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jueves, 13 de diciembre de 2012

PRENSA CULTURAL. Sobre Mo Yan, Nobel de Literatura 2012

Mo Yan

   En "El País":

Obligado a callar

Mo Yan significa “no hables”. En el pueblo natal del premio Nobel chino, que recoge el próximo lunes en Estocolmo, lo recuerdan como un tipo callado, vivaz y fascinado por las historias

 8 DIC 2012

El coche se detiene con un pequeño gemido. El aire es frío. El suelo, polvoriento. Apenas ha dejado de rugir el motor, cuando varios vecinos se acercan al vehículo con curiosidad. “Es esa casa de ahí”, dice uno de ellos, mientras señala un muro de adobe. “Esa casa” es la antigua vivienda familiar de Mo Yan —el escritor chino galardonado con el Premio Nobel de Literatura 2012— en Ping’an, la aldea en la que llegó al mundo el 17 de febrero de 1955 en el entonces llamado condado de Gaomi (provincia de Shandong), 620 kilómetros al sureste de Pekín.
Pocos minutos después, aparece Guan Moxin, uno de los hermanos de Mo Yan —el verdadero nombre del escritor es Guan Moye—, y se dirige con paso lento hacia la puerta, protegida por un tejadillo de dos aguas. La entrada da acceso a un patio rectangular con suelo de tierra de 13 metros de lado. Está vacío. Solo hay unas tinajas, dos piedras cilíndricas de moler el grano, y tierra removida en algunas zonas. “Había rábanos y zanahorias, pero mucha gente vino a visitar la casa cuando se enteraron de que Mo Yan había ganado el Nobel y los arrancaron y se los llevaron (para que les trajeran buena suerte)”, cuenta.
En el lado izquierdo de lo que fue huerto y corral, orientada a mediodía, está la vivienda. Ocupa todo el lateral del patio. Se accede a ella por la cocina, pieza central de las cinco que componen la casa en hilera. En la puerta de madera de doble hoja, hay pegados sendos papeles rojos con cinco caracteres negros cada uno: “Los poemas y los libros alargan la vida. La honestidad y la tolerancia marcan una gran diferencia en una familia”.
“La habitación a la izquierda de la cocina es donde nació Mo Yan y la siguiente es donde guardábamos el grano. La estancia a la derecha es la que pasó a ocupar Mo Yan cuando se casó, y la otra era la de mis tíos. Vivíamos aquí 14 personas”, dice Guan Moxin, de 62 años. En la casa, de suelo de tierra, solo habitan ahora dos sillones desvencijados, una mesa con una silla que mira hacia la ventana, y aperos de labranza. En un mueble, duerme una vieja maleta de cuero.
La vivienda fue construida por el abuelo de Mo Yan en 1911, después de que las inundaciones provocadas por el río Jiao, situado unos 50 metros a su espalda, destruyeran la anterior. Fue aquí, entre estos muros ocres, donde Mo Yan nació y pasó su infancia, una infancia marcada por “la soledad y el hambre” en una aldea rural y pobre, que se convertiría en la musa de su obra. “Mis recuerdos están repletos de soledad y hambre. La década de 1960 fue muy difícil en China. Estaba todo el día en el campo cuidando de las vacas y las ovejas mientras los niños de mi edad estudiaban y jugaban en el colegio. Había veces que no veía a nadie en todo el día”, contó en una entrevista a este periódico en 2008.

Su teléfono móvil da señal de apagado y el de su casa en Pekín ha dejado de funcionar
Guan Moye eligió el seudónimo de Mo Yan, que significa “no hables”, en recuerdo a los años en los que no podía dirigir la palabra a nadie. Así se lo habían ordenado sus padres —hasta el punto de que su madre le pegaba para que no hablara— porque, durante los tiempos turbulentos de la Revolución Cultural (1966-1976), temían que dijera algo inconveniente y trajera problemas a la familia.
Desde que el pasado 11 de octubre fue anunciado que había ganado el Nobel de Literatura, Mo Yan ha desaparecido de la luz pública. Su teléfono móvil da señal de apagado y el de su casa en Pekín ha dejado de funcionar. Aseguran fuentes cercanas al escritor —un hombre tranquilo y tímido— que se ha visto desbordado por la concesión del galardón —a pesar de que sonaba desde hace años como candidato— y la polémica que ha suscitado. Algunos escritores y disidentes le acusan de ser un autor cercano al Partido Comunista Chino (PCCh), del que es miembro, y de no apoyar a los intelectuales encarcelados por el Gobierno, como el Premio Nobel de la Paz 2010, Liu Xiaobo. “Creo que la gente que me ha criticado no ha leído mis libros. Si lo hubieran hecho, comprenderían que mis escritos de entonces me hicieron correr muchos riesgos y sometieron a presión (…) Hace tiempo que he superado las limitaciones políticas y de clases”, se ha defendido el autor, que es vicepresidente de la Asociación de Escritores de China, organización respaldada por el PCCh. “Mo Yan es Mo Yan. Mo Yan es un representante de los campesinos. No es un funcionario del Gobierno. Es tan solo un novelista, que está mucho más allá del partido”, dice por teléfono desde Jinan (capital de Shandong) He Lihua, de 64 años, profesor en la Universidad de Shandong y amigo de Mo Yan desde hace 25 años.


La familia de Mo Yan en su pueblo natal. / JOSÉ REINOSO
Guan Moxin, exfuncionario del Gobierno local, habla despacio, pero con profusión de detalles, sobre la vida de su hermano. “Cuando era niño, le encantaba leer. Leyó El sueño del pabellón rojo y los otros tres grandes clásicos chinos (A orillas del agua, Historia de los tres reinos y Viaje al oeste). Pero no solo esto, devoraba todo tipo de lectura. Entonces, muy poca gente tenía libros, y algunos que tenían no los querían prestar, así que Mo Yan trabajaba para ellos —por ejemplo, molía el grano en la piedra—, y se sentían conmovidos y le dejaban los libros”.

Vivíamos aquí 14 personas”, dice Guan Moxin, de 62 años
En aquellos años, Ping’an —una aldea de unos 600 habitantes (ahora son unos 800)— no tenía luz eléctrica. “Por la noche, leía junto al quinqué que utilizaba mi madre cuando cocinaba. Seguía allí hasta las once de la noche, y mi madre tenía que decirle que parara de leer porque iba a gastar todo el petróleo”.
Mo Yan tuvo que dejar el colegio con 11 o 12 años para pastorear el ganado y trabajar en la siega y los campos de algodón. Pero en cuanto encontraba un momento libre se refugiaba en la lectura. “Cuando estaba en la escuela, sus redacciones eran las mejores. Utilizaba palabras y frases que había aprendido en los libros”, asegura su hermano.

Su gran influencia fueron las historias que le narraba su abuelo.
El futuro escritor no solo se alimentó de letras. “También seguía a mi tío abuelo, que era doctor de medicina tradicional, y se aprendía los tratamientos y se los recetaba a mis tías cuando tenían gripe o dolor de cabeza”, dice Guan Moxin, sentado al sol en el patio de la antigua casa familiar.
Pero su gran influencia fueron las historias que le narraba su abuelo. En particular, las que trataban de fantasmas que se convertían en seres humanos y seres humanos que se transformaban en fantasmas. “En el pueblo, no había luces por la noche, y, cuando abrías la ventana, podías ver las hogueras brillando en el campo en la oscuridad. Mis recuerdos de infancia están plagados de espíritus”, aseguraba en 2008 Mo Yan, quien reconoce que su obra se ha visto muy influida por el realismo mágico latinoamericano —en especial, el colombiano Gabriel García Márquez— y por autores como Tolstói y Faulkner.
También ha sido muy importante en su vida el primero de sus hermanos, Guan Moxian, 12 años mayor que él, que se graduó en la universidad antes de la Revolución Cultural y al que siempre pedía opinión sobre sus escritos.
“Entonces no teníamos televisión ni radio. La única diversión se producía durante el Año Nuevo, cuando los vecinos del pueblo representaban óperas chinas. Pero mi abuelo era un gran contador de cuentos”, continúa Guan Moxin. El segundo de los cuatro hermanos Guan —Mo Yan es el más pequeño, mientras que la tercera es una mujer— se hunde en los recuerdos, y explica cómo las penurias de la niñez modelaron el carácter del futuro Nobel. “Nuestra vida fue muy dura entre 1959 y 1966. No había harina suficiente, íbamos al campo a buscar hierbas silvestres, comíamos cortezas de árboles y raíces. Esto le proporcionó mucho material de escritura”. Entre 15 y 45 millones de personas murieron en China durante la gran hambruna que provocó la combinación del Gran Salto Adelante (1958-1961) —el fallido movimiento de industrialización rural lanzado por Mao Zedong— y las sequías e inundaciones ocurridas esos años.
A los 18 años, Mo Yan entró a trabajar en una fábrica, y tres años después se alistó en el Ejército Popular de Liberación “para poder comer todos los días”. Como había un límite de edad, sus padres cambiaron su fecha de nacimiento para quitarle un año. De ahí que en algunos lugares figure que nació en 1956. Fue en esa época, en 1981, cuando publicó su primera novela, Lluvia en una noche de primavera. Luego, vino una docena de novelas cortas, en medio de las críticas de sus superiores, que se quejaban de que escribía en lugar de hacer su trabajo; hasta que, en 1984, entró en la Escuela de Arte y Literatura del Ejército. Desde ese momento, pudo dedicarse a su pasión y vivir de ella. Años después, colgó el uniforme porque, según dijo, “allí no tenía futuro”.
El rábano transparente (1986) fue su primer libro de éxito, y el segundo,El clan del sorgo rojo (1987), obra compuesta por cinco volúmenes, en la que está basada la película Sorgo rojo, con la que el director de cine Zhang Yimou ganó el Oso de Oro en Berlín en 1988. En 1992, publicóLa república del vino, donde satiriza la corrupción gubernamental y la obsesión en China por la comida y el alcohol, y en 1996, Grandes pechos, amplias caderas, que relata, de forma brutal y realista, desde los últimos tiempos de la dinastía Qing (1644-1911) hasta la época posmaoísta a través de la historia de una mujer que tiene ocho niñas antes de lograr el ansiado varón, todos fuera del matrimonio. Fue prohibido en China.


El pueblo de Mo Yan. / JOSÉ REINOSO
Detrás de la antigua vivienda familiar, fluye el río Jiao, ahora protegido por un terraplén contra las inundaciones. “A Mo Yan le gustaba ir al río a bañarse y pescar. En junio, cuando las aguas subían (por las lluvias), mis padres no nos dejaban, pero íbamos a escondidas. Ahora está contaminado y no te puedes bañar. Algunos vecinos aún pescan, pero no se comen lo que capturan”, afirma Guan Moxin. Junto al puente recién pintado de blanco y azul, se acumulan bajo el agua la basura y las bolsas de plástico.
Guan Moxin se levanta, sale a la calle, agarra su bicicleta y se interna por las calles polvorientas camino de la casa que construyeron y a la que se mudaron en 1991, a unos centenares de metros. Por todo el pueblo hay mazorcas y cañas secas de maíz y sorgo. “Cuando éramos niños, todos cultivábamos sorgo, porque es una planta que resiste bien las inundaciones, algo muy importante porque antes no había sistema de drenaje. Era utilizado como alimento y para producir aguardiente. Pero desde 2004 se ha dejado de plantar a gran escala, debido a su bajo rendimiento, su mal sabor, los bajos precios y el hecho de que el pueblo tiene ahora un sistema de evacuación de las lluvias. La gente solo planta un poco de sorgo en los laterales de sus campos para hacer bebidas y escobas con las que barrer las calles”, dice Guan Moxin. Los cultivos principales ahora son maíz, trigo, mijo y algodón.

También seguía a mi tío abuelo, que era doctor de medicina tradicional, y se aprendía los tratamientos
Es mediodía. En una habitación de la nueva casa familiar, también de un piso, un anciano con una gorra y un chaquetón negros aguarda sentado junto a una mesa forrada con plástico de colores. Es Guan Yifan, el padre de Mo Yan. “Mo Yan era un niño muy travieso e inquieto, inteligente y buen estudiante. Se podía comer de una tacada 30 jiaozi [una especie de raviolis muy apreciados en China, que la familia preparaba en el Año Nuevo chino]. Yo no esperaba que fuese escritor sino militar”, dice este hombre de 90 años, que padece sordera. Sobre el hule, humean las tazas de té.
Ge Jinfang, la esposa de Guan Moxin, comienza a traer platos. Carne de cerdo, hígado, empanadillas, verdura rehogada y baozi, unos bollos de pan rellenos, cocinados al vapor, típicos de la región. A la mesa se han sentado, también, Guan Molun, hijo de Guan Moxin, y su esposa, Zhu Shaoying. “El día que anunciaron que mi tío había ganado el Nobel de Literatura no pude dormir en toda la noche”, cuenta Guan Molun, de 37 años, profesor de matemáticas en una escuela secundaria en la ciudad de Gaomi, a 25 kilómetros de Ping’an. “Este premio era una asignatura pendiente para China”, dice su mujer.
Las habitaciones, contiguas una tras otra, se abren al patio y a un pequeño huerto con repollos y cebollas. En un extremo, se encuentra la estancia de Mo Yan. En la pared, al lado de la cama y el escritorio, hay una foto del novelista chino brindando con Kenzaburo Oe durante una visita que el escritor japonés, premio Nobel de Literatura 1994, le hizo en Ping’an hace unos años.
Cuando el pasado 11 de octubre fue anunciado que Mo Yan había sido galardonado con el Nobel, el pueblo lo celebró con tracas y cohetes. Pero hubo un tiempo en que fue muy criticado por algunos vecinos y las autoridades locales por el retrato crudo que ha hecho de personajes y sucesos inspirados en su tierra, a la que llama “mi reino de la literatura”. “Mo Yan ama su tierra natal, pero también la odia. En uno de sus libros dice: Gaomi es un lugar donde hay muchos héroes y valientes, pero también es un lugar donde hay muchos bastardos gallinas”, afirma He Lihua. “Gaomi es un lugar muy conservador, y la gente no entendió su libro El clan del sorgo rojo. Recuerdo que los dueños de algunas destilerías decían: ‘No mezcles nuestro aguardiente con el de Mo Yan. Nuestro licor es bueno; el suyo, no. El nuestro no tiene orina’. En el libro, describe cómo el personaje principal orina en el aguardiente y lo buena que sabe la mezcla”, dice He, especialista en literatura contemporánea china.
“Mo Yan era muy estudioso y de pequeño podía recitar de memoria cualquiera de los textos de la antología de poemas de Mao Zedong”, afirma Guan Moce, de 51 años, primo de Mo Yan y una de las 14 personas que vivían en la casa familiar cuando eran niños. “Jugábamos a menudo al ajedrez chino. Es un hombre inteligente. ¿Cómo podría haber ganado si no el Premio Nobel?”, añade Zhang Jiazhuang, de 58 años, un vecino cuya casa está junto a la antigua vivienda de los Guan.


Escena final de la película 'Sorgo rojo', de Zhang Yimou, basada en la novela de Mo Yan.
El clan del sorgo rojo consolidó a Mo Yan como escritor, y algunos en el pueblo recuerdan con nostalgia el rodaje de la película de Zhang Yimou en los campos de sorgo y los alrededores del puente de piedra de Qingsha, en Sunjiakou, a siete kilómetros de Ping’an, donde el 16 de abril de 1938, “400 soldados civiles” realizaron una emboscada a los invasores japoneses. “Hoy ya no hay sorgo aquí”, explica Guan Moce, que se ha ofrecido a enseñar el lugar, mientras camina con orgullo sobre las grandes losas del viejo puente, y cuenta que durante la filmación, en 1987, facilitó una casa casi tres meses a Zhang Yimou, la actriz Gong Li, el actor Jiang Wen y el propio Mo Yan. “Espero que el premio Nobel contribuya a desarrollar Ping’an como lugar turístico y a mejorar el medio ambiente”, dice este hombre, propietario de una tienda de semillas y productos fitosanitarios, que se queja del Gobierno local y el atraso en que aún vive el pueblo.

Una obra que le ha hecho merecedor del Nobel por su realismo alucinante
Otros de los libros más conocidos entre las once novelas que ha publicado Mo Yan son Las baladas del ajo (1988), que presenta un retrato de la China rural, ambientado en los primeros años del proceso de reformas puesto en marcha por Deng Xiaoping a finales de 1978, La vida y la muerte me están desgastando(2006), en el que un terrateniente se reencarna en varios animales, y su último Rana (2009), para el que se inspiró en la hija de un tío abuelo, que era doctora y contribuyó, según Guan Moxin, a la realización de miles de abortos forzados, en el marco de la política del hijo único. También ha escrito más de un centenar de relatos y cuentos.
El resultado de tres décadas de novelista es un rico abanico de obras,que mezclan pasajes épicos de la agitada historia china en el último siglo con los ritos y tradiciones rurales y el alma del pueblo chino, mediante un lenguaje realista, mágico, descriptivo, humanista, subversivo, absurdo, grotesco y satírico, con toques de humor negro. Una obra que le ha hecho merecedor del Nobel por su “realismo alucinante que fusiona cuentos populares, historia y lo contemporáneo”, según la Academia Sueca. “Este Nobel significa que la literatura contemporánea china tiene ya un lugar en la literatura mundial”, asegura Mao Weijie en una de las salas del Museo de Literatura de Mo Yan, del que es director, en la ciudad de Gaomi.
No hables recibirá el premio en Estocolmo este lunes, donde se prevé que esté acompañado de su esposa, Du Qinlan, y su única hija, Guan Xiaoxiao. ¿Cambiará el Nobel su forma de ser? “Mo Yan es una persona muy honesta, que teme la fama y el dinero, y está muy preocupado por la concesión del galardón. No se dejará llevar por el éxito, sino que trabajará aún más duro porque ahora le mirarán muchos ojos”, dice He Lihua. Muchos de ellos, nuevos ojos para su “reino de la literatura” en este rincón de China habitado por los fantasmas del recuerdo.

MO YAN: DISCURSO RECEPCIÓN NOBEL DE LITERATURA

Mo Yan


Discurso Nobel

7 diciembre de 2012

Cuentacuentos

Estimados miembros de la Academia, señoras y señores:
Gracias a la televisión y a internet puede que ustedes hayan conocido mi pueblo natal, el distrito Dongbei de Gaomi, que está muy lejos de aquí. A lo mejor puede que hayan visto también a mi padre, un señor de noventa años, o a mis hermanos, mi esposa, mi hija y mi nieta, una señorita de dieciséis meses. Sin embargo, en este momento tan glorioso, solo echo de menos a una persona, y es a mi madre. A ella no podremos verla más. Cuando la noticia de que yo había conseguido el Premio Nobel se extendió por China, mucha gente me felicitó, pero ella no lo podrá hacer nunca.
Mi madre nació en el año 1922 y falleció en 1994. Sus cenizas estaban enterradas en un huerto de melocotoneros al este de mi pueblo. El año pasado, debido a la construcción de una vía ferroviaria que iba a pasar por ese lugar, no tuvimos más remedio que trasladar su tumba hacia otro lugar más alejado del pueblo. Cuando la desenterramos, me di cuenta de que la caja de cenizas se había descompuesto y que éstas se habían convertido en parte de la tierra. Sólo pudimos sacar un poco de barro como recuerdo para ponerlo en la nueva tumba. A partir de aquel momento, sentí que mi madre era parte de la tierra y cuando me pongo de pie sobre ella para contar cuentos, sé que mi madre está escuchándome.
Soy el último hijo que tuvo mi madre.
Uno de los primeros recuerdos que tengo es el de aquella vez que llevé la única botella térmica que teníamos para coger agua caliente en el comedor público. Como estaba hambriento y sin fuerza, no pude soportar el peso de la botella y la rompí. Como tenía mucho miedo, me escondí en una pila de paja sin atreverme a salir el resto del día. Al anochecer, oí a mi madre llamándome por mi apodo familiar. Salí de allí esperando que me regañara o me pegara; sin embargo, mi madre no lo hizo, y por el contrario acarició mi cabeza y dejó escapar un largo suspiro.
El recuerdo más amargo que tengo es el del día en que fui a acompañar a mi madre a recoger unas espigas de trigo caídas en el campo que pertenecía a la comunidad. Cuando vino el guardia del campo, todos los demás se escaparon corriendo a toda velocidad, pero mi madre apenas podía correr con sus dos pies vendados. Fue capturada por aquel guardia que era muy alto y fuerte y le dio a mi madre una bofetada en la cara. Ella no pudo aguantar el golpe y cayó al suelo. El guardia nos quitó las espigas recogidas y se marchó silbando sin preocuparse de nosotros. Mi madre sangraba por la boca mientras seguía sentada en el suelo y en su cara apareció una desesperación que jamás olvidaría en toda mi vida. Muchos años después, cuando el joven guardia del campo se había convertido en un anciano y las canas habían sustituido completamente su cabello negro, me encontré con él en el mercado. Quise lanzarme hacia él para pegarle como venganza, pero mi madre me lo impidió y cogiendo mi mano me dijo con calma: “Hijo, aquel señor que me pegó y este señor mayor no son el mismo”.
Un recuerdo imborrable que tengo es el de un mediodía en la fiesta de Medio Otoño. Habíamos superado muchas dificultades para poder cocer unos raviolis; a cada uno sólo le tocó un cuenco pequeño. Cuando estábamos a punto de empezar, un viejo mendigo se acercó a nuestra casa. Cogí un bol con varias tiras de boniato seco para dárselo, pero sin embargo se volvió enfadado y dijo: “Soy un señor mayor. Vosotros os coméis los raviolis y a mí en cambio me dejáis un poco de batata seca, qué corazón tan frío tenéis”. Sus palabras me irritaron y me defendí: “Tan solo podemos comer raviolis unas pocas veces al año. A cada uno nos tocan unos pocos, apenas pueden llenar la mitad de mi estómago. La batata seca es lo único que nos queda, si no la quieres, ¡vete ya!”. Madre me criticó. Luego levantó su medio bol de raviolis y se los dio todos al señor.
El recuerdo que más arrepentimiento me ha causado es el del día que acompañé a mi madre a vender coles chinas. Por accidente, cobré diez céntimos de más a un señor mayor. Sumé todo el dinero y fui a la escuela. Cuando la clase terminó y volví a casa, vi a mi madre, una mujer que casi no lloraba, llorando con mucha tristeza. Las lágrimas le habían empapado la cara. Mi madre no me regañó sino que dejó escapar suavemente unas palabras: “Hijo, qué vergüenza me has ocasionado”.
Durante mi infancia, mi madre se contagió de una enfermedad pulmonar. El hambre, la enfermedad y el cansancio arrastraron a toda la familia hacia el fondo de un abismo oscuro de desesperación. Cada día tenía más claro un terrible presentimiento, me parecía que mi madre podría suicidarse en cualquier momento. Siempre que volvía a casa del trabajo, al entrar por la puerta gritaba el nombre de mi madre en voz alta. Si me respondía, podía acabar tranquilamente ese día; en caso contrario, me ponía muy nervioso, buscaba por todas partes a mi madre, incluso iba a la habitación lateral y al molino para buscar algún rastro de ella. Hubo una vez que después de recorrer todos los lugares posibles, no pude encontrar a mi madre así que me quedé sentado en el patio y me eché a llorar con todas mis fuerzas. Justo en ese momento, vi a lo lejos a mi madre que volvía con un haz de leña. Me expresó el disgusto que le causaba mi llanto y aun así, no le pude explicar lo preocupado que estaba por ella. Madre percibió el secreto de mi corazón y dijo: “Hijo, no te preocupes, aunque se me haya despojado de cualquier alegría en la vida, si no ha llegado el momento no iré al otro mundo”.
Soy genéticamente feo desde que nací, muchas personas de mi pueblo me gastaban bromas en mi cara; unos malvados compañeros de clase incluso me pegaron por esa razón. Un día cuando volví a casa, me eché a llorar con mucha tristeza y Madre dijo: “Hijo, no eres feo. Eres un chico normalito, ¿cómo puedes decir que eres feo? Además, si sigues siendo un joven de buen corazón y sigues haciendo cosas buenas, aunque fueras feo de verdad, te convertirías en un chico guapo”. Cuando me mudé a la ciudad, unas personas que habían recibido una buena educación hacían chistes tontos sobre mi cara, a veces a mis espaldas o incluso delante de mí. En aquellos momentos, las palabras de mi madre regresaban a mi cabeza, me tranquilizaban y me daba cuenta de que era yo el que tenía que pedirles perdón.
Mi madre era analfabeta, por eso respetaba extraordinariamente a las personas con educación. La vida estaba llena de dificultades, no se podían garantizar las tres comidas regulares del día, pero siempre que le pedía que me comprara algún libro o algo de papelería, me lo compraba. Mi madre era una persona trabajadora, odiaba a los jóvenes perezosos, pero siempre que dedicaba mucho tiempo a leer libros y me olvidaba de trabajar, mi madre me lo perdonaba.
Una vez vino un cuentacuentos a nuestro mercado. Yo me escaqueé de los trabajos que me había asignado mi madre y fui allí en secreto a escuchar los cuentos. Mi madre me criticó por ello. Por la noche, cuando mi madre se disponía a confeccionar las chaquetas de invierno bajo la débil luz de la lámpara de aceite, no pude controlarme y recité los cuentos que había aprendido durante el día. Al principio, ella no tenía ganas de escuchar ni una palabra porque le parecía que ser cuentacuentos no era una profesión normal y que los cuentacuentos eran personas charlatanas y unos farsantes; además, los cuentos que contaban no versaban sobre cosas buenas. No obstante, poco a poco le fueron atrayendo los cuentos que le recitaba. Más adelante, cada vez que se celebraba la feria, mi madre no me asignaba ninguna tarea; me había dado un permiso implícito para ir a escuchar los cuentos. Para recompensar su gratitud y también para presumir de mi buena memoria, le recitaba con todo detalle todos los cuentos que había escuchado durante el día.
Al poco tiempo, no me satisfacía recitarle los cuentos de los cuentacuentos tal cual, así que me inventaba detalles durante mi relato. Con el propósito de que le gustaran a mi madre, creaba unos nuevos párrafos e incluso modificaba el final del cuento. La audiencia no se limitó solo a mi madre, sino que mi hermana, mis tías y mi abuela también formaron parte. Hubo veces en que después de escuchar el cuento, mi madre expresaba sus preocupaciones. Parecía que se estaba dirigiendo a mí pero también podría ser que estuviera hablando consigo misma: “Hijo mío, ¿que vas a hacer en el futuro?, ¿quieres ganarte la vida contando cuentos?”.
Entendí la preocupación que tenía mi madre porque en mi pueblo un chico hablador no estaba bien visto, a veces podía traer problemas, para sí mismo e incluso para la familia. En mi relato 牛 (Toro) el chico que es rechazado por su pueblo por hablar demasiado es parte de la historia de mi pubertad. Madre me recordaba frecuentemente que hablara un poco menos porque esperaba que pudiera ser un chico tranquilo, generoso y callado. Sin embargo, yo había demostrado tener una enorme competencia lingüística y una gran disposición para hablar, lo que resultaba ser tremendamente peligroso. Pero mi capacidad para recitar los cuentos le producían mucha alegría a mi madre. ¡Qué gran dilema tenía ella!
Como dice un refrán chino: Es fácil cambiar de dinastía, es difícil modificar la personalidad y aunque mis padres me habían educado con mucho cuidado, no consiguieron cambiar el hecho de que a mí me gustara hablar. Esto le había dado un sentido irónico a mi nombre Mo Yan que significa “no hables”.
No pude terminar el colegio y tuve que abandonarlo porque, cuando era niño, mi estado de salud era muy delicado; no podía hacer muchos esfuerzos sino tan solo apacentar el rebaño que teníamos en un prado abandonado. Cuando guiaba a los bóvidos hacia el prado y pasábamos por la puerta de mi escuela, veía a mis compañeros de clase jugando y estudiando y me sentía muy solo y desdichado. A partir de aquel momento tuve conciencia del dolor que se le puede ocasionar a una persona, incluso a un niño, cuando se le aparta de la comunidad en la que vive.
En el prado solté al ganado y lo dejé pacer por su cuenta. Bajo el cielo de un color azul tan intenso que parecía un océano inacabable, en ese prado verde tan vasto que no se veían sus límites en ninguna dirección, no había nadie excepto yo y no se podía oír a nadie excepto el piar de los pájaros. Me sentía muy aislado, muy solo, como si mi espíritu se hubiese escapado y sólo me quedara un cuerpo vacío. A veces me tumbaba en el prado viendo las nubes que flotaban vagamente y muchas imágenes irreales y sin sentido venían a mi cabeza. En mi pueblo se difundían unos cuentos sobre los zorros milenarios que podían convertirse en mujeres hermosas. Por eso imaginaba que a lo mejor una de esas hermosas mujeres en la que se había convertido un zorro vendría y me acompañaría mientras cuidaba al ganado, pero ella nunca apareció. Sin embargo hubo una vez que vi un zorro de un llamativo color rojo saltando del arbusto que tenía frente a mí. Me caí al suelo a causa del susto. Enseguida desapareció, pero yo me quedé allí sentado y temblando durante bastante tiempo. A veces me sentaba en cuclillas al lado de un toro para observar sus ojos de color azul celeste y mi reflejo en su ojo. A veces imitaba el piar de los pájaros e intentaba comunicarme con ellos; a veces le confiaba los secretos de mi corazón a un árbol. Sin embargo, los pájaros no me hicieron caso, ni los árboles. Muchos años después, cuando me hice escritor, incluí en mis novelas todas las fantasías que tenía durante mi pubertad. Mucha gente elogió mi capacidad de imaginación. Unos aficionados a la literatura me preguntaron el secreto para tener tanta. Entonces sólo pude contestarles con una amarga sonrisa.
Como lo que dice nuestro sabio antepasado Laozi: “En la felicidad es donde se esconde la desgracia; en la desgracia es donde habita la felicidad”. Durante mi adolescencia padecí bastantes sufrimientos, como tener que abandonar el colegio, la hambruna, la soledad y la falta de libros. Sin embargo, hice lo que hizo Congwen Shen, un gran escritor de la generación anterior: leer lo antes posible sobre la sociedad y la vida que conjuntamente forman un gran libro invisible. Lo que les comentaba al principio de ir al mercado a escuchar cuentos es la primera página del libro de mi vida.
Después de abandonar el colegio, me exilié entre los adultos y empecé un largo periodo de leer con las orejas. Hace doscientos años, en mi provincia natal, vivía un cuentacuentos que era un genio: El señor Songling Pu. Muchos de mi pueblo, incluido yo mismo, somos sus herederos. En el campo de la comunidad, en la granja de la brigada de producción, en la cama de mis abuelos, en el tembloroso carro tirado por el buey, había escuchado muchos cuentos sobre fantasmas y duendes, muchas leyendas históricas, anécdotas interesantes que estaban estrechamente vinculadas con la naturaleza local y la historia familiar, y me habían producido una clara sensación de realidad.
Nunca pude imaginar que algún día en el futuro estas cosas me servirían como material para mis obras. En aquella época sólo era un chico a quien le fascinaban los cuentos y las palabras que se usaban para contarlos. En aquella época era, definitivamente, un chico teísta. Creía que todas las cosas tenían su espíritu. Cuando me encontraba con un árbol alto y grande, tenía ganas de expresarle mis respetos. Cuando veía un pájaro, me preocupaba por cuándo se convertiría en un ser humano. Cuando veía a un desconocido, dudaba si sería un espíritu de animal metido en un cuerpo humano. Cada noche cuando volvía a casa desde la oficina de la brigada de producción, me sobrevenía un miedo enorme. Para expulsar ese miedo cantaba en voz alta mientras corría a casa. En aquella época estaba entrando en la adolescencia, mi voz estaba cambiando, y las horrorosas canciones interpretadas por mi voz ronca eran una tortura para mis vecinos del pueblo.
Durante los veintiún años que viví en mi pueblo natal, el viaje más largo que realicé fue una excursión en tren a Qingtao. En aquel viaje, casi me pierdo entre los grandes trozos de madera de una serrería. Cuando mi madre me preguntó sobre el paisaje de Qingtao, le contesté que por desgracia allí no había nada excepto grandes trozos de madera. Pero gracias a este viaje a Qingtao, tuve muy claro que debía salir de mi pueblo natal y ver el mundo de fuera.
En febrero de 1976 cumplí todos los requisitos del reclutamiento militar, me llevé los cuatro volúmenes de la Breve historia de China que mi madre me había comprado con el dinero de unas joyas suyas que vendió, salí del distrito Dongbei de Gaomi, un lugar plagado de todos mis sentimientos, tanto positivos como negativos, y empecé una importante época de mi vida. Tengo que confesar que si no hubiera sido por los grandes progresos y el desarrollo de la sociedad china durante estos treinta años, por la apertura y la reforma, no existiría un escritor como yo.
Debido al aburrimiento de la vida militar, entré en una nueva oleada literaria y en la apertura de pensamiento de los años 80 del siglo pasado. Pero entonces, no era más que un chico a quien le gustaba escuchar cuentos y recitar lo que había escuchado, así que decidí empezar a contar cuentos con el bolígrafo. Sin embargo al principio este camino fue muy difícil porque no me daba cuenta de que mi experiencia de vivir en el campo durante más de veinte años era una riqueza. Pensaba que la literatura era anotar las cosas buenas y recordar a personas notables, creía que era simplemente describir a los héroes y modelos sociales, así que aunque publiqué algunas obras, no tenían mucha calidad.
En el otoño de 1984 aprobé el examen de ingreso y me incorporé a la Facultad de Literatura de la Academia de Artes del EPL (Ejército Popular de Liberación). Gracias a las indicaciones y a la ayuda de mi apreciado profesor, el famoso escritor Huaizhong Xu, conseguí elaborar algunos relatos y novelas cortas, tales como秋水 (El agua otoñal), 枯河 (Río seco), 透明的红萝卜(El rábano rojo invisible), Sorgo rojo, etc. En El agua otoñal, apareció por primera vez el nombre de mi pueblo natal: El distrito Dongbei de Gaomi, y a partir de ese momento, me sentí un campesino vagabundo que por fin ha encontrado el campo que buscaba, un escritor perdido que ha encontrado su propia fuente de inspiración. Tengo que confesar que en el proceso de creación del distrito Dongbei de Gaomi en mis obras, William Faulkner, el escritor estadounidense, y García Márquez, el escritor colombiano, me han inspirado mucho. Entonces no había leído sus obras minuciosamente, pero su espíritu creador y su generosidad me animaron mucho. Me hicieron entender que cada escritor debía tener una especialidad. Una persona tiene que ser modesta en su día a día, sin embargo, debe ser altiva y decidida en su producción literaria. Durante dos años seguí los pasos de estos dos maestros, pero luego me di cuenta de que tenía que alejarme de ellos. Esto lo expresé en un artículo: “Estos dos maestros son como dos hornos al rojo vivo y yo como un trozo de hielo, por lo que si me acercase mucho a ellos me evaporaría”. A mi juicio, la influencia que se recibe de otro escritor se debe a la semejanza espiritual que escondemos en el fondo del corazón, como lo que se dice en China: dos espíritus similares se entienden enseguida. Por tanto, aunque no les hubiera leído muy atentamente, con solo unas páginas podía entender lo que habían hecho, podía entender cómo lo habían hecho y a continuación me quedaba claro lo que debía hacer y la forma de hacerlo.
Lo que hice fue muy sencillo: contar mis cuentos a mi manera. Mi manera es la misma de los cuentacuentos del mercado de mi pueblo, a quienes conocía muy bien; es también la manera de mis abuelos y los ancianos de mi pueblo natal. Sinceramente, cuando cuento mis cuentos, no puedo imaginar quiénes serán mis lectores. A lo mejor, es alguien como mi madre, o alguien como yo. Mis cuentos son mis experiencias del pasado, como por ejemplo lo es, en Río seco, aquel chico al que pegan de manera horrible; en (El rábano rojo invisible)lo es aquel chico que no habla nada desde el principio hasta el final de la obra. Igual que a él, mi padre una vez me pegó terriblemente debido a un error que cometí. Y yo también tuve que encargarme de un fuelle durante la construcción de un puente. Por supuesto, cuanto más singulares sean las experiencias personales, más se incluirán en las novelas, pero las novelas deben ser imaginarias y fabulosas, no pueden incluir experiencias sin más. Muchos amigos míos me han dicho que El rábano rojo invisible es mi mejor novela. Respecto a esta opinión, no la contradigo, tampoco la admito, pero, de todas formas El rábano rojo invisible es la más emblemática de mis obras y destaca por su profundo significado. Ese chico de piel oscura que tiene una capacidad incomparable para aguantar toda clase de sufrimientos y otra capacidad sobresaliente para percibir los pequeños cambios de la vida es el espíritu de esta novela. Aunque he creado muchos personajes después de este, ninguno puede compararse con él porque prácticamente es el entero reflejo de mi espíritu. O mejor dicho, entre todos los personajes creados por el mismo escritor siempre habrá uno superior a los demás; este chico callado es de ese tipo, que no habla nada pero que es capaz de dirigir al resto de personajes y observar las maravillosas actuaciones de los demás en un escenario como el distrito Dongbei de Gaomi.
Las experiencias personales son limitadas. Cuando se acabaron esos cuentos no me quedó más remedio que contar los de otras personas. Los cuentos de mis parientes y vecinos, los cuentos de los antepasados que me contaron los ancianos de mi pueblo, llegaron a mi cabeza como si fueran soldados que se reúnen al oír una orden. Se metieron dentro de mí con la esperanza de ser escritos por mi mano. Mis abuelos paternos, mis padres, mis hermanos mayores, mis tíos, mi esposa y mi hija han aparecido como personajes en mis novelas. Por supuesto, les hice unos cambios literarios para que tuvieran más significado y se convirtieran en verdaderas figuras poéticas.
En mi última novela Rana, aparece la figura de mi tía. Como consecuencia del Premio Nobel, muchos periodistas han ido a su casa para entrevistarla. Al principio, tuvo mucha paciencia para contestar las preguntas, pero después no pudo aguantar más las molestias y se escondió en casa de su hijo, que está en la capital de nuestro distrito. Mi tía fue mi verdadero modelo cuando elaboraba esa novela; sin embargo, este personaje literario difiere mucho de mi tía. El carácter del personaje es muy fuerte, como si fuera un miembro de la mafia, y mi tía en cambio es muy simpática y alegre, una perfecta esposa y una madre encantadora. Mi verdadera tía ha tenido una vida muy feliz hasta ahora, pero mi tía literaria, cuando envejeció, padecía insomnio consecuencia de una profunda herida psíquica y vestía una toga negra todos los días como si fuera un fantasma que estuviera vagando en la noche. Tengo que agradecerle a mi verdadera tía su tolerancia porque no se enfadó después de saber que la había descrito de aquella forma; también aprecio mucho su inteligencia porque ha sabido entender la compleja relación que existe entre los personajes literarios y las personas reales.
Cuando falleció mi madre, me ahogó el dolor y decidí escribir un libro sobre su vida. Me refiero a Grandes pechos amplias caderas. Como la conocía de toda la vida y estaba lleno de sentimientos hacia ella, terminé el primer borrador de esta novela de quinientas mil palabras en tan solo ochenta y tres días.
En Grandes pechos amplias caderas me he atrevido a usar los detalles que conocía sobre su vida; no obstante, respecto a su experiencia amorosa, he inventado una parte y también he acumulado las experiencias de las madres de su edad del distrito Dongbei de Gaomi. En la dedicatoria de este libro puse la siguiente frase: “Al alma de mi madre”, sin embargo, esta obra en realidad está dedicada a todas las madres de este mundo. Esta es una de mis ambiciones, como la de querer abstraerme de China y de este mundo y minimizarlos en el distrito Dongbei de Gaomi.
Los escritores tienen diferentes maneras de inspirarse, y mis libros también surgen de diferentes fuentes de inspiración. Algunos de mis libros se inspiraron en mis sueños, tal como ocurre en el ­El rábano rojo invisible, otros se inspiraron en la realidad, como por ejemplo sucede en Las baladas del ajo. Sea cual sea el origen de la inspiración, las experiencias personales son imprescindibles y consisten en una parte muy importante, capaz de dotar a la obra de su singularidad literaria. Las obras pueden tener diferentes personajes bien perfilados con sus propias características, mostrarnos sus brillantes palabras y contar con una estructura sobresaliente. Querría hablar un poco más de Las baladas del ajo. En esta novela he diseñado un personaje muy importante: un cuentacuentos. Pero he usado el nombre verdadero de un amigo mío que en la realidad es un cuentacuentos también, así que tengo que pedirle perdón. Por supuesto, lo que hace en la novela es inventado. Me ha pasado muchas veces este fenómeno en mis obras: cuando comenzaba a escribir una novela quería usar nombres reales para transmitir una sensación de realidad, y sin embargo, cuando acababa la novela ya me resultaba imposible cambiar esos nombres. Muchas veces, las personas reales cuyos nombres se habían utilizado en mis obras buscaron a mi padre para quejarse. Mi padre no sólo les pidió perdón a ellos, sino que también les tranquilizó y les explicó diciendo: «La primera frase que aparece en Sorgo rojo sobre su padre es “Mi padre es hijo de un malvado bandido. Si yo no le hice caso, ¿por qué os tiene que molestar a vosotros?”».
Cuando escribí las novelas del tipo de Las baladas del ajo, es decir, las novelas realistas, el mayor problema que se me presentó no era que tuviera miedo de enfrentarme a las oscuridades sociales y criticarlas, sino cómo controlar la pasión ardiente y la furia para no desviarme hacia la política ni alejarme de la literatura. No quiero escribir una crónica de los acontecimientos sociales. Un novelista es parte de la sociedad, por lo que es natural que tenga sus propias opiniones e ideas; sin embargo, cuando está escribiendo debe ser justo, debe respetar a todos los personajes igual que respeta a las personas reales. Siempre y cuando se cumpla este requisito, la literatura puede nacer de la realidad e incluso superarla, puede preocuparse por la política pero estar por encima de ella.
Los largos y difíciles periodos de tiempo que he vivido me han dado una profunda comprensión de la humanidad. Sé qué es la verdadera valentía y qué es la auténtica misericordia. Entiendo que en el corazón del ser humano existe un espacio que no se puede definir por bondad ni por maldad; es un espacio grisáceo que le da a un escritor la gran posibilidad de elaborar una obra majestuosa. Siempre y cuando haya elegido correctamente y descrito vívidamente este espacio grisáceo e incierto, su obra podrá tener calidad, superar el límite de la política, y ser verdadera literatura.
El hecho de hablar sobre mis obras sin parar me incomoda mucho, pero mi vida y mis novelas son las dos caras de una misma moneda, y si no hablara de mis obras, no sabría de qué otra cosa más les podría hablar aquí. Así que, permítanme seguir.
Respecto a mis primeras novelas, dado que era un cuentacuentos moderno, decidí camuflarme en ellas. Pero, a partir del 檀香刑 (El suplicio del sándalo), decidí cambiar mi estilo. Si describimos mi estilo anterior como el de un cuentacuentos que no piensa en los lectores, a partir de este libro me imaginé que estaba en una plaza contando cuentos ante un público con palabras impresionantes. Esto es clásico en la elaboración de las novelas y también es clásico de las novelas chinas. Aprendí los estilos de las novelas modernas de Occidente, también usé diferentes estilos narrativos, pero al final, recurrí a la tradición. Por supuesto, la vuelta a la tradición no es solo eso. El suplicio del sándalo y las siguientes novelas son una combinación de las tradiciones chinas y las técnicas narrativas occidentales. Las novelas innovadoras son productos de este tipo. No sólo combiné la tradición y la técnica sino también la narración y otras artes folclóricas. Por ejemplo, El suplicio del sándalo fue un intento de combinar la novela con la ópera local, igual que sucede en mis primeras novelas, que también se han nutrido de las bellas artes, la música e incluso de la acrobacia.
Por último, permítanme presentarles otra obra mía, La vida y la muerte me están desgastando. El título de este libro está inspirado en unos versos budistas. Según me han dicho, la traducción de este título ha causado problemas, no muy grandes pero sí considerables, a los traductores de diferentes países. No soy un especialista en budismo y mi entendimiento sobre los versos budistas es superficial, pero la razón por la que elegí este título para mi novela fue por la admiración que siento hacia los pensamientos budistas. Uno de los puntos básicos de este pensamiento es la verdadera comprensión del universo. Desde el punto de vista de los budistas, muchos de los conflictos humanos son insignificantes. A los budistas el mundo actual les parece muy sombrío. Por supuesto, no quería escribir este libro como si fuese un sermón; lo que escribí hablaba sobre el destino y las emociones del ser humano, así como de los límites que tiene, la tolerancia, los esfuerzos y sacrificios que se requieren para lograr el objetivo personal y alcanzar la felicidad. El personaje de cara azulada que luchaba contra la corriente histórica era el verdadero protagonista en mi corazón. La persona real a la que corresponde este personaje fue un campesino que vivía en un pueblo vecino al nuestro. En mi pubertad, le veía pasando con frecuencia por la puerta de mi casa y empujando un carro de madera que emitía un leve y extraño sonido. Un burro cojo tiraba de aquel carro y la persona que guiaba al animal era su esposa, que tenía los pies vendados. Ese grupo de trabajo tan extraordinario en la sociedad de aquella época resultaba muy raro y muy inapropiado. A los ojos de unos niños como nosotros, eran unos seres ridículos que iban contra el progreso histórico; incluso les arrojamos piedras para expresar nuestro desacuerdo con ellos. Muchos años después, cuando empecé a escribir cuentos sobre ellos, este personaje de cara azulada, esta imagen, apareció en mi mente. Sabía que tarde o temprano escribiría un libro sobre él, que compartiría sus cuentos con todo el mundo; sin embargo, no fue hasta 2005, cuando estaba visitando un templo budista y admirando los murales que representaban la leyenda de Las seis etapas de la gran rueda del karma, que llegué a entender cuál era la manera más adecuada de contar sus cuentos.
Haber conseguido el Premio Nobel de Literatura ha supuesto muchas paradojas. Al principio pensaba que yo era el protagonista de esas contradicciones; sin embargo, poco a poco me di cuenta de que era otra persona diferente que no tenía ninguna relación conmigo. Me convertí en espectador de un drama mientras veía al resto actuando en el mismo escenario. Había visto que al protagonista, ganador de un premio, le ofrecían flores, pero además también le tiraban piedras y agua sucia. Temía que no pudiera aguantarlo. No obstante, huyó de las flores y las piedras, se limpió las manchas de agua sucia y salió tranquilamente a dar un discurso al público.
Dado que soy escritor, la mejor manera de comunicar al público es escribir. Todo lo que tengo que decir está en mis obras. Las palabras que salen de la boca se las lleva el viento, sin embargo las que están escritas quedarán para la historia. Espero que ustedes puedan leer pacientemente mis obras, aunque por supuesto no tengo ningún derecho a obligarles a leerlas. Y si ya las han leído, no puedo obligarles a cambiar la opinión que tengan de ellas porque en este mundo no existe un escritor que pueda satisfacer a todos los lectores, sobre todo, en una época como la que estamos viviendo ahora.
No quería comentar nada más, pero teniendo en cuenta el momento y el lugar siento que debo hacerlo, así que les hablaré de la única manera que sé.
Soy un cuentacuentos y sigo queriendo contarles cuentos.
En los años 60 del siglo pasado, cuando estaba en el tercer curso del colegio, la escuela organizó una visita a una exposición sobre el sufrimiento. Teníamos que llorar según las órdenes de nuestro profesor. Para mostrar al profesor lo obediente que era no quise secarme las lágrimas de la cara. Al mismo tiempo, vi a unos compañeros de clase mojarse a escondidas los dedos en la boca y pintarse dos líneas de lágrimas en la cara. Por último, entre todos los que estaban llorando, ya fuera de verdad o de manera hipócrita, descubrí que había un compañero que no tenía ni una lágrima en su cara y que ni siquiera se tapaba el rostro con las manos para simular tristeza, sino que tenía los ojos bien abiertos y un gesto de sorpresa, como si no entendiera. Más tarde, denuncié este suceso al profesor y por esta razón nuestro colegio decidió ponerle oficialmente un punto negativo y una advertencia. Muchos años después, cuando le confesé a mi profesor la pesadumbre que me causaba este acontecimiento, me consoló diciendo que más de una docena de alumnos fueron a quejarse también. Este compañero falleció hace unos diez años, pero cada vez que recuerdo esta anécdota, me siento muy apenado. Aprendí una gran lección con este asunto: aunque todo el mundo llore, debemos permitir que haya personas que no quieran llorar. Y como hay otras que fingen sus lágrimas entonces debemos sentir una especial simpatía hacia los que no lloran.
Tengo otro cuento para ustedes: Hace más de treinta años trabajaba en el ejército. Una noche, cuando estaba leyendo un libro en la oficina, entró un viejo oficial, echó un vistazo al asiento enfrente de mí y susurró para sí: “Bien, aquí no hay nadie”. Me levanté inmediatamente y me atreví a gritarle: “¿No has visto que estoy aquí?”. Aquel viejo oficial se enfureció y su cara se puso roja, yéndose avergonzado. Me sentí muy satisfecho durante mucho tiempo, me consideraba una persona valiente; sin embargo, después de muchos años, sentí un profundo arrepentimiento.
Permítanme contarles el último cuento que me contó mi abuelo hace muchos años: Hubo ocho albañiles que salieron de su pueblo natal para buscar trabajo. Para resguardarse de la tormenta que estaba a punto de caer, todos entraron en un templo en ruinas. Los truenos se sucedían, los relámpagos iluminaban el oscuro cielo, unos extraños sonidos penetraban por la puerta del templo y parecían los rugidos de un dragón. Todos estaban muertos de miedo, y sus rostros se habían vuelto pálidos. Uno de ellos comentó: “Es señal de castigo celestial. Entre nosotros debe haber alguien que ha hecho algo malvado. ¿Quién es ese maldito? Sal ahora mismo. Sal para recibir tu condena celestial y para no extender la mala suerte entre nosotros”. Obviamente, nadie quería salir fuera. Otro propuso: “Como nadie de nosotros quiere salir, arrojaremos nuestros sombreros de paja fuera y el que no vuelva significará que su dueño es la persona de la que estamos hablando. Entonces, le pediremos que se vaya”. Todos asintieron y lanzaron sus sombreros afuera. Solo un sombrero quedó en el exterior y los demás volvieron dentro. Los siete albañiles querían echar del templo a la persona cuyo sombrero había quedado fuera. El chico se negó a aceptar esa decisión. En ese momento, los siete jóvenes le cogieron y le expulsaron a la fuerza. Supongo que a estas alturas ya habrán adivinado el final del cuento: En el mismo instante en que le expulsaron el templo se hundió y los siete chicos murieron.
Soy un cuentacuentos.
Me han dado el Premio Nobel por mis cuentos.
Después de haber sido premiado han ocurrido muchas anécdotas maravillosas que serán parte de mis próximos cuentos y que me hacen creer en la existencia de la justicia y la verdad.
En el futuro seguiré contando cuentos.
¡Muchas gracias por su atención!
 Traducido del chino por Yifan Li en colaboración con Cora Tiedra Garcia.

PRENSA CULTURAL. "Gran literatura y nada más". José María Guelbenzu. (Sobre Mo Yan, Nobel de Literatura)

El Premio Nobel de Literatura Mo Yan posa junto a su esposa, Quinlan Du, después de recibir el galardón en la ceremonia de entrega de los Premios Nobel. / JONAS EKSTROMER (EFE) ("El país")

   En "El País":

Gran literatura, y nada más

¿Vamos a tener que volver a los tiempos en que se juzgaba la calidad de la obra literaria por la adscripción del autor a una u otra opción política?

 11 DIC 2012

¿Vamos a tener que volver a los tiempos en que se juzgaba la calidad de la obra literaria por la adscripción del autor a una u otra opción política? En este mundo en el que vivimos, cuando no es la economía, es la política el factor sustancial de análisis. Y a la literatura que la zurzan con hilo negro. ¿Es que de nuevo vamos a juzgar la obra literaria de Céline por su penosa inclinación al antisemitismo o la de Sholojov por su papel relevante en la Unión de Escritores Soviéticos?
Mo Yan es un escritor satírico que en sus primeras novelas (Sorgo rojo, Grandes pechos, amplias caderas...) ha mostrado, bajo un tinte entre nostálgico y romántico, la dureza real y emocional de la vida del campesinado chino y que en sus obras posteriores llegadas hasta nosotros (La vida y la muerte me están desgastando, La república del vino o Rana) ha narrado de manera implacable la miseria vital y moral de la burocracia china, el enchufismo y la corrupción de la vida social y, con una cercanía no exenta de compasión, la vida de las gentes en su lucha cotidiana por subsistir y desgranar sus pequeñas esperanzas en un medio de una aplastante mediocridad y falta de libertad. Lo ha hecho poniendo la vista tanto en la tradición china como en la literatura del mundo occidental; y lo ha hecho eligiendo como camino, de manera cada vez más acentuada, el que tantos otros escritores antes que él han debido seguir para burlar la opresión autoritaria: el humor, en su caso derivado hacia lo grotesco como herramienta literaria.
Lo grotesco —que se emparenta con la fantasía y con el absurdo— tiene antecedentes tan ilustres como Nicolás Gogol o Mijail Bulgákov. La fantasía y el absurdo acercan a Mo Yan al realismo mágico de un García Márquez o al sentimiento del absurdo de un Kafka. Como en el caso del colombiano, su inspiración procede de la literatura y de los cuentos de su abuela…
Lo que escribe Mo Yan es gran literatura y como tal acabará siendo apreciado por encima de la coyuntura política y bajo esa luz ha de ser juzgado. Sus personajes son una verdadera representación de la comedia humana, tan reconocibles para el lector occidental como para el lector oriental. Ellos y su literatura son su defensa y su auténtica fe de vida.

sábado, 16 de mayo de 2009

PRENSA CULTURAL. "Babelia". 16 mayo 2009

1. Las obsesiones de Modiano. Vivió desde niño impresionado por las ausencias, los garajes y las guías de teléfonos. El autor francés persigue en sus novelas las huellas de otros y dibuja un París "casi onírico". Varios de sus títulos coinciden en las librerías. Entrevista.

2. Los misterios del pasado. Artículo del periodista y novelista francés Claude Castéran sobre Patrick Modiano.

3. Pitones de Birmania. Muñoz Molina escribe sobre el valor del esfuerzo y de la cultura, o sea, en contra de la piratería informática.

4. "La felicidad ha sido demonizada". Entrevista a Andrés Trapiello, con motivo de la aparición de su nueva novela, Los confines. También podemos leer las primeras páginas.

5. El amor como absoluto. Crítica de Los confines.

6. Las vidas de Álvaro Enrigue. Carlos Fuentes reseña Vidas perpendiculares, novela de Álvaro Enrigue. Aquí, sus primeras páginas.

7. Fábula de la resistencia. José María Guelbenzu reseña la novela La vida y la muerte me están desgastando, del chino Mo Yan. Aquí, sus primeras páginas.

8. El silencio de la Mafia. Al hilo del fenómeno Saviano, diferentes libros sobre las organizaciones criminales de Italia ofrecen datos, pruebas y nombres logrados tras años de minuciosa investigación. Reportaje.