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miércoles, 16 de marzo de 2016

PRENSA. "El reto de limpiar India"

   En "El País":

El reto de limpiar India

La mitad de la población india defeca al aire libre. El Gobierno tiene en marcha un enorme plan de más de 26.000 millones de euros para instalar inodoros y reducir la suciedad


Unos niños beben agua de un pozo en Madhubani, en la región india de Bihar. / DHIRAJ SINGH (UNICEF)

En la actual India del progreso tecnológico y de las grandes compañías de telecomunicaciones, 600 millones de personas defecan entre matojos, en las vías del tren o a campo abierto, informa la Organización Mundial de la Salud (OMS). La segunda gran potencia asiática consigue hitos astronómicos como la primera misión de bajo coste a Marte, mientras genera 55 millones de toneladas de desechos sólidos urbanos al año según datos del Instituto de Energía y Recursos de Nueva Delhi.
La falta de higiene es un problema que el país del elefante arrastra desde hace décadas. Gandhi ya sostenía que hacer de India una nación limpia era tan fundamental como la propia independencia. Por eso el presente gobierno de Modi ha prometido cumplir el reto para el 2019; coincidiendo con el aniversario del nacimiento del icónico líder hindú.
La misión Swachh Bharat —Limpiar India en hindi—, pretende construir alrededor de 120 millones de inodoros, según datos confirmados a EL PAÍS por Shri Sujoy Mojumdar, director de saneamiento del Ministerio de Higiene y Aguas Potables. Actualmente se construyen alrededor de 14.000 retretes al día, con lo que este programa espera triplicar el número.
Para conseguir esta gigantesca misión, el gobierno desembolsará cerca de dos billones de rupias —25.600 millones de euros— con los que instalar inodoros y reducir la cantidad de basura. El plan está en su primera fase y se desconoce la tecnología a usar y la empresa con la que trabajará para la producción de los 120 millones de urinarios. Pero el gobierno considera que esta cantidad será suficiente para atender las necesidades de los 600 millones de indios que defecan al aire libre, ya que las encuestas establecen una media de cinco miembros por hogar.
El presidente Modi se ha propuesto el objetivo dinamizar la economía de India por todos los medios. Su anterior gestión en el estado de Gujarat fomentó el crecimiento y la inversión extranjera, aupándole a la presidencia del país. Pero permitir que la mayoría de los ciudadanos se beneficien del auge económico nacional depende en gran medida del éxito del ambicioso plan sanitario Limpiar India.
La ausencia de sistemas de saneamiento apropiados genera daños para la salud y pérdidas económicas. Unicef estima que las enfermedades relacionadas con la insalubridad matan a 500 bebés indios cada día. La falta de higiene es también la causa del absentismo laboral y escolar por el que India pierde el 6,4% del Producto Interior Bruto anual en tratamientos sanitarios, según los datos del Banco Mundial en 2006.
El gobierno de Modi no estará solo para enfrentarse a la tarea de limpiar India. Agencias internacionales y organizaciones no gubernamentales como Unicef o WaterAid brindarán apoyo logístico, mientras que el Banco Mundial contribuirá con cerca de 500 millones de euros para la puesta en marcha del programa en 9 de los 27 estados del país.

Unicef estima que las enfermedades relacionadas con la insalubridad matan a 500 bebés indios cada día
Pero no es la primera vez que un ejecutivo indio se propone emprender tamaño reto. Desde 1986, varios programas nacionales han intentado acabar con la defecación al aire libre. La administración anterior se jactaba de haber construido 80 millones de urinarios en la primera década del siglo XXI. Aunque el último censo mostró que éstos no llegaron al millón en las áreas rurales. Sabedor de los errores de sus predecesores en el cargo, Mojumdar insiste: “Los retretes se construían con pocos incentivos para estados y distritos. Muchos quedaron obsoletos. Ahora el uso de los inodoros será evaluado y controlado”.
La falta de control sobre los incentivos concedidos a gobiernos locales para el uso de las instalaciones fue el principal problema de las anteriores campañas, dando lugar a resultados dispares. Según el censo de 2011, el número de familias con retretes era de 30,7%, mientras que la Oficina de Encuesta Nacional India (NSSO) establecía el porcentaje en 40,6%. La discrepancia entre los datos oficiales centró las críticas de instituciones y activistas.


Cabras comen basura en la entrada a una casa en Jaipur, una imagen común en muchas ciudades de India. / Á. L. M. C.
El Centro por la Ciencia y el Medio Ambiente (CSE) elogia que el presente gobierno quiera centrarse en la evaluación, pero considera que existen cuestiones del programa aun por esclarecer. “El proyecto no explica cómo se van a asignar los fondos para la construcción de retretes de manera apropiada. Tampoco el ministerio menciona plan alguno para mantener el estatus de áreas libres de defecaciones después de que los distritos sean incentivados por ello”, analiza directora de saneamiento y aguas en CSE, Sushmita Sengupta; en clara referencia a la corrupción existente en gobiernos locales y estatales.
Junto al número de inodoros a construir y el control de su uso, subyace un problema de mayor envergadura. La falta de infraestructuras es una dificultad añadida para reto de limpiar India. Los resultados del último censo son reveladores; el 10% de los hogares indios no cuenta con un sistema de drenaje para aguas residuales pese a disponer de retretes. “Un gran número de pueblos y aldeas en India carecen de desagües y tuberías, lo que obliga a los aldeanos a hacer de vientre en bosques, orillas de ríos, cunetas y demás”, explica T. V. Sekher, doctor en investigación política en el Instituto Internacional para Estudios de Población (IIPS), dependiente del Ministerio de Salud y Bienestar de India.
Desde esta universidad dedicada al análisis de políticas demográficas, recalcan que la Misión Limpiar India es el primer plan en la historia del país con grandes recursos para su puesta en funcionamiento. Pero el profesor Sekher pone en duda que se puedan cumplir los plazos: “Es un reto gigantesco; inalcanzable en cinco años”. El investigador subraya el mayor obstáculo del programa: “La cuestión básica ha quedado fuera del debate. Incluso si se construyen retretes gratis, no se usan. Muchos inodoros fabricados por instituciones públicas y sin ánimo de lucro han sido usados como almacenes por la población rural”.

La falta de higiene es la causa del absentismo laboral y escolar por el que India pierde el 6,4% del PIB anual 
Cambiar los hábitos de gran parte de la ciudadanía india acostumbrada a quemar la basura al aire libre o de orinar en el exterior de retretes públicos no se hace sólo con inversiones gigantescas. El PIB de los vecinos Bangladesh y Afganistán es mucho menor y en estos países sólo defecan al aire libre el 3% y el 15% de la población, respectivamente; lo que contrasta con el casi 50% que lo hace en India.
Según los datos del ministerio, el 15% de la inversión se dedicará a campañas de información, educación y comunicación (IEC). Consciente de la magnitud de la tarea y pragmático como es, Modi predica con el ejemplo. Junto otros tres millones de empleados gubernamentales, dedicó unas horas a limpiar las sucias calles indias durante el último aniversario del nacimiento de Gandhi, un día festivo. El gobierno también recaba apoyos entre la sociedad civil para sensibilizar sobre la relevancia de la misión. Personajes y organizaciones de renombre como la estrella nacional de cricket Sourav Ganguly o el grupo India Times han aceptado contribuir activamente en la campaña nacional.
El éxito del programa sanitario depende de la participación de la sociedad en su conjunto. Su consecución ayudaría a acercar las distancias abismales que separan a la India rural de las grandes metrópolis financieras del país; el verdadero reto del país asiático. Está por ver si la misión de limpiar India es, o no, otra más que acaba perdiéndose por el desagüe.

sábado, 12 de marzo de 2016

PRENSA. "La peste llegó a Europa en oleadas desde Asia empujada por el clima"

   En "El País":
HISTORIA

La peste llegó a Europa en oleadas desde Asia empujada por el clima

Cambios climáticos en las estepas llevaron las sucesivas plagas por las rutas comerciales hasta el continente europeo, según un estudio


La peste asoló la Europa medieval como ilustra esta imagen de una edición del Decamerón de Boccaccio de la plaga en Florencia. / WELLCOME LIBRARY

Ni la peor de las guerras ha matado a tanta gente como la peste. Solo entre 1346 y 1453, acabó con la mitad de la población de Europa y en los reinos hispánicos la mortandad superó el 70%. Aunque los científicos siempre han mantenido que aquel primer brote vino de Asia, no tenían claro el origen de las sucesivas epidemias que, hasta el siglo XIX, castigaron a los europeos. Un estudio relaciona ahora las variaciones climáticas en las estepas asiáticas con la llegada en oleadas de la muerte negra al continente europeo.
El enfoque del investigador de la Universidad de Oslo (Noruega), Nils Stenseth, principal autor del estudio es original. No rastrea la peste ni en la historia ni el análisis genético de los restos de apestados, lo lee en los árboles. Los autores del trabajo recopilaron información sobre 7.700 brotes de la enfermedad desde la original peste negra y hasta el siglo XIX.
Tal y como explican en la revista PNAS, tras descartar las infecciones secundarias de una ciudad a otra, localizaron 24 brotes originales. En ocho de ellos, todo empezó en una ciudad portuaria, como Marsella o Dubrovnik, lo que daría fuerza a la tesis del origen asiático y al papel de las ratas en la transmisión de la enfermedad.
Para los 16 restantes, los investigadores analizaron los anillos de los árboles de la zona. Usando lo que se conoce como dendroclimatología, los autores del estudio midieron las variaciones climáticas en las zonas donde se produjeron los brotes originales estudiando el clima en coníferas en un radio de 500 kilómetros de distancia del foco. Por los anillos de los árboles se puede inferir el tiempo que hizo cada año.

Los anillos de los árboles revelan alteraciones climáticas que afectaron a los reservorios naturales de la peste
El punto de partida de estos ecólogos es el efecto Moran: dos especies donde una parasita a la otra o mantienen una relación simbiótica comparten casi el mismo destino. Si varía la densidad de una, lo hace en paralelo la de la otra. Afectados por las condiciones ambientales, esto es lo que habría pasado con los roedores silvestres portadores de la peste y sus parásitos, las pulgas, vector de la enfermedad.
"Un clima más cálido provoca que la población de roedores aumente y su densidad supere un determinado umbral necesario para que surja un brote de peste", dice Stenseth. "También es la situación óptima para que las pulgas se conviertan en el vector que contagie la bacteria de un individuo a otro", añade.
Los resultados de su trabajo no encontraron relación entre los brotes de peste en las ciudades europeas y ninguno de los 15 registros dendroclimatológicos cercanos salvo en uno. Se trata de las oscilaciones térmicas grabadas en los troncos de juníperos de la cordillera del Karakorum, en Asia Central. "Este indicador climático abarca una gran parte de Asia central y el norte de China. No podemos ser más específicos sobre el origen", aclara el investigador noruego. De hecho, añade, "las diferentes reintroducciones podrían haberse originado en diferentes partes de esta gran área".


El mapa muestra el viaje de la peste desde su origen natural (en rojo) hasta Europa. En gris, las ciudades con brotes originales. / STENSETH ET AL/PNAS
Sus conclusiones contradicen la idea generalmente aceptada por los científicos de que la peste de 1346 vino para quedarse. Los historiadores han señalado tradicionalmente que aquel brote lo llevaron los mongoles al asedio de Caffa (actual Feodosia), a orillas del mar Negro. La ciudad era entonces punto final de la Ruta de la Seda y embarque para las mercancías asiáticas con destino a las ciudades europeas. Para vencer la plaza, usaron cadáveres infectados. En su huida, los comerciantes y marinos llevaron la peste a los puertos italianos y de ahí al resto de Europa.
Eso explicaría el origen de la pandemia, pero no los sucesivos brotes de hasta bien entrado el siglo XIX, fecha en la que la peste desapareció de Europa. Hasta ahora se ha creído que las ratas urbanas y otros roedores silvestres europeos habrían servido como reservorio de la enfermedad y causado los posteriores brotes. Sin embargo, este trabajo revela una estrecha relación entre el clima en Asia central y cada gran brote de la enfermedad.

El historiador Ole Benedictow rechaza el origen asiático de los sucesivos brotes
El reservorio natural de la bacteria que causa la peste (Yersinia pestis) son varias especies de roedores silvestres de Asia Central. Por mecanismos poco claros, la infección llegaría hasta los humanos por medio de pulgas como vectores. El nexo de unión entre ambos extremos habría sido la rata negra (Rattus rattus), que comparte ecosistema con los humanos. Pero tanto el salto del medio natural al urbano como el papel de las ratas aún son discutidos.
Si las conclusiones del equipo de Stenseth son confirmadas por nuevos estudios filogenéticos de la bacteria en restos humanos de los distintos brotes, el relato de la historia de la peste debería ser como el que estos investigadores cuentan en sus conclusiones: Un repentino e intenso cambio en las condiciones climáticas en las estepas obligaría a las pulgas portadoras a buscar nuevos huéspedes. Sin descartar a las ratas o a los humanos, los investigadores sugieren otra víctima, los camellos. Claves en las rutas comerciales que atravesaban el foco original, las caravanas con los animales infectados se reunían en los caravasares, convirtiendo estas paradas en multiplicadores de la enfermedad. Desde allí, la peste llegaba a los puertos del mar Negro o el Mediterráneo.
El trabajo del grupo de Stenseth incluso estima la velocidad de propagación de la peste. Comprobaron que hay una relación temporal entre una alteración climática y la llegada de un brote. Desde su registro en los anillos de los juníperos del Karakorum hasta la llegada a Europa, la infección tarda unos 15 años. El brote salta de su entorno natural en uno o dos años. Otros 10 o 12 es lo que tarda en viajar por las estepas por las rutas comerciales, unos 4.000 kilómetros desde las montañas de Asia central hasta las costas del mar Negro. Y en solo tres, castiga el extremo occidental de Europa. 

Solo una teoría más sobre la peste

Sin embargo, la tesis de Stenseth sobre la peste es, para un destacado historiador de la enfermedad una idea sugerente pero sin base histórica. El profesor emérito de Historia Ole J. Benedictow, de la misma universidad que Stenseth, niega que los sucesivos brotes de peste fueran reintroducciones desde Asia.
"Desde hace tiempo, hay acuerdo entre los historiadores de la peste sobre la continua presencia de brotes de la plaga en Europa durante la segunda pandemia, 1346-1722", recuerda Benedictow, autor de La Peste Negra, 1346-1353, una de las obras claves en la historia de esta enfermedad. También comenta que lo mismo sucedió con la primera pandemia, la plaga de Justiniano, en 541. Y no solo en Europa. Otros historiadores ya mostraron que en grandes zonas del norte de África la peste ha circulado entre los roedores durante siglos, "como sabemos por la famosa novela de Camus", dice el historiador noruego
Pero Benedictow golpea la línea de flotación de la teoría del origen asiático reincidente de la peste recordando un hecho clave en la historia: Dado que la Ruta de la Seda fue cerrada por los mongoles décadas antes del brote de la muerte negra iniciado en Caffa, bloqueo que se mantuvo durante siglos, "las recurrentes epidemias no pudieron ser reintroducciones".

domingo, 6 de marzo de 2016

PRENSA. "Esto tienen en común el placer y el dolor"

   En "El País":

Esto tienen en común el placer y el dolor

No son sensaciones contrarias, sino que a menudo suceden a la vez. Como al quitarse unos tacones que molestan… o desatarse a tiempo


La palabra "dolor" provoca en la mayoría de las personas una cascada de emociones negativas. Si se asocia a placer, muchos pensarán en conductas sadomasoquistas, pero si alguien asegura que todos los humanos hemos sentido alguna vez placer después de un intenso dolor, muchos lo negarán enérgicamente. ¿Que a usted no le ha pasado nunca? Piense en ese calzado que le machacó los pies, en el dolor que sufrió y en el profundo alivio que experimentó al quitarse los zapatos. O en lo bien que se queda después de saciar un ataque de hambre canina.
Todo tiene una explicación científica. "El punto de partida es que para sentirse bien, primero hay que sentirse mal”, destaca Guillermo Fouce, profesor de Psicología de la Universidad Carlos III, de Madrid, y esta reacción se debe a que “el malestar activa mecanismos cerebrales similares a los de la felicidad y la alegría”.
Julio César Perales, profesor de Psicología de la Universidad de Granada, e investigador del Centro de Investigación Cerebro, Mente y Comportamiento (CIMCYC) explica que los sistemas que procesan el placer y el displacer en el cerebro humano son distintos y pueden estar activados al mismo tiempo. “Tendemos a pensar que las cosas son buenas o malas linealmente, y que en un extremo tenemos lo bueno o placentero y en el otro lo malo o displacentero. Pero en realidad son dos dimensiones y se puede estar al mismo tiempo sintiendo placer y dolor”, asegura.
Esta dualidad se demostró en un estudio del equipo de Joseph C. Franklin, de la Universidad de Carolina del Norte. Los resultados revelaron que compensar el dolor con algo positivo, hace esto último aún mejor y disminuye lo negativo, al menos durante varios segundos. Y la recompensa será mayor cuanto superior era el dolor. “El efecto contraste que produce el sufrimiento y el dolor también produce un rebote del efecto de alivio, que es también placer”, subraya Perales. O como dice Woody Allen: “¿Qué es lo más bonito que un médico le puede decir a su paciente? No se preocupe, es benigno”.

Para nadie es agradable un esfuerzo extenuante, pero la recompensa a ese sufrimiento es placentera" (Julio César Perales, profesor de Psicología)
Al complejo binomio dolor­/placer, se añade la variable de la personalidad de quienes buscan sensaciones fuertes, como personas que practican deportes de riesgo, o quienes disfrutan con una película de miedo. ¿Por qué esas situaciones límite provocan un subidón anímico? “El miedo es la emoción universal por naturaleza y responde a nuestro cerebro más reptiliano, más básico, lo que nos prepara para defendernos y sobrevivir y, por tanto, tiene más potencia que la alegría y la felicidad”, responde Fouce. “Es más fácil encontrar sensaciones en lo negativo que en lo positivo, porque estamos más preparados para responder a lo malo que a lo bueno”, prosigue. Es decir, el terror también nos pone.
Otro ejemplo es el de los corredores de maratón, que a pesar de la dureza de la prueba cada vez cuenta con más seguidores. Sobre este asunto, Perales, que además es maratoniano, aclara: “Para nadie es agradable un esfuerzo extenuante, pero se aprende a reconocer el sufrimiento y a desarrollar estrategias para gestionar la situación. La recompensa a ese sufrimiento es, a corto plazo, las sensaciones placenteras relacionadas con las endorfinas y, a más largo plazo, la recompensa de estar alcanzando determinadas metas, que varían de unas personas a otras”.
Según Francisco Mora Teruel, catedrático de Fisiología Humana de la Universidad Complutense de Madrid, y autor del libro ¿Es posible una cultura sin miedo?, “se piensa que las vías cerebrales de la recompensa, las mediadas fundamentalmente por la dopamina, se activan en estas circunstancias. Cuando cesa el origen del dolor, el individuo sabe que en compensación se liberarán endorfinas que le harán sentir placer; esa es la recompensa”.
Eso sí, la respuesta no es la misma en todas las personas y, como dice Mora, “cada ser humano es un universo y en cada uno la disposición de las vías cerebrales es diferente, aunque las básicas sean relativamente comunes. Los cerebros son diferentes, y cambian y se modifican por el ambiente a través del aprendizaje y la memoria”.
Si estos argumentos no le han convencido de que puede sentir placer a través del dolor, tal vez le sorprenda más conocer que las catástrofes también tienen la cualidad de despertar sentimientos placenteros. Una investigación publicada en Psychological Science demostró que esas situaciones tienen un efecto pegamento entre los que han vivido la experiencia dolorosa, que les lleva a ser más generosos y, de alguna manera, más felices.

jueves, 12 de noviembre de 2015

PRENSA. "La batalla por la dignidad de las limpiadoras de letrinas indias"

   En "El País":

La batalla por la dignidad de las limpiadoras de letrinas indias

En India aún existen al menos 300.000 familias que sobreviven mediante la recogida manual de los excrementos humanos


Una 'manual scavenger' trabajando en Dura Khund, Varanasi. / ELOISA D'ORSI


Cada día, durante 15 años, Meena recorrió las calles de Ramnagar, un arrabal en la periferia este de Nueva Delhi, cargando sobre la cabeza una cesta de mimbre rebosante de excrementos humanos. Trabajaba para diez familias de la zona y empezaba su ronda al amanecer. Le dejaban la puerta trasera abierta y se dirigía en silencio hacia la letrina de la casa, donde recogía las heces con la ayuda de una pequeña pala o, en ocasiones, con las manos desnudas. Luego pasaba a la siguiente casa. A última hora de la mañana vaciaba el contenido de la cesta en una alcantarilla abierta. A cambio, cada familia le pagaba 20 rupias al día (algo más de 25 céntimos de euro), aunque no siempre: a veces pagaban con retraso; otras, directamente, no lo hacían. Pero todas le tiraban el dinero guardando las distancias. Cuando hoy echa la vista atrás y piensa en el pasado, desde la habitación que comparte con su marido y una hija en Nan-nagri, otra zona de la capital india, Meena admite que, hasta su boda, nunca fue del todo consciente de que era una dalit, es decir, una intocable, una paria. Para ser exactos, era una valmiki, un grupo fuera de las castas que ocupa los peldaños más bajos en la intricada jerarquía social hindú. Lo eran sus padres, pero ella siempre se había ocupado de sus hermanos pequeños y nunca les había acompañado durante sus rondas matutinas. Después de ser madre buscó trabajo, pero descubrió que para una valmikicomo ella la única posibilidad era limpiar letrinas. Se acuerda muy bien de su primer día. Recuerda que el hedor que provenía de su propia piel agredía su olfato, y que intentó reprimir los conatos de vómito, en vano. Presa del mareo, el contenido de la cesta se le desparramó sobre todo el cuerpo. Los transeúntes la bordeaban, mirándola furtivamente, sin detenerse. Conteniendo la respiración hasta casi ahogarse, logró dar con una manguera en el patio de una casa. Sin embargo, apenas salieron las primeras gotas cuando apareció la dueña, gritándole. “Aquella mujer pertenecía a la casta de los brahmanes, y esa era el agua con la que lavaban el templo”, recuerda Meena. “Yo la estaba contaminando”.
Según un informe de Human Rights Watch publicado en 2014, en India aún existen al menos 300.000 familias como la suya. Mujeres y hombres que sobreviven mediante la recogida manual de los excrementos humanos, práctica conocida como manual scavenging [recogida manual] a pesar de que una ley aprobada por el Parlamento indio en septiembre de 2013 la prohibió, y de que una sentencia del Tribunal Supremo de marzo de 2014 exige a los diferentes estados indios hacer que se respete la ley y poner en marcha programas de “rehabilitación” para los recogedores manuales. Sin embargo, según Bezwada Wilson, fundador y líder de Safai Karmachari Andolan (SKA), organización que lucha para erradicar la práctica de la recogida manual, las leyes no son suficientes. “India se mueve siempre en dos direcciones opuestas: por un lado, el respeto a la Constitución; por otro, nuestra cultura, que gira alrededor de un sistema de castas que impregna la sociedad”. Bezwada, hijo de recogedores manuales, se embarcó en la lucha contra la discriminación por casta después de leer La abolición de las castas, panfleto escrito por B. R. Ambedkar en 1936. Una foto del primer intelectual dalit indio destaca en la oficina de Bezwada, en Nueva Delhi, y en muchos hogares parias de todo el país. El tema de las castas fue el centro de una polémica, crucial para el destino de India, entre Ambedkar, desconocido en el extranjero, y un Gandhi mucho más famoso. Para el segundo, las castas eran el aglutinante de la sociedad india, mientras que para el primero cristalizaban las estructuras de poder, legitimando atropellos y abusos. A lo largo de las últimas décadas, diferentes personajes dalit han llegado a la política india, pero la violencia con motivo de la casta sigue vigente y los datos, al menos los conocidos, son sobrecogedores: según la Oficina Nacional de Estadística sobre el Crimen, cada semana 13 intocables son asesinados, y al menos cuatro mujeres parias son violadas por miembros de castas superiores todos los días. “La violación de una mujer dalit no siempre se percibe como un crimen”, explica Bezwada. “Para algunos miembros de castas superiores, violar a una intocable es incluso una forma de purificarla”.
Los dalit, sobre todo en el norte de India, se asocian con actividades que tienen relación con la materia orgánica, residual: cortan el pelo, manipulan los cadáveres, curten las pieles o limpian letrinas. La recogida manual de los excrementos humanos es la clave que ilumina la producción cotidiana de la intocabilidad, a través del contacto con los líquidos pútridos que chorrean por el pelo, impregnan la ropa y se deslizan por la piel. Así las cosas, el problema de los recogedores manuales se funde con otros dos: el de los intocables y el de la higiene. Según la Organización Mundial de la Salud, aproximadamente la mitad de la población india sigue defecando al aire libre. En las zonas rurales y en los poblados de chabolas urbanos, donde no hay alcantarillados ni fosas sépticas, las familias usan letrinas en seco o las conocidas como wada, zonas comunitarias que requieren una limpieza manual. Cuando fue elegido primer ministro en el 2014, Narendra Modi anunció una campaña nacional para modernizar la situación sanitaria india. Desde entonces, las administraciones locales han puesto a disposición fondos para la compra de artículos sanitarios. Sin embargo, son muchas las familias pobres que cobran las ayudas pero no cambian sus costumbres higiénicas, y siguen encomendándose a los valmiki. Según el antropólogo Assa Doron, no es solo una cuestión de letrinas: la dicotomía entre puro e impuro se encuentra en los cimientos del hinduismo. La actividad de los recogedores manuales parece difícil de erradicar porque crea, a través de la degradación y la humillación de los valmiki, la base material de la rígida pirámide social hinduista. Pero la religión no es más que una de las lentes con las que observar el fenómeno.

Los dalit, sobre todo en el norte de India, se asocian con actividades que tienen relación con la materia orgánica, residual: cortan el pelo, manipulan los cadáveres, curten las pieles o limpian letrinas
En Durga Kund, un arrabal de Varanasi, corazón de la espiritualidad hinduista, se encuentra el barrio de los recogedores manuales, que todos conocen como Safai Basti. La aglomeración de casas bajas surge a poca distancia del templo principal, famoso por el enlucido color rojo fuego que se recorta contra el cielo de Uttar Pradesh, y que se distingue claramente de las viviendas que lo rodean cual isla en medio del mar. En lo alto de prácticamente la mitad de los cientos de chabolas se erige una cruz. Muchos valmikique viven en este poblado admiten que, con su conversión al cristianismo, confiaban en deshacerse de las obligaciones de su casta. Es el caso de Saroch, que hoy tiene 40 años, huérfana desde los 14. Cuenta que intentó rebelarse, negándose a seguir las huellas de sus padres, pero en la comunidad empezó a correr el rumor de que practicaba la magia negra. Así pues, se acercó a una iglesia evangélica, imaginando que al abrazar una nueva fe cambiaría su vida. Sin embargo, siguió siendo una valmiki entre sus nuevos hermanos cristianos, incapaz de zafarse de su identidad de casta y encontrar un trabajo distinto. Además, al convertirse perdió también el derecho de acceder al sistema de cuotas previsto en la administración pública para los dalit. A pesar de ser cristiana, Saroch retomó la cesta de mimbre de sus padres. Así las cosas, el sistema de castas que refleja el presente y el futuro de los valmiki va más allá del hinduismo, y atañe también a los cristianos, a los musulmanes y, en menor medida, a los budistas; para más inri, se ha visto reforzado con la apertura del país al mercado libre. Como explica Ramesh Nathan, secretario general del movimiento nacional dalit por la justicia, la oleada de privatizaciones de la década de 1990 creó un sistema de licitaciones que premia a los empresarios capaces de reducir los costes al mínimo. Un caso ejemplar fue el de la red ferroviaria india, un gigante de 65.000 kilómetros por el que 14.300 trenes transportan a 25 millones de pasajeros cada día. Los desagües abiertos la convirtieron en la letrina al aire libre más grande del mundo. Para limpiar las vías, las empresas privadas emplean la mano de obra más barata del mercado: los hombres valmiki. La servidumbre de la casta se aúna así con la lógica neoliberal.
Para las mujeres valmiki, que trabajan sobre todo en la limpieza de las letrinas en hogares privados, la SKA lanzó varios programas de apoyo económico. En Ghaziabad, un pueblo al norte de Delhi, 30 mujeres cosen bolsos que luego se venden en el circuito de comercio justo y solidario. Su edad varía, pero comparten experiencias similares. Hay quien ha practicado la recogida manual desde la adolescencia, y quien empezó después de casarse, siguiendo la tradición de la familia de su marido. Hace poco tiempo que abandonaron esa actividad, pero muchas siguen sufriendo la humillación de los restos de comida lanzados en un sobre, el agua negada, o ver su propia identidad reducida a la cesta que transportan en la cabeza. En las manifestaciones organizadas para llamar la atención del Gobierno sobre el drama de las mujeres valmiki, esas cestas alimentaron las hogueras, pero hay quien no excluye la posibilidad de volver a su anterior oficio: incluso quienes se declaran felices de su nuevo trabajo no logran librarse del miedo de ser prisioneras de un destino ya marcado. Encontramos ese mismo fatalismo en Leela, que vive a pocos pasos de Meena, en Ramnagar. “¿Por qué no he podido encontrar otro trabajo? A lo mejor porque no era mi destino”. Sigue limpiando letrinas en la zona, a veces con la ayuda de su hija y su hijo, mientras su marido trabaja para una empresa que se encarga del mantenimiento de las alcantarillas. En el pasado acompañaba a Meena, pero desde hace un año esta ha tomado otro camino: gracias a la ayuda de la SKA ha obtenido un bicitaxi eléctrico para el transporte de pasajeros. Leela nota que la vida de Meena ha cambiado: parece más segura de sí misma y, aunque sigue sufriendo discriminaciones, ya no tiene miedo. Después de haber quemado su cesta de valmiki, afirma Meena, el tráfico de Nueva Delhi no la asusta lo más mínimo.

domingo, 3 de mayo de 2015

PRENSA. CIENCIA. "Biografía de un gusano". Juan José Millás

   En "El País Semanal":

Biografía de un gusano

Se llama 'Elegans', mide un milímetro, vive menos de un mes y es un gran aliado para estudiar enfermedades como la diabetes o el alzhéimer.


Ejemplar transgénico del minúsculo gusano Elegans. Muestra una proteína fluorescente en esta imagen tomada en microscopio. / BIÓPOLIS
Daniel Ramón es un señor alto y flaco, de 55 años, que tiene en la frente, sobre la ceja izquierda, una cicatriz casi imperceptible que parece un ojo cerrado. Si pasas muchas horas con él, ese ojo te acaba obsesionando. Crees que se abre cuando le das la espalda, que se abre y te estudia y te evalúa como si fueras una bacteria, un virus, una levadura. Este señor te cuenta lo suyo sonriendo, con un entusiasmo aminorado por el pudor, mientras sus brazos van de delante hacia detrás, o de abajo arriba, un poco con los movimientos mecánicos de una biela, como los manejaría un adolescente en un examen oral, pongamos que de química. Él se examina a sí mismo todo el día con un ojo interior que no se cierra nunca. Quizá la vigilancia permanente de ese ojo es la responsable de un currículo de vértigo que empieza con una licenciatura en Ciencias Biológicas por la Universidad de Valencia, donde se doctoró y ejerció de catedrático de Tecnología de los Alimentos; continúa en el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), y sigue fluyendo hasta la actualidad, donde se desempeña como consejero delgado de una empresa cuyo nombre –Biópolis– parece sacado de Blade Runner.
Lo cierto es que Biópolis lleva a cabo actividades que la mayoría de la gente juzgaría como de ciencia-ficción cuando son ya de puro costumbrismo científico. Lo hacen todo ahí mismo, a la vuelta de la esquina, como el que dice. No en EE UU, no en Suiza, Dinamarca o Japón, nada de eso, a dos patadas de cualquier sitio de nuestra geografía, en Valencia, en el Parque Científico de su Universidad, para ser más precisos, donde Biópolis ha arrendado un edificio de dos plantas más sótano, en el que Daniel Ramón y su equipo conviven a diario con miles de millones de bacterias, de levaduras, y con un gusano maravilloso, el Elegans, que es simple y complejo a la vez y por las mismas razones, como un buen poema. El Elegans fue descubierto para la ciencia por Sydney Brenner, premio Nobel de Medicina en 2002. En su cuerpo se puede estudiar, como en la imagen del espejo, nuestro alzhéimer, nuestra obesidad, nuestro envejecimiento, nuestra diabetes… Mide un milímetro, es transparente y hermafrodita y no sufre con el estrés al que lo someten en el laboratorio porque carece de cerebro o lo tiene desperdigado a lo largo del cuerpo (unas neuronas por aquí, otras por allá…).
Además de compartir el 40% de nuestros genes con el Elegans, nuestras rutas metabólicas son las mismas. Una ruta metabólica es el itinerario químico por el que un producto equis inicial se convierte en un producto equis final (la que transforma el azúcar en alcohol, por ejemplo). Llamamos “ruta metabólica conservada” a la que procede de épocas remotas. El Elegans y nosotros compartimos, desde la noche de los tiempos, las que intervienen en la asimilación de nutrientes esenciales como la glucosa.
Todo esto era para decir que Daniel Ramón se dedica a la biotecnología.
–¿Y qué es la biotecnología? –digo yo.
–El uso de organismos vivos con fines industriales –dice él.
Como las palabras vida e industria, colocadas así, tan cerca la una de la otra, producen cierta desazón en el oyente, añade:

Este pequeño gusano fue descubierto por Sydney Brenner, nobel de medicina
–Fleming, eso es un perfecto ejemplo de biotecnología. Coges un bicho, un hongo en ese caso, que es un organismo vivo, lo haces crecer en un fermentador y produce una sustancia que purificas, que vendes en la farmacia y que se llama penicilina. Eso es un ejemplo de biotecnología. La insulina, que ahora se produce en una bacteria transgénica, otro. Es biotecnología también la enzima con la que se lavan los pantalones que conocemos como “lavados a la piedra”, y que no se lavan con una piedra, sino que se tratan con una enzima que se llama lacasa y que los decolora.
Daniel Ramón tiene un temperamento práctico. Necesita dar una utilidad a los descubrimientos científicos. En el primer informe que hizo para el CSIC, cuando en 1997 le tocó coordinar el área de ciencia y tecnología de los alimentos, dijo que había algo que no le cuadraba, ya que no había relación alguna entre la excelencia científica que habían alcanzado y la capacidad para transferirla al sector industrial. No eran capaces de comercializar sus hallazgos. Y eso, como había comprobado en su estancia de posdoctorado en Holanda, no sucedía en el entorno europeo.
–No llegábamos a la industria –dice– porque no teníamos una entrada directa al cliente y porque cuando podíamos llegar no éramos capaces de producir lo que les vendíamos. Yo trabajé mucho tiempo en levaduras para vino durante mi época del CSIC. Cuando íbamos a las bodegas, les contaba que teníamos una levadura que daba aroma afrutado, y me decían: “Dame un kilo para hacer una fermentación de prueba”. Y no lo tenía, no lo tenía, no lo teníamos porque carecíamos de una instalación de fermentación. Ahí empezó lo que desembocaría en la creación de Biópolis, cuya originalidad consiste en que el centro de investigación y el de producción se hallan en el mismo lugar.
Tras diversas vicisitudes, cuya pormenorización daría material para crear un género novelístico nuevo (el científico-empresarial), Daniel Ramón se vio al frente de una compañía cuyo accionariado estaba compuesto por el CSIC, Natraceutical, Central Lechera y un fondo de inversión llamado TALDE.


Instalaciones de Biópolis, empresa de biotecnología pionera en el uso del gusano 'Elegans' para la investigación de males como la diabetes, el alzhéimer o el envejecimiento. / VANESSA MONTERO
–Nos disponíamos a vender bacterias y levaduras, pero no teníamos nada. Ahora, viéndolo desde lejos, nos damos cuenta de nuestra ingenuidad. Después de dos meses de patear empresas, el gerente me dijo: “Mira, este no puede ser nuestro negocio. Y si tiene que ser este, bajamos la persiana y ya está. ¿Tú qué sabes hacer?”. Cuando le confesé que lo único que sabía era investigar, me dijo: “¿Y por qué no vendemos eso?, ¿por qué no vendemos que sabemos investigar? ¿Qué asuntos te parecen interesantes?”.
–A mí me parecían interesantes la alimentación y la salud, además de la utilización de microorganismos para revalorizar residuos, aunque eran cosas en las que no tenía mucha experiencia. El gerente me dijo: “Vamos a vender eso”. Me pareció una locura, pero la verdad es que a los tres meses teníamos tres clientes.
–¿Quién fue el primero?
–Ordesa, una compañía catalana muy fuerte en alimentación infantil. La directora científica de Ordesa, Montse Rivero, es una mujer increíble, a la que conocía de antes porque nos habíamos visto en algún congreso. Cuando llegamos, el primer día, ella había convocado a su departamento de I+D, unas seis o siete personas. Se produjo una especie de diálogo para besugos. Nosotros les dijimos que sabíamos investigar y les debimos inspirar tal ternura que Montse nos dijo: “Mira, tenemos tres asuntos que nos pueden interesar. Volved a Valencia, pensadlos y dentro de 15 días decidme si se os ocurre algo sobre alguno de ellos”. Respecto a uno de ellos se nos ocurrió algo que podría ser muy interesante: un probiótico frente a rotavirus.
–¿Qué es un probiótico, qué es un rotavirus?
–Un probiótico es una bacteria extraída del tracto digestivo que tiene un efecto positivo sobre nuestra salud. Si tú pesas 70 kilos, un kilo de tus 70 son las bacterias que viven en el tracto digestivo. Las hay muy malas, patógenas, pero las hay muy buenas. Estas, las buenas, lo que hacen es regular el equilibrio intestinal. Lo que teníamos que hacer era aislar una bacteria que tuviera un efecto inhibitorio del crecimiento del rotavirus, que es el virus que produce diarreas infantiles en niños de corta edad.
–¿Y era complicado aislar esa bacteria?
–Esas bacterias se extraen de las heces de niños de hasta tres meses que están bajo lactancia materna y son sanos. En esas heces hay millones de bacterias. Lo complicado es aislar la que es capaz de inhibir el virus. Tienes que buscar aquella específica que lo hace y empezar el estudio. Había que ver por qué actuaba in vitro y luego experimentar con un animal al que se le hubiera infectado de rotavirus. Si funcionaba, se llevaría a ensayos clínicos con niños.

El ‘Elegans’ tiene 18.700 genes, frente a los 23.000 de los humanos”
–¿Y funcionó?
–Funcionó. Aislamos la bacteria, la cultivamos, la liofilizamos…
–¿Qué es liofilizar?
–Es un modo especial de deshidratación.
–¿Y luego?
–La redujimos a unos polvitos que son los que se añaden a las leches maternizadas o a los cereales.
–¿Pero la bacteria no muere al secarla?
–No, entra en una especie de hibernación y se activa al entrar en contacto de nuevo con un medio húmedo.
–Y eso es un probiótico.
–Sí.
–¿Tiene fecha de caducidad?
–Dos años.
–Por cierto, ¿qué es una bacteria?
–Un organismo vivo de una sola célula que mide muy poco, micras, y que tiene la capacidad de reproducirse y crecer.
–¿No es un animal?
–No.
–¿No es un vegetal?
–Tampoco. Hay un reino distinto, el de los procariotas.
–En definitiva, que triunfasteis con ese primer proyecto.
–Sí, volvimos, les dijimos lo que teníamos y ahora ya está comercializado. A los 15 días surgió el segundo proyecto con una empresa del mundo farmacéutico. No te lo puedo contar porque es confidencial y es un trabajo de I+D interno de ellos.
–Crecíais rápido.
–A los dos años estábamos ya en beneficios. Los socios empezaron a ver que aquello tenía sentido. Todo lo habíamos hecho en un laboratorio de 40 metros cuadrados, cerca de aquí, donde el CSIC nos había cedido un terreno. Así fue el arranque. A partir de ahí se abre otra fase que duró dos años más en la que nos metieron algo más de dinero y nos compraron un fermentador de 20 litros.
–¿Qué es un fermentador?
–Es el recipiente en el que se crean las condiciones necesarias para que las bacterias se reproduzcan. Introducimos en él un caldo de cultivo del que se alimentan. Ese caldo se va espesando a medida que crece la biomasa. Al final forma una especie de puré. Los hay desde los 20 litros hasta los de 1.500 o 3.000, que son los que tenemos abajo, en la planta de producción. Pero todos son necesarios para el proceso de escalado.
–¿Y qué es el escalado?
–El proceso por el que vamos optimizando el crecimiento de un microorganismo, desde el laboratorio hasta la planta de producción. Cuando encontramos en el laboratorio un microorganismo que hace algo interesante, solo sabemos hacerlo crecer en una escala muy pequeña, en matrices de 100 o 200 mililitros. Para producirlo industrialmente, vamos optimizando poco a poco su crecimiento. Primero aprendemos a reproducirlo en fermentadores pequeños, de un litro. Cuando crece ahí de forma óptima, pasamos a uno de 20 litros, donde de nuevo hay que retocar algunos de los parámetros de crecimiento.


Placa de cultivo en la que han crecido microorganismos de relevancia industrial. / VANESSA MONTERO
–¿Por ejemplo?
–Variar un poco los tiempos o la acidez del medio.
–En resumen, que vais dando saltos, y mejorando en calidad y cantidad la biomasa, hasta que llegáis a la producción industrial.
–Eso es.
–Decías que os compraron un fermentador de 20 litros.
–Y nos lanzaron el reto para ver hasta dónde éramos capaces de llegar. Empezamos a generar más clientes, unos doce más o menos, la mitad de la industria agroalimentaria y la mitad del sector químico-farmacéutico. También empezamos a tener clientes fuera de España y a establecer relaciones con el centro de I+D de Danone, que es el centro mundial de I+D.
A medida que Daniel Ramón entra en detalles, la novela científico-empresarial se llena de tramas secundarias. De repente hacen falta más fermentadoras, y más grandes. Se hace imprescindible también un secuenciador de ADN, lo que implica cambiar de instalaciones, contratar personal… Y todo ello sin parar de trabajar, de investigar, de producir. Ahí aparece en la conversación una bacteria que fabrica, a partir de ciertos residuos, un plástico orgánico con las mismas características que los sintéticos, pero capaz de biodegradarse.
–Sobre esta bacteria –dice– ya había desarrollos descritos, de hecho lo que hicimos fue licenciar una patente del Centro de Investigaciones Biológicas del CSIC y ponernos a trabajar sobre ella para dar el salto a la industria. Luego nos metimos en un proyecto de alimentación para la tercera edad. Buscamos el probiótico frente a la celiaquía porque, al contrario de lo que mucha gente piensa, la mayoría de los diagnosticados son gente mayor que era celiaca y no lo sabía. A partir de los sesenta, se va perdiendo parte de esa microbiota de la que hablábamos antes, ese kilo de bacterias que viven en el tracto intestinal. Se pierden selectivamente y suelen ser bacterias con mucha capacidad antiinflamatoria. Y también queríamos trabajar con el Elegans, ese gusano que ahora es uno de los activos más importantes de Biópolis porque fuimos los primeros en ofertarlo como modelo de evaluación. Y fue rompedor. De hecho, acaba de aparecer una segunda compañía en Cambridge, pero no somos más que dos ofertándolo, lo que ha provocado que muchas compañías grandes se hayan interesado por el tema y hayan venido.


Placa multipocillo para ensayos enzimáticos. / VANESSA MONTERO
–¿Qué es lo que hace tan particular a este gusano?
–Tiene 18.700 genes frente a los 23.000 nuestros, así que no estamos tan alejados. Y compartimos el 40% de esos genes. Lo utilizamos para estudiar la obesidad, el envejecimiento, el alzhéimer… Te voy a poner un ejemplo: el cacao guarda una relación con la salud que viene de la época de Moctezuma, lo llamaban el oro de los dioses porque los aztecas pensaban que tenía propiedades saludables. De hecho, tiene muchas y sabemos que están ligadas a un tipo de moléculas que llamamos polifenoles. De cada kilo de polvo de cacao, un 3% son estos polifenoles. Nos preguntamos cuánto costaría hacer con este producto un ensayo de efecto antioxidante en un ratón o una rata. Costaba seis meses y unos 40.000 euros. Era caro. Ahí nació la discusión sobre la búsqueda de modelos más sencillos. Y el gusano era perfecto. Se le puede hacer reproducirse en plaquitas de cultivo, es sencillísimo de manipular, no es patógeno, no requiere ninguna autorización especial… Vive 21 días y pone huevos. Durante los cinco primeros, el huevo eclosiona y el gusanito empieza a crecer hasta alcanzar un milímetro. Ahí es donde le damos a comer o no los polifenoles del cacao. Y lo que vemos es que los que comen este ingrediente están más activos durante su vejez que los que no. Como te decía, seis meses y 40.000 euros con un ratón; con un Elegans tienes los resultados en cinco días y sin apenas coste. En cuanto a los polifenoles del cacao, está claro que son un ingrediente excepcional para las personas de la tercera edad.
–¿Cuánta gente trabaja ahora en Biópolis?
–Cuarenta y nueve, y empezamos tres. Nuestro problema es que tenemos que trabajar con las empresas y las empresas quieren las cosas en tiempo y en dinero. No quieren una publicación, sino que se resuelva el problema. Si el hallazgo es patentable, se patenta y luego a lo mejor lo publican. Es el cambio a una mentalidad totalmente distinta a la de la investigación por la investigación. Por eso decidimos apostar por gente joven y acabar de formarla en la compañía a todos los niveles. Apostamos por recién licenciados o con la tesis acabada o que tuvieran uno o dos posdoctorales, pero que estuviera dispuesta al cambio. La edad media es de treinta y pocos, el 70% mujeres y el 30% hombres, lo que ha dado lugar al nacimiento de 21 niños desde la creación de Biópolis. Y tenemos otros tres en camino.
Marta Tortajada tiene 34 años y es ingeniera química, responsable del departamento de biotecnología microbiana, que consiste en la aplicación de microorganismos a la industria química y farmacéutica.
–Trabajamos –dice– para empresas que quieren un producto. Utilizamos los microorganismos como si fueran pequeñas fábricas. La idea es conseguir una bacteria o una levadura capaz de fabricar el compuesto que busca nuestro cliente.
Nos encontramos en uno de los laboratorios de Biópolis, adonde Tortajada me ha conducido para que vea el plástico biodegradable producido por la bacteria de la que hemos hablado con Daniel. Tomo un trozo de ese plástico en la mano y resulta que tiene un tacto seductor, te lo imaginas perfectamente para la confección de un impermeable tras el que los contornos del cuerpo se perciban como a través de la mampara de una ducha. Luego me enseña la fotografía de una de las bacterias responsables. Y no es que haya fabricado el plástico, es que se ha convertido, casi literalmente, en plástico. El 90% de ella es plástico ya que, sometida a una situación de estrés, lo ha acumulado en su organismo para hacer frente a tiempos de escasez; el 10% restante es ella, su cuerpo, que ha devenido así en un mero excipiente. No habría más que sacudirla un poco para liberar ese bioplástico que se degrada fácilmente en el aire o en el mar, por lo que la gestión de su residuo no supone ningún problema.


Precipitación de ADN en un tubo de ensayo. / VANESSA MONTERO
–¿Es competitivo este plástico?
–Todavía no, aunque estamos cerca. Los derivados del petróleo cuestan uno o dos euros por kilo; estos están rondando los tres o cuatro. Pero en escalado están casi a la par. De momento se está utilizando para productos de un solo uso como el envasado de cubertería.
–¿Y cuál es la materia prima? ¿A partir de qué fabrica la bacteria este plástico?
–La idea es que lo haga a partir de residuos industriales.
–¿Sería un modo de reciclar la basura?
–Claro.
–¿Y de dónde habéis sacado la bacteria?
–Muchas son aisladas de suelos ricos en el sustrato que nos interesa porque ya se han adaptado a él. Imagina, por ejemplo, que queremos utilizar un lactosuero, que es un subproducto de la producción de quesos. Iríamos a la fábrica y la aislaríamos de donde está ese lactosuero.
–En resumen, aisláis una bacteria, creáis una colonia y hacéis que esa colonia se reproduzca a millones en el caldo de cultivo que introducís en los fermentadores…
–Sí, el aspecto es como de un cocido, están en un líquido muy denso, como un puré.
–¿Qué basuras son susceptibles de convertirse en plástico?
–Muchas. Las bacterias, como seres vivos que son, necesitan hidratos de carbono y proteínas, que son los componentes de la fuente de la vida. En la industria de la leche y el queso hay mucha lactosa residual que se puede utilizar. La industria cervecera produce también mucho bagazo rico en azúcar. En las industrias agrarias hay restos de paja, tronco o ramas que contienen celulosa. Todo se puede degradar y con ello obtenemos comida para que crezcan las bacterias.
–Supongamos que una fábrica de quesos ha producido una cantidad equis de residuos que tienen en la basura…
–Y normalmente están pagando para que se los lleven porque no se pueden tirar a la red. Idealmente, igual que las fábricas tienen depuradoras, podrían tener una instalación anexa con un tanque como los que tenemos aquí y la bacteria se alimentaría de ese residuo, que sería el caldo de cultivo.
–¿Contiene el plástico en el interior de su cuerpo porque al metabolizar el residuo lo ha convertido en plástico?
–Eso es.
Marta abre una de las neveras del laboratorio y saca un bote de residuos. El aspecto es el de una basura cualquiera del cubo de restos orgánicos de una casa cualquiera. Pero no huele mal porque está fría.
–Esta es la materia prima tal cual –dice–, este es alimento de las bacterias. La acondicionaríamos un poco y quedaría con un aspecto similar, pero algo más denso.
–Y sobre él soltaríais una colonia de bacterias. ¿Cómo les provocáis el estrés para que produzcan más?
–Haciendo que les falte algo en el medio de cultivo. Por ejemplo, pueden tener mucha comida, pero que les falte un poco de oxígeno o nitrógeno. Ante esa escasez se disparan mecanismos para acumular comida. Esa comida es el plástico que ellas mismas han producido.
Lo que acabamos de ver es un ejemplo del trabajo del departamento de Marta para la industria química. También trabajan para la farmacéutica, en la búsqueda de principios activos que curen una u otra enfermedad.
–Pero no te puedo dar ejemplos concretos –dice–, porque tenemos premisas muy estrictas de confidencialidad. Muy rara vez nos dejan hablar del producto final, casi nunca del proceso y muchas veces ni siquiera dar el nombre de la empresa.


Comité de dirección de Biópolis, SL, en la planta de escalado de la producción. Sentado, con gafas, el consejero delegado, Daniel Ramón. Le acompañan, de arriba abajo y de izquierda a derecha, Marta Tortajada, Salvador Genovés, Violeta Beltrán, David Barreras, Francisco Codoñer, Alejandro Montesinos, José Sabater y Javier Echevarría. / VANESSA MONTERO
Me asomé al microscopio y lo vi: allí estaba el gusano del que tanto y tan bien había oído hablar. Ahí estábamos los dos, él con sus 18.700 genes, y yo con mis 23.000, no tan alejados el uno del otro, en efecto, sobre todo si teníamos en cuenta que compartíamos casi la mitad. Pensé que Dios jugaba a los dados con los genes: los metía en un cubilete, los agitaba y salía un Elegans. Volvía a meterlos y a agitarlos y salía un tipo como yo. El Elegans, mi semejante, mi hermano, se deslizaba sobre la superficie plana de una porción de gelatina, de nombre agar, en la que estaban contenidos todos los nutrientes que necesitaba para completar su ciclo, y quizá el mío. La gelatina se encontraba a su vez en una de las llamadas plaquitas de cultivo, que son unos recipientes redondos, de plástico, con las paredes muy bajas. A la luz del microscopio, el agar había adquirido un color dorado, de modo que daba la impresión de que el nematodo, que así es como se dice formalmente gusano, se deslizaba sobre un medallón de oro blando sobre el que iba dejando la huella de su cuerpo. Y no es gratuito que lo llamen Elegans, pues sus movimientos son de una distinción notable. No sé cuántos había en la plaquita de cultivo a la que yo me había asomado, no muchos, quizá veinte o treinta, cada uno alejado de los otros, porque no son gregarios, y cada uno dedicado a la escritura de un texto, pues sus ondulaciones dibujaban sobre la gelatina de oro las palabras de un alfabeto muy parecido al nuestro, aunque con un número exagerado de vocales. Tales surcos resultan muy útiles para estudiar su grado de movilidad, que disminuye a medida que envejece. Una curiosidad triste, por cierto, o alegre, no lo sé: al envejecer, se agrupan.
Cerca de mí se encuentran Salvador Genovés, tecnólogo de alimentos, de 37 años, y Patricia Martorell, doctora en biología, de 38. Ambos trabajan en el departamento de biotecnología alimentaria. Significa que cuando usted se toma, pongamos por caso, un yogur con bifidus activo, no se está tomando solo un yogur, sino unos conocimientos de carácter científico, una sabiduría industrial que se desarrolla fuera de su vista, en lugares como Biópolis de los que a lo mejor nunca había oído hablar. En el departamento de Salvador y Patricia, dirigido al estudio de alimentos funcionales, es decir, con efectos saludables para el cuerpo, se trabaja con el Elegans.
Salvador y Patricia me explican que la industria alimentaria moderna y los consumidores demandan al mercado, cada vez más, alimentos beneficiosos para la salud. Estos alimentos, al igual que los fármacos, están regulados y llevan un control legal. Pero así como pueden pasar varios años desde que un fármaco empieza a experimentarse hasta que llega al consumo humano, en la alimentación todo deber ser más ágil. Los estudios de seguridad y efectividad de los alimentos, me dicen, deben llevar un proceso más rápido porque la rotación es mucho mayor.
–Las industrias alimentarias –añade Patricia– necesitan sistemas de evaluación rápidos, por lo que tenemos que utilizar modelos animales que nos proporcionen resultados inmediatos. El hecho de que el ADN del Elegans y el nuestro sea tan parecido constituye una ventaja enorme. Podemos estudiar qué les pasa cuando les damos a comer determinado ingrediente o molécula. Podemos ver qué efecto tiene sobre el cuerpo del gusano y comprobar qué está haciendo ese alimento a nivel genético, cómo está modulando nuestro genoma. Así es como averiguamos por qué un ingrediente reduce la grasa o un alimento actúa como un antioxidante.
Ahora mismo, me explican, están centrados en patologías como la obesidad, el envejecimiento (muy relacionado con el estrés oxidativo) y las enfermedades neurodegenerativas, como el alzhéimer. Trabajan con un Elegans que mimetiza el alzhéimer.
–¿Cómo? –digo yo.
Con paciencia infinita, Salvador y Patricia tratan de explicar en términos inteligibles para un profano que el Elegans sintetiza la proteína que se acumula en las placas neuronales del cerebro humano y que es la responsable del deterioro cognitivo provocado por esa enfermedad. Esta proteína es un gen humano que se implanta en el nematodo, con perdón, de modo que cuando se le proporcionan unas determinadas condiciones en la plaquita de cultivo, el gusano expresa esa proteína paralizándose: tal es su forma de decir que padece alzhéimer. Eso nos permite observar qué ingredientes retrasan esa paralización, que es tanto como retrasar la enfermedad.
–Supongo –apunto yo– que la investigación sobre el alzhéimer estará más dirigida a la industria farmacéutica que a la alimentaria.


Un ‘Elegans’ visto desde el microscopio por la región de la cabeza, donde se aprecia la faringe.
–No necesariamente –dice Salvador–, hay multinacionales de la alimentación que están trabajando en este campo. Para algunas hemos trabajado con alimentos que tienen compuestos antioxidantes y que retrasan la enfermedad. Aunque lo que más interesa ahora mismo en alimentación es la obesidad y la salud cardiovascular.
–¿En qué clase de alimentos se ha innovado más por lo que se refiere a esto que llamáis funcionalidad, es decir, que además de nutrir aporten beneficios para la salud?
–En los lácteos –asegura Patricia–. En la parte cárnica se ha investigado poco.
–En la naturaleza, ¿dónde vive el Elegans?
–Es muy abundante en el suelo del campo. No es patógeno. Se alimenta de las bacterias del suelo, lo que para nosotros es una ventaja.
El Elegans, en el laboratorio, vive en las placas de cultivo ya mencionadas antes y en estufas, a 20 grados. Cuanta mayor es la temperatura, más se acelera su metabolismo, más rápido crece y más se reduce su esperanza de vida. A menos temperatura, resiste más. Sustituye el cerebro del que carece con células neuronales repartidas longitudinalmente a lo largo de su cuerpo y que son las que producen la parálisis cuando se le implanta la proteína productora del alzhéimer. Si tiene usted microscopio y vive cerca del campo, no deje de ir a visitarle. Es como visitar a un primo, también como volver a casa.
Resulta que todas estas investigaciones de las que estamos hablando no serían posibles sin el apoyo de la informática. El bioinformático de Biópolis se llama Francisco Codoñer y llegó a la informática desde la biología porque es mucho más fácil, asegura él, enseñar a un biólogo a programar o estadística que enseñarle a un informático o estadístico biología.
–Es mucho más sencillo –añade– interpretar los datos desde el punto de vista biológico, y saber qué herramientas informáticas utilizar para analizar esos datos, que saber las herramientas, pero no poder darle el sentido biológico que tienes que darle a los resultados.
Francisco es el más joven del equipo. Debido a su perfil, que es raro, pues no resulta fácil encontrar gente con un pie en la biología y otro en la informática, maneja una jerga que hipnotiza al oyente. Tiene uno la impresión de que este hombre conoce los secretos de la vida y de que sabría construir con ellos un ­software. Desde la perspectiva de un ignorante como yo, es una especie de brujo doble, un chamán aumentado.

A través del ‘Elegans’ podemos ver efectos de un alimento a nivel genético”
–En efecto –dice respondiendo a mi pregunta–, el mío es un perfil profesional raro. La informática y la biología son dos formaciones en apariencia muy distintas, pero por otra parte la biotecnología sin la informática no haría nada. Las tecnologías que nosotros utilizamos generan millones de datos. Las clásicas utilizaban cien datos. Ahora disponemos de 3.000 millones y tenemos que interpretarlos. Para eso necesitas herramientas bioinformáticas.
–¿Cuándo nació la bioinformática?
–En los años sesenta, con la secuenciación del ADN, cuando se empezaron a desarrollar los primeros programas para interpretar secuencias. Con las plataformas de secuenciación masiva actuales, el salto es brutal. La figura del bioinformático no se empezó a contemplar hasta finales de los noventa.
–¿Trabaja a demanda del equipo o del cliente?
–A demanda del cliente y a demanda de mi equipo. El cliente te puede pedir ayuda para diseñar sus experimentos o para interpretar sus datos y averiguar qué información puede extraer de ellos. Mi equipo de secuenciación puede pedirme toda una serie de análisis despendiendo de qué aplicación estemos desarrollando en ese momento. A veces mi equipo ha conseguido unos resultados y necesita saber si han pasado la calidad o si pueden mejorar y dónde. Con la interpretación de los resultados puedes mejorarlos técnicamente en el laboratorio, mejorar tus procesos y ser más coste-efectivo. Hay que verlo como una herramienta de interpretación, pero también como una herramienta de mejora.
Cada vez que termina una respuesta, Francisco Codoñer se me queda mirando, a la espera de la siguiente pregunta. Y yo le pregunto, pero me quedo in albis, porque no entiendo la respuesta. Continúo obnubilado con el nombre de su profesión, bioinformático, porque me imagino a una persona computarizada o a un ordenador con vida propia. A ratos, salgo de mi ensueño y le sorprendo hablando de la secuenciación de las bacterias que se come el Elegans.
–Secuenciamos el genoma de esas bacterias –dice– y los efectos que produce. Vemos qué genes son los que están provocando un efecto en el gusano.
–¿Y cómo es eso? –pregunto al azar.
–Puedes entender el efecto que produce en el gusano porque las bacterias que se está comiendo expresan unos genes que son los que están haciendo las funciones específicas que generan ese fenotipo en el gusano.
[¿Cómo no te vas a creer, con ese lenguaje, lo que te cuente?].
–No sé si tienes algo más que añadir –le digo, acojonado.
–Básicamente esto: perfil raro, sí. Cuando me presentan como bioinformático, lo hacen como si presentaran un ente esotérico… La verdad es que se desarrollan aplicaciones para poder interpretar cualquier cosa. Ahora estamos con un contaminante alimentario de un producto. Ocurre cuando aparecen una bacteria o un hongo específico en la cadena de producción. Por las características del bicho podemos saber en qué punto de la cadena se ha producido la contaminación.
–Ya.
–También hemos trabajado mucho para entender el microbioma de las heces y de la vagina. El caso de la vagina es muy interesante porque hay muchas mujeres con vaginosis recurrente y no es más que un problema de ecología microbiana.
–¿Y lo de las heces?
–En la parte del microbioma de las heces llevamos analizadas unas cuatro o cinco mil muestras, y con algunas, dependiendo de la composición de las bacterias que tengan, podemos llegar a asociar alteraciones intestinales, incluso enfermedades.
El microbioma de las heces y de la vagina nos recuerda que somos, en efecto, contenedores de bacterias. Las tenemos, y a miles de millones, en el intestino, en la boca, en el pelo, en la piel… Esta revelación nos recuerda aquel aforismo terrible de Lichtenberg según el cual la gallina no es otra cosa que un procedimiento del huevo para fabricar otro huevo. ¿Y si nosotros no fuéramos más que un procedimiento de las bacterias para fabricar más bacterias?
El director general de todo esto es Javier Echevarría, un químico orgánico de 56 años que es el que mejor se lo pasa y a menor coste: jamás parece estresado. Viene uno ahora de comer con él, y con otra gente, y ha comprobado cómo disfrutaba de los placeres de la mesa y de la plática. Sonríe todo el tiempo y da la impresión de tener una relación excelente con su cuerpo y con la vida en general. Ha trabajado en el sector lácteo 33 años: en Leche Pascual, en Lactaria Española y en Central Lechera Asturiana.


Laboratorio de Biópolis en la sede valenciana de la compañía, donde los científicos trabajan con microorganismos para desarrollar investigaciones biotecnológicas. / VANESSA MONTERO
–Ayudé a desarrollar los zumos Pascual –dice– y los postres de larga vida. En el caso de Central Lechera Asturiana, lo mismo. Y desarrollé departamentos completos como el de energías, nutrición y demás. Cuando acabé mi periodo en Central Lechera Asturiana, me fui a Oxford. Viviendo allí me llamó Daniel Ramón para que le ayudara porque Biópolis estaba creciendo mucho. Daniel es un gran científico, pero desconoce el mundo industrial y empresarial. Solo puse una condición: que a los socios les pareciera bien. Para Central Lechera Asturiana, que tenía el 25% y con los que yo había trabajado 14 años, fue perfecto. Me incorporé en febrero de 2014.
–¿Y qué ha hecho en estos 10 meses?
–Hemos construido todo el plan de calidad de la compañía, el plan industrial de cara a los próximos dos o tres años y toda la evaluación del desempeño del personal. Hemos cambiado de ciclo: la compañía es un referente a nivel español, pero no solo por su calidad científica, sino también por su capacidad de producir. De hecho, Central Lechera Asturiana nos va a confiar todos sus probióticos y ya estamos mostrando nuestra capacidad de producción de cara al exterior. Como tenemos físicos, químicos y biólogos, nuestro enfoque es multidisciplinar. Una empresa te plantea un problema, lo analizas y en un par de semanas les decimos si somos capaces de resolverlo o no. Si lo somos, presentamos un proyecto y lo ponemos en marcha. A mis 56 años, podría dedicarme a viajar con mis ahorros, estoy tranquilo, mis tres hijos ya trabajan, pero este es un mundo apasionante. Además, la gente aquí es muy joven, con unas ganas excepcionales de aprender, de conocer, y es muy divertido.
–Si se hiciera un ranking español de empresas de biotecnología, ¿qué lugar ocuparía Biópolis?
–Es muy difícil, lo que sí te puedo decir es que es un referente en los temas de los que trata. Lo es en la utilización del Elegans como modelo de experimentación; lo es en la generación de probióticos; y va a serlo en la revalorización de residuos. Tenemos ciertas patentes que nos aportan una diferenciación especial. Pero el mayor activo de esta compañía es el capital humano, el conocimiento que atesora la gente que está aquí. Cuesta muchísimo llegar a tener un equipo con esas características: muy formado y capaz de sacar adelante los proyectos.
Después de visitar los diferentes laboratorios de sus instalaciones, en cuyas estufas, neveras o fermentadoras viven y se desarrollan las bacterias, las levaduras y los gusanos con los que trabajan en Biópolis, piensa uno que en definitiva todos estos señores y señoras de bata blanca son granjeros. Los granjeros de unas formas de vida que se desarrollan en una escala infinitamente más pequeña que aquella en la que nos desenvolvemos nosotros, pero de las que se pueden obtener beneficios para la alimentación y la salud. No ordeñan vacas ni recogen los huevos de las gallinas, pero vigilan el bienestar de rebaños inmensos de seres microscópicos de los que, sin saberlo, obtenemos multitud de beneficios. Piénselo la próxima vez que, con gesto rutinario, ponga en su carrito de la compra un yogur con bifidus activo o una mantequilla con omega 3.