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lunes, 1 de febrero de 2016

CINE. HISTORIA. HOLOCAUSTO. Crítica de "El hijo de Saúl". Carlos colón

   En "El Día de Córdoba":
CRÍTICA DE CINE

Una obra maestra que representa el horror como nunca se ha hecho

CARLOS COLÓN | ACTUALIZADO 31.01.2016
zoom
László Nemes rodando con la cámara al hombro y a escasa distancia de su actor principal, Géza Röhrig.
EL HIJO DE SAÚL 

Drama/Holocausto, Hungría, 2015, 107 min. Dirección: László Nemes. Guión: László Nemes, Clara Royer. Fotografía: Mátyás Erdély. Música: László Melis.Intérpretes: Géza Röhrig, Levente Molnár, Urs Rechn, Sándor Zsótér, Todd Charmont, Björn Freiberg, Uwe Lauer. El Tablero.

Claude Lanzmann, autor de Shoah, la obra documental definitiva sobre el Holocausto, fue invitado a Cannes para asistir a la presentación de El hijo de Saúl, ópera prima del realizador húngaro László Nemes. Que Lanzmann, a sus 89 años y tras haber dedicado once de ellos a la realización de Shoah, le dijera a Nemes durante la proyección "usted es mi hijo" supone, en mayor medida que los muchos premios obtenidos -entre ellos el Gran Premio del Jurado de Cannes, el Globo de Oro y la nominación al Oscar-, el reconocimiento del rigor, seriedad, hondura, respeto y calidad deEl hijo de Saúl.

Dejo la palabra al propio Lanzmann, el juez más autorizado para valorar una obra de ficción sobre el Exterminio: "László Nemes ha creado algo nuevo en cine. Ha tenido la inteligencia de no intentar escenificar el Holocausto. Sabía que ni podía ni debía. El hijo de Saúl no es una película sobre el Holocausto, sino sobre lo que era la vida de los Sonderkommandos. Una vida muy corta. En la película son Sonderkommandos húngaros, llegados con los convoyes de judíos húngaros. Vivían experiencias espantosas. Los nazis los liquidaban cada poco tiempo y ellos lo sabían. Siempre he sostenido que es imposible representar la Soah porque no es concebible recrear la muerte en las cámaras de gas. Aquí no se trata de eso. El realizador se centra en estos comandos especiales encargados de la tarea atroz de forzar a otros judíos a desvestirse y entrar en las cámaras de gas. En Auschwitz, en las cámaras de gas de los crematorios 2 y 3, se hacía entrar a 3000 personas a la vez, hombres, mujeres y niños. Los comprimían a golpes hasta que no quedaba espacio entre ellos. Se cerraban las puertas y cuando caía el Zyklon B por las aberturas todos empezaban a asfixiarse. Como el gas subía de abajo hacia arriba el instinto hacía que los deportados se pisotearan entre ellos intentando respirar. Morían en la oscuridad, sin saber ni tan siquiera dónde estaban porque los gaseaban a las dos horas de llegar. Ese era el verdadero infierno de las cámaras de gas. ¿Cómo podría reconstruirse?".

Pues, como Lanzmann ha reconocido consagrando a esta película como la más cierta aproximación de la ficción al horror del Exterminio [en mi opinión junto a La zona gris de Tim Blake Nelson, pero superándola en rigor y dureza], László Nemes, pese a ser un debutante, lo ha logrado a través de una invención visual genial: durante toda la película el protagonista se mantiene en primer plano y se aprovecha la profundidad de campo con un ligero desenfoque para filmar el horror infilmable: cuerpos que llegan vestidos en los trenes, se desnudan, son empujados a las cámaras de gas, sacados de ella como sacos, transportados en elevadores y quemados. Una cadena que nunca cesa: trenes que no dejan de llegar, corredores por los que no dejan de ser empujados a palos miles de personas desnudas, cámaras de gas que solo están vacías cuando entre una matanza y otra se baldea la sangre para que los siguientes crean que son unas duchas, elevadores siempre subiendo cadáveres, hornos que nunca se apagan. Esto es lo que muestra sin profanarlo Nemes como un fondo dantesco, incesante, gracias al uso magistral de la profundidad de campo.

El detalle de este horror lo confía a una banda sonora genial de muy difícil construcción en la que no hay una sola nota de música y apenas diálogos -¿qué puede decirse allí?-, sino sólo órdenes ladradas, golpes, gritos desesperados, llantos de niños, estruendo de las puertas metálicas de las cámaras de gas cerrándose, golpes de las víctimas sobre ellas, alaridos de terror, blando golpear de desnudos cuerpos muertos cayendo sobre miles de otros cuerpos muertos; y, de principio a fin, el respirar incesante, industrial, de los crematorios. Como los judíos húngaros fueron exterminados casi al final de la guerra -se gaseó a 400.000 en tres meses- la fábrica de la muerte trabaja día y noche a un ritmo enloquecido que Nemes capta y transmite con una maestría que sobrecoge y deja exhausto, además de emocionalmente arrasado, a un espectador que, por primera vez en la historia del cine, puede sentir (no ver: sentir) algo remotamente parecido a lo que era aquel infierno sobre la tierra. Alemania sabía que había perdido la guerra y aceleraba las matanzas para culminar su misión histórica: asesinar a todos los judíos para erradicar, como dijo Hitler, la podredumbre de la compasión judía que alteraba la evolución de la especie humana, restableciendo la selección natural de los más fuertes. Anarquismo y nihilismo racial-zoológico se ha llamado a este proyecto que, desgraciadamente, no fue resultado de la locura sino de la racionalidad y la eficacia.


La película está basada en el libro Voces bajo la ceniza, formado por los testimonios escritos que algunos Sonderkommandos húngaros introdujeron en botellas que enterraron junto a los crematorios para dejar testimonio del horror. Ninguno sobrevivió. Las botellas fueron encontradas tras la liberación, algunas muchos años más tarde, y sus testimonios reunidos en este libro. A partir de ellos Nemes hace una audaz fusión entre la Tragedia -así, con mayúscula: desde su mismísimo origen griego en Príamo y Antígona- y el Holocausto, imprimiéndole el sello de la compasión judía. Porque en este lugar donde lo humano se ha eclipsado un sonderkommando recupera algo de la humanidad que han matado en él antes de asesinarlo (el suicidio entre los Sonderkommandos era frecuente y ninguno vivía más de seis meses) al sacar de la cámara de gas el cuerpo de un niño al que se empeña en librar del crematorio dándole un entierro digno, en el que un rabino rece el kadish (plegaria en memoria de los muertos). De esto trata El hijo de Saúl, una obra maestra que ha encontrado un modo de filmar lo no filmable.

viernes, 20 de noviembre de 2015

HISTORIA. "Sin respeto por la historia". Ángel Viñas

   En "publico.es":

Sin respeto por la historia

El siguiente texto es un fragmento de la introducción escrita por Ángel Viñas en la 'Revista de Historia Contemporánea Hispania Nova', que ha dedicado su número, íntegramente, a combatir la biografía de Franco escrita por el catedrático emérito de la Universidad de Wisconsin y conocido hispanista, Stanley G. Payne, y el periodista Jesús Palacios Tapias.  



Serrano Suñer, Franco y Mussolini, en 1941. | Efe
BRUSELAS.- La génesis de este número es bastante simple. Franco. Una biografía personal y política es el título de la obra sobre la que gravitan los artículos que lo componen. Salió al mercado en la segunda mitad de septiembre de 2014. Con ello logró la primicia de adelantarse casi un año al XL aniversario. Los motivos presumibles serán, sin duda, varios. Más adelante aventuraré alguna conjetura. Los autores explican que habían llegado a la conclusión "de que era el mejor momento de hacer un nuevo esfuerzo de descripción y evaluación (....) Nuestros lectores podrán juzgar si aportamos aquí datos significativos para la comprensión de la época de Franco en la historia de España".

Así, pues, Stanley G. Payne y Jesús Palacios (en adelante P/P) afirman inequívocamente que su obra da a conocer algo nuevo sobre una figura "compleja y polarizada". Se basan para ello en dos supuestos: "hemos tenido acceso a un buen número de nuevas fuentes (...) hasta la abundante información procedente de nuevas fuentes primarias". Ruego al lector de estas líneas tener presentes ambas declaraciones sobre las cuales haré algunas precisiones posteriormente.
Servidor procuró adquirir tan prometedora obra tan pronto como le fue humanamente posible. Llevaba años enfrascado en un estudio sobre el comportamiento de Franco, inducido a través de la evidencia primaria relevante de época (EPRE) que había ido recopilando penosamente desde 2010 en diversos archivos, españoles y extranjeros. No extrañará que tuviese el máximo interés en conocer cuanto antes lo que nuestros distinguidos biógrafos habían escrito sobre tan señera figura histórica por si se cruzaba con mi libro en elaboración. Es algo que, en general, los historiadores profesionales suelen hacer. Hay que estar al día, tener humildad y reconocer que uno no detenta la llave del arcón en el que duermen las incógnitas y los problemas de un pasado que no siempre es fácil de desentrañar.

Reconozco sin reserva alguna que mis esperanzas no eran grandes. Años antes los mismos autores habían aprovechado una serie de conversaciones con la hija del Caudillo, hoy duquesa de Franco, para esbozar una imagen biográfica del mismo. Ni el contenido de las conversaciones ni la imagen aportaron, en mi modesta opinión, nada espectacular o novedoso.

Al aparecer, pues, una biografía en buena y debida forma, y tratándose de un segundo intento, pensé que probablemente habrían convencido a la señora duquesa de que les dejase consultar los papeles privados de su padre que no parece que sean los que están ni en los archivos oficiales españoles ni en la Fundación Nacional Francisco Franco (FNFF).
Abrí así el libro en la ingenua creencia de que, si bien el antecedente no era demasiado
alentador, P/P podrían haber escrito en esta segunda ocasión una biografía de tono si no académico por lo menos mínimamente científico, riguroso, analítico. En todo caso algo que supusiera un avance historiográfico con respecto a la canónica obra de Paul Preston.

Confieso, sin tapujos, que mi desilusión fue total. Una rápida lectura, para ver qué es lo que del segundo producto podría incorporar a mi propio estudio sobre Franco, me hizo ver que el esfuerzo, sin duda denodado, que P/P habrán realizado no aportaba absolutamente nada con lo que enriquecer y mejorar mi análisis. Es más, a contrario sensu, a lo más que podía llegar era a verme en la necesidad de poner de relieve algunos de los más flagrantes y, a veces, grotescos errores, omisiones y falaces interpretaciones que chocaban con mi argumentación y sus soportes documentales. Para bien o para mal, esta tarea crítica la he llevado a cabo, aunque necesariamente de refilón, en un libro que se ha puesto en el mercado antes que aparezca en la red este número extraordinario.
La crítica, insisto que de refilón, no me hizo olvidar en ningún momento que la biografía escrita por P/P merecería un análisis más en profundidad. Lo que en ella figura, y lo que en ella se omite, forman un todo destinado, al menos así me pareció, a esculpir una interpretación más o menos presentable y, en el fondo, un tanto redentora del Caudillo y de su dictadura.

Por ejemplo, que P/P hagan de Franco un regeneracionista de, por así decir, última generación me dejó sin aliento. Que disminuyeran en todo lo posible el papel del Caudillo, aunque no puedan negarlo del todo, en quizá la más brutal y duradera represión multimodal que registra la historia española me repugnó profundamente. Que rellenasen centenares de páginas y no abordaran en absoluto los mecanismos de funcionamiento de la dictadura me pareció un fallo analítico imperdonable.

Que echaran salpicaduras aquí y allá, sin la menor trabazón, sobre la conexión de las políticas internas  de Franco con la evolución del entorno exterior me llenó de estupor. Que escribieran parrafadas enteras de una inanidad sobrecogedora sobre su visión del Caudillo de puertas adentro me llevó a pensar qué tipo de biógrafos pueden ser los que tan escasa curiosidad mostraban sobre la dinámica que permitió a SEJE (Su Excelencia el Jefe del Estado) hacerse con una cuantiosa fortuna por medios no demasiado éticos en un país ensangrentado por la guerra y en gran parte aterrorizado por la represión.

Su referencia al caso de Jordi Pujol colmó el vaso de mi paciencia. En definitiva en septiembre/octubre de 2014 llegué a tres conclusiones, quizá erróneas, pero de
las que no pude zafarme:

- El valor científico de la biografía escrita por tan notabilísimos y alabados autores es casi igual a cero. Como el de su libro anterior, solo que ahora envuelto en una actitud de gran pretenciosidad y en una supuesta objetividad aireada a los cuatro vientos para encubrir un trabajo banal.
- P/P probablemente lo que habrían querido es "hacer caja", aprovechándose de la cercanía del XL aniversario. Esto de por sí no es nada reprochable. ¿A quién no le gusta que sus libros se vendan cuanto más mejor? Por la caja, por la gloria o por el deseo de que los lectores conozcan sus opiniones, a lo que todo buen historiador aspira.
- Sin embargo, en este caso me pareció que lo que estaba en juego era el intento, un tanto cínico, de explotar al máximo una imagen de "gran hispanista" y ocultar oscuros, pero no borrados, antecedentes ideológicos. ¿Para qué? Verosímilmente para difundir una interpretación que vendiera bien en ciertos círculos de descendientes de quienes en España y en el extranjero siempre ayudaron a Franco.

Reproduzco mis impresiones de hace un año. No pretendo haber estado en lo cierto. Parto, sin embargo, del supuesto de que a los historiadores se nos juzga por nuestras obras y no por nuestras intenciones. A su vez, esas obras se valoran con arreglo a criterios hermenéuticos, metodológicos y heurísticos muy precisos. Para mí, tras una primera y urgente lectura, P/P suspendían en casi todos ellos.

Su afirmación de que la biografía está basada en documentación primaria y en un gran esfuerzo de acopio de la literatura relevante pertenece en buena medida al reino de la fantasía. Tal vez lo habrán anunciado con el fin de pescar incautos, que por desgracia abundan, pero no resiste la menor contrastación hecha con criterios profesionales.
La aseveración de que "casi 40 años después de su muerte, Franco y su larga dictadura aún no han quedado totalmente relegados para la Historia, sino que continúan levantando encendidas pasiones, al menos entre una parte de sus compatriotas" me hizo pensar si estaban realmente pensando en España o en, quizá, otro lugar. Porque me dio la impresión de que el gran hispanista norteamericano parecía haber olvidado el dictum de uno de los grandes literatos de su país, William Faulkner: "The past is never past. It´s not even past"

Pero la reseña crítica que pudiera hacer en alguna revista profesional o incluso en un medio de comunicación de los que también se leen en la red me pareció que no haría justicia a la obra. Si P/P no se han tomado en serio a Franco, la figura del Caudillo sí merece que se la tome muy en serio. Es lo que han hecho numerosos historiadores españoles y extranjeros, con frecuencia no aureolados con las distinciones y glorias académicas y profesionales de que hace gala el profesor Stanley G. Payne.

Conspiración y guerra

El papel de Franco como conspirador contra la República y su actuación en la guerra civil los ha abordado un discípulo y colega del tan llorado Gabriel Cardona. Juan Carlos Losada ha labrado su reputación como historiador militar, ámbito del que P/P no parecen tener demasiada idea. Su contribución es particularmente crítica de las interpretaciones de la biografía y, sin deleitarse en la considerable acumulación de errores en que la obra incurre, llega a un veredicto implacable: el valor de la misma es = cero.

Confieso estar de acuerdo con Losada. Es más, cabe reprochar a tan esforzados biógrafos que, como es habitual en su obra, no se les ocurra profundizar lo más mínimo en su más que pedestre interpretación en lo que toca a la superficialidad de los hechos. No solo no indagan en las interioridades (que ya van conociéndose de la conspiración y que algunos de los protagonistas de la época pusieron desde hace muchos años al descubierto) sino que omiten (una vez más) cualquier análisis crítico de la literatura disponible. Es difícil seguir manteniendo que hasta el último minuto Franco estuvo dubitativo (lo que, sin embargo, sería congruente con su prudencia innata y su dificultad en tomar decisiones) y que, además, quiso cumplir con su juramento de fidelidad a la República. Solo la imparable marcha hacia el estallido de la revolución izquierdista que P/P afirman que se avecinaba y la muerte violenta de Calvo Sotelo no le dejaron otra alternativa.

Naturalmente eluden indagar en las implicaciones de la instrucción reservada de Mola para el Ejército de África de finales de junio y se abstienen de explorar la prehistoria del vuelo del Dragon Rapide y su destino. Todo lo que afirman no tiene una sola referencia documental seria. Sobre el Franco en guerra se ha escrito mucho, pero nuestros autores tampoco están demasiado familiarizados con la moderna y más relevante literatura. Dado que, de nuevo, desarrollan su argumentación al nivel más elemental posible (no más elevado que el que adoptaría un alumno de tercero de grado) todo lo que huela mínimamente a análisis les es extraño. Llama la atención que para todo el período de la guerra solo haya cuatro (quiero decir, 4 y solo 4) referencias a documentos de la FNFF. Es decir que en el terreno más trabajado por la investigación empírica, que ha ido demostrando en los últimos años hasta qué punto habían quedado millares de documentos por explorar, el valor añadido de nuestros autores es o bien nulo o centrado en la tergiversación.

Algún lector pensará que estoy exagerando. Lejos de mí tal pecado. En menos de cinco páginas (pp. 242-246) P/P "despachan" el final de la guerra. Aparte de repetir como papagayos los consabidos mitos de la preponderancia comunista, del carácter lacayuno a los dictados de Moscú del Gobierno republicano y otras lindezas ni se les ocurre mencionar el canónico libro de los profesores Ángel Bahamonde y Javier Cervera (que tiene ya algunos añitos) ni, por supuesto, las investigaciones posteriores. Las referencias oblicuas a supuestas intenciones soviéticas solo tienen como fuente su imaginación. Y, si no, ¿por qué no las documentan? Porque documentarlas sí se podría. Varios historiadores han trabajado sobre documentos soviéticos. Entre ellos un norteamericano, Daniel
Kowalsky, a quien Payne dirigió su tesis doctoral (algunas malas lenguas dicen que también se aprovechó de ella). Pues bien, ¿creerá el lector que lo citan? Sería lo más normal, pero Kowalsky no figura en su larguísima relación de "nuevas" fuentes secundarias, esas que ensalzan tanto en el prólogo. Una casualidad.

Admitamos, a meros efectos dialécticos, que tal vez Payne haya reñido con él y que por
consiguiente haya caído en la fea tentación de ningunearlo. Obviamente no puedo saberlo ni me importa. Pero sí sé que Payne tampoco menciona a otro historiador, esta vez alemán, que al igual que Kowalsky y un servidor se molestó en trabajar en los archivos de Moscú. ¿Acaso no hemos descubierto entre los tres nada nuevo? Porque lo cierto que entre las obras que mencionan los admirables P/P no aparece ninguna que esté basada en la documentación soviética. El autor alemán al que me refiero se llama Frank Schauff. ¿Verá su nombre el lector en la grandiosa bibliografía que nuestros biógrafos dicen haber utilizado? Como el catedrático de Wisconsin cita, ocasionalmente, algún libro en alemán supongo que entenderá tal idioma. Ahora bien, si esto es así todavía en 2014 no se había enterado de que el libro de Schauff, disponible en español, data ya desde hace una buena porrada de años. En estas condiciones ¿cómo otorgar a P/P la menor credibilidad? Y ya, para terminar, ¿por qué no citar, al menos, el libro de los primeros autores españoles en haber trabajado en los archivos de la Komintern? Antonio Elorza es un historiador superfiable y la añorada Marta Bizcarrondo daba sopas con hondas a Payne y a Palacios en lo que atañe a interpretar la izquierda bolchevique española. Quizá es que todos estos temas les producen urticaria.

El vergonzoso tratamiento de la represión franquista

Si las patochadas relacionadas con los malvados negrinistas, comunistas y soviéticos son de antología la aportación de P/P queda a la altura del betún cuando acometen una auténtica "machada" historiográfica. La de intentar blanquear, en lo posible, uno de los "pecados capitales" que, según afirman, ennegrecen la imagen de Franco: su papel en la represión. No pueden evitar, claro es, entrar al toro pero se cuidan muy mucho de cuadrarlo. De entrada el capítulo que dedican a la represión es uno de los más cortos de la biografía (catorce páginas, de la 255 a la 269). La técnica que emplean es muy simple: por un lado practican la omisión masiva, en gran escala; por otro utilizan referencias a presuntas "autoridades" cuidadosamente seleccionadas.

No son muchas. Destacan personajes como Francisco Pilo o Julius Ruiz, profesor de la Universidad de Edimburgo. A este último P/P le caracterizan, nada menos, que como "el principal historiador de la represión de la posguerra" (pág. 693). [En este punto confieso que casi no puedo reprimir una sonrisa de conmiseración en vista de tanta ignorancia o, quizá, de tanta duplicidad].

Lo que cuenta es el efecto que nuestros distinguidos biógrafos quieren obtener. Así, al lector no informado que acuda a tan corto capítulo como fuente de información se le escapará sin duda el que el estudio de la represión franquista, de 1936 a 1975, se ha convertido en el capítulo más vibrante de la historiografía española en los últimos años. La "recuperación de la memoria histórica", unida al escándalo mayúsculo que supone la exhumación de las "fosas del olvido" (nunca expresión de este carácter fue tan ajustada a la realidad), más el hecho de que España disfrute del dudoso honor de ser el país que mayor cantidad alberga tras Cambodia, han avivado las ansias de conocer el negro pasado de muchos años de represión continuada.
No extrañará, por ello, que en este número de HISPANIA NOVA se haya realizado un esfuerzo especial para presentar a los lectores lo que a P/P no les ha pasado por la mente hacer: un resumen, dividido en tres aportaciones, de la panorámica general de la represión, desde 1936 a 1975. Sí, a 1975.

Procedemos cronológicamente. En primer lugar el Doctor José Luis Ledesma, uno de los expertos más notables de la violencia en la guerra civil, tanto franquista como republicana, sintetiza en su artículo sus objeciones a las cortas referencias que P/P dedican al tema. Ledesma publicará dentro de poco su tesis doctoral del Instituto Universitario Europeo (Florencia) pero ya antes de ello había escrito largo y tendido sobre esta temática. En todo caso, incluso el menos informado lector podrá comprobar que la vacuidad y el carácter esquivo y torticero del proceder historiográfico de P/P quedan más que demostrados en este artículo.

En segundo lugar este número ha podido contar con la contribución del profesor Francisco Moreno Gómez. Su último libro, La victoria sangrienta, me impactó de tal manera que le dediqué varios comentarios en mi blog. Moreno lleva años dedicado a la investigación de las modalidades y efectos de la represión y es una de las autoridades en la materia. No Julius Ruiz. Desde el punto de vista cronológico su artículo continúa el de Ledesma. Tras recordar algunos rasgos esenciales de la violencia franquista en la guerra civil Moreno Gómez se centra en las características de la represión multimodal, continuada, que Franco mantuvo durante los años cuarenta. ¿No hablan P/P de la importancia de "sus" fuentes?

Pues bien, leyendo este artículo lo que se pone de manifiesto es que nuestros eminentes biógrafos no tienen ni la más mínima idea de lo que significan las fuentes y la literatura existentes. Esta mera constatación debería servir para, en el plano puramente historiográfico y académico, aniquilar su obra. Punto. Finalmente el Doctor Juan José del Águila, magistrado jubilado, con una larga carrera como jurista en la dictadura, ha seguido la pista de las disposiciones y efectos del mantenimiento de la Jurisdicción de Guerra. Su obra sobre el Tribunal de Orden Público (TOP) es de auténtica referencia pero ni que decir tiene que nuestros eminentes biógrafos la ignoran cuidadosamente. Y digo cuidadosamente porque yo me fío de la afirmación de del Águila de que, en su momento, se la envió a Payne, quizá pensando en que el distinguido catedrático emérito de Wisconsin era un historiador serio.

Los tres autores ponen de relieve no solo las omisiones de P/P sino algo mucho más grave: la distorsión de los hechos, ya sean los encerrados en archivos que jamás han visitado sino, más prosaicamente, en las páginas del Boletín Oficial del Estado, muchas de ellas consultables sin problemas por internet desde Wisconsin y Madrid, a las que Palacios siempre hubiera podido complementar con cualquier ojeada al Aranzadi, disponible fácilmente en numerosas bibliotecas. Este tipo de omisiones, y la preferencia marcada hacia el señor Pilo y el Doctor Ruiz, creo que caracterizan perfectamente la obra cuyo objetivo es la desinformación y su rasgo más acusado la manipulación. Punto.

Anticonclusiones

Es muy de agradecer que P/P hayan, siguiendo la costumbre académica, sintetizado sus "hallazgos" en las páginas 623 a 650. En ocasiones son patéticas y ruego al lector que me disculpe por el reiterado uso de este adjetivo. "Ningún rey tradicional dispuso de los poderes y capacidad de "penetración" (...) que sí tuvo este fuerte dictador del siglo XX". Esto para quitarse el sombrero, la boina o, en honor de la costumbre norteamericana, la gorra de béisbol. Quizá lo mismo podría decirse de Hitler, Stalin, Mussoini, Mao Tse Tung, Ceausescu, entre otros. El argumento es rotundamente ucrónico. Ningún rey necesitaba aplicar el Führerprinzip tan a rajatabla como Franco en una situación de relativa avanzada tecnología y de moldeamiento de la opinión por la imposición de los medios de comunicación de masas. De comparar a Franco con algún rey mi preferencia iría a Fernando VII lo cual no es precisamente un timbre de gloria. Retrasó la evolución política y social española casi tanto como reinó. La caracterización sicológica de Franco que ofrecen P/P (solo tenía una limitada paranoia) es, cuando menos, discutible. Cabe añadir otros rasgos. Para mí el más importante fue su impenitente narcisismo, algo en lo que nuestros estimados autores ni siquiera reparan. Sin embargo es fácil ilustrarlo con ejemplos que naturalmente no identifican.

Que Franco no fuese tan terrorista como Stalin y Hitler es muy de agradecer, sobre todo si el historiador se sitúa en el punto de vista de las víctimas. Pero lo fue mucho más que Mussolini. Esta última comparación no la hacen P/P. Podrían, por ejemplo, haber estimado el número de muertos implicados en el montaje y evolución de la dictadura fascista italiana hasta 1939 y compararlo con la mortandad española de la posguerra. Es una posibilidad. Otra es haber penetrado en las características, tan diferentes, de ambas sociedades. En cualquier caso no cabe escabullir el bulto diciendo simplemente que Franco "nunca mandó ejecutar a una persona que hubiera sido un estrecho colaborador".

Mussolini, es verdad, lo hizo con Ciano. No le salva tal vez pero el Duce tuvo menos
afición al gore que el africanista Franco. Por lo menos hasta muy avanzada su participación en el segundo conflicto mundial. ¿Tuvo más éxito el "Caudillo de España" que Stalin? Nuestros autores dicen que sí pero no identifican los criterios que utilizan. Hay uno muy simple que deberían haber aplicado tras empeñarse a colgar de Franco el timbre de gloria de "regeneracionista". En los años veinte la naciente Unión Soviética era un país atrasado, empobrecido, esquilmado. Tres decenios después se había convertido en una superpotencia. No puede afirmarse que no fuera un éxito. Otra cosa, naturalmente, fue el coste. En general, para un historiador que presume de comparativista como es Payne sus referencias a otras realidades históricas son o banales o distorsionadoras, al querer  examinar bajo su luz la realidad española.

¿Fue la sociedad en el tardofranquismo más feliz, potente y moderna que la que existía cuando Franco empezó su escalada hacia la cúspide? Es obvio que se había desarrollado económicamente. También lo hicieron casi todos los demás países de Europa occidental en los treinta gloriosos años después de la segunda guerra mundial, salvo Portugal y Grecia. España empezó a crecer solo a mitad de los años cincuenta pero ya llevaba tiempo haciéndolo mal y continuó en ello. En cuanto a la felicidad (concepto más bien personal que colectivo) si se tiene en cuenta que la dictadura se asentó sobre una guerra civil no cerrada y una represión sin precedente en la historia española, el aserto de P/P es discutible. Por lo que se refiere a cifras de muertos, huelgas y violencia que se registraron en los primeros años de la transición convendría que hubiesen hecho, siquiera, una mínima referencia. En todo caso, ¿cuál fue el comportamiento colectivo de los españoles en junio de 1977, en las primeras elecciones libres desde 1936? Pues estribó en sentar las bases para echar abajo todo el aparato institucional del franquismo y en dejar en la estacada a sus sucesores y ansiosos continuadores, dentro de lo posible. Franco era imperialista, afirman, "en la época de los imperialismos europeos". ¿Qué imperialismos? Los únicos existentes eran los fascistas porque la URSS bastante tenía conque la dejaran sola o le permitieran participar en la formación del valladar antifascista que la amenazaba tanto, o más, que a las democracias occidentales.

Pero eso sí, concluyen P/P, Franco pronto se dio cuenta de que su destino no estaba ligado al Eje. A mí me da un poco de vergüenza llevar la contraria al distinguido historiador de Wisconsin porque él ha escrito una monografía sobre las relaciones Franco-Hitler y yo no. Sin embargo, como según la costumbre habitual tal monografía no está precisamente muy basada en fuentes primarias novedosas, he de dejar para mejor momento (quizá el año próximo) la demostración de cómo es posible avanzar en ese  ampo que aparentemente está ya tan trillado.

Lo que no entiendo es el emperramiento de Payne (y de Palacios, segundón estrecho) en seguir manteniendo que la guerra de expansión "junto a Alemania fue una tentación común a todos los dictadores europeos, fueran de derechas o de izquierdas" (p. 633). No fue, ciertamente, el caso de Oliveira Salazar. Tampoco de Stalin. Payne se empeña en lo contrario gracias a un reiterado fallo interpretativo de la dinámica que condujo al pacto Molotov-Ribbentrop de agosto de 1939. La literatura alemana, francesa y anglosajona que lo aclara, junto con sus pormenores, es algo que nuestro internacional autor desconoce pura y simplemente. Tampoco ha trabajado en los archivos que podrían aclarar algo su petición de principio. Los más importantes son los alemanes, los soviéticos, los británicos y los franceses. Así que no le importa nada quedarse tan satisfecho con sus invenciones.

Es muy interesante la mirífica creencia que P/P tienen en las razones que explican la escasa efectividad de la guerrilla (o maquis). Como desconocen la abundante literatura existente (solo citan en la bibliografía una obra que no utilizan para nada) no se les ocurre pensar que fue el único caso en que la resistencia militar contra la incipiente dictadura fue abandonada por las potencias democráticas en guerra (lo que no ocurrió en ningún otro caso de entre los países ocupados por los nazis).

Tampoco han perdido el tiempo indagando en las consecuencias de una política de venganza (Paul Preston) que acoquinó a la población civil ni en los estragos que causó entre los vencidos. Sin apoyo exterior, ¿cuánto podría mantenerse el maquis? Al menos los británicos ayudaron a la resistencia en Francia, Bélgica, Yugoslavia, etc. desde el primer momento. Y luego se unieron los norteamericanos.

Un historiador internacional de la talla de Payne, ¿no ha leído nada sobre el SOE o la OSS?. ¿Sobre la Résistance en Francia? ¿Sobre Vichy? ¿Cuál fue la política de los aliados respecto a la España de Franco? Convendría que, al menos, hubieran indicado algunos de sus rasgos característicos en vez de emborronar páginas sobre la ECONOMÍA. ¡Oh!, la economía... Una "dormida" para el lector casual y no abrumado por la actual crisis que es al que probablemente apuntarán P/P.

Sin embargo lo único que hacen es acentuar a troche y moche la voluntad de su héroe (p. 626) de crear una "economía productiva", !nada menos! así como las presuntas aspiraciones "regeneracionistas" de su tan alabado Caudillo. Al final resulta que a Franco ha de rescatársele por su incomparable aportación al desarrollo económico español. Pues si es así, van listos, porque este es un tema bastante bien estudiado por historiadores y economistas españoles.

Claro es que, no faltaría más, los trabajos más serios y documentados sobre la fase de autarquía y su desembocadura en el plan de estabilización y liberalización de 1959 los desconocen nuestros entendidos autores. No vamos a pedirles que ojeasen el libro de Manuel-Jesús González o los trabajos de Manuel Varela o, ¿por qué no?, los míos propios. Hasta podrían haber consultado alguna vieja edición de los manuales de Ramón Tamames. Pero, en realidad, quizá les habría venido mejor seguir el recio aforismo español del "zapatero, a tus zapatos". O, por lo menos, haber leído algo más que los cuentos de la lechera. Así, sus famosas "nuevas fuentes secundarias" se quedan en un hálito un tanto desvaído o en un autotorpedeamiento en la propia línea de flotación del argumento más reiterado para redimir a Franco. De nuevo, como siempre, manipulación.

Conclusión

Al término del análisis colectivo al que se ha sometido la banal obra de P/P quedan todavía varios aspectos por rectificar. Pero el gato está servido, el tiempo es corto, los apremios profesionales muchos y el pasado ignoto guarda demasiadas cosas por descubrir. Perder el tiempo en una biografía destinada a hacer caja o a tranquilizar a los eventuales lectores de que Franco fue, realmente, un gran hombre al que la izquierda (siempre la maldita izquierda) no quiere hacer justicia es algo que resulta un tanto tedioso.

No obstante, quizá estos ensayos, que no esconden un punto de mordacidad cuando no de ironía, puedan cumplir una función útil. El catedrático de Wisconsin, tan enfrascado en sus estudios sobre la guerra civil y el franquismo y sus comparaciones internacionales, no ha tenido tiempo, me temo, de haber dedicado atención a los principios fundamentales del oficio de historiador. Quizá porque crea que en esa España corroída por la memoria histórica, izquierdismos varios y la corrupción no hay investigadores que sí se los toman en serio. Tal vez porque lo que preocupe desde hace años sea hacerse con un "paquete". Así que no estará de más recordarle algunos de esos principios. No por supuesto de nuestra propia cosecha sino de la pluma de un colega de la Universidad de Harvard de quien probablemente haya leído algo. Ha sido el editor del Journal of the Philosophy of History y del Companion to the Philosophy of History and Historiography. Uno de sus trabajos de síntesis sobre revisión historiográfica y revisionismo ha sido publicado recientemente en España.

Obsérvese que en este número quienes a él hemos contribuido no nos hemos adentrado en la polémica subyacente. Hemos preferido centrarnos en las afirmaciones y omisiones en que incurren nuestros estimados autores.

El primer principio que menciona Tucker es que los historiadores proponen un conocimiento científico falible, es decir, que está basado en la precisión, en la descripción de las evidencias, en el alcance de la capacidad explicativa, en la diligencia en la búsqueda de pruebas, en la coherencia interna, etc. Es un conocimiento que permite elegir entre varias hipótesis o teorías concurrentes. Medido por estos criterios, la metodología de P/P se cae por su propio peso.

El segundo principio es que los historiadores genuinos huyen de revisiones no científicas porque los anteriores criterios se aplican a sus propias construcciones y estas son contingentes y dependen de factores tales como el descubrimiento de nueva evidencia, la evolución teórica para tratar con ella, el discurso intersubjetivo y, en general, la apelación a métodos aceptados desde que la historiografía dejó de basarse en relatos mitológicos o literarios.

Pues bien, lo único que se me ocurre es afirmar que P/P son revisionistas no genuinos y que escriben lo que Tucker denomina "historiografía revisionista ilegítima", es decir, la apegada a valores no cognitivos sino ideológicos y políticos. Comprendo que esto pueda no gustar a muchos cuando se dirige a un historiador de la talla aceptada comúnmente de Stanley G. Payne. Pero su biografía de Franco lo demuestra abundantemente.

De todas maneras, no hay que perder la esperanza. Veremos si P/P se dignan responder a nuestras observaciones con muestras adicionales de su simpar conocimiento de fuentes primarias o, cuando menos, de otras "nuevas fuentes secundarias". Hasta entonces habrá que aplicarles el clásico quousque tandem... abutare patientia nostra.

viernes, 19 de junio de 2015

PRENSA CULTURAL. "La bondad de los desconocidos". Gustavo Martín Garzo

   En "El País":

La bondad de los desconocidos

Los escritores no pueden vivir sin esos seres, los lectores, que alguna vez llaman a su puerta. Pero el mundo de la crítica está lleno de gente empeñada en tratar a escritores y lectores como si fueran alumnos a los que llevar por el buen camino


EVA VÁZQUEZ

Jamás contestes a una mala crítica, tal es el consejo que Truman Capote da a los escritores. Y es un buen consejo, ya que lo mejor que puede hacer el escritor ante una crítica adversa es guardar silencio y aparentar que no le importa demasiado. Pero claro que le importa, y mucho. Una mala crítica puede dejarle varias noches sin dormir, quitarle el apetito, llevarle a evitar en los días siguientes a familiares y conocidos ante el temor de que puedan haber comprado el periódico o la revista donde su libro es vapuleado y la hayan podido leer. ¿Son conscientes los críticos de la magnitud de su poder, del disgusto que pueden dar a ese pobre escritor que ha tenido la comprensible pretensión, si tenemos en cuenta el esfuerzo que supone terminar un libro, de ser leído amorosamente por alguien? El crítico puede objetar que ese es su oficio y que si le pagan —bastante poco, para complicar más las cosas— es para que opine sobre las virtudes o los defectos de los libros que se publican y separar así el grano de la paja, que por cierto, y según él, es lo que abunda más. Aún más, podría añadir ese crítico insobornable al atribulado escritor, ¿por qué supone usted que los demás deben leer sus libros? Nadie le ha pedido que los escriba, y si a pesar de todo se empeña en seguir haciéndolo no puede extrañarle que tengamos el derecho a protestar cuando nos hace perder nuestro tiempo y nuestro dinero.
Todos estamos expuestos a la mirada crítica de los otros, y pretender no ser valorados por nuestros actos es un acto de supremo infantilismo. Andersen tuvo un extraordinario éxito en su vida de escritor y era recibido en todas las cortes europeas para que leyera públicamente sus cuentos. Pero se cuenta que soñaba con tener éxito como dramaturgo y que pataleaba como un niño cuando sus obras fracasaban en la escena, lo que pasaba una y otra vez. ¿Era Andersen tan infantil e inmaduro que solo vivía para lograr la adoración sin límites de los demás? Puede que lo fuera, pero no creo que la razón por la que los escritores escriban sus libros sea para exhibir el tamaño de sus egos. Lo hacen porque les gusta escribir, porque anhelan contar algo que no saben bien qué es, porque persiguen sueños que raras veces se realizan. O porque tal vez buscan en los libros una felicidad que la vida real no les da. Puede que Andersen tuviera un ego monumental, pero en ningún caso eso explica la maravilla de sus cuentos.
Y si es raro que alguien dedique su tiempo a inventar historias más o menos disparatadas, ¿no es más raro aún dedicarlo a meterse con los que las escriben, y aspirar a ser algo así como un guía espiritual, ese faro que orienta a los siempre influenciables lectores en el proceloso mar de la mala literatura? Aún más, ¿no abundan entre los críticos también los grandes egos, los pedagogos airados, los exquisitos que confunden la literatura con el rincón del gourmet, los integristas que hacen del libro una religión sacrosanta cuyos sumos sacerdotes son ellos, o esos otros eternamente malhumorados que creen que las novelas o los libros de poesía se escriben con la única intención de perturbar su digestión? Pero ¿es comprensible que alguien dedique años, meses enteros a escribir pacientemente un libro con el único propósito de incomodar a un crítico en la hora de su siesta? No, claro, esto no tiene ningún sentido. Además, ¿no son todos los libros, incluso los más grandes, en cierta forma un fracaso? “La palabra humana —escribe Flaubert— es como caldera rota en la que tocamos música para que bailen los osos, cuando querríamos conmover a las estrellas”.

¿Es comprensible que alguien escriba un libro con el único propósito de incomodar a un crítico?
W. H. Auden solía decir que criticar un libro malo no solo era una pérdida de tiempo sino también un peligro para el carácter. “Si un libro me parece realmente malo, entonces el único interés que puedo tener para escribir sobre él es la exhibición de mi inteligencia, mi ingenio y mi malicia. Es imposible que alguien reseñe un mal libro sin pavonearse”. Auden también decía que no necesitaba el consejo de nadie acerca de lo que le debía gustar o no, ya que solo suya era la responsabilidad de sus lecturas. Sin embargo, el mundo de la crítica está lleno de gente empeñada en tratar a los escritores y a los lectores como si fueran alumnos a los que tienen que llevar como sea por el buen camino. Tal vez por eso es un espacio abierto a la perversidad. Y no me refiero solo a la perversidad de los juicios que con tanta ligereza se emiten sino a la de los lectores que acuden presurosos a los suplementos y revistas culturales para ver cómo despellejan en ellos la novela del escritor que conocen. Aún más, escribe Juan Goytisolo: “¿Cómo pueden los críticos escribir en un par de días sobre novelas que, si valen, no tienen tiempo de analizarlas con seriedad, y si no valen, no merecen tal empeño?”.
George Steiner dice que la literatura es un vendaval que se cuela por la ventana y nos desordena la casa. Es decir, nos enfrenta no tanto a lo que conocemos como a lo que no sabemos explicar. Un buen libro siempre nos deja perplejos, sin saber qué decir. ¿No es sospechoso que los críticos opinen con tanta facilidad, y con tan poco tiempo de reflexión, acerca de los libros que leen? Son expertos lectores, se puede objetar, con frecuencia profesores universitarios que han dedicado años al estudio de la literatura. Pero ¿haber hecho de la literatura un objeto de estudio garantiza ser un buen lector? Vuelvo a citar a Flaubert: “Los que se llaman ilustrados a sí mismos acaban siendo cada vez más ineptos en materia de arte. Se les escapa incluso qué cosa sea el arte. Para ellos son más importantes las glosas que el texto. Les interesan más las muletas que las piernas”.

Abundan en ese ámbito grandes egos, sumos sacerdotes y personas siempre malhumoradas
No, no creo que el escritor sea básicamente un insufrible ególatra. Está solo, se pasa horas y horas encerrado en su cuarto persiguiendo quimeras que raras veces alcanza. Recuerda a esas mujeres neurasténicas que pueblan la obra de Tennessee Williams, con sus torpes ensueños, su temor al fracaso, pero también, a menudo, con su maravilloso candor. Esas mujeres cansadas y un poco lunáticas, que aunque han asistido una y otra vez al fracaso de sus sueños no pueden renunciar a ellos. “Siempre he confiado en la bondad de los desconocidos”, dice la inolvidable protagonista de Un tranvía llamado deseo. Sí, los escritores, especialmente cuando no son jóvenes ni famosos, se parecen a esas pobres mujeres. Permanecen desvelados por las noches soñando con locas historias que logren conmover a las estrellas, y todo lo que consiguen es hacer bailar a los osos. Pero ¿pueden vivir sin esos bailes? No, no pueden, por eso solo les queda confiar en la bondad de esos desconocidos que son los lectores que alguna vez llaman a su puerta.
Gustavo Martín Garzo es escritor.

domingo, 1 de marzo de 2015

PRENSA CULTURAL. Sobre el auge del ensayo

   En "Babelia":

Ayúdame a entender

Los lectores buscan claves para dar sentido a un mundo desconcertante en la filosofía, la política o la ciencia.

El ensayo vuelve al primer plano

Al principio el hombre tenía miedo del rayo y del trueno. Luego llegó el conocimiento y supo que eran fenómenos naturales, y no la ira de dioses ocultos. Y el miedo, sin desaparecer del todo, pudo ser mitigado. Hoy ya no hay dioses ignotos tras el discurrir de la naturaleza, pero sí fenómenos sociales que se resisten a la comprensión. Conscientes de que la marcha de la economía, los avatares de la historia, las transformaciones políticas no son caprichos de extrañas divinidades, los hombres se esfuerzan por averiguar las causas de esos fenómenos que arrojan zozobra sobre el futuro. Esa voluntad de saber que permita someter el presente y el futuro a la voluntad humana está detrás de un hecho por lo menos infrecuente: cuando la industria editorial cede a la crisis y las tiradas medias de los libros bajan, el ensayo se mantiene o cae menos que las de los libros de ficción e incluso algunos títulos se convierten en relativos best sellers y compiten con las novelas más leídas. Los lectores se vuelven hacia la filosofía, la historia, la divulgación científica, la economía, la sociología. Y, por supuesto, la autoayuda, que no sólo no decae sino que, según varios editores, sube. Pero dejando este subgénero al margen, lo cierto es que incluso los propios profesionales del libro se sorprenden de que las ventas de filósofos de raíz heideggeriana como Byung-Chul Han o Giorgio Agamben se cuenten por decenas de millares o de que un ensayo sobre la meditación de Pablo d’Ors se convierta en uno de los títulos más vendidos del último año.

Un fenómeno que ha sorprendido tanto a libreros como a editores es el de  Byun-Chul Han, filósofo coreano
Francisco Martínez Soria, director de la editorial Ariel, explica que la caída del ensayo ha sido menor que la de la narrativa, pero no toda la no ficción se está comportando del mismo modo. "Han caído mucho las traducciones de otras lenguas. En parte, probablemente, por el coste de traducir. Y tal vez eso haya estimulado la edición de obras de autores locales que puedan explicar la crisis". En su opinión, la crisis no es sólo económica y política, afecta también al sistema de valores, a la representación de la realidad que los ciudadanos se hacen. Y en ese contexto, "hay gente que busca instrumentos de análisis, herramientas que le ayuden a la comprensión". Esto explica, en su opinión, el éxito de obras como El capital en el siglo XXI, de Thomas Piketty (Fondo de Cultura Económica) o, hace algo más de tiempo,¡Indignaos!, de Stéphane Hessel (Destino). El caso es que, dice, "se editan más libros de reflexión que hace años. Hay un cierto predominio de la filosofía y de la política, en la medida en que pueden suministrar claves para entender lo que está pasando".
En esa línea, entre los autores españoles que él edita, Martínez Soria destaca el interés por las obras de Fernando Savater y su compromiso con la conciencia ciudadana, así como de los análisis sobre la educación que firma José Antonio Marina. Pero el interés del público no se acaba ahí, señala, y se extiende a cuestiones relacionadas con la salud o la nueva ciencia. "No estamos vendiendo mal la colección de divulgación científica Popular Science u obras como ¿Somos todos enfermos mentales?, del psiquiatra estadounidense Allen Frances". O un texto como Hombres fuera de serie, de Martin Brett, dedicado a estudiar el éxito de las series televisivas, cuya sintonía con el público probablemente se explica tanto por dar cuenta de la sociedad contemporánea como por hacerlo con nuevas formas narrativas. Ahí están, por ejemplo, los libros colectivos dedicados por la editorial Errata Naturae a Los SopranoThe Wire o True Detective.
El ensayo tiene dos sectores muy distintos, apunta Alfredo Landman, de la editorial Gedisa, "el académico y el general. El primero está dirigido a un público esencialmente universitario; el segundo, a un público interesado por la cultura en general". En ambos casos la crisis se ha notado menos que en la ficción porque, "no nos vamos a engañar, en el ensayo apenas hay best sellers y esto hace que se mantengan las tiradas medias". Las caídas de las ediciones del segundo bloque llegaron a rondar el 15%, pero empezaron a recuperarse en 2013 y ahora se mantiene la tendencia, cuenta. "Hemos tratado de ajustar la distribución y reducir las devoluciones, y con ello hemos logrado cierto equilibrio y necesitado menos inversión". Y es que, en el mundo editorial, lo normal es suministrar copias que el librero puede devolver si no se venden. Una tirada alta hace que el volumen esté en más puntos de venta y, por lo tanto, que aumenten también los ejemplares vendidos, pero incrementa la devolución, con lo que multiplica los costes.


Byung-Chul Han, / PATRICIA SEVILLA CIORDIA
La evolución del ensayo universitario, sostiene Landman, pasa por la edición electrónica y la colaboración con las instituciones. "El libro universitario ya no se lee como una unidad. Los estudiantes se conforman con leer determinados capítulos, en parte por la influencia de la red y, en parte, porque no siempre necesitan todo el manual. El resultado es la multiplicación de las fotocopias y la caída de las ventas. Además, la compra institucional casi ha desaparecido con los recortes. El futuro del ensayo académico será digital y tendrá que hacerse a través de la cooperación con las instituciones". Editor de autores como Mario Bunge, Charles Taylor o Marc Augé, Landman cree que el libro de ensayo generalista, en cambio, sí tiene futuro en papel porque ayuda a comprender el presente. "Trata de temas que se plantean el sentido y las causas de la crisis que vivimos. La gente quiere comprender lo que ha pasado".
Una opinión muy similar es la de Joan Tarrida, editor de Galaxia Gutenberg, que acaba de lanzar una monumental edición bilingüe de los pioneros Ensayos de Montaigne a cargo de Javier Yagüe. "Las ventas de ensayo", cuenta, "no han bajado tanto como las de narrativa porque el lector es menos circunstancial, más fiel, mientras que el consumidor de ficción se mueve más por el deseo de pasar el rato y fluctúa al vaivén de las modas". La lectura del ensayo, en cambio, no es escapista. "El presente genera muchas incertidumbres y nos invita a pensar y repensar, a buscar referencias. Esto hace que haya un gran interés por la historia contemporánea que da claves para entender el presente". Un interés que se ve potenciado por la reciente desclasificación de archivos, sobre todo en los países del Este europeo. "El acceso a estos documentos permite una revisión de la historia tal como había sido contada y superar, en parte, el relato del vencedor". Pero hay más: "Hoy todo está en cuestión, todo está siendo visto desde miradas llenas de desconfianza", lo que impulsa a la reflexión sobre las verdades heredadas. Como ya escribió Descartes, son tiempos para desconfiar de lo que sólo enseñaban las costumbres. Una desconfianza que puede abocar al escepticismo y a la búsqueda de puntos cardinales que se parezcan lo más posible a las antiguas verdades. De ahí que proliferen los encuentros entre filósofos, casi siempre con público abundante.
De los autores de Galaxia Gutenberg, Tarrida resalta el interés por las obras de Tzvetan Todorov, entre los extranjeros, y Javier Gomá y José Luis Pardo, entre los españoles, pero también la buena acogida de La Maleta de Portbou, revista de pensamiento dirigida por el periodista y filósofo Josep Ramoneda. De sus títulos dice que han funcionado muy bien Continente salvaje, de Keith Lowe, un estudio sobre los años inmediatamente posteriores a la Segunda Guerra Mundial, y Tierras de sangre, de Timothy Snyder, que describe el horror de las persecuciones a la población por motivos raciales o ideológicos en los años bélicos.

Hay una coincidencia general de que en algunos países de América Latina el ensayo tiene más demanda
Un fenómeno que ha sorprendido tanto a libreros como a editores es el de Byung-Chul Han, filósofo coreano afincado en Berlín, cuya obra está publicando la editorial Herder. Sus textos son siempre breves: difícilmente alcanzan el centenar de páginas en un formato más bien pequeño, lo que bien pudiera ser un valor añadido, reflexiona Manuel Cruz, director de la colección donde aparecen los libros de Han. "Hay una diferencia entre leer una novela y leer un ensayo. La novela puede ser todo lo larga que se quiera, pero requiere una atención menos mantenida que el ensayo, seguramente por eso ha funcionado tan bien la obra de Han".
Se trata, cree Cruz, de una nueva tendencia en el campo del ensayo: la brevedad. "Se están haciendo libros a la medida del módulo de atención del lector actual. Hay que medir el tiempo que el lector está dispuesto a dedicar a un tema que los suplementos de diarios ya le han presentado, en lo sustancial, en reportajes de entre 5 y 15 páginas que satisfacen una curiosidad legítima". Pero decir que Han tiene éxito por la brevedad de sus textos sería quedarse corto. Cruz cree que debe valorarse también el contenido de sus obras: "Han describe el presente, no es arqueológico, ni erudito, sino que habla de lo que pasa y lo expresa en términos intuitivos como cansancio o transparencia, que lo hacen asequible. Al mismo tiempo, reinterpreta lo que está ocurriendo. Cuando no pocos denuncian el control del ciudadano por el Gran Hermano que sería el Estado, Han señala el problema que representa el autocontrol; frente a quienes denuncian el problema que significa el poder, Han resalta el poder que tiene cada uno. Al dar cuenta del presente desde una perspectiva innovadora, Han hace que sus textos sean eficaces para comprender nuestra propia situación". De hecho, sostiene Cruz, el mundo del ensayo está viviendo algunas transformaciones importantes. Antes, las colecciones de libros se hacían casi siguiendo los hábitos adquiridos por los editores, ahora se tiene en cuenta la necesidad del lector y esto "afecta al formato. De ahí que haya libros voluminosos y otros mucho más breves".
Una opinión muy similar mantiene Fabián Lebenglik, editor en Buenos Aires del sello Adriana Hidalgo, que cuenta entre sus autores de éxito con otro filósofo muy influido por Heidegger, el italiano Giorgio Agamben, publicado en España por Pre-Textos. "Hay una cierta coincidencia entre Han y Agamben", dice Lebenglik, "ambos son herederos, a la vez, de Heidegger y de Walter Benjamin, y ambos se ocupan de una metafísica que no habla de lo que está más allá, sino más bien de lo de aquí. Son textos destinados a cubrir la necesidad que tenemos de saber qué nos pasa, cómo estamos, por qué hay una crisis como ésta".


Fernando Savater / BERNARDO PÉREZ
Han y Agamben comparten otra característica: la mayor parte de sus textos son breves. "Antes, el ensayo era más denso y extenso, pero hoy el lector está dispuesto a dedicar a un libro entre una y tres horas, y se le puede dar un producto que cubra esa apetencia, un texto a mitad de camino entre el artículo y el libro tradicional". Por eso la editorial ha creado una colección denominada Fundamentales en la que se editan volúmenes breves (poco más de cien páginas) dedicados a dar las claves que permitan entender el presente. "No se trata de rebajar los conceptos, sino de ofrecer un camino introductorio a cuestiones básicas del pensamiento y de la ciencia que permitan luego al lector ampliar si quiere". Coincide Lebenglik con sus colegas españoles en que la demanda de ensayo se sostiene mejor que la de narrativa. "El ensayo permite comprender el presente mejor que la novela, pero es también material de trabajo, por eso en parte predomina el libro de papel, que permite subrayar, anotar. En la novela esto no es muchas veces necesario".
El gusto por la brevedad es general. Ofelia Grande, responsable editorial de Siruela, tiene en su catálogo dos éxitos notables al respecto: El elogio de la sombra, del japonés Janichiro Tanizaki (1886-1965), y Biografía del silencio, del español Pablo d’Ors. Del primero se han vendido, explica Grande, más de 100.000 ejemplares, eso sí, a lo largo de una decena de años; el segundo, cuya primera edición data de 2012, supera ya los 25.000 ejemplares vendidos. Aunque ambos autores son básicamente narradores de ficción, en estas obras cultivan un ensayo de índole muy personal. El primero es una reflexión sobre la belleza y el papel de la luz, la sombra, la percepción y la autopercepción; el de Pablo d’Ors, sacerdote y novelista, es un viaje a través de la práctica de la meditación, teñido de ribetes teologizantes.
"En ambos casos son libros que expresan el pensamiento de un autor de modo muy asequible, breve y concreto", explica Grande, "pero añaden el tratamiento de una temática que posiblemente atrae al lector al margen del autor". Pablo d’Ors explica que el libro le salió con esa extensión, sin que supiera cuál iba a ser cuando se puso a redactarlo. "Nunca determino la extensión de los libros que escribo de antemano, sino que escribo y me viene una idea. En el caso de Biografía del silencio, se trataba de un diario que llevaba sobre mi experiencia con la meditación. De pronto, vi que aquello era un libro. Pero es un ensayo muy particular, pues no es ideológico, sino experiencial. Su tono es narrativo, casi testimonial, no en vano soy fundamentalmente un novelista".

El lector es más fiel que el de narrativa, que se mueve más por modas.
Joan Tarrida
En las antípodas figura el filósofo valenciano Miguel Catalán, autor a la vez de obras muy breves y de otras muy extensas como el Tratado de pseudología (un análisis del papel de la mentira en la sociedad, el conocimiento, la moral, la política, los medios, etcétera), del que aparecerán en breve los volúmenes quinto y sexto. "Para escribir un tratado de 20 volúmenes a lo largo de toda tu vida adulta es preciso acertar con el tema, o, mejor, esperar que el tema te elija a ti. Ha de ser amplio, denso (rico en significados y ramificaciones) pero, sobre todo, que te apasione de forma duradera. En mi caso ese tema vita ha sido el de la mentira".
Una voz disidente en el mundo editorial es la de Gonzalo Pontón, actualmente director de Pasado y Presente, después de haber estado en Ariel o Crítica. En su opinión, "el ensayo no crece ni decrece, desde hace años tiene el mismo público. Cuando empezamos en Ariel, la tirada media era de entre 2.500 y 3.000 ejemplares. Hoy es igual". Y eso es así porque "el público es limitado, pero estable. No he notado cambios en 50 años. El ensayo está tan mal como antes". Pontón estudia desde hace tiempo la historia del siglo XVIII español y se refiere a la situación de la edición sobre 1750: "Entonces los principales libreros, que eran también editores, Sancha e Iborra, editaban entre 1.000 y 3.000 ejemplares de los libros de ensayo. Había en aquellos años en España 10 millones de habitantes de los que el 90% eran analfabetos. Hoy somos 46 millones y el analfabetismo está casi erradicado, pero las tiradas medias siguen siendo las mismas". Cierto que entonces había menos editoriales, pero lo que quiere resaltar Pontón es la constancia del público interesado en la reflexión. "La cifra de compradores no baja porque los lectores de ensayo son enfermos que no pueden vivir sin el alimento cultural, pero es un público minoritario. Seguramente ha habido una mutación genética, un salto puntual, y así están las cosas".


Adela Cortina. / MÓNICA TORRES
No niega Pontón que haya picos de ventas que superen esas cifras, pero insiste en que él se refiere a tiradas medias. "Yo mismo he editado obras como Un universo de la nada, de Lawrence Krauss, y vamos por la tercera edición, lo que supone unos 8.000 ejemplares. Una cantidad estratosférica. Y lo mismo puedo decir de las obras del historiador Josep Fontana. Pero la excepción no es la norma". En su opinión, "todo conspira contra el ensayo para que se convierta en un producto sin demanda. Para los distribuidores es más rentable transportar grandes éxitos que 2.500 ejemplares; los libreros prefieren los best sellers que un título del que, a lo sumo, venderán dos unidades; y la falta de público hace que los suplementos literarios, que responden a la demanda del lector, le den menos cabida. No hay nada que empuje al ensayo. En fin, el país no da para más y, en cualquier caso, cuesta más pensar que peinarse, de modo que se comprende la voluntad de escapismo. Y una cosa más: se dice que la generación actual es la más preparada de la historia de España. Algún día habrá que reflexionar sobre eso. Yo estoy dispuesto a aceptar que es la más titulada".
La última invectiva de Pontón viene a enlazar con un hecho al que apuntan varios de los editores consultados: no siempre ha sido así, ni es así en todas partes. Y no se refieren sólo a la crisis económica. Por ejemplo, hay una coincidencia general de que en algunos países de América Latina el ensayo tiene mucha más demanda que en España. Incluso hay quien, como Joan Tarrida, sostiene que en los países americanos de habla española "el ensayo se vende más que la novela". Alfredo Landman, que acaba de inaugurar hace unos días una sucursal de Gedisa en Ecuador, afirma que allí el ensayo no sólo es dominante, sino que incluso gana peso en las librerías, donde no es infrecuente que los lugares más destacados se dediquen a la no ficción. Lo mismo dice Martínez Soria: "En América Latina el ensayo tiene una vitalidad brutal. Se diría que son sociedades menos conformistas, con unas minorías cultas muy activas. En Argentina, Colombia, México se vive una efervescencia similar a los años españoles de la Transición".

Antes el ensayo era más extenso. Hoy el público está dispuesto a dedicar a un libro entre una y tres horas.
Lebenglik
Pontón está de acuerdo en el diagnóstico, con tal de que no se generalice. "Cada país es diferente. No son los más europeos los que van mejor: Argentina va muy mal. En cambio, Colombia, Perú, Ecuador se hallan en una fase que recuerda la efervescencia de la España de los ochenta. Bolivia y Uruguay viven un incremento de la lectura del ensayo, mientras que México crece, pero no en proporción al incremento de población". Y coincide también en que en España, en algún momento, las cosas fueron distintas. "Cuando fundamos, con Manuel Sacristán, la colección Ariel Quincenal, a principios de los setenta, tirábamos entre 15.000 y 20.000 ejemplares. Eso ya no existe, salvo, insisto, en las excepciones".
Y, sin embargo, los editores de ensayo perviven. Extraña profesión la de editor, que parece nadar contra las leyes del capitalismo que imponen el mayor beneficio posible en el menor tiempo posible. Ahí siguen ellos, a los que cabría añadir Taurus, Acantilado (Quaderns Crema, cuando edita en catalán), Akal, Anagrama, Crítica, Debate, Katz, Sexto Piso, La Catarata, Alpha Decay, Turner, RBA, Atalanta, Tecnos, Casimiro, Icaria, Amorrortu, Sequitur o un clásico como Paidós, que cuenta en su catálogo con pensadores como Zygmunt BaumanMartha Nussbaum —Premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales en 2012— o Adela Cortina —último Premio Nacional de Ensayo—. Sellos que raras veces consiguen tiradas millonarias y que sobreviven con ese público de 3.000 mutantes, en palabras de Pontón. Un público que sigue queriendo saber y que se identifica con esas extrañas palabras que pronuncia Espartaco en el libro de Kirk Douglas (Yo soy Espartaco) recientemente editado por otro de esos sellos heroicos, Capitán Swing: "Yo no sé nada, nada. Quiero saber. Todo. Por qué una estrella cae y un pájaro no. Dónde está el sol por la noche. Por qué la luna cambia de forma. Quiero saber dónde nace el viento". Espartaco, uno de esos héroes que supo que el camino hacia la libertad pasa por el conocimiento.