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jueves, 23 de febrero de 2012

PRENSA. "La caída de los tiranos", por Lluís Bassets

Lluís Bassets

   En "El País":
La caída de los tiranos
   La ‘primavera árabe’ se puede explicar por la unidad de sus gentes y la unidad de sus sufrimientos: Lluís Bassets disecciona las claves en su libro 'El año de la revolución'.

Lluís Bassets 19 FEB 2012
 
   ¿Por qué ahora, entre el invierno y la primavera de 2011? ¿Por qué no sucedió antes, en 2008, por ejemplo, cuando ya crecía el descontento por los precios de los alimentos? ¿Por qué, primero en Túnez y luego en Egipto? ¿Por qué no empezó por Argelia o por Marruecos? ¿Por qué han tardado tanto en caer estos regímenes, al final tan débiles y vulnerables? ¿Y por qué un contagio tan rápido en muchos casos entre países tan distantes y heterogéneos?
   Una revolución es algo inesperado por definición. Las explicaciones convincentes llegan después, a pelota pasada, una vez ya ha tenido lugar. Nos servirán para entender tanta estabilidad previa, es decir, para explicar la idea conservadora que la hacía impensable. Así ha sucedido siempre, y no iba a ser este caso una excepción.
   En el caso de la primavera árabe se da, además, una necesidad adicional: no se trata tan solo de saber cómo llegaron los impulsos revolucionarios de un país a otro, sino, sobre todo, de explicar el porqué de los efectos en cadena, tan imprevistos como la revolución misma; recordemos el sonsonete: Egipto no es Túnez. Recordemos cómo los hechos lo desmintieron.
   Hay épocas revolucionarias en las que un solo país es el que trastoca el orden social y político establecido, en medio del mayor aislamiento internacional; pero hay otras en las que la primera ignición de la llama revolucionaria desencadena el efecto dominó tan temido por la contrarrevolución. Cuando esto sucede, como ha sido el caso, alguna razón habrá también para explicar el alcance de un fenómeno que abarca una región del planeta tan extensa y variada en regímenes, demografía, rentas, recursos naturales e, incluso, religiones o, al menos, ramas de la misma creencia.
   El efecto en cadena se puede explicar por la unidad de la nación árabe y la unidad de sus sufrimientos: jamás había prosperado una revolución ciudadana y democrática en este territorio aparentemente hostil al gobierno del pueblo. En monarquías y en repúblicas, en países petroleros y en países turísticos, con el islam rigorista y con el islam tolerante, la autocracia ha sido hasta ahora la forma de gobierno imperante, con exclusión y anulación del ciudadano individual y de cualquier sistema eficaz de garantías en el ejercicio de la democracia: división y equilibrio de poderes independientes, Estado de derecho, alternancia de poder y parlamentarismo democrático.
   Además del sustrato que pueda haber en común en una región tan variada, hay un mecanismo que ha funcionado sin duda alguna: los ciudadanos de estos países se sienten vinculados entre sí y observan lo que sucede en cada uno de ellos como una posibilidad que puede hacerse efectiva en el suyo propio. Es de efectos devastadores para los autócratas ver cómo funciona la fuerza del ejemplo en unas opiniones públicas que se sienten profundamente vinculadas en una comunidad de lengua y de civilización, impulsada en nuestra época por los medios de comunicación globales. Es significativo el uso reiterado del mismo eslogan surgido de Túnez en todas las revueltas árabes: “El pueblo quiere la caída del régimen” (ash-shab yurid isqat an-nizam).
   El carácter panárabe de la revolución, por tanto, radica más en la capacidad para comunicarse y sentirse parte de un mismo universo cultural e, incluso, sentimental, emulándose unos a otros, que en los deseos de superar efectivamente las naciones-Estado en el marco de una unidad política árabe que ahora nadie propone y que se halla, de momento, al menos, totalmente desaparecida del imaginario político de los jóvenes.
   Es un panarabismo televisivo, un nacionalismo árabe por defecto, casi un pospanarabismo que ha superado la etapa de las quimeras de una unidad supranacional como reacción al colonialismo, y que responde, por supuesto, a las nuevas condiciones de internacionalización de la economía y de globalización de las clases medias de lo que fue el Tercer Mundo.
   A un año de su estallido, el debate sobre la cadena de causalidad de la primavera árabe no ha hecho más que empezar. Pero hay un acuerdo generalizado sobre la existencia, al menos, de cinco claves de explicación: el peso de los jóvenes en estas sociedades; la coyuntura económica y, especialmente, el incremento de los precios de los alimentos; las inciertas sucesiones de autócratas instalados en el poder durante decenios; las nuevas formas de comunicación política y, finalmente, el ciclo de cambios geopolíticos y de desplazamiento del poder mundial en el que se inserta esta oleada revolucionaria.
   La explicación más intuitiva para el estallido de revueltas en cualquier país la proporciona la existencia de una nutrida población revoltosa. Allí donde abunda la población en edad joven, desocupada y descontenta, hecho harto frecuente entre los individuos de menos edad, podemos pensar que las posibilidades de disturbios que perturben el orden público, y que en determinadas circunstancias lleguen a retar al poder establecido, son más altas.
   Las revueltas de Mayo del 68 en todo el mundo fueron producto del baby boom de la posguerra. Lo mismo cabe decir de las revueltas árabes actualmente en marcha, que se producen en sociedades con una altísima proporción de jóvenes. Simplificando, podríamos decir que un tercio de los árabes tienen menos de 15 años; otro tercio, entre 15 y 25, y el tercio restante, más de 25. La media de edad de la población es de 29 años en Túnez y de 24 en Egipto, mientras que en España es de 40, o en Alemania, de 44.
   Emmanuel Todd, en su libro-conversación Allah n’y est pour rien, encuentra en las tasas de alfabetización y en la caída de la fecundidad las explicaciones para el cambio e, incluso, de las revoluciones. Cuando los hijos ya saben leer y las mujeres empiezan a controlar la natalidad se ha culminado la modernización. Así, desde el punto de vista demográfico, no es ni siquiera una casualidad que Túnez haya sido el país vanguardista en el estallido de las protestas, y Egipto el que llega a continuación, puesto que ambos países se encuentran entre los avanzados en cuanto a la evolución de su población.
   La transición demográfica (momento en que una sociedad alcanza un nivel de baja mortalidad y un tope en la natalidad que abrirá las puertas a sociedades envejecidas como las occidentales), que ha empezado en el conjunto de países árabes, en el caso de Túnez ya ha culminado, aunque en otros países revolucionarios como Yemen tardará todavía unas tres décadas en hacerlo. Otro dato significativo para el Túnez pionero en la revolución es que su tasa de fecundidad es la más baja de la región, del 1,9%, inferior a la de Francia.
   Un tercer elemento antropológico le ayuda a Todd a buscar la explicación: la caída en la tasa de matrimonios endogámicos, muy alta en las sociedades árabes tradicionales, donde la boda entre primos alcanza tasas históricamente muy altas (30%). “La irrupción de la democracia es la irrupción del ciudadano, el individuo libre en el espacio público, es la idea de la apertura, de la comunicación, mientras que la endogamia es lo contrario: la cerrazón del grupo familiar”, asegura el demógrafo.
   La plétora juvenil, que le sirve a Todd como parte de su explicación para la revolución, corresponde al estallido de la bomba demográfica que significa la multiplicación por cinco de su población en un siglo y la persistencia de un crecimiento anual del 2,3%. Un país como Egipto, con 20 millones de habitantes a principios del siglo XX, tiene ahora 70 y tendrá 121 en 2050. La transición demográfica terminará después del estallido de la bomba demográfica, que en los países árabes evidencian las cifras de una población de 172 millones en 1980, 331 millones en 2007, y 385 millones en 2015.
   Este crecimiento debe traducirse en necesidades de alimentos, agua, educación, sanidad, transportes y, sobre todo, en oferta de puestos de trabajo. Según el Informe de Naciones Unidas sobre Desarrollo Humano en el mundo árabe de 2009, deberían crearse más de 50 millones de puestos de trabajo hasta 2020 para cubrir la oferta juvenil que entrará en el mercado.
   La insatisfacción de los jóvenes revoltosos tiene que ver con todo este cúmulo de necesidades sin cubrir o mal cubiertas, pero se explica sobre todo por los niveles pavorosos de paro juvenil en sociedades con redes de protección comunitarias o familiares muy débiles o inexistentes. Se hace evidente, así, que la bomba demográfica tan temida desde los países occidentales ha estallado en toda la cara de las dictaduras árabes.
   Junto a la evolución demográfica actúa el factor más coyuntural, pero no menos profundo en sus efectos, como es la presente crisis económica y financiera; si bien los países de Oriente Próximo y África del Norte se han visto menos afectados o lo han sido más tarde, sobre todo los productores de energía, favorecidos por el mantenimiento de los precios. Así, en 2010 hubo países donde se registraron cifras de crecimiento muy altas, como el de Catar, del 16%, en un contexto regional para Oriente Próximo exclusivamente del 3,6%. O Libia, del 10,6%, con un crecimiento regional para África del Norte de algo más del 5%.
   El crecimiento no conduce a mejoras en la tasa de desempleo, que se sitúa para la región alrededor del 10% y significa la tasa más elevada del mundo. El desempleo entre los jóvenes es especialmente alto, cuatro veces superior al de los adultos, agravado por la llegada a la edad laboral de las generaciones más numerosas de la historia de estos países.
   Solo el 45,4% de las personas en edad laboral, casi una de cada dos, tiene trabajo. El desempleo femenino duplica en cifras al masculino, también en cotas máximas mundiales. Solo una de cada cinco mujeres trabaja, duplicando la proporción de la media mundial de desempleo femenino. Hay que contar, además, la baja calidad de los puestos de trabajo, en cuanto a salario, tipo de contrato, cobertura social, escasa y mala sindicalización y precariedad, así como la extensión de la economía informal.
   La coincidencia entre las revueltas y la profundización de la gran recesión en Europa, donde hay países que empiezan a registrar tasas altísimas de desempleo, permite pensar que el taponamiento de la válvula migratoria hacia los países europeos también ha contribuido a incrementar la tensión en los países del Magreb, los principales exportadores de mano de obra. Una de las características de la región es que el desempleo golpea intensamente incluso a los jóvenes que han recibido mejor educación, algo que es especialmente evidente en países como Túnez.
   Las proporciones varían extraordinariamente, sobre todo cuando incluimos en las comparaciones los países petroleros del golfo Pérsico, algunos sin apenas niveles relevantes de paro entre sus jóvenes, pues se trata de población subsidiada gracias a las rentas del crudo. Argelia registra un 43% de paro juvenil, mientras que Emiratos Árabes Unidos apenas alcanza el 6,3%.
   La plétora demográfica que explica la efervescencia revolucionaria juvenil también permite interpretar las revueltas como una reacción casi biológica de unas sociedades que se hallan a punto de dilapidar el mejor capital con que se puede contar para la modernización, como es la existencia de unas generaciones jóvenes abundantes e, incluso, mejor preparadas que las anteriores. Esta reserva de energías estancada por la falta de libertad de las dictaduras y por los subsidios desincentivadores de los Estados rentistas ha terminado estallando y reclamando el protagonismo político y económico que los jóvenes árabes no han podido tener nunca en la historia de sus países.
   Los países árabes han conocido históricamente series de revueltas vinculadas a la inflación y a la pérdida de capacidad adquisitiva por parte de las clases populares, sobre todo respecto a los productos básicos, es decir, los alimentos. Son las revueltas del pan, casi siempre resueltas con una combinación de represión y de reparto de este manjar básico. Esta vez, también el incremento en el precio de los alimentos se cuenta entre los elementos causantes de las revueltas, y casi todos los regímenes han reaccionado con la respuesta reglamentaria de actuación inmediata y urgente sobre los precios, quitando o rebajando impuestos y tarifas, aumentando subsidios directos e, incluso, en algunos casos, como en Arabia Saudí, proporcionando ayudas directas en dinero a las familias: solo en el capítulo de ayudas directas, 2011 ha sido un año de reparto entre los ciudadanos del maná controlado por los gobernantes. (...)
   Las revueltas vienen a interrumpir los intentos sucesorios de las dictaduras más largas del planeta o, lo que es peor, el intento de institucionalización de monarquías republicanas, que los árabes bautizan como jamlaka, mezcla de república (jumhuriyya) y de monarquía (mamlaka), gracias a la patrimonialización del Estado por parte de la familia gobernante; algo que ya ha sucedido en un país árabe central como es Siria, con resultados hasta la llegada de la primavera árabe aparentemente satisfactorios para la estabilidad.
   Nada temían más los egipcios que el hecho de que Mubarak intentara presentarse de nuevo a las elecciones presidenciales previstas para septiembre de 2011, a sus 83 años y en el poder desde 1981. Lo mismo cabe decir de Ben Alí en Túnez o de Salé en Yemen. El elemento causante de la revolución, por tanto, es el exceso, visiblemente insoportable para la población, algo que fue perfectamente detectado por los observadores políticos, aunque no siempre sacaron las debidas consecuencias, tal como queda en evidencia en los cables del Departamento de Estado revelados por Wikileaks.
   (...)
   Las revoluciones se producen por la avería generalizada de unos sistemas que no son capaces de preparar su propia reproducción y su futuro, aunque se hace imposible disociar la fosilización de estos regímenes de una actitud occidental que precisamente premiaba y estimulaba su nula capacidad de cambio, al convertirlos en guardianes fieles y nada discutidores de los intereses europeos, estadounidenses e israelíes en la zona. A esa tarea, los autócratas contribuían con un chantaje permanente sobre las democracias occidentales, utilizando el terrorismo, la inmigración, los problemas bilaterales (Ceuta y Melilla, tráfico de droga o el conflicto del Sáhara, en el caso de la relación de Marruecos con España) o su posición y papel estratégicos (Egipto y Jordania en relación con el statu quo con Israel).
   Los dictadores hicieron así la aportación de su empecinado inmovilismo a la creación de las condiciones revolucionarias, pero también lo hicieron los Gobiernos occidentales con su ceguera estratégica y su complicidad culpable e interesada en las dictaduras. Cuando estallaron las revueltas, los tiranos combinaron la represión con precipitadas renuncias a presentarse de nuevo y con vagas promesas de elecciones libres que excluirían la sucesión familiar. Pero era ya tarde y cada cesión se convirtió en una prueba de debilidad, un aval a la determinación de los revolucionarios y, en consecuencia, un paso más hacia el abismo.
   Los enormes cambios experimentados por los medios de comunicación, específicamente en el mundo árabe, son otro elemento de explicación imprescindible para la comprensión de las revueltas. Durante sesenta años, cada uno de estos países ha funcionado como una olla a presión donde la tensión interna fue creciendo permanentemente sin llegar nunca a un estallido de suficiente potencia. Pero cuando entran en juego los nuevos medios globales, los problemas se desencapsulan, adquieren dimensión internacional, suscitan solidaridades y emulaciones y, lo más importante, se rompen las censuras y barreras establecidas por cada uno de los Estados. Los árabes no son libres dentro de cada uno de sus países, pero se convierten o empiezan a actuar como ciudadanos libres en la globalización tecnológica.

lunes, 9 de enero de 2012

PRENSA. "2011 y después", por Samí Naïr

Samí Naïr
   En "El País":
2011 y después

SAMI NAÏR 31/12/2011

   Es una perogrullada subrayar que este año 2011 será uno de los más importantes de esta primera mitad de siglo. Y ello tanto por la ruptura que introduce respecto al pasado cercano y más lejano como por las potencialidades que encierra para el futuro. Es, de entrada, el año del comienzo de una nueva época para el mundo árabe. Gracias a la revolución tunecina, este ha alcanzado el tiempo del mundo moderno al colocar la cuestión de la democracia en el centro de su historia. Aunque esta transformación implica regresiones religiosas allí donde se ha producido la revolución (Túnez, Libia, Egipto), estas no pueden disminuir el significado histórico de la revolución misma.
   En efecto, lo que en todas partes caracteriza a esta revolución es el desplazamiento radical de la soberanía: desde las independencias (en resumen, desde el final de la II Guerra Mundial), la soberanía había sido confiscada por Estados burocráticos y militar-policiales. Vuelve a la sociedad, a los pueblos. Este desplazamiento es de una importancia capital para el acceso a la modernidad. Se produce al hilo de una retórica contemporánea y moderna: la de los derechos de los pueblos a disponer de ellos mismos frente a sus propios poderes estatales. Es por ello que los derechos del hombre, la exigencia ardiente de ciudadanía y la libertad de conciencia han estado en el centro de esos levantamientos.
   Los movimientos islamistas, los únicos que estas últimas décadas han organizado la resistencia civil contra las dictaduras establecidas, se aprovechan hoy democráticamente de ese desplazamiento de soberanía cuando se organizan elecciones democráticas. Nada hay que objetar: la democracia no se reparte, salvo si los que se benefician de ella quieren utilizarla para instaurar un nuevo orden totalitario. Veremos muy rápidamente lo que ocurre. Porque lo seguro es que la revolución democrática árabe no se detendrá aquí. Los movimientos, tanto islamistas como militares (Egipto, Libia), que se han colocado a la cabeza de los levantamientos tendrán enormes dificultades en controlar lo que se ha desencadenado en profundidad en las sociedades.
   ¿Por qué? Simplemente porque se trata de la llegada de una revolución de los derechos del hombre y del ciudadano, directamente vinculada y determinada por la "globalidad" de los valores republicanos, que, independientemente de la naturaleza de los sistemas políticos, se imponen en todas partes del mundo. En definitiva, la batalla no ha hecho más que empezar en el mundo árabe. No más que los militares o la policía, los partidos religiosos no lograrán imponer su ley siniestra. La batalla que se anuncia será la de la sociedad contra las fuerzas de regresión que esta lleva también en su seno. Está claro que se ha abierto una época de gran inestabilidad.
   La segunda gran enseñanza de este año 2011 es el fin de un mito y de un sueño. El mito de la construcción federal de una gran Europa, que ha fracasado sobre las riberas devastadas de la crisis económica mundial. Era inevitable, y ello al menos por dos razones. La primera es el modelo institucional escogido, economicista e incoherente, que con el Tratado de Maastricht ha instaurado una moneda única para 17 países diferentes por sus desarrollos económicos y sus culturas políticas. El euro tenía que unir, fundar una zona de desarrollo óptima, pero divide y crea desigualdades insoportables entre las naciones. El sistema era malo. La moneda única fue mal concebida. Corre el peligro de morir pronto. Es una lástima, porque Europa merece existir para hacer frente a los desafíos de la globalización económica y financiera. Hay que orientarse lo más rápido posible hacia una alianza monetaria de sustitución, que será probablemente una moneda común en una Europa conscientemente confederal. Es el camino de la sensatez. ¡Aunque vaya golpe ha recibido el sueño europeo! Queríamos una Europa social dirigida por los pueblos. Hemos tenido una Europa antisocial bajo la tutela de las multinacionales. Resultado inevitable de la elección impuesta por los ambientes políticos y financieros europeos: hacer de Europa un espacio de desarrollo intensivo de la globalización liberal. Pero la Europa liberal se desmorona desde 2008 bajo las contradicciones del propio liberalismo globalizado.
   Estos dos grandes acontecimientos, revolución árabe y crisis de Europa, solo están separados aparentemente. Puesto que en ambos casos ha estallado el mismo grito: respeto al derecho a la dignidad en un mundo árabe sometido a la dictadura militar-policial, respeto a la dignidad social en una Europa sometida a la dictadura de los mercados financieros y a la irresponsabilidad de las élites políticas. Lo que venga después de 2011 se inscribirá inevitablemente en el eco de ese grito de esperanza.

   Traducción de M. Sampons.

viernes, 30 de diciembre de 2011

PRENSA. "Homs", por Maruja Torres

Maruja  Torres
   En "El País":
Homs

MARUJA TORRES 29/12/2011

   Harta de frascas y guindos, de trajes y chorizos, harta de sordidez y de miseria humana, vuelvo hoy mis ojos, y os ruego que me acompañéis, a una tragedia verdadera, a un país, Siria, que está siendo martirizado, y a una ciudad, Homs, que sufre desde hace cinco meses el sitio de los tanques del Ejército del dictador Bachar el Asad, y el acoso de los francotiradores. No hay guerra allí: hay civiles que están siendo castigados para que nadie levante cabeza ni reclame libertad ni democracia. Homs: ciudad-símbolo.
   Como es de esperar en estos casos, el régimen no permite la entrada de periodistas extranjeros; y a los informadores locales que, heroicamente, se organizan para mandar noticias desde dentro, les dispara. Pero una mujer, Mónica G. Prieto, una periodista y reportera de raza, ha burlado el sitio, ayudada por los insurgentes -no ha sido por una cabezonada de joven embravecida: con profesional lentitud preparó todo el asunto-, y ha permanecido allí, viendo con sus propios ojos, grabando con su propia cámara. Por fin, aprovechando la llegada de los observadores de la Liga Árabe, ha podido salir tal como entró, clandestinamente, y ha regresado a su hogar de Beirut. Y, sobre todo, ha podido contar ya sin que peligre su vida.
   Desde ayer sus reportajes y sus crónicas, con fotografías y vídeos, se publican en www.periodismohumano.com, y en www.cuartopoder.es: devoradlos. No solo porque Mónica se jugó la vida para dar voz a la verdad, sino porque esa verdad refleja un dolor frente al que no podemos permanecer indiferentes solo porque un dictador sanguinario ha decidido amordazar a los medios de comunicación.
   Nuestra humanidad está en juego a finales de este año aciago, y frente a las aciagas perspectivas del próximo. Pero el conocimiento siempre nos ayudará a mantener la indignación y la dignidad.

sábado, 24 de diciembre de 2011

PRENSA. "Ciudadanas", por Lluís Bassets

Mujer golpeada por soldados en la plaza Tahrir (Egipto)

   En "El País":
Ciudadanas

LLUÍS BASSETS 22/12/2011

   Ellas son el cambio. Ellas son la revolución. Las hemos visto en primera fila en las manifestaciones, también a la hora de recibir los golpes. Con velo y con la cabeza descubierta, islamistas o laicas, jóvenes o maduras, las mujeres árabes han sido protagonistas como los hombres, al lado de los hombres, de la oleada revolucionaria que ha cruzado este 2011 el mundo árabe desde el Atlántico hasta el golfo Pérsico. Ahí estaban, a veces incluso en papeles destacados en las revueltas. Por ejemplo, como blogueras, que quiere decir animadoras destacadas de este movimiento sin líderes. Tres nombres bastan: la yemení Tawakul Kerman, detenida varias veces y ya premio Nobel de la Paz; la tunecina Lina Ben Mehnni, autora de La revolución de la dignidad, donde recoge los textos de su blog en los días del derrocamiento de Ben Ali, y ahora la egipcia Mona Eltahawy, detenida y agredida sexualmente por los soldados del mariscal Tantaui.
   No es la primera vez. Todas las historias de las revoluciones y los movimientos de liberación árabes nos cuentan lo mismo. Nunca han faltado a la cita. Ahí estaban, desmintiendo el tópico de unas mujeres retraídas y desinteresadas por la vida política. Luego desaparecen y regresan a la invisibilidad de siempre. Así ha sucedido siempre en el pasado.
   Este era y es un mundo de hombres, regido por los hombres, amoldado por y para los hombres. Cuando entra en crisis, las mujeres salen por todas partes, incluso en las sociedades que más las ocultan y velan, como en Arabia Saudí, donde este año han reivindicado un derecho tan sencillo como conducir sus automóviles y han obtenido el derecho activo y pasivo de sufragio para las próximas elecciones. Luego, cuando la polvareda de las revueltas se esfuma, el mundo masculino y machista las elimina de nuevo de la escena pública y todo se llena de hombres, barbudos en buena parte. Las presidencias de las Repúblicas, los Gobiernos interinos, los nuevos Parlamentos, las comisiones encargadas de redactar las nuevas Constituciones, todo se llena de hombres. Aunque el Túnez revolucionario impone listas paritarias en sus primeras elecciones, las mujeres no encabezan las listas y al final solo una cuarta parte de los escaños quedan para ellas.
   La egipcia es una sociedad muy joven: 24 años de edad promedio frente a 40 años en España. Simplificando, una tercera parte de la población tiene menos de 15 años; otro tercio, entre 15 y 25, y el tercio restante, más de 25. La mitad de esta plétora de jóvenes, deseosos de vivir con dignidad y libertad, son mujeres. Solo por estas simples razones estadísticas no podían faltar las jóvenes a las citas revolucionarias. Hay además un cambio generacional y cultural, al hilo de la globalización y de la tecnología de las comunicaciones, que clama por espacios de mayor libertad para las egipcias y tunecinas, las más liberadas, o incluso las saudíes o yemeníes, las más sojuzgadas.
   Su presencia y protagonismo en las protestas es la revolución misma, y por eso es insoportable para los contrarrevolucionarios. Las violaciones y malos tratos a las mujeres que protestan y se manifiestan se convierten así en instrumentos represivos. Y cuando la revolución sostiene su envite frente al poder militar que se resiste, como ha sucedido en Egipto, son las mujeres las que sufren la represión con especial crueldad. Lo prueba la foto, convertida en símbolo, de una mujer apaleada y despojada de su velo por los soldados en la plaza de Tahrir. O las llamadas pruebas de virginidad a las que los militares sometieron al menos a 17 mujeres con la excusa vergonzosa de que trataban de comprobar si eran prostitutas puesto que se manifestaban y quedaban a dormir en la plaza junto a los hombres.
   El poder dictatorial, prolongado por los militares, como el de los partidos islámicos, es de los hombres. Los hombres poderosos no quieren que las mujeres se alcen en pie de igualdad, ciudadanas exactamente iguales que los otros ciudadanos. Si no pueden limitar los derechos de los hombres, al menos intentan limitar los de las mujeres. Las ideologías islámicas y el salafismo en especial, ahora en ascenso, siguen expulsando y relegando a la mujer, que es una menor de edad según la legislación coránica, al menos en sus interpretaciones más conservadoras. Las leyes civiles en casi todo el mundo árabe, incluido el Túnez más liberal, discriminan gravemente a las mujeres. Basta con observar el derecho sucesorio, que atribuye a los hijos varones el doble de herencia que a sus hermanas. Habrá que ver qué sucede con la condición femenina en las nuevas Constituciones y en las legislaciones que se deriven de ellas.
   La foto de la mujer maltratada por los soldados en Tahrir no es una anécdota. Es la imagen misma de lo que está en juego. La condición de la mujer será la prueba del cambio. Los hombres árabes no serán libres si las mujeres no son libres, ciudadanas con los mismos deberes y derechos que los otros ciudadanos. El destino de las mujeres es el de las revoluciones.

viernes, 23 de diciembre de 2011

PRENSA. "¿Hacia dónde va Egipto?", por Ignacio Álvarez-Ossorio

Ignacio Álvarez-Ossorio

   En "El País":
¿Hacia dónde va Egipto?

IGNACIO ÁLVAREZ-OSSORIO 22/12/2011

   La celebración de la primera fase de las elecciones legislativas egipcias ha deparado no pocas sorpresas. Aunque se daba por descontado el triunfo del islamista Partido 'Libertad y Justicia', la irrupción del salafista 'Al Nur' ha generado inquietud no solo entre los sectores liberales y la minoría copta, sino también entre los propios Hermanos Musulmanes que hasta ahora venían detentado en solitario el monopolio del islam político.
   Pese a haber mantenido una actitud ambigua en las movilizaciones que propiciaron la caída de Mubarak, las formaciones islamistas han sido las principales beneficiarias, como demuestra el hecho de que hayan obtenido dos de cada tres de los votos depositados en las urnas.
   Aunque algunos exégetas sigan empeñados en presentar una foto fija del movimiento de los Hermanos Musulmanes a partir de sus textos fundacionales, para conocer sus actuales planteamientos parece más oportuno acudir al programa de su plataforma electoral: el Partido Libertad y Justicia. En él se reivindica la Revolución del 25 de Enero que habría permitido al pueblo egipcio "salir del túnel de la pobreza, la ignorancia y la enfermedad y abrazar la libertad, la democracia, la justicia social y los derechos humanos tras poner fin al autoritarismo político, la opresión social, el saqueo económico, el atraso científico y educativo y la manipulación informativa". El programa defiende el equilibrio de poderes, las libertades públicas, la alternancia en el Gobierno y la sociedad civil. Como no podía ser de otra manera también reafirma sus posicionamientos tradicionales en torno a la necesidad de que los valores del islam guíen la vida individual y pública y que los principios de la sharía sean la principal fuente de jurisdicción (como, de hecho, ya recoge la actual Constitución).
   No obstante, los dirigentes islamistas son plenamente conscientes de que no es posible una vuelta atrás y que la calle egipcia no permitirá que un autoritarismo sea reemplazado por otro. Las líneas rojas establecidas por la revolución de Tahrir son claras: plena libertad de expresión, de reunión y de organización y establecimiento de una democracia multipartidista.
   Pese a que todo parece indicar que será la mayor fuerza parlamentaria, el Partido Libertad y Justicia se verá obligado a legislar para todo el pueblo egipcio y no solo para sus votantes, lo que implica que deberá establecer alianzas con los sectores liberales y con los partidos laicos (tal y como ha hecho Ennahda en Túnez). En pocas palabras: deberán realizar un ejercicio de pragmatismo y evitar el frentismo para impedir que la brecha entre religiosos y laicos se amplíe.De ahí las declaraciones de su líder Mohamed Morsi: "No buscamos el monopolio del poder ni tampoco deseamos controlar el Parlamento. Esto no sería del interés de Egipto. Queremos un Parlamento equilibrado que no sea dominado por ningún partido".
   Al inclinarse por esta fórmula pretendería lanzar un mensaje de moderación en la línea de lo que la comunidad internacional espera oír, pero también blindarse ante un periodo extremadamente complejo en el que hará falta mucho diálogo y consenso para afianzar la transición y reducir, de manera progresiva, el peso de los militares. Una alianza con los partidos liberales les otorgaría, además, un certificado de buena conducta ante los países occidentales que, alarmados por el ascenso de los salafistas, no tienen otra opción que reconocer como interlocutor al Partido Libertad y Justicia, aunque sea como un mal menor.
   Si la victoria de los islamistas moderados era del todo previsible, la gran sorpresa de la primera ronda electoral la ha deparado la inesperada irrupción del partido Al Nur, que ha alcanzado casi el 25% de los votos. La sorpresa es doble puesto que los salafistas siempre han sido reacios a participar en el juego político. Hasta hace poco, los clérigos salafistas tachaban a la democracia como una forma de apostasía y, en consecuencia, rehusaban concurrir a las elecciones.
   Este movimiento, de carácter puritano y rigorista, pretende erigir una sociedad a imagen y semejanza de la umma establecida 14 siglos atrás por Mahoma. Además, promueve una lectura literal de los textos sagrados, la plena instauración de la sharía, el restablecimiento del califato y la estricta separación de sexos. En los últimos años, los salafistas han creado una extensa red de asociaciones caritativas y de beneficencia que prestan ayuda a los sectores más desfavorecidos de la empobrecida población. No debe olvidarse que, según el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo, dos de cuatro egipcios viven bajo el umbral de la pobreza.
   Esta tarea ha contado con la inestimable ayuda de las petromonarquías del golfo Pérsico (y, en particular, de Arabia Saudí), que han engrasado la maquinaria salafista y financiado la construcción de numerosas medersas desde donde se ha propagado su ideario radical.
   Por todos es sabido que la monarquía saudí está extraordinariamente preocupada por el avance de la primavera árabe. Su objetivo es establecer un cortafuegos para evitar la consolidación de la democracia en el Egipto pos-Mubarak y en el resto del mundo árabe, hecho que tendría funestas consecuencias para el propio reino.
   Los petrodólares también financian una docena de canales por satélite desde los cuales los telepredicadores ultraconservadores pontifican sobre lo divino y lo humano y propagan una visión extremadamente reaccionaria de la religión musulmana. Uno de los máximos referentes de los salafistas es el teólogo medieval Ibn Taymiya, al que se atribuye la máxima "60 años de un gobernante injusto son mejores que una sola noche sin Gobierno". Se entiende así que el depuesto Mubarak favoreciera la implantación de los salafistas con el objetivo de mantener a los egipcios alejados de la política, pero también de crear un contrapeso a los Hermanos Musulmanes.
   Como ha señalado el escritor Alaa al Aswany, los telepredicadores "jamás hablan de libertad, justicia e igualdad, que son los valores humanos para cuya realización el islam fue originalmente revelado". De hecho, cuando estalló la Revolución del 25 de Enero, el influyente clérigo salafista Mahmud Amer criticó la movilización ciudadana y recordó que, según los textos sagrados, estaba estrictamente prohibido alzarse contra los gobernantes.
   Aunque los islamistas moderados del Partido Libertad y Justicia hayan aceptado formalmente las reglas del juego político, en el futuro tendrán que esforzarse por disipar las sospechas en torno a la posible existencia de una agenda oculta y demostrar que son capaces de conciliar islam y democracia. También deberán convivir con una Junta Militar escasamente proclive a ceder el poder a un Gobierno civil y, mucho menos, a uno controlado por los islamistas. Previsiblemente el Consejo Supremo de las Fuerzas Armadas, dirigido por el mariscal Tantawi, tratará de evitar que el poder islamista se extienda más allá del Parlamento, para lo que empleará todas las prerrogativas constitucionales que todavía conservan.
   Todo parece indicar, pues, que el pulso entre los islamistas y los militares no ha hecho más que empezar y continuará, al menos, hasta que la celebración de las elecciones presidenciales y la redacción de la nueva Constitución despejen algunas de las incógnitas que ahora se ciernen sobre Egipto.
   En los próximos seis meses, salafistas y liberales deberán elegir cuál de los dos partidos tomar si no quieren quedar relegados a un segundo plano en la edificación del Egipto pos-Mubarak.

   Ignacio Álvarez-Ossorio es profesor de Estudios Árabes e Islámicos de la Universidad de Alicante.

lunes, 19 de diciembre de 2011

PRENSA. Entrevista a Shirin Ebadi, premio Nobel de la Paz 2003

Shirin Ebadi, primera mujer musulmana en recibir el Nobel de la Paz.- SOFÍA MORO. ("El País")
   En "El País Semanal":
ENTREVISTA: SHIRIN EBADI
"No basta con derrocar al tirano, hay que construir la democracia"

JAVIER AYUSO 18/12/2011

   La primera mujer musulmana en recibir el Nobel de la Paz, en 2003, se mantiene firme en sus críticas al régimen iraní y la manipulación del islam contra la mujer. Ni el exilio ni las amenazas le callan.

   "Lamento mucho que no hayan permitido que la corresponsal de EL PAÍS se quedara en Irán. El Gobierno iraní es enemigo de los periodistas". Ese es el saludo de Shirin Ebadi, mientras estrecha la mano del periodista y antes siquiera de sentarse para iniciar la entrevista. Lo dice en su lengua, el farsi, porque aunque entiende el inglés prefiere tener la conversación con intérprete.
   Ella sabe muy bien lo que es ser expulsada de un país. Desde hace dos años, Shirin Ebadi (Hamadán, Irán, 1947) no puede volver a su país. Sería encarcelada y nadie sabe cómo acabaría. "Un día antes de las elecciones de 2009", explica con tristeza, "salí de Irán para participar en un seminario aquí en España; desde entonces no he podido volver a Irán. La mayoría de mi familia está en Irán. Mi esposo y mi hermana fueron detenidos para presionarme y que volviera a Teherán. Ahora están en libertad bajo fianza, pero no pueden salir del país. El Gobierno dice que yo no he pagado mis impuestos del Premio Nobel de la Paz y ha confiscado todas mis propiedades. Han vendido mi casa y han acabado con las ONG que establecí. Además, recibo amenazas de muerte continuas".
   Dice que está en contacto diario con su familia y sus colaboradores en Teherán, pero no por teléfono o correo electrónico, que podrían intervenir, y asegura que es mejor no explicar cómo lo hace, porque cerrarían los canales. Desde entonces vive de ciudad en ciudad, de país en país, contando las atrocidades del régimen de Mahmud Ahmadineyad. "Vivo en los aeropuertos y los aviones", dice, "porque viajo 300 días al año".
   Shirin Ebadi ha sido calificada muchas veces como "la conciencia de Irán". Fue la primera mujer musulmana que recibió el Premio Nobel de la Paz, en 2003, después de una larga vida de lucha por la democracia y los derechos humanos en Irán. Fue la primera mujer juez en su país, en 1970, con solo 23 años, cargo del que fue expulsada en 1979, después de la revolución iraní, que acabó con el gobierno totalitario del sah Mohammad Reza Pahlevi y la llegada al poder del ayatolá Jomeini.
   "Cuando terminé los estudios de derecho", recuerda, "me hice juez porque pensé que así podría ayudar a que realmente se hiciera justicia en mi país. Y cuando llegó la revolución, me expulsaron de mi trabajo por ser mujer. Así que lo tuve que dejar y abrí mi propio despacho de abogado y decidí dedicarme completamente a las actividades relacionadas con los derechos humanos".
   Había luchado por la democracia en Irán y muy pronto descubrió que no basta con acabar con los dictadores, sino que hay que trabajar para convertir un país totalitario en otro democrático. "No basta con derrocar al tirano", dice con energía, "sino que tenemos que trabajar para establecer democracia. En 1979, el pueblo iraní tuvo su revolución, conseguimos echar a un dictador, pero desgraciadamente no llegó la democracia en su lugar, sino que llegó otro dictador".
   La entrevista se realiza el 21 de octubre, un día después del linchamiento del dictador libio Muamar el Gadafi, cerca de su ciudad natal, Sirte. "Esta es mi llamada de atención a los países árabes en los que se están registrando movimientos contra las dictaduras gobernantes: tened cuidado, no vaya a ser que después de tanta sangre derramada no se construya una democracia en estos países".
   En un hotel de Madrid, donde asistió a unas jornadas sobre El ser creativo, patrocinadas, entre otros, por el Centro de Innovación del BBVA, Shirin Ebadi se muestra cansada y, en cierto modo, desesperanzada sobre el camino que lleva el mundo.
   De todas formas, ayer cayó Gadafi en Libia, y ya lo han hecho los dictadores de Túnez y Egipto. ¿Cómo valora la llamada 'primavera árabe'? Yo no estoy nada de acuerdo con la expresión que se ha dado a este proceso de primavera árabe. Es muy pronto para decir que es primavera. Yo insisto en que no es suficiente con que se vayan los dictadores. En el caso de Gadafi, habría preferido que fuera detenido y juzgado por la Corte Internacional de Justicia. Para que se vea claramente qué es lo que ha hecho en estos 42 años. De todas maneras, ahora que ha pasado esa época, que han matado a Gadafi y ha muerto tanta gente, espero que no venga otro dictador en su lugar.
   ¿Cómo pueden afectar a Irán las caídas de los dictadores? Nosotros durante muchos años no hemos tenido relaciones con Egipto y después de la revolución egipcia ha empezado a haber contactos entre los Gobiernos. Con Túnez y Libia siempre ha habido relaciones y seguro que van a continuar. Solamente tendrá efecto sobre el resto si de verdad se consigue crear democracia en estos países. En ese caso, antes o después, podremos ver la democracia en Irán. Aunque realmente, lo más importante es Siria, que es como un muñeco en manos de Irán. Por eso el Gobierno iraní envió soldados y armamento para reprimir las protestas y matar a los manifestantes sirios. No hay que olvidar que en las manifestaciones en Siria se queman banderas de Irán y se pide que los soldados iraníes abandonen su país. Uno de los altos cargos del Ejército iraní, Moshen Rezai, dijo que Irán en sus relaciones internacionales tiene tres líneas rojas: Siria, Hamás y Hezbolá. Es una muestra de cómo Irán ha convertido a Siria en su brazo ejecutor. No hay duda de que si finalmente la población siria consigue derrocar a Bashir el Assad, ello tendrá un efecto directo sobre la política en Irán.
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viernes, 25 de noviembre de 2011

PRENSA. "Solo es el comienzo", por Lluís Bassets. (Sobre la revolución egipcia)

Lluís Bassets

   En "El País":
Solo es el comienzo

LLUÍS BASSETS 24/11/2011

   Es una revolución y su camino, como el de todas las revoluciones, es incierto. La rapidez con que cayeron los dos primeros dictadores, Ben Ali y Mubarak, pudo crear el espejismo de un movimiento instantáneo, limpio y eléctrico como la tecnología usada por los revolucionarios para comunicarse. Nada más lejos de la realidad: una revolución es más un proceso que un acontecimiento. Sus vericuetos son sinuosos y con frecuencia no conducen a ningún lado o regresan al punto de partida. Tienen más de laberinto oscuro que de alameda luminosa. Su éxito no está asegurado ni es como un paseo militar.
   Los egipcios, a diferencia de los tunecinos, solo han despachado al faraón, que ya es mucho. Pero nada han tocado del sistema, una dictadura militar desde la misma fundación de la República en 1953, tras la expulsión del rey Faruk por parte de los Oficiales Libres encabezados por Gamal Abdel Nasser. Ni siquiera la idea de la dictadura castrense agota lo que es el Ejército egipcio. Su papel en el sistema económico es central, como lo es en la preservación del núcleo vital de los grandes intereses y los pactos estratégicos (Israel, Estados Unidos) que definen el Egipto contemporáneo.
   Para Shadi Hamid, director de investigación del centro que tiene en Doha (Qatar) el think tank estadounidense Brookings, "la revolución egipcia, en vez de representar una ruptura brusca con el pasado, puede ser entendida mucho mejor como un golpe militar de inspiración popular" (The Arab Awakening, varios autores; Brookings Institution Press). El punto en que ha llegado ahora, a pocos días de la primera cita electoral para elegir un nuevo Parlamento, es la segunda fase de la revolución, en la que hay una pugna entre los socios anteriores, los manifestantes y los militares; unos para sustituir el actual poder militar por un poder civil y los otros para seguir ganando tiempo y evitarlo.
   Los militares egipcios se guían, como los militares de casi todo el mundo, por el mito que les identifica con el pueblo al que se presume que defienden. De ahí que eviten o difieran hasta el límite la decisión de disparar a su propio pueblo cuando creen que están en juego los intereses supremos. Incluso cuando lo hacen, como ya ha sucedido este año en varias ocasiones, ahora mismo, se evita usar la tropa y la fusilería, y se enmascara para eludir un punto sin retorno en el que el poder militar carezca de todo margen fuera de la represión. La tentación de zanjar Tahrir como Tiananmen, la plaza pequinesa donde el Ejército chino masacró a los estudiantes en 1989, cuenta con potentes argumentos disuasivos, sobre todo desde el prisma de los propios militares.
   El mariscal Tantaui no puede admitir ni siquiera que la institución que preside tenga deseos o intenciones de perpetuarse en el poder. Ha señalado fecha, julio de 2011 lo más tarde, para unas elecciones presidenciales que deben situar en la cúpula del Estado al primer presidente civil de la historia y planteado la necesidad de un referéndum para decidir si los militares deben entregar el poder inmediatamente. Pero no ha negado, en cambio, ninguna de las pretensiones castrenses, como es mantener un estatuto especial de guardianes de la Constitución, contar con presupuestos e inversiones fuera de la acción y el control parlamentario y seguir con un dominio reservado en un sector de la economía que se evalúa en un 25% del PIB egipcio. Por eso es de temer que maniobre y manipule la agenda electoral, y las urnas si hace falta, para salir de esta con el poder militar intacto.
   Hay una situación de doble poder, el militar por un lado y el de la calle por el otro, que los Hermanos Musulmanes quieren desequilibrar en su provecho. También hay dos modelos en competencia: el de una república tutelada por los militares y el de una democracia islamista. Ambos son de inspiración turca aunque referida a distintas épocas: el primero de la Turquía de Ataturk y el segundo de la Turquía de Erdogan y su partido de la Justicia y del Desarrollo. Cabe que del cruce y acuerdo entre ambos salga un híbrido peor, en el que cada uno de los vectores mantenga su vigilancia, militar y religiosa respectivamente, al estilo del muy iliberal modelo saudí.
   El futuro de las revoluciones árabes se juega de nuevo en Tahrir. En Mayo del 68 se hizo famosa una frase: "Ce n'est qu'un début, continuons le combat" (solo es el comienzo, continuemos el combate). Era falsa: fue el final de una época y apenas hubo más combates de barricada como aquellos. Ahora es al revés, los últimos compases revelan que, a poco de cumplirse un año del comienzo, estamos todavía en el comienzo, el largo comienzo de una revolución incierta. Si Egipto avanza hacia la supremacía del poder civil, la revolución recibirá un nuevo impulso. Ya sabemos qué sucederá si quienes avanzan y consolidan posiciones son los militares.

martes, 8 de noviembre de 2011

Carlos Fuentes
   En "El País":
Las proféticas palabras de Obama

CARLOS FUENTES 07/11/2011

   El 4 de junio de 2009, el presidente de Estados Unidos, Barack Obama, habló en la Universidad de El Cairo. Dijo tener fe en que "todos los pueblos anhelan... decir lo que piensan y determinar cómo son gobernados; confianza en el Estado de derecho y la administración equitativa de la justicia; un Gobierno transparente y que no le robe a la gente". Estas, añadió Obama, no son solo ideas americanas, "son derechos humanos". "Los Gobiernos que protegen estos derechos son más estables y seguros". "El poder", dijo por último, "se mantiene con el consentimiento, no con la coerción".
   En 2009, estas palabras -dichas en el Egipto de Hosni Mubarak- fueron tildadas de idealistas. Egipto, Túnez y Libia estaban dominadas por dictaduras personales, en el extremo opuesto de lo enunciado por Obama. Pero hoy, Mubarak, depuesto, es exhibido en una jaula. El dictador tunecino, Ben Alí, ha huido. Y el sátrapa libio, Muamar el Gadafi, es un cadáver expuesto a la curiosidad ciudadana en una tienda de pollos en Sirte.
   Lo dicho por Obama hace dos años es hoy la realidad del África del norte. No una realidad perfecta, como no lo fue la de México entre la caída de Porfirio Díaz (1911) y el Gobierno de Lázaro Cárdenas (1934). Pero una realidad irreversible. Por más conflictos de sucesión que se den en Libia, Túnez y Egipto, el pasado no regresará. Habrá, sin duda, nuevos conflictos, nuevas realidades, nuevos actores. Pero las dictaduras personales de Mubarak, Gadafi y Ben Alí no se repetirán. ¿Por qué?
   Los crímenes de Gadafi, durante un reinado de 40 años. Las cerca de 50.000 víctimas (acaso más) de su terror, los hombres y mujeres asesinados, encarcelados, torturados, junto con el crecimiento espectacular de las fortunas privadas de Gadafi y su familia... El petróleo hacía perdonables muchos crímenes del dictador, aunque revelase la hipocresía de sus clientes.
   La muerte del tirano fue horrible. Hitler se suicidó, convencido de que, si lo capturasen vivo, sería paseado en una jaula. Stalin murió en paz. Pero Mussolini, fusilado primero, fue colgado de los pies junto con su amante Claretta Petacci, en la Plaza Loreto de Milán. Gadafi fue capturado en un túnel de Sirte, befado, insultado mientras se defendía débilmente: "¿Quiénes son? ¿Por qué hacen esto?". Y, al tocarse la sangre en el rostro, "miren lo que han hecho".
   ¿Se preguntó alguna vez Gadafi: "Miren lo que he hecho yo"? Tremendo ejemplo el de Gadafi, el déspota absoluto. Sobre esa Hubris, orgullo desmedido del poder que tan finamente analiza Carmen Aristegui en un reciente artículo, citando al excanciller inglés David Owen: "Los actos de Hubris son mucho más habituales en los jefes de Estado y de Gobierno, sean democráticos o no, de lo que a menudo se percibe... el autoengaño es un factor que desempeña un papel notablemente grande en el Gobierno". El lector mexicano -y el latinoamericano- puede buscar y encontrar las comparaciones que guste. Sin excluir a nadie, creo que Lázaro Cárdenas, grande como era, jamás cayó en la tentación del orgullo y abandonó la presidencia al cabo de seis años, para cumplir con la ley y con su propio carácter. En México, Álvaro Obregón quiso romper la ley de la no-reelección en 1928, y le costó la vida.
   Gadafi, un ejemplo siniestro del afán de perpetuarse en el poder, fue ejecutado por la muchedumbre en medio de la confusión y el odio. Muchos opinan que debió ser juzgado, como Milosevic, en La Haya. Otros creen que Gadafi habría organizado una hábil defensa que, además, habría comprometido a los Gobiernos occidentales que, de una u otra manera, lo apoyaron. El tirano libio cayó por un movimiento de oposición apoyado por fuerzas aéreas, sobre todo, de Francia y Reino Unido. La ausencia primordial de Estados Unidos en esta operación le ha valido a Obama recriminaciones de derecha e izquierda. La derecha republicana le acusa de no haber intervenido con fuerza contra Gadafi. La izquierda demócrata, de no haber buscado soluciones pacíficas.
   Barack Obama, simplemente, se ha situado en una nueva realidad que pocos norteamericanos pueden o quieren comprender. George W. Bush se lanzó a una guerra perdida en Irak. Obama ha retirado a sus tropas de Irak. No tiene allí los intereses petroleros de Dick Cheney y compañía. En Afganistán, la retirada es más difícil pero inevitable: Hamid Karzai no representa a nadie salvo algunos intereses locales. ¿Y cómo controlar a la corrupta y ambigua aliada fronteriza, Pakistán, refugio de rebeldes?
   No son temas fáciles. Obama parece buscar soluciones nuevas, diferentes a las fracasadas acciones de su predecesor, y algo más. En ocho años, Bush no pudo eliminar al jefe de Al Qaeda, Osama bin Laden. Obama lo cercó y mató, descabezando al movimiento. Es solo un ejemplo de nuevas situaciones a las que Obama, con inteligencia, busca nuevas soluciones. Y tiene que hacerle comprender a la opinión política norteamericana que los días de la hegemonía han pasado para siempre. Que Brasil, China y la India emergen. Que corresponde a Francia e Inglaterra ocuparse de Libia, y no a Estados Unidos, que no tiene por qué meter la mano en todos los pasteles.
   Obama quisiera analizar cada situación de acuerdo con los méritos y deméritos de cada una. Ya no caben las reacciones de violencia automática. La política internacional de Obama parece dispuesta a analizar cada caso, actuar de manera distinta para situaciones diferentes, dejarles algunas tareas a los aliados de Estados Unidos, como en Libia, respetar los movimientos autóctonos, como los de Egipto y Túnez.
   Y tiene la satisfacción de que las palabras pronunciadas en El Cairo en 2009, no fueron en vano, fueron proféticas.

   Carlos Fuentes es escritor mexicano.

miércoles, 2 de noviembre de 2011

PRENSA. "Egipto ante el fascismo", por Alaa al Aswany

Alaa al Aswany

   En "El País":
Egipto ante el fascismo

   Libertad, igualdad, rotación de poder y soberanía popular son los principios del Gobierno islámico que deben aplicarse en un Estado abierto a todos. Pero los partidarios del islam político confunden historia y religión.

ALAA AL ASWANY 28/10/2011

   ¿Qué piensa usted de Saad Zaghloul, Mustafa el-Nahas y Gamal Abdel Nasser? ¿No fueron grandes líderes que lucharon durante mucho tiempo por la independencia y la libertad egipcias? ¿Por qué todos defendieron un Estado laico, no religioso? ¿Eran ateos u hostiles al islam? No, más bien musulmanes convencidos, y Mustafa el-Nahas era conocido por su devoción.
   Otra pregunta: ¿antes de la década de 1980 los egipcios eran menos musulmanes que ahora? No, más bien la mayoría cumplía con sus obligaciones religiosas y en la medida de lo posible se mostraba temerosa de Dios. Los egipcios eran musulmanes antes de que llegara la propaganda wahabí. ¿Qué diferencia hay entre el islam moderado egipcio y el de los jeques wahabíes? La diferencia es que todos los egipcios creían que la esencia islámica radica en los grandes valores humanitarios de su religión: la justicia, la libertad y la igualdad, aunque nunca pensaron en utilizarla políticamente para llegar al poder. Se dice que el político Ahmed Hussein fue a enseñarle a Mustafa el-Nahas el programa de su partido, 'Joven Egipto', y que, tras leerlo, este le dijo enfadado: "El nombre de Dios es demasiado importante y grandioso para ser incluido en un programa político. Si hablas de Dios en un programa, eres un charlatán". El líder del Wafd se oponía tajantemente a mezclar la religión y la política. Todos los egipcios, salvo los 'Hermanos Musulmanes', veían en el islam una gran religión, no un programa político. Desde finales de la década de 1970 el islam político comenzó a difundirse por Egipto con el apoyo de los petrodólares del Golfo (el precio del crudo se multiplicó tras la guerra de 1973). Para llegar al poder, el islam político se basa en tres ideas principales:
   en primer lugar, la idea de que hay una conspiración imperialista occidental antiislámica que nos obliga a declarar la yihad contra los cruzados occidentales. Yo discrepo, porque los Gobiernos occidentales son imperialistas, pero no necesariamente sus ciudadanos. Hemos visto a miles manifestarse contra la invasión de Irak y apoyar los levantamientos árabes. Como individuos, la mayoría de los occidentales no son hostiles al islam, ni siquiera sus dirigentes, que solo se oponen a lo que obstaculiza sus intereses. Cuando los regímenes islámicos favorecen los intereses imperialistas occidentales, reciben todo su apoyo: es el caso del saudí, el del general Zia ul-Haq paquistaní o los talibanes antes de que Occidente se volviera contra ellos. El imperialismo occidental solo te considera enemigo si el islam te lleva a rebelarte y a exigir derechos usurpados por el imperialismo. Pero si colaboras con él y sirves sus intereses, los imperialistas te querrán y apoyarán a pesar de tu barba, tu chilaba y tu fanatismo religioso.
   En segundo lugar, está la idea de que, como no se está aplicando la ley de Dios, hay que imponerla para no ser infieles. Discrepo, porque siempre que hay justicia se está aplicando la ley de Dios, y aquí no debemos confundir la sharia con el fiqh, la jurisprudencia de los jeques. La sharia es divina y permanente; el fiqh, humano y cambiante. Los especialistas en el fiqh deben utilizar su intelecto para adaptar la religión a los tiempos y ayudar a la gente a vivir, no a complicarle la vida. Un ejemplo de ello es el castigo por robo, que es la amputación de la mano. Si el gobernante descubre que aplicarla producirá más problemas (como ha ocurrido en Sudán, llevando a la secesión del sur), ¿no tiene acaso derecho a utilizar la amputación como pena máxima y la cárcel como pena menor? ¿Acaso el califa Omar Ibn al-Jattab no suspendió esa pena durante un año de hambruna? Si una ley no contraviene la sharia y sirve a la justicia, ¿no encaja entonces con la sharia? ¿No es todo aquello que reporta a la gente justicia y otros beneficios una aplicación de la ley de Dios?
   La tercera idea es que el islam nos impone una determinada forma de gobierno. Aquí también discrepo, porque, aunque sentó unos principios de gobierno, no determinó un régimen concreto. Leamos el sermón que Abu Bakr, primer califa islámico, dio cuanto asumió el poder: "Pueblo nuestro, se me ha dado autoridad sobre vosotros, pero no soy el mejor. Si hago lo que debo, ayudadme; si no lo hago, rectificadme. Asumo la carga de decir la verdad y mentir supondría traicionar esa confianza. Si Dios quiere, haré que los débiles tengan lo que les corresponde y que los fuertes paguen a los demás lo debido. Cuando una nación abandona la causa de Dios, Él la reduce a la degradación, y cuando la abominación la inunda, Dios siempre la golpea con su flagelo, así que obedecedme mientras yo obedezca a Dios y a Su Profeta, pero si desobedezco a Dios, no me deberéis obediencia". Este sermón contiene los principios del Gobierno islámico. El príncipe no es mejor que el pueblo llano y no gobierna por voluntad divina sino del pueblo, que tiene derecho a pedirle cuentas y, si quiere, a deponerlo. Estos son los principios del Gobierno islámico, iguales a los de la democracia: libertad, igualdad, rotación de poder y soberanía popular. En la historia islámica, esos grandes principios solo se aplicaron durante un breve periodo: el de los cuatro califas "rectamente guiados" (circa 633-662) y durante dos años (circa 721-723), con el califa omeya Omar ibn Abdel Aziz. Posteriormente, el califato se convirtió en un rapaz régimen aristocrático. Se abandonaron los grandes principios sentados por Abu Bakr, iniciándose una despiadada y sangrienta lucha por el poder.
   Este hecho histórico no reduce un ápice los logros del Estado islámico, en primer lugar porque el despotismo era el rasgo primordial de todos los Estados de la época y, en segundo lugar, porque, a pesar de ese despotismo absoluto, el Estado islámico hizo una enorme contribución a la civilización, siendo pionero en todas las ciencias y artes, mientras que Europa avanzaba a tientas por las tinieblas de la ignorancia. Pero el orgullo que suscitan los logros de los primeros musulmanes no debe llevarnos a reproducir su régimen despótico. Ahora los partidarios del islam político confunden historia y religión, pensando que el califato musulmán (una creación humana, no prescrita por la religión) constituye una obligación religiosa. Esta peligrosa confusión ha reaparecido allí donde el islam político ha llegado al poder, dando lugar a Gobiernos despóticos que desprecian libertades y derechos en nombre de la religión. La democracia es la forma correcta de aplicar los principios islámicos. Por buenas que sean nuestras intenciones, si intentamos reproducir la estructura política de los Estados omeyas o abasíes caeremos sin duda en el despotismo.
   Aun habiendo discrepancias ideológicas con los defensores del islam político, ¿acaso no tienen derecho a luchar por el poder por medios democráticos? Por supuesto que sí, pero debemos distinguir entre defensores del islam político democráticos y fascistas religiosos. El término "fascista" procede del término latino que designaba los haces de varitas que lucían los funcionarios romanos como símbolo de autoridad, pero ahora se habla de fascismo para aludir a cualquier grupo político o religioso que se cree en posesión de la verdad absoluta y que intenta imponer sus ideales por la fuerza. Por desgracia, el concepto se aplica a muchos partidarios del islam político que, al creerse representantes únicos del islam, consideran hostil cualquier voz discrepante y están totalmente dispuestos a imponer por la fuerza sus ideas. Algunos llevan mucho tiempo atacando iglesias y tumbas, prendiendo fuego a videoclubes, robando tiendas de cristianos y asesinando a personas como el presidente Anuar el Sadat, turistas occidentales y egipcios inocentes. Basta con ver cómo se las gastan esos fascistas con coptos y progresistas, cómo los odian y desprecian, cómo los cubren de insultos y acusaciones, y cómo describen lo que harían en Egipto si llegaran al poder. No habría música, ni teatro, ni cine, ni partidos que no estuvieran de acuerdo con ellos. No habría turismo y los monumentos antiguos quedarían ocultos. No habría alta literatura, porque, según un destacado fascista religioso, los indecentes escritos de Naguib Mahfouz, uno de los grandes novelistas del mundo, eran responsables de la decadencia moral de Egipto. El fascismo religioso amenaza con arrojar el país a la oscuridad total, explotando los sentimientos religiosos de los egipcios para llegar al poder. Si eres un candidato corriente, tratas de convencer al electorado con tu programa, pero los fascistas religiosos no tienen programa. Solo dicen: "Si sois musulmanes, nosotros somos el islam, y si no nos votáis, sois laicistas e infieles".
   El problema es que el fascismo religioso no es una creación netamente egipcia, sino que recibe cantidades ingentes de petrodólares. En un importante artículo publicado en el 'Middle East Monitor' en junio de 2007, el diplomático estadounidense Curtin Winsor señalaba que en 2003 una vista en el Senado reveló que Arabia Saudí había destinado 87.000 millones de dólares a fomentar el wahabismo en el mundo. A esa cifra hay que añadir los miles de millones que gastan las organizaciones wahabíes no gubernamentales del Golfo. En la actualidad, los grupos salafistas wahabíes están gastando enormes sumas en llegar al poder, distribuyendo cientos de toneladas de alimentos a precios simbólicos. De hecho, en los últimos meses uno de los partidos wahabíes ha abierto, solo en Alejandría, más de treinta oficinas. ¿Acaso, como egipcios, no tenemos derecho a saber quién financia a esos partidos? Es curioso que al consejo militar, que mira con lupa los ingresos de los grupos laicos, no se le haya siquiera ocurrido inspeccionar la financiación de los salafistas. ¿Acaso el peso del salafismo en el consejo es tal que sus miembros deciden no examinar sus fuentes de financiación? La revolución por la que los egipcios dieron su sangre está ante dos peligros: el primero, las conspiraciones de vestigios del antiguo régimen para sembrar el caos y obstruir el cambio, cueste lo que cueste, y así convertir la revolución en una algarada que depuso al jefe de Estado sin tocar el régimen; el segundo es el peligro de que los fascistas lleguen al poder mediante elecciones. La opinión confesa de los jeques salafistas es que la democracia no es islámica y ellos se opusieron a la revolución defendiendo la obediencia al gobernante, así que cabe esperar que utilicen la democracia como una mera escala hacia el poder, que después de utilizar descolgarán para que nadie más pueda utilizarla. Los nobles principios islámicos solo pueden aplicarse mediante un auténtico Estado laico y abierto a todos los ciudadanos, cualquiera que sea su ideología o su religión.
   La democracia es la solución.

   Alaa al Aswany es escritor. © Alaa al Aswany, 2011. Traducción de Jesús Cuéllar Menezo.

sábado, 15 de octubre de 2011

PRENSA. "El casino de las transiciones árabes", por LLuís Bassets

Lluís Basets

   En Domingo, suplemento de "El País":
El casino de las transiciones árabes

LLUÍS BASSETS 09/10/2011

   Las transiciones a la democracia requieren pesadas inversiones. Los partidos no se crean o refundan de la noche a la mañana. Tampoco los futuros cuadros políticos. La preparación de las reformas y de las elecciones, con sus correspondientes campañas, tienen altos costes. Todo esto requiere muchas inversiones, una gran perspicacia en las apuestas y también un buen nivel de control público y de transparencia, si se desea evitar la corrupción y asegurar unos sólidos cimientos de estos futuros sistemas políticos.
   En la financiación de las transiciones se juega en parte la orientación geoestratégica de los países en proceso de cambio. Los países excomunistas recibieron una copiosa financiación de fundaciones, partidos y think tanks americanos. En la transición española destacó notablemente la financiación de los dos grandes partidos alemanes. Y ahora, con las transiciones de los países árabes, se abre un auténtico casino político en el que van a apostar y competir fuerzas, partidos y países en muchos casos rivales e, incluso, enemigos a muerte.
   Las apuestas no van a esperar a las citas electorales, sino que funcionan desde el primer momento en la actitud de los medios de comunicación, en la ayuda a los organizadores de las revueltas y a los partidos ya constituidos, e incluso en la participación en operaciones militares en apoyo de los rebeldes, como es el caso de Libia. Casi todos los países con vocación de potencia regional, como Turquía, Arabia Saudí o Irán, participan en la enorme ronda de apuestas que han abierto las revoluciones árabes. Pero hay también países pequeños que juegan con bazas y desenvoltura de potencias, como es el caso de Qatar.
   La televisión catarí Al Yazira basta para definir el enorme radio de acción y la influencia del emirato en esta crisis. La cadena panárabe ha tenido tanta o mayor influencia que las redes sociales en la organización de las protestas en Túnez y Egipto, pero con su canal en inglés ha obtenido credibilidad incluso en Estados Unidos. Pero Qatar, además, ha desempeñado un papel primordial en Libia, con la participación de su aviación en el dispositivo de la OTAN, duplicada militarmente por la ayuda, entrenamiento y quizás la intervención directa de sus fuerzas especiales.
   Puede que también pujen europeos o americanos en esta mesa de juego sobre el futuro, pero esta no es su ruleta. Lo que en buena parte se dilucida en esta partida es cómo serán estas sociedades que quieren ser a la vez democráticas e islámicas. Dos de los tres modelos que compiten, el iraní y el saudí, son abiertamente autoritarios, y solo el turco permanece abierto, a pesar de todas las dudas que suscite. Pero el mejor y más democrático de los modelos será el que sean capaces de construir los ciudadanos de cada país despegándose de las inversiones e intereses exteriores.

miércoles, 12 de octubre de 2011

PRENSA. "La 'primavera árabe' pasó", por Jordi Vaquer

Jordi Vaquer

   En "El País":
La 'primavera árabe' pasó

JORDI VAQUER 11/10/2011

   La primavera árabe acabó hace tiempo: solo hay que ver las informaciones que nos llegan esta misma semana, ni primaverales, ni alentadoras. En Egipto, enfrentamientos entre manifestantes coptos y Ejército; en Túnez, una turbamulta de radicales islamistas ataca una televisión por programar la película franco-iraní de animación Persépolis; en Siria sigue la espiral de muertes, entierros multitudinarios, represión feroz y nuevas muertes; el yugo represivo ahoga a los bahreiníes; en Libia la guerra no ha acabado y ya se registran castigos colectivos a las poblaciones que permanecieron fieles al tirano; y el retornado dictador de Yemen persiste en el exasperante juego de los anuncios incumplidos. Acabó la primavera, cuando lo impensable llegó a parecer al alcance de la mano, pero sus frutos seguirán madurando, a ritmos muy distintos en cada país.
   La primavera árabe duró bien poco: unas 10 semanas. Empezó en enero con la extensión de la contestación por Túnez. La huida de Ben Ali desencadenó un terremoto que sacudió al mundo árabe entero. Ni un solo país escapó inalterado. Fueron momentos sorprendentes, casi mágicos, en los que las personas perdieron el miedo y se atrevieron a tomar el destino de sus países en sus manos. Nada parecía imposible en las semanas convulsas en las que sociedades que habían parecido resignadas demostraron su ambición de cambio. El momento extraordinario en el que los gobernantes árabes, agobiados por los problemas de sus propios Estados, llegaron a votar la solicitud de una intervención internacional en Libia fue el canto del cisne de esa adelantada primavera, que se apagó bajo el estruendo de las bombas sobre la carretera hacia Bengasi. La primavera árabe fue una suerte de luna de miel de los demócratas árabes con un mundo al que fascinaron, quitándole el sueño a dictadores desde el Caribe hasta Pekín e inspirando nuevos movimientos de protesta que llegarían hasta Wall Street.
   Si la primavera fue compartida, el fruto ha sido diverso. Desde finales de marzo no hay en el mundo árabe un avance común de todos los países en una misma dirección. Hemos visto intervenciones internacionales a favor y en contra del cambio, represión salvaje, conflictos civiles, pero también la expulsión de dictadores, reformas impensables hasta hace bien poco, y un cambio en la percepción de los árabes por parte del resto del mundo. Los efectos continuarán mucho tiempo recorriendo la región, pero seguir designando como un mismo fenómeno las distintas evoluciones de cada país da lugar a confusión. Los árabes no suelen usar la expresión primavera árabe, de factura europea, y no pocos se irritan ante una etiqueta que simplifica y embellece fenómenos tan dispares. Deberían sonar las alarmas cuando a los burócratas bruselenses, adictos a los acrónimos, les parece una buena idea usar la palabra primavera en inglés para denominar a su nuevo programa para los países árabes en transición, SPRING (Support for Partnership, Reform and Inclusive Growth, palabras elegidas para ceñirse al cliché).
   Las consecuencias de las 10 semanas de adelantada primavera política están teniendo reverberaciones muy distintas, y solo con el tiempo podremos calibrarlas. Es demasiado pronto para caer en el cinismo de los que ya preveían que "esto iba a acabar mal", o los que ven por todos lados guerras del petróleo y la mano del Mosad, pero tampoco podemos imaginar que vayamos a tener democracias liberales y elecciones impecables desde Rabat hasta Riad. La realidad es que habrá que seguir los acontecimientos en cada país, y olvidarse de aplicar modelos de talla única para entender casos tan dispares como Siria y Marruecos.
   No habrá otoño ni invierno árabes que marchiten las esperanzas nacidas a principios de 2011, porque ni el mundo árabe es tan homogéneo, ni evoluciona en ciclos tan cortos, y algunos de los cambios son irreversibles. La primavera árabe quedará como un momento excepcional, unos días intensos que, eso sí, abrieron un escenario nuevo en la región y en no pocos Estados. Los países, regímenes y sociedades irán recorriendo este nuevo escenario a su ritmo y según sus circunstancias, condicionados como siempre por la geopolítica. El Nobel de la Paz a la activista yemení Tawakul Kerman es un homenaje a ese impulso inicial y extraordinario que se desató en el mundo árabe, pero también a la perseverancia para forjar un futuro distinto y mejor ante barreras extraordinarias que no se fundirán como simple nieve bajo el sol.

viernes, 30 de septiembre de 2011

PRENSA. "Seis meses para cambiar el mundo", por Luz Gómez García. (Sobre las revueltas en el mundo árabe y el 15-M)

Luz Gómez García

   En "El País":
Seis meses para cambiar el mundo

LUZ GÓMEZ 03/08/2011

   Seis meses para cambiar el mundo. O al menos nuestro mundo: el Mediterráneo. O arriesgando en la terminología, el euroárabe: por la geografía, por los flujos migratorios, por el sustrato cultural. Seis meses de revueltas árabes que no han sido monolíticos. Han fluctuado el alcance de los cambios, la implicación popular, la localización y el fervor mediático. Pero, tal y como los árabes mismos proclaman sin cesar, ya nada será igual: ni en el mundo árabe ni en Occidente. Y en Occidente la gran sorpresa ha sido España. El 15-M, en el que los árabes quieren ver, orgullosos, una réplica de Túnez y Tahrir, no busca acabar con ningún tirano, pero sí con algunas tiranías: la de los mercados financieros, la de los partidos sin democracia, la omnipresente del productivismo patriarcal. Por ello, y pese a lo que diferencia a ambos procesos, lo ocurrido en el mundo árabe y en España dibuja un nuevo paradigma, perfectamente alcanzable. Solo hace falta una cosa, la más difícil de todas: querer cambiar las cosas.
   Enero-febrero. Con la caída de Ben Ali, se puso de manifiesto la capacidad de la sociedad tunecina para gestionar un espacio público propio y reinventarse a sí misma. En menos de cuatro semanas, la suerte del mundo árabe estaba echada. Aunque la fuerza simbólica de las plazas mayores (Tahrir o La Perla) acaparó las miradas, en las revueltas árabes la ramificación callejera ha sido fundamental: las pequeñas ciudades y la periferia fueron las que encendieron la llama en Túnez y la hicieron imparable en Egipto, donde hace 4.000 años se inventó el centralismo administrativo. Nada más contrario a las pirámides que las redes, la nueva expresión de la revolución. Sin centro y sin márgenes, las identidades se difuminan, reducen su pugnacidad, y la tríada maldita de la sociedad árabe (clase, sexo, religión) recula en el nuevo espacio público.
   Como se vio en Egipto, la revolución no es un mero horizonte, es una estrategia realista, hasta triunfante. Puede con Mubarak, con la Embajada estadounidense y con los Hermanos Musulmanes. Cuando la hermandad fundada por Hasan al Banna en 1928 se decide a salir a la calle, ya no hay hueco para sus recetas reformistas y su umma de cortar y pegar, retrógrada en lo social y componendista en lo político. Esta vez es el pueblo, no la umma, el arquitecto del futuro.
   Marzo. Por fin un respiro, piensa la vieja realpolitik occidental: la primavera árabe se atasca en Libia. Sí y no. Con Libia hemos llegado a la creación de un problema complejo, útil para cuestionar silenciosamente el despertar árabe: el sueño puede acabar en guerra civil, por lo tanto tal vez no es del todo bueno. Sin la intervención militar occidental, Bengasi habría sido arrasada por Gadafi. Pero como la intervención ha sido oscura y poco eficiente para garantizar el triunfo total de los rebeldes, la causa rebelde queda enturbiada y sometida al discurso habitual, previo: el de las potencias mundiales que se posicionan a favor o en contra de un tirano. Los rebeldes quedan reducidos a un papel secundario, molesto. ¿Deberían haberlo hecho?
   Parece que los árabes solo deban hacerlo cuando dominen maravillosamente lo icónico, como en Tahrir, haciéndose con una plaza y con el apoyo de Al Yazira. Pero el mundo árabe sigue sus procesos, como los seguía cuando estaba inmerso en el islamismo. La gente ha abierto la puerta y está decidida. La prueba es Siria: aunque el mundo haga poco o nada, los sirios siguen en pie contra el tirano.
   Avanzan las revueltas y se impone la sensación de que el cambio árabe es demasiado fatigoso para un Occidente políticamente exhausto, que no ha podido explicar a sus ciudadanos por qué sus élites financieras, para las que se nos pidió confianza, han robado impunemente a los ciudadanos: un Obama moralmente preso de Guantánamo y asfixiado en casa; un Sarkozy que es una parodia de De Gaulle y de Le Pen al mismo tiempo; un Cameron y una Merkel tan poco europeístas que ni se entienden entre ellos; y un Zapatero que ha fallado a los jóvenes a los que prometió no fallar. ¿Quiénes levantan la cabeza airosos en el último decenio? Erdogan, Lula, los periféricos, los que de entrada asumieron su desconfianza en el sistema.
   Abril. Fatah y Hamás cierran filas, en vano. Si el mundo árabe se levanta, Palestina se levantará: contra sus gobernantes y contra la ocupación. El millón y medio de habitantes de Gaza y los dos y medio de Cisjordania podrían marchar hacia Israel, cada día la posibilidad se acerca más y se llama septiembre. Los palestinos harán su revolución una vez más: por ellos y por el mundo árabe. ¿Será con éxito? Será para fracasar mejor, como decía Beckett. Israel e Irán, los grandes enemigos del mundo árabe, habrán de recomponerse los ropajes. ¿Una Siria libre? Terror para ambos. ¿Una Palestina libre? Terror para ambos. ¿Un Egipto libre? Terror para ambos. ¿Una Arabia Saudí libre? Terror para ambos. La libertad del mundo árabe es el terror de Irán e Israel. ¿Y qué será de la hegemonía americana en la región si se hunde el viejo paradigma maniqueo que enfrenta a Irán (el demonio, lo distinto) con Israel (el hermano, el semejante)?
   Mayo-junio. Mucho se ha hablado de las posibles semejanzas entre las revueltas árabes y el 15-M español. Que en el plano icónico las hay, es evidente. Y lo icónico importa. Pero lo cierto es que más allá del cultivo de la horizontalidad y de la cultura de la red en Túnez-Tahrir y Sol, las semejanzas no son muchas: en el mundo árabe se llora por una democracia no muy desemejante a la de aquí, mientras que aquí se la juzga caduca. Aquí lo que en el fondo se reclama es un nuevo pacto social. La democracia española que reposa sobre los Pactos de la Moncloa ha llegado a su fin, si es que no lo había hecho hace tiempo. A muchos efectos la Transición solo ha acabado de acabar ahora, con la contestación del 15-M, que supone la aparición de nuevos actores políticos, marginales de momento, pero nuevos, apartidistas aunque no apartidarios.
   Hay que refundar la esfera pública española. Nuestra Constitución, la relación del Estado con la Iglesia y hasta el modelo de Estado posiblemente no nos sirven ya. Pero lo importante, lo que indica un cambio de paradigma a una escala mayor, es que la sensación es semejante en otros países sin nuestras condiciones intrínsecas. Hay una crítica a la democracia formal europea como modelo de resultados seudodemocráticos.
   Es cierto que la mayoría de la población acepta las condiciones de su relación con esta democracia que no tiene otro rostro que el del capitalismo liberal. Pero eso no invalida la crítica regeneradora, la solicitud de un cambio radical en el sistema de las mediaciones, en el que mediador y poder han quedado asimilados en el sentir de sectores sociales que han decidido reprobarlos.
   Coda. Cualquier cambio político de alcance no solo tiene todas las de perder, sino que es azaroso, titubeante. Sin embargo a las revueltas árabes o al 15-M se les exige acierto a la primera, perfección y otras cualidades poco frecuentes cuando se hace historia. En ambos acontecimientos, tomados por separado y conjuntamente, lo que importa es su fe en la perfectibilidad política: en el mundo árabe, estamos ante un rugido en favor de la democracia; en el 15-M, ante una propuesta regeneradora y transformadora, que le pide realidad a la democracia, porque al ciudadano le sobra realidad y le falta democracia, esto es, poder político. Pero el estado de cosas ¡desea ver caer al 15-M! Digámoslo todo: y a las revoluciones árabes, que no se pueden juntar con el movimiento español, pero que han coincidido en un tiempo único, cargado de futuro.

   Luz Gómez García es profesora de estudios árabes e islámicos de la Universidad Autónoma de Madrid.