La Federación de Gremios de Editores de España (FGEE) ha presentado el Barómetro de Hábitos de Lectura y Compra de Libros correspondiente al primer cuatrimestre de 2010, que incorpora, por primera vez en el estudio, un capítulo dedicado a la lectura digital y profesional.
Aquí se puede consultar el informe completo.
Algunos datos importantes:
-El 91,1% de la población española a partir de 14 años se declara lectora en cualquier tipo de material, formato y soporte; el 48,6% lee en formato digital.
-El 59% lee libros, pero sólo el 0,8% utiliza un e-Reader, y el 20,9% de los lectores lo hace por trabajo o estudios.
-Los hombres leen más que las mujeres, pero las mujeres leen en mayor medida que los hombres libros y revistas, mientras que los hombres leen más periódicos y cómics.
-El 28,1% de la población mayor de14 años acudió a las bibliotecas en el último año.
-Las librerías se mantienen como principal lugar de compra de libros.
-Stieg Larsson es el autor más leído y más comprado.
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domingo, 30 de mayo de 2010
martes, 9 de febrero de 2010
PRENSA. "Andalucía es la segunda comunidad con menor índice de lectura"
Hoy, en "El Día de Córdoba":
Andalucía es la segunda comunidad con menor índice de lectura
El barómetro de hábitos de la Federación de Gremios de Editores de España revela que sólo los extremeños superan a la baja a los andaluces
Andalucía es la comunidad autónoma española con el segundo índice de lectura con un 50,2%, superando sólo a la región de Extremadura, que cuenta con el 49,4%, según los resultados del Barómetro de hábitos de lectura y compra de libros de la Federación de Gremios de Editores de España (FGEE), patrocinado por la Dirección General del Libro, Archivo y Bibliotecas del Ministerio de Cultura.
En este sentido, Andalucía se queda a 4,8 punto por debajo de la media nacional, 55% de la población mayor de 14 años en 2009. Madrid se mantiene como la comunidad con población más lectora (64,4%), mientras que Castilla-La Mancha (50,5%), Andalucía y Extremadura cierran la parte baja de la tabla.
Además de Madrid, otras ocho comunidades, tienen índices de lectura por encima de la media española como son La Rioja (58,4%), Aragón (58,3%), Cantabria (57,8%), Navarra (57,7%), Canarias (56,9%), Comunidad Autónoma Vasca (56,8%), Cataluña (55,6%) y Baleares (55,3%).
Por su parte, a Andalucía, Castilla-La Mancha y Extremadura le acompañan, entre las comunidades que no superan el índice de lectura medio están Castilla y León (55,0%), Galicia (54,9%), Comunidad Valenciana (54,6%), Murcia (54,3%) y Asturias (52,9%).
Asimismo, el barómetro resalta que el número medio de libros comprados en España en 2009 se sitúa en 10,5 libros por persona, con lo que se mantiene la tendencia en torno a este valor en los últimos tres años.
También se desprende que la tasa de lectores de libros en España se situó en el 55% de la población mayor de 14 años en 2009, de los que el 41,3% asegura leer libros diaria o semanalmente, son lo llamados lectores frecuentes, y otro 13,7% son los denominados lectores ocasionales, que declaran leer alguna vez al mes o al trimestre. Hay que destacar respecto a otros años el aumento de lectores entre los parados.
El niño con el pijama de rayas, de John Boyne, ha sido el libro más leído en 2009, pero Stieg Larsson lidera la clasificación por autor más leído y comprado, según los resultados del Barómetro de hábitos de lectura y compra de libros de la Federación de Gremios de Editores de España (FGEE). El barómetro también revela que un 55,6% de los entrevistados compraron libros en último año, y de ellos, un 40,4% compró libros no de texto, mientras que un 31,7% compró algún libro de texto.
Entre los compradores de libros no de texto, el ocio o el entretenimiento es el principal motivo de adquisición (72,7%), seguido de la compra para regalo (14,5%) y la compra por motivo de estudios (4,9%).
A la hora de comprar un libro la principal referencia es el consejo de amigos y profesores (52,5%); hay un 34,4% de compradores que declaran que realizan la compra de libros por impulso y se observa un incremento en el uso de Internet para la obtención de referencias a la hora de comprar un libro, un 12,6% de los lectores compradores de libros utilizan la red para obtener información.
La literatura es la materia más comprada (79,9%) y dentro de esta las novelas y los cuentos lideran las adquisiciones (94,1%). Le sigue a mucha distancia la materia de humanidades y ciencias sociales (10%).
Para el 25,1% de los compradores de libros no de texto, el último libro comprado era de bolsillo. Son más compradores de libros de bolsillo los jóvenes, los que tienen estudios universitarios, los estudiantes y los que habitan en poblaciones de más de 500.000 habitantes. Las novelas históricas (35,1%) son las más compradas seguidas de las de aventuras (20,8%), las de intriga y misterio (18,8%) y las de ciencia ficción y fantásticas (15,8%).
Las librerías son el lugar habitual de compra de libros no de texto para el 69,4% de los lectores compradores, seguidas de grandes almacenes (21,6%), las cadenas de librerías (16,1%) e hipermercados (15,5%).
El informe, elaborado por Conecta, también destaca que el 45% de la población se declara no lector, de éstos el 13,6% casi nunca lee y el 31,4% no lee nunca.
Un año más y al analizar el perfil del lector, el barómetro pone de relieve que el porcentaje de mujeres lectoras (58,4%) es superior al de los hombres (51,3%). El nivel de estudios es determinante en el hábito lector y a mayor nivel de estudios se detecta mayor porcentaje de lectores. La tasa se dispara al 82% entre los que tienen estudios universitarios, se sitúa en el 60,5% entre los que tienen estudios secundarios y cae al 31,1% entre los que sólo tienen estudios primarios.
En cuanto al porcentaje de lectores por sexo según su nivel de estudios, en todos los casos las mujeres presentan también un porcentaje superior al de los hombres. Esta diferencia es mayor entre los que tienen estudios secundarios (67,9% frente a 53,8%) y disminuye entre los que tienen estudios universitarios (84,8% frente a 79,3%).
Según la ocupación, los estudiantes (73,7%), los que tienen trabajo (60,7%) y los parados (59,3%) son los que acaparan el mayor porcentaje de lectores, mientras que los jubilados (35,4%) y las amas de casa (44,5%) son los que menos leen.
El informe 2009 hace referencia a la intensidad lectora de los españoles y destaca que el 58,2 por ciento de los entrevistados mayor de 14 años declara haber leído algún libro en el último año. Entre los lectores frecuentes, el 41% de los entrevistados, el número de horas que leen por término medio en una semana es de 6,2 horas. Por primera vez se superan las seis horas semanales de lectura.
Por sexos, tanto hombres como mujeres prefieren las novelas históricas, pero las mujeres prefieren las de intriga o misterio y las románticas y los hombres las de aventuras o ciencia ficción y fantásticas. Como dato curioso, el barómetro señala que un 25,8% de los lectores eligió el formato de bolsillo para la lectura de su último libro.
Al analizar el idioma habitual de lectura, el informe señala que el 93,3% de los entrevistados lee habitualmente en castellano, seguido por un cuatro por ciento de lectores que leen habitualmente en catalán, un 0,5% en gallego, un 0,3% en euskera y un 0,1% en valenciano. Además, el 1,1% lee en inglés y el 0,2% en francés.
Andalucía es la segunda comunidad con menor índice de lectura
El barómetro de hábitos de la Federación de Gremios de Editores de España revela que sólo los extremeños superan a la baja a los andaluces
Andalucía es la comunidad autónoma española con el segundo índice de lectura con un 50,2%, superando sólo a la región de Extremadura, que cuenta con el 49,4%, según los resultados del Barómetro de hábitos de lectura y compra de libros de la Federación de Gremios de Editores de España (FGEE), patrocinado por la Dirección General del Libro, Archivo y Bibliotecas del Ministerio de Cultura.
En este sentido, Andalucía se queda a 4,8 punto por debajo de la media nacional, 55% de la población mayor de 14 años en 2009. Madrid se mantiene como la comunidad con población más lectora (64,4%), mientras que Castilla-La Mancha (50,5%), Andalucía y Extremadura cierran la parte baja de la tabla.
Además de Madrid, otras ocho comunidades, tienen índices de lectura por encima de la media española como son La Rioja (58,4%), Aragón (58,3%), Cantabria (57,8%), Navarra (57,7%), Canarias (56,9%), Comunidad Autónoma Vasca (56,8%), Cataluña (55,6%) y Baleares (55,3%).
Por su parte, a Andalucía, Castilla-La Mancha y Extremadura le acompañan, entre las comunidades que no superan el índice de lectura medio están Castilla y León (55,0%), Galicia (54,9%), Comunidad Valenciana (54,6%), Murcia (54,3%) y Asturias (52,9%).
Asimismo, el barómetro resalta que el número medio de libros comprados en España en 2009 se sitúa en 10,5 libros por persona, con lo que se mantiene la tendencia en torno a este valor en los últimos tres años.
También se desprende que la tasa de lectores de libros en España se situó en el 55% de la población mayor de 14 años en 2009, de los que el 41,3% asegura leer libros diaria o semanalmente, son lo llamados lectores frecuentes, y otro 13,7% son los denominados lectores ocasionales, que declaran leer alguna vez al mes o al trimestre. Hay que destacar respecto a otros años el aumento de lectores entre los parados.
El niño con el pijama de rayas, de John Boyne, ha sido el libro más leído en 2009, pero Stieg Larsson lidera la clasificación por autor más leído y comprado, según los resultados del Barómetro de hábitos de lectura y compra de libros de la Federación de Gremios de Editores de España (FGEE). El barómetro también revela que un 55,6% de los entrevistados compraron libros en último año, y de ellos, un 40,4% compró libros no de texto, mientras que un 31,7% compró algún libro de texto.
Entre los compradores de libros no de texto, el ocio o el entretenimiento es el principal motivo de adquisición (72,7%), seguido de la compra para regalo (14,5%) y la compra por motivo de estudios (4,9%).
A la hora de comprar un libro la principal referencia es el consejo de amigos y profesores (52,5%); hay un 34,4% de compradores que declaran que realizan la compra de libros por impulso y se observa un incremento en el uso de Internet para la obtención de referencias a la hora de comprar un libro, un 12,6% de los lectores compradores de libros utilizan la red para obtener información.
La literatura es la materia más comprada (79,9%) y dentro de esta las novelas y los cuentos lideran las adquisiciones (94,1%). Le sigue a mucha distancia la materia de humanidades y ciencias sociales (10%).
Para el 25,1% de los compradores de libros no de texto, el último libro comprado era de bolsillo. Son más compradores de libros de bolsillo los jóvenes, los que tienen estudios universitarios, los estudiantes y los que habitan en poblaciones de más de 500.000 habitantes. Las novelas históricas (35,1%) son las más compradas seguidas de las de aventuras (20,8%), las de intriga y misterio (18,8%) y las de ciencia ficción y fantásticas (15,8%).
Las librerías son el lugar habitual de compra de libros no de texto para el 69,4% de los lectores compradores, seguidas de grandes almacenes (21,6%), las cadenas de librerías (16,1%) e hipermercados (15,5%).
El informe, elaborado por Conecta, también destaca que el 45% de la población se declara no lector, de éstos el 13,6% casi nunca lee y el 31,4% no lee nunca.
Un año más y al analizar el perfil del lector, el barómetro pone de relieve que el porcentaje de mujeres lectoras (58,4%) es superior al de los hombres (51,3%). El nivel de estudios es determinante en el hábito lector y a mayor nivel de estudios se detecta mayor porcentaje de lectores. La tasa se dispara al 82% entre los que tienen estudios universitarios, se sitúa en el 60,5% entre los que tienen estudios secundarios y cae al 31,1% entre los que sólo tienen estudios primarios.
En cuanto al porcentaje de lectores por sexo según su nivel de estudios, en todos los casos las mujeres presentan también un porcentaje superior al de los hombres. Esta diferencia es mayor entre los que tienen estudios secundarios (67,9% frente a 53,8%) y disminuye entre los que tienen estudios universitarios (84,8% frente a 79,3%).
Según la ocupación, los estudiantes (73,7%), los que tienen trabajo (60,7%) y los parados (59,3%) son los que acaparan el mayor porcentaje de lectores, mientras que los jubilados (35,4%) y las amas de casa (44,5%) son los que menos leen.
El informe 2009 hace referencia a la intensidad lectora de los españoles y destaca que el 58,2 por ciento de los entrevistados mayor de 14 años declara haber leído algún libro en el último año. Entre los lectores frecuentes, el 41% de los entrevistados, el número de horas que leen por término medio en una semana es de 6,2 horas. Por primera vez se superan las seis horas semanales de lectura.
Por sexos, tanto hombres como mujeres prefieren las novelas históricas, pero las mujeres prefieren las de intriga o misterio y las románticas y los hombres las de aventuras o ciencia ficción y fantásticas. Como dato curioso, el barómetro señala que un 25,8% de los lectores eligió el formato de bolsillo para la lectura de su último libro.
Al analizar el idioma habitual de lectura, el informe señala que el 93,3% de los entrevistados lee habitualmente en castellano, seguido por un cuatro por ciento de lectores que leen habitualmente en catalán, un 0,5% en gallego, un 0,3% en euskera y un 0,1% en valenciano. Además, el 1,1% lee en inglés y el 0,2% en francés.
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sábado, 5 de septiembre de 2009
PRENSA. LECTURA. "Deseo de ser punk", novela de Belén Gopegui


Hoy, en el suplemento cultural Babelia, de "El País", aparece la crítica de Deseo de ser punk, la nueva novela de Belén Gopegui (ver entrada más abajo), junto con sus primeras páginas; ahí podemos enlazar, pero, para más facilidad, las reproducimos aquí:
1
Odiaba su música. Normalmente son los padres
los que odian la música de los hijos. Pero es que: uno,
yo no tenía música; dos, a ellos les daría igual que la
hubiera tenido porque yo no iba vendiéndoles a ellos
lo que me gustaba. A lo mejor no debía contártelo.
¿Qué importa? Tener dieciséis años y no tener música.
Hay chicas de mi edad que no tienen padres ni
familia, ni cama, yo qué sé. Vale, ¿y para qué sirve
comparar? Las cosas tienen que estar bien porque lo
están, no porque sean mejores o peores que ninguna
otra. Mi bolígrafo es perfecto. Plateado, de los que
aprietas para que baje la punta. Y tiene recambios.
Me gustan los recambios. Hacen que sepa que mi bolígrafo
es único, lleva cinco recambios puestos por
mí, dos de tinta azul y tres de tinta negra. Y ya está.
No lo comparo, no me da la gana. Estoy escribiéndote
con él y es todo lo que necesito. Creo que tener
dieciséis años, llamarse Martina y no haber tenido
música es un asqueroso desastre. Porque si la hubiera
tenido sentiría que pertenezco a algún sitio, supongo.
Tener música es como tener un código. Y es extraño
porque yo creo que sí tengo un código.
«You, who are on the road, must have a code,
that you can live by»: tú, que estás en la carretera, debes
tener un código según el cual puedas vivir. En inglés
suena mejor, y rima un poco. Es la letra de una
de las canciones que les gustan a mis padres. Creo
que me dan grima porque gastan frases que me importan.
O sea, desprecio, por ejemplo, a La Oreja de
Van Gogh. Pero no les odio, no se lo merecen, ¿sabes?:
«Mi corazón lleno de pena, y yo una muñeca de
trapo», puagh, es una estupidez, babosa, me imagino
a cualquiera oyéndolo mientras espera con el carro rebosante
de yogures, detergente y jamón york en la
cola del supermercado. Mi corazón, saco los yogures,
lleno de pena, cojo el detergente, y yo una muñeca de
trapo, saco la cartera. En realidad, no es música. Son
sonidos empaquetados, como esos juguetes de bebés
con pilas que dicen «pruébame» y aprietas y suenan
cosas. La música, la de verdad, no suena: te atraviesa
el cuerpo de parte a parte.
Es raro, mientras te escribo estoy viéndome escribirte
y no me veo desde la puerta, sino más bien como
si estuviera en la casa de arriba y el suelo fuera de cristal.
Me tumbo en el suelo de los vecinos para ver
cómo te escribo, con un codo apoyado en la mesa y el
pelo tapándome la cara. Aquí arriba no hay nadie. Ni
los vecinos, ni el perro de los vecinos. Y al mismo
tiempo sigo abajo, en el cuaderno, contigo. Creo que
me pasa esto porque desde hace unos días me he sali-
do de la historia: la de mis padres, la del instituto, la
de mi vida; la de lo que se supone que es mi vida,
quiero decir.
Yo al principio pensaba que la vida era una de
esas fiestas con piscina donde todo el mundo se baña
desnudo pero alguien se queda vestido, o sea, yo.
Pero últimamente he estado sintiéndome al revés: me
había quitado la ropa, me había tirado al agua en bolas
tan confiada y resulta que todos seguían vestidos,
y alguno como mucho parecía dispuesto a venirse al
agua conmigo pero con un superbañador bermudas o
un bikini blanco. Así que me he largado, ¿sabes? O
sea, no he vuelto a salir y he pedido una toalla y he
puesto cara de pues qué buena el agua y aquí estamos.
No. Lo que he hecho ha sido coger mis cosas,
secarme sí, vestirme, pero luego coger mis cosas y pirarme;
ahora voy por ahí con el pelo mojado y el verano
en el cuerpo aunque nieve.
Mis padres hace tiempo que decidieron que yo era
rara, igual que, según ellos, la mayoría de los adolescentes
y un poco más. Creen que suspendí por eso,
por una adolescencia mal llevada o algo parecido. Pero
mi historia tiene un principio, fue el día 4 de diciembre,
me acuerdo muy bien. Dejé de estar en clase. O
sea, como yo iba, rellenaba los exámenes, no hacía
barbaridades, todo el mundo tranquilo. Premio: es
como si dijeran hoy es martes, así que siempre va a ser
martes. No era martes. Yo iba pero no estaba ahí. Puedes
mirar y escuchar y haberte ido, eso lo sabe cualquiera.
Llega un momento en que las cosas dejan de
importarte. Cuando los que te hablan no tienen acti-
tud, oyes llover todo el rato. Como no la tienen, ya
pueden venirte con el día de mañana, la materia interestelar
o con la historia mundial del hip-hop, no me
lo creo. Me parece que si me acerco a cualquiera de
esos profesores o profesoras y les pongo un dedo en el
hombro, mi dedo índice en su hombro, y empujo un
poco, así, y otro poco, pues van y se caen. Y lo mismo
mis padres: hablan y oyen canciones pero luego, cuando
algo pasa, no se mantienen de pie, se piran o corren
a esconderse detrás de una frase. Así que, bueno,
resulta que aquí no hay nadie, unos hacen que hablan,
otros hacen que escuchan, pero ¿dónde estamos?
La semana siguiente al día 4 hubo exámenes y me
suspendieron. Aprobé dos exámenes, no sé ni cómo,
la verdad; en los demás tuve un 2, un 1, un 2,5, un
4,3 y un 3,9. Yo siempre sacaba buenas notas. Crisis.
Primero llega mi padre y me pregunta qué me ha pasado:
–Pues que he suspendido. Me han salido mal.
–Martina.
Esto del nombre me mosquea, ¿sabes? Es como
una especie de conjuro: miras a alguien y sólo dices
cómo se llama. Es fuerte, pero debería usarse muy pocas
veces. Malgastan las frases, malgastan la música,
es que lo pierden todo. Recojo mi nombre del suelo,
y de paso el de mi padre, que también se le ha caído,
y se lo doy:
–Juan.
Le sentó fatal. Yo no sé si quería que le sentara
tan fatal. Pero tengo dieciséis años. A mi edad los perros
están para el asilo. Y dicen que en Estados Uni-
dos te dejan conducir. Llevar un coche es como llevar
una pistola cargada. Te da un ataque de rabia: bang,
disparas a alguien que te está molestando. Pues con el
coche puedes hacer lo mismo: estás ahí, en el paso de
cebra, y ves al típico padre de familia con un paquete
de pasteles y cara de que sus hijos han ganado todos
los torneos y han sacado las mejores notas, o sea, con
cara de no haberles mirado a los ojos en toda su vida,
y sueltas el freno y aceleras: se acabó, lo has arrollado
junto con sus pasteles, adiós. Con dieciséis años, si él
dice Martina, yo digo Juan.
–¿Quieres perder el curso? Te parecería divertido
repetir.
No le contesté. Te juro que no quería hurgar en
la herida. Sólo me quedé mirándole como si siguiera
esperando a que me dijera algo y es que realmente estaba
esperando. Porque hablar es decir algo, ¿no? La
Oreja de Van Gogh no canta aunque cante, no tiene
música ni letra ni nada dentro. Y hay veces que las
personas tampoco hablan, aunque hablen. Así que
me quedé callada, esperando a que dijese algo que saliera
de él y llegara a mí, no algo que se quedara flotando
como el hilo musical en una sala de espera. Seguimos
así, mirándonos. Él estaba muy enfadado, se
le notaba. Pasó como medio minuto y se fue. Pero yo
no me moví ni un milímetro. En vez de a mi padre
ahora veía un trozo de estantería y medio sillón rojo.
Me fijé en que una parte de la oreja del sillón estaba
muy gastada, parecía de color naranja claro y se veían
las rayas de los hilos horizontales y verticales que la
atravesaban, como cuando hay un archivo de vídeo
defectuoso y en la pantalla se ve una parte con píxeles
rectangulares.
Estuve unos diez minutos en mitad del salón. Al
cabo de dos o tres ya no esperaba que mi padre me
dijera algo, pero es que no tenía ni puta idea de adónde
ir. ¿A mi cuarto? La verdad es que últimamente mi
cuarto me parece una caja de zapatos y estoy cogiendo
complejo de gusano de seda. ¿A la cocina? Ahí
igual me encontraba con mi padre otra vez, o con mi
madre. ¿A la calle? Alguna vez ya lo he hecho. Me he
ido de casa porque nada encajaba, porque habría querido
«soplar y soplar y la casa derribar». Pero luego,
en la calle, ¿qué? Cruzo, voy de una calle a otra, las
que están cerca me las sé de memoria. Una vez cogí
un autobús que no sabía bien dónde paraba. Y todo
es igual aunque sea distinto. Te bajas en cualquier calle
y vuelves a ver bares, tiendas y puertas cerradas. Es
lo que más hay, puertas y más puertas y más puertas,
todas cerradas. Hasta me habría metido dentro de
una iglesia si no tuviera la sensación de que detrás, en
algún sitio, siempre hay un cura mirando que tarde o
temprano se me acercará para preguntarme si estoy
bien.
Pues ahí me quedé, de pie. Que me haga invisible,
que me haga invisible. Y luego me fui al ascensor.
Me dio por ahí. Me gustan los ascensores. Suben y
bajan. O están quietos. Son como un cuarto que no
pertenece a nadie. Me puse en cuclillas, la espalda
apoyada contra la pared. Lo llamaron una vez. Entonces
me levanté e hice que estaba subiendo. Saludé,
sonreí, buenas tardes, hola. ¡Qué frío hace, eh! Adiós,
adiós. Y otra vez me metí dentro. Como a la media
hora ya estaba más tranquila, así que volví a casa.
Pero, claro, imagina, ahora le tocaba a mi madre. Poli
malo, poli bueno. ¿No es todo asquerosamente triste?
Yo me había metido en mi cuarto. Me puse a mirar
por la ventana. Como nuestra calle es estrecha, las
casas de enfrente están bastante cerca. Y vivimos en
un tercero. Pisos de la casa de enfrente, un poco de
cielo si me inclino y estiro el cuello, y si miro para
abajo las aceras y una fila de coches aparcados: gris,
verde oscuro, azul, negro, gris, blanco. Estaba contando
los colores de los coches cuando los nudillos de
mi madre golpearon con suavidad la puerta. Es educado,
llamar. Es civilizado, se supone que yo podría
estar haciendo de todo, ¿no?, y si abre de golpe... Patada
en la puerta, como los policías de las pelis: no
habría sido educado, pero habría sido sincero. Bah,
no quiero decir esto. Normalmente me gusta que llame
a la puerta. Pero hoy no me ha gustado. Supongo
que es por todo lo que dijo luego.
–¿Hablamos un rato, Martina?
–Ya estamos hablando.
–Sentadas.
Me senté en la silla. Toda la cama para ella, lo
que no quería era que se sentara a mi lado. ¿Por qué?
Pues no sé, pero no quería.
Ella se sentó en la cama.
–Si no tienes ganas de hablar ahora, dímelo.
Vale, no tengo ganas. Tenía que habérselo dicho.
Pero lo malo de los padres es que encima les tienes
que consolar.
–Me han suspendido. Casi siempre apruebo y no
hemos hablado de que he aprobado. A lo mejor también
teníamos que hablar cuando apruebo. «Martina,
has aprobado, vas a pasar de curso, ¿te divierte la idea?
Luego vas a tener un horrible trabajo y te pasarás la
vida diciendo que sí. ¿Te das cuenta? ¿Eres consciente
de ello?»
–Muy agudo. Pero ahora me gustaría que me explicaras
por qué has suspendido.
–Los exámenes me han salido mal, a todo el
mundo le pasa alguna vez.
–¿Hay algo que te preocupe?
No contesté.
–A lo mejor prefieres hablarlo con otras personas,
no con nosotros. Pero si necesitas ayuda, sabes que
estamos aquí. Y todo eso de que vas a tener un horrible
trabajo es una excusa. Ahora tu deber es aprobar.
Más adelante, ya podrás elegir qué haces con tu vida.
En la parte que puedas. Porque no todo se elige.
–Vale.
No lo digas, no lo digas, no lo digas. Pues lo dijo:
–Martina.
–Vale, mamá. Si necesito ayuda os aviso. No
todo en la vida se elige. Desde luego, ya puestos, yo
habría elegido medir quince centímetros más. ¿Qué
quieres? ¿Que te diga que voy a estudiar y voy aprobar
y que sólo ha sido una mala racha? Pues te lo
digo. Es más. Voy a empezar a estudiar ya. Ahora
mismo. ¿Puedes salir, por favor?
Me levanté y empecé a sacar los libros de la mochila.
Mi madre se fue de la habitación sin decir
nada. Supongo que le hice daño. Supongo que antes
también había hecho daño a mi padre. ¿Cómo se coloca
todo bien? ¿Cómo lo consiguen las personas? Porque
si te callas demasiadas cosas, un día estallan o se
pudren. Pero si las dices, haces daño. Y a veces mueves
la mano y sin querer tiras el vaso y se rompe y hay
agua y cristales; dicen que eso es fácil de arreglar con
una bayeta y barriendo cristales. Lo que no se arregla
es que te gustaría clavarte uno, que saliera sangre y no
llorar.
En vez de estudiar, me he puesto a escribirte. No
eres un puto personaje inventado ni eres mi puto
amor platónico. Te he encontrado y tú sí tienes música.
Odiaba su música. Normalmente son los padres
los que odian la música de los hijos. Pero es que: uno,
yo no tenía música; dos, a ellos les daría igual que la
hubiera tenido porque yo no iba vendiéndoles a ellos
lo que me gustaba. A lo mejor no debía contártelo.
¿Qué importa? Tener dieciséis años y no tener música.
Hay chicas de mi edad que no tienen padres ni
familia, ni cama, yo qué sé. Vale, ¿y para qué sirve
comparar? Las cosas tienen que estar bien porque lo
están, no porque sean mejores o peores que ninguna
otra. Mi bolígrafo es perfecto. Plateado, de los que
aprietas para que baje la punta. Y tiene recambios.
Me gustan los recambios. Hacen que sepa que mi bolígrafo
es único, lleva cinco recambios puestos por
mí, dos de tinta azul y tres de tinta negra. Y ya está.
No lo comparo, no me da la gana. Estoy escribiéndote
con él y es todo lo que necesito. Creo que tener
dieciséis años, llamarse Martina y no haber tenido
música es un asqueroso desastre. Porque si la hubiera
tenido sentiría que pertenezco a algún sitio, supongo.
Tener música es como tener un código. Y es extraño
porque yo creo que sí tengo un código.
«You, who are on the road, must have a code,
that you can live by»: tú, que estás en la carretera, debes
tener un código según el cual puedas vivir. En inglés
suena mejor, y rima un poco. Es la letra de una
de las canciones que les gustan a mis padres. Creo
que me dan grima porque gastan frases que me importan.
O sea, desprecio, por ejemplo, a La Oreja de
Van Gogh. Pero no les odio, no se lo merecen, ¿sabes?:
«Mi corazón lleno de pena, y yo una muñeca de
trapo», puagh, es una estupidez, babosa, me imagino
a cualquiera oyéndolo mientras espera con el carro rebosante
de yogures, detergente y jamón york en la
cola del supermercado. Mi corazón, saco los yogures,
lleno de pena, cojo el detergente, y yo una muñeca de
trapo, saco la cartera. En realidad, no es música. Son
sonidos empaquetados, como esos juguetes de bebés
con pilas que dicen «pruébame» y aprietas y suenan
cosas. La música, la de verdad, no suena: te atraviesa
el cuerpo de parte a parte.
Es raro, mientras te escribo estoy viéndome escribirte
y no me veo desde la puerta, sino más bien como
si estuviera en la casa de arriba y el suelo fuera de cristal.
Me tumbo en el suelo de los vecinos para ver
cómo te escribo, con un codo apoyado en la mesa y el
pelo tapándome la cara. Aquí arriba no hay nadie. Ni
los vecinos, ni el perro de los vecinos. Y al mismo
tiempo sigo abajo, en el cuaderno, contigo. Creo que
me pasa esto porque desde hace unos días me he sali-
do de la historia: la de mis padres, la del instituto, la
de mi vida; la de lo que se supone que es mi vida,
quiero decir.
Yo al principio pensaba que la vida era una de
esas fiestas con piscina donde todo el mundo se baña
desnudo pero alguien se queda vestido, o sea, yo.
Pero últimamente he estado sintiéndome al revés: me
había quitado la ropa, me había tirado al agua en bolas
tan confiada y resulta que todos seguían vestidos,
y alguno como mucho parecía dispuesto a venirse al
agua conmigo pero con un superbañador bermudas o
un bikini blanco. Así que me he largado, ¿sabes? O
sea, no he vuelto a salir y he pedido una toalla y he
puesto cara de pues qué buena el agua y aquí estamos.
No. Lo que he hecho ha sido coger mis cosas,
secarme sí, vestirme, pero luego coger mis cosas y pirarme;
ahora voy por ahí con el pelo mojado y el verano
en el cuerpo aunque nieve.
Mis padres hace tiempo que decidieron que yo era
rara, igual que, según ellos, la mayoría de los adolescentes
y un poco más. Creen que suspendí por eso,
por una adolescencia mal llevada o algo parecido. Pero
mi historia tiene un principio, fue el día 4 de diciembre,
me acuerdo muy bien. Dejé de estar en clase. O
sea, como yo iba, rellenaba los exámenes, no hacía
barbaridades, todo el mundo tranquilo. Premio: es
como si dijeran hoy es martes, así que siempre va a ser
martes. No era martes. Yo iba pero no estaba ahí. Puedes
mirar y escuchar y haberte ido, eso lo sabe cualquiera.
Llega un momento en que las cosas dejan de
importarte. Cuando los que te hablan no tienen acti-
tud, oyes llover todo el rato. Como no la tienen, ya
pueden venirte con el día de mañana, la materia interestelar
o con la historia mundial del hip-hop, no me
lo creo. Me parece que si me acerco a cualquiera de
esos profesores o profesoras y les pongo un dedo en el
hombro, mi dedo índice en su hombro, y empujo un
poco, así, y otro poco, pues van y se caen. Y lo mismo
mis padres: hablan y oyen canciones pero luego, cuando
algo pasa, no se mantienen de pie, se piran o corren
a esconderse detrás de una frase. Así que, bueno,
resulta que aquí no hay nadie, unos hacen que hablan,
otros hacen que escuchan, pero ¿dónde estamos?
La semana siguiente al día 4 hubo exámenes y me
suspendieron. Aprobé dos exámenes, no sé ni cómo,
la verdad; en los demás tuve un 2, un 1, un 2,5, un
4,3 y un 3,9. Yo siempre sacaba buenas notas. Crisis.
Primero llega mi padre y me pregunta qué me ha pasado:
–Pues que he suspendido. Me han salido mal.
–Martina.
Esto del nombre me mosquea, ¿sabes? Es como
una especie de conjuro: miras a alguien y sólo dices
cómo se llama. Es fuerte, pero debería usarse muy pocas
veces. Malgastan las frases, malgastan la música,
es que lo pierden todo. Recojo mi nombre del suelo,
y de paso el de mi padre, que también se le ha caído,
y se lo doy:
–Juan.
Le sentó fatal. Yo no sé si quería que le sentara
tan fatal. Pero tengo dieciséis años. A mi edad los perros
están para el asilo. Y dicen que en Estados Uni-
dos te dejan conducir. Llevar un coche es como llevar
una pistola cargada. Te da un ataque de rabia: bang,
disparas a alguien que te está molestando. Pues con el
coche puedes hacer lo mismo: estás ahí, en el paso de
cebra, y ves al típico padre de familia con un paquete
de pasteles y cara de que sus hijos han ganado todos
los torneos y han sacado las mejores notas, o sea, con
cara de no haberles mirado a los ojos en toda su vida,
y sueltas el freno y aceleras: se acabó, lo has arrollado
junto con sus pasteles, adiós. Con dieciséis años, si él
dice Martina, yo digo Juan.
–¿Quieres perder el curso? Te parecería divertido
repetir.
No le contesté. Te juro que no quería hurgar en
la herida. Sólo me quedé mirándole como si siguiera
esperando a que me dijera algo y es que realmente estaba
esperando. Porque hablar es decir algo, ¿no? La
Oreja de Van Gogh no canta aunque cante, no tiene
música ni letra ni nada dentro. Y hay veces que las
personas tampoco hablan, aunque hablen. Así que
me quedé callada, esperando a que dijese algo que saliera
de él y llegara a mí, no algo que se quedara flotando
como el hilo musical en una sala de espera. Seguimos
así, mirándonos. Él estaba muy enfadado, se
le notaba. Pasó como medio minuto y se fue. Pero yo
no me moví ni un milímetro. En vez de a mi padre
ahora veía un trozo de estantería y medio sillón rojo.
Me fijé en que una parte de la oreja del sillón estaba
muy gastada, parecía de color naranja claro y se veían
las rayas de los hilos horizontales y verticales que la
atravesaban, como cuando hay un archivo de vídeo
defectuoso y en la pantalla se ve una parte con píxeles
rectangulares.
Estuve unos diez minutos en mitad del salón. Al
cabo de dos o tres ya no esperaba que mi padre me
dijera algo, pero es que no tenía ni puta idea de adónde
ir. ¿A mi cuarto? La verdad es que últimamente mi
cuarto me parece una caja de zapatos y estoy cogiendo
complejo de gusano de seda. ¿A la cocina? Ahí
igual me encontraba con mi padre otra vez, o con mi
madre. ¿A la calle? Alguna vez ya lo he hecho. Me he
ido de casa porque nada encajaba, porque habría querido
«soplar y soplar y la casa derribar». Pero luego,
en la calle, ¿qué? Cruzo, voy de una calle a otra, las
que están cerca me las sé de memoria. Una vez cogí
un autobús que no sabía bien dónde paraba. Y todo
es igual aunque sea distinto. Te bajas en cualquier calle
y vuelves a ver bares, tiendas y puertas cerradas. Es
lo que más hay, puertas y más puertas y más puertas,
todas cerradas. Hasta me habría metido dentro de
una iglesia si no tuviera la sensación de que detrás, en
algún sitio, siempre hay un cura mirando que tarde o
temprano se me acercará para preguntarme si estoy
bien.
Pues ahí me quedé, de pie. Que me haga invisible,
que me haga invisible. Y luego me fui al ascensor.
Me dio por ahí. Me gustan los ascensores. Suben y
bajan. O están quietos. Son como un cuarto que no
pertenece a nadie. Me puse en cuclillas, la espalda
apoyada contra la pared. Lo llamaron una vez. Entonces
me levanté e hice que estaba subiendo. Saludé,
sonreí, buenas tardes, hola. ¡Qué frío hace, eh! Adiós,
adiós. Y otra vez me metí dentro. Como a la media
hora ya estaba más tranquila, así que volví a casa.
Pero, claro, imagina, ahora le tocaba a mi madre. Poli
malo, poli bueno. ¿No es todo asquerosamente triste?
Yo me había metido en mi cuarto. Me puse a mirar
por la ventana. Como nuestra calle es estrecha, las
casas de enfrente están bastante cerca. Y vivimos en
un tercero. Pisos de la casa de enfrente, un poco de
cielo si me inclino y estiro el cuello, y si miro para
abajo las aceras y una fila de coches aparcados: gris,
verde oscuro, azul, negro, gris, blanco. Estaba contando
los colores de los coches cuando los nudillos de
mi madre golpearon con suavidad la puerta. Es educado,
llamar. Es civilizado, se supone que yo podría
estar haciendo de todo, ¿no?, y si abre de golpe... Patada
en la puerta, como los policías de las pelis: no
habría sido educado, pero habría sido sincero. Bah,
no quiero decir esto. Normalmente me gusta que llame
a la puerta. Pero hoy no me ha gustado. Supongo
que es por todo lo que dijo luego.
–¿Hablamos un rato, Martina?
–Ya estamos hablando.
–Sentadas.
Me senté en la silla. Toda la cama para ella, lo
que no quería era que se sentara a mi lado. ¿Por qué?
Pues no sé, pero no quería.
Ella se sentó en la cama.
–Si no tienes ganas de hablar ahora, dímelo.
Vale, no tengo ganas. Tenía que habérselo dicho.
Pero lo malo de los padres es que encima les tienes
que consolar.
–Me han suspendido. Casi siempre apruebo y no
hemos hablado de que he aprobado. A lo mejor también
teníamos que hablar cuando apruebo. «Martina,
has aprobado, vas a pasar de curso, ¿te divierte la idea?
Luego vas a tener un horrible trabajo y te pasarás la
vida diciendo que sí. ¿Te das cuenta? ¿Eres consciente
de ello?»
–Muy agudo. Pero ahora me gustaría que me explicaras
por qué has suspendido.
–Los exámenes me han salido mal, a todo el
mundo le pasa alguna vez.
–¿Hay algo que te preocupe?
No contesté.
–A lo mejor prefieres hablarlo con otras personas,
no con nosotros. Pero si necesitas ayuda, sabes que
estamos aquí. Y todo eso de que vas a tener un horrible
trabajo es una excusa. Ahora tu deber es aprobar.
Más adelante, ya podrás elegir qué haces con tu vida.
En la parte que puedas. Porque no todo se elige.
–Vale.
No lo digas, no lo digas, no lo digas. Pues lo dijo:
–Martina.
–Vale, mamá. Si necesito ayuda os aviso. No
todo en la vida se elige. Desde luego, ya puestos, yo
habría elegido medir quince centímetros más. ¿Qué
quieres? ¿Que te diga que voy a estudiar y voy aprobar
y que sólo ha sido una mala racha? Pues te lo
digo. Es más. Voy a empezar a estudiar ya. Ahora
mismo. ¿Puedes salir, por favor?
Me levanté y empecé a sacar los libros de la mochila.
Mi madre se fue de la habitación sin decir
nada. Supongo que le hice daño. Supongo que antes
también había hecho daño a mi padre. ¿Cómo se coloca
todo bien? ¿Cómo lo consiguen las personas? Porque
si te callas demasiadas cosas, un día estallan o se
pudren. Pero si las dices, haces daño. Y a veces mueves
la mano y sin querer tiras el vaso y se rompe y hay
agua y cristales; dicen que eso es fácil de arreglar con
una bayeta y barriendo cristales. Lo que no se arregla
es que te gustaría clavarte uno, que saliera sangre y no
llorar.
En vez de estudiar, me he puesto a escribirte. No
eres un puto personaje inventado ni eres mi puto
amor platónico. Te he encontrado y tú sí tienes música.
sábado, 18 de julio de 2009
PRENSA. LECTURA. "El peligro de amar a margarita", de Andrés Neuman
En "El País", El peligro de amar a margarita, cuento de Andrés Neuman que reproducimos a continuación:Son malos tiempos para el romanticismo. Margarita es elegante, lista, decidida. Me quiere. Trabaja demasiado, tiene insomnio, parece siempre preocupada. No me quiere. Como es madrugadora, suele preparar el desayuno para dos. Me quiere. Detesta que me haga el remolón. No me quiere. Cuando nos duchamos juntos, como por arte de magia, hacemos el amor en equilibrio. Me quiere. Después se queda absorta y se viste rápido. No me quiere. A veces me pide que le seque el pelo, cierra los ojos, ronronea. Me quiere. Hace llamadas extrañas, se va hablar a otra habitación, nunca sé quién la llama. No me quiere. Margarita tiene un buen sueldo y le gusta salir a cenar, comprarme camisas, irse de vacaciones conmigo. Me quiere. Lo que más me molesta es que, cuando estamos juntos, mire constantemente su reloj deportivo. No me quiere. No te preocupes, príncipe, me consuela, te llamo en cuanto pueda, te lo prometo, adiós. Me quiere.
Ahora, no sé por qué, vigila la ventana y me pregunta por los vecinos. No me quiere. Me acerco y, al besarla, Margarita sonríe con ternura. Me quiere. De pronto se separa de mí, sobresaltada. No me quiere. Su precioso vestido blanco le deja al descubierto medio pecho. Me quiere. Ahora no, me ordena, estate quieto. No me quiere. Me toma del brazo con fuerza. Me quiere. Shh, susurra agazapada. ¿No me quiere? Margarita..., suspiro. ¿O me quiere? ¡Abajo!, chilla ella: no me quiere. Rodamos juntos por el salón hasta quedarnos hechos un ovillo debajo de la mesa. Me quiere. Algo impacta contra el cristal de la ventana y lo hace añicos. No me quiere. ¿Estás bien, vida mía?, me pregunta al oído. Me quiere. ¿Y tú?, le contesto con un hilo de voz, pero no obtengo respuesta. No me quiere. Ella se incorpora delicadamente y gatea por el pasillo. Me quiere. ¿Adónde vas?, ¿qué haces?, protesto ansioso, y desaparece. No me quiere.
Un minuto después, Margarita regresa con su bolso y se acurruca junto a mí. Me quiere. Abre el bolso, intento mirar qué busca, ella se aparta. No me quiere. Mi vida, me advierte, ten cuidado con los cristales del suelo. Me quiere. Saca un revólver del bolso, un revólver con el cañón muy grueso. ¡No me quiere! Me acaricia una mejilla. Me quiere. Desde mi refugio debajo de la mesa, la veo alejarse de nuevo y avanzar agachada hacia la ventana rota. No me quiere. La tela de su vestido se tensa como una piel pálida y fina. Me quiere. Se pone en pie de un salto, saca un brazo por la ventana y dispara varias veces. No me quiere. Al escuchar mi respiración entrecortada, se acerca a mí, me ayuda a salir de la mesa y dice: Ya ha pasado, cariño, ya ha pasado. Me quiere. Pero añade: Ahora tengo que irme. No me quiere. Me besa la comisura de los labios: huele a pólvora y perfume. Me quiere. Se marcha de mi casa apretando ese bolso que nunca sé qué esconde. No me quiere. Antes de abrir la puerta y salir tan veloz que parece de viento, se vuelve un instante para guiñarme un ojo verde. Me quiere. No me dice cuándo me llamará ni dónde nos veremos otra vez. Definitivamente, pienso yo, Margarita no me quiere.
Ahora, no sé por qué, vigila la ventana y me pregunta por los vecinos. No me quiere. Me acerco y, al besarla, Margarita sonríe con ternura. Me quiere. De pronto se separa de mí, sobresaltada. No me quiere. Su precioso vestido blanco le deja al descubierto medio pecho. Me quiere. Ahora no, me ordena, estate quieto. No me quiere. Me toma del brazo con fuerza. Me quiere. Shh, susurra agazapada. ¿No me quiere? Margarita..., suspiro. ¿O me quiere? ¡Abajo!, chilla ella: no me quiere. Rodamos juntos por el salón hasta quedarnos hechos un ovillo debajo de la mesa. Me quiere. Algo impacta contra el cristal de la ventana y lo hace añicos. No me quiere. ¿Estás bien, vida mía?, me pregunta al oído. Me quiere. ¿Y tú?, le contesto con un hilo de voz, pero no obtengo respuesta. No me quiere. Ella se incorpora delicadamente y gatea por el pasillo. Me quiere. ¿Adónde vas?, ¿qué haces?, protesto ansioso, y desaparece. No me quiere.
Un minuto después, Margarita regresa con su bolso y se acurruca junto a mí. Me quiere. Abre el bolso, intento mirar qué busca, ella se aparta. No me quiere. Mi vida, me advierte, ten cuidado con los cristales del suelo. Me quiere. Saca un revólver del bolso, un revólver con el cañón muy grueso. ¡No me quiere! Me acaricia una mejilla. Me quiere. Desde mi refugio debajo de la mesa, la veo alejarse de nuevo y avanzar agachada hacia la ventana rota. No me quiere. La tela de su vestido se tensa como una piel pálida y fina. Me quiere. Se pone en pie de un salto, saca un brazo por la ventana y dispara varias veces. No me quiere. Al escuchar mi respiración entrecortada, se acerca a mí, me ayuda a salir de la mesa y dice: Ya ha pasado, cariño, ya ha pasado. Me quiere. Pero añade: Ahora tengo que irme. No me quiere. Me besa la comisura de los labios: huele a pólvora y perfume. Me quiere. Se marcha de mi casa apretando ese bolso que nunca sé qué esconde. No me quiere. Antes de abrir la puerta y salir tan veloz que parece de viento, se vuelve un instante para guiñarme un ojo verde. Me quiere. No me dice cuándo me llamará ni dónde nos veremos otra vez. Definitivamente, pienso yo, Margarita no me quiere.
viernes, 17 de julio de 2009
LECTURA. "Historia de la criada Gudule", cuento de Jean Lorrain
HISTORIA DE LA CRIADA GUDULELa señora de Lautréamont ocupaba la casa más bella de la ciudad; era el antiguo edificio de la Dirección General de Impuestos, construido en tiempos de Luis XV (¡casi nada!), y cuyas altas ventanas, decoradas de emblemas y conchas, eran la admiración de todo el que pasaba por la plaza mayor los días de mercado. Era un gran cuerpo de edificio, flanqueado por dos pabellones laterales unidos por una gran verja: el patio de honor, con el jardín más bello del mundo, se hallaba detrás del edificio principal. Descendía de terraza en terraza, hasta los bordes de las murallas; dominaba treinta leguas de campiña y, con la más bella disposición estilo XV, albergaba en sus bosquecillos estatuas licenciosas, todas más o menos atormentadas por las diablurías de las Risas y el Amor.
Por lo que respecta a los apartamentos, estaban revestidos de paneles esculpidos del más encantador efecto, adornados con espejos, y los parquets de toda la planta baja, curiosamente incrustados de maderas de las Islas, relucían como espejos. La señora de Lautréamont, que sólo ocupaba el edificio principal, había alquilado los pabellones de los laterales a sólidos inquilinos y obtenía de ellos buenas rentas; no había nadie que no deseara vivir en el edificio de Lautréamont, y era el sempiterno tema de las conversaciones de la ciudad.
¡La señora de Lautréamont! Había nacido con las manos llenas y siempre había tenido suerte: un marido constituido como un hércules, dispuesto a concederle todos los caprichos y que le permitía vestirse en París, en casa de un gran modisto; dos hijos que había colocado bien: la hija, casada con un procurador del rey; y el hijo, ya capitán de artillería o a punto de serlo; la casa más bella del departamento; una salud que la mantenía aún fresca y, desde luego, deseable a los cuarenta y cinco años; y, para atender esta mansión principesca y esta salud casi indecente, una criada de las que ya no hay, el fénix, la perla de las criadas, toda la abnegación, todas las atenciones, toda la lealtad, encarnadas en la criada Gudule.
Gracias a esta mujer maravillosa, la señora de Lautréamont tenía suficiente con tres domésticos, un jardinero, un lacayo y una cocinera para atender su inmensa mansión por la cantidad de sesenta mil libras. Era, sin duda, la casa más limpia de la ciudad: ni un grano de polvo sobre el mármol de las consolas, parquets peligrosos a fuerza de encerados, antiguos espejos ahora más claros que el agua de los manantiales, en todas partes, en todos los apartamentos, un orden, una simetría que hacía que el antiguo edificio de la Dirección General de Impuestos fuera citado como la primera casa de la provincia, con la frase ya consagrada para referirse a una vivienda muy cuidada: "Se diría que estamos en casa de los Lautréamont.»".
Por lo que respecta a los apartamentos, estaban revestidos de paneles esculpidos del más encantador efecto, adornados con espejos, y los parquets de toda la planta baja, curiosamente incrustados de maderas de las Islas, relucían como espejos. La señora de Lautréamont, que sólo ocupaba el edificio principal, había alquilado los pabellones de los laterales a sólidos inquilinos y obtenía de ellos buenas rentas; no había nadie que no deseara vivir en el edificio de Lautréamont, y era el sempiterno tema de las conversaciones de la ciudad.
¡La señora de Lautréamont! Había nacido con las manos llenas y siempre había tenido suerte: un marido constituido como un hércules, dispuesto a concederle todos los caprichos y que le permitía vestirse en París, en casa de un gran modisto; dos hijos que había colocado bien: la hija, casada con un procurador del rey; y el hijo, ya capitán de artillería o a punto de serlo; la casa más bella del departamento; una salud que la mantenía aún fresca y, desde luego, deseable a los cuarenta y cinco años; y, para atender esta mansión principesca y esta salud casi indecente, una criada de las que ya no hay, el fénix, la perla de las criadas, toda la abnegación, todas las atenciones, toda la lealtad, encarnadas en la criada Gudule.
Gracias a esta mujer maravillosa, la señora de Lautréamont tenía suficiente con tres domésticos, un jardinero, un lacayo y una cocinera para atender su inmensa mansión por la cantidad de sesenta mil libras. Era, sin duda, la casa más limpia de la ciudad: ni un grano de polvo sobre el mármol de las consolas, parquets peligrosos a fuerza de encerados, antiguos espejos ahora más claros que el agua de los manantiales, en todas partes, en todos los apartamentos, un orden, una simetría que hacía que el antiguo edificio de la Dirección General de Impuestos fuera citado como la primera casa de la provincia, con la frase ya consagrada para referirse a una vivienda muy cuidada: "Se diría que estamos en casa de los Lautréamont.»".
El alma de aquella sorprendente mansión era una criada solterona de mejillas aún frescas, de ojillos ingenuos y azulados y que, de la mañana a la noche, con el plumero o la escoba en la mano, seria, silenciosa, activa, no cesaba de frotar, cepillar, quitar el polvo, hacer brillar y relucir, enemiga declarada del más mínimo átomo de polvo. Los demás empleados la temían un poco: la de Gudule era una vigilancia terrible. Consagrada por completo a los intereses de sus patrones, no escapaba nada a sus pequeños ojos azules; siempre presente además en la casa, pues la solterona no salía nada más que para asistir a los oficios religiosos los días festivos y los domingos, bastante poco devota, por lo demás, y de ninguna forma asidua a la misa de las seis, pretexto diario para poder salir empleado por todas las viejas criadas.
En la ciudad no cesaban los elogios hacia aquel modelo de sirvientas y todos le envidiaban a la señora de Lautréamont su criada. Algunas almas poco delicadas no tuvieron escrúpulo incluso en intentar quitársela. Le habían ofrecido puentes de oro a Gudule, pues la vanidad había intervenido y en la sociedad incluso se habían hecho apuestas para ver quién lograba quitarle a la patrona a aquella pobre mujer; pero todo fue en vano. Gudule, de una fidelidad propia de otros tiempos, hizo oídos sordos a todas las proposiciones, y la felicidad insolente de la señora de Lautréamont se prolongó hasta el día en que la vieja criada, gastada, extenuada de trabajar, se apagó como una lámpara sin aceite, en su pequeña y fría buhardilla, justo por debajo del tejado, donde la señora de Lautréamont —hay que decirlo en su honor—, permaneció instalada durante tres días.
La criada Gudule tuvo la alegría de morir teniendo a su amada patrona a su cabecera. Los Lautréamont le hicieron un entierro adecuado. El señor de Lautréamont presidió el duelo; Gudule tuvo su concesión en el cementerio, flores frescas sobre su tumba al menos durante ocho días, y luego no hubo más remedio que reemplazarla.
Reemplazarla, no, porque eso era algo imposible, pero al menos introducir en la mansión a una mujer que ocupara su puesto. Amas de llaves se encuentran, y, después de algunos intentos desafortunados, la señora de Lautréamont creyó al fin poder felicitarse por haber encontrado una mujer de confianza y de gran honradez. La señorita Agathe reinó a partir de aquella fecha en la antigua Dirección General de Impuestos. Era una persona algo corpulenta, de busto prominente que, afanada, gesticulante, discurría por todos los rincones, con un manojo de llaves a la cintura, un delantal de muaré y aires de señorita Rodomont. Su trabajo no era precisamente silencioso, y de la mañana a la noche se pasaba gritándole a los demás empleados; y la vieja mansión, tan tranquila y muda en tiempos de Gudule, era ahora ensordecedora. Pero es que la señorita Agathe sabía hacerse respetar, eso era todo; daba informes diarios acerca del recibidor o la cocina, o discutía con la cocinera; y la señora de Lautréamont terminó por dejarse engañar por aquellas manifestaciones de ruidosa abnegación.
¡Ah!, ya no era el servicio de Gudule, aquel servicio invisible y silencioso que habríase dicho ejecutado por una sombra; aquellas atenciones delicadas y algo recelosas de una abnegación que se ocultaba; aquella constante vigilancia; aquellas minucias de solterona que adoraba la casa de sus patrones, especie de culto de devota por su parroquia, y todo aquel fervor doméstico que antaño difundía por la casa de los Lautréamont algo similar a un aroma de altar.
Ahora había motas de polvo sobre el mármol de las consolas; los antiguos espejos de los salones ya no eran como el agua transparente de los manantiales, ni los parquets eran ya como espejos; pero la costumbre tiene tal fuerza, y Gudule había creado tal leyenda, que aún se seguía citando la antigua Dirección General de Impuestos con las habituales reflexiones sobre la casa más cuidada del departamento.
Y ocurrió que a unos seis meses de aquello (era mediados de noviembre y Gudule había fallecido en marzo), una noche, la señora de Lautréamont despertó bruscamente al señor de Lautréamont y con una voz algo cambiada, sin encender siquiera la lámpara: "Héctor —le dijo— ¡qué extraño!, ¡escuche!, parece la forma de barrer de Gudule".
El señor de Lautréamont, de bastante mal humor, y como hombre medio dormido, refunfuñó diciendo que estaba loca; pero una gran emoción dominaba a la señora de Lautréamont y la sacudía con tal temblor, que aquel modelo de maridos terminó por despertarse y prestar atención a las divagaciones de su esposa. "Le aseguro que hay alguien ahí —decía—, en el rellano del primer piso, delante de la puerta de nuestro dormitorio. Oigo pasos, pero, ¿por qué ese ruido de escoba? Espere, ahora se aleja, barre al fondo del vestíbulo. Le aseguro que es su forma de barrer: la conozco bien". La señora de Lautréamont no se atrevía siquiera a pronunciar el nombre de la antigua criada, y el señor de Lautréamont, comprendiéndola, dijo: "¡De verdad que esa chica sigue dándole vueltas en la cabeza! Está soñando despierta, querida amiga, le aseguro que no hay nada; el aire está tan tranquilo que no se oye siquiera una hoja removerse. Es que no puede digerir la cena. ¿Quiere que le prepare una taza de te?".
Pero, movida como por un resorte, la señora de Lautréamont, temblando, se había levantado y, corriendo descalza por el dormitorio, iba a entreabrir la puerta. La volvió a cerrar con un grito horroroso. De un salto, el señor de Lautréamont se encontraba junto a ella, y sin comprender aquella especie de locura, la trasladaba casi inanimada a un sofá en el que se dejaba caer y permanecía durante unos minutos sin poder hablar; recuperaba por fin la voz y en el dormitorio ahora ya iluminado decía: "Es ella! La he visto como lo estoy viendo a usted; estaba ahí, barriendo y frotando el parquet del vestíbulo, con el vestido de estameña que le conocimos, con un gorro como cuando vivía, pero tan pálida, tan lívida! ¡Ah!, ¡qué cara de cementerio! Habrá que ofrecer misas por su alma, amigo mío!". El señor de Lautréamont calmaba a su mujer como podía, pero no permanecía menos inquieto y pensativo: se han visto cosas aún más misteriosas.
La noche siguiente, la alucinación de la señora de Lautréamont se repetía. Temblando, con los dientes apretados por el terror, oía esta vez a la criada fallecida encerar, frotar el rellano, moviendo rápidamente sus pies provistos de cepillos. ¿El miedo será contagioso? En el silencio de la gran mansión dormida, el señor de Lautréamont oía esta vez el ruido y, pese a que su mujer se asía fuertemente a su brazo por el pánico, iba intrépidamente a abrir la puerta y miraba.
Todo el vello se le erizó sobre la piel sudorosa: la silueta desbaratada de la criada difunta se agitaba como una marioneta fúnebre, en mitad del vestíbulo desierto; la ventana que iluminaba la escalera la bañaba con un resplandor de luna y, en el rayo luminoso y azul, la muerta pasaba y volvía a pasar, cepillando, frotando, presa de una febril agitación; habríase dicho que realizaba un trabajo impuesto a una condenada, y el señor de Lautréamont, cuando ella pasaba por delante de él, vio claramente gotas de sudor sobre su cráneo ya pulido. Volvía a cerrar la puerta bruscamente, aterrorizado y convencido.
En la ciudad no cesaban los elogios hacia aquel modelo de sirvientas y todos le envidiaban a la señora de Lautréamont su criada. Algunas almas poco delicadas no tuvieron escrúpulo incluso en intentar quitársela. Le habían ofrecido puentes de oro a Gudule, pues la vanidad había intervenido y en la sociedad incluso se habían hecho apuestas para ver quién lograba quitarle a la patrona a aquella pobre mujer; pero todo fue en vano. Gudule, de una fidelidad propia de otros tiempos, hizo oídos sordos a todas las proposiciones, y la felicidad insolente de la señora de Lautréamont se prolongó hasta el día en que la vieja criada, gastada, extenuada de trabajar, se apagó como una lámpara sin aceite, en su pequeña y fría buhardilla, justo por debajo del tejado, donde la señora de Lautréamont —hay que decirlo en su honor—, permaneció instalada durante tres días.
La criada Gudule tuvo la alegría de morir teniendo a su amada patrona a su cabecera. Los Lautréamont le hicieron un entierro adecuado. El señor de Lautréamont presidió el duelo; Gudule tuvo su concesión en el cementerio, flores frescas sobre su tumba al menos durante ocho días, y luego no hubo más remedio que reemplazarla.
Reemplazarla, no, porque eso era algo imposible, pero al menos introducir en la mansión a una mujer que ocupara su puesto. Amas de llaves se encuentran, y, después de algunos intentos desafortunados, la señora de Lautréamont creyó al fin poder felicitarse por haber encontrado una mujer de confianza y de gran honradez. La señorita Agathe reinó a partir de aquella fecha en la antigua Dirección General de Impuestos. Era una persona algo corpulenta, de busto prominente que, afanada, gesticulante, discurría por todos los rincones, con un manojo de llaves a la cintura, un delantal de muaré y aires de señorita Rodomont. Su trabajo no era precisamente silencioso, y de la mañana a la noche se pasaba gritándole a los demás empleados; y la vieja mansión, tan tranquila y muda en tiempos de Gudule, era ahora ensordecedora. Pero es que la señorita Agathe sabía hacerse respetar, eso era todo; daba informes diarios acerca del recibidor o la cocina, o discutía con la cocinera; y la señora de Lautréamont terminó por dejarse engañar por aquellas manifestaciones de ruidosa abnegación.
¡Ah!, ya no era el servicio de Gudule, aquel servicio invisible y silencioso que habríase dicho ejecutado por una sombra; aquellas atenciones delicadas y algo recelosas de una abnegación que se ocultaba; aquella constante vigilancia; aquellas minucias de solterona que adoraba la casa de sus patrones, especie de culto de devota por su parroquia, y todo aquel fervor doméstico que antaño difundía por la casa de los Lautréamont algo similar a un aroma de altar.
Ahora había motas de polvo sobre el mármol de las consolas; los antiguos espejos de los salones ya no eran como el agua transparente de los manantiales, ni los parquets eran ya como espejos; pero la costumbre tiene tal fuerza, y Gudule había creado tal leyenda, que aún se seguía citando la antigua Dirección General de Impuestos con las habituales reflexiones sobre la casa más cuidada del departamento.
Y ocurrió que a unos seis meses de aquello (era mediados de noviembre y Gudule había fallecido en marzo), una noche, la señora de Lautréamont despertó bruscamente al señor de Lautréamont y con una voz algo cambiada, sin encender siquiera la lámpara: "Héctor —le dijo— ¡qué extraño!, ¡escuche!, parece la forma de barrer de Gudule".
El señor de Lautréamont, de bastante mal humor, y como hombre medio dormido, refunfuñó diciendo que estaba loca; pero una gran emoción dominaba a la señora de Lautréamont y la sacudía con tal temblor, que aquel modelo de maridos terminó por despertarse y prestar atención a las divagaciones de su esposa. "Le aseguro que hay alguien ahí —decía—, en el rellano del primer piso, delante de la puerta de nuestro dormitorio. Oigo pasos, pero, ¿por qué ese ruido de escoba? Espere, ahora se aleja, barre al fondo del vestíbulo. Le aseguro que es su forma de barrer: la conozco bien". La señora de Lautréamont no se atrevía siquiera a pronunciar el nombre de la antigua criada, y el señor de Lautréamont, comprendiéndola, dijo: "¡De verdad que esa chica sigue dándole vueltas en la cabeza! Está soñando despierta, querida amiga, le aseguro que no hay nada; el aire está tan tranquilo que no se oye siquiera una hoja removerse. Es que no puede digerir la cena. ¿Quiere que le prepare una taza de te?".
Pero, movida como por un resorte, la señora de Lautréamont, temblando, se había levantado y, corriendo descalza por el dormitorio, iba a entreabrir la puerta. La volvió a cerrar con un grito horroroso. De un salto, el señor de Lautréamont se encontraba junto a ella, y sin comprender aquella especie de locura, la trasladaba casi inanimada a un sofá en el que se dejaba caer y permanecía durante unos minutos sin poder hablar; recuperaba por fin la voz y en el dormitorio ahora ya iluminado decía: "Es ella! La he visto como lo estoy viendo a usted; estaba ahí, barriendo y frotando el parquet del vestíbulo, con el vestido de estameña que le conocimos, con un gorro como cuando vivía, pero tan pálida, tan lívida! ¡Ah!, ¡qué cara de cementerio! Habrá que ofrecer misas por su alma, amigo mío!". El señor de Lautréamont calmaba a su mujer como podía, pero no permanecía menos inquieto y pensativo: se han visto cosas aún más misteriosas.
La noche siguiente, la alucinación de la señora de Lautréamont se repetía. Temblando, con los dientes apretados por el terror, oía esta vez a la criada fallecida encerar, frotar el rellano, moviendo rápidamente sus pies provistos de cepillos. ¿El miedo será contagioso? En el silencio de la gran mansión dormida, el señor de Lautréamont oía esta vez el ruido y, pese a que su mujer se asía fuertemente a su brazo por el pánico, iba intrépidamente a abrir la puerta y miraba.
Todo el vello se le erizó sobre la piel sudorosa: la silueta desbaratada de la criada difunta se agitaba como una marioneta fúnebre, en mitad del vestíbulo desierto; la ventana que iluminaba la escalera la bañaba con un resplandor de luna y, en el rayo luminoso y azul, la muerta pasaba y volvía a pasar, cepillando, frotando, presa de una febril agitación; habríase dicho que realizaba un trabajo impuesto a una condenada, y el señor de Lautréamont, cuando ella pasaba por delante de él, vio claramente gotas de sudor sobre su cráneo ya pulido. Volvía a cerrar la puerta bruscamente, aterrorizado y convencido.
Tiene razón —decía simplemente al volver junto a su esposa—: habrá que encargar algunas misas por esta mujer".
Se celebraron diez misas por la difunta, diez misas rezadas a las que asistieron el señor y la señora de Lautréamont con todos sus empleados, y Gudule no volvió a realizar el trabajo de la señorita Agathe durante las claras noches de noviembre.
Se celebraron diez misas por la difunta, diez misas rezadas a las que asistieron el señor y la señora de Lautréamont con todos sus empleados, y Gudule no volvió a realizar el trabajo de la señorita Agathe durante las claras noches de noviembre.
lunes, 6 de julio de 2009
AFICIÓN A LA LECTURA. LITERATURA INFANTIL Y JUVENIL. "Los clásicos a su debido tiempo", por Carlos Sylveira
En la Biblioteca Virtual Cervantes aparece este artículo (Los clásicos a su debido tiempo) firmado por Carlos Sylveira, sobre los clásicos y su lectura para niños y jóvenes; además del enlace, lo reproducimos a continuación:LOS CLÁSICOS A SU DEBIDO TIEMPO
Hay que reconocerlo: la cuestión de la lectura de los clásicos tiene mucha tela para cortar.
Podemos considerar dos principios esenciales que, desgraciadamente, no siempre marchan cogidos de la mano. A saber:
-La lectura de los clásicos mantiene ese acervo cultural que ha hecho de esos libros, y no de otros, productos culturales duraderos. De manera que transmitirlos es como transmitir el ADN cultural, si semejante cosa existiera.
-Los materiales de lectura que les ofrecemos a los niños y jóvenes han de ser de tal naturaleza que, una vez leídos, en la medida de lo posible, deben darles deseos de leer (o a releer).
Ocasionalmente pueden coincidir estos dos principios. Pero no siempre.
I
En primer lugar debemos decir que los textos literarios responden a ciertas condiciones históricas, a lo que podríamos llamar, sin ánimo de establecer denominaciones duraderas, espíritu de época. El tema abordado puede ser el emergente de una situación del momento o puede ser atemporal y universal, pero el modo de presentarlo, la escritura, siempre es propia del momento en que el texto es creado.
En consecuencia, un texto puede abordar algún tema que trasciende el momento en que fue escrito, pero es su escritura la que puede envejecer. Autores que alcanzaron una importante difusión en su tiempo, por ejemplo Balzac, Zola y tantos otros, van perdiendo lectores con el tiempo porque su modo de narrar ya no se corresponde con las expectativas de los lectores de otros tiempos. Coja usted cualquier obra de Jules Verne en versión integral y luego conversemos...
Este tipo de obras requieren lectores expertos; a lo claro, grandes lectores. Lectores que pueden saltar por sobre la valla de los modos de narrar de otros tiempos. Característica poco frecuente en las lecturas de infancia. Entre otras cosas porque si de algo carecen los niños de todas las latitudes es de historia. Sin la cual esa transposición de épocas resulta imposible.
Podemos considerar dos principios esenciales que, desgraciadamente, no siempre marchan cogidos de la mano. A saber:
-La lectura de los clásicos mantiene ese acervo cultural que ha hecho de esos libros, y no de otros, productos culturales duraderos. De manera que transmitirlos es como transmitir el ADN cultural, si semejante cosa existiera.
-Los materiales de lectura que les ofrecemos a los niños y jóvenes han de ser de tal naturaleza que, una vez leídos, en la medida de lo posible, deben darles deseos de leer (o a releer).
Ocasionalmente pueden coincidir estos dos principios. Pero no siempre.
I
En primer lugar debemos decir que los textos literarios responden a ciertas condiciones históricas, a lo que podríamos llamar, sin ánimo de establecer denominaciones duraderas, espíritu de época. El tema abordado puede ser el emergente de una situación del momento o puede ser atemporal y universal, pero el modo de presentarlo, la escritura, siempre es propia del momento en que el texto es creado.
En consecuencia, un texto puede abordar algún tema que trasciende el momento en que fue escrito, pero es su escritura la que puede envejecer. Autores que alcanzaron una importante difusión en su tiempo, por ejemplo Balzac, Zola y tantos otros, van perdiendo lectores con el tiempo porque su modo de narrar ya no se corresponde con las expectativas de los lectores de otros tiempos. Coja usted cualquier obra de Jules Verne en versión integral y luego conversemos...
Este tipo de obras requieren lectores expertos; a lo claro, grandes lectores. Lectores que pueden saltar por sobre la valla de los modos de narrar de otros tiempos. Característica poco frecuente en las lecturas de infancia. Entre otras cosas porque si de algo carecen los niños de todas las latitudes es de historia. Sin la cual esa transposición de épocas resulta imposible.
II
Como segundo problema, deseamos revisar la cuestión de las adaptaciones. En innumerables oportunidades los editores han optado por adaptar los textos clásicos. Pronto comprenderemos que esta solución no nos hace saltar la valla del problema, sino pasar por debajo. Pongamos por caso el de un editor que adapta ese texto de Verne del que hablamos hace un momento (y ya que estamos le pide al adaptador que abrevie, que no quede en más de 192 páginas en total, así gana ritmo la narración, y, aunque no lo diga, resultará una cantidad de páginas exactas que evita desperdicios de papel o páginas finales en blanco, uniendo lo bello con lo útil).Leemos ese libro resultante y creemos haber leído a Verne. Pero no. En el mejor de los casos, leemos el argumento, el guión creado por Verne. Pero no hay dudas de que, de ese modo, desconocemos los matices particulares de la escritura de Verne. Digámoslo sin ambigüedades: tenemos la ilusión de leer a Verne, a Andersen o a Wilde. Pero hemos leído lo escrito por otra u otras personas, persona que puede pasar por sobre las sutilezas y delicadas ironías de Wilde con uno de esos rodillos gigantescos con que apisonan las carreteras.
Si vamos por ese sendero, desembocamos en la necesidad de leer a los clásicos en versiones integrales y, si fue escrito en otra lengua, traducciones serias, respetuosas del autor, del texto y de la época.
De acuerdo. ¿Y qué hacemos entonces con el Cid? ¿Lo presento en el castellano antiguo o lo «traduzco» al actual? Seguramente si lo traigo a nuestro castellano actual perderá sonoridades, ritmo, musicalidad. ¿Entonces...?
III
A estas alturas es bueno decir que en el imaginario de la población los clásicos se instalan, muchas veces, sin necesidad de ser leídos. Una parte importante de los habitantes de este bendito planeta sabe de qué va la cosa con Romeo y Julieta, con Otelo o con la Odisea. Pero, ¿cuántos los hemos leído? El cine, la televisión, el periodismo en general nos han contado el cuentecillo de tal modo que lo hemos digerido, metabolizado, integrado a nuestras personas como si nos hubiéramos zampado el libro de la portada al colofón.Y además, escuchamos a menudo en nuestro entorno a personas que aseguran estar releyendo a tal o cual texto clásico. Cosa menos frecuente con textos de nuestros contemporáneos. ¿Y por qué será que releemos a los clásicos? Nos parece que, sin excluir otras razones, son textos tan potentes que cada relectura suele funcionar como una primera lectura: vamos descubriendo aquí y allá nuevas aristas, situaciones, etc. que nos dan esta sensación. Por supuesto que esto pasa en todo texto, en particular en los literarios. Pero nos parece que en aquellos textos canónicos (tal vez debimos decir canonizados o santificados por las sucesivas generaciones) esto de que las relecturas son nuevas primeras lecturas se hace más evidente.
Si abordamos la cuestión de los clásicos desde la perspectiva de los tradicionalmente destinados a los chavales hemos de considerar a los clásicos remotos, como los relatos mitológicos grecolatinos, los cuentos de Las Mil y una Noches-La lámpara de Aladino, Simbad el marino y Alí Babá y los Cuarenta Ladrones, entre otros -de los cuentos maravillosos más recientes, los cuentos de hadas, como son los de Perrault o los hermanos Grimm. En éstos últimos es conveniente hacer una diferenciación preliminar. Los cuentos recopilados y narrados por Perrault -Caperucita Roja, Riquete el del Copete, Barba Azul, El gato con botas, La Bella Durmiente del bosque, La Cenicienta, Las hadas, Los deseos ridículos, Piel de Asno y Pulgarcito-, por ejemplo, y los reunidos por los hermanos Grimm son cuentos que provienen de la tradición oral, son folclóricos en tanto desconocemos el nombre de su autor. En cambio los cuentos de Hans Christian Andersen -El patito feo, El traje nuevo del emperador, La reina de las nieves, Las zapatillas rojas, El soldadito de plomo, El ruiseñor, El sastrecillo valiente y La sirenita, entre otros- son mayoritariamente autorales, esto es que son obras de su creación. El mismo caso es el de los textos de Collodi, Stevenson, London, Melville, Conan Doyle, Salgari, etc.
Si los antedichos cuentos recogidos por Perrault o por los hermanos Grimm son renarrados y hasta actualizados en versiones que llegan a trasgredir los originales, en el fondo esa reescritura es tan autorizada como la realizada por el académico Charles Perrault. En cambio, en los textos nacido autorales (y escritos), cualquier intervención implica una traición a su autor.
Alguien dijo que el siglo XX fue el siglo de los niños. Se ocupó de la infancia, desde múltiples ángulos, como nunca lo había hecho la humanidad. Podemos constatar, pues, entre otras actitudes, un mayor control sobre lo que leen (o se les lee) con miradas predominantemente provenientes de la psicología y de la sociología. Así aparecieron opiniones sobre casi todos aquellos cuentos tales como: en Piel de Asno se plantea un incesto; Caperucita Roja muestra al lobo como metáfora del hombre, sexualmente devorador; Pulgarcito muestra la crueldad de los padres; en Cenicienta puede verse un padre pusilánime y a una madrastra fálica e inhumana, al punto de someter a una cuasi esclavitud a su hijastra; en Barba Azul se sanciona la curiosidad de las niñas con la muerte, etc. Empiezan a aparecer conceptos como «políticamente correcto» en referencia a los cuentos tradicionales.
Conclusiones
A todas luces, es deseable que los niños, los jóvenes y los adultos lean a los clásicos porque, como señalamos precedentemente, constituyen una parte esencial de nuestra cultura. Sin embargo, si esos textos tienen un autor, no tenemos ningún derecho a jibarizarlos para hacerlos accesibles a quienes todavía no están en condiciones de disfrutar de ellos. Ítalo Calvino, con la elegancia de su prosa, nos recuerda: «Se llama clásicos a los libros que constituyen una riqueza para quien los ha leído y amado, pero que constituyen una riqueza no menor para quien se reserva la suerte de leerlos por primera vez en las mejores condiciones para saborearlos».
Muchas veces apresuramos esas lecturas y lo que logramos es el efecto inverso al buscado, es decir, conseguimos que los lectores los rechacen, y estos rechazos pueden durar años o toda la vida.
A todas luces, es deseable que los niños, los jóvenes y los adultos lean a los clásicos porque, como señalamos precedentemente, constituyen una parte esencial de nuestra cultura. Sin embargo, si esos textos tienen un autor, no tenemos ningún derecho a jibarizarlos para hacerlos accesibles a quienes todavía no están en condiciones de disfrutar de ellos. Ítalo Calvino, con la elegancia de su prosa, nos recuerda: «Se llama clásicos a los libros que constituyen una riqueza para quien los ha leído y amado, pero que constituyen una riqueza no menor para quien se reserva la suerte de leerlos por primera vez en las mejores condiciones para saborearlos».
Muchas veces apresuramos esas lecturas y lo que logramos es el efecto inverso al buscado, es decir, conseguimos que los lectores los rechacen, y estos rechazos pueden durar años o toda la vida.
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