Mostrando entradas con la etiqueta narraciones de la transición. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta narraciones de la transición. Mostrar todas las entradas

jueves, 18 de febrero de 2016

NOVELA DE LA TRANSICIÓN. "Entre la reflexión y la intriga". José María Pozuelo Yvancos

   En "revistamercurio.es":

Entre la reflexión y la intriga

JOSÉ MARÍA POZUELO YVANCOS  |  MERCURIO 178 · TEMAS - FEB 2016

La novela española durante la Transición vivió la coexistencia de dos líneas principales: la recuperación de la narratividad y la experimentación metaliteraria
© Astromujoff
© ASTROMUJOFF
El concepto y vocablo Transición viene ocupando un lugar reconocido en la historiografía literaria. Proveniente de la política, ha sido adoptado con frecuencia para referirse a varias cosas al mismo tiempo. Con los conceptos historiográficos hay que ser preciso, porque se tiende a usarlos de manera demasiado amplia y vaga. Por fortuna, a diferencia de otros conceptos (como ocurre singularmente con el de posmodernidad, que ha terminado por no decir mucho, queriendo decir tanto) la Transición tiene un inevitable anclaje cronológico, derivado de la Historia política: se denomina Transición a la época que va desde la muerte de Franco (1975) al triunfo del Partido Socialista en las elecciones de 1982. Si queremos ser estrictos la Transición es eso, si bien hay quien la quiere extender a la “movida” (remoción de estructuras y hábitos sociales) de toda la década de los ochenta, lo que nos llevaría a desvirtuar un momento que merece ser estudiado sin rigidez pero con la necesaria acotación.
Un segundo concepto de Transición en narrativa evita la rigidez cronológica y quiere referirse a los evidentes cambios que la novela española sufre desde la que podríamos llamar novela social-realista del franquismo. Esos cambios operan fundamentalmente en dos direcciones por los cuales una novela de Transición (en este sentido estilístico) se reconoce. Son dos direcciones curiosamente contradictorias entre sí. Por un lado se evidencia una tendencia a la recuperación de la narratividad, de los géneros de la intriga, bien sea policiaca o de novela histórica. Pero por otro hay una tendencia casi opuesta: la que Gonzalo Sobejano llamó ensimismada queriendo apelar a un tipo de novela reflexiva, fundamentalmente metaliteraria, esto es, vertida sobre el propio proceso de creación, en pugna con la simple narración de historias. Un tercer sentido de novela de Transición, pero que nos llevaría cronológicamente hasta la frontera del nuevo siglo, es la manera como ciertas novelas han reflejado el tema de la Transición política. Esta última acepción quedará fuera de este breve recuento.
Hay consenso en situar La verdad sobre el caso Savolta (1975) de Eduardo Mendoza en el quicio de la transición novelística, puesto que reúne varios de los elementos que definen el cambio de rumbo. Tiene la felicidad de coincidir su publicación con el año 1975 que sitúa el inicio del nuevo periodo historiográfico, pero además convienen a su estilo dos rasgos que serán predominantes en la Transición: la recuperación de la intriga ligada al desarrollo de una historia de investigación criminal y un fondo social y político que no se deja de lado. Podría decirse que en esta novela Mendoza realiza una síntesis muy hábil entre lo culto y lo popular, puesto que su lector no deja de verse atrapado por la intriga del género policiaco, pero respecto del cual hay una mirada desarrollada en planos de estructura muy trabajada. Otro autor que sirvió para la recuperación de la novela policiaca insertándola en un discurso político fue Manuel Vázquez Montalbán, quien inicia en 1972 la serie protagonizada por el comisario Carvalho, envuelto en intrigas de investigación criminal que tienen un reflejo de la sociedad política del momento, serie que en estos años de la Transición va desde la novela La soledad del manager (1977) hasta Asesinato en el Comité Central (1981), en el que actúa de fondo social el denominado eurocomunismo. Juan Marsé desarrolla por aquellos años casi en solitario un tipo de novela en el que el realismo centrado en la sociedad de la posguerra y el franquismo se ve asaeteado por los sueños de personajes que tienden a salir de las atmósferas sociales opresivas. Durante la época de la Transición en la que nos hemos centrado publicó Si te dicen que caí, aparecida en México en 1973 y en España en los años que hemos elegido como marco, y La muchacha de las bragas de oro (1978). Carmen Martín Gaite publica durante estos años Fragmentos de interior (1976) y El cuarto de atrás (1978), y ambas suponen la incorporación de la intimidad reflexiva sobre etapas de la formación de una sensibilidad femenina. Emblema generacional de la Transición fue Bélver Yin (1981) de Jesús Ferrero. Ambientada en China, inicia una forma de integración de cauces narrativos en la que el cosmopolitismo canaliza una visión de temas simbólicos y antropológicos. Otra vez las vertientes cultas se nutren de estructuras convencionales en la forma de novela histórica.
Hay consenso en situar ‘La verdad sobre el caso Savolta’ (1975) de Eduardo Mendoza en el quicio de la transición novelística, puesto que reúne varios de los elementos que definen el cambio de rumboLa segunda dirección de la novela de la Transición, la conocida como experimental y metaliteraria, tuvo enorme desarrollo. Aunque se publica tres años antes de la muerte de Franco, hay que convocar La saga / fuga de J. B. de Gonzalo Torrente Ballester, que fue emblemática de los nuevos tiempos narrativos, donde una fantasía desbordante y en planos estructurales complejos encauza de manera paródica temas de la historia de España. Otro novelista que desarrolló una quiebra del realismo con fábulas que revisitan la historia de España fue Juan Goytisolo, que en los años de la Transición publica Juan sin Tierra (1975) y Makbara (1980), ambas una revisión de la relación con la España musulmana, pero en estructuras sintácticas casi poemáticas. Julián Ríos publica en 1983 Larva, novela antirrealista de inspiración joyceana, donde el juego lingüístico y las metamorfosis verbales sustituyen a la historia.
En una convergencia donde se cruzan la narración histórica y el desarrollo metaliterario cabe situar la tetralogía titulada Antagonía de Luis Goytisolo, puesto que Recuento (1973), una novela que reconstruye la primera resistencia franquista en la Barcelona de los sesenta, ve desarrollarse en las siguientes entregas de la tetralogía —Los verdes de mayo hasta el mar (1976), La cólera de Aquiles (1979) y Teoría del conocimiento (1981)— toda una figuración intelectual y reflexiva sobre la propia creación novelística. También evoluciona hacia lo metaliterario Juan García Hortelano, que en estos años entrega Gramática parda (1982), una obra culturalista en el límite con el ensayo. Manuel Longares en La novela del corsé (1979) realiza una relectura con elementos de comentario e intertextuales de la tradición del folletín amoroso.
Libros Transición 2
Emerge como novelista de la Transición, en un plano intelectualista, la primera época de Juan José Millás, quien en Visión del ahogado (1977) reúne elementos de la novela policiaca y la simbología kafkiana. El José María Guelbenzu de El río de la luna (1981) supone la ruptura del realismo por el procedimiento de novela poética, puesto que es indagación simbólica en torno al tema amoroso en planos narrativos complejos. José María Merino en El caldero de oro (1981) imagina una novela como si fuera un palimpsesto en el que a modo de capas se superponen rescates de la memoria y elementos míticos.
Los años de la Transición asistieron finalmente al nacimiento para la novela de algunos de los autores de estilo más personal cuya obra ha continuado creciendo. Me refiero a Javier Marías, cuya primera novela, Los dominios del lobo, es de 1971 y que en los años que estamos siguiendo publica El monarca del tiempo (1978). Luis Mateo Díez aparece con Apócrifo del clavel y la espina (1977), sobre la pervivencia de una sociedad anacrónica, y con Las estaciones provinciales (1982) inicia una reconstrucción de la vida provinciana durante el franquismo. Álvaro Pombo publica en estos años Relatos sobre la falta de sustancia (1977) y El parecido (1979). Por último, Enrique Vila-Matas publica su primera novela, La asesina ilustrada, en 1977 y en 1982 reaparece con una colección de cuentos, Nunca voy al cine, donde se aprecia ya su visión irónica en la que la experiencia es metamorfoseada por la ficción.
Hecho un balance, podría decirse que la novela española durante la Transición no únicamente desarrolló un lenguaje narrativo preocupado por indagar nuevos ámbitos, sino que vivió la coexistencia de dos líneas principales: la recuperación de la narratividad y la experimentación metaliteraria.

martes, 9 de febrero de 2016

NARRACIONES DE LA TRANSICIÓN. "El 'vintage' como relato sentimental". Marta Sanz

   En "revistamercurio.es":

El ‘vintage’ como relato sentimental

MARTA SANZ  |  MERCURIO 178 · TEMAS - FEBRERO 2016

La Transición no es solo un tema visible en ficciones que la retratan desde abajo o desde arriba, son también las narrativas en las que cuajan los valores del periodo, su ideología
© Astromujoff

© ASTROMUJOFF
1Me pregunto si podemos construir la memoria sin apelar al sentimiento o las sensaciones, y me respondo que no, que no podemos. A veces no podemos hacer ciertas cosas, aunque ahora se tolere mal la frustración y se vendan utopías de andar por casa. Pero no podemos resignarnos ni construir la memoria sin apelar al olor de las magdalenas o a la armonía de los himnos. No podemos construir la memoria colectiva sin apelar a las pequeñas conciencias individuales y esas conciencias individuales están llenas de liendres, dientes de leche, hematomas, orgasmos felices… Así operan la fría estadística, los datos que soportan el relato histórico y, desde luego, la literatura. No hay memoria sin relato. El relato es la memoria. No podemos narrar sin sentimiento, pero sí podemos hacerlo sin sentimentalismo. Tratando de reblandecer lo menos posible la narración de lo que nos concierne a todos, sin limar cierta aspereza que a veces es urgente, incidiendo en lo que nos une pero también en lo que nos separa. Es inevitable no deformar el relato y, si lo hacemos, retorciéndolo, tergiversándolo, falsificándolo con nuestros filtros y nuestro dar gato por libre incluso cuando no queremos, reconozcámoslo. No finjamos una pureza que siempre es de color blanco sucio. Del color que se quedan las blusas blancas que se han echado demasiadas veces a la lavadora.
2La mayoría de los escritores españoles nacidos entre las décadas de los treinta y los setenta tenemos nuestro propio relato sentimental de la Transición. Porque hemos escrito novelas autobiográficas o porque hemos enmascarado nuestro presente vital y, en nuestras máscaras, nos hemos delatado aún más que en nuestros desnudos. Hemos hablado de nuestra juventud o de nuestros padres y abuelos, de una madurez heroica en la que nos sentimos protagonistas del cambio o personajes heridos por el desencanto y la falta de energía. Hemos escrito novelas históricas y de detectives como las de Vázquez Montalbán que se inventa a Carvalho para repasar la actualidad desde las ficciones: Asesinato en el Comité Central. Pero también la España tardofranquista de Los alegres muchachos de Atzavara. Novelas de espionaje. Novelas de amor que descorrían la suciedad de la represión nacionalcatólica —Celia muerde la manzana— y novelas que celebraban el eslogan de que, aunque después llegase el pánico y los pulmones de acero, con la movida todos follamos más y mejor. Novelas costumbristas y novelas de aprendizaje que se iluminan con las bolas de cristalitos que transforman las pistas de baile en un sueño de LSD. Novelas como falsos documentales. Anatomía de un instante de Javier Cercas y otras autoficciones. Novelas que juegan con los filos de lo verdadero y lo falso para colocarnos ante las grandes preguntas de una supuesta moral universal que no sé si existe o coincide siempre con la moral del Imperio de turno. Novelas que desde lo pequeño pretenden hablar de lo grande y otras que adoptan como protagonistas a las personalidades estelares de la Historia como Francomoribundia de Cebrián. Hemos contado la Transición desde muchas de sus facetas y los límites del concepto se han emborronado cronológicamente: Belén Gopegui en La conquista del aire aborda una épica y ética del dinero que hubiese sido incomprensible sin las nuevas relaciones de clase, sin los valores que inaugura el capitalismo democrático o la democracia capitalista, expresiones que quizá no remiten a realidades idénticas; puede que siempre fuesen un oxímoron. A lo mejor las novelas de la crisis siguen siendo relatos de la Transición. Me lo temo, me lo estoy temiendo. La Transición es el gran eje en torno al que pivota todo. El momento culminante. El clímax de nuestra historia real y contada. Toda la narrativa española de la segunda mitad del siglo XX y de la primera mitad del XXI podría interpretarse como una precuela o una secuela del gran relato de la Transición: Ramiro Pinilla, García Hortelano, Martín Gaite, los Goytisolo, Marsé, Pérez Andújar, Ovejero, Royuela, Martínez de Pisón, Mañas, El vano ayer de Isaac Rosa,Verano de Manuel Rico, las novelas de Almudena Grandes o los diarios y memorias de Laura Freixas, El comensal de Gabriela Ybarra… Precuelas o secuelas de la Santa Transición diseccionada como un cadáver hediondo en los libros de Rafael Chirbes. Y de Rafael Reig.
3Pero la Transición no es solo un tema —¿manoseado?— que cuaja en ficciones que la retratan desde abajo o desde arriba, a modo de flash back o flash forward, con mirada lírica o pornográfica, desde el intento de predicación o desde la democrática necesidad de procurar ponerles nombre a nuestras incertidumbres. Reconstruyendo al niño que cada adulto aloja en su barriga o anticipando al adulto que cada niño lleva cosido al ombligo, detrás de los ojos, muy dentro de él. La Transición también son las narrativas en las que cuajan los valores del periodo, su ideología. Y esas narraciones casi siempre hablaban de otro lugar y otro tiempo, de gente que no existía o, si existía, se encerraba en sus urbanizaciones, sus consultas psiquiátricas o sus palcos de la ópera. Estas historias tenían un trasfondo de felicidad constructiva, de confianza en el propio relato, que encajaba con la euforia por la defunción del Monstruo. Curiosamente las narraciones de la Transición destilan una gran confianza en el relato y sus mecanismos relojeros, en entramados y urdimbres, a la vez que empatizan con la desconfianza en las palabras y discursos. En los metarrelatos. Las narraciones de la Transición, que casi nunca tenían como tema la Transición, depositan su confianza en la sintaxis y se apartan de la semántica. Al menos de una semántica que no se base en una única relación de significado: la polisemia que tan bien combina con el prejuicio de ambigüedad que se le supone, por definición —¿de quién?— a toda la literatura.
4Relatos sentimentales de la Transición son una gran parte de los capítulos de Cuéntame. Y los anuncios de las cuentas bancarias que utilizan como icono a Vicky, el Vikingo. Relatos sentimentales de la Transición son los libros que reconstruyen nuestro pequeño mundo de la EGB y las muletillas con que nuestras madres nos regañaban en los setenta. Relatos sentimentales de la Transición son los programas de la 2, con voz en off de Santiago Segura, donde se recuperan las antiguas canciones —“Gloria, faltas en el aire…”— y el anuncio en el que un señor con micrófono aterriza en mitad del patio de un colegio para comprobar cuántas madres han untado margarina en el bocadillo de chorizo de sus hijos. Relatos sentimentales de la Transición son los recuerdos de tebeo y la idea genial de Carlos Portela y Purita Campos de inventar la historia de Esther en el siglo XXI: la niña de trece años que a finales de los setenta estaba enamorada de Juanito y vivía en una pequeña ciudad no muy lejos de Londres, se hace mayor, se divorcia, tiene una hija, se reencuentra con su amor de juventud… Tal vez deberíamos preguntarnos si los relatos sentimentales sirven para construir la historia o únicamente para tocarnos esa fibra que nos hace especialmente sensibles a la publicidad y nos mueve a comprar a quienes ya tenemos edad suficiente para ser compradores. El vintage es el relato sentimental de la Transición. Veo recortables con mariquitinas en las papelerías pijas. Veo Nancys, Scalextric, Airgam Boys. Veo bollitos Pantera Rosa en las grandes superficies comerciales. Siento un escalofrío cuando, al escuchar una canción de Las Grecas, me vuelvo loca en los karaokes.