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viernes, 15 de abril de 2016

NOVELA GRÁFICA. Sobre "Aquí vivió", de Isaac Rosa y Cristina Bueno

   En "El País":

Sobre las ruinas de un desahucio

Isaac Rosa y Cristina Bueno muestran el problema de la vivienda en 'Aquí vivió', su nueva novela gráfica

Rut de las Heras Bretín   11 abril 2016



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Viñeta de 'Aquí vivió'.

Una casa tiene memoria, el que la habita la dota de ella. La casa donde se nace -o a la que se llega tras el tiempo de rigor en el hospital-; la búsqueda del hogar ideal, o el mejor dentro de las posibilidades de cada uno: los planos y el imaginar donde se colocarán los muebles, el visitar centenares y de repente la sonrisa que se dibuja al encontrar la que parece perfecta; la de los padres con esa habitación donde el tiempo se para entre la infancia y la adolescencia; el olor de la de los abuelos, con muebles de otras épocas...
Estos recuerdos, a veces arrancados de cuajo, están en Aquí vivió (Nube de tinta, 2016), la novela gráfica del escritor Isaac Rosa y de la ilustradora Cristina Bueno. "Este libro es una excusa para dar a conocer el problema de la vivienda que llevamos arrastrando años y que nos afecta a todos, para mantener vivo el tema de los desahucios -que son la manifestación más extrema del problema- y las plataformas que luchan contra ellos", manifiesta Rosa que ha querido que el hogar tome un papel protagonista en esta historia, pero no como valor material sino como contenedor de vidas y de recuerdos. "Habitamos muchas casas, algunas en las que ya ha vivido alguien antes y ha dejado allí su historia". El escritor pone sobre la mesa estos temas desde un punto de vista diferente -no solo desde el que lo sufre, sino desde los que de una manera de otra lo viven: los vecinos, la policía, el cerrajero, los que llegan después a ese piso...-.



Se buscó un dibujo luminoso. "Lo dramático y oscuro era lo previsible", apunta Rosa, que de esta forma plasma en el papel la idea positiva del trabajo y de lo conseguido por las plataformas de afectados por la hipoteca (PAH). El dibujo sencillo y amable ayuda a que la novela amplíe el rango de edad. Cumple uno de los objetivos, que el libro sirva para todos los públicos, empezando por los niños, acercarles este tema que ya ha dejado de estar tan presente en los telediarios pero que sigue ocurriendo cada día y del que tienen derecho a saber y a preguntar. Los colores de las ilustraciones, que solo son el azul verdoso, el blanco y el gris, ayudan a diferenciar las partes de ficción y las de realidad de la novela. Estas últimas cumplen una función informativa y didáctica, además de evocar situaciones vividas por cualquiera como ese consejo de "no alquiles, compra, con lo que te gastas en pagar el alquiler pagas una hipoteca", que muchos se han arrepentido de seguir.




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Viñeta de 'Aquí vivió'.


Los recursos utilizados por Bueno son numerosos, muchos de ellos sugeridos por Rosa, que ha indagado en este nuevo lenguaje para él. Utiliza los planos de las viviendas o de las ciudades. Un mapa de una ciudad en el que se marcaran cada uno de los desahucios llevados a cabo sería demoledor, sobre todo en barrios como el conocido como Villa Desahucio (Ciutat Meridiana en Barcelona) o Vallecas y Villaverde, en Madrid. Su afán según iba releyendo la historia era dejar menos texto, suprimir bocadillos y dar más espacio al dibujo, que a través de las imágenes se entendiera todo. Son sucesos muy visuales, sobran las palabras -la gente saliendo de sus casas arrastrando colchones y niños, la policía levantando a los que protestan en la puerta...-. Se lamenta de que la sociedad se haya inmunizado y ya no se escandalice por esas imágenes. En el libro se hace un símil escalofriante: si todos los desahucios que se han llevado a cabo hasta el momento se produjeran el mismo día en una ciudad lo que se vería sería una escena de guerra, una multitud de personas arrastrando sus pertenencias sin ningún lugar al que ir más allá del que le ofrezcan las plataformas ciudadanas. Demasiado parecido a otras fotografías que nos llegan desde el Este de Europa y ante las que también va creciendo la indiferencia.
 Al comenzar este proyecto, Rosa pensó que cuando la novela llegara a las librerías compartiría estanterías con otras tantas de la misma temática, que habrían salido multitud de películas. Los creadores tenían un desgraciado filón para contar centenares de historias en cualquier disciplina y, aunque poco a poco van saliendo, echa de menos más. Les anima a que vayan a cualquier asamblea provistos de libreta para tomar notas. "Los activistas no tienen tiempo de guardar esta memoria. Están en la lucha diaria. Somos nosotros los que tenemos que construirla". También les motiva Carlos Macías, portavoz de la PAH de Barcelona, con el mismo argumento: "La necesidad de que haya memoria colectiva". Ve bien reflejadas las plataformas en Aquí vivió.
A pesar de la percepción generalizada, Macías indica que desde 2007 el número de desahucios no ha dejado de crecer. En el lenguaje usado por Rosa y Bueno esto se traduciría a que las marcas que se hacen detrás de las puertas para ver lo que crecen los miembros de una familia siguen aumentando trimestre tras trimestre




Cristina Bueno e Isaac Rosa, autores de 'Aquí vivió'. Luis Sevillano

sábado, 7 de noviembre de 2015

PRENSA. Sobre los refugiados en Europa: "Las 'frías cifras'". Isaac Rosa

   En "eldiario.es":

Las "frías cifras"

Una colección de números sobre "el drama de los refugiados" que no nos dicen nada
Grecia realizará el miércoles la primera reubicación de refugiados hacia Luxemburgo
EFE

Dice el tópico del periodismo sensiblero que detrás de las cifras hay personas con nombre y apellido, y que los grandes números (lo mismo del paro que de accidentes de tráfico) nos impiden ver la “dimensión humana”. Pero en el caso de los refugiados que llegan a Europa, ni por esas.
Ahí está el caso del niño Aylan. Con solo leer su nombre, ya saben de quién les hablo, ¿verdad? El kurdo de tres años ahogado en una playa de Turquía no quedó invisible tras una cifra, al contrario: supimos nombre y apellido, vimos fotos vivo y muerto, conocimos a sus padres y hermanos, supimos peripecias y anécdotas de su corta vida. Durante varios lacrimógenos días de septiembre pusimos nombre, apellido y rostro al "drama de los refugiados". Y aquí seguimos, olvidados del "refugees welcome".
Los nombres y apellidos no han servido para nada. Y tampoco las fotos, pues tras Aylan hemos visto nuevas fotos de niños hinchados, flotando en enormes chalecos salvavidas, depositados en la arena. Así que, como el “rostro humano” no sirve, probemos con las “frías cifras”. Estos días se acumulan números que, se supone, deberían sacudirnos, cambiar el orden de prioridades, presionar a los gobernantes. Pero la mayoría somos de letras, analfabetos matemáticos, y en cuanto hay más de dos ceros ya nos perdemos, lo mismo nos da diez mil que diez millones.
Aquí les dejo algunas cifras picoteadas de la prensa de ayer, a ver qué tal suenan. Se las ordeno de menor a mayor, así las asimilamos mejor: 2 niños muertos al día. 50 plazas para refugiados habilitadas por España. 55 cuerpos en la morgue de Lesbos, sin sitio para enterrarlos. 108 niños muertos desde que apareció el cadáver de Aylan. 116 refugiados ubicados por Europa en los dos últimos meses. 400 muertos en octubre. 1.418 plazas habilitadas por Europa para acoger a los que llegan. 3.406 ahogados en lo que va de año. 5.000 esperamos cada día de aquí a final de año. 9.000 niños han llegado solos, sin familia, en lo que va de año. 28.000 refugiados en el último fin de semana. 160.000 son los que se han comprometido a acoger los países europeos. 172.000 han llegado hasta septiembre. 218.000 más solo en el mes de octubre. 300.000 se esperan de aquí a final de año. 760.000 han alcanzado Europa en los últimos diez meses. 1.000.000 se calcula que habrán entrado en Europa en todo el 2015.
¿Les dicen algo todos esos números? Poca cosa, lo sé. Puedo intentar usar otras unidades de medida más manejables, no sé: decir que en los dos próximos meses llegará el equivalente a tres Bernabeus de refugiados; que en el último fin de semana desembarcó el equivalente a toda la población de Durango o Crevillente; que cada dos horas muere un refugiado en el mar; que en la morgue de Lesbos hay un autobús entero lleno de cadáveres sin enterrar; o que en dos meses han muerto niños que llenarían seis clases de Primaria, un colegio entero tirado en las playas.
Ni por esas, ya lo sé. Cifras, fotos, nombres, que no dan la medida de esta Europa miserable que no solo no ha establecido vías legales de llegada en origen, que no solo no ha abierto corredores humanitarios ni mandado la ayuda necesaria a los países de acogida cuando está llegando el frío; es que ni siquiera ha sido capaz de organizar una misión de salvamento y tienen que ser los socorristas voluntarios los que rescaten vivos y pesquen muertos. Qué asco de Europa, qué asco de nosotros, qué asco de mí.

miércoles, 9 de octubre de 2013

PRENSA CULTURAL. Entrevista a Isaac Rosa, por su última novela, "La habitación oscura"


   En la revista "Mercurio":

Isaac Rosa: “El capitalismo no está ahí afuera, está dentro de nosotros”

GUILLERMO BUSUTIL  |  ENTREVISTA · MERCURIO 154 - OCTUBRE 2013


Isaac Rosa (Sevilla, 1974) es autor de El vano ayer (Premio Rómulo Gallegos 2005), ¡Otra maldita novela sobre la guerra civil!, El país del miedo (Premio Fundación José Manuel Lara 2008) y La mano invisible, entre otros títulos. En su última novela, La habitación oscura, publicada como las anteriores por Seix Barral, da voz a un grupo de jóvenes que durante quince años entran y salen de un espacio sin luz, insonorizado, y en el que un inicial juego de transgresión termina convirtiéndose en el fracaso de los sueños, en un enfrentamiento con el estallido de la burbuja económica y sus efectos.
—El eje principal de La habitación oscura es su mirada generacional ante la crisis.
—Escribo sobre la realidad en la que se sitúan mi biografía y mis preocupaciones. Me parecía interesante hablar sobre la crisis desde mi generación, de la misma edad que la democracia y que, a diferencia de las anteriores, no había vivido ningún gran drama, ninguna forma de ética ni de lucha. Al contrario, es la generación del consumo, que tenía mejores expectativas de vida que las de nuestros padres y de repente se enfrenta a la dureza de una situación, sin preparación ni defensas. Este golpe nos da de lleno en el momento de empezar la segunda parte de nuestras vidas. La crisis nos ha convertido en una generación dominada por la incertidumbre, por la obligación de reinventarnos desde la frustración, a marchas forzadas.
—Muestra usted una actitud autocrítica, por no haber querido ver la gravedad de lo que se avecinaba. ¿Un sentimiento de culpa?
—Cada uno, todos, hemos participado de ese gran consenso ideológico y económico llamado burbuja porque pensamos que íbamos a beneficiarnos. Tampoco tenemos muy claro a quién responsabilizar y pedirle cuentas. Estoy en contra de esa acusación de que la mayoría hemos vivido colectivamente por encima de nuestras posibilidades, pero en cierto modo debemos autoinculparnos. Al principio miramos la crisis como espectadores, con cierta fascinación, igual que turistas. Tiene mucho que ver con la manera en que los hechos nos son contados y cómo los medios de comunicación construyen la realidad. Nos habíamos adaptado al discurso de que nos esperaba más crecimiento, más tecnología, más desarrollo, de que vivíamos a salvo, protegidos por el Estado y que la Historia con mayúsculas a nosotros ya nos había pasado.
—Pero esa actitud conlleva ser hormigas estresadas, que los sueños tengan hipoteca.
Isaac-Rosa
Isaac Rosa. © RICARDO MARTÍN
—Es la forma de vida en la que hemos crecido, en la que nos han educado y que supone seguir corriendo, dando pedales, porque si no lo haces te caes y otros te pasan por encima. Ese permanente seguir hacia adelante, continuar en la rueda, explica por qué seguimos aguantando y no estallamos, que el derrumbe parezca simplemente que se nos ha puesto la vida un poco más cuesta arriba y hay que volver a levantarse y seguir, a pesar de que nos sintamos estafados.
—Un derrumbe cuya metáfora es la habitación oscura donde refugiarse frente a la crisis, las sombras de las relaciones sentimentales y la incapacidad para enfrentar la madurez.
—La habitación oscura nos permite ver nuevas maneras de construir lo sentimental, cómo un espacio normal puede convertirse en un búnker donde la oscuridad es un paréntesis frente al mundo hipervisible en el que vivimos, y al mismo tiempo favorece estímulos más sensibles, otras fórmulas de relación, de crear una comunidad y tener un espacio de seguridad sin los límites que presionan en el exterior, en el que dejar de ser lo que eres fuera. Los personajes eligen esta habitación para evadirse, para reencontrarse, para restañar las heridas de los afectos. Otra gente elige otros refugios, en la familia, en el individualismo, en internet, en el sexo. Cada uno se esconde o se salva como puede.
—El sexo está muy presente en la trama como algo igualmente hipervisible.
—El sexo está omnipresente en casi todo lo que hacemos y vivimos. Nuestras relaciones están condicionadas por esas expectativas derivadas del sexo como objeto de consumo compulsivo e insatisfactorio. En la habitación, al estar a oscuras, el sexo se libera, se convierte en otra cosa, está más descargado de prejuicios morales y también de las imágenes, de los códigos que nos han impuesto la pornografía y la hipersexualización de la sociedad.
—Esta hipervisibilidad, que recuerda a Orwell y el poder de ver sin ser visto, estaba en La mano invisible. ¿Por qué le interesa tanto este tema?
—Me preocupa la extensión de la tecnología como una forma de control, algo muy presente en la realidad actual como hemos visto con el caso Snowden, especialmente en el ámbito laboral. Un espacio en el que se está implantando ese mecanismo de vigilancia y dominación, al margen del debate ciudadano, del consentimiento personal de los trabajadores. Hay todo un mercado de productos y cada vez hay más empresas que asumen estos programas como algo normal. Me preocupa cómo hemos ido aceptando las cámaras de videovigilancia y otras herramientas como el móvil, el GPS, que fomentan ese control, la pérdida de libertad e intimidad.
“El miedo nos gobierna y nos define como personas. Somos una sociedad constantemente atemorizada”—En la novela usted lo utiliza también como un instrumento de combate, ejercido por los que son más vulnerables.
—Quería proponer un debate sobre la insatisfacción que veo cada vez más en la gente sobre las formas de protesta: las mareas, las acampadas, y si sirven realmente para algo o habría que pasar a acciones más contundentes y cuáles podrían ser. En la calle he oído a menudo que el miedo tiene que cambiar de bando. El miedo nos gobierna y nos define como personas. Somos una sociedad constantemente atemorizada. Y en cierto modo es verdad que de alguna manera hay que hacer sentir la vulnerabilidad actual a quienes no la están sintiendo. Una minoría que se siente a salvo y a la que tal vez debería afectarle para que esto realmente empiece a solucionarse. Aunque personalmente creo que la solución pasa por construir colectivamente algo mucho más sólido, la novela es una manera de extender esa vulnerabilidad, de enfrentar al lector con sus propias dudas de hasta dónde se puede llegar, hasta dónde aceptamos espiar y que nos espíen.
—La conciencia política frente a la violencia económica es tratada desde una mirada descreída, escéptica. ¿Considera que el activismo es una postura caduca?
—La gente se ha acostumbrado a salir a la calle dos días a la semana, a retuitear mil veces convocatorias de manifestación y denuncias, a firmar en las webs de recogidas de protesta, pero realmente no ha hecho un cambio de mentalidad para buscar una transformación social y de sus propias vidas. Se nos llena la boca con las grandes palabras: sistema, capital, revolución, pero luego ni somos tan radicales ni queremos ese gran cambio. Para modificar la sociedad tenemos que cambiar primero nosotros, nuestros hábitos de consumo, de relacionarnos con los demás. Estamos viviendo una montaña rusa de la protesta social y no hemos conseguido detener ninguna de las medidas más duras que nos han impuesto. El tiempo pasa y solo hay una retórica exaltada que a la hora de la verdad no se corresponde con acciones. En el fondo, seguimos creyendo que la crisis se va a acabar y volveremos adonde estábamos, a tener la vida que nos prometieron. El capitalismo no está ahí afuera, está dentro de nosotros.
—Además de la construcción de la voz plural que conduce la narración, ¿cuál ha sido el otro reto de La habitación oscura?
—Esa construcción formal a la que te refieres me interesaba mucho. Quería probar con ese nosotros que a veces es la voz de los personajes y otras la voz generacional. Pero sobre todo quería jugar literariamente con las posibilidades del tiempo y del espacio. La oscuridad facilita que se pierdan las distancias, que el tiempo se deforme, probar otros movimientos además de los saltos de una memoria muy visual construida a partir del cine, de ese mecanismo de atrás y hacia adelante. Quería que fuese una novela que respondiese a esa complejidad de la que somos parte y que también está en la forma de pensar, de expresar y responder a la crisis.
—En ciertas partes, la historia que cuenta recuerda a Camus, ¿lo tuvo presente en el desarrollo de la novela?
—No pensé en él cuando escribía pero El primer hombre, su novela inacabada, me parece impresionante y él, tanto literariamente como en clave de pensamiento, me parece fundamental.

miércoles, 21 de septiembre de 2011

PRENSA CULTURAL. Entrevista a Isaac Rosa, sobre su última novela, "La mano invisible"

Isaac Rosa

   En "El Día de Córdoba":
"De tanto apretarlas, las tuercas pueden acabar rompiéndose"

   Isaac Rosa, uno de los escritores más solventes de su generación, ahonda en 'La mano invisible' en la deshumanización laboral y el "estado de malestar en el que vivimos".

Francisco Camero 
20.09.2011

   Alguien dijo que la revolución no consiste más que en hacer explícita la violencia implícita. Como asintiendo, un personaje de La mano invisible, de profesión albañil, se pregunta para sí mismo por el coste de un edificio medido no en sueldos ni en materiales sino en "dolores, lesiones, desgaste, vértebras castigadas, articulaciones condenadas a una vejez de achaques, dedos aplastados, hernias, traumatismos, escoliosis y de vez en cuando accidentes más graves". Todo aquello que un sueldo -bueno, malo o regular pero por lo general malo- nunca compensará. Con una voz si cabe más dura que en sus anteriores obras, Isaac Rosa (Sevilla, 1974) explora en su nueva novela, editada por Seix Barral, la deshumanización del mundo laboral, "el estado de malestar en el que vivimos la mayor parte de los trabajadores".
   No se trata de una "novela indignada" en el sentido 15-M del término, aclara el autor, que presenta estos días el libro dentro del ciclo 'Letras Capitales' del Centro Andaluz de las Letras; aunque admite que esta inquietud, que le rondaba desde hace muchos años por su impacto en la generación a la que pertenece, "se ha agudizado con la crisis". "El deterioro en el mundo del trabajo es cada vez más evidente", por lo que las preguntas que plantea la obra "cobran más sentido" en estos momentos: "¿Por qué somos dóciles y sumisos, por qué padecemos situaciones insoportables que sin embargo aguantamos?". Para plantearlas, el autor de La mala memoria, El vano ayer, ¡Otra maldita novela sobre la guerra civil! y El país del miedo reúne a doce trabajadores en un polígono industrial.
   Todos han acudido allí tras responder a una extraña oferta de trabajo. Se les pide que hagan su tarea, la que siempre han hecho, hasta aquí todo normal, pero ocurre que ni siquiera saben quién los ha contratado y además son observados durante todas sus jornadas por los espectadores que ocupan un graderío confundido entre las sombras de la nave industrial donde se reproduce este intrigante teatro. En él realizan sus labores mecánicamente, mientras los pensamientos y los problemas atraviesan como flechas el vacío de su rutina, hasta que el conflicto estalla. Ante las cada vez más agresivas exigencias de su enigmático patrón, los trabajadores encarnarán todo un muestrario de actitudes posibles ante la humillación y la explotación, desde la solidaridad hasta la ruindad.
   Menos uno de ellos, que es informático, todos los demás actores de este espectáculo de la alienación desempeñan oficios tradicionales: uno es carnicero, la otra es costurera, otro es camarero, aquélla es operaria de montaje... Elecciones muy conscientes y que tienen que ver con una de las interpretaciones del título. "La novela reivindica el trabajo frente al capital. El trabajo es la verdadera mano que mueve el mundo. He querido hablar del trabajo físico porque, aunque a veces caemos en el espejismo de que ya no existe, sigue siendo necesario para llevar la vida que llevamos; todo lo que nos rodea tiene detrás una cantidad de trabajo enorme, pero no lo vemos". Otra interpretación, "la más reconocible", hace alusión a las tesis de Adam Smith, esa mano invisible que se supone que regula toda actividad económica "aunque hoy vemos que la mano del mercado es más negra que invisible".
   Ganador de algunos de los premios más prestigiosos de la literatura en español, entre ellos el 'Rómulo Gallegos', el sevillano imprime de nuevo una notable densidad ensayística a su novela, aunque en esta ocasión el peso de las reflexiones se integra más en la (exigente) narración, en las voces de sus personajes, que en algunos pasajes percuten sobre sus conciencias casi obsesivamente. "Aunque suele verse más el aspecto político y social de mis novelas, por supuesto que tengo intereses literarios, formales, artísticos si quieres. La literatura que quiero hacer, y la que me interesa como lector, es aquélla que no da la espalda a cuanto de conflictivo hay en nuestro tiempo. Creo que los autores, cuando hemos conseguido una cierta atención, tenemos una responsabilidad. Y echo de menos ese ejercicio de responsabilidad por parte de los creadores; que deberían exigir también los lectores. Cuando me planteo si los novelistas estamos a la altura de lo que se espera de nosotros, tengo el resquemor de que no lo estamos".
   Isaac Rosa cree en la literatura como "arma de intervención social, en su capacidad de abrir debates y de participar en los ya existentes". Dice que "el mayor elogio" a su obra se lo hizo Antonio Ferres, integrante de la generación de la berza, el nombre que los partidarios de planteamientos más esteticistas acabaron por imponer a los escritores del realismo social de los años 50 y 60. "Me dijo que El vano ayer era el tipo de novela que habrían escrito ellos si les hubieran dejado seguir escribiendo y evolucionar; si no los hubieran expulsado de la literatura". También defiende a Jesús López Pacheco: "Es una tradición a la que yo querría vincularme. Por supuesto que hubo malas novelas sociales, como las hay malas de otro tipo", dice el autor, que es joven pero nunca ejerció de y siempre ha ido por libre en este sentido. Y además no comulga con la proliferación de novelas que "se cierran tanto a la realidad, que al final la realidad no es más que el propio escritor y su novela". Lo entiende como algo "significativo" en un un contexto en el que "la literatura dominante ha ido desactivando su capacidad crítica", lo que explica su "lugar irrelevante" en la sociedad de nuestros días.
   A pesar de todo, asegura, él seguirá sin desviar la mirada de una realidad que "aterroriza": "En pocos meses estamos liquidando, para nosotros y para las próximas generaciones, cosas que ha costado décadas conseguir". "Soy pesimista. No sé cuál es la salida... Hay una posibilidad, que no es la más deseable: de tanto apretar las tuercas, éstas pueden acabar rompiéndose", dice el escritor, que sin embargo también es consciente de que, por evitar pensar en el problema "mientras éramos guapos y felices", los españoles se enfrentan a una "paradoja terrible: cuando más evidentes son los motivos para la rebeldía, más difíciles son las condiciones para manifestarla".