Héctor Abad Faciolince
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sábado, 12 de febrero de 2011
PRENSA CULTURAL. "Por qué escribo" (2). Respuesta de Héctor Abad Faciolince
domingo, 30 de enero de 2011
PRENSA CULTURAL. "Babelia". "Literatura, compromiso y moral", por Héctor Abad Faciolince
Héctor Abad Faciolince
Literatura, compromiso y moral
HÉCTOR ABAD FACIOLINCE 22/01/2011
Las historias de las vidas de los santos eran literatura comprometida, y más aún, moralista, es decir, con una moral prescriptiva. La receta era simple: presentar vidas ejemplares que pudieran servir como receta vital. Si quieres ser un buen católico, sinónimo de buena persona, debes vivir según el ejemplo de los santos varones. Esta literatura típicamente medieval (que hoy se deja leer con el mismo placer extrañado que nos producen los bestiarios) tuvo un fugaz renacimiento en el siglo XIX. Preocupados por el auge de la novela realista, donde ya no se presentaban figuras nobles sino que incluso los protagonistas podían ser hombres disolutos y mujeres extraviadas, algunos propagandistas piadosos se dedicaron a reeditar historias hagiográficas.
Estos relatos amenos debían servir de antídoto a las perniciosas novelas modernas. Contra la funesta novelería, las vidas de los santos servían para afirmar "la autoridad paterna, la fe conyugal, la santidad de la ley, la inviolabilidad de la propiedad, la virtud, la piedad...". Y para enseñanza y escarmiento de las frívolas lectoras de novelas se proponía el ejemplo de las santas mujeres: Santa Genoveva, Santa Inés, Santa Clotilde... Hay que decir, sin embargo, que este remake del siglo XIX no tuvo mucho éxito y la novela burguesa, con personajes de todas las calañas, en la que abundan libertinos y prostitutas, se impuso como una representación más amena y fidedigna del mundo.
Luego vino el siglo XX y otras religiones tuvieron su momento de dominio: nazismo, comunismo, fascismo. Tan autoritarios como los prelados de la Iglesia católica, sus jerarcas quisieron imponer la forma en que debían escribirse las historias. También ellos, a su manera, preferían personajes ejemplares. Quemaron libros de autores decadentes, prohibieron las novelas de judíos, declararon indeseables a los escritores que escribían tramas con inclinaciones pequeño-burguesas, enviaron al Gulag a poetas y dramaturgos que no siguieran ciertas normas. Un nuevo tipo de literatura confesional, fiel a otra iglesia y con otros santos, trató de imponerse en las formas del arte: había que presentar con buenos ojos el ascenso del proletariado, las luchas de liberación de los pueblos, o bien proteger las sanas costumbres, o ensalzar a los pueblos superiores y a las razas puras. De esta receta no quedó nada bueno. La propaganda aria, comunista, falangista o indigenista es indigesta. La buena literatura siguió su camino, sin santos y sin héroes de una sola pieza; regresamos a los héroes ambiguos y complejos como Lázaro, don Quijote, Jacques, Cándido, Lucien de Rubempré, Julian Sorel... Úrsula Iguarán es real y terrena como Sancho; la Maga y Emma Sunz son de carne y hueso, como Fortunata y Jacinta.
¿Quiere decir esto que ya no hay Novelas ejemplares, y que ya ninguna historia ni ningún escritor debe proponer un "modelo moral" como se hacía en las vidas de los santos? No es así. Por mucho que la novela no tome partido, los dilemas morales son parte esencial del quehacer literario. Los lectores reconocen al benévolo y al malévolo sin que el autor deba decir que X es bueno e Y es malo. Dijo Borges: "Vedar la ética es arbitrariamente empobrecer la literatura. La puritánica doctrina del arte por el arte nos privaría..." y sigue una lista de casi todos los escritores del mundo.
Sucede que lo que un buen escritor describe en tintas claras u oscuras no es lo que le dicta previamente una iglesia, una secta o un partido. Todos los grandes escritores antiguos, modernos y contemporáneos tienen un hondo sentido ético. Si Marías escribe sobre la traición o Vargas Llosa sobre los horrores imperiales o Cercas sobre la ambigüedad de los malvados es porque en todos hay una pasión moral y una sed de justicia. Sin el repudio implícito a la violencia contra las mujeres es imposible incluso de leer a un escritor como Stieg Larsson.
Héctor Abad Faciolince (Medellín, 1958) publicó el año pasado el libro de relatos Traiciones de la memoria (Alfaguara).
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viernes, 15 de octubre de 2010
PRENSA CULTURAL. Sobre MARIO VARGAS LLOSA, PREMIO NOBEL DE LITERATURA 2010. "Fuego intelectual", por Héctor Abad Faciolince
Mario Vargas Llosa
En "El País":Fuego intelectual
HÉCTOR ABAD FACIOLINCE 08/10/2010
Mario Vargas Llosa, aunque ya no sea, como hasta hace muy poco, un trotador empedernido, es un setentón juvenil, de mente y de cuerpo. Si un signo claro de la vejez son la rigidez y el estancamiento de las ideas, Vargas Llosa no ha envejecido. Si el signo más claro de la frescura del pensamiento es, por el contrario, la curiosidad y la capacidad de poner en duda las propias creencias, con una mente abierta, entonces Vargas Llosa es un señor de 74 años que más parece un joven de 37.
No es un traidor a la causa, como lo ha visto la extrema izquierda, sino un hombre fiel -por encima de todo- a unas cuantas convicciones: la de la libertad del individuo, la del rechazo a la coerción por parte del Estado, la del rechazo feroz a las dictaduras, sean de izquierda o de derecha. Políticamente nunca estuvo con Cortázar, para quien no eran lo mismo los crímenes de la izquierda que los de la derecha, ni con Borges, quien estuvo dispuesto a recibir honores de Pinochet. Su maestro en asuntos políticos ha sido más bien Karl Popper, con su defensa de la sociedad abierta, y en general los pensadores liberales anglosajones.
El "primer amor" literario del reciente Nobel de Literatura fue teatral y casi prematuro, pues escribió y llevó a las tablas una obra dramática cuando tenía apenas 16 años. No podemos saber, sin embargo, cómo serán sus últimos amores. Si nos atenemos a lo ambicioso de la próxima novela, El sueño del celta, sabemos que seguirá buscando lo imposible, lo que ningún escritor ha conseguido nunca, pero aquello que él y unos pocos más han estado a punto de lograr varias veces: la novela total. De lo que sí podemos estar absolutamente seguros es de que seguirá escribiendo siempre, o al menos hasta el día en que su inteligencia conserve la agudeza, la creatividad y la curiosidad que lo han caracterizado durante más de medio siglo.
Con una laboriosidad asombrosa y con una independencia ética que jamás ha sucumbido a los chantajes morales ni a las acusaciones infames de sus innumerables contradictores, Vargas Llosa es, para todos aquellos que hemos apostado la vida a la pasión por las letras, un ejemplo permanente de actividad y un desafío constante contra la pereza o el conformismo mental, tanto en el campo literario como en el político.
En los últimos meses, he leído (o releído) buena parte de sus libros y al final de esta extraordinaria experiencia no dudo en calificar su obra, por rimbombante que suene el adjetivo, como monumental. Sus dimensiones, para empezar, son casi balzacianas, con unos 50 volúmenes a su haber. Pero la cantidad es lo de menos, pues más vasta es la obra de Corín Tellado. Lo asombroso consiste en que casi todos sus libros son técnicamente impecables y su obra abarca muchos registros, desde el humor y la levedad hasta la más densa complejidad histórica o psicológica. Además, su prosa ensayística es clara y rigurosa; podemos estar o no de acuerdo con él, pero sus argumentos son nítidos, directos, nunca tramposos, pues no recurren jamás a la mentira o a la deshonestidad intelectual.
En una vida de gran simetría, Vargas Llosa empezó publicando, antes de cumplir siquiera los 30 años, novelas ya maduras, y sigue publicando ahora, después de los setenta, novelas que poseen un ímpetu y una gracia juveniles. Las de la madurez precoz son La ciudad y los perros (1963), La casa verde (1965) y Los cachorros (1967). La más importante de la madurez rejuvenecida es su muy entretenida Travesuras de la niña mala (2006) que recupera el refrescante humor de Pantaleón y las visitadoras (1973). Y entre estos dos extremos de su obra, está lo más asombroso de su actividad novelística y ensayística.
Por un lado, tres novelas totales, tres universos ficticios perfectamente construidos: Conversación en La Catedral (1969), La guerra del fin del mundo (1981) y La Fiesta del Chivo (2000). Estas tres novelas, al mismo tiempo íntimas, históricas y políticas son, cada una a su manera, tres de las más grandes novelas de nuestra lengua de todos los tiempos.
Al mismo tiempo que escribía estas tres novelas extraordinarias, con intervalos de muy pocos años, Vargas Llosa fue publicando excelentes monografías sobre otros escritores. La primera es un extenso estudio sobre García Márquez y su obra, que tuvo origen en su tesis doctoral en la Universidad de Londres. Historia de un deicidio, publicada en 1971 (y nunca más reeditada hasta fecha muy reciente, en sus 'Obras Completas', a causa de su triste trifulca con el escritor colombiano).
Todavía hoy este largo ensayo sigue siendo una de las mejores introducciones al autor de Cien años de soledad, y una muestra indudable de inmensa generosidad por parte de un colega casi coetáneo, al principio de su carrera, con lo celosos y egoístas que suelen ser los escritores. Vinieron después libros sobre Flaubert y Madame Bovary, sobre Sartre y Camus, sobre Arguedas, sobre la novela moderna (La verdad de las mentiras), sobre Los miserables de Víctor Hugo, hasta el muy reciente estudio de la obra de Juan Carlos Onetti (El viaje a la ficción, 2008).
El fuego de la obra de Vargas Llosa y su personalidad arrasadora tienen que ver con varios factores. Ante todo una fe inquebrantable en la literatura, la cual le ha permitido una fidelidad a su oficio que muy pocos poseen con tanta fuerza y constancia. A esto se une la confianza, también ciega, en que esta actividad de la fantasía humana, la literatura, es útil e importante para el mundo. Y, por último, la seguridad sin fisuras que tiene de pensarse a sí mismo como un gran escritor. Alguien dijo que para ser genio hay que creérselo (y Vargas Llosa se lo cree, como muchos otros), pero además, y sobre todo, hay que acertar (y Vargas Llosa acierta al tener esta idea de sí mismo).
sábado, 27 de marzo de 2010
PRENSA CULTURAL. "Babelia". 27 marzo 2010
En Babelia, suplemento cultural de "El País":
1. Ficción de la realidad. Entrevista. El colombiano Héctor Abad Faciolince confirma en un libro la paternidad de cinco poemas de Borges. Y desde la literatura planta cara a la impunidad del asesinato de su padre que ese día llevaba en el bolsillo uno de esos poemas.
2. CRÍTICA DE LIBROS: El argumento de la obra. Correspondencia (1951-1989), de Jaime Gil de Biedma (por Rosa Mora). Poesía y prosa, de Jaime Gil de Biedma (por Ángel Rupérez). Cuerpos divinos, de Guillermo Cabrera Infante (por José Andrés Rojo). Bilbao-New York-Bilbao, de Kirmen Uribe (por Ana Rodríguez Fischer). Ana Karenina, de Lev Tolstói (por José María Guelbenzu).
3. "La historia de la literatura española se ha parcelado demasiado". Entrevista a José-Carlos Mainer. Una de las obras filológicas fundamentales de España en tres décadas ha sido dirigida por este profesor, escritor y crítico. Historia de la Literatura Española. Modernidad y nacionalismo 1900-1939 es el volumen que abre el proyecto. Por Carles Geli. En La tarea crítica, Luis García Montero escribe sobre el filólogo.
sábado, 29 de agosto de 2009
PRENSA. LECTURA.

En la Revista de verano de "El País", un relato de Héctor Abad Faciolince: UNA PRIMERA EDICIÓN:
Siempre quise volver a tener la primera edición de Poeta en Nueva York. Por superstición, por fetichismo, por nostalgia. Explico la superstición: creo que se leen mejor las primeras ediciones que las sucesivas. Explico el fetichismo: una vez que estuve enamorado regalé, en un acto de locura inexplicable, una primera edición de Poeta en Nueva York. Explico la nostalgia: amo las ediciones de Séneca, esa gran editorial que fundara Bergamín en su exilio mexicano.
Tengo, con tres amigos, una librería de viejo en Medellín. Se llama Palinuro y es un cuchitril que está en el centro. Los socios somos el cómico Valencia, que hace reír una piedra, el bohemio Obregón, un clon de Valle Inclán que bebe de noche y duerme de día, alias El Maraquero, que es el administrador, un calvo redimido del alcohol por los libros, pero tan miope que no ve nada a un metro de distancia, y yo, que escribo cuentos sin parar, para mantener a mis hijos.
Como el Maraquero es miope, en Palinuro se viven robando libros. La mayoría de los robos no tienen importancia. Borrachitos o drogadictos entran en la librería, se meten cualquier cosa en el bolsillo y pasan a venderla a otra librería que está cerca. En general estos robos se compensan solos. Los ladrones le roban también al colega y lo que por agua se va, por agua viene, porque casi siempre regresan a vendernos, a precio de huevo, lo que le roban a nuestro vecino. Justicia poética.
Pues bien, hace poco más de un año, estuve a punto de comprar otra vez la primera edición de Poeta en Nueva York, hermosa, intacta, con el prólogo de Bergamín, los dibujos de Federico. Estaba entre los libros de la biblioteca de un muchacho que había muerto de sida y cuyos familiares no querían tocar ni sus libros por miedo al contagio. Cuando compramos esta biblioteca los socios nos juntamos para ponerles precio a los libros más raros y, aunque yo hubiera querido valorar Poeta en Nueva York en pocos dólares, el bohemio Obregón consideró que esa edición costaba por lo menos cinco mil. Hasta ahí llegaron mis ímpetus de comprador, y el gran ejemplar, perfecto, fue a dar a la vitrina de curiosos de Palinuro, no sin que antes la perfecta caligrafía del bohemio Obregón pusiera con lápiz, en la última hoja, esta inscripción: "Primera edición. Rara. US $ 6000". ¿Por qué seis mil? Le preguntamos. Por si piden rebaja, contestó.
El Maraquero es miope. Dos meses después, se habían robado el libro. Los socios hicimos una reunión de emergencia. Visitamos al vecino. No estaba allí. Hicimos una inspección a los demás anticuarios de la ciudad. En vano. Preguntamos entre los más reputados ladrones de libros de Medellín. Nada.
Cada año, por el aniversario de Palinuro, yo hago un almuerzo para los socios de la librería, sus hijos y esposas o concubinas. Es un almuerzo de esos largos en los que la comida se sirve a la hora de la cena, y la única vez al año en el que el Maraquero se permite tomar un par de vinos tintos. La fiesta se acaba cuando el bohemio Obregón se duerme en el sofá, con un cigarrillo prendido en la boca, lo cual suele ocurrir hacia las cuatro de la madrugada. Esta vez, por desgracia, la reunión se acabó hacia las nueve de la noche, y fue disuelta antes de que pudiéramos servir siquiera la comida.
Ocurrió que a eso de las seis y media de la tarde el cómico Valencia se acercó al sitio donde yo guardo mis tesoros bibliográficos. Una primera edición de Machado, firmada. Sus Obras Completas (editadas también por Séneca). Varias primeras de Borges y de León de Greiff. El cómico Valencia volvió de su pesquisa con un libro en la mano: la primera de Poeta en Nueva York, 1940. Se la entregó en silencio al bohemio Obregón. Obregón la abrió por la última página. Se la pasó al Maraquero. El Maraquero acercó sus ojos de miope a cinco centímetros de la página y dijo lo que estaba escrito a lápiz, con la letra de Obregón: "Primera edición. Rara. US $ 6000".
Se hizo un silencio largo. Nadie me pasó el libro a mí, pero todos me miraban. Miraban al ladrón. Yo no sabía qué pensar ni qué decir. "Estás pálido", dijo una esposa. "Estás rojo", dijo una hija. "Estoy sudando", pensé yo. No podía explicarlo. Yo no había cogido el libro, lo juro. Yo no lo había traído a mi casa. O yo no recordaba, por lo menos, haber robado el libro. Sentía culpa, y no sabía de qué. Pero ahí estaba, a la vista de todos, el cuerpo del delito. Y todos sabían también de mi superstición por ese libro; de mi fetiche; de mi nostalgia.
Me senté en un taburete. El bohemio Obregón fue el primero en hablar. "Esto es intolerable", dijo. "Yo no me lo robé", dije. "¿Y entonces por qué está aquí?", preguntó el Maraquero. "No sé", dije. El cómico Valencia también terció: "Si tanto lo querías, te lo hubiéramos regalado". Todos los invitados callaban y miraban. "El libro debe volver a la librería", dije.
La reunión se puso incómoda. La alegría de siempre se convirtió en cuchicheos inaudibles. Los invitados se fueron yendo antes de que sirviéramos la comida. Antes de las nueve yo estaba solo en la sala de la casa, con el libro en la mano, atónito. Nunca supe qué pasó. Alguien tenía que haberlo puesto allí. No sé si ustedes me crean que yo no lo robé. Ahora el libro está en la Librería Palinuro de Medellín, Carrera Córdoba, esquina con Perú, por si lo quieren comprar. Primera edición, intonsa. Seis mil dólares. Si piden rebaja, lo dejamos en cinco mil.
Tengo, con tres amigos, una librería de viejo en Medellín. Se llama Palinuro y es un cuchitril que está en el centro. Los socios somos el cómico Valencia, que hace reír una piedra, el bohemio Obregón, un clon de Valle Inclán que bebe de noche y duerme de día, alias El Maraquero, que es el administrador, un calvo redimido del alcohol por los libros, pero tan miope que no ve nada a un metro de distancia, y yo, que escribo cuentos sin parar, para mantener a mis hijos.
Como el Maraquero es miope, en Palinuro se viven robando libros. La mayoría de los robos no tienen importancia. Borrachitos o drogadictos entran en la librería, se meten cualquier cosa en el bolsillo y pasan a venderla a otra librería que está cerca. En general estos robos se compensan solos. Los ladrones le roban también al colega y lo que por agua se va, por agua viene, porque casi siempre regresan a vendernos, a precio de huevo, lo que le roban a nuestro vecino. Justicia poética.
Pues bien, hace poco más de un año, estuve a punto de comprar otra vez la primera edición de Poeta en Nueva York, hermosa, intacta, con el prólogo de Bergamín, los dibujos de Federico. Estaba entre los libros de la biblioteca de un muchacho que había muerto de sida y cuyos familiares no querían tocar ni sus libros por miedo al contagio. Cuando compramos esta biblioteca los socios nos juntamos para ponerles precio a los libros más raros y, aunque yo hubiera querido valorar Poeta en Nueva York en pocos dólares, el bohemio Obregón consideró que esa edición costaba por lo menos cinco mil. Hasta ahí llegaron mis ímpetus de comprador, y el gran ejemplar, perfecto, fue a dar a la vitrina de curiosos de Palinuro, no sin que antes la perfecta caligrafía del bohemio Obregón pusiera con lápiz, en la última hoja, esta inscripción: "Primera edición. Rara. US $ 6000". ¿Por qué seis mil? Le preguntamos. Por si piden rebaja, contestó.
El Maraquero es miope. Dos meses después, se habían robado el libro. Los socios hicimos una reunión de emergencia. Visitamos al vecino. No estaba allí. Hicimos una inspección a los demás anticuarios de la ciudad. En vano. Preguntamos entre los más reputados ladrones de libros de Medellín. Nada.
Cada año, por el aniversario de Palinuro, yo hago un almuerzo para los socios de la librería, sus hijos y esposas o concubinas. Es un almuerzo de esos largos en los que la comida se sirve a la hora de la cena, y la única vez al año en el que el Maraquero se permite tomar un par de vinos tintos. La fiesta se acaba cuando el bohemio Obregón se duerme en el sofá, con un cigarrillo prendido en la boca, lo cual suele ocurrir hacia las cuatro de la madrugada. Esta vez, por desgracia, la reunión se acabó hacia las nueve de la noche, y fue disuelta antes de que pudiéramos servir siquiera la comida.
Ocurrió que a eso de las seis y media de la tarde el cómico Valencia se acercó al sitio donde yo guardo mis tesoros bibliográficos. Una primera edición de Machado, firmada. Sus Obras Completas (editadas también por Séneca). Varias primeras de Borges y de León de Greiff. El cómico Valencia volvió de su pesquisa con un libro en la mano: la primera de Poeta en Nueva York, 1940. Se la entregó en silencio al bohemio Obregón. Obregón la abrió por la última página. Se la pasó al Maraquero. El Maraquero acercó sus ojos de miope a cinco centímetros de la página y dijo lo que estaba escrito a lápiz, con la letra de Obregón: "Primera edición. Rara. US $ 6000".
Se hizo un silencio largo. Nadie me pasó el libro a mí, pero todos me miraban. Miraban al ladrón. Yo no sabía qué pensar ni qué decir. "Estás pálido", dijo una esposa. "Estás rojo", dijo una hija. "Estoy sudando", pensé yo. No podía explicarlo. Yo no había cogido el libro, lo juro. Yo no lo había traído a mi casa. O yo no recordaba, por lo menos, haber robado el libro. Sentía culpa, y no sabía de qué. Pero ahí estaba, a la vista de todos, el cuerpo del delito. Y todos sabían también de mi superstición por ese libro; de mi fetiche; de mi nostalgia.
Me senté en un taburete. El bohemio Obregón fue el primero en hablar. "Esto es intolerable", dijo. "Yo no me lo robé", dije. "¿Y entonces por qué está aquí?", preguntó el Maraquero. "No sé", dije. El cómico Valencia también terció: "Si tanto lo querías, te lo hubiéramos regalado". Todos los invitados callaban y miraban. "El libro debe volver a la librería", dije.
La reunión se puso incómoda. La alegría de siempre se convirtió en cuchicheos inaudibles. Los invitados se fueron yendo antes de que sirviéramos la comida. Antes de las nueve yo estaba solo en la sala de la casa, con el libro en la mano, atónito. Nunca supe qué pasó. Alguien tenía que haberlo puesto allí. No sé si ustedes me crean que yo no lo robé. Ahora el libro está en la Librería Palinuro de Medellín, Carrera Córdoba, esquina con Perú, por si lo quieren comprar. Primera edición, intonsa. Seis mil dólares. Si piden rebaja, lo dejamos en cinco mil.
Héctor Abad es autor de El olvido que seremos (Seix Barral).
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