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martes, 8 de marzo de 2016

PRENSA CULTURAL. "El libro de la vida de Virginia Woolf"

   En "El País":

El libro de la vida de Virginia Woolf

'Fin de viaje’, la primera obra publicada por la autora británica, cumple un siglo


La escritora Virginia Woolf, en 1931. / COLECCIÓN DE LA LIBRERÍA DE HOUGHTON

Veintiséis años antes de que Virginia Woolf se hundiera en las frías aguas del río Ouse, en 1941, publicó su primera novela donde la vida de la protagonista termina de forma prematura, a la vez que avanza su renovador y magistral futuro literario. Lo hizo hace un siglo, el 26 de marzo de 1915, en una novela premonitoria titulada Fin de viaje. Ahí empezó su cuenta atrás, no solo al contar la historia de la joven Rachel Vinrace, donde criticaba el mundo de la época y rompía los esquemas de la narración, sino también por lo que anida en el libro de lo que fue y habría de ser su vida, su concepción de sí misma y sus últimas horas.


LOREDANO
Fin de viaje supone un ámbar biográfico y literario de Virginia Woolf (1882-1941) donde destellan las conexiones entre esa novela y los últimos días de la escritora: los dos hechos suceden casi al comienzo de la Primera y la Segunda Guerra Mundial, respectivamente; ambos están precedidos por brotes psicóticos de la narradora y ensayista; la protagonista quiere desencorsetarse de la herencia victoriana y reivindica derechos de la mujer, mientras en la vida real, Woolf, con 59 años, ya es reconocida por todo ello y se enfrenta a un mundo insospechado de cambios vertiginosos; es en esta historia donde aparece la señora Dalloway, una de las señas de identidad de la escritora inglesa; en la novela, el amor es un hallazgo, oscilante, que se intenta describir, algo en lo que Virginia Woolf insistió de manera infructuosa… y esto es el primer fogonazo entre su ópera prima y su adiós.
Veintiséis años separan esos dos momentos conectados por un relámpago que lo ilumina todo al echar la vista atrás en las 949 páginas de Virginia Woolf. La vida por escrito (Taurus), de Irene Chikiar Bauer. Es la primera gran biografía en español de una de las escritoras más influyentes del siglo XX y que desde el principio quiso romper esquemas narrativos y dar voz a la Voz, como el agua que fluye y siempre encuentra una salida. Hablan por ella La señora DallowayAl faroOrlandoLas olasUna habitación propia

Coincide con la edición de una nueva biografía, la más destacada escrita en español
Y aquí, Chikiar Bauer, periodista y escritora argentina, reconstruye esa existencia y muestra el ir y venir entre realidad y ficción. Virginia Woolf, dice la biógrafa, utilizó experiencias de su vida en sus libros, pero, precisa, no se puede “afirmar que la suya sea una escritura autobiográfica o de autoficción, aunque al contar con todo el material autobiográfico del que disponemos, sus cartas, sus diarios personales, ensayos y memorias, veamos que la temática de su literatura tiene que ver con cuestiones que le concernían personalmente”.
Es la felicidad astillada.
Siete años ha invertido la periodista en mostrarla en este volumen dividido en dos partes: la primera recoge sus 22 años iniciales, hasta la muerte de su padre en 1904 (periodo en el cual nacen sus demonios, para bien y para mal, y que la espolean: el padre en la torre de marfil, la madre vigilante, su hermana Vanessa, pintora, y la sombra del incesto por culpa de uno de sus hermanastros). La segunda parte es el resto de su vida, año a año. Supone un asomo al universo Virginia Woolf, que pendula entre las huellas de la época victoriana y las dos guerras mundiales y, en medio, el mundo que se abre al modernismo y al que ella misma contribuye con su literatura o grupos como el de Bloomsbury. Como colofón, su vida en fotografías.
Casi todo y toda ella está en Fin de viaje. Es como el libro de la vida de su vida, escrito 26 años antes de morir, y que Irene Chikiar reconstruye: “Lo empezó en el verano de 1907 y lo envió a la editorial en 1913, hasta que se publicó el 26 de marzo de 1915. Buscó, como en sus principales libros, experimentar maneras menos convencionales de tratar el argumento y los personajes, lo cual requería salirse de los cánones establecidos. Se puede decir que Fin de viaje refleja las preocupaciones de Virginia Woolf durante su adolescencia y primera juventud, siendo centrales cuestiones como las dificultades en las relaciones entre hombres y mujeres jóvenes, la ignorancia sexual y el lugar en la sociedad que ocupaban las jóvenes de su clase, e incluso el efecto de la muerte prematura de la madre”. Ya en esa obra señala la necesidad de un cuarto propio para la protagonista, “donde poder tocar música, leer, meditar, desafiar al mundo, habitación que podía convertir en fortaleza y santuario”.

En Fin de viaje son centrales cuestiones como las dificultades en las relaciones entre hombres y mujeres jóvenes, la ignorancia sexual y el lugar en la sociedad que ocupaban las jóvenes de su clase, e incluso el efecto de la muerte prematura de la madre”.
Irene Chikiar
Y así lo hizo ella misma hasta el final, sin dejar de trabajar los temas que la conectaron con Fin de viaje… En la historia de Rachel, el amor y la felicidad, su búsqueda con el joven Terence Hewet, es frustrada, y “la cuestión sexual no se aborda”, mientras la escritora y Leonard sí se casaron, pero llevaron una vida sentimental singular donde, tanto en la novela como en la realidad, el amor va más allá de lo terrenal y su realización está impregnada de un aire de imposibilidad; la atracción homosexual parece aletear alrededor de la joven protagonista y se concreta en la autora. Rachel enferma y muere prematuramente, mientras la escritora se suicida. Tras la muerte de ambas, mientras en la novela se dice: “Nunca dos personas han sido tan felices como lo hemos sido nosotros. Nadie ha amado nunca como nos hemos amado nosotros”; en el mundo real, Virginia Woolf dejó una carta a su marido cuyas últimas palabras son: “No creo que dos personas pudieran ser más felices de lo que fuimos tú y yo”.
Y todo ocurrió un viernes. Un viernes 26 de marzo de 1915 Virginia Woolf dio a conocer su mundo literario en Fin de viaje y un viernes, 26 años después, ella dijo adiós.

Virginia Woolf en sus novelas

Irene Chikiar Bauer cuenta qué prestó Virginia Woolf de su vida a cuatro de sus novelas más emblemáticas y por qué las escribió. Al faro (1927), novela clave del modernismo y reafirmación de su autora en el canon del siglo XX, y que pasa por ser, quizá, su obra más autobiográfica no está incluida en este recorrido precisamente porque es de las que más se suele hablar. Recuerdos de infancia y manipulación del tiempo resumidos por la biógrafa en Virginia Woolf. La vida por escrito (Taurus): “Las ideas y visiones de Al faro convocaban emociones asociadas al recuerdo de sus padres y de su propia infancia, y evocaban los veranos en St. Ives y toda la fuerza de esa realidad perdida. Mientras escribía, Virginia llamaba al pasado y lo fijaba en palabras”.

La señora Dalloway (1925):

“En esta novela, la preferida de muchos lectores, quiso ‘mostrar lo escurridizo del alma’, pero también, mientras la escribía, sintió que tenía casi demasiadas ideas, quería ‘dar vida y muerte, cordura y locura’, ‘criticar el sistema social, y mostrarlo en funcionamiento, en su forma más intensa’. En La señora Dalloway bosquejó un estudio de la locura y el suicidio: ‘El mundo visto por cuerdos y locos, lado a lado’. Allí volcó experiencias de sus propias enfermedades y trastornos psíquicos (en el personaje de Séptimus, un soldado que sufre stress post traumático y se suicida tras un brote de locura), también reflexionó acerca de la condición de las mujeres de su época, reflejadas en Clarissa Dalloway, su hija, la institutriz, o Sally, la amiga de juventud de Clarissa. Las dificultades de la relación entre hombres y mujeres está presente en este libro, lo mismo que su amor por la ciudad de Londres, o la devastación que produce la guerra, una problemática sobre la que trata en casi todas sus novelas.
Tal vez, una de las cuestiones que ella consideró más importante es que en esta obra logró un gran ‘descubrimiento’, un método que le permitió excavar ‘hermosas cavernas’ detrás de sus personajes, logrando “humanidad, humor, profundidad”. De alguna manera, Clarissa Dalloway actúa como doble de Virginia Woolf; muestra lo que podría haber sido de ella, si la rebeldía a las normas, su conciencia humanitaria y la pasión por la escritura no hubieran interferido el destino victoriano que había trazado sus padres y la época en la que le tocó nacer”.

Orlando (1928):

“Quiso escribir Orlando en un estilo burlón, claro y sencillo, de modo que la gente entendiera la novela. El libro, en homenaje a su amiga y ocasional amante Vita Sackville West, debía tener un cuidadoso equilibrio entre verdad (hechos) y fantasía (ficción). Pero Orlando es más que un ejercicio brillante y liberador. Gracias a esa novela la autora logró ascendiente sobre Vita, la halagó, y a través de ella tal vez elaboró los celos que le provocaban sus relaciones con otras mujeres. Además, gracias al Orlando, expresó, en clave literaria, la liberalidad sexual que caracterizaba a los integrantes de Bloomsbury. Suerte de biografía ficcional de Vita, en el libro también se reconocen versiones satíricas de amigos, parientes e incluso a la propia Virginia Woolf ya que recrea aspectos de su propia experiencia como escritora, aborda las problemáticas de género y alude a la bisexualidad de Vita, y a cuestiones de la identidad al explicitar que en Orlando, ‘el cambio de sexo modificaba su porvenir, no [modificaba] su identidad”.

Las olas (1931):

“Aquí hizo confluir introspección y aventura estética y justifica su tendencia, siempre presente en los diarios íntimos, de volver al pasado para entender el presente y proyectarse al porvenir. Desde un punto de vista autobiográfico, explicó Las olas como un intento de plasmar una visión o estado mental que tuvo cuando terminaba Al faro, su anterior novela, sintiéndose muy desdichada y experimentando el ‘dolor físicamente como una dolorosa ola que se hincha sobre el corazón’. También había deseado expresar ciertas visiones: ‘El lado místico de la soledad’. Las olas es un libro de madurez, donde recrea los ‘momentos de vida’ que tanto la habían conmovido de niña; como la vez que no pudo saltar un ‘charco en el sendero’, porque ‘todo de repente fue irreal […] el mundo entero se volvió irreal’. En esta novela quiso expresar ‘la idea de una corriente continua, no solo de pensamiento humano’ sino de la Infancia, aunque dejando en claro que no se trataría de su propia infancia. En polifonía, alternan los soliloquios de seis personajes que se conocen desde niños y que conservarán su amistad a lo largo de sus vidas. Un séptimo personaje, al que los demás evocan, tiene claras analogías con Thoby, el hermano que murió en su juventud. Asimismo, características de los personajes se pueden asociar a los de la propia Virginia Woolf, o a los de su marido, Leonard Woolf, su hermana Vanessa, y otros integrantes del grupo Bloomsbury”.

Entre actos (1941):

“En tanto que Tres guineas (1938) puede considerarse un alegato pacifista, en sus últimas novelas, Los años (1937) y Entre actos (1941), la referencia a la Segunda Guerra Mundial es ineludible. Una Europa ‘erizada de cañones, cubierta de aviones’ da marco a la última novela de Virginia Woolf. En el libro se pasa registro a la vida social de una aldea inglesa. El tema es afín a su objetivo de relacionar las vidas de sus protagonistas con la mayor parte de la historia del país; y si bien hay una pequeña escena que tiene lugar la noche anterior, la historia se desarrolla durante el transcurso del siguiente día, con los preparativos y finalmente la representación teatral organizada anualmente por los lugareños para juntar fondos para instalar luz eléctrica en la iglesia del pueblo. La obra cuenta con un público que incluye a la pequeña nobleza, a la alta burguesía y a los aldeanos, que además de ver la obra, comparten un refrigerio. Durante los últimos años de su vida, marcada por la guerra y sin poder regresar a Londres, Virginia Woolf convivió estrechamente con la gente de Rodmell, donde tenía su casa de campo. Puede afirmarse que en Entre actos, recreó muchas de sus preocupaciones y temas que la guerra reactualizaba: su amor por Inglaterra, su particular patriotismo ligado a la tradición literaria y al paisaje inglés, sus planteamientos acerca de la vida individual y comunitaria, sus temores asociados con la guerra. También se refiere a su idea de la imposibilidad de comunicación, aun entre personas que se aman. De hecho, los personajes se unen y se separan consciente o inconscientemente, guiados por afinidades electivas cambiantes, rechazos y atracciones que van dibujando constelaciones que los unifican, o los rescatan, al menos momentáneamente, de su aislamiento. Las diferencias de clase, generacionales, sexuales e incluso ideológicas actúan como fuerzas de atracción y repulsión, que afectan a los individuos, aislados en su propio universo.
Además de innovar en el estilo, Virginia intentaba indagar en una problemática de amplio espectro y que abarcaba desde temas acerca del futuro de la civilización, a otros específicamente literarios como la relación entre el autor y su público y los modos de representación, para llegar a cuestiones de orden cuasi metafísico”.

domingo, 1 de junio de 2014

PRENSA CULTURAL. "Sentido y sensibilidad". Fernando Savater


Fernando Savater

   En "El País":

 23 OCT 2012

La buena literatura no tiene sexo, ni siquiera género, pero cuando la escribe una mujer siempre será bautizada como literatura femenina. Y se le asignarán rasgos idiosincrásicos que la cargan de un punto exótico, como si llegase desde un continente casi inexplorado. Pero ¿son acaso las buenas escritoras indígenas de un continente desconocido por los varones, lleno de zonas en blanco en las que solo pone “aquí hay leones”? Así parece haber sido, desde Madame de Lafayette y Jane Austen, pasando por las BrontëGeorge Sand o la maravillosa Emily Dickinson, hasta comienzos del siglo XX. Pero entonces llegó Virginia Woolf, seguida luego por Simone de Beauvoir, y el espectro en camisón de lo femenino en literatura se convirtió en una antigualla más bien risible, como el fantasma de Canterville. Creer que esa denominación nos ayudará a entender mejor las obras de Silvina Ocampo y Marguerite Yourcenar, o las de Agatha Christie, J.K. Rowling o Fred Vargas, suena ahora un punto ridículo y hasta absurdo.
No hay una “literatura femenina”, a efectos críticos, pero sin duda ha habido una larga lucha femenina para abrirse paso en la literatura monopolizada y dirigida por la autoridad de los varones. Si hoy esa batalla está ya decidida y han ganado las buenas, a pocas personas debe tanto ese triunfo como a Virginia Woolf. Llamarla escritora a secas es poco, porque fue en toda la extensión del término una mujer de letras, una humanista en el sentido más moderno e innovador de esa calificación: novelista, cuentista, crítica de arte y literatura, ensayista, periodista, editora, alma de esa combinación de tertulia y sociedad secreta que fue el grupo de Bloomsbury, autora de un diario imprescindible y de una correspondencia que conmueve por su penetrante inteligencia y por su atormentado coraje. Si llamamos intelectual al artista que se compromete públicamente con causas cívicas, Virginia Woolf fue una de las figuras intelectuales decisivas del pasado siglo, pese a mantenerse alejada de la lucha de partidos, porque su ensayo Una habitación propia tiene tantas implicaciones políticas y culturales como el Yo acuso de Zola. Ninguno de quienes la hemos amado a través de la lectura podemos consolarnos de no haberla oído conversar…
Como novelista, resulta inadmisible confinarla en el papel de mero epígono de James Joyce, aunque solo sea en atención a que alguna de sus novelas —Mrs. Dalloway, por ejemplo— y varias de sus narraciones son tan buenas como lo mejor que escribió el gran irlandés. Fue una escritora experimental, lo que en su época no resulta demasiado insólito, pero a quien la mayoría de los experimentos le resultaron bien, lo cual ya es más raro. Demuestra penetración psicológica, aguda visión social, un humor malicioso no indigno de Swift aunque mucho menos explícito, y ocasionales toques de auténtica reflexión trascendente —¿filosófica? ¿metafísica?— sin los cuales ningún buen narrador llega a ser verdaderamente grande. Como crítica, tanto de obras ajenas como de las propias (desencantada, con sobrada razón, por el escaso reconocimiento que estas obtenían) alcanza una penetración y una libertad de juicio verdaderamente insólitas, en su tiempo… o en cualquiera. Sabía leer y por eso merece la pena volver a su precioso ensayito ¿Cómo debería leerse un libro?, editado ahora por José J. de Olañeta.
No conozco escrito más emocionante —intelectualmente emocionante, no solo en lo sentimental— que la carta de despedida a su marido Leonard cuando decidió suicidarse. Acaba con una frase terrible y sincera (“no creo que dos personas puedan ser más felices de lo que hemos sido tú y yo”), la declaración estremecedora de que ni siquiera la felicidad basta. Lo que más tememos oír. Y comienza: “Siento que voy a enloquecer de nuevo”. Pero no se trataba solamente de un pánico por la cordura personal. Los nazis amenazaban con invadir Inglaterra y la tenían en la lista de personalidades que debían ser eliminadas cuando dominaran la isla. Ella presintió que formaba parte natural e inevitable del enemigo para los bárbaros y que era en realidad Europa la que iba a enloquecer de nuevo…

miércoles, 15 de febrero de 2012

PRENSA CULTURAL. "Diario incesante de Virginia Woolf", por Antonio Muñoz Molina

Virginia Woolf (1882-1941), en los años treinta. / THE GRANGER COLLECTION (AGE FOTOSTOCK). ("El País")

   En Babelia, suplemento cultural de "El País":
Diario incesante de Virginia Woolf

ANTONIO MUÑOZ MOLINA 10 FEB 2012

   A Virginia Woolf le gustaba fumar puros, jugar a los bolos y escribir a máquina. Era feminista y era pacifista, y una vez que le ofrecieron un doctorado honoris causa lo rechazó con tajante elegancia. Comparaba la felicidad de escribir impulsada por el entusiasmo de la inspiración y la perseverancia del trabajo con el ronquido de un Rolls Royce lanzado a cien kilómetros por hora; con la fuerza de las hélices de un avión. Un día estaba escribiendo en su diario y al levantar la cabeza vio por la ventana de su casa de campo un zepelín que navegaba silenciosamente en la noche, con una guirnalda de luces en la barquilla; paseando por el campo con su marido, Leonard Woolf, una mañana de primavera, vio en un prado, entre ovejas y vacas, un aeroplano de fuselaje plateado y alas azules.
   Cuando la abatía la negrura de la depresión podía pasarse semanas encerrada en su dormitorio, mirando al techo, deseando morir; pero muchas más veces disfrutaba golosamente de la vida, del amor conyugal y tal vez del amor de aquella mujer a la que estaba tan unida, Vita Sackville-West, de la cercanía de sus amigos, de los paseos entre las multitudes de Londres o las caminatas solitarias por el campo; de verlo todo y apreciarlo todo; y sobre todo de la literatura, de escribir y leer, de recibir la intuición, la primera imagen de una novela y dejarse llevar por ella hasta encontrar su forma; y de escribir en su diario sobre la felicidad y la obsesión y la incertidumbre de escribir y sobre cualquier cosa que se le pasara por la imaginación y sobre cada impresión que le alertara los sentidos, sobre una visita a Thomas Hardy o un encuentro a la orilla del Támesis con George Bernard Shaw o sobre un perro que la miraba mientras trabajaba o sobre aquel aeroplano que ella y Leonard vieron un día brillando al sol en medio del campo como una prodigiosa libélula.
   Escribía el diario en volúmenes de páginas en blanco encuadernados por su marido en la editorial que habían fundado los dos, la Hogarth Press. Cada año empezaba un tomo distinto. Había llenado veintisiete cuando se quitó la vida el 28 de marzo de 1941, internándose en un río con los bolsillos llenos de piedras para que su cuerpo no flotara. En los últimos tiempos sus anotaciones se habían ido haciendo más secas, mucho más cortas. El miedo a la locura se correspondía con el colapso del mundo. Hitler se había apoderado de Europa entera y cada noche las bombas de la aviación alemana asolaban uno tras otro los barrios de Londres. La casa en la que Leonard y ella vivían estaba en ruinas. Virginia Woolf volvía a Londres desde su refugio en el campo y encontraba reducidas a escombros las calles que hasta hacía muy poco tiempo fueron los lugares usuales por los que se movía. Leonard era judío: si como era probable los alemanes invadían Inglaterra Virginia y él se matarían juntos.
   Un síntoma de la depresión es que la realidad exterior parece confirmar las impresiones más sombrías de quien sufre su influjo. En los últimos años, según los síntomas de la guerra inminente se hacían más visibles, según caían Checoslovaquia y Austria y se hundía la República española, Virginia Woolf había sentido cada vez con más frecuencia la mordedura del trastorno mental, y cada vez le era menos útil el remedio que siempre le había ayudado a salvarse de él: el trabajo, la escritura constante, la entrega a aquella adicción que un amigo suyo comparaba con la adicción al opio. Su prosa es una tentativa constante de crear un estilo que fluyera como el curso del tiempo, que atrapara la fugacidad y la velocidad de las cosas, la simultaneidad armónica de las palabras, los estados de conciencia, las sensaciones, los sentimientos: pero ese estilo tiene en el fondo la urgencia de una huida, la falta de sosiego de alguien que sabe que si baja la guardia o se queda inmóvil será atrapado por la bestia oscura que le viene a la zaga.
   En esa pulsación rítmica y entrecortada de la escritura Virginia Woolf no se parece a nadie. Aprendió de Proust la ambición de atrapar como un flujo de ondas y partículas la textura del tiempo, la simultaneidad del presente y de la memoria; y aunque Joyce le provocaba mucho recelo y bastante desagrado aprendió de Ulises la manera en la que la conciencia observadora, la yuxtaposición de las perspectivas y el caos visual y sonoro de la ciudad moderna pueden entretejerse casi musicalmente en un solo relato. Pero en ella hay un ansia peculiar, una inmediatez física, y además un coraje personal que los escritores varones no necesitaban. No imaginamos a Joyce ni a Proust confesando tan abiertamente las propias debilidades en un diario; reconociendo que los hieren y los humillan las críticas negativas y que no son insensibles a ningún elogio; llevando la cuenta de los ejemplares vendidos de una novela. Virginia Woolf tenía miedo de no ser tomada en serio y anotaba siempre con incredulidad las señales del éxito. Se reprochaba a sí misma el daño que le hacía una reseña cruel y vencía el pudor para copiar palabra por palabra el elogio que le había hecho alguien.
   No descansaba nunca. Lo que más asombra del diario es su laboriosidad incesante. Anota con alivio el final de la primera escritura de una novela y a continuación la pasa a máquina y la corrige y se la da a leer a Leonard, la presencia benéfica que apuntala su vida. Al empezar a escribir se había dejado llevar por su propio entusiasmo, por la embriaguez de inventar y escribir: apenas publicado el libro ya se aleja de él y no es capaz de recordarlo sin remordimiento. Quiere lograr una forma fluida y abierta que contenga la vida sin falsificarla. Quiere el despojamiento de la poesía y la eliminación de lo premioso o lo superfluo. Aspira a que la novela terminada conserve la libertad de un borrador. Cada libro empieza siendo una promesa y termina parcialmente en una claudicación. Así que en seguida hay que empezar otro, no porque ella se lo proponga, sino porque surge una imagen, un hilo que habrá que seguir, y porque la inactividad desemboca rápidamente en abatimiento.
   De modo que no hay más remedio que escribir siempre. Cada año empieza con un tomo encuadernado y en blanco y concluye con él lleno hasta el final de escritura. El de 1941 queda inconcluso, más de la tercera parte de las hojas en blanco. Años después, Leonard Woolf repasa los 27 cuadernos y va extrayendo de ellos los pasajes relacionados con el oficio de la literatura. Uno de los mejores libros de Virginia Woolf ha llegado a existir cuando ella ya estaba muerta. Leonard Woolf, tan atento en la muerte como en la vida, lo tituló A Writer’s Diary. No conozco otro testimonio mejor sobre la felicidad y la incertidumbre de escribir. No hay confesión de un escritor en la que haya tanta verdad como en este diario de Virginia Woolf.

   antoniomuñozmolina.es

martes, 6 de septiembre de 2011

PRENSA CULTURAL. "A una jornada de mar", por Charo Ramos. (Sobre Virginia Woolf y su novela "Al faro")

Virginia Woolf

   En "El Día de Córdoba":
A una jornada de mar

   Virginia Woolf evocó a sus padres y la casa de sus vacaciones infantiles en 'Al faro', la más vanguardista de sus obras, atravesada por el drama de la Primera Guerra Mundial.

Charo Ramos
 01.09.2011

   St. Ives es un hermoso pueblo inglés que, desde principios del siglo XIX, atrajo hacia su bahía, en la costa norte de Cornualles, a ilustres pintores de marinas como William Turner o James Whistler. Su luz y una vegetación insólitamente mediterránea, sus playas de arena blanca en un país de guijarros, lo convirtieron años después en un irresistible imán para los impresionistas británicos. La propia lejanía de Londres favoreció ese ambiente de libertad creativa y bohemia que pasó a ser destino favorito de poetas y escritores como D. H. Lawrence y Virginia Woolf.
   Fue precisamente la autora de Una habitación propia la que alcanzó a convertir en un mito ese mar frente al que transcurrieron todos los veranos de su infancia. La familia de la entonces Adeline Virginia Stephen (Woolf fue su apellido de casada) había encontrado allí una casa de vacaciones con vistas, Talland House, que alquiló ininterrumpidamente entre 1882 y 1894. Los recuerdos de ese paisaje y de esos juegos infantiles en una corte de parientes, amigos paternos y amas de llaves darían forma en 1927 a la más autobiográfica de sus obras, Al faro.
   La novela, con fama de oscura y la más experimental entre las suyas por llevar al límite los métodos narrativos y el flujo de conciencia probados dos años antes con La señora Dalloway, convierte en un potente mito literario el faro de Godrevy que los Stephen y sus continuos invitados, entre los que se llegó a contar Henry James, veían desde sus ventanales. La luz de esa torre, alzada en un islote de la bahía para proteger a los barcos de los continuos naufragios, significó para la Woolf tanto una meta inalcanzable como un abrigo contra los sueños rotos y la pérdida de los seres más queridos.
   Visitar el faro, como soñaba el pequeño James Ramsay al inicio de este libro, constituía un prodigio "con el que le parecía haber estado soñando durante toda la vida" y del que apenas le separaban una noche y una jornada de mar en esa edad inconsciente a la que es posible creer todavía que, en la vida, "el bien triunfa, la felicidad prevalece y el orden impera".
   En la sección central del libro, tal vez las 20 páginas más hermosas de su literatura, la autora nos enfrenta al paso del tiempo, al abandono de las cosas que amamos y, casi de puntillas, a la muerte.
   Para ello se sirve de la ruina de la casa de verano durante la Primera Guerra Mundial, mostrándonos los goznes herrumbrosos de las puertas, las molduras hinchadas por la humedad del mar, la loza desportillada, el desgarro de los chales y el hueco que deja en las prendas la ausencia de quienes las vistieron, como esa vieja bata gris, ahora apolillada, que usaba para trabajar en el jardín la señora Ramsay, protagonista principal de la obra y en la que Woolf retrata a su madre, Julia, sobrina de la pionera de la fotografía Julia Margaret Cameron.
   El argumento de Al faro es tan nimio como desconcertante. Que la versión más divulgada en español haya sido la de Carmen Martín Gaite no cambia las cosas. En esta novela de escasos diálogos prácticamente no pasa nada. Y, sin embargo, asistimos en apenas dos jornadas separadas entre sí por diez años al flujo de la vida y la muerte, de un modo mucho más sincero y turbador que en las otras obras de Virginia inspiradas en St. Ives (Las olas, La habitación de Jacob) y con la torre como único testigo: "Las cosas se estaban pudriendo en los cajones, no se puede dejar todo tirado así. La casa estaba hecha una ruina y un dolor. Tan sólo la ráfaga de luz del faro se colaba en las habitaciones por unos instantes, iluminando la oscuridad del invierno con aquel súbito resplandor que se deslizaba por las camas y las paredes, con aquella mirada impasible sobre las briznas de paja, sobre las golondrinas, las ratas y los cardos. Nadie oponía resistencia a ese rayo de luz, no hallaba eco en nadie".
   Antes de ese hemistiquio, antes de que mueran la madre, la hija más bella tras su primer parto y de que la explosión de un obús alcance al joven Andrew (todo lo cual se nos narra en apenas tres líneas y entre paréntesis, como un temblor o un latido), hemos compartido con la familia Ramsay y sus amigos un día de verano en el que se especula con la visita al faro y que culmina en una cena. La tardanza de dos de los invitados, Paul Rayley y Minta Doyle, enturbia la felicidad de la señora Ramsay, empeñada en casarlos. Dotada de una belleza espléndida a sus 50 años, obsesionada por el cuidado familiar hasta el punto de renunciar a su voz interior, la inteligencia emocional de la matriarca contrasta con las manías y obsesiones intelectuales de su temperamental esposo, al que rodean varios discípulos y estudiosos de su obra filosófica así como la pintora Lily Briscoe, en quien es fácil ver varios rasgos y actitudes de la propia Virginia Woolf así como de su hermana, la artista Vanessa Bell.
   Al faro no se lee, se siente. Y, por eso, nos parece seguir oyendo los gorjeos de los pájaros y las sirenas de los barcos al cerrar la tercera y última parte, donde los supervivientes regresan a la casa y varios hijos completan, ahora contra su voluntad, esa excursión que ya sólo le interesa al padre. Su afán, al cabo, es realizar un sueño ajeno, el de la difunta esposa, un rostro que seguirá obsesionando a Lily Briscoe hasta que es capaz de completar su retrato y demostrarse a sí misma que el arte es eterno y sólo él sobrevive al cuerpo y su belleza mortal.
   Con el tiempo, como adivinó la autora, St. Ives siguió atrayendo a mujeres como Lily y llegó a fundar su propia escuela pictórica. Hoy cuenta incluso con una sede del emporio museístico Tate. De ahí que, cuando hace un par de años, la playa de Godrevy se puso en venta, sonaron las alarmas y volvió a invocarse a la suicida y feminista Virginia, esta vez para la lucha contra la codicia inmobiliaria.
   El reto de "conquistar lo que nos falta, recuperar el objeto perdido, conseguir lo inalcanzable" que fue un día para los Ramsay su viaje al faro, resonó de nuevo en Cornualles. Y nada importó entonces que la autora hubiera tomado prestados este paisaje y estos recuerdos para situar su novela finalmente en la isla de Skye, en el archipiélago de las Hébridas, donde, al parecer, como criticaron en su día los airados lectores escoceses, ni crecen los olmos ni florecen las dalias que ella, tan poéticamente, describió en esta cima de la literatura inglesa.

domingo, 17 de octubre de 2010

CUENTO. "La casa encantada", de Virginia Woolf (1882-1941)


Virginia Woolf
La casa encantada
A cualquier hora que una se despertara, una puerta se estaba cerrando. De cuarto en cuarto iba, cogida de la mano, levantando aquí, abriendo allá, cerciorándose, una pareja de duendes.
"Lo dejamos aquí", decía ella. Y él añadía: "¡Sí, pero también aquí!". "Está arriba", murmuraba ella. "Y también en el jardín", musitaba él. "No hagamos ruido", decían, "o les despertaremos".
Pero no era esto lo que nos despertaba. Oh, no. "Lo están buscando; están corriendo la cortina", podía decir una, para seguir leyendo una o dos páginas más. "Ahora lo han encontrado", sabía una de cierto, quedando con el lápiz quieto en el margen. Y, luego, cansada de leer, quizás una se levantara, y fuera a ver por sí misma, la casa toda ella vacía, las puertas quietas y abiertas, y sólo las palomas torcaces expresando con sonidos de burbuja su contentamiento, y el zumbido de la trilladora sonando allá, en la granja. "¿Por qué he venido aquí? ¿Qué quería encontrar?". Tenía las manos vacías. "¿Se encontrará acaso arriba?". Las manzanas se hallaban en la buhardilla. Y, en consecuencia, volvía a bajar; el jardín estaba quieto y en silencio como siempre, pero el libro se había caído al césped.
Pero lo habían encontrado en la sala de estar. Aun cuando no se les podía ver. Los vidrios de la ventana reflejaban manzanas, reflejaban rosas; todas las hojas eran verdes en el vidrio. Si ellos se movían en la sala de estar, las manzanas se limitaban a mostrar su cara amarilla. Sin embargo, en el instante siguiente, cuando la puerta se abría, esparcido en el suelo, colgando de las paredes, pendiente del techo... ¿qué? Yo tenía las manos vacías. La sombra de un tordo cruzó la alfombra; de los más profundos pozos de silencio la paloma torcaz extrajo su burbuja de sonido. "A salvo, a salvo, a salvo...", latía suavemente el pulso de la casa. "El tesoro está enterrado; el cuarto...", el pulso se detuvo bruscamente. Bueno, ¿era esto el tesoro enterrado?
Un momento después, la luz se había debilitado. ¿Afuera, en el jardín quizá? Pero los árboles tejían penumbras para un vagabundo rayo de sol. Tan hermoso, tan raro, frescamente hundido bajo la superficie el rayo que yo buscaba siempre ardía detrás del vidrio. Muerte era el vidrio; muerte mediaba entre nosotros; acercándose primero a la mujer, cientos de años atrás, abandonando la casa, sellando todas las ventanas; las estancias quedaron oscurecidas. Él lo dejó allí, él la dejó a ella, fue al norte, fue al este, vio las estrellas aparecer en el cielo del sur; buscó la casa, la encontró hundida bajo la loma. "A salvo, a salvo, a salvo", latía alegremente el pulso de la casa. "El tesoro es tuyo".
El viento sube rugiendo por la avenida. Los árboles se inclinan y vencen hacia aquí y hacia allá. Rayos de luna chapotean y se derraman sin tasa en la lluvia. Rígida y quieta arde la vela. Vagando por la casa, abriendo ventanas, musitando para no despertarnos, la pareja de duendes busca su alegría.
"Aquí dormimos", dice ella. Y él añade: "Besos sin número".  "El despertar por la mañana...".  "Plata entre los árboles...".  "Arriba...»". "En el jardín...".  "Cuando llegó el verano...".  "En la nieve invernal...". Las puertas siguen cerrándose a lo lejos, distantes, con suave sonido como el latido de un corazón.
Se acercan más; cesan en el pasillo. Cae el viento, resbala plateada la lluvia en el vidrio. Nuestros ojos se oscurecen; no oímos pasos a nuestro lado; no vemos a señora alguna extendiendo su manto fantasmal. Las manos del caballero forman pantalla ante la linterna. Con un suspiro, él dice: "Míralos, profundamente dormidos, con el amor en los labios".
Inclinados, sosteniendo la linterna de plata sobre nosotros, nos miran larga y profundamente. Larga es su espera. Entra directo el viento; la llama se vence levemente. Locos rayos de luna cruzan suelo y muro, y, al encontrarse, manchan los rostros inclinados; los rostros que consideran; los rostros que examinan a los durmientes y buscan su dicha oculta.
"A salvo, a salvo, a salvo", late con orgullo el corazón de la casa. "Tantos años...", suspira él. "Me has vuelto a encontrar".  "Aquí", murmura ella, "dormida; en el jardín leyendo; riendo, dándoles la vuelta a las manzanas en la buhardilla. Aquí dejamos nuestro tesoro...". Al inclinarse, su luz levanta mis párpados. "¡A salvo! ¡A salvo! ¡A salvo!", late enloquecido el pulso de la casa. Me despierto y grito: "¿Es este el tesoro enterrado de ustedes? La luz en el corazón".