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miércoles, 25 de mayo de 2016

LITERATURA Y SOCIEDAD. "Avellaneda". Julio Llamazares

En "El País":

Avellaneda

Hay personajes de la historia cuya aportación a ella fue involuntaria y hasta malvada, pero que sin ellos no sería igual

JULIO LLAMAZARES   23 mayo 2016
Ilustración del Quijote de Avellaneda 'Segundo tomo del ingenioso hidalgo Don Quijote de La Mancha'
Ilustración del Quijote de Avellaneda 'Segundo tomo del ingenioso hidalgo Don Quijote de La Mancha'

De Avellaneda se ha escrito mucho, pero se sabe poco más allá de su condición de impostor, autor de una segunda parte apócrifa del Quijote que obligó a Miguel de Cervantes a escribir una verdadera, para muchas personas la mejor de su inmortal obra. Martín de Riquer, el gran medievalista y cervantista catalán, sostiene que pudo ser el aragonés Jerónimo de Pasamonte, compañero de milicia y aventuras y colega en el oficio de las letras de Cervantes y escarnecido por éste, dada su honda enemistad, en un pasaje del Quijote, aquel en el que el hidalgo y Sancho se encuentran en un camino manchego con unos presidiarios que, condenados a remar en las galeras del rey por sus crímenes, conducen encadenados unos guardianes, y de los que el principal criminal, que incluso se jacta de ello, se llama Ginés de Pasamonte. Lo cual llevaría al escarnecido a vengarse de Cervantes escribiendo una segunda parte falsa del Quijote en la que, aparte de vilipendiar el libro, se aprovechó de su fama y de su popularidad.
Fuera quien fuera y como haya sido la historia, lo cierto es que Avellaneda (Alonso Fernández de Avellaneda, natural de la villa de Tordesillas, según su propia afirmación), indirectamente, ayudó a que acabara siendo como fue una de las obras cumbres de la literatura universal, y, sin embargo, tanto los aniversarios de ésta como del de Cervantes están pasando sin que nadie se lo reconozca. Ocurre con muchos personajes de la historia cuya aportación a ella fue involuntaria y hasta malvada, pero que sin ellos no sería igual. ¿Existiría la religión cristiana sin Pilatos, el hombre que ordenó crucificar a Cristo? ¿Y sin Judas Iscariote, el apóstol al que todos los creyentes vilipendian y desprecian por traidor? ¿Y la actual Europa, cómo sería sin las invasiones árabes? ¿Y América y África sin las europeas? ¿Cómo sería España en la actualidad sin la Guerra Civil o sin el golpe de Estado fallido de Tejero que contribuyó a unir a los partidos políticos para salvar una democracia que se tambaleaba peligrosamente?
No diré yo que personajes abominables y prescindibles de nuestra historia contribuyeron a la mejora de ésta, pero sí que sin ellos no sería igual y que, en algunos casos, hicieron un bien al mundo sin pretenderlo, siquiera sea por aquello que dice la sabiduría casera de que no hay mal que por bien no venga. En el campo de las artes, sobre todo, la aportación de ciertos personajes mezquinos y rencorosos y los propios enfrentamientos entre escritores y artistas, tan habituales como hilarantes contemplados a la luz del tiempo, han sido tan importantes a veces como las de los creadores que de verdad cambiaron aquéllas. Y eso hay que reconocérselo.

jueves, 26 de noviembre de 2015

"Bodegón", columna de Julio Llamazares

Julio Llamazares

   En "El País":

Bodegón

Las noticias, hoy tan graves y sombrías, se perderán en el tiempo, como sus protagonistas


Vuelvo de Extremadura, la región más desconocida por los españoles y a la vez una de las más hermosas. El veranillo de San Martín, este año un auténtico verano, me ha permitido volver a comprobar lo dicho. En el campo de Trujillo la paleta de colores era tan espectacular que rozaba casi lo fabuloso y los aromas de las granadas, de los membrillos, de los madroños, de los majuetos y los endrinos silvestres, de las higueras ya despojadas de higos, al sol después de las últimas lluvias y vigilados de cerca por millones de pájaros e insectos, llenaba el aire de sensaciones haciéndolo casi carnal. Difícil no emocionarse ante la gama de verdes de las colinas (del verde oscuro de las encinas al verde plata de los olivos y al esmeralda de las hierbas nuevas, las que han brotado con el temporal de otoño) y con las pinceladas de amarillo y sangre de los árboles de ribera y de los huertos y los jardines de las casas de campo y los lagares, éstos con su cenefa de vides rojas y ocres entremezcladas ya de amarillo a punto de caer sus hojas, que salpican el verde general. Si la felicidad existe está en esos escenarios y en esos momentos únicos en los que la belleza del mundo se conjuga y nos da la mano para detenernos ante su consagración.
Mientras las radios y las televisiones desgranaban las noticias de estos días, todas tan graves como para ensombrecer el ánimo pero tan pasajeras como sus protagonistas (basta que pasen unos pocos años), en un pequeño lugar del mundo el otoño hacía explotar su belleza, que es la misma belleza de hace siglos y milenios y la que seguirá explotando cuando ninguno de aquéllos esté ya aquí para poder verla y las noticias hablen de otras personas, que también pasarán después de creerse dioses. Porque el paisaje sobrevive al hombre. Y porque, contra lo que muchos piensan, lo verdaderamente duradero no es nuestra vida ni nuestras obras, sino ese color fugaz que el sol pinta al atardecer sobre una colina, ese mugido animal en la lejanía ya en sombra al anochecer, ese aroma a vino nuevo, a hierba húmeda, a humo de encina seca en la chimenea, que el viento lleva hacia el horizonte, ese bodegón frutal (granadas, membrillos, madroños rojos como la sangre, limones, todos dispuestos sobre la mesa humilde de la cocina) que es el mismo que han pintado a lo largo de la historia todos los grandes pintores y que seguirán pintando los que los sucedan. Las noticias, en cambio, hoy tan graves y sombrías, tan duraderas y tan solemnizadas, se habrán perdido en el tiempo, como sus protagonistas.

martes, 3 de noviembre de 2015

PRENSA. "Matajudíos". Julio Llamazares

Julio Llamazares
   En "El País":

Matajudíos

En el puritanismo lingüístico que asola nuestro país a menudo se ha llegado al disparate


De todas las formas de puritanismo, la más estúpida quizá sea la lingüística, puesto que ni siquiera se justifica por la educación a veces. El uso reiterado y continuo de eufemismos (“discapacitados”, “internos”, “trabajadores de la limpieza”, “sin techo”), así como de frases y expresiones rebuscadas, algunas de ellas sin significación (“una persona de color” o “de edad”, pongo como ejemplos, carecen de ella salvo que se precisen el color y la edad de esa persona), persiguen más la corrección política que la lingüística, y en ocasiones lo único que pretenden es calmar la propia conciencia. Así cuando alguien dice “individuo de etnia gitana” en lugar de gitano sin más (que es como se llaman los gitanos a sí mismos) o “daños colaterales” para no tener que decir heridos o muertos.
En el puritanismo lingüístico que asuela nuestro país a menudo se ha llegado al disparate (¿quién no recuerda a aquella ministra que quería que dijéramos “miembra”, “conserja” y “gerenta” en pro de la igualdad de la mujer?) y en no pocas ocasiones se han perpetrado auténticas barbaridades formales y etimológicas. Esta semana pasada, sin ir más lejos, el embajador de Israel y las autoridades de Burgos protagonizaban un acto muy aplaudido por toda la prensa en una localidad cuya denominación molestaba, según parece, a muchas personas: Castrillo Matajudíos. Tras un referéndum entre los vecinos (¿qué iban a decidir los pobres con las bromas que venían soportando desde antiguo, últimamente también acusaciones de xenofobia?), el nombre se mudó por otro nuevo se supone que más respetuoso: Castrillo Mota de Judíos. Lo curioso es que Matajudíos no significa lo que la gente creía al oír el nombre de la misma manera que los cientos de Matas (“porciones de terreno poblados por árboles de la misma especie”, según la RAE) repartidos por España: Mataporquera, Matalascañas, Matalebreras, Matallana, Matilla, Matueca, La Mata en sus múltiples variantes: de la Bérbula, del Páramo, de Morella, de Armuña…, no indican que en ellas se mate a nadie, ni siquiera que se vaya a hacer. Matajudíos era, pues, un topónimo normal, ni xenófobo ni antisemita, una Mata habitada o fundada por judíos en algún momento de la historia, de ahí su nombre.
Pero el mal ya está hecho, no a los judíos, sino a la toponimia y al nomenclátor de este país. Y a ver quién da marcha atrás ahora. Así que lo mejor es aceptar el nuevo nombre y rezar, eso sí, porque a alguien no se le ocurra cambiar también el del hijo más ilustre de Castrillo Mota de Judíos, antiguo Castrillo Matajudíos, el gran organista y compositor del Renacimiento Antonio de Cabezón, por si también su apellido pudiera molestarle a alguien.

miércoles, 23 de septiembre de 2015

PRENSA. "La tradición". Julio Llamazares

 
Julio Llamazares 
  En "El País":


Si en apenas dos meses, los que van del verano, que continúa, en España hubieran muerto 12 boxeadores, 12 ciclistas corriendo competiciones, 12 policías dirigiendo el tráfico o 12 bomberos apagando fuegos habría habido ya un gran debate nacional sobre la conveniencia o no de la práctica de tales deportes o sobre la seguridad de esas profesiones y el país entero estaría alarmado por la tragedia. Pero, como los 12 muertos (y los que aún pueden producirse: el verano continúa con sus fiestas) han tenido lugar en el cumplimiento de una tradición, la de los juegos de toros, se dan por bien empleados, puesto que la tradición, que es sagrada, está por encima de cualquier cosa y lo justifica todo.
En el nombre de la tradición, en este país se han hecho y siguen haciéndose barbaridades sin fin, la mayoría utilizando al toro para ellas, pero también a otros animales, aunque también las hay presuntamente más inocentes por la ausencia de sangre, que no de violencia y mal gusto: tirarse toneladas de tomates unos a otros hasta acabar irreconocibles y rodando por el suelo, llevar a hombros imágenes religiosas a pleno sol durante kilómetros después de un año de no entrar en la iglesia ni de visita, pegarse con los del pueblo vecino por un quítame allá esa Virgen, competir entre los del propio a ver quién come el mayor número de butifarras o huevos duros sin beber agua o demostrar la hombría explotando pólvora y la testosterona saltando o emborrachándose hasta caer al suelo. Si, como dice la antropología, la tradición es la cultura de un pueblo, a uno le da hasta miedo saberse parte de un pueblo capaz de hacer todas estas cosas y, además, enorgullecerse de ellas.
Se acerca el toro de Tordesillas, que llenará las páginas de los periódicos de comentarios un año más, pero ya que los animales no alcanzan a despertar la compasión de esos españoles aficionados a torturarlos y a asesinarlos por diversión ni consiguen que reaccionen unas autoridades que en numerosos casos tienen miedo a sus vecinos (los alcaldes de los pueblos) o a las consecuencias electorales de su decisión, por lo que no se atreven a coger el toro de la tradición por los cuernos, nunca mejor dicho, detengan por los menos esa sangría de vidas humanas que, como si se tratara de sacrificios a un dios impío, se producen cada año en un país en el que la tradición y la barbarie se confunden muchas veces, lo que muestra su retraso cultural evolutivo. Viendo y oyendo manifestarse a algunos participantes en esas fiestas, uno se afirma en su convicción de que no sólo el hombre desciende del mono sino que muchos no han descendido aún.

lunes, 8 de junio de 2015

PRENSA CULTURAL. "Ferlosio". Julio Llamazares

Rafael Sánchez Ferlosio

   En "El País":

Ferlosio

Todo el mundo debería leer los pecios reunidos en ‘Campo de retamas’


El para mí mayor escritor español del último medio siglo, ese que algunos creen un vagabundo cuando se cruzan con él por la calle o en el café, el que parece en las fotografías de prensa un samurái perplejo, al estilo de los personajes de su Testimonio de Yarfoz, acaba de publicar un libro que es una verdadera joya no solamente literaria sino también filosófica y hasta política. Se titula Campo de retamas y todo el mundo debería leerlo, aunque sé que pocos lo harán.
Rafael Sánchez Ferlosio, el escritor maldito de verdad, el narrador sin condescendencia consigo mismo ni con su obra, el autor de algunas narraciones que son ya historia de la literatura, pero de las que reniega en público sin ninguna impostación ni intención de epatar a sus lectores, el articulista de prensa siempre original, ha reunido en su última obra (recopilación de aforismos, ensayo, filosofía en pequeñas perlas, cada uno que piense lo que quiera de él) cuya digestión requiere un tiempo diferente a la de la mayor parte de los libros. Si la verdadera literatura es esa que te obliga a detenerte cada poco y a pensar, a regresar sobre lo ya leído, a buscar concomitancias con otros textos del mismo autor o de otros diferentes, a demorarte, en fin, en su comprensión, las retamas de Ferlosio, o —como él se refiere a ellas salvo en el título de la obra— pecios, tejen unas con otras un bosque de matorral que se enreda en las piernas del lector y al mismo tiempo en su pensamiento y le hacen cada vez más difícil su andadura, pero más apasionante precisamente por ello.
Frases como la que inaugura el libro: “Ojo conmigo”, o afirmaciones como la de que “la simpatía es un arcaísmo de quienes creen, quieren creer o necesitan fingir que hay todavía un medio, un ámbito de vida pública en el que los hombres pueden allegarse en algún grado, de manera directa y espontánea, los unos a los otros” sitúan al lector ante una escritura en la que nada fácil se le ofrecerá. Habituados a las lecturas condescendientes y compasivas del actual canon literario, a la sucesión de libros de entretenimiento que gozan del favor del público generalista contemporáneo, las retamas o pecios de Ferlosio obligan a un esfuerzo intelectual a sus lectores (como antes a su autor), lo que no significa que su lectura no sea placentera. Al revés: el placer surge de su dificultad, de la capacidad del autor para convertir las palabras en piedras preciosas y la sintaxis en pensamiento, del propósito irrenunciable de Ferlosio de no bajar la guardia en ningún momento para no decir un solo lugar común, algo que se le agradece en un tiempo como éste en el que la facilidad y lo divertido están tan valorados comúnmente.

martes, 3 de marzo de 2015

PRENSA. LITERATURA. "Vegamián, un lugar en la ficción". Julio Llamazares

   En "El País Semanal":

Vegamián, un lugar en la ficción

Una visita a los escenarios reales de ‘Distintas formas de mirar el agua’ (Alfaguara), la nueva novela de Julio Llamazares, en el embalse del Porma.

La presa fue proyectada por el escritor e ingeniero Juan Benet, y anegó en los sesenta el desaparecido pueblo leonés del valle de Vegamián, lugar de nacimiento de Llamazares.



Embalse del Porma, en la provincia de León. Escena tomada en la carretera de Puebla de Lillo a Boñar. / NAVIA

Desde que empecé a escribir, y en virtud de esa actividad, me he visto sometido a la curiosidad de periodistas y lectores no sólo sobre mis libros, sino también sobre mi biografía, he tenido que responder cientos de veces a la pregunta de aquéllos sobre esa parte de mi pasado que, al parecer, más interés les provoca: de qué modo ha influido en mi escritura y en mi vida el hecho de haber nacido en un lugar que desapareció debajo de un gran embalse.
Confieso que durante todo este tiempo he salido del paso con respuestas diferentes, a veces más contundentes, a veces más evasivas, que no sé si a mis interlocutores les habrán servido de algo, pero que a mí siempre me han dejado insatisfecho. Definir cómo y en qué medida te ha influido determinado suceso vital es harto difícil, pero lo es más cuando ese suceso es tan determinante como ver cómo a tu pequeña patria la destruyen por completo o –como ocurrió con la mía– la sumergen de la noche a la mañana bajo millones de metros cúbicos de agua.
Tengo que precisar además que cuando eso ocurrió yo vivía ya fuera de allí y que, por otra parte, mi relación con mi pueblo de nacimiento era muy ligera, pues se reducía sólo a mis dos primeros años de vida, que fueron los que pasé en él antes de que mi familia se trasladara a otro pueblo próximo siguiendo la peripecia profesional de mi padre, que era maestro de escuela. Así que yo no fui consciente de la desaparición de Vegamián, que así se llamaba el pueblo en el que nací, hasta pasados algunos años y, al principio, de un modo muy vaporoso: a través de las conversaciones de mis padres con amigos de su época en aquél, con los que coincidirían luego en otros lugares, la ciudad de León sobre todo, o de las fotografías que conservaban de los años vividos allí. Como la mía, la relación con Vegamián de mi familia era circunstancial, y así lo viví yo durante bastante tiempo.


En Palencia se encuentra la Llanura de la Nava, en Tierra de Campos, que acogió el siglo pasado a colonos de pueblos que quedaron sepultados por pantanos construidos durante el régimen franquista. / NAVIA
Fue ya en los años ochenta, cercano a la treintena y viviendo ya fuera de mi provincia, cuando dos acontecimientos despertaron en mí el sentimiento de pertenencia a un lugar que ya no era sino un nombre en la memoria de sus antiguos vecinos y de los viejos mapas de carreteras o topográficos. El primer acontecimiento fue –en 1983– el desembalse completo del pantano para una revisión técnica de la presa, que dejó al aire las viejas casas de Vegamián y de otros pueblos del valle tras 15 años bajo el agua, que coincidió además con el rodaje de una película, El filandón, de José María Martín Sarmiento, para la que yo había escrito una breve historia (la película se basaba en cinco cuentos de otros tantos autores leoneses) pensada para ser rodada en las ruinas de Utrero, una de las dos aldeas que quedaron abandonadas junto al pantano al cubrir éste la mayor parte de sus fincas, y que inmediatamente cambió su ambientación por la de las fantasmagóricas ruinas de Vegamián, un “decorado” que ni la más poderosa productora de cine de Hollywood habría podido soñar para una producción suya. El segundo acontecimiento, muy poco tiempo después, fue la recuperación por parte del Gobierno socialista de Felipe González del proyecto del pantano de Riaño, valle cercano al de Vegamián, cuya finalización produjo escenas de gran violencia y que en mí causó una conmoción inmensa: los mismos que habían criticado tanto a Franco por su política megalómana de grandes obras hidráulicas, con la que se le identificaba incluso, concluían una obra suya inacabada y con igual o con mayor insensibilidad que él.

El desembalse del pantano del Porma en 1983 para una revisión de la presa dejó al descubierto las viejas casas de Vegamián
Para entonces ya había conocido en Madrid a Juan Benet, el ingeniero autor de la presa de Vegamián (que ahora lleva su nombre, por cierto, algo que molesta mucho a los damnificados por su construcción) y escritor de gran prestigio en los ochenta gracias, entre otros libros, a la saga de novelas iniciada mientras construía la presa y situadas en Región, un territorio de ficción al modo de la Yoknapatawpha de William Faulkner o de la Santa María de Onetti inspirado precisamente en aquellos valles que él sepultó. Felipe Orejas, el dueño de la Venta de Remellán, histórico restaurante a la orilla de la carretera que conduce hacia la presa del pantano y, junto con el pueblo de Valdecastillo, la última casa habitada antes de llegar a él, recuerda aún a Benet escribiendo por las noches después de estar trabajando todo el día en el pantano en el tiempo en el que se alojó en su venta antes de que construyeran las casas de los ingenieros cerca de donde se erigía la presa.
A Benet, al que la estancia en el Porma le marcó mucho, no en vano fue la primera presa que dirigió en su carrera como ingeniero, conocer que un “regionato” había seguido sus pasos y empezaba a despuntar entre los jóvenes escritores españoles de los ochenta le intrigó mucho, me consta, tanto que no paró hasta conocerme, si bien me recibiera con su habitual actitud soberbia y provocativa: “Así que tú eres escritor gracias a mí”, me espetó en nuestro primer encuentro, dando por hecho quizá que yo debía de odiarlo por haber sido el verdugo de mi pueblo.


Caridad Rodríguez Rubio, oriunda de Utrero, pueblo anegado por el embalse del Porma, retratada en su casa de Cascón de la Nava (Palencia). / NAVIA
No lo odiaba, en absoluto, pero polemicé con él muchas veces a propósito del cierre de Riaño, que en aquellos momentos estaba en trance de producirse y que él defendía, como es natural, dada su condición de ingeniero; un acontecimiento que, como dije antes, me marcó particularmente porque con él perdí la inocencia política (que los ejecutores de la nueva obra fueran los mismos que criticaban las del régimen franquista y que lo hicieran con los mismos métodos, amenazando incluso a quienes nos oponíamos a su consumación, me llevó a replantearme bastantes cosas) y porque seguramente para mí se convirtió en la oportunidad de manifestar lo que por mi edad en aquel momento no había podido manifestar cuando cerraron la presa de Vegamián. Aunque aún pasarían muchos años hasta que la coincidencia de dos encargos profesionales (la redacción de un reportaje periodístico para esta misma revista sobre el destino de los riañeses 25 años después de haber sido expulsados de sus aldeas, y el de una conferencia sobre mis relaciones con Juan Benet para un congreso científico sobre el agua) encendiera la chispa definitiva de una novela en la que cristalizaría todo y que he escrito casi al dictado, en poco tiempo, como si lo que llevaba dentro hubiera rebosado en mi conciencia y reventara de pronto, como un pantano, sin avisar.
La novela es una novela, quiero decir, es una ficción, pero los escenarios no. O mejor, gracias a la ficción vuelven a vivir, como sucede a veces con las personas. Como en las tragedias griegas, los personajes son siempre máscaras del autor, formas de mirar el agua y, detrás de ésta, el mundo y la vida.

El desembalse del pantano del porma en 1983 para una revisión de la presa dejó al descubierto las viejas casas de Vegamián
El principal escenario de los dos en los que Distintas formas de mirar el agua se desarrolla (hay más, dispersos por la geografía española, incluso de fuera de ella, como Turín, pero su trascendencia es mucho menor) es el pantano del Porma, a cuya orilla llegan los personajes, una familia completa más algún allegado a ella que acuden a tirar las cenizas del abuelo, que nació y vivió en ese sitio. Como Ulises ha querido regresar aun sabiendo que Ítaca ya no existe. Ítaca ahora es un valle muerto, bellísimo pero muerto, en el que de los antiguos pueblos que se lo repartían sólo sobreviven dos, Valdehuesa y Rucayo, y casi deshabitados del todo tras permanecer largos años comunicados sólo por un camino de tierra (la Confederación Hidrográfica del Duero ni siquiera se preocupó de asfaltarlo, toda una prueba de su sensibilidad, después de haber destruido sus antiguas comunicaciones), y las abandonadas casas de Utrero y Camposolillo (de Utrero quedan ya pocas, arrasadas sus piedras por la rapiña de los canteros de la comarca), cuyos caseríos quedaron fuera del agua, pero que fueron expropiados al resultar sumergidos sus principales campos de labor. Del resto de los pueblos, hasta seis: Vegamián, Campillo, Ferreras, Quintanilla, Lodares y Armada, sólo queda ya el recuerdo y, en el caso de los dos primeros, las ruinas bajo el pantano; unas ruinas que reaparecen, cada vez más caídas y menos reconocibles, cuando en otoño algún año la sequía es mayor de lo habitual y el pantano baja de nivel más de lo que debería. Como escribió el poeta alemán Schiller, lo siniestro es aquello que, habiendo de permanecer oculto, se nos revela.
Pero también dijo Rilke, y así lo recordaba Eugenio Trías (Lo bello y lo siniestro), que lo bello es el comienzo de lo terrible que aún podemos soportar. Y eso ocurre con el pantano del Porma cuando está lleno, máxime si su anfiteatro calcáreo presidido por la peña Susarón (1.879 metros), estribación ya de los Picos de Europa, aparece cubierto como estos días por la nieve que anticipa, detrás de las altas peñas, la vecina estación invernal de San Isidro, la instalación deportiva que ha conseguido que los pocos pueblos que quedan tras el embalse, antaño exclusivamente ganaderos y hoy, como Puebla de Lillo, su capital, dedicados mayoritariamente al turismo, hayan podido sobrevivir. Los 14 kilómetros que antes separaban Puebla de Lillo de Boñar, la cabecera de la comarca, al sur del pantano, son ahora 25 y por una carretera sinuosa que con la nieve se vuelve intransitable muchas veces y que convierte los antiguos 15 minutos de trayecto en cerca de media hora.


Abelardo Longo, ganadero, cebando a sus vacas en Solle, pueblo del valle del Porma (León). /NAVIA
Recorrerlos es, no obstante, una experiencia, como parar en cualquier lugar a contemplar el paisaje (al norte, el Susarón y la peña La Armada, reflejados normalmente en el pantano; al oeste, la Forqueta de Ferreras o Arintero, una hendidura en la montaña caliza, como una muesca, que se divisa desde todas partes; y al este, el monte de Pardomino, lugar de paso de osos y, en la Edad Media, de asentamientos monásticos, y en cuyas praderías celebran el día de San Antonio su fiesta los antiguos vecinos de Vegamián y sus descendientes como los de Lodares hacen donde estuvo el pueblo) o a charlar con las pocas personas que, en invierno sobre todo, uno se encuentra por esos lugares en los que, salvo algún ganadero o pastor, nadie se aventura. Como en la Región imaginaria de Benet, “es cierto, el viajero que saliendo de Región pretende llegar a su sierra siguiendo el antiguo camino real –porque el moderno dejó de serlo– se ve obligado a atravesar un pequeño y olvidado desierto que parece interminable”.
El otro escenario de mi novela (y de la vida de muchos de los vecinos de las aldeas de Vegamián) está a 200 kilómetros de distancia, en medio de la llanura terracampina de la provincia de Palencia. Al contrario de lo que pasó con el Alto Porma, en él fue un lago el que se desecó (una laguna esteparia, foco de enfermedades y de endemismos durante siglos) para entregar sus tierras a los colonos a los que, desde mediados del siglo XX, el régimen de Franco tuvo que hallar acomodo tras expulsarlos de las múltiples aldeas que los pantanos que construía iban sepultando. Allí fueron a parar los personajes de mi novela y allí es posible conocer, junto con la arquitectura característica de un pueblo de colonización (calles trazadas a tiralíneas, casas idénticas, plazas cuadradas, iglesias blancas sobre el caserío), a los que los inspiraron, gentes que pasean sus cuitas o charlan en el bar a la hora del café y que recuerdan, como Caridad y Marcelino, un matrimonio de Utrero, que lo primero que tuvieron que aprender cuando llegaron allí, aparte de una nueva agricultura, fue a mirar. Acostumbrados a las montañas, que les servían de orientación, la llanura se les hacía difícil de interpretar. “Mi padre se desesperaba, el hombre, porque a veces dábamos vueltas y más vueltas sin conseguir encontrar la finca que buscábamos porque nos desorientábamos en medio de la llanura”, me recordaba Carlos, de La Puerta, junto a Riaño, que llegó a Cascón muy pequeño.

Ítaca ahora es un valle muerto, en el que de los antiguos pueblos que se lo repartían sólo sobreviven dos, Valdehuesa y Rucayo
Otros me recordaban también cuando fui que los primeros colonos que se instalaron en Cascón, como se bautizó el poblado en homenaje al ingeniero que lo promovió (hasta en eso las autoridades eran irrespetuosas con los desterrados), y que lo hicieron en barracones provisionales a falta de las nuevas casas, aún sin edificar, tenían que evacuarlos cada poco porque con las lluvias la antigua laguna afloraba de nuevo. Gentes de Guadalajara, de Salamanca, de Zamora, de León, desterradas como tantas en España en este último medio siglo y que, como los judíos hicieran durante generaciones, aún guardan muchas de ellas las llaves de sus casas aun sabiendo que jamás podrán volver. O que sólo lo harán ya muertos, como el protagonista de mi novela.

domingo, 24 de agosto de 2014

PRENSA. "Los clásicos". Julio Llamazares


Julio Llamazares
En "El País":

Los clásicos

A los que se sorprenden de lo que está pasando en España les recomiendo que lean a Cervantes, Quevedo y Valle-Inclán

Tengo un amigo alemán que se extraña de que en España cada vez más la corrupción sea la norma y no la excepción y yo lo comprendo: mientras nosotros leíamos El Lazarillo, el Guzmán de Alfarache o La pícara Justina, ellos, los alemanes, se aburrían como ostras leyendo a Goethe y a Thomas Mann.
 Lo que me sorprende a mí es que aún haya españoles que se extrañen de lo mismo que mi desconcertado amigo alemán. Salvo que no hayan leído un libro en su vida. Porque el famoso patio de Monipodio, la escuela de ladrones de Sevilla a la que acuden los pícaros cervantinos Rinconete y Cortadillo, como la fabulosa tierra de Jauja, “donde se come y se bebe y no se trabaja”, que inmortalizó su paisano Lope de Rueda, o la pensión segoviana del Cabra quevedesco en la que las comidas no tenían principio ni fin porque el avaro dómine les hurtaba el tocino y la carne de la olla a sus pupilos, se diferencian muy poco de la España que hoy conocemos. Cambian los nombres de los ladrones y de los pícaros, pero es la misma en esencia.
Por eso yo a los que se sorprenden de lo que está sucediendo en nuestro país les recomiendo que lean a nuestros clásicos (a Cervantes y a Quevedo, pero también a Fernando de Rojas y al Padre Isla y, por supuesto, a Larra y a Valle-Inclán) y a los que no lo pueden hacer, como mi amigo alemán, porque no dominan el idioma les remito a la historia de la literatura: mientras que los alemanes daban a luz el romanticismo, los italianos el renacimiento, los franceses la ilustración y los ingleses la tragedia moderna, nosotros, los españoles, hemos aportado al mundo dos géneros literarios característicos: la picaresca y el esperpento. Digo yo que será por algo.

miércoles, 17 de abril de 2013

PRENSA CULTURAL. Sobre Julio Llamazares y su última novela, "Las lágrimas de San Lorenzo"

El escritor Julio Llamazares, en su casa de Madrid. / SAMUEL SÁNCHEZ ("El País")

   En "El País":

Julio Llamazares: “Las novelas son vidas que no vivimos y que pudimos vivir”

El escritor publica 'Las lágrimas de San Lorenzo'

Seix Barral publica una nueva edición de 'La lluvia amarilla' acompañada un documental

 Madrid 16 ABR 2013 

La obra de Julio Llamazares (León, 1955) es un gran diccionario de la soledad. Partió de la poesía —La lentitud de los bueyes (1979),Memoria de la nieve (1982)— alcanzó su punto culminante hace 25 años con una novela (La lluvia amarilla), y desemboca ahora en una narración conmovedora que viene de esos mundos solitarios y espectrales en los que el hombre es a la vez una estrella y su sombra.
El libro que ahora presenta Llamazares se da la mano con La lluvia amarilla. Es Las lágrimas de San Lorenzo (Alfaguara). Seix Barral publicará ahora una nueva edición conmemorativa de aquella La lluvia amarilla, acompañada de un documental realizado por Eduardo de la Cruz en los escenarios por los que se mueve este libro central del escritor.
Otra vez la soledad. Un hombre solo, con su hijo, contemplan el cielo, son mirados por el tiempo. “La soledad y el tiempo. Seguramente porque esos dos elementos son los que mueven mi vida y la vida de todos. Para mí escribir es aquello que decía Pessoa: mi manera de estar solo, y una lucha contra el tiempo. Por eso el ejercicio de escribir es tan contradictorio: te exige soledad cuando tú lo que quieres es escapar de ella, puesto que escribes para comunicarte, y te requiere tiempo cuando tú lo que quieres es luchar contra el tiempo. En esa contradicción transcurre mi vida”.
En La lluvia amarilla es un pueblo el que se queda solo como ante un espejo devastado. Aquí es un hombre, pero va con un niño. Hay, en ambos casos, como la búsqueda del antepasado. Dice Llamazares: “La vida se repite desde el principio mismo de la humanidad. Aunque pensemos que hemos cambiado mucho no es tanto en el fondo y de eso nos damos cuenta cuando pasa el tiempo, como le ocurrió a la generación anterior y le ocurrirá a la que nos suceda… La novela está llena de frases de otros escritores. Un escritor no es más que una gota de agua en el río de la literatura por muy importantes que se crean algunos y, por tanto, somos herederos de todos los que han escrito antes que nosotros. Por eso el protagonista de esta novela, un profesor de universidad que se ha pasado leyendo poemas y textos de diferentes autores a sus alumnos, los recuerda mientras mira las estrellas. Uno de ellos, de La Iliada, se repite hasta adquirir la condición de eco: ‘Como la generación de las hojas, así la de los hombres…’. Yo la había leído de joven y me la volví a encontrar encabezando una antología de un poeta que aprecio, José Antonio Llamas, del que también incluyo una cita al comienzo de mi novela: ‘¡Dichosa edad en la que vuelan las estrellas!’. Hay poetas que lo resumen todo con un verso”.
En su novela, cuenta Llamazares, “el padre refleja en el hijo sus recuerdos y temores y el hijo en el padre sus ilusiones. Así sucede en la vida en todo momento y más en noches como la de la novela, la noche de San Lorenzo, en agosto, cuando la lluvia de estrellas es contemplada por millones de padres en el mundo que repiten a sus hijos lo mismo que a ellos les dijeron sus padres o sus abuelos y que sus hijos dirán a los suyos pasado el tiempo”.
Todos sus libros tienen el aire poético de una autobiografía. ¿Esa es el alma de su literatura? “La memoria, no los acontecimientos. Las novelas son autobiográficas porque reflejan el alma del escritor, no porque estén contando su vida. Luna de lobos (1985), por ejemplo, que habla de los huidos de la posguerra, es autobiográfica, aunque yo no viví ese tiempo; lo es porque refleja mi personalidad. Y con La lluvia amarilla ocurre lo mismo, pese a que nunca haya vivido en una aldea remota del Pirineo ni sea un viejo loco... por lo menos de momento”.
La lluvia amarilla parece la madre de sus libros. “Puede ser, pero para mí la madre de toda mi literatura es mi primer libro de poemas y en concreto el primer poema, ese que dice: ‘Nuestra quietud es dulce y azul y torturada en esta hora. Todo es tan lento como el pasar de un buey sobre la nieve’. Ahí está todo lo que yo pienso. Por eso soy un escritor tan previsible. Siempre estoy escribiendo el mismo libro, aunque con matices. La esencia de lo que escribo es mi perplejidad ante el mundo y ante la realidad. Y sobre todo, ese sentimiento que siempre me ha acompañado, desde que tengo uso de razón, que es el sentimiento de extranjería”.
Existe una novela que explica qué es un escritor: El extranjero, de Camus. “Hay mucha gente que escribe, pero hay pocos escritores. Para mí, el escritor es aquel que escribe por necesidad, no por oficio o capricho. El escritor es aquel que seguirá escribiendo, como hizo Kafka, aunque no le publiquen. Por eso es un extranjero, no en su país ni en otros países, sino un extranjero en la realidad. Y ahí me he sentido yo siempre”. Extranjero y perplejo. “No acabo de entender lo que sucede, cada vez lo entiendo menos y tengo más dudas, cada vez siento más perplejidad ante lo que me rodea y por eso escribo. Más que un sentimiento de soledad es un sentimiento de extranjería o extrañeza el que me lleva a escribir”.
Es inevitable buscar paralelismos entre Las lágrimas de San Lorenzo y La lluvia amarilla. “Pero se trata de dos novelas muy diferentes. Es verdad que hay una presencia en el cielo en todas mis novelas, un mismo estilo y una parecida prosa, un mismo gusto por la evocación poética, pero los argumentos de ambas novelas son muy distintos, así como su estructura”.
En ambas cuenta “la vida que no viví”, pero es cierto que “escribiendo se viven muchas más vidas de las que te corresponden. Porque las novelas son vidas que pudimos vivir y no vivimos”. “Escribir”, dice, “es buscar la música de las palabras. La literatura es música, es solo el relato puro, es la música de las palabras, que hace que esto se transforme en una emoción. Eso es lo que más tiempo me lleva conseguir. Por eso soy tan lento escribiendo”. Hace años a Julio Llamazares se le veía por las plazas, por las riberas, por los pueblos solitarios, con su perra Bruna, solo, mirando. Ahora va con su hijo Julio, como el profesor que enseña las estrellas.

miércoles, 9 de marzo de 2011

PRENSA CULTURAL. "Babelia". CRÍTICA DE LIBROS: "La vida, una pasión inútil", de Ana Rodríguez Fischer. Sobre "Tanta pasión para nada", libro de cuentos de Julio Llamazares

Julio Llamazares

   En Babelia, suplemento cultural de "El País":
La vida, una pasión inútil

ANA RODRÍGUEZ FISCHER 19/02/2011

   Cuentos. Si la ejemplaridad -trágica o grotesca, más que épica- hermanaba a los personajes de los cuentos de En mitad de ninguna parte (1995), el descubrimiento de la vida como una pasión inútil vertebra -y culmina- las historias que Julio Llamazares (Vegamián, León, 1955) relata en su último libro, que no por casualidad titula Tanta pasión para nada, perseverando así en el nihilismo que el autor leonés reconoce como "una seña de identidad poética personal".
   No espere encontrar aquí el lector acciones trepidantes, grandes intrigas, sucesos espectaculares o hechos misteriosos, ni tampoco personajes llamativos. Hallará pasiones -humanas, demasiado humanas- y momentos decisivos que dan cuenta de una vida entera y, a menudo, la tuercen o la rompen. Así Djukic, el jugador del Depor encargado de lanzar un penalti en el último minuto del último partido de Liga, teniendo en sus pies la posibilidad y responsabilidad de dilucidarla; el viejo Mario, que en su ronda de despedidas reencuentra inesperadamente al gran amor de juventud y se dispone a vivirlo antes de morir; Man, un periodista romántico-aventurero al que las para él detestables fiestas navideñas sorprenden en Madrid cuando vive la desazón y la extrañeza que le produce una repentina prejubilación; Neme, cuya vida (y muerte) encarna como pocas la suerte de Don Tancredo: "Un continuo deslizarse hacia la nada, hacia la pasividad total, hacia la estatua que siempre fue"; la monja fallecida en accidente de coche a la salida misma del pueblo donde se hallaba su convento la primera vez que, en treinta y cinco años, rompía la clausura para acudir al hospital; o la suerte del pobre acordeonista de 'Mírame en la oscuridad'.
   Son vidas tan pegadas a la realidad como presas del tiempo, cuyo transcurso Llamazares puntea a partir de unos pocos hechos significativos (porque las representan y también las transcienden), y enmarca en su peculiar circunstancia (que en algunos casos las determina y condiciona) y en el espacio o escenario, que el autor describe con la pericia a que nos tiene acostumbrados, sea el lilar de un convento o una aldea perdida en las montañas.
   Y es que en Tanta pasión para nada tampoco renuncia Llamazares a su personal poética realista, ofreciendo al lector "fragmentos de vida" o visiones sectoriales de la existencia humana, rastreable en 'Un cuento de encargo', relato metarreferencial donde el autor recupera el humor y la parodia cuando se autorretrata en su atelier y, en contra de la lentitud como manera de vivir y escribir que había hecho suya, se ve obligado a redactar un cuento extenso en pocos días, lo que da pie a hablar de la imaginación, el proceso de escritura, las diferencias entre novela y cuento, más otras cuestiones.
   Ni tampoco se oculta Llamazares tras la figura del narrador, como bien advierte quien haya leído sus reportajes y artículos, sus libros de viaje o sus novelas. Y así, en tres cuentos rescata sendas historias de la Guerra Civil preservadas en la memoria familiar o colectiva (que la hubo), de las que destaco la revelación de la anciana nonagenaria en 'El médico de la noche'. Junto a esta galería de personajes anónimos, de vida sencilla y en apariencia anodina, encontramos al poeta Ángel González y su experiencia como joven maestro en una aldea de la sierra Gistredo, Primout, adonde no vuelve nadie pero sí lo hace él, cincuenta años después.

Tanta pasión para nada
Julio Llamazares
Alfaguara. Madrid, 2011
151 páginas. 17 euros

miércoles, 2 de marzo de 2011

PRENSA. 2 marzo 2011

   En "El País":

1. Boy. Columna de Elvira Lindo.

2. El primer superventas. Por Manuel Rodríguez Rivero.

3. El señor de las moscas de Libia. Artículo de Omar Ashour, profesor de Política de Oriente Medio y director del programa de estudios de posgrado sobre Oriente Medio en el 'Instituto de Estudios Árabes e Islámico's de la Universidad de Exeter (Reino Unido). Es autor de The de-radicalization of jihadists: Transforming armed islamist movements (La desradicalización de los yijadistas. La transformación de los movimientos islamistas armados). © Project Syndicate, 2011. Traducido del inglés por Carlos Manzano.

4. ¿Qué se hereda de la miseria o la inanidad? Artículo de José María Izquierdo. El futuro está sin escribir. Nadie sabe qué va a pasar en Libia, Egipto o Túnez. ¿Cómo íbamos a saberlo si no somos capaces de adivinar si Zapatero tiene hueco en el futuro?

5. A la rifa de revoluciones. Por M. Á. Bastenier.

   En "El Día de Córdoba":

6. "Si desaparece la pasión, la vida es una obra de teatro". Entrevista a Julio Llamazares. Por Ángela Alba. El autor leonés presenta en Córdoba su último libro, una recopilación de 12 relatos breves y una fábula en los que el desencanto flota sobre la vida de los protagonistas.

martes, 25 de mayo de 2010

PRENSA. LITERATURA. Julio Llamazares (León, 1955)

Julio Llamazares

El desaparecido
Julio Llamazares

EL PAÍS - 16-08-2006

En todas las familias hay un secreto y la mía no es una excepción. Durante muchos años, formó parte de su imaginario y continúa formándola del mío, pese a que nunca conocí a su protagonista. Así son las cosas en este mundo.
El secreto de mi familia, al que yo accedí siendo ya un adolescente, tiene que ver con la guerra, como los de muchas otras familias españolas. Pero su particularidad estriba en que no desapareció con ella, quiero decir con su primera generación, sino que la sobrevive, incluso sobre su recuerdo. Y es que acierta Miguel Suárez, poeta vallisoletano y bohemio, al titular un libro suyo de poemas La perseverancia del desaparecido. Los fantasmas sobreviven a los muertos.
Mi tío Ángel, el desaparecido, tendría ahora, si viviera, cerca de los 100 años y era hermano de mi padre. El segundo, en concreto, de una larga lista que llegó a sumar hasta 10 hermanos, pero que las condiciones sanitarias de la época redujeron a la mitad apenas iban naciendo, y de la que mi padre fue el más pequeño. Maestro nacional, como su madre, mi tío Ángel ejercía en la escuela de Orzonaga, una aldea minera de León cercana a su localidad natal, cuando estalló la guerra civil y, ante la perspectiva de que lo fusilaran (era miembro del sindicato CNT), huyó a las montañas donde se concentraban ya los republicanos que escapaban de las zonas sublevadas de León.
Se dijo que dio clases a los niños de la pequeña aldea de Valverdín, no distante de Orzonaga, pero separadas ambas por el frente, incluso alguno lo vio en Asturias cuando éste fue retrocediendo, pero la pista se le perdió para siempre con su caída definitiva en el otoño de 1937, como a tantas otras personas. Durante muchos años, acabada ya la guerra, sus padres y sus hermanos trataron de encontrarlo inútilmente. Por lo que me contó mi padre, lo hicieron a través de la Cruz Roja Internacional, de la policía (un tío mío lo era), de los programas de las radios clandestinas, incluso a través de los guerrilleros, antiguos compañeros de mi tío, que durante varios años siguieron por la región y con uno de los cuales mi padre se entrevistó una noche aprovechando que era la fiesta del pueblo y todo el mundo estaba en el baile. Nadie les pudo dar una pista cierta y las que les dieron sólo sirvieron para aumentar su desasosiego: alguien dijo, por ejemplo, que, una noche, en un programa de radio de una emisora clandestina, de ésas que la gente oía a escondidas para que no los vieran, habían leído una carta de un tal Ángel Alonso Díez, maestro de León residente en Rusia, que mandaba recuerdos a sus familiares e incluso algún pariente aseguró que en algún lugar constaba que el susodicho había muerto en el frente de Dima, en Vizcaya, se supone que defendiendo Bilbao. Pero nunca se pudo confirmar ninguno de esos datos. Aparte de que, en principio, ninguno de ellos parecía muy fiable. El de que estaba en Rusia, por la condición de anarquista de mi tío Ángel, y el de que había muerto en el País Vasco, porque se contradecía con los testimonios de las personas que aseguraban haberlo visto por ese tiempo, primero en las montañas de León y más tarde en las de Asturias. El caso es que el tiempo fue transcurriendo sin que sus padres, que murieron esperando su regreso, ni sus hermanos supieran nada de él. Estos también, de hecho, ya han muerto todos y él continúa sin aparecer.
Todo esto, sin embargo, yo lo ignoraba completamente cuando, niño, pasaba los veranos en casa de mis abuelos, al principio con ellos, cuando aún vivían, y luego con mis padres. Entonces, yo tenía otros intereses y ni siquiera pregunté nunca quién era el hombre de la foto que presidía el pequeño comedor y que me daba miedo porque me perseguía con la mirada cuando entraba en aquél a la hora de la siesta, aprovechando que los demás dormían. Como quiera que la foto le había sorprendido de reojo, tenía la extraña capacidad de mirarte siempre, te pusieras donde te pusieras. Y eso era lo que me daba miedo.
Eso y que la gente hablaba de él en voz baja. Como si pudiera oírlos, cuando se referían a él, todos bajaban la voz, sobre todo si había niños presentes. Lo cual aumentaba aún más el misterio que el hombre de la foto proyectaba en torno a él.
Un día -ya no recuerdo cuándo- mi padre me desveló su secreto. Para entonces, yo ya no le tenía miedo, pues me había hecho mayor y sabía ya que las fotos no pueden hacerte nada, y el descubrimiento de su verdadera historia despertó en mí una simpatía que no ha cesado hasta el día de hoy. Tanto como para conservar su foto cuando, pasados los años, también mis padres murieron y la vieja casa familiar pasó a mis manos y a mi poder, con los cambios que eso supone siempre. De todo lo que allí había mucho acabó en la cochera (la antigua cocina de horno donde mi abuela amasaba el pan), o, aún peor, en la basura, pero la foto de mi tío Ángel continúa colgada de una pared junto a mis nuevas fotos y mis recuerdos. Entre ellos, los dos únicos que en la casa se conservaban todavía de él: una caja de reloj y una lámpara de marquetería, a la que, al parecer, era muy aficionado. En la caja del reloj, hay dos nombres tallados en madera: Manuel y María, los de mis abuelos, junto con el de su pueblo: La Mata de la Bérbula, y, en la lámpara, por dentro, una fecha a lapicero: 1931.
Para entonces, yo ya había hecho algunas investigaciones para saber quién era realmente aquél. En el pueblo donde ejerció de maestro, por ejemplo, encontré a una anciana que había sido alumna suya (me contó que, antes de empezar las clases, mi tío llevaba a todos los chicos a lavarse en el arroyo; "íbamos como gitanos", me resumió la señora las condiciones higiénicas de aquella época) y sus contemporáneos de su localidad natal me contaron que era un poco tartamudo, pero muy inteligente y preparado. Supe también que había tenido una novia en un pueblo no lejano al de su escuela (ignoro si seguía siéndolo cuando comenzó la guerra) y que también mantuvo una relación con una prima carnal (esto por una fotografía), pese a lo cual seguía soltero en el momento de desaparecer. Y, también -y esto ya me dolió más, tanto por la historia en sí como porque nadie me lo hubiese contado en su momento-, que, por su causa, la Guardia Civil amenazó y pegó a mis abuelos en más de una ocasión, incluso les obligó a acompañarlos en sus registros, convencida de que aquél seguía vivo y de que éstos sabían dónde estaban. Y ello a pesar de que mis abuelos habían dado tres de sus cinco hijos al Ejército de Franco (uno de ellos mi padre, con 19 años) por los dos que habían hecho la guerra con la República.
Pero lo que nunca encontré, como le pasó a mi padre, fue una pista sobre su paradero. Tan sólo una referencia en un libro sobre la represión de los maestros en León, que fue una de las más violentas (más de 200 murieron y otros tantos fueron depurados y apartados de la profesión), y el recuerdo de aquellas dos legendarias (la que estaba en Rusia, que a mi abuela le sirvió para seguir viviendo, y la que murió en Vizcaya, que mi padre dio por buena, seguramente para no seguir buscándolo) que continúan siendo las únicas existentes a día de hoy. Y que tienen todos los visos de seguir siéndolo en el futuro, pues, tantos años después, mi esperanza de encontrar otra ya es tan remota como la de que mi tío regrese. Ni siquiera las exhumaciones que, desde hace dos o tres años, tienen lugar por todo el país en busca de los restos de los republicanos enterrados por las cunetas y por los montes como alimañas me permite alimentarla, porque ¿cómo podría reconocerlo? Si ni siquiera sé dónde está...
Así que, me temo, mi tío Ángel seguirá siendo el desaparecido y su fotografía colgando de la pared de la vieja casa de mis abuelos, ahora la mía de vacaciones, como lo viene haciendo desde hace 70 años. Quizá mi hijo la quite un día cuando la herede como yo antes (a él no le da ningún miedo y ya nadie habla de él) y entonces su fantasma desaparecerá también, sumergiéndose en el agujero negro de la historia. Pero, mientras siga ahí, mientras yo siga mirándola y recordando al hombre que, cuando niño, me daba miedo por su mirada y porque todos hablaban en voz baja de él, mi tío seguirá vivo, puesto que, como nunca nadie lo viera muerto, se ha convertido ya en un fantasma; esto es, en un reflujo de la imaginación. Y ya se sabe que los fantasmas sobreviven a los muertos, incluso a veces hasta a los vivos, tal es su fuerza y su sugestión.