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sábado, 24 de julio de 2010

PRENSA CULTURAL. "Babelia". "La modernidad atemporal de 'La Lozana andaluza'", por Juan Goytisolo

En Babelia, suplemento cultural de "El País":
La modernidad atemporal de 'La Lozana andaluza'


JUAN GOYTISOLO 02/08/2008

La obra de Francisco Delicado, única y sin descendencia literaria alguna, deslumbra a cada paso por su ingenio verbal, miscelánea de voces, defensa de una ética natural y por el ritmo cinematográfico de sus escenas.

En 1972 dediqué un seminario para estudiantes graduados de la New York University a tres grandes obras de la literatura española de todos los tiempos -el Corbacho del Arcipreste de Talavera, La Celestina y La Lozana andaluza-, obras en las que el tema erótico, más menos explícito, constituye su textura o elemento común. Pero si las dos primeras figuraban obviamente en todos los programas universitarios de nuestra lengua, tanto en España como fuera de ella, la tercera era aún de una perturbadora novedad. Pese a los artículos de Antoni Vilanova y Segundo Serrano Poncela, de la bella edición ilustrada por Rafael Alberti en su exilio romano y de la más reciente de clásicos Castalia a cargo de Bruno Damiani, el libro de Delicado permaneció oculto o, si se prefiere, en ese estado de hibernación tan frecuente en nuestras tierras, y que, en su caso, se prolongó cuatro siglos y medio. Los apuntes de mi cursillo, convenientemente redactados, fueron publicados en la revista Triunfo en marzo de 1976 con el título de 'Notas sobre la Lozana Andaluza' e incluidos un año después en Disidencias, un libro de ensayos editado por Seix Barral. Entre el seminario y las 'Notas', aparecieron dos trabajos de Francisco Márquez Villanueva y José Hernández Ortiz, con quienes compartía la admiración por el arte narrativo de Delicado: al hilo de mis conversaciones con ambos en Harvard y Nueva York, comprobé con satisfacción que la consigna de silencio en torno al libro no se cumplía ya, al menos en el ámbito universitario norteamericano.
Hablo de consigna, porque la condena inapelable de Menéndez Pelayo lo era. El gran polígrafo santanderino, a menudo encomiable por su perspicacia -vayan de ejemplo sus páginas sobre La Celestina-, se dejó cegar aquí por sus prejuicios ideológicos y religiosos y por su aversión a la expresión escrita del sexo: calificó la excepcional y singularísima obra de Delicado de "libro inmundo y feo", de "valor estético nulo" y "cuya lectura no puede recomendarse a nadie". Y, a partir de tal contundencia, autorizó su aproximación, con pinzas y mascarillas, tan sólo a los filólogos, a quienes su profesión docente y decente "acoraza", escribía, contra esas "publicaciones que no deberían salir nunca de lo más recóndito de la necrópolis científica".
Como mis estudiantes veintiañeros no disponían de dicha coraza, el cursillo fue objeto de críticas y denuncias en el alma máter. Según me confió el jefe del Departamento de Lenguas Románicas, un colega, compatriota mío por más señas, había ido a lamentarse a su despacho de mi imprudencia y temeridad: el presunto seminario era en realidad, pretendía, ¡un cursillo pornográfico! La acusación, como es de suponer, me encantó. ¡La fuerza subversiva de La Lozana alarmaba aún por esas fechas a la devota grey de los pastores de la Santa Iglesia Católica, Apostólica y Romana!
Pocas veces he disfrutado tanto como de un cursillo como aquél. Mi entusiasmo por el "mamotreto" de Delicado se contagió a los estudiantes que lo siguieron. Todo favorecía mi empeño. La libertad del tema -la licencia reinante en Roma durante el pontificado de los Borgia, tan genialmente expuesta, centurias más tarde, por Óscar Panniza en El concilio del amor-. El personaje de Aldonza, exiliada de su Andalucía natal, pero feliz en una Roma en donde todo se vende, se compra y en la que puede vivir a sus anchas. Los diálogos sabrosos de los personajes, en los que el sexo es tratado con un lenguaje rico en todo tipo de imágenes, metonimias y metáforas que evitan la reiteración y monotonía de muchas novelas de hoy. La intrusión del autor en la obra, ya que, anticipándose a Unamuno y a Pirandello, Delicado charla con su heroína y ésta se refiere a él como el señor que sobre ella escribe. El empleo habilísimo de elementos deícticos para enhebrar el relato y crear la impresión de movimiento sin descripción alguna, en unos pasajes que cotejé, si mal no recuerdo, con párrafos de El Jarama, de Rafael Sánchez Ferlosio. La saludable franqueza con que la Lozana manifiesta sus preferencias amorosas por criados y rufianes, y su deseo de que "se perdiese el temor a la vergüenza, para que cada uno pida y haga lo que quisiera". La presencia de personajes tan insólitos como el de Siete Coñitos, requerido de amores por Cardenales y Prelados de la Curia, seducidos por sus meneos, ungüentos y arte de bailaor. El epílogo feliz, sin castigo moral alguno, de Aldonza y su machucho y siempre bien dispuesto Rampín en la isla de Lípari, a salvo de la peste y el saqueo de la ciudad santa por las tropas del condestable de Borbón.
La lista de razones de admiración por la modernidad atemporal de La Lozana sería interminable. Obra única y sin descendencia literaria alguna, nos deslumbra a cada paso por su ingenio verbal, sentido del humor, miscelánea de voces e idiomas, defensa de una ética natural de buscar el bien para sí sin perjuicio de los demás; por el ritmo cinematográfico de sus escenas y cambios de encuadre; su alegato a favor de un retiro digno a las prostitutas viejas o enfermas en cuanto "combatientas" que "pusieron sus personas y fatigas" al servicio de la sociedad; y su reivindicación de una honra profesional que nada tiene que ver con la de sus vanos y orgullosos paisanos.
Toda nueva edición de La Lozana es una buena noticia: la confirmación de que su rico caudal creativo mana libremente incluso en tiempos de duro estiaje como los nuestros. La muy esmerada de Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores, en una cuidada edición de Jacques Joset y Folke Gernerd, convida a acercarse a ella tanto a quienes tienen la dicha, por desconocerla, de descubrir tal tesoro, como a los viejos aficionados a sus dichos y hechos a reafirmar su goce de relectores con renovada afición. Su modernidad atemporal es, como dije, la mejor garantía de que ni unos ni otros se sentirán defraudados.

Retrato de la Lozana andaluza
Francisco Delicado
Edición y estudio preliminar de Jacques Joset y Folke Gernerd
Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores
Barcelona, 2008
596 páginas. 29 euros

LITERATURA ESPAÑOLA Y UNIVERSAL (FRAGMENTOS). "La Lozana andaluza", de Francisco Delicado (c. 1475- c.1535)

Algunos fragmentos del comienzo:
Parte I
Mamotreto I
La señora Loçana fue natural compatriota de Séneca, y no menos en su intelligencia y resaber, la cual desde su niñez tuvo ingenio y memoria y vivez grande, y fue muy querida de sus padres por ser aguda en servillos y contentallos. E muerto su padre, fue neçessario que acompañasse a su madre fuera de su natural, y esta fue la causa que supo y vido munchas cibdades, villas y lugares d'España, que agora se le recuerdan de cassi el todo, y tiñíe tanto intellecto, que cassi escusaba a su madre procurador para sus negocios. Siempre que su madre la mandaba ir o venir, era presta, y como pleiteaba su madre, ella fue en Granada mirada y tenida por soliçitadora perfecta e prenosticada futura. Acabado el pleito, e no queriendo tornar a su propria cibdad, acordaron de morar en Xerez y pasar por Carmona. Aquí la madre quiso mostrarle texer, el cual officio no se le dio ansí como el ordir y tramar, que le quedaron tanto en la cabeça, que no se le han podido olvidar. Aquí conversó con personas que la amaban por su hermosura y gracia; assimismo, saltando una pared sin licençia de su madre, se le derramó la primera sangre que del natural tenía. Y muerta su madre, y ella quedando huérfana, vino a Sevilla, donde halló una su parienta, la cual le dezía: "Hija, sed buena, que ventura no's faltará"; y assimismo le demandaba de su niñez, en qué era estada criada, y qué sabía hazer, y de qué la podía loar a los que a ella conoscían. Entonçes respondíale desta manera: "Señora tía, yo quiero que vuestra merçed vea lo que sé hazer, que cuando era vivo mi señor padre, yo le guisaba guisadicos que le plazían, y no solamente a él, mas a todo el parentado, que, como estábamos en prosperidad, teníamos las cosas necessarias, no como agora, que la pobreza haze comer sin guisar, y entonçes las espeçias, y agora el apetito; entonçes estaba ocupada en agradar a los míos, y agora a los estraños".

Mamotreto II
Responde la tía y prosigue
-Sobrina, más ha de los años treinta que yo no vi a vuestro padre, porque se fue niño, y después me dixeron que se casó por amores con vuestra madre, y en vos veo yo que vuestra madre era hermossa.
LOÇANA.- ¿Yo, señora? Pues más paresco a mi agüela que a mi señora madre, y por amor de mi agüela me llamaron a mi Aldonça, y si esta mi agüela vivía, sabía yo más que no sé, que ella me mostró guissar, que en su poder deprendí hazer fideos empanadillas, alcuzcuçu con garbanzos, arroz entero, seco, grasso, albondiguillas redondas y apretadas con culantro verde, que se conoscían las que yo hazía entre ciento. Mirá, señora tía, que su padre de mi padre dezía: "¡Éstas son de mano de mi hija Aldonça!". Pues, ¿adobado no hazía? Sobre que cuantos traperos había en la cal de la Heria querían proballo, y máxime cuando era un buen pecho de carnero. Y ¡qué miel! Pensá, señora, que la teníamos de Adamuz, y çafrán de Peñafiel, y lo mejor del Andaluzía venía en casa desta mi agüela. Sabía hazer hojuelas, prestiños, rosquillas de alfaxor, textones de cañamones y de ajonjolí, nuégados, xopaipas, hojaldres, hormigos torçidos con azeite, talvinas, çahinas y nabos sin toçino y con comino; col murciana con alcaravea, y "olla reposada no la comía tal ninguna barba". Pues boronía ¿no sabía hazer?: ¡por maravilla! Y caçuela de berengenas moxíes en perfiçión; caçuela con su agico y cominico, y saborcico de vinagre, esta hazía yo sin que me la vezasen. Rellenos, cuajarejos de cabritos, pepitorias y cabrito apedreado con limón çeutí. Y caçuelas de pescado çecial con oruga, y caçuelas moriscas por maravilla, y de otros pescados que serían luengo de contar. Letuarios de arrope para en casa, y con miel para presentar, como eran de membrillos, de cantueso, de uvas, de berengenas, de nuezes y de la flor del nogal, para tiempo de peste; de orégano y de hierbabuena, para quien pierde el apetito. Pues ¿ollas en tiempo de ayuno? Éstas y las otras ponía yo tanta hemencia en ellas, que sobrepujaba a Platina, De voluptatibus, y a Apicio Romano, De re coquinaria, y dezía esta madre de mi madre: "Hija Aldonça, la olla sin çebolla es boda sin tamborín", Y si ella me viviera, por mi saber y limpieza, me casaba, y no salía yo acá por tierras agenas con mi madre, pues me quedé sin dote, que mi madre me dexó solamente una añora con su huerto, y saber tramar, y esta lançadera para texer cuando tenga premideras.
TÍA.- Sobrina, esto que vos tenéis y lo que sabéis será dote para vos, y vuestra hermosura hallará axuar cosido y sorzido, que no os tiene Dios olvidada, que aquel mercader que vino aquí ayer me dixo que, cuando torne, que va a Cádiz, me dará remedio para que vos seáis casada y honrrada, mas querría él que supiésedes labrar.
LOÇANA.- Señora tía, yo aquí traigo el alfilelero, mas ni tengo aguja ni alfiler, que dedal no faltaría para apretar, y por esso, señora tía, si vos queréis, yo le hablaré antes que se parta, porque no pierda mi ventura, siendo huérfana.

Mamotreto III
Prosigue la Loçana y pregunta a la tía
-¿Señora tía, es aquel que está paseándose con aquel que suena los órganos? ¡Por su vida, que lo llame! ¡Ay, cómo es dispuesto! ¡Y qué ojos tan lindos! ¡Qué çeja partida! ¡Qué pierna tan seca y enxuta! ¿Chinelas trae? ¡Qué pie para galochas y çapatilla zeyena! Querría que se quitase los guantes por verle qué mano tiene. Acá mira. ¿Quiere vuestra merçed que me asome?
TÍA.- No, hija, que yo quiero ir abaxo, y él me verná a hablar, y cuando él estará abaxo, vos vernéis. Si os hablare, abaxá la cabeça y pasaos y, si yo os dixere que le habléis, vos llegá cortés y haçé una reverençia y, si os tomare la mano retraeos hazia atrás, porque, como dicen: "Amuestra a tu marido el copo, mas no del todo". Y d'esta manera él dará de sí, y veremos qué quiere hazer.
LOÇANA.- ¿Veislo? Viene acá.
MERCADER.- Señora, ¿qué se haze?
TÍA.- -Señor, serviros, y mirar en vuestra merçed la lindeza de Diomedes el Ravegnano.
MERCADER.- Señora, pues ansí me llamo yo. Madre mía, yo querría ver aquella vuestra sobrina. Y por mi vida que será su ventura, y vos no perderéis nada.
TÍA.-Señor, está revuelta y mal aliñada, mas porque vea vuestra merçed cómo es dotada de hermosura, quiero que pase aquí abajo su telar y verála cómo texe.
DIOMEDES.- Señora mía, pues sea luego.
TÍA.-¡Aldonça! ¡Sobrina! ¡Desçíos acá, y veréis mejor!
LOÇANA.- Señora tía, aquí veo muy bien, aunque tengo la vista cordobesa, salvo que no tengo premideras.
TÍA.-Desçí, sobrina, que este gentilhombre quiere que le texáis un texillo, que proveheremos de premideras. Vení aquí, hazé una reverencia a este señor.
DIOMEDES.- ¡Oh, qué gentil dama! Mi señora madre, no la dexe ir, y suplícole que le mande que me hable.
TÍA.-Sobrina, respondé a esse señor, que luego torno.
DIOMEDES.- Señora, su nombre me diga.
LOÇANA.-Señor, sea vuestra merçed de quien mal lo quiere. Yo me llamo Aldonça, a servicio y mandado de vuestra merçed.
DIOMEDES.-¡Ay, ay! ¡Qué herida! Que de vuestra parte cualque vuestro servidor me ha dado en el coraçón con una saeta dorada de amor.
LOÇANA.-No se maraville vuestra merçed, que cuando me llamó que viniese abaxo, me parece que vi un muchacho, atado un paño por la frente, y me tiró no sé con qué. En la teta izquierda me tocó.
DIOMEDES.- Señora, es tal ballestero, que de un mismo golpe nos hirió a los dos. Ecco adonque due anime in uno core. ¡Oh, Diana! ¡Oh, Cupido! ¡Socorred el vuestro siervo! Señora, si no remediamos con socorro de médicos sabios, dubdo la sanidad, y pues yo voy a Cádiz, suplico a vuestra merçed se venga conmigo.
LOÇANA.- Yo, señor, verné a la fin del mundo, mas dexe subir a mi tía arriba y, pues quiso mi ventura, seré siempre vuestra más que mía.
TÍA.-¡Aldonça! ¡Sobrina! ¿Qué hazéis? ¿Dónde estáis? ¡Oh, pecadora de mí! El hombre deja el padre y la madre por la muger, y la muger olvida por el hombre su nido. ¡Ay, sobrina! Y si mirara bien en vos, viera que me habíedes de burlar, mas no tenéis vos la culpa, sino yo, que teniendo la yesca, busqué el eslabón. ¡Mirá qué pago, que si miro en ello, ella misma me hizo alcagüeta! ¡Va, va, que en tal pararás!