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miércoles, 29 de junio de 2016

HOLOCAUSTO. "Los engranajes del infierno nazi"

   En "El País Semanal":

Los engranajes del infierno nazi

Un libro revisita los campos de concentración, factorías del odio donde se exprimió y exterminó a millones de seres humanos




Escuchad, basura, ¿sabéis dónde estáis? Estáis en un campo de concentración. ¡Tenemos métodos propios! Tendréis ocasión de probarlos. Aquí no se vaguea, y nadie escapa. Los centinelas tienen instrucciones de disparar sin previo aviso a quien trate de fugarse. ¡Y contamos con la élite de las SS! Nuestros hombres son grandes tiradores”. Las palabras de bienvenida que brindaba a los presos el Standartenführer Hermann Baranowski, comandante de Dachau, son, sin duda, una introducción muy directa a lo que era un campo de concentración nazi.
En general, la expresión “campo de concentración nazi” concita un mundo de niebla y dolor compuesto de retales de violencia y espanto. Un universo desordenado de imágenes y lecturas impactantes, de testimonios reales y reconstrucciones desde la ficción. Una generación los descubrimos en las novelas de Leon Uris (Mila 18, Armagedón, QB VII), la serie de televisión Holocausto y La decisión de Sophie, otras en La lista de SchindlerLa vida es bella El niño del pijama de rayas.
El diario de Ana Frank; los libros de Primo Levi; La pasajera, de Andrzej Munk; Shoah, de Lanzmann; incluso la polémica El portero de noche, de Liliana Cavani…, son algunos de los muchísimos elementos que componen nuestra prismática visión de los campos, a la que no cesan de llegar nuevas aportaciones tan extravagantes como las recientes novelas La zona de interés, de Martin Amis, y En el paraíso, de Peter Matthiessen.

“No hay respuestas fáciles. no hay prisioneros típicos ni típicos guardianes. la historia de los campos es un cambio constante”

Algunos hemos tenido además el oscuro privilegio de visitar Auschwitz, contemplar los crematorios de Ravensbrück de la mano de la deportada Neus Català, enfrentarnos a las pilas de viejos zapatos de los gaseados en Majdanek y a las pesadas sombras de Sobibor, escuchar a Semprún una tarde hablar de Buchenwald, y a Imre Kertész, y a Gitta Sereny…, o ver el número tatuado en el antebrazo de David Galante mientras el superviviente de Birkenau describía quedamente la selección, las chimeneas y los fuegos. En ese caleidoscopio, en ese puzle de aflicción y crueldad cuesta tener una visión de conjunto, global, objetiva y científica.
Eso es lo que nos aporta ahora, más allá del familiar espectáculo de las zanjas rebosantes de cadáveres, los cuerpos enflaquecidos, el perfil de las torres y las cercas de alambre, los hornos y los guardias de la calavera, el historiador Nikolaus Wachsmann, autor de la monumental KL, Historia de los campos de concentración nazis (Crítica). En sus más de un millar de páginas –más de 300 de notas y bibliografía–, el autor recorre todos los campos de las SS desde sus orígenes hasta su final trazando una historia íntegra, completa, del sistema concentracionario. Desde la creación de Dachau, el primer campo, abierto en marzo de 1933, hasta la del de Dora-Mittelbau, el último, en otoño de 1944 (con sus dantescos túneles dedicados a la fabricación de la cohetería nazi), y las marchas de la muerte y la liberación. Una historia en la que escuchamos continuamente, entre los datos concisos, las voces de los presos y los guardianes, las víctimas y los verdugos, los perpetradores y los martirizados. Una de las cosas más notables del libro es precisamente que sin dejar nunca de ser un ensayo científico, cuantificador y esclarecedor, jamás es frío, sino que está lleno de nombres y caras y recorrido por un enorme sentido de la humanidad. Hay que alabar asimismo el magnífico pulso narrativo del autor, que contribuye a que la obra pueda conectar no solo con el especialista, sino con el gran público. Wachsmann destaca que los campos, “en los que se vivía un terror desenfrenado”, encarnan como ninguna otra institución del III Reich el espíritu del nazismo.
La cita con Nikolaus Wachsmann (Múnich, 1971) es en Londres, en cuya universidad enseña historia alemana moderna. En principio habíamos quedado en las salas de la exposición sobre el Holocausto en el Imperial War Museum, pero finalmente prefiere la mucho más sobria Wiener Library. Como tengo tiempo me acerco al primer destino. Nunca deja de conmoverme esa exhibición, probablemente la mejor plasmación en formato expositivo que se ha hecho nunca del genocidio judío (no en balde la asesoró el gran historiador especialista en el Holocausto David Cesarani, fallecido, por cierto, el pasado octubre). Es una visita dolorosa. Hay algunos elementos cuya visión es casi insoportable: la fotografía a gran tamaño de un soldado de los Einsatzgruppen a punto de disparar su pistola sobre un judío arrodillado ante una fosa común en Vinnitsa (Ucrania) que mira a la cámara; las imágenes de las excavadoras arrastrando cadáveres en Bergen-Belsen, la mesa de disección… Me siento a repasar el libro de Wachsmann frente a la gran maqueta blanca de Auschwitz que representa a escala la entrada de Birkenau, la plataforma de selección y, al extremo, las cámaras de gas y crematorios II y III en mayo de 1944 durante la llegada de un convoy de judíos húngaros, cuyo exterminio convirtió al campo en el epicentro de la Solución Final y lugar del mayor asesinato en masa de la historia moderna. Uno podría pasarse la vida ante ese horror en miniatura, tratando de entender.
La Wiener Library para el estudio del Holocausto y el genocidio, una de las colecciones más importantes del mundo de documentos sobre el tema, se encuentra en Russell Square, junto a los jardines, a tiro de piedra del British Museum. La colección fue fundada por el judío alemán Alfred Wiener y su material ayudó a llevar a los criminales nazis ante la justicia. En la recepción me encuentro con Wachsmann, sorprendentemente joven y vestido de manera tan informal que me hace sentir improcedentemente arreglado con mi americana. Nos instalamos en la biblioteca del primer piso, que aún no ha abierto al público, rodeados por paredes cubiertas de estanterías hasta el techo con libros sobre temas como la eutanasia y la doctrina racial, los crímenes de guerra, los guetos o las SS. Un gran ventanal da al parque en el que corretean ardillas grises. Gris Feldgrau, anoto mentalmente.
Le digo a Wachsmann que sorprende descubrir en su libro que en Auschwitz se exterminó a otras personas (prisioneros de guerra soviéticos) antes que a los judíos o que Dachau no era en su inicio un mal sitio, ¡hasta se permitían las visitas! “Al principio, pero en cuanto las SS se hicieron con el control las cosas empezaron a cambiar y la vejación y el maltrato se convirtieron en el sello del sistema; la muerte dejó de ser una excepción”. Al final morirían casi 40.000 presos en Dachau. En total, contabiliza el historiador, las SS instauraron 27 campos de concentración principales y otros 1.100 secundarios, una verdadera telaraña de sufrimiento y terror. No todos existieron al mismo tiempo, unos se abrían y otros se cerraban. Dachau fue el primero, y el único que estuvo siempre en funcionamiento. De los 2,3 millones de personas, hombres, mujeres y niños, que fueron a parar a los campos entre 1933 y 1945, 1,7 millones murieron allí, casi un millón de judíos, aunque también otras víctimas muchas veces olvidadas, recalca el historiador, como los marginados sociales, los homosexuales (que sufrieron especialmente por la brutal homofobia de las SS) o los gitanos (a los que también tenían gran ojeriza las SS: Höss, el comandante de Auschwitz, creía que habían intentado raptarlo de niño).
Liberación de un tren de la muerte de Bergen-Belsen a su paso por las proximidades de Magdeburgo el 13 de abril de 1945.


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Liberación de un tren de la muerte de Bergen-Belsen a su paso por las proximidades de Magdeburgo el 13 de abril de 1945.


¿Cuál era el propósito de los campos? “Obedecían a diferentes fines. Esencialmente eran parte de la red de terror de Estado que incluía los tribunales, la policía, las cárceles o los guetos. El KL [Konzentrationslager, campo de concentración en alemán] debía erradicar a aquellos señalados como enemigos sociales, raciales y políticos para crear una comunidad nacional uniforme y sana. Esa función adoptó, progresivamente, diferentes formas, en constante evolución y solapamiento, como el trabajo forzado, el asesinato selectivo, los experimentos humanos y el exterminio masivo. Los campos eran muy polifacéticos, algo que la gente no suele ver”.
De su libro KL explica que “es fruto de un largo proceso”: “Una de las cosas que me parecía fundamental era integrar las dos visiones, la de las víctimas y la de los perpetradores”. “Cuanto más leía e investigaba sobre los campos, más cuenta me daba de lo complicada que es su historia. No hay respuestas fáciles, no hay prisioneros típicos ni típicos guardianes, ni campos típicos. La historia de los campos es la de un cambio constante, muy dinámica, no es rectilínea, ni siempre coherente. La impunidad en el asesinato de presos, por ejemplo, se alcanzó solo gradualmente, y varios de las SS se sentaron en el banquillo de los acusados por malos tratos en 1934. En 1937 morían de media en los grandes campos (Dachau, Sachsenhausen y Buchenwald) solo cuatro o cinco prisioneros al mes. En 1941, 463 reclusos perdieron la vida solo en Dachau. En septiembre y octubre de 1941, las SS ejecutaron a 9.000 prisioneros soviéticos en Sachsenhausen, 300 al día, y los quemaron. El mayor asesinato en una sola jornada tuvo lugar en Majdanek, el 3 de noviembre de 1943, cuando 18.000 judíos fueron eliminados a tiros; denominaron aquello Operación Fiesta de la Cosecha. Sin embargo, hubo un momento, antes de la guerra, en que los campos casi desaparecieron. Y otro en el que, aunque parezca increíble, Himmler, su gran artífice, mandó que se matara menos para aprovechar la mano de obra”.
Apunta el autor que la propia relación de los campos con el Holocausto –la parte de la historia de los KL que más ha impactado en la imaginación popular–, cómo se implicaron en él y cómo los nazis acabaron perpetrándolo en sus instalaciones, es muy distinta de lo que se suele creer. De hecho, cuando el Holocausto entró en los KL, “muchos de sus elementos estructurales ya habían aparecido antes de que las SS cruzaran el umbral del genocidio judío”. Los “mecanismos esenciales del Holocausto” –el engaño, la muerte de prisioneros inútiles para trabajar, el exterminio masivo, incluso el uso del gas y la profanación de los cadáveres– ya estaban implantados en 1941 en algunos campos como Auschwitz, aunque aún no se tenía en mente la matanza sistemática de judíos en sus instalaciones.
Una de las aseveraciones más impactantes de Wachsmann es que “hay que desmitificar Auschwitz” en la concepción popular de los campos. Auschwitz, afirma, era una singularidad en el sistema KL, y “no era inevitable”. La transición de Auschwitz (abierto el 14 de junio de 1940 para doblegar a los polacos conquistados) de campo de concentración a campo de exterminio “fue casi casual”, y Auschwitz, recalca, pese a representar para todo el mundo el símbolo del Holocausto (allí se asesinó a casi un millón de judíos, más que en cualquier otro lugar), no fue creado especialmente para exterminar a los hebreos ni fue esa su única razón de existir. Como sí lo fue, en cambio, la de otros campos que funcionaban de manera independiente en el sistema KL, los campos de la muerte, como Belzec, Sobibor y Treblinka.

“El mayor asesinato en una sola jornada tuvo lugar en majdanek, cuando 18.000 judíos fueron eliminados a tiros”

Auschwitz, recuerda Wachsmann, no fue porcentualmente el campo más letal: “Sobrevivieron decenas de miles de prisioneros mientras que de Belzec, por ejemplo –uno de los campos concebidos específicamente para matar judíos y en el que el exterminio se realizaba inmediatamente, como en Treblinka–, solo se conocen tres supervivientes”. Pero eso no es óbice, matiza, para que Auschwitz sea la capital de Holocausto. “Aunque funcionara como un híbrido, su papel fue central en la Solución Final”. En todo caso, recuerda, solo se mató allí a uno de los seis millones de judíos asesinados en Europa: el resto lo fue en zanjas y campos por todo el este o en los campos de la muerte como Treblinka.
El Holocausto no iba a parar, revela Wachs­mann. Cuando en noviembre de 1944, ante el avance de los rusos, los nazis desmantelan las cámaras de gas de Birkenau, lo hacen, explica, para enviarlas a un lugar ultrasecreto cerca de Mauthäusen, un último campo de exterminio donde planeaban seguir el asesinato en masa sistemático de los judíos.
¿Hasta qué punto sabía Hitler lo que ocurría en los campos? A diferencia de Himmler, que lo hacía con frecuencia, él nunca visitó ninguno, ¿no? “Probablemente no, se mantenía deliberadamente lejos del trabajo sucio, de todo lo que le pudiera restar popularidad; no le interesaban los detalles y delegaba. Los campos tenían siempre algo de sucio y pecaminoso; cuando hablaba en público de ellos, Hitler siempre recordaba que los habían inventado los británicos. Durante la investigación me pareció encontrar una foto en la que aparecía visitando uno, lo que me entusiasmó, pero finalmente no era él”. ¿Hitler sabía cómo se desarrollaba todo dentro? “Sí y no. Por supuesto todo emanaba de sus decisiones. Pero no era un micromanager como Himmler”.
Los campos de concentración no los inventaron los nazis, pero Wachsmann recalca que los hicieron muy diferentes. “Se ha tratado de relativizar los campos nazis comparándolos con el Gulag. A los nazis no les hacía falta copiar nada, tenían su propio modelo. No hay nada comparable con el lado tecnológico de los campos nazis y su culminación en el complejo de exterminio de Auschwitz. Como decía Hannah Arendt, si los campos soviéticos eran el purgatorio, los nazis eran el infierno. En el Gulag, el 90% de los presos sobrevivieron; en el KL, menos de la mitad. La violencia es un aspecto común, pero lo que hacía tan destructivos los campos nazis es su modernidad: el terror burocrático, la tecnología, el gas. Todo ese lado oscuro de la modernidad que poseían los campos. La modernidad no lleva inevitablemente al progreso y la civilización”.
¿Tienen los campos nazis una lección para nosotros en momentos en que se debaten en Europa recortes a las libertades para frenar el terrorismo y llegan oleadas de refugiados? “Es difícil de contestar. De manera rápida le diría que sí. Que son una advertencia. Pero ¡cuidado con los paralelismos fáciles! Muchas veces buscamos lecciones que el pasado no puede dar. No se puede predecir el futuro y una de las verdaderas lecciones de la historia es su complejidad. Mi libro en todo caso no va por esos derroteros, no quiero imponer mis visiones, yo señalo que no hay inevitabilidad en los procesos y el lector debe sacar sus propias conclusiones”.
Probablemente una de las cosas que sorprenderán a mucha gente es que los campos nazis se hicieron originalmente para llenarlos de alemanes. “Así es, para destruir a la izquierda alemana. Los nazis tenían una paranoia con los comunistas. Y recuerde que los alemanes no votaron masivamente a los nazis por ser antisemitas, sino para que alejaran el espectro de la izquierda y de una revolución. Los KL emergieron en ese contexto, luego, con la guerra, se llenaron de otros europeos, como los españoles republicanos enviados a Mauthausen en 1940, y de judíos”. Pero si eras judío, ya desde el principio, subraya Wachs­mann, eras peor tratado. “Desde luego el antisemitismo y la violencia contra los judíos están presentes en los campos desde el primer momento. No es una coincidencia que los primeros asesinados en Dachau sean judíos. Pero la idea de los nazis al crear los campos no es matar judíos. El plan es mucho más extenso. El KL es el gran arma de terror del régimen contra todos los que considera enemigos”. Apenas ha acabado de pronunciar la frase el historiador cuando una urraca se estrella contra el ventanal con un golpe sordo. Se marcha volando, pero la escena resulta extrañamente perturbadora.
Wachsmann continúa explicando que lo que ocurrió es que al empezar los asesinatos de manera bárbara de cientos de miles de judíos de los territorios ocupados en el este, con ejecuciones masivas y entierro en fosas, los líderes nazis pensaron que esa manera de proceder era insana para… las SS. “Les pareció que resultaba muy duro psicológicamente para los ejecutores matar así”. Entonces Himmler, tan preocupado por el decoro, buscó la manera de hacerlo más humano para los asesinos y se experimentó con diferentes métodos. Como las inyecciones letales y el gas, que ya se habían empleado en los campos en otro contexto, para eliminar a los prisioneros desechables o a los millares de soldados soviéticos capturados.
“Las SS”, dice Wachsmann, “habían recurrido a una serie de expertos en eutanasia, los de la famosa Aktion T4, que habían asesinado en Alemania a minusválidos y deficientes mentales, unas 80.000 personas, muchos por gas, en aras de la política hitleriana de eugenesia, para que aplicaran su experiencia criminal en los campos a partir de 1941”. Cuando se empezó a exterminar en masa a los judíos en Auschwitz, dice el historiador, la maquinaria asesina ya estaba engrasada y había matado a decenas de miles de personas.
Sorprende encontrar en un libro como KL, junto a todo el espanto, la congoja y el hedor, sentido del humor. Como el del comunista Hans Beimler, que, tras escapar de Dachau en 1933, envió desde Checoslovaquia una postal para las SS del campo en la que solo ponía: “Bésame el culo”. Un poco de luz entre tanta oscuridad. “Es algo intuitivo, no premeditado. Tenía que mantener de alguna manera una cierta distancia, pero al tiempo necesitaba mostrar empatía, es un libro que no ha sido fácil de escribir”.
Una cuestión resulta especialmente atormentadora. ¿Cómo pudieron encontrar los nazis a tanta genta malvada, más de 60.000, calcula el historiador, para llevar los campos? Wachsmann ríe con amargura. “Esa es una buena lección. La mayoría de los guardianes, que Himmler y Eicke veían como soldados políticos, una élite, no eran psicológicamente anormales. Podían mostrarse brutales y violentos, sí, pero luego tenían vidas perfectamente normales. Lo que lleva a la pregunta ¿por qué? Que fueran fanáticos creyentes no es toda la historia. Querían imponerse a otros, probarse a sí mismos, ser duros, demostrar masculinidad” –el historiador apunta que las mujeres guardianas nunca fueron miembros de pleno derecho de las SS, no había paridad en las SS–. “Pero los guardias no eran unos sádicos en general, solo unos pocos sufrían alguna disfunción psicológica. No había tantos monstruos como cree generalmente la gente. Ya lo dijo Primo Levi: lo más peligroso son los hombres ordinarios”. Eso no quita que hubiera verdaderos matarifes, como el Oberscharführer Martin Sommer, que en Buchenwald abusaba sexualmente de prisioneros, los mataba y los metía debajo de su cama, o el también suboficial Erich Muhsfeldt, que bromeaba en Majdanek saludando con las extremidades desgajadas de los cadáveres. El historiador destaca “la continuidad de los guardianes”: mandos y subordinados pasaban de un campo a otro, llevando consigo su experiencia acumulada y su camaradería en la violencia.
Un apartado del libro está dedicado a la suerte que corrieron los campos después de la guerra y hasta nuestros días. Wachsmann detalla las polémicas en torno a Dachau o Ausch­witz como lugares de memoria. ¿Qué futuro contempla para los KL que se conservan? “No soy museólogo. Captar la historia en un lugar es increíblemente difícil, y tratar de explicarla en un campo resulta interesante pero complejo. Hoy en día encuentras gente que se hace selfies en Auschwitz y hay un turismo de los campos. Se opta por explicar historias individuales para captar audiencia, quizá las viejas exhibiciones con paneles eran más claras. La historia de los campos cambia, como cambiaron ellos mismos. Hay nuevas formas de pensarlos. No tengo claro que esté dicha la última palabra sobre los campos de concentración nazis".

jueves, 5 de mayo de 2016

HISTORIA. LITERATURA. "Las voces de Hannah Arendt". Antonio Muñoz Molina

   En "Babelia":

Las voces de Hannah Arendt

Su lucidez ante el totalitarismo no la ayudó a comprender el proceso mental ni la vileza de los que lo ejercieron

Las voces de Hannah Arendt
Hannah Arendt no olvidó nunca los años de su vida en los que no tuvo un país, en los que anduvo de un lado a otro con documentos provisionales o inseguros y estuvo a cada momento a merced de un policía que se los reclamara o de un guardia fronterizo que se negara a sellarlos. Tenía 27 años cuando salió huyendo de Alemania en 1933 y se refugió temporalmente en París. Como contó amargamente nuestro Manuel Chaves Nogales, los expatriados y los fugitivos de los regímenes dictatoriales de Europa llegaban a Francia atraídos por los ideales universales de libertad y ciudadanía de la Tercera República, pero en vez de un refugio encontraron una trampa, porque en la Francia de mediados de los años treinta se espesaba una atmósfera de xenofobia en la que las víctimas de las dictaduras y las persecuciones eran vistas como enemigos emboscados, apátridas peligrosos que traían consigo su miseria y ofendían la buena conciencia de las gentes de orden con sus avisos de desastres.
Hannah Arendt, como Chaves Nogales o Walter Benjamin o tantos otros, pasó años sobreviviendo malamente en París, despojada de su nacionalidad alemana por el Gobierno hitleriano e incapacitada para adquirir cualquier otra. En su propio país era una extranjera indeseable porque era judía: pero en Francia era sospechosa por ser alemana. Cuando los alemanes invadieron Francia en 1940 y se lanzaron a la cacería de todos los disidentes que habían escapado del fascismo en los años anteriores, encontraron que la República francesa les había hecho ya una parte del trabajo. A Hannah Arendt, que había sido una apátrida desde 1933, los franceses la encerraron en un campo de concentración en 1939 por ser alemana y por lo tanto enemiga. Si no hubiera escapado a tiempo los alemanes la habrían mantenido presa y probablemente ejecutado por ser judía.
En sus fotos de juventud Arendt tiene en la mirada una expresión de inteligencia y apasionamiento. En medio de la intemperie hostil del exilio conoció al amor de su vida, un compatriota antifascista alemán que no era judío, Heinrich Blücher. En 1941, cuando toda Europa se derrumbaba en la negrura, lograron escapar a Estados Unidos. Yo he visitado el pequeño cementerio en un bosque cerca del río Hudson, en la parte alta del Estado de Nueva York, en el que están juntas sus dos lápidas, planas sobre la tierra, entre la hierba y las hojas.
Arendt murió en 1975. En Estados Unidos logró por fin una ciudadanía segura, y en Nueva York la posición académica e intelectual que merecía, pero la experiencia de sus años sin país y por lo tanto sin derechos la marcó para siempre, y se convirtió en el eje vital de sus convicciones políticas y sus tempestuosas posiciones públicas. Las calamidades del totalitarismo y de la II Guerra Mundial, estaba convencida, habían tenido su origen no tanto en las matanzas industrializadas de la I como en las muchedumbres de desplazados, refugiados y apátridas desatadas por ella. Nada crea tan rápido tantos extranjeros como un proceso de construcción nacional. Gracias a la devastación de la guerra y al invento de los Estados nacionales que ocuparon el espacio de los imperios vencidos, millones de personas tuvieron que abandonar a toda prisa sus lugares de origen, y se encontraron despojados de identidad civil. Y también hubo millones que no tuvieron que desplazarse para convertirse en extranjeros: bastó que algún comité patriótico cambiara las fronteras en un mapa, o que se decidiera que la identidad tenía que ver ahora con el origen o el idioma, o que un judío no podía ser ciudadano del país en el que su familia llevaba viviendo durante generaciones.

Arendt murió en 1975. En Estados Unidos logró por fin una ciudadanía segura, y en Nueva York la posición académica e intelectual que merecía

Hannah Arendt vio todo eso. En sus cartas y en sus ensayos la reflexiones políticas sobre la condición del refugiado tienen una urgencia de relatos autobiográficos. En un documental que acaba de estrenarse en un pequeño cine de Nueva York, Vita Activa. The Spirit of Hannah Arendt, su directora, Ada Ushpiz, logra unir el rigor histórico y biográfico con la plena expresividad del lenguaje del cine. Pocas cosas me parecen hoy en día tan atractivas estética e intelectualmente como un documental muy bien hecho.
En la película se oye la voz ronca y fumadora de Hannah Arendt en sus últimos años, pero otra voz de mujer lee las cartas de su juventud y de su destierro, y mientras la escuchamos estamos viendo la hermosa caligrafía casi taquigráfica de Arendt, las palabras que escribiría tan rápido en un papel que se ha vuelto amarillo, y también imágenes intercaladas de aquellos años, como un contrapunto a veces de barbarie y a veces de trivialidad. En una película casera, unos oficiales alemanes hacen una burla de los rezos judíos, cubriéndose las cabezas con cortinas o cojines, muriéndose de risa. En otra, dos militares en camiseta bailan a las puertas de un barracón. Un operario instala una chimenea en un edificio de un campo: a continuación se pone otra chimenea como un gorro, y marca el paso alegremente.


Arendt, en el juicio a Adolff Eichmann en 1960.


Hannah Arendt fue tan valerosa y tan desafiante cuando acertaba como cuando se equivocaba. Y como les pasa a veces a las personas muy adiestradas en el pensamiento abstracto y en los debates de ideas, no parece que tuviera mucha perspicacia para juzgar a los seres humanos reales. Su lucidez ante el totalitarismo no la ayudó a comprender los procesos mentales ni la vileza íntima de gente que lo había apoyado y ejercido. Nunca llegó a aceptar que su venerado maestro y amante de la primera juventud, Martin Heiddeger, no fuera otra cosa que un nazi, un cínico miserable que después de la guerra se disfrazó de viejo ermitaño filosófico para eludir su colaboracionismo con los matarifes.
Y, extrañamente, no supo o no quiso ver detrás de la máscara de mediocridad y mansedumbre que adoptó Adolf Eichmann cuando estaba siendo juzgado en Jerusalén. Acertó parcialmente, a mi juicio, en un concepto, el de la banalidad del mal, que ya está asociado para siempre a ella: los mayores horrores, los más terribles sufrimientos pueden ser causados por personas superficiales y mediocres, en nombre de razones estúpidas, de ideas de quinta fila, o ni siquiera eso, por obediencia, por inercia, por moda, por el qué dirán. Adolf Eichmann no era muy inteligente, pero tampoco era ese burócrata más bien aséptico que organizó la logística formidable de la Solución Final porque se lo encargaron, igual que habría organizado una red de distribución de alimentos, o los suministros de gasolina de los que se ocupaba, sin ningún brillo profesional, antes de ingresar en el Partido nazi. Como sabía mucha gente ya entonces, y como han aclarado investigaciones posteriores en Argentina, Eichmann era un nazi convencido, un verdugo plenamente consciente de la magnitud sanguinaria de su tarea.

En su propio país era una extranjera indeseable porque era judía: pero en Francia era sospechosa por ser alemana

Pero hay una parte del legado de Hannah Arendt que se vuelve más relevante cada día. Su voz suena contemporánea cuando identifica el totalitarismo con la negación sistemática a aceptar la realidad, y elegir la fantasía ideológica o la pura ficción por encima de la racionalidad y el empirismo. Y quien ve ahora cómo Europa rechaza a los fugitivos de la guerra y el fanatismo se acuerda de aquellos ríos de refugiados entre los cuales caminó en su juventud Hannah Arendt.

martes, 9 de febrero de 2016

HISTORIA. "El lado oscuro del pasado". Santos Juliá

   En "El País":

El lado oscuro del pasado

La Europa de la posguerra se construyó sobre una memoria selectiva que silenció capítulos vergonzantes. Una generación de historiadores se ha enfrentado a la verdad


Memorial del Holocausto en París. / NUR PHOTO

Fue Walter Benjamin quien, en El narrador, llamó la atención sobre el hecho de que al término de la Gran Guerra había comenzado un proceso que cuando él escribía (1936) aún no se había detenido: que la gente volvía enmudecida del campo de batalla; que en lugar de retornar más ricos en experiencias comunicables, volvían empobrecidos. Y fue Primo Levi en el apéndice a Si esto es un hombre quien, cuarenta años después (1976), escribió que en los tiempos de posguerra la gente no tenía muchas ganas de regresar con la memoria a los dolorosos años que acababan de pasar.
Testigos cuya capacidad de recordar había quedado interrumpida o que funcionaba como compensación arbitraria, escribirá W. G. Sebald al romper con su gran alegato Sobre la historia natural de la destrucción el tabú que había impedido hablar a los alemanes —mientras los ingleses levantaban las cejas o celebraban el resultado— de las tormentas de fuego provocadas por los bombardeos de la Royal Air Force en cumplimiento de un plan fríamente calculado por estrategas británicos, con Winston Churchill entre sus primeros inspiradores. Si quienes regresaban del Lager, para sentirse vivos, no podían recordar, quienes se habían salvado de los grandes incendios de ciudades devastadas vagaban entre escombros y cenizas, en Alemania o en Japón, con la memoria perdida.

Shlomo Sand reprochaba a Claude Lanzmann que hubiera rechazado incluir en 'Shoah' la imagen de algún convoy saliendo de París
Sobre esta memoria suspendida o definitivamente arrasada se construyó la nueva Europa. Tal vez no haya podido ocurrir de otra manera; tal vez fue necesario que los franceses tardaran tres décadas en superar el síndrome de Vichy y enfrentarse al hecho de que no toda Francia corrió a engrosar las filas de la Resistencia, que sus intelectuales continuaron la fiesta sin percatarse de que eran alemanes uniformados quienes paseaban por Saint Germain y se sentaban en el café de Flore, o que eran niños judíos los que, de la noche a la mañana, desaparecían de sus aulas. Tal vez los alemanes, para recuperar las energías necesarias a la obra de reconstrucción de sus ciudades devastadas, no tuvieran otra alternativa que evadir la culpa afirmando, como le decía un antiguo discípulo, por lo demás auténticamente honesto, a un asombrado Theodor Adorno, que ellos, los alemanes, nunca se habían tomado en serio el antisemitismo.
Aquel silencio sobre el pasado que cayó sobre Europa no afectó únicamente a la supresión de lo que habiendo ocurrido, se silenciaba, sino también a lo que, aún sin haber sucedido, se añadía para encontrar en la memoria cuidadosamente elaborada un sentido al presente. Pues fue esta supresión de buena parte de lo ocurrido, su olvido consciente o su involuntaria amnesia, colmada luego con memorias ritualizadas, o con la construcción de identidades colectivas a salvo de toda mancha, lo que ha llenado las narraciones de testigos o de supuestos testigos y de quienes, basándose solo en recuerdos personales, transformaron el pasado en una representación mitológica, como Shlomo Sand reprochaba a Claude Lanzmann cuando este rechazó la posibilidad de incluir en su Shoah—una película de nueve horas de duración repleta de trenes— la imagen de algún convoy saliendo de París con su cargamento de judíos a bordo. Es el silencio de los memorialistas de oficio, que en la lápida de un barrio judío de París escribieron que de aquel lugar varios miles de niños franceses fueron llevados a los campos de Polonia para no volver jamás, olvidando que aquellos niños eran judíos y que fueron deportados no por ser franceses sino por ser judíos, como tuvo que recordarnos Gerda Larner.

W. G. Sebald rompió con el tabú que había impedido hablar a los alemanes de las tormentas de fuego provocadas por la Royal Air Force
Europa como continente oscuro o continente salvaje, Europa como tierra de sangre, campos de exterminio, ciudades destruidas en tormentas de fuego, poblaciones deportadas o desplazadas en la seguridad de que su destino era la muerte, millones de hombres, mujeres y niños sacrificados: ante crímenes de esta naturaleza, los historiadores de la generación que en las dos últimas décadas ha llegado a una fecunda madurez, no presumen de ser testigos, ni memorialistas, ni jueces, solo narradores documentados de lo ocurrido, sin dejar nunca de hurgar más allá de los recuerdos recibidos, sin convocar a duelo, sin destinar su trabajo a la construcción de una identidad, cualquiera que sea.
Han sido, en efecto, estos historiadores (Judt, Rousso, Snyder, Lowe, Friedrich, Mazower, Goldhagen, Riding…) los que, al quebrantar con su incansable indagación los tabúes que la memoria, tanto como el olvido, tienden sobre las hecatombes del pasado, han enfocado sus cámaras sobre el lado oscuro de los hechos para que nada de ese pasado se pierda, para que de todo quede registro, para que todo algún día se recuerde.
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    martes, 2 de febrero de 2016

    CINE. "Auschwitz y la película que quizás nunca lleguemos a ver"

       En "cuartopoder":
    71 AÑOS DE LA LIBERACIÓN DE AUSCHWITZ / EL HOLOCAUSTO EN EL CINE

    Auschwitz y la película que quizás nunca lleguemos a ver

    IVÁN REGUERA | Publicado: 
    El_hijo_de_Saul_Auschwitz
    Fotograma de ‘El hijo de Saúl’, última película  sobre el holocausto. / Sony Pictures
    El acontecimiento crítico de lo que va de año es El hijo de Saúl, calificada ya como obra maestra y casi seguro Oscar a la mejor película extranjera tras su paso triunfal por Cannes (Gran Premio del Jurado y Premio FIPRESCI) y los Globos de Oro. El film se desarrolla en Auschwitz, un punto y a parte en la historia del hombre. Para muchos, como Adorno, un punto y final. Fue él quien dijo que “Escribir poesía después de Auschwitz es un acto de barbarie”. Se acaba de cumplir el 71 aniversario de su liberación.
    Y aunque se ha tratado de forma muy taimada, Auschwitz no es nada sin el cine, sin las horripilantes imágenes que empezaron a llegar tras la derrota de los nazis. Uno de los films más importantes en este terreno es Memoria de los Campos (1945), basada en el espantoso material rodado por soldados cuando llegaron a los campos de Auschwitz, Bergen-Belsen y Dachau. El film fue un encargo del Cuartel General Supremo de la Fuerza Expedicionaria Aliada y en el que llegó a participar Alfred Hitchcok. Cuentan que el genio estuvo días con una depresión profundísima tras ver las imágenes en la sala de montaje.
    Grandes directores de Hollywood como John FordJohn Huston o William Wilder participaron en la guerra, pero Billy Wilder, judío que había perdido a toda su familia en los hornos, fue de los pocos que lo hicieron en la liberación de los campos. Cuando llegó al terreno, quedó devastado y se propuso rodar un documental durísimo contra los alemanes. Siempre recordó un plano: el de un hombre esquelético y desahuciado que miró a su cámara con una fijeza espeluznante para, segundos después, caer muerto ante ella.   
    Billy Wilder, por cierto, fue uno de los directores barajados para rodar La lista de Schindler, film que jamás veremos y que, a buen seguro, hubiese sido mucho más brutal y despiadado que el de Steven Spielberg. Wilder llegó a escribir un primer borrador del guión y quería que La lista de Schindler fuese su última película. Lástima, era un experto en trepas de moral muy cuestionable, como Schindler.
    Hollywood comienza a atreverse con el horror de los campos con suma cautela. Una de las primeras películas que lo hace es El baile de los malditos (1958), de Edward Dmytryk. En ella podemos ver a un estupendo Marlon Brando como el teniente alemán Christian Diestl, que descubre, conmovido, lo que sus superiores han perpetrado en uno de los campos. Un año más tarde, se estrenaría la bien narrada pero demasiado hollywoodiense El diario de Ana Frank.
    En 1961 llega una de las películas medulares sobre el Holocausto: Vencedores o vendidos, deStanley Kramer. Aunque se toma sus licencias históricas, como dar más importancia de la que tenía al juez norteamericano, es un film fabulosamente escrito, rodado e interpretado. Y con un reparto histórico: Spencer TracyBurt LancasterRichard WidmarkMaximilian Schell,Marlene DietrichJudy Garland y Montgomery Clift. En el film, y gracias a una proyección dentro del juzgado, el público de todo el mundo pudo ver las cámaras, los hornos y hasta lámparas hechas con piel humana. ¡Y qué diálogos! Lancaster (acusado y juez nazi): “Juez Haywood, la razón por la que le pedí que viniese… Aquella pobre gente… Aquellos millones de personas. Jamás supuse que se iba a llegar a eso. ¡Debe creerme! ¡Debe usted creerme!”. Tracy: “Señor Janning, se llegó a eso la primera vez que usted condenó a un hombre sabiendo que era inocente”.
    Dos años después, Sidney Lumet estrenó El prestamista, basada en la novela de Edward Lewis Wallante y que nos habla de un prestamista judío en Nueva York que hace lo que puede para superar su paso por los campos, que vemos mediante flashbacks. Wallante logró excelentes críticas con su novela, pero murió joven. La versión de Lumet es brillante y su protagonista, Rod Steiger, fue nominado al Oscar.
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    Cartel de la película ‘La decisión de Sophie’. / Wikipedia
    El uso de los flashbacks también es característico en La decisión de Sophie(1982), de Alan J Pakula y con fotografía del maestro Néstor Almendros. La película tampoco se desarrolla íntegramente en los campos y son los flasbacks los que nos hablan de esa espantosa decisión de Sophie (que no revelaremos por si algún lector no la ha visto todavía), interpretada por Meryl Streep, que ganó el Oscar. Misma suerte debió correr su compañeroKevin Kline, pero ni siquiera llegó a ser nominado.

    No fue la primera vez que Meryl Streep hacía de judía que sufre el extermino. En 1978 la miniserie Holocausto, de la NBC, causó un gran revuelo. En ella se representaron fielmente imágenes de los gaseados en las cámaras. Cuando la serie se emitió en Alemania (la RFA), grupos neonazis dinamitaron dos repetidores de televisión. En la serie, un personaje secundario parece hablar en nombre de un pueblo tan culpable como el alemán: “He visto y no he hecho nada en contra de lo que vi”.
    Y llegamos a 1985 con una película que es el mejor trabajo cinematográfica sobre el Holocausto: la monumental Shoah, de Claude Lanzmann. De nueve horas de duración, se estrenó sin pena ni gloria tras once largos años de trabajo de su director. En España estuvo sólo dos días en un cine comercial. En Madrid y sin traducción en castellano. Ha sido emitido sólo en dos ocasiones por La 2 y de madrugada, con bajas audiencias.
    Shoah se basa en una serie de entrevistas con víctimas y verdugos del Holocausto en los campos de exterminio. Lo más llamativo de Shoah es que hay una frase repetida en boca de muchos de los supervivientes y testigos: “Se acostumbra uno”. Uno se adaptaba a estar ordeñando sus vacas mientras, al otro lado de la alambrada, se escuchaban gritos de horror y muerte, mientras olía a carne quemada, mientras veía las pilas con ceniza. Se habituaba uno a conducir un tren cargado de judíos, muchos de los cuales no salían vivos de los vagones, bebés incluidos.
    Shoah, además, es lo suficientemente valiente como para exponer que los alemanes no fueron los únicos cómplices del exterminio, impensable sin los bestiales ucranianos o los miserables civiles polacos, que se reían de los judíos cuando los veían pasar en los trenes de la muerte. Los campesinos les hacían el gesto del degollado (imagen usada en La lista de Schindler) cuando los judíos les preguntaban dónde estaban, desde las ventanillas de los vagones para ganado.
    Lo más grandioso del trabajo de Lanzmann es que evita las imágenes de archivo, de cadáveres amontonados, del horror, y apuesta por una desnudez estética. Todo lo que vemos es a supervivientes recordando lo que pasó y bucólicos campos de la Europa del Este, esos hermosos y verdes parajes donde se erigió un complejo industrial de exterminio jamás visto en la historia humana.
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    Cartel de la película ‘La lista de Schindler’. / Wikipedia
    Fue precisamente Lanzmann uno de los cineastas más críticos con la que es hoy la película más popular sobre el Holocausto (aunque en ella Auschwitz esté tratado de refilón y de forma bastante tramposa): La lista de Schindler (1993). Lo explica muy bien Lanzmann: “A Spielberg le tengo mucho respeto como director, es un magnífico cineasta. Pero creo que, aunque pueda parecer extraño decirlo, no reflexionó suficientemente sobre el cine ni sobre la Shoah. Se limitó a reflejar un caso particular. Tampoco apruebo algunas escenas como la de la ducha de las mujeres en la que acaba saliendo agua, no gas. Para la mayoría de los judíos fue al contrario, salió gas por donde esperaban que saliera agua. Spielberg no tenía derecho a hacerlo, es un truco cinematográfico que induce a error. Además, en la película da a entender que hay una relación necesaria entre la Shoah y la creación del Estado de Israel. A mi juicio, fue un factor más, pero no se puede ofrecer una explicación tan lineal”.
    Otros que le dieron buena leña a la película son los directores Stanley Kubrick y Terry Gilliam, que en 2014 citó al primero: “Tal y como dijo Kubrick, el problema de La lista de Schindler es que Steven hizo una película sobre el éxito, pero el Holocausto solo se puede tratar desde el fracaso”.
    La gran duda hoy, y reconociendo lo valores formales de la cinta de Spielberg (la banda sonora de John Williams y la fotografía de Janusz Kaminski son sencillamente fabulosas) es qué hubiese rodado Roman Polanski, al que también se le ofreció hacer La lista de Schindler. Razonó su rechazo explicando que de niño había sufrido el Holocausto en Polonia y su madre acabó quemada en Autschwich. Afortunadamente para el cine, en 2002 estrenó la excelente y superiorEl pianista, con el que logró un muy merecido Oscar al mejor director.
    Otra gran duda: ¿Cómo hubiese sido la visión de Stanley Kubrick sobre el Holocausto? Desgraciadamente, su proyecto Aryan Papers nunca vio la luz.
    En 1997 se estrenó Bent, que trata de la represión a los homosexuales, y tres años después La zona gris, con Harvey Keitel. Pero son films olvidables. Como lo son, y mucho peor que eso, La vida es bella (también del 97) y El niño del pijama de rayas (2006), dos aproximaciones al horror de una deshonestidad y falta de criterio insultantes. La primera es una payasada infame y la segunda un cuentecillo simplón y tan inverosímil como el pésimo best seller en el que está basada. Del mismo año es El último tren a Auschwitz, bien intencionada pero nada novedosa.
    En 2002 se estrenó Amén, en el que Costa-Gavras acusó nada menos que al Vaticano de su vergonzoso silencio ante el exterminio judío y a pesar de las evidencias. 
    2008 fue el año la estupenda El lector, por la que Kate Winslet ganó el Oscar.
    En 2014 pudimos ver La conspiración del silencio, ambientada en 1958, cuando un joven fiscal descubre pruebas para apresar a miles de antiguos soldados de las SS. La pregunta que uno se hace al ver esta correcta película es cómo fue posible que el pueblo alemán tapase lo perpetrado por sus autoridades. Hasta 1966 los alemanes no celebraron el llamado Juicio de Auschwitz. Un cuarto de siglo después del horror.
    Lamentablemente, la recién estrenada El hijo de Saúl, primer largometraje del húngaro László Nemes, ha resultado ser una de las decepciones del año. Muchos teníamos esperanzas puestas en esta película, pero no se entiende su tan alabada realización. La historia se desarrolla en Auschwitz, pero nunca vemos su horror salvo mediante planos nada impactantes o fuera de campo, desenfocados. Una opción poco valiente y muy conservadora. El uso de la cámara, toda la película pegada al actor, resulta tan excesivo como exhibicionista.

    Inspirada en algunos momentos clave de la historia del campo (como uno de sus motines o las fotos que se realizaron clandestinamente a una incineración de cadáveres), El hijo de Saúl tiene un guion flojo y una argucia argumental poco creíble tratándose de Auschwitz.  
    El caso es que estamos ante otro intento fallido. Quizás tengamos que seguir esperando a la película que todavía no se ha hecho dentro de Auschwitz. Puede, eso sí, que el espantoso horror que se vivió allí sea imposible de rodar con veracidad porque resultaría imposible de soportar para cualquier espectador. Nos queda seguir esperando.  
     Avalon (YouTube)