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lunes, 15 de abril de 2013

PRENSA. "La violación como arma de guerra"


   En "blogs.elpaís":

La violación como arma de guerra

Por:  12 de abril de 2013
Mujeres
La actriz Angelina Jolie ha vuelto a captar la atención mundial, esta vez flanqueada de líderes mundiales, reunidos en la cumbre del G-8 y junto a los que ha pedido el fin de la impunidad ante la violencia sexual en las zonas de guerra. A la costumbre de anunciar grandes iniciativas y promesas por parte de los países más poderosos del planeta, suele acompañarle la no menos tradicional costumbre de incumplirlas. Por eso tal vez, la primera tentación podría ser considerar las palabras de Jolie vacías. Por eso y porque la justicia contra los violadores se dirime en las salas de audiencias y no en lujosas salas de prensa frecuentadas por políticos en la capital británica. La violación como arma de guerra es, sin embargo, un asunto lo suficientemente importante y complejo como para trascender esas inercias diplomáticas.
En el año 2006 recorrí Bosnia buscando a víctimas de violaciones y a testigos. Para mí no fue un trabajo más. Tengo tatuadas en el cerebro las caras y las historias de aquellas mujeres a las que los soldados violaron de forma sistemática a principios de los noventa. Día y noche para que parieran hijos serbios; hijos de la limpieza étnica.
Hasija es una de esas mujeres. Nunca había hablado de lo que le hicieron los hombres con el calcetín en la cabeza en la escuela de Rogatica, pero un día, lejos de su infravivienda y de los atentos oídos de su madre se desplomó y empezó a hablar sentada en una cama de un hotel del centro de Sarajevo. La vergüenza, la culpa, la humillación y el ostracismo social que sufrían muchas de esas mujeres me impactó. Los hombres a los que habían herido o matado durante la guerra se habían convertido en héroes nacionales. Ellas no. Más bien al contrario. Muchas mujeres violadas, heridas en cuerpo y alma no se atrevían si quiera a desvelar su condición de víctimas. Temían que las culparan a ellas, que pensaran que en el fondo “algo habrían hecho” para acabar siendo violadas. A estas alturas.

Algunos de los criminales que violaron y torturaron a decenas de miles de mujeres (entre 20.000 y 50.000, según cifras de la ONU) de mujeres en Bosnia han acabado en el tribunal Tribunal Penal Internacional para la Antigua Yugoslavia (TPIY) acusados de crímenes contra la humanidad. Otros muchos no. El caso de las mujeres bosnias no es ni mucho menos único. En Ruanda, la ONU calcula que fueron entre 250.000 y 500.000 las niñas y mujeres violadas a mediados de los noventa. Y en la República Democrática de Congo las violaciones se cifran también en cientos de miles. “Yo violé a 35 mujeres”, informa un soldado congoleño en un artículo publicado en el británico The Guardian. “Hacíamos lo que queríamos”, añade.
Por eso, tal vez no haya que menospreciar el gesto y las palabras de Jolie. Sería ilusorio pensar que iniciativas como esta vayan a resultar definitivas y cambiar al situación de la noche a la mañana, pero sí pueden convertirse en una herramienta de divulgación efectiva y necesaria. Porque al margen de la actuación de la justicia internacional, es fundamental que los países afectados reconozcan la violación como arma y crimen de guerra. Para eso, es clave que las mujeres violadas tengan claro desde el primer momento que lo que les ha sucedido no es un asunto penal privado ni una cuestión de política interna. Que tampoco es una agresión más entre las partes en conflicto. Que es una manifestación brutal de la violencia de género dirigido a un grupo de víctimas concretas: las mujeres. Que, como ha dicho Jolie, es un problema global; que debe convertirse en una prioridad internacional y que en términos de justicia internacional constituye un crimen de guerra.
Foto: mujeres supervivientes de un ataque en Alepo el 7 de abril. AFP / Victor Breiner

lunes, 9 de abril de 2012

PRENSA."Así mataban los soldados nazis", reportaje

La famosa foto de un niño que levanta las manos ante soldados alemanes / Everett / Cordon Press. ("El País")

   En "El País":
Así mataban los soldados nazis
   Un libro recoge inéditas escuchas secretas a los prisioneros alemanes.
   Revelan una sorprendente brutalidad gratuita.

Jacinto Antón Barcelona 6 ABR 2012

   “Me lo cargaba todo: autobuses en las calles, trenes de civiles. Teníamos órdenes de machacar las ciudades. Yo disparaba contra todos y cada uno de los ciclistas”. Así se despachaba el suboficial Fischer, piloto derribado de un caza Messerschmitt 109 en mayo de 1942 en una conversación con un colega en un centro de internamiento de prisioneros británico sin saber que estaba siendo oído por sus captores. “Hicimos algo muy bonito con el Heinkel 112”, explicaba otro aviador a un camarada en las mismas circunstancias y en tono jocoso. “Le instalamos un cañón delante. Luego volábamos sobre las calles a baja altura y cuando nos cruzábamos con coches encendíamos las luces y ellos se pensaban que tenían delante otro coche. Y entonces hacíamos fuego con el cañón”. “Reventamos un transporte de niños”, comenta creyéndose en la intimidad el marinero Solm, tripulante de un submarino. “Un transporte infantil… para nosotros fue todo un placer”. “En Italia, a cada lugar al que llegábamos, el teniente escogía al azar 20 hombres”, narra el cabo Sommer del regimiento blindado de granaderos número 29. “Todos para el mercado, se acercaba uno con tres ametralladoras –rrr…¡rum!- y todos tiesos. Así es como se hacía”. Sommer y su interlocutor, Bender, del comando de intervención número 20 de la Marina (una unidad especial de nadadores de combate con fama de duros), ríen a gusto…
   Son algunos de los muchos testimonios terribles recogidos por los aliados en el marco de un programa de escuchas secretas sin precedentes que arrojó un material escalofriante sobre la forma de luchar y sobre todo de matar del Ejército alemán en la II Guerra Mundial. Ese conjunto de documentación inédito en buena parte ha sido diseccionado y estudiado ahora por dos investigadores alemanes, Sönke Neitzel, catedrático de historia moderna, y Harald Welter, psicólogo, ambos miembros del instituto de ciencias culturales de Essen, que han recogido su trabajo en el libro Soldaten (2011), recién publicado en España bajo el título Soldados del Tercer Reich, testimonios de lucha, muerte y crimen (Crítica, 2012).
   Durante la II Guerra Mundial, Gran Bretaña y EE UU retuvieron a cerca de un millón de prisioneros alemanes (en las filas de la Wehrmacht combatieron 17 millones de soldados). De ellos varios millares fueron llevados a campos especiales preparados al efecto y sometidos a pormenorizadas escuchas. Cabe imaginar que a algunos de los oyentes les habrá costado mantener la frialdad profesional cuando oían por ejemplo explicar cómo el sargento primero berlinés Müller, tirador de precisión, se cargaba sistemáticamente en Francia a las mujeres que se acercaban con ramos de flores a los soldados liberadores aliados.
   El Centro de Interrogación Detallada de los Servicios Combinados (CSDIC) británico levantó 16.960 actas de lo escuchado a escondidas a los soldados alemanes que suman cerca de 50.000 páginas, mientras que los estadounidenses también extrajeron mucho material de 3.298 prisioneros cuidadosamente seleccionados de la Wehrmacht y las Waffen-SS y recluidos en Fort Hunt, Virginia. La diversidad de los espiados es completa, con todos los currículos militares imaginables, desde soldados ordinarios, de tropa corriente, hasta generales. Los miembros de las unidades de combate y particularmente de los submarinos y de la Luftwaffe están especialmente representados.
   Los prisioneros hablaban con total libertad entre ellos sin tener ni idea de que estaban siendo escuchados. Para animarlos, se introducía entre los cautivos a agentes, exiliados y prisioneros dispuestos a colaborar. Pero los mejores resultados se consiguieron colocando juntos a prisioneros de rangos similares y de la misma arma. Se pirraban los tíos por contarse unos a otros sus experiencias, sus vivencias de combate y los detalles técnicos de sus útiles de guerra, ya fueran aeroplanos, tanques, submarinos o morteros.
   Con las escuchas, los aliados pudieron formarse una idea muy exacta del estado, la moral y la táctica de todos los ámbitos del Ejército alemán así como de detalles técnicos de su armamento. Lo que no imaginaban los servicios secretos es que más de medio siglo después, los historiadores y psicólogos iban a encontrar un filón dorado -o más bien gris pánzer- en esa documentación. Neitzel se topó con los antiguos expedientes en el Archivo Nacional británico. “Había actas y más actas”, dice en el prólogo de su libro. “Quedé absorbido por la lectura de las conversaciones y me sentí transportado de inmediato al mundo interior de la guerra”. Lo que más le sorprendió, dice, “fue la franqueza con la que hablaban de luchar, matar y morir”.
   Autores como Joanna Bourke (An intimate history of killing, 1999) o Samuel Hynes (The soldier’s tale, 1997) ya nos habían mostrado qué fácil y hasta placentero puede ser matar para el soldado. Y Wolfram Wette había revelado la culpabilidad homicida y criminal del Ejército regular alemán destripando el mito de una Wehrmacht limpia en contraposición a unas SS que se habrían encargado de las tareas sucias y de perpetrar los asesinatos en la II Guerra mundial (La Wehrmacht, Crítica, 2006). Pero Neitzel y Welter van más allá en su forma de exponer y analizar el impulso violento de los soldados del III Reich.
   Probablemente lo más perturbador de las escuchas es constatar que para matar no hacía falta estar especialmente adoctrinado ideológicamente ni brutalizado por la experiencia bélica. En los testimonios se oye a los militares explayarse sobre acciones terriblemente violentas de una gratuidad absoluta, llevadas a cabo en situaciones en las que no estaban sometidos a ningún estrés y cuando no llevaban suficiente tiempo luchando como para haberse librado de la capa de civilización que supuestamente impide cometer actos así. Son ya extremadamente violentos de entrada, sin necesidad de ninguna introducción en la barbarie. Tipos que ni siquiera son especialmente nazis. Es como para perder la fe en el ser humano. “El acto de matar a otros y la violencia extrema pertenecen a la vida cotidiana del narrador y de sus interlocutores”, señala Welter. “No son nada extraordinario y hablan sobre ello durante horas al igual que hablan de aviones, bombas, ciudades, paisajes y mujeres”.
   “Para mí, lanzar bombas se ha convertido en una necesidad”, dice un teniente de la Luftwaffe en una de las escuchas. “Emociona de lo lindo, es un sentimiento fantástico. Es tan bonito como cargarse a alguien a tiros”. En otra conversación, un aviador comparte el placer de cazar soldados solitarios desde su aparato “y también gente común”, que “corría como loca en zigzag”. El piloto llevaba solo cuatro días de campaña de Polonia y ya sentía gusto al matar por el simple hecho de hacerlo, con indiferencia de a quién alcanzaba. “Violencia autotélica”, la denominan Neitzel y Welter, matar por matar. Experimentar la sensación de ejercer ese último poder total, y sin castigo. “Esa clase de violencia no requiere de causa ni motivo”.
   “Macho, ¡no sabes lo que me llegué a reír”, dice otro aviador que hacía saltar casas por los aires. Y otro: “Abatimos cuatro aviones de pasajeros”. “¿Iban armados?”. “Nones”. El teniente Hans Hartigs, del escuadrón de cazas 26, sobre un vuelo en el sur de Inglaterra: “Nos cargamos a mujeres y niños de cochecitos”. “Los dejamos a todos tiesos, secos. Hombres, mujeres, niños, los sacamos de la cama a todos”, cuenta el cabo paracaidista Büsing de sus acciones en Francia tras la invasión de los aliados. A veces se esgrimen motivos de una irrelevancia atroz: “A un francés le pegué un tiro por detrás. Iba en bicicleta”. “¿Te quería capturar?”. “Ni por asomo. Era que yo quería la bicicleta”.
   Soldados del Tercer Reich aprovecha el material de las escuchas para realizar una disección extraordinaria del Ejército alemán -desde el sistema de condecoraciones al trato a los prisioneros, la violencia sexual o las Waffen-SS, sin olvidar la participación de las unidades militares regulares en el genocidio judío o la diferencia de moral entre las diferentes armas-. La fe en Hitler -al que los soldados caracterizan con rasgos similares a los de una estrella del pop actual (!), la falta en general de conciencia entre las tropas de que se estuviera llevando a cabo una guerra racial como machacaba la propaganda, la importancia en cambio del grupo y la camaradería, el respeto que se daba a conceptos como el valor, la dureza y la disciplina y ¡al trabajo bien hecho!, o el juicio que se hace en las conversaciones de mandos como Rommel (“valiente, intrépido” pero “sin escrúpulos”), son algunas de las materias que examinan los autores.
   Neitzel y Welter, que aportan ejemplos de militares de otras contiendas y sostienen que es un universal de la guerra que el soldado no necesita motivos para matar (“los motivos son indiferentes”, “mata porque es su función”), citan en el capítulo final el elocuente testimonio de un soldado alemán, Willy Peter Reese, que cayó en la II Guerra Mundial. “El hecho de que fuéramos soldados bastaba para justificar los crímenes y las depravaciones y bastaba como base de una existencia en el infierno”.