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miércoles, 20 de enero de 2016

PRENSA CULTURAL. ENSAYO. "La antigua Roma aún importa". Mary Beard

   En "El País":

La antigua Roma aún importa

Muchas tradiciones de aquel imperio siguen vigentes. Entenderlas, cree la experta británica en antigüedad clásica, nos ayuda a conocer mejor nuestro mundo


EVA VÁZQUEZ

A finales del siglo IV d. C., el río Danubio era el paso de Calais de Roma. Lo que solemos denominar las invasiones bárbaras, la llegada de hordas (quizá muchedumbres) al Imperio Romano, podrían calificarse también como unos movimientos masivos de inmigrantes económicos o refugiados políticos del norte de Europa. Y las autoridades romanas tenían tan poca idea de afrontar aquella crisis como las nuestras, además de que, por supuesto, eran menos compasivas. En una famosa ocasión, que incomodó incluso a algunos observadores romanos, vendieron carne de perro para alimentar a los que habían logrado cruzar el río en busca de asilo (entonces, como ahora, el perro no estaba destinado al consumo humano). No fue más que uno más de una serie de pulsos, concesiones y conflictos militares que acabaron por destruir el poder central de Roma en la parte occidental de su imperio. La situación se agravó por la calculada estrategia de los romanos orientales, que, en la práctica, eran entonces ya un Estado separado: su solución a la crisis migratoria consistió en dirigir a los inmigrantes hacia el oeste y traspasar el problema a otros.
Es tentador pensar en los antiguos romanos como una versión de nosotros mismos. Pusieron en marcha desastrosas expediciones militares a las mismas zonas del mundo en las que hemos fracasado tantos siglos después. Irak fue una tumba para los romanos como lo ha sido para nosotros. Y una de sus peores derrotas, en el año 53, a manos de un imperio rival en el este, se produjo cerca de la frontera actual entre Siria y Turquía. Con un giro especialmente macabro, que recuerda a las bravuconadas sádicas del Estado Islámico: el enemigo cortó la cabeza del comandante romano y la utilizó como parte del atrezzo en una representación de Las Bacantes de Eurípides, en la que la cabeza del rey Penteo, decapitado por su madre, tiene un papel siniestro y destacado.
En Italia, la vida romana también tenía aspectos que nos resultan familiares. Vivir en una capital con un millón de habitantes, la mayor aglomeración urbana en Occidente hasta el siglo XIX, planteaba problemas que nos resultan conocidos: desde la congestión del tráfico (una ley intentó impedir que circularan vehículos pesados por la ciudad durante el día y, como consecuencia, la noche se llenó de un ruido espantoso), hasta problemas rudimentarios de urbanismo (¿qué altura debía autorizarse para los edificios de pisos, y en qué materiales debían construirse para que no fueran presa del fuego?). Por su parte, las clases políticas tenían todo tipo de preocupaciones. Hubo infinitas e inútiles leyes para evitar que los funcionarios se llenaran los bolsillos con dinero público. Hasta Marco Tulio Cicerón, político, poeta, filósofo y bromista, de reconocida honradez, dejó un puesto en el extranjero con una pequeña fortuna en la maleta; por lo visto había ahorrado mucho dinero de sus dietas.
También había debates interminables sobre el reparto de cereal gratis o subvencionado a los ciudadanos que vivían en la capital. ¿Era un uso apropiado de los recursos del Estado y un precedente del que enorgullecerse, la primera vez en Occidente que un Estado había decidido garantizar la subsistencia básica a muchos de sus ciudadanos? ¿O era una forma de estimular la holgazanería y una extravagancia que las arcas del Estado no podían permitirse? Una vez descubrieron a un rico conservador romano haciendo cola para recoger su ración, que había criticado con vehemencia y que, desde luego, no le hacía ninguna falta. Cuando le preguntaron el motivo, respondió: “Si habéis decidido repartir las propiedades del Estado, yo no me voy a quedar sin lo que me corresponde”. No es una lógica muy diferente a la del millonario moderno que reclama su licencia de televisión o su abono de transporte gratuitos.
Pero tal vez no sea tan sencillo. Estudiar la antigua Roma desde la perspectiva del siglo XXI es caminar por la cuerda floja, hacer equilibrios que requieren una imaginación muy particular. Si se mira a un lado, todo parece familiar, o puede manipularse para que lo parezca. No sólo las aventuras militares o los problemas de la vida urbana y las migraciones. Hay conversaciones a las que casi podemos incorporarnos sobre qué es la libertad o los problemas del sexo. Hay chistes que todavía entendemos, edificios y monumentos que reconocemos y una vida familiar que nos resulta comprensible, con todas sus peleas, sus divorcios y sus adolescentes problemáticos. Muchos hemos sentido la desilusión de Cicerón con su hijo Marco en el siglo I a.C., porque, en la Universidad de Atenas, prefería irse de juerga y beber que asistir a clases de filosofía. Igual que el dilema que revela un juego que vendían para que uno mismo pudiera predecir su fortuna. Entre las muchas preguntas que podían hacer los angustiosos compradores estaba: “¿Me pillarán cometiendo adulterio?”. Y entre las muchas respuestas posibles que podía recibir (dependiendo de cómo cayeran los dados) estaba la más prudente y realista: “Sí, pero todavía no”.
Al otro lado de la cuerda de equilibrista, sin embargo, se encuentra un territorio completamente ajeno. Parte de él es bien conocido. La institución del esclavismo trastocaba cualquier idea de lo que constituía un ser humano. La suciedad era estremecedora. En la antigua Roma y en todas las ciudades antiguas en general no existía apenas ningún sistema fiable de recogida de residuos, y se hablaba de perros vagabundos que entraban en cenas de lo más elegante llevando en la boca trozos humanos que habían cogido en la calle. Por no hablar de las carnicerías que eran los combates de gladiadores ni las muertes por enfermedades cuya cura hoy damos por descontada. Más de la mitad de los romanos morían antes de cumplir 10 años. El parto era tan letal para las mujeres como la guerra para los hombres.
La antigua Roma sigue siendo relevante por razones muy distintas; sobre todo, porque los debates romanos nos han proporcionado un modelo y un lenguaje que siguen definiendo nuestra manera de entender el mundo y reflexionar sobre nosotros mismos, desde la teoría más elevada hasta el humor más chabacano, capaces de provocar risa, asombro, horror y admiración más o menos en la misma medida. Desde luego, la cultura occidental no es sólo heredera del pasado clásico, ni querríamos que lo fuera. Por fortuna, hay muchas y variadas influencias que forman nuestro tejido cultural: el judaísmo, el cristianismo y el islam no son más tres de las más conocidas. Ahora bien, al menos desde el Renacimiento, muchas de nuestras premisas sobre el poder, la ciudadanía, la responsabilidad, la violencia política, el imperio, el lujo, la belleza e incluso el humor se han formado y puesto a prueba en un diálogo con los romanos y sus textos.
Lo vemos en el vocabulario de la política moderna, desde los senadores hasta los dictadores, y en las frases hechas y los tópicos. “Desconfío de los griegos incluso cuando traen regalos” es la advertencia que Virgilio, en la Eneida, pone en boca de un anciano troyano al ver aparecer el famoso caballo de Troya, un regalo-trampa de sus enemigos griegos. Y la palabra plebeyo sigue utilizándose como insulto.
Lo vemos también en la geografía política de la Europa actual. La razón principal de que Londres sea la capital del Reino Unido, pese a tener una situación incómoda en muchos sentidos, es que los romanos hicieron de ella la capital de la provincia de Britannia, una región peligrosa, decían, al otro lado del gran océano que rodeaba el mundo civilizado. Gran Bretaña es, en muchos sentidos, una creación de Roma.
Sin embargo, lo que hemos heredado de Roma por encima de todo son muchos de los principios fundamentales y los símbolos con los que definimos y debatimos la política y la acción política. El asesinato de Julio César en los Idus de marzo del año 44 a. C. fue, en realidad, una operación chapucera. Pese al glamour que da a la conspiración la versión de Shakespeare, el cabecilla era Marco Junio Bruto, un tipo nada atractivo, cuyo único motivo de fama hasta entonces había sido sacar casi un 50% de interés de los préstamos a los desgraciados habitantes de Chipre.
El asesinato causó varias víctimas inocentes por lo que llamaríamos fuego amigo. Y a medio plazo, no erradicó el poder unipersonal, como esperaban los asesinos, sino que contribuyó a reforzarlo. Aun así, entre otros gracias a Shakespeare, es desde entonces el modelo y la justificación para acabar con los tiranos en nombre de la libertad. No es casualidad que John Wilkes Booth usara Idus como clave para el día en el que planeaba matar a Abraham Lincoln. Casi todos los magnicidios cometidos en la política occidental han tenido como telón de fondo los Idus de marzo.
Lo importante aquí es el debate, no la resolución. La antigua Roma no es una lección sin más, ni tampoco una civilización a la que debemos admirar y estar agradecidos. En el mundo clásico —tanto Roma como Grecia— hay mucho que reclama nuestro interés. Pero otra cosa es la admiración. Después de 50 años de trabajar sobre y con ellos, tengo que controlarme cuando oigo hablar de los “grandes” conquistadores romanos o incluso el “gran” imperio romano. Desde luego, no se lo parecía a quienes se encontraban con la espada de un romano en su garganta. No obstante, los debates romanos están en la base de los nuestros, y lo estuvieron en los de nuestros predecesores, que a su vez nos dejaron sus propios problemas, soluciones e interpretaciones. No sólo me refiero a Catilina y las libertades civiles, sino también a las anécdotas morbosas y a menudo ficticias de los emperadores, que han inspirado nuestras opiniones sobre la corrupción política y los excesos y las justificaciones, malas y buenas, de la expansión imperialista y la intervención militar.
La historia de Roma se reescribe sin parar. Es una labor en marcha, y siempre hay que corregir los mitos y las medias verdades de los que vinieron antes, como sin duda habrá que corregir los nuestros. En mi opinión, lo que más debemos revisar es la idea unívoca de los romanos como matones. Tiene una forma inocua y humorística, en las historias del valiente Astérix y sus enfrentamientos con las legiones romanas (que es la primera imagen que tenemos casi todos). Pero resulta mucho más engañosa cuando se disfraza en la respuesta a algunos de los mayores interrogantes sobre la Roma antigua. ¿Cómo consiguió una ciudad a orillas del Tíber, pequeña, corriente y sin grandes ventajas, llegar a dominar la península itálica y la mayor parte del mundo conocido? ¿Tal vez, como se dice muchas veces, no era más que una comunidad entregada a la agresión y la conquista, construida sobre los valores del triunfo militar y poco más?
La realidad es que los romanos no empezaron su andadura con un grandioso plan de conquistar el mundo. Acabaron por justificar su imperio por un destino manifiesto, y Virgilio utilizó su épica nacional, la Eneida, para hacer en retrospectiva que Júpiter profetizara que Roma iba a ser “un imperio sin límites”. Pero los motivos iniciales de sus conquistas no son tan fáciles de discernir. De lo que no cabe duda es de que, al adquirir su imperio, los romanos no se dedicaron a avasallar cruelmente a unos pueblos inocentes.
La conquista romana fue despiadada, desde luego. La campaña de César en la Galia se ha comparado, no sin razón, con un genocidio, y varios romanos la calificaron como tal en aquel entonces. Uno de los rivales políticos de César llegó a sugerir que se le juzgara por crímenes de guerra y que el jurado lo formaran miembros de las tribus a las que había derrotado. Sin embargo, Roma se expandió en un mundo que no estaba formado por comunidades que convivían en paz, sino que estaba plagado de violencia endémica, centros de poder apoyados en la fuerza militar y pequeños imperios. Casi todos los enemigos de Roma eran tan militaristas como los romanos y, desde nuestro punto de vista, igual de sádicos. Por eso es un problema la imagen de Astérix, que indica que los adversarios de César en la Galia contaban con el ingenio, la inventiva, la poción mágica y poco más. Un griego que visitó la Galia varias décadas antes de la invasión de César contó que había visto cómo colgaban las cabezas de los enemigos como trofeos delante de las cabañas.
Lo que necesita explicación no es el carácter militarista de los romanos o su agresividad psíquica, sino por qué, en un mundo en el que todos eran violentos, los romanos triufaban más que sus enemigos y rivales. La respuesta tiene poco que ver con tácticas superiores e incluso mejor material militar; está más relacionada con el número de soldados sobre el terreno. Al menos en sus primeros siglos, la costumbre habitual de Roma, única en el mundo antiguo y en la mayor parte del moderno, era convertir a los que había derrotado en ciudadanos romanos y transformar a los viejos enemigos en aliados y futura mano de obra. Fue un imperio construido —y eso era en lo que debían de confiar los desesperados refugiados en el Danubio, cuando hacía ya mucho tiempo que esta política era ya impracticable— sobre la base de ofrecer la ciudadanía e incorporar a los extranjeros.
Fue además un imperio en el que las críticas más duras procedían de los propios romanos. Roma no fue simplemente la hermana pequeña, primitiva y revoltosa de la Grecia clásica, en la que sólo se dedicaban a la ingeniería, la eficacia militar y el absolutismo, frente a unos griegos que preferían la curiosidad intelectual, el teatro y la democracia. A algunos romanos les convenía fingir que era así, y a muchos historiadores modernos les ha convenido presentar el mundo clásico como una mera dicotomía entre dos culturas muy diferentes. Pero es un error en los dos sentidos. Las ciudades-estado de Grecia estaban tan deseosas de ganar batallas como los romanos, y en su mayoría tenían muy poco que ver con el breve experimento democrático de Atenas. Y varios escritores romanos no sólo no defendieron el poderío imperial, sino que analizaron con agudeza los orígenes y las repercusiones de sus intervenciones en el mundo.
La historia de Roma duró más de mil años (más de dos mil si tenemos en cuenta los siglos del imperio bizantino en Oriente). Para bien o para mal, Roma está enraizada en nuestras tradiciones políticas, culturales y literarias, en nuestras formas de pensar. No es arriesgado decir que, desde el año 19 a. C., no ha habido un solo día en el que alguien, en alguna parte, no haya leído la Eneida, y no hay muchos otros libros, aparte de la Biblia, de los que se pueda decir lo mismo. No pretendo formar un club de fans de la antigua Roma. No hacemos ningún favor a los romanos considerándolos héroes, pero tampoco demonizándolos. Y no nos haremos ningún favor a nosotros mismos si no los tomamos en serio y renunciamos a nuestra larga y complicada conversación con ellos.
Mary Beard es autora de 'SPQR: A History of Ancient Rome', cuya publicación en español está prevista para mayo. © Mary Beard. Traducción de María Luisa Rodríguez Tapia.

viernes, 3 de junio de 2011

PRENSA. "Están locos los romanos", reportaje.

   En "El País":
Están locos los romanos

   Les debemos mucho, pero nos separan cosas fundamentales

   JACINTO ANTÓN 22/05/2011

   Les debemos mucho, casi todo, a los romanos, vale. Recuerden las palabras de Reg, el líder del Frente Popular de Judea, sector oficial, en La vida de Brian -el discurso más celebrado del cine de sandalias después de la arenga del general Maximus (Gladiator) a los frates jinetes de sus turmae y el "¡arre!" de Ben Hur-: "Aparte del acueducto, el alcantarillado, las carreteras, la irrigación, la sanidad, la enseñanza, el vino (eso sí lo vamos a echar de menos), la ley y el orden, ¿qué han hecho los romanos por nosotros?". Roma caput mundi, aeterna urbis, aurea Roma, civis Romanum sum, Romanus sedendo vincit... De acuerdo, de acuerdo. Pero tras la nueva invasión romana que vivimos, la enésima, manifestada en libros de toda clase, películas y series de televisión -hasta La Fura dels Baus se pone romana-, una sospecha empieza a aflorar en nuestros latinos corazones: ¿de verdad nos parecemos tanto?, ¿somos tan romanos realmente?, ¿ese mundo que aparece ante nuestros ojos en páginas, pantallas y escenarios es el nuestro?
   Es difícil identificarse, aceptémoslo, con la hosca facilidad de Quintus Dias, el protagonista de la sangrienta película Centurión, para matar a punta de gladio pictos y brigantes; con el sexo morboso y cruel de las matronas de Spartacus -quien haya visto con su hija adolescente la escena de la serie en que las damas obligan a copular ante ellas a un gladiador y a una esclava tardará en olvidarlo ("pues vaya con la antigüedad, papi"), por no hablar de conseguir que la niña lea luego a Ovidio-. Cuesta, decía, sentir afinidad con la despiadada astucia del resucitado pretor Galba en la segunda temporada de Hispania o con platos como las vulvas de cerdo à la Lucio Vero (envenenadas). ¿Un espejo, Roma? Vae!, ¡ay!
   ¿Qué es lo que más nos impactaría de la Roma clásica si pidieramos viajar hasta ella?, le pregunto a la gran y amena historiadora Mary Beard, autora de Pompeya o El triunfo romano (ambas en Crítica). "Oh, la suciedad y el olor pestilente, y la pobreza... detrás de la rutilante fachada de mármol".
   Lindsey Davis es otra de las personas que más nos han acercado al mundo romano, ella desde las novelas del detective Falco, la XX de las cuales, Némesis, es novedad, como lo es la indispensable Marco Didio Falco, la guía oficial, una delicia enciclopédica para sus muchos seguidores (ambas en Edhasa). Al interrogar a la autora sobre esa extrañeza que nos provocan los romanos, contesta: "Yo he basado mis libros precisamente en la creencia de que los romanos eran como nosotros. Pero siempre digo que hay dos áreas en que su mundo difiere radicalmente del nuestro: la arena (los combates de gladiadores y con animales) y la esclavitud. Desde luego, hay también otra: la posición legal de la mujer, que tenía que ser representada en muchas ocasiones por el cabeza de familia. Muchas ocupaciones le estaban vetadas: ¡de haber vivido entonces yo no me podría ganar la vida como lo hago!".
   Davis, noblesse oblige, aprovecha para criticar que en el filme La legión del águila -basada en la conmovedora novela de Rosemary Sutcliff-, el protagonista porta la espada en el lado izquierdo cuando lo preceptivo en el ejército romano era llevarla siempre en el derecho. Ahí queda el dato.
   Aparte de que no existían en el mundo romano el café, el té, el chocolate, las patatas o los tomates (¡un mundo sin todo eso no puede ser el nuestro!), nos choca mucho lo poco que valía la vida, sobre todo si eras un esclavo, "un animal con habla", como dice que los consideraban la arqueóloga Isabel Rodà, directora del 'Insituto catalán de Arqueología Clásica' (ICAC): cuando uno de los suyos rompió sin querer una copa de cristal, Vedio Polión ordenó que lo echaran al estanque de las morenas, a las que había acostumbrado a comer carne humana (ya ven que la historia no se la inventó Robert Harris en Pompeya).
   El gran historiador Paul Veyne dice en Sexe et pouvoir à Rome (Tallandier, 2005) que lo que más nos sorprendería de vernos súbitamente trasladados a la antigüedad romana es la violencia, "una brutalidad que corta el aliento". Violencia no solo en el anfiteatro sino en todas las facetas de la vida. No en balde, señala, en las fasces el símbolo de Roma era un hacha de decapitar rodeada de varas para azotar. La mayoría de los grandes líderes políticos romanos tenían experiencia militar de combate cuerpo a cuerpo y habían matado con su propia mano.
   No había nada en aquel mundo similar a nuestro humanitarismo. El infanticidio era habitual. Y el abandono de los niños tan corriente que suponía el principal suministro de los mercaderes de esclavos, por encima de los prisioneros de guerra.
   No entenderían los romanos que nos parecieran mal los combates de gladiadores, la atroz hemorragia de la arena (Beard calcula que el número habitual de gladiadores en el imperio ascendía a 16.000, ¡el equivalente a tres legiones!). Así que de prohibir los toros, ya ni hablemos. No existía algo que nos parece tan esencial como los derechos humanos, una conquista muy reciente, conque los derechos de los animales... Augusto envió al circo para su escabechina a 420 leopardos y 36 cocodrilos, según Plinio. César, 20 elefantes y 600 leones. Cómodo mató él mismo en un espectáculo cinco hipopótamos, dos elefantes, un rinoceronte y una jirafa. "Nos sorprende de los romanos su prepotente sentido de dominio de la naturaleza", apunta Rodà.
   El espectáculo de la violencia y la crueldad resultaba casi anodino en Roma, trivial. Cuando de niño Caracalla prorrumpió en sollozos en el Coliseo asustado por los alaridos de un condenado a las fieras -damnatio ad bestias- que estaba siendo despedazado por un tigre, la muchedumbre se conmovió... del llanto del futuro emperador, no del pobre tipo supliciado. Nunca hubo cosa tal como una campaña para la abolición de los shows de la arena. Ni siquiera protestas. A Marco Aurelio no le gustaban las luchas de gladiadores, pero porque las encontraba aburridas. "Las fronteras éticas de los romanos estaban situadas en lugares diferentes de las nuestras", recalca Beard.
   Entre la gran cosecha reciente de libros de romanos -que incluye títulos como La prisionera de Roma (Planeta), en la que José Luis Corral novela la vida de Zenobia, la reina de Palmira; el imprescindible Manual del soldado romano (por fin en castellano, en Akal), de Matyszak o La cosecha por la libertad (Edhasa), con la que Simon Scarrow, el autor de la feroz saga sobre las legiones centrada en los centuriones Macro y Cato, abre una nueva serie ¡juvenil! protagonizada por un gladiador adolescente-, destaca Gabinete de curiosidades romanas (Crítica, 2011). Su autor, J. C. McKeown, profesor universitario de Clásicas en EE UU, ha recogido en un volumen fascinante "relatos extraños y hechos sorprendentes" del mundo romano. Su lectura resulta muy ilustrativa para ver hasta qué punto los romanos eran diferentes de nosotros.
   ¡Qué cosas creían! Que a las serpientes les gusta el vino, que las cabras respiran por las orejas... El propio Plinio, que se vanagloriaba de su espíritu científico, daba crédito a los prodigios más disparatados, como que cuando fue derrocado Nerón, un olivar del emperador cruzó la vía pública -también refiere la creencia de que si uno se pone una lengua de hiena entre la planta del pie y la suela del zapato no le ladran los perros-.
   Hacían mucho caso los romanos, pueblo supersticioso donde los haya, a los presagios y sueños. "Era por falta de una religión intimista", señala Rodà, "la religión oficial era ceremonial y no podía satisfacer las necesidades más profundas, así que estaban pendientes de presagios y se cargaban de amuletos". Artemidoro de Daldis, autor de una Intepretación de los sueños, apunta que soñar que uno es crucificado anuncia al soltero que va a casarse (!). Dión Casio da cuenta del infausto augurio que pareció a César el que cuando perseguía al ejército de Pompeyo sus estandartes aparecieran infestados de arañas. Marco Aurelio, un tipo que parece tan cabal, hizo arrojar al Danubio dos leones vivos para propiciar su guerra contra los marcomanos. Para Mary Beard la historia más estrafalaria del mundo romano es la del banquete ofrecido por Heliogábalo en el que la lluvia de pétalos de rosa lanzada sobre los comensales fue tan copiosa que los asfixió. "Es una historia fuerte, pero ofrece una gran advertencia acerca del emperador: ¡su generosidad puede matarte!".
   Los romanos, a los que tenemos por tan limpios, no usaban jabón para lavarse sino aceite de oliva. Los retretes domésticos eran una excentricidad (y estaban junto a las cocinas, y no tenían puertas). Lo habitual era usar las letrinas públicas, sin ninguna privacidad. Curioso. Incluso los insultos romanos nos suenan extraños: Domicio Corbulón llamó a Cornelio Fido en el Senado "struthocamelus depilatus", "avestruz pelado", vamos, ni el capitán Haddock. ¿El sexo? "Somos más mojigatos que ellos en relación con el placer y el cuerpo", opina Rodà. "Había menos tabúes. No tenían el concepto de pecado y culpa que es nuestra herencia judeocristiana". A ver quién colgaría hoy en su casa un tintinnabulum, una campanita, con forma de pene...
   Hay muchas cosas que damos por sentado de los romanos, pero que no son ciertas. Por ejemplo, apunta Mary Beard, que usaran habitualmente togas. "La toga era una vestimenta formal, no algo para cada día". La historiadora detesta que le pregunten (como le ocurre siempre) qué llevaban debajo de la ropa los romanos. Ahí va la respuesta: subligaculum. Con lo fácil que es decir calzoncillos y bragas...
   Eran, parece, los romanos, poco dados a la introspección o al análisis psicológico. La corrupción y la prevaricación reinaban a gran escala, eso nos sorprende menos, pero había un fenómeno que nos resulta estrambótico, el evergetismo: el mecenazgo sobre el dominio público. Los ricos ofrecían servicios a la comunidad -a cambio de clientelismo político-. Los anfiteatros, las termas, la mayoría de los monumentos públicos eran pagados y donados a la ciudad por los poderosos. Como si el metro o la red eléctrica los regalara un particular. No existía una verdadera policía (aunque siempre podías llamar a Falco) y la única manera de conseguir justicia era a menudo tener un buen patrón o una banda de amigos que te echaran una mano: sí, mafiosillo. La serie Roma, que ahora se repone, da una imagen ajustada de eso.
   ¿Qué decir de la forma en que hacían la guerra los romanos? Salvaje. La guerra total. Las legiones eran una verdadera picadora de carne. Se calcula que la conquista de la Galia por César costó un millón de vidas. El propio Julio anota que en una batalla "casi la totalidad de la tribu de los nervios fue exterminada y con ella su nombre". Como dice Tácito que dijo el cabecilla britano Calgatus, "crean un desierto y lo llaman paz".
   "Odio et amo: nuestra visión de Roma puede ser muy ambivalente", resume Isabel Rodà. "Los romanos llevaron al mundo una modernidad y un confort, una calidad de vida, que no hemos recuperado luego hasta el siglo XX, por no hablar del derecho, pero no podemos idealizarlos. Estamos separados: nosotros somos producto de muchas fases intermedias, y del cristianismo". Acabamos con un testimonio de excepción: ¡el del mismísimo Galba! "Me siento bien con la coraza, da empaque", dice Lluís Homar que se ha metido con ganas una segunda temporada en la piel del pretor. Aunque eso no le hace perder la perspectiva: "Los romanos eran diferentes, no te quepa la menor duda; mientras nosotros debatimos sobre el boxeo o los toros, ellos no tenían ningún reparo en emplear la fuerza bruta, ni en convertir la violencia en espectáculo. Los devolvemos a la vida en la ficción, pero su tiempo ha pasado".

   Sexus
   - Se rumoreaba que la emperatriz Faustina había concebido a Cómodo de un gladiador. Y que Marco Aurelio, siguiendo el sabio consejo de los adivinos, lo había hecho matar, obligado a su mujer a bañarse en la sangre y luego la había tomado sexualmente. Eso no salía en Gladiator...

   - Catón de Útica, modelo de virtud romana, prestó su mujer a un amigo (íntimo, este sí) y la volvió a desposar después.

   - La homosexualidad pasiva era un delito en un ciudadano, pero en el esclavo era un deber si el amo lo exigía. Ostras y caracoles, ya se sabe.

   - No se clasificaba a la gente por el género del partenaire sino en función de si al practicar el sexo se era la parte activa o pasiva. O se tomaba el placer virilmente o se daba servilmente.

   - Hacer una felación era un acto vergonzoso. El cunnilingus aún más, infame. La homosexualidad femenina estaba categóricamente prohibida. Tampoco gustaba (socialmente) que la mujer cabalgara al hombre: le molestaba mucho a Séneca.

   - El principal sistema anticonceptivo romano era el agua fría. hasta el punto de que una mujer que hacía el amor se denominaba una mujer lavada (puella lauta) y la que lo hacía mucho, una mujer húmeda (puella uda)

   - Dión Casio explica el caso de una prostituta que hacía de leopardo para un senador.

martes, 24 de mayo de 2011

PRENSA. 24 mayo 2011

   En "El País".

1. ERE. Columna de Rosa Montero.

2. Empobrecimiento. Por Enrique Vila-Matas.

3. La hora del arquitecto joven y la vivienda útil. Reportaje de Anatxu Zabalbeascoa. La crisis acaba con el culto a las construcciones de las grandes estrellas - Las nuevas generaciones copan hoy los premios internacionales - Frente al genio y la osadía, se demanda eficacia.

4. "No era la primera amenaza, pero Silvia no se esperaba esto". Por Carmen Morán. Un hombre mata al padre, al hermano y al novio de su expareja y hiere a esta y a su madre en presencia de sus hijos en una comarca minera asturiana.

5. Fecha límite: 2016. Artículo del escritor Rafael Argullol.

6. ¿Y quién administra la indignación? Artículo de la periodista y escritora Irene Lozano.

7. Un diccionario reúne términos amatorios de la literatura latina. por Lucía Vallellano.

   En "El Día de Córdoba":

8. CINE. La huida de la realidad. Crítica de la última película de Woody Allen, Midnight en París".

jueves, 5 de mayo de 2011

PRENSA. "Dedicado a la Bona Dea", por Alejandro Ibáñez Castro

   En "El Día de Córdoba":
Dedicado a la Bona Dea

Alejandro Ibáñez Castro 04.05.2011

   En el calendario poético de Ovidio el mes de mayo está dedicado a la Bona Dea o Maia, la diosa de la fertilidad. Las numerosas ceremonias de todo tipo como las excursiones campestres con cortejos acompañados por música y gran pompa con los que los romanos festejaban el renacimiento de la vida vegetal, la primavera, se atribuyen al legendario Rómulo, creador de los juegos florales de mayo en honor de su hermano Remo, para compensar el remordimiento de su asesinato. Nuestra provincia conserva un ingente Patrimonio Cultural formado por bienes materiales tangibles, arquitectónicos, arqueológicos, artísticos… que se consideran "aceptablemente" protegidos mediante diversos planes y estrategias pero también una amplia muestra del llamado Patrimonio Cultural Inmaterial, patrimonio viviente; es decir, prácticas, representaciones, expresiones, conocimientos y habilidades, así como instrumentos, objetos y artefactos, y espacios culturales asociados con los mismos capaces de proporcionar un sentido de identidad. El mes de mayo de la provincia de Córdoba, con sus cortejos festivos, romerías,cruces, vírgenes y patrones de los agricultores, es un amplio catálogo de costumbres atávicas que un pueblo inteligente conserva con objeto de garantizar un futuro bien asentado en sus raíces culturales.
   Otra práctica ancestral es la fiesta de las cruces. Según la leyenda, Constantino I El Grande, ante una batalla con los bárbaros, tuvo la visión de una brillante Cruz y sobre ella las palabras in hoc signo vincis (con esta señal vencerás). Construyó una cruz, la puso al frente de sus tropas y venció al enemigo. Tras convertirse al cristianismo enviaría a su madre, la futura santa Elena, a Jerusalén en busca de la verdadera cruz, hallándola en los primeros días de mayo, razón por la que la fiesta se celebra estos días. También se dice que esta conmemoración procede de un festejo pagano de culto al árbol, las fiestas en honor a Flora, que los romanos celebraban entre el 28 de abril y el 3 de mayo. Más tarde las autoridades eclesiásticas transformarían la celebración pagana del culto al árbol, las mayas, en la del culto a la Cruz y que ratificaría Carlos III con una Cédula Real prohibiéndolas, aunque desde entonces comenzarían a confundirse ambas y de esta fusión nació su carácter festivo, y sagrado, convirtiendo el símbolo del mayo-árbol en el de mayo-cruz. El pueblo, siempre sabio, supo acoger a una fiesta nueva que tenía mucho que ver con su fiesta ancestral.
   Tal vez menos antigua podría considerarse la fiesta de los patios, sin que ello suponga que el patio cordobés deje de ser una vieja herencia cultural que procede de la etapa islámica de la ciudad en la que gran parte de la vida doméstica, comer y estar, se realiza en este privilegiado espacio doméstico que asegura, por un lado, la ventilación y la iluminación y, por otro, la intimidad familiar con respecto al exterior. Puede buscarse un precedente en las domus romanas que, como las griegas, organizaban sus distintas estancias en torno a un patio central porticado con un aljibe para recoger el agua de lluvia dado que las casas romanas debían abastecerse de las fuentes públicas. Las casas más poderosas tenían un segundo patio con jardín y una exedra donde se celebraban las cenas en verano. El patio de las casas musulmanas, sin embargo, no está basado en los jardines entendidos al modo romano o actual que representan siempre un lujo añadido y, además, casi nunca lo encontraremos centralizado en la parcela urbana y visible desde la calle.
   Paseando la ciudad observamos las dos herencias culturales a simple vista. Aquellos patios que vemos directamente desde la calle son un legado romano que, curiosamente, se pone de moda en el siglo XVII. En el Renacimiento, el gusto por lo clásico se quedó en las portadas. Luego, con el fachadismo del siglo XIX, aparece la reja de hierro que deja ver el patio desde la calle. El patio de origen musulmán es distinto, íntimo, invisible al exterior, como muchos de los patios más populares actuales. El visitante podrá detectar este origen cuando observe que nunca accede a él de directamente desde la calle, siempre hay algún recodo. Actualmente perviven los dos tipos, el central, visible desde el exterior y casi siempre en casas solariegas y el de origen musulmán, más íntimo, que se aparta de la vista pública. El refinamiento islámico, que impone el patio como centro de la vida cotidiana en la época califal, llegará a su punto más álgido con Alhaken y la dinastía abasida, más orientalista y noble, con un segundo patio, más privado todavía y dedicado al puro solaz que recuerda a los peristilos romanos.
   Aunque ambos tengan la finalidad de iluminar y ventilar, la cultura islámica, y luego mudéjar, aporta otra gran singularidad, la presencia del agua mediante fuentes, canalizaciones, acequias y pozos que prolongan en un ambiente urbano la vinculación del hombre con la tierra, la huerta. Este espacio hidráulico que es el patio-huerta llegaría a producir excedentes que se vendían a la calle, tradición que, curiosamente, se conservó en los huertos de los conventos. Mientras el patio barroco incorpora una fuente central, recuerdo del impluvium romano, el de influencia musulmana se convierte en una estilización y refinamiento de las añoradas huertas y la presencia del agua asegura la vida de los frutos, ahora flores. Incorpora plantas útiles a la vida cotidiana como albahaca o hierbabuena, naranjos o limoneros que, además de su uso culinario, perfuman el ambiente.

viernes, 6 de marzo de 2009

FRANCÉS. CULTURA CLÁSICA. GASTRONOMÍA ROMANA

Entre la historia y la gastronomía, el sitio francés La Cuisine Romaine organiza un viaje culinario un tanto exótico. Sólo hay que recostarse en un triclinium virtual y contemplar alimentos y recetas del pasado romano.

martes, 20 de enero de 2009

BIBLIOTECA. MISTERIOS ROMANOS




Misterios romanos es una colección de doce títulos, escritos por Caroline Lawrence. A través de divertidas historias de detectives, los alumnos aprenderán cómo era la vida en la antigua Roma.

En la biblioteca tenemos los siguientes títulos:

ASESINOS EN ROMA
LOS GLADIADORES DE CAPUA
LOS SECRETOS DEL VESUBIO

BIBLIOTECA. LIBROS PARA DESCUBRIR A LOS CLÁSICOS




La editorial Akal tiene una colección que consiste en una lectura con juegos para descubrir a los clásicos. En la biblioteca, se encuentran los siguientes títulos:

EDIPO
ERIK Y HARALD, GUERREROS VIKINGOS
JASÓN Y EL VELLOCINO DE ORO
JULIO CÉSAR. LA GUERRA DE LAS GALIAS
LANZAROTE. LOS CABALLEROS DE LA TABLA REDONDA
LOS VIAJES DE ULISES
SHEREZADE. LAS MIL Y UNA NOCHES

Son lecturas adaptadas que incluyen juegos y documentación, y permiten al alumno:
--comprobar la comprensión del texto a partir de preguntas simples, pero fundamentales sobre la acción, los personajes y el sentido de las palabras importantes;
--memorizar el vocabulario, respondiendo a las charadas o resolviendo los crucigramas;
--hacerse con un caudal de conocimientos culturales, gracias a la gran cantidad de informaciones relacionadas con la civilización, la cultura o el contexto histórico en el cual se inserta el relato.