Mostrando entradas con la etiqueta Inglaterra. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Inglaterra. Mostrar todas las entradas

viernes, 3 de abril de 2015

PRENSA CULTURAL. HISTORIA. "Ricardo III reta a la corona británica 529 años después de muerto"

   En "El País":

Ricardo III reta a la corona británica 529 años después de muerto

El hallazgo de una ruptura en la línea masculina de sucesión plantea "interesantes conjeturas" sobre la legitimidad de la línea sucesoria, hasta la propia Isabel II

Ricardo III, retratado en el imaginario colectivo como un odioso déspota por William Shakespeare, no parece dispuesto a dar tregua a su país ni siquiera 529 años después de muerto. Un estudio publicado en la revista Nature Communications esta semana confirma “al 99,999%” que los huesos encontrados hace dos años, enterrados bajo el aparcamiento de un edificio municipal de Leicester, son los del último rey inglés muerto en combate. Se cierra así la investigación forense más antigua de Reino Unido. Pero el cierre lleva una pequeña bomba de regalo: el hallazgo de una ruptura en la línea masculina de sucesión que, según el profesor de Historia de la Universidad de Leicester Kevin Schurer, codirector de la investigación, “plantea interesantes conjeturas sobre la legitimidad de la sucesión” hasta la propia Isabel II.
Ricardo III ascendió al trono en 1483, tras la muerte de su hermano Eduardo VI. En solo dos años de reinado, puso patas arriba a su país. En la versión de Shakespeare, llegó a matar a sus sobrinos para poder reinar, aunque la historia solo certifica que desaparecieron. Mató a diestro y siniestro para conservar el poder, hasta que una rebelión lo tumbó a los 32 años en la batalla de Bosworth en 1485. Su muerte, luchando sin casco y a pie –“¡Mi reino por un caballo!”, clama el personaje de Shakespeare-, marcó el fin de la dinastía Plantagenet y el principio de los Tudor, con quienes la actual reina tiene lazos de sangre.
Desde que en 2012 se encontró un conjunto de huesos bajo un aparcamiento en el centro de Leicester, en lo que en su día fue la iglesia de Greyfriars, donde cuentan las crónicas que se enterró sin mucha pompa al último rey de York, un equipo internacional liderado por la Universidad local ha estado realizando exámenes genéticos para tratar de confirmar la presunción inicial de que se trataba de los restos del monarca.
Ricardo III murió sin descendencia que le sobreviviera, por lo que la investigación genealógica tuvo que ir hacia atrás en el tiempo antes de descender a sus parientes vivos. Muestras de ADN de sus huesos se cotejaron con las de donantes vivos, familiares del actual duque de Beaufort, descendiente de los Plantagenet y de los Tudor.

Cuando investigaron la línea paterna  descubrieron algo inesperado: el ADN no se correspondía con el de sus parientes vivos
La investigación de los genes mitocondriales, heredados por vía materna, demostró de manera concluyente que se trataba de Ricardo III. Pero cuando investigaron la línea paterna (cromosomas Y) descubrieron algo inesperado: el ADN no se correspondía con el de sus parientes vivos. Lo cual revelaba que en algún punto de la historia una relación adúltera había roto la cadena de sucesión. Es decir, alguien fue hijo ilegítimo sin saberlo.
Resulta casi imposible determinar en cuál de los 19 eslabones de la cadena de sucesión investigada se produjo el adulterio. Pero si el hijo ilegítimo fuera Juan de Gante (vástago de Eduardo III) o su hijo Enrique IV, eso podría afectar de rebote a los derechos sucesorios de los Windsor, parientes de los Tudor. Además de que podría haber tenido, de haberse conocido en su tiempo, importantes consecuencias en el destino de Inglaterra: sin su reivindicación dinástica, a Enrique VII le habría costado reclutar un ejército para derrotar al propio Ricardo III en la batalla de Bosworth.
“Si Juan de Gante no fuera realmente hijo de Eduardo III, Enrique IV no habría tenido derecho a reclamar el trono, y tampoco Enrique V, Enrique VI, ni, indirectamente, los Tudor”, explicaba Kevin Schürer, profesor de la universidad de Leicester. “Pero estadísticamente es más probable que la ruptura se produjera en la parte más baja de la cadena”. En cualquier caso, tratar de comprobar dónde se produjo la ruptura requeriría exhumar algún que otro cadáver, lo cual no parece probable que vaya a suceder.

Resulta casi imposible determinar en cuál de los 19 eslabones de la cadena de sucesión investigada se produjo el adulterio
La investigación ha arrojado otras conclusiones no menos inesperadas. Que el rey no era jorobado, como lo retrató Shakespeare, sino que padecía escoliosis es algo que se vio fácilmente al reconstruir la columna en tres dimensiones con las vértebras halladas. De hecho, no parece que fuera “tan tullido y desfigurado” que hasta los perros le ladraban, como decía el bardo de Avon, sino más bien apuesto. Los nueve rotos en el cráneo indican, por otro lado, que no convenía perder el casco en plena batalla medieval, como le debió de suceder a él. Y los análisis genéticos parecen indicar, al contrario de lo que se creía, que el rey era rubio y de ojos azules (o tenía predisposición en sus genes para ello). Así que tal vez Al Pacino, que documentó su obsesión por meterse en el personaje shakespeariano en Looking for Richard (1996), no era realmente el actor más apropiado. Al menos, genéticamente.
Lo que sí parece claro es que sus restos descansarán para siempre en la catedral de Leicester, después de que el Tribunal Supremo británico desestimase, el pasado mes de mayo, las pretensiones de unos supuestos descendientes, agrupados en la llamada Alianza Plantegenet, de que sus restos fueran trasladados a York, donde vivió más tiempo. Se cerraba así la penúltima batalla de Ricardo III.

miércoles, 10 de diciembre de 2014

PRENSA CULTURAL. "Shakespeare y la sucesión real"

   En "Babelia":

Shakespeare y la sucesión real

Las pugnas e intrigas por la corona centran una cuarta parte de las obras del genial dramaturgo

Cuando Hamlet, el príncipe de Dinamarca, habla con los cómicos que van a representar delante del nuevo rey, su tío, el ignominioso asesinato de su padre que le ha permitido a éste llegar al trono, les comenta que el fin del arte dramático es presentarle un “espejo a la humanidad”: “Mostrar a la virtud sus propios rasgos, al vicio su verdadera imagen, y a cada edad y generación su fisonomía y sello característico”. Borges decía que Shakespeare “trabajaba para el presente, no para el tiempo”, que no pretendía pasar a los anales de la literatura sino simplemente cumplir con su público, entretenerlo y emocionarlo. “Lo movía el estímulo de las tablas”, escribe. “Inventó caracteres para que la gente aceptara argumentos que lo tenían sin cuidado”.


William Shakespeare
Buena parte de esos argumentos tenían que ver con aquellos que habían convertido su afán de alcanzar el trono en un desafío que no aceptaba componendas. Si era necesario matar, se mataba; si no había más remedio que traicionar a los más próximos, se los traicionaba. No hay mucha variedad, por eso, en los argumentos, pero sí se imponen en su teatro los mayúsculos personajes que se miden con grandes poderes y con las inmensas turbulencias que agitan sus espíritus. Así Macbeth, cuando su mujer empieza ya a desvariar tras la orgía de sangre que lo ha conducido al trono y que ella ha propiciado, le ordena a un médico que la cure, que borre de una vez esas “turbias escrituras del cerebro” que la están consumiendo como si fueran el peor de los venenos. Ahí reside la maestría de Shakespeare, en saber atrapar esas turbias escrituras, en darles vida en el corazón de sus personajes. Unos personajes que, una y otra vez, se ven sacudidos por graves contradicciones, como aquella tan célebre entre ser y no ser, entre actuar y no actuar, que atenazaba a Hamlet y que lo hacía preguntarse: “¿Quién querría llevar tan duras cargas, gemir y sudar bajo el peso de una vida afanosa, si no fuera por el temor de un algo después de la muerte —esa ignorada región cuyos confines no vuelve a traspasar viajero alguno—, temor que confunde nuestra voluntad y nos impulsa a soportar aquellos males que nos afligen, antes que lanzarnos a otros que desconocemos?”.

Borges decía que Shakespeare “trabajaba para el presente,
no para el tiempo”
De esos confines que no traspasa viajero alguno, de los abismos a los que sus héroes son empujados por la vida, de todo eso hay en las obras del bardo de Stratford-upon-Avon. Le tocó vivir durante el reinado de Isabel I, siempre amenazada por su prima, María Estuardo, la reina católica de Escocia. Es curioso, comenta Bill Bryson en su libro sobre Shakespeare citando el trabajo de Frank Kermode, que una cuarta de sus obras trataran “de la sucesión de un trono u otro… a pesar de que estaba prohibido hablar públicamente de los posibles sucesores de Isabel”.
En El nacimiento de la tragedia, Friedrich Nietzsche reivindica la jovialidad de los griegos a partir de las piezas de Esquilo y, sobre todo, de Sófocles. Es posible que sus reflexiones, que reivindican la fortaleza de los antiguos para mirar de frente lo peor y, aun así, de decirle sí a la vida, sirvan también para las tragedias de Shakespeare. Todas ellas —Hamlet, Otelo, El rey Lear, Macbeth…—son, como comentaba Nietzsche, “productos necesarios de una mirada que penetra en lo íntimo y horroroso de la naturaleza, son, por así decirlo, manchas luminosas para curar la vista lastimada por la noche horripilante”.
Ahí tenemos, por ejemplo, a Otelo, el moro de Venecia, y ahí está Yago, uno de sus hombres. Lleno de rabia por no haber sido nombrado su lugarteniente, procura agitar con los celos las “turbias escrituras del cerebro” de su señor hasta que al cabo lo consigue. Y entonces Otelo, furioso y fuera de sí con su amada Desdémona, —a la que finalmente estrangulará— clama desolado “mira, Yago. Mira mi pasión y mi amor, ¡míralos! Un soplo y ya se desvanecen en el aire. ¡Arriba, levántate negra venganza!”, y pide entonces que estalle su pecho para expulsar las víboras que soporta.

Los argumentos tenían que ver con aquellos que habían convertido su afán de alcanzar el trono en un desafío que no aceptaba componendas
Tanto arrebato posiblemente no cuadre ya con los tiempos que vivimos, más moderados, más tibios. ¿Sigue siendo entonces el teatro, como pedía Hamlet, un espejo de la humanidad? ¿No existe ya esa “noche horripilante” a la que Nietzsche se refería? En una sociedad de masas y de consumo, los desgarros están de más. Pero la habilidad de Shakespeare sigue intacta y sus obras siguen tocando la fibra de los lectores o espectadores. Quizá porque, como le ocurre a Ricardo III cuando está a punto de ser asesinado y no sabe ya si prefiere ser rey o mendigo, todos teman confundirse al fin con la nada: “Mas, sea uno u otro, / ni a mí ni a nadie que sólo sea un hombre / ya nada podrá complacernos si no es la paz de no ser nada”.
Serlo todo o no ser nada. Shakespeare traslada las grandes contradicciones a los corazones de sus príncipes y reyes. Lear, demolido por los palos con los que lo ha azotado la vida, balbucea aún una esperanza cuando va camino de la cárcel con su hija Cordelia y le dice: "…y viviremos, y cantaremos, y rezaremos, y contaremos viejos cuentos, y nos reiremos de las mariposas de colores, y oiremos a los infelices referir las nuevas de la corte; y hablaremos con ellos, quién pierde, quién gana, quién asciende o quién cae; y poseeremos el misterio de las cosas; como si fuésemos espías de los dioses; y sobreviviremos entre los muros de nuestra prisión a las sectas y los poderosos que a merced de la luna surgen y sucumben". Quién gana, quién pierde. Qué anhelo más lejano: poseer el misterio de las cosas, ser los espías de los dioses.

lunes, 25 de marzo de 2013

PRENSA. TURISMO. "La niebla como personaje". Por Eugenia Rico. (Un paseo por el Londres dickensiano)

Tower Bridge, el puente de las torres de Londres, en un dickensiano día de niebla y polución. / BARRY LEWIS 
("el país")

   En "El País":

La niebla como personaje

Tras el año de Dickens, las huellas del escritor que fijó la imagen de Londres siguen atrayendo a sus incondicionales

 1 FEB 2013 

Para aquellos que creen que la literatura no tiene el poder de transformar la realidad, les recomiendo visitar Londres, cuyo rostro no puede entenderse sin la obra de su más grande novelista. El año 2012 pasará a la historia como el de los Juegos Olímpicos, pero también como el año de Dickens. El novelista que mejor amó y odió el Londres victoriano y que acabó transformándolo con su pluma.


Fleet Street, una de las callejuelas del viejo Londres. /A. WELLER
Igual que es difícil imaginarse unas Navidades sin Mister Scrooge y su inolvidable Cuento de Navidad, es difícil reconocer Londres sin Dickens. Y tampoco es posible imaginar mejor guía para cualquier escapada a la capital británica. Ya en vida de Dickens, sus contemporáneos afirmaban que era posible encontrarle en cualquier rincón de la ciudad, que es la verdadera protagonista de todas sus novelas, la ciudad a la que logró cambiarle el rostro de la miseria. Pues Dickens luchó contra el Londres de su infancia toda su vida.
Sin embargo, el autor de Grandes esperanzas ni siquiera nació aquí, sino en la vecina Portsmouth un 7 de febrero de 1812. Con dos años llegó a Londres, y la ciudad se convirtió en el escenario de su vida y su obra. Una ciudad maloliente donde los niños de la calle, como Oliver Twist, se jugaban la vida. Dickens, que en su infancia vivió en la cárcel con su padre, que estaba preso por deudas, fue toda su vida un campeón de los pobres, y con la escritura y el éxito de Oliver Twist consiguió que la Inglaterra victoriana se volcase en encontrar una solución para los niños abandonados y huérfanos que no tenían la suerte de ser personajes de un autor benevolente como él.


El Charles Dickens Coffee House, en Covent Garden, Londres. / MIKE KEMP
Nuestra visita comienza tomándonos una pinta en la Charles Dickens Coffee House, cerca del Covent Garden, en el 26 de Wellington Street, en la esquina con Tavistock Street. En este lugar estuvieron las oficinas de All the Year Round, la revista que Dickens fundó en 1859 y en la que trabajaría hasta su muerte en 1870. Charles incluso vivió aquí en un apartamento en 1860 tras separarse de su esposa, Catherine, hecho que fue un escándalo en su tiempo.
Mientras imaginamos la atmósfera del lugar en la época en la que la revista publicaba por entregas Historia de dos ciudades, podemos dejarnos invadir por los deliciosos olores de los buenos restaurantes de la zona, que contrastan con los del Londres victoriano donde cualquier desplazamiento era un atentado para el olfato, como describe Dickens en su irónico artículo Omnibuses, escrito para el Morning Chronicle y publicado el 26 de septiembre de 1834.


El Museo "Charles Dickens" de Londres. / R. LEAVER
Por fortuna, nosotros podemos abordar uno de los famosos autobuses rojos de dos pisos, modernos dinosaurios que alegran el paisaje de Londres y que nos conducen al literario barrio de Bloomsbury, donde el Museo Dickens atesora cientos de objetos del escritor en una preciosa casa victoriana cercana al Museo Británico. Dickens vivió aquí entre 1837 y 1839 y aquí escribió algunas de sus obras. Los fantasmas de la pequeña Dorrit y de David Copperfield nos llevan de la mano mientras atravesamos las calles que huelen de pronto a cerveza fermentada. La propia niebla de Londres es un personaje dickensiano: adjetivo que rinde tributo al autor más famoso del siglo XIX. Se me ocurre que el mejor elogio que puede dar la posteridad a un escritor es que su nombre se convierta en un adjetivo. Dickensiana es la niebla en la que transitan física y moralmente los personajes de Charles Dickens mientras esperan obrar con rectitud y merecer el cielo del autor omnisciente. Dickensianos son los muelles del Támesis en los que los pilluelos luchan por un mendrugo de pan como lo hizo Oliver Twist y como no estuvo muy lejos de hacer el niño Charles.


JAVIER BELLOSO
La vida de Dickens podría llevarnos a través de todo Londres, pero nos lleva al Strand, escenario de algunas de sus novelas y el lugar donde todo comenzó. Aquí está la iglesia donde se casaron sus padres, y en el cercano Támesis encontramos el puente de Hungerford, cerca del cual estaba la fábrica en la que Dickens trabajó con 12 años, una experiencia que marcaría su vida y obra. Quizá nunca hubiera llegado a ser escritor si no fuera porque su penoso trabajo se desarrollaba, para su gran vergüenza, cerca de la ventana; la historia de la literatura tuvo la fortuna de que el padre de Dickens pasase por allí y viese a su hijo trabajando. Conmovido, decidió continuar con su educación. También cerca están los magníficos edificios de los Tribunales cuyo trabajo Charles satirizó en Casa desolada, una de sus mejores (aunque no de sus más populares) novelas.
Y todo terminó para él y termina para nosotros en la abadía de Westminster, donde no solo se han prodigado bodas reales, sino entierros de genios. Las volutas góticas son renglones que tratan de alcanzar el gris del cielo. Y Londres rinde tributo a las palabras de sus grandes hombres con el silencio de su claustro más ilustre. En el Poet’s Corner reposan los restos de Dickens y de otros eminentes hombres de letras como Geoffrey Chaucher, Thomas Hardy y Rudyard Kipling. Una muestra del respeto de los ingleses por su literatura. Al fin y al cabo, Pérez Galdós no hizo menos por Madrid que Dickens por Londres y su nombre y su obra han sido olvidados por los madrileños. Una nación que defiende su literatura es una nación que se reivindica a sí misma.