Mostrando entradas con la etiqueta Naím Moisés. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Naím Moisés. Mostrar todas las entradas

lunes, 19 de noviembre de 2012

PRENSA. "Malala y Savita". Moisés Naím

Moisés Naím

   En "El País":

Malala y Savita

Sus historias han recordado al mundo que el oscurantismo no es un fenómeno del Medievo

 17 NOV 2012

Malala Yousafzai y Savita Halappanavar.
Este no es un trabalenguas. Son los nombres de dos personas que no podrían ser más diferentes ni tener menos en común. Pero a las dos les han sucedido cosas que iluminan aspectos tanto trágicos como esperanzadores del mundo en el que vivimos a comienzos del Siglo XXI.
Malala Yousafzai, pakistaní, tiene 14 años. Hace un mes, cuando volvía a casa en el autobús escolar, recibió un disparo que le atravesó la cabeza, el cuello y se le alojó en el hombro.Sobrevivió milagrosamente y ahora se recupera en un hospital en el Reino Unido. ¿Su pecado? El activismo en favor de la educación de las niñas.
Ehsanullah Ehsan, portavoz de los talibanes paquistaníes, al atribuir a su grupo la responsabilidad del ataque explicó que Malala “es el símbolo de los infieles y la obscenidad”, y aclaró que, en caso de sobrevivir, volverían a tratar de matarla. Y también a su padre, Ziaudinn, a quien responsabilizan por haberle lavado el cerebro. La primera evidencia de tal lavado de cerebro ocurrió cuando, teniendo tan solo 12 años, Malala, a instancias de un periodista de la BBC, comenzó a escribir un blog donde relataba aspectos de su vida bajo el régimen de los talibanes, quienes para entonces (2009) controlaban el valle de Swat, donde queda Mingora, su ciudad. Este control implicaba la prohibición de que las niñas fuesen a la escuela y el cierre de muchas de ellas. Algunos centros simplemente los incendiaban. Una vez que el ejercito pakistaní retomó el control de Swat, Malala se convirtió en una lucida y muy articulada voz de denuncia contra los talibanes y de la urgente necesidad de que la sociedad y el Estado pakistaní hagan más por educar a las niñas. Para los talibanes la promoción de estas ideas merece la muerte.


Manifestación a favor de Malala Yousafzai, en Islamabad (Pakistán). / T. MUGHAL (EFE)
El atentado contra Malala produjo una repulsa internacional y, lo que es más importante aún, generó un indispensable debate dentro de Pakistán.
Savita Halappanavar, una bella dentista de 31 años de origen hindú, vivía en Dublín. En principio, Irlanda debería ser menos peligroso para las mujeres que el valle de Swat. Sin embargo un oscurantismo parecido al que motivó el intento de asesinato de Malala, produjo la muerte de Savita. Embarazada de 17 semanas, comenzó a sentirse mal y con su marido fue al hospital Universitario de Galway. El diagnóstico fue evidente, y desde el punto de vista médico, el tratamiento indicado también lo era. Pero la lógica médica chocó contra impedimentos legales, que acabaron por matar a Savita. Los médicos concluyeron que el feto era inviable y no podría nacer vivo. Savita, descorazonada por la pérdida, finalmente se resignó y, con su marido, pidió que le practicaran un aborto. No podemos, explicaron los médicos. La ley solo nos lo permite cuando el corazón del feto deja de latir. Debemos esperar. Y a pesar de la protesta y la desesperación de la pareja, así fue. Fueron forzados a esperar. El corazón del feto se detuvo un miércoles. Y el de Savita el sábado siguiente.
La autopsia reveló que la causa de su muerte fue septicemia, una infección generalizada que termina por afectar todo el cuerpo. Praveen Halappanavar, el marido, dijo a la BBC: “Era nuestro primer bebé, y ella se sentía en la cima del mundo... estaba tan feliz y todo iba bien, estaba muy emocionada. No hay duda que Savita hoy estaría viva si se le hubiese podido terminar el embarazo que acabó matándola”.
¿Por qué proteger a un feto que a todas luces es inviable y no tiene esperanza de vida es más importante que la protección de una joven madre de 31 años en perfecta salud? Usted sabe la respuesta.
Tanto el fallido intento de asesinato contra Malala como la muerte “por razones legales” de Savita produjeron indignación mundial. Si bien esto aún no es suficiente para cambiar radicalmente las cosas en Pakistán o en Irlanda, las dos tragedias han tenido efectos esperanzadores. Los políticos irlandeses se han visto forzados a prometer la reforma de las leyes que impidieron salvarle la vida a Savita y en Pakistán se ha hecho más difícil defender la idea de que es mejor no mandar las niñas a la escuela. Estos cambios no son suficientes y es mucho lo que falta. Pero al menos las historias de Malala y Savita le han recordado al mundo que el oscurantismo no es un fenómeno del Medievo. Está muy presente y todavía se cobra vidas en el siglo XXI.
Estoy en Twitter: @moisesnaim

lunes, 4 de junio de 2012

Moisés Naím
   En "El País":
¿Por qué no amaina la crisis?

   La crisis sigue porque en Europa no hay quien tenga el poder para contenerla.
Moisés Naím. 3 junio 2012

     ¿Por qué sigue agudizándose y extendiéndose la crisis económica europea? ¿Ignorancia? ¿Demasiado poder concentrado en pocas manos? ¿O será, quizás, todo lo contrario: que los que deben tomar las decisiones necesarias no tienen el poder para hacerlo? Creo que es una diabólica combinación de estos tres factores.
Ignorancia. Está claro que ni entre los Gobiernos ni entre los expertos hay acuerdo acerca de qué hacer. El debate entre los defensores de la austeridad y quienes proponen gastar más para estimular el crecimiento de la economía domina los titulares. A medida que la crisis arrecia, este debate se transforma en un torneo de frases hechas y afirmaciones superficiales. Después de todo, la austeridad no suele ser una opción entre varias. Los pobres no viven austeramente porque, después de pensárselo bien, decidieran que prefieren ser frugales y no manirrotos. Así, para muchos países —y familias— la austeridad es una feroz e ineludible realidad. Por otro lado, imponerle más austeridad a quienes ya no pueden vivir con lo poco que tienen tampoco es una opción válida. En todo caso, el debate sigue y la seguridad con la cual los más renombrados economistas ofrecen sus recomendaciones contrasta con la validez de sus pronósticos e interpretaciones antes y durante la crisis. Andrew Lo, un economista del MIT, acaba de publicar en el prestigioso Journal of Economic Literature una reseña de los 21 libros que más resonancia han tenido en los debates sobre la crisis. Su conclusión: “De este amplio y contradictorio conjunto de interpretaciones no emerge una narrativa única; la gran variedad de conclusiones… enfatiza la desesperada necesidad que tienen los economistas profesionales de ponerse de acuerdo sobre una base de datos común de la cual puedan construir inferencias y narrativas más precisas”.
     En otras palabras, si los mejores economistas ni siquiera se pueden poner de acuerdo sobre cuáles son los hechos y datos relevantes para explicar la crisis, no debe sorprendernos que tampoco estén de acuerdo acerca de qué hacer para salir de ella. Pero no se dan por aludidos. Esta crisis ha revelado que la arrogancia intelectual es uno de los riesgos ocupacionales de practicar la economía como profesión.
Mucho poder en pocas manos. Por otro lado, también es obvio que la crisis no es solo económica y que las contradicciones y desacuerdos entre los expertos no bastan para explicar lo que está sucediendo. La política tiene mucho que ver con lo que está pasando, y hablar de política es hablar de poder. Hay protagonistas de este drama que, aunque no tienen el poder para solucionar la crisis, tienen el poder de vetar las iniciativas ajenas que no les convienen y así truncar el juego. La canciller alemana, Angela Merkel, por ejemplo, es uno de estos protagonistas con enorme poder de veto. Alemania podría estimular más su economía y apoyar otras medidas que ayuden al resto de Europa a salir de la crisis. La venta en los mercados mundiales de un bono único emitido por Europa es un buen ejemplo de iniciativas válidas que hasta ahora han sido frenadas por Alemania. Estos eurobonos tendrían la garantía colectiva de todo el continente, lo que disminuiría su prima de riesgo y los pagos que deben hacer los países más atribulados por la crisis —y que más dependen del crédito del extranjero—. Pero en estos tiempos el poder no solo se concentra en algunos países y líderes. Los financieros que tienen la capacidad de mover grandes volúmenes de capital de un país a otro también son protagonistas importantes del drama europeo. Si bien no pueden imponer políticas, sí pueden vetar decisiones o limitar las opciones de los Gobiernos.
Poco poder en muchas manos. Por otro lado, un paradójico y contradictorio aspecto del poder en estos tiempos es su escasez, precariedad y transitoriedad. Aun los más poderosos se encuentran con inmensas limitaciones para ejercer el poder. Y además lo pierden con inusitada frecuencia, siendo reemplazados por rivales, colegas o sorprendentes contendientes que aparecen súbitamente. Angela Merkel no puede hacer todo lo que le gustaría y sus opciones son restringidas por una miríada de micropoderes que, si bien no tienen la fuerza de imponer sus deseos, sí tienen cómo limitar a los más poderosos. Ni siquiera los líderes de las finanzas pueden hoy dormir tranquilos suponiendo que sus cargos e instituciones están a salvo de la turbulencia en la que vivimos. En el mundo de hoy, el poder está muy fragmentado y la crisis europea es la evidencia más clara de esta tendencia. Incluso quienes más poder tienen solo pueden influir sobre su evolución de manera tenue e indirecta. La crisis sigue porque en Europa no hay quien tenga el poder para contenerla. Por ahora.

miércoles, 28 de marzo de 2012

PRENSA. "¿Escasez? ¿Qué escasez?", por Moisés Naím

Moisés Naím

   En "El País":
¿Escasez? ¿Qué escasez?
   En el caso del tráfico y venta de armas la indiferencia tiene consecuencias letales.

Moisés Naím 24 MAR 2012

   ¿Qué es lo que nunca falta? ¿Qué es lo que siempre parece haber en abundancia aun en los lugares más pobres o más remotos del mundo?
   Armas.
   ¿Cuándo fue la última vez que supimos que una guerra, una insurgencia o un movimiento guerrillero cesó o amainó porque a una de las partes en el conflicto se le acabaron las balas?
   Nunca.
   Donde hay guerra siempre aparece el dinero, y donde hay dinero siempre aparecen las armas. Y no aparecen solo en las guerras y donde hay dinero. Las armas también abundan en los lugares más miserables del planeta. En los centros urbanos donde reinan la escasez y la carestía, donde los bebés no tienen leche, los jóvenes no tienen libros y donde el hambre es una experiencia cotidiana, lo que nunca falta son las armas. Pistolas y revólveres, fusiles y metralletas, lanzagranadas y demás armas portátiles son trágicamente comunes en los barrios pobres del mundo.
   También abundan en rincones donde no hay sino hambre, sed y muerte. En los pueblos y ciudades de Sudán o Yemen, en la selva de Colombia o en Sri Lanka, en las montañas del Congo, Afganistán o Chechenia falta de todo. Pero no armas. Armas que, cada año, causan 500.000 muertes.
   El Small Arms Survey es una iniciativa del Centro de Estudios Internacionales de Ginebra que se especializa en el análisis de los mercados y las consecuencias del comercio internacional de las armas portátiles. Los investigadores del Survey estiman que hay 875 millones de esta clase de armas en circulación en todo el mundo, producidos por más de 1.000 empresas en más de 100 países, que participan en un mercado que mueve 7.000 millones de dólares al año. Los expertos están de acuerdo en que el principal obstáculo para reducir los estragos producidos por la proliferación de armas portátiles es la falta de información. El anonimato en la fabricación, compra y venta de las armas y el secreto en el destino, las cantidades y el tipo de armas que se comercializan hace más difícil la puesta en marcha de políticas públicas que puedan mitigar el problema, y lastran los esfuerzos internacionales necesarios para enfrentar una amenaza que no respeta las fronteras nacionales. Con el fin de la guerra fría y la aceleración de la globalización se intensificaron dos tendencias que complican aun más el trasiego de armas portátiles y el acceso a la información: la proliferación y la privatización.
   Hoy hay más proveedores y compradores que antes y, crecientemente, ni vendedores ni compradores son los gobiernos o sus fuerzas armadas, sino clientes “privados” como insurgentes, guerrilleros, terroristas y bandas criminales.
   El incremento de la oferta de armas es notable: antes, las empresas que fabricaban armas portátiles apenas alcanzaban varios centenares. Hoy son más de mil, y la cifra va en aumento. Antes, estaban radicadas en un número relativamente pequeño de países. Hoy están por todas partes. Antes eran apéndices de los gobiernos, aunque formalmente fuesen empresas privadas. Ahora, el control gubernamental o militar de la producción de armas se ha debilitado y hay empresas transnacionales que en la práctica operan de manera muy independiente de los gobiernos. Debido a ello, los compradores de armas portátiles actualmente cuentan con más proveedores que nunca para abastecerse.
   Y del lado de la demanda también pasa lo mismo: el número de clientes y su apetito por las armas portátiles va en aumento. Paradójicamente, esto ocurre al mismo tiempo que las guerras entre países han disminuido (desde los años noventa, los conflictos armados entre naciones han declinado aceleradamente). Pero lo contrario ocurre con los conflictos dentro de los países, y hemos visto cómo han aumentado las guerras civiles, las insurgencias los enfrentamientos armados entre facciones políticas. La primavera árabe, por ejemplo, ha producido un shock de demanda en el mercado de armas portátiles. En Siria, antes de la crisis, un fusil Kaláshnikov (el AK-47) se podía conseguir por 1.200 dólares en el mercado negro; ahora cuestan más de 2.100 dólares.
   Todo esto no quiere decir que los gobiernos y sus militares no sigan siendo los protagonistas fundamentales en el mercado internacional de armas portátiles. Estados Unidos y Europa son los principales productores y exportadores. Pero, paradójicamente, también, son los gobiernos de estos países quienes más esfuerzos están haciendo por contener el boom mundial de este tipo de armamento. Estamos acostumbrados a la hipocresía en las relaciones internacionales. A veces su única consecuencia son aburridos discursos que no tienen mayores efectos. Pero en el caso de la indolencia de la comunidad internacional con respecto a la proliferación de armas portátiles, y de los países y empresas que se lucran con ellas, la indiferencia y la hipocresía tienen consecuencias letales.

   Sígame en twitter @moisesnaim

lunes, 14 de noviembre de 2011

PRENSA. "Dinero mundial frente a política local", por Moisés Naím

Moisés Naím

   En "El País":
Dinero mundial frente a política local

MOISÉS NAÍM 13/11/2011

   La crisis de la Eurozona es la más reciente y furiosa manifestación del choque entre dos de las tendencias más importantes de nuestro tiempo; una muy antigua y otra muy nueva. La tendencia más antigua es que la política está definida por los intereses y pasiones locales. La nueva es que el dinero se ha hecho global. Este choque sacude a la economía y la política de Europa y sus efectos también son evidentes en otras regiones y países.
   "La política es siempre local" es la conocida afirmación del político estadounidense Tip O'Neill. Y es verdad: el éxito de un político depende de su capacidad para captar cuáles son los intereses y preocupaciones más concretas de sus votantes y prometerles soluciones para sus problemas cotidianos. Son esos problemas locales, y hasta personales, y no las grandes pero intangibles ideas lo que más le importa a la mayoría de la gente. Pocos piensan más allá de sus fronteras a la hora de votar o decidir a qué político, partido o causa apoyar.
   La frase de O'Neill sobre la política choca con otra igualmente común: "el dinero se ha hecho global". Basta apretar una tecla del ordenador para invertir o gastar en casi cualquier otro país a la velocidad de Internet.
   Las cifras son extraordinarias: el mercado mundial de divisas es hoy ocho veces más grande de lo que era hace solo 20 años. En ese periodo, los montos destinados a la compra de empresas y activos físicos en otro país (la inversión extranjera directa) se multiplicó por cuatro, creciendo más rápidamente en los países pobres. Esta explosión del movimiento mundial del dinero es un arma de doble filo. Ha creado nuevas y abundantes fuentes de financiamiento y de empleo, y países como China (que atrajo 185.000 millones de inversión en 2010) o Brasil (48.000 millones) no hubiesen podido sacar a tanta gente de la pobreza como lo han hecho en la última década si no hubiese sido por la inversión extranjera.
   Pero... el dinero es cobarde, despiadado y veloz. Como vemos ahora en Europa, cuando los inversionistas se asustan salen a tanta velocidad como entraron, dejando a los países tambaleando. Y también hay especuladores que apuestan a estas crisis y se lucran con ellas, contribuyendo así a desestabilizar economías y gobiernos. Pero los especuladores no crean las crisis; las aprovechan cuando los gobiernos permiten que sus economías se hagan vulnerables.
   Pero si el dinero es mundial y la política es local, el comercio internacional es regional. Sorprendentemente, la globalización no ha llegado al comercio de manufacturas.
   Los volúmenes de importaciones y exportaciones de productos manufacturados son mucho mayores dentro de una misma región que entre países que no son vecinos. Cuando se excluyen de las estadísticas las materias primas (petróleo, hierro, arroz, etc.), vemos que los europeos o los asiáticos comercian más entre sí que con otras regiones, y lo mismo vale para los americanos. Esto es muy relevante, puesto que las exportaciones de manufacturas son una importante fuente del empleo mejor remunerado.
   Y, como sabemos, la fuerza laboral es casi inamovible. Los emigrantes solo constituyen un ínfimo tres por ciento de la humanidad. Y claro está, los impactos de la globalización sobre el empleo ocurren a través del comercio (cuando los productos locales son más caros que los importados) o de la inversión extranjera (cuando una fábrica se muda a un país con costes laborales más bajos). Y no hay nada que tenga mayor impacto concreto en la política local que un desempleado. O millones de ellos.
   Como lo demuestran los eventos en Europa, la mezcla de la política local con el dinero global es tóxica. Cuando se le añade al cóctel el comercio regional y el empleo poco movible, su toxicidad es aún mayor. Lamentablemente, todavía no tenemos antídotos para el cóctel. Proteger a las economías de los vaivenes del dinero global suena tentador y ciertamente algo hay que hacer para atenuarlos. Pero es una tarea difícil, costosa y que fácilmente lleva a tomar decisiones que suenan bien pero hacen mal. "Globalizar" más la política, haciéndola menos local, es también un proyecto tan atractivo como difícil. Está claro que los políticos deben hacer mucho mejor la tarea de concienciar a sus electores de que lo que pasa fuera de las fronteras de su país -o ciudad- tiene consecuencias para lo que pasa dentro de sus hogares. En Europa este trabajo es ahora más fácil. Para millones de europeos, esta crisis se ha transformado en un acelerado y doloroso cursillo sobre los vínculos entre "el allá afuera y el aquí dentro".
   A pesar de todos estos problemas, no tenemos alternativa: hay que globalizar más la política local y hacer más locales las finanzas globales. ¿Muy difícil? Claro que sí. ¿Indispensable? También.

   Twitter @moisesnaim

martes, 1 de noviembre de 2011

PRENSA. "El futuro: 10 preguntas", por Moisés Naím

Moisés Naím

   En "El País":
El futuro: 10 preguntas

MOISÉS NAÍM 30/10/2011

   En estos días, las emergencias tienen al futuro asfixiado. La ansiedad creada por la crisis económica europea, las batallas políticas en Estados Unidos, las convulsiones sociales en muchos países a la vez y la posible desaceleración del crecimiento de China son solo algunas de las preocupaciones sobre el futuro inmediato que no dejan pensar más allá de las próximas semanas o meses. Esto es natural, inevitable y muy humano. El think tank donde trabajo, el 'Carnegie Endowment for International Peace', acaba de cumplir un siglo. Animados por el centenario, nos preguntamos cuáles serían algunas de las disyuntivas que moldearían el mundo en los próximos 100 años. Es el tipo de ejercicio que muchos consideran banal. Y algo de razón tienen: es poco probable que las respuestas resulten acertadas. Además, tampoco estaremos aquí para comprobar si nos equivocamos y cargar con las consecuencias.
   ¿Para qué hacérnoslas entonces? Porque son preguntas que estimulan reflexiones interesantes y sintetizan nuestras opciones en varios ámbitos críticos. Solo pensar en posibles escenarios futuros y en los factores que los determinan nos permite entender mejor dónde estamos, hacia dónde podemos evolucionar y cuáles son los esfuerzos necesarios para acercarnos mas a los escenarios positivos. En todo caso, son preguntas sobre las que vale la pena conversar y sobre las que, como humanidad, deberíamos estar leyendo y discutiendo tanto o más de lo que leemos y hablamos de la crisis griega o la vida sexual de Berlusconi.
   Las preguntas son estas 10 y no van en orden de importancia; además, varias están obviamente conectadas.
   1. ¿Lograremos limitar el aumento de la temperatura de la tierra a tres grados Celsius o habrá subido hasta ocho grados o más? Si el incremento alcanza o sobrepasa los ocho grados, el planeta y sus habitantes enfrentarán realidades climáticas radicalmente distintas de las que hemos tenido hasta ahora. Este ya no es un debate. En los últimos 50 años, la temperatura promedio de la superficie del planeta se ha elevado 0,911 grados. Y el aumento de otros tres grados es ya imparable. La lucha es para evitar que suba más que eso.
   2. ¿Seremos 16.000 millones de habitantes en el mundo o solo 6.000 millones? Este es el rango de posibilidades que maneja Naciones Unidas con respecto a la población del planeta en 2100, dependiendo de lo que suceda con los índices de fertilidad y otros factores.
   3. ¿Cuántos países tendrán armas nucleares en 2100? ¿Ninguno? ¿25? Este es el número de países que, según los expertos, podrían tener bombas atómicas en las próximas décadas si se empeñan en desarrollar un programa con tal objetivo y si el resto del mundo se lo permite. Hoy hay nueve.
   4. ¿Cuál será el modelo de gobierno que prevalecerá en el futuro: democracias como en Europa, EE UU, India o Brasil, o regímenes autoritarios más parecidos a los de la China o la Rusia de hoy?
  5. ¿Continuará la rápida expansión de la clase media de esta década, en los países más pobres y poblados del mundo, o serán más bien la pobreza, la desigualdad económica y la exclusión las tendencias dominantes?
   6. ¿Se consolidará el islam como una fuente de fricciones y conflictos o se renovará, transformándose en una fuerza de apoyo a la paz y estímulo al desarrollo? ¿Ofrecerá más oportunidades a las mujeres?
   7. ¿Se desarrollarán Internet y el ciberespacio como fuerzas benignas o serán más bien una constante fuente de desestabilización y nuevas amenazas?
   8. Una de las características del siglo XX fue el surgimiento de un gran número de nuevas naciones. ¿Serán los Estados fallidos y la desaparición de naciones una característica del siglo XXI?
   9. ¿Seguirá profundizándose la globalización, propulsada por tecnologías que atenúan la distancia y los costes de comunicación y transporte y por políticas públicas que estimulan la integración internacional? ¿O, por el contrario, los desajustes y las convulsiones sociales producidos por la globalización nutrirán el nacionalismo y el proteccionismo, obstaculizando el movimiento de personas, productos, dinero e ideas?
   10. El poder económico, político, militar y social, ¿estará más o menos concentrado?
   Es obvio que esta no es una relación completa de los factores que moldearán el futuro. Seguramente faltan algunos y cada quién podrá pensar en otros retos que tendremos que enfrentar. Pero en cualquier lista deberían estar estos 10. Al menos sirven para comenzar una conversación indispensable. Y quizás más urgente de lo que ahora nos parece.

   Sígame en Twitter: @moisesnaim

lunes, 24 de octubre de 2011

PRENSA. "Hacia la furia política", por Moisés Naím

Moisés Naím

   En "El País":
Hacia la furia política

MOISÉS NAÍM 23/10/2011

   Estar atrapado en el tráfico es más tolerable si los coches en los otros carriles avanzan. Ver a los demás moverse abre la esperanza de que, tarde o temprano, a nosotros también nos llegará el turno de avanzar. Y al revés, si todos los carriles permanecen atascados durante mucho tiempo, la paciencia se agota y los ánimos se caldean. Y si, además, la policía llega y permite a unos cuantos coches muy seleccionados salir de su carril y avanzar por un camino especial abierto sólo para ellos, la furia de los demás será inevitable.
   Esta metáfora, que ilustra las consecuencias políticas de la movilidad social, fue propuesta originalmente en 1973 por el profesor Albert Hirschman para explicar la sorprendente tolerancia a la desigualdad en los países pobres. La idea es tan sencilla como interesante: en los países pobres, tan solo un atisbo al ascenso económico de otros le aporta mucho apoyo político al régimen de turno. El crecimiento siempre termina por hacer progresar a algunos, y esto aviva las esperanzas de sus familiares, amigos y vecinos, que piensan: "Pronto me tocará a mí también". Esta es la expectativa que nutre la paciencia política que vemos en muchos lugares.
   La metáfora de Hirschman se refiere a los países pobres, pero también es útil para entender lo que sucede en algunas de las naciones más ricas del mundo. Salvo que en este caso, los indignados de todas partes y los manifestantes que chocan con la policía antidisturbios no se movilizan solo porque ven sus carriles de tráfico horriblemente atascados. Es, más bien, porque están siendo forzados a retroceder y porque ahora están prestando más atención al hecho de que otros están avanzando gracias a lo que ellos perciben como trucos, trampas y privilegios.
   Hace más de un siglo, Alexis de Tocqueville escribió que los estadounidenses mostraban una mayor tolerancia que los europeos hacia la desigualdad económica. Según él, esto se debía a que en Estados Unidos la movilidad social era mayor que en el viejo continente.
   Esto se acabó. En estos tiempos, la larga convivencia pacífica con la desigualdad económica ya no forma parte del panorama político norteamericano. Los estadounidenses están furiosos porque los ejecutivos de las mayores empresas de ese país ganan 343 veces más que un trabajador medio, y porque el 1% de los más ricos concentra más riqueza que todo el resto. Si bien las cifras son alarmantes y en los últimos años las disparidades de ingresos en EE UU se han agudizado, nada de esto es nuevo. La novedad es la intolerancia al hecho de que la riqueza se concentra en unas pocas manos y a que los ricos no se han visto afectados por la crisis. Algunos, por el contrario, se han beneficiado de los rescates de empresas y otras medidas de estímulo a la economía. Y claro está, son inmunes a la austeridad fiscal que los gobiernos de los países más endeudados están adoptando.
   Y nada hace salir a la gente a protestar en la calle tanto como los recortes en el gasto público. Sobre esto vale la pena recordar los resultados del estudio de Jacopo Ponticelli y Hans-Joachim Voth, profesores de la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona. Utilizando una vasta base de datos que les permitió cuantificar los actos de violencia política ocurridos en 26 países europeos entre 1919-2009, los profesores encontraron que "los recortes en el gasto público aumentaron significativamente la frecuencia de disturbios, marchas anti-gobierno, huelgas generales, asesinatos políticos e intentos de derrocar el orden establecido. Si bien estos son eventos de baja probabilidad en años normales, son mucho más comunes cuando se implementan medidas de austeridad".
   En estos días basta encender el televisor para comprobar cuán válida es esta conclusión. En el caso de EE UU, se hace obvia la nueva realidad política cuando Mitt Romney, el candidato con mayor opción de ser elegido por el Partido Republicano para enfrentarse a Barack Obama en las presidenciales de año próximo, dice: "Veo lo que está pasando en Wall Street y entiendo bien cómo se siente esa gente... La gente en este país está muy molesta".
   Así es. La gente está molesta. De hecho, muchos están furiosos. Y lo seguirán estando hasta que sus carriles no comiencen a moverse de nuevo. O, como diría Hirschman, hasta que vean que los de sus familiares, amigos y vecinos comienzan a moverse.

   Estoy en Twitter: @moisesnaim

lunes, 3 de octubre de 2011

PRENSA. "No es Grecia, es China", por Moisés Naím

Moisés Naím

   En "El País":
No es Grecia, es China


MOISÉS NAÍM 02/10/2011

   Mientras el mundo sigue con gran ansiedad la crisis de Grecia (población: 11 millones), en China (población: 1.340 millones) están pasando cosas que no atraen tanta atención como lo que pasa en Grecia. Pero deberían. Si la locomotora de la economía mundial se desacelera, o se llegase a detener, las consecuencias serán mucho más graves de las que ha tenido la crisis griega, aun considerando el daño que esta le ha hecho al resto de Europa.
   Aquí les doy algunos aburridos datos técnicos sobre lo que está pasando hoy en China: la actividad manufacturera ha caído por tercer mes consecutivo, la burbuja especulativa en la construcción (¿les suena?) está por estallar, los precios caen y a las grandes empresas de ese sector les cuesta conseguir financiación. La deuda de los Gobiernos locales ha alcanzado un volumen equivalente al 27% del total de la economía y, por si eso fuera poco, los analistas creen que en el 80% de los casos estas deudas serán incobrables. Los precios de las acciones de empresas chinas cotizadas en la Bolsa de Nueva York cayeron al conocerse que los reguladores están encontrando graves fallas en su contabilidad.
   Quizás la siguiente cita del Financial Times resulte menos aburrida: "El sector inmobiliario chino, que hasta hace poco era muy atractivo para los inversores, se ha convertido en un espectáculo de terror... cuyos efectos se sentirán en el mundo entero".
   ¿Quiere decir todo esto que viene un crash en China? No necesariamente. Pero... Hay una alta probabilidad de que en los próximos años China sufra un accidente que ralentizará su crecimiento económico. Este accidente podría ser financiero, ecológico, social o internacional. Tendría, además, que ser lo suficientemente grave y duradero como para afectar simultáneamente a varias regiones y sectores.
   Un desplome de la Bolsa que elimine gran parte de los ahorros de la gente, la contaminación del agua de una gran ciudad o cualquier otra impredecible situación que produzca masivas protestas callejeras (y en China serían realmente masivas) pueden ser la chispa de una crisis que se difunda hasta afectar a toda la economía. De ahí, el impacto se diseminaría al resto del mundo a gran velocidad.
   El acuerdo social y político que el actual régimen tiene con el pueblo chino es el siguiente: nosotros creamos millones de puestos de trabajo y la promesa de creciente prosperidad para todos y ustedes nos dejan gobernar sin exigir mayor participación en la toma de decisiones.
   Si la tasa de creación de empleos disminuyese, la legitimidad del régimen menguaría, así como su capacidad de gobernar centralizadamente como lo ha hecho hasta ahora. Pero, además, están apareciendo otros factores que están socavando la estabilidad política: la inflación, la desigualdad y la corrupción.
   En la década pasada, la inflación fue, en promedio, inferior al 2% anual. Ahora es de 6,2% al año, y en los alimentos, el capítulo más políticamente explosivo, los precios se han disparado aún más.
   La desigualdad económica antes del boom era reducida e invisible para la mayoría de la gente. Ahora está a la par con las peores del mundo y es muy visible. Los trabajadores urbanos ganan tres veces más que los campesinos en las zonas rurales y el número de chinos que entran en la lista de los más ricos del mundo rompe récords cada año (los multimillonarios chinos son, como media, 15 años más jóvenes que sus pares en otros países).
   La corrupción igualmente se ha hecho más visible y afecta a todos. Los esfuerzos del Gobierno por controlarla -que incluyen frecuentes encarcelamientos de funcionarios públicos y hasta la pena de muerte- no han tenido éxito.
   Las crisis económicas suelen transformar a la corrupción de un hecho irritante largamente tolerado a una potente causa popular que, como en los casos de Egipto o Túnez, contribuye a la caída del Gobierno. China aún está lejos de esto, pero la corrupción es un factor que sin duda preocupa mucho al régimen.
   Lo mismo pasa con los crecientes problemas ecológicos que, para muchos chinos, no son abstracciones: cuando se hace demasiado frecuente que al abrir el grifo para bañarse o cocinar sale agua marrón y maloliente, la pasividad de la población puede rápidamente tornarse en activismo estridente. Y esto está sucediendo.
   Según Sun Liping, sociólogo de la Universidad de Tsinghua, en 2010 en China ocurrieron 180.000 protestas callejeras motivadas por un sinnúmero de causas.
   Las calles en China se están calentando. Si esta tendencia llega a reducir el crecimiento del país, lo que suceda en las calles chinas nos afectará a todos. Mucho más que Grecia.

   Sígame en Twitter @moisesnaim

   El Debate Internacional en la web internacional.elpais.com/ se centrará mañana en el tema de esta columna.

miércoles, 31 de agosto de 2011

PRENSA. "Choque de clases", por Moisés Naím

Moisés Naím

   En "El País":
Choque de clases.
MOISÉS NAÍM. 17/07/2011
   

   La principal fuente de los conflictos venideros no van a ser los choques entre civilizaciones, sino las expectativas frustradas de las clases medias, que declinan en los países ricos y crecen en los países pobres.
   La teoría del "choque de civilizaciones", popularizada por Samuel Huntington, mantiene que, una vez agotado el enfrentamiento ideológico entre comunismo y capitalismo, los principales conflictos internacionales surgirán entre países con diferentes identidades culturales y religiosas. "El choque de civilizaciones dominará la política global. Las fallas tectónicas que dividen las civilizaciones definirán los frentes de batalla del futuro", escribió en 1993. Para muchos, los ataques de Al Qaeda y las guerras en Afganistán e Irak confirmaron esta visión. Pero en realidad, lo que ha ocurrido es que los conflictos se han dado más dentro de las civilizaciones que entre ellas. Los piadosos terroristas islámicos han asesinado más musulmanes inocentes que nadie. Y las pugnas entre chiíes y suníes siguen produciendo víctimas, la mayoría musulmanas.
   En mi opinión, una fuente mucho más importante de conflictos que los choques entre culturas o religiones serán los cambios en los ingresos de las clases medias en los países ricos -donde están declinando- y en los países pobres -donde están aumentando-. Tanto el aumento como la disminución de los ingresos generan expectativas frustradas que alimentan la inestabilidad social y política.
   Los países pobres de rápido crecimiento económico tienen hoy la clase media más numerosa de su historia. Es el caso de Brasil y Botsuana, China, Chile, India e Indonesia, entre otros. Estas nuevas clases medias no son tan prósperas como las de los países desarrollados, pero sus integrantes gozan de un nivel de vida sin precedentes. Mientras tanto, en países como España, Francia o Estados Unidos la situación de la clase media está empeorando. En un millón y medio de familias españolas todos los miembros en edad laboral están desempleados. Solo el 8% de los franceses opina que sus hijos tendrán una vida mejor que ellos. En 2007, el 43% de los estadounidenses aseguraba que su sueldo solo les alcanzaba para llegar a fin de mes. Hoy el 61% dice estar en esta situación.
   Por otro lado, las aspiraciones insatisfechas de la clase media china o brasileña son tan políticamente incandescentes como la nueva inseguridad económica de la clase media que está dejando de serlo en España o Italia. Los Gobiernos respectivos se ven sometidos a enormes presiones, ya sea para responder a las crecientes exigencias de la nueva clase media o para contener la caída del nivel de vida de la clase media existente.
   Inevitablemente, algunos políticos en los países avanzados aprovecharán este descontento para culpar del deterioro económico al auge de otras naciones. Dirán que los empleos perdidos en EE UU o Europa, o los salarios estancados, se deben a la expansión de China, India o Brasil. Esto no es cierto. Las más rigurosas investigaciones revelan que la pérdida de empleos o la disminución de los salarios en los países desarrollados no se deben al rápido crecimiento de los países emergentes, sino al cambio tecnológico, a una productividad anémica, a la política de impuestos y a otros factores domésticos.
   A su vez, en los países pobres, la nueva clase media que ha mejorado su consumo de comida, ropa, medicinas y viviendas rápidamente exigirá más y mejores escuelas, agua, hospitales, transportes y todo tipo de servicios públicos. Chile es uno de los países económicamente más exitosos y políticamente más estables del mundo, y su clase media ha venido creciendo sistemáticamente. No obstante, las protestas callejeras por la mejora de la educación pública son recurrentes. Los chilenos no quieren más escuelas, quieren mejores escuelas. Y para todo gobierno es mucho más fácil construir una escuela que mejorar la calidad de la enseñanza que allí se imparte. En China se dan cada año miles de manifestaciones para reclamar más o mejores servicios públicos. En Túnez, la frustración de la gente derribó al régimen de Ben Ali, a pesar de que es el país con el mejor desempeño económico del norte de África. No existe gobierno alguno que pueda satisfacer las nuevas exigencias de una clase media en auge a la misma velocidad con la que se producen. Ni gobierno que pueda sobrevivir a la furia de una clase media próspera que ve cómo cada día su situación desmejora.
   La inestabilidad política causada por estas frustraciones ya es visible en muchos países. Sus consecuencias internacionales aún no son tan obvias. Pero lo serán.

   Sígame en Twitter @moisesnaim

lunes, 4 de julio de 2011

PRENSA. "Malthus, Marx o mercado", por Moisés Naím

´
Moisés Naím

   En "El País":
Malthus, Marx o mercado

   ¿Llevará el crecimiento de la clase media en los países pobres a una catástrofe para el planeta?

MOISÉS NAÍM 03/07/2011

   Acabo de regresar de China. La velocidad de los cambios que allí ocurren no deja de sorprenderme. A pesar de que mi última visita no fue hace mucho, he percibido enormes transformaciones. Eso sucede cuando un país gigante crece al 10% al año. Visité China por primera vez en 1978, cuando apenas comenzaban sus reformas económicas. Recuerdo de ese viaje las grandes avenidas casi sin coches y llenas de una multitud en bicicleta, todos vestidos más o menos igual, verde olivo o azul. Hoy esas mismas avenidas están bordeadas de rascacielos con la arquitectura más audaz del mundo, están llenas de automóviles y de gente vestida de todos los colores y estilos. En mi primer viaje, la economía china era solo el 40% del tamaño de la Unión Soviética. Hoy es cuatro veces más grande.
   El cambio fundamental es que millones de chinos han salido de la pobreza, formando una clase media que, si bien es mucho más pobre que la de Europa o EE UU, dispone por primera vez de medios para consumir más comida, medicinas o electricidad. Y esto no solo pasa en China: Turquía, Vietnam, Indonesia, Brasil, Colombia y en muchos otros países pobres la clase media viene creciendo.
   ¿Se transformará este gran éxito de la humanidad en una catástrofe para el planeta?
   Hay tres maneras de responder a esta pregunta. La primera es la de Thomas Malthus, quien en 1798 explicó que, visto que la población crece a mayor velocidad que la producción de alimentos, inevitablemente las hambrunas, las enfermedades y las guerras "reequilibrarían" la situación. El Club de Roma patrocinó en 1972 la publicación del libro Los Límites al Crecimiento. Vaticinaba una catástrofe malthusiana alrededor de 2000 y pronosticaba que el petróleo se agotaría en 1992. Obviamente, Malthus y sus seguidores subestiman el impacto de las nuevas tecnologías. La revolución verde en la agricultura, por ejemplo, llevó a que en 20 años se duplicara la producción de cereales en los países pobres. En general, el mundo hoy produce más alimentos per cápita que nunca, y cada vez hay más tecnologías que permiten la explotación de recursos naturales antes inaccesibles.
   Y esta es la segunda respuesta: el problema no es de producción, sino de distribución. Muy pocos consumen demasiado y demasiados consumen muy poco. Estados Unidos, por ejemplo, consume el 25% de la energía que se produce en el mundo anualmente, a pesar de que su población es solo el 4,6% del total mundial. Cada alemán gasta casi nueve veces más energía que cada indio, y 30 veces más que un bangladeshí. Desde esta perspectiva, Carlos Marx tiene razón: hay que obligar a que haya una distribución más igualitaria del consumo. Y eso lo tiene que hacer el Estado, casi seguramente por la fuerza.
   La tercera manera de ver esto es a través de la óptica del mercado: los precios y los incentivos resolverán el problema. Si hay escasez subirán los precios, disminuirá el consumo y aumentarán los incentivos para ser más eficientes e inventar tecnologías para producir más a menor costo. Si el precio del petróleo sigue subiendo, el viento, el sol y el mar pueden competir con los hidrocarburos. Si el algodón sigue caro, más productores sembrarán algodón. Esto ha venido pasando, y los aumentos en producción y las maravillosas nuevas tecnologías lo confirman. El problema, sin embargo, es que los ajustes del mercado son brutales y no resuelven el problema de los consumidores, para quienes cualquier disminución en el consumo (obligada por el alza de precios) significa pasar hambre. Tampoco resuelve el problema de las fallas de mercado a nivel global: los océanos se deterioran a gran velocidad por su explotación indiscriminada. Y ya sabemos lo que está sucediendo con las emisiones de CO2 que calientan el planeta.
   Ni Malthus, ni Marx ni los mercados nos dan respuestas adecuadas para las difíciles preguntas que plantea el explosivo crecimiento de China o la expansión de la clase media y el consumo a nivel mundial. Las respuestas tecnológicas estimuladas por el mercado pueden llegar tarde para evitar graves daños sociales y medioambientales. La exagerada intervención del Estado para corregir desigualdades asfixia la aparición de soluciones que solo los mercados pueden generar. Y si son desatendidas, las fallas de los mercados pueden hacer el planeta invivible.
   Las ideologías rígidas no ayudarán a encontrar salidas. Hay que echar mano de todas las ideas, inventar otras nuevas y darle rienda suelta al pragmatismo y la experimentación. En el pasado, la humanidad halló soluciones para problemas sin precedentes. No hay por qué suponer que no las volverá a encontrar.
   Sígame en Twitter @moisesnaim

domingo, 26 de junio de 2011

PRENSA (1). 26 junio 2011

   En "El País":

1. ¿Qué pasa? Columna de Manuel Vicent.

2. Un cubano llamado Hemingway. Reportaje de Mauricio Vicent. Finca Vigía, su casa en la isla, se convierte en centro de peregrinación y archivo.

3. Que el 'crash' inmobiliario no arruine al vulnerable. Reportaje. Las plataformas ciudadanas contra los desahucios acusan a los bancos de no buscar alternativas - El sector financiero sostiene que el cambio hundiría aún más al mercado.

4. Élites tóxicas. Artículo de la periodista y escritora Margarita Rivière.

5. Estados Unidos, impotente ante Israel. Artículo de Norman Birnbaum, catedrático emérito en la Facultad de Derecho de la Universidad de Georgetown. Traducción de Jesús Cuéllar Menezo.
Solo una Europa capaz de liberarse de la sumisión a Washington podría impulsar una solución justa al drama palestino y favorecer así la paz en Oriente Próximo. Sería una manera de saldar su deuda con el judaísmo.

6. Inmigrantes, periódicos y periodistas. Por Moisés Naím.

7. De museo. Por Justo Navarro.

domingo, 29 de mayo de 2011

PRENSA (1). 29 mayo 2011

   En "El País":

1. Equipaje. Columna de Manuel Vicent.

2. La era del té. Artículo de Jordi Soler, escritor. Su último libro es La fiesta del oso (Mondadori). El margen de libertad en que se mueve un ciudadano europeo es cada vez más estrecho. En esta época de honda corrección política se promueve el pensamiento único, automático y acrítico.

3. La detención de Mladic. Por el escritor Juan Goytisolo.

4. EE.UU.: tres puntos ciegos. Por Moisés Naím.

   En Domingo, suplemento de "El País":

5. "Yo no renuncié a mi hija, me la quitaron". Reportaje-lectura. Las redes de tráfico de bebés operaron durante el franquismo y la democracia hasta que una ley puso fin en 1987 a estas prácticas. El libro Vidas robadas, de los periodistas de EL PAÍS Jesús Duva y Natalia Junquera, indaga en estas tramas y aporta testimonios estremecedores.

6. Para qué sirve una mano. Por Elvira Lindo.

7. "Mi sueño es conjugar islam y modernidad". Entrevista a Rachid Ghanouchi, líder del Movimiento Islamista de Túnez. Por Ignacio Cembrero.  Túnez: laicos frente a 'barbudos'. Intentos de agruparse ante el peligro de una marea de voto islamista.

domingo, 22 de mayo de 2011

PRENSA (1). 22 mayo 2011

   En "El País":

1. La huida. Columna de Manuel Vicent.

2. Están locos los romanos. Reportaje de Jacinto Antón. Les debemos mucho, pero nos separan cosas fundamentales.

3. Darwin y el Gobierno no son de fiar. Reportaje de Joaquina Prades. El texto de Educación para la Ciudadanía más usado en Bachillerato cuestiona la teoría de la evolución - Reivindica los derechos del embrión frente al aborto.

4. Montaigne en la trifulca. Artículo de Mario Vargas Llosa. El último libro de Jorge Edwards sobre el autor de los 'Ensayos' es una crónica que recrea la vida, la obra y la sabia serenidad con que encaró la vida y la política el Señor de la Montaña.

5. Obama y la relación euroatlántica. Artículo de Timothy Garton Ash, catedrático de Estudios Europeos en la Universidad de Oxford, investigador titular en la 'Hoover Institution' de la Universidad de Stanford.

6. Colonialismo, DSK y el FMI. Por Moisés Maím.

7. La revolución. El escritor Luis Manuel Ruiz sobre el 'movimiento 15-M'.

martes, 17 de mayo de 2011

PRENSA. "¿Por qué Libia sí y Siria no?", por Moisés Naím

Moisés Naím

   En "El País":
¿Por qué Libia sí y Siria no?

MOISÉS NAÍM 15/05/2011

   ¿Cómo explicar que Estados Unidos y Europa estén bombardeando a Trípoli con misiles y a Damasco con palabras? ¿Por qué tanto empeño en sacar al brutal tirano libio del poder y tanto cuidado con su igualmente salvaje colega sirio? Comencemos por la respuesta más común (y errada): es por el petróleo. Libia tiene mucho y Siria, no. Y por tanto, según esta explicación, el verdadero objetivo de la agresión militar contra Libia son sus campos petroleros. Siria se salva por no tener mucho petróleo. El problema con esta respuesta es que, en términos de acceso garantizado al petróleo libio, Gadafi era una apuesta mucho más segura para Occidente que la situación de caos e incertidumbre que ha producido esta guerra. Las empresas petroleras de Occidente operaban muy bien con Gadafi. No necesitaban cambiar nada. Una segunda, y común, manera de contestar la pregunta es denunciando la hipocresía estadounidense: Washington nos tiene acostumbrados al doble rasero y a las contradicciones en sus relaciones internacionales. Esta tampoco es una respuesta muy útil, ya que no nos ayuda a entender las causas de estas contradicciones.
   ¿Qué protege, entonces al carnicero de Damasco de un tratamiento como el que le está siendo propinado a su homólogo Libio? Las razones humanitarias que justificaron el ataque contra Gadafi -el cual apoyé- son tanto o más validas en el caso de Siria. Tan sorprendente como la brutalidad genocida de la familia Asad es la suicida valentía de los sirios. Desde hace dos meses salen a las calles a enfrentarse a los tanques y las balas sin más armas que sus deseos de cambio. Los masacran, los torturan, encarcelan a sus familiares y, sin embargo... siguen las protestas. Aun en las ciudades asoladas por las atrocidades de los militares y las milicias civiles (las temidas shabia) y declaradas por el Gobierno "en calma" y "bajo control" la gente vuelve a las calles a protestar. Y los vuelven a masacrar. Mientras esto sucede, la reacción de Estados Unidos y Europa es, por decir lo menos, anémica. De nuevo: ¿por qué?
   1. Porque Siria es militarmente más fuerte que Libia. Siria cuenta con una de las Fuerzas Armadas más numerosas, mejor equipadas y entrenadas de Oriente Próximo. También cuenta con armas químicas y biológicas y sus fuerzas paramilitares están entre las 13 más grandes del mundo. Este no era el caso de los militares libios, a quien Gadafi mantenía fragmentados y no muy bien equipados.
   2. Fatiga. Libia agotó el poco apetito que quedaba en Estados Unidos para involucrarse en guerras que no fuesen motivadas por claras amenazas a sus intereses vitales. Los disidentes sirios pagan las consecuencias de las largas y costosas guerras de Estados Unidos en Afganistán e Irak y de la incursión en Libia. El apoyo militar de Washington a causas remotas será en adelante más limitado y selectivo. Y, en lo que a guerras se refiere, sin Washington Europa no existe. Esto deja muy solos a los heroicos disidentes sirios.
   3. Los vecinos. Libia tiene de un lado a Egipto y del otro a Túnez, las joyas de la primavera árabe. Siria limita con Líbano, Israel, Irak, Jordania y Turquía. Está todo dicho.
   4. Los aliados. Gadafi no tiene aliados y hasta sus propios hijos querían apartarle del poder. En una decisión sin precedentes, la Liga Árabe apoyó la intervención contra él. En cambio, Bachar el Asad tiene poderosos aliados dentro y fuera de la región, comenzando por Irán. Y, por tanto, Hezbolá y Hamás. Ni siquiera está claro que Benjamín Netanyahu y el Gobierno israelí prefieran una caótica transición en Siria o mantener a los Asad en el poder. Hasta la revista Vogue se sintió atraída por esta familia y le hizo un glorioso reportaje a Asma Asad: "La más fresca y magnética de las primeras damas... con sus ojos y cabellera castaños, largo cuello y gracia energizante". Es difícil bombardear a alguien así.
   5. No tenemos a quién apoyar y no sabemos quiénes son. Hace poco, dos altos funcionarios de la Casa Blanca declararon que la débil respuesta de su Gobierno a los acontecimientos en Siria se debe en parte a que no tienen interlocutores válidos en la oposición. No saben con quién hablar. Otro alto funcionario estadounidense -que exigió el anonimato- me insistió en que, de caer el régimen sirio, el caos y las matanzas serían mucho peores de lo que ha sido en otros países árabes donde se ha dado una transición.
   Puede ser. Pero de esto no parecen haberse enterado los sirios. Ellos siguen saliendo a las calles a pedir libertad. A cualquier precio.

Sígame en Twitter: @moisesnaim

domingo, 8 de mayo de 2011

PRENSA (1). 8 mayo 2011

   En "El País":

1. El clarín. Columna de Manuel Vicent.

2. Mi Twitter es también de mi empresa. Reportaje de Ramón Muñoz. Las compañías intentan controlar las opiniones de sus empleados en las redes sociales para cuidar su imagen - Los medios de comunicación crean códigos estrictos para sus periodistas. Las leyes de la frontera digital. Por José Cerezo, director de Investigación de Prisa Digital. Autor del blog http://www.pepecerezo.com/

3. El fin de Bin Laden y la primavera árabe. Artículo de Tariq Ramadan, profesor de Estudios Islámicos Contemporáneos en Oxford. © Global Viewpoint Network. Traducción de Mª Luisa Rguez. Tapia.

4. Al Qaeda 2.0. Por Moisés Naím.

5. El artista y los otros. Por Elvira Lindo.

6. Muerte en Pakistán. Por Bernard-Henri Lévy. Que el líder de Al Qaeda residiese en las cercanías de Islamabad hace pensar que el Gobierno paquistaní, que conocía el hecho, aceptó protegerlo y después optó por entregarlo a EE UU.

7. Ilegalidades irremediables. Lluís Bassets sobre la muerte de Bin Laden.

miércoles, 30 de marzo de 2011

PRENSA. "¿Qué tiene que ver Auschwitz con Bengasi?", por Moisés Naím

Moisés Naím

   En "El País":
¿Qué tiene que ver Auschwitz con Bengasi?

MOISÉS NAÍM 27/03/2011

   ¿Qué hubiese pasado si en la II Guerra Mundial los aliados hubiesen bombardeado las cámaras de gas o las líneas de ferrocarril que llevaron a millones de inocentes a la muerte en Auschwitz y otros campos de exterminio? No se podía. No sabíamos. Hubiésemos distraído recursos de otros frentes. No era una prioridad estratégica. Estas son algunas de las respuestas que se le han dado a esta difícil pregunta. En Auschwitz fueron asesinados más de un millón de hombres, mujeres y niños.
   En Bengasi pudo haber pasado algo parecido. Claro que las magnitudes y circunstancias son muy diferentes. En Bengasi viven 700.000 personas y, de haber entrado las tropas leales a Muamar el Gadafi a cumplir la misión que les encomendó -"eliminar a las ratas grasientas"- seguramente no hubiesen asesinado a toda la población de esa ciudad. Pero el dilema es el mismo. ¿Deben otros países intervenir militarmente en una nación para impedir el exterminio de miles de inocentes? No lo hicieron en Ruanda, donde 800.000 civiles fueron masacrados en 1994, ni tampoco en Srebrenica, donde las fuerzas armadas serbias asesinaron en 1995 a 8.000 hombres y adolescentes bosnios.
   Estos conocidos episodios son relevantes para el debate sobre la intervención extranjera en Libia. A Barack Obama se le está criticando ferozmente tanto por haber intervenido como por haber tardado en hacerlo. Por haberse integrado en una coalición internacional, en vez de haber actuado unilateralmente. Por haber permitido que, en la etapa inicial de los bombardeos, los aviones y misiles norteamericanos tuviesen el protagonismo. Por haber intervenido sin saber quiénes son los rebeldes libios y cuáles sus motivaciones y alianzas. Por carecer de planes para una Libia pos-Gadafi. Por la hipocresía de actuar en Libia y no en Bahréin (donde EE UU tiene una importante base naval). Pero la crítica más fundamental a Obama es que la situación en Libia no afecta a los intereses vitales de Washington y, por tanto, es inaceptable gastar dinero y arriesgar vidas estadounidenses en ese conflicto. Ni siquiera el petróleo lo justifica, dicen los críticos. Libia extrae solo el 2% del total mundial, y Gadafi tenía excelentes relaciones con las petroleras extranjeras. ¿Y cómo termina esto? ¿Actuará EE UU, de aquí en adelante, como el gendarme mundial que interviene militarmente cada vez que un dictador masacra a su pueblo? ¿Lo haría en China, si hay una revuelta y el Gobierno la reprime como lo hizo Gadafi? ¿En Rusia o Venezuela?
   Detrás de estas críticas hay tres suposiciones básicas: la primera es que un jefe de Estado solo debe actuar cuando dispone de información completa y confiable. La segunda es que la consistencia y los criterios universalmente aplicables son posibles (y deseables) en las relaciones internacionales. Y la tercera es que los criterios morales no pueden tener mayor peso en el brutal mundo de las relaciones de poder entre países. Las tres suposiciones son erradas.
   Las decisiones importantes que se toman con una información completa y totalmente confiable son excepcionales. La norma es que los jefes de Estado actúen casi siempre sin tener todos los elementos, ya que el coste de esperar a tener información completa puede ser demasiado alto. Por otro lado, la consistencia en todas las actuaciones no es posible y, con frecuencia, es poco deseable. Por ejemplo: Estados Unidos hostiga a la Junta Militar de Myanmar por sus violaciones a los derechos humanos, pero recibe con honores a los mandatarios chinos. El doble rasero es obvio. ¿Preferimos entonces que, para evitar esta contradicción, Washington deje de presionar a los carniceros de Myanmar? ¿O que se agrave el conflicto con China? Todos los países que interactúan ampliamente con el resto del mundo se enfrentan a dilemas que no pueden ser resueltos tratando de ser totalmente consistentes.
   Finalmente, está el peso que se le da a la decencia en la definición del interés nacional. Exigir que la moral sea la guía única en la conducta internacional de los Estados es ingenuo. Los intereses económicos, militares y geopolíticos siempre van a primar. Pero tenerlos como único factor y olvidarse de lo que nos define como seres humanos es inaceptable. Defender principios humanitarios fundamentales también debe ser parte del interés nacional de todo país decente. Afortunadamente para los libios, en este caso prevaleció la decencia. Y no importa que lo que venga después de Gadafi también sea indecente. Es un riesgo que vale la pena correr.

                                                        mnaim@elpais.es

domingo, 27 de marzo de 2011

PRENSA (1). 27 marzo 2011

   En "El País".

1. Eliminar. Columna de Manuel Vicent.

2. ¿Es o no es 'Cardenio' de Shakespeare? Reportaje de Patricia Tubella. La RSC estrena el 14 de abril una obra perdida del escritor inglés inspirada en un episodio de 'El Quijote' - Su autoría divide al mundo académico.

3. Romances 2.0, el cortejo se traslada a la Red. Reportaje de David Alandete. Las bodas de parejas que se han conocido en webs de contactos se disparan en Europa y EE UU.

4. Una exmonja denuncia el tráfico de niños. Reportaje de Natalia Junquera y Jesús Duva. Mercedes Sánchez culpa a la exdirectora de la casa cuna de Tenerife de adopciones ilegales - Revela cómo operaba la red y cómo se maltrataba a los menores.

5. El corazón del otro. Artículo de Gustavo Martín Garzo.

6. Sarkozy se va a la guerra. Artículo de Dominique Moissi, autor de The geopolitics of emotion (La geopolítica de la emoción).

7. La casa de Arequipa. Artículo de Mario Vargas Llosa. El lugar donde nací traía a mi madre recuerdos siniestros: vino a él embarazada para estar cerca de su familia, y mi padre no volvió a dar señales de vida. Ahora será un centro cultural.

8. ¿Qué tiene que ver Auschwitz con Bengasi? Por Moisés Naím.