de todas sus compañeras de destierro en el patio del reformatorio de Las Adoratrices, en el que estuvo encerrada durante dos años. Una promesa de la autora que hoy es una realidad que quiere que ser difunda.

El título del libro, Las desterradas hijas de Eva, es muy metafórico. ¿Por qué desterradas?

Porque lo que vivimos muchas jóvenes, ahora ya mujeres, fue un destierro. La labor de estos centros era la de apartar a las menores de su entorno, arrancarlas de su casa y aislarlas del mundo. Y de Eva, porque Eva era un nombre mal visto en la época franquista y yo recordé entonces una frase de la Salve que es: “A ti clamamos…las desterradas hijas de Eva”. Es que además no solamente era el encierro de las menores en los reformatorios, sino que la que no se adecuaba a las normas terminaba en un manicomio y se le tachaba de enferma mental, cuando no lo estaban, en Ciempozuelos. Y justamente este psiquiátrico de Ciempozuelos tenía un ala que la llamaban la de las “patronatas”. Jóvenes que entraban ahí sin un diagnóstico claro y que estaban encerradas.

¿La transición llegó tarde para las mujeres?

La transición llegó mucho más tarde para las jóvenes encerradas. Yo misma viví la muerte encerrada en un centro. Como también lo hicieron decenas de miles de adolescentes y no tan adolescentes ya que la mayoría de edad se fijaba en estos centros a los 25 y no los 21 establecidos en la época. Para ellos no pasaba nada, ese régimen casi carcelario permaneció hasta el 84, cuando Franco ya estaba bien muerto y enterrado. La gran mayoría no tenía ni idea de la existencia de éstos centros ni de lo que sucedía en ellos, por eso me metí yo, porque lo conocí desde dentro y me juré que lo haría. Cuando vives algo desde dentro entras en otra realidad. Fue una forma de sistema penitenciario oculto y legal que estaba en manos de órdenes religiosas y que dependía directamente del Patronato de la Mujer, institución que dependía a su vez del ministerio de Justicia. Existía todo un aparato con un claro objetivo adoctrinante. Sin duda, la transición llegó tarde para las desterradas a cargo del Patronato.
"Poco a poco fui asimilando que España era una especie de gran campo represor"

¿Cual era la función del Patronato de Protección de la Mujer?

El patronato de la mujer asumía la guardia y custodia de las que llamaban "caídas o en riesgo de caer” con una mayoría de edad fijada en los 25 años. Si una menor estaba bajo la tutela del patronato les pertenecía y la estancia allí dependía directamente de tu comportamiento y de los informes de las monjas, que les cayeras mejor o peor o fueras más o menos obediente, rezaras más o menos.

Era una institución fascista dependiente del Ministerio de Justicia y dirigida por Carmen Polo de Franco en la que se criminalizaba a la mujer, se la encerraba y se la sometía. Menores de todos los puntos del país, repudiadas por sus padres muchas veces, o denunciadas por cometer algún acto considerado impúdico por aquél entonces, podían caer en las redes de los centros del patronato en los que sufrían todo tipo de vejaciones, encierro y trabajo casi esclavo incluso estando embarazadas.

El sistema era como el penitenciario. Te podían ir cambiando de centro cuando les diera la gana. El traslado era una manera de castigo, te llevaban a uno de la misma orden pero más severo. Ellos querían evitar que se entablaran amistades. No querían grupos. No querían nada que fuera significativo. Existía el castigo del aislamiento, habitaciones acolchadas, intentaban anularnos, insertarse su moral.

En estos centros se crearon, además, lo que fueron los primeros cursos de formación profesional que existieron en España. Eran los cursos de Producción Popular Obrera y se impartían en reformatorios y cárceles. En Las Adoratrices, centro en el que estuve yo encerrada, el curso de Auxiliar de Clínica, lo impartía el Doctor Vela y yo le veía todas las tardes. Vela estaba claramente relacionado con el Patronato. El día que le vi en la tele implicado en la trama de robo de bebés entendí muchas cosas.
"Te podían llevar a un reformatorio por besar a un chico, por acudir a una manifestación..."
En el libro destacas el nombre de dos órdenes religiosas: Las Cruzadas Evagélicas y las Trinitarias, órdenes que hoy en día siguen en activo…

Fíjate que es curioso porque actualmente éstas órdenes están vinculadas a la “protección de la mujer” y temas de tratas. Es alucinante. Obviamente, no pueden seguir encerrando como encerraban. Pero han convertido el cometido inicial que tuvieron de rescatar a la mujer “caída o en riesgo de caer”. Siguen trabajando con madres solteras, con jóvenes víctimas de trata de blancas...

¿Qué entendían por “caídas o en riesgo de caer”?¿Qué tipo de jóvenes cumplían este ambiguo perfil?

Pues la verdad que cualquier cosa. Porque esto hay que trasladarlo a la época franquista. Entonces la vara de medir iba en función de su moral. Entonces desde ir a una manifestación, llevar una falda corta, fumar por la calle, no ir a clase, besarte con un chico en público, hasta llevar un bikini o contestarle a tu padre. Bueno y quedarte embarazada ya era lo peor que te podía pasar. Se quiso crear un patrón moral femenino. Y ese patrón que ya estaba creado lo impone a la fuerza el Patronato de protección a la mujer, presidida por Carmen Polo de Franco.

Sin ir más lejos, creo que las propias propias nietas de Franco hubiesen sido carne de Patronato.  Esto es un compartimento estanco colocado en esa laguna de la memoria histórica, que no le interesaba a nadie. Y menos que alguien lo sacara a la luz, claro.

Muchas terminaban en manicomios y ellas no tenían problemas psiquiátricos. Otras entraban con depresión que les generaba el infierno en el que vivían. Pero esto no se cuestionaba. O eras una puta, una terrorista o estabas loca, no había más. Lo fuerte es que se extendió hasta el 84. Es algo increíble. Hay mucha gente que lo niega, claro.

Las muertes se camuflaban. El Patronato se cerró por la muerte de una interna en San Fernando, que se suicidó. ¿Pero cuántas se mataron en silencio? Cuando se suicidó la chica en San Fernando en el 84  se intentó maquillar como un intento de fuga y hubo muchos suicidios. En la maternidad de Peñagrande se tiraban por las escaleras. La realidad era insoportable. Las que te dicen que no era para tanto era porque en su casa estaban peor. Por ejemplo, llegaban niñas de 12 años que aún jugaban con muñecas y nadie se preguntaba nada.

Usted estuvo en uno de estos reformatorios, ¿cómo llegó ahí?

Yo era de pago. Mi familia pagó mi estancia ahí. Me detuvieron en una manifestación en defensa de Salvador Puig Antich en Barcelona. El médico de cabecera de mi familia de toda la vida entró en mi habitación, me puso una intravenosa y me desperté en Madrid, desorientada y sin saber qué había pasado. Algo que hoy en día sería ilegal, un escándalo, pero en aquella época se hacía con total impunidad. Yo tenía ideas políticas, estaba en contra del régimen. Me prohibían hablar porque para ellos yo tenía el demonio en el cuerpo. Me decían que era nociva y podía dañar el espíritu de las demás y llegó un momento en el que casi me lo creo. Mi problema era que pensaba. Estuve dos años, desde los 15 a los 17.
Cuando empecé a manejar documentación vi nombres de personas implicadas que tienen cargos importantes en el Partido Popular
En el libro usted cuenta que salir de los centros era misión imposible, ¿cómo consiguió salir de allí?

Tuve mucha suerte. Yo estuve dos años como te dije en Las Adoratrices, en Calle Padre Damián 52 de Madrid. Y al cabo de un año y pico me escapé y como tenía una tía mía que vivía en Madrid la llamé y me fui con ella. Acabé en otro centro en Barcelona, El Buen Pastor, un centro que según las monjas era mucho peor pero en el que puedo decir que tenía más libertad y estuve mucho más cómoda. Incluso recibí remuneración por mi trabajo, cosa que en Las Adoratrices ni las gracias. La presión religiosa era mucho menor. Podíamos hablar con todo el mundo, algo que no era habitual porque lo que pretendían era anularnos. A mi me visitó en Barcelona el psicólogo y al ver mi ficha no entendió por qué estaba ahí encerrada. Y una mañana vino una monja y me dijo “sales hoy”. No me lo podía creer. Y ese día, cuando me despedí de todas en el patio, les dije que aunque pasaran 50 años escribiría esto y España entera se enteraría de lo que nos habían hecho. Finalmente lo hice. 40 años después.

Menciona también que durante la investigación le cerraron muchas puertas incluso organizaciones y personas que se suponían a favor de la lucha por la memoria histórica

Me cerraron todas las puertas. Porque cuando yo empiezo, que lo hago completamente sola, no tenía nada y necesitaba documentar todo. Y fue una labor complicadísima. “No te metas en esto” o “deja este tema, estás loca” fueron las frases que más tuve que escuchar. Me sorprendió que personas que se suponía que estaban implicadas en la defensa de la memoria histórica me dijeran “no te metas en esto, esto es peligroso”. Poco a poco lo entendí. Cuando empiezas a manejar documentación y empiezas a ver nombres de personas implicadas que viven y que tienen incluso cargos importantes, como miembros activos del Partido Popular que no han perdido su estatus, los médicos a los que no les ha pasado nada... Es algo que estaba ahí oculto y obviamente nadie quería que saliera a la luz.

¿Ha recibido algún tipo de amenaza o coacción durante la investigación o la publicación del libro?
Sí, he recibido hasta amenazas de muerte anónimas. Y tuve un episodio que me aterró. Una vez en un aeropuerto en Austria dos señores se acercaron y me dijeron que si era Consuelo García del Cid y que querían hablar conmigo pero en ningún momento se identificaron. Eran españoles y pasé mucho miedo, evidentemente no accedí.

Mientras investigaba y se documentaba sobre la maternidad de Peñagrande y los centros dependientes del Patronato se topó con la impactante historia de los preventorios…

Sí. No había escuchado la palabra preventorio en mi vida. Fue gracias al testimonio de una mujer, Icíar, que había estado en la maternidad de Peñagrande y que en uno de los encuentros que tuvimos me contó que de pequeña había estado en un preventorio, concretamente en el de Doctor Murillo de Guadarrama. Me contó lo que se vivía a en estos macabros centros y yo aluciné. Tanto que modifiqué el libro, que tenía ya casi listo para entregar, y agregué el tema de los preventorios, que eran auténticos campos de concentración para niños, al más puro estilo nazi.

¿Existió una idea común de adoctrinamiento en estos centros, tanto de los reformatorios y las maternidades como en los preventorios?

Sí, era un método adoctrinador desde la infancia. Era el patrón nacional impuesto por el régimen. Se adoctrinaban desde la infancia. Querían anularnos y formarnos en los valores de su moral, que imponían y era la única que daban por válida. Recuerdo una vez discutiendo con una de las monjas del reformatorio en Madrid, me quedé mirándola y le dije: ¿sabe lo único que usted no puede controlar? Mi cabeza. Usted no está en mi cabeza. Era la verdad. Solo te quedaba tu cabeza. Podían no dejarte leer determinados libros y no dejar que te relacionaras pero tú seguías pensando. Yo poco a poco fui asimilando que España era una especie de gran campo represor.

Las mujeres salían de los centros estigmatizadas y marcadas para el resto de su vida. Esto se debe saber. Yo estuve allí, yo soy una de ellas. Me movilizó mucho el proceso de escritura de Las desterradas hijas de Eva, pero sin duda si para algo me sirvió es para convertir en causa lo que vivimos. Si  alguien me ha ayudado han sido las víctimas, estamos unidas por lo que nos paso. No es solo un libro, es ya una causa, nadie se queda indiferente. 

martes, 25 de noviembre de 2014

EDUARDO GALEANO. 25-N. "Los derechos humanos"



   Del libro "Mujeres":

LOS DERECHOS HUMANOS

La extorsión,
el insulto,
la amenaza,
el coscorrón,
la bofetada,
la paliza,
el azote,
el cuarto oscuro,
la ducha helada,
el ayuno obligatorio,
la comida obligatoria,
la prohibición de salir,
la prohibición de decir lo que se piensa,
la prohibición de hacer lo que se siente
y la humillación pública
son algunos de los métodos de penitencia y tortura tradicionales en la vida de familia. Para castigo de la desobediencia y escarmiento de la libertad, la tradición familiar perpetúa una cultura del terror que humilla a la mujer, enseña a los hijos a mentir y contagia la peste del miedo.
   - Los derechos humanos tendrían que empezar por casa-me comenta, en Chile, Andrés Domínguez.