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martes, 19 de mayo de 2015

PRENSA CULTURAL. Discurso de Fermín Herrero, Premio Castilla y León de las Letras, 2014

Fermín Herrero

   En "elnortedecastilla.es":

Discurso íntegro de Fermín Herrero, Premio de las Letras

Excelentísimo Señor Presidente de la Junta de Castilla y León, Excelentísima Señora Consejera de Turismo y Cultura, Autoridades, Premiados, Amigos
Siento tener que hacerlo en estas circunstancias tan gozosas, pero debo darles una pésima noticia: el mundo no tiene solución o es muy improbable, a mi juicio, que la alcance. No acudiré a predicciones milenaristas, ni a pavorosas proyecciones demográficas, impactos de cuerpos celestes con explosiones nucleares, apocalipsis terroristas o distopías a partir de seguros desastres ecológicos o del colapso del planeta debido a la sobreexplotación. No, sencillamente lo sé de mala tinta porque me voy conociendo bastante bien a mí mismo y, sin embargo, he resultado elegido para endilgarles este discurso.
A este respecto debe evitarse, para empezar, caer en la tentación, en el fraude de la demagogia fácil. No hay alternativa preferible conocida al Estado de Derecho que nos hemos dado -no quiero ni recordar las aberraciones totalitarias del siglo anterior- y en el que, por tanto, junto a la división de poderes, no cabe sino profundizar. Ahora bien, este sistema de convivencia, el mejor dentro de lo malo, lleva en sí la devaluación, si no la aniquilación, del espíritu; un sacrificio de lo estético, de lo sublime, para regodearse sólo en lo material. Podrá gozar –y qué duda cabe, es algo deseable y difícil de conseguir- una sociedad de un amplio bienestar y progreso, mientras dependa del espectáculo y de los índices de audiencia, entregados, por no necesitar ningún esfuerzo intelectivo, a lo frívolo, a la ordinariez, la zafiedad y la alienación, a la larga, está perdida.
Es imprescindible, en consecuencia, que no dejemos que la muerte, aunque seamos sus rehenes, reine sobre nosotros, que el nihilismo gobierne nuestros actos. No hay que cederle ni un palmo de terreno, que es suyo, pero que interinamente nos ha sido concedido, por una especie de enigmático milagro. Ahora bien, esta gracia regalada, este don sagrado lleva impreso un imperativo moral a favor de sostener el aliento para las generaciones venideras y un deber íntimo: religarse continuamente a lo numinoso, celebrarlo, nombrarlo. Porque además, y acudo en mi defensa a un axioma de François Cheng: “La verdad es que cuando se desvanece toda noción de lo sagrado es imposible para el hombre establecer una verdadera jerarquía de valores”. Lo mismo sucede con la humildad: es un aprendizaje, como todos, por otra parte, que nunca acaba, que se pierde en cada acto, en cada salida a campo abierto, por lo que hay que procurar volver de inmediato, con esperanza, con convencimiento, a su expuesto e intrincado camino.
Lo sagrado, que fija lo espiritual, pervive en la armonía, en la belleza, y que ésta se dé, sin más, “la rosa sin porqué” de Angelus Silesius, sobrecoge. Y a ella nos debemos. En la creación, que ha sobrevivido al mundo, la presencia de la belleza primordial es indudable, pide la palabra poética capaz de traspasar el tiempo, persigue una duración que prolongue el instante hacia la trascendencia o, en su defecto, el espejismo de una percepción durativa que nos sirva en el vivir. Por eso, como necesidad acuciante, como mester de realización y de superación, me di hace años a la poesía. Otros, los aquí premiados, optaron por la ejemplaridad en otras profesiones. En este sentido, cualquier actividad que no sea onerosa para el vecino ni, naturalmente, para el bien público, me parece válida. La poesía, en este orden de cosas tiene una ventaja grande de partida: es una entrega en vez de un oficio y, por añadidura, inútil, en cuanto evita de entrada cualquier trato con el pragmatismo. En esto, como en tantas cosas, por ejemplo a la hora de escoger como amigos a los buenos, tuve suerte, no me equivoqué, puesto que elegí lo más sencillo para escapar como decía Petronio “al viento, las asechanzas y la pálida imagen de la muerte”.
Así que, aunque el mundo me resulte ininteligible y piense, en consecuencia, que no tiene solución, es indudablemente hermoso, es más, hasta es posible que la belleza y la verdad que arrastra, tal y como presagiara Dovstoievski, atañan a su salvación, siquiera sea porque le proporcionan protección y cuidado. No obstante, y eso es lo que quería decir al principio, para intentar arreglarlo, de tener arreglo, por lo pronto para no estropearlo más, hay que empezar en carne propia, sin arrogarse superioridad moral alguna, para después, a ser posible, salirse, mediante la bondad, de uno mismo y darse a los demás. Por ahí podría empezarse en la búsqueda del sentido salvífico: por la defensa de lo menudo, de lo efímero, de lo frágil. Luchar también contra la pérdida de la memoria, que sostiene el hilo que nunca debe romperse, el de la tradición, para vislumbrar, siquiera sea de paso, el punto medio de la sabiduría. Hasta llegar al misterio más grande que engendra nuestra conciencia, el amor, en el que no entraré por entender que, aun siendo sin ningún género de dudas el fundamental, se sitúa fuera de la naturaleza de este acto. No profundizaré, en consecuencia, en este ni en otros asuntos porque no me parece sitio, ni ocasión, y porque, por otro lado, de lo único que puedo alardear es de mi ignorancia y, a veces, del estupor subsiguiente.
También, eso sí, de mis lecturas, que cada quince días comparto desde hace un tiempo dentro del impagable suplemento de culturas de El Norte de Castilla “La sombra del ciprés”, en el que me invitó a participar desde el principio su director. Y, entre ellas, por supuesto, las de quienes me han precedido en este trance. ¿Qué región podría presumir de tener, ya que estamos en esta ceremonia, entre los cinco primeros laureados a tres premios Cervantes y a un poeta crucial, decisivo para la lírica española contemporánea (“Siempre la claridad viene del cielo,/ es un don: no se halla entre las cosas/sino muy por encima…”). Y, posteriormente, algún otro que espero pronto sea distinguido con el máximo galardón de nuestras letras. Pues bien, si otras regiones, no digamos las que se autodenominan de manera agresiva nacionalidades, tuvieran este tesoro nos zumbarían los oídos hasta en la Meseta. Y nunca está de más nuestra proverbial mesura, pero como castellanoleoneses deberíamos enorgullecernos, mimar, escuchar a los que guardan la llama de lo sagrado, potenciar a estos creadores impares para intentar silenciar el ruido procedente de los aparatos y el poder letal de las nuevas tecnologías.
El malentendido que me ha aupado hasta esta tribuna que no merezco y donde me siento un tanto incómodo procede de mi docenilla larga de libros de poesía. Me veo en la obligación, pues, de referirme en concreto, brevemente, a ellos, así que, para terminar, les echaré un poema de ‘El tiempo de los usureros’, que vio la luz hace ya, madre mía, otra docena de años. Se sostiene en su semántica con palabras viejas de Castilla, que tanto amo, decantadas durante siglos, con el sabor, para mí, de lo auténtico, de lo verdadero, e intenta arrimarse a la articulación del pensamiento, entrecortada, elíptica y con sobrentendidos, a esa sintaxis implícita, seca, que caracteriza y delata a las gentes de esta tierra, a muchos de nosotros. Ambos aspectos proceden de una civilización campesina a punto de finiquitarse, la que conservaba un castellano natural propio, por caso, de la hermosura de la prosa de Santa Teresa de Jesús.
Son versos que hablan en su nombre y en el de la generación de mis padres, que apenas pudieron ir a la escuela porque los pilló la guerra y, luego, sufrieron los años de la cáscara amarga. Son palabras que vienen de un lugar olvidado, sumido en la condena del abandono; desde el alto llano numantino y machadiano, desde una comarca con menos densidad de población que el desierto del Sahara. Más allá del poema, son también una llamada de socorro. De no mediar un solidario y sostenido apoyo institucional, más temprano que tarde, la provincia de Soria desaparecerá como tal. Lo digo tirando piedras a mi propio tejado, porque allí, con la naturaleza apenas mancillada por el hombre, sin mundo, la poesía está, anda suelta.
Ahí va, pues, para concluir, el poemilla, titulado, por razones obvias, ‘Catastro’. Está en segunda persona porque me lo dirigí a mí mismo y suelo leerlo en público de cuando en cuando para recordarme quién aspiro a ser y de dónde vengo. Tal vez, si no de consuelo ni de compañía, por lo menos a alguno de ustedes les pueda servir de cierto provecho.
CATASTRO
Donde amapola, di ababol, y, si se puede, cardo. Y al vino,
vino. Donde collado, altozano o alcor, otero,
escribe llanamente cerro, alto o cuesta, loma. No digas
lo que nunca se dijo, lo que no se dice
en tu pueblo. Más vale mayo frío, la paja
poca y el trigo mucho. No impongas a la tarde
la añoranza si es falsa o aprendida, anota
simplemente el silbido del viento
en los linares. No recuerdes la muerte aunque
te tenga, piensa que de tanta mies se emboza
el peine cada día, que eres este momento. Y al vino,
vino, sólo la miga, el tuétano. Tampoco
hables más de la infancia para embaucar al olvido, precisa
simplemente la orfandad del muérdago
en el hayedo. Más vale mayo frío. Si tempero,
arraigas; si membrillo, aromas; si cierzo, tiritas. Di
berro, ortiga, di bálago, acebal. No niegues la palabra
amor, tampoco entrega, ni prodigio, ni tú. Ahora
bien, antes de escribirlas, hazlas.
Muchas gracias.

miércoles, 13 de mayo de 2015

PRENSA CULTURAL. Discurso de John Irving en el homenaje a Günter Grass

   En "El País":

El rey de los comerciantes de juguetes

El escritor John Irving leyó este discurso en el homenaje que se celebró a Günter Grass


El escritor John Irving leyendo en el teatro de Lübeck el discurso de homenaje a Günter Grass, fallecido el pasado 13 de abril. / EFE



Alrededor de 900 personas han participado en el homenaje a Günter Grass en Lübeck (Alemania). El novelista estadounidense John Irving leyó un discurso teñido de referencias al Nobel y a su literatura. El acto en el teatro de la ciudad se abrió con el grupo de música medieval Capella de la Torre, elegido por Ute, la viuda de Grass, atendiendo al gusto del escritor fallecido el pasado 13 de abril. Emotiva fue la lectura de un poema por la hija de Grass, Helene.

Ich spreche zu Ihnen als Günters Freund und als Schriftsteller.
Leider, ich müss auf Englisch sprechen. Ich kann nicht gut Deutsch sprechen—nicht gut genug, um zu sagen was ich möchte sagen.
Es tut mir Leid.

Günter Grass escribió El tambor de hojalata cuando solo tenía treinta años, un logro muy notable, que no se repetirá pronto (y tal vez nunca). Ya no quedan escritores así, es decir, nadie podría escribir discursos electorales para Willy Brandt y también una novela situada en 1647 al final de la guerra de los Treinta Años, además de una novela que incluye llevar a juicio a un pez acusado de machismojunto con la historia de los orígenes prusos de la patata. Y no olvidemos que, en Anestesia local, Günter también imaginó a un estudiante que intentó tocar la conciencia de los berlineses prendiendo fuego a su querido perro.
No muy distinto de este estudiante quemaperros, hubo un radical de carne y hueso llamado Rudi Dutschke. En Headbirths, Günter lo definió como “un revolucionario sacado de un libro alemán de ilustraciones”. Günter también dijo esto acerca de Rudi Dutschke: “Se dejaba llevar por sus deseos… Sus ideales se le escapaban al galope… Al degenerar, sus visiones se convertían en libros de bolsillo”. Esto entristecía a Günter.
Sí, Günter era algo crítico con mi generación. Escribió: “Pocas veces se ha agotado tan deprisa una generación. O entran en crisis o dejan de correr riesgos”. Bueno, de acuerdo: ciertamente somos una generación a la que le falta capacidad de aguante.
Por favor discúlpenme por recordarles que Günter también podía ser algo crítico con ustedes: “En nuestro país todo está enfocado hacia el crecimiento”, escribió. “Nunca estamos satisfechos. Para nosotros, lo suficiente nunca es suficiente. Siempre queremos más… Somos productivos hasta en sueños”.
Yo no escapé de sus críticas. Sí, Günter podía ser crítico conmigo. Una noche en Nueva York (fue después de cenar, cuando nos estábamos dando las buenas noches) me pareció que estaba un poco preocupado. No era una expresión que me resultase poco familiar, pero me sorprendió; me dijo que estaba preocupado por mí. Me dijo: “No me da la sensación de que estés ya tan enfadado como solías estar”.
Esto fue en los ochenta. Naturalmente, desde ese momento he procurado estar enfadado. Ich versuche!
Ya no quedan escritores; ninguno como él.
En 1920, Joseph Conrad escribió una nueva introducción para El agente secreto. Conrad escribió: “Siempre he tenido tendencia a justificar mi acción. No a defenderla. A justificarla. No a insistir en que tenía razón, sino simplemente a explicar que no había intención perversa, ni desprecio secreto por las sensibilidades naturales de la humanidad que yacían en el fondo de mis impulsos”. Puedo imaginar a Günter diciendo esto.
Cuando escribió Pelando la cebolla no estaba insistiendo en que tenía razón; se estaba explicando. Y esta no era solo su historia: ¡él era escritor! ¿De verdad esperaban los periodistas que Günter les contara a ellos su historia, años atrás, para que ellos la pudieran escribir? Para cualquiera que haya leído a Günter Grass, siempre estuvo escribiendo Pelando la cebolla. Como él mismo escribió: “ Lo que había aceptado con el estúpido orgullo de la juventud quise ocultarlo después de la guerra por una recurrente sensación de vergüenza”. Para sus lectores esa “recurrente sensación de vergüenza” está ahí desde el principio. Está en El tambor de hojalata, está en El gato y el ratón; la vergüenza precede en muchos años a Pelando la cebolla.
Por supuesto que se granjeó enemigos. “Todos tenemos heridas”, escribió Thomas Mann. “Los elogios son un bálsamo que alivia, si bien no necesariamente las cura. Sin embargo… nuestra receptividad al elogio no guarda relación con nuestra vulnerabilidad al desdén mezquino o al abuso malicioso. Por estúpido que sea este abuso, por mucho que nazcan claramente de rencores privados, como expresión de hostilidad nos ocupan mucho más profunda y duraderamente que su contrario. Lo que es muy tonto, puesto que los enemigos son… el concomitante necesario de cualquier vida robusta, la prueba misma de su fortaleza”.
En Pelando la cebolla, Günter se definió a sí mismo como “el niño de la guerra con muchas quemaduras, que por lo tanto sintoniza inexorablemente con las contradicciones”.
En la última carta que me escribió, que yo no tuve la suficiente rapidez para responder, Günter se hacía eco de su autobiografía en el último párrafo: “El mundo está fuera de quicio otra vez, lo que a mí, el niño quemado por la guerra, me trae recuerdos oscuros”.
Le di a uno de mis personajes principales, Owen Meany, las iniciales de Oskar Matzerath. Y más de veinte años antes, cuando era estudiante en Viena (esto fue en 1962 y 63) ya había leído en inglés El tambor de hojalata, pero llevaba conmigo una edición de bolsillo en alemán. Tener un ejemplar de Die Blechtrommel era una forma de conocer chicas. Desafortunadamente, mi casera me vio llevando el libro por ahí; yo no estaba intentando conocer a mi casera, y me lanzó una mirada crítica. “¿Qué? ¿No le gustó?” Le pregunté, sosteniendo el libro en alto.
Para mí es difícil explicar lo que me contestó, es decir, a la maneraaustriacaAuf Wienerisch. Ich were versuchen. Mi casera dijo “Ja, ja –das ist mir Würst, aber Günter Grass ist ein bisschen unhöflich”.Tranquilos: no suena mejor en ningún otro idioma. “Sí, sí –a mí eso me importa una salchicha, pero Günter Grass es un poco maleducado”.
Nur ein bisschen?
Günter se definía a sí mismo como “infantil como la mayoría de los escritores”. Genau.
Una noche en casa de Günter y de Ute en Behlendorf, cantó una canción infantil tradicional inglesa, en inglés, a mi hijo menor, Everett, que solo tenía cuatro años. Ich kann nicht singen, aber ich werde versuchen –nur ein biscchen.
“Un hombre fue a segar,
fue a segar un prado.
Un hombre y su perro
Fueron a segar un prado.
Dos hombres fueron a segar,
Fueron a segar un prado”.
Und so geht es immer weiter –bis zehn Hunden.
Un frío día de invierno en Viena, cuando nadie hubiera tenido la inclinación de desvestirse, aparecí en una academia de las artes cerca del Ringstrasse y me ofrecí en venta como modelo para las clases de pintura al natural. “tengo experiencia, en América”, dije, pero quería ser modelo porque Oskar Matzerath es modelo. Claro que también era otra manera de conocer chicas.
¿Se acuerdan del comerciante de juguetes judío de El tambor de hojalata? Se llama Sigismund Markus, y los nazis le obligan a quitarse la vida. Cuando muere el comerciante de juguetes, el pequeño Oskar sabe que le está llegando el día en que verá su último tambor de hojalata. Oskar hace duelo –no solo por él mismo sino por el pobre Markus, y por una Alemania por siempre culpable por sus judíos.
He aquí lo que dice Oskar: “Había una vez un comerciante de juguetes, se llamaba Markus, y se llevó consigo fuera de este mundo todos los juguetes del mundo”.
Yo sé cómo se siente Oskar. Günter Grass era el rey de los comerciantes de juguetes. Ahora nos ha dejado, y se ha llevado consigo todos los juguetes del mundo.
Vielen Dank.

Traducción realizada por Eva Cruz

viernes, 24 de abril de 2015

JUAN GOYTISOLO. Discurso de recepción del Premio Cervantes 2014


Discurso de Juan Goytisolo
Ceremonia de entrega del Premio Cervantes 2014
A la llana y sin rodeos

     En términos generales, los escritores se dividen en dos esferas o clases: la de quienes conciben su tarea como una carrera y la de quienes la viven como una adicción. El encasillado en las primeras cuida de su promoción y visibilidad mediática, aspira a triunfar. El de las segundas, no. El cumplir consigo mismo le basta y si, como sucede a veces, la adicción le procura beneficios materiales, pasa de la categoría de adicto a la de camello o revendedor. Llamaré a los del primer apartado, literatos y a los del segundo, escritores a secas o más modestamente incurables aprendices de escribidor.
     A comienzos de mi larga trayectoria, primero de literato, luego de aprendiz de escribidor, incurrí en la vanagloria de la búsqueda del éxito -atraer la luz de los focos, “ser noticia”, como dicen obscenamente los parásitos de la literatura- sin parar mientes en que, como vio muy bien Manuel Azaña, una cosa es la actualidad efímera y otra muy distinta la modernidad atemporal de las obras destinadas a perdurar pese al ostracismo que a menudo sufrieron cuando fueron escritas. La vejez de lo nuevo se reitera a lo largo del tiempo con su ilusión de frescura marchita. El dulce señuelo de la fama sería patético si no fuera simplemente absurdo. Ajena a toda manipulación y teatro de títeres, la verdadera obra de arte no tiene prisas: puede dormir durante décadas como La regenta o durante siglos como La lozana andaluza. Quienes adensaron el silencio en torno a nuestro primer escritor y lo condenaron al anonimato en el que vivía hasta la publicación del Quijote no podían imaginar siquiera que la fuerza genésica de su novela les sobreviviría y alcanzaría una dimensión sin fronteras ni épocas.
     “Llevo en mí la conciencia de la derrota como un pendón de victoria”, escribe Fernando Pessoa, y coincido enteramente con él. Ser objeto de halagos por la institución literaria me lleva a dudar de mí mismo, ser persona non grata a ojos de ella me reconforta en mi conducta y labor. Desde la altura de la edad, siento la aceptación del reconocimiento como un golpe de espada en el agua, como una inútil celebración.
     Mi condición de hombre libre conquistada a duras penas invita a la modestia. La mirada desde la periferia al centro es más lúcida que a la inversa y al evocar la lista de mis maestros condenados al exilio y silencio por los centinelas del canon nacionalcatólico no puedo menos que rememorar con melancolía la verdad de sus críticas y ejemplar honradez. La luz brota del subsuelo cuando menos se la espera. Como dijo con ironía Dámaso Alonso tras el logro de su laborioso rescate del hasta entonces ninguneado Góngora, ¡quién pudiera estar aún en la oposición!
     Mi instintiva reserva a los nacionalismos de toda índole y sus identidades totémicas, incapaces de abarcar la riqueza y diversidad de su propio contenido, me ha llevado a abrazar como un salvavidas la reivindicada por Carlos Fuentes nacionalidad cervantina. Me reconozco plenamente en ella. Cervantear es aventurarse en el territorio incierto de lo desconocido con la cabeza cubierta con un frágil yelmo bacía. Dudar de los dogmas y supuestas verdades como puños nos ayuda a eludir el dilema que nos acecha entre la uniformidad impuesta por el fundamentalismo de la tecnociencia en el mundo globalizado de hoy y la previsible reacción violenta de las identidades religiosas o ideológicas que sienten amenazados sus credos y esencias.
     En vez de empecinarse en desenterrar los pobres huesos de Cervantes y comercializarlos tal vez de cara al turismo como santas reliquias fabricadas probablemente en China, ¿no sería mejor sacar a la luz los episodios oscuros de su vida tras su rescate laborioso de Argel? ¿Cuántos lectores del Quijote conocen las estrecheces y miseria que padeció, su denegada solicitud de emigrar a América, sus negocios fracasados, estancia en la cárcel sevillana por deudas, difícil acomodo en el barrio malfamado del Rastro de Valladolid con su esposa, hija, hermana y sobrina en 1605, año de la Primera Parte de su novela, en los márgenes más promiscuos y bajos de la sociedad?
     Hace ya algún tiempo, dedique unas páginas a los titulados Documentos cervantinos hasta ahora inéditos del presbítero Cristóbal Pérez Pastor, impresos en 1902 con el propósito, dice, de que “reine la verdad y desaparezcan las sombras”, obra cuya lectura me impresionó en la medida en que, pese a sus pruebas fehacientes y a otras indagaciones posteriores, la verdad no se ha impuesto fuera de un puñado de eruditos, y más de un siglo después las sombras permanecen. Sí, mientras se suceden las conferencias, homenajes, celebraciones y otros actos oficiales que engordan a la burocracia oficial y sus vientres sentados, (la expresión es de Luis Cernuda) pocos, muy pocos se esfuerzan en evocar sin anteojeras su carrera teatral frustrada, los tantos años en los que, dice en el prólogo del Quijote, “duermo en el silencio del olvido”: ese “poetón ya viejo” (más versado en desdichas que en versos) que aguarda en silencio el referendo del falible legislador que es el vulgo.
     Alcanzar la vejez es comprobar la vacuidad y lo ilusorio de nuestras vidas, esa “exquisita mierda de la gloria” de la que habla Gabriel García Márquez al referirse a las hazañas inútiles del coronel Aureliano Buendía y de los sufridos luchadores de Macondo. El ameno jardín en el que transcurre la existencia de los menos, no debe distraernos de la suerte de los más en un mundo en el que el portentoso progreso de las nuevas tecnologías corre parejo a la proliferación de las guerras y luchas mortíferas, el radio infinito de la injusticia, la pobreza y el hambre.
     Es empresa de los caballeros andantes, decía don Quijote, “deshacer tuertos y socorrer y acudir a los miserables” e imagino al hidalgo manchego montado a lomos de Rocinante acometiendo lanza en ristre contra los esbirros de la Santa Hermandad que proceden al desalojo de los desahuciados, contra los corruptos de la ingeniería financiera o, a Estrecho traviesa, al pie de las verjas de Ceuta y Melilla que él toma por encantados castillos con puentes levadizos y torres almenadas socorriendo a unos inmigrantes cuyo único crimen es su instinto de vida y el ansia de libertad.
     Sí, al héroe de Cervantes y a los lectores tocados por la gracia de su novela nos resulta difícil resignarnos a la existencia de un mundo aquejado de paro, corrupción, precariedad, crecientes desigualdades sociales y exilio profesional de los jóvenes como en el que actualmente vivimos. Si ello es locura, aceptémosla. El buen Sancho encontrará siempre un refrán para defenderla.

     El panorama a nuestro alcance es sombrío: crisis económica, crisis política, crisis social. Según las estadísticas que tengo a mano, más del 20% de los niños de nuestra Marca España vive hoy bajo el umbral de la pobreza, una cifra con todo inferior a la del nivel del paro. Las razones para indignarse son múltiples y el escritor no puede ignorarlas sin traicionarse a sí mismo. No se trata de poner la pluma al servicio de una causa, por justa que sea, sino de introducir el fermento contestatario de esta en el ámbito de la escritura. Encajar la trama novelesca en el molde de unas formas reiteradas hasta la saciedad condena la obra a la irrelevancia y una vez más, en la encrucijada, Cervantes nos muestra el camino. Su conciencia del tiempo “devorador y consumidor de las cosas” del que habla en el magistral capítulo IX de la Primera Parte del libro le indujo a adelantarse a él y a servirse de los géneros literarios en boga como material de derribo para construir un portentoso relato de relatos que se despliega hasta el infinito. Como dije hace ya bastantes años, la locura de Alonso Quijano trastornado por sus lecturas se contagia a su creador enloquecido por los poderes de la literatura. Volver a Cervantes y asumir la locura de su personaje como una forma superior de cordura, tal es la lección del Quijote. Al hacerlo no nos evadimos de la realidad inicua que nos rodea. Asentamos al revés los pies en ella. Digamos bien alto que podemos. Los contaminados por nuestro primer escritor no nos resignamos a la injusticia.

sábado, 18 de abril de 2015

PRENSA. Sobre Sojourner Truth. Discurso: "¿Acaso no soy una mujer?"


Sojourner Truth

Nacida esclava pero vivía como abolicionista y luchadora contra la desigualdad entre hombres y mujeres, Sojourner Truth es parte de un legado de mujeres afrodescendientes que se negaban quedarse en silencio y formaron el base fundamental del discurso feminista de las mujeres afrodescendientes.
En diciembre de 1851, asistió a una conferencia de mujeres en Akron, Ohio, donde pronunció el famoso discurso titulado: “¿Acaso no soy una mujer?”, en el que defendía el movimiento a favor de los derechos de las mujeres.
Su discurso lleva un cuestionamiento a la homogeneidad de la identidad de género y es fundamental a la formación de un discurso sobre los elementos inseparables de género-etnia en el caso de mujeres afrodescendientes y el reconocimiento de la heterogeneidad de las experiencias de mujeres.

 Sojourner Truth
Diciembre de 1851
Convención de mujeres, Akron, Ohio, EEUU
Bueno, hijos, cuando hay mucho alboroto es porque algo está pasando.
Creo que tanto los negros del Sur como las mujeres del Norte están todos hablando de derechos y a los hombres blancos no les queda más que ceder muy pronto.
Pero, ¿De qué se trata de lo estamos hablando aquí?
Los caballeros dicen que las mujeres necesitan ayuda para subir a las carretas y para pasar sobre los huecos en la calle y que deben tener el mejor puesto en todas partes.
Pero a mi nadie nunca me ha ayudado a subir a las carretas o a saltar charcos de lodo o me ha dado el mejor puesto! y ¿Acaso no soy una mujer? ¡Mírenme! ¡Miren mis brazos! ¡He arado y sembrado, y trabajado en los establos y ningún hombre lo hizo nunca mejor que yo! Y ¿Acaso no soy una mujer? Puedo trabajar y comer tanto como un hombre si es que consigo alimento-y puedo aguantar el latigazo también! Y ¿Acaso no soy una mujer? Parí trece hijos y vi como todos fueron vendidos como esclavos, cuando lloré junto a las penas de mi madre nadie, excepto Jesús Cristo, me escuchó y ¿Acaso no soy una mujer?
Entonces se preguntan ¿Qué es lo que tiene en la cabeza? ¿Qué significa esto? (Un miembro de la audiencia sugiere “Intelecto”) -¡Exacto! ¿Qué tiene a que ver todo esto con los derechos de las mujeres y de los negros?
Si mi cántaro solamente puede contener una pinta y el de ustedes un cuarto, no sería muy egoísta de parte de ustedes no dejarme tener mi pequeña mitad llena? Entonces el pequeño hombre vestido de negro dice que las mujeres no pueden tener tantos derechos comos los hombres, porque Cristo no era una mujer. ¿De dónde vino Cristo? ¿De dónde vino Cristo? ¡De Dios y de una mujer! ¡El hombre no tuvo nada que ver con El!
Gracias por haberme escuchado, ahora la vieja Sojourner no tiene más nada que añadir.

AIN’T I A WOMAN?

Delivered 1851 at the Women’s Convention in Akron, Ohio
Well, children, where there is so much racket there must be something out of kilter. I think that ‘twixt the negroes of the South and the women at the North, all talking about rights, the white men will be in a fix pretty soon. But what’s all this here talking about?
That man over there says that women need to be helped into carriages, and lifted over ditches, and to have the best place everywhere. Nobody ever helps me into carriages, or over mud-puddles, or gives me any best place! And ain’t I a woman? Look at me! Look at my arm! I have ploughed and planted, and gathered into barns, and no man could head me! And ain’t I a woman? I could work as much and eat as much as a man – when I could get it – and bear the lash as well! And ain’t I a woman? I have borne thirteen children, and seen most all sold off to slavery, and when I cried out with my mother’s grief, none but Jesus heard me! And ain’t I a woman? Then they talk about this thing in the head; what’s this they call it? [member of audience whispers, “intellect”] That’s it, honey. What’s that got to do with women’s rights or negroes’ rights? If my cup won’t hold but a pint, and yours holds a quart, wouldn’t you be mean not to let me have my little half measure full?
Then that little man in black there, he says women can’t have as much rights as men, ’cause Christ wasn’t a woman! Where did your Christ come from? Where did your Christ come from? From God and a woman! Man had nothing to do with Him.
If the first woman God ever made was strong enough to turn the world upside down all alone, these women together ought to be able to turn it back , and get it right side up again! And now they is asking to do it, the men better let them.
Obliged to you for hearing me, and now old Sojourner ain’t got nothing more to say.

sábado, 19 de abril de 2014

PRENSA CULTURAL. EN LA MUERTE DE GARCÍA MÁRQUEZ. Discurso de recepción del Nobel

   En "El País":

Gabriel García Márquez, durante la entrega del Nobel, en 1982. / AP
Antonio Pigafetta, un navegante florentino que acompañó a Magallanes en el primer viaje alrededor del mundo, escribió a su paso por nuestra América meridional una crónica rigurosa que sin embargo parece una aventura de la imaginación. Contó que había visto cerdos con el ombligo en el lomo, y unos pájaros sin patas cuyas hembras empollaban en las espaldas del macho, y otros como alcatraces sin lengua cuyos picos parecían una cuchara. Contó que había visto un engendro animal con cabeza y orejas de mula, cuerpo de camello, patas de ciervo y relincho de caballo. Contó que al primer nativo que encontraron en la Patagonia le pusieron enfrente un espejo, y que aquel gigante enardecido perdió el uso de la razón por el pavor de su propia imagen.
Este libro breve y fascinante, en el cual ya se vislumbran los gérmenes de nuestras novelas de hoy, no es ni mucho menos el testimonio más asombroso de nuestra realidad de aquellos tiempos. Los cronistas de Indias nos legaron otros incontables. Eldorado, nuestro país ilusorio tan codiciado, figuró en mapas numerosos durante largos años, cambiando de lugar y de forma según la fantasía de los cartógrafos. En busca de la fuente de la Eterna Juventud, el mítico Alvar Núñez Cabeza de Vaca exploró durante ocho años el norte de México, en una expedición venática cuyos miembros se comieron unos a otros y sólo llegaron cinco de los 600 que la emprendieron. Uno de los tantos misterios que nunca fueron descifrados, es el de las once mil mulas cargadas con cien libras de oro cada una, que un día salieron del Cuzco para pagar el rescate de Atahualpa y nunca llegaron a su destino. Más tarde, durante la colonia, se vendían en Cartagena de Indias unas gallinas criadas en tierras de aluvión, en cuyas mollejas se encontraban piedrecitas de oro. Este delirio áureo de nuestros fundadores nos persiguió hasta hace poco tiempo. Apenas en el siglo pasado la misión alemana de estudiar la construcción de un ferrocarril interoceánico en el istmo de Panamá, concluyó que el proyecto era viable con la condición de que los rieles no se hicieran de hierro, que era un metal escaso en la región, sino que se hicieran de oro.
La independencia del dominio español no nos puso a salvo de la demencia. El general Antonio López de Santana, que fue tres veces dictador de México, hizo enterrar con funerales magníficos la pierna derecha que había perdido en la llamada Guerra de los Pasteles. El general García Moreno gobernó al Ecuador durante 16 años como un monarca absoluto, y su cadáver fue velado con su uniforme de gala y su coraza de condecoraciones sentado en la silla presidencial. El general Maximiliano Hernández Martínez, el déspota teósofo de El Salvador que hizo exterminar en una matanza bárbara a 30 mil campesinos, había inventado un péndulo para averiguar si los alimentos estaban envenenados, e hizo cubrir con papel rojo el alumbrado público para combatir una epidemia de escarlatina. El monumento al general Francisco Morazán, erigido en la plaza mayor de Tegucigalpa, es en realidad una estatua del mariscal Ney comprada en París en un depósito de esculturas usadas.
Hace once años, uno de los poetas insignes de nuestro tiempo, el chileno Pablo Neruda, iluminó este ámbito con su palabra. En las buenas conciencias de Europa, y a veces también en las malas, han irrumpido desde entonces con más ímpetus que nunca las noticias fantasmales de la América Latina, esa patria inmensa de hombres alucinados y mujeres históricas, cuya terquedad sin fin se confunde con la leyenda. No hemos tenido un instante de sosiego. Un presidente prometeico atrincherado en su palacio en llamas murió peleando solo contra todo un ejército, y dos desastres aéreos sospechosos y nunca esclarecidos segaron la vida de otro de corazón generoso, y la de un militar demócrata que había restaurado la dignidad de su pueblo. En este lapso ha habido 5 guerras y 17 golpes de estado, y surgió un dictador luciferino que en el nombre de Dios lleva a cabo el primer etnocidio de América Latina en nuestro tiempo. Mientras tanto 20 millones de niños latinoamericanos morían antes de cumplir dos años, que son más de cuantos han nacido en Europa occidental desde 1970. Los desaparecidos por motivos de la represión son casi los 120 mil, que es como si hoy no se supiera dónde están todos los habitantes de la ciudad de Upsala. Numerosas mujeres arrestadas encintas dieron a luz en cárceles argentinas, pero aún se ignora el paradero y la identidad de sus hijos, que fueron dados en adopción clandestina o internados en orfanatos por las autoridades militares. Por no querer que las cosas siguieran así han muerto cerca de 200 mil mujeres y hombres en todo el continente, y más de 100 mil perecieron en tres pequeños y voluntariosos países de la América Central, Nicaragua, El Salvador y Guatemala. Si esto fuera en los Estados Unidos, la cifra proporcional sería de un millón 600 mil muertes violentas en cuatro años.
De Chile, país de tradiciones hospitalarias, ha huido un millón de personas: el 10 por ciento de su población. El Uruguay, una nación minúscula de dos y medio millones de habitantes que se consideraba como el país más civilizado del continente, ha perdido en el destierro a uno de cada cinco ciudadanos. La guerra civil en El Salvador ha causado desde 1979 casi un refugiado cada 20 minutos. El país que se pudiera hacer con todos los exiliados y emigrados forzosos de América Latina, tendría una población más numerosa que Noruega.
Me atrevo a pensar que es esta realidad descomunal, y no sólo su expresión literaria, la que este año ha merecido la atención de la Academia Sueca de las Letras. Una realidad que no es la del papel, sino que vive con nosotros y determina cada instante de nuestras incontables muertes cotidianas, y que sustenta un manantial de creación insaciable, pleno de desdicha y de belleza, del cual éste colombiano errante y nostálgico no es más que una cifra más señalada por la suerte. Poetas y mendigos, músicos y profetas, guerreros y malandrines, todas las criaturas de aquella realidad desaforada hemos tenido que pedirle muy poco a la imaginación, porque el desafío mayor para nosotros ha sido la insuficiencia de los recursos convencionales para hacer creíble nuestra vida. Este es, amigos, el nudo de nuestra soledad.
Pues si estas dificultades nos entorpecen a nosotros, que somos de su esencia, no es difícil entender que los talentos racionales de este lado del mundo, extasiados en la contemplación de sus propias culturas, se hayan quedado sin un método válido para interpretarnos. Es comprensible que insistan en medirnos con la misma vara con que se miden a sí mismos, sin recordar que los estragos de la vida no son iguales para todos, y que la búsqueda de la identidad propia es tan ardua y sangrienta para nosotros como lo fue para ellos. La interpretación de nuestra realidad con esquemas ajenos sólo contribuye a hacernos cada vez más desconocidos, cada vez menos libres, cada vez más solitarios. Tal vez la Europa venerable sería más comprensiva si tratara de vernos en su propio pasado. Si recordara que Londres necesitó 300 años para construir su primera muralla y otros 300 para tener un obispo, que Roma se debatió en las tinieblas de incertidumbre durante 20 siglos antes de que un rey etrusco la implantara en la historia, y que aún en el siglo XVI los pacíficos suizos de hoy, que nos deleitan con sus quesos mansos y sus relojes impávidos, ensangrentaron a Europa con soldados de fortuna. Aún en el apogeo del Renacimiento, 12 mil lansquenetes a sueldo de los ejércitos imperiales saquearon y devastaron a Roma, y pasaron a cuchillo a ocho mil de sus habitantes.
No pretendo encarnar las ilusiones de Tonio Kröger, cuyos sueños de unión entre un norte casto y un sur apasionado exaltaba Thomas Mann hace 53 años en este lugar. Pero creo que los europeos de espíritu clarificador, los que luchan también aquí por una patria grande más humana y más justa, podrían ayudarnos mejor si revisaran a fondo su manera de vernos. La solidaridad con nuestros sueños no nos haría sentir menos solos, mientras no se concrete con actos de respaldo legítimo a los pueblos que asuman la ilusión de tener una vida propia en el reparto del mundo.
América Latina no quiere ni tiene por qué ser un alfil sin albedrío, ni tiene nada de quimérico que sus designios de independencia y originalidad se conviertan en una aspiración occidental.
No obstante, los progresos de la navegación que han reducido tantas distancias entre nuestras Américas y Europa, parecen haber aumentado en cambio nuestra distancia cultural. ¿Por qué la originalidad que se nos admite sin reservas en la literatura se nos niega con toda clase de suspicacias en nuestras tentativas tan difíciles de cambio social? ¿Por qué pensar que la justicia social que los europeos de avanzada tratan de imponer en sus países no puede ser también un objetivo latinoamericano con métodos distintos en condiciones diferentes? No: la violencia y el dolor desmesurados de nuestra historia son el resultado de injusticias seculares y amarguras sin cuento, y no una confabulación urdida a 3 mil leguas de nuestra casa. Pero muchos dirigentes y pensadores europeos lo han creído, con el infantilismo de los abuelos que olvidaron las locuras fructíferas de su juventud, como si no fuera posible otro destino que vivir a merced de los dos grandes dueños del mundo. Este es, amigos, el tamaño de nuestra soledad.
Sin embargo, frente a la opresión, el saqueo y el abandono, nuestra respuesta es la vida. Ni los diluvios ni las pestes, ni las hambrunas ni los cataclismos, ni siquiera las guerras eternas a través de los siglos y los siglos han conseguido reducir la ventaja tenaz de la vida sobre la muerte. Una ventaja que aumenta y se acelera: cada año hay 74 millones más de nacimientos que de defunciones, una cantidad de vivos nuevos como para aumentar siete veces cada año la población de Nueva York. La mayoría de ellos nacen en los países con menos recursos, y entre éstos, por supuesto, los de América Latina. En cambio, los países más prósperos han logrado acumular suficiente poder de destrucción como para aniquilar cien veces no sólo a todos los seres humanos que han existido hasta hoy, sino la totalidad de los seres vivos que han pasado por este planeta de infortunios.
Un día como el de hoy, mi maestro William Faulkner dijo en este lugar: «Me niego a admitir el fin del hombre». No me sentiría digno de ocupar este sitio que fue suyo si no tuviera la conciencia plena de que por primera vez desde los orígenes de la humanidad, el desastre colosal que él se negaba a admitir hace 32 años es ahora nada más que una simple posibilidad científica. Ante esta realidad sobrecogedora que a través de todo el tiempo humano debió de parecer una utopía, los inventores de fábulas que todo lo creemos, nos sentimos con el derecho de creer que todavía no es demasiado tarde para emprender la creación de la utopía contraria. Una nueva y arrasadora utopía de la vida, donde nadie pueda decidir por otros hasta la forma de morir, donde de veras sea cierto el amor y sea posible la felicidad, y donde las estirpes condenadas a cien años de soledad tengan por fin y para siempre una segunda oportunidad sobre la tierra.
Agradezco a la Academia de Letras de Suecia el que me haya distinguido con un premio que me coloca junto a muchos de quienes orientaron y enriquecieron mis años de lector y de cotidiano celebrante de ese delirio sin apelación que es el oficio de escribir. Sus nombres y sus obras se me presentan hoy como sombras tutelares, pero también como el compromiso, a menudo agobiante, que se adquiere con este honor. Un duro honor que en ellos me pareció de simple justicia, pero que en mí entiendo como una más de esas lecciones con las que suele sorprendernos el destino, y que hacen más evidente nuestra condición de juguetes de un azar indescifrable, cuya única y desoladora recompensa, suelen ser, la mayoría de las veces, la incomprensión y el olvido.
Es por ello apenas natural que me interrogara, allá en ese trasfondo secreto en donde solemos trasegar con las verdades más esenciales que conforman nuestra identidad, cuál ha sido el sustento constante de mi obra, qué pudo haber llamado la atención de una manera tan comprometedora a este tribunal de árbitros tan severos. Confieso sin falsas modestias que no me ha sido fácil encontrar la razón, pero quiero creer que ha sido la misma que yo hubiera deseado. Quiero creer, amigos, que este es, una vez más, un homenaje que se rinde a la poesía. A la poesía por cuya virtud el inventario abrumador de las naves que numeró en su Iliada el viejo Homero está visitado por un viento que las empuja a navegar con su presteza intemporal y alucinada. La poesía que sostiene, en el delgado andamiaje de los tercetos del Dante, toda la fábrica densa y colosal de la Edad Media. La poesía que con tan milagrosa totalidad rescata a nuestra América en las Alturas de Machu Pichu de Pablo Neruda el grande, el más grande, y donde destilan su tristeza milenaria nuestros mejores sueños sin salida. La poesía, en fin, esa energía secreta de la vida cotidiana, que cuece los garbanzos en la cocina, y contagia el amor y repite las imágenes en los espejos.
En cada línea que escribo trato siempre, con mayor o menor fortuna, de invocar los espíritus esquivos de la poesía, y trato de dejar en cada palabra el testimonio de mi devoción por sus virtudes de adivinación, y por su permanente victoria contra los sordos poderes de la muerte. El premio que acabo de recibir lo entiendo, con toda humildad, como la consoladora revelación de que mi intento no ha sido en vano. Es por eso que invito a todos ustedes a brindar por lo que un gran poeta de nuestras Américas, Luis Cardoza y Aragón, ha definido como la única prueba concreta de la existencia del hombre: la poesía.
Muchas gracias.

lunes, 9 de diciembre de 2013

PRENSA. Discurso de Mandela en 1964

Nelson Mandela

   En "El País":
DISCURSO DE MANDELA EN 1964

“Es un ideal por el que espero vivir, pero por el que estoy dispuesto a morir”

El líder ‘antiapartheid’ compareció el 20 de abril de 1964 ante el Tribunal Supremo de Pretoria y explicó por qué recurrió a la violencia para combatir el racismo. Fue condenado a cadena perpetua. El discurso marcó para siempre su biografía. Estas fueron sus palabras

7 DIC 2013

Soy el primer acusado. Soy licenciado en arte y he ejercido como abogado en Johannesburgo durante algunos años en colaboración con Oliver Tambo. Soy un prisionero condenado a cinco años por salir del país sin permiso y por incitar a la gente a hacer huelga a finales de mayo de 1961.
De entrada, quiero decir que la insinuación de que la lucha en Sudáfrica esté influida por extranjeros o comunistas es absolutamente falsa. Sea lo que sea lo que he hecho, lo he hecho por mis experiencias en Sudáfrica y mis raíces africanas, de las que me siento orgulloso, y no por lo que cualquier extranjero pueda haber dicho. Durante mi juventud en Transkei, escuché a los ancianos de la tribu contar historias sobre los viejos tiempos. Entre las historias que me narraron se encuentran las de las batallas libradas por nuestros antepasados en defensa de la patria. Los nombres de Dingane y Bambata, Hintsa y Makana, Squngthi y Dalasile, Moshoeshoe y Sekhukhuni, eran elogiados y considerados el orgullo de toda la nación africana. Por entonces yo esperaba que la vida pudiese ofrecerme la oportunidad de servir a mi pueblo y hacer mi humilde contribución a su lucha por la libertad.
Algunas de las cosas que se le han dicho al tribunal hasta ahora son ciertas, y otras falsas. No niego, sin embargo, que planeé un sabotaje. No lo hice movido por la imprudencia ni porque sienta ningún amor por la violencia. Lo planeé como consecuencia de una evaluación tranquila y racional de la situación política a la que se había llegado tras muchos años de tiranía, explotación y opresión de mi pueblo por parte de los blancos.

“No se dan cuenta de que los negros tienen emociones, que se enamoran”
Admito de inmediato que yo fui una de las personas que ayudó a crear Umkhonto we Sizwe [brazo armado del Congreso Nacional Africano]. Niego que Umkhonto fuese responsable de una serie de actos que claramente están al margen de las políticas de la organización y de los que se nos ha acusado. Yo y las demás personas que fundaron la organización pesamos que sin violencia no se abriría ninguna vía para que el pueblo africano venza en su lucha contra el principio de la supremacía blanca. Todas las formas legales de expresar la oposición a este principio habían sido proscritas por ley y nos veíamos en una situación en la que teníamos que elegir entre aceptar un estado permanente de inferioridad o desafiar al Gobierno. Optamos por desafiar la ley.
Primero infringimos la ley de un modo que eludía todo recurso a la violencia; cuando se legisló contra esta vía, y a continuación el Gobierno recurrió a una demostración de fuerza para aplastar la oposición a sus políticas, solo entonces decidimos responder a la violencia con violencia.

“Solo cuando todo lo demás fracasó, recurrimos a la violencia”
El Congreso Nacional Africano (ANC, por sus siglas en inglés) se constituyó en 1912 para defender los derechos del pueblo africano, que se habían visto gravemente coartados. Durante 37 años – es decir, hasta 1949 — llevó a cabo una lucha estrictamente constitucional. Pero los Gobiernos blancos se mantuvieron inamovibles y los derechos de los africanos se redujeron en vez de ampliarse. Incluso después de 1949, el ANC seguía decidido a evitar la violencia. En esa época, sin embargo, se tomó la decisión de protestar contra el apartheid mediante manifestaciones pacíficas, aunque ilegales. Más de 8.500 personas fueron a la cárcel. Pero no hubo ni un solo caso de violencia. Yo y 19 compañeros fuimos condenados por organizar la campaña, pero nuestras condenas se suspendieron, principalmente porque el juez consideró que en todo momento se había hecho hincapié en la no violencia y la disciplina.
Durante la campaña de desafío, se aprobaron las leyes de Seguridad Pública y de Enmienda del Código Penal. Estas contemplaban unos castigos más duros por las protestas contra [las] leyes. A pesar de ello, las protestas continuaron y el ANC se mantuvo firme en su política de no violencia. En 1956, 156 miembros destacados de la Alianza del Congreso, entre los que me encontraba, fuimos detenidos. La política no violenta del ANC fue puesta en tela de juicio por el Estado, pero cuando el tribunal emitió su veredicto unos cinco años después, halló que el ANC no tenía una política de violencia.

“Queremos derechos políticos. Sé que esto es revolucionario para los blancos”
En 1960 se produjo el tiroteo de Sharpeville, que tuvo como consecuencia la ilegalización del ANC. Mis compañeros y yo, tras meditarlo detenidamente, decidimos que no íbamos a acatar ese decreto. El pueblo africano no formaba parte del Gobierno y no hacía las leyes por las que debía regirse. Creíamos en las palabras de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, que dice que “la voluntad del pueblo será la base de la autoridad del Gobierno” y, para nosotros, aceptar la prohibición equivalía a aceptar que se silenciase a los africanos para siempre. El ANC se negó a disolverse, y, en vez de eso, pasó a la clandestinidad.
En 1960, el Gobierno celebró un referéndum que condujo a la instauración de la república. Los africanos, que representaban aproximadamente el 70% de la población, no tenían derecho a votar y ni siquiera se les consultó. Asumí la responsabilidad de organizar la campaña nacional para que la gente se quedara en casa coincidiendo con la declaración de la república. Puesto que todas las huelgas de los africanos son ilegales, la persona que organice dichas huelgas debe evitar ser detenida. Tuve que dejar mi casa y mi familia y mi trabajo para esconderme y evitar que me detuvieran. El quedarse en casa debía ser una manifestación pacífica. Se dieron instrucciones precisas para evitar cualquier brote de violencia.

“Los comunistas eran los únicos dispuestos a trabajar con los africanos”
La respuesta del Gobierno fue aprobar leyes nuevas y más estrictas, movilizar a las fuerzas armadas y enviar mercenarios, vehículos armados y soldados a los municipios segregados en lo que constituyó un alarde de fuerza masivo para intimidar a la gente. El Gobierno había decidido gobernar exclusivamente por la fuerza y esta decisión marcó un punto de inflexión en el camino hacia Umkhonto. ¿Qué debíamos hacer nosotros, los líderes de nuestro pueblo? No teníamos la menor duda de que teníamos que proseguir la lucha. Cualquier otra decisión habría sido una vil rendición. Nuestra duda no era si debíamos luchar, sino la manera de continuar la lucha.
Los miembros del ANC siempre hemos defendido una democracia no racista y nos alejábamos de cualquier acción que pudiese distanciar aún más las razas. Pero la dura realidad era que lo único que había conseguido el pueblo africano tras 50 años de no violencia era una legislación cada vez más represiva y unos derechos cada vez más mermados. Por entonces, la violencia ya se había convertido, de hecho, en un elemento característico de la escena política sudafricana.
Hubo violencia en 1957 cuando a las mujeres de Zccrust se les ordenó que llevasen un pase encima; hubo violencia en 1958 con el sacrificio selectivo del ganado en Sekhukhuneland; hubo violencia en 1959 cuando la gente de Cato Manor protestó por los controles de los pases; hubo violencia en 1960 cuando el Gobierno intentó imponer autoridades bantúes en Pondoland. Cada altercado apuntaba a la inevitable intensificación entre los africanos de la creencia de que la violencia era la única salida; mostraba que un Gobierno que emplea la fuerza para imponer su dominio enseña a los oprimidos a usar la fuerza para oponerse a él.

“Queremos derechos políticos. Sé que esto es revolucionario para los blancos”
Llegué a la conclusión de que, puesto que la violencia en este país era inevitable, sería poco realista seguir predicando la paz y la no violencia. No me fue fácil llegar a esta conclusión. Solo cuando todo lo demás había fracasado, cuando todas las vías de protesta pacífica se nos habían cerrado, tomamos la decisión de recurrir a formas violentas de lucha política. Lo único que puedo decir es que me sentía moralmente obligado a hacer lo que hice.
Eran posibles cuatro formas de violencia. Está el sabotaje, está la guerra de guerrillas, está el terrorismo y está la revolución abierta. Optamos por adoptar la primera. El sabotaje no conllevaba la pérdida de vidas y era lo que ofrecía más esperanzas para las relaciones interraciales en el futuro. El resentimiento sería el mínimo posible y, si la estrategia daba sus frutos, el Gobierno democrático podría llegar a ser una realidad. El plan inicial se basaba en un análisis pormenorizado de la situación política y económica de nuestro país. Creíamos que Sudáfrica dependía en gran medida del capital extranjero. Pensábamos que la destrucción planificada de centrales eléctricas, y la interrupción de las comunicaciones telefónicas y ferroviarias, ahuyentarían la inversión en el país, lo que empujaría a los votantes a replantearse su postura. Umkhonto llevó a cabo su primera operación el 16 de diciembre de 1961, cuando fueron atacados varios edificios del Gobierno en Johannesburgo, Port Elizabeth y Durban. La selección de los blancos es una prueba de la política a la que me he referido. Si hubiésemos pretendido atentar contra las personas, habríamos seleccionado objetivos en los que se congrega la gente y no edificios vacíos y centrales eléctricas.
Los blancos no fueron capaces de responder proponiendo cambios; respondieron a nuestro llamamiento proponiendo los laager, una especie de fortines improvisados. Por el contrario, la respuesta de los africanos fue de ánimo. De repente, volvía a haber esperanza. La gente empezaba a hacer conjeturas sobre cuándo llegaría la libertad.

“La división política basada en el color es totalmente artificial”
Pero en Umkhonto sopesábamos la respuesta de los blancos con desasosiego. Se estaban trazando líneas. Los blancos y los negros se estaban pasando a bandos diferentes y la posibilidad de evitar una guerra civil se reducía. Los periódicos blancos publicaban artículos diciendo que el sabotaje se castigaría con la muerte. Si eso era cierto, ¿cómo podíamos seguir manteniendo a los africanos alejados del terrorismo?
Nos sentíamos en el deber de prepararnos para usar la fuerza a fin de defendernos frente a ella. Decidimos por tanto tomar medidas para la posibilidad de una guerra de guerrillas. Todos los blancos pasan por un servicio militar obligatorio, pero a los africanos no se les proporciona ese entrenamiento. Desde nuestro punto de vista, era esencial crear un núcleo de hombres entrenados que fuesen capaces de proporcionar el liderazgo que se necesitaría si estallaba una guerra de guerrillas.
Llegados a ese punto, se decidió que yo debía asistir a la Conferencia del Movimiento Panafricano por la Libertad que iba a celebrarse a principios de 1962 en Adís Abeba y que, tras la conferencia, iniciaría un recorrido por los Estados africanos con el fin de encontrar centros de adiestramiento para los soldados. Mi viaje fue un éxito. Dondequiera que iba, encontraba solidaridad con nuestra causa y promesas de ayuda. Toda África estaba unida contra la actitud de la Sudáfrica blanca y hasta en Londres me recibieron con gran cordialidad dirigentes políticos como Gaitskell y Grimond.
Empecé a estudiar el arte de la guerra y la revolución y, mientras estaba en el extranjero, realicé un curso de entrenamiento militar. Si iba a haber una guerra de guerrillas, quería ser capaz de apoyar a mi pueblo y combatir junto a el, y de compartir los peligros de la guerra con ellos.
A mi regreso descubrí que pocas cosas habían cambiado en el panorama político, salvo que la amenaza de la pena de muerte para el delito de sabotaje se había convertido en un hecho.
Otra de las alegaciones que presenta el Estado es que los objetivos y fines del ANC y los del Partido Comunista son los mismos. El credo del ANC es, y siempre ha sido, el credo del nacionalismo africano. No es el concepto del nacionalismo africano expresado por el grito de “Empujad al hombre blanco mar adentro”. El nacionalismo africano que defiende el ANC es el concepto de libertad y plenitud para el pueblo africano en su propia tierra. El documento político más importante que ha adoptado el ANC en toda su historia es la “carta de la libertad”. No es en ningún modo un plan para un Estado socialista. Exige la redistribución, pero no la nacionalización, de la tierra; contempla la nacionalización de las minas, los bancos y los sectores monopolistas, porque los grandes monopolios están en manos de una de las razas solamente y, sin esa nacionalización, la dominación racial se perpetuaría aunque se repartiese el poder político. Conforme a la carta de la libertad, la nacionalización se llevaría a cabo en el contexto de una economía basada en la empresa privada.
Por lo que respecta al Partido Comunista, y si entiendo correctamente su política, defiende la creación de un Estado basado en los principios del marxismo. El Partido Comunista hace hincapié en la diferencia de clases, mientras que el ANC pretende que convivan en armonía. Esta es una distinción esencial.
Es cierto que a menudo ha habido una cooperación estrecha entre el ANC y el Partido Comunista. Pero esta cooperación es simplemente la prueba de que hay un objetivo común – la abolición de la supremacía blanca, en este caso — y no demuestra una coincidencia completa de nuestros intereses. La historia del mundo está llena de ejemplos similares. Quizás el más sorprendente sea la cooperación entre Gran Bretaña, Estados Unidos y la Unión Soviética en la lucha contra Hitler. Nadie salvo Hitler se habría atrevido a afirmar que dicha cooperación convertía a Churchill o a Roosevelt en comunistas. Las diferencias teóricas entre aquellos que luchan contra la opresión son un lujo que no podemos permitirnos en este momento.
Es más, durante muchas décadas los comunistas fueron el único grupo político en Sudáfrica dispuesto a tratar a los africanos como seres humanos y como sus iguales; que estaba dispuesto a comer con nosotros; a hablar con nosotros, a vivir con nosotros y a trabajar con nosotros. Eran el único grupo que estaba dispuesto a trabajar con los africanos para lograr derechos políticos y ocupar un lugar en la sociedad. Debido a esto, hay muchos africanos que, hoy en día, tienden a equiparar la libertad con el comunismo. Esta opinión está respaldada por un poder legislativo que tacha de comunistas a todos los exponentes de un Gobierno democrático y de la libertad africana y proscribe a muchos de ellos (que no son comunistas) en virtud de la Ley de Supresión del Comunismo. Aunque nunca he sido miembro del Partido Comunista, he sido encarcelado conforme a esa ley.
Siempre me he considerado, en primer lugar, un patriota africano. Hoy día me siento atraído por la idea de una sociedad sin clases, y es una atracción que proviene en parte de las lecturas marxistas y, en parte, de mi admiración por la estructura de las primeras sociedades africanas. La tierra pertenecía a la tribu. No había ricos ni pobres y no había explotación. Todos aceptamos la necesidad de que exista una cierta forma de socialismo para permitir que nuestro pueblo alcance a los países avanzados de este mundo y supere su legado de extrema pobreza. Pero esto no significa que seamos marxistas.
Tengo la impresión de que los comunistas consideran que el sistema parlamentario occidental es reaccionario. Pero, por el contrario, yo lo admiro. La Carta Magna, la Petición de Derechos y la Declaración de Derechos son documentos venerados por los demócratas en todo el mundo. Siento un gran respeto por las instituciones británicas y por el sistema judicial del país. Considero que el parlamento británico es la institución más democrática del mundo, y la imparcialidad de su poder judicial nunca deja de suscitar mi admiración. El Congreso estadounidense, la separación de poderes de ese país y también la independencia de su poder judicial suscitan en mí unos sentimientos parecidos.
Mi pensamiento se ha visto influido tanto por Occidente como por Oriente. No debería atarme a ningún otro sistema de sociedad concreto que no sea el socialismo. Debo liberarme para tomar prestado lo mejor de Occidente y de Oriente.
Nuestra lucha es contra adversidades reales, y no imaginarias, o, usando el lenguaje del fiscal del Estado, “las llamadas adversidades”. Básicamente, luchamos contra dos elementos que caracterizan la vida en Sudáfrica y que están reforzados por la legislación. Estos elementos son la pobreza y la falta de dignidad humana, y no necesitamos a los comunistas o a los llamados “agitadores” para enseñarnos algo sobre estas cosas. Sudáfrica es el país más rico de África, y podría ser uno de los países más ricos del mundo. Pero es una tierra de extraordinarios contrastes. Los blancos disfrutan del que posiblemente sea el nivel de vida más alto del mundo, mientras que los africanos viven en la pobreza y la miseria. La pobreza lleva aparejada la desnutrición y la enfermedad. La tuberculosis, la pelagra y el escorbuto provocan la muerte y la destrucción de la salud.
Sin embargo, los africanos no solo se quejan de que son pobres y de que los blancos son ricos, sino de que las leyes, que están hechas por los blancos, están diseñadas para mantener esta situación. Hay dos formas de salir de la pobreza. La primera es mediante la educación formal, y la segunda es que el trabajador adquiera una mayor destreza en su trabajo y consiga así unos salarios más elevados. En lo que se refiere a los africanos, ambas vías para progresar están limitadas deliberadamente por la legislación.
El Gobierno siempre ha tratado de poner trabas a los africanos en su búsqueda de educación. Hay una educación obligatoria para todos los niños blancos sin casi ningún coste para los padres, ya sean ricos o pobres. Los niños africanos, sin embargo, por lo general tienen que pagar más por sus estudios que los blancos.
Aproximadamente el 40% de los niños africanos en el grupo de edades comprendidas entre los siete y los 14 años no van al colegio. Para los que van, los niveles son muy diferentes de los que se exigen a los niños blancos. Solo 5.660 niños africanos en toda Sudáfrica consiguieron superar la escuela primaria en 1962, y solo 362 aprobaron el examen de ingreso en la universidad.
Esto concuerda previsiblemente con la política de la educación bantú sobre la cual el actual primer ministro dijo: “Cuando tenga el control de la educación nativa la reformaré para que a los nativos se les enseñe desde su infancia a darse cuenta de que la igualdad con los europeos no es para ellos. Las personas que creen en la igualdad no son profesores deseables para los nativos. Cuando mi departamento controle la educación nativa sabrá para qué clase de educación superior es apto un nativo, y si tendrá una oportunidad en la vida de usar sus conocimientos”.
El otro obstáculo principal para el progreso de los africanos es la prohibición basada en el color vigente en la industria, según la cual los mejores trabajos están reservados solo para los blancos. Además, a los africanos que consiguen un empleo en las profesiones no cualificadas o semicualificadas abiertas a ellos no se les permite formar sindicatos que sean reconocidos. Esto significa que se les niega el derecho a la negociación colectiva, que sí se permite a los trabajadores blancos mejor pagados.
El Gobierno responde a sus detractores diciendo que los africanos en Sudáfrica viven en mejores condiciones que los habitantes de otros países en África. No sé si esta afirmación es cierta. Pero incluso si lo es, en lo que se refiere a los africanos, es irrelevante.
No nos quejamos de que seamos pobres en comparación con gente de otros países, sino de que somos pobres en comparación con los blancos en nuestro propio país, y de que la legislación impide que cambiemos este desequilibrio.
La falta de dignidad humana experimentada por los africanos es una consecuencia directa de la política de la supremacía blanca. La supremacía blanca implica la inferioridad de los negros. La legislación diseñada para mantener la supremacía de los blancos refuerza esta idea. Las labores de baja categoría son siempre realizadas por africanos.
Cuando hay que llevar o limpiar algo el hombre blanco siempre mira a su alrededor buscando a un africano que lo haga para él, tanto si el africano es un empleado suyo como si no. Debido a esta clase de actitud, los blancos tienden a considerar a los africanos como una estirpe diferente. No los consideran personas con familias propias; no se dan cuenta de que tienen emociones y de que se enamoran igual que los blancos; de que quieren estar con sus mujeres y sus hijos igual que los blancos quieren estar con los suyos; de que quieren ganar suficiente dinero para mantener a sus familias como es debido, alimentarlas, vestirlas y enviarlas al colegio. ¿Y qué sirviente, jardinero o jornalero puede esperar hacer esto alguna vez?
Las leyes relativas a los pases hacen que cualquier africano esté sometido a la vigilancia policial en todo momento. Dudo que haya un solo hombre africano en Sudáfrica que no haya tenido un roce con la policía por su pase. Cientos, miles, de africanos son encarcelados cada año conforme a las leyes de pases.
Y aún peor es el hecho de que las leyes de pases separen al marido y a la mujer, y lleven a la ruptura de la vida familiar. La pobreza y la ruptura de la familia tienen efectos secundarios. Los niños deambulan por las calles porque no tienen escuelas a las que ir, ni dinero para poder ir, ni padres en casa para ver que van, porque ambos progenitores (si es que hay dos) tienen que trabajar para mantener viva a la familia. Esto conduce a una ruptura de las normas morales, a un incremento alarmante de la ilegitimidad y a la violencia, que surge no solo en el ámbito político, sino en todas partes. La vida en los municipios segregados es peligrosa. No hay un día en el que no apuñalen o ataquen a alguien. Y la violencia se traslada fuera de los barrios segregados [hasta] las zonas donde viven los blancos. La gente tiene miedo de andar por las calles cuando anochece. Los allanamientos de morada y los robos están aumentando, a pesar del hecho de que ahora se puede imponer la pena de muerte por estos delitos. Las penas de muerte no pueden curar el resentimiento enconado.
Los africanos quieren que se les pague un salario mínimo. Los africanos quieren realizar un trabajo que sean capaces de realizar, y no un trabajo que el Gobierno declare que son capaces de realizar. Los africanos quieren que se les permita vivir donde puedan conseguir trabajo, y que no se les expulse de una zona porque no nacieron allí. Los africanos quieren que se les permita poseer tierras en lugares en los que trabajen, y que no se les obligue a vivir en casas alquiladas que nunca pueden llamar suyas. Los africanos quieren formar parte de la población general, y que no se les confine en sus propios guetos.
Los hombres africanos quieren que sus mujeres y sus hijos vivan con ellos donde trabajan, y que no se les obligue a llevar una vida poco natural en albergues para hombres. Las mujeres africanas quieren estar con sus hombres, y no quieren quedarse viudas permanentemente en las reservas. Los africanos quieren que se les permita salir después de las once de la noche, y no quieren que se les confine en sus habitaciones como a niños pequeños. Los africanos quieren que se les permita viajar en su propio país y buscar trabajo donde quieran, y no donde la oficina de trabajo les diga que lo hagan. Los africanos solo quieren una parte equitativa de toda Sudáfrica; quieren seguridad y participar en la sociedad.
Por encima de todo, queremos los mismos derechos políticos, porque sin ellos nuestras desventajas serán permanentes. Sé que esto les parece revolucionario a los blancos de este país porque la mayoría de los votantes serán africanos. Esto hace que el hombre blanco tema la democracia. Pero no se puede permitir que este temor se interponga en el camino de la única solución que garantizará la armonía racial y la libertad para todos. No es cierto que la concesión del derecho al voto a todo el mundo provocará una dominación racial. La división política, basada en el color, es totalmente artificial y, cuando desaparezca, también lo hará el dominio de un grupo de color sobre otro. El ANC se ha pasado medio siglo luchando contra el racismo. Cuando triunfe, no cambiará esa política.
Esto, por tanto, es contra lo que lucha el ANC. Su lucha es una auténtica lucha nacional. Es una lucha de los africanos, movidos por su propio sufrimiento y su propia experiencia. Es una lucha por el derecho a vivir. Durante toda mi vida me he dedicado a esta lucha de los africanos. He luchado contra la dominación de los blancos, y he luchado contra la dominación de los negros. He anhelado el ideal de una sociedad libre y democrática en la que todas las personas vivan juntas en armonía y con igualdad de oportunidades. Es un ideal por el que espero vivir y que espero lograr. Pero si es necesario, es un ideal por el que estoy dispuesto a morir.
Traducción de News Clips.