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viernes, 20 de noviembre de 2015

HISTORIA. "Sin respeto por la historia". Ángel Viñas

   En "publico.es":

Sin respeto por la historia

El siguiente texto es un fragmento de la introducción escrita por Ángel Viñas en la 'Revista de Historia Contemporánea Hispania Nova', que ha dedicado su número, íntegramente, a combatir la biografía de Franco escrita por el catedrático emérito de la Universidad de Wisconsin y conocido hispanista, Stanley G. Payne, y el periodista Jesús Palacios Tapias.  



Serrano Suñer, Franco y Mussolini, en 1941. | Efe
BRUSELAS.- La génesis de este número es bastante simple. Franco. Una biografía personal y política es el título de la obra sobre la que gravitan los artículos que lo componen. Salió al mercado en la segunda mitad de septiembre de 2014. Con ello logró la primicia de adelantarse casi un año al XL aniversario. Los motivos presumibles serán, sin duda, varios. Más adelante aventuraré alguna conjetura. Los autores explican que habían llegado a la conclusión "de que era el mejor momento de hacer un nuevo esfuerzo de descripción y evaluación (....) Nuestros lectores podrán juzgar si aportamos aquí datos significativos para la comprensión de la época de Franco en la historia de España".

Así, pues, Stanley G. Payne y Jesús Palacios (en adelante P/P) afirman inequívocamente que su obra da a conocer algo nuevo sobre una figura "compleja y polarizada". Se basan para ello en dos supuestos: "hemos tenido acceso a un buen número de nuevas fuentes (...) hasta la abundante información procedente de nuevas fuentes primarias". Ruego al lector de estas líneas tener presentes ambas declaraciones sobre las cuales haré algunas precisiones posteriormente.
Servidor procuró adquirir tan prometedora obra tan pronto como le fue humanamente posible. Llevaba años enfrascado en un estudio sobre el comportamiento de Franco, inducido a través de la evidencia primaria relevante de época (EPRE) que había ido recopilando penosamente desde 2010 en diversos archivos, españoles y extranjeros. No extrañará que tuviese el máximo interés en conocer cuanto antes lo que nuestros distinguidos biógrafos habían escrito sobre tan señera figura histórica por si se cruzaba con mi libro en elaboración. Es algo que, en general, los historiadores profesionales suelen hacer. Hay que estar al día, tener humildad y reconocer que uno no detenta la llave del arcón en el que duermen las incógnitas y los problemas de un pasado que no siempre es fácil de desentrañar.

Reconozco sin reserva alguna que mis esperanzas no eran grandes. Años antes los mismos autores habían aprovechado una serie de conversaciones con la hija del Caudillo, hoy duquesa de Franco, para esbozar una imagen biográfica del mismo. Ni el contenido de las conversaciones ni la imagen aportaron, en mi modesta opinión, nada espectacular o novedoso.

Al aparecer, pues, una biografía en buena y debida forma, y tratándose de un segundo intento, pensé que probablemente habrían convencido a la señora duquesa de que les dejase consultar los papeles privados de su padre que no parece que sean los que están ni en los archivos oficiales españoles ni en la Fundación Nacional Francisco Franco (FNFF).
Abrí así el libro en la ingenua creencia de que, si bien el antecedente no era demasiado
alentador, P/P podrían haber escrito en esta segunda ocasión una biografía de tono si no académico por lo menos mínimamente científico, riguroso, analítico. En todo caso algo que supusiera un avance historiográfico con respecto a la canónica obra de Paul Preston.

Confieso, sin tapujos, que mi desilusión fue total. Una rápida lectura, para ver qué es lo que del segundo producto podría incorporar a mi propio estudio sobre Franco, me hizo ver que el esfuerzo, sin duda denodado, que P/P habrán realizado no aportaba absolutamente nada con lo que enriquecer y mejorar mi análisis. Es más, a contrario sensu, a lo más que podía llegar era a verme en la necesidad de poner de relieve algunos de los más flagrantes y, a veces, grotescos errores, omisiones y falaces interpretaciones que chocaban con mi argumentación y sus soportes documentales. Para bien o para mal, esta tarea crítica la he llevado a cabo, aunque necesariamente de refilón, en un libro que se ha puesto en el mercado antes que aparezca en la red este número extraordinario.
La crítica, insisto que de refilón, no me hizo olvidar en ningún momento que la biografía escrita por P/P merecería un análisis más en profundidad. Lo que en ella figura, y lo que en ella se omite, forman un todo destinado, al menos así me pareció, a esculpir una interpretación más o menos presentable y, en el fondo, un tanto redentora del Caudillo y de su dictadura.

Por ejemplo, que P/P hagan de Franco un regeneracionista de, por así decir, última generación me dejó sin aliento. Que disminuyeran en todo lo posible el papel del Caudillo, aunque no puedan negarlo del todo, en quizá la más brutal y duradera represión multimodal que registra la historia española me repugnó profundamente. Que rellenasen centenares de páginas y no abordaran en absoluto los mecanismos de funcionamiento de la dictadura me pareció un fallo analítico imperdonable.

Que echaran salpicaduras aquí y allá, sin la menor trabazón, sobre la conexión de las políticas internas  de Franco con la evolución del entorno exterior me llenó de estupor. Que escribieran parrafadas enteras de una inanidad sobrecogedora sobre su visión del Caudillo de puertas adentro me llevó a pensar qué tipo de biógrafos pueden ser los que tan escasa curiosidad mostraban sobre la dinámica que permitió a SEJE (Su Excelencia el Jefe del Estado) hacerse con una cuantiosa fortuna por medios no demasiado éticos en un país ensangrentado por la guerra y en gran parte aterrorizado por la represión.

Su referencia al caso de Jordi Pujol colmó el vaso de mi paciencia. En definitiva en septiembre/octubre de 2014 llegué a tres conclusiones, quizá erróneas, pero de
las que no pude zafarme:

- El valor científico de la biografía escrita por tan notabilísimos y alabados autores es casi igual a cero. Como el de su libro anterior, solo que ahora envuelto en una actitud de gran pretenciosidad y en una supuesta objetividad aireada a los cuatro vientos para encubrir un trabajo banal.
- P/P probablemente lo que habrían querido es "hacer caja", aprovechándose de la cercanía del XL aniversario. Esto de por sí no es nada reprochable. ¿A quién no le gusta que sus libros se vendan cuanto más mejor? Por la caja, por la gloria o por el deseo de que los lectores conozcan sus opiniones, a lo que todo buen historiador aspira.
- Sin embargo, en este caso me pareció que lo que estaba en juego era el intento, un tanto cínico, de explotar al máximo una imagen de "gran hispanista" y ocultar oscuros, pero no borrados, antecedentes ideológicos. ¿Para qué? Verosímilmente para difundir una interpretación que vendiera bien en ciertos círculos de descendientes de quienes en España y en el extranjero siempre ayudaron a Franco.

Reproduzco mis impresiones de hace un año. No pretendo haber estado en lo cierto. Parto, sin embargo, del supuesto de que a los historiadores se nos juzga por nuestras obras y no por nuestras intenciones. A su vez, esas obras se valoran con arreglo a criterios hermenéuticos, metodológicos y heurísticos muy precisos. Para mí, tras una primera y urgente lectura, P/P suspendían en casi todos ellos.

Su afirmación de que la biografía está basada en documentación primaria y en un gran esfuerzo de acopio de la literatura relevante pertenece en buena medida al reino de la fantasía. Tal vez lo habrán anunciado con el fin de pescar incautos, que por desgracia abundan, pero no resiste la menor contrastación hecha con criterios profesionales.
La aseveración de que "casi 40 años después de su muerte, Franco y su larga dictadura aún no han quedado totalmente relegados para la Historia, sino que continúan levantando encendidas pasiones, al menos entre una parte de sus compatriotas" me hizo pensar si estaban realmente pensando en España o en, quizá, otro lugar. Porque me dio la impresión de que el gran hispanista norteamericano parecía haber olvidado el dictum de uno de los grandes literatos de su país, William Faulkner: "The past is never past. It´s not even past"

Pero la reseña crítica que pudiera hacer en alguna revista profesional o incluso en un medio de comunicación de los que también se leen en la red me pareció que no haría justicia a la obra. Si P/P no se han tomado en serio a Franco, la figura del Caudillo sí merece que se la tome muy en serio. Es lo que han hecho numerosos historiadores españoles y extranjeros, con frecuencia no aureolados con las distinciones y glorias académicas y profesionales de que hace gala el profesor Stanley G. Payne.

Conspiración y guerra

El papel de Franco como conspirador contra la República y su actuación en la guerra civil los ha abordado un discípulo y colega del tan llorado Gabriel Cardona. Juan Carlos Losada ha labrado su reputación como historiador militar, ámbito del que P/P no parecen tener demasiada idea. Su contribución es particularmente crítica de las interpretaciones de la biografía y, sin deleitarse en la considerable acumulación de errores en que la obra incurre, llega a un veredicto implacable: el valor de la misma es = cero.

Confieso estar de acuerdo con Losada. Es más, cabe reprochar a tan esforzados biógrafos que, como es habitual en su obra, no se les ocurra profundizar lo más mínimo en su más que pedestre interpretación en lo que toca a la superficialidad de los hechos. No solo no indagan en las interioridades (que ya van conociéndose de la conspiración y que algunos de los protagonistas de la época pusieron desde hace muchos años al descubierto) sino que omiten (una vez más) cualquier análisis crítico de la literatura disponible. Es difícil seguir manteniendo que hasta el último minuto Franco estuvo dubitativo (lo que, sin embargo, sería congruente con su prudencia innata y su dificultad en tomar decisiones) y que, además, quiso cumplir con su juramento de fidelidad a la República. Solo la imparable marcha hacia el estallido de la revolución izquierdista que P/P afirman que se avecinaba y la muerte violenta de Calvo Sotelo no le dejaron otra alternativa.

Naturalmente eluden indagar en las implicaciones de la instrucción reservada de Mola para el Ejército de África de finales de junio y se abstienen de explorar la prehistoria del vuelo del Dragon Rapide y su destino. Todo lo que afirman no tiene una sola referencia documental seria. Sobre el Franco en guerra se ha escrito mucho, pero nuestros autores tampoco están demasiado familiarizados con la moderna y más relevante literatura. Dado que, de nuevo, desarrollan su argumentación al nivel más elemental posible (no más elevado que el que adoptaría un alumno de tercero de grado) todo lo que huela mínimamente a análisis les es extraño. Llama la atención que para todo el período de la guerra solo haya cuatro (quiero decir, 4 y solo 4) referencias a documentos de la FNFF. Es decir que en el terreno más trabajado por la investigación empírica, que ha ido demostrando en los últimos años hasta qué punto habían quedado millares de documentos por explorar, el valor añadido de nuestros autores es o bien nulo o centrado en la tergiversación.

Algún lector pensará que estoy exagerando. Lejos de mí tal pecado. En menos de cinco páginas (pp. 242-246) P/P "despachan" el final de la guerra. Aparte de repetir como papagayos los consabidos mitos de la preponderancia comunista, del carácter lacayuno a los dictados de Moscú del Gobierno republicano y otras lindezas ni se les ocurre mencionar el canónico libro de los profesores Ángel Bahamonde y Javier Cervera (que tiene ya algunos añitos) ni, por supuesto, las investigaciones posteriores. Las referencias oblicuas a supuestas intenciones soviéticas solo tienen como fuente su imaginación. Y, si no, ¿por qué no las documentan? Porque documentarlas sí se podría. Varios historiadores han trabajado sobre documentos soviéticos. Entre ellos un norteamericano, Daniel
Kowalsky, a quien Payne dirigió su tesis doctoral (algunas malas lenguas dicen que también se aprovechó de ella). Pues bien, ¿creerá el lector que lo citan? Sería lo más normal, pero Kowalsky no figura en su larguísima relación de "nuevas" fuentes secundarias, esas que ensalzan tanto en el prólogo. Una casualidad.

Admitamos, a meros efectos dialécticos, que tal vez Payne haya reñido con él y que por
consiguiente haya caído en la fea tentación de ningunearlo. Obviamente no puedo saberlo ni me importa. Pero sí sé que Payne tampoco menciona a otro historiador, esta vez alemán, que al igual que Kowalsky y un servidor se molestó en trabajar en los archivos de Moscú. ¿Acaso no hemos descubierto entre los tres nada nuevo? Porque lo cierto que entre las obras que mencionan los admirables P/P no aparece ninguna que esté basada en la documentación soviética. El autor alemán al que me refiero se llama Frank Schauff. ¿Verá su nombre el lector en la grandiosa bibliografía que nuestros biógrafos dicen haber utilizado? Como el catedrático de Wisconsin cita, ocasionalmente, algún libro en alemán supongo que entenderá tal idioma. Ahora bien, si esto es así todavía en 2014 no se había enterado de que el libro de Schauff, disponible en español, data ya desde hace una buena porrada de años. En estas condiciones ¿cómo otorgar a P/P la menor credibilidad? Y ya, para terminar, ¿por qué no citar, al menos, el libro de los primeros autores españoles en haber trabajado en los archivos de la Komintern? Antonio Elorza es un historiador superfiable y la añorada Marta Bizcarrondo daba sopas con hondas a Payne y a Palacios en lo que atañe a interpretar la izquierda bolchevique española. Quizá es que todos estos temas les producen urticaria.

El vergonzoso tratamiento de la represión franquista

Si las patochadas relacionadas con los malvados negrinistas, comunistas y soviéticos son de antología la aportación de P/P queda a la altura del betún cuando acometen una auténtica "machada" historiográfica. La de intentar blanquear, en lo posible, uno de los "pecados capitales" que, según afirman, ennegrecen la imagen de Franco: su papel en la represión. No pueden evitar, claro es, entrar al toro pero se cuidan muy mucho de cuadrarlo. De entrada el capítulo que dedican a la represión es uno de los más cortos de la biografía (catorce páginas, de la 255 a la 269). La técnica que emplean es muy simple: por un lado practican la omisión masiva, en gran escala; por otro utilizan referencias a presuntas "autoridades" cuidadosamente seleccionadas.

No son muchas. Destacan personajes como Francisco Pilo o Julius Ruiz, profesor de la Universidad de Edimburgo. A este último P/P le caracterizan, nada menos, que como "el principal historiador de la represión de la posguerra" (pág. 693). [En este punto confieso que casi no puedo reprimir una sonrisa de conmiseración en vista de tanta ignorancia o, quizá, de tanta duplicidad].

Lo que cuenta es el efecto que nuestros distinguidos biógrafos quieren obtener. Así, al lector no informado que acuda a tan corto capítulo como fuente de información se le escapará sin duda el que el estudio de la represión franquista, de 1936 a 1975, se ha convertido en el capítulo más vibrante de la historiografía española en los últimos años. La "recuperación de la memoria histórica", unida al escándalo mayúsculo que supone la exhumación de las "fosas del olvido" (nunca expresión de este carácter fue tan ajustada a la realidad), más el hecho de que España disfrute del dudoso honor de ser el país que mayor cantidad alberga tras Cambodia, han avivado las ansias de conocer el negro pasado de muchos años de represión continuada.
No extrañará, por ello, que en este número de HISPANIA NOVA se haya realizado un esfuerzo especial para presentar a los lectores lo que a P/P no les ha pasado por la mente hacer: un resumen, dividido en tres aportaciones, de la panorámica general de la represión, desde 1936 a 1975. Sí, a 1975.

Procedemos cronológicamente. En primer lugar el Doctor José Luis Ledesma, uno de los expertos más notables de la violencia en la guerra civil, tanto franquista como republicana, sintetiza en su artículo sus objeciones a las cortas referencias que P/P dedican al tema. Ledesma publicará dentro de poco su tesis doctoral del Instituto Universitario Europeo (Florencia) pero ya antes de ello había escrito largo y tendido sobre esta temática. En todo caso, incluso el menos informado lector podrá comprobar que la vacuidad y el carácter esquivo y torticero del proceder historiográfico de P/P quedan más que demostrados en este artículo.

En segundo lugar este número ha podido contar con la contribución del profesor Francisco Moreno Gómez. Su último libro, La victoria sangrienta, me impactó de tal manera que le dediqué varios comentarios en mi blog. Moreno lleva años dedicado a la investigación de las modalidades y efectos de la represión y es una de las autoridades en la materia. No Julius Ruiz. Desde el punto de vista cronológico su artículo continúa el de Ledesma. Tras recordar algunos rasgos esenciales de la violencia franquista en la guerra civil Moreno Gómez se centra en las características de la represión multimodal, continuada, que Franco mantuvo durante los años cuarenta. ¿No hablan P/P de la importancia de "sus" fuentes?

Pues bien, leyendo este artículo lo que se pone de manifiesto es que nuestros eminentes biógrafos no tienen ni la más mínima idea de lo que significan las fuentes y la literatura existentes. Esta mera constatación debería servir para, en el plano puramente historiográfico y académico, aniquilar su obra. Punto. Finalmente el Doctor Juan José del Águila, magistrado jubilado, con una larga carrera como jurista en la dictadura, ha seguido la pista de las disposiciones y efectos del mantenimiento de la Jurisdicción de Guerra. Su obra sobre el Tribunal de Orden Público (TOP) es de auténtica referencia pero ni que decir tiene que nuestros eminentes biógrafos la ignoran cuidadosamente. Y digo cuidadosamente porque yo me fío de la afirmación de del Águila de que, en su momento, se la envió a Payne, quizá pensando en que el distinguido catedrático emérito de Wisconsin era un historiador serio.

Los tres autores ponen de relieve no solo las omisiones de P/P sino algo mucho más grave: la distorsión de los hechos, ya sean los encerrados en archivos que jamás han visitado sino, más prosaicamente, en las páginas del Boletín Oficial del Estado, muchas de ellas consultables sin problemas por internet desde Wisconsin y Madrid, a las que Palacios siempre hubiera podido complementar con cualquier ojeada al Aranzadi, disponible fácilmente en numerosas bibliotecas. Este tipo de omisiones, y la preferencia marcada hacia el señor Pilo y el Doctor Ruiz, creo que caracterizan perfectamente la obra cuyo objetivo es la desinformación y su rasgo más acusado la manipulación. Punto.

Anticonclusiones

Es muy de agradecer que P/P hayan, siguiendo la costumbre académica, sintetizado sus "hallazgos" en las páginas 623 a 650. En ocasiones son patéticas y ruego al lector que me disculpe por el reiterado uso de este adjetivo. "Ningún rey tradicional dispuso de los poderes y capacidad de "penetración" (...) que sí tuvo este fuerte dictador del siglo XX". Esto para quitarse el sombrero, la boina o, en honor de la costumbre norteamericana, la gorra de béisbol. Quizá lo mismo podría decirse de Hitler, Stalin, Mussoini, Mao Tse Tung, Ceausescu, entre otros. El argumento es rotundamente ucrónico. Ningún rey necesitaba aplicar el Führerprinzip tan a rajatabla como Franco en una situación de relativa avanzada tecnología y de moldeamiento de la opinión por la imposición de los medios de comunicación de masas. De comparar a Franco con algún rey mi preferencia iría a Fernando VII lo cual no es precisamente un timbre de gloria. Retrasó la evolución política y social española casi tanto como reinó. La caracterización sicológica de Franco que ofrecen P/P (solo tenía una limitada paranoia) es, cuando menos, discutible. Cabe añadir otros rasgos. Para mí el más importante fue su impenitente narcisismo, algo en lo que nuestros estimados autores ni siquiera reparan. Sin embargo es fácil ilustrarlo con ejemplos que naturalmente no identifican.

Que Franco no fuese tan terrorista como Stalin y Hitler es muy de agradecer, sobre todo si el historiador se sitúa en el punto de vista de las víctimas. Pero lo fue mucho más que Mussolini. Esta última comparación no la hacen P/P. Podrían, por ejemplo, haber estimado el número de muertos implicados en el montaje y evolución de la dictadura fascista italiana hasta 1939 y compararlo con la mortandad española de la posguerra. Es una posibilidad. Otra es haber penetrado en las características, tan diferentes, de ambas sociedades. En cualquier caso no cabe escabullir el bulto diciendo simplemente que Franco "nunca mandó ejecutar a una persona que hubiera sido un estrecho colaborador".

Mussolini, es verdad, lo hizo con Ciano. No le salva tal vez pero el Duce tuvo menos
afición al gore que el africanista Franco. Por lo menos hasta muy avanzada su participación en el segundo conflicto mundial. ¿Tuvo más éxito el "Caudillo de España" que Stalin? Nuestros autores dicen que sí pero no identifican los criterios que utilizan. Hay uno muy simple que deberían haber aplicado tras empeñarse a colgar de Franco el timbre de gloria de "regeneracionista". En los años veinte la naciente Unión Soviética era un país atrasado, empobrecido, esquilmado. Tres decenios después se había convertido en una superpotencia. No puede afirmarse que no fuera un éxito. Otra cosa, naturalmente, fue el coste. En general, para un historiador que presume de comparativista como es Payne sus referencias a otras realidades históricas son o banales o distorsionadoras, al querer  examinar bajo su luz la realidad española.

¿Fue la sociedad en el tardofranquismo más feliz, potente y moderna que la que existía cuando Franco empezó su escalada hacia la cúspide? Es obvio que se había desarrollado económicamente. También lo hicieron casi todos los demás países de Europa occidental en los treinta gloriosos años después de la segunda guerra mundial, salvo Portugal y Grecia. España empezó a crecer solo a mitad de los años cincuenta pero ya llevaba tiempo haciéndolo mal y continuó en ello. En cuanto a la felicidad (concepto más bien personal que colectivo) si se tiene en cuenta que la dictadura se asentó sobre una guerra civil no cerrada y una represión sin precedente en la historia española, el aserto de P/P es discutible. Por lo que se refiere a cifras de muertos, huelgas y violencia que se registraron en los primeros años de la transición convendría que hubiesen hecho, siquiera, una mínima referencia. En todo caso, ¿cuál fue el comportamiento colectivo de los españoles en junio de 1977, en las primeras elecciones libres desde 1936? Pues estribó en sentar las bases para echar abajo todo el aparato institucional del franquismo y en dejar en la estacada a sus sucesores y ansiosos continuadores, dentro de lo posible. Franco era imperialista, afirman, "en la época de los imperialismos europeos". ¿Qué imperialismos? Los únicos existentes eran los fascistas porque la URSS bastante tenía conque la dejaran sola o le permitieran participar en la formación del valladar antifascista que la amenazaba tanto, o más, que a las democracias occidentales.

Pero eso sí, concluyen P/P, Franco pronto se dio cuenta de que su destino no estaba ligado al Eje. A mí me da un poco de vergüenza llevar la contraria al distinguido historiador de Wisconsin porque él ha escrito una monografía sobre las relaciones Franco-Hitler y yo no. Sin embargo, como según la costumbre habitual tal monografía no está precisamente muy basada en fuentes primarias novedosas, he de dejar para mejor momento (quizá el año próximo) la demostración de cómo es posible avanzar en ese  ampo que aparentemente está ya tan trillado.

Lo que no entiendo es el emperramiento de Payne (y de Palacios, segundón estrecho) en seguir manteniendo que la guerra de expansión "junto a Alemania fue una tentación común a todos los dictadores europeos, fueran de derechas o de izquierdas" (p. 633). No fue, ciertamente, el caso de Oliveira Salazar. Tampoco de Stalin. Payne se empeña en lo contrario gracias a un reiterado fallo interpretativo de la dinámica que condujo al pacto Molotov-Ribbentrop de agosto de 1939. La literatura alemana, francesa y anglosajona que lo aclara, junto con sus pormenores, es algo que nuestro internacional autor desconoce pura y simplemente. Tampoco ha trabajado en los archivos que podrían aclarar algo su petición de principio. Los más importantes son los alemanes, los soviéticos, los británicos y los franceses. Así que no le importa nada quedarse tan satisfecho con sus invenciones.

Es muy interesante la mirífica creencia que P/P tienen en las razones que explican la escasa efectividad de la guerrilla (o maquis). Como desconocen la abundante literatura existente (solo citan en la bibliografía una obra que no utilizan para nada) no se les ocurre pensar que fue el único caso en que la resistencia militar contra la incipiente dictadura fue abandonada por las potencias democráticas en guerra (lo que no ocurrió en ningún otro caso de entre los países ocupados por los nazis).

Tampoco han perdido el tiempo indagando en las consecuencias de una política de venganza (Paul Preston) que acoquinó a la población civil ni en los estragos que causó entre los vencidos. Sin apoyo exterior, ¿cuánto podría mantenerse el maquis? Al menos los británicos ayudaron a la resistencia en Francia, Bélgica, Yugoslavia, etc. desde el primer momento. Y luego se unieron los norteamericanos.

Un historiador internacional de la talla de Payne, ¿no ha leído nada sobre el SOE o la OSS?. ¿Sobre la Résistance en Francia? ¿Sobre Vichy? ¿Cuál fue la política de los aliados respecto a la España de Franco? Convendría que, al menos, hubieran indicado algunos de sus rasgos característicos en vez de emborronar páginas sobre la ECONOMÍA. ¡Oh!, la economía... Una "dormida" para el lector casual y no abrumado por la actual crisis que es al que probablemente apuntarán P/P.

Sin embargo lo único que hacen es acentuar a troche y moche la voluntad de su héroe (p. 626) de crear una "economía productiva", !nada menos! así como las presuntas aspiraciones "regeneracionistas" de su tan alabado Caudillo. Al final resulta que a Franco ha de rescatársele por su incomparable aportación al desarrollo económico español. Pues si es así, van listos, porque este es un tema bastante bien estudiado por historiadores y economistas españoles.

Claro es que, no faltaría más, los trabajos más serios y documentados sobre la fase de autarquía y su desembocadura en el plan de estabilización y liberalización de 1959 los desconocen nuestros entendidos autores. No vamos a pedirles que ojeasen el libro de Manuel-Jesús González o los trabajos de Manuel Varela o, ¿por qué no?, los míos propios. Hasta podrían haber consultado alguna vieja edición de los manuales de Ramón Tamames. Pero, en realidad, quizá les habría venido mejor seguir el recio aforismo español del "zapatero, a tus zapatos". O, por lo menos, haber leído algo más que los cuentos de la lechera. Así, sus famosas "nuevas fuentes secundarias" se quedan en un hálito un tanto desvaído o en un autotorpedeamiento en la propia línea de flotación del argumento más reiterado para redimir a Franco. De nuevo, como siempre, manipulación.

Conclusión

Al término del análisis colectivo al que se ha sometido la banal obra de P/P quedan todavía varios aspectos por rectificar. Pero el gato está servido, el tiempo es corto, los apremios profesionales muchos y el pasado ignoto guarda demasiadas cosas por descubrir. Perder el tiempo en una biografía destinada a hacer caja o a tranquilizar a los eventuales lectores de que Franco fue, realmente, un gran hombre al que la izquierda (siempre la maldita izquierda) no quiere hacer justicia es algo que resulta un tanto tedioso.

No obstante, quizá estos ensayos, que no esconden un punto de mordacidad cuando no de ironía, puedan cumplir una función útil. El catedrático de Wisconsin, tan enfrascado en sus estudios sobre la guerra civil y el franquismo y sus comparaciones internacionales, no ha tenido tiempo, me temo, de haber dedicado atención a los principios fundamentales del oficio de historiador. Quizá porque crea que en esa España corroída por la memoria histórica, izquierdismos varios y la corrupción no hay investigadores que sí se los toman en serio. Tal vez porque lo que preocupe desde hace años sea hacerse con un "paquete". Así que no estará de más recordarle algunos de esos principios. No por supuesto de nuestra propia cosecha sino de la pluma de un colega de la Universidad de Harvard de quien probablemente haya leído algo. Ha sido el editor del Journal of the Philosophy of History y del Companion to the Philosophy of History and Historiography. Uno de sus trabajos de síntesis sobre revisión historiográfica y revisionismo ha sido publicado recientemente en España.

Obsérvese que en este número quienes a él hemos contribuido no nos hemos adentrado en la polémica subyacente. Hemos preferido centrarnos en las afirmaciones y omisiones en que incurren nuestros estimados autores.

El primer principio que menciona Tucker es que los historiadores proponen un conocimiento científico falible, es decir, que está basado en la precisión, en la descripción de las evidencias, en el alcance de la capacidad explicativa, en la diligencia en la búsqueda de pruebas, en la coherencia interna, etc. Es un conocimiento que permite elegir entre varias hipótesis o teorías concurrentes. Medido por estos criterios, la metodología de P/P se cae por su propio peso.

El segundo principio es que los historiadores genuinos huyen de revisiones no científicas porque los anteriores criterios se aplican a sus propias construcciones y estas son contingentes y dependen de factores tales como el descubrimiento de nueva evidencia, la evolución teórica para tratar con ella, el discurso intersubjetivo y, en general, la apelación a métodos aceptados desde que la historiografía dejó de basarse en relatos mitológicos o literarios.

Pues bien, lo único que se me ocurre es afirmar que P/P son revisionistas no genuinos y que escriben lo que Tucker denomina "historiografía revisionista ilegítima", es decir, la apegada a valores no cognitivos sino ideológicos y políticos. Comprendo que esto pueda no gustar a muchos cuando se dirige a un historiador de la talla aceptada comúnmente de Stanley G. Payne. Pero su biografía de Franco lo demuestra abundantemente.

De todas maneras, no hay que perder la esperanza. Veremos si P/P se dignan responder a nuestras observaciones con muestras adicionales de su simpar conocimiento de fuentes primarias o, cuando menos, de otras "nuevas fuentes secundarias". Hasta entonces habrá que aplicarles el clásico quousque tandem... abutare patientia nostra.

lunes, 1 de julio de 2013

PRENSA. HISTORIA. "¡Guernica!, ¡Guernica!". Ángel Viñas

Ángel Viñas

   En "El País":

¡Guernica!, ¡Guernica!

Contra la explicación neofranquista, el bombardeo pretendía destrucciones masivas

 9 FEB 2013

Este es el título de la edición en inglés, aparecida en 1977, de una obra clásica del historiador norteamericano Herbert R. Southworth. Recuerda el grito implícito en el famoso cuadro de Picasso. La edición española está agotadísima. En Iberlibro únicamente he visto disponibles tres ejemplares. Nada en Amazon.es.
Southworth destruyó sistemáticamente el denso entramado de mentiras sobre uno de los mitos estructurales del franquismo. Su análisis constituye una lección de historia y de crítica histórica ejemplar. Ha vuelto a impresionarme en el momento de preparar una edición revisada y ampliada.
En esta labor he constatado de nuevo cómo los historiadores neofranquistas han hecho y hacen todo lo posible por ningunear y/o desprestigiar a Southworth. Incluso un ilustre académico de la Historia que incide a la vez en grotescos errores de principiante. Un piadoso exministro entona preces al Señor por el alma de Southworth, pero continúa encastillado en el disparate. Un eminente historiador militar, que dice haber dedicado cuarenta años al tema, provoca rubor. Las obras de tan connotados autores pueden adquirirse fácilmente.
En realidad, ni han recuperado la verdad de los hechos ni lo que hay detrás de ellos. No se han adentrado en la evidencia primaria de época, y en especial en la relevante. Han ofuscado con mucha que o no es relevante o es de calidad harto dudosa. Un truco volatinero. Han abandonado alguno de los postulados franquistas más absurdos (Guernica la volaron los propios vascos). Mantienen enhiestos los reductos: hubo muy pocos muertos; el mito de Guernica lo crearon los republicanos; el “mando nacional” no tuvo que ver nada con el bombardeo. Los culpables fueron los alemanes que actuaron según su libre albedrío.
Ha sido la investigación académica (María Jesús Cava, Carmelo Garaitaonandía, José Luis de la Granja, Morten Heiberg, Xabier Irujo, Manuel Ros Agudo, Stefanie Schüler-Springorum y, modestamente, quien esto escribe) la que ha sacado a la luz el tipo de evidencia necesaria y suficiente para enterrar los mitos de Franco y sacar las vergüenzas a sus denodados defensores.

La propaganda franquista batió todos los récords de fantasía y denigración
Es difícil tener aprecio por la calidad científica y el contenido empírico de su historiografía. La puesta al día de la obra de Southworth ha excedido, sin embargo, todo lo que había visto y comprobado hasta el momento: la más tosca manipulación de la evidencia, la tergiversación documental, la cita amañada de la literatura secundaria y la desfiguración de las obras de los autores discordantes son rasgos consustanciales de tales especialistas y divulgadores, españoles o ¡ay! también de algún que otro extranjero, catedrático emérito de una Universidad norteamericana.
En breves palabras. Lo que en los últimos tres o cuatro años ha salido a relucir en alemán o en español es lo siguiente:
El contingente aéreo germano (Legión Cóndor) estuvo plenamente insertado, en cuanto dio comienzo a sus hazañas bélicas en España en noviembre de 1936, en los planes operativos de las fuerzas franquistas. De este nivel fue ascendiendo al táctico y al estratégico. En la campaña de Vizcaya, la interdependencia entre uno y otras alcanzó un elevadísimo grado de información, comunicación y control.
Se conservan documentos que lo demuestran con respecto a los generales en jefe de los Ejércitos del Sur (Queipo de Llano) y del Norte (Mola) para la conexión con las fuerzas de tierra. También, y de manera permanente, con el general Kindelán, jefe del Aire. Que Franco lo ignorase no es creíble. Uno de sus hombres, el coronel Juan Vigón, estuvo en el centro del dispositivo en el Norte.
En esta campaña, la aviación alemana se supeditó a las instrucciones de Mola y Kindelán. Arrojó octavillas anunciando arrasamientos, intervino en apoyo del avance en tierra sustituyendo a veces a la artillería y, no en último término, bombardeó ciudades. La afirmación solemnísima de un reputado general de aviación español de que esto se hizo en contra de instrucciones formales de Franco es un mero brindis al sol.
El bombardeo del 26 de abril de 1937 se hizo con propósitos de destrucción masiva. No fue para triturar un puentecillo de piedra (que resultó indemne) que enlazaba el núcleo urbano con el barrio de Rentería salvando el río Oca. Esta fue una intoxicación ulterior. Sobre Guernica se lanzaron exactamente 31 toneladas de bombas (mezcla de explosivas e incendiarias), amén de incontables bidones de gasolina. No lo digo yo. Es lo que informó, un mes después, el teniente coronel Wolfram von Richthofen, jefe de Estado Mayor de la Cóndor, a sus superiores en Berlín.
La creación del mito sobre la autoría vasca fue un reflejo inmediato, de corte pavloviano, del propio Franco para contrarrestar el efecto que en el extranjero pudieran tener las acusaciones del lehendakari José María Aguirre contra aviadores alemanes al servicio de los rebeldes.
Tras su entrada en Guernica el 29 de mayo de 1937, los franquistas se dedicaron a eliminar la evidencia de la fechoría, que para entonces había saltado a la primera plana de numerosos periódicos de todo el mundo. Se amañaron las hojas de los registros o, simplemente, se arrancaron. Los alemanes hicieron desaparecer lo que quisieron, se ralentizó el desescombramiento. Es imposible saber a ciencia cierta el número de víctimas. Fijarlo en algo más de un centenar es el resultado de un proceder infame.

Por la dignidad de las víctimas y de la historia es preciso recuperar el pasado
La propaganda franquista batió todos los récords de fantasía, vituperación y denigración. Duró hasta el final mismo del régimen, aunque ya agrietada. Su análisis constituye el núcleo de la obra de Southworth. Esta necesitaba ampliarse a una referencia, siquiera somera, de sus secuelas en la España de nuestros días, es decir, desde que en Guernica se levantó un inmenso clamor popular en abril de 1977 para aclarar la cuestión de las responsabilidades.
Es necesario comparar el comportamiento de los Gobiernos de la República Federal de Alemania con el de los españoles. Hoy puede hacerse porque en Berlín ya se han desclasificado los documentos de aquellos primeros años transicionales. Ello no obstante, debemos ser modestos. En fecha indeterminada se pusieron en marcha los temibles bichitos fibrófagos que solían pulular por los archivos españoles. Los documentos directamente relacionados con Guernica han desaparecido en gran medida. Una casualidad.
La desaparición, sin embargo, no ha sido total. Por fortuna quedan muchos que arrojan luz indirecta, y en ocasiones, casi directa. Quienes expoliaron los archivos no siempre sabían alemán. Se conserva algún que otro documento redactado en este idioma, pero traducido “creativamente” para acordarlo con los mitos franquistas. Al leer la traducción, los eliminadores se guiaron por ella y menospreciaron la versión original. Siempre hay alguien que mete la pata.
La tergiversación no se hizo en España únicamente. En la edición de bolsillo (Heyne-Bücher) de las memorias de uno de los ases de la Luftwaffe, Adolf Galland, que no participó en el bombardeo, se eliminó cuidadosamente todo lo que pudiese generar una mala impresión, incluida la referencia a los ensayos de la Cóndor con un napalm de medio pelo. La extrema derecha alemana sigue apartando el cáliz de Guernica.
Por la dignidad de las víctimas y de la HISTORIA es preciso recuperar el pasado y desenmascarar a quienes siguen desfigurándolo.
Ángel Viñas es historiador y catedrático emérito de la UCM. Ha actualizado La destrucción de Guernica de Herbert R. Southworth, que aparecerá próximamente en la editorial Comares.

viernes, 16 de diciembre de 2011

PRENSA. "Dar gato por liebre", por Ángel Viñas

Ángel Viñas

   En "El País":
Dar gato por liebre

   Mentiras y traiciones envuelven la historia de la sublevación de Segismundo Casado en marzo de 1939. Engañó a los historiadores, jugó con los hechos y "confirmó" los mitos esenciales de los vencedores.

ÁNGEL VIÑAS 10/12/2011

   En estos días tan tumultuosos políticamente el Ministerio de Defensa publica un libro cuya carencia se hacía sentir agudamente. Bajo la dirección y coordinación del catedrático Javier García Fernández aparece un grueso tomo titulado 25 militares de la República. Son biografías, escritas por otros tantos historiadores de primera fila, de una selección de generales o almirantes y jefes que permanecieron leales al Gobierno republicano en o después de la sublevación militar de 1936. Entre ellos figuran Aranguren, Asensio Torrado, Batet, Buiza, Casado, Cordón, Escobar, Gámir, Hernández Saravia, Hidalgo de Cisneros, Mangada, Martínez Cabrera, Menéndez, Miaja, Núñez de Prado, Pozas y Rojo. La lectura será imprescindible tras tantos años de desfiguración y desvirtuación de su papel en la Guerra Civil, acrecentadas en algunos casos por el malhadado Diccionario biográfico español que en la nueva legislatura probablemente no tardará en distribuirse.
   No se recupera el honor de todos los biografiados. Para uno al menos, y que el Diccionario ha tratado de salvar por todos los medios, la evidencia primaria documental de época lo hunde en las simas del embuste y de la traición. A muchos españoles de las generaciones más jóvenes su nombre no les dirá nada. Se trata de Segismundo Casado, el hombre que el 5 de marzo de 1939 se levantó en armas contra una República a punto de colapsarse, que creó un sedicente Consejo Nacional de Defensa, que aglutinó en torno suyo a un pequeño arco de figuras de segundo o tercer nivel (salvo Miaja, el anciano socialista Julián Besteiro y el exsubsecretario de Gobernación y destacado miembro del PSOE Wenceslao Carrillo).
   La sublevación casadista ha dado origen a discusiones sin cuento. También abrió inmensas heridas en las filas del exilio. Profundizó hasta límites infranqueables las divisiones entre socialistas, comunistas, anarquistas y republicanos. Estuvo basada en una patraña de Casado y en una estrategia política de Franco.
   La patraña consistió en acusar a Negrín de hacer el caldo gordo a los soviéticos y sus sicarios españoles y de prolongar la guerra sirviendo exclusivamente el interés de Stalin. De aquí la subpatraña que la sublevación se llevó a cabo para impedir que Negrín y los comunistas se hicieran con el control de los mandos de lo que quedaba de Ejército Popular.
   La estrategia de Franco consistió en engañar a Casado haciéndole ver que una rendición inmediata no provocaría represalias entre los mandos militares que no hubieran cometido delitos de sangre. Lo que había detrás es fácil de identificar: Franco deseaba evitar cualquier evacuación de dirigentes políticos, militares y sindicales. Para ello necesitaba que alguien hundiera, desde dentro, las pequeñas posibilidades de resistencia. Así podría liquidar fácilmente la flor y nata republicana.
   Casado se tragó el anzuelo. Engatusó a sus compañeros haciéndoles ver que no tendrían que temer demasiado de la victoria franquista y buscó aliados para su golpe en unidades próximas a Madrid. Las encontró en el Cuerpo de Ejército de Cipriano Mera, probado líder anarquista y políticamente analfabeto. Aprovechó el sordo rencor contra los comunistas y manipuló a la Agrupación Socialista Madrileña.
   Franco terminó la guerra en beauté, gracias a una operación político-estratégica que le permitió copar a una inmensa cantidad de dirigentes republicanos. También a la masa combatiente. Todos formaban parte de aquella anti-España cuya eliminación física, política y psíquica había constituido el alfa y el omega de la rebelión de 1936. Casado se escapó a Inglaterra tras una serie de proclamas preconizando la resistencia numantina si no se recibían condiciones satisfactorias de paz. No las obtuvo.
   En Londres, Casado escribió unas autojustificativas y falaces memorias, nunca traducidas al español. El manuscrito lo entregó el 21 de julio. Era profundamente anticomunista, pero no ponía en solfa a las democracias occidentales que tan poco habían hecho por la República. Hay que sospechar que alguna mano foránea le ayudó en su concepción. Como tras el final de la II Guerra Mundial y en el comienzo de la guerra fría los servicios secretos británicos le hicieron algunas ofertas, es posible que en 1939 ya estuvieran a favor de una labor de intoxicación.
   Se conserva el borrador de una carta a Franco que Casado agregó a una misiva fechada el 9 de marzo de 1940 y dirigida al duque de Alba, a la sazón embajador en Londres. No se sabe si este la remitió a su destinatario, pero en ella Casado dejó constancia de la decepción que le había producido el comportamiento de Franco. El motivo de la carta fue el fusilamiento del general Escobar por quien Casado debió de tener un gran respeto. Acusó al Caudillo / Generalísimo / Jefe del Estado de haber faltado a la palabra dada. Una terminología dura entre militares.
   Casado trapicheó como pudo, con trabajitos en la BBC, uno de los lugares en que los servicios especiales británicos solían aparcar a personajes y personajillos que pudieran ser útiles. Cuando terminó la II Guerra Mundial, emigró a América Latina. Allí pasó más de 15 años, en parte tratando de volver a España. Cuando lo hizo, en septiembre de 1961, nadie le molestó, pero dos años más tarde se le ocurrió solicitar el reconocimiento de sus derechos pasivos y la máquina judicial militar se puso en movimiento. Se le trató con guante blanco hasta cierto punto, pero no obtuvo lo que quería.
   Enfermo, encerrado en su piso madrileño durante años y años, fue apañándose con sus ahorros hasta que amenazaron con agotarse. Entonces entró en contacto con el Ministerio de (Des)Información. Se prometió un gran éxito económico de una nueva versión de sus memorias. El problema es que no se acordaba de los hechos de 1939. Tampoco podía ir a hemerotecas. No sabemos si desde el Ministerio, entonces regentado por Manuel Fraga Iribarne, alguien le echó una mano. Sí sabemos que le ayudó uno de los subordinados de Cipriano Mera, también anarquista, un tal Liberino González.
   En consecuencia, la nueva versión acentuó hasta extremos delirantes la presunta conspiración comunista, la vesania de Negrín y la larga mano de Stalin sobre la República. Todo muy en consonancia con el furibundo anticomunismo anarquista y franquista y, en particular, las necesidades de la guerra fría. Ya se habían expresado en términos similares renegados comunistas tan caracterizados como Jesús Hernández, Enrique Castro Delgado y Valentín González, El Campesino. También los inevitables poumistas, a la cabeza de los cuales se situó Julián Gorkín.
   Casado no quedó muy contento con el resultado, una indicación tal vez de que la nueva versión no era únicamente de su propia pluma, pero no tenía escapatoria. Enfermo y sin dinero, se sometió. Cuando se almuerza con el diablo conviene manejar una larga cuchara. Casado no la tuvo. Jugó con los hechos, engañó a historiadores, "confirmó" los mitos esenciales de los vencedores, encubrió la gran operación político-estratégica de Franco, fue corresponsable de la hecatombe final republicana y, como buen traidor, hizo todo lo posible por desfigurar sus huellas en la historia. Un historiador anglo-norteamericano, Burnett Bolloten, le creyó y sentó escuela. Sus colegas pro y neofranquistas se frotaron de gusto las manos durante años.
   Al final, si se encuentra la evidencia primaria relevante de época, los hechos del pasado quedan iluminados bajo nueva luz. La pregunta es: ¿por qué ha habido durante tanto tiempo un segmento de la literatura que ha hecho caso a la versión de Casado, que siempre fue en sí inverosímil? La respuesta se encuentra, a nuestro entender, en la conjunción entre las necesidades ontológicas del franquismo, su dependencia de una mitología ad hoc y la ideología de la guerra fría.

   Ángel Viñas es catedrático emérito de la UCM y está a punto de publicar una versión revisada y ampliada de La conspiración del general Franco.

jueves, 25 de agosto de 2011

PRENSA. "Franco, conspiración y asesinato", por Ángel Viñas

Ángel Viñas

   En Domingo, suplemento de "El País":
Franco, conspiración y asesinato

   Con la muerte del general Balmes, víctima de un supuesto accidente, se inició la ejecución del golpe de Estado de julio de 1936. A partir de ahí se produjeron la escalada de Franco a la cúpula del poder y la cadena de tópicos con la que se ha pretendido justificar sus actos.

ÁNGEL VIÑAS 17/07/2011

   No se necesita indicar año. Día y mes apuntan a la Guerra Civil, el parteaguas de nuestra historia contemporánea. Catástrofe para la inmensa mayoría. Ningún partido la reivindica hoy. Sin embargo, todavía hay políticos, comentaristas y algún que otro historiador que la justifican como inevitable.
   Tal justificación cuenta con una larga tradición. Durante 35 años España entera se vio obligada a comulgar con la interpretación de los vencedores. Durante otros tantos años historiadores del más variado pelaje la hemos contrastado, penosamente, con la evidencia relevante de época. Salvo para algunos autores, los tres grandes mitos franquistas del 18 de julio no han resistido la contrastación:
   -Desde las elecciones del Frente Popular de febrero de 1936 la República funcionaba en condiciones de crisis, con un Gobierno desbordado por las masas y en una situación en la que la democracia había desaparecido de España.
   -La Patria se despeñaba por la senda de la revolución, impulsada por los malvados comunistas y por socialistas bolchevizados. En el primer caso, con el invalorable apoyo de Moscú, siempre atento a penetrar por el bajo vientre de Europa.
   -El ejército y los sectores más sanos de la sociedad no tuvieron otro remedio que alzarse en armas contra un Gobierno que había perdido su legitimidad, si es que alguna vez la había tenido.
   Los tres mitos se subsumen en uno solo: la culpa de la guerra, inevitable, recayó en las izquierdas. Tal fue la piedra berroqueña sobre la cual se asentó la "legitimidad de origen" del régimen orgullosamente autoproclamado del "18 de julio". El nuevo Estado de Franco.

   Una doble tenaza contra las reformas
   La conspiración antigubernamental se desató en serio en 1932. Abortado el golpe del general Sanjurjo en agosto, los descontentos pronto reanudaron sus actividades subversivas. Las vastas reformas políticas, sociales, culturales y económicas del bienio progresista constituyeron un desafío inaceptable. Sobre todo las últimas, con su promesa de reforma agraria que una buena parte de las derechas trató de aguar todo lo posible. Lo demostró hace muchos años Alejandro López. En 1933 monárquicos, militares y carlistas establecieron prometedores contactos operativos con la Italia fascista. En marzo de 1934 (¡atención a esta fecha!) Mussolini prometió su apoyo, en dinero y material, ante una sublevación mejor preparada. Al principio no fue necesaria llevarla a la práctica. El vaciado de las reformas se haría desde el Gobierno. El catolicismo político, nucleado en torno a la CEDA, se encargó de impulsar la tarea en el denominado bienio negro.
   Esta estrategia pudo dar resultado. La ulterior revolución en octubre de 1934 permitió desmantelar a una izquierda exasperada y provocada por la paralización de las reformas. Las represalias chocaron incluso al embajador británico. En diciembre de 1935, el líder cedista, José María Gil Robles, ministro de la Guerra y que se había rodeado de militares hiperconservadores, pensó que tenía a su alcance la presidencia del Gobierno. Hélas! El presidente de la República, Niceto Alcalá Zamora, le vetó. No se fiaba de él. Algunos generales y jefes empezaron inmediatamente a pensar de nuevo en la apartada insurrección. A las iniciales reuniones se invitó a un general hoy olvidado y que había participado en las operaciones de Asturias, Amado Balmes. No asistió.
   El momento no era propicio. No cuando iban a convocarse unas elecciones generales que las derechas confiaban en ganar. En febrero de 1936 sus expectativas se frustraron. El triunfo lo obtuvo la coalición del Frente Popular. La reacción fue pavloviana: había que derribar por la fuerza al nuevo Gobierno, sin ministros socialistas o comunistas, y apoyado por toda la izquierda.
   De forma un tanto optimista, el nuevo cerebro de la futura sublevación, el general Emilio Mola, sucesor del general Manuel Goded, la previó para abril. Demasiado pronto. Había que contribuir a crear el adecuado clima de inestabilidad. Los pistoleros se aplicaron a ello aprovechando la impaciencia que la paralización de las reformas había generado. En cuatro meses se registraron mínimos de entre 262 víctimas mortales y algo más de 351, según Rafael Cruz y Eduardo González Calleja, respectivamente. Cifras importantes. Más aún si se desglosan por origen y adscripción político-ideológica. En las causadas por atentados y actuaciones de la fuerza pública, particularmente fuera de las grandes ciudades, predominaron las de izquierda (un mínimo de un 42%), indicio de por dónde iban los tiros. La competencia intersindical socialista-anarquista lubrificó la agitación social. Las huelgas fueron notables en Madrid y, desde aquí, su impacto se repercutió sobre el resto del país. Todavía hoy se le presenta en estado de anarquía.

   Destrucción de los mitos franquistas
   La investigación ha identificado, entre otros, los siguientes extremos:
   1. La izquierda no recurrió al apoyo extranjero. Los conspiradores, sí. Tras las elecciones intensificaron sus conexiones con la Italia fascista. También promovieron la intoxicación del Gobierno británico. En el primer caso para conseguir el apoyo prometido e incluso más. En el segundo, para que aislase a su homólogo español.
   2. La actitud de los malvados bolcheviques quedó demostrada en los mensajes de la Komintern a su microagencia de Madrid, que tutelaba al PCE. Antonio Elorza y Marta Bizcarrondo los sacaron a la luz hace más de diez años. Muchos fueron interceptados por los servicios de inteligencia británicos. Reflejan lo mismo: apoyo a la República burguesa, apoyo a los republicanos moderados y de izquierda, apoyo al Frente Popular. Moderación a todo trapo. Santos Juliá aclaró brillantemente el papel de los socialistas. El próximo libro de Julio Aróstegui sobre Largo Caballero rematará la tarea. No menos brillantemente.
   3. Franco no desempeñó un papel de primera línea en la preparación de la sublevación. Lo hizo Mola desde Pamplona por cuenta de Sanjurjo, exiliado en Portugal. Franco ocupó un lugar secundario.
   4. En contra de lo aducido en la mayor parte de la literatura, Franco decidió sumarse a la sublevación hacia mitad de junio. Necesitaba, eso sí, dejar su puesto de comandante general de Canarias con sede en Tenerife para, siguiendo las instrucciones de Mola, ponerse a la cabeza del ejército de Marruecos.
   5. La trama civil le proporcionó el medio de salida: un avión que se fletó en Londres gracias al apoyo económico de Juan March. Franco sondeó a finales de junio o principios de julio a su compañero, el general Balmes, a la sazón subordinado suyo como comandante militar de Las Palmas. Todo hace pensar que Balmes no quiso secundarle.
   6. El golpe no estalló ni el 17 ni el 18 de julio. Estalló, en realidad, el 16 cuando Balmes sufrió un accidente y el avión ya estaba en Gando. Franco empezó su ascenso hacia la cúspide con un asesinato. Balmes empero no murió en el acto y, naturalmente, reconoció a su asesino. Ingresado en la Casa de Socorro, pidió no un médico o un sacerdote sino un juez o un notario. Cabe imaginar la consternación de los conspiradores que le rodeaban. Entre ellos figuraba quien iba a ser el juez militar que se encargó de la instrucción del caso, un comandante llamado Pinto de la Rosa, ligado por lazos familiares con la esposa del general. A esta, ya le había dicho el marido que era un hombre "muy peligroso".
   7. Durante el franquismo estuvo de moda presentar la muerte violenta, a manos de unos electrones libres de la Guardia Civil y de Asalto, del proto-mártir José Calvo Sotelo como evidencia del grado de depravación del Gobierno. El único crimen de Estado fue el inducido por Franco. Quienes no me crean, aduciendo que no he encontrado ninguna orden suya escrita, como si hubiera debido reflejarla en papel, deben saber que en la sentencia de un consejo de guerra en Canarias los sublevados reconocieron paladinamente que no todo se ponía por escrito. Lógico.
   La sublevación fracasó como golpe de Estado. Se afirma que sus promotores no habían pensado en una guerra civil. Hay indicios que permiten intuir lo contrario. La reversión de las reformas republicanas bien lo merecía. En lo que nadie había pensado fue en que Franco pudiera encaramarse hacia la cúspide.

   Un ascenso imparable
   Naturalmente, Franco no lo hizo guiado por la mano de Dios. Resultó de un prosaico proceso determinado esencialmente por los siguientes factores:
   1. Muerte en accidente de Sanjurjo en los primeros días de la sublevación. Esta quedó acéfala. Fue el factor esencial.
   2. Llegada a manos de Franco de la ayuda militar italiana (prometida a los monárquicos, entre ellos Calvo Sotelo, y a los carlistas) así como de la más rápida -e inesperada- que le envió un personaje tan poco recomendable como Hitler.
   3. Fracaso de su competidor, el general Goded, en Barcelona en condiciones que ha examinado pormenorizadamente la tesis todavía no publicada de Jacinto Merino Sánchez.
   4. Rápida apreciación de que la sublevación había de desarrollarse bajo la bandera bicolor, una concesión a los ímprobos esfuerzos desplegados por los monárquicos durante la etapa conspiratorial. Franco, a diferencia de Mola, no debió nada a los carlistas.
   5. Fulgurantes éxitos militares en Andalucía y Extremadura, impulsados por la "columna de la muerte" (caracterización de Francisco Espinosa en una impactante monografía) frente a masas desorganizadas de campesinos y milicianos sin la menor experiencia de combate y prácticamente desarmados. Mola, en cambio, fracasó en tomar Madrid. No por azar Franco le dosificó cuidadosamente los vitales suministros exteriores.
   6. Apreciación exacta de que sus conmilitones no podían prescindir de él. En septiembre ya hablaba con diplomáticos italianos autodefiniéndose como jefe de un futuro Gobierno que sería proclive, ¡cómo no!, a la Italia fascista. Ya lo habían prometido monárquicos, militares y carlistas. El general Alfredo Kindelán, monárquico, le puso en el camino del mando único.
   Mientras tanto la "no intervención" hacía estragos contra la República. El mismo mes Azaña llegó a considerar que se había perdido la partida. Igual valoración hicieron los servicios secretos militares soviético y británico. Lógico. La actitud de la única gran potencia que hubiera podido torcer algo la evolución quedó reflejada en un informe de la inteligencia militar británica (MI-3). En él se presentó la lucha en España bajo la eufónica y significativa fórmula de rebels versus rabble (rebeldes contra chusma). Esta última, por supuesto, despreciable.
   La Guerra Civil, básicamente de columnas dirigidas por militares profesionales y alimentadas en el caso de Franco desde el inagotable vivero de feroces tropas marroquíes trasladadas en aviones italianos y alemanes, hubiera debido terminar hacia octubre de 1936. Quizá un poco más tarde. En Londres, por si las moscas, ya se preparaba el reconocimiento de los derechos de beligerancia de los sublevados tan pronto como tomaran Madrid.
   La capital no cayó. Con dos meses de retraso frente a las decisiones de Hitler y de Mussolini, Stalin puso en marcha el poderoso rodillo soviético. Temporalmente al menos, salvó a la República. Los republicanos no ignoraron lo que ello significaba y redoblaron su aproximación a las democracias. Vano intento. Fue entonces cuando la contienda se convirtió en, ya sí, una auténtica guerra civil. En las cunetas quedaron millares y millares de víctimas, asesinadas en caliente por los defensores de valores conexos con "una concepción de España católica y libre de los ataques de la revolución comunista" (según uno de los autores del reciente Diccionario Biográfico Español).
   ¿Y la revolución? No hubiera habido la menor posibilidad de que se produjera antes del golpe. La desataron el semifracaso de este y el colapso de los mecanismos coercitivos gubernamentales. Para muchos observadores extranjeros sus víctimas demostraron, sin embargo, la aparente exactitud de las profecías previas.
   La responsabilidad por la guerra recae sobre quienes desencadenaron la sublevación. Claro que, probablemente, hubieran deseado que sus víctimas se hubieran dejado matar sin resistencia. Donde no la encontraron, mataron sin pensárselo dos veces. Todo para salvar a España.

   (Agradezco a Julia Balmes Alonso-Villaverde y a sus hijas, Pilar y Julia, así como a mi colega de Facultad, la profesora Rosa Faes, sus informaciones y las fotos para este artículo). Ángel Viñas, catedrático de la Universidad Complutense de Madrid, prepara una edición ampliada de La conspiración del general Franco.