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lunes, 18 de enero de 2016

REPORTAJE. "Kawah Ijen: el infierno en la tierra"

   En "El País":

Kawah Ijen: el infierno en la tierra

Los trabajadores del volcán indonesio se ganan la vida en uno de los entornos más hostiles

Desde 1968 han muerto 80 asfixiados, despeñados, aplastados o tragados por la tierra

 Java (Indonesia) 11 ENE 2016 
  • Un trabajador carga con azufre en el volcán Kawah Ijen, en la isla de Java.
    Un trabajador carga con azufre en el volcán Kawah Ijen, en la isla de Java. / JESÚS G. PASTOR

    El azufre nace líquido y caliente, anaranjado, casi rojo como la sangre de la cabra sacrificada cada año para honrar al volcán. La degüellan viva y lanzan su cabeza, envuelta en un paño de algodón, a una grieta. Esperan serenarlo e impedir erupciones, avalanchas o explosiones de gas: su calma es aire; su furia, fuego.
    "Debemos ser agradecidos y mostrar respeto, el volcán es poderoso y nadie quiere morir", explica Haliim, que extrae azufre a diario del cráter del Kawah Ijen, en la isla de Java (Indonesia). Desde 1968 han muerto 80 trabajadores asfixiados, despeñados, aplastados por piedras o tragados por la tierra tras caer en una grieta.
    Los mineros caminan dos horas ladera arriba para llegar al cráter, a 2.836 metros de altura. Cargan agua, arroz frito, tabaco y un mechero. Desde antes del alba atraviesan un bosque que desaparece al llegar al cráter, en pocos metros, como si alguien hubiera arrancado los árboles, reventado la tierra: un rayo, una bomba, tres erupciones volcánicas que hace 3.500 años crearon una caldera de casi 25 kilómetros de diámetro formada por seis picos volcánicos de entre 1.200 y 3.050 metros. El paraje es paradójico, vivo y eterno, rocas gigantescas y afiladas buscan las nubes alrededor de un lago inconmovible.
    Cuenta la leyenda que el volcán siempre saluda a sus visitantes y que el forastero debe interpretar las andanadas de humo como bienvenida, advertencia o prohibición. Para la ciencia, más aséptica, todo depende las condiciones meteorológicas. Si hay viento, sus ráfagas esparcirán el humo por el cráter asfixiándolo todo. Si no, ascenderá en una columna monolítica. Pero los humanos vivimos más de creencias que de verdades...
    Por un sendero esculpido en la roca recorren los 300 metros de desnivel que les separan de las entrañas del cráter. Un descenso brusco a los Infiernos con pendientes de hasta el 60%. A la orilla del lago, en las grietas donde el volcán late a 250 grados, clavan las tuberías por las que saldrá el gas condensado en una sustancia líquida color azafrán. Otros tubos lo conducirán entonces hacia la tierra donde, al enfriarse, se endurecerá y oscurecerá. Del naranja al amarillo, de gota a roca.
    En el cráter no hay vida. A veces lo sobrevuelan aves. Alguna, aturdida por el humo, cae al agua y muere. Azules vivos, grises inertes, rocas, vapores de olor acre y un silencio roto por la tos y el martilleo agudo del metal contra las rocas. Más de 200 mineros rompen a golpe de lanza las rocas de azufre. Aprietan los dientes y respiran a través de un trapo húmedo, una camiseta o un sarong que proteja algo su boca, su garganta… Algún capataz lleva el casco o la máscara que dejó un periodista, pero la mayoría trabaja sin protección, sin guantes, sin gafas, sin botas, con un pañuelo y una lanza de acero. Gladiadores sin escudos.
    Donde hay hambre no hay pan duro, ni piedras irrompibles, ni humo asfixiante. Hay desgaste, cicatrices, llagas en los hombros, cortes en las manos, artrosis, escoliosis… La consecuencia visible de picar y cargar piedra cada día. Dolor cotidiano, como el humo, el agua o el azufre. "El cuerpo duele por falta de hábito al principio, las primeras semanas. Pero los músculos y los huesos son como el bambú, aguantan más de lo que parece, mucho más", desdramatiza Mohamed mientras se fuma un cigarro.

    Lecciones de geografía

    En la antigua Roma creían que los cráteres de los Campos Flégreos eran puertas a los Infiernos, donde extraños demonios sacudían la tierra y apagaban la luz del sol. En Indonesia, donde existen unos 130 volcanes activos y más de cinco millones de personas viven o trabajan en zonas peligrosas, la percepción de la realidad es distinta. Sus casi 18.000 islas son hijas de la colisión de las placas euroasiática, pacífica e indoaustraliana. Y sus 250 millones de habitantes viven sobre el llamado Anillo de fuego, una franja que recorre el planeta y aglutina el 75% de los volcanes activos y durmientes. Los terremotos son diarios y las erupciones habituales. Los niños no distinguen entre montañas (gunung) y una montañas de fuego (gunung api). El contacto cotidiano tamiza el fogonazo del primer encuentro. Las cicatrices de sus hombros acumulan décadas de cráteres y su memoria aglutina volcanes desde siempre. La perspectiva no puede ser la del turista. Donde un occidental ve peligro, ellos ven una montaña muy bella, viva, una diosa. La aman porque les alimenta con su azufre. Y la respetan porque puede matarles.
    Trabajar en el Kawah Ijen es duro y peligroso, pero todos saben por qué vale la pena: "con lo que gano mantengo a mi familia sin problemas y mis hijos, además, pueden estudiar. Y me queda para pagar el tabaco y otros placeres. En otros lugares es menos dinero y no es constante durante todo el año, aquí puedo trabajar todos los días y sólo dependo de mi. Y de que el volcán esté tranquilo…", puntualiza Haliim. La última erupción grave fue en 1952. La próxima, según los vulcanólogos, será en cualquier momento.
    Clavan sus lanzas junto a las fumarolas volcánicas, donde el sulfuro de hidrógeno y el dióxido de azufre huelen a podrido y envenenan el aire, 40 veces más tóxico que el máximo recomendado en cualquier ciudad europea. Los mineros sufren lesiones en las encías, los dientes y la tráquea; bronquitis, asma, enfisema, cáncer... Hasta las lágrimas les duelen, el dióxido de azufre en sus ojos crea ácido sulfúrico: escozor durante días, daños a medio plazo.
    Si Dante tenía razón y "quien sabe de dolor todo lo sabe", esos mineros son sabios: allí te pica la garganta, te arde el pecho, te escuecen los ojos, te falta el aire. Toses, lloras, parpadear te abrasa. Boqueas como un pez fuera del agua. Te cubres la boca con un trapo, te descubres mirando al cielo y rezándole a un volcán, implorando su clemencia...
    El bambú que se dobla es más fuerte que el roble que resiste. Lo afirma un refrán asiático y, tal vez por eso, una caña de bambú es la que une las cestas en las que los mineros transportan las rocas. Ascienden cráter arriba moviéndose como si no cargaran 70, 80, 90 kilos de piedras, como si el bambú no cortara su piel. Tosen, sudan, se detienen, encienden un cigarro. Ráfagas de humo invaden el sendero. Caminan solos, su silencio roto por el crujido rítmico del bambú: un gemido orgánico, un lamento.

    Y turistas...

    Azules increíbles, geometrías afiladas, columnas de humo blanco, despeñaderos, hombres trabajando en el infierno… y turistas, muchos turistas fotografiándolo todo: mochileros, excursiones organizadas desde Bali, asiáticos en grupo, occidentales de luna de miel…Todos contemplan extasiados esa inquietante argamasa de seres humanos y naturaleza. Algunos observan alejados, otros se acercan al precicipio, los hay que descienden al cráter aunque esté prohibido desde que una turista francesa muriera allí a finales de los noventa. Fotografían a los mineros desde lejos, intercambian fotos por monedas, charlan con ellos entre la incredulidad, la cordialidad y la empatía...
    Nadie recuerda si fue un turista o un minero a quien se le ocurrió que un pedazo de azufre fuera un souvenir. Imagino que un turista: el eurocentrismo y el capitalismo nos hacen creer que todo está en venta. Los mineros bañan arbustos y piedras en azufre hirviendo y los venden como extrañas esculturas, bonsais de ramas amarillas y tortugas de caparazones minerales.
    "Con esto gano uno o dos euros por pieza, a veces hasta cinco. Apenas tardo en hacerlos y no me quita fuerzas. Muchos días no vendo nada, pero en un buen día puedo vender dos o tres y ganar lo mismo que trabajando. Y una vez una turista me pagó y… ¡me dio un beso!", recuerda sonriente Mohamed. El precio de la entrada al parque natural y el suplemento por la cámara, de 1,2 y 2,5 euros se destinan a tareas etéreas como el “mantenimiento general de la zona”.

    El precio del trabajo

    Cinco céntimos de euro por kilo de azufre: si hacen dos o tres viajes, cargando entre 60 y 80 kilos cada vez, ganan de siete a 12 euros al día, entre 200 y 300 al mes descansando cuatro días. Un salario mísero en Occidente, un sueldo digno en un país donde el 40% de la población vive con menos de tres euros al día y las alternativas son arrozales y cafetales donde ganar 175 euros al mes en un buen año y, eso sí, sufrir una devastación física mucho menor.
    Entre ocho y 10 toneladas de azufre viajan a diario a la gran ciudad, donde el precio se quintuplica. Allí la empresa explotadora, Gatot Subroto, volverá a tasarlo y lo redistribuirá. Su valor crecerá exponencialmente según las fluctuaciones del mercado. Sus aplicaciones son ubicuas e infinitas. Fertilizantes para tus verduras, neumáticos para tu coche, cerillas para tus fogones, azúcar blanco para tu café, jabón contra tu acné, champú contra tu caspa, pólvora que alegre tus verbenas o te amenace en una guerra. Pinturas, plásticos, baterías, pesticidas, medicamentos, conservantes alimentarios. El papel sobre el que todavía se imprimen los periódicos, el baño de paro que utilizan los románticos de la fotografía analógica. Todo contiene azufre, hasta el agua del lago.
    Un kilómetro cuadrado de aguas encajadas entre paredes de 200 metros. Nadar en esos verdes y azules imposibles sería un sueño, pero los 38.000 millones de metros cúbicos de agua contienen ácido sulfúrico y clorhídrico en concentraciones capaces de disolver ropa, metal y carne humana. El agua del lago ácido más grande del planeta está viva, como el volcán: su PH es como el del líquido de una batería y a veces se acerca a la ebullición generando enormes burbujas de gas letales.

    Impacto medioambiental

    Sus filtraciones a ríos cercanos contaminan más de 35 kilómetros cuadrados de cultivos, reduce su producción agrícola y, por tanto, los salarios de la zona, y además provoca un descenso de la biodiversidad y un aumento de enfermedades graves como la fluorosis. El consumo de agua contaminada podría causar trastornos en el crecimiento y reducir la esperanza de vida de sus habitantes. Y donde no lo empapa todo, lo riega con lluvia ácida, tan cotidiana como contaminante.
    Reducir los daños de las filtraciones sería tan sencillo como construir un túnel para llevar el agua ácida hasta el mar, pero ni el gobierno de Java ni la empresa explotadora se plantean hacerlo. Mientras tanto, la empresa energética Medco plantea aprovechar el potencial geotérmico del volcán, que podría generar hasta 110 megavatios.
    Además de quebrantar huesos y derechos, el método extractivo utilizado en Ijen es poco eficaz: sólo se extrae el 20% de su potencial. Este método de extracción manual, habitual en volcanes de Chile, Italia o Nueva Zelanda, desapareció a finales del s. XIX. Existen algunas minas volcánicas en los Andes, pero todas fueron modernizadas.
    Preguntados por la mecanización, la respuesta es tajante: “el día que eso llegue, la mayoría perderemos el trabajo. Eso afectará a nuestras familias, al futuro de nuestros hijos. A los turistas eso os parece horrible porque miráis con vuestros ojos, creéis que somos esclavos. No os equivoquéis, sabemos lo que hacemos, elegimos trabajar aquí y aquí seguiremos mientras la mina continúe, el cuerpo aguante y el volcán quiera”.

    jueves, 12 de noviembre de 2015

    PRENSA. "La batalla por la dignidad de las limpiadoras de letrinas indias"

       En "El País":

    La batalla por la dignidad de las limpiadoras de letrinas indias

    En India aún existen al menos 300.000 familias que sobreviven mediante la recogida manual de los excrementos humanos


    Una 'manual scavenger' trabajando en Dura Khund, Varanasi. / ELOISA D'ORSI


    Cada día, durante 15 años, Meena recorrió las calles de Ramnagar, un arrabal en la periferia este de Nueva Delhi, cargando sobre la cabeza una cesta de mimbre rebosante de excrementos humanos. Trabajaba para diez familias de la zona y empezaba su ronda al amanecer. Le dejaban la puerta trasera abierta y se dirigía en silencio hacia la letrina de la casa, donde recogía las heces con la ayuda de una pequeña pala o, en ocasiones, con las manos desnudas. Luego pasaba a la siguiente casa. A última hora de la mañana vaciaba el contenido de la cesta en una alcantarilla abierta. A cambio, cada familia le pagaba 20 rupias al día (algo más de 25 céntimos de euro), aunque no siempre: a veces pagaban con retraso; otras, directamente, no lo hacían. Pero todas le tiraban el dinero guardando las distancias. Cuando hoy echa la vista atrás y piensa en el pasado, desde la habitación que comparte con su marido y una hija en Nan-nagri, otra zona de la capital india, Meena admite que, hasta su boda, nunca fue del todo consciente de que era una dalit, es decir, una intocable, una paria. Para ser exactos, era una valmiki, un grupo fuera de las castas que ocupa los peldaños más bajos en la intricada jerarquía social hindú. Lo eran sus padres, pero ella siempre se había ocupado de sus hermanos pequeños y nunca les había acompañado durante sus rondas matutinas. Después de ser madre buscó trabajo, pero descubrió que para una valmikicomo ella la única posibilidad era limpiar letrinas. Se acuerda muy bien de su primer día. Recuerda que el hedor que provenía de su propia piel agredía su olfato, y que intentó reprimir los conatos de vómito, en vano. Presa del mareo, el contenido de la cesta se le desparramó sobre todo el cuerpo. Los transeúntes la bordeaban, mirándola furtivamente, sin detenerse. Conteniendo la respiración hasta casi ahogarse, logró dar con una manguera en el patio de una casa. Sin embargo, apenas salieron las primeras gotas cuando apareció la dueña, gritándole. “Aquella mujer pertenecía a la casta de los brahmanes, y esa era el agua con la que lavaban el templo”, recuerda Meena. “Yo la estaba contaminando”.
    Según un informe de Human Rights Watch publicado en 2014, en India aún existen al menos 300.000 familias como la suya. Mujeres y hombres que sobreviven mediante la recogida manual de los excrementos humanos, práctica conocida como manual scavenging [recogida manual] a pesar de que una ley aprobada por el Parlamento indio en septiembre de 2013 la prohibió, y de que una sentencia del Tribunal Supremo de marzo de 2014 exige a los diferentes estados indios hacer que se respete la ley y poner en marcha programas de “rehabilitación” para los recogedores manuales. Sin embargo, según Bezwada Wilson, fundador y líder de Safai Karmachari Andolan (SKA), organización que lucha para erradicar la práctica de la recogida manual, las leyes no son suficientes. “India se mueve siempre en dos direcciones opuestas: por un lado, el respeto a la Constitución; por otro, nuestra cultura, que gira alrededor de un sistema de castas que impregna la sociedad”. Bezwada, hijo de recogedores manuales, se embarcó en la lucha contra la discriminación por casta después de leer La abolición de las castas, panfleto escrito por B. R. Ambedkar en 1936. Una foto del primer intelectual dalit indio destaca en la oficina de Bezwada, en Nueva Delhi, y en muchos hogares parias de todo el país. El tema de las castas fue el centro de una polémica, crucial para el destino de India, entre Ambedkar, desconocido en el extranjero, y un Gandhi mucho más famoso. Para el segundo, las castas eran el aglutinante de la sociedad india, mientras que para el primero cristalizaban las estructuras de poder, legitimando atropellos y abusos. A lo largo de las últimas décadas, diferentes personajes dalit han llegado a la política india, pero la violencia con motivo de la casta sigue vigente y los datos, al menos los conocidos, son sobrecogedores: según la Oficina Nacional de Estadística sobre el Crimen, cada semana 13 intocables son asesinados, y al menos cuatro mujeres parias son violadas por miembros de castas superiores todos los días. “La violación de una mujer dalit no siempre se percibe como un crimen”, explica Bezwada. “Para algunos miembros de castas superiores, violar a una intocable es incluso una forma de purificarla”.
    Los dalit, sobre todo en el norte de India, se asocian con actividades que tienen relación con la materia orgánica, residual: cortan el pelo, manipulan los cadáveres, curten las pieles o limpian letrinas. La recogida manual de los excrementos humanos es la clave que ilumina la producción cotidiana de la intocabilidad, a través del contacto con los líquidos pútridos que chorrean por el pelo, impregnan la ropa y se deslizan por la piel. Así las cosas, el problema de los recogedores manuales se funde con otros dos: el de los intocables y el de la higiene. Según la Organización Mundial de la Salud, aproximadamente la mitad de la población india sigue defecando al aire libre. En las zonas rurales y en los poblados de chabolas urbanos, donde no hay alcantarillados ni fosas sépticas, las familias usan letrinas en seco o las conocidas como wada, zonas comunitarias que requieren una limpieza manual. Cuando fue elegido primer ministro en el 2014, Narendra Modi anunció una campaña nacional para modernizar la situación sanitaria india. Desde entonces, las administraciones locales han puesto a disposición fondos para la compra de artículos sanitarios. Sin embargo, son muchas las familias pobres que cobran las ayudas pero no cambian sus costumbres higiénicas, y siguen encomendándose a los valmiki. Según el antropólogo Assa Doron, no es solo una cuestión de letrinas: la dicotomía entre puro e impuro se encuentra en los cimientos del hinduismo. La actividad de los recogedores manuales parece difícil de erradicar porque crea, a través de la degradación y la humillación de los valmiki, la base material de la rígida pirámide social hinduista. Pero la religión no es más que una de las lentes con las que observar el fenómeno.

    Los dalit, sobre todo en el norte de India, se asocian con actividades que tienen relación con la materia orgánica, residual: cortan el pelo, manipulan los cadáveres, curten las pieles o limpian letrinas
    En Durga Kund, un arrabal de Varanasi, corazón de la espiritualidad hinduista, se encuentra el barrio de los recogedores manuales, que todos conocen como Safai Basti. La aglomeración de casas bajas surge a poca distancia del templo principal, famoso por el enlucido color rojo fuego que se recorta contra el cielo de Uttar Pradesh, y que se distingue claramente de las viviendas que lo rodean cual isla en medio del mar. En lo alto de prácticamente la mitad de los cientos de chabolas se erige una cruz. Muchos valmikique viven en este poblado admiten que, con su conversión al cristianismo, confiaban en deshacerse de las obligaciones de su casta. Es el caso de Saroch, que hoy tiene 40 años, huérfana desde los 14. Cuenta que intentó rebelarse, negándose a seguir las huellas de sus padres, pero en la comunidad empezó a correr el rumor de que practicaba la magia negra. Así pues, se acercó a una iglesia evangélica, imaginando que al abrazar una nueva fe cambiaría su vida. Sin embargo, siguió siendo una valmiki entre sus nuevos hermanos cristianos, incapaz de zafarse de su identidad de casta y encontrar un trabajo distinto. Además, al convertirse perdió también el derecho de acceder al sistema de cuotas previsto en la administración pública para los dalit. A pesar de ser cristiana, Saroch retomó la cesta de mimbre de sus padres. Así las cosas, el sistema de castas que refleja el presente y el futuro de los valmiki va más allá del hinduismo, y atañe también a los cristianos, a los musulmanes y, en menor medida, a los budistas; para más inri, se ha visto reforzado con la apertura del país al mercado libre. Como explica Ramesh Nathan, secretario general del movimiento nacional dalit por la justicia, la oleada de privatizaciones de la década de 1990 creó un sistema de licitaciones que premia a los empresarios capaces de reducir los costes al mínimo. Un caso ejemplar fue el de la red ferroviaria india, un gigante de 65.000 kilómetros por el que 14.300 trenes transportan a 25 millones de pasajeros cada día. Los desagües abiertos la convirtieron en la letrina al aire libre más grande del mundo. Para limpiar las vías, las empresas privadas emplean la mano de obra más barata del mercado: los hombres valmiki. La servidumbre de la casta se aúna así con la lógica neoliberal.
    Para las mujeres valmiki, que trabajan sobre todo en la limpieza de las letrinas en hogares privados, la SKA lanzó varios programas de apoyo económico. En Ghaziabad, un pueblo al norte de Delhi, 30 mujeres cosen bolsos que luego se venden en el circuito de comercio justo y solidario. Su edad varía, pero comparten experiencias similares. Hay quien ha practicado la recogida manual desde la adolescencia, y quien empezó después de casarse, siguiendo la tradición de la familia de su marido. Hace poco tiempo que abandonaron esa actividad, pero muchas siguen sufriendo la humillación de los restos de comida lanzados en un sobre, el agua negada, o ver su propia identidad reducida a la cesta que transportan en la cabeza. En las manifestaciones organizadas para llamar la atención del Gobierno sobre el drama de las mujeres valmiki, esas cestas alimentaron las hogueras, pero hay quien no excluye la posibilidad de volver a su anterior oficio: incluso quienes se declaran felices de su nuevo trabajo no logran librarse del miedo de ser prisioneras de un destino ya marcado. Encontramos ese mismo fatalismo en Leela, que vive a pocos pasos de Meena, en Ramnagar. “¿Por qué no he podido encontrar otro trabajo? A lo mejor porque no era mi destino”. Sigue limpiando letrinas en la zona, a veces con la ayuda de su hija y su hijo, mientras su marido trabaja para una empresa que se encarga del mantenimiento de las alcantarillas. En el pasado acompañaba a Meena, pero desde hace un año esta ha tomado otro camino: gracias a la ayuda de la SKA ha obtenido un bicitaxi eléctrico para el transporte de pasajeros. Leela nota que la vida de Meena ha cambiado: parece más segura de sí misma y, aunque sigue sufriendo discriminaciones, ya no tiene miedo. Después de haber quemado su cesta de valmiki, afirma Meena, el tráfico de Nueva Delhi no la asusta lo más mínimo.

    miércoles, 6 de agosto de 2014

    PRENSA. "Dacca, donde la vida es una batalla"

       En "El País":

    Dacca, donde la vida es una batalla

    La capital de Bangladesh es uno de los peores lugares para vivir, según The Economist

    La OMS alerta de que también es una de las ciudades más contaminadas del mundo


    Unos niños asisten a la escuela en el distrito de Shahbag, en Dacca. / LUIS TATO
    El estridente sonido de los claxon y la llamada a la oración se funden con el aire pesado que envuelve a Dacca, la llamada "ciudad de las mezquitas", situada a orillas del río Buriganga. A su paso por la capital de Bangladesh, y debido a la contaminación química, el cauce fluvial escupe burbujas que incesantemente ascienden a la superficie bajo la frenética actividad de las embarcaciones que cruzan esta herida abierta en la ciudad. Biológicamente moribundo, el río lucha contra los más de 60.000 metros cúbicos de desechos tóxicos que Dacca le proporciona diariamente, mientras centenares de personas viven en embarcaciones sobre su caudal y más de cuatro millones se ven expuestas de manera directa al riesgo que representa la intensa contaminación del agua.
    Con más de quince millones de habitantes en apenas 815 kilómetros cuadrados, Dacca es una de las ciudades con mayor densidad de población del mundo, cifra que se incrementa en más de 400.000 personas anuales debido al intenso éxodo rural que está experimentando el país. Según la Unidad de Inteligencia de la revista The Economist, también se trata de uno de los peores lugares para vivir en el mundo. Familias enteras se ven obligadas a abandonar sus hogares en las áreas rurales donde han desarrollado su actividad durante generaciones. "Prefiero la vida rural, pero no he tenido otra opción que venir a Dacca para trabajar. Éste es mi destino y no importa lo que sienta" asegura Rubel, mientras espera impaciente la llegada de algún cliente que suba al rickshaw sobre el que pedalea doce horas diarias para sobrevivir.
    La gran mayoría de estos migrantes llegan a la capital buscando un futuro digno que nunca aparece, y allí acaban viviendo en los denominados slums —barrios de chabolas, infraviviendas o asentamientos informales— en los que habita más del 25% de la población de la ciudad. Según la Organización Internacional para las Migraciones, alrededor del 70% de los habitantes de estas barriadas se han visto obligados a moverse a la capital bangladesí tras experimentar problemas de tipo medioambiental derivados del cambio climático que afectaban a su supervivencia. Además, se espera que este éxodo rural continúe creciendo ya que Bangladesh apenas se levanta varios metros sobre el nivel del mar. A finales de siglo, más de un cuarto del país se encontrará inundado y más de 15 millones de desplazados como resultado, según el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático.
    Este crecimiento exponencial de la población se perfila como uno de los principales retos a los que se enfrentan Dacca y sus habitantes. La débil infraestructura de la ciudad se ve marcada por este fenómeno de expansión que está impulsando un auténtico boom de la construcción y que deja a su paso miles de edificios a medio construir, sueños rotos de cemento que coronan el skyline de esta capital asiática, alimentados por los centenares de rudimentarias fábricas de ladrillo que, situados en el cinturón industrial, producen sin descanso el 40% de las partículas en suspensión que ensucian el aire de la ciudad. Un aire que, según la Fundación Intervida, causa una media de 15.000 muertes prematuras anuales por cáncer y enfermedades cardiopulmonares en la que ya es señalada como una de las ciudades más contaminadas del planeta. Muchos de estos edificios no han sido terminados, sin embargo sus plantas se encuentran repletas de negocios o fábricas textiles.
    El altísimo índice de corrupción institucionalizado que prolifera gracias a la clase política y las élites dominantes no ayuda a paliar esta problemática. El colapso del edificio Rana Plaza, en el distrito de Savar, estremeció al mundo el 24 de abril de 2013 cuando 1.138 personas perdieron la vida y más de dos mil resultaron heridas. La construcción contenía talleres textiles y pequeños establecimientos, y se derrumbó durante la hora punta de la mañana. El dueño del edificio, un cacique dirigente de la gobernante Liga Awami, así como varios propietarios de fábricas y técnicos municipales fueron detenidos y acusados de negligencia y construcción ilegal.
    El simbolismo que encierra el desastre del Rana Plaza apela a la reflexión ya que más de cuatro millones de personas en Bangladesh trabajan en el sector textil, la gran mayoría de ellas en la capital y sus alrededores y un 80%, mujeres. "La enfermedad de mi marido cambió mi suerte y me trajo al taller. Él ya no puede trabajar" afirma Maleka con entereza. Ella proviene de la provincia rural de Bhola, y debido a las dificultades para encontrar trabajo en su aldea tuvo que desplazarse a la ciudad para poder mantener a su familia. Allí cose pantalones deportivos de la marca inglesa Umbro por un sueldo de setenta euros al mes, marcado por las horas extra y un extenuante ritmo de trabajo.
    "Son chicos de familias pobres que vienen de las aldeas. Difícilmente tendrán otra oportunidad, por eso les enseñamos a coser" asevera Mohammed, un joven maestro de taller de 32 años que comenzó a trabajar desde niño y ahora señala al pequeño Faruk, que con tal solo ocho ya levanta sus ojos por detrás de la maquina de coser en la que suele pasar unas diez horas al día. Sus pequeños dedos se divierten con el hilo evocando a los juegos que llevaba a cabo en su aldea con el resto de sus amigos, pero tiene claro que esas épocas han terminado y que su presente realidad pasa por trabajar en el taller de la décimo segunda planta de un monstruo de hormigón. Hace unos meses que la insostenible vida rural desplazó a la ciudad a su familia, y ha tenido que empezar a producir para aportar a la economía familiar.
    "Espero que mis hijas no tengan este futuro, pero para nosotros es una realidad cotidiana, no tenemos mucho más a que aspirar" cuenta otro de los jóvenes presentes en el taller, consciente de que sus condiciones de trabajo no son buenas y envuelto en el temor a que la tragedia se vuelva a repetir. Bangladesh es un país impulsado por la fuerza de trabajo de sus habitantes, que en su gran mayoría trabajan jornadas de cuarenta horas semanales por el sueldo más bajo del planeta, unos treinta y ocho euros al mes.

    Bangladesh tiene uno de los sueldos mínimos más bajos del planeta: unos 38 euros al mes
    Mientras tanto, la calidad de la atención médica no crece al ritmo que la población de la ciudad, que cuenta con un doctor por cada 3.200 habitantes y se ha visto salpicada por escandalosos casos de corrupción en el sistema de salud pública. Para intentar paliar dichos huecos nacen propuestas como el Centro de Rehabilitación de Savar (CRP) que, fundado en 1979 por la fisioterapeuta británica Valerie Taylor, intenta ofrecer rehabilitación física y psicológica a personas que han sufrido accidentes de diverso carácter. Allí se recupera Shimul Hossein, un huérfano que con diez años ha perdido su mano y piernas derechas tras caer del techo de un vagón en el que viajaba cuando se desplazaba a Kamalapur, la estación central de la ciudad. "Viajaba encima del tren porque así consigo moverme sin billete. Quería visitar a mi abuela y no tengo dinero para pagarlo" declara Hossein con la inocencia que el accidente no le ha conseguido arrebatar a pesar de no recibir ninguna ayuda o compensación por lo ocurrido. Sucesos como este son una constante en un sistema de transporte totalmente saturado por la potente demanda de un espacio urbano superpoblado.
    Uno de los problemas más comunes de Dacca es el tráfico. Las calles de la ciudad son el retrato más representativo del caos que se desarrolla en esta capital y en sus embotellamientos se dibuja un laberinto sin salida. Los miles de vehículos de tracción humana se funden con camiones, coches o autobuses públicos, encerrando a las personas en cotidianos atascos que pueden llegar a durar horas. La mayoría de dichos autobuses son antigua chatarra traída de de China o Japón, y muchos de los conductores no cuentan con permiso de conducir.
    El calor y las inundaciones durante la época del monzón solo consiguen que la situación empeore en una ciudad que no deja de mostrar fuertes carencias de servicios e infraestructura. La tasa de accidentes de tráfico supera por diez a la de ciudades occidentales, siendo los peatones y los pasajeros de vehículos no motorizados las víctimas más comunes. Azizur Rahman tiene veinticinco años y trabaja como técnico junior en la creación de prótesis para discapacitados tras ser víctima de un accidente de trafico que le llevo a perder sus dos piernas. El conductor del camión que lo atropelló fue identificado pero solo tuvo que pagar una indemnización económica equivalente a unos noventa euros. En Bangladesh la ley es difícil y flexible, y en muchos casos juega en contra de las víctimas.


    Un niño recicla material para su venta. / LUIS TATO
    Dacca una ciudad dura para quien no puede valerse por si mismo, sus arduas condiciones se tornan más complicadas para los menos afortunados. Asma Bibi es una anciana que mendiga cerca de su casa en la zona de Hazaribagh, un barrio industrial de curtidurías que ha sido nombrado como el quinto punto más contaminado del planeta. Asma se encuentra sola desde hace años debido a la muerte de su marido y su avanzada edad no le permite nada más que mendigar. "Soy demasiado anciana para trabajar y solo puedo comer de la limosna" manifiesta con una débil voz rasgada por su longevidad. Dice superar los cien años aunque acepta no recordar una cifra exacta; su edad es un misterio como el de la mayoría de personas que provienen de áreas rurales o habitantes de slums que no suelen ser registrados al nacer. En Bangladesh es casi imposible que un trabajador promedio llegue a tener una pensión, muchos ancianos o discapacitados viven gracias al apoyo de hijos o familiares, pero lamentablemente muchos corren la misma suerte que Asma Bibi y no cuentan con una red que les proteja.
    Y es que las redes que tejen las comunidades son, a menudo, el único punto de apoyo para los habitantes de la ciudad. Korail es el mayor exponente de esta realidad, el barrio de chabolas más grande del país convertido en hogar miles de trabajadoras del textil, porteadores o conductores de rickshaw. Rodeado por lagos entre los dos barrios más ricos de la ciudad se levanta como una isla de pobreza en la zona más lujosa de la ciudad.
    Desde hace ocho años el gobierno intenta desahuciar a las personas que allí residen y en 2012 los desahucios se hicieron inminentes cuando se inicio la demolición de muchas de las casas del barrio. La presión popular, sin embargo, llevó a que se detuviera el desalojo que hubiera dejado en la calle a más de 20.000 familias. La mayoría de mercados, escuelas y servicios que existen en la barriada son producto del esfuerzo de la propia comunidad, por lo que un desahucio no solo dejaría a estas personas sin hogar sino que dividiría los lazos y estructuras comunales que han ido formando. Jakir Hossein dice llevar muchos años en Korail y asegura estar preparado si lo desahucian, mostrando un rotundo escepticismo ante las promesas políticas sobre la reubicación de los habitantes del lugar. "No nos interesan las políticas del gobierno, cuando nos afectan es solo para peor".
    Individuos, colectivos y ONG luchan por dignificar la realidad de las personas que subsisten en una de las "peores ciudades del mundo para vivir", creando programas de empoderamiento para mujeres, asistencia a los ancianos, improvisadas escuelas callejeras o redes de colaboración vecinal en la construcción de nuevos hogares. Un esfuerzo que la comunidad realiza para arrojar un poco de luz al futuro de niños como Faruk, que juguetea con el hilo mientras cose las prendas que vestimos.

    miércoles, 30 de julio de 2014

    PRENSA. "Trabajar hasta la muerte en Qatar"

       En "elpais.com":

    Trabajar hasta la muerte en Qatar

    Al menos 672 trabajadores nepalíes han muerto durante los últimos cinco años en Qatar

    En el Emirato los sindicatos están prohibidos y no existe el salario mínimo


    Sir Kumar Lama ha regresado a su casa de Katamandú tras un año en Catar. / MATILDE GATTONI
    "Nunca se quejaba. A veces solo decía que el trabajo era muy duro". Him Kumari Yongan, de 25 años, intenta sonreír con los ojos llenos de lágrimas mientras acaricia con cariño a su hijo de tres años pensando que nunca más volverá a ver a su padre. "Ahora no sé que voy a hacer. Estoy sola". Hace unas semanas recibió una llamada telefónica de la empresa que empleaba a su marido en Qatar anunciándole que Narabaj Tamang, de 25 años, había fallecido. Según sus compañeros de trabajo, Tamang se fue a la cama después de cenar y a la mañana siguiente lo encontraron muerto. Aunque el informe médico atribuía su muerte a una parada cardiorrespiratoria, Yomang desconoce las causas reales del fallecimiento. En Nepal, más de 600 familias han perdido a alguno de sus miembros trabajando en las obras que se están realizando en Qatar con motivo del Mundial de Fútbol de 2022.
    Mientras el mundo está pendiente del campeonato de fútbol de este año en Brasil, más de 1,4 millones de trabajadores migrantes, 400.000 de ellos de Nepal, trabajan en la construcción de hoteles, autopistas, aeropuertos y estadios que albergarán el primer Mundial de Fútbol en Oriente Medio. De acuerdo con los datos de Deloitte, Qatar invertirá cerca de 200.000 millones de dólares (casi 150.000 millones de euros) en proyectos de construcción distintos que los meramente deportivos, y contratará 500.000 trabajadores adicionales para finalizarlos. Tras el fallecimiento de nueve trabajadores durante los dos últimos mundiales de Brasil y Sudáfrica, la Confederación Sindical Internacional (ITUC, por sus siglas en inglés) ha advertido de que los constantes abusos que sufren los obreros en Qatar podrían causar la muerte de 4.000 personas antes de 2022.
    Sin estudios. Sin cualificación. La única opción que les queda es huir de su país. De acuerdo con el Foreign Employment Promotion Board de Nepal, un organismo encargado de indemnizar a los familiares de los trabajadores que han fallecido o sufrido un accidente, en Qatar ya son al menos 672 los trabajadores nepalíes que han muerto durante los últimos cinco años en un país donde los sindicatos están prohibidos y no existe el salario mínimo. De hecho, muchos de ellos se han convertido en esclavos en los lugares de las obras, trabajando bajo el sol abrasador del desierto, sin ningún tipo de experiencia, con sus pasaportes retenidos y unas condiciones de vida que no se corresponden con la clase de trabajo ni con los salarios que al principio les habían prometido. A pesar de que Qatar ha sido duramente criticado por maltratar a los trabajadores extranjeros, los constantes abusos, los engaños y las deudas en que se ven envueltos estos trabajadores a menudo empiezan en su propio país. La historia de Tamang es solamente un ejemplo de este fenómeno.
    Este joven, procedente de la zona rural de Tehrathum, intentó ganarse la vida en Nepal dando clases de inglés en un internado, pero la ridícula cantidad de 30.000 rupias (30 dólares aproximadamente) que ganaba al mes no le permitía mantener a su familia. Así que Tamang tomó la misma decisión que otros millones de nepalíes: emigrar a los países del Golfo Pérsico y a Malasia en busca de un futuro mejor. Sus sueños pronto se convirtieron en pesadilla porque, aunque le garantizaron un empleo como guardia de seguridad, una vez en Doha descubrió que le habían asignado un puesto como limpiador de cristales en un rascacielos. Si bien la agencia de colocación de Nepal encargada de buscarle un trabajo en Qatar le había prometido un sueldo de aproximadamente 330 dólares mensuales, su salario real era una tercera parte más bajo.

    Cada día llegan al Aeropuerto Internacional Tribhuvan de Katmandú un promedio de dos trabajadores muertos
    Al igual que muchos de sus compatriotas, Tamang había sido víctima de un engaño. Pero no podía hacer nada. En Qatar está en vigor la kafala,una ley de patrocinio que permite a los jefes disponer del visado de sus trabajadores impidiéndoles además cambiar de empleo, salir del país sin el permiso del patrón o demandar a las empresas en caso de desacuerdo o conflicto laboral. Además, Tamang tenía que devolver un préstamo de 1.200 dólares que había solicitado para pagar el billete de avión a Doha y a la agencia de contratación en Katmandú. Una cantidad considerable si se tiene en cuenta que el PIB de ese país es de 1.102 dólares per cápita, el vigésimo más bajo del mundo. Por tanto, la única alternativa que le quedaba para enviar todo el dinero que fuera posible a su familia era trabajar una media de doce horas diarias, seis días a la semana. Hasta el día de su muerte.
    Cada día llegan al Aeropuerto Internacional Tribhuvan de Katmandú un promedio de dos trabajadores muertos en ataúdes fácilmente reconocibles.En la terminal de llegadas, las familias aguardan pacientemente durante horas llorando en silencio mientras rellenan el papeleo necesario para recuperar los cuerpos de sus seres queridos y proceder a la incineración. A unos cientos de metros de allí, en la minúscula terminal de salidas de ese aeropuerto atiborrado de personas, una multitud de jóvenes hacen cola desde las siete de la mañana. Solo llevan consigo un pequeño y sencillo bolso de viaje con cuatro o cinco piezas de ropa en su interior y observan todo lo que les rodea con esperanza y temor. Aunque es una elección dolorosa, están decididos, al igual que lo están los 1.700 trabajadores que salen de Nepal cada día por estas puertas, a huir de un país donde hay un 46% de desempleo. A pesar de que son conscientes del escandaloso número de trabajadores que mueren en los países de destino y de que sienten verdadera preocupación porque les suceda lo mismo, su respuesta no puede ser más elocuente: "no nos queda otro remedio".
    Los futuros trabajadores migrantes contactan con intermediarios de las agencias de empleo de Katmandú que seleccionan personal para trabajar fuera del país. Como la mayoría vive en zonas alejadas de la capital, los mediadores cobran unos honorarios de entre 750 y 2000 dólares para formalizar el contrato, solicitar el pasaporte, hacer un informe médico, comprar el billete de avión, etc. Suelen llegar a Katmandú solo dos o tres días antes de la salida programada. En ese escaso periodo apenas tienen tiempo de examinar los contratos, si se tiene en cuenta que una gran parte de estos jóvenes no sabe leer puesto que la tasa de alfabetización de un adulto en ese país llega al 60.3%, por lo que dependen de la buena fe y las promesas de las agencias. "En ese momento, los trabajadores no se pueden echar atrás porque ya disponen de un crédito para pagar el viaje", explica Rameswhar Nepal, director de la delegación de Amnistía Internacional.
    Aun así, la urgencia por salir es evidente en todo el territorio nepalí. El pasado año, las remesas que los inmigrantes enviaron a su país superaron los cinco billones de dólares (cinco mil millones de euros), una cifra que constituye casi el 25% del PIB, el tercer porcentaje más alto del mundo. En teoría, Nepal posee una de las mejores leyes del mundo en materia de migración. Los puestos de trabajo en el extranjero tienen que ser anunciados en los periódicos locales, especificando la duración y el sueldo. Antes de viajar, el departamento de empleo en el exterior deberá aprobar una serie de documentos, entre ellos el contrato de trabajo, el perfil de la empresa contratante y un informe médico. Los trabajadores tienen que contratar obligatoriamente un seguro de vida que irá a parar a sus familiares en caso de accidente o muerte. Además, Nepal ha establecido límites a las tarifas que establecen las agencias de empleo y rigurosas sanciones a los que no las respetan.

    Catar invertirá cerca de 200.000 millones de dólares en proyectos de construcción distintos que los meramente deportivos
    Sin embargo, todos los afectados coinciden en que en la práctica es insuficiente. Se han conocido casos de funcionarios del departamento de empleo que han sido detenidos en numerosas ocasiones por corrupción y connivencia con las agencias de contratación. En el edificio en ruinas donde se encuentran las oficinas, su director adjunto, Surya Koirala, intenta justificarse: "Sabemos que existe un entramado de corrupción entre las agencias de empleo y las empresas en Qatar, pero nosotros no podemos hacer nada", explica. "Somos un país pobre. No podemos imponer nuestras normas a naciones tan poderosas".
    De acuerdo con los relatos de algunos trabajadores que ya han regresado, una vez en Qatar se alojan en campos de trabajo pequeños e insalubres donde cientos de personas conviven hacinadas compartiendo una cocina y pocos cuartos de baño. Una gran mayoría trabaja de 10 a 14 horas diarias, a menudo soportando temperaturas que alcanzan los 55 grados. Como consecuencia del ritmo de trabajo agotador e inhumano, muchos son incapaces de sobrellevar el cansancio y mueren a causa de un fallo respiratorio o cardíaco. Aunque las organizaciones sindicales y de Derechos Humanos vinculan estas muertes a las terribles condiciones laborales, el Gobierno de Qatar las considera como meros infartos puesto que "las empresas y los países no se hacen responsables si no se demuestra claramente que existe una relación entre las muertes y el trabajo", explica Sumitra Singh, funcionario del Foreign Employment Promotion Board.
    Para conseguir un contrato con una compañía extranjera, los candidatos tienen que superar al menos doce pruebas, lo que significa que en cualquier momento pueden ser engañados, recibir peticiones de soborno y de comisiones sobre las tarifas estipuladas e incluso se les niega el ejercicio de sus derechos básicos. Aun así, y pese a las decepciones y contratiempos, las colas para dejar el país son cada día más largas. Muchos trabajadores han convertido su trabajo en una profesión a tiempo completo. Cuando se les termina el contrato regresan a Nepal para permanecer solo unos meses, el tiempo suficiente para organizar una nueva aventura en otro país.
    Este masivo éxodo de personas está teniendo graves consecuencias. En Nepal se ha abandonado la agricultura y el país es ahora un importador neto de productos agrícolas y receptor de miles de temporeros indios que llegan cada año para trabajar en los cultivos abandonados. Asimismo, la falta de convivencia entre los trabajadores migrantes y sus esposas ha traído consigo un aumento de los casos de VIH a causa de las relaciones extra maritales. Además, el descrédito de la educación es cada vez mayor. “Los niños ahora no se toman en serio los estudios. Su único objetivo es salir al extranjero”, afirma Ganesh Gurung, un experto en migración del Institute for Development Studies de Nepal. “La migración laboral es una bendición y una válvula de escape para nuestra economía, pero a largo plazo no es una solución para el desarrollo del país”.
    Las autoridades cataríes han anunciado recientemente los esperados cambios de su reforma laboral, en concreto la eliminación de la ley kafala y del visado de salida, una norma por la que los trabajadores necesitan el permiso de sus jefes para salir del país. Qatar también ha prometido mejores condiciones laborales para los obreros contratados para construir estadios, pero no para los que trabajan en otro tipo de infraestructuras. Hasta ahora, sin embargo, el nuevo sistema no se ha implementado y según los testimonios de trabajadores y de organizaciones de Derechos Humanos, la situación sobre el terreno no ha mejorado. La Confederación Sindical Internacional ha dicho que la promesa de Qatar de cambiar la reforma laborar es "puramente cosmética". Aunque el pasado noviembre el presidente de la FIFA, Joseph Blatter, calificó la situación de "inaceptable" y añadió que era preciso "introducir lo antes posible y de forma continuada condiciones de trabajo más justas en Qatar", la FIFA no ha planteado de momento revocar el derecho del Emirato a celebrar la Copa del Mundo. A pesar de las numerosas peticiones de entrevista que este periodista ha enviado a la embajada de Qatar en Katmandú, aún no ha recibido ninguna respuesta.
    Traducido del inglés por Virginia Solans