Mostrando entradas con la etiqueta DeLillo Don. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta DeLillo Don. Mostrar todas las entradas

martes, 7 de octubre de 2014

PRENSA CULTURAL. "Envidia de Don DeLillo". Antonio Muñoz Molina

   En "Babelia":

Envidia de Don DeLillo

Termino 'White noise' por segunda vez y siento más admiración, y también más envidia


En 'Ruido de fondo' DeLillo atrapó la textura de los ochenta. /GETTY / UNIVERSAL
Casi al final de White noise, Don DeLillo está contando un episodio trágico y grotesco que incluye disparos y mucha sangre derramada en la habitación de un motel, y una carrera en coche hasta un hospital, una noche de diluvio, en los suburbios de una ciudad ruinosa y sin nombre, una de esas ciudades del Medio Oeste que son los yacimientos arqueológicos de la era industrial. En medio de ese panorama, en el clímax de una novela sobre la que gravita desde las primeras páginas un sentimiento de mortalidad personal y amenaza colectiva, Don DeLillo se detiene a describir un mural que hay en el vestíbulo de urgencias en este hospital católico atendido por monjas ancianas: flotando entre nubes, rodeados por ellas, el presidenteKennedy y el papa Juan XXIII se estrechan las manos, con la alegría de encontrarse el uno al otro en el cielo.
En los años pasados desde mi primera lectura de White noise se me había olvidado que es una novela punteada de golpes de humor, a la manera impávida de Franz Kafka o de Buster Keaton. En un aula universitaria, dos profesores dan a medias una clase sobre sus especialidades respectivas, Adolf Hitler y Elvis Presley. Se cruzan por la tarima, sin mirarse, cada uno entregado a su monólogo, uno de ellos con gafas de sol y con una toga académica, y en el calor de su palabrería, que recuerda las disertaciones ambulantes de Groucho MarxHitler y Elvis, acaban pareciendo figuras intercambiables, vidas paralelas, los dos marcados por madres acaparadoras y padres violentos, los dos ascendiendo hacia formas de celebridad que la jerga universitaria de los profesores vuelve indistinguible. Queriendo encontrar el cadáver de la víctima de un crimen, la policía solicita los servicios de una adivina profesional, que después del adecuado trance les indica que busquen en una fábrica abandonada: pero lo que encuentran en ella los policías es un cargamento de armas y un alijo de droga. Resulta que los poderes de la adivina son indudables, pero aproximados, de modo que siempre ayuda a resolver un delito que no es el que le habían pedido que investigara. Una empresa especializada en simulaciones preventivas de catástrofes recluta voluntarios para que se tiren al suelo en mitad de la calle, fingiendo que son las víctimas de un ataque terrorista o de un vertido tóxico: usando un megáfono, uno de los encargados de la simulación instruye a los voluntarios para que, al retorcerse por el suelo, no den gritos, sino que como máximo emitan quejidos ahogados.

Lo muy concienzudamente contemporáneo corre el peligro de volverse pronto anacrónico.
En 1985, DeLillo quería atrapar el presente
White noise se publicó en 1985. Leerla ahora, después de un plazo en el que tantos libros que fueron muy celebrados se desvanecen sin rastro, es comprobar la capacidad de persistencia de la literatura, el don que tienen las mejores novelas para encapsular el momento en el que fueron escritas y para seguir durando más allá de él. El tiempo de White noise puede parecer más lejano porque son los años inmediatamente anteriores a los cambios tecnológicos que han marcado la gran línea divisoria en el salto de siglo. Los que vivíamos en él lo reconocemos con cierto estupor, porque casi nada de lo que estaba a punto de suceder se adivinaba entonces. En el mundo de White noise hay neurociencia, hay computadoras, hay desastres ambientales, hay atisbos de ingeniería genética, hay crípticos saberes universitarios construidos casi por completo a base de retorcimientos verbales. Pero en él la gente habla por teléfonos conectados a la pared y escribe cartas a mano o a máquina sobre papel y las envía por correo, y abre el buzón con una llave pequeña esperando algo más que comunicaciones bancarias o propaganda a todo color de pizzerías, y la amenaza de trivialidad y de idiotización cultural está concentrada en los programas de la televisión y en esos tabloides que se encontraban antes junto a las cajas de todos los supermercados americanos, con titulares a toda página sobre la resurrección de Elvis Presley o sobre las pruebas definitivas de que Marilyn Monroe fue en realidad abducida por una nave extraterrestre.
Lo muy concienzudamente contemporáneo corre el peligro de volverse pronto anacrónico. En los primeros años ochenta, Don DeLillo quería atrapar la textura peculiar del presente, tarea en la que le ha sido siempre muy útil su oído para las modas y las rutinas del idioma y su agudeza en la percepción de lo que hay de más chocante en lo más común. Para un lector de 1985 que no estuviera familiarizado con la vida americana —la de verdad, no la fantasía que se representa en las películas—, White noise tendría un brillo raro e inquietante como de ciencia ficción, con esos personajes que habitan de manera casi exclusiva en entornos comerciales perfectamente regulados, que se alimentan de comida precocinada y que se comunican en un idioma medio inerte, hecho de eslóganes y de acuñaciones entre tecnológicas y publicitarias, la lengua muerta de las relaciones públicas, de los eufemismos de los comunicados de prensa y los servicios sociales, de la autoayuda, del misticismo new age. Muchas cosas han venido después que entonces ni se imaginaban, pero otras, quizá las más importantes, las reconocemos en las páginas de la novela como crónicas anticipadas sobre nuestro propio tiempo. Una de ellas, la coexistencia del conocimiento más avanzado con la ignorancia imperturbable y la irracionalidad. Cuanto más sofisticada la ciencia, observa DeLillo, más primitivos los terrores que provoca. En 1985 no había estallado todavía el reactor nuclear de Chernóbil, y había poca conciencia del cambio climático, y faltaba mucho para el atentado contra las Torres Gemelas y los proyectos masivos de vigilancia y control puestos en marcha con el pretexto del terrorismo global. Pero en White noise ya está el miedo a formas de apocalipsis desatadas por la combinación de la estupidez humana y la tecnología, y también la propensión entre publicitaria y política a esconder la realidad y atontar la inteligencia manipulando el lenguaje. En un mundo en el que se ha vuelto aceptable que un Gobierno apruebe la tortura a condición de llamarla técnicas reforzadas de interrogatorio, los eufemismos que usan y aceptan con plena normalidad los personajes de White noise suenan casi a inocencia. Una nube venenosa de productos químicos obliga a la evacuación de millares de personas, pero es menos letal y sus responsables son menos culpables si se la llama Airborn toxic event.
Don DeLillo es un gran aficionado al jazz, y escribió un ensayo lleno de afecto y de conocimiento sobre Thelonious Monk. Los dos tienen en común un sentido extremo de la economía expresiva y una cualidad inmediata de identificación. Dos notas, una sola nota de piano permiten reconocer sin la menor duda a Monk. Una sola frase, una de esas frases que pueden reducirse a tres o cuatro palabras, a veces sin verbo, quebradas por una coma, le bastan a uno para saber que está leyendo a DeLillo. Su prosa es igualmente eficaz en la precisión de los detalles visuales y en la sugerencia de las atmósferas y los estados de ánimo, en la invención poética y en la parodia de los lenguajes degradados. Termino White noise por segunda vez, más de diez años después de la primera lectura, y siento más admiración, y también más envidia.
Ruido de fondo [White noise]. Don DeLillo. Traducción de Gian Castelli Gair. Seix Barral, 2006 / Austral (bolsillo), 2009.
www.antoniomuñozmolina.es

miércoles, 20 de febrero de 2013

PRENSA CULTURAL. Sobre Don DeLillo y su primera novela, "Americana"

Don DeLillo

   En "El Día de Córdoba":

El primer Don DeLillo

Con 'Americana' el escritor neoyorquino emprendió una trayectoria que lo sitúa como uno de los grandes autores estadounidenses del siglo XX. Seix Barral está reeditando su obra.
MANUEL BAREA | ACTUALIZADO 29.01.2013Americana. Don DeLillo. Trad. Gian Castelli Gair. Seix Barral. Barcelona, 2013. 504 páginas. 22 euros.

En su tarea por acercar al gran público -oteando también en el horizonte del negocio la posibilidad de ser en España la editora de un próximo Nobel- la obra del estadounidense Don DeLillo, Seix Barral ha enviado recientemente a las librerías Americana, la primera novela del escritor nacido en el Bronx neoyorquino en 1936. Significar tan meritoria labor de esta editorial quedaría incompleto si al tiempo no se recordara que fue otro sello, Circe, el que mucho antes intentó con denuedo, y me da que no con todo el éxito que esperaba, instalar temporalmente a DeLillo en los anaqueles de las librerías españolas antes de que se quedase a vivir para siempre en las bibliotecas privadas. En la mayoría de los casos emprendió el viaje de vuelta a esperar en las naves industriales de los arrabales literarios a que llegara la hora de salir de gira con las ferias del libro antiguo y de ocasión, preferentemente en verano en esos mercadillos librescos que comparten solares en los pueblos de la costa con chiringuitos y pistas de coches choque (fue el caso de Libra, la particular zambullida de DeLillo en el 22 de noviembre de 1963 en Dallas, que Ediciones B trajo a España en 1989). 

         Americana aterrizó aquí en 1999. Como antes lo hicieron, siempre en versión castellana a cargo de Gian Castelli, Los nombres Mao II, allá por la Olimpiada barcelonesa y la Expo sevillana -año en que un ya enaltecido Paul Auster dedicaba Leviatán, no en vano su novela más política, a un tal Don Delillo-; la magistral Ruido de fondo (1994), una de las novelas del siglo pasado cuyos personajes más estremecieron al lector con sus diálogos sobre la muerte; y también Fascinación (en 1997), delirante historia sobre una oscura película porno protagonizada por Hitler rodada días antes de volarse la tapa de los sesos en el búnker. Ya en 2000 Circe puso en nuestras manos la mayor aproximación de DeLillo a ese mito conocido como La Gran Novela Americana, Submundo, la obra que hizo proclamar al canónico Bloom que el autor, junto con Pynchon y Roth, forma la santísima trinidad de las letras anglosajonas. Y posteriormente entregó Body Art y una de las reflexiones más lúcidas escritas sobre el porvenir que emergió de las cenizas del 11-S, En las ruinas del futuro, "presa de la simplicidad medieval, de las viejas y parsimoniosas furias de la degollina religiosa". 

Dicho todo esto -y disculpen el tributo a Circe, pero fue la que nos presentó a DeLillo-, qué es Americana, además del primer libro de quien está considerado, cuando se aproxima a los ochenta años, como uno de los grandes narradores estadounidenses que, por lo demás, no tiene intención de retirarse: ahí anda, enfrascado en otra novela, llevando la contraria a quienes no paran de pagarle la esquela (a la novela, no a él). En Americana está el individuo. Solo. Sí, rodeado de gente, pero a la manera en que lo describió Huxley: "Vivimos juntos y actuamos juntos y reaccionamos los unos sobre los otros, pero siempre, en todas las circunstancias, estamos solos". Será esta una obsesión de DeLillo durante buena parte de su trayectoria y, por lo tanto, es obvio, eso se reflejará en bastantes de los libros que seguirán a éste. 

El escritor invierte un lustro en Americana. Tiene su importancia el año en que comienza su redacción: 1966. El país no se ha desprendido aún de las miasmas de la pesadilla en Elm Street de tres años antes cuando se abisma en la Era del Embuste: Lyndon B. Johnson, que había dicho que no mandaría a los muchachos norteamericanos a miles de kilómetros a hacer lo que deben hacer los vietnamitas, autoriza los bombardeos en masa, el napalm, el agente naranja, y la jungla fosfatinada y los cadáveres de los jóvenes marines, o sus pedazos, envasados en bolsas negras para el regreso a casa, entran en los hogares a través de la televisión. El ojo que todo lo ve pero que enseña sólo lo que los ejecutivos de una cadena quieren que veamos. 

David Bell, el protagonista de Americana, trabaja en una de esas corporaciones. No le va mal. Es exitoso. Es guapo.Tiene 28 tacos. La vieja Indochina le queda lejos. Su conflicto -y su tedio- está en la oficina. Y dentro de él. Está rodeado por los demás. Hay muchas personas a su alrededor. Esta solo. Está harto: amistades extraviadas, matrimonio roto, ligues inconfesables... Y un trabajo que empieza a transitar más los caminos de la infamia que de la gloria. Y Bell tiene una ocurrencia, muy americana, por cierto: la fuga, la escapada, la búsqueda de la frontera. 

Su idea, que plantea a la cadena, es hacer un documental sobre los indios navajos. Para eso hay que enfilar la carretera (Kerouac y compañía). La proposición es sólo el pretexto de Bell para quitarse de en medio, para dejar de preguntarse al día siguiente y al otro por qué esa rutina. Esa tribu es lo de menos. La road movie que se despliega a lo largo de las páginas de Americana-novela visual, cinematográfica- es en realidad el viaje interior del protagonista, que evoca sus intimidades en conexión permanente con el tiempo y el país que le ha tocado vivir. La primera novela de DeLillo, su historia seminal, que es la de su personaje, está trufada de todos los signos culturales e históricos que imprimieron la personalidad de alguien que estaba a poco de cumplir los treinta en la Norteamérica de esos años: David Bell, un joven tan prometedor como hastiado del jodido sueño americano. Suena en las páginas de Americana un disco de John Coltrane y se oye el Subterranean Homesick Blues de Dylan, alguien menciona a Buck Mulligan, y Burt Lancaster y Deborah Kerr y Montgomery Clift son fetiches en la cinefilia de Bell... Alimentos sin fecha de caducidad que hacen posible que no desfallezcamos. 

Como ya lo es la obra de DeLillo, que vio publicada esta novela en 1971. Cosechó los primeros elogios. Empezó a hornear el calificativo de genio, que tomaría forma definitiva con Ruido de fondo Submundo. El autor británico Martin Amis -su frase ha servido para la faja publicitaria que ciñe el libro reeditado- escribió que cuando se lee un libro de DeLillo ya se quieren leer todos. Es verdad, incluso esos por los que se le ha reprochado no estar a la altura - El hombre del salto, sobre los ataques del 11-S, decepcionó a muchos-. Americana da la razón a Amis. Y se trata de una buena excusa para leerlo. Fue el primer DeLillo. Después hubo más.

domingo, 5 de junio de 2011

PRENSA (1). 5 junio 2011

   En "El País":

1. "Llegué a temer por mi salud mental". Entrevista a Don DeLillo. Por Eduardo Lago. Coloso de las letras estadounidenses, es uno de los autores que mejor ha sabido reflejar nuestro tiempo. En esta, una de sus raras entrevistas, repasa su carrera, su visión literaria y su obra dramática, publicada ahora en España.

2. El VIH echa el cerrojo al armario. Reportaje de Emilio de Benito. A los 30 años del hallazgo del virus, el estigma subsiste - Trabajo, relaciones sociales e hipoteca peligran si se admite públicamente la enfermedad.

3. La deforestación avanza a un ritmo de 14.000 hectáreas al día. Por Javier Rico. La ONU alerta de la pérdida de árboles en la Amazonia y la cuenca del Congo.

4. La larga crisis. Artículo de Agustín García Calvo, catedrático emérito de Filología Clásica de la Universidad Complutense de Madrid.

5. Un gran día para la justicia internacional. Artículo de Timothy Garton Ash, catedrático de Estudios Europeos en la Universidad de Oxford e investigador titular en la 'Hoover Institution' de la Universidad de Stanford. Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia. Sobre la detención de Ratko Mladic.

6. Sol visto desde Mayo del 68. Reportaje de Eva Cavero. Mario Muchnik y Eduardo Arroyo, que participaron en las revueltas de la primavera francesa hace más de 40 años, reflexionan sobre el movimiento del 15-M y su símbolo principal: Sol.

7. Llega el verano árabe. Por Lluís Bassets.

jueves, 2 de diciembre de 2010

PRENSA CULTURAL. "Babelia". Crítica de "Punto Omega", novela de Don DeLillo. Por Javier Aparicio Maydeu

En Babelia, suplemento cultural de "El País":

Irónico elogio de la trascendencia

JAVIER APARICIO MAYDEU 20/11/2010

Un preliminar conceptual, 'Anonimato', ya nos advierte de que esta última novela de DeLillo constituye un golpe de timón en su narrativa, que parece poner rumbo a la metáfora que trata de expresar un mundo crepuscular y críptico que sigue acosado por un ruido de fondo de psicosis, huidas, confusiones y fracasos, paranoia y claudicación, que es percibido por los protagonistas desde la perspectiva de la senectud y que se diría inefable. Punto omega no es, en realidad, una novela, sino una meditación acerca del ser humano entrado ya el XXI, entre la trascendencia de ciertas inevitables disquisiciones metafísicas ("el hombre es un alma atribulada") y la banalidad de ciertas inevitables inercias cotidianas, algo así como una nueva formulación del ser o la nada. Es un elogio de la trascendencia en forma de meditación, es une pensée, el argumento es mínimo y las digresiones son máximas, los monólogos se hinchan como globos, se suceden las descripciones líricas de la naturaleza, que actúan de paréntesis que interrumpen la acción ("Atalayé las cegadoras oleadas de luz y cielo y bajé la mirada hacia las colinas plegadas y cobrizas que tomé por páramos") y de estampas de un Apocalipsis que llegará, una jerga entre ontológica y cientifista preside el relato, y un postliminar azora al lector, pero en modo alguno infunde el tedio: DeLillo domina hasta tal punto la técnica narrativa y el empleo de la elipsis, escamoteando información, eludiendo y aludiendo, que el lector, absorto por el enigma que intuye que lleva el relato dentro, avanza de forma compulsiva en la lectura de un texto que, por su reflexión acerca del Tiempo (no en vano Psicosis 24 horas, la videoinstalación de la película de Hitchcock avanzando a dos fotogramas por segundo durante un día entero, abre el relato), del drama absurdo de la existencia que siempre concluye en muerte, de la vejez y de la psicosis inmanente del Hombre, trae a colación novelas como Hombre lento (2004) de Coetzee, Elegía (2006) de Philip Roth o Un hombre en la oscuridad (2008) de Paul Auster, todas ellas intentos más o menos felices de explicarnos un mundo desquiciado y deshumanizado del que huye el antihéroe de DeLillo, el viejo Elster, asesor del Pentágono refugiado del tiempo urbano de Nueva York, como un San Jerónimo moderno, en el tiempo cósmico del desierto al que acude a visitarle el joven cineasta Jim Finley, que pretende filmarlo mientras monologa en torno a la guerra y sus razones del mal. Conversan los dos en soledad durante días, esperando a Godot en la tierra baldía, formulándose preguntas sin respuesta en el nuevo desierto de los tártaros, y más tarde con Jessie, la hija de Elster, que desaparecerá de la escena en extrañas circunstancias, tiñendo el relato de thriller y favoreciendo en un relato de por sí rico, ambiguo ("un desafío implícito al lector, a ver si era capaz de averiguar de qué iba la cosa [...]. Que todo consistiera en que nada ocurriese. Que todo consistiera en esperar", deja caer el narrador, a otro propósito pero cargado de complicidad) y abierto ("La verdadera vida no es reductible a palabras habladas ni escritas, por nadie, nunca", arranca el relato) que el lector haga juego y aventure cuantas conjeturas e interpretaciones se le antojen. Con sutilísimo humor, Punto omega invita a que la mística equilibre la tecnología, y aboga por el pensamiento abstracto en detrimento de la tiranía de las imágenes, y el autor de Submundo (1997) quiere sumergirnos en la seducción del enigma y de la claustrofobia de los laberintos mentales ("La hermosa complejidad de la mente"), en el dilema del hombre estratégicamente situado entre la Tierra milenaria y ciclópea y el pensamiento frágil, confuso e instantáneo de un ser humano obligado a entender un mundo del que "lo que queda es el terror. Esto es lo que la literatura debe curar". Dirán algunos que si Punto omega, no por ambigua menos seductora, fuese un filme, saldrían del cine de arte y ensayo sintiéndose estafados por un exceso anfibológico, pero no tendrán razón. DeLillo escribe de laberintos mentales, y los laberintos de los que conocemos la salida no son laberintos, son un fraude.

Punto omega
Don DeLillo
Traducción de Ramón Buenaventura
Seix-Barral. Barcelona, 2010
157 páginas. 17 euros

Edición en catalán: Punt omega. Don DeLillo. Traducción de Ainara Munt Ojanguren. Amsterdam. Barcelona, 2010. 17 euros