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jueves, 30 de abril de 2015

PRENSA. Sobre el terremoto de Nepal. "Escombros de cine en Bhaktapur". Bernardo Bertolucci

   En "El País":

Escombros de cine en Bhaktapur

El director de cine italiano, que acudió a Nepal en varias ocasiones, espera que "la respuesta del mundo ante la tragedia sea potente"

Terremoto en Nepal
Una mujer, frente a las ruinas de su casa a las afueras de Katmandú, este lunes. / N. SHRESTHA (EFE)


Entre las imágenes de los escombros retransmitidas por la televisión intenté, en vano, reconocer los lugares de mi memoria; entrever la gran estupa que se erige no muy lejos de Bhaktapur. Y tuve ganas de llorar. Katmandú, Patan y Bhaktapur son los lugares simbólicos de la cultura de Nepal, país al que estoy profundamente vinculado. Y es grande el dolor que siento por las miles de víctimas.
Descubrí esos lugares en 1973, cuando por primera vez puse rumbo a Oriente con mi mujer, Clare. La idea fue suya: ella era una viajera, yo no. Fue un viaje en el que nos conocimos y nos reconocimos. Un viaje de iniciación que derrumbó todos mis estereotipos sobre esos países. Un descubrimiento total. Fuimos a Tailandia, luego a Bali, y después a Benarés, y a Katmandú, donde vivimos durante un mes. Recuerdo el estupor y el asombro ante los edificios de Patan, donde luego filmaría Pequeño Buda. Aquello era el triunfo del horror vacui, del miedo al vacío: todo estaba decorado, cada centímetro. Arquitecturas y esculturas admirables donde el arte budista se funde con el hinduista, y encontramos a Buda junto a Visnú, Kali y Ganesh.
Me acuerdo de la primera vez que llegué a ese valle aislado, casi inaccesible. Nos quedamos sin aliento ante la belleza de Bhaktapur y Patan, a la que llamábamos Patan City. Emocionados ante esos tejados sobre los que crecía la hierba, algo extraordinariamente poético que me recordaba a un pueblecito de los Apeninos de Parma. El encuentro humano fue emocionante. Ese pueblo tenía una enorme cultura de la acogida. Esa gente parecía sacada de los sueños de Pier Paolo Pasolini, cuando hablaba de la inocencia arcaica en los países más pobres y espirituales. Frente a un río a las afueras de Katmandú presencié por primera vez una cremación. Había algo limpio, puro, en aquella carne que se convertía en fuego y humo.
En 1973, Katmandú, Bhaktapur y Patan eran destinos hippies, meta de un turismo pobre y respetuoso con aquellos lugares. Cuando regresé 20 años después para estudiar la zona y, más tarde, grabar Pequeño Buda, a principios de 1990, había un aeropuerto capaz de recibir los enormes vuelos chárter llenos de ese turismo que lo arruina todo. Nosotros también llegamos como una especie de ejército de ocupación: montones de camiones y grupos electrógenos que sin duda contribuirían a aumentar la contaminación. La pequeña posada donde nos hospedamos en 1973, que se llamaba Yak & Yeti, se había convertido 20 años después en un lujoso hotel de cinco plantas que sirvió de cuartel general durante el rodaje. Tiemblo con solo pensar que haya podido derrumbarse. Allí hacíamos las proyecciones con los materiales que nos enviaba la Technicolor desde Roma; eran tiempos de un cine que ya no existe.
En Bhaktapur grabamos todas las escenas ambientadas en el palacio de Siddharta antes de convertirse en Buda. A aquella estructura añadimos una parte que hicimos nosotros y que los nepalíes quisieron conservar. Ahora, los escombros de una ciudad tan antigua se han mezclado con los escombros del cine que nosotros llevamos allí. Cerca de Bhaktapur hay una enorme y preciosa estupa, con los ojos de Buda, donde el niño americano pregunta qué significa la palabra “impermanencia”.
Los budistas tibetanos crean maravillosos mandalas de arena repletos de color, que luego serán destruidos por una ráfaga de viento. Eso es la impermanencia. ¿Somos capaces de imaginar la tragedia que supondría para nosotros la pérdida en unos segundos de alguna de nuestras extraordinarias ciudades toscanas? Es difícil.
Ante la tragedia de Nepal ya se ha producido una respuesta del mundo. Espero que sea potente, que haya una gran solidaridad hacia esos pueblos remotos. Son lugares y personas muy lejanos, montañeses testigos de algo que hay que salvar a toda costa.
© La Repubblica. Texto recopilado por Arianna Finos.
Traducción de News Clips.

miércoles, 30 de julio de 2014

PRENSA. "Trabajar hasta la muerte en Qatar"

   En "elpais.com":

Trabajar hasta la muerte en Qatar

Al menos 672 trabajadores nepalíes han muerto durante los últimos cinco años en Qatar

En el Emirato los sindicatos están prohibidos y no existe el salario mínimo


Sir Kumar Lama ha regresado a su casa de Katamandú tras un año en Catar. / MATILDE GATTONI
"Nunca se quejaba. A veces solo decía que el trabajo era muy duro". Him Kumari Yongan, de 25 años, intenta sonreír con los ojos llenos de lágrimas mientras acaricia con cariño a su hijo de tres años pensando que nunca más volverá a ver a su padre. "Ahora no sé que voy a hacer. Estoy sola". Hace unas semanas recibió una llamada telefónica de la empresa que empleaba a su marido en Qatar anunciándole que Narabaj Tamang, de 25 años, había fallecido. Según sus compañeros de trabajo, Tamang se fue a la cama después de cenar y a la mañana siguiente lo encontraron muerto. Aunque el informe médico atribuía su muerte a una parada cardiorrespiratoria, Yomang desconoce las causas reales del fallecimiento. En Nepal, más de 600 familias han perdido a alguno de sus miembros trabajando en las obras que se están realizando en Qatar con motivo del Mundial de Fútbol de 2022.
Mientras el mundo está pendiente del campeonato de fútbol de este año en Brasil, más de 1,4 millones de trabajadores migrantes, 400.000 de ellos de Nepal, trabajan en la construcción de hoteles, autopistas, aeropuertos y estadios que albergarán el primer Mundial de Fútbol en Oriente Medio. De acuerdo con los datos de Deloitte, Qatar invertirá cerca de 200.000 millones de dólares (casi 150.000 millones de euros) en proyectos de construcción distintos que los meramente deportivos, y contratará 500.000 trabajadores adicionales para finalizarlos. Tras el fallecimiento de nueve trabajadores durante los dos últimos mundiales de Brasil y Sudáfrica, la Confederación Sindical Internacional (ITUC, por sus siglas en inglés) ha advertido de que los constantes abusos que sufren los obreros en Qatar podrían causar la muerte de 4.000 personas antes de 2022.
Sin estudios. Sin cualificación. La única opción que les queda es huir de su país. De acuerdo con el Foreign Employment Promotion Board de Nepal, un organismo encargado de indemnizar a los familiares de los trabajadores que han fallecido o sufrido un accidente, en Qatar ya son al menos 672 los trabajadores nepalíes que han muerto durante los últimos cinco años en un país donde los sindicatos están prohibidos y no existe el salario mínimo. De hecho, muchos de ellos se han convertido en esclavos en los lugares de las obras, trabajando bajo el sol abrasador del desierto, sin ningún tipo de experiencia, con sus pasaportes retenidos y unas condiciones de vida que no se corresponden con la clase de trabajo ni con los salarios que al principio les habían prometido. A pesar de que Qatar ha sido duramente criticado por maltratar a los trabajadores extranjeros, los constantes abusos, los engaños y las deudas en que se ven envueltos estos trabajadores a menudo empiezan en su propio país. La historia de Tamang es solamente un ejemplo de este fenómeno.
Este joven, procedente de la zona rural de Tehrathum, intentó ganarse la vida en Nepal dando clases de inglés en un internado, pero la ridícula cantidad de 30.000 rupias (30 dólares aproximadamente) que ganaba al mes no le permitía mantener a su familia. Así que Tamang tomó la misma decisión que otros millones de nepalíes: emigrar a los países del Golfo Pérsico y a Malasia en busca de un futuro mejor. Sus sueños pronto se convirtieron en pesadilla porque, aunque le garantizaron un empleo como guardia de seguridad, una vez en Doha descubrió que le habían asignado un puesto como limpiador de cristales en un rascacielos. Si bien la agencia de colocación de Nepal encargada de buscarle un trabajo en Qatar le había prometido un sueldo de aproximadamente 330 dólares mensuales, su salario real era una tercera parte más bajo.

Cada día llegan al Aeropuerto Internacional Tribhuvan de Katmandú un promedio de dos trabajadores muertos
Al igual que muchos de sus compatriotas, Tamang había sido víctima de un engaño. Pero no podía hacer nada. En Qatar está en vigor la kafala,una ley de patrocinio que permite a los jefes disponer del visado de sus trabajadores impidiéndoles además cambiar de empleo, salir del país sin el permiso del patrón o demandar a las empresas en caso de desacuerdo o conflicto laboral. Además, Tamang tenía que devolver un préstamo de 1.200 dólares que había solicitado para pagar el billete de avión a Doha y a la agencia de contratación en Katmandú. Una cantidad considerable si se tiene en cuenta que el PIB de ese país es de 1.102 dólares per cápita, el vigésimo más bajo del mundo. Por tanto, la única alternativa que le quedaba para enviar todo el dinero que fuera posible a su familia era trabajar una media de doce horas diarias, seis días a la semana. Hasta el día de su muerte.
Cada día llegan al Aeropuerto Internacional Tribhuvan de Katmandú un promedio de dos trabajadores muertos en ataúdes fácilmente reconocibles.En la terminal de llegadas, las familias aguardan pacientemente durante horas llorando en silencio mientras rellenan el papeleo necesario para recuperar los cuerpos de sus seres queridos y proceder a la incineración. A unos cientos de metros de allí, en la minúscula terminal de salidas de ese aeropuerto atiborrado de personas, una multitud de jóvenes hacen cola desde las siete de la mañana. Solo llevan consigo un pequeño y sencillo bolso de viaje con cuatro o cinco piezas de ropa en su interior y observan todo lo que les rodea con esperanza y temor. Aunque es una elección dolorosa, están decididos, al igual que lo están los 1.700 trabajadores que salen de Nepal cada día por estas puertas, a huir de un país donde hay un 46% de desempleo. A pesar de que son conscientes del escandaloso número de trabajadores que mueren en los países de destino y de que sienten verdadera preocupación porque les suceda lo mismo, su respuesta no puede ser más elocuente: "no nos queda otro remedio".
Los futuros trabajadores migrantes contactan con intermediarios de las agencias de empleo de Katmandú que seleccionan personal para trabajar fuera del país. Como la mayoría vive en zonas alejadas de la capital, los mediadores cobran unos honorarios de entre 750 y 2000 dólares para formalizar el contrato, solicitar el pasaporte, hacer un informe médico, comprar el billete de avión, etc. Suelen llegar a Katmandú solo dos o tres días antes de la salida programada. En ese escaso periodo apenas tienen tiempo de examinar los contratos, si se tiene en cuenta que una gran parte de estos jóvenes no sabe leer puesto que la tasa de alfabetización de un adulto en ese país llega al 60.3%, por lo que dependen de la buena fe y las promesas de las agencias. "En ese momento, los trabajadores no se pueden echar atrás porque ya disponen de un crédito para pagar el viaje", explica Rameswhar Nepal, director de la delegación de Amnistía Internacional.
Aun así, la urgencia por salir es evidente en todo el territorio nepalí. El pasado año, las remesas que los inmigrantes enviaron a su país superaron los cinco billones de dólares (cinco mil millones de euros), una cifra que constituye casi el 25% del PIB, el tercer porcentaje más alto del mundo. En teoría, Nepal posee una de las mejores leyes del mundo en materia de migración. Los puestos de trabajo en el extranjero tienen que ser anunciados en los periódicos locales, especificando la duración y el sueldo. Antes de viajar, el departamento de empleo en el exterior deberá aprobar una serie de documentos, entre ellos el contrato de trabajo, el perfil de la empresa contratante y un informe médico. Los trabajadores tienen que contratar obligatoriamente un seguro de vida que irá a parar a sus familiares en caso de accidente o muerte. Además, Nepal ha establecido límites a las tarifas que establecen las agencias de empleo y rigurosas sanciones a los que no las respetan.

Catar invertirá cerca de 200.000 millones de dólares en proyectos de construcción distintos que los meramente deportivos
Sin embargo, todos los afectados coinciden en que en la práctica es insuficiente. Se han conocido casos de funcionarios del departamento de empleo que han sido detenidos en numerosas ocasiones por corrupción y connivencia con las agencias de contratación. En el edificio en ruinas donde se encuentran las oficinas, su director adjunto, Surya Koirala, intenta justificarse: "Sabemos que existe un entramado de corrupción entre las agencias de empleo y las empresas en Qatar, pero nosotros no podemos hacer nada", explica. "Somos un país pobre. No podemos imponer nuestras normas a naciones tan poderosas".
De acuerdo con los relatos de algunos trabajadores que ya han regresado, una vez en Qatar se alojan en campos de trabajo pequeños e insalubres donde cientos de personas conviven hacinadas compartiendo una cocina y pocos cuartos de baño. Una gran mayoría trabaja de 10 a 14 horas diarias, a menudo soportando temperaturas que alcanzan los 55 grados. Como consecuencia del ritmo de trabajo agotador e inhumano, muchos son incapaces de sobrellevar el cansancio y mueren a causa de un fallo respiratorio o cardíaco. Aunque las organizaciones sindicales y de Derechos Humanos vinculan estas muertes a las terribles condiciones laborales, el Gobierno de Qatar las considera como meros infartos puesto que "las empresas y los países no se hacen responsables si no se demuestra claramente que existe una relación entre las muertes y el trabajo", explica Sumitra Singh, funcionario del Foreign Employment Promotion Board.
Para conseguir un contrato con una compañía extranjera, los candidatos tienen que superar al menos doce pruebas, lo que significa que en cualquier momento pueden ser engañados, recibir peticiones de soborno y de comisiones sobre las tarifas estipuladas e incluso se les niega el ejercicio de sus derechos básicos. Aun así, y pese a las decepciones y contratiempos, las colas para dejar el país son cada día más largas. Muchos trabajadores han convertido su trabajo en una profesión a tiempo completo. Cuando se les termina el contrato regresan a Nepal para permanecer solo unos meses, el tiempo suficiente para organizar una nueva aventura en otro país.
Este masivo éxodo de personas está teniendo graves consecuencias. En Nepal se ha abandonado la agricultura y el país es ahora un importador neto de productos agrícolas y receptor de miles de temporeros indios que llegan cada año para trabajar en los cultivos abandonados. Asimismo, la falta de convivencia entre los trabajadores migrantes y sus esposas ha traído consigo un aumento de los casos de VIH a causa de las relaciones extra maritales. Además, el descrédito de la educación es cada vez mayor. “Los niños ahora no se toman en serio los estudios. Su único objetivo es salir al extranjero”, afirma Ganesh Gurung, un experto en migración del Institute for Development Studies de Nepal. “La migración laboral es una bendición y una válvula de escape para nuestra economía, pero a largo plazo no es una solución para el desarrollo del país”.
Las autoridades cataríes han anunciado recientemente los esperados cambios de su reforma laboral, en concreto la eliminación de la ley kafala y del visado de salida, una norma por la que los trabajadores necesitan el permiso de sus jefes para salir del país. Qatar también ha prometido mejores condiciones laborales para los obreros contratados para construir estadios, pero no para los que trabajan en otro tipo de infraestructuras. Hasta ahora, sin embargo, el nuevo sistema no se ha implementado y según los testimonios de trabajadores y de organizaciones de Derechos Humanos, la situación sobre el terreno no ha mejorado. La Confederación Sindical Internacional ha dicho que la promesa de Qatar de cambiar la reforma laborar es "puramente cosmética". Aunque el pasado noviembre el presidente de la FIFA, Joseph Blatter, calificó la situación de "inaceptable" y añadió que era preciso "introducir lo antes posible y de forma continuada condiciones de trabajo más justas en Qatar", la FIFA no ha planteado de momento revocar el derecho del Emirato a celebrar la Copa del Mundo. A pesar de las numerosas peticiones de entrevista que este periodista ha enviado a la embajada de Qatar en Katmandú, aún no ha recibido ninguna respuesta.
Traducido del inglés por Virginia Solans

martes, 22 de julio de 2014

PRENSA. "Cuando el útero dice basta"

   En "El País":

Cuando el útero dice basta

El 10% de las mujeres de Nepal sufre prolapso uterino

Diversas organizaciones alertan que este problema de salud está provocado por la vulneración sistemática de sus derechos


Más de medio millón sufren prolapso uterino en silencio. El tabú en torno al sexo hace que vecinas con el mismo problema no hablen de ello. / ALEJANDRA AGUDO
Unas 600.000 mujeres, el 10% de la población femenina del país, sufren prolapso uterino en Nepal. Mujeres marcadas por una maternidad demasiado temprana para las que los órganos genitales han dejado de ser aquello que se mantiene en el lugar debido, convirtiendo su vida cotidiana en un infierno. Son datos del Fondo de Población de las Naciones Unidas (UNFPA) y el Instituto de Medicina de Katmandú, pero otros estudios locales y por regiones (el país tiene 75 distritos) elevan la cifra de afectadas. La ONG nepalí CAED encontró que un 37% de mujeres lo padecen en los distritos de Saptari y Siraha. En Rautahat y Mahottari, un 20%, según documentó un informe del Model Hospital de Katmandú recogido en el informe de Amnistía Internacional Cargas innecesarias. La discriminación de género y el prolapso uterino en Nepal. “Zonas con altos índices de discriminación”, explica la ONU.
Forzadas a casarse en su adolescencia, incluso antes de haber alcanzado la pubertad, varias veces madres a los 20, golpeadas y vejadas por sus familias políticas, en ocasiones violadas en el lecho conyugal, obligadas a trabajar durante horas bajo el sol en el campo y caminar durante horas en busca de agua y grano, aunque acaben de parir pocos días antes, malnutridas... Las historias y condiciones de vida de muchas de las que sufren este problema en Nepal, sobre todo en áreas rurales, son comunes. Son las causas de que sus músculos, aunque jóvenes, no aguanten sus úteros.
Esta descripción bien podría ser la vida de Ram Kumari Yadav. “Soy pobre y no puedo trabajar bien. Tengo dolor en el abdomen. También en la espalda. No me puedo sentar correctamente, ni juntar las rodillas. Me duele todo el rato”. Con un hilo de voz, sentada ladeada, descalza y en el patio de la casa de una vecina en Govindapur-5, para evitar ser descubierta por su marido hablando con desconocidos sobre sus problemas, Ram Kumari Yadav relata cómo ha sido su existencia desde hace tres décadas. No sabe la fecha exacta en la que su útero cayó y se le salió de su cuerpo por la vagina, solo que fue al parir a su primogénita, de la que quedó embarazada pocos meses después de casarse tras tener su primera menstruación. Hoy, cinco hijos después, esta mujer de unos 45 –desconoce su edad precisa– todavía no se ha sometido a la cirugía que necesita para tratar su prolapso uterino. Su marido no solo no se lo permite porque no quiere dejar de mantener relaciones sexuales durante los días de reposo tras la operación, sino que además, le pega y abusa de ella cuando llega borracho a casa.
“El prolapso uterino en Nepal es consecuencia de la discriminación de género”. Samita Pradhan, responsable del Programa de Derechos Reproductivos de la ONG CAED, no duda al hacer el diagnóstico: “Es un problema de mujeres de 50 y en Nepal tienen 15, debido al matrimonio infantil y los embarazos tempranos”.
Los números avalan esta radiografía. La edad media de las pacientes de prolapso uterino en Estados Unidos es de 61 años y la aparición del problema está asociada normalmente a la falta de tono muscular por el envejecimiento. En Nepal, sin embargo, casi la mitad (47%) de las mujeres que pasan por quirófano por esta dolencia –y son pocas las que llegan a operarse– tienen entre 15 y 29 años. La mayoría notó que sus órganos cedían a la gravedad cuando dieron a luz a su primer o segundo hijo, según datos del UNFPA de 2013. El dato encaja con la tasa de embarazos adolescentes que, aunque ha descendido en la última década, es elevada: el Gobierno de Nepal estima que el 17% de las chicas de entre 15 y 17 años está encinta o han tenido ya a su primer hijo.

Sé que los niños no deben casarse tan pronto. Pero tendré que buscar unos buenos chicos para mis hijas. Soy una mujer, ¿qué puedo hacer?”
Manju Devi Yadav, de unos 26 años (desconoce su fecha de nacimiento) y residente en una vivienda de adobe y paja en Bhediya (en el distrito de Siraha). Tuvo su primer hijo con 12. Recuerda que tras su primera regla, con 11, se casó con un hombre 14 años mayor que ella, elegido por sus padres. “Cuatro meses después me quedé encinta”, relata. Fue al tener su segundo bebé, una niña, cuando notó una fuerte presión en su vagina. Tenía 13 años y después del parto pasó seis días separada en otra habitación de la casa de sus suegros (donde habitualmente viven las parejas) y solo se alimentaba con jengibre y azúcar negro. La tradición dice que después de dar a luz la mujer está sucia y hay que mantenerla apartada. Después de ese reposo, Manju Devi volvió a sus tareas habituales: ir a por agua, sacar a pastar a sus vacas, buscar y cargar la madera para el fuego en el hogar, también el cereal con el que hace harina. Todos trabajos físicos que requieren que transite muchas horas por caminos de tierra cargando pesados bultos sobre su cabeza. Y su útero fuera de su lugar.
“Sé que esto tiene que parar. Que los niños no deben casarse tan pronto. Pero no tengo ayuda y tendré que buscar unos buenos chicos para mis hijas. Soy una mujer, ¿qué puedo hacer?”. Manju Devi ya busca varones para desposar a sus tres hijas, de 13, 9 y 7. Cuanto mayor es la mujer, más tienen que pagar las familias como dote. Y son muy pobres. “Además, si no se casa pronto, la comunidad piensa que tiene algún problema”, detalla la joven madre. Su primogénito, un chico de 14, ya está casado. “Es muy travieso. No podía hacer nada por evitarlo”, justifica con una expresión triste en su envejecido rostro, surcado por arrugas que dibujan una edad que no tiene.
El matrimonio infantil es ilegal en Nepal. También la dote. Ambas prácticas son, sin embargo, muy comunes. Y el Gobierno lo sabe. El propio censo del país desveló en 2011 que el 29% de las adolescentes menores de 19 (la edad legal para enlazarse) estaban casadas “informalmente”. Los datos del UNFPA de 2013 completan el cuadro: la media de edad a la que contraen matrimonio las nepalíes es a los 15 años (14 entre las pacientes de prolapso uterino). A los 19, la mayoría (74%) ya ha sido madre.
Para Purna Bhakta Tandukar, el secretario adjunto del ministerio de Mujer de Nepal, ni el matrimonio infantil, la dote o la violencia de género (también penada con multas o cárcel) son asuntos que debieran abordar su equipo. “Son problemas legales”, justifica. “Cualquiera puede denunciar un matrimonio infantil o un caso de malos tratos, y la justicia tomará medidas contra ellos. El problema es que la gente no denuncia”, considera. La policía solo investigó 19 casos de matrimonio infantil entre 2012 y 2013, denuncia Amnistía Internacional.
Tampoco las elevadas tasas de prolapso uterino y la falta de acceso a tratamientos son asuntos que deba solucionar el ministerio de Mujer, según Bhakta Tandukar. “No lo abordamos porque es un problema de salud”, argumenta.

Soluciones para las invisibles

Desde el ministerio de Salud la solución que se ha dado a las mujeres que sufren prolapso uterino ha sido montar campamentos médicos en áreas rurales estratégicas una vez al año para que puedan operarse gratuitamente. Lo hacen desde que en 2008 el Tribunal Supremo del país fallara que el derecho constitucional de las mujeres en materia de salud reproductiva había sido menoscabado por el Gobierno en tanto que había fallado en la implementación de medidas para reducir y tratar los casos de prolapso uterino. El UNFPA estima que 200.000 –un tercio del total de afectadas– necesitan cirugía para realizarse una histerectomía (extirpación del útero), debido al avanzado estado de su prolapso.
A uno de esos campamentos fue hace dos años Chandrawati Mahato, de 45 años. “Ahora estoy contenta y convenzo a las mujeres de la comunidad con el mismo problema para que se operen”, dice. Sabe bien lo que es soportar el dolor y la humillación familiar en silencio. Sin ayuda ni desahogo. Ella, como casi todas, lo mantuvo en secreto. “Sentía vergüenza. Ya sabes cómo son las mujeres de la comunidad, te critican. Lo callamos porque hay el pensamiento de que esto pasa por el karma. Mi nuera me insultaba cuando se enteró. Así se comporta la gente”, dice tranquila y en voz baja en el porche de su casa, a dos metros de la habitación de sus dos vacas mientras su marido, con el que se casó cuando tenía 12 años, descansa a la sombra desconcertado porque su mujer sea objeto de una entrevista.

El ministerio de Sanidad nepalí organiza campamentos médicos anualmente en zonas rurales para operar a las pacientes
El secretismo hace que Chandrawati Mahato, que vive a escasos pasos de Ram Kumari y otras mujeres con prolapso uterino en Govindapur-5, nunca hayan hablado entre ellas sobre su problema. Tampoco las vecinas de Bishanpur Kati, también en la región de Siraha, al sureste del país. Ganga Ram Sah, médico de la clínica en esta localidad, considera peligrosa la falta de comunicación, no solo entre las mujeres, sino con él. “No vienen abiertamente por este problema. Tienen vergüenza de hablar sobre sexo y es muy difícil darles información sobre este tema. Cuando vienen por otras enfermedades, les hago muchas preguntas para averiguar si tienen prolapso uterino”, explica rodeado por un grupo de mujeres traídas por amigas para que reciban orientación. “A veces somos nosotros quienes vamos a los pueblos para dar charlas sobre prevención y tratamientos. Pero no tenemos programas específicos”, se queja.
Ganga Ram Sah coge de su mesa de madera roída un anillo de goma roja, de unos siete centímetros de diámetro, y se lo muestra a las concurrentes. “Permite sujetar el útero en la fases uno y dos”, detalla. Esto es cuando el prolapso es leve o moderado y el útero alcanza la entrada de la vagina, pero no se ha salido. Lo explica a pesar de que en su consulta, por falta de instrumental e infraestructura, no puede operar ni colocar un anillo, que tiene que ser cambiado cada tres meses. Eso obligaría a que las mujeres, sin más medio de transporte que sus pies, tuvieran que ir periódicamente al hospital de la ciudad más cercana, a varias horas caminando por senderos de tierra. Una ausencia muy prolongada que, además, no podrían explicar a los maridos que normalmente se oponen a cualquier tipo de tratamiento, según relata el médico.
Samita Pradhan, de la ONG CAED, cree que las políticas públicas deberían dar un giro para facilitar el acceso a este tratamiento en vez de solo focalizarse en operar una vez al año en los campamentos. Más aún, lleva años pidiendo que se incluya en el sistema sanitario la colocación de un nuevo tipo de anillo, fabricado de PVC, que es más caro (40 euros) pero dura 10 años. También porque haya más y mejor acceso a métodos anticonceptivos, y campañas estatales de sensibilización y prevención. “Las leyes tradicionales son muy fuertes. En Nepal hay el concepto de que la mujer es una máquina para hacer hijos. Tenemos que implicar a los hombres en los programas sobre igualdad”.

Muchas mujeres son apartadas de la casa y sin apenas alimentación tras el parto porque se las considera sucias
En su despacho en Katmandú, la directora de la división de salud familiar del ministerio de Salud Pública, Kiran Regmi, anuncia “nuevos programas el próximo año” para combatir el prolapso uterino. El juegode ropa para los recién nacidos que se entrega gratis a las mujeres que acuden a los hospitales a parir (un incentivo para que no den a luz en casa como es habitual), luce colgado en la pared.
“Vamos a implementar un programa para que no tengan que irse a operar a los campamentos anuales, sino que cualquier organización de mujeres que nos llame con algún caso recibirá ayuda. Así, las mujeres podrán operarse a los pocos días en un hospital. Les facilitaremos el transporte y la manutención de un acompañante”, detalla. Avanza también que el Ministerio va a adquirir 10.000 anillos de PVC (los caros) para los casos leves. Una cantidad muy inferior al número de afectadas que podrían beneficiarse, unas 400.000.
Pero el transporte o la carencia de anillos no son las principales trabas que enfrentan las nepalíes para eliminar el bulto que asoma por sus genitales, que se infecta, sangra y duele. El obstáculo es el marido.
El esposo de Kamali Devi Paswan no la permite operarse del prolapso uterino grave que padece desde parió a su tercer hijo, hace casi una década, después de que los dos anteriores fallecieran. “Me dice que cuando consiga trabajo en India, entonces me haré la operación”, afirma como si se tratara de una cuestión de dinero. Sentada en la parte de atrás de su casa para esconderse de las miradas y cuchicheos de los vecinos que se han congregado alrededor de su pequeña vivienda para enterarse de qué le ocurre, confiesa finalmente que su marido no le permite someterse a una histerectomía porque quiere tener más hijos, aunque ya tienen tres, dos nacidos después de que a Kamali Devi se le saliera el útero.
“Iré contra él. Iré al campamento la próxima vez que venga”, dice atrevida. “Sé que me pegará, pero tengo mucho dolor. Mis hijos [de 9 y 10 años los mayores] me ayudarán”. Con su bebé de siete meses sobre su regazo, sentada en una lona en el césped, a Kamali Devi se le humedecen los ojos: “Estoy sola. A veces siento rabia. Soy muy pobre y no sé qué más decir. No sé por qué se me salió. Vivo en un pueblo y tampoco tengo idea de si esto es un problema de Nepal o a cuántas mujeres afecta”.
Ni ella, ni Ram Kumari, u otras mujeres afectadas, pueden operarse sin el consentimiento del marido por una traba administrativa. Para evitar que mujeres de otros países, sobre todo indias, se operasen gratis en los campamentos, el Gobierno empezó a pedir el documento que acredita la ciudadanía nepalí. Una ciudadanía que concede, con su apellido, el esposo o el padre, en caso de que sea soltera. Para ellos es tan fácil negar la operación como no gestionar un papel.

El secretismo en torno al sexo y la salud femenina dificulta el diagnóstico y prevención del prolapso uterino
El secretario adjunto del ministerio de Mujer no cree que sea su competencia ponerle fin a este impedimento. “Es una cuestión que tendría que resolver el ministerio de Asuntos Internos”, explica.
Sin la consideración de ciudadanas, en un país en el que el 48% de las mujeres son víctimas de malos tratos y el 40% son analfabetas, según datos oficiales del Gobierno, sin acceso a educación sexual o métodos anticonceptivos, con todo el peso del trabajo literalmente sobre sus cabezas, despojadas de su capacidad para elegir su pareja o decidir sobre su maternidad, las mujeres nepalíes son víctimas de todas las discriminaciones posibles. No hace falta que hayan nacido. Desde que son concebidas, sus padres desean que sean un niño, porque son los hijos varones los que abren las puertas del cielo a sus progenitores. Eso dice la tradición.

sábado, 3 de mayo de 2014

PRENSA. "Demuestra que no eres bruja", reportaje

ZIGOR ALDAMA ("el país")

   En "El País":

Demuestra que no eres bruja

Miles de personas, sobre todo mujeres, son acusadas de brujería en Nepal

Es una maldición que puede acabar con sus vidas.

 Janakpur 8 NOV 2012 

A Ranwati Chowduri la llaman bruja. Porque, cuando una de sus familiares enfermó, un chamán aseguró que la dolencia estaba provocada por un maleficio que ella le había lanzado. Para descubrir la procedencia de la magia negra que mantenía postrada en la cama a la mujer, el curandero utilizó una curiosa técnica: cuando la fiebre hacía delirar a la enferma, él le zurraba. “Con cada golpe solo decía una palabra: mi nombre”, recuerda Ranwati con un escalofrío. Para los habitantes del poblado en el que reside esta mujer de 38 años, situado en una remota zona del extremo oriental de Nepal, la relación causa-efecto resultó muy clara. “Me acusaron de haber provocado su dolencia”.
A partir de entonces, la vida de Ranwati se convirtió en un infierno. “Incluso mi marido me gritaba, y quiso echarme de casa”. Pero se armó de valor y decidió dar la cara. La única solución en un poblado en el que la mayoría es analfabeta y jamás ha pisado una escuela era someterse a la prueba que propuso el chamán para salir de dudas: propinaría otra paliza a la mujer convaleciente; si las magulladuras aparecían en el cuerpo de Ranwati, se demostraría que esta era la culpable de su padecimiento. Ambas accedieron. A la enferma estuvo a punto de enviarla directamente a la tumba, pero el cuerpo de Ranwati continuaba inmaculado. Así que el santón la declaró inocente.
Pero ahí no acabó su odisea. El pueblo comenzó a sospechar, y finalmente decidió que Ranwati había sobornado al chamán. “Todos creyeron a una mujer que dijo que me había visto con dinero ese día”. Así que el jefe del poblado, generalmente la persona más adinerada o influyente, decidió recurrir a la justicia popular, que consiste en una asamblea presidida por él y que conforma el órgano en el que se dirimen las disputas en primera instancia. “Se formaron tres grupos: uno que me apoyaba, otro que estaba en mi contra y un tercero de indecisos que quería repetir la prueba”. Ganó el último, y una vez más la enferma tuvo que pasar por un calvario.

Me han dicho que me darán de comer heces y me harán beber orina"
En esta segunda ocasión, al exorcista no se le ocurrió otra cosa que quemar con cigarrillos a la víctima del supuesto conjuro. Una vez más, para culpabilizar a Ranwati era imprescindible que las quemaduras apareciesen en su cuerpo. Lógicamente, eso no sucedió, y su inocencia quedó nuevamente certificada. O así debería haber sido, porque, aunque nadie se atreve ya a acusarla directamente, lo cierto es que la mujer ha sido segregada de la comunidad. “Tienen un pacto secreto para volver a culparme en cuanto suceda algo negativo en el pueblo, y me han dicho que me darán de comer heces y me harán beber orina. Yo estoy tranquila, porque sé que no soy una bruja, y ya les he dicho que si consiguen probar lo contrario, comeré lo que tenga que comer”. Y si los vecinos se sobrepasan, acudirá a la policía.
El caso de Ranwati roza el surrealismo, pero es frecuente en los países del subcontinente indio, donde diferentes factores se alían para crear situaciones propias de la Edad Media. “La superstición y la falta de formación son el caldo de cultivo perfecto para que la envidia o el odio se canalicen de esta forma contra quienes generalmente son los eslabones más débiles de la sociedad: mujeres solas, en muchos casos viudas, pertenecientes a los grupos de intocables Dom y Mester”, explica Ram Kumari Das, presidenta de la Asociación de Mujeres de Siaraha Lahan, la comunidad en la que reside Ranwati, que recibe apoyo de Action Aid Nepal y de su organización hermana Ayuda en Acción España. “La población cree en la magia blanca de los chamanes para la curación de todo tipo de enfermedades, y eso lleva a que la mayoría también crea en el mal uso que se puede dar a esos poderes”. Las acusaciones se pueden lanzar sin prueba alguna y, en ocasiones, las consecuencias resultan fatales.
Es el caso de Dengani Mahato, una mujer de 40 años cuya muerte en febrero provocó gran consternación en el país del Himalaya. Había sido acusada de brujería tras la muerte de un niño que residía cerca de su choza, y fue ajusticiada por una decena de hombres que la apalearon antes de rociarla con queroseno y prenderle fuego delante de su hija de nueve años. La quemaron viva, y ni siquiera querían permitir que la policía recuperase el cuerpo para realizar la autopsia. El primer ministro nepalés, Baburam Bhattari, anunció una compensación de un millón de rupias (en torno a 10.000 euros) para los dos hijos de Dengani, y pidió a la población que no confíe en los chamanes. Sin éxito.

Una decena de hombres
apalearon a una mujer y después
la quemaron delante de su hija
“Los casos van en aumento”, sentencia Ram. “En nuestro distrito tenemos documentados casi 40 en los últimos tres años, pero solo uno ha llegado a los tribunales y nadie ha sido castigado. Generalmente, la policía no quiere involucrarse, y deja la justicia en manos de los comités locales, quienes, aunque el código penal recoge castigos de hasta dos años de cárcel para las personas que acusen a alguien de brujería, no siempre fallan en favor de la víctima”. La ley en este país de cohesión imposible es poco más que papel mojado y, por eso, la Asociación de Ram se reúne cada mes para ofrecer consejo a las víctimas.
Panu Chowdury es una de las últimas. “A un niño de mi pueblo le picó un escorpión. El chamán dijo que el veneno era raro, que tenía mucha más fuerza de la habitual y que no podía pertenecer al animal. Que había sido enviado por alguien que quería hacerle daño. La madre me acusó de brujería”, cuenta. Fue suficiente para que una masa enfurecida atacase su vivienda, destrozase el altar que tenía dedicado a Shiva y le diese una paliza a su marido.
La Asociación de Ram intercedió antes de que fuese demasiado tarde, y ofreció pagar 100.000 rupias (algo más de mil euros) si se conseguía probar que Panu era una bruja. Pero si no, los atacantes tendrían que abonar una compensación de dos millones (20.000 euros). “Consiguieron que depusieran su actitud”, recuerda Panu. “Pero no han dejado de hostigarme. Incluso mi nuera me acusa de guardar un espíritu maligno que terminará matando a su hermano”. La nuera y ella mantienen una disputa económica, y la primera ha considerado que la acusación de brujería es la mejor forma de hacer presión para salir victoriosa. “Me consta que ha pagado a un chamán para que la ayude”, denuncia.

Si descubro a una bruja intento convencerla
de que deje de practicar magia negra”
Mangal Paswen personifica la otra cara de estas historias. Es un exorcista. Y cree sinceramente en la existencia de las brujas. En el porche de su casa duerme el nieto que nació hace dos meses y su cuerpo está lleno de amuletos y hierbas medicinales destinados a protegerlo de espíritus maléficos y de la magia negra. “Mis dos nietos anteriores fallecieron, y temo que éste, que también está enfermo, corra la misma suerte”, reconoce este hombre de 68 años, que recibió los poderes sobrenaturales de un viejo santón cuando era niño, durante los nueve días que dura el festival de Nourata, “el único momento en el que uno puede convertirse en chamán”.
A Mangal le va bien el negocio. Ofrece todo tipo de rituales, la mayoría para curar dolencias físicas y psicológicas que debería tratar personal médico cualificado. Pero en Nepal este escasea, y su ayuda es la única que muchos vecinos pueden costear. Lo metafísico se impone. “Es casi imposible saber quién es una bruja, pero el refranero dice que ‘cuando hay un leopardo, la cabra desaparece’. Así que si una mujer llega a un lugar y sucede alguna tragedia, es evidencia suficiente”, asegura. Él desentraña la verdad mediante ritos que le permiten entrar en contacto con los espíritus y determinar qué deidad está irritada o quién ha lanzado un maleficio, pero afirma que nunca fomenta la violencia. “Cuando descubro a una bruja trato de convencerla de que deje de practicar magia negra”. Eso sí, si no consigue su objetivo o la acusada no reconoce los hechos, el chamán aboga por medidas extremas. “A las brujas hay que cortarles la nariz y el pelo, y embadurnarles la cara de negro para quitarles sus poderes”.
Afortunadamente, Mangal asegura que, gracias a curanderos como él mismo, muy pocas veces hay que llegar al límite, y que cada vez hay menos juicios de brujería. Sin embargo, solo durante la noche que este periodista pasa con él lleva a cabo dos rituales. En el primero, el objetivo es hacer huir al fantasma de una bruja que está volviendo loco a Ramashish Paswan, un adolescente que sufre brotes psicóticos. “Cuando viene el chamán me encuentro mejor”, asegura él. La escenografía es muy sencilla. Ramashish se sienta en un pequeño taburete a la entrada de la chabola en la que está recluido, y Mangal masculla una retahíla de palabras ininteligibles mientras agarra su cabeza y lo rocía con polvos vegetales. El clímax llega con unas brutales convulsiones que el chamán sufre “en la lucha contra el fantasma”, que escapa a campo través perseguido por Mangal. Con un grito al borde de un arrozal concluye el espectáculo, que el pueblo ha seguido en silencio sepulcral.

A Maya Chowdury le ha
costado convencerse ella
misma de que no es una bruja
La noche acaba con otra escenificación teatral destinada a impedir que el embrujo que sufre una madre enferma pase a la niña que sujeta en brazos. “Es un tratamiento que llevará semanas”, le avisa el curandero frente a una multitud expectante.
Aunque Mangal rehúsa hablar de sus honorarios, las dos familias que han contratado sus servicios aseguran haber pagado “todo lo que ha pedido”. Desde animales hasta tierras. “Son gente muy poderosa en su comunidad. Muchas veces no cobran dinero, pero se resarcen con propiedades e incluso con favores sexuales”, afirma Ram Kumari Das, cuya asociación se las ve y se las desea para convencer, incluso a quienes han sido acusadas de hechiceras, de que las brujas no existen.
De hecho, a Maya Chowdury le ha costado convencerse de que no es una bruja. Porque su madre ya era considerada eso antes de que ella naciera, y ha vivido toda su vida bajo una sospecha que se convirtió en certeza después de que una niña enfermase tras vestir ropa que ella había confeccionado. Tenía 23 años cuando incluso su familia vio en ella al fantasma de su madre. Su marido, militar, la abandonó, y la familia política la obligó a marcharse con sus dos hijas. Hace diez años que vive en dependencias de la Asociación de Mujeres, donde ha descubierto que la ley está de su parte.
Y ahora prepara el contraataque. “He denunciado a mi marido, que se ha vuelto a casar. El juez me ha otorgado una pensión para las niñas de 3.000 rupias al mes (30 euros), y exige a mi marido que me dé parte de la tierra que teníamos”. Sin embargo, desde que este se fue al extranjero en una misión de paz, Maya no ha visto ni una rupia, y peligra la escolarización de sus dos descendientes, de 8 y 12 años. “Cuando regrese volveré a demandarlo. Porque no somos brujas”.