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miércoles, 18 de noviembre de 2015

Entrevista al poeta árabe Adonis sobre el islam y la violencia

   En "El País":

Adonis: “El problema árabe es no haber separado la religión y la política”

El poeta sirio, exiliado en París, dice que habrá que "combatir al ISIS también con la cultura”

Atentados Paris
Adonis, el domingo por la noche en París. / BERNARDO PÉREZ

El presidente sirio Chukri al Kuwatli visitó la aldea de Al Qasabin en 1943, y un niño llamado Alí Áhmed Said Ésber, con un especial talento para la literatura, leyó un poema. El presidente, encantado, le preguntó si podía hacer algo por él y el menor respondió: “Mandarme a la escuela”. Aquel niño, bajo el seudónimo de Adonis, se ha convertido en uno de los grandes poetas árabes de la historia. Se exilió en 1956 en Líbano, país que abandonó por París en 1986 huyendo de la guerra civil. A sus 85 años, no sólo es un inmenso poeta, sino también una de las voces más críticas y lúcidas sobre el mundo árabe, como refleja su último libro, un ensayo titulado Violencia e Islam, que será editado en España en marzo por Ariel.
El viernes, la guerra siria llegó hasta el corazón de su ciudad de adopción, con los peores atentados terroristas que ha sufrido Francia. La entrevista tuvo lugar el domingo por la tarde, en el café Flore, uno de los lugares míticos de la intelectualidad europea. Estaba lleno de turistas y de parisinos, como siempre. En uno de sus poemas en prosa escribió: “Si soy natural de Oriente, es porque he creado mi propio Oriente. Le pertenezco en la medida en que él también me pertenece. Este Oriente es a la vez memoria y olvido, presencia y ausencia”. Con esa voz independiente, este eterno candidato al premio Nobel de Literatura —aunque ha recibido galardones tan importantes como el Goethe— no duda en ofrecer su propia visión de Oriente Próximo: “No puede haber una revolución árabe sin una separación total y radical entre la religión y la cultura, la sociedad y la política”.
Pregunta. ¿Cómo se sintió cuando la guerra de Siria llegó hasta el corazón de París?
Respuesta. No me sorprendió. La vocación de Daesh [Estado Islámico, en sus siglas en árabe] y del terrorismo es ser internacional para demostrar que están ahí, que son fuertes.
P. ¿Por qué cree que el discurso del Estado Islámico cala tan profundamente entre algunos jóvenes?
R. Están influyendo en las mentalidades, sin duda. Hay una memoria histórica hacia Occidente y al mismo tiempo existe un estado psicológico, la frustración de los árabes en todos los planos. Por eso Daesh puede influir en tanta gente. Daesh ha logrado encontrar un espacio en la mentalidad de algunos árabes, que viven en una atmósfera de nihilismo. Es necesario buscar las raíces de esta influencia, combatir a Daesh también con la cultura. No se puede hacer solo con el Ejército.
P. ¿Cree que la cultura es entonces más importante que las acciones militares?
R. Siempre es más importante. El Ejército no puede combatir, puede eliminar, pero no consigue mucho. No se puede vencer la violencia con más violencia, hay que buscar otro camino.
P. Su último libro publicado en España, Zócalo, habla de las culturas precolombinas en México, describe la violencia y la exterminación de un pueblo. ¿Sintió la influencia de lo que ocurre en Siria al escribirlo?
R. No, es un libro sobre la conquista de México, durante la que se exterminó una civilización. Pero es cierto que todos los monoteísmos están fundados sobre la violencia, sobre un hermano que mata a otro, Caín mató a Abel. La violencia está allí. Es uno de sus fundamentos.

"La República francesa siente que no tiene nada que ver con los jóvenes árabes y ellos con la República"
P. ¿Existe una salida para el conflicto sirio?
R. Siempre hay que esperar que exista una salida, un pueblo siempre podrá encontrar una salida. No podemos desesperarnos. La esperanza forma parte de la personalidad de todos los pueblos.
P. Pero las heridas de la guerra civil en Siria parecen muy profundas porque está siendo un conflicto muy salvaje.
R. Las heridas de una guerra civil son siempre profundas y en España lo saben muy bien. Una guerra civil es una herida en sí misma, pero sigo siendo optimista, por los pueblos, pero pesimista en cuanto a los regímenes. Ellos no pueden hacer nada. No hay ninguna diferencia entre los regímenes árabes, son todos tiránicos. Sólo hay pequeñas variaciones, se trata de diferencias de grado, no de naturaleza. Ningún régimen árabe es democrático, en nuestra historia no conocemos la democracia. No hay derechos humanos, las mujeres se encuentran encarceladas dentro de la ley coránica, la Sharia. Aunque es verdad que en Túnez se han producido algunos progresos, las mujeres no existen ni tienen su destino en sus manos. Todos los regímenes árabes son la misma cosa: tiranías. Y lo que es más sorprendente todavía: es que sus opositores están hechos de la misma madera. Representan la otra cara de la misma moneda. Porque la mayoría de los opositores no tienen ningún proyecto para romper con la religión, con las tradiciones, el confesionalismo. Se han centrado sólo en el poder, en hacer caer un régimen encarnado por una persona. Cambiar a una persona y reemplazarla por otra no cambia nada. Desde 1950, han cambiado muchos regímenes pero en el fondo todo sigue igual. La política para mí forma parte de la cultura. No puede haber una revolución árabe sin una separación total y radical entre la religión y la cultura, la sociedad y la política.
P. ¿Cree que la clave está ahí?
R. Sin duda, sin eso no podemos hablar de revolución. Lo que ocurre en el mundo árabe es un conflicto en torno al poder, porque en el pensamiento de los musulmanes no hay un problema en la sociedad, el problema está en el poder. ¿Ha leído usted alguna petición para separar la iglesia del Estado, para liberar a las mujeres? Nunca. Es un conflicto por el poder. Pero lo esencial no es cambiar el poder, sino la sociedad.
P. ¿Considera entonces que la primavera árabe ha sido una ocasión perdida?
R. Desgraciadamente, sí. He escrito mucho sobre eso. Se ha acabado y se ha convertido en un conflicto internacional. La violencia ha superado ampliamente Siria.
P. ¿Como sirio y a la vez como parisino qué sintió el viernes por la noche?
R. Fue horrible. No eran sirios, eran mercenarios. Combate con Daesh gente de 80 países, han degollado a personas, han metido a mujeres en jaulas y las han vendido como si fuesen mercancía. Es espantoso. Han destruido inmensas obras de arquitectura y de arte, han destruido y saqueado los museos. No es una revolución, una revolución debe conservar la historia, el arte… ¿Qué revolución destruye el zoco de Alepo, una obra maravillosa? ¿Podría una revolución siria auténtica destruir Alepo o Palmira?
P. Usted huyó de su país en 1956 y luego tuvo que huir de nuevo de Beirut en los ochenta por la guerra civil. ¿Qué siente cuando ve a miles de personas por los caminos de Europa en busca de refugio?
R. Es una tragedia para mí ver a esa gente, maltratada por los europeos, que se resisten a acogerlos. Hay que saludar a Alemania porque ha sido el territorio más generoso, pese a que no fue uno de los países que colonizó a los árabes. Los países que colonizaron a los árabes, Reino Unido, Francia, Bélgica e Italia, han sido mucho menos generosos que Alemania. Eso plantea una pregunta: ¿deberían sentir que tienen una deuda ética hacia los árabes?
P. ¿Cree, como la famosa anécdota que protagonizó, que los niños árabes necesitan sobre todo ir a la escuela, que la cultura puede solucionar muchos de estos problemas?
R. Eso fue en los años cuarenta, era otra cosa. Sin duda la cultura es algo que nos falta a los árabes, pero también el trabajo. El paro es un problema inmenso. Los problemas esenciales, el tribalismo, la confesión, los lazos familiares, la etnia, siguen ahí. No hemos resuelto nada porque no hemos separado la religión del Estado, estamos todavía en la Edad Media. Sólo la fachada ha cambiado, tenemos coches, aviones, pero la cultura es tribal y antigua y religiosa.
P. ¿Y eso también ha legado a los jóvenes árabes de los barrios periféricos franceses?
R. Es lo mismo. La República francesa siente que no tiene nada que ver con ellos y ellos con la República, existe un muro inmenso que los separa. ¿Cómo destruir ese muro? No tengo una respuesta, no soy un político.

domingo, 28 de septiembre de 2014

PRENSA CULTURAL. Entrevista con poeta sirio Adonis

   En "Babelia":

“Los árabes deben repensar el islam”

Adonis define la poesía como "lo contrario de la religión" y critica una confesión "sin cultura"

Candidato al Nobel, el poeta sirio lanza un libro sobre México y reedita 'Epitafio para Nueva York'


El poeta sirio Adonis en su casa de París durante la entrevista. / MOUSSE
Adonis no cree en Dios, pero vive cerca del cielo, en una torre de 37 plantas de La Défense, el barrio financiero de París. No parece el ambiente típico para un poeta. “Antes de instalarme en este apartamento pasé por casi todos los distritos”, explica señalando por la ventana la ciudad en la que vive desde hace casi tres décadas. “Aquí hay más luz, menos contaminación… Parece Manhattan, ¿verdad?”. Precisamente, el escritor sirio, de 84 años, acaba de reeditar en España, en versión de Federico Arbós, Epitafio para Nueva York, publicado originalmente en 1971, uno de los libros más famosos de un autor traducido a una docena de lenguas y al que muchos consideran el gran poeta árabe vivo. Crítica al capitalismo deshumanizado y homenaje a Lorca y Walt Whitman, en ese libro se habla de torres que un día caerán, y Adonis recuerda que un crítico lo acusó después del 11-S de haber inspirado a Bin Laden. “Ridículo”, zanja él sonriendo.
Su última obra, Zócalo, publicada en francés antes que en árabe, aparecerá en unos días en español traducida por Clara Janés. Esas prosas poéticas nacieron en un viaje a México durante la primavera de hace dos años, pero se hace difícil leer páginas tan llenas de dioses, sacrificios y sangre sin pensar en otra primavera, la árabe, aquel dominó de revueltas que empezaron admirando al mundo en Túnez a finales de 2010 y, desbordado por los extremismos, ha terminando espantándolo en Irak y Siria a manos del llamado Estado Islámico. En ese tiempo, Adonis hizo dos cosas que le ganaron un alud de críticas: sostener que la primavera árabe no era una revolución y escribir, en 2011, una carta abierta al presidente sirio, Bachar El Asad, pidiéndole que dialogara con la oposición. “Tibio” fue lo más suave que le dijeron. Más tarde escribió reclamando que dimitiera por la represión desencadenada bajo su mando. “Lo que yo pretendía con aquella carta”, explica el escritor, “era evitar la destrucción del país y que cambiara un régimen fundado en un golpe de Estado y en el partido único. Desgraciadamente los políticos no escuchan a los poetas”.


Collage realizado por Adonis en 1993.
—¿Por qué no era una revolución la primavera árabe?
—Porque una revolución debe tener un discurso, y no lo había: los opositores jamás hablaron de laicidad, de liberación de la mujer, de cambiar la ley coránica. ¿Qué revolución es esa? Solo querían cambiar de régimen, y cambiar de régimen no sirve de nada cuando permanece la misma mentalidad. Los árabes tienen que hacer su revolución interior, es decir, repensar la religión a la luz de la modernidad y separar lo religioso de lo cultural, político y social para que se convierta en una creencia individual. En Europa se hizo esa revolución y se separó el Estado de la Iglesia, que en la Edad Media era peor que los musulmanes de hoy. Yo no tengo nada contra la religión como fe individual, pero estoy contra una religión institucionalizada e impuesta a toda una sociedad. Hay que anular las diferencias entre confesiones. El reto es, por ejemplo, que en Egipto los cristianos coptos tengan los mismos derechos que los musulmanes.
—¿Estamos mejor o peor que antes?
—No está mal Túnez, un país más homogéneo, sin minorías, dicho sea de paso. Allí hay cierto diálogo. Pero se han destruido países enteros: Libia, Siria, Irak. ¿Para qué? Para nada, para resucitar viejas nociones religiosas. ¡Se vuelven a usar palabras de hace quince siglos! Se ha producido una regresión vergonzosa, humillante. El islam actual es una religión sin cultura. No hay más que ritos y leyes. No hay un solo pensador. Y cuando surge alguno, se le rechaza.
Adonis dice desconfiar de “toda revuelta que salga de una mezquita con proclamas políticas”, pero extiende su desconfianza a las soluciones salidas de los despachos de Estados Unidos o de Europa. ¿Occidente no se ha interesado por la oposición laica? “Los políticos occidentales, no Occidente, no quiero generalizar”, responde. “Desgraciadamente, los políticos no se interesan de verdad por los árabes, los ven como fuente de riqueza —el petróleo— y como espacio estratégico. No se interesan por las fuerzas progresistas aunque sean, es cierto, poco numerosas. Lo que hacen las intervenciones extranjeras es revitalizar las fuerzas oscurantistas en el mundo árabe. Lo emponzoñan todo. Cuando uno compra y arma a unos supuestos combatientes, a una supuesta oposición, inventa un ejército de mercenarios. El Estado Islámico es una creación de Arabia Saudí y Estados Unidos. Ahora tienen que combatir a aquellos a los que armaron ellos mismos”.
Como en el caso de Egipto, dice resignado, en Siria toca elegir el mal menor y combatir al Estado Islámico. Partidario acérrimo de la laicidad, más de una vez ha expresado sus dudas hacia eso que suele llamarse islam moderado: “No existe. Es una expresión política. Lo que hay son musulmanes moderados. Y son pocos. Hay un islam y una interpretación que es ideológica. En eso es como los otros monoteísmos: hay un profeta que es el último y que transmite verdades últimas. Dios lo ha dicho todo y el hombre debe obedecer. En el monoteísmo el otro no existe. No se le reconoce como parte de la búsqueda de la verdad porque la verdad ya la tengo yo. La base de nuestros problemas no es el islam como religión, es la visión monoteísta del mundo. Por eso es necesario separar la religión del Estado. No habrá democracia mientras eso no cambie. No hablo de democracia como sistema perfecto, sino como reconocimiento del otro. Y de reconocimiento no como tolerancia, porque la tolerancia esconde un aspecto racista: yo te tolero porque tengo la verdad y te dejo hablar. El ser humano exige la igualdad. El monoteísmo es antidemocrático”.

"La base de nuestros problemas no es el islam como religión, es la visión monoteísta del mundo.
El monoteísmo es antidemocrático"
Autor de una veintena de libros de poemas y de varios ensayos de literatura y política, Adonis tiene tanta fe en la poesía como poca en la religión. Una y otra, dice, están en los antípodas porque “la gran poesía siempre es laica. La poesía es la pluralidad, la unidad de los contrarios. Es lo opuesto a la religión incluso en términos históricos: en nuestra historia de musulmanes no ha habido ni un solo gran poeta que fuera creyente. Nunca”. ¿Ni los místicos? “Son un caso aparte”, responde un autor que ha dedicado a las relaciones entre sufismo y surrealismo una obra de referencia. “Cambiaron la noción de realidad y de Dios. Por eso se les rechazó. Para el monoteísmo Dios es una fuerza que dirige el mundo desde el exterior, para el misticismo es inmanente, forma parte del mundo. Dios es el mundo”.
—¿Usted cree en Dios?
—No. Creo que en el mundo hay algo misterioso y que hay que estar atentos a ese misterio. De ahí la actitud de cuestionarse las cosas. Llame a eso como quiera, pero no soy creyente. Soy arreligioso. La religión es una ideología y toda ideología es falsa.
—¿Y recuerda cuando era creyente?
—Sí. Mi padre lo era. Era agricultor, pero conocía bien la cultura clásica. Nunca me dijo haz esto, esto no lo hagas. Siempre me decía: “Decidir, hijo mío, es fácil. Todo lo que quiero de ti es que piensen bien, que vuelvas a pensar bien y que luego decidas”.
—¿Y su madre?
—Era analfabeta. Era pura naturaleza, como un árbol, una fuente, una estrella.
—¿En su casa se seguía la ley islámica?
—No. La ley estaba, pero yo nací en una comunidad chií, no suní. Era más abierta. La comprensión individual tenía su espacio. Las mujeres, por ejemplo, no usaban velo.
—¿Usted está contra el velo?
—Totalmente.
—¿Es una imposición o un derecho?


Dibujo realizado por Adonis en 2013.
—No se trata de defender una cosa u otra, sino de principios. Uno puede incluso defender el mal. Si una mujer insiste en llevar el velo, que lo lleve, pero hay que decir que está mal. La belleza del ser humano no debe velarse.
Cuenta Adonis que hasta su madre terminó llamándole así: Adonis. Su nombre civil es Alí Áhmed Said Ésber. No ha faltado quien diga que eligió un seudónimo “blasfemo”, por pagano, para provocar —“hay ignorantes en todas partes”—, pero la verdad es que acababa de leer la historia de ese mito griego cuando buscaba un alias para enviar sus poemas a una revista que siempre se los rechazaba. Acertó. La audacia parece haber marcado su vida. Nacido en 1930 Al Qassabin, una aldea del norte de Siria, con 13 años recitó un poema de su cosecha delante del presidente del país, de gira por la comarca. Cuando este le ofreció una recompensa, el muchacho respondió: “Ir a la escuela”. Siete décadas después, el escritor lo cuenta como si le hubiera pasado a otro, aunque recuerda con admiración la buena memoria de aquel niño: “Me sabía la poesía árabe completa, el Corán, todo. ¿Ahora? Se me ha ido olvidando. Hay que olvidar para crear. Uno de los problemas de los árabes es que viven en su memoria, no en la vida”.
Fiel a su carácter inquisitivo, el escritor aprovecha cualquier momento para criticar los males de su pueblo. Aunque la misma noción de pueblo le espanta: “Es una idea política interesada. Dentro de un pueblo hay miles. Un pueblo nunca permanece unido más que por ideas superficiales”. ¿Y la identidad? “Según la noción al uso, la identidad es una pertenencia en la que es central el pasado: de una familia, de una raza, de un pueblo… Para mí lo esencial es el individuo, aunque el individuo no se entiende sin el otro. No podemos imaginar a un ser que nace solo y vive solo. La identidad es una creación perpetua, una apertura, no una adquisición. No se hereda porque el ser humano es una proyección hacia el futuro: crea su identidad al crear su obra”.
Adonis afirma sin dudar que no tiene miedo de decir lo que dice, pero reconoce que lo tuvo. Por eso se marchó de Siria en 1956, después de pasar un año en la cárcel por criticar al régimen. “Pasaba como con el monoteísmo: un partido único [el Baaz] con una ideología laica, pero racista. Según la Constitución, el presidente de la República siria debe ser musulmán. Un partido verdaderamente laico no hace algo así”. Al salir de la cárcel se marchó a Líbano. Sin papeles, convertido en apátrida. En el país vecino había una rama de su familia —“en el fondo son el mismo país”— y no le fue difícil obtener la nacionalidad libanesa, que todavía conserva. Pasó veinte años sin poder volver a su pueblo. Por eso dice que nació tres veces: en Al Qassabin, en Beirut y en París. En Líbano nacieron sus dos hijas y él se convirtió en uno de los modernizadores de la poesía árabe abriéndola a la vanguardia universal y a formas como el poema en prosa y el verso libre.

Pistas para llegar a Adonis

 Zócalo. Traducción de Clara Janés. Vaso Roto. San Pedro Garza García (México) / Madrid (España), 2014. El próximo 6 de octubre se publica en español este último libro del poeta sirio. Lo escribió en 2012 a raíz de un viaje a México. El pasado prehispánico y figuras como Trotsky y Octavio Paz atraviesan un conjunto de poemas en prosa que a veces transportan al autor a su propio pasado mediterráneo.
Árbol de Oriente. Antología poética, 1957-2007.Edición de Federico Arbós. Visor. Madrid, 2010. Esta antología es la mejor puerta de entrada el universo de Adonis. Contiene una buena muestra de toda su obra y un completísimo prólogo de Arbós. “Bajo mis penas tengo una ciudad”, dice una línea de ‘Este es mi nombre’. Bajo las 450 páginas de este libro hay un mundo entero.
Epitafio para Nueva York. Traducción de Federico Arbós. Nórdica. Madrid, 2014. Publicado originalmente en 1971, otro viaje, esta vez a EEUU, dio lugar a un homenaje a Lorca y Walt Whitman. También a una dura crítica al militarismo estadounidense y al capitalismo simbolizado por Wall Street. En esta edición se le han sumado los poemas largos ‘Garganta de piel roja’ y ‘Paseo por Harlem’, escritos en los años 90.
Historia desgarrándose en cuerpo de mujer.Traducción de Rosa Isabel Martínez Lillo. Huerga y Fierro. Madrid, 2012. Poema polifónico que reelabora la leyenda de Agar, la esclava con la que Abraham tuvo a Ismael, padre mítico de los árabes. Madre e hijo terminaron expulsados de la casa del profeta. En sus versos, Adonis reivindica la dignidad de una mujer que se niega a ser “mitad útero y coito. / El resto, perfidia”.
Sufismo y surrealismo.Traducción de José Miguel Puerta Vílchez. Ediciones del Oriente y del Mediterráneo. Guadarrama, 2008. ¿Qué pasaría si leyésemos a Rimbaud como si se tratara de un sufí oriental? Algo así hace Adonis, que subraya la revolución que, trascendiendo la mera literatura, supuso para nuestra visión de la realidad la obra de poetas y místicos.
Después de publicar títulos como Canciones de Mihyar el de Damasco Libro de las huidas y mudanzas por los climas del día y de la noche, la invasión israelí de Líbano dio lugar al descarnado Libro del asedio. En 1985 se marchó a París: “No había nada que hacer en Beirut. Todo estaba destruido, incluida la universidad en la que era profesor de literatura”. En Francia ha seguido escribiendo poemarios ya clásicos en la literatura contemporánea como el monumental El Libro —la Ilíada de las letras árabes para algunos— o Historia que se desgarra en un cuerpo de mujer, una versión feminista, erótica y crítica de la leyenda de Agar, concubina de Abraham y madre de Ismael, padre mítico de los musulmanes. “Sí, es una versión antirreligiosa”, reconoce Adonis. “Un profeta que destierra a su mujer y a su hijo y los abandona en el desierto. ¡Un profeta! ¿Nadie se pregunta por qué?”.
Los integristas piden recurrentemente que se quemen sus libros. La última vez, hace unos meses en Argelia. Él lo sabe pero no calla: “No creo hacer mal a nadie. Expreso mis ideas. Si no, siento que no existo”. No duda siquiera cuando se le recuerda que se empieza quemando libros y se termina quemando escritores. O intentando quemarlos. Baste pensar en la fetua contra Salman Rushdie: “Lo de Rushdie fue más algo político que religioso, causado por una crítica suya a Jomeini. Su libro reproducía algo ya dicho. Mucha gente ha hablado más radicalmente que él y no ha pasado nada. ¿Que la mayoría de los que querían matarlo no lo habían leído? Eso es la ignorancia. Por eso digo que hoy el islam es una religión sin cultura. Rushdie tenía todo el derecho a hacer lo que hizo”. ¿Y los caricaturistas que dibujaron a Mahoma? “También. Pero hay que saber con quién se discute. No se habla igual a un niño que a un profesor. Los periodistas tienen derecho a dibujar lo que quieran, pero deberían tratar de no humillar a la gente. Si uno busca la verdad, debe estar a la altura de la verdad. Insultar es fácil, pero no sirve para nada”.
En unos días se concederá el Premio Nobel. Adonis figura en todas las quinielas desde hace años, pero, como era de esperar, él dice no pensar en eso. ¿En qué piensa? “En cómo escribir poesía. Y en cómo poetizar el mundo. Por eso hago collages, para prolongar la poetización del mundo. Sin poesía, el mundo se muere de frío, de cerrazón. Los tres pilares del universo son el amor, la amistad y la poesía. El resto es comercio”. Sabe de qué habla: vive rodeado de multinacionales. El barrio le gusta. El mundo, algo menos.