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jueves, 28 de mayo de 2015

PRENSA CULTURAL. "La basura". Martín Caparrós

   En "El País":
LECTURA

La basura

Los desperdicios son casa, vida y sustento de miles de argentinos que no tienen qué comer. Martín Caparrós lo relata en su libro 'El Hambre'. Aquí, un extracto


MARÍA JOSÉ DURÁN
El sol ataca. Hay un camino de tierra, un descampado, olor a rayos; hay un puente. Bajo el puente, el río Reconquista es un amasijo de agua marrón y espuma, podredumbre. El sol deshace. Sobre el puente, cientos de personas esperan que, unos metros más allá, una barrera se abra. Transpiran, esperan, se miran, hablan poco; muchos tienen bicicletas. Bajo el puente se oyen unos gritos: dos muchachos de 15, 16 corren a otro muchacho de 15, 16. Sobre el puente, cuando se abra la barrera, los cientos de personas van a correr hacia la gran montaña de basura. Son hombres, casi todos; casi todos son jóvenes —pero hay mujeres, viejos. Bajo el puente, el perseguido grita; los perseguidores lo alcanzan, lo acosan, el perseguido grita más. Sobre el puente algunos miran: hacen como que no miran y los miran. Abajo, los perseguidores voltean al perseguido, lo agarran por los brazos y los pies, lo hamacan en el aire, lo revolean al río. El perseguido cae al río podrido, ya no grita. Los que esperan esperan. El sol estalla.
—Es muy feo tener que andar en la basura. Mi marido me decía que así es la vida. Y yo le decía que si es así, la vida es muy fea. Se fue, mi marido, vaya a saber dónde andará, se fue y me dejó con cinco chicos. Y yo sigo acá con la basura.
Los basurales de José León Suárez son una tradición argentina. Aquí, hace más de 50 años, un gobierno militar fusiló a una cantidad confusa de civiles que intentaban apoyar un levantamiento militar peronista. De aquí —de aquella historia— salió un relato que empezaba diciendo que un muerto estaba vivo:
"Seis meses más tarde, una noche asfixiante de verano, frente a un vaso de cerveza, un hombre me dice:
—Hay un fusilado que vive.
"No sé qué es lo que consigue atraerme en esa historia difusa, lejana, erizada de improbabilidades". Escribió en 1957 Rodolfo Walsh para empezar a contar su Operación Masacre —y de esas líneas salió, poco más o menos, todo lo que hacemos. De aquí, de los basurales de José Léon Suárez.
—Paty, puré de tomate, sopa encuentro, cosas de ésas. Sí, yo cocino casi todo de allá arriba.
—¿Y qué es lo que más cocinás?
—Guiso. Guiso con papa, fideo, arroz. Si encuentro carne, carne.
Depende de lo que encuentre en la montaña.
Los basurales cambiaron mucho desde entonces. Ahora son un emprendimiento de 300 hectáreas que se llama Ceamse —Coordinación Ecológica Área Metropolitana Sociedad del Estado. Su origen es turbio de tan claro: en 1977, los militares que asesinaban con denuedo, que llenaban el río de cadáveres, decidieron que tenían que terminar con el smog que afeaba el aire de la ciudad de Buenos Aires. Era una causa noble, bien ecololó: prohibieron los quemadores de basura domiciliarios y los reemplazaron por grandes depósitos ubicados en los suburbios; en su sistema de metáforas, la claridad del cielo del centro bien valía la mugre de las tierras de la periferia.
En esos mismos días, a menos de un kilómetro de allí, en Campo de Mayo, uno de los cuarteles más grandes del ejército argentino, cientos o miles de cuerpos fueron desaparecidos, quemados, enterrados.
La ciudad de Buenos Aires produce la basura; los territorios circundantes la reciben, la procesan —la consumen. La ciudad de Buenos Aires, donde viven tres millones de personas, produce cada día 6.500 toneladas de basura; treinta distritos del conurbano, donde viven diez millones, producen 10.000 toneladas diarias. O sea: cada habitante de la Capital basura el doble que uno de los suburbios. Pertenecer tiene sus privilegios.
Siempre hubo personas que cirujeaban: que rebuscaban en la basura cosas que vender. Con la instalación del Ceamse —con el aumento exponencial de la cantidad de basura que llegaba a la zona— los cirujas locales también fueron cada vez más. A fines de los noventa, cuando la Argentina se consolidó como un país partido, el Estado armó un cerco alrededor del basural: lo custodiaban docenas de policías. Y no tenían pruritos: cuando cruzaban un ciruja lo cagaban a golpes —y le sacaban, para su beneficio, lo que había recogido. Las autoridades del Ceamse decían que lo hacían por el bien de los invasores: que no podían permitir que se llevaran —y comieran— alimentos descompuestos que podían dañarlos. El Estado que no les garantizaba la comida garantizaba que no pudieran comerse un yogur agrio. Los cirujas empezaron a mejorar sus técnicas: entraban de noche, subrepticios, de a uno o dos o tres; cuando veían algún policía se escondían, a menudo bajo la basura.

"La ciudad de Buenos Aires produce la basura; los territorios circundantes la reciben, la procesan, la consumen"
Aun así, el cirujeo era un trabajo posible en un país donde escaseaban los trabajos. Alrededor del basural había un cinturón de tierras vacías, inhabitables por razones sanitarias. De a poco, personas fueron ocupándolas.
—Yo ese día me enteré a las tres o cuatro de la tarde de que estaban ocupando, y a las seis estaba ahí, con mi pedazo de toldo. Fue difícil, muy difícil. Es como en todos los barrios: se mete uno, se meten dos y cuando te querés acordar ya estaban todos.
Dice Lorena.
—Yo ahí me terminé de dar cuenta de lo que es ser pobre.
Corría 1998 y la Argentina estaba, como suele, en plena crisis económica, social. Las tierras alrededor del basural se llenaban de personas que se habían quedado sin empleo, que ya no podían pagar los mínimos alquileres que les cobraban por una casilla donde sobrevivir. Y además habían llegado miles de refugiados de las inundaciones de las provincias del nordeste: la zona rebosaba de pobreza.
—Fue muy espontánea la toma. Cuando vos tomás la tierra es así, un gran kilombo, todo lleno de pedazos de cable para marcar los lotes, y yo estaba sentada arriba de una piedra cuidando un pedazo de tierra. Había un vecino que se llamaba Coqui, y él siempre me cargaba: "¿Vos te acordás de esos años, cuando eras bien blanquita? Y era muy joven: no tenía 25. Ahora Lorena tiene 38 años y pesa, dice, casi 200 kilos: una masa con la cara risueña, inteligente, el pelo corto medio rubio, carne que le desborda.
–Ahora soy colorada, la piel se te curte, se te quema, los bracitos negros... "¿Vos te acordás de cuando eras bien pálida, Lore, y estabas sentada ahí en esa piedra?" Yo lo que me acuerdo es que tenía un miedo...
Lorena había llegado del Uruguay ocho años antes, cuando tenía 16. Venía de un barrio obrero de Montevideo: su padre se había ido cuando ella era chiquita; su madre, costurera, trabajó mucho para mantener a sus cuatro hijas que, de a poco, fueron emigrando a la Argentina. Su último gran esfuerzo fue darle a la menor, Lorena, su fiesta de quince; estaba enferma y murió de un infarto dos meses después. Lorena, sola, sin recursos, no tuvo más remedio que irse a la casa de una hermana, del otro lado del Río de la Plata, en los suburbios de Buenos Aires, en José León Suárez.
—Me tomé el ómnibus que venía desde Montevideo, viajé toda la noche. Y a la madrugada entró a Buenos Aires, por una autopista, entró al centro y estaba amaneciendo y yo miraba por la ventana y yo decía uy, Hollywood, llegué a Hollywood, luces, autopista, unas mujeres que salían de vaya a saber dónde con las botas hasta la rodilla, los shorts cortitos y esas botas. Yo venía tipo Janis Joplin: la pollera hindú, las trenzas, los zuequitos de madera, y esa minas salían de la bailanta con botas y minishort. Yo miraba para afuera, por la ventana, y se me salían los ojos, porque era demasiado: "autopista, bota y culo", decía. Me explotaba el corazón y decía dónde estoy, qué es esto, dónde me metí.
En José León Suárez tampoco entendía nada. Sus hermanas se inquietaron ante esa adolescente que les llegaba del pasado. Lorena no tenía papeles, no tenía educación, no sabía qué hacer con su vida.
—Empecé a trabajar en un choripán al paso en la estación de tren. El dueño me tocaba el culo y yo no quería decir nada y un día exploté y lo mandé al carajo y no fui más. Y ahí enseguida me enganché a cartonear. Acá en Suárez todos iban con los carros y bueno, empecé a drogarme mucho. Yo no sabía lo que era un faso... Y todo ese submundo de la pobreza, la miseria. Yo me quería matar... Y después me pasó algo muy lindo: conocí al papá de mis hijos. Estuve muchos años, 16 años con el papá de mis hijos. Fue una linda historia.

"A finales de los noventa el Estado cercó el basural. Los que no les garantizaban la comida garantizaban que no pudieran comerse un yogur agrio"
El muchacho se llamaba César, trabajaba en una fábrica, tenía una familia. Juntos armaron otra: dos hijos biológicos, una hija adoptada. En esos días de 1998 vivían en un ranchito que alquilaban; a él lo habían echado de la fábrica y ya no sabían cómo pagarlo. Y además Lorena siempre había querido tener algo propio: un pedazo de tierra. Pero esa tarde él no quería ir a ocupar. Ella le insistía:
—Yo ya estaba hinchada las bolas, no daba más. Siempre hacía todo en regla, todo bien y me seguía yendo mal, nunca tenía nada. Pero el Flaco no quería quebrar la ley, quería hacer todo por derecha. Y más cuando vio lo que eran esas tierras, un basural medio inundado, todo lleno de mierda, de barro, las ratas de este tamaño. Fue la primera vez que nos separamos.
Esa tarde cada cual ocupaba lo que podía. Lorena lo recuerda con cariño. La gente se ayudaba: vení por acá, metete en este lugar, dale, qué necesitás. Al principio cada uno se quedó con un lote de 30 por 30; pronto vieron que así no alcanzaba para todos y decidieron cortarlos por la mitad: 30 por 15, y entonces sí. Empezaron a delinear las calles, el espacio donde alguna vez estarían las veredas: semanas de trabajos, de entusiasmo. Y de conflictos: había algunos que ocupaban para venderles a los que llegaran más tarde, pero los vecinos se ocupaban de impedirlo.
—Cuando me enteraba de que alguno estaba para hacer negocio llamaba a mis compañeros, les decía vamos para allá y nos poníamos nosotros en el lote hasta que metíamos una familia, no dejábamos que se venda hasta que metíamos a una familia. Todos teníamos tolderías, vivimos casi seis meses así. Para sobrevivir ahí teníamos que organizarnos en grupos de los que ya estábamos viviendo, para poder cocinar y hacer un fuego porque la policía no nos dejaba entrar con madera, no nos dejaba entrar chapas. Tampoco teníamos agua, el agua que había estaba repodrida, hubo mucha hepatitis. Organizamos la olla popular, empezamos a ver cómo podíamos traer agua; es muy duro el asentamiento al principio. Ahí empecé también a ver que yo podía hacer algunas cosas.
Tiempo después alguien se dio cuenta de que un barrio sin nombre no es un barrio. Lo discutieron en una asamblea de vecinos. Varios quisieron ponerle José Luis Cabezas, el nombre de un fotógrafo que un millonario menemista había mandado matar un año antes. Pero al final decidieron que lo llamarían Ocho de Mayo, porque ése era el día en que por fin se habían atrevido: el día en que empezó.
En los meses siguientes llegaron muchos miles más: todas las tierras baldías —los basurales, los pantanos— de los alrededores se fueron transformando en barrios. Con el tiempo, César aceptó ir a vivir al terreno ocupado y se reconcilió con Lorena. No tenían muchas fuentes de ingresos; había días en que no alcanzaba para comer todo lo necesario: cartoneaban. Cartonear es un verbo nuevo en el idioma de los argentinos: no tiene más de veinte años. Es, en síntesis, la forma políticamente correcta, descafeinada, de llamar a los que viven de rebuscar en la basura ajena, los que suelen llamarse a sí mismos con la palabra antigua: cirujas.

"A comer de la bolsa del McDonald’s, de la basura de McDonald’s, estaba acostumbrada. Pero quería comer adentro"
Lorena solía ir hasta un barrio elegante de la Capital, Belgrano R. Algunos de sus vecinos también hacían el viaje; entre ellos, los padres de Noelia.
—Cuando Noelia tenía cinco o seis años, hace mucho, venía a un centro comunitario que habíamos armado en el barrio. Yo hacía un taller con los chiquitos y me acuerdo que estábamos hablando de los sueños, de lo que soñaba cada uno, y Noelia hizo un dibujo medio raro. Yo no entendía nada del dibujo, le pedí que me explicara. "Éste es un McDonald’s, tía". Y le dije: "¿Ése es tu sueño?" "Sí, comer, pero adentro, ¿eh?" Y me marcaba adentro. Porque la verdad es que a comer de la bolsa del McDonald’s, de la basura de McDonald’s, estaba acostumbrada. Pero quería comer adentro.
Dice Lorena, y que McDonald’s era "San McDonald’s porque salía la hamburguesa más linda. Hasta hoy el McDonald’s es el que te tira más limpio todo", dice. Pero Noelia quería comer adentro.
La mayoría de los vecinos del barrio Ocho de Mayo, entonces, hace unos diez años, subían a cirujear a la Montaña. A ese lugar que todavía llaman la Montaña.
—Juntás coraje. Si yo te digo negro, metete en ese montonazo de basura que hay ahí, ¿vos te vas a animar? Yo te puedo asegurar que no. Vas a tener que hacer de tripas corazón y te va a dar mucho asco y vas a vomitar y vas a decir yo no puedo estar acá.
El montón de basura tiene cinco o seis metros de alto, veinte de base, y es una verdadera porquería: todo tipo de restos chorreantes, pegajosos, aquel olor a infierno.
—Pero si tenés mucha hambre vas a hacer lo que tengas que hacer, y mala leche, y al final no te vas a dar cuenta. Es la necesidad... Lo único que nos moviliza para organizarnos, para pelear, para tener una tierra es cagarse de hambre. Lo necesito y lo hago. No somos muy conscientes, como no somos muy conscientes de trabajar acá. Porque si fuéramos muy conscientes, no estábamos acá.
Acá es la planta cooperativa de procesamiento de basura que dirige Lorena, al pie de la Montaña. Planta de procesamiento es un gran nombre: es un galpón repleto de basura, montones de basura alrededor, varias docenas de hombres y mujeres separándola, preparándola para la venta. Son los que zafaron de subir cada día a la Montaña: los cirujas con trabajo fijo. La Argentina es un país donde todo puede institucionalizarse; el mundo actual es un mundo donde todo.
—¿Por qué? Si fueran muy conscientes, ¿qué harían?

"Se sancionó lo que había sido clandestino y marginal: que miles de argentinos revolvieran esa basura para buscar comida"
—No sé, otra cosa. Nosotros ni pensamos cuánto vamos a tardar en morirnos trabajando acá... Es terrible porque la vida de todos los que trabajamos en el rubro de la basura, en todo lo que es el sector... Estamos apestadísmos, negro. Estamos apestadísimos... Trabajamos con las ratas, mirá las condiciones. Pero vos tenés que solucionar el tema del morfi hoy. Cuando hay hambre no podés pararte a mirar esas cosas.
Me dice Lorena.
Con la crisis de 2001 y el aumento de las ocupaciones y la falta de plata, la cantidad de cirujas se multiplicó de pronto —y su insistencia y su desesperación: cuentan que la custodia del basural se volvió más violenta, que al que trataba de entrar lo corrían a balazos. Entonces los cirujas empezaron a asaltar los camiones que llegaban. La represión aumentó también, y se extendió a los barrios cercanos. Había palos, tiros: molidos, heridos.
La policía mejoró, dicen, su metodología: a veces los dejaban entrar y los agarraban cuando salían, para sacarles lo que habían encontrado —y venderlo después en las villas. Algunos policías, dicen todavía los cirujas, les cobraban por dejarlos entrar: en plata, en mercadería, en sexo.
Hasta el 15 de marzo de 2004: esa noche, dos mellizos de 16 años, Federico y Diego Duarte, entraron, como muchas otras noches, a cirujear a la Montaña. Cuando apareció la policía se escondieron debajo de unos cartones en una pila de basura. Federico vio un camión que descargaba cataratas de mugre unos metros más allá, donde debía estar su hermano; cuando la policía se fue y pudo salir lo buscó por todas partes. Al otro día, su hermana Alicia hizo la denuncia policial; no le hicieron mucho caso. Dos días después, cuando un fiscal ordenó que lo rastrearan, ya era tarde.
El cuerpo de Diego Duarte nunca apareció, y el caso se transformó en un escándalo que los diarios nacionales retomaron. En protesta, el Camino del Buen Ayre —que atraviesa los terrenos del Ceamse— fue cortado por organizaciones piqueteras; unos días más tarde, cientos de cirujas incendiaron galpones del predio. Al final la empresa negoció; acordaron que cada día, durante una hora, hacia las cinco de la tarde, los cirujas podrían entrar a la Montaña. Era un modo de sancionar, de hacer institucional lo que hasta entonces había sido clandestino y marginal: que miles de argentinos revolvieran esa basura para buscar comida.
(...)
El Hambre, de Martín Caparrós (Buenos Aires, 1957), se publicó en España el 28 de enero. Editorial Anagrama, 624 páginas. 24,90 euros, versión impresa; 14,99 euros, versión electrónica. Planeta lo editó en Argentina.

lunes, 20 de abril de 2015

PRENSA. "Justicia al fin para Víctor Jara"

   En "El País":

Justicia al fin para Víctor Jara

El militar acusado del asesinato del cantautor chileno tendrá que responder por cargos de tortura y ejecución extrajudicial ante un juez en Estados Unidos

 Washington 17 ABR 2015  
  • Victor Jara
    El cantautor chileno Víctor Jara, en una imagen sin fechar facilitada por la fundación que lleva su nombre. / EFE

    Cuentan los que acompañaron a Víctor Jara en sus últimas horas de vida en el estadio Chile, uno de los símbolos más siniestros de la dictadura de Augusto Pinochet, que los torturadores no lograron borrarle del todo la sonrisa al trovador del Gobierno de Salvador Allende ni cuando lo golpearon brutal y repetidamente, antes de acribillarlo a balazos. En su cuerpo se hallaron más de 40 disparos.
    Pero el tiro que acabó con su vida fue el que recibió en la nuca, casi a quemarropa, después de que sus torturadores se divirtieran jugando con él a una mortal ruleta rusa. Fue el 16 de septiembre de 1973, cinco días después del golpe de Estado contra Allende y de la posterior detención de Jara junto con cientos de compañeros en la Universidad Técnica del Estado (UTE). El estadio Chile, hoy estadio Víctor Jara, sería todavía testigo mudo de muchos más horrores en los comienzos de la larga dictadura de Pinochet (1973-1990).
    Cuatro décadas más tarde, la familia de Víctor Jara, que nunca dejó de buscar justicia, puede empezar a sonreír otra vez. Un juez de Florida ha ordenado esta semana que el hombre identificado como su asesino, Pedro Pablo Barrientos, responda ante la justicia por cargos de tortura y ejecución extrajudicial.
    Hace años que Barrientos, un exoficial del Ejército chileno, fue señalado como el torturador de Jara que apretó el gatillo del tiro de gracia. Uno de sus subordinados, el soldado José Adolfo Paredes, lo identificó formalmente en un testimonio entregado a la justicia chilena en 2009. El juez que lleva el caso en Chile, Miguel Vázquez, no tuvo dudas de su culpabilidad y en diciembre de 2012 lo procesó como autor de homicidio calificado. Poco antes, un programa de la televisión había descubierto que Barrientos llevaba una vida tranquila y discreta en Deltona, Florida, donde desde los años noventa se dedicaba a la compraventa de coches.
    Ahí entró en marcha el Centro de Justicia y Responsabilidad (CJA), una organización internacional que busca llevar a los tribunales a responsables de violaciones de derechos humanos en todo el mundo.
    Entre sus casos más famosos están, además del de Víctor Jara, el de monseñor Óscar Romero de El Salvador o la matanza de los jesuitas, cinco de ellos españoles, también en ese país centroamericano en 1989.
    Junto con el bufete de abogados Chadbourne & Parke LLP, el CJA interpuso en septiembre de 2013 una demanda en nombre de la viuda de Jara, Joan, y de su hija Amanda, acusando a Barrientos de cargos por delitos de tortura, asesinato extrajudicial y crímenes de lesa humanidad. Tras conocer la decisión de este martes del juez de Orlando, Florida, Roy Dalton, la abogada del CJA Almudena Bernabéu celebró que se abra por fin la posibilidad de que uno de los principales responsables de la muerte del cantautor chileno vaya a tener que responder ante la justicia.
    Cierto es, admitió, que resulta “decepcionante” que el juez desestimara los cargos por crímenes de lesa humanidad, porque “el asesinato de Víctor Jara, y los miles de crímenes cometidos durante el régimen de Pinochet, deberían ser llamados por lo que son: un crimen contra la humanidad”. No obstante, acotó en conversación con este diario, la decisión judicial es un vuelco en el caso. Y es que aunque la familia de Jara lleva décadas denunciando públicamente el asesinato del artista, recordó, “un ámbito formal, un juicio, una audiencia, una comisión de la verdad jamás ha habido en relación con este crimen. Entonces, después de 42 años, este es un paso gigante, para Chile sobre todo”.
    Con las manos destrozadas por las palizas, Víctor Jara todavía logró escribir unos últimos versos a lápiz en una libreta que pudo entregarle a uno de sus compañeros y que hoy conserva la Fundación Jara. “¡Canto, qué mal me sales / cuando tengo que cantar espanto! / Espanto como el que vivo / como el que muero, espanto”. Las heridas de Víctor Jara y de su familia empiezan a curar con cuatro décadas de retraso.

    miércoles, 15 de abril de 2015

    PRENSA. "Galeano, político hasta el final"

       En "El País":

    Galeano, político hasta el final

    Referente de la izquierda, el autor mostró su último apoyo al chavismo la semana pasada

     Buenos Aires 13 ABR 2015  
  • Eduardo Galeano
    Encuentro entre Eduardo Galeano (izquierda) y Hugo Chávez en Caracas, en 2004. / AFP

    Eduardo Galeano pasará a la historia de la literatura por sus libros, pero el escritor nunca descuidó su faceta política, que mantuvo activa hasta el último momento. La semana pasada, el 7 de abril, Galeano sumó su firma a un manifiesto contra un decreto de EEUU que considera a Venezuela una amenaza para la seguridad de este país. Nicolás Maduro, criticado con dureza por el encarcelamiento de opositores, entre ellos el alcalde de Caracas, Antonio Ledezma, mostró en televisión ese apoyo de Galeano, que fue siempre un referente para Hugo Chávez.
    Las televisiones argentinas muestran ahora el momento en el que, en 2009, el fallecido presidente de Venezuela interrumpió la Cumbre de las Américas para levantarse y entregar a Barack Obama, presidente de EEUU, un ejemplar dedicado de Las venas abiertas de América Latina, el libro más político de Galeano en el que critica con dureza la injusticia social y la explotación de este subcontinente por las grandes multinacionales de EEUU. Obama, sentado al lado de la chilena, Michelle Bachelet, se levantó y saludó a Chávez con cara de circunstancias pero aceptó el regalo y se puso a hojearlo delante de las cámaras.

    Galeano renegaba de ese libro, decía que lo escribió demasiado joven (31 años), sin formación real, y que el lenguaje de esa época es demasiado farragoso, que ahora no lo escribiría así. “Era por coquetería”, se ríe Miguel Bonasso, escritor y periodista argentino, amigo de Galeano y exiliado como él. Bonasso, autor de un conocido libro sobre la represión argentina, Recuerdos de la muerte, asegura que Las venas abiertas de América Latina fue un referente para toda su generación como lo fue el propio Galeano, activo políticamente hasta los últimos días de su vida. Toda la izquierda latinoamericana, explica, lo ha tenido como un personaje clave que si bien pudo no entrar entre los referentes de la crítica literaria, sí era un hombre tan popular que todo lo que decía tenía una enorme repercusión, incluso más en su faceta política.
    “Siempre estuvo ahí con personajes muy populares de la izquierda no encuadrada, a los que la gente seguía, como Mario Benedetti, pero también otros como el propio Joan Manuel Serrat, a los que la gente venera”, explica Jorge Fernández Díaz, otro escritor argentino que describió con mucho detalle la forma en que Galeano escribía y buscaba sus historias. “Trabajaba con libretas minúsculas, buscaba por todas partes pequeños fragmentos que narrar, era un topógrafo humano, un antologista de la vida”, señala Fernández Díaz, autor de éxito en Argentina. El propio Serrat sigue arrasando estos días en Buenos Aires con un público incombustible, el de le generación que más leyó y aplaudió a Galeano.
    “Nunca fue un sectario, siempre fue un tipo inteligente”, explica Bonasso, “pero fue coherente con sus ideas toda su vida”. Le marcó mucho el exilio, explica. De hecho, a ellos, al grupo de periodistas y escritores argentinos que, con Juan Gelman, tuvieron que exiliarse, su experiencia les ayudó porque ellos le conocieron en Buenos Aires cuando el propio Galeano tuvo que exiliarse de la dictadura uruguaya. Ellos entonces no sabían que poco después tendrían que marcharse también. Galeano a España, Gelman y Bonasso a México. Galeano ha sido un referente para la mayoría de los líderes políticos de la izquierda latinoamericana, y en Argentina, donde vivió hasta que la dictadura le forzó a huir a España, hay auténtica veneración por él. El escritor también ha tenido una presencia notable en la política uruguaya, donde apoyó también al actual presidente, Tabaré Vázquez.
    Pero con quien más se comprometió el intelectual uruguayo fue con el chavismo. Galeano vivió en Venezuela como corresponsal y siempre apelaba a esa vivencia para defender los logros del movimiento que lideró Hugo Chávez. Siempre recurría a la ironía para apoyar al chavismo: “Yo viví en ese país algunos años (como periodista-corresponsal de Prensa Latina) y conocí muy bien lo que era. La llaman la Venezuela Saudita, por el petróleo… Pero tenían más de dos millones de niños que no podían ir a las escuelas porque no tenían documentos. Chávez alfabetizó a dos millones de venezolanos que no sabían leer ni escribir, aunque vivían en un país que tiene la riqueza natural más importante del mundo, que es el petróleo”, aseguró. “En la época en que yo vivía allá como corresponsal, nunca vi un médico. Ahora sí hay médicos. La presencia de los médicos cubanos es otra evidencia de que Chávez está en la Tierra de visita, porque pertenece al infierno”, señalaba el escritor uruguayo, que ironizaba con la idea de que Hugo Chávez era “un extraño dictador” porque se presentaba a las elecciones y las ganaba.

    viernes, 3 de abril de 2015

    PRENSA CULTURAL. "Brasil, viaje literario al origen del horror de la Operación Cóndor"

       En "El País":

    Brasil, viaje literario al origen del horror de la Operación Cóndor

    La novela ‘Los años robados', del brasileño Edgard Telles Ribeiro, reconstruye la gestación de las autocracias creadas en Sudamérica en los sesenta y setenta


    Dos hombres con uno de los estudiantes muertos cerca de la embajada de EE UU, en Rio de Janeiro, en 1968. / A.P.
    Los recuerdos cargados de indignación y dolor le llegaron en tropel a Edgard Telles Ribeiro aquel día de 2008 cuando su hija Adriana, de 21 años, le preguntó: “¿Cómo es que tu jamás hablaste de esos años de represión en Brasil aquí en casa?”.
    Silencio. Desconcierto.
    Telles Ribeiro nunca había hablado de ese pasado trágico que conocía, más o menos bien, no solo en su país sino en América del Sur. Pues empezó su carrera como diplomático en 1966, dos años después del golpe militar brasileño derivado en dictadura hasta 1985, y que inauguraría uno de los episodios más dramáticos de la historia reciente latinoamericana: las seis dictaduras del cono sur que habrían de pasar a la historia como Operación Cóndor  (Brasil, Uruguay, Paraguay, Chile, Bolivia y Argentina). Una maniobra orquestada por la CIA, para controlar la región, en alianza con la derecha y los militares de aquellos países que coordinaban acciones para reprimir a los opositores. El resultado: millares de muertos, desaparecidos, torturados, presos y represaliados de todo tipo, además de la desestabilización social y la implantación de un sistema de corrupción e impunidad que aún pervive.
    Todo empezó ahí. En Brasil, la noche del 31 de marzo de 1964 con el derrocamiento del presidente Joao Goulart. El comienzo de Los años robados (Alfaguara) como Telles Ribeiro ha titulado su novela surgida tras la pregunta de su hija. Un asomo a ese terror que sirvió de laboratorio, porque “tras Brasil (1964) los demás países cayeron bajo control militar como un castillo de naipes: Argentina (1966 y de nuevo en 1976) y Uruguay y Chile (1973)".


    El escritor Edgard Telles Ribeiro.
    Con los años, todos esos países han ido sacando a la luz lo sucedido. Faltaba Brasil. Esta semana lo ha hecho al divulgar el informe final de la Comisión de la verdad, encargado por la presidenta Dilma Rousseff (víctima ella misma de la represión), que revela un total de 434 víctimas mortales y desaparecidos y 377 responsables, 191 de los cuales siguen vivos. Una revelación que “muestra la victoria y la frustración a la vez”, asegura el escritor: “Victoria porque es de enorme importancia moral pero frustración porque difícilmente tendrá resultados prácticos y concretos. Los responsables, como las Fuerzas Armadas, lo negarán todo, y además, según la amnistía, nadie irá a la cárcel”.
    Prueba del sino que persigue a Latinoamérica como tierra fértil para los tiranos. Un testimonio que ha quedado plasmado en grandes obras que van desde El señor presidente, de Miguel Ángel Asturias, hasta La fiesta del Chivo, de Mario Vargas Llosa, pasando por Yo, el supremo, de Augusto Roa Bastos, y El otoño del patriarca, de Gabriel García Márquez.
    Los años robados continúa esa tradición de contar, denunciar y tratar de explicar lo sucedido. Esta vez no en un solo país, ni como arquetipo de nada, sino que, partiendo de un diplomático brasileño, relata los entresijos de cómo se creó un entramado de complicidades hasta crear un tejido de poder autocrático en la región.

    Tras Brasil cayeron como un castillo de naipes Uruguay, Chile y Argentina
    Edgard Telles Ribeiro
    Cuando su hija le reclamó a Telles Ribeiro su testimonio hizo que él se diera cuenta de que tenía toda una historia bloqueada dentro sí. “Con algunas excepciones, eso sucedió con varios de mis contemporáneos. Tardamos mucho en trabajar nuestro pasado y transformarlo en literatura. A diferencia de los historiadores y periodistas, que felizmente sí produjeron una obra memorable en Brasil sobre el tema”, cuenta el escritor y cineasta brasileño nacido en 1944 en Valparaíso (Chile), cuando su padre estaba allí en el servico diplomático. Telles Ribeiro se ha jubilado después de 48 años de carrera, principalmente desde el área cultural, en países como Estados Unidos, Nueva Zelanda, Malasia y Tailandia; además de la ONU.
    Así es que aquella pregunta de 2008 desencadenó en él una serie de recuerdos, mientras otra parte de su cerebro intentaba ver la manera de cómo narrar esa tragedia. Al día siguiente empezó escribir. Tenía claro que “no iba a hablar sobre la dictadura de Brasil y sus horrores, pero sí iba a contar la historia de Max, un hijo de la gran puta, inspirado en varias personas porque al seguir su vida y transformarlo podía crear una novela sobre las dictaduras de la región”.

    Bibliografía

    De Argentina: La voluntad, Martín Caparrós; Kamchatka, Marcelo Figueras; Una vez Argentina, Andrés Neuman; Cuentos, Haroldo Conti; El vuelo del tigre, Daniel Moyano; Operación masacre, Rodolfo Walsh; Respiración artificial, Ricardo Piglia; Enciclopedia B-S, José Emilio Burucúa; Una misma noche, Leopoldo Brizuela; Recuerdo de la muerte, Miguel Bonasso; La pasión de María,Carlos Chernov; El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia, de Patricio Pron.
    De Chile: La muerte y la doncella, Ariel Dorfman; Tengo miedo torero, Pedro Lemebel; Nocturno de Chile, Roberto Bolaño; La soberbia juventud, Pablo Simonetti; Yo, Augusto, Ernesto Ekáizer; El desierto, Carlos Franz; La desesperanza, José Donoso; Las armas de ayer, Max Marambio.
    A partir de Max, una joven promesa de la diplomacia que cambió los ideales para adaptarse a la nueva situación, Telles Ribeiro muestra los entresijos. La participación de la CIA en los trágicos eventos descritos en la novela está hoy claramente comprobada, afirma el escritor. “En el caso norteamericano, felizmente existen archivos y una amplia documentación. En el nuestro, a falta de archivos, nos queda la ficción…”.
    Es ahí donde mejor se cuenta o lidia con la atroz realidad. “Confrontados con esa realidad, toca a los artistas (y en particular a los escritores que tengan algo que contar sobre esa fase de nuestra historia), recrear los escenarios y los eventos del pasado basándose en sus propias experiencias, o en lo que escucharon sobre esa época de terceras personas, de tal forma que sus cuentos o novelas puedan estimular a otros a trabajar sus propios recuerdos y traerlos al lector. El escritor se transforma así en un punto de partida para estimular a los que saben (o imaginan saber), de tal forma que ese ‘inconsciente colectivo del terror’ no cese de alimentar la búsqueda de la verdad”.
    La aportación de Los años robados, dice Telles Ribeiro, se encuentra muy próxima a la verdad: “No se trata de un documento, sino de una realidad reinventada. Estoy seguro que cosas iguales o peores a lo que yo describo en mi libro realmente sucedieron en mi país en aquella bochornosa época”.
    Sistemas de vidas usurpadas que no se terminan de ir del todo. Instalaron un nuevo tejido con el ADN de la impunidad y la corrupción. Esas, afirma el escritor, “fueron las dos herencias malditas del golpe militar del 64. La gran ventaja de una dictadura es poder operar impunemente entre cuatro paredes, con la complicidad de muy pocos testigos, articulando negocios millonarios para determinadas empresas extranjeras o nacionales, y liberando las fuerzas represoras para actuar fuera de la ley contra los pocos que se les resisten. La corrupción (que desde entonces ha crecido muchísimo en mi país) tiene sus raíces en esa época melancólica y secreta. Igual que la impunidad, que mantiene presos a los pobres y libres a los que pueden pagarse buenos abogados”.
    Seis años después de que la pregunta de su hija desbloqueara su pasado, Edgard Telles Ribeiro recuerda que aquellos 21 años fueron días pesadilla. De miedo y silencio: “Algo helado que se cuela a tu piel sin que sepas de dónde viene, dónde empieza y dónde termina. Y, lo que es peor, sin que tengas alguna razón o culpa específica. El terror omnipresente y abstracto”.

    sábado, 27 de diciembre de 2014

    PRENSA. "Cambio drogas y armas por balón"

       En "El País":

    Cambio drogas y armas por un balón

    El fútbol se transforma en algo más que un deporte en comunidades vulnerables de Colombia. Las ONGs lo utilizan para evitar que los jóvenes caigan en la violencia

    El fútbol está transformando vidas en Colombia. No solo la de los profesionales que tanto brillaron en el Mundial de Brasil, que en muchos casos pasaron de niños de la calle a multimillonarios. También a comunidades enteras a las que el deporte ha dado nuevas oportunidades y alejado de la violencia.
    Hay casos extremos. Juan Guillmermo Cuadrado, jugador internacional, vivió a los cuatro años de edad la muerte de su padre a manos de grupos insurgentes y, años más tarde, debido a la inseguridad de la región, madre e hijo quedaron separados. Algo que tampoco le queda lejos a su compañero de selección Juan Fernando. Quintero, quien se crió en la peligrosa Comuna Trece de Medellín, estigmatizada por la violencia, en donde el destino de la mayoría de los niños es el de el abandono escolar y la inserción en alguna de las pandillas del barrio en donde los malos hábitos son la nota preponderante.
    Son ejemplos vivos de cómo el fútbol puede cambiar existencias en un país que tiene que hacer frente a numerosos problemas internos como las guerra de guerrilleros, los grupos paramilitares y los carteles de la droga. Estos han obligado a millones de colombianos a desplazarse del campo a las comunidades suburbanas empobrecidas y con un nivel de desempleo alto para salvar sus propias vidas.


    Las familias de El Hoyo Kennedy viven en casas de tablones de madera en donde no llega el agua corriente. / ADRIÁN SUÁREZ
    En estas comunidades, diferentes organizaciones trabajan utilizando el fútbol como herramienta fundamental de enseñanza para intentar solucionar los principales problemas de los jóvenes que se ven involucrados en el tema de la drogadicción, del pandillismo, el alcoholismo, los embarazos prematuros y la violencia intrafamiliar.
    Cartagena de Indias es la la región más turística de Colombia y el lugar donde el rango de desigualdades queda más patente. Allí se encuentra uno de los barrios más conflictivos y alejado de cualquier parecido a la palabra glamour: El Hoyo Kennedy. Pronto queda atrás la preciosa ciudad amurallada y los rascacielos; estos solo eran un espejismo. Pronto, las carreteras se transforman en caminos de tierra por donde transitan todo tipo de personas y vehículos, generando una atmósfera pesada de polvo y calor. A las casas, construidas con tablones de madera, no les llega el agua corriente. Es un lugar en donde el orden y las leyes desaparecen, ya que ningún cuerpo de seguridad policial llega hasta él. Todo se mantiene en una aparente tranquilidad, pero con cada cruce de miradas se percibe la tensión en la que se vive.

    Yo antes era un joven de guerra. Mi misión y mi visión era la de sobrevivir o mori
    “No tenéis nada por lo que preocuparos aquí, la ley soy yo”, asegura Fredy Ramos, un joven negro de 20 años. A pesar de su corta edad, Fredy ha vivido mucho y, solo unos años atrás, él era el líder pandillero de la zona. Estas son pandillas compuestas por chicos de entre 12 y 17 años que se arman con armas blancas y de fuego para defender las llamadas “líneas imaginarias”, es decir, la parte territorial a la que pertenecen dentro del barrio. Incluso se da la paradoja de que muchos de ellos aún no conocen el mar pese a vivir en una ciudad costera (la playa está a escasos cinco minutos en coche) ya que no se atreven a cruzar alguna de las calles colindantes a sus casas por miedo a recibir un tiro. Su espacio de acción se reduce a unas cuantas manzanas de casas.
    Mucha de esa realidad queda reflejada en las palabras de Fredy Ramos cuando se refiere a su vida pasa “Yo antes era un joven de guerra. Mi misión y mi visión era la de sobrevivir o morir, ese era mi único pensamiento, el de que me acabaran a mi o que yo acabara con la vida de otra persona”.


    Dos niños de El Hoyo Kennedy observan la parte rica de Cartagena de Indias. / ADRIÁN SUÁREZ.
    Sin embargo, un día, el fútbol llegó a su vida a través de la ONG World Couch Colombia, que al igual que como otras como One World FútbolFútbol con CorazónColombianitos o Conexión Colombia, consideran el este deporte como una herramienta poderosa porque brinda unas posibilidades pedagógicas formidables para poder trabajar con los niños y adolescentes. Se trata de uno de los pocos deportes que permite poner a jugar a una gran cantidad de niños a la vez, con un presupuesto mínimo: cuatro piedras y un balón.

    El fútbol es increíble, no me interesa por el dinero que lo rodea, sino por el cambio que puede lograr en nuestra comunidad
    “Se trata de un deporte que mueve masas, pasiones y es uno de los más populares en el mundo a través del cual encontramos un espacio en el que los niños se sienten atraídos, van a ser queridos, van a ser tomados en cuenta y a partir de ahí nosotros podemos ayudarles, inculcándoles valores para la vida y para que puedan convivir de una manera sana y alegre", asegura Adalina Castillo trabajadora social de World Couch Colombia.
    Gracias a este tipo de organizaciones y a la conexión con el fútbol se trabajan muchos aspectos que de otra manera podrían ser más difíciles. Existen los llamados programas de igualdad de género, los cuales se desarrollan con niñas y mujeres para que puedan adquirir el sentimiento de que su cuerpo les pertenece, así como mejorar su autoestima y capacitarlas para decidir sobre sus vidas, incluida su sexualidad. Además de fomentar el juego mixto entre ambos sexos, potenciando el respecto hacia la mujer.
    Por otro lado también se han desarrollado los programas para el progreso de los jóvenes, que motivan a los niños a que asistan al colegio y tengan un buen rendimiento escolar, convirtiendo el fútbol en un premio final de cada día, una recompensa al compromiso con el estudio y, por otro lado, dotándoles de las herramientas necesarias para que en un futuro puedan tener un trabajo digno o la posibilidad de continuar sus estudios a nivel técnico o universitario.
    Sin embargo algunos de estos jóvenes, aquellos con mayor liderazgo, terminan desarrollando los programas de líderes de comunidad o, como les gusta decir a ellos, los programas de “guerreros del fútbol”, en donde se convierten en nuevos profesores de las ONG. De este modo, las propias organizaciones se nutren de los jóvenes que en un primer momento necesitaron de su apoyo para seguir desarrollando los diferentes programas. Unas personas que conocen las dos caras de la moneda y que pueden servir de ejemplo para muchos de los niños de la comunidad.

    Es uno de los pocos deportes que permite poner a jugar a una gran cantidad de niños con un presupuesto mínimo: cuatro piedras y un balón
    Fredy Ramos es uno de esos jóvenes que decidió dar el paso y convertirse de nuevo en un líder dentro de su comunidad, pero ahora viendo la vida desde el otro lado de la barrera. Es uno de los tutores dentro de World Couch Colombia encargado de regenerar su comunidad y de intentar sacar a muchos jóvenes de los malos hábitos a través del fútbol, como un día aún no tan lejano, le sucedió a él. Ahora su misión es la de ayudar a niños de su entorno a cambiar las drogas o un arma por un balón.
    Y es que como le gusta decir a él "el fútbol es algo increíble, en realidad no me interesa por la fama o por el dinero que lo rodea, sino por la ayuda y la forma de cambio que puede lograr en nuestra comunidad. Es increíble ver como un muchacho del barrio es capaz de dejar su arma y cambiarlo por un balón, todo su universo se transforma y su rostro vuelve a ser el de un niño".


    Algunos de los niños de El Hoyo Kennedy tras disputar un partido de fútbol. / ADRIÁN SUÁREZ.
    Es tarde y el sol comienza a caer, por lo que no es conveniente permanecer en la calle. Sin embargo toda la tensión desaparece en el momento en que el primer balón comenzó a rodar y junto a él gran cantidad de niños, a ritmo de carcajadas, comienzan a jugar. Dentro de la cancha nadie le debe nada a nadie, no existen los rencores, ni las venganzas, ni las amenazas y, mucho menos, la violencia, sino que todo se cambia por adrenalina y buenas energías, un ejemplo para toda la sociedad. Tal vez, alguno de ellos llegue a convertirse en el futuro en el nuevo Juan Guillermo Cuadrado o Juan Fernando Quintero dentro de la selección colombiana, pero lo que sí se puede decir con certeza es que, gracias al fútbol, todos ellos quizá tengan un futuro mucho más prometedor.